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Miércoles, 21 Diciembre 2016 16:26

Cuatro cuentos para niños y jovencitos

 

Cuatro cuentos para niños y jovencitos

Paty Rubio

La maestra

Cuando Hermí terminó sus estudios, le dieron plaza en un poblado, que a pesar de ser poco conocido y remoto, le permitiría ser maestra de una escuela rural e independizarse por completo. Tener esa oportunidad había sido grandioso, qué mejor ocasión para salir del ojo inquisidor de su madre. Era cierto que la amaba con toda el alma, pero estaba cansada que la cuidaran con tanta exageración.

Entre las madres solteras es común sobre proteger a los hijos, pero por su condición de haber llegado al mundo con sólo cinco meses de embarazo, su madre redobló los esfuerzos. Los médicos que la recibieron al nacer, nunca pensaron que pudiera sobrevivir. Su Abu contaba que las uñas no se le habían formado, la aguja hipodérmica era más gruesa que su yugular, y no había desarrollado el instinto de mamar. Má le contó que cuando se la entregaron le dijeron que sólo un milagro la mantendría viva. Al llevarla a casa, y a falta de incubadora, la había metido en una caja de zapatos rodeada de botellas con agua caliente; y la alimentaba con un gotero; mientras la bañaba de lágrimas y rezos. Hermí creció siendo enfermiza, con un cuerpo mucho más bajito al estándar, extrema delgadez y piel pálida, casi transparente.

Mientras cursaba la carrera, luchó para convencer a su Má, que la dejara vivir independiente en un apartamento, pero le había costado mucho ruego, y aceptar las condiciones que le ponía: hacerlo cerca de la casa donde ella y su  querida Abu vivían.

Por ello pensó alegre en su primer día de escuela, en conocer el lugar y sus costumbres. Tenía una semana para presentarse en Santa Catarina. Usó el tiempo en empacar  —sólo unas pocas pertenencias—, algo de ropa y sus preciados libros. También en despedirse de familia y amigos. El día de su partida  fue a la estación sola,  había pedido  a su madre que no la acompañara, pues no quería irse con la triste imagen de verla llorando. Se despidió de ella y su Abu la noche anterior. Al salir de su apartamento alcanzó a mirarse en el espejo, que se encontraba junto a la puerta de salida;  su pálido rostro lucía una gran sonrisa.

Cuando llegó a Santa Catarina, después de día y medio de camino, vio la verde planicie con una serie de bellas casitas, y debido a la distancia parecían ser tan pequeñas como la "casa de muñecas" que tuvo cuando niña. ¡Por fin había llegado! bajó del autobús a donde una comitiva de siete habitantes la esperaba.

Le hubiera gustado ver chiquillos, pero no se encontraba ninguno; ya era un poco tarde y pensó que seguramente se encontrarían en casa resguardados del frio. La tarde-noche transcurrió entre una sabrosa cena, presentación  de las autoridades escolares y  algunos habitantes del poblado. Cuando fue hora de despedirse para descansar, la condujeron a una casita que ya le tenían preparada. Era pequeña pero cómoda, amueblada con lo necesario, de paredes encaladas, con techo de madera a dos aguas, un pequeño jardín rodeando la construcción y un cerco pintado de verde. Las maletas con las que había llegado, estaban en el interior, por lo que solo le restaba tomar un baño para retirarse a dormir.

A pesar del cansancio, preparó la clase; y después se acostó. —Será un gran día— se dijo ya casi dormida. ¡Su labor de maestra empezaría la mañana siguiente!

Se levantó más temprano de lo previsto, debido a la ansiedad que tenía por comenzar ¡Conocería a sus alumnos! Había programado llegar primero que los niños. Fue directo al salón de clases que le habían mostrado la tarde anterior; había tres, pero dos de ellos le pareció que estaban en desuso.

Mientras escribía un saludo en el pizarrón, no se dio cuenta que por fuera cerraban la puerta con llave; escuchó el click en la cerradura. Sobresaltada, caminó hacia la salida, luchó nerviosa por abrir, sin resultado. Asustada miró alrededor, no se había fijado que  las ventanas tenían grandes rejas. Empezó a vocear para que le abrieran, pero nadie respondía, pegó la oreja a la puerta tratando de escuchar y encontrar algún indicio de movimiento por fuera, pero la escuelita parecía estar desierta.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando oyó gritos y lamentos que venían de la calle.  Casi al borde del pánico, corrió hacia  la ventana para asomarse.  Lo que vio, le cortó el aliento, los niños venían camino a la escuela, pero en lugar de libros y cuadernos, traían grandes cuchillos en sus manos. Quiso gritar pero no pudo. Con dificultad alcanzó a ver en el piso a una ¡mujer sobre un charco de sangre! hacia un lado, se descubría tirada una mochila escolar.

Sintió como si la cabeza le fuera a explotar, el corazón latía apresurado, le dolía el pecho, se le dificultaba respirar, sudaba copiosamente, le  temblaban las piernas. ¡Tenía mucho miedo! A lo lejos se oían más gritos, se veía salir de las casas a niños ensangrentados y con mirar extraviado. ¡Estaban llegando a la escuela! Regresó a la puerta para tratar de abrirla a como diera lugar. ¡Escapar lo más pronto que pudiera! Sabía que si no lograba salir, terminaría como aquella mujer. Desesperada intentó derribar la puerta. Era inútil, se dolió por ser tan pequeña y debilucha. Trató de no llorar, de contener el miedo, pero le resultaba imposible. En ese momento, escuchó el timbre escolar llamando a clases, timbró una vez, otra y otra. Se apartó a un  rincón, y sentada en el suelo, encogida, cerró con fuerza los ojos , mientras el timbre seguía sonando.

 

Madre cadabra

Cuando niña afirmaba que Madre podía adivinar al ver mis ojos cuando mentía tratando de zafarme de un castigo. Imaginaba que su mirada vigilante cubría cada espacio de la casa, y que ni el baño se salvaba. Si yo hacía alguna travesura y callaba ante la pregunta "¿quién fue?" para no ser castigada, bastaba que dijera, moviendo el dedo índice, curveándolo hacia ella e indicando, que me acercara sin discutir: "Ven, déjame ver tus ojos", para saber sin remedio, que no podría sostenerle la mirada sin descubrirme como culpable. Ella podía leer en ellos si yo decía una mentira o no, según fuera el caso; pero cuando era verdad le sostenía la mirada con orgullo. Algunas veces hacía el intento de no bajar la vista aún siendo responsable; tratando así de esconder, detrás de esa valentía, mi falta; pero no pasaban más de tres segundos cuando con culpa descendía la mirada.

Al paso del tiempo, mis hermanos y yo supusimos que el sortilegio había caducado, y el ritual de "Mírame a los ojos" lo teníamos bajo control. Pero… ¡Zas!, que llega un nuevo método de adivinación: "Voy a escribir en unos trozos de papel el nombre de cada uno de ustedes y encenderé una vela, pondré los papelitos alrededor y verán cómo se acerca a la llama el nombre del culpable; así que si no quieren que la vela sea quien lo descubra y les ponga doble castigo, más vale que me digan quien fue"; lo decía con tal seguridad, que no había en el mundo quien lo pusiera en duda. No sé bien si era más grande el temor al ritual de que fuera una vela, lo que tuviera el poder de descubrirnos, o  la amenaza de un doble castigo, pero antes de que la encendiera confesábamos, y se escuchaba el "Yo fui".

Madre… sí hacía magia. Cuando me golpeaba con algún mueble por descuido o me caía, sólo con poner su mano en la parte afectada diciendo las palabras mágicas de: "Sana, sana colita de rana"… el dolor desaparecía.

También adivinaba; lo sé porque si estábamos  a punto de contraer algún mal, ella lo predecía con un "Te vas a enfermar" y caíamos a la cama, o sentenciaba "¡Bájate de ahí que te vas a caer!" un momento antes de que cayera al suelo. Y con el muchas veces escuchado: "Deja eso que lo vas a romper" antes de que se dejara oír un ¡Crac!

En ocasiones exageraba sus sentencias y artes de pitonisa. Si nos veía jugando en el hermoso comedor que teníamos en casa, donde había una gran mesa rectangular de madera laqueada y patas torneadas, misma que se protegía con un cristal biselado de media pulgada de espesor, rodeada de ocho hermosas sillas vestidas con  tapiz de flores decía: "Al que rompa el cristal de la mesa, por estar jugando donde no debe, lo mato a palos".

Una de esas ocasiones, mientras jugaba con mis hermanos a la casita, que formábamos con  las sillas y unas sábanas, en el momento que subí una a la mesa, observé despavorida cómo corría una rajadura a lo largo del cristal. Irremediablemente me vi siendo golpeada con un palo hasta ser muerta. No sabía bien qué o cómo era la muerte, sólo tenía siete años, lo que entendía por experiencia, era el dolor de ser golpeada con la chancla o el cinturón.

Sentía la cabeza hirviendo y a punto de hacer explosión con las imágenes mentales que me llegaban. No en balde había escuchado muchas veces la sentencia. Tengo que decir que Madre adivinó, porque con solo ver el terror en mi rostro supo que yo ya había muerto… pero de miedo; y a un "muerto" ya no se le puede matar, así que sólo me mandó a dormir sin cenar.

Temblando fui a la cama como único castigo.

Al día  siguiente amanecí con mucha fiebre y sorprendida por no haber "muerto a palos". El  doctor Valencia, médico de la familia, después de revisarme y escuchar lo sucedido la tarde anterior, mientras yo lo miraba con los ojos más abiertos que de costumbre, dijo que la fiebre había sido ocasionada por el susto tan grande que me había llevado. Me palmeó el hombro sonriendo y salió. Días después todos reían por el suceso menos yo.

Lo que Madre nunca pudo descubrir, con su magia y don premonitorio, fue el estado anímico que me traía entre tristeza y contento.

 

La reunión

 

Hoy hubo reunión en el cielo raso de mi habitación. Las arañas salían  de oscuros rincones,  de cajones entreabiertos, debajo de la cama. Un rastro de saliva se convertía en brillante hilo y al paso de tantos arácnidos, se entretejía una enorme tela por las paredes cubriéndolas.

El andar de cada una llegó a ser insoportable. Quedé impactada y sin moverme o pestañear. El blanco del cielo raso, se teñía de negro a causa de tal cantidad de arañas.

Puse atención al murmullo que se escuchaba. ¡Podía entender lo que se hablaba! Las arañas se quejaban del trabajo tan arduo, llevado a cabo por ellas.

—Hemos tejido sin descanso desde que nos pidieron la mortaja —dijo una araña patona que supuse la cabeza del gremio— y no vemos para cuando la vayan a usar.

—Se nos pidió únicamente tejer sin inocular  veneno, de lo contrario se aprontaría el uso de nuestro trabajo y tampoco se trataba de eso; se  suponía que el momento llegaría pronto y de manera natural- dijo una elegante y brillante viuda negra contoneando su reloj de arena.

Se levantó un estridente bla, bla, bla  que ensordecía, porque todas hablaban al mismo tiempo. Nadie se entendía o se ponía de acuerdo. La reunión subió de tono con los ánimos caldeados. Ninguna dio signos de haberse dado cuenta que un sordo y apresurado tum, tum  se empezó a escuchar ahogadamente, y que poco a poco, se fue reduciendo hasta detenerse por completo y dejó un vacío. Algo percibieron las arañas reunidas y el murmullo cesó.

Se hizo un pesado silencio en la habitación, los cuatro pares de ojos de cada una, multiplicados por miles, se dirigieron hacia mi cama. Hice el intento de levantarme asombrada… pero no pude moverme. La sibilante voz de la araña patona se dejó escuchar…

—¡La mujer ha muerto!

