Viernes, 08 Febrero 2019 07:03

Ese dolor ya lo he sentido / Deana Molina /

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Ese dolor ya lo he sentido

Deana Molina

 

La primera vez que lo vio estaba de rodillas sobre el piso de tierra endurecida por el tiempo, el riego y el paso enérgico de la escoba; él, con el oído pegado a esa extraña superficie metálica gris abría sus ojos y sonreía por desconocido motivo para quienes le miraban, mientras hacía girar con sus pequeños dedos un enorme botón negro, circundado de líneas y números blancos.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Juego —respondió, sin abandonar aquello que le ocupaba.

El silencio y concentración del pequeño quien permanecía arrodillado le llevó a retirarse y, justo antes de cruzar las cortinas floreadas que cubrían el marco donde un día estaría una puerta, escuchó decir con aguda voz:

—¿Qué es esto?

—No sé; pero mejor déjalo donde estaba —dijo el otro niño sin ver aquello a lo que se refería, por temor; temor que seguramente el niño sobre la tierra no sentía al levantar aquel objeto sobre sus palmas para mostrarlo, con su vista perdida en el vacío pero claramente dirigida hacia quien le acompañaba.

—Sí, pero…

—¿Qué haces? —interrumpió de pronto con gritos un hombre alto y grotesco que corrió a arrebatarle el objeto de sus manos, ante la sorpresa de quien le acompañaba.

—Demonio éste —rugía el corpulento varón con sus mejillas y boca temblorosas como olas de mar embravecido por la furia—. ¡Mujer! ¡Mujer! ¿Quién abrió la caja fuerte?- preguntaba mientras colocaba la pistola dentro del espacio pacientemente descubierto por el niño y cerraba la puerta de metal antes de tomarlo por los cabellos para sacarlo de esa habitación y llevarlo ante su esposa, totalmente cuestionante.

—¿Qué crees que hacía este demonio? ¿Qué crees que hacía? —repitió como si su voz se perdiera en el silencio de la soledad más sólida; ¡pues tenía la pistola en sus manos! ¿Cómo puede ser? ¡Cómo! —insistió como siempre que se dirigía a ella.

—No sé —contestó indiferente la mujer—, el único que la abre eres tú, así que el olvido es tuyo. Seguro la dejaste abierta y ni cuenta te diste; ¡es tu asunto!... como todo en esta casa —dijo entre dientes, como tragándose las palabras para sumarlas a tantas otras que le abultaban el pecho de años atrás.

—Y asunto tuyo cuidarlo —gruñó tras ella exigente—. ¿Qué tal si se mete un tiro el chamaco este? ¿Qué le dirías a sus padres? ¡Qué! Dime, ¡qué!

Sin contestarle siguió ante la estufa, rumiante de palabras sofocadas y cimbrada como columna, segura de que lo siguiente serían unos fuertes manazos en las nalgas del travieso, ante la sorpresa de quien aguardaba su liberación para ir en su busca.

—¿Qué hiciste? —le preguntó el compañero al niño recién golpeado, una vez alcanzada la distancia entre ellos y los enormes desconocidos que irrumpieron en sus vidas, como salidos de insospechada realidad.

—No sé; jugaba —dijo él, sin salir del asombro—. ¿Qué es una pistola?

—No lo sé, apenas la vi.

—Era fría —comentó entrecerrando los ojos—; un tubo frío y delgado pegado a algo más calientito y grande... Lo divertido fue descubrir el botón y la palanca detrás de la puerta de madera y escuchar todo lo que se movía adentro, sin saber qué era y menos que guardaba algo tan poderoso como para hacer rugir de miedo al gigante que me levantó de los pelos- concluyó, alineando sus labios en una sonrisa.

—¿No te asustó cuando te arrastró por el suelo? Fue horrible verlo aparecer y manotear y gritar como nunca he visto a una persona antes.

—No, no me asustó; fue divertido sentirlo temblar y saber que lo que hice le dio miedo… ¿era muy grande?

—Le llegabas a las rodillas, creo; porque yo corrí a esconderme.

—¿Quién era?

—No sé. No conozco a nadie y nunca había visto esta casa. ¿Por qué estaremos aquí?

—¿Y me preguntas a mi? Primera vez que escucho esas voces —le aseguró, llevándole el índice a la boca, como quien se esfuerza en recordar.

Al día siguiente —y muchos otros— amaneció la caja abierta de nuevo, para sorpresa y furia del hombre quien, enfadado por la repetida travesura, gritó enérgico:

—¡A formarse todos! Rápido, en fila y por estatura.

Tomándolo por la mano lo llevó a ella, mientras todos se preguntaban el motivo de la orden, inútilmente. La fila era larga y con personas de todos tamaños y edades, agrupándose frente a la puerta.

—¡El primero! —rugió el gigante, lanzando su voz como rayo sobre todos los niños, quienes empezaron a temblar con excepción de los hermanos que expectantes aguardaban al final, por desconocer los significados de esa dinámica familiar.

