Biografía breve del temor y del olvido / Última entrega  /

Jorge Guerrero de la Torre

 

 

QUINTA PARTE

"Di la verdad aunque sea amarga.

Di la verdad aún contra ti mismo."

Mahoma

"Si no puede ganar la justicia,

al menos que triunfe la verdad."

Fernando de la Rúa

 

 

14 de enero de 2013. Chihuahua, Chih.

Creo que estoy de suerte. Esta tarde charlé con una persona que labora en el Área Especializada en Ejecución de Penas y Medidas Judiciales, de la Fiscalía General del Estado. Con ella pude hablar de esta bitácora, inclusive se la mostré. Esto sucedió cuando me encontraba escribiendo algunas anotaciones mientras tomaba café en un establecimiento del centro. En un momento dado, dos personas se acercaron a mi mesa. Uno de ellos me saludó: era el abogado que hace meses me otorgó la idea de interrogar a delincuentes de alta peligrosidad encarcelados. Al presentarme a su acompañante, le dijo:

            —Él está escribiendo un libro sobre el problema de la delincuencia en el país y yo creo que le serviría de mucho si tu lo ayudarás en eso.

            Una vez que los invité a acompañarme, le explique a la doctora Roxana Montes de Oca los motivos de mi interés en entrevistar a los delincuentes sancionados con prisión vitalicia. Le dije que si algún día este trabajo llegara a ser publicado, quizás tendría valor como referente de nuestra época.

            De algún modo le interesó ayudarme, y me dijo:

            —Hablaré con mis superiores sobre tu trabajo. Seguramente les interesará buscar el modo de otorgarte un permiso especial, pero antes tendrás que aceptar ser sometido a una investigación de antecedentes para valorar tu confiabilidad. ¿Estás de acuerdo?

            Le respondí que si. Ahora sólo me queda realizar el proceso necesario para obtener esa autorización.

26 de enero de 2013. Chihuahua, Chih.

Hace unos instantes se acaba de retirar de nuestra casa un querido amigo. Él es un joven poeta, originario de San Juan del Río, Querétaro. Vive en Chihuahua desde hace cinco años, pues acudió a esta ciudad en busca de mejores oportunidades para su desarrollo personal, creyendo poder encontrar en este rincón del desierto la prosperidad soñada. Aquí, sin embargo, la experiencia ha sido otra: dificultades para abrirse paso en el camino de las letras, obstáculos para conseguir un trabajo. “Es que eres de fuera”, “tienes acento de chilango”, “aquí no queremos a los del sur”, son declaraciones que una y otra vez ha tenido que confrontar en una tierra llena de miedos y prejuicios. Sin embargo consiguió trabajo —cerca de nuestra casa—  en una tienda de conveniencia que forma parte de una cadena comercial. Él es el cajero de ese negocio, pero quizás mañana renuncie.

            Eran algo así como las nueve de la noche y al abrirle la puerta, me encontré con alguien que en un principio no logré reconocer: una extraña lividez se extendía por su semblante. Entró y pidiendo un vaso de agua, se dirigió al sillón más cercano. Luego de esperar durante unos minutos que se recuperara, comenzó a narrarnos lo sucedido minutos antes en su trabajo.

            —Mi turno casi terminaba y no había más clientes. De pronto entraron dos tipos. Uno era flaco y muy alto, el otro como de mi altura y traía una gorra. Además los dos usaban lentes oscuros. Uno se me acercó y sin alcanzar a ver bien cómo, de pronto me puso una pistola en la cara. Me quedé frío al ver el cañón del arma apuntándome. El tipo dijo: “Dame todo el dinero de la caja y también lo que tú traes... pero rápido cabrón, sino te chingo”. Como autómata obedecí, entregándole todo. Mientras, el otro sujeto agarró de los estantes varias botellas de whisky, cajetillas de cigarros y unas cajas de condones. Cuando tomaron lo que querían, sin mirarme, salieron corriendo del local y subieron a una motocicleta para luego huir. Mientras me quedé ahí, parado, sin saber qué hacer. Reaccioné cuando entró un cliente. Eso me sobresaltó, sacándome de mi estado de shock.

            —¿Y luego, que pasó? —pregunté preocupado.

            —Le hablé por teléfono a mi jefe, luego a la policía. Para cuando llegaron los agentes para levantar el acta, yo ya había revisado la grabación de las cámaras de seguridad. No podía reconocerme a mí mismo en esa situación, con un pendejo apuntándome un arma. Observé mis movimientos en el vídeo: en serio, parecía un sentenciado caminando sin remedio hacia el patíbulo. En la pantalla noté como  apareció en mi rostro un sombrío aspecto de muerte, de abandono, de vacío irremisible. Por un momento me convertí en parte de la oscuridad —Luego hizo una pausa, como meditando sus palabras —. Creo que desde mañana buscaré un trabajo menos peligroso —exclamó con un suspiro.

2 de febrero de 2013. Chihuahua, Chih.

Hace más de un año un ciudadano tamaulipeco —ayudado por otros civiles—, creó en Facebook la página Valor por Tamaulipas, logrando tener más de 170 mil seguidores. Luego abrió una cuenta en Twitter con el mismo nombre, consiguiendo más de 27 mil seguidores. Esto lo hizo con el fin de alertar a la gente sobre las actividades del crimen organizado en ese estado. La idea central de Valor por Tamaulipas, es la de mantener informada a la ciudadanía sobre las zonas de riesgo que hay en el estado, en cada ciudad y pueblo, llevando esto a la práctica en tiempo real. Así la gente puede saber en donde están ocurriendo persecuciones y balaceras, o en cuales sitios los criminales extorsionan o queman negocios. También ha servido para notificar a la gente sobre las formas en que operan los delincuentes. Al poco tiempo de existir, Valor por Tamaulipas ha permitido a los ciudadanos usar la página de Facebook y la cuenta de Twitter para denunciar a las autoridades corruptas, ya sean de cualquier nivel de gobierno, e inclusive poner nombre y apellido a presuntos narcotraficantes y a sus cómplices.

            Adicionalmente, hay quienes colocan fotografías de personas desaparecidas, con la esperanza de lograr obtener información sobre su paradero.

            Un día topé con Valor por Tamaulipas, y decidí entrevistar a quien administra sus cuentas. Ayer, por fin, pude llevar a cabo esa tarea. Fue muy difícil obtener la colaboración de esa persona. Por medio de mensajes privados enviados desde una cuenta con identidad falsa de Facebook —para proteger mi anonimato—, le expresé mi propuesta. Desde un principio consideré no usar nuestros nombres reales para protegernos mutuamente. Quizás accedió luego de contarle algunas de las cosas terribles que he vivido. Pero como sea me permitió enviarle una serie de preguntas. Le dije: “Toma con calma mis cuestionamientos. Si algún día se logra divulgar lo que me respondas, lo haré únicamente si tú me lo autorizas.”

            Esta es la entrevista:

            ¿Porqué Valor por Tamaulipas?

            Llegamos a un punto en el que el mismo crimen organizado nos ha obligado a decir las cosas como son. No podemos estar callados, por que hacerlo implica soportar más. Al levantar la voz queremos que las cosas cambien.

            ¿Temes por tu vida?

            Los que colaboramos en Valor por Tamaulipas, corremos todo el tiempo con muchos riesgos, pero no importa, es a lo que el crimen organizado nos ha orillado.

            ¿No es mejor estar callado y esperar que las autoridades resuelvan este problema?

            Mucha gente piensa que la mejor manera de evitar al crimen organizado es callando y bajando la cabeza para pasar desapercibido. Sin embargo, eso no ha funcionado. Y es parte de la misma estrategia criminal: que la gente crea que si no se mete con el criminal, entonces correrá menos peligro que si lo enfrenta.

            ¿Cómo se vive en Tamaulipas?

            Nadie confía en nadie. La gente viven en el temor constante, en un estado psicótico de paranoia, ocultando su verdadera identidad, nunca haciéndole saber a los demás quien eres o a donde vas. Todos hacemos eso para sobrevivir.

            ¿Y que piensas de los grupos de autodefensas?

            No creo que funcionen aquí, porque ¿contra quién pelearíamos? Hemos llegado a un grado de desconfianza en el que no sabemos si nuestro vecino forma parte del crimen organizado. En Tamaulipas ya hay algunos grupos de autodefensa, pero eso solo sirve en las poblaciones pequeñas en las que todos se conocen.

            ¿Has recibido amenazas?

            Si, constantemente. Me dejan mensajes en inbox o abiertamente en el muro del FB, describiendo como me van a torturar y descuartizar. Eso es muy duro, pero no nos rendiremos ante el miedo. Si algo me llegara a ocurrir, aún así el movimiento continuará, se abrirán nuevas páginas, más foros. La gente está harta de vivir en este estado de constante temor.

            ¿Algo último que desees agregar?

            Si. Para terminar, deseo citar las sabias palabras del poeta romano Horacio: "Quien vive temeroso, no será nunca libre."

25 de febrero de 2013. Chihuahua, Chih.

Esta semana ha sido de mucho trabajo. He comenzado a coordinar un taller de creación literaria. Lo estaré impartiendo en la Escuela de Artes y Oficios para Personas con Discapacidad (EAOPD). Los asistentes tienen muchas historias que contar, pero en particular me ha conmovido profundamente la de uno de los participantes: Chano, de 17 años. Él es parapléjico y mantiene una lucha diaria contra sus limitaciones físicas. Su familia es muy pobre y con gran dificultad lo ayudan para que se desplace hasta la EAOPD. Me contó que quedó paralítico a raíz de una lesión provocada por una bala alojada en la médula espinal. Eso ocurrió cuando él tenía 15 años de edad y se dirigía a su escuela secundaria en compañía de su novia Rosa, su primo Javier y su amigo Armando. A pocas cuadras antes de llegar a su destino, vieron con sorpresa como se detuvo a su lado un contingente de soldados a bordo de varios vehículos. Al instante comenzó una confrontación entre los miembros de las Fuerzas Armadas y un grupo de delincuentes, los cuales disparaban desde una casa al otro lado de la acera. En un instante, esa calle de una colonia popular al norte de la ciudad, se transformó en un campo de batalla. Chano jaló a su novia hacia un lado, tratando de ocultarse del intenso intercambio de disparos, pero fue en vano: una vez terminado el enfrentamiento, levantaron a Chano y a Rosa gravemente heridos, llevándolos inmediatamente al hospital. Desgraciadamente Armando quedó muerto en ese lugar. Solo Javier resultó ileso, pero Chano —que no corrió con tanta suerte—  quedó paralítico de por vida y Rosa falleció varios días después. De acuerdo a las indagatorias oficiales, las terribles heridas sufridas por los jovencitos, fueron producidas por las potentes armas de fuego usadas por los maleantes. Chano no puedo acudir a los funerales de su novia y de su amigo, ni tampoco a la escuela secundaria. Las lesiones lo mantuvieron restringido en cama, sumiéndolo en una profunda depresión de la cual salió varios meses después. Poco a poco recuperó la voluntad de vivir, esforzándose para continuar adelante e intentar rehacer su existencia. Su tío se enteró de la EAOPD, convenciéndolo de ingresar en ella. El muchacho aceptó, recibiendo allí apoyo psicológico e integrándose rápidamente en la comunidad de la escuela. La directora de la institución, la Lic. Dora Gutiérrez, lo guió en su proceso de recuperación psico-emocional, ayudándolo además a continuar con sus estudios de nivel secundaria.

            Chano —en su silla de ruedas— trabaja durante las tardes. vendiendo carne seca a los conductores que transitan por la salida a Ciudad Juárez y los sábados ayuda a unos amigos e un auto-lavado, recibiendo en ocasiones algunas pocas propinas de parte de los clientes. Es un chico excepcional, con la vida y la espalda rotas por la mitad, fuerte y valiente que dice con esperanza: “Algún día seré ingeniero aeroespacial”.

            Aún así no puedo dejar de sentir un poco de pena por él: el mal le arrebató a dos seres queridos y además —de forma brutal— le hizo perder la capacidad de caminar.

            Maldigo a quien le hizo esto.

7 de marzo de 2013. Chihuahua, Chih.

Por lo menos, dos veces por semana paso frente a un pequeño estanquillo, situado a pocas cuadras de mi casa. Allí he visto afuera de ese establecimiento, en la banqueta, una lápida de mármol bordeada por un pequeño enrejado metálico. En la losa, con letras doradas reza una inscripción:

 “DAVID CON CARIÑO Y RESPETO

DE TUS VECINOS Y  AMIGOS 

QUE TE RECORDAMOS CON AMOR

EL MISMO QUE SUPISTE GANARTE

EN NUESTRA MEMORIA POR SIEMPRE

VECINOS DE SANTA ROSA.”

            Finalmente, hoy decidí entrar al negocio y preguntar el porqué de esa plancha conmemorativa. Entre cajas con botellas y rejas de madera podrida, un hombre algo entrado en años me miró y dijo:

            —¿Para qué quiere saberlo? ¿es curiosidad, o que?

            —No, no es eso... —respondí un poco apenado—. Ocurre que estoy escribiendo un registro de las cosas terribles que nos están pasando a todos y quisiera saber, si usted me lo permite, lo que sucedió aquí.

            —¿Ve esa casa de enfrente, la de reja negra? —explicó con voz seca el hombre, rememorando algo sumamente doloroso— Pues ahí vivía un buen hombre. Tenía familia, esposa, hijos. Era muy trabajador y a todo mundo ayudaba. Pero una noche, hace casi un año, se activó la alarma de su coche. Era un vehículo algo viejo, quizás del 90, nada lujoso. Era un carrito modesto, pero aún así, dos tipos se habían metido, forzando la cerradura. Cuando salió David para ver qué estaba pasando, uno de los tipos le disparó tres veces. Una le dio en el hombro, otra en la mano. La que lo mató fue directo en el corazón. Ahí quedó tirado, desangrándose mientras esos malditos escapaban a toda velocidad. Nunca los agarraron.

            Nosotros, aquí como pudimos, mandamos hacer esa losa, como recuerdo de la bondad de David y como un reclamo permanente al Gobierno. ¡Dios tenga para esos asesinos el peor de los suplicios! —Concluyó el hombre, haciendo un ademán de rabia e impotencia.

            Al retirarme, dejé atrás una plancha luctuosa cubierta con descoloridas flores de plástico y una solitaria veladora encendida.

            La muerte ruin, impune fuerza criminal, avanza incontenible por estas calles, labrando en nuestros corazones una marca honda, desgarradora, destruyendo nuestras vidas inocentes.

16 de marzo de 2013. Chihuahua, Chih.

Al mediodía acudimos a un evento organizado por miembros de la agrupación "Por un Chihuahua Libre y Sin Temor". En un café cultural del centro, nos reunimos un buen número de personas para participar en una kermesse en la que se vendieron antojitos y dulces artesanales. Un pequeño escenario servía para quien quisiera leer poemas, cuentos o tocar música. Entre artistas y público en general, respaldamos con nuestro consumo y buena actitud a un grupo de madres con hijos o esposos asesinados o desaparecidos.

            Aproveché la oportunidad, y con muchísimo tacto y respeto, logré enterarme de los testimonios de las señoras afectadas: todas han sido víctimas de la ignominia. Sus almas están hendidas por el puñal de la desgracia. Historias similares a otras muchas veces escuchadas me fueron compartidas con amargo tono en sus quebradas voces: jovencitas que nunca volvieron de la escuela, niñas violadas cuyos cadáveres aparecieron salvajemente mutilados; hijos cuyo gran error fue implicarse con pandilleros que los arrastraron al hampa, para luego morir y ser arrojados a profundas narco-fosas; esposos raptados, torturados y decapitados por negarse a pagar extorsiones.

