Miércoles, 17 Enero 2018 08:02

Una puñalada / Waldo Contreras López /

 

Una puñalada.

Waldo Contreras López

 

Los dìas de febrero fueron terribles para todos los habitantes de aquel lugar siempre bendito por las cosas del cielo. Un sitio tocado por la mano de la abundancia al cual todos daban en llamar “la mujer de los sueños” debido a su tierra fecunda y a la inconcebible paridera de animales domeñables o silvestres. Lo mismo verìas un coyote intentando comerse las gallinas de una granja, lo mismo veìas a una hato de vacas recorriendo con sus pasos lentos los senderos amplios y airosos de un valle reverdeciente; igual podìas ver volar sobre tu cabeza a miles de gorriones, tòrtolos y cocochitas disputàndose las cigarras y libèlulas que en los atardeceres llenaban el bajo cielo planeando como los aviones monoplaza de la primera guerra mundial. Por todos los horizontes se puede ver hervir la vida en aquel lugar favorecido, tierra fèrtil por estar colgada bajo los olanes en la falda de la sierra madre y sus hùmedas dàdivas que descieden travès de sus frondosas piernas, y estar besando la espuma de la siempre cantante Mar, que es como las mìticas sirenas, con sus enormes pechos sabor sal y el aliento siempre fresco de su aliento femenino. Dicen, su canto, es consuelo del pescador y trèmulo en el alma del sembrador.

Pero ahora el gran espìritu les habìa mostrado una probada de su poder sobre todo. Y ahora todos jamàs olvidarìan la advertencia de que la bonanza sucede para ser aprovechada y no lamentada cuando ya se ha ido.

Fueron muchos quienes perdieron todo despuès de la helada implacable que azotò la regiòn del Èvora achicharrando todas las hectàreas vivas de lugumbres que unas horas antes, apenas eran unos brotes chaparrones que un par de meses ya estarìan con flor a punto de reventar en fruto.

Despuès del feroz meteoro, hubo quienes se vieron obligados a rematar las tierras a los màs pudientes para, con el poco dinero que adquirieron, aprovechar las pocas fuerzas que les quedaron en el cuerpo y ànimo, y comenzar en otras tierras. Y hubo pocos quienes se obstinaron en jamàs abandonar la herencia que al menos cinco generaciones atràs les habìan dado con grandes augurios.

Estos son otros tiempos. Son tiempos en los cuales las caìdas son màs duras y dejan poca fuerza para mirarse en la desgracia con el ànimo de atercarse en cosas o asuntos que hasta para los màs sabios, duchos y experimentados en estos menesteres, es dificil levantarse.

Los viejos suelen ser mas “mulas” y existen muchos que prefieren vivir en la miseria antes de aceptar que deben cambiar de aires.

El viejo Claudio Ramòn era uno de èstos. Un hombre terco, con su fuerza incòlume hecha por el trajìn de ingrato labriego a mano pelona. Estaba por

cumplir los sesenta y ocho años de edad cuando perdiò lo ùltimo bueno que le quedaba en el mundo: sus tierras fèrtiles que le dieron de comer toda su vida, mismas que jamàs podrìa volver a sembrar con sus semillas y sus manos. Un hombre viudo, sin hijos, solitario, pero con una ternura construida sobre un amor ùnico y sin necesidades de reparticiòn.

A don Claudio le quedaba poco por lo cual sonreìr de seguido y a diario se encontraba dentro de su cabeza lùcida pensando en la muerte cuando el sol comenzaba a recostarse sobre el horizonte bajo e inalcanzable, sin cerros o montañas que le estorbaran al rey para decirnos adiòs con sus manos luminosas y rojizas. El canto sonoro y escandaloso de los pàjaros del alba o sus vuelos silenciosos bajo los atardeceres radiantes, las nubes algodonosas que surcaban el razo azul intenso del cielo diàfano, el aire fresco de la primavera o el ventarròn vaporoso y asfixiante del verano ardiente; las esperanzas ajenas de un buen temporal para aquellas parcelas; el saludo de sus cada año màs escasos amigos (muchos se estaban yendo a otras tierras y a otros tantos ya se les habìa echado la tierra encima). Todo. Todo en su conjunto le dejò de llamar la atenciòn y nomàs le alcanzaba el alma para sentarse por las tardes, con sus ojos fijos en la vereda que daba al poniente, a ver si al fin se encontraba con la santa hora.

Asì lo encontrò azucena aquella tarde de septiembre. Azucena, una niña de apenas doce años de edad, llena de vida como la naturaleza que la veìa crecer, llena de la belleza radiante de la flor llanera y silvestre, plena de la paz de las nubes y la alegrìa del ave cantora. Ella se plantò frente a aquel viejo derrotado por los recuerdos y le pidiò, por favor, le regalara un vaso de agua. Llegò y dejo escapar por entre sus labios aquella alma de algarabìa incontenible y mientras le contaba la atolondrada e infantil historia de una vaca que se le habìa perdido dos dìas antes, y mientras le preguntò con sincera preocupaciòn si la habà visto y le ordenaba que si asì habìa sido, le avisara pues les hacìa mucha falta a su familia y, ademàs, no habìa vaca que diera tanta leche y tan dulce como su querida “lucerito”; le arrancò, sin pedirle permiso, todas las flores silvestres que el viejo habìa dejado proliferar en su patio. Se despidiò de èl mostràndole el enorme y multicolor ramo de flores para explicar que las necesita para llevarlas a la tumba de su madre, quien muriò de una “malparida” hacìa ya dos años,

El viejo se quedò perplejo y no hablò ni cuando aquella pequeña con nombre de flor se llevò el jarrito de barro dònde le habìa regalado el agua.

Ni siquiera suspirò cuando Azucena se perdiò entre la reverberaciòn del telòn que se abrìa dando paso a unos de los atardeceres mas rojizamente radiantes que Claudio habìa visto sobre el mundo. Sonriò sincero al darse cuenta que la vida vale la pena nomàs por esos momentos tan plenos de naturaleza, momentos que son capaces hasta de despabilar a los muertos; el viejo se desparramò por completo en la hamaca desilachada y se permitiò el relajo en su cuerpo quedàndose dormido enseguida sin alcanzar a disfrutar el apago del incendio en el ocaso, sin alcanzar a ver como la tierra se tragò al sol para dar paso al tropel de las estrellas que aparecieron de golpe acompañando los gritos alegres de las cigarras quienes para esos momentos ya tenìan un concierto ensordecedor.

Al otro dìa se encontrò cantando sus canciones abandonadas en el baul de la amargura mientras le daba de comer a las gallinas unas tortillas que dìas antes habìa puesto a tostar sobre el tejado a la acciòn del sol. Para el atardecer el viejo seguìa con la alegrìa que empezaba a fugàrsele del pecho y pensò en la pequeña azucena; le sonriò en la imaginaciòn como lo hubiera hecho con una hija o nieta. Claudio se sintiò un viejo dulce, dulce recostado sobre la hamaca que en los ùltimos meses nomàs recibìa un costal cargado de mal humor y desesperanza. El viejo miraba la vereda, la misma vereda sobre la cual sus mirares se perdìan buscando la muerte hasta la llegada de la noche. Entonces la pequeña Azucena apareciò y el viejo corazòn empezò a latir con tanta fuerza que los sacò de su modorra de viejito y se puso de pie enseguida, bien entusiasmado.

