Línea 3: Indios Verdes – Universidad,

José Manuel Ortiz Soto

 

 

 

Modernidad

[Estación Indios Verdes]

 

 

 

Hubo un tiempo en que sus nombres llamaban a reverencia, estremecían: Izcóatl y Ahuízotl, Serpiente de obsidiana y Perro de agua, cuarto y octavo tlatoque de los mexicas. Algunos siglos después, en una época ajena, estatuas errabundas por la ciudad que un día construyeron, el verde que recubre el bronce de sus cuerpos les da nombre, raza, religión, nueva historia.

 

 

 

Peregrinos

[Estación Deportivo 18 de marzo, antes Basílica]

 

 

 

Los peregrinos que se detienen frente a mi puesto me miran con recelo, creen que trato de estafarlos. No los juzgo: ¡fuera de la ciudad se dicen tantas cosas de nosotros! Para ganarme su confianza, les muestro la certificación que me expidió la Santa Sede. Eso nunca falla, pero la falta de fe encarece los milagros.

 

 

 

 

 

 

Ayudar al prójimo

[Estación Potrero]

 

 

 

Al ver la extrañeza reflejada en mi rostro, se apresuró a darme la siguiente explicación:

—Me urge llegar al otro extremo de la ciudad, asuntos familiares me reclaman allá. ¡Usted, como adulto, sabe muy bien lo que es eso! Desgraciadamente, a mi edad me es imposible hacerlo a pie, y tampoco dispongo de medios económicos para costear el precio de un boleto de metro. De tomar un taxi, mejor ni hablamos. Es ridículo, lo sé, pero así de mal está la economía en nuestro país. Por eso, estimado conciudadano, si usted pudiera ayudarme con unas monedas que no afecten su economía, créame, se lo agradecería enormemente.

No tuve corazón para negarme a la súplica de aquel anciano y educado caballo al que, por lo visto, la vida no había tratado nada bien.

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 22 Mayo 2018 05:19

EN LA PENUMBRA. / DE OCTAVIO OLLIN /

 
 
 
 
EN LA PENUMBRA.
DE OCTAVIO OLLIN
 
 
 
 
Recuerdo que era de noche cuando me llamaste por teléfono y me pediste que llegase a casa pronto, después del recital, para cuidarte mientras dormías. ¿Por qué nunca respondes, Leonor? El efecto era aborrecedor, nunca desapareció, ¿será que llegó de afuera y se quedó deambulando aquí adentro? Lo supongo. Debido a la emanación del mismo olor tan infecto y además antiguo, los pies con los que tuve contacto, me tenían ciertas dudas por atacar mis sentidos. Las moscas, no tardaron en hacer acto de presencia, llegaron atontadas por el frío de la noche, zumbando con viles avispas que inyectaran su aguijón en algún inocente. Todo me empezaba a cansar. Estaba fastidiado. Reconocí que esta mujer no estaba viva, porque el olor se convirtió, se convirtió en algo asqueroso. ¡Algo se estaba pudriendo! Así que separé la única sabana colocada en su rostro. Lo que azotó mi visión, fue una ráfaga de olores repulsivos. El olor era más reconocible. Era un olor a muerte, hedor de humedad y descomposición, en aquella almohada donde se encontraba una insulsa bola de trapos amontonados, enmugrecidos y rotos, que imitaban pesimamente, la cabeza de la mujer que expiró. Alrededor de la almohada revoloteaban con frenesí aún más moscas, que no detenían su vuelo entre la pegajosa sangre, que todavía no terminaba de consumirse. Estaba fresca. Las sabanas restantes estaban colocadas con sumo cuidado en todo su cuerpo. Confieso que sólo logré divisar lo que antes he descrito. Después de ver esto, supe en realidad qué era la mujer y a qué se dedicaba, cuando observé vastos puños de sal propagados en los trapos y el cuello, también detrás de la almohada y en el suelo. Ah, Malinxochitl, bruja antiquísima, madre de Copil y de los hechizos y la oscuridad. ¡Es inútil nombrarte, porque nadie te conoce! Además, tu nombre es más antiguo que esta pestífera casa, llena de arañas, suciedad, oquedad y miedo. Tan tétrica y tan nociva es esta habitación para mí, que me hace pensar que nunca descansas, mujer. En mi intento por averiguar más, decidí inspeccionar el sitio donde descansaba la mujer, cuando desafortunadamente, observé una porción de cuero cabelludo, escondido, atrás de la desolada cabecera. Tuve que mover la cama cuidadosamente, ya que al hacerlo, quedé ofuscado por lo que admiré con terror. No cabía decir más. Lo que descubrí fue la cabeza magra —que cayó como piedra al suelo—inerte, oculta por el artífice del crimen. Una cabeza consumida por la muerte y en descomposición bastante prematura. Ésta terminó boca arriba de la habitación, mientras sus cabellos se escurrían como agua en el suelo maloliente. Al acercarme con sigilo pude ver, con detenimiento que, el color de su piel era ceroso, grisáceo. Y pese a eso en sus pómulos dominaba un tono purpúreo que no congeniaba. Entonces entendí que este cuerpo cargaba unos botines que yo mismo sostuve. Eran cafés, raídos, sucios, porque en ellos coloqué un poco de talco —supuse que sería útil para Leonor—, traído de Sonora. ¿Hablaba con un cadáver sin percatarme? ¿Aun con esa abyecta mirada, me atreví a conversar con ella? En pocas palabras: fui un hombre osado, por tener una vaga conversación con un muerto. ¡Por un cuerpo sin dueño! La voluntad en mi interior me convirtió en un soldado bañado de acero, para combatir con un muerto, más bien conversar con un muerto. Y la cabeza, seguía mirándome en el piso de la habitación. Era como si sus ojos fuesen dos agujas que penetraban fluctuantes en mi cuerpo. Ojos de muerte, derramados de sangre, donde apenas las pupilas oscuras se notaban. Su melena, era larga, negra y maltratada, con delgados hilillos de plata. Los labios eran idénticos en color que los pómulos, estaban dañados y con la boca entreabierta. Al verlos de ese modo, me hicieron pensar que pronunciaría alguna palabra. ¡Y por fortuna no fue así! De una oreja, de repente, salió apresurada una pequeña araña que cayó al suelo y se hundió en la oscuridad. Huyendo de aquella escena, tropecé en mi camino entre las escaleras de metal. Desde ese instante supe de la existencia de un Rottweiler, pues éste me ladraba a mí, cuanto más rápido me apresuraba para huir de aquella escena, porque no había nadie más en esa casa...
 