Samus el refri.

—Tengo mucho frío— dijo  el refrigerador, y se estremeció tosiendo.

Me siento cansado. Ya saquearon mis entrañas. La última vez que abrieron mi puerta fue hace mucho tiempo. Dejaron media cebolla que hoy  guarda moho y desprende fetidez.

En el cajón base se quedó abandonado un limón que cuando era joven, lucía en hermoso tono amarillo, vivo y brillante. Ahora su corteza es dura como piedra y de color marrón. Lo acompaña un desatendido ramo de apio, marchito y amarillento. El pobre sufre una fiera artritis que le dobla algunos de sus tallos, antaño firmes hoy lacios con el abandono. ¡Ay, aquellos tiempos, cuando con garbo se enorgullecía de la fuerza de sus hojas y su envidiable color! Enhiestas presumían un verde que deslumbraba, y rivalizaba con su compañero, el viejo limón.

—¡Que solos y abandonados hemos que-dado!— se dolió Samus.

Durante el lastimero quejido, escuchó lo que decía medio kilo de carne molida desde el fondo del congelador:

—Dices tener frío y no tienes la menor idea de lo que yo vivo en este helado rincón. Mi cuerpo está como inclemente roca añeja. Me olvidaron desde hace más de tres meses. Cuando me trajeron, era yo un corpulento trozo jugoso, de un sano color a sangre fresca. Me hicieron la promesa de aderezarme y repartirme en pequeños pedacitos, que Nora llamó albóndigas. Dijo que me acompañaría con un jugoso caldillo de tomates y chipotle.

¡Se ha olvidado de mí! Hoy heme aquí, con el aire bajo cero que circula en este cuarto,  mi cuerpo se encuentra duro y entumecido. Mi otrora color a sangre desapareció, haciéndome ver de un triste gris.

Y derramó unas cuantas lágrimas, que al momento se helaron y lo lastimaron más.

—¡Sólo muerte guardan mis entrañas!— pensó Samus.

Se escucharon pasos aproximándose. Para hacerse notar, el refrigerador esperanzado, ronroneó obligando a su cansado motor, con gran esfuerzo, a trabajar; lo único que pudo fue lanzar un ligero quejido dejando escuchar un "rrrrrr" apagado y acompañado de una rápida e imperceptible sacudida. Esperó que se abriera su puerta. Sabía que si Nora se acercaba, sería, para llenarlo con víveres jóvenes y frescos.

Pero… ¡Oh sorpresa! Le cortaron la energía, Fue muy doloroso cuando la vena que le diera vida, era arrancada del enchufe en la pared. Vio con espanto cómo descargaban y desenvolvían del empaque de fábrica, a un joven y reluciente refrigerador Wikipus color plata.

Cuando se lo llevaban fuera de la cocina, derramó gran cantidad de lágrimas, que iban dejando a su paso, una lamentable huella de humedad. De reojo vió cómo acomodaban al joven y brillante refri ahí, en el viejo rincón que hoy le obligaban a abandonar. El cansado Samus se despidió con nostalgia, de ese espacio en la gran cocina de Nora, donde vivió por muchos, muchos años.

 

 

Paty Rubio. Originaria de la Ciudad de México radica en Ensenada, Baja California desde hace 30 años. Ha publicado los poemarios Vestida con tu piel (2013), Aullido de lobas (2014), Voces de la oquedad (2015) y Bajo mis uñas (2016).

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Miércoles, 21 Diciembre 2016 00:42

Biografía breve del temor y del olvido parte 3 y 4

Arte gráfico Ileana Mayanin 

Biografía breve del temor y del olvido

(Tercera y cuarta parte)

TERCERA PARTE

 

 

 

" Cuando se teme a alguien, es porque a ese alguien

le hemos concedido poder sobre nosotros. "

Hermann Hesse

 

12 de enero de 2011. Ciudad Juárez, Chih.

 

 

 

 

 

 

Aún no nos reponemos de la muerte de Maricela, y ahora debemos afrontar con mucho dolor y rabia el crimen de Susana Chávez

 

Arte gráfico Ileana Mayanin  Castillo. Ayer, por medio de una llamada telefónica de larga distancia, le notificaron a mi esposa del asesinato de Susana: encontraron su cadáver con la cabeza cubierta con una bolsa y la mano amputada. Su cuerpo fue identificado en el Servicio Médico Forense por sus familiares, luego de encontrarse desaparecida desde el pasado 6 de enero. Susana era poeta, defensora de los derechos humanos y estudiante de psicología en su natal Ciudad Juárez. Ella fue la autora de la frase “Ni una muerta más”, enarbolada como lema de varias organizaciones civiles que luchan por esclarecer los feminicidios en el Estado.

            Mi esposa mantuvo una cercana relación con Susana. Durante años, ambas participaron en eventos literarios pro-defensa de los derechos de la mujer, como también en marchas para exigir justicia para la muertas de Juárez. El haber recibido esta noticia, nos ha provocado un shock emocional y a la vez, una profunda pena en ambos. Inmediatamente decidimos viajar a Cd. Juárez para estar presentes en el funeral de Susana y llorar su muerte con los demás que la conocían. Esto no ha sido fácil.

            En los pasillos del velatorio, un amigo mutuo de Susana y nuestro, se acercó y nos dijo:

            —Parece que ya agarraron a los culpables —Luego miró hacia afuera por el ventanal, y agregó—. Son tres drogadictos. Vivían en una casa a medio construir, la cual es propiedad del papá de Susana. Por alguna razón, los dejaban habitar ese lugar y en ocasiones Susana les daba una vuelta para ver como estaban. Tal parece que Susana se puso a discutir con ellos, sabrá Dios por qué, y los tipos la agarraron a golpes hasta matarla. Luego decidieron hacer pasar el cuerpo como una víctima del crimen organizado y comenzaron a cortarle una mano, para luego tirarla en una calle sin identificaciones. Nunca podré entender que andaba ella haciendo con esos malditos, pero eso ya no importa. Ahora está muerta y los culpables en la cárcel. Sin embargo, sin ella, ahora las cosas jamás serán iguales —su rostro delgado se torció, rompiendo en llanto.

            Y yo aquí también sigo sin comprender cómo es que esto le ocurrió a Susana.

 

12 de marzo de 2011. Hidalgo del Parral, Chihuahua.

Este día hemos venido a la ciudad de Parral, al sur de Chihuahua. La razón de nuestra visita, es el participar en un evento cultural de la localidad, actividad a la cual nos han invitado las autoridades municipales. Durante la comida, una de las personas responsables de la organización, nos comentó sobre el largo suplicio burocrático que había sufrido desde el hurto de su coche. La chica, de nombre Jessica Irigoyen, nos narró lo sucedido:

            —Hace tres semanas  me robaron el coche, un Toyota —Comenzó a decir ella—. Fue a plena luz del día y en el centro de la ciudad. Hubo quienes vieron cómo era abierto mi vehículo a la fuerza, pero nadie hizo nada por evitarlo. Cuando me di cuenta de lo sucedido, acudí enojada, impotente y muy triste a la vez, a levantar una denuncia. Las autoridades no me atendieron bien. Fueron secos e indiferentes a mi problema; sólo dijo el agente del ministerio público que “a ver si sale el coche... mejor delo por perdido”. Mi madre me aconsejó olvidarme de todo y mejor comenzar a ahorrar para comprarme otro.

            »Pero un día —antier justamente—, me hablaron de la Fiscalía, para notificarme sobre el hallazgo del coche. “Si embargo, tendrá que esperar algunos días más para poder entregárselo, pues fue utilizado para cometer una ejecución”, me indicó fríamente la voz en el teléfono. “¿Cómo?”, exclamé, sorprendida por la noticia. Pues si, unos sicarios hicieron uso de mi vehículo para emboscar a dos jóvenes. Les dispararon desde mi Toyota, para luego abandonarlo ahí mismo. Los pobres muchachos quedaron allí, destrozados por las balas. A uno casi le cercenaron un brazo por la  cantidad de disparos recibidos de rifles tipo 'cuerno de chivo'.

            »Cuando me entreguen el coche, lo voy a vender. No quiero algo que fue usado por gente mala. Me sentiría mal siempre por saber que desde mi sedán le arrancaron la vida a unos inocentes. Quizás me compre un coche más sencillo, menos llamativo, para así esperar pasar desapercibida y estar a salvo de otro robo. Ojalá eso sirva. —Concluyó la mujer. La miré y desde lo hondo de mi ser le deseé una vida más segura, más feliz.

 

28 de abril de 2011. Chihuahua, Chih.

Con asombro y temor, leo en una revista las estadísticas de ejecuciones realizadas por el crimen organizado solamente durante este mes de abril: ¡1,402 muertes!

            En Nuevo León, Tamaulipas, Durango, Coahuila y Chihuahua, es en donde ocurrieron principalmente estos asesinatos, localizándose la mayoría de los cuerpos en narcofosas.

            ¿Dónde ocurrió el principio del silencio? ¿Porqué muchos se resisten a aceptar que ocurre aquí un holocausto? Todos estamos condenados, muriendo poco a poco, estrechándonos como ratas en un laberinto de muros bajos. Nadie hace nada... ¿cómo defendernos? Los brazos caídos, inertes, inermes.

            ¿Quién se acercará a mí, con qué intenciones?

            ¿Olerá a sangre y cenizas? 

 

12 de mayo de 2011. Chihuahua, Chih.

Mi madre me habló hace rato desde Durango. En estos momentos el reloj marca las 11:20 AM. Mi mamá estaba muy asustada, pues hace una hora se registró una balacera a una cuadra de donde ella vive. Me dijo, con la voz quebrada por el espanto, que murieron dos personas. Una de ellas era un ex-agente de la Fiscalía y la otra una pobre señora que llevaba comida para su hijo. El niño estaba esperándola en la escuela primaria. Tal parece que dos personas —antiguos agentes de la policía—, fueron interceptados por unos tipos abordo de una camioneta y de un automóvil sedán, de donde les dispararon con armas de alto calibre. Uno de los agredidos quedó muerto en ese lugar. El otro —quien quedó herido—, corrió para esconderse en una tiendita en la cual se encontraba la pobre mujer que recibió un balazo y murió. Me dijo mi madre que los vecinos del fraccionamiento Domingo Arrieta están muy preocupados, pues temen ocurra otra balacera en cualquier momento, poniendo en peligro sus vidas. Mi mamá me dijo:

            —Ya tengo miedo de salir a la calle, hijo. No me siento segura ni en mi casa, no vaya a ser que una bala perdida entre por la ventana y me alcance.

            Traté de darle ánimos y confianza, pero no creo haberlo logrado. Estoy muy nervioso por esa noticia.

 

22 de agosto de 2011. Chihuahua, Chih.

Algo espantoso nos han comunicado esta mañana: Fabiola y Shaib, una pareja de jóvenes amigos nuestros, han sido encontrados muertos dentro de una zanja. Hace cinco días fueron secuestrados de la finca en la que vivían al sur de la ciudad; muebles rotos, documentos regados por el piso, manchas de sangre fue lo que quedó en la vivienda. Todo eso nos hace suponer que Shaib sostuvo una pelea con quienes los raptaron, pues él era experto en artes marciales. Pero desgraciadamente fueron sometidos y luego asesinados a cuchilladas.

            Shaib tenía 34 años, Fabiola 29 años. Los dos tenían apenas unos pocos meses de casados y eran dueños de un bar-galería de arte, negocio situado en el centro de la ciudad. No puedo creer que hace un mes los vi por última vez: alegres como siempre, compartían un grato momento con quienes los acompañamos en esa ocasión. Fabiola irradiaba belleza y felicidad, mientras Shaib la miraba y sonreía, lleno de orgullo por su esposa. Recuerdo claramente que esa noche nos dijo a modo de confesión:

            —Las cosas andan mal en mi negocio y quizás sí acepte una propuesta que me anda haciendo un inversionista.

