"BARCOS"

Ramiro Padilla Atondo

Reflexiones sobre un cuento de Gabriela Torres Cuerva

 

 

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

 
 
 
 Hay descubrimientos fantásticos, descubrimientos que por su propia naturaleza quedan atados a la psique de manera irremediable. Eso pasa cuando se lee algún cuento memorable. Me ha pasado en algunas ocasiones, y lo ejemplifico por orden de aparición; En este pueblo no hay ladrones de García Márquez, La señorita Cora de Cortázar, Tlön Uqbar Orbis Terius de Borges y así muchos más. Es claro también que los gustos son particulares, lo que a mí me puede parecer maravilloso a otros no tanto. He leído a cuentistas que tienen cuentos sin publicar como Juan José Luna y su cuento Bicentenario, una verdadera obra maestra en hoja y media, o un cuento largo que parece novela como Predrag de Daniel Salinas Basave. El cuento al que me referiré en esta ocasión aparece en el volumen de Cuentos Hombres maltratados (Lectorum) de Gabriela Torres Cuerva. Sin tener elementos fantásticos, la personaje, que ve películas de arte, decide ir al cine sin ir preparada para los cambios climáticos. Pero la personaje, va cediendo protagonismo no solo a los elementos naturales sino a los contertulios, los trabajadores del cine, los espectadores que no terminan de ver la película porque una tormenta de a poco empieza a inundar la sala, y sobre todo por la tensión que de a poco aflora entre una pareja de ancianos. Sirve el cuento como una parábola de cierto tipo de convencionalismos, de que hay situaciones que se tienen que aceptar y están fuera de nuestro control, las relaciones de pareja que se viven aunque sea un infierno porque no cabe el divorcio y más a una edad tan avanzada, y la lluvia, personaje a su vez principal que permite que aflore la rebelión en el anciano, controlado en todo momento por su esposa. Se dice que un cuento vale más por lo que deja de decir que por lo que dice. Hay elementos curiosos que apelan a otro tipo de conciencia, cuando uno va al cine, da por descontado que hay cierto tipo de acústica que permite un mayor disfrute. En plena función se va la electricidad y en la oscuridad reinante, el golpeteo incesante de la lluvia es el único sonido, mientras los empleados luchan por contener la inundación hasta que se dan por vencidos. Don Joaquín, el anciano, necesita auxiliares auditivos y de su pecho cuelga un gafete para identificarlo en todo momento. La mujer controla sus movimientos de manera obsesiva y cuando la sala comienza a inundarse lo aísla. Pero el aislamiento dura poco, hay una fuerza que atrae a Don Joaquín hacia la lluvia por lo que las súplicas de la mujer valen poco. Toma un rollo de programas del cine y empieza a fabricar barquitos con ellos. Los barquitos se convierten en el elemento liberador, no solo para Don Joaquín sino para los demás asistentes que participan emocionados. Barcos es un cuento que vale leer la pena varias veces.

 

 

Barcos

Gabriela Torres Cuerva

Hombres Maltratados (Editorial L

 

Ir todos los domingos al cine ya es para mí una costumbre. Lo hago por las tardes, depreferencia, aunque las funciones de mediodía ofrecen la misma cartelera y el beneficio adicional de estar bastante despejadas. Cuando mis hermanos y yo éramos niños, mi madre siempre elegía el horario matutino y casi siempre nos quedábamos el doble de tiempo, pues había permanencia voluntaria. Jugábamos, ya en esa segunda vuelta, a anticipar las escenas que seguían, los diálogos e incluso a adivinar cómo irían vestidos los actores. Después,cuando mis hermanos ya no fueron, el juego se terminó, y mamá siguió con lo mismo deaprovechar la película doble; entonces me aburría mortalmente. Ella lo sabía, pero algo que nunca entendí la hacía aprovechar la posibilidad al máximo, incapaz de hacer caso omiso del derecho de permanencia. Alguien me dijo después que se podía pasar a otra sala y ver otra película o que en la misma sala pasaban filmes distintos; en mi caso nunca fue así. Tal vez por eso, por una asociación infantil, es que rara vez me inclino por el turno matutino, como ocurrió esa mañana de junio. Desperté sin intenciones de enfrentar mis labores domésticas pendientes. Trabajo toda la semana, de nueve de la mañana a siete de la tarde, y últimamente tengo la impresión de que los sábados y domingos tienen menos horas que los otros días: no alcanzan para nada.Me desperté, desayuné un par de huevos estrellados con algo de salsa de tomate de un día anterior, jugo de naranja y dos cafés muy cargados. Limpié la cocina y me acosté de nuevo. El día anterior, sábado, había tomado la precaución de hacer las compras de la semana. Así que bien podía haberme quedado allí toda la mañana. Me puse a leer el periódico y me adormilé de nuevo.Un mundo de agua, como el de la casa inundada de Felisberto Hernández, cubrió mi duermevela. Agua por todos lados: de las ranuras en la madera de las puertas, por las goteras del techo y algo tan extraño como que las paredes eran enormes pieles humanas de cuyos poros brotaban gotas y gotas y gotas. Desperté con una sensación incómoda, cubierta de sudor, intranquila. Pensé en cosas catastróficas, como si algo muy malo fuera a pasar ese día.Necesitaba salir de la casa, así que decidí darme una ducha con agua fría para despertar del todo, me pinté los labios, y me fui al cine sin siquiera ver la cartelera. Cuando iba llegando, las nubes estaban ligeramente ensombrecidas. Por si las dudas,me estacioné lo más cerca que pude, a unos metros del lugar y sin la necesidad de poner monedas al parquímetro por ser día de asueto. No me di cuenta entonces de lo inadecuado de mis huaraches para un temporal como ese; las tiras de cuero generalmente se arruinan con el agua. Había una fila de unas quince personas en la entrada. Cuando ocupé el último lugar, yaserían como veinte. Empezaron a caer algunas gotas, después una leve llovizna, fina pero consistente. Algunos sacaron sus paraguas. Yo me recriminé la falta de previsión. Un hombre muy corpulento subió el cuello de su chaqueta y se ajustó el sombrero. Hubo quienes vieron el reloj, para revisar tal vez por cuántos minutos tendrían que esperar a la intemperie o si su pronóstico del tiempo coincidía con la lluvia.El cine México es un lugar socorrido por un público perseverante. Las películas que se exhiben se inclinan más al arte que a lo comercial. Me gusta eso. Mientras los cines de las plazas comerciales están repletos todo el tiempo, el viejo cine acoge en cada función un máximo de treinta o cuarenta personas. Por extraño que parezca, no hay quien pierda la oportunidad de ocupar una butaca, como si todo estuviera perfectamente planeado y se hubiesen cotejado con anterioridad el cupo y los espectadores. Esa tarde el panorama se veía menos concurrido, pero para mí estaba bien. Aunque los que acudimos al cine siempre somos los mismos, no nos conocemos entre sí. Nadie tiene la intención de intimar. Eso también está bien para mí. Por otro lado, el público se compone de gente grande; proliferan bastones, andaderas, donas para sentarse, casi todos portan lentes bifocales, aparatos para escucha o ambos. Estaba segura de haber visto antes a la pareja formada delante de mí: la señora traía lentes y un collar del que pendía un pastillero de colores parecido a un caramelo. Don Joaquín portaba un gafete en su camisa, sujetado con un seguro metálico de los que se usaban para ajustar los pañales de tela de los niños; en él se podían ver escritos otros datos además de su nombre, así como una fotografía suya, visiblemente más joven. Traía al cuello unos lentes oscuros y enormes en un cordel delgado. Era notoria la presencia de auxiliares auditivos, pues batallaba con un control en la bolsa de su camisa para mediar el volumen.Era lo único que sabía de ellos: cosas así pueden observarse mientras una hace fila,sobre todo si el avance es lento, como sucede en el cine México. En cuanto el tomador de boletos tomó su sitio en la puerta principal, la señora apremió a don Joaquín con un empujón en la cadera para que avanzara. El boletero, sentado en un banco alto, recogió los cartones amarillos, los revisó como si alguien fuera a atreverse a falsificarlos, los regresó después de partirlos en dos con un movimiento frenético.Al igual que los espectadores hemos generado ya una tradición, los trabajadores del cine tienen muchos años trabajando allí. La taquillera es una mujer malhumorada que lleva cada domingo el mismo vestido color paja. Al ingresar a la antesala, seguimos en la fila: es cuando el boletero administra el fluir de todos hacia la sala, en perfecto orden.Me gusta mirar los carteles de las películas exhibidas recientemente, para ver cuál se me ha escapado. Esto, sin saber la razón, me hace sentir un poco de culpa, como si yo estuviera comprometida a verlas todas, sin faltar una. Me complació saber que la película de ese domingo fuera portuguesa, un filme basado en la novela de Camilo Castelo Branco,Misterios en Lisboa. Podría compararla con la novela; aunque no estaba tan segura de recordar el contenido al pie de la letra, siempre he tenido la idea de que el filme activa sensores de la memoria si ya se ha pasado por la historia en papel. El cartel anticipaba una buena fotografía y ciento noventa minutos de intrigas, identidades falsas, romance y violencia.Me salí de la fila y pedí a la señora el favor de guardar mi lugar. Asintió mientras miraba hacia la puerta de la sala, todavía cerrada. Interpreté su gesto y me apresuré a comprar unos chocolates y un refresco de manzana. Después de tantos años de hacer exactamente lo mismo, la dependienta había desarrollado una técnica eficiente para cortar la fruta, colocarla en vasos de plástico transparentes y agregarles una bolsita con chile y una rodaja de limón.Un método sistemático que conseguía porciones idénticas. Cuando terminó de llenar un vaso de tajadas de mango, me dio la mercancía, tomó las monedas y siguió con su tarea.Alcancé mi lugar en la fila justo a tiempo. Don Joaquín renegó cuando su bastón se atoró en la alfombra; la señora le ayudó a desatascarlo y comentó algo de la decrepitud del cine, de lo viejo que estaba todo, de que era el colmo que ya nada servía. Espoleó de nuevo a don Joaquín para que no perdiera el paso. Ya en la sala, los perdí de vista. En el intermedio, la sonoridad de la lluvia era evidente. Ignoro qué habrán pensado los demás, pero yo lamenté no traer zapatos adecuados y otra vez me reproché el no cargar con paraguas por si acaso. La gente se inquietó. Miraban hacia el techo como si con eso pudieran medir la densidad de la tormenta. Vi las mismas cabezas de siempre, sin identificar una sola. Algunos se tapaban los oídos; el hombre junto a mí se metió la cara entre las piernas hasta que recomenzó la transmisión del filme. El estruendo se estaba poniendo insoportable.El resto de la película pasó de un modo muy accidentado. Poco antes de que se revelara la identidad del personaje protagonista, se fue la electricidad y todo se quedó en la más profunda oscuridad. El ruido de la lluvia lo invadió todo, tanto, que hizo callar las quejas,los enojos, los gritos de frustración. El silencio absoluto en la sala contrastaba con la alharaca rabiosa del agua allá afuera. Por un momento pensé que al salir nos encontraríamos con un territorio desolado, como si la ciudad hubiese sido arrasada por una guerra o un terremoto.De súbito, entraron la dependienta y el boletero con trapeadores y cubetas. El agua había comenzado a filtrarse en la sala. Todos se pusieron de pie y en movimiento. Fue cuando vi a la señora y a don Joaquín. En una réplica de lo que había observado en la fila, ella lo urgía a salir, muy junto a él, cuerpo a cuerpo. El rictus de don Joaquín podía ser a causa del aparato de audición que sacaba, veía y guardaba de nuevo, por el acarreo del que era objeto o porque el final de la película había quedado inconcluso. Las alfombras estaban completamente mojadas. El salón de proyección se vació en pocos minutos.Había dejado de llover. Seguramente con la finalidad de impedir que el agua entrara a todos los rincones del cine, la puerta de cristal se había cerrado casi en su totalidad, lo que no consiguió detener el embate del agua. Era difícil medir la magnitud de la inundación en la calle: probablemente alcanzaba metro y medio de altura. Como antes en la pantalla, los ojos de todos estaban pegados a lo que ocurría afuera: ese imposible universo, inalcanzable.El boletero y la dependienta corrían de la sala al área donde nos encontrábamos todos,llenando y vaciando cubetas, dando explicaciones imposibles. El hecho es que nada podíamos hacer. Don Joaquín y la señora se ubicaron a una distancia prudente de todos, como si estuvieran a punto de levantar la voz y dar un discurso comunitario. Dado que todos iban en pares, me limité a descifrar las conversaciones. Se hicieron alusiones al clima fuera de control en los últimos tiempos, a que en la ciudad pocas veces se había visto un fenómeno así, al espectáculo que estaríamos dando tras un cristal y arremolinados, con caras de ser víctimas de un secuestro. A decir verdad, nadie podía vernos. La calle estaba desierta y el agua cubría todo el paisaje.Don Joaquín, que solo miraba con cierta pena lo que estaba sucediendo, se inquietó de pronto. Se recargó en la pared, levantó una pierna, se quitó un zapato; estaba por hacer lo mismo con la otra, cuando lo reprendió la señora:

