Sábado, 22 Julio 2017 05:22

APUNTES PARA UNA GENERACIóN FUERA DEL TIEMPO [PERSPECTIVA DE MSP EN EL CONTEXTO INFRARREALISTA Y EL DE LOS POETAS NACIDOS EN LOS CINCUENTA] / Andrés Cisneros de la Cruz /

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APUNTES PARA UNA GENERACIóN FUERA DEL TIEMPO [PERSPECTIVA DE MSP EN EL CONTEXTO INFRARREALISTA Y EL DE LOS POETAS NACIDOS EN LOS CINCUENTA]

Andrés Cisneros de la Cruz

 

 

 

Aunque la poesía parezca estar más de lado del mito que de la experiencia, la experiencia termina por imponerse en el poema a través de su entropía. El poeta, el mentidor —Pessoa dixit—, se disfraza de su oculta verdad (su experiencia) para cubrir su fachada con sus propios ojos. Es abrumador pensar que decir “poetas”, para la gran mayoría de los ciudadanos de la poesía, es asumir un censo de tres dedos y venerar un dedo pulgar. Y sin dudarlo recurren al corte de caja del historicista-historiador que por el momento tiene la aureola de la clarividencia sagrada, y que por supuesto trabaja para el que paga. No es diferente para los poetas nacidos en los cincuenta; no digamos generación de los cincuenta, porque desde mi punto de vista la generación no tiene que ver con épocas, sino con tensiones críticas y energías colindantes en diferentes tiempos. La mayoría de estos poetas, ahora son jefes de algún departamento editorial, o un instituto de investigaciones universitarias, y están a punto de ser divinizados en el salón de la fama de Carlos Slim, en la rotonda de los narcos ilustres de Sinaloa, o en la bibliografía elemental de la SEP o la UNAM. Por raro que suene, esta es la idea que se ejerce de los poetas: un grupo de gente que se reúne en un lugar donde gobiernan las estrellas de la cultura oficial, o dicho de otro modo, en torno a la idea poética que se ha canonizado (con una legislación de las estéticas) desde los aparatos estatales. Por eso, como un acto de lo imprescindible, buscaré anotar aquí por qué la poética de Mario Santiago Papasquiaro es crucial para entender otras directrices generacionales entre las tendencias poéticas de los nacidos en los cincuenta.

 

Negación como dialéctica para un movimiento que mata lo que dice .

 

