Martes, 26 Marzo 2019 05:47

MAR: TUMBA CUNA TUMBA CUNA Roberto López Moreno

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MAR: TUMBA CUNA TUMBA CUNA

 Roberto López Moreno

 

   Y todo surgió del mar, y al centro del mar todo vuelve, es matriz y cementerio permanente, que se mueve, fuerza motriz con pistones que trabajan hacia la superficie, útero y tumba a donde todo va y de donde todo viene, mecánica mágica que no es magia, que es mecánica; que no es mecánica, que es magia. Y en la realidad, trabajo son los hondos fondos desde donde se desprende el paridero una y otra vez hasta que nos encontramos en la vida, viniendo de quién sabe cuántas muertes. El poeta observa y la marea, su incesante movimiento, le da estas visiones que es como un sumarse salino a la maravilla del oscilo aquí planteado.

   Qué es el mar -piensa el poeta de esta nuestra historia- sino una inmensa tumba en donde todo se concentra y de donde finalmente, después de una serie de reacomodos y aleaciones, procedemos todos, impulsados por la energía dinamizada desde las profundidades, en donde el sueño podría ser sueño eterno, pero se mueve cumpliendo con las leyes de su nacimiento… y de su muerte. Reacomodos y aleaciones construyendo la existencia manifestada en seres vivos y objetos inanimados que, sentenciados por la dinámica de la marea, igual se mueven, ¿hacia su vida?, ¿hacia su muerte?

   Finalmente hablamos de un enorme cementerio en el que nada (si acaso el instante de Aquiles mientras la tortuga avanza) permanece estático de acuerdo con los más antiguos filósofos materialistas, desde Heráclito -por mencionar uno de los más presentes en nuestras consideraciones cotidianas-, Tito Lucrecio Caro, los primeros atomistas, etc. Y donde hay movimiento la muerte se convierte en generadora, entonces, el gran océano al que nos referimos, el gran cementerio, termina siendo la enorme entraña incubadora que recogerá el poeta en la mente, en sus visiones, y que elevará hacia el otro plano, hasta la altura del risco, para observar total, desde su elevación, el inabarcable cementerio que nos engloba desde la añil esfera.

   El cementerio marino en donde Paul Valéry midió las dimensiones de la vida y la muerte, se encuentra en un risco, en la ciudad de Séte, promontorio que imponente mira al mar desde sus tumbas, ese risco ya había sido utilizado como cementerio por los romanos, aunque la ciudad de Séte fue fundada oficialmente en 1666 como parte de las obras del Canal de Midi que uniría el Mediterráneo (Séte) con el Atlántico (Burdeos). Enfrente, las rutas aún vivas surcadas por romanos y cartagineses. Entonces, tal prominencia ya había sido el risco de los muertos que miran al mar, el mismo que les sigue dando vida al crear la dinámica de la paradoja.

   Esta paradoja Valéry la canta a ritmo ceñido, alucinante. Desgraciadamente las traducciones de poesía, entre más veraces, entre más leales al pensamiento del poeta, se alejan por necesidad de la musicalidad planteada por el poema. No hay salida para esto. Va una cosa por otra, desgraciadamente. Quizá para nuestro caso funcionara un intento de explicación (trabajo que de ninguna manera corresponde al traductor, quien ya cumplió con calidad y oficio su encomienda) para acercarnos lo más posible a la música original del poema que nos ocupa.

 

La fuente (tomando nada más el primer párrafo) nos dice:

Ce toit tranquille, oú marchent des colombes.

Entre les pins palpite, entre les tombes;

Midi le juste y compose de feux

La mer, la mer, toujours recommencée

O récompense aprés une pensé

Qu?un long regard sur le calme des diuex!

 

   Imaginemos esta música. Los dos primeros renglones son un dístico (la palabra final del primer renglón rima inmediatamente con la palabra final del verso que le sigue) de diez sílabas cada uno. Después continúa una cuarteta de rima interna, como las de los sonetos clásicos, pero también de diez sílabas (los sonetos clásicos son de once). Así quedan enlazados en rima externa, el tercer verso con el sexto y en rima interna el cuarto con el quinto, creando, todo el conjunto, una dinámica musical que envuelve efusivamente al lector en la lengua original. Así accedemos solamente a la simbologías de las que se vale el autor, y quizá por ello, despojados de la lubricidad de la música primera, en un juego de ganar y perder, quedemos en la condición apropiada para abarcar más ampliamente el pensamiento puro del poeta. Éstas son simples ideas al aire.      

