Mi Matamoros querido ¿qué te ha pasado?

Adán Echeverría

 

 

Mi Matamoros querido ¿qué te ha pasado?

Dr. I:

Hola. Espero se encuentre bien de salud.

Por ahora no tengo teléfono celular, y seguimos escondidos en un hotel a las afueras de la ciudad, en la salida de la ciudad rumbo a Victoria. No sé qué está pasando y estoy terriblemente golpeado.

Te cuento:

A las 8.00 de la mañana, del jueves 25 de octubre de 2018, mientras estaba esperando para abordar la pesera (camión), junto con mi esposa, mi hijo de 1 año, y nuestra perra, justo en la esquina de la Avenida Lauro Villar; del lado de la escarpa a las afueras de la clínica del Seguro Social sucedió. Abordé el camión, y de inmediato me percaté que, desde la escarpa, mi esposa me llamaba a gritos, pidiéndome que me bajara. Detuve al camionero y me bajé inmediatamente de la pesera, mientras mi esposa me gritaba que habían atropellado a nuestra perrita. Corrí entre los automóviles que se habían detenido, y tomé a la perra entre mis brazos, la recogí de en medio de la calle; caminé hacia mi esposa y mi hijo, y una joven mujer, muy amable, se acercó a ayudarnos, se ofreció para llevar a la perra con un veterinario.

Abordamos su camioneta; íbamos la mujer, mi familia y yo, aún con la perra entre los brazos. Ella temblaba, tenía los ojos abiertos, y los músculos de las cuatro patas tensos, demasiado tensos. Yo iba hablándole quedito, y besándole la cabeza, acariciándola para que se calmara. Avanzamos unas cinco cuadras sobre la misma Avenida Lauro Villar, y justo en la esquina donde se encuentra una gasolinera, doblamos a la izquierda para llegar a la clínica.

El médico atendió a la perrita, estaba solamente asustada por el suceso, pero fuera de peligro. Luego de haberla atendido, nos regresamos caminando hacia la casa. Para ello tuvimos que cruzar la Avenida Lauro Villar, y caminar por la entrada del Coppel, el Soriana, en la puerta de las salas de Cinépolis, y cruzar el amplio estacionamiento, hasta llegar a la Avenida División del Norte. Cruzamos la avenida, pues como la perra estaba lastimada, decidí acompañar a mi esposa e hijo, junto con la perra lastimada y asustada, por lo menos encaminarlos hacia la casa.

Atravesamos la avenida División del Norte, para entrar por una calle del fraccionamiento Fresnos, y caminar hacia nuestra casa en el fraccionamiento Las Arboledas. Como tenía que alcanzar a llegar a la Universidad, porque tenía que acudir a impartir una conferencia a las 10 de la mañana, y al medio día, participar en una reunión a la que el rector había convocado, para hablar sobre la maestría en ciencias en la que yo estoy dando clases; así que me despedí de mi familia luego de haberlos encaminadp, y regresé a tomar de nuevo la pesera para ir hacia la universidad donde laboro, que se encuentra al otro lado de la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, como usted recuerda.

Caminé de nuevo por el estacionamiento del Soriana de la Lauro Villar, y en la puerta de la tienda Coppel  me abordaron dos sujetos, cerrándome el paso. Uno cargaba un bate de béisbol, era moreno, poco más alto que yo, delgado, de cara redonda, llevaba un pasamontañas, pero lo traía levantado como si llevara solo puesto un gorro de color negro. Abrió su chaqueta y me enseñó el bate que llevaba en la mano derecha. El otro era de piel blanca y cabello amarrillo, traía barba crecida rubia, y tenía los ojos verdes, él fue quien hablaba, llevaba un arma, y me pidió acompañarlos sin oponer resitencia, porque lastimarían a mi esposa e hijo.

Me subieron a un carro, me pasearon por varias calles, me quitaron el celular, la computadora, mis memorias usb, mi cédula profesional (¡qué ladrón se lleva tu cédula profesional!); tres horas y media después cuando me liberaron, me devolvieron mi cartera y mis tarjetas. En la cartera no tenía ni un solo peso, pues justo antes de que me atraparan estaba hablando por el teléfono móvil con una maestra, que es mi alumna de literatura, y le estaba explicando la situación del atropellamiento de mi perra, para que me depositara 1200 pesos, y así poder pasar a pagarle al veterinario que nos la había atendido; el dinero me lo iba a dar por concepto de un libro que le estoy haciendo; pero los sujetos me quitaron el celular, justo cuando hablaba con ella.

Los comentarios de los sujetos, al abordarme y durante todo el trayecto, fueron que yo me había metido con una mujer y le había faltado al respeto, y que ella pidió que me presentaran, para matarme o para hacer que de manera inmediata me fuera de Matamoros. “Nosotros tenemos orden de levantarte, tomarte fotos, mandárselas, y ella y nuestro jefe decidirán qué cosa haremos contigo”.

Huelga decir que yo llegué a Matamoros invitado por una mujer para trabajar en un centro de investigación, que está siendo financiado por el consejo nacional de ciencia y tecnología (conacyt), y que esta mujer me pidió dejar mi lugar de residencia, donde tenía trabajo, y venir a Matamoros, con la finalidad de que yo ocupara una plaza de investigador que ella me ofrecía. Fue justo éso lo que me ofreció.

Llegué a Matamoros en el mes de julio. Y desde mi llegada, ella (esta mujer que dijeron dio orden de golpearme), decidió que yo me integrara al Núcleo Académico Básico de la Maestría que comienza a desarrollarse en el centro de investigación. Pero desde ese mismo mes comenzaron a ocurrir sucesos que me parecían extraños respecto del comportamiento y liderazgo de dicha mujer (que pertenece al Sistema Nacional de Investigadores y es SNI Nivel 1):

En primer lugar, no me ofreció una plaza como había dicho, sino apenas un contrato por tres meses, por lo cual me trajo a Matamoros con mentiras. Yo había dejado todo para trabajar en la plaza que me ofreciera, pero no había tal plaza.

Luego ella, en reuniones hablaba de las golpizas que habían sufrido algunos otros doctores antes de que yo llegara a Matamoros. Incluso, en el informe de la tercera etapa del proyecto, que entregó al conacyt, en el Apartado de Riesgos a Futuro, esta mujer señala: “En realidad existe el riesgo constante y latente de la integridad física de los recursos humanos comprometidos en el Proyecto. La situación de inseguridad ha provocado bajas en el personal por situaciones de 1 levantamiento a uno de los investigadores, 3 situaciones de asaltos a tres investigadores más. Dentro de los terrenos de la Universidad se han vivido 2 persecuciones y balaceras, esta situación ha mermado el rendimiento y la estabilidad de los investigadores.”

Lo cual, ha todas luces, se nota que es una forma de querer culpar a la ciudad y la zona de Tamaulipas, de todo aquello que le ocurre al personal que trabaja con ella. Pero es muy interesante que no le ocurre al resto del plantel que trabaja en el centro de investigación, ni le ocurre a ella. Tampoco le ocurre a todos los otros profesores que trabajan en la universidad. Sino que solamente le ocurre a los doctores y doctoras que trabajan con esta mujer. Doctores y doctoras que esta misma mujer hace que lleguen a Matamoros, a los que luego busca desprestigiar y lastimar, con el fin de que se vayan de la ciudad, y con el fin de decirle al conacyt, que todo lo que no logra cumplir, es por cosas ajenas, y de violencia, en el que ella tiene que trabajar. A aquellos doctores la habían acusado de pertenecer al grupo delincuencial de la ciudad. Pero esta mujer, lo contaba en reunions como si se tratara de una broma,  y se reía, haciendo sus cómplices a todo el personal de ingenieros, y bachilleres que trabajan con ella, y a quiens les dice que ella es quien les paga.

Toda vez que no se le ha podido probar nada a ella, los doctores se han ido, las doctoras se han ido igual, unos golpeados, ellas desacreditadas, acusadas de infidelidades, cuando nada de eso ocurre.

Los sujetos que me levantaron me estuvieron paseando por la ciudad, yo no sabía dónde estaba, pero me di cuenta que me sacaron de la ciudad. Les pregunté si me matarían, y ellos me golpeaban. Escuchaba y me daba cuenta de que dejamos atrás la ciudad, se metieron en brechas fuera del camino, me llevaron a una bodega, donde me bajaron a golpes, me pusieron un sweter en los ojos para que yo no viera donde estaba, y me llevaron atrás del automóvil. De pie, me hicieron poner mi frente en la cajuela del auto, extender las manos, y me golpearon salvajemente con un bate, y a golpes y patadas, la espalda, la nuca, los glúteos, las piernas, los muslos, y las costillas. Me desmayé del dolor, y caí al suelo.

Siguieron golpeándome, y me sacudieron para despertarme. Uno de ellos a cada rato decía que tenían que matarme, y me puso una pistola en la cabeza; hablaron por el teléfono móvil con una mujer, le enviaron fotos de mí antes de golpearme y después de golpearme. Se tomaron fotos abrazándome, como si yo golpeado fuera motivo de orgullo para ellos. Así estuve, amarrado mientras ellos estuvieron golpeándome. Me tomaron videos, y se los enviaban a su contacto. Sacaron mi celular, estuvieron revisando mis contactos, revisando mis fotos, donde tenía imágenes de mis hijos, hablando de las fotos de las chicas que tengo de contacto.

Me pidieron la clave de mi computadora, se llevaron mis memorias usb. Dijeron que si aquel que los había enviado encontraba algo que fuera comprometedor, me matarían y estaban esperando órdenes. Volvimos al auto y seguimos andando por la carretera, me di cuenta por el ruido del tráfico que iba haciéndose espaciado en el paso de carros o camiones, y porque dejó de escucharse el barullo de las personas, y por esos ruidos, igual pude darme cuenta que volvíamos a la ciudad. Me llevaron a casa de alguien, entramos en un garaje, uno de ellos se bajó con mis cosas y las entregó. Volvieron al auto y seguimos dando vueltas.