La negación total, como una reafirmación que se constata en el acto de vivir, y asumir la incertidumbre como el proceso natural que representa la muerte. El maniqueísmo que pareciera dualismo, es un juego tramposo entre lo que “parece la vida”, y lo que “representa la muerte”. Por lo cual es crucial esclarecer este antagonismo, que no es sino un esquema para el eje crítico y la transformación elemental de cualquier percepción de “lo real”. Max Rojas, afirmó sobre el infrarrealismo, en una entrevista realizada por José Francisco Zapata, en la revista Deriva, que los infras “son buenos poetas por regla general. Tú no puedes escindir el hombre del poeta, no puedes. Creo que en ellos había una especie de rechazo total a todo lo que fuera la vida y a todo lo que tuviera que ver con la vida. Creo que adoptaron una postura demasiado negativa. Ellos eligieron eso y dentro de lo que eligieron, como poetas, cumplieron su papel”. Cita, que aquí sirve para formar la siguiente lógica: el infrarrealismo asumió ser la contraparte “negativa” que lleva a otras potenciales formas de vida, que pueden significar la “muerte” para la “vida dominante”, y que en los bordes del Siglo XXI se vuelve más operante como praxis de riesgo, en contraparte de la enajenación global en los medios electrónicos. La complejidad de la palabra como un vehículo comunicativo hacia el futuro, independientemente de los lazos del presente, es su connotación vinculativa, que no religiosa. Vincular no es religar. De tal modo tenemos que, los herederos de una poética, como nexos de una generación que “desvinculada” se halla en el tiempo, por su propensión a “hacer”, a “detonar”, antes que a “asegurar” o “decir”, se encuentra en el cauce de las individualidades, mientras que la tradición del que religa determina sus quiénes: determina sus herederos oficiales, para constituir su “generación” —véase la foto de graduación—. Sin quererlo, los herederos oficiales, se hacen promotores de lo estático, antes que impulsores del riesgo móvil. Si salimos de esa lógica maniquea, podremos notar el vitalismo que existe, por ejemplo, en la obra de Mario Santiago, y que conlleva esa radicalidad, de entregarse a la muerte-vida, en su conjunto total. Característica que también es visible en la poesía de Orlando Guillén, que obedece a un extremo telemita, y que con Rabelais se enfila, más que hacia Amauroto, a la ciudad sin ley, en donde el único mandamiento es “harás lo que quieras”. En cambio, para Mario Santiago el proceso de confrontar al mundo es un proceso de descreimiento ante el impacto que provocan en él las figuras, las máscaras, los roles sociales, que se vuelven insuficientes para ordenar desde una profundidad poética el meollo de los vericuetos posmodernos. Se deja caer en contra de los extravíos en batallas que parecen inservibles, al menos para la vida práctica, y que esencialmente desde la academia, o desde lo escritural (como una acotación al margen de lo aparente), se quedan como apuntes teóricos para una realidad que quizá nunca llegue, o sobre realidades que difícilmente existieron o fueron instantes que se perpetuaron en la eternidad de una “poética”. Por eso apuesta por la suciedad antes que por la mugre. “Suciedad inevitable”, antes que la “mugre que se limpia” —la basura es un concepto de los aristotélicos—. La pasión de MSP por la realidad es tal que sus versos son grafismos, que inyectados de la droga más densa —la poesía misma, francesainglesa-estadounidense y toda la parafernalia conceptual del politiquerismo internacional—, se azotan contra los tabiques de la subrealidad del mundo, en una especie de rito a la Coatlicue, de un quetzalcóatl dionisíaco. Lógica que podría resumirse en este axioma: “La realidad es el mecanismo mayor que rige las relaciones generales de una comunidad global. Si mi realidad no se rige bajo ese mecanismo, entonces yo no soy real para esa comunidad”. Lo que deriva en ¿pertenezco a otra comunidad? O soy un ente desfasado en esa locura que afecta al “pobre”, al jodido que “no entiende” por qué el mundo —léase por mundo las clases del poder: gobernantes y empresarios— toma decisiones que dicen ser lo mejor para todos, por una equidad inaprensible. Y fríamente anuncian esa cruda verdad, mientras que el dolor, el “hambre de ser” es una subjetividad que representa un impulso “narcisista” de empoderamiento que coloca al pobre, jodido ontológico, ante una “incurable enfermedad del espíritu” que envenenará no sólo a sí mismo, sino a su familia y su entorno. No en balde “la rabia” es la enfermedad conceptual que mejor define la segunda mitad del siglo XX. Rabia que puede ser traducida de mil formas. Desde los Hijos de la ira de Dámaso Alonso y su dual americano Los hombres del alba, de Efraín Huerta, hasta nociones más posmodernas ejecutadas como vacuna a la intelectualidad potencial, en elucubraciones apocalípticas y fantaseos en torno a la zombificación masiva, como satanización de las insurrecciones y sus sinsentidos; anacronismos que al ser descontextualizados, vuelven los procesos de subversión en procesos de asimilación. Por eso uno de los riesgos para la poesía de MSP es que la gente —los lectores— se quede en la lectura del mito: que se aferre a la figura del personaje antes que al poema. que la poesía se vuelva sólo un fetiche de lo banal. Es decir, “los desmanes”, “las agresiones gratuitas” que tanto han hecho figurar al movimiento completo del infrarrealismo, de la mano de los “desfiguros etílicos” de MSP, como si fuera el mismo Ometochtli, contra el establishment, es lo que menos puede ayudar a su poesía, por el simple hecho de que la gente tiende a dejarse llevar más por la alharaca que por el fondo, por la retórica que por el contenido. Y si hay algo que valorar en la poesía de MSP es el contenido que se jalonea con el purismo de Orlando Guillén, que con antigüedad poética brilla en El versario pirata y que habla de una originalidad que se separa del mundo para constituir el reinado de un califa infra, Orlando, el rey de Le Prosa, que se niega la posibilidad de propagación; se niega a ser un poeta visible al aislarse, aunque juegue a Sansón entre los pilares de la parafernalia libresca —léase “la farsa” de la literatura a partir del mercado—. Hay en ese acto un distintivo infra, que se asocia y da pauta para entender esos modos divergentes de “generación”, y que no son precisamente “infras”. Así pues, los poetas de los cincuenta obedecen a distintas generaciones. Juan Domingo Argüelles en su compendio, al igual que Margarito Cuéllar en Vientos del siglo, incluyen a Mario Santiago, para demostrar “lo variable” de sus selecciones de “la poesía mexicana”; sin embargo el registro de sus demás antologados obedece a una lógica creativa muy parecida, que limita su registro y dista mucho de configurar un verdadero abanico de estilos. Sí logran, tal vez, una gama amplia dentro de un color de la pantonera, pero, en definitiva, no una pantonera. Para poner ejemplo, veamos sólo un par de los poetas nacidos en los cincuenta, antologados por Juan Domingo Argüelles en su opus magnum: Antología general de la poesía mexicana (Segundo tomo). De la segunda mitad del siglo XX a nuestros días. En su mayoría giran en torno a los mitos y dioses griegos, romanos, ciertos coloquios amorosos y el juego teórico y simbólico en distintos campos, para el ejercicio del dominio, así como el epigrama y el aforismo, como sincretismos de una cultura de la gobernabilidad y sus con

