Jueves, 05 Marzo 2020 19:13

compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros, Tamaulipas en 2019 / PARTE 2 /

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compilación de textos de escritores nacidos o radicados en Matamoros,

Tamaulipas en 2019 / PARTE 2 /

 

Beatriz M. Mérida

Beatriz M. Mérida. Poza Rica, Veracruz, 1980. Radicada en Matamoros desde 1995. Licenciada en contaduría. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha publicado cuentos y poemas en periódicos de la localidad de Matamoros.

 

 

 

 

Tarea Munchausen

Cierro los ojos y puedo recordar aquella vez que la tuve en mis brazos; su suave olor a lechita agria, los carrillitos tibios, su pequeño cuello que podía sostener con una mano, y el tono rubio en su vellosidad de recién nacida; apenas podía con mi entusiasmo, mi mano libre temblaba. Exhalé profundo y sumergí la punta filosa en el rollito michelín que tenía por brazo. La cantidad exacta de miligramos, no más, el resto es sólo paciencia.

Meses antes, estando de compras me había encontrado un adorno de pared en el departamento de bebés, era la silueta de un árbol con unas manzanas desprendibles; en cada manzana se coloca la foto del bebé y éstas a su vez adornan las ramas del árbol. Era perfecto para mi cuarto.

La nena de los carrillitos tibios era la segunda de mis víctimas y merecía un lugar en el árbol de la muerte.

Por eso cuando el profesor nos encargó de tarea escribir sobre “Dos niñas aparecen colgadas en un mismo árbol”, mi corazón latió muy fuerte, estuve a punto de pararme y salir corriendo.

Estar ahí no era casualidad, pasaba muchas horas en el hospital y el doctor recomendó una actividad ajena a mi servicio como enfermera:

—Es usted muy dedicada pero no puede seguir trabajando tanto; “escritura terapéutica” eso es lo que le recomiendo, inténtelo.

Y aquí estoy, viendo a mis compañeros del taller de escritura frente a mí, que atienden la clase atentos; y yo tengo que poner una mano en mi boca, tengo que cubrirla, no quiero que vean que no puedo parar de sonreír.

 

 

 

Alondra tiene una fobia

Le teme irracionalmente a la sangre y las heridas. Este padecimiento se llama Amicofobia. Pero si tienes la oportunidad de tratarla puedes incluso decir que es una chica normal.

Es sociable por naturaleza y suele saludar con una sonrisa; nunca se olvida de dejar algunos huesos en la banqueta para algún perro callejero y da una buena propina a los señores del camión municipal cuando entran a recoger la basura. Por la tarde, puedes encontrarla en el patio del vecindario o de casa en casa vendiendo productos de Avon. Y si eres “buena paga” nunca se olvida de indicarte las ofertas en el catálogo del mes.

Sin embargo, Alondra tiene un secreto. Su padecimiento se remonta a su niñez, de muy joven fue testigo del amor que se prodigaban sus padres y es que sus padres desde la primera mirada se amaron mucho. Pasaron más de 8 años juntos, pero ninguno de ellos fue un año aburrido: es verdad que hubo desacuerdos, pero también hubo reconciliaciones; alguna vez hubo peleas, pero también hubo pasión; claro que hubo rasguños y bofetadas, pero nunca se perdió la ilusión; había empujones, pieles rasgadas, moretones, la vida, la muerte; pero todo esto aderezado siempre de amor. Sin embargo, nada es para siempre y hasta lo bueno acaba.

Una vez el padre dejo de asistir a sus tormentosas noches. Y la madre, con la esperanza penelopesca en aquella interminable oscuridad, se esforzaba por mantener despierta a Alondra para que alguna de la dos oyera los portazos que daría el buen hombre anunciando su llegada.  Alondra no siempre lograba mantenerse despierta y entonces la madre la animaba a empujones, moretones y si hubiese sido necesario, la muerte. Pero al fin llego la muerte de la madre antes de acabar con la hija.

Desde entonces Alondra que ahora vive sola, no puede resistir el menor rasgullo en su persona sin sentir náuseas, mareos y unas ganas incontrolables del desmayo. La sangre, aunque sea ajena le produce un hormigueo salvaje en la piel y los moretones varias veces han estado a punto de hacerla gritar descontroladamente. Sin embargo, desde hace varios meses su problema es otro y tiene nombre: La señora Dolores.

Dolores Aldape le debe varios productos que no ha querido pagar. Y cuando raras veces Alondra la confronta, se atreve a difamarla diciendo que vende cremas que queman la piel y que está mezclando cosas extrañas a las lociones para realizar un envenenamiento hipoalergénico con el fin de eliminar al vecindario entero.

Alondra, que al respecto se mantiene callada y discreta decidió que hablara conciliadoramente con la señora Dolores. Pero mientras toca la puerta, la señora que la ha visto por la ventana la va a recibir con una bofetada.

Lo que Dolores no sabe pero que a ustedes lectores se los aviso, es que Alondra acabara por estallar. Y esta noche, provocada por Dolores, Alondra enfrentara sus miedos en un desahogo que acabara en una fiesta de sangre y desmembramiento. Pero para aquellos lectores que puedan tener Amicofobia hasta aquí relato los hechos.

 

 

 

La flaca

Con el café apenas me mojaba los labios con tal de verla. Entrar a esa cafetería gourmet todos los días era un lujo que no me podía dar siendo un estudiante que apenas tenía para irla pasando. Pero ver a la flaca paseándose por todo el salón, bien valía la pena, aunque tuviera que fingir por un momento, que no me interesaba su faldón rojo moviéndose de un lado para otro, subiendo las escaleras rumbo a la segunda planta de la cafetería, o el discreto bamboleo de sus pechos mientras bajaba a brincos con un trapo en la mano después de limpiar una mesa. Me gustaba todo de la flaca, sus ojos grandes e inquisidores que parecían dispuestos a desenredar todos mis secretos incluso en un ejercicio tan sencillo como era tomarme la orden; su cabello corto despeinado que le permitía mostrar con descaro un cuello esbelto y unas clavículas muy marcadas, yo no necesitaba mucho, ver la desnudez de sus clavículas era suficiente para imaginarla completamente desnuda, así: flaca. Su cuerpo era elástico, sus brazos parecían aumentar su tamaño cada vez que se estiraba para bostezar, sus hombros huesudos no se escapaban de mis besos imaginarios, su cintura breve podía caber entre mis dos manos o aquellas piernas largas y bronceadas que se asomaban de vez en cuando debajo de su falda gitanesca. Sabía de buena fuente que el sol de marruecos la había tostado así pues acaba de llegar de España, sus clases de intercambio terminaron y volvía a la dura realidad del estudiante que si no trabaja no come. Y ahora estaba ahí de mesera para mí, por lo menos para mi imaginación que no paraba de cogérsela en los bares, en el cine, en los callejones, en las aulas, incluso mis chaquetas mentales la habían penetrado hasta en la cocina de mi casa.

La casa en la que hacía ya un mes que no conseguía un compañero que me ayudara con la renta, la casa en aquel callejón del que me escabullía cada vez que la casera amenazaba con correrme si no encontraba con quien vivir. Las visitas a la cafetería se acomodaban a mi rutina como un consuelo para el regreso a mí dormitorio. Y aquella noche no fue la excepción. subir las escaleras, esquivar la luz de la lampara, meter la llave con sigilo para que después de tanto esfuerzo se abriera el portón de la casera y asomara la cabeza y su voz chillona:

—Ni te esfuerces, ya me hice cargo yo de conseguir quien se quede en la casa, nada más no te pongas tus moños porque si no lo hago yo tu no…— sentencio la casera.

No sé qué seguía después de eso tan sólo buscaba encerrarme en mi cuarto lo más pronto posible, antes que el nuevo inquilino descubriera que estaba ahí, no tenía humor para fingir una sonrisa.

Justo eso pensaba al pasar frente al cuarto vecino, cuando de la puerta abierta sale la voz de la flaca que despreocupada me muestra su torso desnudo, en pantaletas, el rostro embadurnado en crema y su mano tirante para saludarme.

Ella dice: ¡Hola! ¿Entonces tú eres mi compañero de casa, no sé, me da la impresión de que ya te había visto antes?