            Una de las señoras, doña Margarita, la cual para subsistir vendía empanadas de atún, arroz y chiles rellenos, me platicó —mientras me servía un plato de comida— cómo había enviudado:

            —Mi marido era policía municipal y eso siempre me dio miedo. Le decía que se cuidara, que no se fuera a exponer de más. Un día él y sus compañeros acudieron a un llamado de Código Rojo, pues un grupo de hombres armados habían atacado a un patrullero, dándose a la huida. Al acudir al lugar, unos testigos les dijeron para donde habían ido los agresores. Al seguir la pista, llegaron a una casa situada a pocas cuadras del incidente y desde el interior comenzaron a dispararles. Mientras pedían ayuda a las demás corporaciones, mi marido decidió repeler el ataque. Entre él y otros seis policías contuvieron a los delincuentes, impidiéndoles que escaparan de nuevo. Los malditos que abrieron fuego contra mi marido y sus compañeros, tenían armas de alto poder. Mi viejo siempre fue muy valiente y no se acobardó: no podía dejarlos irse. La balacera duró como diez minutos hasta que llegó el apoyo del ejército. Los agresores murieron acribillados, ninguno se rindió, dieron pelea como demonios hasta el final, pero a un precio muy alto, porque mi marido murió ahí, abatido por la balas de los criminales. Eso fue el año pasado, el 30 de mayo... —explicó y su mirada se desvió a un lado, guardando un momento de silencio. En ese instante, en el pequeño escenario, un músico terminó de tocar su guitarra y dijo:

            —La siguiente canción es muy especial para mí. No es de mi propia autoría, yo sólo le puse música. La letra en realidad es de doña Margarita, para la cual pido un aplauso. Ella la escribió luego que murió su esposo, así que en memoria de él, se las canto con mucho respeto.

            Tomé asiento y me dispuse a escuchar la canción. Todos miramos a doña Margarita, luego al músico y callados, prestamos atención a la pieza.

            Nunca olvidaré la tristeza dura y aplastante que me engendró esa canción. Decía:

               

                               No me gusta esta canción,

                        porque me recuerda que tú nunca estarás ya conmigo.

                        Te fuiste, así, de golpe, apresurada tu ida

                        llevándote un pedazo de mi corazón,

                        arrancándome para siempre la vida

                        y con tu partida, mi mente perdió la razón.

                        Eres mi amor, siempre lo has sido,

                        pero me duele saber

                        que  nunca más estarás conmigo...

            Mi esposa, a mi lado, lloraba de tristeza. Varios lo hicimos.

            Es cruel e injusto vivir siempre con miedo. Es terrible vivir así.

19 de marzo de 2013. Chihuahua, Chih.

Acabo de recibir por correo electrónico, la notificación de que se me ha otorgado un permiso especial para interrogar a tres internos del área de Alta Seguridad del CERESO de Aquiles Serdán. Debo presentarme mañana en las oficinas de la Fiscalía General del Estado para concluir una serie de documentaciones.

20 de marzo de 2013. Chihuahua, Chih.

Luego de entrevistarme con un asistente del Fiscal del Área Especializada en Ejecución de Penas y Medidas Judiciales, tuve que pasar con un psicólogo de esa misma dependencia, el cual me dio una serie de indicaciones sobre la seguridad en el penal. Me dijo, además quienes serían las tres personas a las que podría interrogar, entregándome unas copias de sus expedientes, para así poder estudiar esos documentos y preparar mis preguntas. Al final indicó la fecha y hora asignada, me entregó un oficio y me acompañó a la puerta de su oficina.

            Al salir del edificio, me retiré con un extraña opresión en el pecho.

7 de abril de 2013. Chihuahua, Chih.

Es de noche y aún no puedo dormir. Muy temprano, hoy por la mañana, salimos ,mi esposa y yo con rumbo a una clínica particular, en la cual se me realizó una intervención quirúrgica para revertir una vasectomía que me hice hace años. Por su carácter ambulatorio, tuve que pasar parte de la tarde en recuperación, esperando me pasara el efecto de la anestesia local. Un amable joven fue mi enfermero. De él recibí una gentil y profesional atención. Néstor es su nombre y dijo tener 19 años. Durante una de sus rondas a mi habitación, sostuvimos una charla fluida que inevitablemente cayó en el tema de la inseguridad y la violencia. Me habló de cómo se ha vuelto difícil trabajar en la clínica. Simplemente la noche anterior resultó pesada: a Néstor le toco recibir y comenzar a atender a un muchacho el cual llegó por su propio pie, buscando atención de emergencia. Según me narró Néstor, al pobre chico lo habían 'levantado' fuera de su casa en la mañana del día de ayer. Los secuestradores lo golpearon salvajemente y le amputaron dos falanges de la mano derecha. Luego enviaron una fotografía de su terrible estado —tomada con la cámara de su propio celular—, a varios de los contactos del pobre tipo raptado. Exigían un rescate de $8,000, so pena de darle muerte. Los familiares depositaron el dinero en una cuenta indicada por los captores, pero al acudir al lugar donde les dijeron que sería liberado el muchacho, no lo encontraron. Temieron lo peor. Pero en realidad había sido abandonado en un paraje a la salida hacia Ciudad Cuauhtémoc, un sitio muy distante de donde lo esperaban sus familiares. El muchacho, malherido, cubierto de sangre y con las ropas desgarradas, avanzó como pudo hacia la ciudad, sin obtener el apoyo de los conductores que pasaban a su lado. Ignorado por su paupérrima apariencia, caminó como pudo hasta encontrar la clínica en donde fue atendido de urgencia. Néstor le aportó los primeros auxilios, para luego dar parte a las autoridades.

            —Pero eso no es todo —agregó mi enfermero, mientras revisaba el vendaje de mi operación— . A todos los que trabajamos aquí, ya nos han robado el coche. A mí me bajaron a punta de pistola del carro de mi mamá. Por lo menos nos lo va a recuperar el seguro, pero el susto no me lo quita nadie. Y lo peor que aquí nos a pasado ocurrió hace dos meses. A esta hora —Como a las 7 de la tarde—, entraron cuatro tipos armados. Querían robar el dinero de la caja pero un médico se opuso al asalto. Ellos, al momento y sin ningún miramiento lo mataron. Simplemente le dispararon tres tiros: uno en la cara y dos en el pecho cuando estaba tirado en el suelo. A la señora de la limpieza la hicieron arrodillarse a un lado del cadáver. Mientras que rompían la caja y sacaban el dinero, la pobre mujer lloraba, pidiendo que no la mataran. Uno de ellos, al salir, le dijo: “Cállese pinche vieja”, y le dio un balazo en la cadera. Ella salvó la vida, pero cuando se recupere ya no regresará aquí a trabajar. Ya agarraron a tres de los asaltantes, pero el cuarto dicen que se peló para Estados Unidos. A ver si algún día lo agarran.

            Néstor hizo una pausa. Terminó de revisar el trabajo de curación y continuó:

            —Mi mamá reza por mí todos los días. Tiene miedo de que me pueda pasar algo malo. Yo le digo: “No se preocupe, todo va a estar bien”, pero en realidad no me lo creo. Yo también temo lo peor. Mi hermana vive en La Paz. Me dice “Acá en Baja California casi no pasan ese tipo de cosas; está más tranquilo. Mejor vente para acá”. Sus palabras me hace pensar en mejor irme. Tal vez allá pueda conseguir chamba en alguna clínica, o por lo menos en un consultorio; cualquier cosa será mejor para irnos y alejarnos de todo este peligro. —Concluyó, esbozando una sonrisa vacía de esperanza.

10 de abril de 2013. Chihuahua, Chih.

Acabo de enterarme de que en pocos días cerrará Valor por Tamaulipas. El crimen organizado ha distribuido un volante en varias de las ciudades de ese estado fronterizo, ofreciendo 600,000 pesos por la cabeza del administrador de las cuentas de FB y Twitter, que han venido enfrentando con la verdad al hampa desde hace poco más de un año. De acuerdo a la información, el administrador de Valor por Tamaulipas  considera que ya es el momento de dejar el proyecto, pero está seguro —o segura—, de que se abrirán foros similares para continuar denunciando las actividades del crimen organizado. Le envié un mensaje privado desde una cuenta anónima de Twitter, deseándole suerte y agradeciéndole todo el esfuerzo realizado.

23 de abril de 2013. Estacionamiento del Penal Estatal No. 1, Chihuahua.

Escribo esto, luego de entrevistar a tres peligrosos delincuentes. Ha sido una mañana difícil e inquietante. Llegué a las 9 AM para ser dirigido a través de una serie de filtros de seguridad. Me revisaron dos veces, cateándome y haciéndome pasar por detectores de metal. Revisaron mis identificaciones y cotejaron mis documentos. Lo único que me permitieron pasar fue una mini-grabadora USB, con la cual registraría todo lo que se dijera.

            Acabo de salir y comencé a escuchar la grabación. Estoy aún muy alterado por la vivencia, pero creo que es mejor comenzar a hacer ya la transcripción de los eventos. Esto fue lo que pasó:

            Luego del exhaustivo proceso para dejarme pasar, fui conducido por un guardia a lo largo de múltiples pasillos. Me acompañaba además una trabajadora social, la cual me dio algunas indicaciones:

            —Al llegar al salón, estará esperándole la primera persona. Sea concreto y realice su trabajo con eficacia. Por favor, no pretenda establecer una charla con ella, pues ya se le informó antes de traerla acá que usted vendría y para qué. Recuerde: Sólo tendrá 10 minutos con cada uno de ellos, aprovéchelos —dijo mientras caminábamos a paso mesurado. Llegamos ante una puerta metálica y entré a un cuarto sin ventanas. Luego alguien cerró firmemente el acceso; el guardia armado se quedó conmigo en todo momento. Frente a mí, una reja de gruesos barrotes dividía en dos la habitación, y del otro lado me miraba una delgada y joven mujer. Algunos rastros de belleza aún se vislumbraban en ella, pero unas grandes ojeras, la piel descuidada, el cabello corto y opaco, la hacían ver reseca, acabada. Ella estaba de pie, con las manos atrás y vigilada por dos guardias.

            —Siéntese por favor —indiqué. La muchacha no levantó la mirada y uno de los celadores dijo categórico:

            —Ella no tiene autorizado sentarse. Se quedará así.

            Comprendiendo la severidad de la situación, tomé asiento. La intervención quirúrgica que me habían realizado hacia un par de semanas aún no cicatrizaba, y además me cansaba de inmediato. Lo mejor para mí fue hacer las cosas con calma.

            —Bien, comencemos, le iré haciendo las preguntas y usted respóndalas. Sea franca. Primera pregunta: ¿Cual es su nombre y edad?

            ―Soy Elisa Eunice Ramírez Contreras y voy a cumplir 20 años.

            ―¿Porqué está aquí y cual es su condena?

            ―Por complicidad en una banda de secuestradores. Por eso recibí la condena de prisión vitalicia.

            ―Específicamente, ¿cual fue su papel en esa banda de secuestradores?

            ―Trabajaba en eventos como edecán y ahí conocía hombres ricos. Los seducía para sacarles sus datos personales y luego se los daba a mis compañeros. Nombres, direcciones, cuanto ganaban, todo eso. Ellos los secuestraban y cuando era entregado el dinero del rescate, a mí me pagaban 10,000 pesos.

            —¿Cuantos más integraban la banda de secuestradores?

            —Eramos 9 en total. Entre ellos estaba mi hermana que era también edecán y 6 hombres que hacía en resto del trabajo.

            —¿Usted no sentía remordimientos por participar en secuestros de personas?

            —Antes no. Yo pensaba que no había problema porque no les hacíamos daño físico. También creía que nuestras víctimas, podían salir adelante de la experiencia del secuestro, pues ellos tenían el dinero para pagar y luego volver a sus vidas.

            —¿Entonces no pensaba usted en el sufrimiento causado a sus víctimas?

            ―No, por que los veía como cosas de las que sacaría ganancia. Eran simples fuentes de ingreso.

            ―¿Cómo se siente ahora con todo lo que ha  pasado?

            ―Estoy muy arrepentida por todo. Eso ha sido el error más grande de mi vida y daría lo que fuera por que terminara esta pesadilla. Todos los días pienso en lo que hice, pero aún así creo que han sido injustos conmigo.

            —¿Quienes han sido injustos con usted y porqué?

            —Los jueces que me dictaron sentencia, por que yo no violé ni torturé ni maté a nadie. Es exagerada mi condena pues me están castigando como si fuera una asesina. Reconozco que obré mal, pero a nadie le va a beneficiar que me quede aquí por todo el tiempo que me queda de vida.

            —¿Cómo es su situación carcelaria?

            —Es muy dura la vida aquí dentro, pero es peor desde que nos trasladaron al área de Alta Seguridad. Antes podía convivir con otras internas, nos prestábamos cosas, hasta les arreglaba el pelo para que se vieran bonitas. Hoy eso no es posible. Estoy sola en mi celda y es muy pequeña. Tiene una cama, una mesa fija al suelo y al lado un W.C., junto a la regadera. No hay ninguna ventana y todo el tiempo están diciéndome a que hora debo comer, bañarme o dormir. No tengo derecho a tener revistas o una televisión. Antes, cuando estaba con las demás internas, hasta cigarros o música teníamos. Ahora ni eso.  No creo que yo pueda vivir así para siempre.

            —¿Que más hace, tiene alguna actividad ocupacional?

            —No hago nada durante todo el día. Solo me la paso sentada, mirando la reja de la puerta. Una vez a la semana me sacan por un pasillo a una celda al aire libre. Ahí me da un poco de sol, pero me quedo sentada en el suelo.

            —¿Tiene visitas o interactúa con alguien?

            —El resto de mi familia está en Ciudad Juárez, pero hasta el momento no ha venido nadie a verme. Me han dicho que sólo tengo derecho a recibir visitas cada quince días. Las únicas personas con las que tengo relación son los médicos, psicólogos y trabajadoras sociales —aparte de las celadoras—, que están al pendiente de mi salud mental y física. Me están enseñado a vivir en estas condiciones, pero no me dejan hablar con nadie más.

            —Por último, ¿qué cree que va a ser de usted?

            —Lo único que espero, es que mi abogado encuentre la manera de apelar mi sentencia. No quiero morirme aquí de vieja. Deseo con desesperación vivir la libertad de nuevo. Ya entendí mi error. Si salgo, seré una persona honesta, lo juro.

            —Se ha terminado el tiempo —anunció uno de los guardias. Mientras se la llevaban, noté algo en los ojos de la mujer: por un breve instante creí reconocer el frío vacío del sufrimiento. Quise tenerle lástima, pero evité tener sentimientos así en esos momentos; debía mantenerme concentrado y objetivo.

            Esperé unos minutos y al otro lado de la reja fue ingresado un hombre corpulento y de gran estatura —quizás tenía 1.85 de estatura—. De tez morena, cabello muy corto y frente angosta. Venía escoltado por otros dos guardias. Al igual que Elisa Eunice, traía esposas alrededor de las muñecas, con las manos sujetas por detrás de la espalda. Me miró e hizo una profunda inhalación, encarándome con aire desafiante, como queriendo decir algo, pero al instante fue detenido por uno de los guardias:

            —¡Silencio! ¡Sólo hablarás hasta que te lo pidan! —ordenó el celador. Noté como se sometía el interno calladamente. Entonces comencé mis preguntas:

             —Dígame, ¿cual es su nombre y edad?