 
 
 
Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 21 Mayo 2018 03:02

Zape / Oliver Guevara /

 

 

 

Zape

Oliver Guevara

 

 

 

 

Después de la cena, se preparara para dormir, su madre apaga las luces y le da un último beso, lo persigna y le dice que sueñe con los angelitos. Armando se recuesta y sube la sábana hasta su cara, se cubre mientras espera la visita de todos los viernes. Sus padres duermen en el cuarto contiguo que es separado sólo por una cortina verde y mientras aguarda la victoria del sueño, oye a las gallinas del corral inquietarse, escucha ladridos que se apagan a lo lejos, oye que la puerta principal se abre, sabe que no es su padre, él llega más tarde de la mina. Su madre corre a su lado y le cubre la cara subiéndole la camisa de su pijama.

 

-No te espantes. –Armando siente cuando su madre lo sujeta fuerte del brazo y no puede evitar que los ojos se le humedezcan.

 

Puede escuchar en pleno silencio como las sábanas son corridas, oye la voz de su madre cuando se queja, oye un rumor de hombre que se convierte en voz nítida, más fuerte y cercana. Después de unos minutos, la presencia se va, lo sabe porque siente cuando su peso se quita de la cama, su madre lo jala para sí y se escucha ahora la puerta principal cerrarse. Su madre también se va a la cama y ya acostada, le dice que se descubra, que todo ha terminado. En ocasiones, su madre no habla en todo el día, realiza las labores de casa en silencio, la mayoría de las veces, el agua que sale del grifo es su único acompañamiento y se queda ida mientras Armando se marcha a la escuela sin obtener respuesta al despedirse. Papá duerme hasta tarde para después introducirse en las entrañas de la tierra.A Armando lo molestan en la escuela después de contar que en su casa espantan, no escapa de la sorna y del insulto de los rapaces más crueles, comienza a aislarse, pasa largos minutos en el baño hasta que suena la chicharra que indica la hora de salida, hay ocasiones que escucha cuando intentan abrir la puerta del cubículo donde está recluido, alza la camisa blanca de algodón de su uniforme y se cubre la cara.

Después de asumir que los fantasmas son reales, deja de importarle demasiado, hay noches en que ya ni siquiera le importan los sollozos de su madre, el “no por favor” que a veces se le escapa mientras una respiración agitada parece bufar en la espalda, como un bisonte apunto del embiste. Ya no le importa quedarse despierto y salir a hurtadillas de su recámara para observar a su madre recostada de lado y en silencio, con la mirada en la pared, reconociendo el olor a tierra húmeda en los pantalones de su padre, colgados en una silla cercana.

Su padre es una bestia derrotada, su cuerpo llevado al límite dentro de las oscuras minas está a punto de sucumbir, su constante tos es el síndrome de la terquedad por llevar sustento a la mesa. En su casa no se habla más que de dinero y los silencios son rotos por conversaciones sobre enfermedades, doctores y remedios como toques eléctricos aplicados en las manos, para volverle la agilidad que ha perdido con los años y con los nervios.

 

-¿Dormiste bien? –Le dice en una ocasión ese hombre encorvado con más canas que ayer. Lo mira y Armando quiere contarle de espíritus, de cómo le afecta más a su madre, que el último zape que le dio en la nuca por llorar al pelear por un columpio, aún lo recuerda, que todo estará bien si se largan del polvoriento pueblo. Su madre se acerca para servir el plato a su padre que está a punto de irse, se detiene después de dejar la comida y fija la mirada en Armando, el niño no sabe interpretar si aquella mujer de ojos como piedra rugosa quiere que siga o si quiere que calle. La angustia convertida en cansancio y la boca apretada le dice que no diga más. Armando responde con un lacónico sí y después sale a ver a los animales del corral mientras lleva consigo los cubiertos que lavan en la llave de afuera, cerca de donde acumulan la leña que abunda en invierno, donde dejan los cantaros que se rompen.

Una tarde de viernes, no quiere regresar a casa, se atreve a introducirse más allá en las calles del pueblo, se asoma a los pocos aparadores y en uno de ellos, observa un vestido color azul turquesa. Imagina a su madre en él, la ve bailar en la sala de su casa mientras su padre está en un sillón con una sonrisa enorme, con los ojos cerrados, le place ver a su madre contenta, sin las noches de fin de semana en las que amanece fúnebre. Armando siente nauseas cuando ve que el sol se oculta con una velocidad inusitada, ahora imagina adquirir un gato y acariciarlo mientras duerme con él, atento a los ruidos que le avizoran presencias.