Yo no puedo articular palabra, me olvido de sus clavículas y mis ojos descienden fluidamente a sus pechos.

 

 

 

Troca pesada

“…todos tienen premio, todos…”

Emiliano Pérez Cruz

—Se lleva la “troca más chingona”— así me dijo aquel hombre, mientras me entregaba las llaves de la camioneta que acababa de comprar. Había escogido la “Troca más grande y pesada”, para limpiar de alimañas a mi barrio, así pensé, mientras sostenía el volante por primera vez. Ejecutar y huir, tenía que ser en tiempo récord, porque en cuanto descubrieran que yo era quien había matado a esos tipos, vendrían por mí. Todos estaríamos condenados.

Ellos ya lo estaban, lo estuvieron desde que compraron su primera camisa “polo” imitando al narco de moda; lo estuvieron cuando aceptaron su primer radio para trabajar con “la compañía”; mientras las novias orgullosas, publican agradecimientos a “la santa”, por su entrada a las grandes ligas.

Uno de ellos, con el que había comenzado todo: lo había visto subir estrepitosamente su carro en la acera. Fui testigo de cómo a gran velocidad embestía a una mujer que acabaría entre las llantas de su Mustang. El mismo sujeto asustado que fuera huyendo, era el mismo que horas después sacarían de la cárcel, tal como aparecía en el periódico aun con la mirada torva por lo drogado que estaba. De la mujer nada se dijo, solo un seudónimo “N” y la imagen de un cuerpo cubierto con plástico negro, sería su último recuerdo en mi memoria, en una memoria que recolectaba imágenes parecidas de la nota roja.

Y ahora él estaba ahí, justo frente a mí, en la esquina de mi casa como cada mañana con el “cambio de guardia”. Lo sucedido no había modificado nada. Aquel hombre cruzaba la calle para echarle un vistazo a los “huachicoleros” que se apostaban en un punto de gasolina clandestina.  Debí disimular, debí dejarlo ir un poco más, de ese modo nadie se daría cuenta o para cuando lograran descubrirlo atropellado, yo ya estaría lejos. Pero no fue así, la tentación era demasiada. De pronto me pregunté ¿Por qué solo uno? Mejor dos, mejor todos.

Dos eran los tipos que se hallaban en la Ben despachando, uno de ellos desde afuera de la camioneta vigilaba por rutina. El tercero era un comprador, ¿una víctima involuntaria? Un daño colateral me dije con ansiedad. A un metro de ahí, en un carro de cuatro puertas, la mujer que acompañaba al comprador cargaba a un niño de meses mientras se hallaba absorta arrastrando el dedo por la pantalla de su celular. Tres niños en los asientos de atrás jugaban y reían de cosas sencillas que solo los niños entienden. Aun con todo, y eso lo tenía claro, tarde que temprano: todos estamos condenados.

Entonces todo fue más fácil. Pisé el acelerador y me fui de frente hacia el primer hombre desapareciendo bajo la defensa. La troca siguió su marcha y me estrelle directo contra la Ben; el que vigilaba alcanzo a correr, los que estaban dentro se fueron de bruces contra el parabrisas del comprador. El comprador fue el más lastimado, lo prensé entre la camioneta y su carro mientras su mujer gritaba asustada, él bebe parecía como dormido y a los niños ya no los volví a ver.

A pesar del aturdimiento intente seguir con la idea de chocar mi troca contra otras personas que provocaban mi asco, pero no pudo ser la camioneta se negaba a prender. Alrededor de mí un grupo de personas intentaba comprender si solo había sido un accidente, si estaba borracho o qué pasaba.

Un hombrón envalentonado de esos que siempre abundan fue el primero en manifestar su indignación con una patada a mi camioneta; otros más comprendieron que esta era la señal para volverse hacia mí, furiosos. Entonces me pregunte un absurdo ¿Real, que es lo real? Y yo mismo respondí mentalmente: lo real es el dolor agudo cuando alguien te da un puñetazo y de pronto un puntapié en el estómago (y eso no lo encuentras en los libros), todo era más real, cada vez más, los gritos, el ulular de una patrulla intentando mi rescate. Alguien me tomo del cabello, un dolor intenso fue suficiente para sacarme de mi divagación.  Después de varios golpes y mordidas supe el significado esencial de la palabra Tupido. Pensé que se habían cansado porque sentí derrumbarse mi cuerpo.

Y entonces recordé lo silencioso que era mi patio por las tardes; los árboles crujiendo en sintonía con el viento; la luz del sol poniéndose, resaltando las letras de un libro en mis manos, un libro que te hace creer en el bien y el mal. En donde tú puedes ser el héroe al que nadie puede detener si lucha por sus ideales.

No conocía personalmente a ningún vecino, pero no importaba mucho porque mis constantes viajes no permitían muchas cercanías, había estudiado fuera y ahora era un extraño. Sin embargo, estaba enterado de lo que pasaba en mi barrio y lo que pasaba en la ciudad. Y en mi impotencia me creía diferente. Esta ciudad y el sol que lastima, esta ciudad y el viento que calma las heridas, esta ciudad y nosotros simulando indiferencia.

Ahora me encuentro aquí tirado y no escucho, creo que una patada reventó mi oído. No importa, de todos modos, en unos instantes estaré muerto. Lo sé porque los policías han llegado y no hacen nada por soltarme de las garras de la muchedumbre, hablan de algo gracioso que les paso en quién sabe dónde, hacen señas con las manos de lo bien que la pasaron, el compañero no le cree, el primero le jura con la mano en señal de cruz. Apenas se asoman por entre la gente, pero discretamente esperan a un lado.

Lo que veo más cerca es la cara de dos mujeres, una de ellas es la mujer que estaba en el carro arrastrando el dedo por la pantalla, ahora está grabando con su celular mientras me golpean, su satisfacción es mayor a su indignación o por lo menos así parece. La otra no la reconozco de ninguna parte, pero al igual que los hombres viene dispuesta a partirme el cráneo, está alzando una piedra y entonces… Y entonces apenas tengo tiempo para recordar la calidez de mi hogar y el olor a hojas nuevas de un libro.

 

 

 

Muy de mañana

Tenía un buen rato que los habían colgado. Sus verdugos entraban y salían del cuarto frio acostumbrados al cambio de temperatura. A tres los metieron dentro del camión, aquellos cadáveres ya no saben lo que es el dolor mientras brincan en aquel piso sucio, ensangrentado. Los llevan al otro lado de la ciudad mientras comienza a salir el sol. Los ejecutan muy temprano para que los cuerpos puedan aguantar el viaje, pero también porque es un horror oír sus chillidos ante la muerte que siempre se presenta lenta. Y es mejor hacerlo así, cuando la ciudad duerme e ignora.

Para cuando llegan a la carnicería Martin ya está ahí viendo llegar el camión y aun con sueño espera paciente las indicaciones. El patrón sale a recibir a los recién llegados, no siempre está de buenas, este es un día de esos, llega directamente a recriminar, le preocupa la hora, le molesta el aspecto, le molesta cuando tiene que sacar dinero de su cartera.

Martin que por el momento es ignorado, prefiere alejar su pensamiento de ahí. Entonces imagina una casita pequeña con techo de lámina, muy cerquita de donde le gusta pescar con sus amigos de la cuadra. Recuerda que tienen que ir casi de noche para poder llegar cerca del mediodía; entonces, cada quien trae lo que puede y todos comparten el almuerzo mientras comienzan a tirar los anzuelos. El grito del patrón lo interrumpe, a gritos lo intenta convencer de que es un retardado, que tiene cara de idiota, que su madre es una chingada. Y Él, para demostrar que nada de eso es cierto se sube a la bicicleta para repartir los pedidos, más por alejarse de ahí, menos por seguir las órdenes. El día comienza y algunas veces sueña con tener una casa como las que visita: de amplio espacio, grandes bardas, camionetas enormes y vidrios polarizados. Otros días tan solo se conforma con imaginar, algún día muy de mañana, ver colgado a su patrón, como a los puercos que llegan a la carnicería.

 

 Por fin me animo

Y por fin me animo y digo:

—Me gustas, Blanca.