Les volví a preguntar si iban a matarme, pero ellos en respuesta me pegaban e insultaban. Dijeron que ellos harían lo que les ordenaran hacer. Que yo ya estaba viejo y que ya había vivido demasiado para andar preocupándome.

“Con alguien te metiste, a alguien le faltaste al respeto, y por eso te agarramos, así que tú sabes bien lo que hiciste. Ésa persona no quiere verte en Matamoros, así que te conviene ir y pedir dinero, consigue dinero, y yo te recomiendo que te vayas de Matamoros, pero hoy mismo.”

Me dijeron que tenían a una de mis compañeras.

Me mostraron la foto de una mujer que estaba golpeadísima, y me decían: “Es tu amiga, tú sabes quién es, mira como la han puesto, en cambio a ti, apenas te dimos una paliza”.

Me dijeron luego: “Ya la libraste. Te vamos a llevar a la puerta de tu casa. Sabemos todo de ti –y me describieron el accidente de mi perrita, la ropa de mi esposa, el color de la ropa de mi hijo, la carreola; dijeron qué carros había estacionados cerca de mi casa-, si no te vas hoy, mañana volveremos por ti. Si vemos a la policía o al ejército rondando tu casa, vendremos por ti. No tienes escapatoria, porque te conocemos muy bien, porque sabemos todo de ti”.

Yo ya estaba enterado, como tú y todos en el centro de investigación, y enterados por la misma mujer-coordinadora, sobre que algunos decían que ella pertenecía a La Maña, al crimen organizado de Matamoros, y ella solo se reía, mientras lo contaba como si se tratara de un chiste.

Ahora comprendo que era una forma velada de amenazar.

Es sabido, y por ella misma que no para de decirlo, así como por otros trabajadores del centro, que dos doctores, Dr. E…, Dr B., e incluso tú, Dr I., que estaban en este centro de investigación antes que yo, acá en Matamoros, que igual fueron asaltados y golpeados en su momento, además de acosados por esta mujer-coordinadora que además trabaja en la universidad juarez del estado de durango.

Los que me atacaron sabían dónde vivía yo. Me dijeron exactamente todo lo que hice en la mañana, cómo estaba vestida mi esposa, que atropellaron a mi perra, que una enfermera nos llevó a un veterinario, que regresamos, que dejé a mi esposa, que en mi casa estaban otros compañeros de ellos esperándome, y que si encontraban cualquier rastro comprometedor en mi celular y en mi computadora portátil, entonces volverían por mí.

Tengo mucho miedo, no sé qué hacer, y hago responsable a quien dio esta orden (y a todos los que estén involucrados), de cualquier cosa que me pase a mi o a mi familia.

(He pasado ya los nombres de todos los que trabajan en el centro, a mis familiares y a mis amistades, así como a la prensa local y nacional, y a los contactos de las otras universidades donde he trabajado, para que los contacten a ustedes, para exigir una explicación que permita llegar a la justicia, si algo me pasara).

Quiero saber si aquellos que le brindan la oportunidad de trabajo a esta mujer, pretenden mantenerla en su puesto toda vez que su comportamiento como líder (ha contratado y despedido a más de 15 personas para el centro de investigación, en menos de un año, y a muchos de ellos los ha acosado laboralmente, difamado, desacreditado, acusado de robarse equipo, pero jamás presenta demandas por robo ni nada; solo dice todo esto una vez que los doctores y doctoras se han ido).

Estimado Dr, esto me pasó a mí, y ya le ha pasado a otros tres doctores más del centro de investigación; a dos doctoras que esta mujer ha corrido, las ha intentado desacreditar: diciendo que se robaron cosas, equipos, cables de los equipos científicos.

Esta mujer-coordinadora incluso ha enviado a sus sirvientes (los jóvenes que trabajan para ella), para que construyan historias respecto de mí, con tal de desacreditarme. Han ido a contar a otros que Yo fui agredido porque me metí en problemas con mis vecinos de Las Arboledas. En Matamoros, solo estamos mi esposa, mi hijo de un año y yo; ¿a quién acudir?

¿Acaso esperan que los que dieron la orden de golpearme hagan que les pase a otros doctores igual, para reaccionar, en Matamoros, en Durango, en Coahuila, sitios todos donde ella se desenvuelve?

Sé que la misma mujer que me ofreció trabajo es responsable de estas golpizas, pero no hay forma de probarlo aún.

Ayúdame, quien hizo esto es un sicópata, porque nada, ninguna razón hay para lo que hizo, tiene que ir a la cárcel, se le tiene que detener, y jamás debe estar a cargo de ningún grupo de investigación, deberían quitarle su licencia para ejercer como científica.

El jueves 25 de octubre era la auditoria de la maestría donde trabajo y solo no quisieron que yo llegara a la reunión.

He hablado con personal de la comisión de derechos humanos, y con organizaciones sociales que trabajan contra los secuestros, porque necesito protección para mí y mi familia.

Enviaron a golpearme y a amenazarme con matar a mi familia.

Ahora, pregúntate doctor: ¿si lo que me hicieron es algo que deseas les ocurra a otros doctores o a tu propia familia? ¿Acaso por una cuestión de diferencias en el trabajo, o porque te niegas a hacer bullyng a otros doctores, es justo que una persona te mande golpear? ¿o porque te das cuenta que los alumnos de la maestría no cumplen ni con el perfil para estudiar la maestría, y se les está dando becas y aprobando las materias, sin que tengan los méritos, porque la jefa así lo dispone, y tú te niegas a servir de comparsa, y acaso eso es motivo para que sufras un atentado?

¿Acaso alguna de estas ideas es motivo de que se de orden para que te asalten, golpeen o amenacen de muerte?

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

la maldición del diluvio,

una historia sobre ciclones en cuba

Mauricio Escuela

 

 

“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.

El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.

 

Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.

Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.

 

“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.

“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

Publicado en ISLA FABULANTE
Martes, 30 Octubre 2018 19:19

RETORNO / Francisco Delgado /

 

 

RETORNO

Francisco Delgado

 

 

(Primer lugar en el certamen interno

de cuento de la Escuela

de Escritores de Veracruz

Sergio Galindo de SOGEM)

 

Conviene que empecemos nuevamente. No me refiero al gastado “vamos a comenzar de nuevo” que podría decir cualquier actorcillo en una telenovela del Canal de las Estrellas. Es algo mucho más profundo.

Por favor, no me malinterpretes. Veo que te has puesto un poco seria. Estoy feliz de verte y de que hayas venido precisamente hoy. Sé que lo hiciste porque es nuestro otro aniversario; no de cuando me diste el sí, sino del día en que nos vimos por primera vez, que para mí es el que realmente cuenta.

Lo recuerdas muy bien, ¿verdad? Yo sí. Llevabas un traje sastre beige que te daba un aire de ejecutiva muy ocupada. Caminabas afirmando cada paso con gran resolución. Las carpetas que sostenías con ambas manos eran tu escudo contra los indiscretos. Me habías visto y lo noté justo antes de que desviaras la mirada para que no te sorprendiera con la guardia baja. Pasaste a mi lado, como dice la canción, fingiendo gran indiferencia.

Te seguí con la mirada por varios segundos y me decidí. No habría otra oportunidad. Te pregunté por la oficina de Juan Carlos De Landa. Yo sabía dónde era; sólo necesitaba el pretexto. Reaccionaste con mucha naturalidad, como si desearas ser abordada por ese desconocido. Después me dijiste que algo en mí llamó tu atención. No es que yo fuera un tipazo rompecorazones, nunca lo he creído. Tal vez fue que te abordé con mucha seguridad ─por dentro me moría de miedo como si fuera un estudiante de secundaria intentando por primera vez declarar su amor a la compañerita de banca─ y creo que eso fue lo que te gustó. No lo sé, nunca quisiste decírmelo. Lo importante es que tuviste interés en el que hasta ese momento era un absoluto extraño. Me dijiste que era en el quinto piso y que ibas para allá.

Nunca habías sentido una impresión así con un desconocido. Lo sé porque me lo confesaste después. Yo tampoco, créeme. El minuto en el elevador bastó para que supiéramos que volveríamos a vernos. Después vino lo demás: La cita a comer que aceptaste sin mucha resistencia; las pláticas de todo y de nada. La primera ida al cine. El primer beso en la puerta de tu casa ─que tú provocaste porque ya me había pasado de respetuoso─. Nunca fuimos a bailar, ni a ti ni a mi nos gustaba. Simplemente nos dimos cuenta de que la pasábamos bien juntos, cada vez mejor.

Poco a poco tu presencia ocupó todos los espacios vacíos que creía solo míos. Nunca hablamos de matrimonio porque teníamos el acuerdo tácito de no vulgarizar la relación. Avanzamos a paso de pequeñas anécdotas; de momentos aquí y allá; de prolongadas charlas sobre todo y sobre nada.

Sí, se instaló cierta rutina; una dulce rutina que nunca fue fastidiosa. Más bien fue como asumir pequeños rituales que nos hacían sentir bastante cómodos. Llegamos a ellos como si los hubiéramos conocido de otras vidas. Seguro que fueron de otras vidas. Si no fuera así ¿cómo explicarías tantas coincidencias?

El otro día vi en uno de los libreros de la casa La insoportable levedad del ser. Era por mucho nuestro libro favorito, aunque lo habíamos leído por separado hace muchos años. No me animé a abrirlo y lo dejé en su lugar. Sabía que no podría hacerlo. Tampoco quería ver los subrayados que le hiciste y que me hicieron enojar porque a mí no me gustan; si lo que alguien escribió realmente te toca, sus palabras se quedarán para siempre contigo.

Por eso nuestra separación fue tan dolorosa… Por supuesto que entiendo que no fue a propósito. Estas cosas nunca se hacen a propósito. Doy por seguro que si las circunstancias hubieran sido otras, seguiríamos juntos.

