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Martes, 12 Enero 2021 02:48

El mal amor y otras contradicciones / Alejandra Estrada Velázquez /

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El mal amor y otras contradicciones

Alejandra Estrada Velázquez

 

La vida está ordenada a partir de opuestos. Cuando algún dios dijo: “Hágase la luz”, involuntariamente creó la obscuridad. Si decimos arriba, estamos conscientes de una caída. Si decimos adentro, afuera lloverá, hará frío, sentiremos el significado de la palabra intemperie. Amor y mal son casi un oxímoron, son conceptos de naturalezas opuestas y, sin embargo, existe el “mal de amores” y es posible “amar a la mala” o estar “enfermo de amor”.  Pienso en el amor platónico, en el intocable, el que se arruina si atraviesa el cuerpo de los hombres. Aunque la naturaleza de los sentimientos universales es divina, su concreción en la vida material los transforma y vuelve esa naturaleza compleja y contradictoria. ¿Cuántas veces hemos escuchado: “Si no duele, no es cierto” o “Ay, dolor, ya me volviste a dar”? Como si necesariamente amar conllevara el sufrimiento.

En El Libro del Mal Amor (Versodestierro/Campo Literario, 2018), Hortensia Carrasco Santos (1971) escribe poemas sobre estas contradicciones; prefiere hablar del revés de las cosas, del dolor y la tristeza, de la nostalgia y el coraje, de la lucha y el juego, del arrebato y la violencia, del trastorno apasionado que es la esencia real del amor. La razón para decir todo esto es el deseo. El libro es un conjunto de estampas, postales del paisaje de provincia en el que el cuerpo es libre y las emociones florecen a la orilla de una vereda, en medio de las huertas, en el arroyo o entre las milpas; los poemas contenidos en El libro del Mal Amor crean un sitio alejado del vertiginoso ritmo de la vida citadina y de las relaciones posmodernas, dibujan un locus amoenus en el que el yo lírico, femenino y punzante, domina el deseo.

El libro se divide en dos partes, lo que representa el enfrentamiento entre los que se aman, ese querer ceder y la necesidad de imponer. La primera parte, que no tiene título, corresponde a quien cede, a quien se sacrifica y acepta las circunstancias de un amor hiriente, doloroso. Es una serie de poemas que muestran al amor como una batalla constante en medio de lo cotidiano. En el texto “El amor se ha vuelto malo”, la autora dice: “aún así, te escucho decir que debo doblegarme…” y se dirige a ese otro que representa el amor o al objeto del deseo; el yo lírico lucha con aquella fuerza que lo somete y que al mismo tiempo es el sitio a donde quiere ir.

En esta primera sección, también encontraremos el desgaste de los sentimientos a través del tiempo, la rutina y la traición de la memoria, como en el poema “Los conocidos”, texto que abre el libro: “…se percatan de que la lluvia no es un ángel, sino la pertinaz presencia del hastío”. Hortensia Carrasco desacraliza el amor, le quita su cualidad de divino y lo expone como lo que es: una constante lucha de poder.

En la segunda parte, “El gran juego”, la autora describe el instinto y el deseo en una secuencia de escenas costumbristas y pícaras. Encontramos la huerta, el sembradío, la maleza, las flores, el río, el campo como lugares en los que sucede el amor. En oposición al yo lírico, definido por otredad, se dibuja un hombre corpulento, violento, fuerte, trabajador y, sin embargo, no es él eje central del libro. El yo lírico femenino se torna más fuerte, es el origen del deseo.

La autora se vale de los elementos de la naturaleza, de frutas y de árboles para describir el cuerpo. Estos son elementos de una naturaleza totalmente mexicana: magueyes, tlachiques, tunas, nopales y fogones. En este libro, se vuelve paisaje el cuerpo. Así mismo, logra una cadena de sinestesias que, sin duda, provocará en el lector sonrojos y escalofríos. Las metáforas tan agudas aquí escritas hacen que uno casi pueda tocar los labios, la espalda o las manos de otro; los olores y los paisajes completan la experiencia de sensorial que es este libro: un viaje por el cuerpo, por el sexo de otro.

Es pertinente señalar la dificultad que conlleva escribir poesía erótica: se corre el riesgo de expresar vulgaridades o caer en lo pornográfico, en lo explícito que molesta y produce repulsión. No es este el caso de Hortensia Carrasco. Aquí, los poemas son la traducción del erotismo. Contrario a lo que marca la tradición, la voz femenina de Carrasco es quien rige la fantasía sexual, es quien guía el deseo.

Tras El Libro del Mal Amor se esconde una profunda tradición literaria. Empecemos con la referencia directa a la que nos lleva el título: el Arcipreste de Hita y su Libro del Buen Amor, conjunto de exempla, de fábulas, de corte autobiográfico y con afán de enseñanza, con intención moralizante. En este sentido, Carrasco nos dice cómo es el amor, cómo tratarlo, cómo enfrentarlo, cómo salir ilesos. Además, estas dos obras comparten el escenario en el que se desarrolla la vida del yo lírico: el campo. Por otro lado, aunque es caprichoso pensar que el poeta habla solo de su vida, esta referencia nos hace pensar que el yo del Libro del Mal Amor se corresponde en buena medida con la voz, la experiencia y el conocimiento de la autora. Por lo tanto, Carrasco nos muestra cómo ha vivido, cómo ha sentido el amor, más que el amor, los encuentros y las revelaciones que el contacto con otros generan en nosotros.