Me mira profundamente por dos segundos y comienza a ponerme el condón y entonces me dice: el precio es el mismo de todos modos.

No puedo evitar un suspiro y acaricio su cabello: —estuve pensando en ti, pero no me había animado porque aún no pagaban.

Ella solo responde con una carcajada y se sube a la cama.

Se ha soltado el cabello, se lo alisa presumiendo uñas postizas, el olor a sudor se mezcla con la fragancia de moda entre las demás mujeres, aunque en ella siempre es adictivo.

Me sumerjo en cuerpo y mente sobre su espalda.

Ella después de dos intentos alcanza su bolsa CK

La volteo boca arriba para besar sus labios; ella hace muecas y me mira con fastidio.

Quisiera que esa media hora se alargara porque el dinero no alcanza. La descubro mirándome de reojo, finge no importarle; por fin encuentra su celular y comienza a arrastrar el dedo por las redes. El final de la transacción se acerca y por primera vez ella suspira por mí.

Terminamos, su ropa, mi ropa y los que están detrás de la cortina me dicen que se acabó el tiempo. La chispa en sus ojos escapa y le vuelve la sombra de la incertidumbre. Yo salgo esperando el siguiente viernes para volver a mirar a mi Blanquita.

 

 

 

Brissa Ochoa

Brissa J. Ochoa Camacho. H. Matamoros, Tamaulipas. 1990. Profesora egresada de la Escuela Normal J. Guadalupe Mainero. Participa en el Taller de Creación y Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 

 

 

 


 

 

Hombre wayak’

—Si alguien me preguntara desde hace cuánto habito este lugar, no sabría qué contestarle. A alguien (o “algo”) como yo, el concepto de tiempo le termina siendo vano. Podría decir que he visto nacer y morir a cientos de árboles y que, desde que tengo razón, he jugado con el viento, el agua, la tierra y todo lo que en mí pueda existir. Pero si me preguntaran desde hace cuánto soy el hombre wayak’ diría que desde hace diez días.

Fue ese aroma, así inició. Llegó de la nada para envolver y eclipsar cualquier otro. Dulce, suave, ácido, intenso… lo seguí mientras intentaba descifrarlo, y cuando al fin encontré el origen del cual provenía, no pude hacer más que contemplar. En un principio no me pareció algo extraordinario. Conocía a los de su especie, al hombre. De vez en cuando merodeaban en grupo por mis alrededores y cazaban a mis animales; pero ella tenía algo diferente, hipnotizaba y cuando lo advertí ya era tarde.

Su oscuro cabello le caía en finas ondas hasta la cintura, balanceándose a la cadencia de sus pasos que, a su vez, iban dejando una débil huella sobre la tierra humedecida de aquel sendero. Su complexión, delgada y ágil; y esos ojos brillantes color ámbar que contrastaban con su piel cobriza, despertaron en mí algo que pensé destinado solo para otros.

 Habría caminado un buen tramo desde que yo la observaba, parecía alerta, y poco a poco sus delicados movimientos fueron adoptando un singular recelo, hasta que no dio un paso más. ¿Quién anda ahí? preguntó y recorrió con la mirada el lugar esperando una respuesta, pero allí no podía haber nadie para contestarle, no sin que yo lo hubiera percibido antes. Será mejor que salgas de tu escondite advirtió. Y por un momento, pensé en la posibilidad de que me estuviera hablando a mí, que supiera de alguna forma de mi presencia, que la observaba, pero ¿Sería eso posible?

Continuó su camino y se desvanecieron mis dudas mientras ella seguía adentrándose cada vez más hasta que la noche se lo impidió. Fue ágil al encontrar refugio, más que cualquiera que hubiera visto antes. Y ahí se quedó dormida, entre los nocturnos susurros del lugar.

Pasaron los días, y para entonces ya me había acostumbrado a su aroma. Fui su acompañante en largas caminatas, su protector, su público, su servidor, su. Y así estuvo bien durante un tiempo. Hasta aquella ocasión en que la vi desnuda, cuando se encontró con un brote de agua de rocas y comenzó a desvestirse. No tardó mucho. Una a una, sus prendas cayeron sobre la tierra mientras se acercaba apresuradamente al agua. Al llegar al borde ya nada la cubría, sin embargo, se detuvo. Y acarició su mejilla con el dorso de la mano mientras se veía reflejada en el manantial.

Su piel se erizó al primer contacto con el agua helada. Se sumergió y me sumergió por completo. Lo que tenía, a lo que estaba destinado, ya no era suficiente. ¡Quería ser un hombre! Y bajo una condición, con ayuda del viejo jorguín, me convertí en uno. En el hombre Wayak. Tardé tres días en tenerla de frente, y siete en hacerle el amor. — le dijo él mientras la abrazaba por la espalda, atento.

La posibilidad de que no le creyera eran grandes, pero tenía la esperanza. Una esperanza que se iba haciendo más y más pequeña mientras ella, inalterable, observaba las ramas mecerse bajo el claro lunar.

—¿Y…? — dijo la mujer al fin. —¿Cuál era la condición?

—Diez días. — Suspiró. Hubo un largo silencio y ambos se quedaron dormidos.

A la mañana siguiente ella despertó sola. Preguntándose si aquello habría sido un sueño o una alucinación. Tomó el montón de hierbas, frutas y hongos que estuvo recolectando en el camino y fue arrojándolos, poco a poco, durante todo el trayecto, hasta que traspasó los límites del bosque y desapareció, llevándose su aroma.

 

 

 

 

 

El tabla y el dutar

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Naaham siguió aquel sonido melodioso como la serpiente hipnotizada sigue el del pungi. No podía ver al músico, pero imaginaba a su padre, sentado sobre una alfombra, tocando con destreza y perfección. Esos recuerdos representaban lo más cercano que algún día estuvo de la felicidad. Fungían como arma, endeble, pero fiel, contra su suerte.

Naaham caminó sin detenerse hasta llegar a la entrada del concurrido salón justo cuando un hombre anciano y flaco, rasgaba el par de cuerdas con la nota final. Su ilusión se esfumó, como una chispa que prende y desvanece sin que apenas pudieras notarlo. Y dolió. Y se recriminó en silencio por permitirse siquiera soñar que sería él. “Él está muerto” escuchó en su cabeza la voz de Fadil, su hermano, repitiéndoselo por milésima vez.

 Habían pasado seis meses desde que su padre salió de casa y no volvió. Fadil escuchó que los talibanes atacaron el sur de Kabul por esas fechas, y entonces decidió que había muerto. Prefería creer eso, de otra forma tan solo sería un hombre cobarde que huyó dejando a su familia desamparada en medio de una guerra cruel y eterna. “Espero que esté muerto y si no lo está, espero que no vuelva” le decía Fadil constantemente a Naaham, pero este se negaba a aceptarlo, deseaba con fuerza que estuviera vivo. Aunque eso solo significara que los había abandonado.

Un hombre de barba prominente levantó la mano derecha como señal a los espectadores, y la dejó caer en su instrumento iniciando la percusión. El bullicio comenzó a disiparse. Más de cincuenta hombres dejaron sus conversaciones a medias y en menos de diez segundos todos estaban sentados, sobre ostentosos almohadones de seda, dejando un gran círculo vacío en medio del lugar.

A espaldas de Naaham se escuchó el tintineo, rítmico y constante, de los cascabeles que adornaban los tobillos de un chico parecido a él. Parecido en una forma extraña y dolorosa. Y sintió escalofríos. Nadie querría tener algo que ver con un chico como ése. Nadie querría tener algo que ver con un Bacha Bazi.

Naaham observó su andar tintineante, firme y pausado; su mirada, lánguida y profunda; sus movimientos, elegantes y diestros. Tenía la agilidad y el semblante de alguien que ha hecho algo que odia durante tanto tiempo que se vuelve experto en eso. Y sintió pena por “él” quien caminaba pareciendo “ella”. Con el cabello largo hasta los hombros, la bata de seda azul brillante, las pulseras, los anillos, y el rostro maquillado. Arreglado y entrenado para divertir a un grupo de hombres maduros de prendas finas y miradas lascivas. Puesto a la merced de sus deseos desordenados e incontrolables, de noche y de día. 