No quiero mortificarte con todo esto. Nunca fuiste de llorar. Eso es algo que siempre te admiré: fortaleza pura detrás de esa falsa fragilidad. Es más, yo era el que lloraba ─a veces─ en las películas (¿te acuerdas de La Vida es Bella?).

Esto ha sido un poco extraño. Se que han pasado dos años y aun así a mí me han parecido sólo unos cuantos días. Al principio, perdí por completo la noción del tiempo; los días y las noches se sucedían sin sentido alguno y sólo me obsesionaba la idea ridícula de volver a estar contigo; aunque sabía que era imposible.

Poco a poco me fui nivelando. Acostumbrarme a la separación no ha sido para nada fácil. La sensación de que todo dejó de importar al grado que mi cuerpo perdió peso y de que mi memoria ya solo conservó fragmentos de lo que habíamos vivido, sigue siendo inexplicable y cada vez más insoportable.

Hace un mes visité el edificio en que nos conocimos. No fue por masoquismo; disfruto de la idea de recrear ese primer día y quería recordar algunos detalles que he ido perdiendo. Fui un sábado para evitar que hubiera tanta gente. Sólo había un guardia en la puerta que me dejó pasar sin pedirme que me identificara. Fue muy raro ver los pasillos vacíos. Aunque era un día soleado, el lugar lucía sombrío. Una persona hacía labores de limpieza sin reparar en mi presencia. Me quedé un rato en una banca frente a los elevadores. No me animé a subir.

He perdido en parte la visión. Los objetos lejanos se me aparecen borrosos; no sólo eso, también me está costando mucho trabajo acordarme de cosas triviales. El otro día desperté en el reposet de la recámara y no supe cómo es que había llegado ahí.

Me aterroriza la idea de que un día todo recuerdo pudiera borrarse por completo. Por eso ya es momento de comenzar de nuevo. Te lo quería decir para que no te tome por sorpresa. Hoy que viniste a verme, en nuestro verdadero aniversario, sé que tenemos que dejar todo atrás y volver a empezar desde el inicio; desde que no nos conocíamos.

Sí. Lo decidí hace unos días cuando fui al panteón y vi que el pasto había crecido demasiado alrededor de la lápida. Luce descuidada; hay que pagar para que la arreglen. También hay que pedir que remarquen el nombre: No se alcanza a ver de quién es. Para serte sincero, ya no lo recuerdo y tu silencio me hace suponer que estás de acuerdo.

Paco Delgado

Septiembre de 2018

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 30 Octubre 2018 06:48

La desbocada / Diana Luz Soto /

  

 

La desbocada 

Diana Luz Soto

 

 

El origen de la palabra yegua se deriva del latín

“equus” o “equa” que significa femenino..

 

 

 

 

(Segundo lugar, del premio interno de cuento de la Escuela de Escritores de Veracruz Sergio Galindo de SOGEM)

 

A la yegua la conocí  en una fiesta una noche de viernes. Fue extraña la manera en que hicimos contacto. Llevaba el cabello todo amarrado, echado para atrás; pero vaya cabellera la que tenía esa mujer; abundante, vasta, espesa. Parecía la  frondosa cola de un caballo;  fue por eso que le apodé la yegua. Después la demás gente ya le llamaba así también, pero que a nadie se le olvide que fui yo quién le inventó ese apodo a la muy puta.

En fin, volviendo al punto; fue extraña la manera en que establecimos contacto por primera vez: yo estaba parado a un lado de la barra de las bebidas esperando al que el retardado que atendía me sirviera el ron que le había pedido desde hacía 20 minutos.

Mientras esperaba, ella llegó y se acercó al bar tender, se veía imponente. Me sentí ligeramente intimidado, sin embargo traté de actuar con naturalidad. Ella no paraba de hablar y hablar y carcajearse y manotear y de recargarse de cualquier hombre que tenía a la mano. Me pareció una mujer escandalosa y vulgar, pero por algún motivo había algo en ella que no me hacía repelerla del todo. Cuando estaba por irme de ahí, se las arregló para meter las puntas de su coleta en mi vaso, cuando se giró para ver qué era lo que pasaba, me pasó la greña por la cara dejándomela toda húmeda. En otras circunstancias yo habría reaccionado de manera agresiva, pero ésta vez mi respuesta fue diferente: solté una carcajada al ver su sorpresa y me pasé la mano por el rostro para secarme las gotas de agua. Ella toda apenada y en un intento desesperado por ayudarme, buscaba servilletas cerca y hacía ademán de querer limpiarme, pero no atinaba hacia dónde dirigir su mano y terminó soltando una risotada nerviosa y a carcajeándose conmigo también. Nos miramos por unos segundos y desde ese momento supe que sería mi crucifixión.

Aquello del accidente termino por convertirse en el pretexto ideal para terminar hablando el resto de la noche.

Hubo un  breve descanso a nuestra charla, ella se acercó al medio de la pista, sus nalgas lucían sensacionales, ameritaban un trofeo en definitiva. Se veían tan suaves y jugosas como un gran durazno gordo y maduro. Sus piernas no se quedaban atrás, eran inmensamente largas y firmes y sus muslos….- ¿Para qué hablar de sus muslos?- si es obvio que poseía el cuerpo de una venus latina.

Sus movimientos no podían ser más que sensuales, te incitaban de inmediato a querer ir hacia ella. Era como si cuando bailaba ella irradiara una fuerza magnética tan poderosa que no dejaba ninguna otra opción más que dejarte llevar por ella. Terminamos con los pies pulverizados de tanto baile y esa fue la primera vez en mucho tiempo que me sentía tranquilo y relajado.

Cuando estábamos fuera del lugar, la yegua me preguntó a donde iría.

-Voy a mi casa. –Respondí

- ¿Quiéres venir conmigo?

- Ay, lo dices en serio, es que no quisiera que pensaras mal de mí, yo no soy de “esas”.

- ¿Esas qué? le pregunté.

-Ay porque te haces tonto si bien qué sabes de que hablo.

- No entiendo exactamente a que te refieres.

….si hay una cosa que me repugna de las mujeres es que se hagan las mustias cuando saben perfectamente que es lo que quieren y que lo conseguirán. Esa conducta de disimulo permanente en la mujer me asquea. Eso o que se porten como mocosas cuando ya son unas adultas. Cómo sea, a fin de cuentas ésta sí que es MUY MUJER y así como estaba de borracha no podía permitir que se fuera sola. No quería ser el responsable de que terminara descuartizada en una bolsa de basura negra como alimento para los perros callejeros. Así que la tomé de la cintura y caminé con ella a mi lado, poniendo todas mis fuerzas y mi resistencia para que no se callera o se golpeara con algún poste.

Estaba por amanecer, pero el cielo seguía oscuro, se veía como un agujero siniestro, la calle estaba completamente solitaria. Estaba comenzando a lloviznar, así que tuve que acelerar mi paso y el de ella también.

Así fue durante el resto del camino. Llegamos a mi departamento y yo deseaba con las pocas energías que me quedaban que alguien me asesinara para ya no sentir el cansancio que sentía. Justo después de subir el último escalón fue cuando me vino ese pensamiento. Abría la puerta con una sola mano mientras con la otra hacía malabares para que la yegua no se me cayera. La empujé y la metí a ella a rastras, hasta el sillón y solo ahí fue cuando me di cuenta de que había perdido una zapatilla en el camino.

-Seguramente seré yo quien termine pagando por esa cosa-. Pensé.

Le estaba quitando los aretes y toda la porquería que traía colgada en la cara y de repente ella abrió los ojos, me miró como queriendo poseerme y de una, comenzó a besarme como si fuera el último beso que fuese a dar en su vida.

Pensé en abofetearle, pero la verdad me gustó sentir su saliva tibia y embriagante, me gustó su olor animal.

Le bajé las medias de un solo golpe y le apreté las nalgas casi al punto de exprimirlas. Ella comenzó a pasar su lengua con ligeros toques por la punta de mi pezón y fue en ese momento preciso que supe que era hombre perdido.

Me puso muy bestia sentir la temperatura de su cuerpo; era como si químicamente (en el sentido literal que se refiere al fenómeno químico) estuviéramos diseñados para hacerlo.

La muy sucia me pidió que le atara las muñecas y la pusiera boca abajo, mientras ella erguida me mostraba el mejor ángulo de su culo. CARNE, CARNE y más CARNE por donde quiera que mirara:

-¿Cómo un simple hombre mortal como yo podría resistirse a montar a ésta yegua desbocada?

La tomé de las caderas que desde lejos la hacían ver como un jarrón de porcelana china y luego la embestí. Comenzó a gemir. Después le di otra con más fuerza, puso cara de delirio, y la tercera… Esa sí que no se la esperaba…

*Sonó en la radio (por algún motivo había una radio ahí que no era mía) que el volcán de Acate nango en Guatemala acababa de hacer erupción y había aniquilado a la mitad de la población. La locutora tenía voz sensual y decía que era la erupción más fuerte en los últimos años, y que ésta había obligado a las autoridades incluso a cerrar el aeropuerto internacional. La mayoría de las víctimas murió de “asfixia por sofocación”.

Me levanté del sofá, me subí los pantalones y fui a lavarme las manos para quitarme toda la suciedad de encima. Me aseguré de dejar todo en orden y totalmente limpio. Me puse ropa nueva, busqué las llaves del apartamento, tomé a la yegua entre mis manos y la conduje a rastras hasta la entrada y luego la eché a la calle de un puntapié como quién quita una piedra del camino.