tradicciones. Apunto únicamente algunos ejemplos, para que podamos tener el material elemental para la comparación. Alberto Blanco escribe: “No hablo de una tribu humana. / No hablo de una tribu planetaria. / No hablo siquiera de una tribu universal. / Hablo de una tribu de la que no se puede hablar”. De qué sociedad secreta nos hablará Blanco. ¿Será de la utopía? Si fuera tal, ¿entonces podría cerrar así el poema?: “Una tribu que no ha existido nunca / pero cuya existencia / podemos ahora mismo comprobar”. Y luego pide a los Dioses del cielo y de la tierra, con toda el alma, que convierta las piedras en semillas. Codificación religiosa, con la obvia intención del poeta de unir lo que no puede estar unido, es decir, regresar las ovejas al rebaño. Coral Bracho por su parte es una delicadeza en lo que a tacto se refiere. Casi un tratado onírico de la materia. Fenomenología, a la Heidegger, de lo corpóreo, donde las piedras vuelven a ser el oráculo: “Ojos de piedras finas”, y el bautizo por agua, o palabra, se muestra natural: “Renazco, como un albino, a ese sol”. Y lo dorado es el tono de su arpa: “Oscuras gotas de oro”, “Lluvia de oro sobre el estero”, “dorado y suave como un cristal”. El contraste de lo oscuro con lo dorado, es parte de una estética que integra rizomáticamente los lodos a los brillos nerviosos del hato de palomas. Luis Cortés Bargalló, no renuncia tampoco al culto de la luz, del sol-cerillo, “cuerpos / que florecen en mi cigarrillo / se buscan en la luz”, apunta, y luego “prendo un fósforo / en la catedral de mis manos / doy un paso, sólo hay una vida”. “El pájaro Lü es el fuego”, “Mira cómo vuelve a surgir la dulce primavera”, y los rostros de la diosa en sus árboles: “Máscaras de murciélagos, toros, monos, cerdos, tigres, iguanas, delfines, con pieles de alcornoque y eucalipto”. La remitificación que sirve de bastón para simbolizar, antes que significar. Otro que vale mencionar, es el burocratismo bautismal de Víctor Manuel Cárdenas, donde “morir por la patria” es algo deseable/resignable, donde “El señor Eliot —delgado, calzón largo— / resposa frente al mar / Sale / Checa”. También el lingüístismo de Eduardo Milán, “con el Jesús en la boca”, “color prendido por el rayo”, “amagos en el pico, resplandor”. Poeta del relámpago, de la ruptura, que ajusta el lenguaje para reapropiarse de lo ya dicho. La religiosidad continúa en poetas como Pura López Colomé, “Podríamos perderlo todo. / Ni lo mande Dios”, “para que haya reinos tales, / algo que se llame herencia, / mensajes cifrados, / habrá de ser el mundo nuestro espejo”, “el crepitar del hielo / como un fuego / inapagable”, “pero siempre sulfurosa / y celestial”. Lo ideal sería hacer una comparación exhaustiva entre los poetas incluidos por Argüelles y los poetas de otras tendencias no incluidas en este registro, que no sólo son los diecinueve poetas infrarrealistas de Perros habitados por las voces del desierto, de Rubén Medina, sino también los infras no incluidos en la antología de Medina, así como autores que en solitario han realizado una obra no sólo irreverente sino con filo satírico. Autores de Ciudad Neza, como Alberto Vargas Iturbe, Roberto Romero, por decir un par, o Alejandro Joel Hernández y José Antonio Durán. Así como Gloria Gómez Guzmán, Ramón Iván Suárez Caamal, Ciprián Cabrera Jasso, Iliana Godoy, Raúl Bañuelos, Jaime Moreno Villareal, o José de Jesús Sampedro, específicamente con su libro Un (ejemplo) salto de gato pinto, por poner sólo algunos ejemplos de distintas sintonías estéticas. Un ejemplo de para-infrarrealismo —dígase de poéticas que tienen características similares, pero que no formaron parte del grupo infra— es Ricardo Castillo, con