Una hora de eternidad

Matías Mateus

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             “Cuando cortejas a una bella muchacha,

una hora parece un segundo.

Pero si te sientas sobre carbón al rojo vivo,

un segundo parecerá una hora.

Eso es relatividad".

 Albert Einstein

 

 

Minuto 1

 

 

 

—¿Desea algo más, caballero? —repitió el mozo, al igual que en las noches anteriores.

—Así está bien —contesté con austeridad y esperé la cuenta.

Volví a la noche dentro del café, allí, inmerso en esa negrura me sentía cómodo. Seguramente el interior del líquido frío guardaba una estrecha relación con la sustancia cobijada bajo mi espesa calvicie.

Cuántas incógnitas palpitarán en el consciente del mozo, cada vez que me siento delante de él a mirar cómo se enfría el café. Sin dudas, su curiosidad deber tener dimensiones extraordinarias.

Doy fe de que se referirá a mí con un apodo ingenioso y a esta altura tenga un sinfín de conjeturas incapaces de desnudar lo que habita en mi interior, aunque yo tampoco soy idóneo para decodificar con precisión el sentimiento que hace tiempo me embarga.

Lo único inobjetable es la bondadosa propina que siempre le dejo.

 

 

 

 

 

Minuto 2

 

 

 

Pobre tipo, algo jodido debe haberle pasado, pensé. Algún día voy a sentarme a su lado y le preguntaré qué lo trae aquí noche a noche a ver cómo se le enfría el café.

Apagué las luces del boliche, cerré y caminé hasta la parada del ómnibus

—Aunque el local esté desierto, nunca lo cierres antes de la una ¿Me entendiste? —me dijo el dueño cuando me dejó de encargado.

—Usted es el jefe —respondí sin darle mayor importancia.

No tenía necesidad alguna de llegar temprano, pero tampoco me seducía quedarme dentro de esa pocilga. Me reí al recordar a uno de los personajes de Hemingway, cuando le decía a su compañero, si no temía llegar a su casa antes de lo previsto.

Se me ocurrió que luego de la resignación solo queda transcurrir. Se acercó el ómnibus y titubeé en hacerle seña o no. Finalmente me decidí, extendí el brazo y encomendé mi suerte a todos los santos para encontrarla profundamente dormida al llegar.

 

 

 

Minuto 3

 

 

 

Es imposible verse al espejo y encontrar algo limpio cuando la mentira se abre paso a trompadas. Incluso proteger esa pizca de dignidad, que te grita diciendo: Sí, tenés razón. Todo es mentira y nada cambia en lo más mínimo.

Una masa grasosa con olor a cerveza, que mea fuera del wáter; con el grito desaforado de gol los domingos por la tarde como única sensación genuina. Al menos así empecé a verlo poco tiempo después de habernos casado. 

En adelante, preferí abrirme de piernas, para que la sangre de la juventud haga revivir los placenteros años de otrora y experimentar los orgasmos que en veinte años, Cara de morsa, con su pija mal oliente, jamás me hizo sentir. Soporté esa cadena de mentiras para protegerme bajo su techo de la intemperie y de la chusma cuando un pendejo le devuelve la vida a mi desflecada vagina. Es más fácil aferrarse al amoldado prototipo que data de tiempos inmemorables, que comenzar una vida como la gente. 

 

 

 

Minuto 4

 

 

 

No es la primera vez que veo al gordo Cara de morsa a menos de una cuadra de la casa. Cada vez que lo cruzo queda mirándome mal. Estoy seguro de que sospecha lo de su mujer conmigo. Mejor no vuelvo más.

—Andá, Santiago, antes que llegue el gordo —me dio un beso y metió unos billetes en mi bolsillo—. Mañana pasá un ratito antes y convídame con lo que consigas.

—Dale, Beatriz —saludé y me fui. Aunque comprendo que con el gordo está mal, me jode el papel que me hace jugar. Agradezco que dos por tres me mata el hambre y me de algunas monedas para mis cositas, pero creo que no vale la pena arriesgarse tanto.

Entré a casa en silencio, no anda bien mamá y le cuesta descansar. Le dejé plata sobre la mesita de luz, le di un beso en la frente y salí. Hace días no hablamos con la vieja, cuando llega yo estoy durmiendo y viceversa. Para peor papá tuvo que embarcarse nuevamente. Su cabeza debe volar por mi culpa. Como si ya no tuviera suficiente.

 

 

 

Minuto 5

 

 

 

—¡Santi! —grité. El interminable ruido del goteo y los metales chocándose entre sí me aturdían—. Mi amor ¿Estás en casa? —El goteo dentro de mi cabeza se acentuó luego que llamé—. Dónde se habrá metido este chiquilín.