La oscuridad es un rumor que se hace voz, un aire agolpándose en las tablas de la casa, el tronido de las piedras que chocan en el río cercano, del rebuzne lejano. Oye que la puerta se abre, se cubre la cara como el ensayo forzoso en el que se ha convertido, siente a su madre recostarse en su cama, después siente una fuerza mayor que se apodera del cuerpo de su progenitora, nuevamente los gemidos y es entonces cuando se descubre, observa que un hombre yace sobre su madre que no deja de abrazarlo y decirle que todo va estar bien. Armando comienza a gritar y se apodera del tenedor que está bajo su almohada, lo hunde varias veces en la espalda del hombre que sigue en un vaivén frenético sobre su madre, después el intruso por fin se da cuenta del dolor ensimismado en el placer y es entonces que mira la figura del niño en la noche como un felino revolcándose patas arriba, decide salir y corre a la puerta, los viajes del tridente no se detienen y hacen mella en la humanidad de su progenitora quien alza las manos para tratar de evitar más heridas, rasguña el cuerpo de su hijo que no se detiene, que grita como animal nocturno hasta que siente que el tenedor ha dado con la dureza. Hace un alto, se dirige a la cama donde duermen sus papás y saca de su mochila una tela azul. Se sienta al borde la cama y espera a que papá regrese, se viste y empieza a bailar en la sala. No se detiene, oye que la puerta principal se abre nuevamente, la claridad está a punto de engullir el vacío y es entonces que huele la humedad de los pantalones de su padre, el olor a entrañas de la tierra.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 15 Mayo 2018 06:01

Amar / Salma Guadarrama Bedolla /

 

Amar

 

Salma Guadarrama Bedolla

 

Lo besé y me rendía a ello. Necesitaba que me tocaran. Necesitaba sentirme deseada y cuando me cedió eso, sentí una repulsión propia ¿qué estaba haciendo?

—No puedo —dije alejándome de él.

—¿Pasa algo? —preguntó preocupado.

—No te acerques de nuevo a mí —dije. Tomé mi bolsa y salí, huyendo, huyendo de esa aventura que no quería y que ahora repudiaba.

No pude, no fui yo. Tomé mi móvil, marqué su número y traté de controlar el llanto del que no era consciente.

—¿Hola? —escuché su voz y modifiqué la mía todo lo que pude.

—Cariño, ¿cómo estás? —le dije, a falta de ideas.

—Bien, pero ¿tú te encuentras bien, linda? —preguntó él y pude notarlo preocupado.

—Si, pero necesitaba escucharte. Sé que dijimos que llevaríamos esto más lento, pero muchas veces te extraño más de lo que soporto —dije, tratando de convencerme de que lo que hice solo fue porque lo extrañaba.

—Pues será que estamos conectados o algo, porque yo también te extraño ¿te voy a buscar?

—Si, ven, quiero verte —le dije y después de un par de detalles colgó la llamada diciéndome que estaría conmigo en unos minutos.

Llegué a casa agotada, me dejé caer, sintiendo sobre mis hombros el peso del mundo, porque sabía que lo amaba, pero me sentía como una basura porque me di cuenta de ello solo hasta que lo engañé.

Escuché sus pasos acercarse a la puerta, así que me levanté y fui a abrirla. Lo vi, sonrió al mirarme y yo me lancé a sus brazos.

¿Cómo pude hacerlo? Engañarlo, a él, a la única persona en este mundo que no se lo merece y ahora solo me pregunto si lo correcto es decírselo, si lo correcto es alejarlo ahora que estoy segura de que lo amo.

—Me hacía falta un abrazo tuyo, mi amor —dijo contra mi cuello.

No, no iba a decírselo. Fue un error y en eso se quedará.

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HOY ME ENFRENTÉ A LA MUERTE 

MINIFICCIONES

Gilberto Arvizu Morales

 

 

HISTORIAS FÚNEBRES

Haría cualquier cosa para quitarme de este estado de extremo aburrimiento, pero ya escuché más historias fúnebres de las que podría resistir. ¿Cómo se puede morir cuando no se le teme a la muerte?

 

INCAPACIDAD

A Edmundo Coria, a quien apodaban El Inmundo por sus pésimos modales, se le atribuían 50 asesinatos, entre ellos el del poderoso empresario Julián Sevilla, al que le reventó toda la cara, menos un ojo, prueba de su impulso sádico y de su mala puntería.

Suele decirles a sus secuaces después de una ejecución y haber gastado más balas de las necesarias: “¿Qué? ¿Alguien me puede decir cómo se consigue una incapacidad?”. No falta el sicario que a sus espaldas diga que con esa puntería podría haber ganado un oso de peluche.

 

LA REALIDAD SE IMPONE

Esto es una jungla. Aquí gana el más fuerte. O te preparas bien o te comen. La realidad se impone. Se parece tanto a un callejón sin salida. Se da rienda suelta a cierto lado salvaje y la condición de mundo está en proceso de descomposición. O quizá sólo esté en un patrón de negatividad.

En otras palabras, envíen el remedio que la enfermedad se extiende.

 

ZONA DE DESASTRE

Soy una zona de desastre ambulante. Hoy me enfrenté a la muerte y me dijo que me afeitara.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

EL CIRCO Y OTROS TEXTOS

Rocío Prieto Valdivia

 

Algunas veces la vida te da un empujón involuntario y abres los ojos al mundo circense. Ahí están aquellos casi probables personajes de este bello espectáculo.

Los pasos dubitativos del personaje central me hacen desconfiar, y creer en verdad que el circo se tambalea. Los payasos con zapatos de colores, las trapecistas con pantalones ajustados. La mujer barbuda que halaga a su macho.

Yo los observó discurrir en esta homilía.

La pista es esta enorme casa blanca, con techado abstracto. Las paredes muestran escenas del circo: el león comiéndose al mundo, el mundo admirando al león, y todos los antes mencionados a los pies de la fiera.

Abunda el rojo escarlata en las cenefas, ¿acaso es la sangre que está por derramarse?

Un escalofrío recorre mi cuerpo.

La sangre bulle en ríos rojos. Me asusta la sonrisa del domador, las trapecistas con tacones altos, sus trajes sastres a la última moda aérea; una de ellas incluso ya usa salvavidas, mientras la otra habla de finanzas y del alto costo de las gasolinas.

Un coche se para frente a ellas, mientras el personaje central del cuento me ha impregnado de humo los pulmones, y el circo político anuncia de nuevo su función.

 

 

 

 

INALCANZABLE.