su primera obra, que es ejemplo de un carácter adolescente, donde el poeta, desde el núcleo familiar descubre una insignificancia que se ve manifiesta en el lenguaje, que refleja inmediatez, rebelión natural, y lo que dará una configuración crítica para asumirse parte de ese mundo que increpa. Es decir, la poética de Castillo es un canal para la transición: es el conflicto con su “tribu” que se resume en su familia consanguínea, en primera instancia, y por eso El pobrecito señor X es un nodo de la nada social. El personaje que trasmutará en sí mismo a partir de esa conciencia por su insignificancia. Así el significado será el reto del fonema, de la fonación sensible del símbolo que se transfigura o deforma en signo, para (re) signarse a ser su propio cuerpo. Por eso la poética de Castillo cada vez ha tendido más al acto musical de Jorge Reyes, que “suena” y en la tilde “sueña”: sueña en vivo y a todo color delante de los espectadores. Es crucial hacer un recorrido no sólo por las poéticas infras, sino por las poéticas de esa década ombligo del siglo XX, para entender en qué modo se radicalizó el valor del poeta como miembro de una cofradía, un núcleo académico, un servidor de Estado o la tribu de “los nadie”, que al final es la posición más compleja, porque por un lado conlleva la anulación, cierto ceder a la personalidad del todos, y por otro lado, la necesidad de una personalidad propia. Como escribe Luis Ignacio Helguera en un aforismo: “La virtud más incómoda es la humildad, porque no se puede hacer alarde de ella”. Sin embargo, “la humildad” es un ejercicio de reconocer que existe al que se quiere hacer pasar por loco, tonto o incapacitado —carente de calidad, en el caso de lo poético—. En dado caso, los clásicos para el ojo de Revueltas, o MSP, son los vivos. No en balde hay una serie de tratamientos de distintos filósofos (el debate entre Axel Honneth y Bolívar Echeverría) que se han topado con esta paradoja. Y que al final los pone en esa situación de tener que lanzarse a la guerra “conceptual” para que exista esa inclusión de las humanidades, antes que la burda imposición de un solo registro existencial. No es raro entonces que cierta ala infra —la poeticista— haya emigrado a los Estados Unidos, en busca de desarrollar esa condición mestiza de un español que no para de trasmutar y estar en crisis, desde la academia misma, y desde el caló identitario. Un pasaje [anécdota] que ilustra muy bien esta situación, para entender su carácter, es una charla donde Tomás Rivera recuerda una conversación con José Revueltas, referenciada por Javier Perucho en su artículo “Condición humana en Revueltas”: “Yo había ido a Berkeley para dar algunas conferencias y Revueltas estaba ahí enseñando marxismo, de modo que pasamos juntos una noche. Se puso bien borracho y empezamos a hablar de literatura, entonces me pregunta: ¿Sabes por qué me gustan los chicanos a mí? Estaba bien pedo. Le digo: ¿Por qué? Porque ustedes son unos monstruos, hijos de su chingada madre. ¡Hijo!, dije yo. No te enojes, dijo, porque nosotros los mexicanos, también somos monstruos. Le gustábamos porque somos iguales. Unas gentes grotescas; no tienen límites. Y aunque a veces escriben como mierda, hay algo precioso allí. Se arriesgan a todo sin temor a que los humillen. Ustedes se van a los extremos”. Tal vez una escena como ésta ayude a entender un poco más el contexto del poema Consejos de 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger, de MSP, que retrata dos posturas filosóficas que se complementan en la visión global del mundo, pero que en el ejercicio “teórico de las agrupaciones post” alrededor de dichas filosofías, se vuelven de un antagonismo capital.