Bajé los pies al piso y vi algunos billetes doblados sobre la mesita. Siempre me deja algo, pero desconozco el origen del dinero.

—Vení acá, hijo de puta —escuché que alguien decía en la calle—. Te voy a matar, la concha de tu madre —corrí un poco la cortina para ver y escuché un balazo a metros de la puerta.

Volví la cortina al lugar y me dejé caer sobre la cama. El sonido en mi cabeza me enloquecía. Las goteras, los metales y ahora el gemido que provenía del otro lado de la pared.

Dejé pasar algunos segundos y volví a asomarme por la ventana.

 

 

 

Minuto 6

 

 

 

¿Dónde metí las llaves? ¿Dónde carajo dejé las llaves? Es demasiado tarde como para volver a la calle a buscarlas.

—Abrime —susurré, tratando de no llamar mucho la atención en el silencio de la madrugada—. Abrí que me mandé flor de cagada —parecía que no había nadie adentro—. Soy yo —insistí más fuerte—. Abrí, dale.

Me asomé hasta la vereda para ver si las encontraba. Era inútil buscarlas en la oscuridad.

Qué pelotudo que fui, con qué necesidad disparé, no hacía falta. Eso me pasa por encajarme de más, quedo a mil y termina jugándome en contra. Le hubiese dado un culatazo o una trompada. Si me agarran, después de esto, seguro no salgo por un buen tiempo. De las anteriores pude zafar, pero de esta difícil.

—Abrí —volví a decir pegado a la puerta cuando llegué—. Abrí que se pudrió todo.

 

 

 

Minuto 7

 

 

 

Estaba decidido. Era inadmisible una vuelta atrás. Pase lo que pase, no puedo retornar a esa casa. Toda la noche esa manga de faloperos golpeando la puerta.

Por culpa del delincuente ese, voy a terminar en cana o bajo tierra.

Si el macho de mi vieja no se empedó esta noche, debe estar dormida. Como para no estar metida en algo así, me crié con un alcohólico golpeador, con esos antecedentes no puedo pretender otro panorama. Me arrepiento no haber aceptado la invitación de mi tía de mudarme con ella y haber estudiado una carrera para ganarme la vida.

—Hola, mami —me gritó un tipo desde un auto—. ¿Estás perdida? Subí que te llevo —caminé sin mirarlo—. No tengas miedo, bebé —volvió a decir.

Tantos años cara a cara con la violencia me prepararon para estos momentos. Apagó el motor y bajó. Metí la mano en el bolsillo y de reojo calculé la distancia. Cuando estiró el brazo para alcanzarme giré el cuerpo con la navaja en el aire.

 

 

 

Minuto 8

 

 

 

La herida pudo ser peor si no levantaba el brazo con rapidez. Sin pensar en el dolor, la hice caer al suelo con la mano herida y le di una patada en sus costillas. La escupí con odio y me fui del lugar.

Los chorros de sangre ensuciaron el interior del auto, me detuve un momento, procurando hacer un torniquete con la remera para evitar una mayor pérdida de sangre.

“Quisieron robarme, estaba parado en un semáforo e intentaron bajarme del auto por la ventanilla”, empecé a delinear en mi cabeza. Busqué con la mano sana debajo del asiento, ahí estaba. Abrí la botella, tomé un largo trago de whisky. Se me nublaba la vista por el punzante dolor y la cantidad de sangre que había perdido.

—Por acá —me atajó una enfermera, cuando me vio cruzar tambaleante por la puerta de la emergencia—. Tranquilo, hombre —dijo la misma voz que me recibió, pero no alcance a entender lo que me preguntaba.

 

 

 

Minuto 9

 

 

 

Otro borrachín que viene con el cuento del asalto. Después de saturarle la herida al fulano, salí a fumar. A pesar del NN que entró con la mano envuelta en la remera, fue una noche sin mayores sobresaltos. Al menos en lo estrictamente laboral. Tiré un pucho, encendí otro y seguí mirando las estrellas que se debatían con las luces de la ciudad.

Quién me habrá mandado meterme en este rollo. Un trago de camaradería, por qué no. Ese trago se convirtió en otro al día siguiente, que vino acompañado de una línea. Nunca había probado, volví al irremediable “por qué no”. Ya no tenía vuelta atrás y me desperté desnuda en un telo.

El resto, sencillo. La nueva, una atorrantita que entró y ya quiere trepar encamándose con cuanto médico se encuentre en la vuelta, todos los lugares típicos por donde pasa el imaginario colectivo, sin tener la menor idea de nada.

—¿Tomando aire? —me dice empalmándome el culo con la mano.