El primero en cruzar la puerta y acudir al llamado de la furia fue el más alto de todos, quien hizo salir de aquella boca oscura llantos y gritos de dolor.

—¿Qué sucede? —preguntó a quien tomaba su mano—, ¿por qué lloran así?

—No sé, pero da miedo escucharlo.

—¿Miedo otra vez?

—Sí. Y más y más cuando veo que nos acercamos a donde los hacen llorar tan feo; si pudieras ver la cara de los que faltan… tú y yo seremos los últimos.

—¿Y si no escapamos?

—No podemos… ¿a dónde iríamos?

Al alcanzar la puerta soltó su mano, paralizándose. Su mano resultaba un descanso siempre; su confianza le brindaba a su vez confianza.

—Anda, ve. No tengas miedo —animó con un murmullo. No sabes qué hay adentro; tal vez no es tan malo como se escucha…

—Pero todos han llorado…

—¡Y qué!, nada puedes hacer. Si hay que llorar pues hay que llorar, llorar y gritar como todos porque seguro duele lo que les hacen.

Me hubiera gustado pasar primero… es más doloroso esperar. Casi creo que cuando me toque pasar el dolor se habrá agotado y nada me pasará ya, sin importar lo que pase.

—¿Qué esperas que no pasas? —gruñó el gigante desde el umbral, asomándose por primera vez desde que dio la orden de formarse a los niños que jugaban, unos a las canicas, otros al trompo y otros a la matatena, bajo el sol ardiente de verano que los obligaba casi al desnudo, interrumpiendo sus risas y alegría.

Buscó entonces su mano para apretarla fuerte y tras un suspiro, bajo la amenazante mirada del tirano, fue a su encuentro.

El gigante, con los brazos en alto lanzó con fuerza sobre sus piernas desnudas dos sendos cintarazos que le paralizaron una vez más, por el asombro… nunca había experimentado tal dolor. No hubo gritos aunque sí llanto, un llanto silencioso y profundo que ahogó para no alarmar a quien guardaba siempre en su mano; dolor de saber lo que le esperaba, mientras le era posible tomarlo de la mano para conducirlo por el camino que los otros seguían.

—¡Y ahí se van a quedar toda la noche y sin cenar! —bramó quien azotó a los pequeños con furia, antes de lanzar lejos el cinturón y dejarse caer en el sillón que al centro de la habitación le soportaba, desvencijado, mientras ordenaba su cena, ajeno al llanto de los trece niños.

En el patio, entre las piedras y sus posibles rincones, con el rostro entre las piernas doradas por el sol, lloraban todos, lejos unos de otros.

—¿Qué pasa? —preguntó, apretándole la mano en un intento de brindar tranquilidad a su guía.

—Ven, busquemos un lugar lejos de todos —le dijo hipeando—; creo que eso es lo que sigue… no tengas miedo —murmuró como quien muerde entre los dientes algo que amortigüe las quijadas, con el sudor sobre la piel como salado baño sobre los ojos irritados de llorar.

¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta! Tiempo sin tiempo ni razón, suspendidos en él como el aliento que se aferra al cuerpo, desde el vientre hundido por el esfuerzo. ¿Qué somos entonces? ¿Acaso una hoja seca amenazada por el viento, cuando imperante azota al árbol para desprenderla en su levedad?

¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta! Cuando el silencio domina los espacios circundantes y la esperanza huye sin llevarnos a los parajes donde habita. ¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta!

—No tengas miedo —le dijo una vez más a quien llevaba de su mano hacia un rincón, lejos de todos y cerca del hediondo baño al que debían acudir, cubeta en mano, salpicándose de porquería en su pequeñez.

—¿Miedo? —le respondió con firmeza—. ¿Miedo por qué si todo ya pasó? —le dijo con cierta tranquilidad—. Y el dolor de los golpes pasará pronto. Conozco ese dolor; seguido me golpeo cuando tú no estás, a veces tan fuerte como nos pegó el gigante. Sé, además, que no siempre estás… creo que me dolió más saber de tus golpes que de los míos, por eso no volveré a abrir esa caja nunca más.

Y así fue

Visto 912 veces Modificado por última vez en Sábado, 30 Marzo 2019 16:47
DEANA MOLINA

Poeta, narradora y periodista. Conductora y productora de radio y televisión nacional e internacional. Representante de la Sociedad General de Escritores de México, en el sur de Sonora; colaboradora de revistas culturales, fundadora y cofundadora de empresas y asociaciones culturales, publirrelacionista, funcionario público y privado, conferencista, investigadora, docente, consultor especialista en auditoría de imagen y protocolo, con más de siete libros publicados, entre los que destacan Silencio rojo (2000) y La suma azul (CONACULTA /Apalba, 2006, prólogo de Luis Vicente de Aguinaga). Aparece incluida en varias antologías, entre otras: Poesía viva de Jalisco y Muestrario de letras de Jalisco, aparecidos en los años 2004 y 2006, respectivamente.

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