 

 

La tarde de aquel viernes ella nos citó a ambos. Mientras salíamos del café los tres, de la nada salió él, vestido cómo un posible personaje sacado de los cuentos de Poe; quien nos observaba caminar rumbo a tu coche. Ella y yo nos vimos a los ojos, mientras tú eras su víctima.

Creo que no supiste quién era ese personaje que nos interceptara en nuestro camino. Tú habías salido en busca de la palabra, pero ahora ahí estaba él, profanando los libros que traías cargados. Parecía vestido para triunfar, o al menos para no parecer un perdedor. Hurgó en cada uno de tus libros, sin dejar aquel su porte de superioridad.

Nosotros sabíamos quién era. Tú, para no perder cordialidad, argumentaste no haberlos leído todos, y sin darte cuenta te volviste un patético libronauta, cuándo no lo eres. Inmutable, él se mantuvo en su plan de ataque, y cuál jaguar se comió a su presa, y limpió sus bigotes.

Minutos más tarde nos dirigimos al lugar donde la oralidad fue fugaz encuentro; en el cenáculo todos reunidos, escuchábamos al mesías gesticular verbos, intercesión de caricias, variaciones del centro de un éxtasis no compartido. Era tan pequeño el espacio de la discusión, que me tuve que sentar atrás, y observé que te sentaste a un lado de ella, para no perder su compañía, o tal vez el aroma de sus cabellos, o el brillo de sus ojos, atrapó ese día tu atención. Ella se limitaba a ver hacia el frente, y en ocasiones, con disimulo, me dirigía miradas de auxilio; asustada creo de estar en medio de esa selva de fieras, o confundida de que las otras chicas no hubiesen llegado a la reunión.

Todos mis años me indican que lo tuyo fue un flechazo al primer aroma, porque tal vez yo sentí lo mismo la mañana en que la vi por primera vez en esa lectura. Nos había tocado compartir mesa, y su cabello semi sujetado oloroso a flores me excitó. La mesa era muy justa para siete participantes, y ella tal vez sin ningún afán rozó mi pierna con su mano. El aroma de su cabello nos habría envuelto a todos los presentes; "el bello pánico" se hizo presente en esa mesa.

Al año siguiente volveríamos a coincidir en el mismo lugar, y nuestra amistad había surgido. Algunas veces aún solemos caminar rumbos a la parada de su transporte, o nos vemos en el mismo café dónde la has conocido el día de hoy. No esperes recibir algo más que su compañía, algún detalle de amistad, y la permanente mirada linda que te come a mordiscos. Ella es inalcanzable. Y tan traviesa como una pantera.

 

 

 

MI HOMBRE DEL SILENCIO.

 

 

Mientras la gente pasa, algunos abordarán sus transportes a cualquier lugar de la ciudad, mi mirada se detiene en aquella figura que cruza la gran avenida, lejos de mí; tal vez deba correr y abrazarlo, decirle de frente lo mucho que lo amo, y que tras aquella discusión estúpida, no pude expresarle con palabras ni con gestos. Todo fue un largo sollozo de mi parte, en el que quizá terminó por desesperarse, y con ello la lejanía cubrió aquellos meses que he pasado sin él; quizá debí despojarme del afán de este maldito invierno que me tiene retenida entre estos abrigos oscuros como lo está mi corazón desde que nos separamos. Al verlo, vuelven a mi mente escenas de una película romántica, donde seguimos siendo él y yo abrazados; él y yo tomando café, charlando y leyendo un simple libro y reímos criticándolo. Ahí, en el café de siempre, las mesas de madera de caoba entintadas de rojo cherry, las tazas blancas repiqueteando sus sonidos con esa claridad de tintineo que redondea la alegría de estar juntos, comienzo a pedacitos los pedazo del pastel de nuez que tanto le gustaba compartirme, mientras daba sorbitos a un café latte sin dejar de verlo. Él y yo al fondo de ese establecimiento, juntos sin importarnos el alrededor. Algunas veces aún detengo mis cansados pasos y lo observo en los rostros de toda esta gente que sin mirarme abordan sus transportes para escapar de mí hacia cualquier sitio de esta fría ciudad. Hoy cuándo lo veo abordar el transporte público, y mientras se aleja lo vuelvo a besar en mis pensamientos. Él sigue siendo mi hombre del silencio.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

UNA HORA DE ETERNIDAD

 Matías Mateus 4ta Parte

 

 

 

Minuto 37

 

El arma puede convertirse en la llave que termine de cerrar las heridas que provocan el movimiento del velo.

Se torna la opción más digna al corroborar en el repaso de los esfuerzos realizados, que dentro del amor expresado lo único genuino que contenía era el deseo de ser celebrado y aceptado por los demás. Una vez que consentimos el fracaso de dicha empresa, el orgullo se fisura, redundando en una constante negativa que cimenta la idealización de una perpetua contradicción en la que termina depositándote tu vida. 

La sangre gotea minuto a minuto, y es allí donde el arma toma un rol preponderante, para ponerle fin a la hemorragia.

Un revólver calibre treinta y ocho, con una sola bala en su tambor, requiere tres elementos. Determinación al momento del disparo, precisión en la ejecución. Y fundamentalmente, ser efectuado a tiempo. Cuando llegue la hora exacta.

 

Minuto 38

 

No sé dónde ni en qué lugar escondía esta veta sádica, pensé mientras volvía a meterme en la ducha. Hacía años no experimentaba una excitación tan grande al poseerla sobre mis dominios.

Qué complejas y laxas son las decisiones que adoptan la consciencia humana, reflexioné, cómo la cólera puede transformarse en placer y retomar las sendas del odio nuevamente, sin mayores sobresaltos, sin culpa. 

—Ya no te contiene lo suficiente, el nene que mantenés —le dije cuando bajé de la cama y di los primeros pasos rumbo al baño.

Refunfuñó entre dientes causándome una sonora carcajada.

Volví al living luego de agarrar otra cerveza. Me vestí mientras bebía, sin ocultar la satisfacción. Terminé de aprontarme y salí a la calle.