Él acababa de entrar al Royalty, era la primera vez en 9 meses. La yegua anda cojeando de la pierna izquierda y está fichando con un tipo de pelo cano. Trae un vestido parecido a los que se ponía antes, sí ese,  cuando no tenía ese horrible hoyo en el muslo izquierdo.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Una cara de venganza

Waldo Contreras López

 

 

No podía sentirse más afortunado según él. Tiene una buena posición económica y un buen lugar en el gobierno federal. Se había encontrado con la mujer de su vida a quien conoció en su va y viene de oficial del ejército, en las calles de Dios quien siempre lo ha socorrido. La encontró a ella, investida en sus ropas de mujer soltera y con hijos y, con su orgullo tapándole una tristeza en su rostro; la encontró como mujer en ese cuerpo necesitado de caricias, en esos ojos queriendo encontrar un lugar en donde posar sus noches para cerrarlos a gusto y abrirlos con certeza; y se encontró a sí mismo en su necesidad de paz para una sola mujer y darle todo lo que él fue y es. No fue difícil a sus cuarenta y cinco años, había sobrevivido mal al tedio de las caricias eventuales en pueblos abandonados y ciudades desconocidas; no fue difícil además pues aquella mujer tenía ese “no se sabe qué”, aparte de ser hermosa con su rostro y con sus carnes aun macizas.

Era un profesional muy respetado entre su gente, valiente como pocos, justo como nadie. Certero con las armas y en decisiones para operativos militares importantes; colérico e implacable contra quienes consideraba enemigos de sus ideales. Se sentía afortunado sí, pues a pesar de haber traicionado a su escuela de hombre de honor colaborando a favor del crimen organizado esto le fue perdonado por sus superiores al matar de un solo disparo de rifle a uno de los capos más temibles por la milicia y por la sociedad.

Había recuperado lo único que valía la pena desde siempre y tenía que darle sentido a todo lo bueno que le estaba sucediendo en su carrera y sus ideales de hombre hecho y derecho.

La conoció en una fonda del mercado municipal de una ciudad del pacífico. Un lugar alegre ahí, bullangero y colorido siempre, un lugar en el cual una persona sencilla podía sentirse a gusto con tanta fiesta. A ella de inmediato le llamó su atención la buena percha y su mirar de hombre seguro, su poca palabra y sus ojos de venado melancólico color gris los cuales se perdían en sus ojos que eran como ver caer una triste lluvia.

Cada visita era más feliz y llegó el día en el cual se encontraron platicando sobre el futuro, tan serios, a la orilla del mar. Y llegó el día en el cual se vieron juntos compartiendo un mismo techo en un barrio populoso de la capital del estado.

Vicente apenas era capaz, y muy poco, de ocultar su felicidad: feliz en los desayunos, en las compras del supermercado; feliz en los operativos militares peligrosos, en las cenas en familia, en las noches de desvelo y desafueros carnales. A ella por su parte se le veía muy a gusto aunque a veces, en el despacio correr del tiempo en la cotidianidad hogareña se le veía pensativa, con el rostro en ocasiones en una mueca de coraje contenido; el daba cuenta de ello, la observaba taciturno y silencioso y entonces le preguntaba y ella le contestaba con desdén mal disimulado: “nada”, con sus ojos en un lugar lejano.

Y los niños eran felices sin duda, todos estudiando en escuelas de medio burgués, bien vestidos con sus ropitas de marca, bien comidos con buena despensa surtida y con lujos dignos de su clase:

videojuegos, televisores pantalla-plasma, Smartphone y tabletas electrónicas. No le amaban pero al menos le apreciaban.

Y un día de cumpleaños festejaban en un restaurante de mariscos de esos con instalaciones caras. Reían y disfrutaban todos juntos y ellos, de forma disimulada, se comían a miradas entre cucharada y plática.

Y de repente todo cambió, la niña mayor se puso pálida al tiempo que sus ojos se encontraban con los de su madre quien tenía el gesto crispado de odio, su mirada vibraba en modos extraños para él. Una mujer irreconocible.

-¿qué pasa mi amor? Te ves muy mal.

-no pasa nada –le contestó con desdén, como siempre, pero esta vez sazonado con mucha ira.

-¿cómo qué no? Te vez furiosa, algo malo pasa…

-ya deja esto por favor, no llames la atención…

El guardó silencio y buscó una respuesta en la niña mayor pero solo encontró su mirar en el plato de aguachile y su boca ceniza y temblorosa. Miranda estaba igual, pero con sus mandíbulas trabadas de ira. Los niños se hundieron en una tristeza bárbara para su edad.

Cuando llegaron a casa Miranda y su hija mayor se encerraron a llorar; él se quedó con los más pequeños viendo televisión; aunque estos últimos estaban más relajados notó que ambos miraban a la puerta del cuarto, como obedeciendo a una costumbre muy arraigada en sus almas infantiles.

Pasaron los días y él vivió en medio de una felicidad tensa la cual dependía mucho de los cambios de humor en su joven esposa. Y al paso de los meses la felicidad se le fue aguando inundada por las lágrimas cada vez más cotidianas de su amada y la desolación espesa que le provocaba su silencio.

Y un día fue ella quien ya no pudo más. Fúrica, asqueada y borracha del hastío de tanto negarle las caricias le gritó como jamás lo había hecho, le dijo entre llanto convulso que él era un hombre bueno, que lo amaba, pero que ya no podía más con el peso que estaba cargando sola y con mucho miedo. Él la tomó en sus brazos como tampoco jamás lo había hecho y hasta creyó que al fin volvían a recuperarse uno al otro: “a ver Miranda, cuéntame ¿qué es lo que te pasa?”

Y entonces ella le soltó el peso que traía encima desde meses atrás.

Y le hablo sobre su hermano menor, un joven de apenas veintitrés años, todo lleno de vida y alegría, todo pleno de ganas de ser alguien. Un joven locuaz y hablador. Un muchacho como muchos, quien buscando mejores oportunidades económicas se había vuelto sicario.

Ella le contó que ese jovencito había sido la última persona de su familia a quien en verdad amó como a nadie de su sangre, a parte de sus hijos. Le contó que ambos se habían cuidado desde chicos y compartían juntos la pena de ver morir a su madre en un accidente automovilístico que marcó para siempre a todos sus hermanos. Le dijo entre sus lágrimas cálidas y sus sollozos reposados que él siempre se perdía durante meses pero cuando volvía a quien primero buscaba era a ella y le llenaba el solar materno de música de banda en vivo, de comida la despensa y el refrigerador de carnes y los bolsillos de buen dinero. Pero sobre todo le llenaba de alegría su corazón, orgulloso de su pequeño hermano a quien veía como a un hijo. Era lo único que se tenían ambos, los que se procuraban el encuentro siempre.

Y le contó que una tarde soleada en la cual festejaban un aniversario más de la muerte de su madre llegaron a su casa un grupo de hombres armados preguntando por él. A ella y a sus hijos los postraron de rodillas y a su hermano lo golpearon hasta el desmayo y luego lo recargaron contra la barda del patio para fusilarlo. Ella le contó que les suplicó hasta la humillación que por favor no se lo mataran, que ese muchachoera lo único que tenía en el mundo y que era un gran hermano muy bueno y generoso. Uno de los hombres se quitó la capucha y le mostró su rostro picado de acné, su sonrisa burlona y llena de placer. Él le dijo:

“Este jovencito mató a mi padre y a mi hermana menor de edad, los mató con los ojos vendados, atados de pies y manos; los mató como a los perros siendo que ellos nada le debían. Este niño cobró seis-mil pesos por ejecutarlos de esa forma, vieja pendeja, cállate el hocico mejor ¿crees que lo voy a perdonar nomás porque tú lo dices? Ganas me dan de chingarte!

Le describió que el hombre alistó su rifle y le apuntó a la cabeza, la hija mayor se levantó para arrebatarle el arma a aquel despiadado para evitar la ejecución y fue derribada por un golpe de pistola en la cabeza.

Le contó también que el jefe de los sicarios le sentenció con burla y carcajadas: “mira lo que les pasa a niños cagados como este por andarla haciendo de huevudos matoncillos”, según le describió, su hermano le suplicó piedad con la voz quebrada por el miedo; ella seguía rogando postrada de rodillas y como respuesta escuchó el disparo y sintió claramente como la sangre de su hermano le salpicaba el rostro.

En los primeros momentos de su desmayo vio como el cuerpo del joven se derrumbaba decapitado por la fuerza de la bala enorme de mata-policías, y vio también a su hija desmayada, quien había tratado de nuevo arrebatar el arma al sicario con la valentía de sus quince años, con su mano izquierda hecha pedazos a causa de una bala.

Le contó que desde entonces no había podido encontrar la paz, que ya casi había olvidado las sensaciones abrumadoras de aquel día de pesadillas.

Y le contó que aquel día en el restaurante de mariscos vio entrar al verdugo de su hermano, de su hija mayor, de la mente de sus hijos infantes y de su corazón.

Le dijo que no podía dormir de miedo y que ya no podría vivir feliz pensando en la mirada burlona de aquel sujeto, aquel día domingo de fiestas.

Vicente se la tomó a la tranquila. Decidió darle lugar al tiempo para que ella olvidara su tormento. Los primeros días de aquella confesión trató con todas sus fuerzas que ella se refugiara en él, pero Miranda le fue agrandando el desdén, le fue tratando con desprecio y por último con odio. El también intento refugiarse en ella tratando de entender su propio dolor pero tampoco lo consiguió, su dolor no se parecía en nada al de ella.

Trato de refugiarse en los niños quienes también comenzaron a despreciarlo, después en horas de trabajo, en tardes solitarias de música ranchera y por último en el alcohol.

Y pasaron muchos meses desde aquel día. Y aquel hogar feliz del pasado ya solo era una casa fría, sin risas, sin patio de juegos y sin pista de baile para dos enamorados.

Y un día Miranda lo vio llegar en su camioneta, totalmente alcoholizado y con un brillo resoluto en sus ojos de borracho, sin alguna otra emoción en su rostro moreno. Lo vio dirigir sus pasos arrastrados por la tristeza hacia ella y le oyó decir: “vamos, tengo a tu hombre”. A Miranda se le iluminaron los ojos en un furor de loca. Vicente notó como la boca de ella antes petrificada por el enconado desdén ahora estaba transformada en una sonrisa horrible.

-vamos, lo tengo en la casa de tu madre allá en ese pueblucho.

-qué feliz me has hecho Vicente, jamás olvidaré esto que haces por mí y por mis hijos.

