Aída López

Aída López

Aída López. (1964) Mérida, Yucatán. Estudió psicología en la Universidad Autónoma de Yucatán. Capacitadora certificada por Conocer y registrada ante la Secretaria del Trabajo y Previsión Social. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) Guadalajara. Ha publicado en la antología Caleidoscopio XIII, editada por la SOGEM Guadalajara (2016). La revista Ahuehuete del Seminario de Cultura Mexicana en su edición marzo-abril 2016. Ha colaborado en la sección cultural de la Crónica de Jalisco con cuento. Una Minificción fue seleccionada y publicada en la antología, Vamos al Circo: Minificción Hispanoamericana (2016), con respaldo del fondo editorial de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Así mismo fue seleccionada con un texto próximo a publicarse en la antología, Cortocircuito de la colección ficción exprés del fondo editorial BUAP. Ha colaborado con la revista virtual: Delatripa, proyecto de la Catarsis Literaria El Drenaje, editada en Baja California. Colaboradora de la revista virtual: Ojos de Perro Azul. Actualmente es estudiante de Creación Literaria en la Escuela de Escritores de Yucatán: Leopoldo Peniche Vallado

Martes, 30 Octubre 2018 05:37

SERVICIO AL CLIENTE / Aída López /

 

SERVICIO AL CLIENTE

Aída López

 

 

¿Dónde está el probador?, preguntó con cinco prendas en las manos al tiempo que se quitaba los lentes de sol y fijaba su  mirada felina en mi rostro.  Hasta ese momento supe que no era mexicana, quizá peruana o chilena. La conduje al pasillo donde estaban los probadores, -el que guste, todos están vacíos. Si necesita algo me avisa,- dije, y seguí con el inventario que no cuadraba. ¿Tendrá cirugías?, demasiado delgada, demasiado… Señorita, ¿viene por favor? ¿Puede subirme el zíper? Su espalda bronceada, sin marcas mostraba su gusto por la playa y por qué no, toples. Con cuidado deslicé el cierre evitando pellizcarla. Su mirada de gato me observaba por el espejo. Sonreía sin parpadear. ¿Te gusta?, preguntó al dar la media vuelta y quedar frente a mí. Le queda bien. ¿Y el escote? Sus pechos me incitaban a tocarlos. Contuve la respiración y la ayudé a bajar el zíper. Alcancé a ver el tatuaje al final de su espalda; una orquídea. El Chanel No. 5 me llevó al día que tuve mi primera experiencia con una mujer a los trece años. La maestra de biología, con el pretexto de explicarme cómo funciona la sexualidad, me tocaba las piernas. Estábamos solas en el laboratorio de la escuela, cuando tuve mi primer orgasmo, y de ahí muchas veces más hasta que otro maestro nos descubrió y vino la catástrofe con mis papas. Me llevaron a terapia por más de cinco años. La psicóloga aseguró que fue una etapa de indecisión, pero que ya estaba definida. Así lo creí.

Verás, mañana regreso a mi país y quiero llevarme un lindo vestido de tu tierra. Espero que alguno le agrade, pronuncié perturbada por el calor y mis pensamientos. La mujer, con su mirada y sonrisa, insinuantes dijo, -tendrás una buena propina. Volví al mostrador, ¿qué me pasa? ¿qué habrá sido de la maestra? ¡no me había vuelto a pasar esto!  Si papá viviera… ¿Me ayudas? ¡Voy! Me se sequé el sudor y acomodé mi cabello liberando el cuello que escurría.

Cuando llegué al probador, la mujer con toda intención, dejó resbalar el vestido por su cuerpo casi desnudo mientras clavaba de nuevo su mirada en el espejo que rebotaba sobre mí haciendo pedazos mis nervios. La escena me sorprendió. La firmeza de sus nalgas con un diminuto hilo negro develó mis deseos. Me humedecí. ¿Qué pasa? ¿Me ayudas a recogerlo?