            —Soy Víctor Manuel Martínez Ahumada y tengo 27 años de edad.

            —¿Cual fue el delito por el que está aquí, y cual es su condena?

            —Se me encontró responsable del delito de extorsión agravada y por eso estoy sentenciado a prisión de por vida.

            —¿A quién extorsionaba?

            —A comerciantes de diversas partes de la ciudad.

            —¿Cuanto les exigía?

            —A algunos tres mil pesos, pero a casi todos dos quinientos. Eran pagos que tenían que hacernos cada semana.

            —Ha dicho que “tenían que entregarles”, entonces, ¿tenía usted cómplices?

            —Solo uno. Se llama Heriberto Molina Varela. También fue aprehendido y condenado como yo.

            —Siguiente pregunta, ¿cómo obligaban a las personas a entregar el dinero?

            —Las amenazábamos de muerte.

            —¿Ha asesinado usted a alguien?

            —No, nunca.

            —¿En algún momento formó usted parte de una banda de narcotraficantes?

            —No, nunca.

            —¿Cree usted justo el dictamen del Tribunal de Juicio Oral, al haberle impuesto sentencia de cadena perpetua?

            —No.

            —¿Porqué?

            —Por que me están tratando como si fuera un criminal peligroso. Solamente pedíamos dinero con amenazas, pero nunca le hicimos daño a nadie. Hay otros aquí que son narcos o multi-homicidas. Ellos deben quedarse toda la vida encerrados. A mí me habían sentenciado inicialmente a un año con tres meses, pero la Fiscalía General del Estado apeló esa sentencia y me refundieron aquí para siempre.

            —Pero usted es considerado un criminal de alta peligrosidad. Inclusive ofreció resistencia al arresto y disparó contra la policía. Entonces, ¿que piensa de eso?

            —Pues si, pero mis faltas no son para tanto.

            —¿Y acaso usted nunca pensó en las consecuencias de sus actos delictivos?

            —Yo creía que podía evadir la ley para siempre. Se me hizo fácil ese jale. Y pues sí, hasta ahora me arrepiento del mal que cometí.

            —¿Cómo sobrelleva su vida como interno del Área de Alta Seguridad?

            —Todo el día estoy triste y otras veces enojado. La comida me la traen hasta la celda. Las autoridades del penal siempre le dicen a uno qué hacer. Todo el tiempo estamos vigilados y no hay nada en qué ocuparse, sólo escuchar las horas pasar. A veces quisiera morirme.

            —Explíquese.

            —Muchas veces pienso en el suicidio. Lo único que me detiene es la idea de que mi alma se va a condenar si hago esa estupidez. Ya hice muchas pendejadas en mi vida, como para terminar haciendo la última más grande. Por lo menos los psicólogos me dan consejos para aguantar aquí dentro.

            —¿Es usted una persona religiosa?

            —Antes esas cosas no me importaban, pero ahora si. Lo único que tengo en mi celda es una Biblia. Al principio ni la voleaba a ver, pero ya la leo. La leo mucho y trato de entenderla.

            Un reloj en la pared me indicó que mi tiempo con este hombre había terminado. Me apresuré a decir:

            —Finalmente, ¿qué cree que va a pasar con usted?

            —Pues que ya me chingué. Aquí me voy a quedar, jodido, para siempre. Ya ni modo —al decirme eso, sentí como si su aliento de vida hubiera escapado hacía mucho de su cuerpo. Parecía exangüe, ajeno al mundo. Lo sacaron de la habitación y esperé de nuevo al último interno.

            No transcurrió mucho para que fuera abierta de nuevo la puerta y tres guardias colocaran ante los barrotes a un sujeto con cadenas, cuyo rostro había visto varias veces en los medios. Al tenerlo frente a mí me provocó un escalofrío involuntario, como si la temperatura del ambiente hubiera descendido. Nunca olvidaré sus grandes ojos: eran como los de un animal herido y furioso, dispuesto a atacar. Jamás había visto a alguien así. En verdad comprendí en ese momento, cómo alguien puede estar desprovisto de eso llamado humanidad.

            Aún cuando había estudiado su expediente y de antemano sabía quién era él, hice la siguiente pregunta:

            —¿Cual es su nombre y edad?

            —Me llamo José Dolores Arroyo Chavarría y tengo 33 años.

            —¿Cuales han sido tus delitos por los que está aquí y por cuanto tiempo es su pena?

            —Fui declarado culpable de homicidio múltiple, asociación delictiva, portación de armas de uso exclusivo del Ejército y resistencia violenta al arresto.

            — ¿Y su condena?

            —Prisión vitalicia.

            —¿Para quién trabajaba?

            —Para el Cartel del Juárez, de los Carrillo Fuentes.

            — ¿Usted formó parte de algún comando armado?

            —Si.

            —¿Y contra la vida de quién atentó y donde ocurrió eso?

            —Participé en el ataque a una casa habitación del fraccionamiento Villas de Salvácar, en Ciudad Juárez, la noche del 30 de enero de 2010. Acudimos a ese lugar por órdenes de “El Diez”, para ejecutar a personas que creíamos eran miembros del grupo de los “AA”.

            —¿Y que más fue lo que pasó ahí?

            —Al llegar a ese lugar, acribillamos a todos los presentes en una fiesta, pero no sabíamos que en realidad eran simples muchachos estudiantes. Los confundimos con gente de 'El Chapo' Guzmán.

            —¿Durante el tiroteo, se dio cuenta de que eran jóvenes comunes y corrientes?

            —No. Los de la banda de los “AA” parecen siempre gente normal. Había muchachas y algunos adultos, pero eso no importó. Era nuestro trabajo.

            —¿No le habría preocupado asesinar por error a gente inocente?

            —No. A veces uno se “lleva” gente que no la debe, pero son gajes del oficio. Fue un error táctico y salió mal. La información con la que actuamos era errónea.

            —Habla usted de esa matanza como si hubiera sido una operación militar. ¿Tiene usted remordimiento por haber asesinado y malherido a esas personas?

            —No. Esas cosas pasan en este tipo de trabajo. Uno sabe desde antes que cosas así pueden ocurrir.

            —¿Sabe usted cuantas personas inocentes murieron por culpa de usted y de sus cómplices?

            —Si.

            —¡Dígame! ¿a cuantos asesinaron en esa ocasión?

            —Fueron 18 las personas que murieron y 10 más quedaron con heridas graves.

            ―¿Recuerda el rostro de alguno de ellos? ¡Responda!

            ―No, todos eran objetivos y no les damos importancia a sus caras. Si estaban ahí, debían morir.

            —¿Asesinó a más personas antes de ese día?

            —Si, a más.

            —¿A cuantas y porqué?

            —A 142, y tuve que ejecutarlas por órdenes directas de mis superiores. Siempre fue para ajustar cuentas o castigar a los rivales. Sólo obedecía órdenes, nada más.

            —¿Pero entre esas personas asesinadas por usted, no había inocentes?

            —Algunos. Siempre hay gente que está de más en un sitio, gente que no debía estar allí. Pero siempre 'jalábamos' parejo con todos.

            —Entonces, repito mi pregunta, ¿no está usted arrepentido?

            —No tengo porqué. Uno sabe el precio que se paga si las cosas salen mal y lo terminan agarrando a uno: o es la muerte o la cárcel. Nada más.

            —¿Nada más? —dije. Miré el reloj en la pared: Faltaban quizás un par de minutos, posiblemente tres para terminar el tiempo de esa mi última entrevista. A mi lado, silencioso, el guardia  nos observaba. No sé cómo perdí el control. Durante más de una hora había aceptado someterme a esta experiencia, al estrés de enfrentarme con estos monstruos, a esos seres tan ajenos a mí. De imprevisto me levanté, irguiéndome hacia el tipo, agarrando con ambas manos los barrotes que me separaban del asesino. Arrebatado por la ira, miré directo a los ojos de ese engendro, y le grité:

            —¡Tú y los tuyos han transformado nuestras vidas en un infierno de temor y muerte! ¡En el nombre de toda mi gente... te maldigo! ¡Y con todo mi odio, deseo te pudras vivo en este agujero! —En ese momento el celador me tomó por el hombro, separándome de la reja y sacándome de la habitación.

            Sin decirme nada más, me dirigieron de nuevo a la salida, hacia el mundo exterior en donde yo sí podía luchar honestamente por una vida mejor.

*              *              *

            Esto es lo último que escribo. Esta experiencia ha venido a abrirme muchas viejas heridas; habiendo sido dolorosa, también ha cambiado algo en mí, y espero que si alguien llegara a leer esta bitácora, le ayude a comprender los tiempos que me tocó vivir.

            Por el miedo a la violencia, veo en el auto-exilio quizás la única opción. No deseo engendrar hijos que nazcan aquí, en este país torturado, en una nación que se está cayendo a pedazos.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

“Cuántas veces te dije

que antes de hacerlo

había que pensarlo muy bien,

que a esa unión de nosotros

le hacía falta carne y deseo también…”

Para vivir

Pablo Milanés

Una flor para Matilde

 

La verdad es que Matilde siempre me gustó. Y no sólo me atrajo su belleza física, sino ante todo su… ¿cómo decirlo? Su misticismo. ¿Me explico? El ser de ella era algo así como un imán hacia lo peligroso, lo desconocido, como estar al borde de un abismo en el que sabes que lo más seguro es que te puedes matar si te avientas, pero tienes la posibilidad de retar al placer, al pecado, a la muerte, ¿no? Incluso ahora, pasados veinticinco años de su caída y del sepelio, pocos me creen lo auténtico de sus virtudes, si no fuera por la terquedad con que refiero su sonrisa galáctica y su olor de pomarrosa.

            Es cierto, había algunas cosas de ella que no me gustaban, al menos no que las luciera en público, que las hiciera notorias, porque me daba coraje. Por ejemplo, su porte clarito de machorra, ¿ves?, a pesar de su hermosura, su afán por utilizar esos pantalones de mezclilla entallados, esa eterna negativa suya ante mis críticas y mis reclamos para que usara faldas, incluso todas las que le regalé, para que la gente no soltara chismes. No tanto por mí, sino sobre todo por ella, porque ahora sí puedo confesarlo: la quise un montón. Lo que sí te digo con toda seguridad es que verla caer de tan alto que estaba, y luego, el duelo, y las cosas que pasaron ese día marcaron el momento de nuestra separación definitiva, el rumbo dividido de nuestros destinos. Puedes decir que me liberé de ella, de su cuerpo, de su forma salvaje, insaciable, pero riquísima de hacer el amor, porque no la volví a ver, pero era lo mejor.

            Para no hacerte largo el cuento te voy a platicar lo de su caída. Era martes, y los martes para mí son mortales, siempre han sido así, no sé por qué. Para empezar, teníamos clase de Artísticas con Marciano, el profesor de Francés, el más bonachón de todos en la Prepa, agregado a su tanteo de marica. Habíamos dormido felices porque ese día en la casa de estudiantes donde vivíamos, mitigando el hambre y la soledad y paliando un poco la miseria por la vía del amor, habían salido la mayoría, así que los cuartos estaban solos, sobre todo el nuestro. No me dijo nada de algún sueño que vaticinara lo que iba a pasar, y yo tampoco le dije algo premonitorio porque la verdad no me acuerdo si tenía cosa por decirle en ese tono. Nos fuimos caminando las mismas veinte cuadras monótonas de siempre, de todos los días de escuela en este pueblo grandote, igual que las demás veces, tratando de no despertar sospechas sobre lo que nos cargábamos.

            Llegamos, cada quien por su lado, igualito que todos los martes, ya te digo. Entramos con Marciano y nos aventamos algo de Veracruz y de Chiapas, todo rutinario. Siempre me acuerdo mucho de la pieza esa con que te sobabas la panza mientras bailabas un cepillado: “A la tripa, tripa, retripa, tripa de venado…” Yo observaba a Matilde, como siempre, disimuladamente, pero con un afán que hasta ahora espero y nadie de la generación haya descubierto alguna vez. Sus caderas, su cintura, su pubis dibujado en el pantalón ajustado, sus piernas largas sugeridas en la mezclilla, sus brazos, su piel, su cabello, su espalda, su nuca, su sonrisa. Cómo carajo poder olvidar todo eso. No es posible, era la perfección andando, y todo eso era para mí, pudo haber seguido siendo mío, hasta que se cayó.

            Terminó la clase de Artísticas y siguió la de un maestro que casi nunca iba, pero que cuando daba la casualidad de que fuera no nos daba ninguna enseñanza que tuviera que ver con su materia. Llegaba con un álbum de fotografías de España y se ponía a mostrarnos las fachadas de templos, de edificios públicos, de tumbas, de museos, y nos platicaba que él anduvo por ahí con su familia, de paseo, pero de Economía Política, como decía su horario, nada tenía que ver. Como eso coincidía con nuestra intención de no tener clases, de matar el tiempo, lo escuchábamos con un interés mutuamente fingido hasta que sonaba el timbre llamando a receso. Eso mismo pasó el martes del derrumbe de Matilde. Y de nuestro distanciamiento, como te digo, porque en la realidad sigo sin apartármela, a pesar del velorio y de todo lo demás.

Pero, bueno, supongo que tengo que explicarte algo más para que agarres la onda del descenso. No sé si conozcas el edificio docente de la Universidad. Es una construcción de tres naves que forman una “U” recta, con un jardín al centro, de árboles frondosos y añejos que invitan más a la hueva que al estudio. El cuadro se completa con la biblioteca y los cubículos de los profesores, al fondo, pero esta sección está despegada del resto y no tiene salones. Las dos secciones que quedan frente a frente sólo tienen dos niveles, pero muy altos, y la del centro sí tiene tres, pero todos terminan hacia el parque en pasillos amplios y con barandales de fierro. Sobra decir que se trata de una instalación simbólica porque ahí fue donde se dio una huelga que culminó con una matanza y con la creación de la Universidad autónoma. Su simbolismo es mayor porque ahí funcionan las dos escuelas de bachillerato más grandes, además de que su conjunto urbano se suma a la alameda central, que está nomás cruzando la avenida.

Pues bien, la construcción está dividida en dos, justo a la mitad de la nave de en medio, con el acceso principal como punto de referencia, para el funcionamiento de los dos planteles, ocupando el mismo número de espacios para las clases. Y no está por demás decir que las dos escuelas tienen una especie de confrontación de tipo moral, pues a la número Uno se atribuye ser la receptora de los riquillos de la ciudad y a la Nueve la cualidad de acoger a los revoltosos. Por mera curiosidad, hay que explicar que la primera, la Prepa Uno, lleva el nombre academicista de un antiguo profesor, su fundador, y la otra, la Prepa Nueve, el de un médico y ciclista argentino, guerrillero en Cuba y muerto en Bolivia, donde pensaba hacer una revolución y extenderla al continente. Pero a la hora del receso había una comunión espiritual fundada en que todos quedábamos frente a frente, en los corredores interconectados hacia cualquier punto, así que se olvidaban las cuestiones ideológicas, académicas o administrativas para pasar a la pachorra y el desmadre general del recreo.