-me imagino Miranda, pero lo hago porque te amo, como todo lo que hice antes a tu lado.

Ella lo abrazó tan fuerte, tan febrilmente, que le echó su cuerpo a temblar. Luego ella llamó a los niños y les ordenó que subieran a la camioneta –vamos mi amor-le ordenó- es hora de que terminemos con esto.

“Terminemos”.

Se quedó pensativo un rato y le contestó: “sí, es tiempo de que esto se acabe para ti y para mí”.

Vicente se subió a la camioneta y abrió una lata de cerveza, encendió el motor y puso a sonar su disco preferido de música ranchera para relajarse: “vámonos, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada nomás nuestro amor”. Miranda tomó también una lata de cerveza, subió la canción a todo volumen y le lanzó una sonrisa feroz.

Llegaron a aquella casucha de pueblo, el solar materno de su amada hundido en el abandono. Ella se bajó con otra cerveza en la mano, ebria de una felicidad exagerada y contoneándose como hembra en celo. Cuando divisó al motivo de su odio postrado de rodillas soltó una carcajada sonora y tétrica la cual tuvo el poder de erizarle los cabellos de la nuca a Vicente. Miranda se plantó gozosa ante el antiguo verdugo de su familia, se burló de él mientras lo vapuleaba y lo escupía, luego tomó un enorme palo seco y empezó a golpear al hombre sin asomo de misericordia hasta dejarle la cara y la cabeza hechas una carnicería. Los niños evitaban ver con todas sus fuerzas la escena, horrorizados con sus ojos infantiles y temblando de miedo. Cuando Miranda se cansó de golpear a aquel sicario se volvió hacia Vicente, sudando a chorros, con el

respirar acezante y la mirada desorbitada le ordenó: “¡ya mata a este perro mi amor!”. Vicente observó a los niños que sollozaban sin atreverse a levantar los ojos para mirar aquella escena de espantos, luego miró a aquel hombre abatido a golpes suplicando por su vida y luego la volvió a mirar a ella quien le sonreía con maneras de hiena:

-llévate a los niños de aquí, Miranda-

-¡no! –le gritó furiosa- quiero que ellos también vean como muere este perro, que vean como se desangra igual que mi hermano, tal y como les tocó ver aquel día!

-estás loca Miranda, ellos no –le replicó Vicente con voz pausada y queda.

-¡estúpido poco hombre! ¿No tienes huevos o qué? ¡Mátalo! ¡Mátalo, pero ya culón!

Él la miró con tristeza para después abofetearla hasta dejarla en el suelo, luego se dirigió hacia los niños con paso lento y los desenmarañó de su abrazo, tomó al niño por los hombros y mirándolo a los ojos le dijo: “has algo por tu madre” y le puso una enorme pistola automática en sus tiernas manos. Miranda levantó la cara del suelo con la mirada perdida en una excitación de demente, se incorporó con su sonrisa ensangrentada, observó al niño y con voz temblorosa y siseante como la de las víboras le ordenó: “mátalo hijo, demuéstrame que ya eres un hombre, demuéstrale a este asesino y a este guacho apestoso quien eres”. El niño temblaba de miedo y pegó un fuerte respingo cuando escuchó el grito imperativo de su madre enloquecida: “¡mátalo!”. Juanito tragó saliva y apuntó el arma a la cabeza de aquel hombre, cerró los ojos y disparó.

Vicente escuchó el estampido de la bala sin inmutarse, vio caer muerto a aquel sicario sin ningún tipo de pesar en su corazón, oyó a Miranda carcajearse como loca, vio a las niñas quienes lloraban enlazadas de nuevo en un abrazo convulso, y vio a Juanito a quien se le iba la vista, perdiendo su cabeza en los vericuetos de su inocencia que empezaba a agonizar. Agachó la cabeza y dirigió sus pasos arrastrados de tristeza para alejarse de la visión caricaturesca de aquella escena, se subió a la camioneta y encendió el motor y la echó a andar despacito, alejándose de aquella casa. Pero a unos metros sintió el asedio del remordimiento y la cosquilla del deseo de volver por ellos, se arrepintió de inmediato y sacudiendo la cabeza para deshacerse de la pesadilla que aun presenciaba en sus pensares agarró una cerveza y la bebió con avidez; puso a rodar de nuevo la camioneta y de nuevo estuvo a punto de devolverse pues era que recordó había dejado su pistola en las manos del niño; y recordó la inocencia con la cual Juanito miraba el cadáver de aquel infortunado, y recordó el despacio llorar de las niñas abrazadas y casi le ganaba el corazón otra vez; se quedaba pensando si valdría la pena cuando escuchó otro disparo y los nervios se le crisparon como minutos antes.

Esperó escuchar la carcajada de Miranda, loca de furor ante una nueva tragedia en su vida pero en cambio pudo reconocer el llanto a gritos de los niños, y pudo reconocer el grito vociferante de la hija mayor quien decía llorando: “¡mamita! ¡No, mi mamita!”

Tragó saliva, trémulo de miedo y asco. Arrancó la camioneta, encendió el estéreo y empezó a sonar aquella canción que tanto le gustaba: “vámonos, donde nadie nos juzgue, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada”… y su mente retrocedió a los días en los cuales sus ojos de venado melancólico se perdían en aquellos mirares que fueron como ver caer la lluvia, cuando se hundía en aquella piel olorosa a jabón corriente, retrocedió con sus pensamientos hasta las tardes de días felices, los desayunos alegres, las compras amenas del supermercado, las cenas y los desvelos de desafueros carnales, las tardes de bailes románticos sobre la pista dominguera, los juegos de niños en el traspatio. Sonrió entre sus lágrimas y pensó que había valido la pena conocer a su amada como pocos hombres pueden conocer a una mujer. Acompañó al cantante en la última frase de la última estrofa de la canción: “nomás nuestro amor”; y luego se recargo en el volante de la camioneta para echarse a llorar como un niño.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

CUENTARIO BREVE E INOCENTE

por Agustín Monsreal

 

 

 

 

DESTINOS CELESTES

 

 

Era lo más parecido a Dios que yo había visto. Se parecían tanto. Como una estrella y otra estrella. Como un sol y otro sol. Eran idénticos; si acaso, Dios un poco más alto. Y un poco más serio, quizá. Ellos mismos, cuando estuvieron frente a frente, no sabían si creerlo. Pero sí, era evidente que sí. Hasta los propios ángeles estaban sorprendidos, confusos. De no haber sido por sus ropajes -Dios vestía un traje muy elegante-, la perplejidad hubiese resultado definitiva. Yo, sin embargo, conocía cómo distinguirlos: uno de los dos era infinitamente más viejo; uno de los dos olía a eso: a vejez. De ahí que cuando me preguntaron (nadie sino yo podía aclarar las cosas) quién era el impostor, lo señalé sin la menor duda. Sé que mentí, pero no tengo ningún arrepentimiento. Uno de ellos estaba de más en el mundo.

 

 

VIDA DE FRONTERA

 

 

Un hombre es detenido por la policía acusado de robar un sueño. Lo someten a un juicio que dura varios años. Lo despojan de su familia y de todos sus bienes. Con el tiempo, su esposa deja de lado la tristeza y se vuelve a casar; sus hijos crecen y lo olvidan para siempre. Durante los interrogatorios el hombre, con firmeza invariable, se declara inocente. Posee algunos sueños, en efecto, pero ninguno es mal habido ni puede calificarse de ilegítimo. Aunque nadie ratifica la acusación ni existe evidencia alguna en su contra, el juez lo encuentra culpable y lo condena. El robo de un sueño se castiga con cadena perpetua. Se trata de un delito mayor y, una vez dictada la

sentencia, no existe ninguna posibilidad de perdón. Nadie puede aspirar siquiera a una reducción de la pena.

El hombre todavía vive y a veces, a espaldas de sí mismo, sueña.

 

 

DESTINO QUE NO SE APARTA DE SÍ MISMO

 

 

Según me dijeron se trataba de una chica de alterne. O lo que es lo mismo, una tarifeña. O sea, una puta. A pesar de eso me enamoré de ella. O precisamente por eso. A mi edad un hombre enloquece sin mayores trámites por una mujer. Basta que se desnude un par de ocasiones frente a uno y ya estuvo. Por supuesto, uno es el que embrolla las cosas; ella lo único que hace es cumplir con absoluta lealtad los deberes de su oficio. En esto no había engaño, lo supe desde la primera vez que me ceñí en sus ingles. Yo pagaba un precio por el alquiler de su cuerpo y ella se esforzaba y me ayudaba a desquitar hasta el último centavo. Quizá debido a ese rasgo de entusiasmo me equivoqué, y confundí sentimientos con desempeño profesional. De cualquier manera -no quería apartarla de mi vida-, le pedí que se casara conmigo. Ella aceptó, con la única condición de que la dejara continuar ejerciendo aquella ocupación que era su dignidad y su destino. La dejé, por no llevarle la contra al orden cotidiano del universo. Y hemos sido, hasta hoy, la pareja perfecta, además de que vivimos de lo mejor gracias a los dulces frutos de su trabajo.

 

 

ENTRE CUERVOS TE VEAS

 

Rafael Sotero Rafael fue, a lo largo de su breve existencia, un autodidacta de la desdicha. Engendrado sin amor, aunque con un soberbio deseo, recibió cordiales reconvenciones por parte de sus padres para no nacer; él, sin embargo, persistió en su intención de venir al mundo y, en castigo, su madre no se resolvió a darlo a luz sino hasta el sexto mes de embarazo. No obstante su terquedad, y pese a su fealdad de mendrugo, sus progenitores le profesaron desde el primer momento un rencor espontáneo, inobjetable, definitivo. Sentimiento que él aprovechó para, precozmente, exiliarse en una incubadora. Cuando por fin lo reintegraron al seno familiar, evidenció una extraña tendencia hacia la crueldad: ineludiblemente, acompañaba los cantos y arrullos que le propinaba la autora de sus días, con una indecorosa música de labios traseros; asimismo, inventaba cólicos, infecciones, fiebres, vómitos, estreñimientos; una tarde, llegó al extremo de reventarse un oído para manchar de pus un ropón viejo que le había regalado una vecina. Así, hasta que cierto inopinado amanecer, llevado por su afán perverso y explotando a su favor un feliz descuido de sus padres, se plantó bocabajo en la cuna sin el menor remordimiento y se sacó de encima la vida por asfixia.