Y el viejo ya no volviò a sentirse solo, y el entusiasmo se le iba poco, comìa mejor desde el dìa que esa pequeña florecita apareciò como un remolino de aire y tierra por la vereda. Se viò entonces sembrando màs flores, criando mas gallinas y puerquitos. Se animò a plantar una huerta de legumbres, pintar la vieja cerca de palos y hacerle arreglos a la casa, la cual dìas atràs estaba por caerle encima. Hasta sacò se vieja guitarra, le puso cuerdas nuevas de metal y cambiò su repertorio de canciones amargas, sin mùsica y sin chiste por otras màs alegronas, que hablan de la vida, de esperanzas y sentimientos candorosos, con tonadas y armonìas luminosas y explosiones de jùbilo bailarìn.

Sus entonces muy pocos amigos, ancianos como èl, se alegraban de que ese pobre hombre recobrara el ànimo.

Azucena y Claudio se hicieron grandes amigos de tardeada: se contaban cuentos, retazos de sus vidas y peripecias, compartìan comida, trabajo y algunos sueños. Se sacaban las liendres y los piojos. Y asì pasò un año y medio con el buen Claudio enmedio de una alegrìa sin fin y un ànimo restaurado. Azucena era el motor de su vida de viejito. Y un dìa todo cambiò. Todo cambia cuando el tiempo pasa, el tiempo no se detiene. Con el tiempo todo cambia, hasta los pensamientos.

Y la pequeña azucena cambiò; el viejo Claudio lo notò cuando ella se paseaba en la hamaca y se le volaba el vestido, cuando se agachaba con sus blusas holgadas; cuando Azucena miraba pasar a los muchachos a la escuela y les regalaba sonrisas pìcaras, coquetas a cuanto cabròn mocete. El viejo ya no pudo ser el mismo desde entonces y las tardes le sorprendìan ya no triste, sino màs bien rumiando una rabia sin camino de llegada, ni rumbo ni salida. Era una rabia rara, mezclada con un miedo sin motivo concreto, como el miedo a la aparecida del diablo: una angustia.

Y notò entonces que Azucena ya no era una niña, que habìa reventado en una flor despampanante, una flor de belleza abrumadora. Tenìa miedo, mucho miedo y lo que le enrabiaba era que poco a poco se daba cuenta el motivo de su temor: no era la florecida en su cuerpo de señorita, no eran los muchachos. Tenìa miedo que lo dejara solo; de quedarse solo otra vez; que lo dejara no como abuelito postizo. Era pues, que se estaba enamorando de ella. Enamorado y se diò cuenta cabal de aquello cuando la vio pasar acompañada de un mocetòn moreno y fuerte, tan bello como ella.cuando otro dìa pasò sin saludarlo ni levantar la vista para regalarle una mirada siquiera; se diò por convencido cuando se pasò una noche entera llorando e hirviendo su sangre de rabia y calor. Todo cambiò cuando comenzò a arrepentirse de conocerla, cuando sintio la odiaba.

Ya no pensaba en ella como quien piensa en su hija o nieta. Pensaba en Azucena como quien piensa en una mujer. Y claudio ahora esperaba todas las tardes que su flor apareciera por el camino del ocaso no para sentir que el mundo vale la pena: la querìa ver para amarla màs y odiarla cada que ella evitaba mirarle a los ojos tomada de la mano de aquel chamaco tan bello. Y todo cambiò cuando vio la hermosa imagen de un amor bajo el crepùsculo y el arrullo del suave aleteo de los pàjaros del atardecer y sus vuelos bajos y silenciosos. Los dos jovencitos se besaban arropados por los tibios rayos del sol y la tenue brisa que hacìa que los cabellos negros de Azucena

ondearan como la bandera perfecta de una historia prometedora que apenas comenzaba.

Para el viejo Claudio aquella hermosa imagen se encajò en su corazòn como una espina de cardenche. Una puñalada que lo dejò sentado, herido de muerte dentro su alma vieja que volvìa a arrugarse y amargarse como apenas un par de años atràs. Azucena se irìa de su vida sin decirle adiòs. No comiò en dias, no pegò sus pàrpados enardecidos de làgrimas y malos pensamientos. No querìa dormir; tenìa miedo entonces de dormir y despertar para darse cuenta de que aquello no era un mal sueño sino la realidad dura de la vida, de su vida miserable y solitaria.

Esperaba al menos que aquel amor se despidiera de èl con esa sonrisa y esa alegrìa pero Azucena jamàs se le volviò a parar enfrente.

Fue el viejo quien la enfrentò impulsado por la gasolina de sus làgrimas nocturnas, el suspiro diario bajo el sol y el aullido quemante de coyote lamentando la lejanìa de la luna. Saliò a encontrarla por la vereda despuès de cinco dìas de mal dormir y mal comer y con dos litros de mezcal chacaleño en el cerebro. Se le parò enfrente para dejarle caer encima todo el peso de su animal ponzoñoso que traìa enrollado e lo màs recòndito de su alma. La encontrò en la vereda cuando ya caìa la noche. No pudo decirle algo màs que tres palabras junto a su nombre de flor: “me has apuñalado, Azucena”. La jovencita no levantò los ojos del suelo hasta que vio el reflejo de las ùltimos adioses del sol en la hoja de un enorme cuchillo. Lo ùnico que se lo ocurriò fue meterse corriendo despavorida a los vainorales inmensos para huir de aquello que jamàs habìa visto: el odio de un alma rota.

Sus abuelos, muy viejos ya, la buscaron toda la noche en las desperdigadas casas de aquel gran valle. La encontraron cuando el sol apenas despuntaba: acostada boca arriba entre uno de los surcos de aquel sembradìo de maìz. La encontraron rara, muy seria y con sus ojos puestos en el alto cielo. Aun quedaban algunos destellos de las estrellas guardados bajo el vidrio de sus ojos. La encontraron vestida con un lienzo entallado y brillante pegado en su piel: un vestido escarlata adornado con flores silvestres de muchos colores.

Azucena fue sepultada el sàbado en la tarde para que todos sus compañeritos de la escuela y su novio pudieran despedirse de aquel pedazo

de alegrìa que ya era todo silencio y seriedad, como siempre hubieran querido que fuera su madre y sus abuelos. Su alegrìa muerta para siempre. Esa alegrìa que hacìa que a todo mundo le pelara los dientes...su brutal sonrisa, como botòn de flor. Azucena.

Noticia.

Nota roja:

“Detienen a septuagenario acusado de asesinar a mujer menor de edad.

La policìa ministerial detiene sobre un camino de terracerìa, en las inmediaciones de un poblado perteneciente a Salvador Alvarado, a un hombre de setenta años sospechoso de haber atacado sexualmente y apuñalar hasta la muerte a jovencita de tan solo catorce años de edad.

La mujer en menciòn fue encontrada muerta en medio de un charco de sangre entre uno de los muchos sembradìos de maìz que hay en esta zona.

A simple vista se pudo observar que la jovencita presentaba al menos treintaisiete puñaladas entre tòrax y cuello ademàs de huellas de haber sido ultrajada.

El sujeto, septuagenario, pudo ser ubicado gracias a la labor coordinada entre agentes de investigaciòn de la policìa ministerial y vecinos del lugar de los hechos.