            —¿De qué hablas? —Le preguntó mi esposa con desconfianza.

            —Hablo de un tipo que anda moviendo mucha lana y está bien parado con gentes de poder. Él me hizo una propuesta y desea hacerse socio de nosotros. Pero la ando pensando, pues aún cuando ese chavo presidió el Frente Juvenil Municipal del PRI y su papá está muy acomodado en las altas esferas del gobierno, hace como tres meses lo agarraron con una pistola de uso exclusivo del ejército, una granada y una buena cantidad de cocaína. Claro, inmediatamente salió pues su papi lo sacó, pero no sé bien en qué cosas anda metido.

            —¡Pero cómo te gusta hacerte pendejo! —Le dije indignado. No podía dar crédito a su aparente ingenuidad. Ante eso, se defendió diciendo:

            —¿Pero porqué te encabronas, si sólo es un junior de la clase política? Si él desea invertir su dinero, yo no soy nadie para impedírselo. Además, así se las juegan ellos: andan con drogas y armas sólo para hacerle al chingón, pero nada más.

            —No Shaib, no te creo que quieras tragarte eso. Tú bien sabes como están las cosas como para andar queriendo inventarte justificaciones y desear relacionarte con personas peligrosas. Si te vinculas con ese tipo, algo malo puede pasarles a ustedes y tú no tienes ningún derecho de exponer a tu mujer. Mejor búscale por otro lado, no la vayas a regar —dijo con franqueza mi esposa, pues ella era amiga de Shaib desde hacia más tiempo. Shaib simplemente la miró, soltó una carcajada, nos abrazó y luego se retiró con Fabiola. No imaginé que la próxima vez que lo vería, lo encontraría tendido dentro de un ataúd.

            Sus familiares habían levantado hace días ante la Fiscalía General del Estado, la denuncia de la desaparición de los muchachos. La autoridad investigadora al dar inicio a las investigaciones, logró asegurar al día siguiente un vehículo Peugeot, propiedad de nuestros amigos. El coche presentaba daños en la carrocería —al parecer producto de un choque—, así como manchas de sangre en los interiores. Aunado a eso, la autoridad reveló que en la granja donde habitaban los muchachos también había sangre. También fue asegurada en el lugar un arma punzo-cortante que pudo ser utilizada por el autor material del crimen. Finalmente la policía dio con los cuerpos de mis amigos, los cuales estaban en lo profundo de una fosa clandestina, por lo que al sacarlos se percataron de que ambos presentaban un avanzado estado de descomposición y heridas producidas por arma punzo-cortante. Las autoridades continúan investigando para dar con el responsable del crimen, pero yo no creo que vaya a ser aprendido nadie.

            Mi esposa está inconsolable y yo muy confundido. De nuevo la sombra de la tragedia nos alcanza con la muerte violenta de personas queridas.

 

20 de octubre de 2011. Chihuahua, Chih.

Esta tarde acudimos mi esposa y yo a un pequeño restaurante de comida libanesa instalado en la casa de la señora Rohana Bujdud. Al llegar, no encontramos con una desagradable sorpresa: aparentemente estaba cerrado, fuera de servicio. Nos íbamos a retirar, pero antes de hacerlo decidimos tocar en la reja. Nadie salía y seguí insistiendo. Luego de unos instantes notamos como se movía con cautela una cortina. Desde adentro alguien nos observaba y después de que nos identificara, se abrió la puerta.

            —¡Pasen, no los reconocía! —dijo Rohana. Su semblante era el de alguien cansado, como si algo la estuviera desgastando—. Desde hace tiempo que no venían a comer. ¡Vengan, vengan por aquí!

            —Hola Rohana, disculpe si toqué muy fuerte, pero parecía estar cerrado el negocio. ¿Todo está bien? —Al entrar, vimos a un par de comensales sentados silenciosamente en un rincón. Unos pesados cortinajes cubrían las ventanas y en un nicho lleno de velas, una enorme imagen de San Charvel servía como patrono protector del restaurante: el tamaño de la figura religiosa estaba en directa proporción con la dimensión del temor de Rohana.

            ―Sí estamos en servicio, pero únicamente para la gente conocida. Tuvimos que hacer eso desde que unos cabrones vinieron exigiéndome 50,000 pesos. Dijeron que si no pagaba, me iba a arrepentir. Y yo pensé ¡están locos, cómo les voy a dar tanto dinero! Así que hago parecer que ya no abrimos —Y agregó con el ceño fruncido y las manos entrelazadas—. Todo callado, todo tranquilo. Sólo así podemos vivir, muchachos, fingiendo y ocultos.

 

 

 

 

CUARTA PARTE

 

 

 

"A veces, el silencio es la peor mentira."

Miguel de Unamuno

 

8 de febrero de 2012. Chihuahua, Chih.

Tengo tres semanas realizando una serie de actividades de promoción de la lectura con los pacientes del Hospital Infantil del Estado. Cada vez que llego, debo cubrirme con una bata blanca, guantes y tapaboca, para así evitar contaminar con agentes externos a los pequeños en recuperación; luego comienzo un recorrido a través de cada una de las áreas de camas, invitando a las madres y a los niños para que me acompañen a una pequeña aula dentro del hospital. Una vez reunido un grupo adecuado, les leo libros infantiles y los motivo a desarrollar sus propios textos. Muchos no nos pueden acompañar, dada su estado de delicadeza física. Algunos se encuentran muy débiles luego de haber sido sometidos a alguna intervención o después de un fuerte tratamiento. Y unos pocos, de vez en cuando, simplemente no pueden levantarse por que están agonizando.

            Dos de los niños que hoy conocí, están a punto de morir. Uno de ellos fue herido en la cabeza por arma de fuego, resultado del ataque en el que se vio inmerso el pasado martes, y durante el cual perdió la vida su padre. Alguien me dijo: “está muy mal y de seguro no logra pasar la noche”.

            Este pobre niño, de apenas 11 años, se encontraba en el área de cuidados intensivos. Tenía la cabeza cubierta con vendas y una serie de tubos y cables entraban por su boca y nariz. Al preguntar su nombre, una enfermera me respondió: “Kevin, se llama Kevin Chávez”. Luego de una pausa, agregó: “y su papá... creo que se llamaba Israel y tenía 33 años. Que triste, era muy joven”.

            También he conocido a otro pequeño de nombre Arturo Cisneros, quien a sus 10 años resultó herido ayer por agentes de la Policía Municipal durante un tiroteo. Arturo se encuentra en situación crítica, pues le cercenaron un dedo de la mano derecha, sufrió otra herida en la mano izquierda, perdió músculos y tendones de una pierna y recibió además un balazo en el abdomen —resultando lesionado el intestino grueso— y otro en región hepática —esto último lo ha puesto al filo de la muerte—. Todo resultó a partir de que su madre, la señora Roberta Jiménez Cisneros, pasó a un domicilio para esperar a su hija mayor. Mientras aguardaba abordo de su vehículo, llegaron unos agentes de la Policía Municipal quienes sin identificarse previamente, golpearon la camioneta de la mujer. Ella, al no saber qué estaba pasando, creyó estar siendo agredida por truhanes que la querían asaltar y puso en marcha el automóvil, por los que los agentes comenzaron a disparar. La mujer, al darse cuenta de que habían lastimado seriamente a su hijo, se dirigió rápidamente en búsqueda de auxilio médico. Al llegar al Hospital Infantil, fue aprehendida por agentes de la PGR, pues se emitió un boletín con las características de su camioneta. Mientras el niño era atendido por lo médicos, su madre fue privada de la libertad y llevada a los separos de la policía. Una de las trabajadoras sociales me contó que durante la mañana de este día, Roberta logró recuperar su libertad, encontrándose aún bajo proceso y papeleo que tendrá que desahogarse mientras queda firme que la acusación formulada por los policías municipales, fue totalmente falsa. Naturalmente ella lo primero que desea, es que el niño se salve y logre recuperarse con bien, para luego intentar buscar justicia y que se castigue a los policías por su estúpido proceder.

            Al retirarme del hospital, charlé un momento con uno de los médicos que atienden al pequeño Arturo. Yo le dije que publicaría por cualquier medio las terribles cosas ocurridas a esos dos niños, ante lo cual él me cuestionó:

            ―¿Para qué querer hacer público los casos de Kevin y Arturo, si al final por culpa de como están las cosas, nadie va a pagar por sus crímenes?

            Le respondí citando a Mohandas Gandhi: "Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena."

 

13 de abril de 2012. Chihuahua, Chih.

Avanzando sobre la ola oscura de la muerte, la desgracia ha llegado a nuestra puerta.

            Son las diez de la noche y por el resto de mi vida recordaré este día, pues hoy a muerto mi cuñada Carolina. Al mediodía llegó corriendo a nuestra casa Edgar, el esposo de Nora, mi otra cuñada. Al no tener nuestro número telefónico actual, buscó con desesperación nuestro domicilio. Luego de una hora dio con nuestra casa. Al entrar lo primero que dijo fue:

            —¡Tu hermana Caro está muerta!

            Mi esposa, al escuchar eso, se desmayó. Luego de reanimarla y colocarla sobre la cama, preguntó:

            —¿Pero cómo? ¿porqué? —Su rostro estaba lívido y su voz temblaba.

            Edgar nos explicó lo poco que sabía: mi cuñada Carolina —quien tenía viviendo varios meses con un hombre llamado Eduardo Monroy, que además era su compañero de trabajo en un restaurant-bar en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas—, aparentemente se había suicidado luego de una fuerte discusión con su pareja. De acuerdo a las indagatorias policiales, el tipo declaró que ella se había metido al cuarto, encerrándose por largo rato. Luego de que no escuchó ruidos provenientes del interior de la habitación, Eduardo entró rompiendo la cerradura y se encontró a Carolina colgando de un litera. Según dijo él, después de intentar reanimarla, llamó a los servicios de emergencia, pero al llegar al lugar, declararon que había muerto por asfixia. Tal parece que las autoridades han creído esa versión de los hechos, pero mientras indagamos lo que realimente ocurrió, tuvimos que reunir dinero entre toda la familia y hemos contratado un servicio de traslado del cuerpo de mi cuñada.

            Mañana veremos mi cuñado Antonio y yo el modo de levantar una denuncia contra el tal Eduardo, pues sospechamos que en realidad el la ahorcó. El tipo ese labora como guardia de seguridad en el restaurante donde trabajaba Caro como cajera. Según nos llegó a decir ella en alguna ocasión, Eduardo es un hombre muy violento, sumamente celoso y además posee antecedentes penales serios.

            Quisiera subirme a la camioneta e ir por mi cuñado Toño, para juntos viajar hasta Tamaulipas y buscar al Eduardo. Seguramente entre los dos podamos sacarle la verdad a ese sujeto.

            Pero no, no provocaré algo que le traiga más desgracias a mi mujer.

 

15 de abril de 2012. Chihuahua, Chih.

En la madrugada ha llegado finalmente el cuerpo de Carolina. Su ex-esposo fue quien se encargó de todos los trámites en Tamaulipas. Junto al conductor de la carroza, venían él y sus dos hijos. La traían en su ataúd muy bonita, arreglada con un bello vestido. A las 8 de la mañana nos venimos mi esposa y yo a la casa para descansar un poco. Ha sido una larga noche. Ella está dormida en la recámara y yo me encuentro muy inquieto. No puedo dormir.