 

contra la militancia, la vida; vivir es militar en la poesía

 

Fragmentación es la forma de irnos despedazando. El surrealismo que forma el rompecabezas que Durero pinta en nuestro rostro, con un ojo Buñuel, y un desayuno en cueros donde el olor reina y la carne es el lugar para los experimentos, así como el poema es su resultado: una muestra fugaz del acto que no será fenómeno, sino experiencia. Consejos de 1 discípulo de Marx a 1 fanático de Heidegger es quizá el poema que lleva casi a la perfección los postulados de los manifiestos infra. Porque logra desplazarse, salir de su auto contemplación, y dar el golpe, no sólo la gracia o el regodeo verbal, sino que es la canción sentida de un desesperado, que desde el margen del inconsciente fantasmal de lo europeo y sus escuelas de arte, su magia y fantasía, se enfrenta a la historia como un forense, donde la verdad será lo que alcance a ver su agudo descriptor-renacentista, para entender que asumir la tragedia es representar un papel, un rol, dar una cara al sol, para ser lamido por su calor pegajoso:

 

quizás ni el Carbono 14 será capaz de reconstruir los hechos

verdaderos 

Ya no son los tiempos en que 1 pintor naturalista

rumiaba los excesos del almuerzo 

entre movimientos de gimnasia sueca

 

[…]

Somos actores de actos infinitos    

& no precisamente bajo la lengua azul        

de los reflectores cinematográficos

 

 

Así, en el jaloneo de las filosofías de vida, el budismo como un paraíso inaccesible, y el absurdo como una religión en la que te bautizaron antes de nacer, el gran circo es un sol en donde todos arden en sus trajes de payaso — así hace su mural el poeta— y se queman; se hunden en la tierra para tentar al infierno de la descomposición del ideal, y lo único que permanece al final es la real sensación de lo que se necesita, y lo que se puede experimentar:

 

Así en el trapecio en el alambre de equilibrio de este circo de mil pistas 

1 abuelo platica la emoción que sintió al ver a Gagarin

           revoloteando como una mosca en el espacio 

& lástima que la nave no se llamara Ícaro I 

 

que Rusia sea tan ferozmente antitroskista     & su voz entonces se disuelve / da de tumbos     entre aplausos & abucheos 