Al cierre de esta ediciòn se pudo corroborar que el anciano de nombre Claudio Ramòn Favela Nuñez confesò que la asesinò el pasado dìa jueves veintidos de agosto. El torvo sujeto declarò que la matò por celos: estaba enamorado de ella.

El sujeto ya fue puesto a disposiciòn de un juez federal para que resuelva su situaciòn jurìdica”

 

Claudio Ramòn jamàs se sintiò tan mortalmente vivo como aquella tarde en la que el sol lo despertò con su ataque virulento hecho migraña y resaca moral. Estuvo vagando entre los vainorales llorando su dolor, todo manchado de sangre, vòmito y lodo. Recordaba los ecos de lo que habìa cometido y aun asì, entre su dolor fìsico y resaca emocional no sentìa remordimiento alguno,

Tampoco lo sintiò cuando, sentado en una de tantas veredas vio acercarse veloces, y en medio de una rojiza polvareda que nublaba la puesta de sol, a varias patrullas de la policia ministerial. Iban por èl para hacerle pagar. Lanzò un eructo sonoro y el tufo del alcohol le provocò un feroz mareo, y en medio de ese mareo vio a la pequeña Azucena correr con su alma feliz delante las patrullas. “¡entonces era ella!”-gritò horrorizado el viejo y entonces se levantò apurado y empezò a correr como loco pidiendo auxilio.

Cuando lo llevaban arriba de una de las patrullas, vapuleado y con varios huesos rotos, al viejo Claudio Ramòn se le escuchò murmurar entre sollozos: “era ella, era Azucena a quien tanto esperè dia a dia para que llegara a recogerme y arrancarme de esta vida tan culera. Ella era mi muerte y aun asì me tuvo algo de piedad y me regalò momentos como los que nunca tuve. Me hizo hervir pasiones que jamàs sentì. Ah! Mi Azucena. Tu eras mi muerte, la muerte que tanto esperè llegarà por el crepùsculo”. Eso fue algo de lo ùltimo que se le escuchò decir. Solo hablò una vez màs para declararse culpable y decir que se iba al fin a morir feliz.

Lo hallaron colgado por el cuello la misma noche que fue recluido en el centro de consecuencias juridicas del Estado. Uno de los reclusos condenado a cadena perpetua apodado el “gûerro liber” fue el encargado de ejecutar la condena carcelaria a todo violador y asesino de menores.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 17 Enero 2018 07:01

CUADRILÁTERO / Silvia Fernández Díaz /

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUADRILÁTERO

CUADRILÁTERO

Silvia Fernández Díaz

 

—¡Está acabado! —dice William al entrar en la cocina.

En un rincón, dos mujeres desgranan mazorcas en un barreño. Sus manos se detienen, levantan la barbilla y lo observan con curiosidad. William pisa una baldosa agrietada y se mueve hacia adelante y hacia atrás. Voltea su sombrero y, al recogerlo en el aire, la baldosa rechina con una regularidad lapidaria. La madre se acerca una mazorca a los labios y enseguida apunta con ella hacia el pasillo.

—Jim está durmiendo.

—Eso se lo creerá usted… Está en el club de la ciudad celebrando la derrota.

La madre, con una mirada incrédula, se vuelve hacia la chica.

—Ve a su dormitorio. No lo oí salir. Lo hubiera sentido.

El hombre avanza. Se sitúa ante de la chica y utiliza el sombrero de barrera.

—Quieta, Emily. ¿Qué pasa madre? ¿Acaso no me cree? Si yo digo que no está es que no está. ¡Y me alegro! —Se ríe—. No sabe, madre, cuánto me alegro. Precisamente de él tenemos que hablar.

La joven, al verse acorralada, mira de reojo a la madre y se vuelve a sentar. La mujer arranca tres granos de maíz. Los deja caer en el barreño.

—Tú dirás… Pero no lo oí salir.

—Ya lo sé, por eso mismo. Esta casa necesita un poco de orden. Y más después de lo de ayer.

—¿Qué pasó? Jim nos contó que fue mala suerte. Hizo lo que pudo, peleó con ganas, pero el contrincante era más ágil que él. Si le vieras con el labio partido, un ojo igual que una baya. Emily tuvo que curarlo.

—Sí, yo lo curé.

—Parece un adefesio. Le he visto tras la cristalera del club. Sus dos amigotes lo sostenían como si estuviera borracho. Apenas se mantenía en pie.

—Lo hará mejor la próxima vez. Tan solo es su primera pelea.

—¡Eso sí que no, madre! No lo compadezca. ¿Sabe cuánto habría ganado en esa pelea? ¿Sabe lo que ha perdido? Con ese dinero usted podría haber dejado de vivir en este rancho. Y ella hubiera podido casarse. ¿No te gustaría casarte, Emily?

La chica se encoge de hombros. Recoge dos granos de la falda, uno se le cae al suelo. Lo pisa. Se ríe con rubor.

—Pero, William… Ni siquiera tengo novio.

—Claro que no. Cómo vas a tener novio viviendo en esta pocilga. Como vas a tener novio si te pasas las horas aquí, pendiente de madre, con el puñetero maíz. Si el inútil de tu hermano hubiera ganado la pelea, te juro que ya no viviríamos aquí.

—¿Dónde viviríamos, Willie?

—En el rancho de Strong. Ese viejo murió sin familia y el rancho está en venta. Estuve viéndolo el otro día. Allí huele a leña quemada y a hierba. Aquí apenas se puede respirar. —Durante unos segundos se tapa la nariz con el sombrero—. Si Jim hubiera ganado la pelea, ahora mismo estaríamos en el rancho de Strong. Usted, sin hacer nada, como una reina sentada en el porche. Y tú, hermanita, eligiendo entre el montón de pretendientes que esperarían en la puerta para llevarte el sábado a bailar.

—¡Déjate de tonterías! Jim no pudo hacer otra cosa. Dice que ese hombre era una mala bestia, que se plantó delante de él y empezó a golpearlo como a un saco. Que el árbitro debió detener la pelea, pero no lo hizo. Si lo hubieras visto, no hablarías así. Traía la ropa llena de sangre.

—A mí es otra sangre la que me importa. El labio se le curará, seguro que el ojo se le deshincha, ¿pero no se acuerda de mí? ¿De la sangre que perdí en el accidente del tractor? ¡Maldita sea! ¿Qué piensa madre? —Se pone a la altura de la silla en la que la mujer

está sentada y la mira directamente a los ojos—. Si yo pudiera trabajar ni usted ni Emily estarían aquí desgranando maíz para cebar a los cerdos. Por mucho que los ceben, nunca ganaremos lo necesario para irnos de aquí. Si trabajase, hace años que nos hubiéramos ido.

Emily se levanta y se dirige hacia él que se incorpora.

—¿Qué podemos hacer, Willie?

—Aquí necesitamos un hombre. Jim ya ha demostrado lo que es. Estiércol. Un saco de estiércol.

—¡No hables así de tu hermano! No te lo consiento.

—¡Esta sí que es buena! A él le consiente perder la pelea, escaparse de casa, emborracharse en el club. —Gira el sombrero aplastándolo—. Y a mí no me consiente decir que es estiércol. Pero, ¿sabe qué, madre? Lleva razón. No es estiércol. Es mierda.