Me incliné a levantar el vestido. Creí percibir el olor de su sexo.  El calor empañó el espejo ocultando mi ansiedad desbordada. La piel enrojecida, a punto de ebullición. Cinco años de terapia, se habían diluido como mi sudor en unos cuantos minutos.

Puedes retirarte, dijo con cierto desdén y corrió la cortinilla detrás de mi espalda ante mi huida. ¿Fue mi imaginación o tenía la misma expresión mezquina de la que fuera mí mentora? Pocas palabras. Miradas capaces de penetrar en  el resquicio del pudor de cualquier inexperta como yo.

Su desnudez desentrañó mi preferencia que la terapia había encubierto con un novio con el que no llegaría a ninguna parte. Deseé regresar años atrás y disfrutar sin culpas, cuando el laboratorio era el sitio ideal para experimentar eso que decían los libros. Ahora esperaba inquieta la voz del vestidor pidiéndome ayuda, pero ella no lo hizo, apareció segura y dijo:

-Me llevo uno-, y asentó en el mostrador las cuatro prendas restantes y un manojo de billetes mayor al costo de su compra.

 

 

*Aída María López Sosa (1964) nació en Mérida, Yucatán, México. Psicóloga. Estudió Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado en antologías internacionales y locales, blogs, periódicos y revistas. Miembro del PEN Club Internacional sede Guadalajara, Jalisco, México.

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Viernes, 29 Septiembre 2017 05:44

Velo de madre / Aída López /

 

 

Velo de madre

Aída López

 

 

¿Cómo llamarte?

si tu pérdida se teje con

la garganta de los días

y en la hiel de tu sombra.

Buscas explicaciones, argumentos

nada consuela la sepultura.

Quisieras haber sido otra

creer en otro Dios.

A veces te culpas del abandono

por las horas invertidas al oficio

entonces desde los ataúdes

se desgarran los reclamos.

Sales a las calles en busca de respuestas

esperanzada de los rostros que atraviesan tus ojos

buscando esa mirada frágil del niño que creciste

que tuviste tan cerca cuando lo amamantaste

cuando creíste que el mundo lo acogería

que nadie le haría daño.

No hay palabras, solo esperanzas

lo crees vivo, lo sientes vivo

el espejismo dura poco

y vuelve el terror de no encontrarlo.

Ahora sabes que la felicidad

nunca más habitará en ti

que lo demonios danzaran en tus venas

que los tiranos acabaran con tus maldiciones

que la corrosión de tus vísceras

serán el veneno que salpicará a los culpables.

El luto vestirá tus heridas

no las curará el tiempo

el dolor llegará a ser tan intenso

que lo dejarás de sentir.

El tiempo anestesia, no sana

la noche vela otros muertos.

Sábado, 29 Julio 2017 05:48

HISTORIAL DE MIS MUERTOS / Aída López /

 

 

Arte Gráfico: Pablo Saldaña

 

 

HISTORIAL DE MIS MUERTOS

Aída López

 

 

En el centro de la mesa,

están las flores que adornan cementerios.

Mis muertas comen de su blancura

y beben el llanto de los rezos.

¿Qué tan blanca es Mérida después de Felipe Carrillo Puerto?

En esta ceniza tarde,

la cotidianidad duerme en el flagelado 1924

porque el 4 nos ha educado a la Mérida Blanca

como el cuarto mes del caído Pedro Infante.

Su avioneta estrelló con la muerte

y ahora su voz sobrevive en las cuerdas de los trovadores.

Porque el 4 nos ha educado a la Mérida Blanca,

como los gritos del Charras

y los dedos no encontrados

que cargan las huellas desde 1974.

Porque el 4 nos ha educado a la Mérida Blanca,

como las 4 muertas que se levantaron de la mesa

llevándose la flores entre su vientre.

En la orfandad de las casas

el llanto ha perdido contorno

porque el 4 nos ha educado a la Blanca Mérida.