 

-Qué haces, por el amor de Dios. Te vas a enfermar si se te mojan los calcetines.

 

Él no mostró reacción alguna a sus palabras. Ya sin zapatos, se agachó con parsimonia con la aparente intención de doblarse el pantalón para evitar que el agua lo alcanzara. Visto a distancia era una acción prudente y responsable, sin embargo, sus intenciones no eran tan claras. La señora lo reconvino otra vez:

 

-No, no, no. Deja eso, por favor, ¿qué haces? Ni se te ocurra. No, no vas a quedarte así. Ponte los zapatos. Basta, basta, Joaquín, entiende.

 

Don Joaquín se le quedó viendo unos segundos con una mirada suplicante. Parecía un niño pidiendo permiso, esperando aprobación para remangarse el pantalón. Un niño con unas ganas tremendas de meter los pies en el agua. Ella le dio unas palmadas en los muslos e intentó obligarlo a levantar el pie para ponerle un zapato, mientras le decía:

 

-Ya te mojaste. Se te mojaron los calcetines, Joaquín. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

 

Te vas a enfermar, te vas a enfermar. Te dije, pero nunca entiendes. Me canso de decirte las cosas y tú nunca entiendes.La dependienta y el boletero habían abierto un poco la puerta de cristal; inútilmente,

barrían con escobas el agua hacia afuera, después trapeaban y apenas terminando comenzaban de nuevo. El agua en la calle era tanta que se metía por el espacio libre entre el suelo y el filo de las puertas. Por fin desistieron de tan vana tarea y se instalaron detrás del mostrador de la cafetería, como dos soldados. Muy poca mercancía quedaba a la vista: un paquete de chocolates, algunos tubos de pastillas de menta y dos o tres vasos de fruta. El pequeño refrigerador estaba desconectado, supongo que para evitar cortes eléctricos cuando volviera la luz. Don Joaquín, visiblemente afectado, muy nervioso, con los zapatos en la mano, se dirigió con pasos torpes hacia la silla alta del boletero, tomó un rollo de programas y se quedó allí, mirando a la calle, extasiado. La señora, jalándole el suéter, no dejaba de insistir en lo terrible de que anduviera sin zapatos por ahí, como si nada:

 

-Si tuvieras un poco de conciencia no harías esto. ¿Quién crees que te va a cuidar cuando te agarre la tos y la fiebre? A ver qué haces cuando no aguantes las piernas. Estás loco, Joaquín, de remate.

 

La señora, mientras caminaba junto a don Joaquín, atisbaba entre las cabezas, como si buscara alguna aprobación hacia sus actos. Puedo asegurar que todos estábamos concentrados en él, más que en lo que ella intentaba hacer para detenerlo. Él se dirigió al mostrador de la cafetería, donde el boletero y la dependienta observaban la quietud del agua en la calle, cuyo nivel no disminuía ni un milímetro. Por primera vez abrió la boca y dijo,con una voz cascada, aunque audible:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

La señora lo tironeó del suéter con desesperación y le dijo:

 

-Estoy enojada, Joaquín. ¿Qué no ves el ridículo que estás haciendo? ¿Las vergüenzas que me haces pasar?

Don Joaquín puso los programas en el cristal del mostrador; ante la mirada indiferente del boletero y la dependienta, repuso:

 

-No quiero, no quiero, ya no quiero.

 

No volvió a decir nada más. Se limitó a extender con las manos uno de los folletos sobre el cristal, a doblarlo en dos partes, después en cuatro, a plegar las esquinas hasta que,muy orgulloso, consiguió un barco de papel perfecto que puso a consideración de todos,levantándolo en alto para que pudiéramos verlo. Algunas exclamaciones surgieron de la pequeña pero consistente multitud. Yo estaba muy cerca, así que pude verlo con precisión: realmente era muy hermoso. Daban ganas de tocarlo, de pasar los dedos por su vela, de hacerlo que don Joaquín hizo después. Miró hacia abajo, tal vez a revisar qué tanto había logrado enrollar los pantalones aun con la insistencia de la señora. Tomó con delicadeza el barquito,caminó hacia las puertas de la calle, abiertas dos palmos apenas. Se acuclilló como si tuviera doce años y depositó el barco en las aguas mansas e imperturbables de la calle. Enderezó su cuerpo con lentitud y se quedó con la vista fija por unos segundos, y cuando estuvo seguro de que la embarcación era lo suficientemente fuerte para soportar la fuerza del agua, se puso de pie. Los aplausos brotaron de aquí y de allá, vivas y bravos surgieron de la masa comprimida en el salón. La señora se replegó en una esquina y no volvió a pronunciar palabra. Don Joaquín regresó al mostrador, repitió la operación y fabricó otro barco, y otro.Todos queríamos uno. Llegó un momento en que varios de ellos flotaban en el mar, muy erguidos, como si fueran de madera o de metal. Fascinados, los observamos tras el cristal,ondear en las aguas dóciles, hasta verlos desaparecer para siempre.

 

 

Publicado en NORTEC
Jueves, 25 Enero 2018 03:44

Inquietud (Oscar Angeles Reyes)

 

 

 

Inquietud

(Oscar Angeles Reyes)

 

 

Dámaso Pérez Prado nació el 11 de diciembre de 1917, en Matanzas (Cuba), en la Ciudad de las casa de paredes color helado, que entonces serían blancas y refulgentes.