            Mi cuñado Toño dice que él irá a Tamaulipas para buscar al compañero romántico de Carolina. Dice que lo hará confesar su crimen. Nadie se cree esa historia del suicidio. No puede ser. Carolina pensaba casarse con ese tipo. Inclusive había hablado recientemente por teléfono con Toño, pidiéndole que él fuera su padrino. Ya indagué en internet sobre el tal Eduardo. Encontré que él había sido agente de la Policía Metropolitana de Ciudad Victoria y fue destituido del cargo por abuso de autoridad y lesiones en contra de unos estudiantes. También encontré en su cuenta de Facebook, una serie de fotografías en las que se muestra recientemente portando armas de alto poder, acompañado de otros sujetos fuertemente armados. No dudo que Eduardo Monroy sea parte de un grupo de criminales de alta escuela. No dudo que él haya asesinado a mi cuñada. No dudo que Eduardo esté libre por poseer la protección de sus compañeros delincuentes. No lo dudo. ¿Porqué? Pienso eso en virtud a una pregunta que hace poco le hicieron a uno de los mariscales de Felipe Calderón, el cual participa en la guerra contra el narcotráfico: “¿Cuál es el peor lugar de México en términos de seguridad?”, a lo cual el funcionario respondió: ”en ejecuciones, Ciudad Juárez. En descomposición social y penetración del narcotráfico en todas las estructuras, sin duda Tamaulipas”.

            Nunca comprendimos las razones de mi cuñada para continuar viviendo en Tamaulipas, pues allá está peor que aquí: los empresarios han huido de Tampico; en Reynosa los principales informantes del narco son taxistas; en Victoria la droga es vendida por amas de casa en los barrios populares; en Nuevo Laredo los ciudadanos viven con miedo de salir a las calles. En Tamaulipas manda el narco y nadie lo duda.

            Los líderes del crimen mantienen a la sociedad Tamaulipeca con una pistola en la boca para que nadie hable: cobran impuestos a los comerciantes de todas las ramas de la actividad económica, y al que no pague le ponen una granada a la mañana siguiente como para que ni un cliente se les acerque jamás.

            A quien secuestran, lo obligan a pagar el rescate en abonos de por vida: no les basta quitarles a las víctimas todo lo que posean —propiedades y dinero—, sino que además anuncian que “cada mes pasaremos a recoger otra cantidad”. Y quien se oponga, recibe la creíble advertencia de que será ejecutado.

            Carolina, ¿porqué te fuiste a enamorar del hombre equivocado? ¿Porqué te quedaste en el Estado con el índice de feminicidios más alto del país? ¿Porqué nunca buscaste ayuda, si vivías bajo la amenaza de un hombre celoso y maligno?

 

20 de abril de 2012. Chihuahua, Chih.

Hasta hoy pudimos darle sepultura al cuerpo de Caro. Hubo problemas administrativos: las obtusas autoridades municipales exigieron ciertos papeles para autorizar la inhumación. Tuvimos que pedir mantuvieran el cuerpo dentro de un congelador de la funeraria mientras se mandaron pedir a Tamaulipas los documentos faltantes. Todo esto ha sido tan duro, tan triste. Fue indignante ver a mi cuñada así, como un objeto perdido entre los intersticios de la burocracia indiferente.

            El día de ayer logramos obtener el apoyo de Norma Ledezma, coordinadora de la agrupación civil “Justicia para nuestras hijas”. Norma ha luchado desde el año 2002 por la defensa de los derechos de las víctimas y sus familiares en los casos de feminicidio en Chihuahua. Ella es pionera en analizar los expedientes y las investigaciones que realizan las autoridades en esos casos. Mi esposa ha colaborado con ella en múltiples ocasiones, y por eso le pidió ayuda para tratar de esclarece la muerte de mi cuñada. El pasado día 18, acudimos al lugar en donde tenían a Caro en congelación. Norma venía acompañada por dos agentes de la Dirección de Servicios Periciales de la SEMEFO de Chihuahua, con la intención de realizar una cuidadosa revisión del cuerpo de Carolina. La examinaron e hicieron un estudio necro-fotográfico detallado de las marcas presentes en el cuerpo; de acuerdo a los resultados que ellos obtengan, pretendemos reabrir la investigación del caso. Si después del análisis, los especialistas determinan que Carolina falleció por estrangulación y no por asfixia auto-provocada, dispondríamos de  evidencia suficiente para pedir la aprehensión de Eduardo.

            Pero por el momento, lo único que puedo hacer es darle a mi esposa todo mi apoyo y consuelo. Está destrozada. Con tanto dolor, esto será muy largo y difícil para superarlo.

 

15 de mayo de 2012. Chihuahua, Chih.

No siento ningún avance en mi proceso psicoterapéutico. En realidad no pongo en duda la capacidad de mi terapeuta. Únicamente no creo en la efectividad de un tratamiento que trato de llevar durante un periodo de mi vida, en el cual todo a mi alrededor se está yendo por el caño.

            Quizás deje de visitar a mi psicóloga por un tiempo.

 

13 de agosto de 2012. Chihuahua, Chih.

Mi esposa está intentando sobrellevar la muerte de su hermana. Es un momento muy difícil para nosotros. Nunca la había visto así, tan lastimada, tan abatida.

            Ella sí está acudiendo a terapia. Yo sigo sin ir. Quizás mi auto-encierro sea malo, pero no es mi momento para buscar ayuda.

            Ella está escribiendo mucho, intentando de ese modo reconstruirse. En un proceso de catarsis, escribió un texto para su hermana, una larga carta liberadora. La leí y con su permiso integraré aquí el final:

            “...Yo intentaré dejar de fumar. Yo buscaré irme lejos. Yo trataré de ser yo y no cometer tus errores. Yo inventaré un páramo de luz donde buscarte. Yo levantaré una protesta contra la muerte. Yo me iré lejos de esta tierra agonizante y me olvidaré de las luchas colectivas, para entregarme a las luchas íntimas. Yo jamás te olvidaré, ni olvidaré todo lo que fuimos e hicimos. Yo siempre te llevaré en mi memoria.

            P.D.- No olvides visitarme en los sueños.”

 

            Estoy muy triste por mi mujer.

 

 

8 de septiembre de 2012. Chihuahua, Chih.

Nos hemos mudado a una casa en el centro de la ciudad. Contrario a lo que creía, los habitantes de esa área también sufren la violencia del crimen organizado. Conocí al dueño de un mini-super, el cual sin ningún motivo me mostró una de sus manos enfundada con un guante negro.

            —¿Sabe porqué la traigo así? Pues hace medio año, cuando iba a cerrar para hacer el corte de caja, entraron dos cabrones apuntándome con una pistola. Mientras uno de ellos agarraba todo el dinero, el otro me disparó varias veces. De puritito milagro estoy vivo, pero la mano la tengo inutilizada y traigo esquirlas de bala alojadas en la espalda, que aún no han podido sacarme. Vaya a usted a saber por que no me morí, pero si algún día vuelven esos dos, aquí les tengo esto... —En ese momento levantó un poco su delantal para mostrarme una pistola tipo revólver—. Y a mí se me hace que uno de ellos ya lo había visto antes. Es un pinche policía, pero no'más los vea y se los va a cargar la misma rechingada —exclamó con profundo resentimiento. Lo miré unos instantes, pagándole la mercancía y luego me retiré con preocupación y angustia.

 

 

11 de octubre de 2012. Chihuahua, Chih.

Durante una charla, alguien me dio la idea de entrevistar a los internos de alta peligrosidad del CERESO. Eso ocurrió mientras visitaba a un amigo abogado. Él me contó que mientras conducía una mañana por una transitada avenida, se detuvo en un crucero y allí un vendedor de periódicos le mostró la primera plana del rotativo, el cual con enormes letras decía: “Atrapan a sicarios descuartizadores”. Al ver eso se preguntó: “¿Qué pensarán los criminales? ¿porqué hacen esas cosas tan abominables?”. Luego, durante el resto del día continuó dándole vueltas a esa cuestión. Yo le había comentado sobre esta bitácora, y ante eso me dijo:

            —¿Porqué no buscas el modo de interrogar a delincuentes encarcelados, a aquellos culpables de los delitos más penados? Creo que si deseas registrar los eventos y testimonios relacionados al crimen organizado, tendrías que hablar con secuestradores, extorsionadores y multihomicidas sancionados con prisión vitalicia.

            Razoné en silencio esta idea durante días. De algún modo y con muchísimos esfuerzos, quizás podría obtener los permisos oficiales necesarios para entrar al CERESO y ver a esos tipos. Pero considerar seriamente estar en la misma habitación con criminales de alto riesgo que hayan actuado con brutal ferocidad, es algo que me espanta seriamente. No soy ningún cobarde, pero llevar a cabo eso, requeriría de mi parte un grado muy acendrado de valentía.

            Hasta ahora, he llevado los registros de esta bitácora durante tres años. En tal periodo he podido atestiguar los intentos que han realizado los gobiernos para frenar la delincuencia en el país. Entre estas acciones está la aprobación unánime del Congreso de Chihuahua, de la iniciativa para imponer cadena perpetua a los más peligrosos criminales. De tal modo que, hasta hoy son 34 los reclusos del Área de Alta Seguridad para Prisión Vitalicia dentro del CERESO número 1 de Chihuahua.

            Y si pudiera preguntarles algo a esos crueles delincuentes, ¿cuales serían esas interrogantes?

 

2 de noviembre de 2012. Chihuahua, Chih.

No sé porqué continuó escribiendo esto. Me siento mal. Me hace daño estar atento de los crímenes cometidos a nuestro alrededor. La idea de interrogar a criminales de alta peligrosidad, se está convirtiendo en una obsesión. Pero al pensar en eso, veo esta libreta de apuntes como una bitácora del miedo, la inseguridad y la injusticia y quisiera deshacerme de ella, quemarla, como si de ese modo pudiera exorcizar los demonios que me aquejan. Pero no serviría de nada.

            La mayoría del tiempo guardo este cuaderno de notas en el fondo de un cajón; lo mantengo alejado de mi quehacer cotidiano, pues pretendo creer que si ignoro el mal —aún cuando sólo sea por un momento—, terminará por irse lejos, fuera de nuestras vidas. Pero el mal sigue allí, alrededor, acechando en todos lados, listo para atrapar a su siguiente víctima.

            Estoy cansado de vivir así, siempre con temor.

 

29 de noviembre de 2012. Ciudad Juárez, Chih.

Durante unos días estaré en Ciudad Juárez, territorio de la violencia e impunidad. Vengo a esta ciudad por que tengo una cita en el consulado norteamericano para tramitar mi visa. Luego de realizar mis trámites, aprovecharé para intentar entrevistar a los familiares de las víctimas de la masacre ocurrida hace casi dos años en el fraccionamiento Villas de Salvácar. Desconozco el estado emocional de los implicados y quizás no encuentre a nadie con disposición para hablar al respecto. Sin embargo, trataré ir a esa colonia popular y buscaré a quien quiera darme su versión de lo ocurrido.

            Aún no entiendo del todo por que continúo engrosando este diario. Debería olvidar todo esto, y dedicarme a otra cosa, a algo para desvincularme de tanto dolor y maldad.

            Hace meses que dejé de ir a terapia y ahora con todo esto, temo por mi salud emocional.

 

30  de noviembre de 2012. Ciudad Juárez, Chih.

Ayer fue un día largo: Luego de mis trámites en el consulado, tomé un taxi y me dirigí al sureste de la ciudad. Al circular sobre la Avenida de las Torres, el chofer viró a la derecha, avanzando en silencio hacia la dirección por mí indicada. Cuando pasamos junto a una maquiladora, el conductor preguntó:

            —Disculpe joven, pero, ¿va a donde mataron a los muchachos?