La noche seguía allí, con la escenografía dispuesta y esperando. 

 

Minuto 39

 

Dejé pasar un tiempo prudente antes de salir del dormitorio. Para mi suerte ya se había ido, deseé con el alma que esa fuera la última vez que volviera a pisar la casa. No quería volver a ver esa inmunda cara de morsa.

El asco que me produjo ese momento, me dejó llena de náuseas. Entré al baño y no me reconocí cuando me miré en el espejo. Las lágrimas desfiguraban mi rostro, me sentí una basura, la peor mujer del mundo.

Había sido vejada, humillada completamente por la persona que en algún momento amé y no fui capaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

Quise gritar para liberarme del sentimiento que oprimía mi pecho, pero ni siquiera ese desahogo era posible.

Volví al dormitorio con la firme idea de llamar a Santiago e irme de esta casa.

 

Minuto 40

 

Y ahora qué tendré que hacer, me pregunté. Del otro lado todo seguía igual.

Ya no sentía dolor, solo una pequeña picazón que me dejaba algo confundido. Había pasado realmente, sí. Estaba muerto. Estaba tirado en la vereda, luego de que una bala me entrara por la espalda.

Esto es la muerte, me dije. No podía ver nada, solo oía las voces que hablaban cerca de mi cuerpo. Mamá había estado llorando con desconsuelo, los milicos daban vueltas, iban y venían haciendo mil conjeturas del posible autor del disparo. Me había parecido escuchar a Ramiro cuando llegó, él es el que sabe todo, a él deben preguntarle. Pero claro, yo estaba bajo esa tela, sin posibilidades de declarar.

Qué sería de mí, una vez que me enterraran, una vez que los gusanos se apoderaran de mi carne. Quise gritar, sacudirme, golpear las manos, pero nada de eso fue útil, ya era demasiado tarde. En este mundo no había más tiempo para mí. Se me terminó la hora.

 

Minuto 41

 

Olga había recogido del suelo el teléfono celular de Santiago luego que su hijo dejara de respirar. El sonido del mismo al recibir una llamada hizo que los policías pusieran atención en las manos de la mujer.

De inmediato me lo tendió y quedé con el aparato sonando en mis manos.

—¿Quién es? —me preguntó—. ¿Quién está llamando? —descompensada completamente volvió a romper en llanto—. ¿Por qué tengo que estar pasando por esto, por Dios? ¿Por qué debo sufrir tanto?

Los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de todos, quienes con cierto grado de impavidez no supieron cómo reaccionar. La rodeé con mis brazos y procuré brindarle la mayor contención que pude, una señora llegó con una silla, la conduje con precaución para que pudiera sentarse y estabilizar su respiración.

El teléfono volvió a sonar. Luego de ver quién llamaba atendí.

 

Minuto 42

 

La ambulancia se llevó el saco de alcohol que había quedado desmayado al borde de la cama. Mi vieja sentía algo de alivio, pero esta vez tuvo suerte, porque en el momento que se lo quitó de arriba, pudo perder más que la suerte que la acompañó. Me quedé a esperarla hasta que llegara la policía. No existía otra opción que denunciarlo y evitar por todos los medios que volviera a acercarse.

—Mamá —dije abrazándola—. Estuve guardando un poco de plata.

Ella seguía mirando el charco de sangre que había quedado en el piso. Ya no temblaba, pero se le notaba el miedo que sentía, porque sabía que en algún momento, cuando tuviese la primera oportunidad iría por la revancha.

—Por qué no agarrás algunas de tus cosas y nos vamos de acá —la propuesta pareció no interesarle hasta que volví a hablar—. A mí también me están persiguiendo.

 

Minuto 43

 

—Arriba las manos —me gritó el cana—. Mantené las manos en alto.

Eran cuatro policías apuntándome con sus revólveres, mis posibilidades de sobrevivir eran nulas si disparaba contra alguno de ellos. Sin dejar de apuntarme, se acercaron y no demoraron en desarmarme y esposarme.

Ninguno habló, ninguno me puteó, como ya lo habían hecho en otras veladas, como solían hacerlo en las diferentes citas que tuve con los miembros de este honorable cuerpo.

—Fui un idiota en aceptar tan poca guita por este laburo —murmuré dentro del patrullero. Sabía que no era un apriete común, este gil tenía gente pesada atrás, y los milicos me daban la razón al tratarme como un reo VIP.

—Todo mal —me mandaron callar cuando grité y me di la cabeza contra la mampara. Qué gil soy, hago todo mal cuando me paso de merca, sino me hubiese mandado la cagada de disparar estaría gozando de buena salud.

 

Minuto 44

 

El escupitajo que le dio Patricia en la cara fue como pretender apagar un incendio con un bidón de nafta. Sosegar a un neurótico con una cachetada al orgullo era una estrategia poco inteligente. Llegué a interponerme entre los dos antes de que el escupitajo se convirtiera en una escena lamentable.

—Dejala en paz —le grité descargando mis depósitos de adrenalina. Se quedó serio mirándome con su típica cara petulante.

—Ya se va a arrepentir —se limpió la cara con la manga de la túnica y desapareció.

Respiré hondo durante unos segundos, Patricia también se había esfumado. Llegué a la enfermería exhausta y con nerviosismo. Ella estaba sentada con los codos sobre la mesa y las manos en la cabeza, mirando fijamente el teléfono celular. Sonó el mío y también el de los que estaban allí. Casi al unísono llevamos la atención al aparato, antes de volver la vista hacia ella, que comenzaba otro capítulo de su pesadilla.

 

Minuto 45

 

No resistí ver el vídeo hasta el final.

Dejé de sentir las piernas, las manos y me desvanecí sobre el escritorio. De forma cándida traté de encontrar un motivo razonable que justifique el accionar despiadado que ejerce un individuo sobre otro.