 

 

 

Minuto 10

 

 

 

Primero se te abre de gambas y luego saca matrícula de princesa. Prendí un pucho y di algunos pasos con dificultad. Que pisotón me encajó la hija de mil puta. Al sacarme el zapato y la media vi que tenía tres uñas quebradas. Eso pasa cuando les viene el ataque de dignidad y justo uno anda en la vuelta. Ya se va a arrepentir la zorra. Salí a la vereda para reacomodar el andar, no podía regresar a la guardia rengueando y darle el gusto de verme disminuido. Cuando le muestre el videíto que grabé con el celular, se va a dar cuenta con quién se metió.

—Buenas noches, doctor —me saludó, Natalie. Otra perra con el complejo de doncella—. Alimentando el vicio —dice.

—Como dice el refrán, en casa de herrero cuchillo de palo —se rio como la primera vez que le hablé con la intención de levantarla—. ¿Y a usted, qué la trae por la acera? —pregunté sintiendo un palpito en el pantalón.

 

 

 

Minuto 11

 

 

 

Qué gil es el pobre. Un poquito de pie y jura que todas las minas están murta por él.

—Por suerte, yéndome a casa —lo saludé con una guiñada y una sonrisa provocadora, dejándolo con una erección a medio camino—. Hasta mañana, doc.

—Imbécil —dije para mí, detrás escuché un balbuceo con tonalidades de invitación. Seguí mi camino desestimándolo. Es extraño el sentimiento que me genera su patética estampa de lover boy, en ocasiones disfruto mofarme de esa actitud, más cuando puedo alimentarla y dejarla por el piso de inmediato; pero es tan grande el asco que me da, porque la insinuación está palmo a palmo con el acoso. Todo el día con los ojos pegados en las tetas como si acabara de salir de la cárcel.

—Buenas noches, señor —le dije al conductor cuando me subí al taxi. Después de decirle la dirección me recosté en el asiento y cerré los ojos masticando la bronca que me genera pensar en esa clase de idiota.

 

 

 

Minuto 12

 

 

 

Dejo a la muchacha y voy a buscar al relevo, pensé. Qué jornada larga, por Dios. El tránsito cada vez está más complicado y la calle más jodida, se hace insoportable la noche.

—Acá está bien —me dijo. Le mostré la tarifa— Quédese con el cambio.

Intercambiamos gracias y buenas noches y se bajó del taxi. La miré mientras recorrió los metros que la separaban de la puerta. Qué hermosa mujer.

Abrió la puerta, miró hacia la calle y saludó con una sonrisa radiante.

Despabílate, Juan, me dije. No está saludándote, es tu imaginación

Por las dudas sonreí y le devolví el saludo animosamente.

—¿Está libre? —me preguntó una parejita que pasó.

—No, muchachos. Estoy esperando a la chica —mentí y los dejé ir.

Volví a mirar hacia la casa y vi cómo se perdió detrás de la puerta. Medité un par de segundos y apagué el motor.

 

 

 

Minuto 13

 

Le devuelvo las manos a los bolsillos y continúo mi marcha mirando al piso. Cuando no está el café frente a uno, se hace difícil buscar un tema de conversación. Las hebras del humo son buenas escuchando, hasta que se cansan y desaparecen, pero durante la danza sobre la taza son fieles aliadas.

Los bolsillos son buenos también, aunque no son muy partidarios de la dialéctica. Ellos básicamente contienen con calidez y entusiasmo. Lo arropan a uno con total desinterés; como todas las cosas, eso tiene su lado negativo. El problema de los bolsillos es que no saben decir que no, solo cuando un agujero se forma en el fondo, ahí sí varía el mapa. Salvando ese peñasco, son muy dóciles y eso se torna peligroso. Porque del mismo modo que calientan las manos y brindan contención, sirven para guardar elementos que un hombre con mis características no debería llevar consigo bajo ningún concepto.

 

Minuto 14

 

Al abrir la puerta me choqué con la foto que me saqué con Beatriz el día de nuestro casamiento y la insulté entre dientes, como quien se hace la cruz cuando pasa frente a una iglesia. Prendí la televisión con toda intención de molestarla y fui al baño a darme una ducha.

Qué ganas de darle una patada en el orto y hacerla desaparecer. Aunque prefiero soportarla en casa antes de comprarme un problema, si inicio el trámite de divorcio va a hacer todo lo posible para sacarme lo poco que tengo, como si alguna vez en su mísera vida hubiese contribuido en algo.

Prendí la luz del dormitorio y observé cómo la muy puta finge estar dormida mientras termino de secarme.

Buenas noches, amor —dije y me fui a buscar una cerveza a la heladera.

Subí el volumen de la televisión asegurándome que perturbara su descanso y me recosté sobre el sofá.