La Realidad & el Deseo se revuelcan / se destazan / 

se desparraman 1 sobre otra 

como nunca lo harían en 1 poema de Cernuda 

corre espuma por la boca de aquel que dice maravillas 

& pareciera que vive en el interior de las nubes              

& no en los baldíos de este barrio

 

queda lejos esa tierra baldía, ese sabor fino de Cernuda, ese extranjerismo que se va pudriendo cuando se nombra el batidillo conceptual que da forma a la idea de un mexicano que atraviesa alguna calle con esta olla exprés a punto de reventar, porque no ve nada claro, porque todo gira, y no hay lugar para crecer, sólo para orinar, para embriagarse de viento, etc. Las jardineras, tal vez, donde todos fuman yerba pasadas las seis, es un terciopelo a manera de pasto, para mirar el puro del Che como aquella estrella que hacía soñar en revolucionar (nadie sabe qué; pero entender que con tan sólo observar la belleza, alguna revolución había ahí):

 

 

Por ahora tú te tiendes bocabajo a la sombra de las piernas largas & velludas de los parques 

donde se reúnen 

el que sueña con revoluciones que se estacionan demasiado tiempo              

en el Caribe 

el que quisiera arrancarles los ojos a los héroes de los pósters  para mostrar al desnudo lo hueco de la farsa 

la muchacha de ojos verdes gatunos & fílmicos 

aunque a lo mejor acercándose resultan azules o quién sabe 

el estudiante todo adrenalina & poros revoltosos 

el que no cree en nadie/ ni en la belleza kantiana          

de algunas admiradoras de Marcuse 

 

 

Y al mismo tiempo, un verdadero niño se ahoga en el corazón, se atraganta de sangre, se le resbala toda la vida de las manos cuando trata de salir del pecho:

 

& estalla gritando que estamos podridos por la furia 

/ deshidratados con tanto tomo de teoría 

la putilla de ocasión que comparte el torrente de su soledad                             con los desconocidos 

dejando que la balanza de la oferta & la demanda 

la inclinen la gracia la simpatía las vibraciones repentinas 

 

Todos están ahí, tratando de romper algo, de ser fieles a su devoción para con el tránsito, con las transiciones esperadas, pero no saben cómo romper el discurso, sin incendiar las butacas; desde qué libro o qué pódium decirle algo a quién:

 

el Azar: ese otro antipoeta & vago insobornable

los que vienen aquí a llorar / hasta tallarse —como en madera—          1 rostro de mártir paranoico 

después de destrozar —no precisamente de entusiasmo—

             las butacas de los cines 

el que escribe su testamento o su epitafio en 1 servilleta arrugada 

& luego lanza besos al aire / —& todo mundo supone 

que celebra su cumpleaños o el divino himeneo de antenoche—

 

 

Argumentos sobran, lo que falta es saber qué significan, saber entenderse, servir para quién, a qué causa, qué casa, qué carro de promoción. Montarse en el viaje de la reproducción, en el contagio sucesivo de los condenados a muerte:

 

 

& todas las hipótesis resultan frágiles para explicar 

por qué utilizó 1 pistola & no 1 bote de pintura 

si parecía capaz de seducir hasta la calentura / el pulso                             & la pupila del Giotto 

el que siempre saluda con 1 Yo estoy desesperado

¿& usted? 

 

 

Porque aunque sean de arena los castillos, el mar los sostiene con su logos, y los marineros se dedican a acariciar las curvas de las cúpulas que se disuelven entre la lengua espumosa del mar, y luego las reconstruyen, y las ven desbaratarse. MSP hace metáfora del desastre, con el crecimiento de la naturaleza. El eje dialéctico de lo que crece y va derruyendo otras formas radiantes de Natura. Como si la vida fuera aprehender, desde la óptica de las constantes trasmutaciones, aprender desde la ternura a disfrutar lo que sucede sin retenerlo:

 

de inventarse por segundos 1 Poder 

que las revolvedoras de cemento cotidianas te desbaratan               como si fueras 1 papel de estraza

& entonces comprendes al que quisiera sepultar bajo toneladas de plantas          

edificios / tierra negra 

el menor latido / la taquicardia de su historia íntima 

te contagia el nerviosismo la intranquilidad

de los que hacen como que respiran

 