—Mi amor, Patri —escuché, la voz de alguien que intentaba devolverme del desmayo. Pero me negaba a responder, no sentía necesidad alguna de permanecer en el mundo de los conscientes. Por el contrario, en el único lugar donde podía sentirme a gusto en este momento era bajo tierra.

Cuántas personas en este mismo momento estarán regocijándose con este vídeo, pensé, con cuántos comentarios descalificadores me estarán apuntalando y dejando como una atorranta. Mi futuro en ese momento pendía de un hilo, la sola idea del vídeo inundando las redes sociales me dejó knock out.

 

Minuto 46

 

—Bien hecho, pibe —le dije al pendejo de la empresa de seguridad—. Soy un hombre de palabra —tomó el billete, agradeció y quedó mirándoselo como si le hubiese ofrecido una criatura fantástica.

El vídeo no demoró más de dos días en tomar dominio público, festejé mi victoria con un saque cuando me subí al auto. Luego de esto, no se olvidará jamás de que las mujeres son propiedad de sus hombres y están al servicio de quienes las poseen.

Paré el auto frente al club y bajé con la intención de saciar el hambre de una jugosa concha. Un flaco de canguro me chistó desde atrás de un árbol, interceptándome antes de que pudiera cruzar la calle.

—A dónde vas —me dijo poniéndome una mano en el pecho—. Señor machito, vas a tener que retractarte. —Le mostré todos los dientes de forma irónica, desestimando su pedido antes de sentir el frío caño del revólver en el abdomen.

 

Minuto 47

 

En mis cuarenta años de vida nunca había experimentado algo similar, jamás imaginé protagonizar una situación donde entregaba mi cuerpo completamente, despojada de cualquier tipo de prejuicios con un desconocido y vivir un instante sublime.

Lo contemplé durante unos segundos mientras observaba el techo del dormitorio con cierta incredulidad.

Me llenaba de satisfacción descubrir que detrás de esa mirada que se extraviaba en el espacio, existía un hombre sensible, amable y dulce.

Cuando regresó del taxi hasta la puerta, me sentí inmovilizada por el pánico, pero de inmediato su talante me dio motivos para confiar y recibir el amanecer de un modo inefable.

Tomamos algunos tragos, mientras desmenuzábamos nuestras vidas con total despojo, antes de coronar la velada entre las sábanas. 

 

Minuto 48

 

Elegí al azar uno de los bancos de la plaza para sentarme. Miré el reloj por primera vez a las tres de la mañana, aún no había recibido ningún mensaje. Masajeé el caño del treinta y ocho, mostrando señales de nerviosismo. Ya tendría que haber recibido las primeras novedades y aún nada.  Mi actitud pasmada y cavilosa había desaparecido.

Las dudas empezaron a adueñarse de mí, procuré alejarlas tan rápido como llegaban, con conjeturas tan disparatadas como las propias dudas. 

Una silueta cruzó el perímetro de la plaza y se dirigió hacia el lugar donde permanecía sentado. Mantuve mi actitud lo más relajada posible, hasta que logré identificar al hombre que se acercaba a mi posición.

Mi suerte quiso que fuera el mozo del bar al que acudía todas las noches.

—Maestro —lo saludé—. Qué anda haciendo por acá.

Era la primera vez que le decía otra cosa que no fuera “café” y “la cuenta”.

 

Publicado en Novelas por entrega

 

El Mundo es Una Fuente*

Oscar Escoffié Padilla

 

Mi vida, charquito de agua sucia…

(Manu Chao)

 

¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre? Pero el líquido vital invariablemente conoce su destino, sabe con certeza a dónde debe ir, y va. Los hombres no.

            Aunque podía dar un uso casi normal a mi pie izquierdo, nunca me había abandonado completamente cierta molestia que se agudizaba durante incrementos de actividad en que lo incluyera. Precisamente como durante aquel anochecer en que caminar y caminar era seña del sinrumbo existencial que, a pesar de las certezas rutinarias que muestran una agenda, un currículum vitae, un álbum fotográfico o alguna charla, interpretándose comúnmente como direccionales, por lo menos en algún grado conscientes, calculadas, pertenecen más bien a las insondables entrañas de lo inconscientes en el Yo, a los accidentes del azar y, sí, también, a un desdeñado, o casi siempre mal concebido mundo espiritual.

            Entonces, ante el dolor incrementado en el pie, opté por detenerme a descansar en la orilla de una jardinera pública que pronto me hizo reflexionar en la contradictoria naturaleza de lo que en ella convivía: la piedra y el agua. Era una fuente.

            Que el agua nunca cesa de andar: sube, cae, se hace olitas. Jamás descansa. Ni siquiera cuando aparenta una superficie tan plana que se antoja pisable, andable; en el cielo, al condensarse, debajo de la tierra, dentro de nosotros…

            Y promulgaba sonoramente su condición infinita la fuentecilla aquella, ante las otras movilidades menos perennes en su andar también predicado esa noche: un carro camotero sintiéndose locomotora en el vaporoso grito, automóviles, voces y demás citadineces, pero sobre todo pasos.

            ¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre? Veía, atenuándose mi dolor en el pie, desfilar en múltiples sentidos a la gente. Ni uno sólo parecía darse cuenta de que ignoraba a dónde iba. Pero tal como en mi caso, aunque esta veracidad se apoderara de ellos, eso no les sería de gran utilidad; pese a mis reflexiones tampoco yo sabía a dónde había marchado mi vida entera, ni lo que vendría después, ni el origen ni el fin último de mi meditación. Se cree ir al trabajo, de compras, se alucina dirigirse al hogar, a la cita, al concierto… Pero supongo que la vida es bastante más que eso que se llama encuentro o geografía.

            ―Con su permiso joven.

            El viejo se acomodó a un metro de donde yo estaba, soltando simultáneamente, justo en el instante del asiento, una exhalación de descanso y una humareda que le había aspirado al sinfiltro entre el par de tallos secos: índice y anular.