La madre se pone de pie y, temblando ligeramente, le amenaza con una mazorca.

—Si quiere que me vaya, me voy. Lo traeré arrastrando. Y delante de todos diré lo que pienso de él, lo que usted no consiente que diga. Siéntese, madre, siéntese y siga desgranando maíz en esta pocilga.

William se dirige hacia la puerta. Emily le sigue desatándose el delantal.

—Espera. Me voy contigo.

—¿Adónde te crees que vas? —La madre se interpone en el camino.

—Con él. Lleva razón. Quiero vivir en el rancho de Strong, ir a baile del sábado. Jim tiene la culpa.

—Si te vas a venir conmigo arréglate un poco, anda. No puedes ir de pordiosera. Se reirían aún más de nosotros. Bastante vergüenza pasamos gracias a Jim. Te espero aquí afuera, fumando un cigarro en el porche. Aquí dentro me ahogo.

 

**********

 

Por la noche, la chica aparece en casa. Las mejillas rojas, muy rojas. Con las sandalias en la mano cruza de puntillas el pasillo y, al abrir la puerta de su cuarto, la madre sale del suyo con una palmatoria en la mano.

—¡Qué susto, madre! Si parece un fantasma… —dice riéndose—. No me había dado cuenta hasta hoy.

—¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? ¿Dónde está Jim? ¿Lo viste? ¿Y William? ¿Dónde está William? ¡Contéstame!

—Fui con Willie al club. Jim ya no estaba. Pero sí el hombre de la pelea. Me quedé con él, madre. Todo el tiempo. Echó una moneda en la máquina y estuvimos bailando Love for sale —tararea la música.

—¡Deja de cantar! ¿Y Jim dónde estaba? ¿Y William?

—Me prometió que el sábado me llevaría al baile. Estuvimos ensayando mucho rato. Toda la noche.

Acerca la luz a la cara de Emily.

—Dime. ¿Dónde están?

—Me enseñó el dinero. Un sobre lleno de dinero. Dijo que fue muy fácil ganarlo. Que Jim no sabe pelear, eso dijo. —Se recoge el pelo en una coleta y lo deja caer—. Es tan simpático.

—Contéstame —dice la mujer, intentando agarrar la melena de la chica.

—¡No me ponga la mano encima! —Emily la empuja. La cera cae y una lágrima quema el camisón de la madre—. Nunca. Nunca más. El sábado bailaré con Miles. Luego me casaré con él. Pasaré todas las noches sin dormir, diciendo Miles en la oscuridad.

Emily da un pequeño brinco.

—¡No me hables así! Pareces una perra en celo.

—Usted ya no me manda. Ahora solo haré caso a Miles. Willie me ha acompañado hasta la verja y luego se volvió a la ciudad. Tenía un asunto pendiente, eso dijo.

 

**********

 

La madre prepara el desayuno en la cocina. Oye un golpe. Desde la ventana solo puede distinguir la espalda de un hombre caído. Las rodillas en los peldaños de la escalera de entrada y una mano agarrándose a la barandilla.

—¡Jim, Jim!

Sale corriendo de la casa, pero, ante la puerta, se detiene.

—¡Ah, eres tú! ¿Y tu hermano? ¿Qué te ha pasado?

—No tengo ningún hermano.

—¡Qué idioteces dices! Dime ahora mismo dónde está o no entras en casa.

—Me da igual, madre. Lo que quiero es una casa. Vivir en esta pocilga o no vivir, ¿qué diferencia hay? Esperaré que Emily se case. Me iré al rancho con ellos.

—Estáis todos locos. Me vais a volver loca. —Se aproxima a él—. Por última vez, dónde está Jim.

—Entre en casa. Aquí hace frío. —Intenta incorporarse inútilmente—. Déjeme descansar.

La madre entra en la casa. Comienza a dar vueltas de una estancia a otra, sin saber qué hacer, adónde ir, hasta que Emily sale del cuarto.

—¿Qué ha sido ese golpe? Lo oí desde la cama. Es Miles, ¿verdad?

—¡Vais a acabar conmigo!

—¿Dónde está, madre? ¡Es Miles, lo sé! —Sonríe—. Ha venido a buscarme.

—Que venga a buscarme a mí. Que me lleve enseguida. Quiero irme con tu padre.

Emily la mira rudamente y se aleja de ella. Se dirige hacia la entrada y ve a William en el suelo. Caído. Se agacha para levantarlo, pero él se resiste.

—Iré a por un botiquín para curarte las rodillas.

—Ni se te ocurra. Déjame en paz. Dejadme todos en paz.

Emily dirige la vista hacia la carretera. Comienza a andar indecisa. Luego con mayor rapidez, sin reparar en nada, caminando por la cuneta durante los tres kilómetros que la separan de la ciudad.

Tiene que hablar con Miles.

Es lo único que repite durante todo el camino.

Que tiene que hablar con Miles.

Y lo ve justo a tiempo, abandonando el hostal, con una maleta gris. La maleta que se mueve de un lado a otro, con tanta ligereza como si fuera la pluma de un ave.

—Miles, Miles. ¿Dónde vas? —No oye respuesta alguna—. Anoche dijiste que te quedarías conmigo.

—Eso fue ayer, querida.

Coloca la maleta ante Emily. La chica retrocede unos pasos.

—Pero ayer bailaste conmigo y me prometiste…

—No me importa lo que creyeras. —Su mano grande aprieta el asa—. Adiós.

Le oye silbar. Emily persigue los silbidos cada vez más lejanos. Tiembla sentada en la acera, con las manos en la cara. Ignora por cuánto tiempo, lo mismo le da. Hasta que alguien le agarra las muñecas.

—Hace fresco para estar aquí. Vamos a casa.

Solo distingue un labio con sangre reseca.

—No quiero vivir en esa pocilga.

—Te lo ordeno.

—Tú tienes la culpa.

—Yo solo perdí una pelea. —Se acaricia el labio dolorido—. Vayamos a casa y pregúntale a tu querido hermano. Es él quién te ha metido esas ideas absurdas del rancho, ¿verdad? Pregúntale a costa de qué, de dónde quería sacar el dinero para comprarlo.

Empuja a Emily de los codos. Se resiste. Arrastrándola consigue cogerla en brazos. Aunque su hermana patalea durante todo el camino, a Jim no parece importarle. Lo que le molesta es el aire en la cara, la quemazón en el ojo, el escozor en el labio. Pero no la suelta hasta llegar al umbral. Ella corre hacia la casa y, sin detenerse, pasa junto a William que está en la mecedora fumando.

Estira una pierna, como si pretendiese apagar el cigarrillo, en el mismo instante en que Jim sube el último escalón, tropieza con la zancadilla y cae. Inmediatamente, la madre sale de la cocina con un trapo muy sucio en las manos. Ve a William tirándose de bruces sobre su hermano, dándole un puñetazo y después otro más. Grita. No la escuchan. Se agacha para separarlos, pero resulta imposible. La mujer cae y, en el suelo, oye la voz fatigada de Jim: «Querías arruinarnos. A ella y a todos, ¿verdad?».