El tabla y el dutar comenzaron a sonar. Una melodía triste acompañaba las contorsiones del Bacha, quien se colocó de rodillas en medio del salón para dejarse caer lentamente hacia atrás hasta que su cabeza descansó en el suelo y todas las miradas en él. Así inició la aclamada coreografía. Con suaves espasmos fingidos que fueron, junto a la música, tomando fuerza hasta ponerlo de pie. Los presentes contemplaban sus movimientos, sensuales e insinuantes, que abrazaban la música y jugaban con ella y su compás mientras él, experto en ello, los envolvía de una forma sutil. Les sonreía, los engañaba.

“Un festín para su excitación” pensó Naaham mientras observaba a la multitud aplaudiendo la deshonra del chico y a los más pudientes decidiendo su suerte para esa noche; y se le revolvió el estómago. En ese momento recordó la primera vez que vio a un Bacha. Fue de una forma menos real, menos cruda. Tan solo era una imagen en el papel que adornaba un disco que, según el título, contenía a los seis mejores niños danzantes. Él y sus dos amigos venían del río, un día de mercado. Encontraron el puesto sobre una calle transitada que les quedaba de paso y se detuvieron a husmear.

—Cerca de mi casa se llevaron al hijo del hombre que vende las alfombras. Dicen que ahora es uno de estos — Dijo uno de los chicos señalando el papel con el dedo índice. — Agradecido estoy de ser feo— finalizó. Todos rieron, porque reír era lo único que les quedaba y una forma, inútil, de esconder su miedo. 

—Mi primo ha ido con ellos por hambre disfrazada de voluntad propia, dice mi padre. Un año más y lo echan fuera porque no tarda en salirle la barba. Demasiado viejo para eso.

—¿Y qué edad tiene? — preguntó Naaham.

—Catorce— Hubo un silencio. Naaham era el más pequeño de los tres, todavía le faltaba un par de años para tener catorce, le saliera bello en el rostro y estar a salvo — Estas jodido.

Esta última aseveración le quitó el sueño a Naaham esa noche. Y un año después, en aquel salón, mientras veía el oscuro panorama, le volvía hacer eco. “Estas jodido” repitió en su mente. Y los ojos del Bacha se clavaron en los suyos, como si le hubiera escuchado y estuviera de acuerdo. Fue solo un instante, tan breve. En otro momento no habría puesto demasiada importancia, quizá tampoco se habría percatado de la leve inclinación, parecida a una reverencia, que le concedió el bacha como un gesto de sombría solidaridad.

—Le baila al amor — dijo un hombre viejo, llamado Habid, a espaldas de Naaham quien frunció el ceño con desagrado reconociendo la voz al instante — ¿No lo crees? — Cuestionó el hombre de manera tajante al no recibir respuesta. Naaham se quedó pensativo.

—Sí, eso creo. — mintió.

Mintió porque si estuviera en otro sitio, donde sus palabras fueran suyas, diría que el chico de los cascabeles en los pies, a quien todos llamaban “Bacha”, le bailaba al dolor o quizá, a la muerte. Le bailaba a la oscuridad o al deseo suicida. Le bailaba al futuro que le arrebataron, pero no al amor porque, en realidad, no lo conocía.

Habid sacudió el cabello de Naaham y se puso en cuclillas, frente a él, para darle voz a sus pasos. —Es tu turno. — dijo y Naaham pensó nuevamente en su padre “¿Qué pensaría él si estuviera aquí?” Y sus pies tintinearon; y por primera vez estuvo de acuerdo con Fadil. El tabla y el dutar comenzaron a sonar…

 

 

 

Admonición

Los hombres ardilla vinieron a mí sin previo aviso. Ni siquiera una pista o señal que sirviera para amortiguar la noticia. Los llamé así porque ninguno dijo su nombre. Y todos tenían en su aspecto una ligera similitud con esos roedores. No digo que fueran iguales. Sus alturas y tallas diferían demasiado. Eran sus ojos, pequeños y redondos, y el par de dientes frontales que sobresalían hacia abajo los que inspiraron el sobrenombre.

Aquel día el sol me ganó la carrera. Se coló por las rendijas de las persianas y me restregó su tórrido triunfo en la cara, obligándome a despertar. Cuando uno se hace viejo, comienza por adoptar un patológico gusto por establecer conexiones inanimadas. Algunos escogen las plantas, una prenda, una singular piedra de río, la mugre o…, qué se yo de las locuras del mundo. Eleazar, mi amigo desde la infancia, peleaba con el chirrido de la puerta trasera que daba a su jardín. Estaba convencido de que ese sonido existía con el único propósito de molestarle y que la puerta, por alguna extraña razón, tenía algo en contra suya. Como dije, las locuras del mundo.

—Has ganado, ahora largo. — espeté mientras cerraba las cortinas. Y al girarme vi a una niña de aspecto escuálido observándome desde la puerta. Parecía divertida con mi monólogo.

—¿Quién eres? —indagué, pero antes de terminar la pregunta, se había marchado. Dejando el eco de sus piececillos rebotando por el corredor.

Antes de pensar en lo extraño que eso resultaba el recuerdo de mi hija apareció como un fragmento de película vieja y entrecortada. Con manchas en forma de círculos coloridos que no me permitían ver su rosto. Mi hija tenía la edad de esa niña de la puerta, cuando mi esposa murió. Pobrecita. Perdió a su madre a una edad en la que todavía no se asimila la muerte, pero sí el amargo sabor del abandono. Solo le quedó medio padre. Lleno de culpa, lleno de nada. Y sentí la frialdad en el pecho comprimiéndose porque sabía que iba a ser un día de ésos en los que la memoria no te deja vivir. Recordándote con detalle el infortunio que tú mismo te provocaste.

Entonces los escuché. El golpeteo de sus herramientas, el sonido de sus pies pesados al andar. Eran ellos. Fui hasta donde estaban e intenté hacer que se detuvieran, pero no me escucharon. Y tampoco me esforcé. Me quedé observándolos trabajar por un largo rato hasta que me percaté de que también yo era observado. A lo lejos, por el borde de la barra que conectaba con la cocina, sobresalían los ojos curiosos y el cabello medio enredado y tostado de la niña. Cuando quise acercarme corrió para abrazarse de las piernas del hombre más viejo, quien puso su atención en ella y después en mí.

—Venimos a arreglar el cable —dijo, pero no se acercó. Quizá porque no le gustaban las formalidades. Quizá porque yo aún seguía en ropa de cama o quizás también, porque sabía que eso era lo mejor. Asentí y volvió a lo suyo.

Atravesé la sala con la infausta velocidad que mi ser consentía. Con la indiferencia de lo ajeno y lo común mezclándose hasta convertirse en nada y en todo. Y llegué a la cocina, en el cuarto contiguo, para encender la cafetera tal como lo hubiera hecho en un día corriente. Sin hombres ardilla, sin niña.

Me senté a la mesa y cavilé sobre el tiempo que habría pasado sin que otra persona pusiera un pie en mi casa. Además de Eleazar, claro está. Tal vez serían tres años o dos, seis o cinco, no podía estar seguro. Y pensé en lo patético que resultaba que esos hombres de overol ocre y rostro singular; y esa niña, rompieran la cuenta. Después de todo solo iban arreglar el cable. Después de todo yo no los había llamado y, tarde o temprano, notarían su error y tendrían que irse. Sí, quizá ni deberían de contar.

Me serví el café en la taza de siempre y disfruté su calor en las palmas mientras lo acercaba a mi rostro para inhalar su aroma y beberme su paz. Ahí me quedé parado, de cara a la pared y a los cajones de la cocineta. Así acostumbraba a hacerlo.

Después de algunos minutos una pequeña silueta se reflejó en uno de los adornos, pero esta vez no intenté nada. Aguardé en el mismo lugar hasta que vacié mi taza y la acomodé en el lavaplatos. Luego caminé sigiloso hasta una de las sillas. Como cuando estas frente a un ave y no quieres que vuele, solo para seguir observándola. Ella era mi ave. Asustadiza. Y debía tener precaución si quería que se quedara. No lo hizo. Regresó a la habitación donde estaban los tres hombres y merodeó por un instante hasta que uno de ellos, en un movimiento que pareció desarticulado, la tumbó contra un mueble. Lo que provocó que uno de los jarrones cayera al piso esparciendo sus pedazos de cerámica por todas partes.