 Yo pienso en mi vecina, con su piel tan morena, casi como si fuera mulata. No es que sea algo importante, pero su presencia distante me inquieta. Ayer la miré en la mañana y me pareció que el interés es mutuo. ¿Qué significa eso? He entrado en serios conflictos morales, en una franca discusión personal que me lleva a pensar que estoy enamorado de ella, y que estoy mandando al traste mi joven matrimonio.

 Pérez Prado llegó a México en 1948, y comenzó a aparecer en películas con actrices como Lilia Prado o Ninón Sevilla; creo que él siempre se presentaba dirigiendo a su orquesta. Era bajo de estatura, pero no pasaba desapercibido; se movía mucho, demasiado para mi gusto, mas era de esperarse de un mambero.

 No sé el nombre de mi vecina, y probablemente no conozca el Mambo N. 5, ni la deliciosa versión del Manicero del matancero, pero su rostro, dejando atrás su equilibrio y su posible belleza, es sumamente atractivo: hay rasgos indígenas debajo de su sofisticación. Es pequeña, quizá del tamaño de Pérez Prado, y debajo de sus ropa de colores siempre oscuros se dibuja un cuerpo bien cuidado. ¿40 años?, probablemente. La única vez que estuve cerca de ella sostenidamente, entendí un cuidado excesivo de su piel, una manía insistente por la humectación, por la extracción de vellos incorrectos y por su dentadura impecable. Nadie es delincuente por pensar, por desear, pero, ¿qué pensaría mi esposa? Llevamos dos años juntos, y toda esa gracia, la distinción de la pureza, se desmorona al cruzar la calle y encontrarme de frente con una mujer que sólo me ha sonreído. Chingado, yo le besaría las tetas.

 Y, ella, ¿cómo se llama? Ojalá no sea la Patricia del cubano nacionalizado mexicano, melodía más bien boba, fuera del contexto de locura de su repertorio más movido.

 Pérez Prado, Cara de foca (dicen que le dijo por primera vez Beni Moré, El bárbaro del ritmo), murió en la Ciudad de México en 1989; sé que vivió un tiempo en la calle Luis Moya, pero desconozco su último domicilio. Toda una generación de exóticas, de músicos, actrices y actores, de personajes de la cultura nacional, se involucraron con él, pero hizo bailar a muchos más.

 Lo del cara de foca es claramente una distracción, lo cierto es que estoy tratando de aliviar mi alma, la puta inquietud que despierta esa mujercita (sin afán de ser despectivo) en mi, que me deja al borde del adulterio, de un Yo que creía superado, de lo más carnavalesco de mi ser. La infidelidad comienza así, perdiéndole el miedo a los perros, vistiendo de luces a la soledad; quizá con los ojos bien abiertos de Resortes, bailando el Que rico el mambo, mientras Joan Page, de pechos generosos, se mueve a su alrededor.

 

En fin, si algo va a ocurrir, que la vida se destruya como Dios manda, y que la miseria se nos eche encima, como debe de ser; y que Pérez Prado descanse en paz.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 24 Enero 2018 21:55

El vestido de novia / Felipe Díaz /

 

 

 

 

El vestido de novia

 Felipe Díaz

 

Eleazar moldeaba cuidadosamente su copete frente al espejo. La viscosa vaselina entre sus dedos limpiaba los residuos de la espesa sangre de Isabel y los enviaba al caño. Sus manos aromatizadas, ahora estaban irreprochables. La mirada de Isabel era apenas una ranura que se lanzaba por la ventana, y la esperanza corría tras ella, impulsada por un vigoroso cansancio que la urgía a escapar. En cuanto la estilizada zancada del impecable garañón cruzó el marco de la puerta, Isabel obligó a sus moreteadas piernas a olvidarse del tormento y huir. 

 Los días, la quietud y el árnica, ayudaron a que Isabel ahora dictara su biografía con palabras más amorosas. Volvió al departamento a recoger sus pocos muebles sobrevivientes. Las pisadas de los muchachos de la mudanza fracturaban sonoramente los pedazos de vajilla que se mantenían en cuadro plástico, interpretando aún su papel en la pelea. 

La joven pensaba que sólo quedaban cicatrices, pero la presencia de su exsuegra, con su arrebatada mirada, le mancilló las llagas y los ojos. El miedo, el rencor y la impotencia remolinaron nuevamente en el estómago de la muchacha. “Isabel, vengo a que me devuelvas el vestido de novia que te compró Eleazar. Él tiene derecho a rehacer su vida y se va a casar con una buena mujer. Además, dudo que tú lo vayas a necesitar algún día”.

Pensó en decenas de ofensas que vomitarle en la cara, pero se detuvo cuando vio la insulsa figura de Eleazar recargada en el poste de la esquina, con su estúpido humo de cigarro, su estúpida actitud, reflejo de sus estúpidos pensamientos. Regresó a la casa, sacó el vestido guardado con el forro hacia fuera, para que se conservara, y descubrió unas adaptaciones y composturas de las cuales no se había percatado. De sus ojos manaron algunas lágrimas que depositaron su salada frustración en los remiendos de la prenda.

Una flamante y emocionada novia se probaba el vestido. Cuando la seda se deslizaba en su delgado cuerpo, una mancha roja que vio en el forro, la hizo detenerse. Retiró el vestido y lo volteó para revisarlo. Escrito con labial, sobre el liso, un vistoso letrero escarlata le advertía:

 

¡No te cases, Eleazar es un golpeador!

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 24 Enero 2018 21:24

Equidistante olvido / Adán Echeverría /

 

 

 

 

 

Equidistante olvido

Adán Echeverría

 

Ruegas que la muerte clave sus uñas en los talones y te retuerces por el calor de las fotos grises que se consumen. Los papeles quemados se enredan como serpientes apareándose en orgías. Vas atrapando arcos de luz y miras en las polaroids, esa mueca persistente del enojo que siempre tuvo. Ella continúa mostrando el ácido de la conciencia.

Entre la multitud de rostros que son el mismo, lleno de imperfecciones, y esas cejas anchas que la acompañan, se anega el piso de la habitación con la ceniza y el humo sabor plástico. Así es como pasas revista a sus cronológicos estados de ánimo, mientras las imágenes se distorsionan y se funden agitando el insomnio.

Intentas calmar la ansiedad que escala pantorrillas y se atora en la amplitud de vellos ásperos del pecho. La lengua de sus miradas te circunda, infectando la memoria. Ella en la luz, ella y la oscuridad de labios; la succión, la carne, nido de dientes como astillas, son el golpe a los pulmones. Toses. Ella sigue sosteniendo el cigarro en el amarillo de la boca. Tú perdido entre la luz azul-roja de las flamas que filtra en las pupilas y el latir del corazón aminora su ritmo, convulsiona, se apaga, se esconde al fondo del tórax.

Se arrastra lenta y constante, la música que mana del estéreo que dejaste funcionando. Te resistes a recordarla feliz, y sólo ansías verla, estos últimos instantes, llena de dolor, de odio, agria, palpitando, dentro de esta música que alarga sus compases y que convertida en brisa llega a ti, ingresando a los oídos, para contrarrestar el incendio de la habitación que intenta derretir tus células. Todas las cosas de ella rodeándote, y el fuego en que se consumen, camina sobre tu piel.

A tus espaldas, astilladas voces gritan tu nombre. No quieres oír. ¿Es ella? ¿Ha regresado bajo la lluvia de esta ciudad enajenada? ¿Ella que intenta permanecer en las paredes, debajo de la pintura? ¿Ella que surge de las cenizas como un ave mitológica?

La música empuja el cuerpo hacia delante y atrás. El péndulo no claudica. El humo se violenta en la retina, enrojece la tarde y la voz. La voz de su recuerdo que no termina de arrastrarse hacia la nada: escala, se arrima, te persigue.

No tienes fuerza para darte vuelta y mirar alrededor. Todo arde en el cuarto en el que te has encerrado a quemar sus fotos, y alejar para siempre su recuerdo; ha sido tan devastadora esta lucha por el dominio de las voluntades, ha sido tan cansada, tan violenta, que sólo quieres alcanzarla en el sueño, donde se ha refugiado.

De nuevo el sonido que te nombra. Buscas de donde proviene el eco. Se escucha en el interior de la cabeza. Cierras los ojos y miras hacia dentro del cráneo. La sangre circula en los capilares de los párpados, acentúa el rojo de la oscuridad. Muy dentro, a lo lejos, vislumbras luz escapar dibujando límites de algo parecido a una puerta. Caminas a tientas por las paredes de los nervios. Se agita el cerebro y el temblor alcanza tus pies. Conforme avanzas se hace necesario inclinar el cuerpo para no rasparte con la parte superior del cráneo. Cada vez te inclinas más, hasta acabar de rodillas. Escuchas con atención el aliento de la sangre recorriendo círculos concéntricos. El abrir y cerrar de las válvulas del corazón hacen retumbar el suelo como si caminaras sobre una balsa que flota en la marejada. Acaricias la textura del cerebro mientras te arrastras hacia la luz que filtra el quicio de la puerta.

Una vez recostado junto ella, escuchas las mismas voces surgir del otro lado. Intentas abrirla. No lo logras. Bloqueada por dentro, no te deja atravesar. Golpeas con los nudillos, nadie responde. Tratas de asomarte y la luz ardiendo en las pupilas. Las voces callan. Aferras la mano al frío del material que la conforma, la palpas. Golpeas con furia, gritas, empujas, arañas. Nadie responde.