Era un martes como cualquier otro, y la mayoría de los chicos preparatorianos hacíamos lo mismo de siempre: tirar la flojera en los ambulatorios, en la chorcha, en el relajo, haciendo grupitos o en lo individual. A pesar de mi amor por ella, yo dejaba que Matilde hiciera una de las cosas que más le gustaban, como a casi todos los alumnos: sentarse en el barandal de fierro, sostenida con una mano de los soportes tubulares del enrejado, dando la espalda al vacío hacia el jardín, atorados los pies de los ángulos paralelos que apuntalaban la protección. Y cuando me refiero a que Matilde haya soñado con algo malo es porque, en el fondo, yo sí albergaba una especie de premonición inexplicable. Como quiera, en el afán de no despertar ninguna sospecha, nada le dije cuando acomodó su trasero y atoró sus botas cubanas entre la herrería. Era una práctica en la cual ya era experta. No había de qué preocuparse.

Los amplios corredores en los tres lados del edificio docente estaban repletos de adolescentes a mitad del receso, por ahí de media mañana. Unos comían galletas o tortas o desayunaban en el parque interior, donde había mesitas instaladas para el caso, otros bebían aguas de frutas preparadas ahí mismo, en la cooperativa escolar, o gaseosas embotelladas. Es obvio suponer que mis celos se dispararon cuando más de uno de los jóvenes de nuestra edad fijaron su mirada en las caderas de Matilde, plenas y pletóricas, apuntando hacia las jardineras. Controlé mis impulsos, manejé con tolerancia la situación adversa, asumí que la mirada colectiva puede llegar muy lejos, concretar en la imaginación realidades deseables, pero que al final, en el terreno de los hechos, eso que llamaba la atención era mío, me pertenecía, y lo había disfrutado a plenitud no una, sino muchas veces, y no con la vista, sino con el tacto, con los labios, con la piel, con los sentidos.

Las cavilaciones sobre la pertenencia física de las nalgas de Matilde, no obstante tener los ojos fijos en ellas, se apartaron de la obnubilación cuando me despertó un grito general, una especie de sorpresa común que tenía cientos de orígenes pero un solo destino: el mismo que en ese momento me tenía en la boba y presa de realidades descritas a oscuras y en recuerdos imborrables. Esa misma imagen retratada por mi tacto, voluptuosa, cachonda, se venía abajo, hacia el parque empastado y con rosales del primer piso, desde el tercer nivel, como en cámara lenta, en imágenes impasibles que todos, todos, registraban por completo y palmo a palmo sin poder hacer absolutamente nada para evitarlo, sino apenas con una expresión ambivalente entre la sorpresa y la solidaridad humana hacia una mujer hermosa, de un cuerpo perfecto, que se desplomaba irremediablemente desde lo alto.

Una traicionera bota, del par de botas cubanas de Matilde, había quedado al pie del barandal, zafada de su pie perfecto, mientras el resto del cuerpo de la morena de fuego se blandía en cámara lenta sobre el aire detenido y transparente. Con una lentitud pasmosa, admirablemente puntual, su humanidad quedó alargada sobre el barandal, con su trasero enorme como punto de equilibrio entre el corredor y el abismo, y nadie, nadie alcanzó al menos a sujetarle sus piernas o su cintura o sus tobillos y ella que ni siquiera manoteaba, entregada al momento. La fuerza de gravedad hizo su parte, y de la caída en inicial cámara lenta pasó a un ritmo más acelerado, no tanto como los corazones de los testigos, en particular el mío, que amenazaba con estallar y salirse del pecho y lanzar mi cuerpo hacia la zona de rosales en el fondo del parque donde, era lógico imaginar, caería la costeña alegre, para recibirla en mis brazos y evitar que se lastimara. Y otra vez la imposibilidad de la imaginación que imponía su realidad.

Como clavadista de plataforma, la Matilde dio una, dos, tres vueltas, no sé cuántas, ni el grado de peligrosidad, y ni siquiera tuvo la intención de agarrarse del barandal del segundo nivel. Transitó por ahí entre el asombro de quienes, en esa parte del edificio, echaban relajo y no alcanzaron, en las micras de segundo de la escala de su viaje frente a ellos, a adivinar qué era el cuerpo que acudía frenético al encuentro con la relatividad. Devoró esa fase y cruzó igual la del primero. Milagrosamente, ahí, frente a los maestros y estudiantes que en el ulterior de los pasillos agarraban guasa de todo, cayó mi amada cuán larga era, con sus senos hermosos, sus piernas formidables, sus caderas macizas, sus ojos de miel, su cabello puchunco, sus pantalones ajustados, su camisa vaquera, eso sí, con sólo una de sus dos botas cubanas, porque la otra, la que la traicionó, se quedó en el último piso.

La estampida fue general, imposible de contener, y yo me quedé como si fuera de hielo en la butaca desde la cual veía todo, no tanto para no despertar sospechas de mi amor por la morena insaciable, sino porque estaba en shock, en calambres, esperando lo peor. Ni siquiera me sacó de mi aturdimiento el grito desaforado, grotesco, femeninamente histérico de Marciano, nuestro profesor de Francés y de Artísticas, junto con la turba que acudía en auxilio de la costeña, más por morbo que por solidaridad genuina. No alcanzaron a llegar. Se detuvieron en seco, igual de impávidos que cuando vieron el desplome. Matilde se levantó más fresca que una lechuga, se sacudió alguna basurilla obvia del césped y de los rosales, echó hacia todos y a ninguno una de sus sonrisas enigmáticas de sus dientes blanquísimos, levantó la pierna sin bota para librar la mampostería de cemento del jardín que fácilmente le habría roto la cabeza si ahí hubiera sido el porrazo, se pasó al corredor de ese nivel y caminó, erguida, como si nada, hacia el tercer piso donde la esperaba su otra bota.

Marciano la encontró, enloquecido, en el pasillo dos. Tuvo la fuerza suficiente para cargársela, con mucho cuidado, y tenderla en el piso, mientras alguien, al lado de él, abrazaba ya la bota traidora. Le tocó sus costillas, le tentó la frente, le sintió su cráneo inmaculado, apretó sus caderas con delicadeza, midió sus brazos, sopesó sus piernas, le preguntó cómo se llamaba y de dónde era y no la dejó moverse de la loseta hasta en tanto no llegaran los paramédicos de la ambulancia que ya se escuchaba venir desde la Cruz Roja, ubicada apenas a una cuadra del edificio docente. Ella se reía y entre el asombro de todo mundo aseguraba que no tenía nada, que todo estaba bien. Presa del miedo, del pánico, abierto el camino con la amabilidad de dos que tres codazos, lo único que atiné a hacer fue tocarle un hombro con mi mano nerviosa de puro amor y de coraje. ¡Cuántas veces le había advertido que no se sentara de esa manera en los barandales! ¡La cantidad de ocasiones que le hice ver el peligro de colgarse de la herrería como tenía por costumbre!

Los socorristas tampoco lograron descubrir nada anormal en el cuerpo de ella. Cubiertos los requisitos del servicio de emergencia, tal como habían venido, se regresaron a la ambulancia que los esperaba afuera, en el acceso principal desde la avenida. Les contestó con precisión y con su sonrisa alba todos los datos que le pidieron, sin asomo de equivocación. Les agradeció con amabilidad genuina su presencia, pero insistió en que no había nada de qué preocuparse, mientras se ponía, sentada en el piso rojo, la bota que le había fallado. Sólo Marciano, con su autoridad de maricón, consiguió que permaneciera ahí varios minutos, durante los cuales le platicaba cualquier cosa, trivialidades, con el puro objetivo inútil de que pasara el trance sin complicaciones. Yo lo miraba todo, y al final me reí con sinceridad y admiración subrayando la fortaleza de mi morena, que, otra vez, se irguió como si nada, dispuesta a ir a la siguiente clase, ya roto el receso por la chicharra puntual del horario.

De todas maneras, no se salvó de ser la comidilla el resto de la semana, y de hecho la mejor anécdota de los tres años de la Prepa para muchos de quienes presenciamos su caída. Todos recordaban los detalles, pero en especial la preocupación de Marciano porque ella no sufriera ningún riesgo. Así llegamos al final de la jornada estudiantil de ese martes aciago. Muy pocos escaparon al prurito de platicar, dentro y fuera de la escuela, a la menor provocación, el derrumbe de Matilde, pero especialmente la preocupación exagerada del profesor de Francés y de Artísticas por protegerla. Ya eran las dos de la mañana cuando todavía en la soledad del cuarto, sin testigos incómodos, platicábamos las incidencias, hablábamos de la suerte, de la fortuna, de la salud y de la vida y yo soltaba a la negra preciosa dos que tres regañadas, con suavidad, para no interrumpir el trance con imprudencias de blasfemia.

Fue así y a esa hora que percibimos el ulular de la ambulancia y la sirena de las patrullas. A esa hora y así nos llegó el aviso y acudimos, incluso, al lugar del accidente. En uno de los accesos a la carretera federal que cruza la ciudad estaba aún el Renault en el que los tres maestros se fueron de parranda, y todavía encontramos cubierto con una manta blanca manchada de sangre el cuerpo de Marciano. Los otros dos habían escapado y dejado ahí, abandonado, al instructor de Francés y de Artísticas. Ni siquiera tuvimos el valor de verlo a la cara, sólo esperamos a que vinieran para llevárselo los del Servicio Médico Forense. Volvimos a estar con él a mediodía, ya en su ataúd, en el edificio docente, al centro del jardín. Bajó en hombros de chicas y chicos que lo adoraban, las mismas escaleras que el día anterior pasó corriendo para cuidar de la morena de fuego. Le llevamos rosas y gladiolas y acompañamos el cortejo hasta el panteón.

Nos unimos a su mujer, también maestra de la escuela, en la tragedia, y lloramos juntos con el desconsuelo de la desazón por el destino y el azar. En lo personal, quise separarme desde entonces de Matilde, y creo que ella lo entendió a cabalidad, porque aceptó con ese espíritu la rosa que le regalé y cuyos pétalos, después supe, guardó para siempre en el cuaderno de Literatura de la clase de la viuda de Marciano. Faltaban pocos días para el fin de cursos de los tres años de la Prepa, así que aguantamos el suplicio de la separación. No volvió a sentarse en los barandales, ni yo a mirar sus caderas, firmes desde siempre en mi memoria. Decidimos que tomar rumbos distintos para nuestras vidas era lo mejor. Si nos iba mal, cada quién tenía la posibilidad de enfrentar el reto de su sendero y demostrar ella su fortaleza física y yo la falsa valentía de mi fragilidad congénita de flor, de amor de un rato, de magnolia del desierto asfixiada por el sol que, paradójicamente, la alimenta con sus rayos inclementes. Teníamos la base de nuestras experiencias, de nuestros sueños de jóvenes, de nuestras soledades, de nuestras entregas. Llevábamos en la mente el recuerdo de una rosa roja eterna, de una caída desde un tercer piso sin un rasguño, de un bonachón profesor de Francés y de Artísticas que murió en el día y el sitio equivocado y de una relación de amor sin miramientos ni prejuicios.

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

EL ÚLTIMO COMBATE DE ARTHUR CRAVAN

Querría estar en Viena y en Calcuta, coger todos los trenes y barcos,

Fornicar con todas las mujeres y comerlo todo.

Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, pintor, acróbata, actor; Viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista, millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo; Cobarde, héroe, negro, mono, donjuán, rufián, lord, campesino, cazador, industrial; Fauna y flora: ¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!

¿Qué hacer?

Démonos grandes aires.

     Arthur Cravan

 

 

 

México, 1918.

―Jack

― ¿Quién habla?

―Barcelona, hace un par de años. Cincuenta mil pesetas.

― Eyyyy, Arthur, ¿cómo te va?

―Me va.

― ¿Quién te ha dado mi teléfono?

―Tu padre me dijo que sigues en el destierro cubano. Lo sé todo.

―Las mulatas son buenas conmigo. ¡Cómo olvidar aquella tarde! Te dejé K.O. en el primero. ¿Tuviste al final para llegar a Nueva York?

―Llegué, forniqué y me fui.

―Ja, ja, ja, ¡qué tío! El caso es que…

―Oye, Jack, escúchame. Estoy en México sin un centavo y con una mujer embarazada. Jimmy Smith me ha echado a la lona en el segundo round. Hasta me quieren demandar por estafa. Ella quiere que nos vayamos a Argentina, pero…

―¿En México? ¿Ella? ¿Quién es ella?. No te habrás enamorado de una indígena. Dime que no, Arthur.

―No, la conocí en Nueva York. Es poeta.

―¿Poeta? ¿qué coño haces con una poeta?. Son mariconadas. Los guantes, Arthur, los guantes. Golpea duro, tío, sin pensarlo, como la vida. La vida no se encoña con nadie.

―Tienes que ayudarme, Jack. No quiero tu dinero. Solo pelear, como en los viejos tiempos. Será mi último combate. Ven, nos echaremos unos mezcales aquí en Veracruz. ¿Y el peyote? ¿has probado el maldito peyote?

―¿La amas?

―¿Qué?

―Que cuánto tiempo quieres estar con ella.

―Lo menos posible. Tengo un plan, Jack. Si pierdo la pelea podré devolverte cada centavo. Coge un puto barco y ven. Aquí te cuento.

―Estás loco. ¿Cuánto dinero quieres?

―Dos de los grandes, pero los voy a ganar con cada golpe.

―¿Dos de los grandes? Joder con el suizo. ¿Y si no?

―No puedo hablar más, tío. Te estoy llamando desde el lobby de un hotel y en cuanto cuelgue voy a salir por patas.

―Si vas a salir por patas podemos hablar un rato más.

― ¿De qué más quieres hablar?

―A ver, capullo, me sacas de la cama a estas horas de la madrugada, despiertas a María, me pides dos de los grandes, ¿y no puedo hacer preguntas? Ya no peleo, amigo. Tengo circo los martes y jueves en Miramar. Hago cosas denigrantes para gente rica, y con eso malcomemos y puedo pagar este cuarto lleno de cucarachas. Me siento una mierda. Me hacen recordar mi pasado familiar como esclavo. Voy a ir, Arthur, pero no te equivoques. No voy por Arthur. Ni siquiera voy por el Arthur que conocí. Voy porque sé lo que es el desamor y querer salir huyendo a otro planeta. Recuerdo que en España hablamos del suicidio. María ya perdió la cuenta de las veces que ha tenido que vendarme las muñecas. Pero sí, tengo algunos ahorros con los que quiero poner una escuela de boxeo en Galveston cuando ese puto Wilson me deje entrar a mi país. ¿Y cómo están las apuestas en México?

―No habrá apuestas. Será una redención en mitad de la selva. Tú, yo y todo el alcohol que quieras comprar.

―Ja, ja, ja, ja.

―Si venzo, son míos. Si salgo derrotado, me los prestas. Tengo unas cartas que quiero vender en París y desde allí te mandaría el dinero.

―¿Y esa chica?

―Ah, Mina. Ayer cogió un tren hacia Salina Cruz. Quedamos de vernos en Buenos Aires.

―Algo se me escapa. Entiendo que vuelvas a París. Es más, entiendo que quieras desaparecer, pero ¿cómo está eso de las cartas? ¿son de Napoleón o te estás riendo de mí?

―Son de Oscar Wilde, mi tío. Con lo que me den podré vivir una temporada mientras busco trabajo. Y pagarte, claro. Ya sabes; hay que poner, una vez al año, el futuro en juego.