 

 

DIBUJOS A TINTA DEL CORAZÓN

 

 

No es cierto que todo sería igual. Si en este momento tuviese la oportunidad de volver el tiempo atrás, todo sería diferente. Si ahora, de pronto, en vez de tener 62 años tuviese sólo 20, mi vida y la manera de vivirla sería algo seguramente muy distinto de lo que es. Tendría otros intereses, otra visión de las cosas, otros motivos para permanecer de pie en el mundo, ya que la época -cualquier época- no es la misma para un hombre que principia que para un hombre que declina. Ningún hombre volvería a ser idéntico a lo que ha sido; nadie se repetiría a sí mismo

sencillamente porque las circunstancias a su alrededor tampoco serían las mismas. Y la gente, toda esa gente con la que crecí, con la que fui envejeciendo, con la que hice lo más entrañable de mi existencia, estaría de golpe tan distante de mí, que sería yo un extranjero total para ellos, no tendríamos ya un solo sentimiento en común. Imagínate qué desamparo, qué desolación, qué soledad sin límites esa soledad. ¿Y mi dotación de experiencias, mis alegrías, mis amores, mis sufrimientos? ¿Todo a la basura? ¿Todo a cambio de volver a empezar? No, gracias. El sueño de volver el tiempo atrás está bien como eso, como un sueño, pero nada más. Aunque, la verdad, nunca se sueña nomás así porque sí.

 

 

 

DEL CUADERNO DE PEPETINO

 

 

¿Cómo se las arregla Dios sin mujer? ¿Cómo le hace para andar sin nadie, sin hablar, sin unas manos donde calentar los huesos? ¿Quién le ayuda si se le mete una basurita en el ojo? ¿Quién lo cura con saliva si se raspa una rodilla? ¿Quién le unta besos en la frente cuando tiene fiebre? ¿A quién le echa la culpa de todo lo que le pasa? ¿Se enoja mucho si el domingo no lo dejan levantarse tarde? ¿Cuándo cumple años? ¿Piensa alguna vez que si se porta mal se puede ir al infierno? ¿En qué espejo observa su cara? ¿Se pone de genio cuando tiene hambre y sed, o es de los que se aguantan? ¿Qué opina de los alquimistas? ¿Tiene a María Callas para cantarle a El solito? ¿Dónde pasa las vacaciones de Semana Santa? ¿A quién quiere Dios, a quién necesita? ¿Hay alguien que realmente le haga falta? ¿Mantuvo los pies en la tierra después de que se hizo famoso? ¿No se aburre de su vida de nunca acabar? ¿Cuántas de azúcar le pone a su café? ¿Qué miedos se le ocurren cuando se va la luz? ¿Se

acuerda de todas las novias que tuvo? ¿Le ha pasado por la cabeza escribir sus memorias? ¿Qué va a decir en su favor el Día del Juicio Final? ¿Como qué cosas imagina cuando se queda en la luna? ¿Dios, que lo sabe todo, sabe todo lo que decimos de El? Y si nos está oyendo, ¿crees que me quiera contestar?

 

 

 

EDÉN OLVIDADO 

 

Escuché la voz de la mujer como desde otro tiempo:

"En ese hombre dejé la vida. A su lado me acabé todas mis ilusiones. Y él conmigo se enseñó a ser lo que fue. Sólo que un día hizo aquello que hizo y ya nunca volvimos a ser iguales. Ahora cada quien anda arrastrando su corazón por su lado. La sombra que le queda de corazón. Porque nos dimos completos y nos gastamos enteros uno al otro. Así era nuestro sino. Río que llega al mar ya no tiene regreso. Ahora cada quien rebota su tristeza por su rumbo. Y sus recuerdos. Porque ya no somos más que puros recuerdos. O acaso menos que eso. Vaya usted a saber."

Buscó refugio en un pedazo de silencio. Ya no podía ni con el lastre de sus piernas; ya no podía con su alma que le dolía tanto; ya no podía con esa historia de sí misma que se le iba haciendo cada vez más chiquita, como ave fugándose en la distancia. Luego agregó:

"Jamás he vuelto a verlo. Y ni para qué. Bastante tengo con mi memoria, que por una razón o por otra y sobre todo cuando estoy descuidada, me empuja a acordarme de él. A mirarlo como era antes de repartirnos la tarea inútil del olvido. Hace muchos años de aquello. Tantos como toda una vida..."

Entonces, un momento, cerró los ojos; pero yo tuve la impresión de que los cerraba para siempre.

 

 

CONFESIONARIO BREVE

 

Es muy raro que yo conteste el teléfono. Por lo general contesta mi mujer; o contesta mi hija. Aunque sea yo quien está más cerca; aunque sea yo quien lo tenga a la mano, ellas tienen que pegar la carrera para contestar. Y cuando estoy solo, y suena, detengo lo que esté haciendo, me pongo en estado de alerta, me le quedo mirando al aparato; pero no contesto. Me desespero, me angustio, me lleno de miedo; pero no contesto. Me siento el ser más desamparado del mundo. Cuento los timbrazos. A veces uno, dos, tres, y se acaba. A veces el sufrimiento se prolonga casi infinitamente. Me pregunto quién será quien llama, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Será para mí la llamada? ¿Será algo importante, algo urgente? ¿Y si es una buena noticia? ¿Y si llaman de la escuela de la niña, por cualquier cosa? ¿Y si nada más se trata de una equivocación al marcar? ¿Y qué tal si le sucedió algo a alguien de la familia, una enfermedad, un accidente? Por el número de timbrazos trato de adivinar quién es, qué quiere. Trato de sentir si son timbrazos tristes, o ansiosos, o suplicantes, o tiernos, o desvalidos. A veces el aparato deja de sonar, y vuelve a sonar casi de inmediato, como si pidiese auxilio, como si estuviese jugándose la vida. No contesto, sin embargo. Y lo peor es que luego me quedo sin poder hacer nada largo rato. La culpa me atormenta, me acosa el arrepentimiento. Debí contestar. Pienso en algunos parientes y amigos que pudieron haber estado del otro lado de la línea. Apunto cuatro o cinco nombres y les escribo sentidas cartas ofreciéndoles disculpas por no haber podido responder a su llamada. Después de un

rato, siento que aquello es completamente ridículo y las rompo. Mas el malestar no cede. Y entonces cojo el teléfono y me pongo a hablarle a toda la gente que conozco. En ocasiones logro descubrir quién llamó, pero la mayoría de las veces me quedo con la duda y el remordimiento para siempre.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 30 Octubre 2018 05:37

SERVICIO AL CLIENTE / Aída López /

 

SERVICIO AL CLIENTE

Aída López

 

 

¿Dónde está el probador?, preguntó con cinco prendas en las manos al tiempo que se quitaba los lentes de sol y fijaba su  mirada felina en mi rostro.  Hasta ese momento supe que no era mexicana, quizá peruana o chilena. La conduje al pasillo donde estaban los probadores, -el que guste, todos están vacíos. Si necesita algo me avisa,- dije, y seguí con el inventario que no cuadraba. ¿Tendrá cirugías?, demasiado delgada, demasiado… Señorita, ¿viene por favor? ¿Puede subirme el zíper? Su espalda bronceada, sin marcas mostraba su gusto por la playa y por qué no, toples. Con cuidado deslicé el cierre evitando pellizcarla. Su mirada de gato me observaba por el espejo. Sonreía sin parpadear. ¿Te gusta?, preguntó al dar la media vuelta y quedar frente a mí. Le queda bien. ¿Y el escote? Sus pechos me incitaban a tocarlos. Contuve la respiración y la ayudé a bajar el zíper. Alcancé a ver el tatuaje al final de su espalda; una orquídea. El Chanel No. 5 me llevó al día que tuve mi primera experiencia con una mujer a los trece años. La maestra de biología, con el pretexto de explicarme cómo funciona la sexualidad, me tocaba las piernas. Estábamos solas en el laboratorio de la escuela, cuando tuve mi primer orgasmo, y de ahí muchas veces más hasta que otro maestro nos descubrió y vino la catástrofe con mis papas. Me llevaron a terapia por más de cinco años. La psicóloga aseguró que fue una etapa de indecisión, pero que ya estaba definida. Así lo creí.

Verás, mañana regreso a mi país y quiero llevarme un lindo vestido de tu tierra. Espero que alguno le agrade, pronuncié perturbada por el calor y mis pensamientos. La mujer, con su mirada y sonrisa, insinuantes dijo, -tendrás una buena propina. Volví al mostrador, ¿qué me pasa? ¿qué habrá sido de la maestra? ¡no me había vuelto a pasar esto!  Si papá viviera… ¿Me ayudas? ¡Voy! Me se sequé el sudor y acomodé mi cabello liberando el cuello que escurría.

Cuando llegué al probador, la mujer con toda intención, dejó resbalar el vestido por su cuerpo casi desnudo mientras clavaba de nuevo su mirada en el espejo que rebotaba sobre mí haciendo pedazos mis nervios. La escena me sorprendió. La firmeza de sus nalgas con un diminuto hilo negro develó mis deseos. Me humedecí. ¿Qué pasa? ¿Me ayudas a recogerlo?

Me incliné a levantar el vestido. Creí percibir el olor de su sexo.  El calor empañó el espejo ocultando mi ansiedad desbordada. La piel enrojecida, a punto de ebullición. Cinco años de terapia, se habían diluido como mi sudor en unos cuantos minutos.