            —Si —Seguramente debí haber dicho otra cosa pero la directa interrogante del taxista, de algún modo, me obligó a sincerarme. Eso me incomodó. Comencé a sentirme mal, como si estuviera a punto de hacer algo inmoral. “Quizás deba dejar esto por la paz y regresarme ya a Chihuahua”, pensé al notar la mirada de desconfianza del chofer, el cual no me quitaba los ojos de encima a través del retrovisor.

            —¿Es usted periodista o algo así? —Insistió el hombre con cierta hostilidad en la voz.

            —No —respondí con sequedad—, sólo doy clases de literatura en una escuelita en Chihuahua. 

            —¿Y a qué vino? A mí se me hace que usted busca algo. —El tipo actuaba cada vez con más recelo; la situación se volvía tensa. Y era comprensible su actitud, pues años de vivir en un entorno tan peligroso, engendra un profundo estado de suspicacia. Cuando estuve a punto de decirle, ya molesto, “A usted eso no le incumbe”, detuvo el vehículo.

            —Es aquí —determinó tajante. Ante mí estaba la casa con el número 1310, de la calle Villa del Portal. La colonia, constituida básicamente por pequeñas casas de interés social, se veía tranquila. Pagué al taxista y me dirigí a una pequeña tienda miscelánea.

            En realidad, ¿a qué vine hasta acá? ¿acaso me mueve una insana curiosidad o el deseo de atestiguar los alcances de las fuerzas demoniacas, perversas, capaces de aplastarnos impunemente? —me pregunté— ¿busco una explicación de lo inexplicable? No lo sé aún.

            La tarde, fría, otoñal, arrojaba una luz lánguida como mis ánimos. ¿A quién me dirigiría? ¿qué preguntaría?

            Salí de la tiendita con un refresco en la mano. No tenía sed. Únicamente quería parecer normal, libre de malas intenciones. Tuve un momento de titubeo. Bebí el refresco y avancé. Al retornar frente a la casa en donde ocurrió el ataque contra los jovencitos, pude percatarme de algo: la casa tenía la puerta abierta y encima un rótulo decía “Centro Comunitario”. La fachada era de color mostaza y parecía tener años sin ser pintada. En un pequeño espacio, varios rosales crecían, protegidos por un barandal improvisado con tablas. Entré y encontré a un hombre intentando armar con una hoja de triplay, algo que parecía una mesa.

            — Buenas tardes —dije.

            —Pásele, buenas tardes, ¿busca a alguien? —El hombre parecía tener mi misma edad. Su actitud afable me tranquilizó. Le dije mi nombre y él me indicó el suyo:

            —Soy Benjamín Jiménez, y digamos que soy el guardián de esta casa. ¿En qué le puedo servir?

            Le expliqué mi situación. Dije estar interesado en plasmar por escrito todo lo sucedido en ese lugar:

            —Digamos que soy algo así como un escritor y creo que mi deber es dar testimonio de estos tiempos de horror que nos han tocado vivir —declaré, no sin sentirme algo petulante y fuera de lugar. Ante mi comentario, el hombre respondió con honestidad:

            Pues usted pregúnteme, estoy a su disposición. No sólo soy el responsable de este centro comunitario, sino que además me considero obligado a mantener el recuerdo de lo aquí sucedido, para que nunca se nos olvide esta injusticia y mantener viva la memoria de los muchachos asesinados.

            —Le agradezco enormemente su cooperación. Entonces permítame preparar mi grabadora —dije, encendiendo el mini-dispositivo electrónico de registro—. Ahora platíqueme todo lo sucedido aquí, como si yo no supiera nada del asunto —Benjamín, sentado ante mí, puso las manos sobre sus rodillas y con la voz cargada de tristeza, me narró los hechos:

            —Fue en la noche del 30 de enero del 2010. Eran casi las doce de la noche y había algo de actividad en la calle. Aquí, en esta casa se celebraba una fiesta por el cumpleaños de uno de los chicos, pero también para festejar el campeonato que habían ganado los jugadores de la liga Doble A de fútbol americano. Había docenas de personas, la mayoría estudiantes del Colegio de Bachilleres 9, la Universidad Autónoma de Chihuahua y del CBTIS 128. Una señora que vivía enfrente atendía su puesto de hamburguesas mientras que su marido charlaba con un amigo. Al lado, un vecino metía su vehículo en su cochera. De pronto llegaron cuatro vehículos, de los que descendieron una docena de sujetos. Uno de ellos se acercó a la señora de las hamburguesas, le compró dos cigarrillos mientras le preguntaba: “¿Ahí hay una fiesta, verdad?”. Ella asintió. En ese momento vino otro tipo y ordenó: “A todos parejo”, ante lo que el primero desenfundó una pistola, disparando varias veces sobre el marido de la pobre mujer. El amigo de su esposo intentó huir, siendo alcanzado por la balas en la espalda. El otro vecino intentó resguardarse inútilmente en su coche, pero otro asesino lo atrapó, disparándole con un arma larga. La mujer, tratando de auxiliar a su marido, corrió hacia él, más una ráfaga la alcanzó en las piernas, brazos y cabeza. Ella sobrevivió, pero con graves secuelas; los otros tres murieron allá afuera al instante.

            »Mientras, en esta casa ―prosiguió― uno de los muchachos dijo escuchar balazos, pero nadie le hizo caso. Desgraciadamente, ocurrió que minutos antes, varios de los jóvenes intentaron irse pues la música que había no les gustaba, pero se regresaron al escuchar otro tipo de música. Bailaban, platicaban y se divertían, ajenos a las intenciones de los sicarios. Instantes después ingresó el entrenador del equipo, gritando: “¡Corran y escóndanse... afuera hay disparos!”. Al escuchar las detonaciones, varios se precipitaron al fondo de la casa. Los asesinos entraron, acribillando a cuanto veían. Algunos de los chavos quedaron tirados al lado de la puerta, otros murieron en la cocina. Una jovencita se brincó la barda, otros la siguieron, huyendo a las casas contiguas. Los cuerpos caían, heridos por las armas de alto poder. Entre gritos y disparos, algunos intentaron ponerse a salvo, pero sin lograrlo: los criminales avanzaron por todos los rincones, buscando acabar con los sobrevivientes.

            En ese momento Benjamín hizo un pausa. Mirando una pared al fondo continuó:

            ―Luego de unos largos y atroces minutos, los malditos se retiraron a bordo de sus camionetas, dejando atrás un escenario de horror y muerte. Doña Gloria, una vecina de aquí al lado, escuchó la balacera, luego alaridos de miedo y agonía. Al salir a ver, encontró un enorme charco de sangre y en el cadáveres irreconocibles y personas gravemente heridas —dijo apretando los puños. Evidentemente estaba furioso—. Yo conocía a la mayoría de los muchachos. Ellos eran buenos estudiantes y les gustaba el deporte. Algo así no debió ocurrir. 

            —Lo sé —respondí, sin tener más palabras. 

            —Al final fueron quince las personas que perdieron aquí la vida. Eso vino a cambiarnos a todos nosotros para siempre. Aún cuando el Gobierno Federal ha invertido muchísimos millones de pesos para tratar de sanar el tejido social de Ciudad Juárez, las cosas siguen igual. Nada podrá regresarnos la paz de antes, nadie puede traernos de nuevo a nuestros muchachos. Esto es muy duro.

            »Lo único a nuestro alcance, es intentar seguir adelante. Esta casa quedó sola por más de dos años. Con ayuda de los vecinos, nos dedicamos a repararla, a tapar los agujeros dejados por las balas en las paredes, a lavar los pisos y pintar las paredes. Las manchas de sangre no se ven, pero aún siguen grabadas en nuestra memoria. Sin embargo eso no nos detiene; cada semana nos reunimos aquí. Se imparten talleres de inglés, de manualidades y elaboración de piñatas. También realizamos actividades dirigidas para adultos mayores. Nos apoyan voluntarios del DIF municipal y de otras dependencias de gobierno. Ahí la vamos llevando, poco a poco —Benjamín hizo una pausa para atender su teléfono. Mientras hablaba, me observó o por lo menos eso parecía: su mirada fue distante, ajena a la llamada telefónica, fuera del tiempo. Al terminar, guardó el aparato en su bolsillo e inhaló una profunda bocanada de aire y dijo, a modo de conclusión—. Ya tengo que cerrar, pero antes de pedir un taxi para usted, le diré por qué esto se está poniendo cada día peor: lo ocurrido en este lugar se volvió a repetir en octubre del 2010, cuando un comando armado acribilló a los asistentes a una fiesta de quinceañera que se realizaba en una casa de la colonia Horizontes del Sur. Murieron 14 personas y resultaron 20 heridos. Esto pasó como a dos kilómetros de aquí, ¿y qué cree que pensamos?

            —No se, pero me lo imagino —respondí con un nudo en la garganta.

            —Que en cualquier momento, en nuestras propias casas, moriremos destrozados por la balas de los criminales. Moriremos y nadie lo podrá evitar. Moriremos y nadie nos hará justicia —dijo con una expresión de negra resignación.

 

 

5 de diciembre de 2012. Chihuahua, Chih.

Para tratar de calmarme, pondré por escrito lo sucedido hace un par de horas en un céntrico restaurante de comida tailandesa. Mientras esperábamos ser atendidos por el mesero, mi esposa y yo escuchamos con espanto lo que decían tres sujetos sentados en la mesa contigua:

             —...No mames cabrón, si ese pinche culero no'más se la pasó chillando. Según él era bien chingón, pero a la hora de los putazos rogó por su vida como vieja ―dijo uno de gran corpulencia.

            —Pues te lo echaste muy rápido... a ver si no se encabrona el comandante —agregó otro al cual pude verle una pistola fajada en su cinturón—. Él nos pidió que le sacáramos todo lo que sabía ese pendejo de los otros wueyes pa' los que trabajaba. Pero tú no te aguantaste y le metiste el plomazo antes de que terminara de hablar. Ni modo, diremos que no aguantó la tortura y se nos murió muy rápido...

            Ante estas declaraciones, el tercer hombre respondió sumamente molesto:

            —¡Ya pendejos, a la chingada! Si ustedes no se concentran, al rato a los que van a mandar retirar serán ustedes dos. Háganme caso, yo sé como son estos business.  Vamos haciendo lo que nos encargan bien y sólo así la iremos armando...

            Era evidente que estos tipos eran sicarios del hampa y este sitio seguramente era controlado por ellos y su gente, por lo que se sentían libres de hablar en voz alta de sus crímenes. De tal modo que decidimos retirarnos calmadamente de ahí, sin decir nada.

            ¿Y cómo decir algo ante tales seres?

 

 ****Arte gráfico: Ileana Mayanin

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Sábado, 17 Diciembre 2016 04:37

EN LA GARGANTA DEL VAMPIRO

 

     EN LA GARGANTA DEL VAMPIRO  

  Roberto López Moreno    

        Y cuando despertó todavía estaba ahí, en la garganta del diablo.