―¿El futuro en juego? ¡Mis huevos! Hablas como un jodido poeta arruinado. Me parece que amas a esa chica más de lo que crees. Mira, si no me pagas, el que no va a tener futuro voy a ser yo, bueno, nosotros. No puedo dejar a María en La Habana. Y si no puedo poner la escuela, ¿de qué viviremos? ¿Esperando a que muera mi padre para vender la casa? Arthur Cravan, vas a ser mi puta perdición, aunque, bueno, si son de ese tal Wilde…¿No fue el que pintó la “Mona Lisa”?

―Tranquilo, Jack, lo tengo todo planeado. Mira, no quiero hacer daño a Mina. He hablado con un par de pescadores de la zona y pueden conseguirme una barca.

―Te escucho.

―Uno de ellos conoce a un cocinero que trabaja en un buque de carga que se dirige a Le Havre.

―Sigue…

―La barca que me pueden conseguir, previo pago, es una piscina. Se hundirá a dos millas de la costa, y estoy siendo generoso…

―Quieres fingir muerte por ahogamiento.

― ¡Ahí le has dado! Todo parecerá natural. No quiero que Mina piense que la abandoné. Saldré una noche de tormenta. Alguien del carguero se acercará haciéndome señales con un farol, y ¡voilá!

―¿Sabes una cosa? Nunca debiste haberte hecho boxeador. Usas mejor el cerebro que los puños. Pensándolo bien, nos quedaremos un tiempo en México. Siempre podremos llegar a Texas por tierra si antes no nos matan los carrancistas.

―El “Tuscaloosa”.

― ¿De qué hablas?

―El “Tuscaloosa”, el barco de los muertos…

―¿Volverás a México, Arthur?

―Arthur ha muerto. Llámame Ret, Ret Marut.

―Y sí, volveré.

 

 

 

Ricardo Crinan (Bilbao, 1979)

 

Escritor, poeta y fotógrafo español. Licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto y Máster en Propiedad Industrial, Intelectual y Derecho de la Sociedad de la Información “Magister Lvcentinvs” por la Universidad de Alicante. Ha escrito los poemarios “Hay una Cannes cobarde y sin cipreses” (2005, inédito) y “Poemas desterrados bajo pena de hambre” (2013, inédito), escrito en México, de los cuales, algunos poemas se han publicado en las revistas mexicanas “El grito literario” y “A buen puerto”.

Con la editorial española Playa de Ákaba ha publicado los relatos “El despacho de Faulkner”, “Noche mexicana” y “El frío, puntual, por favor” en las antologías “Mensaje en una botella: nuestras cartas pendientes” (2016), “Ulises en la isla de Wight” (2016) y “Cuentos de Navidad II” (2016), respectivamente. Próximamente saldrá publicado su tercer poemario.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 06 Marzo 2017 06:12

El Sedán / DANIELA RUELAS /

 

El Sedán

DANIELA RUELAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Sedán

Despertó en su auto y decidió bañarse ahí mismo. ¿Qué más daba? Si se bajaba del carro y subía a su departamento, iba a llegar tarde. Pasó a la cocina, cerca del tablero, y preparó el desayuno.

            Ya no hacían los sedán como antes.

            Cuatro horas y media de clases.

            Comprar algo para comer (importante que no lo olvidara). ¿Tal vez media hora? Posiblemente más, si la señora tenía mucha gente.

            40 minutos de tráfico.

            Cinco horas de oficina. Si estaba lento, podía adelantar su tarea.

            No. Era miércoles. Hoy el jefe hacía las rondas. Insistía en que sus subordinados le llamaran Enrique. Así hacía como si fueran amigos y no sentía tanta culpa cuando exigía horas extras.

            Media hora más de tráfico y listo. Ya en la casa. Al menos dos horas y media de tarea o arriesgaba atrasarse.

            Dejó que el plato y el café descansaran sobre la mesa un momento, observando los libros en el suelo.

            Suspiró y los acomodó sobre el asiento.

            Sintió cómo su mente comenzó a relajarse. Sólo un momento. Y, justo después, un ruido alarmante.

            Alguien tocaba a la puerta.

            –¿Mercedes? Mercedes, ¿vas a mover tu auto?

            Bajó la ventanilla del sedán. Era su vecina, Catalina. Daba clases de música en su departamento. Durante el día, y porque en realidad nunca se encontraba en casa, Mercedes rentaba su espacio de estacionamiento para ayudarse un poco con sus gastos.

            –¡Catalina! Cerré los ojos un momentito nada más. Ahorita me muevo.

            –No te quise asustar. Es que le puse una gritiza a mi primer alumno por llegar tarde. Cuando me dijo que estaba ocupado el espacio, ya venía a regañar al sinvergüenza gandaya, pero veo que eres tú. Si gustas aviso que hoy el espacio no está disponible.

            –No, no –dijo Mercedes, acomodándose el cabello y llevando los platos sucios al lavabo–. Yo me estaba yendo ya.

            La joven tomó el volante entre sus manos con decisión y respiró un momento para no sentirse abrumada. Observó los ladrillos tintos unidos con una pasta de cemento seco que formaban la pared que tenía enfrente antes de mirar el reloj. Sintió que ciento treinta y dos ladrillos la miraban de vuelta.

Las 9:30 de la mañana.

            Su primera clase había comenzado hace diez minutos y ella sin moverse, contando ladrillos. Prendió su auto y se despidió de su vecina con calma. Si de todos modos iba a tarde, mejor era manejar con cuidado.

            Al tomar la avenida prendió la radio y reposó en el sofá. Así, tranquila. Descansando. Cantando.

            Aunque el día empezara mal, se iba a componer. Tenía que componerse. Le faltaban al menos otras doce horas para poder relejarse.

            Mercedes estacionó su auto y, despidiéndose de él, corrió al edificio para alcanzar a sus compañeros saliendo de la primera clase. Tal vez podrían mostrarle las notas y aclarar qué temas habían visto. Abriéndose camino entre la multitud, comenzó a sentirse encandilada por la intensidad de los rayos del sol. No había ni una pequeña ráfaga de aire que le diera consuelo en el calor asfixiante. Incluso la mochila empezaba a incomodarla; las correas presionaban sobre su piel reseca y sensible.

Entre la distracción causada por la ola de calor y los empujones de las personas que iban en dirección contraria, Mercedes se sintió desubicada por un momento. Los alumnos la miraban con ojos de farol. Muchos vestían carrocerías brillantes y las llantas de zapatos se estacionaban en el primer lugar disponible. Las voces emitían estaciones de radio en bocas de estéreo. Ella sentía que no alcanzaba a acomodar sus ideas así, con el motor apagado.

Apuró el paso, determinada a hacer que su día iniciara de la manera correcta. Pudo llegar a su segunda clase justo antes de que el profesor cerrara la puerta. El aire acondicionado emitía un zumbido calmante. Tomó asiento junto al respiradero más cercano y bebió su botella de agua helada. Ese calor imperdonable no la dejaba en paz. A pesar de que las ventanas estaban polarizadas y de que el clima estuviera programado a 18 grados, Mercedes comenzó a sentir cómo se formaban gotas de sudor en la base de su nuca. El sol encandilaba su piel y adormecía sus sentidos. No había ni un cuadrito de sombra, en esa aula aislada, que escudara el parabrisas de sus lentes.

Tal vez debía tomar una aspirina para el dolor de cabeza que sentía se aproximaba y le nublaba la vista. Cada que miraba el pizarrón con detenimiento, juraba que la base donde reposaban los gises y borradores tenía la forma exacta de la defensa de un carro. El error de todo esto era haber creído que su día iría mejor tras comenzarlo tan mal. Sentía la garganta seca y en esos 90 minutos que duró la clase, su piel comenzó a broncearse.

En cuanto tuvo oportunidad, tomó sus cosas y casi corrió del aula, buscando el refugio de un árbol que diera sombra. Al no encontrar siquiera uno pequeño, viró hacia la tiendita de la esquina y salió casi inmediatamente con un garrafón de agua helada en cada mano. En vez de hacer camino para la tercera y última clase, se dirigió hacia su vehículo, estacionado entre el tropel de carros estudiantiles.

            Tomó uno de los garrafones de agua y comenzó a regar la carrocería del coche. Hizo lo posible por mojar todo el techo, cofre y la cajuela completa. Con el segundo garrafón se ocupó de las puertas, ventanas y los pies calientes.

            Casi de manera inmediata, Mercedes sintió un alivio de frescura y se dirigió a la última clase del día. Todo ese tiempo en el sol la dejaba exhausta.

            Estando en su tercera clase, lo único que podía pensar era en reposar dentro de su carro mientras manejaba. Tal vez un baño le vendría bien. Poner su estación favorita en la radio y, con fortuna, relajarse con los comentaristas simplones de las tres de la tarde que siempre le hacían el camino ameno.

            Cuando entró al vehículo, se disculpó con él por dejarlo a la intemperie. Lo acarició como a él le gustaba. No era justo. Fue su culpa quedarse dormida y llegar tarde. No volvería a pasar. Si era necesario, daría las vueltas que fueran necesarias hasta encontrar un estacionamiento apropiado bajo un árbol. Incluso si eso significaba que ella tendría que caminar tres o cuatro cuadras.

            Al llegar al estacionamiento techado del edificio donde se encontraban las oficinas de trabajo, Mercedes descansó su frente sobre el volante del sedán y sintió las vibraciones de su agradecimiento, fiel y paciente como siempre. En cinco horas más podría volver a estar dentro de su esqueleto, dirigiéndolo a su destino con la palanca metálica firme entre sus manos.

            Antes de seguir con su día apurado, respiró un momento dentro de su carro y observó la pared que tenía enfrente. Eran ciento treinta y dos ladrillos tintos unidos con una pasta de cemento seco. Todos medían siete por veintiocho. Igual que la pared del estacionamiento del edificio de departamentos donde vivía.

A diferencia de su despedida aquella mañana, Mercedes partió de su auto sintiendo calma y placidez; el entorno familiar y la oscuridad del estacionamiento refrescaban su piel y la tranquilizaban. Ahí no había transeúntes curiosos, ni pájaros que mancharan el laminado. Lo más importante, estaba protegido de los caprichos de la intemperie.

            En cuanto se abrieron las puertas del elevador, la joven fue recibida por una ola de bullicio. La oficina era un caos. El jefe estaba molesto. Todos estaban frenéticos. Habían cerrado una cuenta (¿o perdido una cuenta?) y no encontraban los registros fiscales. Enrique, el jefe, no quería que nadie saliera a comer hasta que dieran con esos papeles.

            –O los encuentran o los encuentran. Si tienen que deshacer esta oficina para dar con ellos, por mí está bien. Pero nadie se va hasta que los tenga en mis manos.

            El cubículo de Mercedes estaba ocupado por material electrónico. Habían arrinconado varias impresoras y equipos ahí para hacer más lugar en el diminuto almacén, donde al menos cuatro personas buscaban los registros.

            Parecía ser que todo el edificio sabía de la errata en el noveno piso, ya que los vendedores ambulantes habían aprovechado la hora de la comida para vender tacos, fruta y sándwiches a los trabajadores que no habían podido salir y que no traían su propio almuerzo. Hubo un vivo que compró refrescos y cubiertos desechables para ganar dinero de incluso aquellos que traían comida de casa.

            Mercedes no sabía siquiera dónde poner su mochila. Ahí parecía vendimia de cruce peatonal con camisas y corbatas. El jefe la amonestó por su falta de iniciativa y apremio en la ruta. ¿Qué hacía parada en el umbral?

            Antes de las seis. Había que encontrar esos papeles antes de las seis o todos se quedaban sin trabajo. ¿Lo oyeron?

            La joven dejó sus pertenencias donde, horas atrás, se encontraba su cubículo y comenzó a ayudar a los compañeros que tenía al lado. Al menos la ola de calor que había sentido en el transcurso de la mañana la había abandonado. Pudo enfocarse en buscar los papeles, sobre ruedas si era necesario, para asegurar su propio trabajo y el de todos los demás en la oficina.

            A pesar de que todos los focos estaban prendidos en ese momento, Mercedes sentía que sólo había luz suficiente cuando uno de sus compañeros pasaba junto a ella con sus faroles prendidos. Todos los cláxones se alzaban a la vez, gritándose instrucciones para encontrar más rápido los papeles.

            Los comerciantes deambulaban por entre los pasillos, interrumpiendo el tráfico a pesar de las luces verdes. Uno de ellos, un frutero con carrocería bronceada, empujaba un Volkswagen lleno de fruta. En la guantera llevaba los limones; en la defensa, la sal y en el tablero, el cuchillo, la tabla y el chile. Circundaba el área donde Mercedes estaba trabajando, junto con otras practicantes de servicio y pasantes, insistiendo en que su fruta era la mejor gasolina.

            Ignorando la congestión en el Periférico a esa hora, Mercedes redobló sus esfuerzos hasta dar con el documento requerido. En cuanto lo alzó triunfalmente sobre su cabeza, el Buick Verano del jefe la abrazó con demasiado entusiasmo. Incluso los vendedores comenzaron a celebrar, pues lograron vender la mayor parte de su mercancía antes de que todos pudieran salir a comer y explorar sus opciones. Sin prestar cuidado, el frutero alzó los brazos para aplaudir con los demás, soltando su embrague en el pasillo inclinado.

            Fue cuando Mercedes sintió un golpe en un costado. No tuvo tiempo siquiera de hacerse a un lado. El carrito ganó impulso mientras se acercaba a ella. La joven sintió que el choque le abollaba la carrocería, debajo de las costillas derechas.

            El tumulto cesó un momento a causa de la sorpresa creada por el impacto. Había fruta en todo el suelo del pasillo y la pobre universitaria yacía sobre la alfombra al lado de trozos de mango y sandía.

Lo último que les faltaba, una demanda por accidente laboral.

            El estupor general duró apenas lo necesario para que el vendedor de fruta corriera a disculparse con ella. Todos los trabajadores comenzaron a limpiar el desorden creado. Algunas personas levantaron la fruta sucia del suelo, mientras que la mayoría se dedicó a reacomodar los cubículos movidos por la carretilla y otros tantos la levantaban del suelo.

El jefe pidió una ambulancia para llevar a Mercedes al hospital. Sienna podría acompañarla, los demás sólo estorbarían. Además, estaban bastante atrasados con los pendientes del día.

–Que sea al hospital más cercano, Sienna –susurró Enrique–. Lo último que queremos es que nos salga más caro el susto.

            Ya dentro de la ambulancia, Mercedes se sintió rodeada de personas. El espacio era bastante oscuro, casi no podía ver. El guardia del estacionamiento daba vueltas alrededor de su cuerpo, tocando la cajuela y la defensa con cuidado.

            Uno de los paramédicos inyectó la comisura de su antebrazo y le informó que pronto llamarían al mecánico, todo estaría bien. El joven frutero tenía seguro, eso era lo importante. Ella no tendría que pagar ni un cinco de todo este lío. Ni un cinco.

            Era el costado. Solamente era el costado. Un golpe fuerte, pero nada que le impidiera andar. Sus motores seguían funcionando.

            Fue llevada a rayos equis para evaluar la extensión de sus heridas. Al parecer se había roto dos costillas y severamente golpeado parte de la puerta. Iba necesitar una pequeña cirugía invasiva para evitar daños mayores en un futuro.

            ¿Pero y su carro? Nunca había pasado la noche fuera de casa.

            Enrique pasó a visitarla, informándole que sus familiares más cercanos estaban notificados y que la estarían esperando en la habitación privada justo cuando despertara de la operación. No tendría que preocuparse por un solo gasto, la aseguradora se encargaría de los pormenores.