El estruendo me trajo a la memoria aquel día cuando el cristal de la ventana cedió a los golpes y sus minúsculos trozos regados brillaban amenazadores. Ese día, cuando mi madre me quitó a mi hija. Porque según ella (y tenía razón) mi casa no era un lugar seguro. No puedes saber con certeza lo que serías o no capaz de hacer hasta que lo has perdido todo. Enfurecí y quise golpearla, pero no pude. Y no por los motivos razonables. No porque fuera buen hijo y ella mi madre. Sino porque, lleno de rabia, tropecé con mis pasos y caí al suelo como un costal lleno de mierda, pestilente e inútil que, como tal, solo era digno de repulsión. Pero mi hija no me veía de esa forma, extendía los brazos hacia mí y lloraba, mientras yo maldecía con ojos desorbitados y la sangre atestada en alcohol. Los años siguientes fueron una nebulosa en mi vida. No la vi en todo ese tiempo y si lo hice, no podía recordarlo.

Quité las lágrimas de mis ojos y fui hasta donde estaba la niña, ya de pie, palpando con cuidado una pequeña herida en su antebrazo. Me miró frágil, inocente, desprotegida. Había algo en sus ojos que me recordaba a mi hija. Había algo en su pelo, en sus mejillas, en su miedo. Había algo de ella que era mi hija y quise abrazarla. Pedirle perdón. Decirle que ahí estaba yo para protegerla como no lo había hecho antes. ¡Que impotencia, querer salvar el pasado…!

Y caí en cuenta que los hombres seguían ajenos. Cada uno con la mirada fija en su labor, sin inmutarse. Me dirigí al responsable del incidente y me desahogué diciéndole cosas que ignoró de espaldas. El hombre de la derecha volteó a verme, parecía el más joven, señaló con el dedo índice su oreja, negando con movimientos suaves. Y siguió trabajando.

—Locos. — dije y encaminé a la niña hasta el sofá a que esperara mientras yo iba por las cosas para limpiar su herida.

Cuando volví los hombres ardilla estaban en fila frente a mí, y la niña abrazaba los pies del más viejo.

—Nos vamos— dijo el hombre mientras cargaba su caja de herramientas.

—Pero no han terminado— contesté. No sabía qué decir para retenerlos. Quería que se quedaran un poco más. Quería curar a la niña, a mi hija, a mí.

—Será otro día— y se marcharon.

Regresé a los rastros del jarrón y esculqué entre ellos buscando no sé qué para distraer la mente. Metí una mano debajo del sofá en busca de más trozos, y sentí el gélido contacto con las baldosas que me pareció extrañamente confortable; me dejé caer, poco a poco, hasta que todo mi cuerpo descansó en el piso. Ahí tirado lloré hasta quedarme dormido.

Cuando desperté era noche. No supe qué hora, quizá de madrugada por el completo silencio. Todo ahí me pareció vacío. Ese zumbido, la intrusa luz del farol y mi cuerpo tremulante me inspiraban algo. Bien podía ser miedo, o tristeza. Ni siquiera intenté levantarme ¿Para qué? Daba igual si el sol me encontraba en el suelo o en la cama. Esa vez yo le había ganado, y por mucho.

Cuando vi a Eleazar, a la mañana siguiente, parecía alarmado. Pude notarlo desde que asomó por la ventana. Qué desagradable impresión habrá sido verme ahí tirado y pensar lo peor. Antes de darme cuenta ya estaba de pie. Abrí la puerta, pero ahí no estaba Eleazar, sino la niña y los hombres ardilla.

—Venimos a terminar lo que dejamos pendiente— y di media vuelta para dejarlos pasar.

 

 

 

 

 

 

 

Edgar A. Rivera

Edgar A. Rivera. (H. Matamoros, Tamps, 1989). Licenciado en Educación, recién descubrió los talleres literarios. Vive en las afueras de su ciudad natal con su esposa y sus dos hijos. Asiste al Taller Literario del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros.

 

 

 


 

 

La pelota

La pelota voló en curva y entró por una de las ventanas del segundo piso. Apenas dio el puntapié, al pobre niño le comenzaron a llover insultos y abucheos. La ventanita por la que el esférico se coló limpiamente no medía más de un metro y hacía tiempo que le habían quebrado los vidrios. Si alguna vez Miguel se hubiera propuesto hacer un tiro como ése, jamás lo habría logrado; intentaba meter el balón en la portería delimitada por dos piedras en la calle y no en la casa abandonada. La proeza era de una vergüenza enorme.

— ¡Ves por el balón Mantecas, rapidito! ¿Qué te quedas ahí parado? —lo presionaban sus compañeros de juego. —¡Muévete gordo!, el balón no se va a traer solo.

Miguel se acercó a la casa y permaneció unos instantes entre dos columnas de concreto que marcaban el límite entre la banqueta y aquel recinto. Era una casona tipo americana, de madera y techo alto de tejas que había quedado abandonada, y al cuidado único del tiempo durante años. Había sido la casa más hermosa del vecindario, con paredes rojas brillantes, un bello ante jardín de rosas y tulipanes, y un pórtico alto con columnas blancas donde todas las mañanas el aire se empapaba del canto de periquitos que revoloteaban dentro de sus jaulas. Eso fue años, antes de que Miguel naciera. Al día de hoy, las paredes apenas lucían un rosa muy pálido y eran poco a poco consumidas por el verde de enredaderas que crecían desde uno de los costados. Pocas de sus ventanas mantenían algún resto de vidrio empolvado. Era el tipo de casa de las que se inventan historias. Se decía que por las noches se escuchaban gritos y llantos provenientes de sus habitaciones, que era hogar de brujas horribles que se transfiguraban en lechuzas y salían volando de entre el tejado maltrecho; que había muerto un niño, que la habitaba la llorona, muchos cuentos.

Los padres prohibían a sus hijos entrar a esa casa. No les gustaba que jugaran cerca de ella, porque una casa abandonada suele atraer malos huéspedes. El papá de Miguel no hablaba mucho con su hijo y nunca le había explicado estas cosas, aun así, el chico sabía que no debía entrar.

Dudó y estuvo a punto de regresarse, pensó en lo mucho que le había rogado a su papá para que le comprara ese balón. Solo por eso los otros niños de la cuadra lo habían dejado jugar, ahora lo miraban y presionaban desde la calle. Gritaban los muchos apodos que le irritaban: dale Mantecas, apúrate Gorda, muévete, Porky, te estás tardando. No podría aguantar que ahora le llamaran cobarde, no lo iba a permitir.

Atravesó la hierba que le llegaba por encima de los hombros y se le metía en los oídos. Llegó al pórtico, subió los cuatro escalones y se agachó para no golpear su frente con una parte del techo caído, sostenido apenas por la única columna que no había cedido a la gravedad. La puerta estaba entreabierta. Era muy pesada y le costó abrirla lo suficiente. Dio un paso dentro de la casa y agitó las manos bruscamente frente a su rostro tratando de quitarse las telarañas de la cara. Recordó, que, jugando con sus muñecos en el patio trasero de su casa, encontró uno de sus suéteres, tirado entre cajas, fierros y plásticos que acumulaba su papá. La prenda debió permanecer ahí durante meses y ni siquiera recordaba haberla perdido. Cuando la levantó estaba tiesa en la parte de arriba y mojada en la parte de abajo, cubierta de hongos y caca de pájaro, el olor lo había hecho arrojarlo lejos. Así apestaba la casa.

Observó las escaleras a su izquierda, metros adelante, y sin pensarlo dos veces se dirigió a ellas. La luz de la tarde filtraba entre las ventanas y agujeros en las paredes roídas; era muy poca para iluminar el área, y no tardó en tropezar y golpear de cara al suelo. El cachete le ardió por el duro golpe y ahí tirado, sintió una pequeña corriente de aire que soplaba desde abajo. La casa tenía un sótano. Miró entre las comisuras y agujeros de las tablas, bajo sus manos había vacío negro que le pareció infinito. El miedo se apoderó de él y se levantó veloz. La rodilla le dolía un poco por el golpe, pero apresuró el paso y subió las escaleras, sosteniéndose fuerte del barandal y cuidando de pisar bien cada rechinante escalón.

