Alberto Martínez Castañeda

Alberto Martínez Castañeda

Alberto Martínez Castañeda

 

Alberto Martínez Castañeda

Octubre 10 de 1988 Ciudad de México

 

Estudié una carrera técnica en asistencia médica en 2000 y tomé algunos cursos representativos y ligados al  lenguaje

Poesía en lengua hispana. 2009

Escribir con otros ojos. 2010                                                

Tu palabra más alta con Gustavo Enique Orozco. 2013

Poesía y psicoanálisis. 2016

Viernes, 06 Marzo 2020 00:06

OTRAS CARTAS / AT CAS /

 

 

OTRAS CARTAS 

AT CAS

 

 

Tengo una palabra aguda en la epidermis

y su significación acorazada,

indescifrable al tacto y a la vista.

 

Un ciento de pájaros ciegos

chocando en las paredes

y mi boca es tumba de sus cuerpos.

 

Tengo un silencio de agua,

lluvia piel adentro,

cautiva y sola,

esclavizada.

 

Una voz de engrane quebrantada

dominada por la hiedra y su veneno;

 

la vasta superficie

de testas asomadas en el lodo

es sinónimo de linfa

que separa su volumen de las venas

y abunda su textura

para alcanzar la redención.

 

Este silencio líquido y larvado,

es una habitación

donde se guarda la palabra

más sutil y vulnerable:

ojo de tormenta,

epicentro del colapso

que transforma la verdad

y la desnuda.

 

No existe dogma

capaz de definir

todo fenómeno dentro de la psique,

ni figura continente de la luz;

 

mi soma es una suma

de letargos y mutismos

que hierven y queman

cada vez más dentro.

 

 

Int.

Ciudad desierto,

"Otras cartas"

At Cas

 

 

 

 

 

Carta a Artaud.

 

Donde esté tu corazón

estará siempre mi trinchera

 

Artaud,

no me alcanza el humo en los pulmones

para reflejarme en tu pupila.

Te recuerdo con frecuencia,

escucho tu gravedad

raspando los dientes

uno

contra otro,

doliendo fuerte en cualquiera de tus flancos.

 

Te he escrito antes,

algo de ti siempre está implícito en la herida

que sana y pare a la siguiente

en la empresa de encontrar el justo instante

en que la locura comenzó.

 

Silva un espectro de pájaro

seguido muy de cerca por su carne sola

y todo el cielo se comprime

para alienar esa agonía

y conservar entero su recuerdo;

 

hablaste varias noches con sus días

de este fenómeno evidente

y del hondo impacto en la víscera del hombre.

 

No entendí entonces,

todavía no es tan claro,

pero esta tierra que lame nuestra huella agradecida,

escupe después otros homúnculos

más lentos y devotos.

 

Qué serenidad en la altura del nihilismo,

qué forma abstracta

de suturar la erosión de tus pasos en la tierra.

Quiero decir,

tu cuerpo está en pendiente

y yo mismo pendo junto a él,

pero algo de más dentro

sigue atado a lo inmundo

y lo profano,

 

Quise hablar de ti

con la lengua bífida de un golpe

y todo lo que flota invisible alrededor,

todo eso que existe y no se nombra

me atravesó la carne

y reposó en mi sombra,

entendimos en silencio

el tamaño de la muerte.

 

Artaud,

no pretendo condonar con esto nuestra hambre,

pero enunciarte en esta carta

abre la voz de la memoria.

 

 

 

Carta a María.

 

Sobre tu apéndice nacieron otras flores,

levantamos tu muerte en un jardín

y seguimos conteniendo

la respiración.

 

Cuánto tiempo,

mujer,

nos ha golpeado la máscara y la espalda,

cuánto tiempo.

 

Te escribo esta carta sobre el aire,

porque todo alrededor

es un campo de batalla

y las superficies huecas

son fosas donde el hombre

ha de arrojar su dignidad.

 

Nada ha cambiado dentro nuestro,

seguimos llorando a solas,

levantando el polvo

para no acabar mordiéndolo de bruces;

aún no nos salva nadie

y la sangre se nos rompe

cuando gritan las esquirlas

y los humos belicosos en la calle.

 

María,

si no te hubieras muerto

hace tantos años,

no me hubiera muerto a diario desde entonces;

 

quise apelar a la palabra de tus santos

antes de enredar la lengua en la violencia.