                                             José Lezama Lima

   Dicen que se acostó en medio de aquel frió jijo de toda su…Un frío que golpeaba las sienes con su halo asesino. Los postes de la calle, los cables del alumbrado eléctrico, el pavimento húmedo en tiempo de secas, ¿qué podrían decir de ese frío desmesurado?, ellos, mudos siempre tan; ellos, silenciosos hasta el hielo semilíquido que los cubría (escarcha). Dicen que logró conciliar el sueño no obstante aquel entorno mortífero con su alarido congelado, que logró dormir dicen, que durmió, durmió, que alcanzó a alcanzar el sueño y que cuando despertó el día estaba entrando en la noche del 24 de diciembre. Dicen que se levantó aterido, en plena conciencia de la fecha que tiritadora tenía untada en el cuerpo y la conciencia: “24 de diciembre –dicen que dijo- momento excelente como para que me vaya cargando la chingada”. Dicen que él siempre manifestó un hondo rencor, por esa fecha, la que siempre depreció, desde el fondo de sus huesos, la que siempre consideró la fecha maldita de todo el calendario, el triunfo anual del egoísmo y la hipocresía. La noche en la que se juntan las familias escondiendo sus envidias mutuas y sus arteros celos por el bien del otro, sus chismes a flor de piel, sus rencores, sus frustraciones frente al triunfo ajeno, el abrazador alegre y el abrazado con una falsa alegría ¡Feliz Noche Buena-Feliz Navidad!... la noche paradigma del egoísmo, la noche en la que el que tiene familia se reúne con la familia, sin importarle en lo más mínimo el que no la tenga, como era su caso. Dicen que odiaba hasta las entrañas esa noche del egoísmo, del individualismo disfrazado, en la que todos (los con familia) se deseaban parabienes y brindaban y eran felices con la familia reunida un año más. Dicen que entonces, pensando en ello, se levantó de su lecho en desorden de muchos días, se frotó las manos con fruición, y que íntimamente mentoles la madre a los con familia, a los hipócritas, egoístas, “humanitarios navideños”. Dicen que pensó que lo mismo era morirse de frío ahí encerrado que a media calle de la calle. Entonces, dicen, que por establecer contrastes con los que a esa hora empezarían a brindar por la paz de los seres, encerrados entre sus egoistas paredes familiares, entre su muros de soterrado odio al prójimo, decidió salir de su soledad a la calle de la calle, ¿dinero en la bolsa?, tenía el dinero que le permitía su vida en soledad, sin compromisos. Dicen que entonces decidió asumir plenamente su condición de chilangodante nefelibata, y puso el primer pie en el frío de afuera. Dicen que antes, recordó que por esos días la gente traía la moda de hablar de un vampiro que había sido visto en diferentes partes de la ciudad. ¡Bah!, dicen que dijo, embustes de los malos gobiernos para distraer a la gente. ¡Vampiros!, dicen que dijo con desprecio y se lanzó sobre las aceras. . Dicen que caminó en soledad, que atisbó por las ventanas de las casas a los que brindaban, a los enfermos de soberbia, a los con familia, a los bebedores por la paz y la concordia de… sus familias. Caminó por las calles, como cualquier pobrediablo desfamiliado. Dicen que le volvió a pasar por la mente lo del mentado vampiro. Dicen que una vez más pensó en las chingadas madres de las buenas familias, de los con familia, para presumirla precisamente en tales noches. Dicen que en esto estaba cuando de la sombra de la sombra calló sobre su cuello una misteriosa sombra, una sombra fría sobre su sombra, más fría que la otra. Tomado por sorpresa, sintió como su cuello dejaba de ser suyo para ser de la fuerza que le succionaba poderosamente, una fuerza ahora más bien tibia. Trató de luchar, pero era imposible porque su cuello y sus brazos estaban siendo atados por una elasticidad viscosa que le dejaba sin posibilidad de movimiento. Dicen que aquella cosa húmeda se fue apoderando de su cuerpo cada vez más. De ponto era el cuerpo todo el que cedía ante aquella fuerza que lo chupaba, fuerte, como un pulpo en la tierra que cada vez le inmovilizara con mayor definición los miembros superiores e inferiores. Era el tacto de una textura blanda, pero sin embargo con un poderoso poder contra el que él no podía hacer absolutamente nada. Entonces, dicen que él ya no era él. Ya sólo era esa bocaza ávida, llena de vellosidades, húmeda, absorvente, en la que en unos cuantos minutos había desparecido. O estaba por. Dicen que hizo un último intento por zafare de aquel abrazo asfixiante, dicen; pero la fuerza de sustracción fue más fuerte que la suya. Dicen que esa noche parecía como si se ahogara en el centro mismo de la garganta del diablo. Dicen que ese alguien que lo vio todo, lo vio desaparecer introducido en la vagina de la prostituta más antigua del rumbo, que así desapareció, lentamente, lentamente, hasta ser tragado total. Dicen que del vampiro ya nadie habla. Una vez (no hace mucho) desapareció para siempre. Otros aseguran, hablando de él, que esa noche de la Noche Buena, aquella noche ensanchó su vagina para parirlo para adentro. Dicen que cuando despertó…                                                              

 

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Sábado, 17 Diciembre 2016 04:25

Autopista del Sol 

 

Autopista del Sol 

José Luis Zapata

Me parece simpático que toda la confianza del viaje

se cimenta en la cifra curiosa de una máquina

que cuenta en pesos la distancia de un destino a otro.

¿Cuánto pagaría si viniera desde Acapulco? Federico Vite

 