A su edad, no es sencillo levantarse. Hay que buscar un apoyo y, aún así, la madre tarda un buen rato en lograr ponerse en pie. Examina las rodillas magulladas, mientras sus hijos siguen peleándose, propinando patadas y puñetazos. Luego solo ve remolinos de arena y polvo arracimados en el porche, remolinos que se cuelan por la ventana de la cocina. Poco a poco, se desvanecen los resuellos. Casi a la vez que Love for sale empieza a sonar en el viejo gramófono. Y Emily, en un rincón, con la mirada perdida en las mazorcas, las aplasta al ritmo de la música. A puñetazos.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Lunes, 27 Noviembre 2017 06:37

DITA (Minificción)  /Mario García/

 

 

 

 

 

DITA

(Minificción) 

Mario García

 

Los demonios acechaban a lo lejos esperando el momento de atacar, después de días y noches de espera, baje la guardia. Ellos atacaron sin piedad, queriendo llevarse mi alma, reclamándola como pago por todo lo adeudado en el pasado. Fatigado, deje que me hicieran trizas, sus rostros se quedaron perplejos al ver que no había nada, que mi cuerpo estaba vacío, solo polvo en su interior. No lo entendían ¿Cómo un cuerpo sin alma? ¿Cómo era posible? Preguntando, queriendo saber, les dije que mi alma estaba a salvo, donde las historias viven a través del tiempo. Y desde el principio había sido así. Ella; Mi ninfa de los mil cuentos la había resguardado en medio de aquel libro que con tanto desvelo escribimos hasta el día de su partida.

Por fin mi vista se nubla ante el festín de mis enemigos. De a poco muero, mientras; un viento frio me lleva a ella.

 

-Te espere toda una vida...

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

JULIO CORTÁZAR

EL PERSEGUIDOR

Marco Ornelas

 

“Sé fiel hasta la muerte”, escribió Juan de Patmos en su Apocalipsis 2, 10. Cortázar lo toma para abrir el cuento El perseguidor. ¿Qué era lo que buscaba el saxofonista drogadicto y bohemio con su fidelidad al jazz? ¿Por qué Johnny Carter, renunció a todo, hasta su vida, pero siempre le fue fiel a su música? ¿Qué encontraba este negro jazzista en su experiencia musical para no traicionarla nunca?.

Julio Cortázar, además de escribir éste portentoso cuento: El perseguidor,

elevó su narración literaria a las alturas filosóficas. El relato cortaciano además de ser en suma placentero, esta sombreado por preguntas metafísicas que se van planteando a lo largo del cuento. El formato de la narración es llevado por la visión de un crítico de jazz y a la vez biógrafo del artista. Bruno, “el amigo” Bruno, nos va contando la historia de Johnny Carter, pero su crónica es sólo eso, una narración ordenada de la vida del jazzista, una enumeración de anécdotas, de vaivenes, de peripecias de la vida del músico. El que realmente habla y hace discurso en el cuento es Cortázar, desdoblado por su protagonista. Dudo mucho que el discurso que nos despliega Julio, el nacido en Bruselas, pero argentino por vivencias sea una ficción como su cuento. Más bien creo, que su cuento es un medio para desarrollar su pensamiento por lo menos en esta obra maestra. El narrador Bruno, desaparece junto con Dédée, la marquesa, Lan y otros, cuando Cortázar, habla por voz del negro prodigio. Esta lacónica historia le sirvió al autor de Rayuela, para decir, para mostrarnos sus entrañas teoréticas sobre el ser del arte.

En éste cuento percibo, o por lo menos esa es mi mirada de contemplación de esta obra literaria, una fenomenología estética. Ahora que rememoro la lectura del El perseguidor para escribir estas líneas, recuerdo que lo que me iba atrayendo de las palabras cortacianas, no era su maestría de la técnica narrativa, sino su pensamiento expresado en éste pobre y grandioso personaje. Verdaderamente lo que me hacia más sensual y placentera esta historia, era la lectura entre líneas, las ideas por demás coloridas del pensamiento arco iris de Julio Cortázar. Su verdad, que no era la Verdad del filósofo expuesta en un sistema, se difuminaba en la asistematización de un personaje ficticio. Para hablar del arte basta con hablar de los artistas y sus obras, sobran las fórmulas abstractas. Para hablar de lo importante basta con susurrar un poema o cantar una canción. Para decir te amo, basta mirar enamoradamente.

Julio Cortázar, escribió éste cuento para discurrir sobre la experiencia artística. Para escarbar en lo más hondo de la vivencia del creador de arte. Johnny Carter, es la máscara de donde sale el pensamiento de Cortázar. El argentino encontraba en la experiencia del arte un sentido para su vida, una respuesta para sus preguntas más intimas de ser humano. Las búsquedas de Carter, son las búsquedas de Julio. Las preguntas que se planteaba el saxofonista Johnny, fueron las mismas que se planteó Cortázar. Johnny Carter, fue fiel hasta la muerte, porque en su música encontraba las respuestas metafísicas, sólo profundizando en ella se le develaban los misterios del ser. Sólo trasgrediendo los límites, abandonando todo, hasta su propia vida, encontraría el sentido último de la existencia. Sólo Carter, bañado en su creación musical cruzó a la otra orilla, abrió “la puerta” Si para llegar a Dios, o desvelar los enigmas del ser, los hombres desde tiempos remotos han elaborado escaleras,sistemas y religiones. Carter renunció a todas la vías, el quiso caminar porel sendero solitario.

“No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta...”, se lee en El perseguidor.

 

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COMENTARIO DE “BELLA DAMA SIN PIEDAD”

Columba Moreno Rodríguez

 

 

Fue a partir del siglo XIX cuando el simbolismo se hace presente en la literatura a través de un movimiento que abrió brecha a la poesía moderna y cuyo interés se basó en resaltar las cualidades de la realidad cotidiana para colocarla por encima del ideal. El poeta francés precursor de este movimiento fue Charles Baudelaire, para quien el uso de la sinestesia resulta esencial para distinguir la otra realidad no presente en el texto. Confiere que la poesía se crece cuando esta se acompaña no sólo de palabras precisas o de frases bien eslabonadas, sino que es al agregar un componente fortificante cuando la poesía adquiere un atractivo más consistente y enriquecedor: el símbolo; y en el poema “Bella dama sin piedad” dicho elemento destaca al instaurarse una dicotomía entre Cisne y Muerte.

El objetivo de este trabajo será desgajar la construcción poética que de la Bella Dama hace una de las escritoras mexicanas más importantes del siglo XX, Rosario Castellanos (1925 – 1974). Nuestro tema es: La Dama se fusiona con el simbolismo que Cisne-Muerte proyecta a través del imaginario para re-surgir a una realidad más placentera que dará como resultado una tricotomía Cisne-Muerte-Renacer.

El uso del verso es libre. Hay una agudeza de sentidos que se pronuncian por trazar, a través de sus letras, un lienzo encubierto. La intención es que el misterio vaya siendo desvelado lenta y sutilmente. El recorrido que hace la mirada a través de los versos contenidos en cada una de las ocho estrofas, simbolizan el movimiento de las manos ávidas por descorrer el telón que nos permitirá observar el interior: el escenario que Castellanos ha montado para exhibirnos su obra.

La revelación llega, se da, y con ella una atmósfera sombría que confiere la significación de un acto concebido. Las imágenes que nos devuelve el poema, plasman en el semblante un halo de nostalgia por la presencia ausente. Nos instala en medio de una ceremonia de despedida en la que el cisne se convierte en el punto focal.