 

Un poco de tu rostro ocupa la tormenta

y puedo verte,

toda plata y vaselina

gota a gota

persignándome la frente...

pero es falso.

 

Antes de decir tu nombre

huyo a otros cuartos,

a otras sombras

para no perderte el paso,

me escondo luego

en medio de los gritos y las balas

que mascan la tierra

y después la carne,

me escondo también

bajo un cadáver

o a su lado;

 

María,

no puedes imaginarte el duelo

en que tus hijos se alimentan.

 

Hace tanto ruido fuera de tu cuerpo

que no consigo escuchar tus oraciones,

lejos vibra tu voz

de agua que se estanca y se suicida.

recostada igual que tú,

dormida.

 

Dentro de tu sangre martillada

tuve que dejar mi última plegaria.

 

Ahora tengo que volver

y buscar mi propia muerte bajo el lodo

para consagrarme en tu mirada

y estar seguro de que sabes

que jamás dejé de amar tu canto

de pájaro asfixiado.

 

 

 

Carta a Lena

 

Todo de tu voz sigue en mi memoria,

todo de tu herida

todavía es el origen de mi cuerpo.

 

Quiero decirte tantas cosas que me rompen,

hablarte de lo alto y lo profundo,

quiero hablar el idioma de la aguja

y el bordado

y zurcir contigo

un fragmento de este imperio

donde debo describirte

como si fueras un secreto.

 

Pienso en mi otredad llena de infancia,

en las últimas canicas sumergidas en el lodo

y un golpe de hielo se me enjuga en la mirada.

 

Te aprendí el matiz que doma el sismo,

la voluntad de respirar bajo la muerte.

 

Te aprendí mi voz

y la modulación dispuesta a la verdad.

 

Lena,

desde aquí parece haber un mundo a parte.

 

Hay estos días de temor y de venganza,

infantiles gritos,

de dolores que quedan archivados o pendientes;

 

no mires esta tierra de ruindad,

no hables con la gente,

Lena,

no des tu nombre

en su empresa de infamia y sobresalto:

 

el hombre ahora

corre un riesgo construido por el hombre.

 

Hay días en que quiero echarme en tu regazo y sonreír,

hay días en que quiero despertar bajo tu brazo

y no hacer nada.

 

Murmura la ciudad

su máxima expresión de libertad

y alguien perece,

cobija el asfalto su cadáver

y otros reencarnados

multiplican el dolor con su metralla...

así nos damos cuenta

de que aún estamos solos,

que no somos suficientes

y esta sangre que me diste

ya no me pertenece.

 

Todos tenemos miedo,

Lena,

levamos la cabeza

y clavamos nuestra fe en el frente

antes de la devastación,

 

Y allí,

lleno de lodo o sangre,

- no se sabe bien -

buscamos la libertad

de la que poco hablamos,

porque la creímos nuestra.

 

Temo también por ti,

por tu cuerpo que anda en medio de la ira sin saberlo,

tu boca abierta que respira el humo de una guerra

que se arrastra por la tierra

y todo enferma.

 

Te escribo sin saber exactamente qué decirte,

porque todo mi consejo me ha sumido en la ansiedad

y cada palabra que construyo es una mina

en donde alguien pronto morirá...

donde alguien ya ha muerto.

 

Basta asomar la testa

para intoxicarse de estas formas,

emular a otros héroes

y esperar el golpe en multitud.

 

Antes de decirte amor,

quiero decir ceniza,

porque debe haber un gesto en tus arrugas

que pueda salvarlo todo

o detonar todas las muertes,

para que podamos descansar.

 

Lena,

esto que soy

es semejante a uno de tus hijos

y te ama infinito como tal,

pero el frío me tomó desde la sombra

y me enseñó a partir la piel igual que el hierro.

 

Te veré muy pronto,

o pronto tendrás que verme

y comprenderlo al fin.

Que sepas,

sin mi voz,

lo que llena este desierto,

su silencio cálido y su luz

que todo rompe

y en todo se suspende.

 

Aquí tienes un colgajo,

pana,

suma de testa y tintas

que me labraron cuando joven

y hoy tiemblan conmigo

cuando la sangre se me ensucia;

 

Hace falta un dolor de vientre

para recordar el hambre

y la mera contracción:

quizá falte algo pétreo y seco

que friccione su paso en mi epidermis.