Por otro lado, la descripción del espacio y las vivencias descritas nos hacen pensar en El Decamerón. En El Libro del Mal Amor, encontramos personajes como el señor del costal, el agricultor, el hombre de campo y su mujer. En ambas obras se describen las costumbres y lo que sucede dentro de la casa o en el lugar secreto, en el ámbito de lo privado y el lector descubre esta vida cotidiana como quien mira a través de una ventana o espía entre los arbustos.

La contradicción barroca y el conceptismo están presentes en este libro. Los poemas de Carrasco podrían leerse como una paráfrasis extendida de las frases de Francisco de Quevedo. Pensemos en el soneto Definiendo al amor, en el estado emocional de confusión que describe éste: “Es hielo abrazador, es fuego helado/ es herida que duele y no se siente”. Eso es El Libro del Mal Amor, lo que nos hace desear la herida, pero excede la definición y la explicación quevediana; los poemas reunidos en este poemario son la aceptación de la contradicción. Quevedo dice: “Este es el niño Amor y este es su abismo” y Carrasco se arroja al abismo, no habla de dioses, habla de cuerpos: “Mis pechos crecen como fuego en la zarza” o “Me arrimo a la única rama que cuida de mi sombra”, aunque esa rama hiera. En El Libro del Mal Amor, la mujer toca, siente, penetra: “Así el hombre te mira y te descubre/ se desnuda se tiende y se prepara/ a lo que tu dispongas:/ te vuelves maguey de hojas amables y macizas”.

Además de poseer una profunda tradición literaria, el libro propone una traslación del papel de la mujer, hace un retruécano: en el estereotipo, donde el hombre jugaba un rol activo y dominante, la mujer cedía y sufría. En el libro, la mujer pasa de esa fragilidad y de esa sumisión al descubrimiento y el fortalecimiento, tanto de su rol como de su cuerpo. Conforme se avanza en el camino trazado por estos poemas, la voz femenina se descubre.

En el contexto en el que vivimos, que una mujer hable de deseo es un riesgo, es complicado, es peligroso. Hortensia Carrasco no expresa la sexualidad de manera débil o cursi, no cae en el lugar común y no pone a la mujer a disposición de una voz masculina; la poeta se adentra en un mundo de sensaciones, asume que es un cuerpo. El paisaje descrito matiza la forma agresiva con la que se expresa y nos lleva al impulso primitivo, primigenio de los instintos.

El Libro del Mal Amor se equilibra porque están presentes Eros y Tánatos: el primero es esta atracción por lo que nos daña y el segundo, el deseo sexual que nos provoca, ambos, enredados en una espiral que conforma nuestra existencia. 

Leer este texto es un ejercicio fetichista, una experiencia voyerista que nos hace descubrir la intimidad del amor en su justa dimensión. En cada poema nos encontraremos con verbos como mirar, observar, descubrir, espiar, cualidad que nos recuerda la capacidad de asombro del ser humano, como si Carrasco nos dejara mirar a través de sus ojos: “Detrás del mezquite, espío a los que trabajan…”. 

El poema que cierra el libro, “El gran juego”, es una suerte de síntesis. Encontramos las aves, la naturaleza, esta fijación con espiar, con mirar, con tocar: “Una parvada de mirlos alborota mi entrepierna/ te arrancas un ojo y lo haces recorrer mi cuerpo.” Y el final: “Sé que mañana volverás por tu ojo/ para ver de nuevo lo que pasó ayer en el campo”. No podemos dejar de lado que, al igual que la enfermedad, el juego es una metáfora del amor. Aquí, el territorio de ese juego es el cuerpo de los amantes, ganan y pierden, constantemente, las formas de su deseo.

Aun cuando El Libro del Mal Amor está escrito en verso libre, posee una cadencia, un ritmo que se asemeja al de un arrullo o al de una danza, al de la taquicardia que detona la mirada de la persona amada. Con un léxico sencillo y cotidiano, a la usanza de Jaime Sabines, Hortensia Carrasco define las cuitas del amor terrenal. Después de leer esta obra, uno sabe que, a pesar de todo, el amor es el más cruel de los azares, que es carne y que es este cuerpo, racimo de sentidos, lo único que tenemos para vivirlo.

 

 

 

 

Alejandra Estrada Velázquez

 

 

 

(México, 1986). Estudió lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Poeta, docente y correctora de estilo. Ha sido miembro del taller de poesía experimental del CCLXV (Centro de Creación Literaria Xavier Vilaurrutia) en CDMX coordinado por Raúl Renán.. Participó en antologías de poesía en la Colección La Séptima Llave, dirigida, también,  por Raúl Renán, sus textos fueron incluidos en los libros Impresiones, tejidos y vidas (2011) y Segmentos Rutilantes (2012). También ha publicado en la gaceta bimestral Río Arriba (Gaceta Noviembre – Diciembre 2010 Tema: Muerte) y en revistas electrónicas como  Dos DisparosContraescritura y Liberoamérica. Fue becaria de Los signos en Rotación Festival Interfaz Issste en 2014. Actualmente es becaria del programa PECDA-FOCAEM en su vigésima edición.

 

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