El cisne estaba consagrado a Apolo como dios de la música, por la mítica creencia de que, poco antes de morir, cantaba dulcemente. La imagen también se refiere a la realización suprema de un deseo, a lo cual se alude su supuesto canto (símbolo de placer que muere en sí mismo). Este mismo sentido ambivalente del cisne había sido conocido por los alquimistas, por lo cual lo identificaban como el “mercurio filosófico”.   (Cirlot Laporta, 1992, pág. 132)

El modernismo simbólico se da también en América Latina y es el poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), considerado el mayor exponente del movimiento y escritor de múltiples poemas inspirados en la imagen del cisne, el que alude a su significado y llega a relacionarlo con la expiración de la vida, pero también emplea la contraparte del significado original e incorpora una nueva connotación vinculada con la idea de resurgir, la cual se aprecia en el poema “El Cisne”, cito: “El Cisne antes cantaba sólo para morir. / Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano / Fué en medio de una aurora, fué para revivir”.

En “Reflexión sobre la muerte de un cisne poeta”, Pedro Leonardo Talavera Ibarra nos regala la siguiente definición:

El cisne –su belleza plástica, su baudelairiana desesperación ante el progreso, su canto premonitor de la propia muerte, su gracia y su elegancia-.

Rosario Castellanos integra como parte de la tradición, la figura del cisne, y con estos elementos es como fragua su poema, el cual está hábilmente concebido para interpolar, por una parte, la historia de una mujer que se encuentra embrollada en una ambivalencia: entre una realidad que no es la suya y un imaginario al que quiere pertenecer. La desesperanza es vuelta minusvalía, lo que resulta motivo suficiente para que Ella se proponga resolver el trance de su vida, originado desde el óbito de un antepasado; y así, transigir con la muerte a través de una acción concertada, el suicidio; y por otra parte: la inclusión de una mítica figura: el cisne, la cual viene a tornear la historia con matices calibrados y precisos que dan como resultado el ensamblaje perfecto.

 

SE DESLIZABA por las galerías.

No la vi. Llegué tarde, como todos,

 y alcance nada más la lentitud

púrpura de la cauda; la atmósfera vibrante

de aria recién cantada.

 

“SE DESLIZABA por las galerías. No la vi.” Es el reproche vuelto dolor el que asesta un duro golpe a la entereza del esposo, del compañero, cuando este se hace consciente de que la semilla de la ausencia había ido germinando, sin él sospecharlo, en lo más profundo del pensamiento de su ahora inasequible esposa. La muerte rondaba, se deslizaba por las galerías, y él fue incapaz de verla, no pudo advertirla; tampoco reparó en que, Ella, se había vuelto inalcanzable mucho antes de desaparecer.

Es a través del canto, a través de esa melodía enigmática, pero espectral venida de lejos, emitida por el cisne, donde Castellanos trastoca los sentidos para inducirnos, con sonidos asistidos por la morosidad de la cauda y con un aire cimbreante de fresca aria, a un ambiente de luto y tribulación.  

Es este el comienzo que Rosario eligió para edificar el antecedente de un suceso que irá construyendo de manera magistral, y así, lentamente, exponer la atmósfera que nos revestirá de sensaciones de tristeza y melancolía, pero también, por qué no decirlo, de paz; al exhibir lúcidamente el escenario que dará lugar a un juego de poder entre Eros y Tánatos.

 

Porque no es el cisne. Porque si la señalas,

señalas una sombra en la pupila

profunda de los lagos

y del esquife sólo la estela y de la nube

el testimonio del poder del viento.

 

En el poema se alude la añoranza por la esposa que ha decretado volverse estela, volverse viento, volverse sombra; sombra pasiva, inmóvil, que ha pactado su estadía con la profundidad del lago.

“Porque no es el cisne” es aquí donde Castellanos cristaliza el entorno del poema al hacer alusión a la figura del cisne; donde todo se conjuga para significar a Tánatos, quien se magnífica desde el instante mismo en que se convierte en la alternativa viable que otorgará legitimidad a un pensamiento por demás fraguado.

“Porque si la señalas, señalas una sombra en la pupila de los lagos” momento de la revelación, hazaña que da constancia del hecho consumado. Es la realización suprema de un deseo anhelado y madurado que la muerte le concede para Ella tener el placer de realizar el viaje por demás evocado. Es ese no-ser impuesto por una realidad poco alentadora, el que la coacciona para apetecer dar el gran paso hacia la reconstrucción, hacia ese nuevo comienzo que acontecerá lejos de este mundo.

Es la comunión de la muerte esbozada en la figura de una bella dama al fusionarse con el instante prometido, invocado. Es ese momento, esa brevedad, la que saciará un vacío para terminar colocándola, a Ella, en la ruta de la eternidad.

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Viernes, 24 Noviembre 2017 22:41

El temblor de Atzompa /Víctor Hugo Valle/

 

 

 

 

El temblor de Atzompa

Por Víctor Hugo Valle

 

…Nuria de mis bellas noches, en espigas florezco. Espirales negras de amaneceres perpetuos: entre tus piernas hay agua y entre las rocas un pozo. De ese camino he venido y en vano trato de volver. Iridiscencia de astilladas miradas apenumbradas. No somos más que huesos vestidos de piel, un vacío en forma de eco.

 

 

Arcadio escuchaba el viento corriendo en la penumbra. Las llantas cercenaban el arenal mientras el ruido del motor atravesaba el desierto. Sentía los ojos reventados debajo de la venda que le cubría el rostro, tenía las manos esposadas, la boca seca y las piernas entumidas. Llevaba quién sabe cuánto tiempo amordazado. Sentía el fresco de la noche sobre la piel, en tanto que los baches del accidentado terreno golpeaban sus costillas contra el suelo de metal de la pick-up. En cada ocasión, trataba de amortiguar el impacto con los codos, ya manchados de llagas abiertas por donde goteaba sangre. Sin aviso, la camioneta enfrenó y su espalda fue a dar contra el costado de la caja de metal. Su respiración fue un monologo en el silencio de la noche, sólo quebrantado, instantes después, por el suave aletear del motor y los pares de botas acercándose por ambos flancos de la camioneta. Abrieron la puerta de la caja y lo lanzaron al suelo cual costal de papas. Golpeó en seco la arena del desierto; aún estaba tibia por el despiadado régimen del sol. La venda que le cubría los ojos se había aflojado y en el inmenso cielo desértico pudo ver un cometa rajando el cielo con su luz. No le paso por la cabeza pedir un deseo, aunque inconscientemente sintió aquello como un presagio no pudo discernir de que se trataba. Le metieron las manos en los sobacos y lo pusieron de pie. Quitaron las esposas y la mordaza y con un cuchillo cortaron la cinta industrial con la que estaban amarrados sus tobillos. Entre balbuceos desahuciados rogó por agua. Arrojaron una cantimplora y la recogió del suelo para beber desesperadamente. Frente a él había una pala, después de beber el agua, levantó la pala y apoyándose en el mango se puso de pie, estaba débil y su cuerpo temblaba, sus piernas todavía se sentían como un manojo de trapos. Irguió la cara y pudo ver que le apuntaban con una escopeta de doble barril. El verdugo señalo un costado de la camioneta con el cañón del arma:

-Órale flaco, empiézale.