            Cuando se acercó traía consigo una mueca que sin mucha dificultad se podía interpretar de gran tristeza, y que forzó en un bosquejo de sonrisa cortés. Pero como yo no expresé ni similar cordialidad patética, ni respondí a su “con permiso, joven” cuando se sentó, en los minutos posteriores lo noté simplemente serio, aunque no enfadado; y mirando de reojo me pregunté si acaso no sentiría la quema del carboncillo entre sus flacos dedos ya casi consumido el cigarro.

            La piedra y el agua seguían su debate. Yo las miraba y oía embotado cuando a pesar del ruido ambiental se escuchó el expiro serpentino del cigarro aventado hacia ellas. Furia última de un condenado a muerte que maldice a su verdugo, un ojo vivo que de un knockout es apagado. Me volvía al viejo, y encontré que me miraba al tiempo que dirigía hacia mí la oferta de la caja de pitillos.

―No, gracias.

Él encendió uno nuevo, dejó pasar varios segundos, y cuando yo volvía al hipnotismo de la fuente, soltó:

―Está bien que no fume. Luego uno se arrepiente del vicio… Yo le decía a mis chamacos, ahora ya están grandes todos, pero cuando estaban chiquillos les decía que si los cachaba con el cigarro me las iban a pagar; porque ya sabe que no falta quién en la escuela o de los amigos los anda sonsacando. Y mire una vez…

Regresé la vista a la fuente con gesto apático dándole a entender que no me interesaban sus historias. Y si no lo interpretó así, o si no le importó no lo sé, pero tuve que batallar durante los tres cigarrillos que consecutivamente encendió, con sus palabras que fluían sobre mi dureza. Tres veces también el ojo fue apagado.

―¿O usted qué opina?

La pregunta me sorprendió cuando notaba yo que el sonido de los pasos en la ciudad disminuía porque la noche adelantaba.

―No pues está bien… -contesté maquinalmente y un tanto avergonzado de mi ignorancia sobre el motivo de su pregunta. Realmente no lo había estado escuchando. Pero para mi sorpresa el anciano sacó bríos y respondió:

―¿¡Verdad que sí!? ¡Es exactamente lo que yo les digo!...

Y siguió entusiasmado con una historia que me parece hablaba de suegras, hermanos, y vecinos. Alguien había querido asesinar con brujería a otro, pero alguien más lo había descubierto por culpa de un canario, o un ave de ésas, y al final el héroe era quien me lo contaba, aunque no recuerdo bien qué tenía que ver un licorero mencionado con énfasis en algún momento de la plática. Sólo recuerdo con claridad que pensé aquél dicho de física elemental y avanzada sociología: “El agua siempre busca su nivel”.

En la fuente, aquélla era negra y luchaba contra golpes de luz. Su sonido lo conoces: de cristales hirviendo, de música fresca, de risa vital, de una rotunda certeza en el rumbo… Las nalgas me dolían a causa del duro asiento. El pie estaba de nuevo como si nada y le ensayé algunos movimientos levantándolo ligeramente, cuando de pronto otra agua estalló: el viejo lloraba. Me gire hacia él y siguió con lo que yo desconocía:

―¿O no haría usted lo mismo? Digo, con todo respeto joven: ¿o estoy yo mal?... Usted que se ve que es buena gente… digo, discúlpeme joven –secaba sus lágrimas con el dorso de la mano- a lo mejor hasta le estoy quitando el tiempo y usted tiene que ir a algún lado… (¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre?) Discúlpeme -añadió ya más tranquilo- pero ellos dicen que no.

“¿Ellos?” No tenía la menor idea de a quiénes se refería ni en relación con qué. Pero esos ojos acuáticos sobre bolsas que parecían dátiles del desierto me miraban, sentí me rogaban una señal. Así que de nuevo irreflexivamente expresé:

―Está usted bien.

Y en un remate de absurdo añadí:

―Usted nada más no les haga caso.

Una iluminación, que me hizo pensar en la blanca que batallaba sobre el agua oscura en la fuente, bañó el rostro de los dátiles. E irracionalmente, como si tuviera yo algún mérito, me sentí orgulloso al ver su reacción.

―Bueno, discúlpeme joven, ya le quité mucho tiempo, y ya es noche. Discúlpeme… Que pase buenas noches.

Y el sonido de sus tacones marcó el rumbo, como el mío mis pasos. Y en tanto comprobaba que mi pie se había repuesto, de pronto lo comprendí: No, el hombre no es agua, el hombre es piedra.

                                              

 

*Tomado de “La Basca de Oro”, Instituto Mexiquense de Cultura, Colección Piedra de Fundación. 2004.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Flor del Campo


Iván S. Hernández Vega

 

El día que murió Flor del Campo era soleado. Por la mañana, como de costumbre, ella se levantó temprano a regar las vastas flores que había en su jardín. Tenía de todo: buganvilias, teresitas,  belenes, una nochebuena que no se resignaba a desaparecer pese a la presencia de todas las estaciones del año, alcatraces y un rosal amarillo, tan amarillo que llamaba la atención de quien lo viera. Ese rosal amarillo fue el último que regó la mujercita, antes de sentarse en una silla mecedora para no volver a abrir los ojos nunca más.

Como aquella amante de los perfumes y colores florales nunca se había casado, vivía con ella su sobrina Inés, una joven a quien nadie simpatizaba por sus amplios estudios en música y latín, y a quien sólo ella comprendía. Todos los vecinos creían que Inés era pedante y eso la hacía insoportable. Ambas habitaban la casa que don Francisco del Campo, padre de Flor, le heredó al morir.

El funeral de Flor del Campo fue sencillo. Dentro del ataúd estaba un cuerpecito que parecía solamente dormir con una tranquilidad envidiable, y que tenía entre sus manos un par de rosas amarillas, aquellas rosas que ella quiso tanto en vida y que cuidaba con gran esmero. El modesto sepelio se efectuó en el cementerio municipal con pocos presentes: sólo tres primas de la difunta, Inés y cuatro sepultureros. No pasaron muchos días para que aquella que se fuera de manera inesperada quedara en el olvido de casi todos, menos de su sobrina.