Puedes retirarte, dijo con cierto desdén y corrió la cortinilla detrás de mi espalda ante mi huida. ¿Fue mi imaginación o tenía la misma expresión mezquina de la que fuera mí mentora? Pocas palabras. Miradas capaces de penetrar en  el resquicio del pudor de cualquier inexperta como yo.

Su desnudez desentrañó mi preferencia que la terapia había encubierto con un novio con el que no llegaría a ninguna parte. Deseé regresar años atrás y disfrutar sin culpas, cuando el laboratorio era el sitio ideal para experimentar eso que decían los libros. Ahora esperaba inquieta la voz del vestidor pidiéndome ayuda, pero ella no lo hizo, apareció segura y dijo:

-Me llevo uno-, y asentó en el mostrador las cuatro prendas restantes y un manojo de billetes mayor al costo de su compra.

 

 

*Aída María López Sosa (1964) nació en Mérida, Yucatán, México. Psicóloga. Estudió Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado en antologías internacionales y locales, blogs, periódicos y revistas. Miembro del PEN Club Internacional sede Guadalajara, Jalisco, México.

Correo Electrónico Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

La gallina sin cabeza

Víctor Manuel Pazarín

 

 

 

Un día le torcieron el cuello a la gallina

de mísero plumaje.

JUAN JOSÉ ARREOLA

 

De pronto vio venir, en un vuelo sangrante, a la gallina que su madre había degollado hacía apenas un instante.

Enfermo de fiebre, y recostado en una cama de sillas que le habían acondicionado para que estuviera en la cocina, la madre habíale preguntado si quería comer caldo para ir al pequeño corral donde, en ese momento, la gallina picoteaba la tierra para encontrar lombrices.

Era un corral largo y angosto. Estaba allí el lavadero y una pileta donde el agua recibía los primeros rayos de sol que bajaban desde la montaña: se asomaban desde una alta barda de adobes.

Desde abajo se miraban las ramas de los pinos plantados en el caminito que iba hacia el barrio de Cristo Rey.

La casa era la última de una calle cerrada. Por el caminito de pinos se iba primero a unos tanques donde se acumulaba el agua de los manantiales que bajaban de los bosques de la montaña. Allí se alzaba, en una esquina, un árbol de clavellinas que deslumbraba siempre con sus flores rosadas con aspecto de aves de un paraíso a punto de desaparecer...

En todo eso pensó el niño justo cuando el vuelo de la gallina se acercaba a él.

Ante la respuesta del hijo enfermo, de si quería comer caldo, la madre tomó una olla y la llenó de agua; luego la puso a calentar en la estufa de petróleo. En seguida fue al corral donde se hallaba la gallina. Al sentir la presencia de la madre, la gallina se inquietó y ella, la madre, tuvo que perseguirla hasta atraparla.

Para no alejarse del hijo, la madre comenzó su faena. Frente a él la colocó en el piso de tierra y la tomó de la cabeza. Abatió sus alas dispuestas enteramente juntas y tomó un cuchillo para cercenarle el pescuezo.

El escándalo del ave se abrió como la carne y brotó como la sangre. Los borbotones mancharon el suelo. Al poco tiempo la gallina dejó su intento de zafarse y se fue quedando calladita.

El silencio fue enorme. Y los ojos del niño, abiertos desmesuradamente, grabaron la escena con fidelidad.

Quieta, muy quietecita, la gallina se desvaneció cuando los estertores se acabaron. Sus alas, ya tiesas, se relajaron hasta encontrar la inmensa quietud de la muerte.

Por la fiebre, el niño no supo si lo que había visto —y veía— era uno de sus delirios por la enfermedad. Vino entonces a su memoria una historia que la madre había contado no hacía muchas noches.

La oscuridad de la casa apenas la alumbraba la débil luz de una veladora dispuesta al centro del cuarto donde dormían todos.

En la madrugada, la madre sintió que la lucecita de la veladora parpadeó. Un suave viento hizo que se distrajera de su serenidad y se hizo movible: fue de un lado para el otro y el pabilo se ennegreció hasta que el humo se volvió oscuro como umbrío estaba el dormitorio donde vio a sus hijos y a su marido dormir tranquilamente.

Sólo ella percibió que la luz dejó de ser brillante y serena. Levantó un poco la cabeza de la almohada y dirigió la mirada hacia la puerta que daba a la cocina y luego al corral. Estaba cerrada, protegida por una tranca. No obstante, de pronto vio una silueta que atravesó la puerta cerrada. La aparición la miró y, pronto, se dirigió hasta su cama. La madre enmudeció y se quedó paralizada. Aunque gritaba, lo que afloraba de sus labios era un profundo y angustioso silencio. Luego la aparición espectral —¿hecha de luz y sombras?— se fue a parar junto a ella, al pie de la cama.

Un rostro sin rostro. Pero ella, la madre, sintió su persistente mirada. No dijo palabra alguna, solamente dejó caer su pesadez en ella.

Así permaneció un largo tiempo. La madre la miraba sin poder gritar. Luego, de manera súbita, la presencia se fue alejando con lentitud dándole la espalda. Justo en el momento en el que iba a cruzar la puerta cerrada volteó y allí permaneció un largo momento.

La luz de la vela se inquietó más. De pronto parecía que se apagaría porque la oscuridad era total. Se apagaba y se volvía a prender. Hasta que se fue aquietando la llamita y alumbró nuevamente el cuarto.

Vio entonces la madre que la silueta se perdía poco a poco, hasta que desapareció. Cuando pudo se levantó. Fue hasta la puerta que estaba sellada, atrancada por el madero. Entonces la madre se desvaneció al centro de la oscuridad.

Volvió en sí; no narró el suceso sino pasado largo tiempo, como la anécdota de un cuento de miedo para sus hijos.

El niño vio a la gallina sin cabeza levantar el vuelo. Permanecía, afiebrado, recostado en la cama de sillas, cubierto con una frazada.

Del charco de sangre, donde estaba el cuerpo y la cabeza separada, el ave se incorporó. Extendió las alas y se elevó por el aire, después de una breve carrera en la cocina.

Del cuello la sangre se derramaba en el piso de tierra dejando un caminito de huellas que pronto encontraron la cobija. Allí cayeron sordas y brillantes ante la desmesura de los ojos del niño. La madre había ido hacía un instante a apagar la flama de la estufa de petróleo donde borboteaba el agua ya caliente y dispuesta para que entrara la gallina, poder desplumarla y, luego, cortarla en partes y hacerla caldo.

Las gotas de sangre de pronto cayeron en el rostro del niño. Su mancha se derramó lentamente justo cuando el vuelo de la gallina surcó su cara. Un grito alertó a la madre. Levantó los brazos y alcanzó a la gallina en pleno vuelo. La trajo entre sus manos y, de inmediato, la colocó en la olla de agua hirviente para después venir a donde estaba el niño y limpiar la sangre de su rostro.

En el suelo, la cabeza de la gallina yacía con el pico abierto. Sus ojos se habían cerrado.

La fiebre del niño se agravó. En sus devaneos —causados por la alta fiebre— veía venir una y otra vez hacia él a la gallina.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

Sin encabezado

Gwenn-Aëlle Folange Téry

 

 

 

 

No encuentro como platicarte lo que pasa, lo que veo.

No hallo palabras contundentes, imágenes fuertes.

No hay ni piruetas fáciles, ni sarcasmos potentes.

 

Hace unos días, aparecieron, así se dice, aparecieron 6 cuerpos decapitados y 3 cabezas.

No supe si quedaron acoplados de a 3 cuerpos enteros y 3 descabezados para la eternidad, o si ninguno se conocía desde endenantes. Que no es lo mismo 6 y 3 que 3 por un lado y 3 por otro.

En cuanto bajo la guardia veo cabezas rodando por las calles, calles que van cuesta abajo, y veo sus ojos estallar bajo los golpes, por las piedras del camino, claro.

Y se pinta la luz de sangre.

Alcanzo a pensar que si esas cabezas llevan tiempo cercenadas, la sangre no mancha, ya se ha de haber coagulado. Lo que he perdido son las palabras, no la cordura.

 

Y cordura no me falta al imaginar una posible línea de reconocimiento de los occisos, por aquello de que acá los asesinados son presuntos delincuentes, siempre. Lo de los daños colaterales ya no se menciona en nuestro país.

Veo cabezas empaladas y cuerpos crucificados, no se vayan a ser víctimas de una presunta caída…

 

 

¿Sabes cuántas veces empecé a escribir hoy?

6.

Y 3 encabezados diferentes.

 

Ya de esos muertos del otro día no se habla.

No sabemos siquiera si a los muertos, presuntos padres, hijos, hermanos, delincuentes, desaparecidos, asesinados ya los enteraron o cómo.

¿Ataúdes? ¿3 y 3, o 9?

¿Bolsas negras? ¿Chicas o medianas? Porque grandes no, si las cabezas se pueden acomodar perfecto entre las dos piernas de un cuerpo que no tiene cabeza, pero que sí fue la suya, presuntamente…

Se antoja, sabes, platicarte también

De niños baleados

De padres atropellados

De mujeres violadas

Tanta muerte.

Tanto espanto.

 

Tú… Tú me interrumpes, una vez y luego otra.

Con risas y juegos. Flores en las calles, en las que no ruedan cabezas, estrellas por la noche y viento, viento recio que me despeina.

Entonces dejo de escribir.

 

Pero dime.

Dime puta vida, ¿lo tuyo es resiliencia o es indiferencia?

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Jueves, 25 Octubre 2018 04:52

GOD HATES US ALL J. M. Lecumberri

 

 

GOD HATES US ALL

J. M. Lecumberri

 

Drones since the dawn of time

Compelled to live your sheltered lives

Not once has anyone ever seen

Such a rise of pure hypocrisy

I'll instigate I'll free your mind

I'll show you what I've known all this time

SLAYER

 

Un alegre y lúcido viejecillo afincado en París por más de treinta años, sale de su pequeño departamento en la rue de l’Odéon, como todas las noches para dar un paseo , dejando tras de sí una estela de insomnio.