Vuelves la vista hacia el camino que has avanzado en vano. Sientes que la oscuridad acecha, te va absorbiendo, se agarra a los talones y te jala a su interior. De nuevo golpeas la puerta, se aceleran los latidos y los golpes. El piso en el que estás recostado tiembla. Las voces del otro lado crecen un murmullo persistente.... Detienes los puños, acercas la oreja al metal. Silencio. Todo se mancha de silencio. Claudicas.

Cansado, te recuestas. Jadeas para recuperar el aliento y piensas en los pulmones, en el dolor de humo, en la rasposa nicotina. Te ahogas y toses. El humo te cierra la garganta, agita los párpados. Manoteas para abrir paso en la humareda. La puerta estática. Los murmullos incomprensibles. Pateas la puerta. Piensas desistir y regresar a la oscuridad. De nuevo hacia los ojos y su rojiza sensación, hacia la neurosis que ella dejó con su partida. Ya regresará, ya regresará, pero no sientes más el deseo de esperarla. ¿Quizá el sueño en que se encuentra pueda oscilar los mundos para encontrar otra salida de esa dimensión que la consume? Su silencio estático te golpea, y la puerta no cede, tal vez ella esté del otro lado. Tendría que estar. Debería. Ojalá estuviera.

El silencio mancha la piel, su masa se pega a los dedos, a los codos. Crecen sus pólipos oscuros sobre tu cuerpo. Rodean la cadera, el cuello. Retrocedes arañando el rostro. Arrancando la costra que te inunda. Los latidos ceden, el piso se detiene. Nuevamente los murmullos del otro lado...

—Alguien quiere entrar— logras entender al fin... y regresa el silencio a empaparte la garganta.

Enojado, tratas de tirar la puerta a golpes. El silencio se te mete a la boca. Los nudillos sangran. Detrás de ti, miras circular la sangre en los capilares de los párpados. Brilla el malva de la realidad que te sacude.

Agotado, abandonas la idea y retrocedes sobre el rastro que formaste sobre esta masa pegajosa. Mientras escapas, el espacio crece hasta permitirte quedar de pie, giras para quedar frente a los párpados. Caminas a través de las órbitas de tus ojos: azul, amarillo, rojo. Vuelves la mirada hacia la puerta y el resquicio de luz que escapa. Estas listo para poner un pie fuera, en el exterior, sobre la ceniza de las fotos, y escuchas con claridad muy dentro del cráneo:

— Parece que se ha ido— te detienes un instante, pero no regresas.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Leer con lentes oscuros.

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

Esa tarde mientras la multitud hacia sus compras, el reloj giraba y giraba. Ahí al lado en el café internet donde pasó los medio días escribiendo para no aburrirme mientras espero la salida del colegio, volví a verlo. Ahí estaba él. Le rocé la pierna con la mano, volteó y pícaro esbozó una sonrisa que me enterneció. Él leía algún fragmento de una novela en la computadora, por un momento atisbé un par de páginas, y él intentaba no distraer su mirada de la pantalla. Se miraba extasiado, y sentí como me desvestía; una a una caían mis prendas, yo había puesto esa canción para recordarle que lo amaba, y le alargué un auricular para que escuchara. Tarareé algunas notas, y me despedí con un Te quiero, y ese beso en la mejilla.

Recordé aquellos tiempos cuándo nos mirábamos, y de pronto las sábanas eran nubes de colores, los días de fuego volvieron a mí en plena calle Miramar. Hasta releí nuestros mensajes siempre a un metro de distancia; pero todo se acabó por culpa mía. Llegó el verano de pasiones insanas, y esa chica de lentes oscuros que lo hiciera ganarse el infierno en unos tragos de tequila; descender lento, mientras crecían mis ganas de arrebatar al tiempo aquel primer beso que nos llevó al mismo instante dónde en sus brazos le escuché cantar mientras los perros dejaban de ladrar y las sirenas de la ciudad que anunciaban muerte se silenciaron.

Me tenia que marchar y lo besé en la frente. Le dije Te quiero libre, soñador, triunfante. Sin decir palabras se levantó para abrazarme y hacerme sentir que aún me amaba, que las llamas no se habían extinguido, que seguía usando aquel reloj que le había regalado un año atrás. Lo amé porque se me dió la gana, el reloj era el objeto adecuado para que cada minuto pensará en mí.

Pero ahí estaba ella diciendo: Siempre serás la sombra que me acecha, la pasión que lo consume, la mujer que más admira y su mejor canción. Yo la miré sin reservas, le dije sin dudarlo: Tú serás sólo un capítulo en esta historia. La mujer prohibida, las mordidas al alma. Ella se agarró de su cinturón diciendo: Es mío, lo tengo, y le acarició los cabellos, le quitó los lentes oscuros, intentó besar sus labios pero él la apartó de su lado y centro su mirada en mí.

Rodrigo nos dijo: De las dos la prefiero a ella, señalándome como la sonrisa en mi memoria, el sabor de antaño. Besó mi frente, hurgó en sus bolsillos, y sacó un dije que representaba el infinito. Lo puso en mi cuello con tal delicadeza, besó mi mano diciéndome: Eres más que todo lo anterior, eres este infinito amor colgando sobre tus pechos, en los cuáles fui tan feliz, ahí al terminar tu ombligo quise dibujar el amor.

Norma hizo muecas de disgusto, tan horribles que su cara se tornó mortecina. Apretó los puños he intento golpear la cara de Rodrigo. Él tranquilo le detuvo la mano, se la besó igual con cariño y se volvió a poner los lentes oscuros, ambos salieron caminando mientras a mí en casa me esperaba Rodriguito ansioso por ese regalo sorpresa.

Rodrigo había sembrado ese infinito amor en mi vientre, un mes antes de que empezara el verano; no quise ser yo quién le destruyera sus planes de ser cantante. Con el tiempo supe que él había escrito una gran novela. Mi infinito había mudado su mundo a los brazos de otra mujer.

Yo, a pesar de todo era feliz, sonreía porque mi hijo me besaba la frente, me cantaba al oído, como lo hizo aquella vez su padre; y fue creciendo hasta encontrar a su propia mujer, y sin embargo, toda historia de repite. Mi hijo Rodrigo, también nos amaba a ambas, a su esposa y a mí, sólo que esta nueva mujer no me miraba con ninguna máscara, ni con odio. En su vientre, mi hijo Rodrigo había configurado de nuevo aquel infinito amor; yo me sentía la mamá más orgullosa del mundo, quería tener a mi nieto entre mis brazos y en su lugar llegó la pequeña Génesis que tenia los ojos de Rodrigo, su sonrisa, y el don de cantar de mi hijo y su abuelo.

Años más tardé Rodrigo, ya anciano, se enteró de que Génesis era su vivo retrato, mientras la escuchaba cantar buscó entre sus recuerdos la ultima vez que habíamos hecho del invierno esa gran hoguera, y un par de lágrimas le brotaron. El mar inmenso se hacía huracán dentro de su pecho. Me buscó pero yo me había mudado muchas veces de ciudad, tal vez evitando encontrármelo, y abrirme nuevas heridas. Fue por eso, que intuyo, construyó aquellos dos fragmentos que tuve la oportunidad de leer sobre su hombro esta tarde en el café internet, mientras espero que mi nieta salga del colegio. En su historia, Génesis lo toma del brazo diciéndole: Abuelo, cuéntame de nuevo la historia de amor, tuya y de mi mamá Rebeca. Rodrigo le besa la frente, hurga en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y saca un anillo en forma de corazón, con un granate. Se lo cuelga al pecho a nuestra nieta, diciendo: Lo compré para tu abuela pero ella se fue de mi vida cuando mayo agonizaba.

Mi hijo Rodrigo y Génesis me esperan en el coche. Me he dado cuenta que este Rodrigo, anciano y solitario, ni siquiera logró reconocerme. Tal vez sólo he sido ahora, una cálida anciana que le roza la pierna con algún afán coqueto. No le dije nada, y salí del café internet mirando con atención los lentos pasos del reloj. Los lentes oscuros cubren el rostro de mi hijo, que sosteniendo el dije de infinito que me diera su padre acaricia la cabeza de mi nieta. El solitario anciano se ha quedado atrás, mirando en la pantalla de su computadora. En ese instante había terminado de escribir el último capítulo de la mejor historia de amor.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 24 Enero 2018 20:04

LA MESA ESTÁ SERVIDA / MARINA CULTELLI /

 

LA  MESA ESTÁ SERVIDA

MARINA CULTELLI

 

Señoras y señores les rogamos diez minutos de su amable atención. Después de terminada la cena queda abierto el debate sobre el postre. Los manjares corresponden a un testimonio encontrado adentro de una computadora militar estratégica.

 

             Arriba está el que monopolizó las riquezas producidas por la ubre de las hembras. Está sentado en su trono como si fuera un rey y sus secuaces.

 

            Ella está desnuda. La desnudaron. Le sacaron todo lo que pudieron.  Su energía sigue, su cuerpo, su luz. Todavía no se inventaron las armas que se apoderen de la iluminación de las mujeres.