Rebeca Esaú hizo la parada en la Calzada de Tlalpan, a la altura del metro Viaducto. —¿Cuánto crees que marque tu taxímetro de aquí a Acapulco? El taxista pensó que bromeaba con él, pero no vio ningún gesto de simpatía en el rostro de la muchacha. Hubo un silencio prolongando mientras el taxista esperaba la rectificación de la pregunta planteada, y ella, esperaba la respuesta. Por fin el taxista habló: “Le va a salir muy caro señorita. Le aconsejo algo: Tome sus 5 pesos del metro y llegue hasta taxqueña, ahí en la terminal agarre su camión para Acapulco, le sale como en quinientos más menos. Ya llegando pida su taxi, le cobra sus cincuenta pesos y la lleva a donde sea. Sumando, son 555 pesos señorita, le sale más barato. —Creo que no me entendió —dijo ella después de suspirar— Yo no quiero agarrar el metro, no quiero irme en autobús. Sé que es un gasto mayor, pero no importa. Dígame ¿Me puede llevar o no? Le doy mil quinientos. El taxista recargó su codo en el asiento del copiloto, su mano, sosteniendo su cabeza —¿Cómo se llama, señorita? —le preguntó. —Dos mil sin hacer preguntas —Suba —el hombre abrió la puerta, la mujer entró y se sentó. El hombre mismo cerró la puerta. —Póngase el cinturón— y apagó su taxímetro. Rebeca Esaú miraba siempre el lado contrario de su ventanilla. Ella veía —mientras avanzaban en la Calzada— cómo el enorme gusano naranja bajaba… y luego el de al lado subía. A la gente arriba de él, a través de la ventana, cómo se sostenían con una mano arriba, cómo se empujaban, algunos enojados ¿hará calor ahí dentro? Rebeca Esaú cerró los ojos y trató de recordar su infancia en Acapulco, pero no logró encontrar nada que se pareciera a la oruga de metal naranja que estaba viendo, ni siquiera los “urbanos de carreras” de la Ruiz Cortines. Y entonces, los vagones empezaron a moverse, a una velocidad mayor a la del taxi, y el tren desapareció en instantes. Rebeca Esaú, nunca se subiría al metro. Cuando podía, el taxista la miraba. Un leve vistazo cuando quería cambiarse de carril, un disimulo volteando a ver algún local o a una persona invisible caminando por la acera. Era atractiva. Su cabello largo y oscuro como la pantalla de una tele apagada se movía por el aire frío que entraba por la ventana. Él sospechaba que el destino del viaje era el origen de aquella chica. Se preguntaba por qué no llevaba maletas; sólo un viejo bolso que no se había quitado del hombro desde que se subió. Era morena como una barra de chocolate Carlos V, tenía unos lentes de armazón negro, y él pensó, que por tener lentes, era una mujer inteligente. Le llamaron la atención sus pulseras, y cada que detenía el coche aprovechaba para dar un vistazo a su muñeca. —Acordamos que sin preguntas señorita, pero el viaje es muy largo y me gustan sus pulseras. ¿Dónde las compró? —Me las regalaron —dijo mientras subía la mano derecha para que ambos pudieran verlas —Están bonitas, me gustan los colores ¿Cómo las harán? Rebeca sonreía mientras le explicaba el proceso del macramé, recordando, cómo el joven que conoció afuera del Modatelas del centro le había regalado la primera y más vieja pulsera que traía amarrada al cuerpo. —Se ve gracioso que tenga como cinco en una mano y ninguna en la otra ¿Por qué, eh? —Nomás —mintió —así me gustan —En realidad, ella era zurda. No le gustaba ponerse pulseras en su mano izquierda porque al momento de escribir le causaba molestia. —¿Estudia o trabaja, señorita? —Estudiaba… ¿Usted siempre fue taxista?—No —dijo con una sonrisa —estuve estudiando para ingeniero pero no se dieron las cosas. —Qué coincidencia, yo también estaba estudiando una ingeniería. —¡Qué gusto colega! A lo mejor termina de taxista allá en Acapulco —ambos rieron unos segundos y de nuevo gobernó el silencio dentro del taxi. Llegaron a la caseta de Cuernavaca, había filas enormes para cruzar. El calor del día empezaba a sentirse dentro del suéter de ambos. Ella se quitó el suyo. —¿No es del distrito verdad, señorita? —¿Me veo muy costeña? —preguntó con ironía mientras doblaba el suéter y lo metía en su bolsa —No, sólo que no parece, usted tiene un tono de piel bonito. —A las negras casi nos las quieren en Acapulco. —¿Quién no querría una morena? Hasta hay una canción, ¿no? “no hay morena que sea fea bajo el cielo de Acapulco”, creo. Rebeca realmente se sorprendió al ver que ese taxista capitalino conociera la canción que ella había escuchado por primera vez cuando era niña en la playa de Caleta. —¿Cómo conoce usted esa canción? —Yo también he ido al puerto señorita. Recuerdo la primera vez, tenía como catorce años, fui con toda mi familia: papá, mamá, mis dos hermanas y mi abuelo. Estaba bien emocionado porque mi abuelo nos había contado muchas historias sobre Acapulco, de cuando él era joven y eso. Trabajó para la flecha Roja y a cada rato iba para Acapulco, nos decía que se ligaba gringas sin hablarles. ¡Pues no sabía ingles el viejo! Jajaja Nos decía que ellas le pagaban la comida, los cuartos en hoteles, las discos y que él sólo tenía que llevarlas a todos lados. Una vez —no sé si sea cierto— nos dijo que él y sus amigos del club de yates salieron a pescar a altamar y él solo, sacó un pez espada, de esos que tiene la nariz afilada y larga, bueno, usted sabrá de eso. Lo escuchaba. Rebeca Esaú solía ignorar a los taxistas habladores pero a éste, que la llevaba por la autopista del sol, no sólo lo oía, sino que lo escuchaba, le ponía interés a lo que decía. —Así que cuando yo llegué a Acapulco, lo primero que busqué fue la playa, ¿qué más se podía hacer a esa edad? Probé la arena, el agua salada me la tomé y me traje un coco. Al final —y hasta ahorita— no sé si lo que me contaba el abuelo era cierto. —Es muy diferente cuando eres de allá —le contestó seria —se dice que Acapulco es un lugar de ricos, pero ningún rico es de Acapulco, todos llegan de otros lados y nosotros somos los que tenemos que servirles. Mi padre, por ejemplo, estuvo trabajando toda su vida cuidando la casa de alguien a quien jamás vio, alguien que nunca le dio las gracias por el trabajo de su vida y, murió sin poder dejarnos nada a mi madre y a mí. Si le dicen que Acapulco es de ricos, le están mintiendo. He visto gente muriéndose de hambre, pero eso no importa, solamente importa el turista. ¿Sabe qué es lo más gracioso? Hay lugares en los que están condominios de lujo de un lado, y casas hechas de palo y palmera del otro. Cuando uno ve esas cosas, se desanima muchísimo —el taxista no supo qué decir, y comprendió que el silencio era lo más adecuando en aquel momento— pero lo dejo tantito, voy a dormir un rato. —Adelante señorita —Rebeca Esaú recostó la cabeza sobre el vidrio y cerró los ojos. Él la miró. Su pelo lacio tapaba su cara y, por un instante, el taxista vio a su hija: en esa misma posición se encontraba Cristina la última vez que él le habló, aunque ella no le hubiese contestado. Tenía quince años, estaba conectada a una máquina que la mantenía viva, él tomó su mano y le susurró todo lo que sentía. Llorando salió del cuarto, sabiendo que su hija, su única hija, no volvería a despertar. El final lo supo mientras conducía por Viaducto, su esposa se lo dijo en una llamada. Él no pudo más y, en cuanto pudo, se orilló. “¿Qué le pasa?”, le preguntó su pasajero. No le quedó más que decirle que bajase del auto. Lloró en el Viaducto por una hora, después siguió con su trabajo. Pero cuando veía a Rebeca, con su cara tapada por el cabello, veía a Cristina y se sentía en casa. Entonces ella despertó. —¿Ya pasamos la curva de la pera? —musitó Rebeca estirando el cuerpo en el pequeño espacio que tenía. Enderezó su asiento buscando su repuesta a través del parabrisas.—¡Uy! Señorita, ya estamos llegando a Guerrero. Unos kilómetros más y entramos. —¿Le puedo preguntar algo, Don? —Claro, dígame. —Lo convencí demasiado rápido, ¿vea? ¡Digo! Fue muy fácil decirle, ofrecerle… creo que ni lo pensó ¿Y eso por qué? El taxista sonrió para sí, tardó un poco pensando cuál sería la respuesta adecuada, se decidió por decir la verdad. —Había terminado mi turno y… nadie me espera en la casa, así que… decidí traerla. Además esos dos mil no me caerían mal para unas vacaciones en Acapulco —Rió— ¿Y usted? Dijo que sin preguntas y la hice hablar más rápido que a un niño de diez. Ya hasta me hizo preguntas y me contó su vida. —Pues ya ve, una intenta ser fría, pero se le sale lo cálida. ¿No tiene familia? ¿Esposa, hijos? —Tuve una esposa y una hija —suspiró— pero las dos se apartaron. Una porque según se cansó de mí por no hacer nada cuando se fue la otra. —¿Cómo? ¿Su hija se fue y su esposa se enojó con usted? ¿Y con quién se fue, con el novio? —Jaja no sé si tuviera un amante, nunca lo sospeché cuando estaba casado con ella. —¡No! —contestó ella en un grito simpático— Me refiero a su hija, ¿Se fue con el novio? —No, tenía quince años cuando murió. Yo no pude hacer mucho con lo de su tratamiento y por eso mi esposa me dejó. Juró no volver a hablarme en su vida y desde entonces, no he sabido nada de ella, por suerte. —Oh, perdón, no tenía idea. ¿Eso cuando fue? —Ahorita ella tendría su edad, señorita. —¿Cómo sabe mi edad? —dijo Rebeca segura de que ella no se la expuso. —Más de dieciocho y menos de veintiuno, ¿o no? —Veinte, sí. Cruzaron el río Mezcala, Rebeca Esaú miró desde un ángulo que le permitía el coche, cómo iban pasando los enormes hilos negros, como patas de una araña gigante. El primer puente lo vio hacia arriba, el segundo, hacia abajo: Se acomodó los lentes de cierto modo que ella creía poder ver más lejos. Vio el río en su parte más seca y una pequeñísima vaca junto a su pequeñísimo humano. —¿Cuánto falta, Don? —Le diré que no tengo idea señorita, tiene mucho que no voy a Acapulco conduciendo… ¿Usted vive en el Distrito o en Guerrero? —Yo soy de Acapulco, he vivido ahí toda mi vida y ahí moriré. —No diga eso señorita… ¿Y... qué hacía en el DF?, si no es indiscreción. —¿Cómo? —contestó distraída —no le oí bien. —¿Qué hacía en el DF?, si no es indiscreción. —Fui por unos documentos…—mintió— Pero ya no voy a regresar. —¿Y eso? —Pues ya ve, una que no quiere salir de su tierra. Ella reconoció el ambiente antes de llegar a Chilpancingo. Esos cerros con forma de dinosaurio, los pinos, la gente caminando todavía con sombrero de paja. Vio un viejito, empujando su carreta de naranjas y cacahuates, justo enfrente del Sam’s Club. Le indignaba la escena. —Lástima que no podernos hacer nada —susurró para sí. —Lástima y lastima, señorita. Llegamos en una hora a Acapulco. En la autopista de Chilpancingo a Acapulco comenzó a llover. Las nubes negras se juntaba tapando el cielo azul, sólo unas pequeñas grietas que dejaban asomar rayos de sol entre la lluvia. Rebeca Esaú veía la luz, como iluminación divina y pensó que había llegado su hora, que quizás en una curva el taxi se voltaria aplastando su cabeza. Ese sería un buen final para mí, pensó. Mientras, el taxista, al ver los rayos amarillos bajar desde la nube, estuvo seguro que era la respuesta a sus ruegos de que no se volteara el taxi en una curva y le aplastara la cabeza; a la chica, a él le importaba más la chica. Al pasar la caseta de Acapulco, el taxista comenzó a reír como un loco —¿Ya vio ese letrero, señorita? —“Motel Los limones”, ¿qué tiene de gracioso? —Ponga atención al dibujo del limón Tardó en comprenderlo pero, al fin, encontró la forma de pezón en aquel cítrico y, junto con su chofer, comenzó una carcajada larga. Vio las estaciones del Acabus. Nunca lo usaría. Ella lo sabía y le costaba comprenderlo. Llegaron al Maxitunel, el taxi se introdujo y dentro de él, estaba el chofer, la pasajera y viajando gratis, la oscuridad. Rebeca escuchaba el eco de los camiones y carros que corrían en la panza del túnel. Veía las luces del techo; una sí, una no, una sí, una no. Imaginó que, cuando estuviera en la camilla, las luces del hospital tendrían ese patrón. Pero dejó de pensar en eso, al fin y al cabo, no sabía si en ese momento estaría consciente. Salieron del túnel. —¿Para Cuauhtémoc o para la Diana? —Para la Diana, vamos a la Costera, ¿conoce la playa Icacos? —No, pero usted dígame y yo le piso. Por fin vio el mar. Al conectar con Farallón ambos voltearon a su derecha y lo vieron. En Chilpancingo llovía pero en Acapulco el sol estaba con toda su brutalidad en pleno día. El agua parecía tener cabello rubio, que se movía con el viento o quizás con la marea. —Es hermoso. Ya lo extrañaba —Sí, lo es. Al llegar a la Diana y dar la vuelta a la glorieta, el taxista miró la estatúa —Oiga señorita, allá en reforma hay una como ésta, pero créame, las mujeres de allá no son así. ¿Las mujeres de aquí se parecen a la Diana cazadora? —Jajaja. No señor. Sólo míreme. —No diga eso señorita, usted tiene lo suyo ¿Ahora para dónde, derecho? Siguió hasta llegar al Cici —métase por esa— le dijo —ahí voy a bajar—. Sacó los dos mil pesos y quinientos más. —¿Va bajar aquí en la playa? Mejor la llevo a su casa, no le voy a cobrar más. —No señor, bajaré aquí. Mi casa ya no es y no quiero llegar para allá. Abrió la puerta, le dio el dinero. El taxista se sorprendió por los quinientos y la miró, ella le cerró los ojos afirmando que estaba bien. —Muchas gracias señor, me cayó muy bien. Que su regreso sea en con Dios. —No creo que Dios piense en mí o en mi familia, así como no pensó en Cristina. Pero gracias a usted señorita. Le deseo mucha suerte en el resto de su vida. Trate de terminar la escuela, ser taxista no está del todo bien, no siempre te abordan señoritas con rumbo a Acapulco. Con permiso, que esté usted bien. —O tal vez Dios no tenga nada que ver con las cosas malas que nos pasan, y siempre pensamos en Él cuando llega la desgracia, lo importante es que tuvo a Cristina y Cristina la tuvo a usted, ese es un enorme regalo. Y sobre la escuela… no creo señor, pero muchas gracias. Metió la reversa y el taxi retrocedió. Rebeca Esaú se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la playa. Escuchó el pitido y volteó hasta el tercero. El taxista sacó una carpeta por la ventana. “Se le cayó al piso”, le gritó. Rebeca lo tomó, dio gracias y recomenzó su camino a la playa. Puso los pies en la arena y el viento movía su cabello. Cerró los ojos y comenzó a llorar, sabiendo que esa brisa no la sentiría, que a esa arena caliente no la volvería a excavar con sus dedos, y que, aunque quisiera, a esa belleza, nunca la volvería a ver como en ese momento.

 

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Martes, 22 Noviembre 2016 19:19

Cero la vieja del basurero

 

 

Cero la vieja del basurero

 

 Puta. Mi madre dice que es puta. Doña Graciana, la vieja sucia y cochina que todas las mañanas empuja el diablito con bolsas de basura, es puta. Y me dice que no me le acerque, que corra si intenta abrazarme. Su imagen me ronda la cabeza. Doña Graciana recorre la calle pepenando el desperdicio, busca botellas de plástico, utiliza el cartón para forrar las paredes de su cuarto y así no pasar fríos. Todo el día empuja su diablito oxidado, detrás de ella siempre camina el Usuario, su perro. Nalga pronta, culo caliente, tiene dinero porque se coge a los borrachos. Yo la veo llamar a los chamacos, les enseña sus piernas gordas y peludas. Les grita: “ven niño, que te va a gustar”. Tiene dinero porque los cargadores del mercado le pagan, los mete en su casa y nomás se oyen los quejidos del catre.

Date cuenta, cuando el foquito amarillo con caca de moscas se apaga, es porque tiene a un teporocho metido en las entrepiernas, me dice mi hermano cuando nos mandan a dormir. Doña Graciana la apestosa tiene dinero. A las cinco de la mañana sale con su perro recogiendo la basura. Graciana cotorrea con los vendedores que comienzan a poner sus puestos. Después de casi una hora de argüende sigue su camino hasta toparse con la señora que le regala tamales y atole: lunes, de mole; martes, de rajas y arroz con leche; miércoles, champurrado y torta con doble tamal de dulce; jueves otra vez de mole; los viernes repite el champurrado y cambia el tamal: salsa verde; los sábados sólo se toma un jugo, y cierra la semana religiosamente los domingos con una última torta de tamal de dulce y un atole. Después de desayunar, sigue su camino.

La gente la identifica por su suéter roído y sin botones, falda verde, calcetas enormes arriba de las rodillas y los zapatos con un hoyo en la punta por donde se asoma el dedo gordo del pie. A mí me gusta Doña Graciana. Todas las noches sueño que apaga mi lámpara y entonces su cara redonda llena el cuarto. El Usuario siempre me ladra, no deja que me le acerque. Maldito perro, ojalá y te maten, que el taquero te pesque por el cuello y te cocine, ojalá y te sazone, y después te coma sin que yo me dé cuenta cuando te sirvan en mi plato, dios quiera que te disfrute y después te cague, que te vayas por el hoyo de la letrina y nunca más me molestes. Esta noche doña Graciana me llama cuando yo venía de regreso de la escuela. Tengo que ir a su encuentro deprisa para que mi mamá no me regañe. Las clases quedaron atrás, mi uniforme verde mayate denuncia la secundaria a la que asisto. Doña Graciana me arrincona. Piernas peludas. Sonrisa chimuela. Puedo sentir su aliento enfermo que proviene del hígado. El Usuario me ladra. ¡Cállate!, le grita. ¡Qué chulo y qué grandote estás mijito! Entra, tócame.