   

   Valéry nació en Séte, al sur de Francia, en 1871 y murió en Paris en 1945, después de lograda la arquitectura de su poesía y después de haber defendido con las armas a su país de la invasión nazi. Sus restos se encuentran justamente en el cementerio marino, lugar que inmortalizara con su poema del mismo nombre. En su lápida se grabaron estas frases de su poema inmortal: “¡Oh recompensa después de un pensamiento como vasta mirada sobre la calma de los dioses!” ¿Qué percibió el poeta ubicado en la altura del osario sitiado de mar? Nos lo dice en el poema, pero es que el poema dice muchas cosas, metáfora abierta a las dimensiones de la imaginación del lector.

   Séte es ciudad surcada por canales, rodeada de agua, prácticamente una isla que se tiende entre el Mar Mediterráneo y la laguna de Thau. En el centro, como emblema de la localidad se erige el Monte Saint Clair, elevación más verde que el verde al delinearse decididamente en medio de un azul que le asedia por todos lados.    

         Desde el cementerio marino, desde las tumbas en donde la muerte guarda el producto de su trabajo, Valéry mira el mar. Pero se sabe también parte de su punto de observación y junto con las pequeñas capillas en torno, al lado del sembradío de cruces de piedra, el azul permanente se ve enfrentado por el rojo intenso de las cruces, a veces, anaranjadas, a veces, amarillas, y en medio de esos rojos y amarillos de los que además él forma parte, el poeta, también estudiante de filosofía, el poeta, también estudiante de matemáticas, inicia su meditación. Está iniciando su poema, su trabajo mayor, 24 sextetas de deslumbramiento y deslumbramientos.

   En el principio se pone bajo el manto patriarcal de Píndaro y lo evoca en su epígrafe: Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible. Las tumbas que lo rodean vestidas de rojos y anaranjados, tintadas por un sol que ya declina en el horizonte iodado le están subrayando también que en efecto, la inmortalidad no existe, entonces, junto a Píndaro, de la vida habrá que agotar al máximo lo posible y eso intentará el poema. Y eso nos da.

   Píndaro, el poeta que Valéry evoca, ha sido considerado por otros grandes poetas como el dueño de un estilo peculiar, creador de una escritura que proporciona dificultades al lector. Hace que su discurso dé saltos continuos e inesperados y de pronto se vale de asociaciones imprevistas, lo que le permite utilizar una enriquecida mixtura de elementos. Saturado de recursos retóricos construye una obra oscura para los de su tiempo, y otro griego, Herodoto, asegura que su poesía es ininteligible, juicio con el que cientos de años después iba coincidir Voltaire, mientras que Goethe y Holderlin le llamarían “símbolo de la libertad del genio creador”.

   Así, lo vio también Valéry, como “símbolo de la libertad del genio creador” y así lo asume en el inicio mismo de su gran poema. Por ello se volvería casi imposible -e inútil- hacer una lectura lineal del poema de Valéry, pues como en el caso del griego Píndaro, en su poema hay una confluencia de energías, de visiones, de definiciones del todo y de los todos que convoca a muchas energías y las pone a funcionar para que el lector haga su poema propio.

   El párrafo anterior responde a un pensamiento que Valéry repitió en diferentes ocasiones y que era en referencia de que un poema no puede ser explicado, pues son muchos los misterios que confluyen en él y lo hacen poema y provocan que en el momento de que se quiera hacer una lectura lineal del mismo quede destruida la creatura poética. Según sus propias palabras: “no hay sentido verdadero de un texto”. Por lo tanto la ventana se abre y el alma vuela, Sin más. Como vuelan las palomas con las que se inicia El cementerio marino y que después de 24 estrofas, en pleno jubileo, se van a convertir en velas de embarcaciones picoteando el azul que es vida arriba, abajo, en el horizonte.      

   Decía el poeta de Sénte, no me pregunten “que quise decir”, pregúntenme “qué quise hacer”, y en el caso en el que nos encontramos, sentimos que quiso partiendo de la muerte hacer la vida, y lo hizo.

   Después de la cita de Píndaro y en traducción de Miguel Ángel Flores, el poeta inicia:

 

 

Ese techo tranquilo, campo de palomas,

Palpita entre pinos y tumbas;

Justo al mediodía enciende fuegos

¡El mar, el mar, siempre recomenzando!

¡Oh recompensa después de un pensamiento

Como vasta mirada sobre la calma de los dioses!