            Su familia. La joven ni siquiera había contemplado, tan apurada que estaba en su día a día, que su familia querría estar con ella en los días venideros, que la cuidarían y posiblemente llevarían a casa con ellos.

            Mercedes tomó la mano de Enrique en señal de agradecimiento y se dejó llevar tras las puertas automáticas, donde un equipo de mecánicos ya la estaba esperando. Sintió que sólo cerró los ojos un momento y al despertar, la pesadez de la anestesia hizo que su cuerpo se sintiera abollado y la mantenía en un estado de duermevela.

            Quiso girar el rostro, pero sólo podía ver, bocabajo como estaba, hacia enfrente, a una pared de ladrillos tintos donde antes se encontraba la ventana. El montacargas la levantaba tres metros del suelo, exponiendo todas las tripas y motores de su parte inferior. Por más que quiso mover sus llantas, el cuerpo no le respondía. Alguien le había robado sus llaves.

            Al escuchar voces casi debajo de ella, puso atención al mecánico y al joven que hablaban de algún vehículo sin considerar su descanso.

            –No se preocupe, joven. Su carro está bien. Va a estar mañana, tempranito, antes de que usted empiece el día. El motor no se dañó, entonces nomás le reemplazamos parte de la carrocería lateral y queda como nuevo.

            –Vine en cuanto pude –contestó el joven–. No salí del trabajo hasta muy tarde porque el jefe extravió unos documentos. Cuando los de vigilancia me informaron qué pasó, les pedí que llamaran a una grúa para que se lo trajeran de una vez. Total, eso mismo iba a tener que hacer yo saliendo.

            Las voces disminuyeron hasta convertirse en un susurro y Mercedes pudo sentir que la pesadez del medicamento la volvía a vencer. No había movido sus extremidades desde antes de entrar a la operación, pero la manera en que tenía colocado el cuerpo, bocabajo, ya no le causaba incomodidad. Cada que miraba al frente, sentía que los ladrillos tintos, unidos por una pasta seca de cemento, le devolvían la mirada. Eran ciento treinta y dos ladrillos, de siete por veintiocho, los que alcanzaba a contar desde la altura del montacargas.

Se permitió descansar el tiempo que fuera necesario hasta que pasara alguien a checar sus signos vitales. Hizo un esfuerzo por dormir nuevamente pero el montacargas la acercaba al suelo cada vez más.

Mercedes se aferró a la habitación del hospital. A los parientes que habían hecho llamar y que todavía no conocía. A la preocupación del jefe porque ella tuviera atención médica de la más alta calidad. Quiso verse con la cadera enyesada. Con una intravenosa en la muñeca. Con una bata de hospital.

Hubiera llorado, de haber tenido párpados, cuando sus llantas tocaron el suelo y el joven abrió su puerta. Antes de adentrarse a su vehículo, él notó que habían lavado y limpiado todo el carro. Las llantas todavía estaban mojadas y hasta sus libros descansaban, de manera ordenada, sobre el asiento del copiloto en vez de en el suelo.

El joven metió la llave al arranque y sintió cómo el motor le respondía con el pequeño giro de su muñeca. El mecánico tenía razón, había quedado como nuevo.

Sin duda, ya no hacían los sedán como antes.

Antes de meter reversa, observó la pared de ladrillos tintos, unidos por una pasta seca de cemento, y suspiró, preparándose para su día.

Cuatro horas y media de clases.

            Comprar algo para comer.

            40 minutos de tráfico.

            Cinco horas de oficina.

            No. Era miércoles. Hoy el jefe hacía las rondas.

El joven salió del taller en su Mercedes, despidiéndose del mecánico con un último toque de claxon. Si de todos modos iba a tarde, mejor era manejar con cuidado

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

graffitis psiquiatrico: Hebert Bagliones

 

Recuerdos rotos

Guillermo Fernández Ampié

 

El siquiatra pretendió hacerme llegar hasta mi recuerdo más antiguo, pero en realidad yo no podría decir cuál es.  Además, no tengo muchos recuerdos, así que tampoco podría hacer como un amigo mío, quien al escribir sus memorias seleccionó muy bien sus recuerdos, cada uno en un pequeño frasco, indicando la fecha, hora y lugar en que nació cada uno (hasta el día de hoy los mantiene así guardados, muy bien ordenaditos).

Tampoco he tenido muy buena memoria. Así que no puedo afirmar lo mismo que mi hermana, que recuerda hechos acontecidos en los nueve meses previos a su nacimiento, asegurando que cuando aún estaba en el vientre se enteraba de lo que ocurría a su alrededor, dado que podía escuchar a través del ombligo de mi madre.

Por otra parte, son muy pocos los recuerdos que conservo de mi infancia. Los primeros que tuve se mezclaron y confundieron unos con otros debido al  terremoto que destruyó mi ciudad. Algunos quedaron enterrados entre los escombros de lo que fue mi hogar, y fueron muy pocos los que logré rescatar intactos. En ese entonces apenas tenía cinco años.

Después, durante la guerra que azotó al país por más de tres lustros,  para salvar mi vida debí huir y esconderme en los lugares más increíbles y heterogéneos. Esto me obligó a dejar abandonado varios recuerdos en los más diversos sitios, incluso muchos muy queridos, pues debía de andar liviano de equipaje. Jamás logré recuperarlos.

En años más recientes, a causa de los continuos huracanes que han anegado mi tierra transformando completamente su paisaje, los pocos recuerdos que aún me quedaban fueron arrastrados por las aguas o se sumergieron bajo las corrientes de lodo que bajaban de cerros y volcanes sepultando pueblos enteros. (Fue un verdadero milagro que yo me salvara).

Así que en realidad no tengo recuerdos. Mis memorias son solo fragmentos, trozos dispersos, como pedazos de diminutas fotografías o unos cuantos fotogramas del rollo de alguna película mal editada. He querido clasificarlos, seleccionándolos cronológicamente o por temas, pero es una tarea imposible.

Algunas veces, cuando lo intento, de pronto descubro muchos errores y me digo: “no, no puede ser, este recuerdo es más viejo”. Otras: “no es posible que esto haya sucedido cuando tenía tres años, no sería capaz recordar algo como esto”. O bien: “cuando sucedió eso, en realidad no había cumplido ni siquiera siete años”. Al final me convenzo que todo intento de este tipo será un fracaso.

Pero en fin, voy a compartir algunas de estas imágenes que guardo con aprecio: un niño que corre y grita tras un autobús al que no pudo subir y  que se marchó llevándose a la madre; los muros de mi casa y las viviendas vecinas meciéndose como sábanas al aire para desplomarse cinco segundos después, haciéndose añicos en el suelo; una muchacha, con toda su hermosa juventud desnuda, llorando y pidiendo auxilio a gritos mientras la sangre bajaba como lava por su cabeza; un niño sentado sombre una camilla en una clínica aséptica y exageradamente iluminada mientras el doctor enumeraba una larga lista de lo que no podría consumir (las frutas más deliciosas y las bebidas más tentadoras), y después sentado sobre las raíces de un inmenso árbol mientras otros niños mayores se dirigen con gran algarabía hacia un río en el que él no podrá jamás nadar; el mismo niño con una jeringa y un frasco en la mano caminando por el callejón hasta donde lo esperaba una señora mayor diciéndole “que valiente, que valiente”; sonidos de disparos a media noche, y en la mañana, muy cerca de nuestra casa, los cuerpos de tres jóvenes baleados y degollados, las manos atadas hacia atrás, las piernas quebradas, mostrando uno de ellos los huesos de sus costillas, muy blancos, blanquísimos, como una página limpia, y un niño ya un poco mayor (¿diez-doce años?) encerrado en un modesto aposento, frente a una página en blanco, una página en blanco, una página en blanco… en blanco… blanco… El inicio de un cuento que no sé cómo  termina.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 Arte Gráfico: Cesar Kostia              

                           La bestia de los pigmentos.    

 

De un personaje inesperado

 

A veces nos preguntamos cuánto vamos a vivir, hasta dónde, hasta qué tiempo nos aguantarán las fuerzas, cuándo sobrevendrá la enfermedad que nos consuma… Yo dejé de preguntarme eso hace algún tiempo, cuando me enamoré de Sol, y esa brutal andanada de ilusión y esperanzas me atropellaron (uno debería estar acostumbrado a esos eventos que ocurren algunas veces en nuestra vida, pero no es así, siempre hay algo más de belleza, y siempre más miseria).

 

La pregunta es otra, y es una cabronada, algo que no se mide en términos de los cuestionamientos humanos comunes, al menos eso calculo. Todo ocurre cuando un personaje inesperado aparece, cuando lo que no se creía ocurre: mi pene apareció, ese personaje callado y de costumbres solitarias, ese don de la desesperanza, ese caballero ciego de las oscuridades uterinas. Ese personaje siempre importante por su ausencia, o su papel secundario, ahora tiene un papel protagónico, al menos en ciertos momentos de mi existencia. No es trivial, ese hombrecito estúpido se ha adueñado de un puesto principal, me ha dado buen nombre y se ha comportado a la altura de la relación con una mujer que evidentemente amo (¿cuántas veces cuestioné esa ridícula tarea de enamorar y enamorarse, de envalentonarse y armarse de cursilería?).

 

No es simple, insisto, dependo demasiado de su infalibilidad; él, que prodigó momentos inolvidables en los que se quedaba pasmado ante la realidad femenina; él, que durmió en los momentos más inesperados, en los que guardó silencio cuando más se esperaba de su actuación… ¿Hasta cuándo seguirá así, cuándo va a perder esa rudeza que es tan necesaria en un miembro llamado viril? Lo alimento con una vagina cálida, lo dejo de lavar para que recuerde esos aromas al menos una noche entera, lo trato como a una verdadera pequeña bestia. No, no todo es natural, las pasillas azules han hecho una labor sustancial, y entonces me doy cuenta de que por él mismo, nada hubiera sido tan perfecto como hasta ahora.

 

Y sin embargo, se ha portado gallardo: la semana pasada, en una segunda ronda amorosa, se apagó como un foco, pero ni tardo ni perezoso a los minutos había recobrado el aliento, el orgullo, e hizo un trabajo que yo, con mis pobres recuerdos, llamaría prodigioso. Y fui feliz, debo admitirlo, feliz como un perro suelto.

 

Sol sonríe, sabe que a mi pene le alimento con químicos, pero descansa su seguridad en ese amor que le tengo, en ese gusto irrefrenable que le tengo a sus pequeños senos, en la atracción que ejercen sus muslos… Para ella es infalible el acto sexual, una jugada simple en el ejercicio amoroso. Y yo también sonrío, ¿por qué no habría de hacerlo? Pero en el silencio de la noche, cuando me masturbo con media erección a penas, no dejo de cuestionar mis tiempos, mi límite, el poder de mi autoridad sobre mis componentes anatómicos.

 

¿Hasta cuándo durará? ¿Con el descanso eterno de mi pene también me llega la muerte? ¿Un día será su último día perfecto, y sucumbirá al crecimiento del su estrella local, de su próstata, de su ego que se alimenta en éstos días? ¿Su caída será brutal, brillante y bestial? ¿Sol se irá también, entenderá el desamor en todo este juego sanguíneo? ¿La llama se apagará y las rosas se marchitarán? (tenía que poner una frase chocante, para no perder el estilo).  ¿Tendrá que llegar no una morena adorable, como mi Sol, sino una rubia estúpida y carnosa para hacer de nuevo el milagro? (¿por qué se me revuelve es estómago?). ¿Podré hacer a un lado el deseo de estar con Sol en términos de tiempos geológicos…?

 

Hubo un tiempo en el que me sumergía en la pornografía, ahora miro a Sol dormir mientras mis erecciones van y vienen; me detengo en su boca, en sus labios gruesos, e imagino que los desfloro con una erección vengadora, y me río para mis adentros escandalosamente (y para mis afueras en silencio), y me acomodo en el diván de los buenos tiempos; me relajo y con un poco de astucia evito su ropa interior y la abrazo apropiadamente mientras siento su húmeda calidez, y lloro sin que ella se de cuenta.

 

Óscar Ángeles Reyes

 

Publicado en BARRACUDA SANGRANTE
Lunes, 30 Enero 2017 04:32

Crónica hecha poesía / Arturo Alvar

 imagen : ALEXA RENATA

 

El autor se pregunta qué significa leer poesía en medio de la ignominia, como sucede en el México actual. Encuentra dos poemas que, aunque distantes en tiempos, dan cuenta de acontecimientos devastadores en la historia que, sin embargo, también son evidencias de que la humanidad resiste y tiene en la poesía un asidero de dignidad.

Crónica hecha poesía

Por Arturo Alvar

Frente a la historia de los vencedores, la que posee la verdad, eterna como la desmemoria, la crónica da cuenta de los días. Pero no una mera sucesión de momentos, sino aquello que los mayas nombran los días y nosotros, sus hijos. Una metáfora del tiempo como transcurso vital, donde se puede revelar el signo de una época. Muchas veces ese significado queda oculto, porque la verdad que triunfa sobre los miles de cadáveres, resulta aplastante. Condición y estrategia, porque de la derrota saldrá sobreviviente la humanidad. Por ello he recurrido a la poesía. Persigo esa idea como un sueño, mientras el hambre y el crimen se suceden.

Si para la verdad histórica lo que importa es el estado de guerra, donde no existen garantías individuales ni colectivas; la crónica se centra en narrar los avatares, sentimientos y circunstancias humanas en que se dan los hechos, es decir, donde es posible nombrar al genocidio por su nombre. Aunque comparte la urgencia de combatir al enemigo cara a cara —en ese sentido la posición del cronista es menor—, si se mira desde la perspectiva de una poesía cívica, no más importante que cualquier otro oficio, hay algo imperioso: estar con el pueblo que resiste, contribuyendo a crear y recrear su memoria ante el despojo y la ignominia, donde todo esfuerzo que siga sosteniendo la ciudad, es necesario. Sobre todo un poema.

¿Cuándo empezó México? ¿Cuándo se perdió México? Acudo a la poesía y a los recuerdos de la infancia. Ahí encuentro asideros, pero también en las imágenes que nos ofrece esta realidad, muchas veces devastadoras, de las que podemos sacar no sólo dolor, sino también aprendizaje. Porque al saber que no hay que escribir para los señores del poder, tengo la certeza de que hay que levantar, con la palabra poética, un tribunal de conciencia. Y los poemas son, paradójicamente, los ladrillos que derrumbarán los muros del gran muro de las verdades unívocas. Las piedras ruinosas que nos recuerdan que, en estos tiempos oscuros, "sólo nuestros sueños no han sido humillados".

Este último verso es de Zbigniew Herbert (1924-1998), poeta de la resistencia polaca bajo la ocupación nazi, con el que cierra su Informe sobre la ciudad sitiada. En el mismo eslabón, pero al comienzo, escribe: "Demasiado viejo para empuñar las armas y luchar y pelear como otros". Pero si bien se declara impotente ante el paso del tiempo, encuentra esperanza en esos otros compañeros, quienes aprecian su labor en medio de la catástrofe en la que "bondadosamente me dieron el grado inferior de cronista".

Ante los timoratos aspavientos de políticos en turno, deseo para México un tribunal de conciencia, donde la poesía sea la prueba más contundente de que resistimos, a la manera como se llevaron a cabo los juicios por crímenes de guerra contra quienes asediaron, durante la Segunda Guerra Mundial, a países que se habían declarado neutrales, como Polonia o Grecia, pero que al final sus heroicos pueblos detuvieron, o al menos retrasaron, el advenimiento del fascismo.