 

Dónde está la otra tierra tibia

que se hunde bajo el mar,

dónde el pueblo

acunado por mi lengua,

 

Busco una angustia

que pueda definir

para dejar de temer al alarido general

que viene y va,

que hace nido en todas las esquinas de mi seso.

 

Que sepas lo oscuro

de otra voz que no sea mía,

que me encuentres antes de partir

psique adentro

y cuerpo afuera.

 

 

 

 

Deconstrucción

 

Mi cuerpo es la marcha

y su corazón macera el rumbo...

 

Este índice desmesurado en mi espalda

abre la tierra y arroja a nacer

sin lengua aún

cada palabra de la hondura.

 

Como fetos moluscos

reptan y respiran los símbolos del mundo

lamen la sal aún intacta

y se levantan igual que sierpe amenazada

a reconocer lo vertido en sus oídos

y creer

o no

que todo está dispuesto.

 

Carta a Cas.

Parte 1

 

Quién es éste,

que habla bajo el mundo:

 

No puede nadie

sino yo

tu largo reflejo y tu pupila;

 

nada de ti entra en un espejo

y nada de lo tuyo tiene historia.

 

Hermano mío,

cuánta sangre corre

dentro y fuera de tus venas,

cuánto mártir ha golpeado tu garganta

para delegarse a sí

al imperio del silencio

y la quietud.

 

Tú y yo fuimos capaces

de legitimar un dolor atemporal

en la frente de los santos

y ungimos el placer

en el vientre de las bestias.

 

Nada nos deja abandonarnos,

nada nos distiende

y lo sabemos.

 

Habrá un momento perdido entre nosotros,

algo que podemos traducir

en un recuerdo cárnico y salado:

 

la náusea que nos quiebra

es la misma que lamemos

para recordar que estamos vivos.

 

Yo sé bien tu movimiento y tu reflejo,

todo lo que un espejo no conoce

y no debe conocer.

Sé tu párpado infantil,

conmocionado,

libre y sin estigma,

 

sé tu abismo

y la cantidad de nombres que contiene.

 

Hermano,

sangre densa,

espacio entre nos...

 

no puedo construir ahora

todo el eco que hubo en nuestro oído

y hay palabras que debes olvidar

de esos derrumbes

para volver a descubrirnos solos,

enunciando solos

nuestros solos nombres.

 

At Cas

 

 

 

Carta a Gus.

Ha caído sobre nuestros nombres
toda tu videncia,
ya estamos enfermos y lejos de nosotros.
No nos vemos,
Gus,
nos perdimos.

Arañado el dibujo
en que se vertió nuestra sonrisa,
húmeda la estera
en que guardamos el cansancio.

Hablo de ti
como se habla de la hierba,
quiebro en cada paso tu palabra
que apagaba incendios
y rompía maldiciones.

Quizá quedó pendiente
el último grano de sal en nuestro muro
y la promesa de ser hermanos para siempre.

Esta suerte de navío abandonado
que dejamos al pie de nuestras voces
masca su propio óxido y enferma;

de allí viene el contagio,
Gus,
de otra palabra que era nuestra
y ahora es sarro pegado en la garganta.

Quiero decir que extraño las alturas,
asomar la nariz y oler al pájaro grabado en la ventana,
el café,
el verso,
la noche siempre viva
y el tacto del papel sobre las palmas.

Yo estoy allí,
dentro de un espejo,
entre el humo y el oscuro sepia en los pasillos.

Algo de mi cuerpo no comprende
o no quiere abandonar esas paredes.
Por eso sé,
grande amigo,
que se puede morir de poco en poco
en los sitios en que la psique estuvo viva.

 

 

 

Algo se rompe,
algo hierve dentro de este recipiente roto
y se derrama.

Todo corazón habitante de mi carne
cierra su puerta y se oscurece,

No hay herida que pueda justificar tanta sangre y tanto frío.

Dentro de mí,
quiero decir,
bajo mi piel,
sobre el graso trozo que maquina el movimiento,
laten como larvas y serpientes,
mis palabras y los gestos
que sucumben y enaltecen el temor ante lo oscuro
y su golpe piedra poro
donde dios comprime su rabia y su tristeza.