 

  

No vamos a cometer la grosería de intentar una lectura lineal del poema. ¿Cuál es aquí el empeño?: navegar en las abstracciones del poeta sin mayores pretensiones, flotar en ellas y en lo que se pueda -ya decía Píndaro: “agotar el campo de lo posible”-, acercarnos un poco más, con humildad, a su visión de su mundo, a la de su la vida y a la de su la muerte. Estamos ahora en la cima del risco y clavamos la mirada en el infinito. La muerte ha escogido ese mar iluminado por el día, como su redondo espejo.

   Desde su primer párrafo el poeta nos coloca en el resplandor del día. Si el mar es la tumba de lo que no nada, esta tumba no es obscura, sino por el contrario, está plena de un fulgor enceguecedor y lo que no vemos no es por la sombra, sino por el estallido de luz del mediodía encendido en sus fuegos. Entonces, el mar, la enorme tumba de agua, es una tea, y si vamos en el morir hacia esa tumba, no vamos a ella por la sombra, vamos por la llama.

   En la segunda estrofa se reafirma la visión, el mar imán de luz, y en medio de la paz que ejerce (el sol no deja de estar sobre el abismo,estamos todos sobre el abismo) se agrega una consideración más, sobre la aparente paz vamos a alcanzar el conocimiento de las profundidades por medio de la poesía, la poesía siempre en el borde del abismo nombrado.    

   

 

¡Qué trabajo puro de finos relámpagos consume

   Tantos diamantes de invisible espuma,

   Y qué paz parece concebirse!

   Cuando sobre el abismo un sol reposa,

   Trabajos puros de una eterna causa,

   Refulge el tiempo y el Soñar es saber.

   

 

Existe un mar frente al cementerio marino, pero ahora no hablo del mar sobre el que nos hemos intentado navegantes ni del risco poblado de tumbas (ahí mismo está enterrado Valéry, en la tumba de la familia Grassi, nombre de su madre), no de ese mar ni de ese cementerio desde donde se ve la línea dorada y curva de la playa de La Corniche. Estos son los otros sustantivos: existe un mar de teorías, explicaciones, discernimientos y minuciosas tesis, sobre el poema El cementerio marino. Pero quizá entre más nos acercáramos a los misterios del poema más crecería nuestra interrogante ante el autor que tanto insistía: “la obra es para uno el término, para el otro el origen de desarrollos que puedan ser tan ajenos como se quiera, uno al otro”.    

   Para Valéry los juicios producidos entre el productor, la obra y el autor son ilusiones, sólo producen reflexiones inválidas. Pero seguimos avanzando desde nuestra invalidez, hasta agotar lo posible, como proponía Píndaro. Qué magnífica emoción el intento de descifrar los símbolos del poeta.

   Entre los terrenos de lo imprecisable sería prudente atenernos a las palabras del propio autor:

   “Ya me he explicado en otras partes sobre este punto; pero nunca se insistirá lo bastante: no hay sentido verdadero de un texto. No hay autoridad del autor. Aunque haya querido decir, escribió lo que escribió. Una vez publicado, un texto es como un aparato del que se puede servir cada uno a su antojo y según sus medios; no hay seguridad de que el constructor lo use mejor que cualquier otro. Por lo demás, si el autor sabe bien lo que quiso hacer, este conocimiento turba siempre en él la percepción de lo que ha hecho”. Estas expresiones dotan de mayores márgenes al osado que en vez de leer al poeta propone intuirlo.

   ¿Por qué no es procedente “leer” sino intuir a Paul Valéry y con él su Cementerio marino? Ya se ha dicho aquí que a Valéry se le considera como un descendiente directo del Simbolismo iniciado por Baudelaire y llevado a su máxima expresión por Stéphane Mallarmé, quien al mismo tiempo da paso a las expresiones del Vanguardismo, que ya golpeaba con fuerza las puertas de la creación literaria contemporánea y de las revoluciones estéticas en general.

   El Simbolismo nace en Bélgica y Francia como una actitud contraria a la enseñanza y a la descripción objetiva en el arte. Ese sólo hecho de separarse del arte que pretende “enseñar”, abre las ventanas al discurso. Se multiplican las posibilidades de la palabra, y su entramado desde el poeta. Se potencializan los significados según las posibilidades culturales y vivenciales del que recibe. No sólo se libera, se multiplica, se potencializa el emisor, sino que también se diversifican las arterias del que recibe transformándose y transformando. Se toca el misterio, y su profundidad es mayor y más honda que lo tocado por la prudencia didáctica del profesorado.