 

Plano contrario es la tradición, que acumula, contiene rasgos, categoriza y da totalidad a su cromo circular de especies, para configurar un ojo específico que mira sólo lo que prescribe. Por eso, el después, para MSP es una especie de ataque de lo efímero, que devuelve el sin sentido (pero sin la carga maniquea de bueno/malo), y el camino se transfigura grito contra todo, al momento de girar, cuando la adrenalina de la violencia estalla en contra, se impone, se despliega como un cuerpo de granaderos que viene a darnos clases de civilidad, hasta que aprendamos a decir “te quiero México”:

 

los que ignoran quiénes son / ni lo quieren saber

cuando el clima tiene peor fama cada día 

los eternos enfermos de amnesia que se chupan el dedo de alegría 

porque aquí & no en Miami está el Paraíso Terrenal 

los que juran declarar esto territorio libre isla independiente  que no degenere en chatarra ruina supermarket

 

 

Hay un viaje interno tan vasto que los jardines interiores del conocimiento se muestran devorantes, y al mismo tiempo tan ricos de imágenes nuevas, pero que parecen reales; la lucha feminista presente, recuperando la antigüedad de la diosa, en los eucaliptos en contraposición de la programación secuencial de lo robótico. “Si esto no es Arte me corto las cuerdas vocales”, escribe Papasquiaro. Y ahora, en 2015, con el descubrimiento de que hay cambios sustanciales de un momento a otro en el gen, queda muy bien este verso de cómo “saber a ciencia cierta a qué sabe el ADN después de hacer el amor”. La rama dorada se multiplica, se vuelve no sólo ruptura, sino tormenta eléctrica, reconfiguración de la vista, ojos cristalizados que apenas alcanzan a comprender el cambio que los hace sentir vivos, cuando parecía estaban al borde de la muerte. Y de ese modo, vivir al borde es saber que invariablemente llegarán los cateos, sean personales, ajenos, o sociales. La policía está en todas partes, incluyendo al carcelero de nuestra propia mente:

 

NO HAY ANGUSTIA AHISTóRICA  AQUÍ VIVIR ES CONTENER EL ALIENTO  & DESNUDARSE

 

 

El viento llega a peinar lo impeinable de MSP, y a apagar sus fósforos; “aún estamos con vida”, escribe, y nos recuerda aquellos versos de César Vallejo, de “hoy la vida me gusta mucho menos, pero siempre me gusta vivir”. El rudo golpe de estar a la intemperie, tal vez sin un sitio cierto a dónde llegar para guarecerte. Ni a una tumba siquiera. Sin saber si alguien le dará un empujón a tu cuerpo para que caiga en el hoyo, o te hará el favor de prenderle fuego a tu pelaje. La sensación de estar desnudo con tu “cuerpo de mezclilla” en el afuera, donde todo te golpea con su indiferencia, y te empuja a una profunda soledad. Y lo lejano regresa al ojo. La luna imperial que trae el tajo, la saliva sucia sobre el rostro. Y los frutos que dan sentido a la existencia, las nueces rotas del universo, las ambulancias que cantan la muerte de alguna víctima de las sirenas. Y la pantomima de Chaplin que es el ícono de un arte, el más antiguo quizá: el silencio y el gesto: la pantomima del que manifiesta con sus dedos “va a llover”, o con un puño, “cuidado con esa roca”, o al tocar los labios propios para ponerlos sobre los labios ajenos, para decir “te quiero cuidar”. El amor, sexo dialéctico, no será luz, ni color. Es oscuridad y misterio, y luego la aventura como una escafandra para sobrevivir a tanto desamor, a tanto tiempo que se acumula entre cada orgasmo. Por supuesto que Ramón Martínez Ocaranza y Max Rojas se sienten en la respiración del poema, en la pregunta de ¿Quiénes Sherlock Holmes son los asesinos?, o los más ágiles prefieren andar señalando con el dedo / el momento exacto en que la atmósfera se enrarece hasta decir basta. Este poema de MSP es una muestra de que la poesía más allá de los límites de lo que se reconoce como poesía mexicana, es un lugar amplísimo, donde el marxismo, el comunismo, y la lucha de clases, más allá de su militancia política, dejaron una militancia más profunda, y de un riesgo al que se deben la mayoría de los avances del centro expansible de la realidad. El alto vuelo de saber que vamos a morir, y que el llanto no sea un obstáculo para caminar con el día y la noche en contra, y sin manecillas, hacer un ataúd a la medida del propio tiempo.