Lo anterior es importante en la medida que se cuestiona aquí qué significa leer poesía cuando todo este holocausto ya ha ocurrido. Qué sentido tiene la poesía frente al levantamiento de venideros y sombríos muros. En este sentido, mi aportación como lector, en este día, son dos poemas con una sorprendente, mas inevitable relación: Informe sobre la ciudad sitiada del mencionado Zbigniew Herbert y Los últimos días del sitio de Tenochtitlan, escrito en 1528 por un Cuicapique, es decir, la voz colectiva que dio cuenta, no sin denuncia, el fin del mundo prehispánico.

De esta manera, de la resistencia a la ocupación nazi, durante el siglo pasado, a las actuales protestas civiles en todo el mundo contra el advenimiento de ese oscurantismo llamado Trump; de la caída del imperio que fue Tenochtitlan a la "verdad histórica" que significa la mentira oficial sobre la desaparición de nuestros 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, la ignominia tiene sus días contados.

Informe sobre la ciudad sitiada

Demasiado viejo para empuñar las armas y luchar y pelear

    como otros

bondadosamente me dieron el grado inferior de

    cronista        

registro no sé para quiénes la historia del asedio

se supone que debo ser exacto pero ignoro

    cuándo empezó la invasión        

hace doscientos años en septiembre o diciembre

    acaso ayer en el alba

todos aquí perdieron el sentido del tiempo

cuanto nos queda es el lugar y el apego al lugar

aun gobernamos ruinas de templos espectros de

    jardines y  casas

si perdemos las ruinas nada quedará

escribo como puedo al ritmo de interminables

    semanas       

lunes: bodegas vacías una rata se volvió la unidad

    monetaria        

miércoles: negociamos por un cese al fuego

el enemigo ha aprisionado a nuestros mensajeros

no sabemos en dónde los tienen es decir el sitio

    de la tortura

 jueves: tras una asamblea tormentosa por mayoría

    de votos fue rechazada   

la moción de los mercaderes de especias en pro

    de la rendición incondicional

viernes: comienzo de la epidemia sábado:

    nuestro invencible defensor

NN se suicidó domingo: ya no hay agua

    rechazamos

un ataque en la puerta occidental llamada la

    puerta de la alianza

todo esto es monótono sé que no puedo conmover

    a nadie

evito comentarios mantengo un control firme

    sobre mis emociones

escribo acerca de los hechos

al parecer sólo ellos se aprecian en los mercados

    extranjeros        

sin embargo me gustaría informar al mundo con

    cierto orgullo

que gracias a la guerra hemos creado una nueva

    especie de niños        

a nuestros niños no les interesan los cuentos de

    hadas

juegan a la matanza

despiertos y dormidos sueñan con la sopa de pan y huesos        

estrictamente como perros y gatos

al atardecer me gusta caminar por los puestos

    avanzados       

a lo largo de la frontera de nuestra incierta

    libertad        

veo enjambres de soldados bajo sus luces

escucho golpes de tambores y aullidos bárbaros       

realmente es inconcebible que la ciudad siga

    defendiéndose

 el asedio ha durado mucho tiempo los enemigos

    deben alternarse        

nada les une sino el deseo de exterminarnos        

godos tártaros suecos tropas del emperador

    regimientos de la Transfiguración

quién puede contarlos

los colores de sus estandartes cambian

    como el bosque en el horizonte

del delicado amarillo de pájaros en primavera al

    negro del invierno

pasando por el verde y el rojo 

y así cuando anochece liberado de los

    acontecimientos medito        

en asuntos antiguos y distantes por ejemplo

en nuestros amigos de ultramar

sé que sinceramente están con nosotros

nos envían harina tocino costales de consuelo y

    buenos consejos        

no saben que sus padres nos traicionaron        

nuestros aliados de ayer en la época del segundo

    apocalipsis

sus hijos son intachables merecen nuestra gratitud

    por tanto estamos agradecidos

no han experimentado un asedio tan largo como

    la eternidad        

aquellos  a quienes golpea la desgracia siempre

    están solos        

los defensores del Dalai Lama los kurdos

    los montañeses de Afganistán

 mientras escribo estas palabras los abogados de la

    conciliación        

se han impuesto al partido de los inflexibles        

una vacilación normal de los ánimos

    el destino aún pende de la balanza

se extienden los cementerios el número de los

    defensores disminuye       

sin embargo la defensa continúa continuará hasta

    el fin        

y si cayera la Ciudad y un solo hombre escapara

llevará a la ciudad dentro de él por los caminos

    del exilio        

él será la Ciudad

contemplamos el hambre a la cara el fuego a la

    cara la  muerte a la cara

y lo peor de todo —la traición a la cara

y sólo nuestro sueños no han sido humillados.

Los últimos días del sitio de Tenochtitlan

Y todo esto pasó con nosotros.

Nosotros lo vimos,

nosotros lo admiramos.

Con esta lamentosa y triste suerte

nos vimos angustiados.

En los caminos yacen dardos rotos,

los cabellos están esparcidos.

Destechadas están las casas,

enrojecidos tienen sus muros.

Gusanos pululan por calles y plazas,

y en las paredes están salpicados los sesos.

Rojas están las aguas, están como teñidas,

y cuando las bebimos,

es como si bebiéramos agua de salitre.

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,

y era nuestra herencia una red de agujeros.

Con los escudos fue su resguardo, pero

ni con escudos puede ser sostenida su soledad.

Hemos comido palos de colorín,

hemos masticado grama salitrosa,

piedras de adobe, lagartijas,

ratones, tierra en polvo, gusanos . . .

Comimos la carne apenas,

sobre el fuego estaba puesta.

Cuando estaba cocida la carne,

de allí la arrebataban,

en el fuego mismo, la comían.

Se nos puso precio.

Precio del joven, del sacerdote,

del niño y de la doncella.

Basta: de un pobre era el precio

sólo dos puñados de maíz,

sólo diez tortas de mosco;

sólo era nuestro precio veinte tortas de grama salitrosa.

Oro, jades, mantas ricas,

plumajes de quetzal,

todo eso que es precioso,

en nada fue estimado.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

Arte Gráfico: V. Manotas.

 

Dos cuentos de Larissa Calderón

 

Las flores de Ana

 

En ese momento no entendió la nota "los niños están con tu mamá". La encontró en la mesa donde siempre pone la cartera, el cambio y las llaves, y ella deja mensajes, y las flores naturales dentro de un jarrón regalo de boda.

La llamó la primera vez, y entró al buzón. Todas las luces de la casa estaban encendidas. Resignado fue apagando las de la planta baja, la cocina limpísima le hizo sentir hambre. Llamó por segunda vez al teléfono: apagado.

El televisor de la sala estaba encendido, al mirarlo pensó en el orden de siempre en la casa, sin juguetes de los niños, ni platos y vasos de superhéroes sucios, ni una sola morona o cereal de colores en el tapete de la sala. Qué suerte vivir con una mujer así, cuidadosa de la casa, de los dos niños, de las actividades de la iglesia y de él. Pensó en no reclamarle la indisciplina del menor, un rubio de cabello y carácter incontrolable; ni decir nada del gasto de energía por las luces irresponsablemente dejadas encendidas; si iban a salir debieron apagarlas, y mucho menos reclamar que otra vez dejó el teléfono apagado.

Subiendo las escaleras miró las fotografías en el muro; la familia que hizo al lado de esa mujer; gesticuló una sonrisa de triunfo y el brillo de sus ojos, que traspasó las micas de sus lentes gruesos por la  miopía, lo vio en el reflejo de los cristales que cubren las fotos, era el mismo brillo cuando posa al lado de ella.

El segundo piso igualmente en total orden, el baño, el pasillo y el cuarto iluminados, suspiró sin sentir enfado, recordándolos a los tres; el mayor era su imagen, siempre atento de las necesidades de su madre, con su cabello lacio y peinado de lado, sus lentecitos y piernas largas como las suyas. Verlo es mirar un espejo que viaja en el tiempo a la propia infancia, de hermano mayor, de ejemplo, de muchas expectativas, de niño irremediablemente bueno.

En cambio el pequeño, el bebé regordete de risos amarillos, ya pasadito de los tres años, sigue usando pañal; imparable en la misa, recorre la iglesia ante la impotencia de los padres, que se han dado por vencidos y lo dejan deambular entre las bancas, sin zapatos, entre los pies de los asistentes. Imparable también en casa ante la paciente mirada de la madre y el hermano, e imparable ante su desesperación. El crío ha de ser una prueba de Dios, piensa, y el amor nubla la angustia devolviéndole la paz de un amor incondicional.

Levantó la tapa para orinar y la bajó al terminar; lavó sus manos, después de secarlas, acomodó la toallita para manos, con los motivos florales alineados, todo lo hace pensando en ella, así le gustan las cosas.

Con la luz apagada, se dirigió a hacer lo mismo en el cuarto de los niños, y ya por inercia apagó la luz del pasillo y entró a la recámara. Olió su perfume fresco y femenino de duraznos, el olor de la mujer más dulce, tan suya desde siempre; desde aquella tarde de preparatoria cuando la encontró, tímida, en una banca, con su biblia abierta y metidas entre las hojas, flores amarillas cortadas en el camino. Había estado lloviendo en Ensenada y las flores crecieron en los cerros y las veredas.

Empezó a ir a misa en la iglesia de la colonia, domingo a domingo. La dejaban caminar con él hasta la puerta de su casa, aunque los papás y las hermanas caminaban atrás de ellos. Ana sonreía y platicaba de los chimes de las chicas de la iglesia, de los triángulos y demás geometrías del amor, sus primas, hermanas y toda una letanía de nombres y enredos que lo hipnotizaban. Entró a los grupos juveniles con ella, y los hizo su mundo, con la misma devoción que sentía por ella, fue ganándose la confianza del párroco y un discreto liderazgo entre sus pares.

Le urgía terminar la universidad para casarse con ella. Pleno y feliz vio su foto, juntos, en el muro de amonestaciones de su parroquia. Sin poder evitar, se quedaba mirando y releyendo, sus nombres, sus lugares de nacimiento, edades, el nombre de sus padres. Ahí estaban resumidos, su origen, su vida futura y todos sus sueños.

Se quitó los pantalones y la camisa, que puso doblados en un cesto; abrió el clóset de puertas de madera que ella tanto le pidió mandara hacer; en el espacio destinado para la ropa de su mujer ya no quedaba nada; sólo colgaba la blusa roja, pulcramente planchada, la que hace juego con su propia camisa roja, y que juntos usan en el servicio dominical, en los cursos para parejas católicas.

Miró al tocador, de sus perfumes y cremas sólo el olor y el espacio vacío. Supo que no era necesario hacer la tercera llamada. Marcó a su mamá; efectivamente los niños estaban ahí. Se dirigió a por ellos de inmediato. Al salir de la habitación, la casa estaba completamente a oscuras y sin ella.

Los niños corrieron hacia él, felices al verlo llegar, y su madre lo consoló con un abrazo; no le permitió que dijera nada de ella.

En el coche, el menor se quedó dormido después de una inútil lucha por no usar el cinturón de seguridad. El mayor preguntó por su mami, Mamita no va a volver. El niño pensativo reformuló su pregunta ¿Se la llevó Dios? No, no se la llevó Dios, ella se fue con él.

El domingo de esa semana en la misa, él llevaba la camisa roja puesta; el hijo mayor lo miró atento, y de haberse atrevido hubiese recogido las lágrimas de su padre antes de caer en el cabello recién cortado de su hermanito, que esta vez, permaneció en el regazo de su padre durante todo el servicio.

 

 

 

 

Bajo la sombra tu luz.

 

Se llamaba Lariza con 'z', tocó a la puerta de mi casa una mañana temprano de domingo, la razón por la que llegó perdió todo interés, su presencia era todo el motivo. Verla con su falda larga verde pastel y flores, suéter blanco, con su ojos enormes de venado, la piel lisa con brillo como el rostro de las coreanas, la sonrisa y la convicción, significaron ser un encuentro que debía suceder. Había una mujer también  junto a ella, pero su estar ahí pasó a segundo plano de tal manera  que no recuerdo su rostro, si era joven como o su nombre. Porque la otra ocupaba el universo como una estrella que solo te permite brillar si estas en su zona de influencia, inocente de su poder, pero tremenda en su atracción.

Me fijé en sus zapatos de tiras cafés y un poco de tacón, que dejaban ver unos pies perfectamente cuidados, uñas recortadas y con esmalte sin color, una mujer tan completa tenías que mirarla en todos sus detalles. Los dedos largos con uñas limpísimas y redondeadas, sus pantorrillas delgadas, las caderas algo pronunciadas que hacían curvas en las que la falda se amoldaba exacta, seguro hecha por ella misma o su madre. El cabello le caía parejo de ambos lados unos cuatro dedos por debajo de los hombros, era lacio y cobrizo detenido por una diadema blanca que dejaba ver sus orejas con pequeñas arracadas de oro. No era solo esa apariencia de fémina, sino eso que sin verlo se sentía, su paz vibrante.

Desde el momento de la presentación tuvimos un tema de plática, sólo nuestro, excluía a la otra, su nombre y el mío. Me alegró que coincidiéramos en algo tan importante que nos une como en una confraternidad de homónimos y además era la única que había conocido, entonces éramos ella y yo perteneciendo a tan selecto grupo. La dejé hablar con admiración, prendida en sus palabras y el efecto que me producían. Pero yo no tenía mucho tiempo, me había quedado sola en casa porque me tocó trabajar ese domingo en el video club y ya era hora de irme. Le prometí una nueva reunión, pasaría en la semana, después de la escuela y la comida, tenía una hora antes de ir al trabajo. Me dio un folleto, cuando estuvo fuera de la sombra que le proporcionaba mi cochera, la vi subir la sombrilla y caminar a la siguiente casa.

Llegó puntual a la cita, sola, preciosa en una falda de diferente color pero de la misma línea; salí sin dar muchas explicaciones y me alejé con la joven que nos protegió con su sombrilla. Me sentía feliz en su presencia, era todo lo que admiraba de una mujer; fuerte que hace y toma decisiones con la seguridad de saber sin dudas el resultado de las mismas. Me deje guiar y llevar a un parque. Nos sentamos en dos rocas planas, una enfrente de la otra y bajo un árbol. No era un día muy caluroso, yo llevaba una chamarra de mezclilla y ella un cachmere rojo. Vi un resplandor de sus ojos por la felicidad que le producía tener una pupila.

Empezó a leer pasajes de su libro, con continuos ademanes de recoger su cabello por detrás de la oreja debido a la brisa en aquel parquecito. Cuando explicaba lo leído se producía en mí una sensación como cosquilleo en la nuca y recorría la espalda y brazos. Contestaba a sus preguntas moderando mi desafío; yo no creía nada de lo que ella leía o me explicaba, nada era verdad para mí, pero tenía fe en ella, creía en ella, en su dulzura y sus gestos, en la pureza de su sonrisa y la genuinidad de sus ojos, que se aclaraban cuando estaba en calma y oscurecían cuando amerita inyectar de pasión la lectura o el comentario aprendido de memoria. Sabía que nada de lo que ella decía era suyo, que se lo enseñaron a decir. Lariza decidió creerlo, yo confiaba en ella, en su presencia pacífica, y pensaba en ella mientras hablaba, en la historia de una mujer joven que encontró una pupila para lograr su despertar espiritual.