En el segundo piso se sintió un poco más tranquilo, la luz del sol se colaba por las ventanas, paredes y tejado. La ventana por donde entró el balón estaba justo detrás de él. Caminó por un estrecho pasillo que conectaba tres habitaciones, todas sin puertas, abrigadas por el calor de la tarde. Supuso que su pelota debió rodar dentro de alguna. Se asomó en la primera. Encontró la pequeña base de una cama de metal oxidado, colgadas de las paredes (no supo decir si fueron verdes o azules), fotografías en las que podía distinguirse algunas siluetas. El techo tenía una gran abertura por donde caían las enredaderas. Observó bien cada rincón, su balón no estaba ahí.

Estaba a punto de entrar en la segunda recámara cuando escuchó un ruido en la habitación al final del pasillo. Tac, tac, tac. Algo golpeaba contra la madera. Tac, tac tac. Miguel permaneció inmóvil, tratando de borrar las muchas ideas que aparecían en su cabeza sobre lo que podría ser el ruido, y tratando de encontrar valor para ir a averiguarlo. Tac, tac, tac. El ruido se hizo más fuerte. Vio cruzar el umbral de la tercera habitación su pelota, rebotando una y otra vez. Tac, tac, tac, se hacía el eco cada vez que el balón bajaba. Tac, tac, tac. El balón botó otras tres veces frente a él, en el mismo sitio, antes de avanzar nuevamente hacia donde él se encontraba paralizado.

Quiso gritar, pero no salió nada de su boca. En un choque de adrenalina giró sobre sí mismo e intentó correr hacia las escaleras; pero era torpe y no presto atención al lugar donde pisaba. Una vez más, tropezó y cayó. Esta vez le pareció que se golpeó contra el suelo al menos dos veces. Cuando se levantó, ya era de noche. Se sentía confundido, pero no le dolía nada.

—Pensé que no te ibas a levantar.

Vio a un niño, más o menos de su edad, de ojos verdes y tristes, con uno de aquellos peinados de hongo con el que las mamás torturan a sus hijos; vestía con un overol y era bastante barrigón, como él.

—Es mi balón. Entré aquí buscándolo.

—No pensaba robártelo. Solo quería verlo. —le entregó el balón—Tus amigos ya se fueron.

—No son mis amigos.

—Yo tampoco tengo muchos amigos. De hecho, no creo que tenga uno.

Miguel sintió la tristeza en su voz. Le arrojó el balón y el otro niño lo atrapó.

—Si quieres podemos jugar un rato.

—Me gustaría.

El chico le regresó el balón arrojándolo por encima de su cabeza y Miguel apenas si lo atrapó. Se alejó un poco en aquel oscuro sótano y se lo regresó con fuerza.

—Soy Miguel, por cierto.

—Me llamo Rubén.

Ahí permanecieron los dos jugando durante horas, días, años. Nunca más se separaron.

 

 

 

Una vez más.

 “Amémonos los unos a los otros”, les dijo.

 “Aquí no nos gustan los jotos”, respondieron.

Antes de morir vio la cruz plateada colgando del cuello de su agresor y revivió el sabor de la muerte: “Démosles dos mil años más, quizás esta vez sí entiendan”, pensó.

 

 

 

Pedro el cadenero.

— Puedes ver en tu libro que mis programas han ayudado a millones. Acabamos con la pobreza en cinco países, llevamos agua limpia a las comunidades, hombres sin piernas han vuelto a caminar, en unos años habremos curado el SIDA…

—Sí, sí, por eso… ¿le pagaste la ofrenda al cura?

 

 

 

Tavo

El trapo amarillento que hacía de cortina se mecía lento con la brisa fresca de la madrugada. En la cama, debajo de una sábana de algodón remendada, dormían una mujer regordeta y una niña de cabello enmarañado. Por un lado, en el suelo, un joven de 17 años daba vueltas, acostado sobre un cobertor sucio, tratando de encontrar una posición que no le incomodara tanto. Tomó el reloj digital de muñeca debajo de su almohada, faltaba poco más de media hora para que diera la hora de levantarse, pero igual se levantó. Le dolían la espalda y los brazos. Dobló el cobertor y lo metió a puntapiés por entre los blocks que sostenían la cama donde descansaban su madre y hermana.

 ̶ ¿Gustavo, eres tú mijo? ¿Ya te levantastes? ¿Quieres que te haga algo de almorzar?

̶ No jefa, todavía es muy temprano, Ud. descanse.

Abrió la puerta del refrigerador con cuidado de no zafarla, no había electricidad en el edificio otra vez. Tomó el bote de leche y le dio una olfateada, estaba agria, así que la volvió a poner en su lugar y cogió un trozo de pan duro. Calentó agua en el mechón y cuando estuvo lista vio que la lata de café sintético estaba vacía. Se colgó su cadenita de la virgen, se puso su camisa, se amarró las agujetas de su único par de tenis y se colocó la gorra de baseball hacia atrás. Salió de la habitación y pasó por la siguiente; un cuarto pequeño sin ventanas, donde un muchacho y un hombre de edad avanzada dormían en sus petates contra la pared. Salió al pasillo que conectaba todas las habitaciones, caminando de prisa, tanteando en la oscuridad con las manos sobre las paredes agrietadas, tratando de no tropezar con la basura acumulada. Golpeó con el hombro uno de los barrotes que sostenían el techo a medio caer –putísima madre—. Por fin llegó al baño y se formó en la fila, dos personas esperaban antes de él, uno de ellos sentado en el suelo, dormido. Se abrió la puerta y Gustavo deseo haber nacido sin el sentido del olfato.

—Ya no hay agua en la pileta. –Les dijo el hombre barrigón que salió acomodándose los pantalones.

A un lado del baño, detrás de una cortina en otra habitación, dormía una familia. Gustavo se escabulló sin hacer ruido y se paró frente a una planta de sábila en una maceta donde hizo sus necesidades.

Bajó por las escaleras hasta el primer piso. Escuchó de paso las voces de madres llamando a levantarse a hijos y esposos por igual. El cielo comenzaba a aclararse, en pocos minutos saldría el sol. La atmosfera era de un azul grisáceo en la planta baja, la parte más abierta del edificio. Años atrás había sido el lobby de oficinas con salas elegantes y grandes vitrales. Ahora era un basurero de escombro y vigas de hierro oxidado.

Una enorme puerta negra de metal y contrachapado se deslizó. Detrás de ella salieron dos de hombres bastante altos de espalda ancha y piel morena. El primero llevaba la cabeza rasurada y la barba le colgaba hasta el pecho, vestía unos jeans rotos y una camisa veraniega con el pecho al descubierto. El otro usaba una trenza muy sucia que caía sobre su perfil derecho y de su mandíbula nacían una serie de tatuajes tribales que bajaban por su cuello y terminaban en la espalda. Ambos se le quedaron viendo y Tavo bajo la mirada, retrocediendo un poco hasta que estos se alejaron lo suficiente. Detrás de la puerta la voz rasposa y altanera de una señora le llamó.

—Tavo, muchacho, ven para acá.

Se acercó y el olor a chorizo frito y tortillas de harina hizo que le rugiera el estómago.

—¿Ya tienes el dinero de la renta? La próxima semana van a ser dos meses que me debes. Hay mucha gente en las calles buscando un lugar donde quedarse, ¿sabes? Deberías ponerte a trabajar, muchachito güevón, si no quieres que mis hijos te echen a ti y a tu mamá a la calle. —Tavo apretó los dientes. –Deberías ser más como ellos que trabajan todo el día en la fábrica para cuidar a su madre…

—Hoy en la tarde le traigo un adelanto de lo que le debo señora. Nomás deje que me paguen el trabajo de ayer…

—Antes de las seis, muchachito cabrón.

Salió a la calle, apretando los puños y mordiéndose el labio. Centenares de casas improvisadas, con techos de lámina y lona se apretujaban en un mar de viviendas, algunas asentadas sobre los restos de edificios antiguos y muchas más, desbalagadas alrededor de ellos.