Arcadio respondió con una mirada llena de incertidumbre que se perdió en la sombra sin alcanzar el rostro de quien le daba la orden. La silueta del otro hombre se desvanecía en la tiniebla; solo podía ver el sombrero y la escopeta empuñada.

-¡¡En chinga que las pinchis tumbas no se cavan solas!!

Al escuchar estas palabras sintió vértigo y nausea; un tremendo escozor le recorrió los adentros.  Le pareció que las trémulas piernas se le hundían en la arena hasta llegar a un vacío. El viento despiadado agredía su rostro; sintió como un golpe en la sien, todo lo que pudo escuchar durante un momento fue un zumbido que le penetraba los oídos. De súbito, el rostro de su mujer se le apareció en la memoria, relampagueante e intermitente; desdibujándose bajo el fresco de los tabachines en un atardecer de abril. Empuñó maquinalmente la pala, tratando de alargar aquellos instantes taimados por la ilusión de la muerte. Arcadio dejó caer la pala sobre el arenal, estaba como ido, sabía de alguna forma que ya estaba muerto sin necesidad de habitar la tumba… Murmuraba cosas fuera de sí, palabras inconexas que no tenían sentido. Golpe tras golpe seguía impasible cavando una tumba que nadie podría visitar nunca. Estaba arreglando el camino que lo llevaría a la otra orilla. Lágrimas de muda angustia recorrieron su rostro lleno de mugre. La sal de su cuerpo convertida en agua recorría las costras de sudor y sangre que cubrían su piel. Durante un momento quiso escapar de su destino y la desesperación se apoderó de su alma en aquel solitario instante. Deseó con tantas ansias volver a pisar su tierra, besar las mejillas coloradas de su hija una sola vez más, empuñar su machete y pelar pencas de maguey, correr su caballo bajo el cielo azul de su natal Atzompa, en lugar de morir como un animal en el desierto. Sintió muy adentro un llanto tratando de escapársele del pecho, pero lo detuvo el orgullo; no podía dejar que aquellos malandros lo vieran llorar.  “Tan lejos de todo y tan cerca de nada”, se repetía resignadamente. Bajo la camisa empapada en sudor, tenía el crucifijo de plata obsequiado por su madre el día de su bautizo: “te acompañará hasta la tumba” le había dicho un día. Quemábale por dentro el alma; sentía unas ganas inmensas de gritar. Por vivir un poco más hubiera cambiado todo cuanto poseía, todo lo conseguido hasta ese momento… La vida siempre valdrá más que cualquier posesión, pero en ese instante, Arcadio no estaba tan seguro. Entonces se dio cuenta que su vida no valía nada y en medio de su resolución se supo abandonado al ver que nada podía hacer, sólo rendirse, dejarse ir como cuando se tiene que dejar ir cualquier cosa perdida. La ilusión de la posesión y el insaciable deseo son lo mismo; una forma necia de perdurar, un intento fallido por ganarle una carrera al olvido.  

 

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Viernes, 24 Noviembre 2017 22:31

Ella dice / Rocío García Rey /

 

 

Ella dice

 Rocío García Rey

 

 

“Ella dice: Yo estoy aquí delante de usted

Y usted no me ve, eso da miedo.”

Marguerite Duras

 

 

 

La tristeza y el miedo se convierten en símbolos de los que aquí habitamos. Hemos quedado mudos, pero no ciegos. Chocamos con el desastre en el momento en el que muchos desastres eran nuestra sombra. La ciudad crujió nos devolvió a la tumba de la que tal vez nunca debimos salir.

                Yo soy apátrida de la esperanza, aunque hay un cúmulo de hombres y mujeres que incluso en medio del desastre pronuncian la palabra voz.

Yo quise envolverme en la capa de la fortaleza y lo único que afloró fue una palabra marchita. Quise regarla con las lágrimas que se negaban a salir de mi cuerpo.

Un sueño ensordecedor que me conducía al mutismo, al bloqueo, a la desolación, un sueño devastador me eligió como su súbdita.

                Afuera las sirenas siguen siendo el concierto de los nuevos días. En medio de remendadas palabras soy partícipe del derrumbe de la ciudad y de la posesión de la rabia, la tristeza, el azoro.

Hay gente por la que me preocupo, mientras veo parte de mi biblioteca tirada en el suelo. Como el conato de amante de Ojos azules pelo negro,  lloro y necesito que alguien acuda a hilvanar mi miedo, mi soledad con un poco de luz. Esa luz debería tener forma de palabra, pero ese a quien yo creí amigo, amante, no responde.

Me presento en el escenario de la desolación. Me presento desnuda de alegría, inepta para creer que hay un porvenir. Me envuelvo en su silencio. No sé siquiera si me escucha, si me nombra.

                La ciudad desplazada de la zona del amor. Miento porque hay cientos de herman@s que mueven escombros, mientras a mí se me baja la presión arterial y sólo, entonces, hay en mí sueño, un suelo de evasión. Moriré aun estando viva.

                El que creí podría ser mi hermano, mi amigo, enmudece. Se aleja del escenario cada vez que le nombro mi dolor por los muertos. Está ahí, en la pantalla. Nunca ha llamado. Nunca llamará.

                 En la desolación soy consciente de que trataré de revivir releyendo a Duras. Es en el momento de dolor cuando comprendo cabalmente el desamor y la soledad de los personajes. También comprendo el grito la pasión fuera de escena.

                Las sirenas aún suenan. Los jóvenes en quien muy pocos tenían esperanza se han lanzado a las calles. Los albergues se tiñen de  nuevos pasos. Mis ex alumnos y alumnos son brigadistas.

                La ciudad nos implora que la abracemos y que no olvidemos su traza.

                Durante las noches leo y trato de remendar mis clases. “Usted no me ve eso da miedo”. Yo veo la fugacidad, las lágrimas contenidas, las calles cercadas y ventanas rotas.

“Usted no me ve, eso da miedo”. Busqué en quien refugiarme el día del dolor mayor de tan abrupta sorpresa. Le escribí para hallar un monosílabo que era la constatación de mi invisibilidad ente él.

                Mayor dolor hay en mis herman@s. Mayor dolor nos dejan las avenidas que en minutos fueron transformadas..

Ciudad inmensa, ciudad madre, te reconocemos aun cuando has mutado tu escenario. “Vivo en la Roma. Vivo en la Condesa”. Eran oraciones con una carga de distinción. Ahora también hay distinción: la de la horadada vida.

 

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Bús

 

Comenzaré por decir que algunas ciudades ofrecen grandes experiencias y diversiones a bajo costo, desarrollados en máquinas diésel que comúnmente llamamos bús y que sirven para trasladar a todo aquel(lla) valiente que se atreva a subir a semejantes bestias de acero —conducidas casi siempre por otras bestias, pero humanas—. Acapulco, en su mal intento de parecerse al D.F. —lo siento, CDMX— ahora tiene su Acabús. Son unidades coloradas por fuera y coloridas por dentro, plagadas de olores, colores y sabores que se mezclan extrañamente entre asientos grises-azules y puertas que se atoran. Vistos desde el exterior parecen autobuses cargados de sentenciados que son trasladados a cumplir su condena, caras largas, aburridas, ojos indiferentes y cuerpos incómodos confirman tal sospecha.