Esta vez, el anciano se encuentra con algo que lo hunde en una sombría revelación: el tráfico infernal de una metrópoli sobrepoblada, miles de coches atascados en las callejuelas y avenidas, detenidos por horas, en trayectos interminables. Un espectáculo grotesco.

Tras esa experiencia, Cioran llega a una sublime y terrorífica sentencia: “todo lo que el hombre crea se vuelve en su contra…”, piensa para sí mismo.

Vivimos en una época de no muy diferente a aquél París de los años setenta, una época que ha ido rumbo a peor, ciertamente. Una época en la cual el pensamiento de ese viejo alegre y pesimista está más vigente que nunca.

Nuestro mundo, ahora dividido, casi por la mitad, entre lo real y lo virtual, sigue generando maravillas que, tarde o temprano se volverán en nuestra contra, como alguna vez lo hicieron, el fuego, la religión, el acero, las leyes de Newton, la energía nuclear, la literatura, el cine, el petróleo, la medicina, la ecología y un sinfín de ideaciones, inventos, artefactos, disciplinas, concepciones, máquinas que el hombre ha dado a luz y desarrollado en el seno de una civilización cada vez más enclenque, ñoña, cursi y hueca, una generación de monas Instagram, leñadores de aparador y budistas de medio pelo.

Contrario a lo que el genio-ingenuo de Schopenhauer y Nietzsche nos hiciera pensar, Dios no ha muerto, muy por el contrario, está más fuerte, más vivo, más presente que nunca y nos odia a todos.

Dios extiende sus órganos por todas nuestras instituciones, desde la iglesia (obvio) hasta la biotecnología y las salas de espera de la seguridad social, pasando por los orfelinatos de donde obtiene sus víctimas más preciadas, hasta las fosas clandestinas donde gusta ver arder nuestros frágiles cuerpos putrefactos. Dios es el anti Cuerpo sin Órganos, es el deseo de la muerte del deseo en estado puro: la Razón iluminista y moral.

Dios está vive en los corazones de cada activista esperanzado por su causa, en cada rechazo de uso de un popote, en cada perrito rescatado en las calles, en cada linchamiento contra un violador, en cada aborto, en cada opinión estúpida que proferimos libremente por alguna red social, en cada

pensamiento trasgresor, en cada iPhone X, en cada orgía, presidiendo en cada concierto de Black Metal, con su disfraz de chivo macabro.

Carl Sagan hace alusión a la increíble suspicacia de una secta cristiana de los Estado Unidos que, había prefijado la fecha del apocalipsis en el año 1914 de nuestra era.

Cuando dicho apocalipsis no ocurrió, la secta declaró algo insospechado, eminente: ellos afirmaba que si después de 1914 nosotros seguíamos aquí es por que Dios se había llevado a los justos y no nos había elegido a nosotros, que el apocalipsis efectivamente había sucedido y que ahora vivimos todos en un mundo postapocalíptico. Dos guerras mundiales después e infinitas guerras locales de horríficas proporciones (Sierra Leona, Líbano, Siria, Afganistan, Vietnam, Korea, Haití, Croacia, México, etc.), no considero tan descabellado lo dicho por aquellos fanáticos religiosos.

La violencia necesita ser reinventada. El propio Cioran aseveraba que la inteligencia es esencialmente violenta. ¿Afirmación gratuita? No lo creo.

Pensemos en el ecofacismo de Pentti Linkola, un idiota finés que propone acabar con todo el tercer mundo para hacer espacio a los occidentales primermundistas, saneando el planeta, establecer controles natales de máximo un hijo por pareja (él tiene tres hijos), propone abandonar la tecnología y volver a la naturaleza, como si nada hubiera pasado. Sueño tentador, he de confesarlo. Una especie de Doctrina Monroe con esteroides bálticos. Vale la pena mencionar que este tipo es un héroe de la intelectualidad nórdica.

Si por algo se ha caracterizado todo el linaje indoeuropeo, en todas sus formas, es por su cerrazón, intolerancia, ambición y brutalidad. Irónico que los tengamos ahora por seres superiores y de gran cultura cívica, una especie de elfos decadentes.

Peor volviendo al meollo del asunto, nuestra generación está ávida de sueños guajiros, de masturbaciones mentales, de las tetillas del Dios veneno que nos amamanta y engorda para luego cosecharnos de las formas más crueles. En la cursi subcultura Dark, el negro representa un luto infinito, una actitud de vitalismo inerte, un oxímoron de la realidad ramplona, simple y grosera: el hombre es un ganado.

En cambio aquellos que viven con levedad, según dijera Epicuro, los dioses, aquellos que según él ni siquiera nos notan (cuán equivocado estaba el bonachón hedonista), ellos son los artífices de nuestra desgracia, los creadores de tanto y tanto sufrimiento y nosotros somos las máquinas usadas para dispersar ese sufrimiento y convertirlo en orden, en universo.

Ellos nos odian a todos, han estado presentes desde el inicio de nuestra civilización, como lo dijera Deleuze: “el Estado (Urstaat) no fue inventado, nació con la humanidad” y todo lo que está dentro de sus sistemas y algoritmos es una ilusión, tanto para bien como para mal. Su ideología, su moral, su arte, su música, su poesía, todos barrotes de una prisión invisible. Yo mismo, más de lo mismo.

¿Qué nos queda?, tratar de destruirlo todo, caminar, resignados, hacia una extinción voluntaria, ¿salvar al planeta? ¡Vaya estupidez! Si no puedes ni salvarte a ti mismo, que no te llenen el cerebor de mierda pietista y ecocursilerías. Creamos una isla de plástico en el Pacífico y es hermosa ¡una verdadera obra de arte! El ser humano no sirve más que para la generar sufrimiento y destrucción.

EL planeta no nos necesita para salvarlo, simplemente se deshará de nosotros cuando así lo considere (Gaia-James Lovelock).

Pero ¿y toda la generosidad, los actos desinteresados de bondad? La parte más cruel de un sistema que requiere equilibrar sus fuerzas para mantenerse avante. “Dominar a otros es fortaleza. El dominio de sí mismo es el verdadero poder”, dice Lao Tse. Vivimos un mundo en el que el poder de lo virtual nos ha exiliado de nuestro centro interior, vivimos en un mundo de doctrinas de autoconocimiento y viejas sabidurías convertidas en coaching y merchandising.

Sales a correr diez kilómetros en un bosque agonizante en medio de la ciudad colérica y patibularia y sientes que ya te conoces a ti mismo, que te amas y te dominas, ¡pues no! Sigues siendo un autómata, un vástago de Nike y tu jodido iWatch, pero qué se puede hacer, matan cientos de mujeres todos los días, las matamos todos, todos somos responsables, todos matamos a niños palestinos y a indígenas huicholes, todos somos asesinos sin armas, criminales marionetas. “whatever works” dice un personaje de Woody Allen.

Eres vegano y te sientes superior a los omnívoros porque no haces sufrir a animalitos inocentes por la necesidad de alimento creada artificiosamente por una industria desvergonzada. Eres feminista, incluyente, delicada en el trato con los demás, una verdadera ser humana, llena de vitalidad y pureza. ¡Bien, aun así no sirves de nada! Una serie de efectos adversos se generan por el simple hecho de tu presencia en este mundo. Nuestra simple existencia afecta y deteriora la existencia del resto de las criaturas. ¿Por qué? ¿Qué clase de sistema subsiste a base de la tortura, la injusticia y la crueldad? Pues de esto nos alimentamos todos. Nadie es inocente. Nadie es especial. NO hay un elegido. Las doctrinas de los elegidos (cristiana, islam, judía, buidista) son todas igual de pusilánimes y falsas. Dios nos odia a todos por igual. La compasión es la más sucia de todas las vanidades, pues nos hace creer que es posible sentir el dolor de los demás, ayudarlos y, lo que es peor, librarlos de un dolor que es genético, que todos llevamos inscrito en nuestra codificación más radical.

Nietzsche pensaba que el mundo valía la pena sólo como fenómeno estético. Quizá por eso hacer arte sea tan doloroso. Insignificantes criaturas tratando de darle sentido a un sistema universal caótico: “Con la ayuda de la piedra de un Caósofo, encontré a la Diosa Eris Discordia en mi glándula pineal (en el Canal Cósmico Número Cinco), y desde entonces he sabido las respuestas a todos los misterios de la metafísica, metamística, metamórfica, metanoicay metafórica…” dice el Principia Discordia, una religión que se mofa de las religiones y , sin embargo, resulta el más serio atentado en contra del sistema del Dios nefasto, de la dualidad y del redencionismo religioso y ateo (ambos, igualmente estúpidos).

Una vía caótica en un mundo en los albores de un Nuevo Orden.

El Principia, continúa: “Jesús no era el hijo de Dios en lo absoluto sino –como Él dice en la biblia, una y otra vez –, Él fue el Hijo del Hombre. Realmente, Su Misión era advertirnos y prevenirnos acerca de Dios – una computadora robot cargada con armas láser, ubicada en una estación espacial, enviada para regular o destruir la humanidad”

 

 

Si dormiste fuera de una tienda de Mac, para gastarte lo que ganas en una año o simplemente tu cheque de la semana en un iPhone, no eres cool, simple y sencillamente eres un idiota más de todos los idiotas que abarrotan este mundo. La violencia necesita ser reinventada, una violencia espiritual sin cuartel, dirigida por la discordia, el caos y la creatividad. Una violencia que no tema destruir todo lo que se opongo a su misticismo, a su vertical de ascensión rizomática, hacía mundos delirantes.

Una violencia artística, que no genere muerte sino vida.

Una inconcebible violencia que nazca del amor. Pero, eso del amor sigue siendo muy ambiguo, muy ingenuo, quizás.

Hablemos de deseos.

 

++++FIN+++

Publicado en ZONA DE DESASTRE
Página 1 de 11

Invitados en línea

Hay 877 invitados y ningún miembro en línea