Caminó por uno de los callejones, casi desierto. Unos perros flacos salieron corriendo de entre un muladar cuando lo escucharon pasar.

—¡Eh! ¡Tavo! –alguien silbaba y gritaba detrás de él. – ¡Tavito, ‘pérame güey!

Un tipo gordo y rapado de unos veintitantos corría con mucha dificultad tratando de alcanzarlo. Gustavo se detuvo a esperarlo con una sonrisa.

—Pinche Freddy, te va a dar un infarto cabrón, ya estas viejo.

—Viejo tienes… el culo. –contestó con la respiración agitada y el aliento alcoholizado. –Pérame… pérame güey, dame un minuto… pasu ptamadre… ya. ¿Pa dónde ibas carnalito?

—Con Don Chuy a que me pagué el trabajo de ayer. Le ayudé a descargar un camión en la tarde y dijo que me pagaba hoy.

Avanzaron juntos a paso lento.

—No carnalito, ya te pendejearon. Don Chuy ya se fue anoche para la frontera sur. Dicen que allá hay más trabajo. Pa mí que ya no regresa.

Tavo escupió y se frotó el hombro adolorido.

—¿De dónde vienes tú?

—De un pinche pachangón con los perros de la Chucha. — Freddy encendió un cigarro. –Chingos de morritas y pisto cabrón, pura cálida’. Deberías ir un día de estos, necesitas desestresarte, divertirte de vez en cuando chingao.

—Sabes que yo no me meto con esa gente, y tú tampoco deberías güey…

Freddy se abalanzó sobre Tavo y le rodeo el cuello con sus brazos gordos.

—Eres la misma pinche nenita que conocí en la escuela. –Le dijo, escupiéndole sobre la cara las cenizas del cigarro que llevaba en la boca, mientras le daba un coscorrón.

—¡Ya güey, ya estuvo, suéltame, ahhhh! —Lo soltó. —Oye güey, te acuerdas de los tres dólares que te presté para tu hermano, los necesito para comprarle algo a mi jefa pa’ su espalda.

—Sí, es que ya no me aguanta igual la ruca cuando me la… no te creas, no te creas hombre, estoy jugando. No te calientes. ¿No se te antoja un trago güey? Acabo de conseguir una botellita de mezcal bien buena.

—Cómprale una torta a tu hermano güey, no chingues.

—Ud. no se preocupe por eso carnalito. Cáele de rato aquí a mi casa, te quiero enseñar algo. Te pago y sirve que te doy algo de mezcalito pa’ tu jefecita. Ahorita necesito dormir, tú no te estreses que te va a hacer daño. Te quiero, pinche sabandija rastrera.

Freddy removió una tabla de aserrín prensado que hacía de puerta y se metió en la choza de madera podrida que era su hogar.

—¡Yo también te quiero pendeja!

—¡No seas joto! –Le gritó desde el interior de su casa.

Confirmó más tarde que efectivamente, Don Chuy se había ido sin pagarle y sin intención de regresar, así que se dirigió al mercado de pulgas donde trabajaba. En medio de la plaza una fila de varias mujeres y niños esperaba su turno para sacar agua del pozo. Una niña de cabello enmarañado y ojos claros tiraba de la cuerda con esfuerzo. Tavo corrió a ayudarla.

—A ver chaparra, déjame a mí. ¿Para qué llevas dos cubetas?

—Mi amá dijo que tenía que lavar ropa del edificio para poder pagar lo que debe de la comida.

—Tú no deberías andar cargando tanto, si te lastimas luego van a andar las dos chuecas.

—Pues si tú no las llevas lo tengo que hacer yo. –La niña se colgó las cubetas de una vara en los hombros y echó a andar rumbo a la casa. – ¡Y le voy a decir a mi mamá que le dijiste chueca!

Un helicóptero sobrevoló la plaza. Tavo pasó buena parte de la mañana acarreando agua al edificio y llegó tarde al trabajo, por suerte su patrón llegó más tarde.

Tavo había terminado de reparar un radio de baterías para un cliente y trabajaba en un proyecto personal, intentando reparar un videojuego. Esperaba poder venderlo a buen precio o intercambiarlo por un par de gallinas para su hermana. Poco después del mediodía, escuchó el crujir de las ruedas de madera sobre el empedrado y el (sonido) de la mula afuera del taller. Era el señor Wu que regresaba del basurero cargado de materia prima para el negocio.

—Tavo, ven ayúdame con la carga.

—Oiga, Sr. Wu, quería ver si podía darme un adelanto de mi paga.

—Claro. Cuando aprendas a llegar temprano. ¿Creías que no me daría cuenta? Pase temprano, estaba cerrado, eres un muchacho muy irresponsable.

El ruido de motores y llantas derrapando interrumpió su conversación. A cien metros de ahí, se levantó una nube de polvo. Una caravana de seis camionetas, con torretas y luces largas en los techos se detuvo con violencia. Las personas en la plaza corrieron a buscar refugio. Una docena de hombres fuertemente armados comenzó a descender y a armar un perímetro.

— Federales. –Dijo el Sr Wu. – Deja eso ahí y metete a la tienda muchacho. ¡Rápido!

Tavo no lo pensó dos veces y obedeció. Cerraron las ventanas y echaron candado a la puerta después se pegaron a la pared para ver a través de las grietas en la madera. Con excepción de los oficiales, la plaza estaba desierta. Varios sujetos con chalecos antibalas sobre su uniforme azul recorrían la calle, apuntando hacia las ventanas con sus rifles.

—Carajo. Pero si acabamos de pagarles la cuota, qué es lo que quieren.

—Parece que buscan algo, mire ese de allá.

Otro uniformado caminaba despacio sin despegar la vista de una pantalla en sus manos, hasta que se detuvo frente a una canaleta de aguas residuales que pasaba junto a la carnicería. Hizo una seña y el sargento a cargo se le acercó. En ese momento uno de los hombres armados se paró frente al agujero en la pared por donde estaban espiando. Tavo contuvo la respiración y el sr Wu le hacía señas de no hacer ruido. El hombre siguió su camino tras una breve pausa. Patrón y empleado siguieron observando.

El sargento sostenía la pantalla y ladraba órdenes a su subordinado, que se había sambutido entre las aguas negras. Anduvo con cara de asco, dando varias vueltas hasta que por fin pareció encontrar lo que buscaba. Salió del canal con una mano en alto y sosteniéndose de la hierba con la otra, empapado y con algunos trozos de papel pegados en la espalda. Le pasó a su superior lo que había sacado del agua, un dispositivo demasiado pequeño para alcanzar a ver que era. El sargento lo tomó en su mano e hizo una cara de desprecio. Iracundo lo arrojó al suelo y tomando su rifle lanzó una serie de ráfagas al aire.

—¡Escuchen bien malagradecidos hijos de la chingada! ¡Esto es un toque de queda!

Los federales comenzaron a irrumpir en los diferentes locales del mercado tirando puertas y destrozando mercancías. La gente corría despavorida en todas direcciones lejos de la plaza y las tiendas.

—¡Todo el mundo regresé a sus casas si no quieren un pinche plomazo entre los ojos! –Gritaba el sargento, escupiéndole órdenes a los oficiales y dando más disparos al aire.

Uno de los federales, irrumpió en el taller con una patada y sin darle tiempo de decir nada conectó un derechazo en la mandíbula del Sr Wu para después arrojarlo fuera. Tavo salió antes de que pudieran hacerle daño a él también y le pareció ver que sacaban un par de drones con hélices del interior de una camioneta. No paró de correr hasta que llegó a las favelas.

Entró a su casa, agitado y empapado de sudor. Su madre estaba en la cocina y su hermana jugaba junto a la cama con su mascota.

—¿Qué pasa, mijito, qué tienes?

—Nada, nada. Todo bien, unos federales llegaron al mercado y nos regresaron a todos pa’ las casas.

—¿Ay mijo, y trajiste algo pa’ comer tan siquiera?

En ese momento escuchó que sus estomago gruñía y recordó que no había comido nada en todo el día.

— No má, no hubo tiempo de nada. ¿Uste’ y la chaparra ya comieron algo?