 

            Ellos creen que se comen las ideas. Pero los pensamientos resbalan vigilados por sus gatos. Saben escabullirse y hacerles creer que pueden ser saboreados. Moraleja, si quieres que te diga la verdad no preguntes a tu esclava lo que piensa.

 

             Aunque nadie lo sepa, el futuro  vendrá de la trampa con que se engullen, se atragantan y se ahogan en  el banquete robado. Una verdadera esclava sabe muy bien como envenenar a sus amos.

 

 

 

ELLA SALTA POR LA VENTANA. HUYE DEL FUEGO ABRASADOR.

 

 

               La tarde no tuvo siesta. Es buscada por la policía una muchacha incendiada. Esperaba en el Argentino Hotel mirando mientras saboreaba un café.  La oyeron decir no tengo cédula de identidad. Saltó al vacío. Una patrulla franquea la carretera.

Ella salta por la ventana. Atrás quedó el incendio. Huye del fuego abrasador.

 

               Los senos engloban las manchas que dejan sus pensamientos. ¿A quién le importa lo que hay debajo de su pollera? El sombrero de copa la delata. No puedo esconder su problema. Yo no tengo nada que ver. Es una muchacha que no entiende las cosas. ¿Y qué son las cosas? Cosas. Te a-coso, te coso. Te cosifico. Nadie es Cristo en la cruz pero por lo menos es algo.

 

              Soy tan pequeña frente a él. Mis pelos son largos. Lo envuelvo y si quiero lo estrangulo.

 

               No puedo escapar de sus brazos. Es encantador. Su abrazo me abrasa. Salto por la ventana. Huyo del fuego abrazador.

              Ella salta por la ventana. Atrás quedó el incendio. Huye del fuego abrasador.

 

 

 

  ESCRIBO UNA  CARTA  SIN  DESTINO

 

 

Versos me desvirgaron y a su dulzura fui sometida. La muerte de este exilio no está escrita en los discursos. No fue creíble ni en el teatro cuando actuaba de Julieta y tú venías a buscarme a los ensayos. La calle de los almendros no era esquizofrénica. Tampoco nuestra pérdida uno en el otro. Ni siquiera el corazón adentro mi sutién. Como todo ángel voló dando un salto de balcón con plantas de verdes olores y azoteas de sábanas blancas. Quedó estampado en la vía pública y en el cemento dibujó su sangre.

Su poesía girando mundo y sus traumas al lado oscuro del corazón. Palpita y carcome ese olor a mar del malecón y la rambla. Cómo se parece esto al malecón marina. Recosté mi cabeza en tus piernas. Ya estamos viejos dijiste. Siempre estábamos viejos pasados los treinta y yo como si tal cosa. Nunca hice lo que quería. Te busco entre los humanos y ya no estás

 

 

 

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 17 Enero 2018 08:02

Una puñalada / Waldo Contreras López /

 

Una puñalada.

Waldo Contreras López

 

Los dìas de febrero fueron terribles para todos los habitantes de aquel lugar siempre bendito por las cosas del cielo. Un sitio tocado por la mano de la abundancia al cual todos daban en llamar “la mujer de los sueños” debido a su tierra fecunda y a la inconcebible paridera de animales domeñables o silvestres. Lo mismo verìas un coyote intentando comerse las gallinas de una granja, lo mismo veìas a una hato de vacas recorriendo con sus pasos lentos los senderos amplios y airosos de un valle reverdeciente; igual podìas ver volar sobre tu cabeza a miles de gorriones, tòrtolos y cocochitas disputàndose las cigarras y libèlulas que en los atardeceres llenaban el bajo cielo planeando como los aviones monoplaza de la primera guerra mundial. Por todos los horizontes se puede ver hervir la vida en aquel lugar favorecido, tierra fèrtil por estar colgada bajo los olanes en la falda de la sierra madre y sus hùmedas dàdivas que descieden travès de sus frondosas piernas, y estar besando la espuma de la siempre cantante Mar, que es como las mìticas sirenas, con sus enormes pechos sabor sal y el aliento siempre fresco de su aliento femenino. Dicen, su canto, es consuelo del pescador y trèmulo en el alma del sembrador.

Pero ahora el gran espìritu les habìa mostrado una probada de su poder sobre todo. Y ahora todos jamàs olvidarìan la advertencia de que la bonanza sucede para ser aprovechada y no lamentada cuando ya se ha ido.

Fueron muchos quienes perdieron todo despuès de la helada implacable que azotò la regiòn del Èvora achicharrando todas las hectàreas vivas de lugumbres que unas horas antes, apenas eran unos brotes chaparrones que un par de meses ya estarìan con flor a punto de reventar en fruto.

Despuès del feroz meteoro, hubo quienes se vieron obligados a rematar las tierras a los màs pudientes para, con el poco dinero que adquirieron, aprovechar las pocas fuerzas que les quedaron en el cuerpo y ànimo, y comenzar en otras tierras. Y hubo pocos quienes se obstinaron en jamàs abandonar la herencia que al menos cinco generaciones atràs les habìan dado con grandes augurios.

Estos son otros tiempos. Son tiempos en los cuales las caìdas son màs duras y dejan poca fuerza para mirarse en la desgracia con el ànimo de atercarse en cosas o asuntos que hasta para los màs sabios, duchos y experimentados en estos menesteres, es dificil levantarse.

Los viejos suelen ser mas “mulas” y existen muchos que prefieren vivir en la miseria antes de aceptar que deben cambiar de aires.

El viejo Claudio Ramòn era uno de èstos. Un hombre terco, con su fuerza incòlume hecha por el trajìn de ingrato labriego a mano pelona. Estaba por

cumplir los sesenta y ocho años de edad cuando perdiò lo ùltimo bueno que le quedaba en el mundo: sus tierras fèrtiles que le dieron de comer toda su vida, mismas que jamàs podrìa volver a sembrar con sus semillas y sus manos. Un hombre viudo, sin hijos, solitario, pero con una ternura construida sobre un amor ùnico y sin necesidades de reparticiòn.

A don Claudio le quedaba poco por lo cual sonreìr de seguido y a diario se encontraba dentro de su cabeza lùcida pensando en la muerte cuando el sol comenzaba a recostarse sobre el horizonte bajo e inalcanzable, sin cerros o montañas que le estorbaran al rey para decirnos adiòs con sus manos luminosas y rojizas. El canto sonoro y escandaloso de los pàjaros del alba o sus vuelos silenciosos bajo los atardeceres radiantes, las nubes algodonosas que surcaban el razo azul intenso del cielo diàfano, el aire fresco de la primavera o el ventarròn vaporoso y asfixiante del verano ardiente; las esperanzas ajenas de un buen temporal para aquellas parcelas; el saludo de sus cada año màs escasos amigos (muchos se estaban yendo a otras tierras y a otros tantos ya se les habìa echado la tierra encima). Todo. Todo en su conjunto le dejò de llamar la atenciòn y nomàs le alcanzaba el alma para sentarse por las tardes, con sus ojos fijos en la vereda que daba al poniente, a ver si al fin se encontraba con la santa hora.

Asì lo encontrò azucena aquella tarde de septiembre. Azucena, una niña de apenas doce años de edad, llena de vida como la naturaleza que la veìa crecer, llena de la belleza radiante de la flor llanera y silvestre, plena de la paz de las nubes y la alegrìa del ave cantora. Ella se plantò frente a aquel viejo derrotado por los recuerdos y le pidiò, por favor, le regalara un vaso de agua. Llegò y dejo escapar por entre sus labios aquella alma de algarabìa incontenible y mientras le contaba la atolondrada e infantil historia de una vaca que se le habìa perdido dos dìas antes, y mientras le preguntò con sincera preocupaciòn si la habà visto y le ordenaba que si asì habìa sido, le avisara pues les hacìa mucha falta a su familia y, ademàs, no habìa vaca que diera tanta leche y tan dulce como su querida “lucerito”; le arrancò, sin pedirle permiso, todas las flores silvestres que el viejo habìa dejado proliferar en su patio. Se despidiò de èl mostràndole el enorme y multicolor ramo de flores para explicar que las necesita para llevarlas a la tumba de su madre, quien muriò de una “malparida” hacìa ya dos años,

El viejo se quedò perplejo y no hablò ni cuando aquella pequeña con nombre de flor se llevò el jarrito de barro dònde le habìa regalado el agua.

Ni siquiera suspirò cuando Azucena se perdiò entre la reverberaciòn del telòn que se abrìa dando paso a unos de los atardeceres mas rojizamente radiantes que Claudio habìa visto sobre el mundo. Sonriò sincero al darse cuenta que la vida vale la pena nomàs por esos momentos tan plenos de naturaleza, momentos que son capaces hasta de despabilar a los muertos; el viejo se desparramò por completo en la hamaca desilachada y se permitiò el relajo en su cuerpo quedàndose dormido enseguida sin alcanzar a disfrutar el apago del incendio en el ocaso, sin alcanzar a ver como la tierra se tragò al sol para dar paso al tropel de las estrellas que aparecieron de golpe acompañando los gritos alegres de las cigarras quienes para esos momentos ya tenìan un concierto ensordecedor.