Visto 377 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Agosto 2017 05:50
Andrés Cisneros de la Cruz

Andrés Cisneros de la Cruz. Ciudad de México, 1979. Poeta, ensayista y editor. Ha publicado los libros de poesía: Vitrina de últimas cenas (VO/ Andrógino, 2007), No hay letras para escribir tu epitafio (Mezcalero Brothers, 2008), Como la nieve que dejan los muertos (Letras de Pasto Verde, 2009, Poesía sin permiso, 2010), Ópera de la tempestad (Metáfora/VO, 2011), La perra láctea (Inferno Ediciones, 2012), Fue catástrofe (Rojo Siena, 2013), Eufórica [partituras para la guerra] (Sikore, 2015), Tétrada (Taller Nuclear, 2014, Ediciones El Viaje, 2015) El viejo arte de lo nuevo. Manifiestos matéricos (Sikore, 2016), La rosa ebria y treintaitrés anforismos (La cosa escrita, 2016) y Dinamita (Cisnegro, 2016). Realizó selección y curaduría crítica del poeta Josué Mirlo, en Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara. Es segundo lugar en el Certamen Internacional Relámpago de Poesía Bernardo Ruiz, 2008, mención honorífica en el Concurso Nacional de Poesía El Laberinto, 2004, y en el Concurso Nacional de Poesía Jaime Sabines, 1999. Y segundo lugar en Premio Nacional de Poesía Temática Tinta Nueva 2011. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM y Comunicación Social en la UAM. Ha sido incluido en más de cuarenta antologías, entre ellas, 24 años, 24 poetas (Tianguis del Chopo / Conaculta, 2004), Descifrar el laberinto (El Laberinto, 2005), La Mujer Rota (Literalia, 2008), el Anuario de Poesía 2007 (FCE, 2008, selección de Julián Herbert), Hacedores de Palabras (Cantera Verde, 2009) y La semilla desnuda (Poetas en Construcción / Conaculta, 2010). Es organizador del Debate Abierto de Crítica Poética (en colaboración con Casa del Lago) y creador del Torneo de Poesía (Adversario en el cuadrilátero), los Miércoles Itinerantes de Poesía, el Premio Latinoamericano de Poesía Transgresora y compilador de 40 Barcos de Guerra, y del compendio Torneo de Poesía 2007-2010. Antología de poetas sobre el cuadrilátero (Linaje Editores / Verso Destierro, 2013). Es colaborador del programa Luces de la ciudad (en la Hora Nacional) y Radio Etiopía. Participó en el ciclo de Poesía en Voz Alta organizado por la Casa del Lago, en 2013. Ha impartido talleres de poesía en el IPN y en la Universidad Iberoamericana. Como periodista fue parte de la mesa de redacción de El Universal y El Independiente, y colaborador de la revista Bucareli 8 y Chilango, así como investigador de poesía especializada en ajedrez, para la Gran Fiesta Internacional de la UNAM 2012. Ha sido curador poético de la obra plástica de Orlando Díaz, Kenta Torii y Omar SM. También ha colaborado en suplementos y revistas de México, Argentina, Venezuela, Nicaragua, Chile y España. Su poesía ha sido traducida al náhuatl y al portugués. Actualmente es editor de la versión en línea de la revista Blanco Móvil, y operador del proyecto múltiple Cisnegro. Lectores de alto riesgo

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