No hay nadie aquí,
aquí dentro nada existe sino espejos,

justo cuerpo

justa sangre en un espejo.

He dicho que uno de estos que me cargan,
tiembla igual que yo
dentro del espejo
que repite su figura
y se oscurece.

Escribo para salvar mi vida y nadie sabe
en dónde empiezo
y donde acaba el rastro de mi muerte.

"¡Maldito el que crea que esto es un poema!"
J.S

He roto la sombra y la pared con un nudillo,
para buscar mi nombre o mi silueta entre lo oscuro,
masqué la raíz del hierro
y tragué la hiedra que nace entre las grietas del asfalto
para hallar alguna fibra que sostenga mi caída.

Quiero decir
qué látigo de mierda y qué fastidio,
qué hueco en la pared será mi tumba,
qué sonrisa espera mi tacto de piedra entre la escarcha.

Solo espero descubrir
el lenguaje reprimido de los muertos
y enunciar frente a ellos mi llegada.

 

 

 

 

Selección poética 

Alberto Martínez Castañeda

 

I

 

Amor,

he perdido la luz en la tormenta,

esta visión de asfalto y su melena,

la sombra que se alarga

desde mi asfixia me rebasa.

Escucho tu voz en medio de lo oscuro,

igual que suena un latido mineral

domado entre la hondura y la demencia,

igual que trina y se evapora un grito bajo el agua.

Te escribo un puerto en las costillas

y vara mi corazón de astilla y polvo,

dentro de tu lengua me he vuelto ceniza,

hiberno en la locura

y no logro abandonar mi patria de gusanos y serpientes.

Todavía dislocado tiemblo,

vibra entonces una gota de mi carne dentro mío

y vuelvo,

sangra un ciento de palomas en mi carne

y sangro;

dónde mi agua calma,

dónde la marea

que duerme a los espectros en su arrullo:

todo es igual que un golpe natural

de aire y tierra adormecida.

Yo solo sé decir tu nombre entre la sombra.

 

II

 

Cas inunda en una habitación su nombre,

detrás hay un pueblo de pájaros sin lengua,

alados en la esquina de la sombra

para volar en círculo su cuerpo

hasta acabada la sequía.

Despierta en medio de la asfixia,

atado de la voz al sueño,

despierta en medio de un espejo, atado de la fe al silencio.

Hiere su párpado

por encontrar la luz.

Cas sigue escuchando el alarido de la tierra,

igual que la fricción,

lo abrasado,

vulgar gemido

o hueso que raspa la pared de su sepulcro.

Luego la sordera

luego la ceguera

El humo que pare por la boca desde el cáncer,

es otra fisura,

quizá,

monumento al musgo en la garganta:

Invocación.

Levanta un puño para despejar la sombra

y se arrodilla.

Dios o dioses:

Amén su cuerpo de fango y de cristal,

su espera atrincherada.

Cuánto miedo sostiene en la garganta,

cuánta mierda aparta de su iris.

Enemigo de la luz

tanto como amante de sí mismo;

animal de lenguas infinitas:

estatua.

"Biografía de la geografía."

"Escapar, escapar,

esto no es un baile"

 

 

 

III

 

Esta superficie de lágrima y salitre

sumerge en el dolor su geografía,

de uno a otro flanco

quiebra y se redime una vez tras otra

pasada la hora de las muertes.

Nunca escuché a mi padre

hablar sobre la muerte,

nunca crucé la luz bajo su brazo

de timón corpóreo amoratado.

Masqué mi propia pesadilla

y su consecuencia estéril,

levanté una voz en cada sueño de serpientes

y dormí luego;

Busqué otro nidal de larvas

para marcar mi huella,

amanecí de bruces y desnudo,

temblando

dentro de la tierra en espiral.

Verdad:

Este auditorio de lenguas flor

y de diamantes,

juega a la palabra

igual que escarba la espalda del concreto;

se alimenta hasta hartar su víscera común

y entrega una estrella

por cada cuarto de estiércol que secreta.

Luego bufa en coro

y tira una suerte de látigo vergüenza

que cruza desde su miseria hasta el olvido;

caminan sobre una profecía

llena incluso

de instrucciones para replicar la sombra,

para detonar el llanto,

para morirse hasta después de los aplausos.

Sean todos bienvenidos

al ocaso de la voz

y de la lengua.