Y yo la hubiese seguido fiel a donde me llevara, si no hubiera terminado la prepa y cambiado de ciudad para no saber nunca más de la otra Lariza de la que no conservé su apellido. Porque nada era tan importante que la sencillez de su recuerdo.

Después de varios años de ese evento llega a la memoria por el encuentro actual de un poder igual: el amor; pero ahora con el regalo de Lariza, y la fe de seguir a Adán, sus ojos y su voz.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 27 Enero 2017 17:57

Amorir /SERGIO FONG/

Arte gráfico: Cesar Kostia

  La bestia de los pigmentos.

 

Amorir

  Sergio Fong

 

 

Intempestiva, sin pensar en la frugalidad del avión, ahora fugaz en la memory.

Yacíamos después de haber consumido nuestros sabores. El aullar de unos canes me despertó, la mañana estaba agria, me había quedado dormido después de haber sido uno en esa caja de silencio lúgubre.

Habíamos  brindando por el cumpleaños de Dionisia, festejamos su tercer aniversario. Para mi Dionisia era la Dicha y el encuentro con su despertar sexual era mi fuga de la sociedad idiota. Su Monomanía; de sexo a morir me asfixiaba,  me envolvía en la atmosfera psíquica del hedonismo. Su mundo aparte era maravilloso. La depravación que solo existe en el recóndito inframundo del Ser: un pinche loco.

La noche que la conocí, una voz venida de la esquizofrenia me repetía: ¿Quien será esa ninfa de ebria belleza que baila descalza? ¿A dónde volara todas las noches? ¿A qué olerá su flor amorosa? Me quede despierto, acechando hasta que todos los desarrapados de espíritu que la acompañaban se fueron extinguiendo. El alcohol se agoto y le sugerí pasar por algún aguaje para conseguir más bebida espirituosa, me concedió mi petición y algo más: volamos río abajo y fui presa de sus pasiones. La lujuria de la ninfa me llevo a conocer el mundo de los viles, la subterraquea vida de los suburbios, el averno y sus delirios.

No hubo alcoba perfumada, ni cama, petate o superficie algodonada, tampoco sabanas blancas ni cafecito en la mañana; solo sexo y más sexo.

Delirio fue su pureza, hasta que pude huir de sus garfios de ninfómana.

Pasaron los días y hubo otro encuentro; me llevo a recorrer las llecas del alma. Noctívagos flotamos, bebiendo y atizando con la tripulación de la noche, el viaje fue oscuro y denso. Tuve que compartir con los buitres el amor de Dicha. Bajamos y subimos los días sin contarlos, el tiempo seguía su marcha al infinito. Mire el lastre de tantos inseres perdidos, hasta topar fondo, sin más voluntad que la locura o la muerte. ¡Salimos a flote!

La vida siguió su cauce y nos rencontramos en el río, Dicha seguía bailando descalza: su belleza era una silueta trastocada en las bardas de la urbe por los faros de los autos, sucedía vertiginosa en la oscuridad, como grafiti fugaz, como un tatus acicalando la piel de la city. El carcomo de los años y el designio del alcohol ultrajaron a Dicha, su flor se fue marchitando y un día de agosto una ráfaga de muerte se la llevo. No hubo funeral, ni rezo, si acaso algún familiar pudo reconocer su fiambre. Y aquí la sembraron en esta fosa común.

Ayer festejamos su tercer aniversario y me dijo con sus hebras de voz: -vamos por algún veneno para el espíritu.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

                                                                                                                                

                                                                                                                                Arte Gráfico: V. Manotas

 

Gilberto Lastra Guerrero .

 

 

 

 

                   -Nepo, ¿tienes hambre? Respóndeme, Nepo. No me dejes otra vez solita.

            -…-: había muerto junto con su imperio.

Pasando la región de Las Cañadas, Los Milagrosos estaban a punto de morir. En toda la zona se conocieron por ser los que podían o no salvar a toda una comunidad con su sabiduría. Usaban poderes sobrenaturales y de curación para librar de pestes a los pueblos aledaños al desierto. Ellos eran iluminados, las balas perdidas de Dios, babas de los profetas y mocos de los apóstoles: Nepo y Nepito: Los Milagrosos. También contendieron por ser presidentes municipales y fueron los miembros del cabildo y parte de los departamentos de Finanzas, igual de Planeación Mística aldeana.

En alguna ocasión Nepo, harto que su hermano tuviera tantas mujeres en su pequeña cueva,  donde compartía vida con una botarga del águila del Club América y una serpiente que usaba de corbata, partió al desierto. Tomó en su espalda una mochila inmensa, para guardar un cartón con cervezas y una botana con una cara sonriente, que del olor comenzó a estrujarse. Pasó muchas leguas de viaje, interminables. El calor invadió todo su cuerpo, las cicatrices se convirtieron en caras, en silenciosos rostros que padecían horrorizados las inclemencias de viaje y de su vistoso dueño: estaban retorcidos, con los labios rotos por la sed; asoleados, casi en estado de insolación, casi muriendo de agotamiento, de hambre, de sed, del mal olor; del apeste de las axilas cuando se secaba la frente este profeta de la sierra. Al dar la vuelta atrás, miró que la montaña en la que solía hacer ceremonias de curación cambiaba de color, de forma: se convertía a momentos en lluvia, en un río, en una fuente, en el cuerpo de una mujer que camina hacía él. Tomándolo entre sus brazos lo sedujo con su baile. Ella buscaba el cuello para besárselo, los labios para pasar la lengua en una acción delicada, casi imperceptible: él, abrió la boca para sacar la suya y meterla rozando los dientes de la desconocida mujer:

            -Te he deseado desde hace tanto tiempo -musitó al oído al momento  que con la lengua dibujaba una estela de saliva que hizo un hilo del que pendieron los deseos de Nepo.

            -¿Quién eres?

            -La Virgen loca, Socorro: Socorro la roja, la bolchevique, bien rojilla. La radical: la Virgen loca, la Reina del Desierto.

En el campamento de Los Milagrosos, Nepito con unos binoculares trataba de localizar a su hermano en la parte baja, que era el desierto. Tardó horas en poner en los miralejos al bulto de su hermano. Estaba desnudo en una de las veredas que llevan al Santuario de la Virgen loca. Lo que extrañaba al menor de los hermanos, fue el hecho de encontrar a Nepo tratando de hacer el amor con un montón de tierra. Pero lo reconfortaba haberlo encontrado.

            Hasta donde se sabía, ningún ser humano con poderes o no, había tenido la oportunidad de salir vivo de las garras de Socorro, que de virgen tenía lo mismo que de atractiva: nada. Pero ya era vieja, casi a punto de morir. Y no perdería la ocasión de seducir a todos los que atravesaran el desierto: el atrio de su templo. Nepito, siempre se la pasó entre bragas femeninas y no  imaginó que el primogénito de la familia había caído víctima de las poderosas garras de aquella terrible bruja, y que sin miramientos lo llevaría a pagar por todos los desprecios de los hombres recibidos en su juventud.

Ella se enamoró de un enano del circo Los Olvidados, que atravesó el desierto por falta de orientación. Ellos buscando a Los Milagrosos para ayudar a la Mujer sin Pechos ni Vagina a que pudiera tener una, pues iba a parir el primer hijo del director del circo: El Espíritu Santo. Todos los trabajadores de la carpa sabían que no tuvieron contacto. Eso era lo que decían entre ellos, lo que nunca pudieron saber, fue el porqué de los movimientos nocturnos del remolque de El Espíritu Santo. En el desierto, el Enano Sam siempre dirigía la caravana con el cañón  que despedía al Hombre Bala, quien era lanzado para que pudiera verificar que los carros iban en el camino, y por delante se podía seguir avanzando. En cada uno de los disparos efectuados, el Enano gritaba el nombre una mujer que lo había rechazado: ¡Martha, cincuenta metros, y chingas a tu madre! ¿Cómo vamos, Hombre Bala?: Perfecto, viento en popa y una pompa en la boca: pompa lonja el destino que te toca. Ese palindromo fue el que unió a estos dos personajes. El Hombre Bala atinó con la dentadura las nalgas de Socorro, la Reina del Desierto. Ella pensó que esta maniobra la efectuó el mismo Cupido. Después de avanzados los veinticinco metros, Socorro esperaba al certero tirador del cañón. El Enano Sam caminaba por la vereda que lo llevaría a su amada Virgen loca. Él, era magnánimo para su estatura: con el pecho inflado, con la espalda recta, con los pasos sambos bien medidos. Con la frente puesta en el mismo cielo, le brillaba por la incesante caída de sudor. Él dirigía el destino del circo, decidía cuál era el camino que se debería de tomar, cuáles serían las sendas, las veredas, los valles por conquistar. Para el Enano Sam, su crecimiento era por leguas: cada legua andada resultaba un décimo de milímetro arrebatado al cielo. Cuando los dos se encontraron, la banda del circo ya estaba detrás de ellos cantando, “Los Palomos” de Cri cri. Después de una breve ceremonia, El Espíritu Santo pudo matrimoniarlos por los poderes que le fueron concebidos por las cenizas que había guardado de las falsas alarmas del Popocatépetl y el agua de Tlacote con que se curó los riñones: Los declaro Enano Sam y Mujer. ¡Los palomos se casaron! ¡Ay, qué gusto que nos da! Al llegar al Currucu-cu-cú de la canción que entonaba la banda circense, el cielo comenzó a nublarse y cayó granizo de manera casi apocalíptica: los granizos se convertían en rocas. Primero eran pequeñas. Pero conforme iba creciendo la intensidad de la caída celeste, las rocas se convirtieron en aerolitos que rajaban la atmósfera y dibujaban una estela roja, igual que la sangre que se derramaba en la tierra al aplastar la cabeza de los animales como de los artistas. Todos quedaron enterrados. Algunas bestias no pudieron salir de sus jaulas y los barrotes sólo pudieron testificar su libertad de ánima en la muerte. Sólo el Enano Sam y su mujer, la socialista, pudieron sobrevivir al castigo divino. Cuando el único superviviente del circo terminaba de cavar la última tumba, una zarza ardiente que se encontraba al pie de una pequeña colina y daba a el camino llamado El  Pecado Original, les pidió a los recién casados, caminaran en la dirección que apuntara el aullido del primer coyote de esa noche. Ya con el mensaje, el enano y su concubina llegaron al único lugar donde se podía construir una vivienda. Aún quedaba muy lejos y en un pequeño oasis edificaron una choza de interés social, que le adicionaron una cochera inmensa para todos los carros que coleccionarían llegado el tiempo de hipotecar algo para comprar, lo que después hipotecarían para seguir el círculo vicioso de la compra por el desierto entero. El objetivo inmediato matrimonial,  era el pasar los primeros días solos. Sin más compañía que sus silencios,  prolongándose hasta donde ya no se alcanzaba a ver.

            Pasaron los años, y a esta pareja se le consumió el amor, poco a poco al Enano las leguas caminadas se le iban revirtiendo. Podía desaparecer de seguir a ese ritmo; la Virgen Loca, por más intentos no pudo ser penetrada por su diminuta pareja. Ella se masturbaba continuamente delante del enano, que la miraba con desdén, con rencor, con el odio de una persona que no puede usarla para crecer.

            En el acto, Socorro se sentaba en la barra del pequeño bar que pusieron del lado oeste de la casa, para mirar todas las montañas por donde bajó el circo aquel equinoccio de primavera. Socorro se acomodaba frente al enano que la miraba, sólo la observaba. El silencio se apoderó de la sala y de la casa entera, y pensando El Enano en decadencia: (Esta pinche vieja ya ve empezar otra vez. Qué no se ha dado cuenta que no se me para, que el amor no es el pito parado ni las nalgas los monumentos que se tocan. Me emputa que se ponga en ese plan de buscar el orgasmo. Extraño el circo. Me gustaba ver al director coger con aquella Mujer sin senos. Cuando podía subir a los tráileres y mirar por la ventana). La respuesta imaginaria de Socorro: “Enano mío, Sam, sólo te pido que me la metas, que me penetres, hazme tuya. Mira el dedo, se llama como tú: Sam, el imperialista confundido. Tiene tu nombre. Mira cómo entra, mira. Ven y búscame”. (No se me para cuando te agarro las tetas. No entiendes). Ella sigue con el dedo en la vulva, acelera los movimientos según le va pidiendo el clítoris mayor contacto. El silencio crece, llega a las montañas, llena todos los senderos, llaga a los dos que en  la sala se miran. No hablan: no terminan de reprochar en su silencio. Termina Socorro. Él rompe el contacto.

            -¿Tienes hambre? le pregunta al enano al terminar el inconcluso acto sexual  protagonizado ante los ojos del viento.

            -¿Sabías qué sólo se me erecta el pito cuando pienso en mis fantasmas? En todos los personajes del circo, con la Mujer sin Pechos ni Vagina, en la Domadora de Leones Enanos, en el vientre de la Mujer Encantadora de Serpientes, en la boca de la Tragafuegos.

            - No, pero no me importa.                            ¿Por qué?

            -El Cielo se debió haber equivocado cuando nos juntó. Tus nalgas se quedaron en la boca del Hombre Bala. Con él te debiste haber quedado. No conmigo. Yo era el amante de todas, menos de la Mujer sin Pechos ni Vagina. Pero me excitaba mucho. No tienes idea. Tenía un clítoris enorme, enorme, que podía penetrar a El Espíritu Santo. Los dos se enroscaban y daban vueltas en la cama; los dos se manchaban de semen  y ella con sus fluidos de luna menguante. Luego, se los quitaban del cuerpo con la lengua: limpieza celeste, decían. Una vez me explicaron que era para purificarse y lo hacían para limpiar su piel de las vibras que  les quedaban pegadas por su paso por el mundo: por eso la Mujer sin Pechos ni Vagina era virgen. ¡Fíjate! En pleno siglo XXI y las maravillas de la naturaleza que se hacían ellos dos. Purificarse con fluidos. Con sus propios fluidos. Es como para no creer.

            Ella lo mira con poco convencimiento sobre sus argumentos y lanza el cuestionamiento:

            -¿Estás seguro que la Mujer sin Pechos ni Vagina no tenía pechos ni vagina?

            -No tenía, sólo un clítoris enorme. Bueno, eso decía El Espíritu Santo. Era muy femenina ella. Usaba lociones caras, de néctar de leche de burra y de unas cosas que sacan de árboles de la selva: ¡qué para mantener el cutis limpio! De verdad, a ella le gustaban las cosas caras. Compraba productos que anuncian en la televisión todas las noches. Tres días después, llegaba en una motocicleta y un hombre que lanzaba una caja. El Espíritu Santo salía a recibirlo y le pagaba con parte de las entradas del circo. Él  quería mucho a la Mujer sin Pechos ni Vagina.

            -Y ¿cómo dices que era ese clítoris enorme?

            -Tenía una capucha abatible.

            -Nepo, Nepo Populista ¿tienes hambre?

En la montaña, Nepito vio a su hermano perderse en el delirio con el montón de tierra. Regresó a su cueva y comenzó a platicar con una de las mujeres que lo había ido a visitar, y que tenía varios días con él:  (Mi carnal perdió la razón. Se anda cogiendo un montón de tierra). “Y ¿tienes celos?” (...No ¿Cómo crees? Un hombre nunca siente celos de los ideales de un hermano. ¿No recuerdas a Caín?).

            -Nepo, ¿tienes hambre? Respóndeme, Nepo. No me dejes otra vez solita.

 

Gilberto Lastra Guerrero

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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