   Según los simbolistas el mundo es el constante misterio por descifrar y el poeta debe establecer las correspondencias ocultas que unen los objetos sensibles. Fueron Baudelaire y Edgar Allan Poe quienes proporcionaron el mayor número de imágenes y figuras literarias a este movimiento que reaccionaba en contra de los movimientos realistas del Romanticismo imperante -aunque muchos han dado en llamarle, al Simbolismo, la cara oscura del Romanticismo, su extensión sombría-, y que dio origen al Parnasianismo (Theophile Gautier: “el arte por el arte”) del que después se apartó al no estar de acuerdo con el postulado de “el verso perfecto” de los parnasianos. Seguimos buscando en la vastedad la posible lectura al marino Valéry.

   Según el radicalismo de Rimbaud había que desarreglar todos los sentidos para poder ver, romper la pupila tradicional para crear nuevas imágenes, para encontrar las realidades ocultas, antirrealismo absoluto, ¡fuera la lectura lineal del texto y de la vida!

   Mallarmé de quien ya se dijo fue el cúlmine del Simbolismo, junto con Paul Valéry, nuestro poeta marino (poesía esteticista, intelectualizada), fueron también principales columnas para la irrupción del Hermetismo italiano (Quasimodo, Ungaretti, Montale, D’Annunzio, Pascoli…) poesía de mediados del siglo XX ésta, pero con una intencionada cercanía al hermetismo del antecesor culterano español del siglo de oro, escrita con la intención de que fuera oscura, alejada lo más posible del gran público, lo que se lograba con base en analogías, asociación de ideas por yuxtaposición, imágenes oníricas, acentuando el mensaje atemporal en contraposición de lo cotidiano; poesía como intuición, sin propósitos prácticos. Cerrada.

   La poesía parnasiana se derivó del Simbolismo, pero los simbolistas se apartaron de ella desdeñando su propuesta de claridad y objetividad a cambio de mayor libertad en el verso, y deshabitando la pretensión a la  claridad, a la objetividad, al perfeccionismo. Sin embargo adoptaron de Gautier su posición de “el arte por el arte” y años después, Valéry descendiente de estos movimientos, acuña por su parte la idea de la “poesía pura”.

   Sobre el destino de los simbolistas escribió Verlaine que el genio de cada uno los había separado del tejido social, como una maldición que los había conducido al hermetismo volviéndolo su expresión individual. Dado que el griego-francés Jean Moréas, autor del Manifiesto del Simbolismo falleció en 1920 y su inmediato antecesor, Stéphane Mallarmé, en 1898, se podría decir que Paul Valéry, muerto en 1945, fue el último simbolista.   

   Si tomamos estos datos como necesarios antecedentes tendremos ya más clara la idea de cómo acercarnos al poema El cementerio marino. En él existen las citas culteranas: Zenón de Elea, la diosa Minerva, impresiones paisajistas, simbologías sobre la vida y la muerte mientras el reposo de los dioses; el mar, como estímulo para los vivos y lugar de descanso para los muertos; el mar, hechura de palabras lúminas, sitio consagrado a la luz desde el fulgor terrestre…  divagaciones… dispersiones…

   Como el poeta se encuentra observando sobre el risco, y es vida, el mar recicla entonces la vida en la superficie. Al mismo tiempo el mar espera para ser el cementerio de la tierra firme. Tumba. Cuna. Tumba. Cuna. La muerte, que es vida, rodea al poeta que observa y éste mira la inmensa tumba azul que está esperando el descenso de la tierra para reciclarla. La muerte puede tardar pero finalmente es la tortuga que siempre le gana a Aquiles. El hombre, Aquiles, puede obtener triunfos, brillos, en su desbocada carrera pero al final, la tortuga siempre llega. El poeta nos refiere el veloz desplazamiento de Aquiles, más en su juego de simbologías, es él, sujeto también a la paradoja de su quietud. De lo que culpa al cruel filósofo:

   

 

¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!

   ¡Me has traspasado con esa flecha alada

   Que vibra, vuela, y que no vuela!

   El sonido de mi infancia ¡y la flecha me mata!

   ¡Ah, El sol…! ¡Qué sombra de tortuga

   Para el alma, Aquiles inmóvil a grandes pasos!

 

   Medita el poeta sobre el risco y nos mueve dentro del sofisma de Zenón, la velocidad que no avanza y se queda suspendida entre Aquiles y la tortuga pertinaz; y porque el color, el olor, el dolor mismo, todo está condenado a perecer, se rompe el quietismo, ¡por eso se alza el viento, para tentar la vida!