Así, pon tus manos en mis muslos, acaríciame la espalda, anda, prueba mis chichis, así. ¿A poco no te gusto, mi güero? Pronto estoy arrinconado entre la pared y el cuerpo de Graciana. Se quita el suéter roído, la blusa con manchas y la falda mugrosa, su panza se desparrama, se viene abajo. ¡Los tamales, encontré los tamales! Están en sus pechos, en sus enormes tetas de marrana que todas las noches un hombre distinto prueba. Mi cuerpo se convierte en su masa; el suyo, ha perdido los límites: no hay distinción entre la espalda y las nalgas. La raya que dividía las dos enormes esferas carnosas está perdida. Grasa, Grasa, Grasita, Graciana, Grasa, me encantas, déjame tocar tu enorme panza, deja que mi ser se pierda en la manteca que escondes en el cuerpo y que tienes para mí. Enciérrame en tu amasijo de piel, de carne y pelos, quiero encontrar la salida a tu laberinto de estrías. Bésame, Grasita, Graciana, acaríciame, Chana, cómeme, devórame como a tus tamales cotidianos. Me gusta sentir la compañía de los hombres y de los niños, no les cobro por meterlos a mi catre donde apenas cabemos tú y yo, me dice entre resoplidos mientras me acaricia el pelo.

Sigue, Graciana, llévate esta virginidad que me estorba y escóndela en la masa que te cubre entera, anda, Graciana, piérdeme en tus gigantes brazos, arrópame en tu vello púbico extinto, vamos, Graciana, déjame estar encima de ti y después duerme tranquila. Los pedos de Graciana me despiertan. ¡Graciana, Graciana!, ¡hay hojas grises de papel lloviendo en el cuarto! Mira cómo caen, parecen gotas pintadas en la pared, vuelan sobre mí, caen en tu cabello y en tu panza, abre los ojos Graciana, Grasita, Chana. Despierta apurada, se mueve lento, las hojas grises siguen cayendo y no dice ni una sola palabra. Graciana se me pierde en los ojos. El Usuario ladra toda la noche. Le gruñe a dos figuras chamuscadas y de humo. El tizne del piso me confunde, estoy agotado.

 

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Sábado, 19 Noviembre 2016 23:11

SIENTO NO AGRADARTE

 

SIENTO NO AGRADARTE

 

La tía Magda siempre creyó ser una mujer libre, locuaz y divertida, capaz de alegrar la fiesta, y de tener la última palabra en toda discusión de la familia. Tomaba sus decisiones con firmeza, y uno tiene que reconocerle la confianza en sí misma, aunque la realidad sea que todos, yo incluida, la detestamos.

Recuerdo que desde niños, cuando nos quedábamos a su cuidado, tía Magda nos gritaba para beneficiar a sus hijos; y eso que sus hijos nunca fueron un problema para mi; mis primos y yo nos queríamos lo suficiente como para saber que todo pleito de niños se olvida minutos después de iniciar cualquier otro juego. Era ella la que lo hacía todo insoportable, a mí, a sus hijos, a todos.

Nos reíamos de sus ocurrencias, pero no bastaba; continuaba chingando y chingando hasta que algún familiar se sentía humillado, y la fiesta terminaba siempre en llanto. Cuando hizo abortar a su hija su mundo se cerró más. Se fue quedando sola. Se jactaba de que su hija era un ejemplo de alumna, jovencita pura, de buenas maneras, y me restregaba lo mucho mejor chica que era respecto de nosotras, las tontas mujeres de la familia.

Mi prima sufrió la decisión que su madre había tomado, pero sus 16 años no le dieron el valor para enfrentarla. Sin dignidad, sobajada como una rapazuela inocua,  terminó haciendo lo que su madre quiso. Aún hoy noto la tristeza en sus ojos.

Era sobre todo en cuestiones de fe y amor que la tía Magda manipulaba a sus hermanas, sobrinos y sobrinas. Presumía su sagrado matrimonio, su perfectísima familia. Pero ese castillo de ideales terminó por caer. Su esposo la dejó por una mujer veinte años más joven. Días después mi prima se largó de casa con el señor que le arreglaba el jardín, y su hermanito confesó ser homosexual, abandonándola. Desesperada busco refugio en sus hermanas, pero éstas, liberado el yugo, le cerraron la puerta en las narices.

Uno tiene que ser firme en sus convicciones, sin embargo, la vida nos permite ir para atrás y para adelante las veces necesarias, con el fin de entendernos a nosotros mismos y recomponer la ruta si lo deseamos. Odio a la tía Magda, la odio hasta el cinismo, y me causa alegría llevarle de comer a su casa, donde vive recluida en el abandono, lo disfruto.

Su semblante desorbitado es una delicia para mi pequeña venganza. Al verme sonríe tierna. Carcajea y carraspeando grita: Pasa hija, pasa, la tarde es espantosa para que te quedes en la calle con este sol. Bebamos refresco de jamaica para que te refresques… y bien… cuéntame como va todo.

Yo le platico, con prestancia, hasta los detalles más insignificantes de sus hijos y de la familia. Ella es un cuervo detenido en el tiempo, al que es fácil arrancarle las plumas.

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Domingo, 23 Octubre 2016 15:40

Testimonio

Testimonio

 

 

Guillermo Fernández Ampié

 

 A Danilo F., que presenció los hechos

 

--¡El Mercurio! ¡La  Prensa! ¡Nuevo Diario! ¡La Prensa! ¡Sucesos! ¡Nuevo Diario!,  grita el chavalo con una energía que contrasta con su figura desnutrida y  que pareciera consumirle todo lo que come. Pareciera no  tener más de siete años, aunque su rostro y gestos, además de la fuerza que demuestra al soportar sobre su cabeza el enorme fardo de periódicos,  indican que seguramente lo menos tendrá unos doce.

 

Hago una seña con la mano y le entrego tres córdobas a cambio de El Nuevo Diario.  Leo rápidamente todos los titulares, página por página, y me detengo en la sección de Sucesos. Me encanta leer esa página de cabo a rabo. En realidad es la única que leo a conciencia, pues es donde uno puede informarse de las muchas cosas graciosas que ocurren en este rejodido país, y porque de vez en cuando aparece la fotografía de uno que otro conocido, algún piche del barrio, involucrado en algún escándalo o delito.

 

“Martínez, de 22 años,  declaró que él también venía en el bus, pero negó toda complicidad con los hechores…”, leí en una parte de la nota roja, y recordé la declaración que mi novia debió mecanografiar en los juzgados, de la que es secretaria. El testimonio más o menos decía así:

 

… Venía en el bus, y cuando pasábamos frente a los Parrales-Vallejos,  vi cómo un señor comenzó a forcejear con dos hombres. Entre los dos le pegaban, pero el viejito se defendía bastante bien. Al parecer, ellos querían robarle, pero el señor se dio cuenta y opuso resistencia. Entonces, entre los dos lo empujaron y lo tiraron del bus, que ya había continuado su marcha. El autobús iba a toda velocidad porque venía compitiendo con otro de Tipitapa. La gente gritó, y con el griterío se detuvo. Todos los pasajeros nos bajamos, los tamales fueron los primeros en bajarse, y apenas tocaron suelo se fueron corriendo hasta desaparecer en un callejón de ese barrio. El resto nos acercamos hasta el señor que estaba todo reventado y se revolcaba del dolor. Le salía sangre por la boca y los oídos. Quería quejarse o decir algo pero no salían sonidos de su boca. Alguna gente comenzó a ponerle  pañuelos y  otros trapos en la cara.  Cuando todos estábamos abajo, el bus se fue veloz siguiendo su ruta. Se fue vacío. Ningún pasajero logró montarse de nuevo. Al rato llegaron los del cuerpo de bomberos y una ambulancia. Dijeron que ya no podían hacer nada por él, que en vano habían llegado,  que mejor llamáramos al forense o a la policía.  La gente comenzó a protestar porque el señor todavía seguía vivo, pues aún se movía.

Y se armó un alboroto, porque la gente comenzó a gritar. Fue ahí, en medio de toda la gritadera y empujadera, cuando vi  caer una cartera, y como ya no andaba riales para seguir mi viaje, se me ocurrió recogerla disimuladamente. Yo tenía que estar a las ocho en punto por el kilómetro doce y medio de la Carretera a Masaya, donde están construyendo unas casas,  pues me habían dicho que me iban a dar trabajo. Ya tengo casi ocho meses de no trabajar. Somos nueve en mi familia, y  yo soy el mayor. Por eso pensé irme en un taxi si encontraba algo en esa cartera, porque como ya dije el bus se fue veloz cuando todos estábamos abajo viendo al señor que habían tirado al pavimento. Fue entonces cuando dijeron que yo había sacado la cartera a un señor,  y todos los que estaban ahí casi me linchan.  Nadie me creyó que la había encontrado en el suelo. Y me hubieran linchado si la policía no llega  en ese momento. Por eso estoy aquí, y algunos hasta dijeron que yo andaba con los que tiraron al señor del bus. Pero eso no es cierto.  A mí, en realidad, de pura gorra me agarró la policía. Porque si nos atenemos a la verdad, yo ni le robé a nadie. Mi familia nada sabe, porque no les he avisado. No tengo como avisarles, pues no tenemos teléfono. Nadie en el barrio tiene teléfono, pues vivo en un repartito que hicieron en las afueras de Tipitapa con los que fuimos evacuados de La Bocana, después de la última  inundación…

 

 “Aseguró que la cartera la encontró en el suelo,  pero el informe oficial de la policía asegura que fue capturado in fraganti, y muchos testigos también lo incriminan…”, decía el final de la crónica noticiosa.

 

 

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Miércoles, 28 Septiembre 2016 06:40

Palabras del Editor

La literatura como elemento de raciocinio de una comunidad, una ciudad o una nación, solamente logrará su razón de ser, en la medida  de las exigencias que ejerza directamente la crítica. A falta de un ejercicio critico la literatura como todas las artes, errarían dando tumbos con una insoportable sequedad en el alma o invirtiendo en moldes estrechos que al menor tacto se rompan. Por qué un crítico de arte es tan importante tanto como aquellos que la hacen. Un crítico es el que desentraña al animal para luego encontrar muy dentro, al ensayista, al poeta, al dramaturgo, al pintor y aún más  estudia su intencionalidad, los periodos, los valores estéticos, sociales, políticos etcétera que en cada obra se contiene.

Pero el camino para alcanzar una sociedad más culta, no está en las manos de críticos improvisados cuyos artículos domésticos parecen una extensión de su  misma ignorancia, ni de aquellas publicaciones o instituciones que proclaman a los cuatro vientos un espíritu crítico y a la primer valoración, vituperan barbaridades contra lo que ellos mismos dicen practicar: la crítica y la libertad de expresión. Es por eso que la crítica de arte y en nuestro caso, la crítica literaria, no puede subsistir ayudada de retóricas y discursos protagónicos, alejados del análisis y la polémica seria y objetiva. Es a través del vigor de la razón, de estudios sólidos y minuciosos  y de la confrontación intelectual precisa, que podremos alcanzar una sociedad cultural más consciente.

Aunque a decir verdad en nuestra sociedad la crítica no toma las proporciones que debiera y arrastra una vida lánguida, llena de desalientos y deserciones, por no persuadir lucro ni gloria, pero aun así  es importante no aplazar esta práctica vital y esforzarnos del mismo modo que luchamos  para hacer llegar a las manos del lector un buen libro.

Desde este contexto la PIRAÑA abre puertas y ventanas para todo aquello que proporcione un desarrollo eficaz en el crecimiento y desenvolvimiento de las letras en general. Por qué creemos firmemente que el estado de una excelente critica es parte del fomento de una buena literatura.

 

HOMENIC FUENTES

 

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