Al otro dìa se encontrò cantando sus canciones abandonadas en el baul de la amargura mientras le daba de comer a las gallinas unas tortillas que dìas antes habìa puesto a tostar sobre el tejado a la acciòn del sol. Para el atardecer el viejo seguìa con la alegrìa que empezaba a fugàrsele del pecho y pensò en la pequeña azucena; le sonriò en la imaginaciòn como lo hubiera hecho con una hija o nieta. Claudio se sintiò un viejo dulce, dulce recostado sobre la hamaca que en los ùltimos meses nomàs recibìa un costal cargado de mal humor y desesperanza. El viejo miraba la vereda, la misma vereda sobre la cual sus mirares se perdìan buscando la muerte hasta la llegada de la noche. Entonces la pequeña Azucena apareciò y el viejo corazòn empezò a latir con tanta fuerza que los sacò de su modorra de viejito y se puso de pie enseguida, bien entusiasmado.

Y el viejo ya no volviò a sentirse solo, y el entusiasmo se le iba poco, comìa mejor desde el dìa que esa pequeña florecita apareciò como un remolino de aire y tierra por la vereda. Se viò entonces sembrando màs flores, criando mas gallinas y puerquitos. Se animò a plantar una huerta de legumbres, pintar la vieja cerca de palos y hacerle arreglos a la casa, la cual dìas atràs estaba por caerle encima. Hasta sacò se vieja guitarra, le puso cuerdas nuevas de metal y cambiò su repertorio de canciones amargas, sin mùsica y sin chiste por otras màs alegronas, que hablan de la vida, de esperanzas y sentimientos candorosos, con tonadas y armonìas luminosas y explosiones de jùbilo bailarìn.

Sus entonces muy pocos amigos, ancianos como èl, se alegraban de que ese pobre hombre recobrara el ànimo.

Azucena y Claudio se hicieron grandes amigos de tardeada: se contaban cuentos, retazos de sus vidas y peripecias, compartìan comida, trabajo y algunos sueños. Se sacaban las liendres y los piojos. Y asì pasò un año y medio con el buen Claudio enmedio de una alegrìa sin fin y un ànimo restaurado. Azucena era el motor de su vida de viejito. Y un dìa todo cambiò. Todo cambia cuando el tiempo pasa, el tiempo no se detiene. Con el tiempo todo cambia, hasta los pensamientos.

Y la pequeña azucena cambiò; el viejo Claudio lo notò cuando ella se paseaba en la hamaca y se le volaba el vestido, cuando se agachaba con sus blusas holgadas; cuando Azucena miraba pasar a los muchachos a la escuela y les regalaba sonrisas pìcaras, coquetas a cuanto cabròn mocete. El viejo ya no pudo ser el mismo desde entonces y las tardes le sorprendìan ya no triste, sino màs bien rumiando una rabia sin camino de llegada, ni rumbo ni salida. Era una rabia rara, mezclada con un miedo sin motivo concreto, como el miedo a la aparecida del diablo: una angustia.

Y notò entonces que Azucena ya no era una niña, que habìa reventado en una flor despampanante, una flor de belleza abrumadora. Tenìa miedo, mucho miedo y lo que le enrabiaba era que poco a poco se daba cuenta el motivo de su temor: no era la florecida en su cuerpo de señorita, no eran los muchachos. Tenìa miedo que lo dejara solo; de quedarse solo otra vez; que lo dejara no como abuelito postizo. Era pues, que se estaba enamorando de ella. Enamorado y se diò cuenta cabal de aquello cuando la vio pasar acompañada de un mocetòn moreno y fuerte, tan bello como ella.cuando otro dìa pasò sin saludarlo ni levantar la vista para regalarle una mirada siquiera; se diò por convencido cuando se pasò una noche entera llorando e hirviendo su sangre de rabia y calor. Todo cambiò cuando comenzò a arrepentirse de conocerla, cuando sintio la odiaba.

Ya no pensaba en ella como quien piensa en su hija o nieta. Pensaba en Azucena como quien piensa en una mujer. Y claudio ahora esperaba todas las tardes que su flor apareciera por el camino del ocaso no para sentir que el mundo vale la pena: la querìa ver para amarla màs y odiarla cada que ella evitaba mirarle a los ojos tomada de la mano de aquel chamaco tan bello. Y todo cambiò cuando vio la hermosa imagen de un amor bajo el crepùsculo y el arrullo del suave aleteo de los pàjaros del atardecer y sus vuelos bajos y silenciosos. Los dos jovencitos se besaban arropados por los tibios rayos del sol y la tenue brisa que hacìa que los cabellos negros de Azucena

ondearan como la bandera perfecta de una historia prometedora que apenas comenzaba.

Para el viejo Claudio aquella hermosa imagen se encajò en su corazòn como una espina de cardenche. Una puñalada que lo dejò sentado, herido de muerte dentro su alma vieja que volvìa a arrugarse y amargarse como apenas un par de años atràs. Azucena se irìa de su vida sin decirle adiòs. No comiò en dias, no pegò sus pàrpados enardecidos de làgrimas y malos pensamientos. No querìa dormir; tenìa miedo entonces de dormir y despertar para darse cuenta de que aquello no era un mal sueño sino la realidad dura de la vida, de su vida miserable y solitaria.

Esperaba al menos que aquel amor se despidiera de èl con esa sonrisa y esa alegrìa pero Azucena jamàs se le volviò a parar enfrente.

Fue el viejo quien la enfrentò impulsado por la gasolina de sus làgrimas nocturnas, el suspiro diario bajo el sol y el aullido quemante de coyote lamentando la lejanìa de la luna. Saliò a encontrarla por la vereda despuès de cinco dìas de mal dormir y mal comer y con dos litros de mezcal chacaleño en el cerebro. Se le parò enfrente para dejarle caer encima todo el peso de su animal ponzoñoso que traìa enrollado e lo màs recòndito de su alma. La encontrò en la vereda cuando ya caìa la noche. No pudo decirle algo màs que tres palabras junto a su nombre de flor: “me has apuñalado, Azucena”. La jovencita no levantò los ojos del suelo hasta que vio el reflejo de las ùltimos adioses del sol en la hoja de un enorme cuchillo. Lo ùnico que se lo ocurriò fue meterse corriendo despavorida a los vainorales inmensos para huir de aquello que jamàs habìa visto: el odio de un alma rota.

Sus abuelos, muy viejos ya, la buscaron toda la noche en las desperdigadas casas de aquel gran valle. La encontraron cuando el sol apenas despuntaba: acostada boca arriba entre uno de los surcos de aquel sembradìo de maìz. La encontraron rara, muy seria y con sus ojos puestos en el alto cielo. Aun quedaban algunos destellos de las estrellas guardados bajo el vidrio de sus ojos. La encontraron vestida con un lienzo entallado y brillante pegado en su piel: un vestido escarlata adornado con flores silvestres de muchos colores.

Azucena fue sepultada el sàbado en la tarde para que todos sus compañeritos de la escuela y su novio pudieran despedirse de aquel pedazo

de alegrìa que ya era todo silencio y seriedad, como siempre hubieran querido que fuera su madre y sus abuelos. Su alegrìa muerta para siempre. Esa alegrìa que hacìa que a todo mundo le pelara los dientes...su brutal sonrisa, como botòn de flor. Azucena.

Noticia.

Nota roja:

“Detienen a septuagenario acusado de asesinar a mujer menor de edad.

La policìa ministerial detiene sobre un camino de terracerìa, en las inmediaciones de un poblado perteneciente a Salvador Alvarado, a un hombre de setenta años sospechoso de haber atacado sexualmente y apuñalar hasta la muerte a jovencita de tan solo catorce años de edad.

La mujer en menciòn fue encontrada muerta en medio de un charco de sangre entre uno de los muchos sembradìos de maìz que hay en esta zona.

A simple vista se pudo observar que la jovencita presentaba al menos treintaisiete puñaladas entre tòrax y cuello ademàs de huellas de haber sido ultrajada.

El sujeto, septuagenario, pudo ser ubicado gracias a la labor coordinada entre agentes de investigaciòn de la policìa ministerial y vecinos del lugar de los hechos.

Al cierre de esta ediciòn se pudo corroborar que el anciano de nombre Claudio Ramòn Favela Nuñez confesò que la asesinò el pasado dìa jueves veintidos de agosto. El torvo sujeto declarò que la matò por celos: estaba enamorado de ella.

El sujeto ya fue puesto a disposiciòn de un juez federal para que resuelva su situaciòn jurìdica”

 

Claudio Ramòn jamàs se sintiò tan mortalmente vivo como aquella tarde en la que el sol lo despertò con su ataque virulento hecho migraña y resaca moral. Estuvo vagando entre los vainorales llorando su dolor, todo manchado de sangre, vòmito y lodo. Recordaba los ecos de lo que habìa cometido y aun asì, entre su dolor fìsico y resaca emocional no sentìa remordimiento alguno,

Tampoco lo sintiò cuando, sentado en una de tantas veredas vio acercarse veloces, y en medio de una rojiza polvareda que nublaba la puesta de sol, a varias patrullas de la policia ministerial. Iban por èl para hacerle pagar. Lanzò un eructo sonoro y el tufo del alcohol le provocò un feroz mareo, y en medio de ese mareo vio a la pequeña Azucena correr con su alma feliz delante las patrullas. “¡entonces era ella!”-gritò horrorizado el viejo y entonces se levantò apurado y empezò a correr como loco pidiendo auxilio.