Yo subo a uno de esos gusanos colorados al filo de las 7:30 de la mañana cuando más atascado de gente viene en su ruta periferia-centro. Es completamente normal un apachurrón, empujón, machucón, pellizco o codazo. Un martes de verano observé en el reflejo del cristal subir a una hermosa chica que apenas entró tuvo que sujetarse de mi hombro para no caerse, a cada acelerón y frenón su mano se hacía más suave y poco a poco fue bajando hasta sujetarme por la cintura en un abrazo franco a dos manos. El bús siguió su trayecto y en cada estación fue vaciando sus vagones, mi estación para bajar se acercaba y yo me volví para conocer a tan hermosa criatura, la chica se había bajado hace rato, mi sonrisa fue correspondida por una octogenaria que me seguía abrazando fuerte.

 

Cuentos de un provinciano en la ciudad

 

 

 

Todos los lunes nos veíamos en un motelito por el rumbo de Álvaro Obregón, luego me enteré de que no era soltera, tenía hijos, vivía en Iztapalapa, el marido chófer de metrobús, marihuano, tatuado y perforado. Ella no paraba de decir te amo en cada encuentro: te amo apaga la luz, te amo ponte el condón, te amo ya me tomé la pastilla. Era diez años menor que yo y creo que nos estábamos enamorando. Un lunes le llevé flores, al cine, a cenar, me la comí a besos, sin sexo. Aquella noche la traté como una princesa y no la volví a ver jamás. La verdad me entró remordimiento, eso no se hace entre cuates y a Raúl lo seguía considerando mi amigo, ¿cómo iba a saber que su esposa trabaja en la Merced? Mejor ahí la dejamos, ¿para qué complicarnos la vida con gente infiel?, además yo también corría peligro, en una de esas se podía enterar mi mujer y me deja, y pues no, el matrimonio es sagrado.

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Domingo, 12 Noviembre 2017 22:22

CUMPLE /Guadalupe Ángeles/

 

Cumple

 Guadalupe Ángeles

 

¿Que hacer con esta sensación que me desequilibra en serio? ¿A qué demonio expresivo recurrir para que me perdone las diatribas o las engañosas loas que se me vienen encima como gotas de una lluvia muy tupida? Todas las palabras apretujadas entre la cabeza y el teclado. Sé que me queda fingir, hacerme la loca y empantanarme, negar que he sido atraída a este maremágnum de palabras que no me alarma elogiar porque, ¿quién de entre nosotros podría ufanarse de acertar con una manera así, alocadísima de ponernos en contacto con un mundo nada pequeño ni raro, sino no visto por nosotros, no visto por nuestros ojos extemporáneos, porque es un mundo que ya no está, sino fue, por allá por 1947, 1949? Escribir así, ahora, yo, como por encargo, desentendiéndome de mi ángel de la guarda (si es que existe y me mira), pues sé, que lo más que podría decirme es: “enjuágate la boca con agua bendita luego de leer tanta cosa salaz” o, si de plano no existe, concluir que todo sueño venidero habrá de tener esa tintura, esa textura dadora de lindezas tales como una ternura muy húmeda o una humedad muy deleitosa, en fin. En mi descargo no podría decir mucho. Sólo quizá que me emociona pensar que existe para todos esa estrella que insinúa, muy a las claras quien se puso a escribir un día y junto un buen número de palabras para decir absolutamente todo (¿será?) lo que hay que decir cuando un hombre anhela y desea (hablamos de sexo y vida, claro).

Anhelar y desear. El sexo como eje. He ahí la supuesta bipolaridad del texto. Sin embargo, algo se nos pega como un sonsonete de una canción muy hermosa escuchada acaso en sueños. Ninguna negación sería necesaria si pudiera decir simplemente que parece que alguien que está muy contento nos cuenta todo esto. Comentando todo el tiempo lo que hace. Dándonos a elegir entre varios enfoques como invitándonos a hacer la película de lo que leemos. Ver la mesa de los comensales desde éste o aquél ángulo. Considerar al solitario dejado en una sala amarilla como a una estatua que finge su inmovilidad. Enemigo de la inmovilidad precisamente quien todo esto nos cuenta. Se va de aquí para allá y no nos deja tranquilos, si a eso aspiramos, mejor cerrar el libro. Algarabía entonces, recorrer todos los caminos que se  le han ocurrido que anda el protagonista y ver de repente al hombre aprendiendo a manejar en pocas horas; saborear junto con él el clímax sexual más increíble o el tocamiento de manos más austero, meternos en sus pupilas cuando descubre un rostro y en esa nueva experiencia descubre que poco sabe de sí mismo (no lo dice nadie ahí, lo imagino ahora). Nada encontrado bajo la portada es azar. Nadie es azar aquí. Todos los personajes nos cuentan sus vidas haciéndolas. O en abrazos varios o en palabras nada vanas nunca es que se esbozan y cantan su cuento. Bendito ir de aquí para allá con un montón de dinero. Muerto sea el desencarrilarse de lo que llamamos beatitud o discreción o autoengaño. Es sólo que no piensa nuestro protagonista, cuando lo hace ve y escucha fantasmas que no existen, muertos devenidos hijos no natos. Así de loco. Así de estruendoso y sin embargo tan sencillo. Apto para el arte de embrujar con las imágenes y las palabras que podríamos tomar de la boca de cualquier ranchero del norte, de cualquier señora que se precie de ser muy correcta o de cualquier majadero deslenguado que hace gala de la más abyecta de las bocas cuando de hablar de mujeres de la vida galante se trata. O simplemente (creo) saber que ese sabor que nos queda luego de leer “Casi nunca” de Daniel Sada es el de la satisfacción por fin encontrada luego de trashumar como enloquecidos, buscando la desgracia o el final al fin masticado con denuedo desde todas las perspectivas posibles, pues siempre estuvo a flor de acción la traición, el desenganche nada más porque se le diera la gana a don Sada, pero no, cumple. Y se le agradece.

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Martes, 26 Septiembre 2017 18:52

MARA    / Viridiana Medina Talamantes./

 

 

 

Mara   

Viridiana Medina Talamantes.

(Ensenada, Baja California).

 

Dicen los ministeriales que fue el chofer. Dicen las redes sociales que fue tu novio. Dicen las feministas que fueron todos los hombres. Dicen los misóginos que fue por tantas libertades. Dicen los mojigatos que fueron tus padres, por no enseñarte a preferir un museo a un bar.  Dicen que no debiste dormir en un taxi.    

Yo no sé si tenías un novio extranjero, yo no sé si el conduce un Porsche, yo no sé si es celoso; yo no sé si extraños te fotografiaron en The Bronx; yo no sé si Ricardo N., fue huachicolero y yo no sé si robarle a Pemex sea proemio de la depredación sexual.

No sé si tu cadáver estaba envuelto en una sábana, no sé si era blanca, no sé si es del motel y no sé si también estaba la toalla; no sé si tu agresor uso preservativo, no sé si te estranguló para sodomizarte o enmudecer. 

que tengo miedo de salir de casa, de ir por la calle; sé que tengo miedo de abordar el transporte público, sé que tengo miedo de usar minifalda, beber cerveza, ir a la universidad, trabajar; sé que tengo miedo de salir de fiesta, ser sexualmente atractiva. Sé que tengo miedo a ser mujer.

 

                                  

 

 

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