—Nombre mijo, estábamos esperando que llegaras pa’a ver si traías algo.

—Y no hay nada que pueda hacer, ¿unas tortillas por ahí o algo?

—Nomás agua que trajo tu hermana hace rato, pero nada para echarle al caldo. Bueno, está la coneja.

—No má, mi conejita no. –Repuso su hermana.

—Mija, pa’ eso la tenemos, para comérnosla cuando haga falta.

—Pero…

—Déjele má, ahorita voy por algo pa’ comer, usted no se preocupe.

Tavo salió de su casa antes de que pudieran decirle otra cosa. Se detuvo al llegar a la calle, desierta y sumergida en completo silencio. Se santiguó. Miró con cautela al cielo, pero no vio ni escuchó rastro alguno de los drones. Sabía de antemano que esas máquinas eran muy rápidas y peligrosas, pues venían armadas con semiautomáticas que un oficial podía operar desde kilómetros de distancia. Ay virgencita santa, te pido de favor que no me vayan a ver estos culeros. Corrió tan rápido como pudo, deteniéndose debajo de un techo de vez en vez para recuperar el aliento. Por suerte la casa de Freddy no quedaba lejos.

Cuando entró, los ronquidos de su amigo inundaban el cuartucho y su cuerpo gordo y semidesnudo ocupaba buena parte del piso. Gustavo le dio un puntapié en las costillas para despertarlo.

—¿Eh, eh, qué pedo? — Exclamó sobresaltado. –No chingues pinche Tavo, me asustas te. Deja dormir wey.

— Hace rato me dijiste que tenías una alacena llena de comida, necesito que me prestes algo pa’ mi ama y mi hermana. ¡Cabrón, te estoy hablando!

—Si wey, si, no hay pedo –Dijo sin abrir los ojos —, Ven acuéstate tantito aquí conmigo, ándale.

—No estés chingando wey, te estoy hablando en serio.

Con una mano sobre la cara Fredy hizo el intento de levantarse y se sentó sobre la cama

—A qué la chingada, hombre –Bostezó —¿Qué quieres o qué?

—Que me prestes algo de comida, te puedo agarrar algo.

—Ven agárrame está.

—Chinga tu cola.

—Me chingo primero la tuya pendeja. Jaja, ya wey, no hay pedo. Ahí agarra de la alacena lo que quieras.

Tavo abrió la alacena. Con excepción de una lata abollada y sin etiquetar, estaba vacía.

—No mames, aquí no tienes nada.

—Ah chingao, si es cierto, se me olvidó guardar las cosas. Pérate tantito, que acá las tengo.

Tavo se frotaba nerviosamente el dejo de barba que le crecía en el mentón. Entreabrió la puerta. Alcanzó a ver uno de los drones, con sus tres hélices sobrevolando cerca de ahí. Cuando se giró para decirle a Fredy lo sorprendió el cañón de un rifle calibre .50 que le apuntaba directo a la cabeza.

—¡Ora puto! Pa’ que aprenda a no andar despertando gente. – Le dijo Fredy en tono burlón mientras bajaba el arma. – ¿Te saqué un pedo verdad?

—No mames, ¡¿de dónde chingados sacaste eso?!

—Se las estoy guardando a los perros carnalito. Tengo 15 de estas aquí. —Abrió una cortina rosa de plástico en un rincón —Y me están pagando a toda madre por cuidárselas unos días. Mira nomás compita, todo esto que ves acá lo compré con lo que me dieron y no sabes la noche de putas que tuve ayer.

Tavo miró incrédulo la pila de víveres que había en un rincón oscuro detrás de la cortina rosa, y debajo, a penas escondidas, las puntas de los rifles se asomaban entre bolsas de plástico negras y pedazos de madera podrida. No sabía que decir, se le quedó mirando fijamente a su amigo, boquiabierto.

—¿Qué crees que va a pasar si te encuentran con eso?

—¿Quién chingados las va a encontrar hombre? Les tiramos los rastreadores que traían al canal compita, tú no te preocupes.

El sonido de las hélices se hizo más fuerte y el techo de lámina vibró sobre sus cabezas al pasar de uno de los drones.

—¿Qué chingados? – dijo Freddy. – ¿Qué fue eso güey?

—Federales, que vienen a buscar esas armas. –Le contestó en tono sereno, resignado. —Estamos en toque de queda, andan cateando los negocios y las casas.

—No mames compita, no juegues. Ya me asustaste, ya estamos a mano, ¿ok?

Por entre los agujeros en el techo, Fredy alcanzó a ver las hélices de un helicóptero y las turbinas hicieron temblar los techos de las casas con más fuerza. Arrojó el arma sobre las otras y se llevó las manos a la frente. El sonido de la turbina se hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba hasta que se desvaneció de pronto en un silbido que duro apenas un par de segundos. El estruendo de una explosión los hizo tirarse instintivamente al suelo y poco después una explosión mucho más grande los estremeció.

La choza en la que se encontraban no había sufrido daño alguno. Tavo gateó hacia la puerta, la abrió un poco y vio en medio de la calle uno de los drones, descendiendo en picada para irse a estrellar metros más adelante contra un edificio de ladrillo. Una enorme nube de humo ascendía entre las chozas de un barrio cercano.

–Freddy, levántate. Tenemos que irnos.

Comenzó a sentirse mareado. Frente a sus pies, daba saltitos una lata. Las puertas de la alacena se golpeaban y las paredes se sacudían las cosas que tenían encima. Temblaba. Escuchó muchos cristales quebrarse y algunas personas dando gritos de espanto afuera. Una lámina cayó sobre su espalda y fue a dar al suelo junto a su amigo que lloriqueaba. Permaneció tirado en posición fetal, cubriéndose la cabeza con las manos mientras la tierra rugía y los oídos se le tapaban. Parecía que nunca iba a acabar, cuando de pronto, acabó. Pero la sensación que le dejaron las sacudidas aún no se esfumaba y el sonido de la tierra rugiendo no lo abandonaría por varios días. Cuando estuvo seguro de que no temblaba más, los dos amigos lucharon por ponerse de pie. Freddy había pasado del llanto al estupor. La luz de sol calaba sobre sus frentes. Tavo observó los resultados del siniestro.

El mar de casas que conformaba la favela había perdido cualquier cualidad que la diferenciara de un basurero. Pilas y pilas de láminas, cartones y tablas se amontonaban a su alrededor, y de entre tanta basura surgían los gritos de personas que había quedado sepultadas. La escuela a la que había asistido 10 años atrás y que había visto hace un par de minutos había desaparecido y su lugar lo ocupaba una montaña de ladrillos rojos y arena.

Instintivamente volteó a ver su casa, el enorme edificio de concreto donde su mamá y hermana lo esperaban, y pudo apreciar, como si ocurriera en cámara lenta, el momento justo en el que toda la estructura se venía abajo y desaparecía en una nube de polvo.

 

 

 

 

 

 

 

 

Visto 1847 veces Modificado por última vez en Jueves, 05 Marzo 2020 19:42
Adán Echeverría

Adán Echeverría. Mérida, Yucatán, (1975). Investigador Posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC. Doctor en Ciencias Marinas. Columnista en el Periódico impreso El Vigía, y en portal cultural La Piraña (https://piranhamx.club/) Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía El ropero del suicida (2002), Delirios de hombre ave (2004), Xenankó (2005), La sonrisa del insecto (2008), Tremévolo (2009), La confusión creciente de la alcantarilla (2011), En espera de la noche (2015), Trapacería y fiesta (2017); los libros de cuentos Fuga de memorias (2006) y Compañeros todos (2015) y las novelas Arena (2009) y Seremos tumba (2011). En literatura infantil ha publicado Las sombras de Fabián (2014).

 

 

Nombre: Adán Echeverría

Doctor en Ciencias por el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados del IPN.

Posdoctorante en el Instituto de Investigaciones Oceanológicas de la UABC

Dirección: Calle Isla San Pedro No 1436, entre Isla Tortuga e Isla San Lorenzo, Fraccionamiento Villas del Roble, C.P. 22842, Ensenada, Baja California

Email: adanizante@yahoo.com.mx romeodianaluz@gmail.com

Tel Cel 646 270 4993

 

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