Cuando lo llevaban arriba de una de las patrullas, vapuleado y con varios huesos rotos, al viejo Claudio Ramòn se le escuchò murmurar entre sollozos: “era ella, era Azucena a quien tanto esperè dia a dia para que llegara a recogerme y arrancarme de esta vida tan culera. Ella era mi muerte y aun asì me tuvo algo de piedad y me regalò momentos como los que nunca tuve. Me hizo hervir pasiones que jamàs sentì. Ah! Mi Azucena. Tu eras mi muerte, la muerte que tanto esperè llegarà por el crepùsculo”. Eso fue algo de lo ùltimo que se le escuchò decir. Solo hablò una vez màs para declararse culpable y decir que se iba al fin a morir feliz.

Lo hallaron colgado por el cuello la misma noche que fue recluido en el centro de consecuencias juridicas del Estado. Uno de los reclusos condenado a cadena perpetua apodado el “gûerro liber” fue el encargado de ejecutar la condena carcelaria a todo violador y asesino de menores.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 17 Enero 2018 07:01

CUADRILÁTERO / Silvia Fernández Díaz /

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUADRILÁTERO

CUADRILÁTERO

Silvia Fernández Díaz

 

—¡Está acabado! —dice William al entrar en la cocina.

En un rincón, dos mujeres desgranan mazorcas en un barreño. Sus manos se detienen, levantan la barbilla y lo observan con curiosidad. William pisa una baldosa agrietada y se mueve hacia adelante y hacia atrás. Voltea su sombrero y, al recogerlo en el aire, la baldosa rechina con una regularidad lapidaria. La madre se acerca una mazorca a los labios y enseguida apunta con ella hacia el pasillo.

—Jim está durmiendo.

—Eso se lo creerá usted… Está en el club de la ciudad celebrando la derrota.

La madre, con una mirada incrédula, se vuelve hacia la chica.

—Ve a su dormitorio. No lo oí salir. Lo hubiera sentido.

El hombre avanza. Se sitúa ante de la chica y utiliza el sombrero de barrera.

—Quieta, Emily. ¿Qué pasa madre? ¿Acaso no me cree? Si yo digo que no está es que no está. ¡Y me alegro! —Se ríe—. No sabe, madre, cuánto me alegro. Precisamente de él tenemos que hablar.

La joven, al verse acorralada, mira de reojo a la madre y se vuelve a sentar. La mujer arranca tres granos de maíz. Los deja caer en el barreño.

—Tú dirás… Pero no lo oí salir.

—Ya lo sé, por eso mismo. Esta casa necesita un poco de orden. Y más después de lo de ayer.

—¿Qué pasó? Jim nos contó que fue mala suerte. Hizo lo que pudo, peleó con ganas, pero el contrincante era más ágil que él. Si le vieras con el labio partido, un ojo igual que una baya. Emily tuvo que curarlo.

—Sí, yo lo curé.

—Parece un adefesio. Le he visto tras la cristalera del club. Sus dos amigotes lo sostenían como si estuviera borracho. Apenas se mantenía en pie.

—Lo hará mejor la próxima vez. Tan solo es su primera pelea.

—¡Eso sí que no, madre! No lo compadezca. ¿Sabe cuánto habría ganado en esa pelea? ¿Sabe lo que ha perdido? Con ese dinero usted podría haber dejado de vivir en este rancho. Y ella hubiera podido casarse. ¿No te gustaría casarte, Emily?

La chica se encoge de hombros. Recoge dos granos de la falda, uno se le cae al suelo. Lo pisa. Se ríe con rubor.

—Pero, William… Ni siquiera tengo novio.

—Claro que no. Cómo vas a tener novio viviendo en esta pocilga. Como vas a tener novio si te pasas las horas aquí, pendiente de madre, con el puñetero maíz. Si el inútil de tu hermano hubiera ganado la pelea, te juro que ya no viviríamos aquí.

—¿Dónde viviríamos, Willie?

—En el rancho de Strong. Ese viejo murió sin familia y el rancho está en venta. Estuve viéndolo el otro día. Allí huele a leña quemada y a hierba. Aquí apenas se puede respirar. —Durante unos segundos se tapa la nariz con el sombrero—. Si Jim hubiera ganado la pelea, ahora mismo estaríamos en el rancho de Strong. Usted, sin hacer nada, como una reina sentada en el porche. Y tú, hermanita, eligiendo entre el montón de pretendientes que esperarían en la puerta para llevarte el sábado a bailar.

—¡Déjate de tonterías! Jim no pudo hacer otra cosa. Dice que ese hombre era una mala bestia, que se plantó delante de él y empezó a golpearlo como a un saco. Que el árbitro debió detener la pelea, pero no lo hizo. Si lo hubieras visto, no hablarías así. Traía la ropa llena de sangre.

—A mí es otra sangre la que me importa. El labio se le curará, seguro que el ojo se le deshincha, ¿pero no se acuerda de mí? ¿De la sangre que perdí en el accidente del tractor? ¡Maldita sea! ¿Qué piensa madre? —Se pone a la altura de la silla en la que la mujer

está sentada y la mira directamente a los ojos—. Si yo pudiera trabajar ni usted ni Emily estarían aquí desgranando maíz para cebar a los cerdos. Por mucho que los ceben, nunca ganaremos lo necesario para irnos de aquí. Si trabajase, hace años que nos hubiéramos ido.

Emily se levanta y se dirige hacia él que se incorpora.

—¿Qué podemos hacer, Willie?

—Aquí necesitamos un hombre. Jim ya ha demostrado lo que es. Estiércol. Un saco de estiércol.

—¡No hables así de tu hermano! No te lo consiento.

—¡Esta sí que es buena! A él le consiente perder la pelea, escaparse de casa, emborracharse en el club. —Gira el sombrero aplastándolo—. Y a mí no me consiente decir que es estiércol. Pero, ¿sabe qué, madre? Lleva razón. No es estiércol. Es mierda.

La madre se pone de pie y, temblando ligeramente, le amenaza con una mazorca.

—Si quiere que me vaya, me voy. Lo traeré arrastrando. Y delante de todos diré lo que pienso de él, lo que usted no consiente que diga. Siéntese, madre, siéntese y siga desgranando maíz en esta pocilga.

William se dirige hacia la puerta. Emily le sigue desatándose el delantal.

—Espera. Me voy contigo.

—¿Adónde te crees que vas? —La madre se interpone en el camino.

—Con él. Lleva razón. Quiero vivir en el rancho de Strong, ir a baile del sábado. Jim tiene la culpa.

—Si te vas a venir conmigo arréglate un poco, anda. No puedes ir de pordiosera. Se reirían aún más de nosotros. Bastante vergüenza pasamos gracias a Jim. Te espero aquí afuera, fumando un cigarro en el porche. Aquí dentro me ahogo.

 

**********

 

Por la noche, la chica aparece en casa. Las mejillas rojas, muy rojas. Con las sandalias en la mano cruza de puntillas el pasillo y, al abrir la puerta de su cuarto, la madre sale del suyo con una palmatoria en la mano.

—¡Qué susto, madre! Si parece un fantasma… —dice riéndose—. No me había dado cuenta hasta hoy.

—¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas? ¿Dónde está Jim? ¿Lo viste? ¿Y William? ¿Dónde está William? ¡Contéstame!

—Fui con Willie al club. Jim ya no estaba. Pero sí el hombre de la pelea. Me quedé con él, madre. Todo el tiempo. Echó una moneda en la máquina y estuvimos bailando Love for sale —tararea la música.

—¡Deja de cantar! ¿Y Jim dónde estaba? ¿Y William?

—Me prometió que el sábado me llevaría al baile. Estuvimos ensayando mucho rato. Toda la noche.

Acerca la luz a la cara de Emily.

—Dime. ¿Dónde están?

—Me enseñó el dinero. Un sobre lleno de dinero. Dijo que fue muy fácil ganarlo. Que Jim no sabe pelear, eso dijo. —Se recoge el pelo en una coleta y lo deja caer—. Es tan simpático.

—Contéstame —dice la mujer, intentando agarrar la melena de la chica.

—¡No me ponga la mano encima! —Emily la empuja. La cera cae y una lágrima quema el camisón de la madre—. Nunca. Nunca más. El sábado bailaré con Miles. Luego me casaré con él. Pasaré todas las noches sin dormir, diciendo Miles en la oscuridad.

Emily da un pequeño brinco.

—¡No me hables así! Pareces una perra en celo.

—Usted ya no me manda. Ahora solo haré caso a Miles. Willie me ha acompañado hasta la verja y luego se volvió a la ciudad. Tenía un asunto pendiente, eso dijo.

 

**********

 

La madre prepara el desayuno en la cocina. Oye un golpe. Desde la ventana solo puede distinguir la espalda de un hombre caído. Las rodillas en los peldaños de la escalera de entrada y una mano agarrándose a la barandilla.

—¡Jim, Jim!

Sale corriendo de la casa, pero, ante la puerta, se detiene.

—¡Ah, eres tú! ¿Y tu hermano? ¿Qué te ha pasado?

—No tengo ningún hermano.

—¡Qué idioteces dices! Dime ahora mismo dónde está o no entras en casa.

—Me da igual, madre. Lo que quiero es una casa. Vivir en esta pocilga o no vivir, ¿qué diferencia hay? Esperaré que Emily se case. Me iré al rancho con ellos.