Inés entraba a la primavera de su juventud llena de inocencia, adentrada en la lectura, sin que aun recibiera caricias en su tersa piel ni besos que tocaran sus labios. Ahora ella era la única heredera de un fideicomiso que su abuelo recibía por sus parcelas, lo que le permitía seguir manteniendo la casa y a aquellas flores que tanto cuidaba su tía. Lo hacía tan bien como si pareciera que la propia Flor viniera del más allá a regarlas con un rocío celestial para que perduraran aromáticas al amanecer y radiantes al esconderse el sol. “Está así porque las riegas con amor”, decía una vecina anciana a Inés cuando la veía en el jardín.

En un aniversario luctuoso de Flor, Inés fue a dejarle un ramo de alcatraces. Llamó su atención el nacimiento de rosas amarillas sobre la tumba de su tía. “Alguien se acordó de ella y debió sembrarlas”, dijo Inés, asombrada. De pronto una fuerte lluvia la sorprendió en el cementerio que la obligó a buscar atajo bajo un árbol, pero ésta era tan fuerte que se conjugaron sus lágrimas saladas del llanto derramado con el agua-dulce del cielo.

A la mañana siguiente aquella muchachita de cabellos ríspidos amaneció con resfriado. No pasaron ni tres días en que el médico fuera a visitarla al pie de su cama. Y así pasó otro mes  y al igual que a la que tanto quería, la sobrina murió, inesperadamente. Las pompas fúnebres estuvieron a cargo de aquellas tres primas. A pesar de que ellas vivían a media legua de distancia, encargaron al sepulturero excavar la misma tumba donde descansaba Flor, para que ahí mismo quedará, eternamente, la bella Inés. El sepulturero rascó la tierra y notó que aquel rosal amarillo que estaba sembrado en la tumba tenía un tallo muy profundo, tan profundo y fuerte porque rascaba y rascaba y ahí seguía aquél enigmático palo con espinas. La sorpresa del sepulturero fue mayúscula al descubrir que aquel rosal amarillo no había sido sembrado por nadie: brotaba de las manos de Flor del Campo.

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Jueves, 08 Marzo 2018 06:12

EL REGRESO / Jesús Fuentes y Bazán /

 

 

EL REGRESO

Jesús Fuentes y Bazán

 

 

Hojeando una revista de modas, sólo por distracción, espero la salida del autobús a Ensenada en la terminal de la línea, en Tijuana. Ir de compras al gabacho, la verdad, me enfada: Desde comprar dólares, levantarse ese día casi de madrugada, sufrir una larga fila y avanzar con lentitud para cruzar, ver la cara agría del gringo, burlona -imagino-. De plano, ¡no!

“Tengo el once, este es mi asiento,” dice un joven como de treinta y tantos años, alto, moreno, bien parecido, de nariz aguileña. El pelo largo escapa de su tejana negra y cae sobre el cuello de su camisa azul a cuadros de diferentes tonos. Pantalón vaquero de mezclilla.

Sin decir más, se sienta junto a mí, al lado del pasillo. Se sumerge en el asiento con desparpajo, con placidez. Levanta su pierna derecha y, con un poco de dificultad por la estrechez del espacio entre los asientos, la pone en escuadra sobre la pierna izquierda. Su bota café, de pico, lustrosa. El autobús avanza, serpentea en la autopista.

“Vengo del otro lado. Estuve en la cárcel.”

Siento su mirada en mis piernas.

Mirándolo a la cara, le cuestiono por qué me dice eso; cierro la revista.

Sonriendo, responde: “Me inspira confianza.”

“¡Confianza!”

“Tiene cara de buena gente; además es usted bonita. Sí, de bonita y buena,” remarca. Prosigue sereno diciendo que pasaba droga. Era burrero, pero que alguien le puso dedo y lo detuvieron los güeros.

Sus ojos oliva, expresivos, encuentran los míos. Nerviosa, desvío la mirada hacia la ventana; observo el amplio tapete azul del océano y los amarillo, naranja y rojos del atardecer. Hermosa postal desde la Escénica.

Aún no entiendo su plática. ¿Qué ganaba con contarlo? Quizá sintió ansiedad, deseo de comunión. ¡No sé! Sentía su mirada clavada en mí.

“Al llegar al puerto, unos compas del jale, que no conozco, me esperan en una pick up guinda,” comenta con entusiasmo. “Pero, la neta, yo quiero dejar eso; es bien pinche estar encerrado,” susurra.

En la central camionera de Ensenada, el autobús se detiene. Con un adiós efusivo, se despide, sonríe. Baja con paso firme, se encamina hacia la salida.

Respiro tranquila.

En el andén espero que el maletero me entregue las bolsas de mis compras que vienen en la cajuela, junto a los equipajes de otros viajeros que, al igual que yo, aguardan su entrega. El ruido de los motores diésel de los autobuses que llegan o salen va en aumento.

Se escuchan gritos. Veo gente correr dentro de la terminal. Confusión y miedo en sus rostros.

Alcanzo la calle apurada.

El auricular del teléfono público cuelga, se mece cómo péndulo de reloj. Debajo de él, tirado en la banqueta, está el cuerpo sangrante de un hombre largo, frágil, muerto; como títere al que le han cortado los hilos. A mitad de la calle, los vientos de Santana en esta tarde-noche revolotean, juegan con la tejana.

Imagino un niño que corre tras un aro.

“Le dispararon desde una Cheyenne guinda”.

Pienso en mi compañero de viaje…

Intranquila, pegada a la pared, camino a la esquina del Oxxo para esperar a Rosa que viene por mí.

Unos golpes suaves tras el amplio cristal de la tienda…

¡Ahí está! ¡Es él! Alegre, da un sorbo a su café y, con un ademán de mano, me dice adiós.

 

 

 

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