   Sobre la inclusión de este pasaje en el poema, el propio Valéry explica:

   “La exigencia de los contrastes que producir y de una especie de equilibrio que observar entre los momentos de ese “yo” me llevó (por ejemplo) a introducir en un punto algún llamamiento de filosofía. Los versos en que aparecen los argumentos famosos de Zenón de Elea (pero animados, revueltos, arrastrados en el arrebato de toda dialéctica –como un aparejo en una racha de borrasca-) tienen por objeto compensar, con una tonalidad metafísica, lo sensual y lo “demasiado humano” de estrofas antecedentes; determinan también más precisamente a “la persona que habla” –un amante de abstracciones-“.

   Concederá la indulgencia del lector que la interpretación, anterior a esta explicación, hecha a la sexteta, vale, pues la lectura de un poeta como Valéry no se puede quedar en la noble explicación del autor de que su intervención en esa estrofa fue un simple intento de hacer un contraste entre lo demasiado humano y una tonalidad metafísica.

   Y así cada estrofa queda abierta y lo que el lector desprenda de cada una, según la habilidad de su pupila, valdrá también, seguirá valiendo, desde el risco de su observación poblado de cruces de piedra enrojecida, hasta lo más profundo del vientre de su océano.

  

 

        Así, el mar es cementerio para la tierra firme.

   Así, el mar es cuna que está para la vida.

   Así, el mar es fuente de conocimiento, “Templo de Minerva”.

   Así, el mar es sentencia entre la superficie y las profundidades.

   Así, el mar es el poderoso imán de las conjeturas del poeta.

   Así, el mar disuelve el tiempo con su abrazo de agua.

   Así, el mar es recipiente de la muerte que reinventa los latidos pero que en su fondo conserva inviolado el gran misterio.

   ¿En dónde concluye el mar?, no en los continentes, estos son apenas una concesión del mar. El mar continúa más allá del litoral, sigue en el pensamiento del hombre que lo está observando y sigue en el pensamiento de éste sobre la muerte y el final de la carrera de Aquiles. ¡Ah cementerio marino! ¡Voltio de agua!

   Pero cuando la tierra se sumerge en el cementerio hidráulico ¿cuánto se lleva para alimentar su eternidad?, ¿de cuántas culturas están empedrados sus medios fondos?, ¿de cuántos pensamientos?, ¿de cuántas almas aceptando la sentencia de Píndaro?, ¿de cuántos poetas concentrados en el juego y rejuego de las mutaciones?, ¿cuántas ecuaciones se encuentran sepultadas en su vientre?, ¿de cuántas ecuaciones elabora las crestas de su espuma?

   Traduce Miguel Ángel Flores:

   

¡El viento se eleva!... ¡Intentemos vivir!

   El aire inmenso abre y cierra mi libro,

   ¡La ola en espuma se atreve a brotar de las rocas!

   ¡Vuelen, páginas tan embelesadas!

   ¡Rompan olas! ¡Rompan aguas regocijadas

   Ese techo tranquilo donde picotean las velas!

 

   Las palomas del principio ahora son velas marinas, reciben el bautizo junto con los continentes. El libro del poema –como el poema del libro-, es abierto y cerrado por un aire inmenso. Al final de cuentas, en el cementerio marino (magia de la mente del poeta y magia de la existencia misma, ¡rompan aguas regocijadas!), triunfa el himno por siempre de la vida. ¡El viento se eleva!... ¡Intentemos vivir!                  

  

 
www.robertolopezmoreno.com
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Roberto López Moreno

Roberto López Moreno. Entre más de cuarenta títulos publicados se encuentran los siguientes libros: de poesía: Décimas Lezámicas (UNAM); De saurios, itinerarios y adioses (Universidad Autónoma de Chiapas); Verbario de varia hoguera (Instituto Chiapaneco de Cultura) y Sinfonía de los salmos, también de la

332 Hablemos de poesía (UNAM). De narrativa mencionaremos: Yo se lo dije al presidente (Fondo de Cultura Económica); Las mariposas de la Tía Nati (Tercera edición en la colección Lecturas mexicanas del CNCA); La Curva de la Espiral en la editorial (Claves Latinoamericanas) y Cuentos en recuento, (UNAM). Ha representado a nuestro país en ciudades como Salta, Argentina; en Santiago de Cuba y La Habana, Cuba; Berkeley, EU; Medellín, Colombia; Struga, República de Macedonia entre otros sitios. Otro libro suyo es Crónica de la música de México

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