—Estáis todos locos. Me vais a volver loca. —Se aproxima a él—. Por última vez, dónde está Jim.

—Entre en casa. Aquí hace frío. —Intenta incorporarse inútilmente—. Déjeme descansar.

La madre entra en la casa. Comienza a dar vueltas de una estancia a otra, sin saber qué hacer, adónde ir, hasta que Emily sale del cuarto.

—¿Qué ha sido ese golpe? Lo oí desde la cama. Es Miles, ¿verdad?

—¡Vais a acabar conmigo!

—¿Dónde está, madre? ¡Es Miles, lo sé! —Sonríe—. Ha venido a buscarme.

—Que venga a buscarme a mí. Que me lleve enseguida. Quiero irme con tu padre.

Emily la mira rudamente y se aleja de ella. Se dirige hacia la entrada y ve a William en el suelo. Caído. Se agacha para levantarlo, pero él se resiste.

—Iré a por un botiquín para curarte las rodillas.

—Ni se te ocurra. Déjame en paz. Dejadme todos en paz.

Emily dirige la vista hacia la carretera. Comienza a andar indecisa. Luego con mayor rapidez, sin reparar en nada, caminando por la cuneta durante los tres kilómetros que la separan de la ciudad.

Tiene que hablar con Miles.

Es lo único que repite durante todo el camino.

Que tiene que hablar con Miles.

Y lo ve justo a tiempo, abandonando el hostal, con una maleta gris. La maleta que se mueve de un lado a otro, con tanta ligereza como si fuera la pluma de un ave.

—Miles, Miles. ¿Dónde vas? —No oye respuesta alguna—. Anoche dijiste que te quedarías conmigo.

—Eso fue ayer, querida.

Coloca la maleta ante Emily. La chica retrocede unos pasos.

—Pero ayer bailaste conmigo y me prometiste…

—No me importa lo que creyeras. —Su mano grande aprieta el asa—. Adiós.

Le oye silbar. Emily persigue los silbidos cada vez más lejanos. Tiembla sentada en la acera, con las manos en la cara. Ignora por cuánto tiempo, lo mismo le da. Hasta que alguien le agarra las muñecas.

—Hace fresco para estar aquí. Vamos a casa.

Solo distingue un labio con sangre reseca.

—No quiero vivir en esa pocilga.

—Te lo ordeno.

—Tú tienes la culpa.

—Yo solo perdí una pelea. —Se acaricia el labio dolorido—. Vayamos a casa y pregúntale a tu querido hermano. Es él quién te ha metido esas ideas absurdas del rancho, ¿verdad? Pregúntale a costa de qué, de dónde quería sacar el dinero para comprarlo.

Empuja a Emily de los codos. Se resiste. Arrastrándola consigue cogerla en brazos. Aunque su hermana patalea durante todo el camino, a Jim no parece importarle. Lo que le molesta es el aire en la cara, la quemazón en el ojo, el escozor en el labio. Pero no la suelta hasta llegar al umbral. Ella corre hacia la casa y, sin detenerse, pasa junto a William que está en la mecedora fumando.

Estira una pierna, como si pretendiese apagar el cigarrillo, en el mismo instante en que Jim sube el último escalón, tropieza con la zancadilla y cae. Inmediatamente, la madre sale de la cocina con un trapo muy sucio en las manos. Ve a William tirándose de bruces sobre su hermano, dándole un puñetazo y después otro más. Grita. No la escuchan. Se agacha para separarlos, pero resulta imposible. La mujer cae y, en el suelo, oye la voz fatigada de Jim: «Querías arruinarnos. A ella y a todos, ¿verdad?».

A su edad, no es sencillo levantarse. Hay que buscar un apoyo y, aún así, la madre tarda un buen rato en lograr ponerse en pie. Examina las rodillas magulladas, mientras sus hijos siguen peleándose, propinando patadas y puñetazos. Luego solo ve remolinos de arena y polvo arracimados en el porche, remolinos que se cuelan por la ventana de la cocina. Poco a poco, se desvanecen los resuellos. Casi a la vez que Love for sale empieza a sonar en el viejo gramófono. Y Emily, en un rincón, con la mirada perdida en las mazorcas, las aplasta al ritmo de la música. A puñetazos.

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Lunes, 27 Noviembre 2017 06:37

DITA (Minificción)  /Mario García/

 

 

 

 

 

DITA

(Minificción) 

Mario García

 

Los demonios acechaban a lo lejos esperando el momento de atacar, después de días y noches de espera, baje la guardia. Ellos atacaron sin piedad, queriendo llevarse mi alma, reclamándola como pago por todo lo adeudado en el pasado. Fatigado, deje que me hicieran trizas, sus rostros se quedaron perplejos al ver que no había nada, que mi cuerpo estaba vacío, solo polvo en su interior. No lo entendían ¿Cómo un cuerpo sin alma? ¿Cómo era posible? Preguntando, queriendo saber, les dije que mi alma estaba a salvo, donde las historias viven a través del tiempo. Y desde el principio había sido así. Ella; Mi ninfa de los mil cuentos la había resguardado en medio de aquel libro que con tanto desvelo escribimos hasta el día de su partida.

Por fin mi vista se nubla ante el festín de mis enemigos. De a poco muero, mientras; un viento frio me lleva a ella.

 

-Te espere toda una vida...

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JULIO CORTÁZAR

EL PERSEGUIDOR

Marco Ornelas

 

“Sé fiel hasta la muerte”, escribió Juan de Patmos en su Apocalipsis 2, 10. Cortázar lo toma para abrir el cuento El perseguidor. ¿Qué era lo que buscaba el saxofonista drogadicto y bohemio con su fidelidad al jazz? ¿Por qué Johnny Carter, renunció a todo, hasta su vida, pero siempre le fue fiel a su música? ¿Qué encontraba este negro jazzista en su experiencia musical para no traicionarla nunca?.

Julio Cortázar, además de escribir éste portentoso cuento: El perseguidor,

elevó su narración literaria a las alturas filosóficas. El relato cortaciano además de ser en suma placentero, esta sombreado por preguntas metafísicas que se van planteando a lo largo del cuento. El formato de la narración es llevado por la visión de un crítico de jazz y a la vez biógrafo del artista. Bruno, “el amigo” Bruno, nos va contando la historia de Johnny Carter, pero su crónica es sólo eso, una narración ordenada de la vida del jazzista, una enumeración de anécdotas, de vaivenes, de peripecias de la vida del músico. El que realmente habla y hace discurso en el cuento es Cortázar, desdoblado por su protagonista. Dudo mucho que el discurso que nos despliega Julio, el nacido en Bruselas, pero argentino por vivencias sea una ficción como su cuento. Más bien creo, que su cuento es un medio para desarrollar su pensamiento por lo menos en esta obra maestra. El narrador Bruno, desaparece junto con Dédée, la marquesa, Lan y otros, cuando Cortázar, habla por voz del negro prodigio. Esta lacónica historia le sirvió al autor de Rayuela, para decir, para mostrarnos sus entrañas teoréticas sobre el ser del arte.

En éste cuento percibo, o por lo menos esa es mi mirada de contemplación de esta obra literaria, una fenomenología estética. Ahora que rememoro la lectura del El perseguidor para escribir estas líneas, recuerdo que lo que me iba atrayendo de las palabras cortacianas, no era su maestría de la técnica narrativa, sino su pensamiento expresado en éste pobre y grandioso personaje. Verdaderamente lo que me hacia más sensual y placentera esta historia, era la lectura entre líneas, las ideas por demás coloridas del pensamiento arco iris de Julio Cortázar. Su verdad, que no era la Verdad del filósofo expuesta en un sistema, se difuminaba en la asistematización de un personaje ficticio. Para hablar del arte basta con hablar de los artistas y sus obras, sobran las fórmulas abstractas. Para hablar de lo importante basta con susurrar un poema o cantar una canción. Para decir te amo, basta mirar enamoradamente.

Julio Cortázar, escribió éste cuento para discurrir sobre la experiencia artística. Para escarbar en lo más hondo de la vivencia del creador de arte. Johnny Carter, es la máscara de donde sale el pensamiento de Cortázar. El argentino encontraba en la experiencia del arte un sentido para su vida, una respuesta para sus preguntas más intimas de ser humano. Las búsquedas de Carter, son las búsquedas de Julio. Las preguntas que se planteaba el saxofonista Johnny, fueron las mismas que se planteó Cortázar. Johnny Carter, fue fiel hasta la muerte, porque en su música encontraba las respuestas metafísicas, sólo profundizando en ella se le develaban los misterios del ser. Sólo trasgrediendo los límites, abandonando todo, hasta su propia vida, encontraría el sentido último de la existencia. Sólo Carter, bañado en su creación musical cruzó a la otra orilla, abrió “la puerta” Si para llegar a Dios, o desvelar los enigmas del ser, los hombres desde tiempos remotos han elaborado escaleras,sistemas y religiones. Carter renunció a todas la vías, el quiso caminar porel sendero solitario.

“No tiene ningún mérito pasar al otro lado porque él te abra la puerta. Desfondarla a patadas, eso sí. Romperla a puñetazos, eyacular contra la puerta, mear un día entero contra la puerta...”, se lee en El perseguidor.

 

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