 

 

 

Minuto 15

 

 

Gordo cornudo —dije ahogando las palabras en la almohada—. Siempre hace lo mismo. Entra al cuarto y deja las luces prendidas.

Aproveché para ir a la cocina a tomar un vaso con agua y lo vi con su típica y asquerosa pose sobre el sofá.

¿Cómo te fue? —le pregunté como si me importara y seguí caminando.

Serví en el vaso y escuché un sonido gutural que fui incapaz de discernir si se trataba de un insulto, una respuesta decente o qué.

Me quité la bata para volver al dormitorio y con maliciosa intención pasé delante de él exhibiéndole el culo, que a pesar de los años sigue firme y apetitoso. No creo que se le pueda parar al gordo, pero si llega a lograrlo que se haga una paja.

Me encerré en el cuarto riéndome por la maldad y me tiré en la cama llevándome una mano a la entrepierna que empezó a humedecerse al recordar la visita de Santiago.

 

Minuto 16

 

Si tuviera a Ramiro delante, le daría toda la razón con un abrazo incluido.

Esa vieja te va a traer terrible quilombo, Santi. No seas pelotudo.

Ramiro siempre me cantó la justa, no se guardó nada por más que le haya puesto cara de ojete una que otra vez. Pero siempre fue de frente y jamás con mala leche.

No ves que la vieja te usa para que le hagas el service —me reía del modo en que se expresaba. Esa posesión que lo caracterizaba cuando se ponía a hablar en serio me causaba cierta gracia, le quedaban los ojos desorbitados y la cara como un tomate—. Como el gordo no puede, te usa a vos, pero tené mucho cuidado, es un tipo jodido.

Se terminaba calentando él en el lugar de uno, más cuando te reías de las ocurrencias que le saltaban por los poros durante sus aconsejadores discursos.

Dame bola, pelotudo —terminaba diciéndome y me plantaba un cachetazo en la nuca. Siempre me trató como a un hermano menor y la vieja no dudó nunca en agradecérselo. 

 

 

Minuto 17

 

 

¿Ya son las siete de la mañana?, me dije cuando escuché que vibraba el celular sobre la madera de la mesa de luz.

Arrancarme del inconsciente de forma abrupta me hizo confundir el sonido del despertador con el de llamada.

¿Quién será? Abrí un ojo solo ya que me encandilaba la brillante luz de la pantalla del teléfono

¿Olga? —contesté sobresaltado.

Era difícil que una llamada a esa hora trajera buenas nuevas, mucho menos si provenía de la madre de un amigo. El susurro inaudible que provenía del otro lado me impedía entenderla. Es una mujer muy castigada por los achaques de la edad, las obligadas ausencias del marido recrudecían su estado y los permanentes vaivenes anímicos del hijo no colaboraban en absoluto.  

En diez minutos estoy por ahí —dije aún sin entender qué ocurría.

 

 

Minuto 18

 

 

No alcanzaba a ver nada por la ventana. Solo oía el gemido de dolor al otro lado de la pared y algunas sirenas que se acercaban.

Estas puntadas no me dan tregua —dije susurrando.

Afuera el gemido se había apagado y las sirenas sonaban mucho más cerca. Adentro de mi cabeza parecía que un taladro perforaba mi cerebro.

Algunas luces brillaron en la acera de enfrente y tras ellas varias personas empezaron a asomarse en la vereda. Los rostros de desconcierto que distinguía desde mi ventana provocaron una palpitación más aguda en mis sienes. El sonido a metal golpeó más fuerte y con mayor frecuencia.

Olga, Olga ¿Está ahí? —La puerta empezó a sacudirse con algunos golpes—. Olga —volvieron a llamar con insistencia.

Arrastré los pies hasta la puerta y abrí.

 

 

Minuto 19

 

 

¿Dónde se metió esta mina? —volví a revisar los bolsillos y solo encontré el fierro, que a esa altura me estaba quemando las manos.

Tomé un par de pasos de carrera y le di una patada fuerte al pestillo, apenas se movió, intenté con el hombro y nada. Medité la estúpida idea de romper la cerradura con un disparo y la hice a un lado de inmediato.

Tengo que encanutarme ya —dije con desesperación—. No puedo seguir pelotudeando acá afuera.

Arremetí nuevamente con todas mis fuerzas y la puerta cedió. Caminé tropezando con el desorden que había en el living, encendí la luz del dormitorio y encontré los cajones de la cómoda tirados en el suelo.

¡Qué hija de mil putas! —grité y descargué el puño contra una pared—. Esta zorra se voló y me robó toda la guita.

 

 

Minuto 20

 

Abrí los ojos al escuchar pasos acercándose por el corredor. No era la primera vez que me sobresaltaba con el sordo sonido de los pies. La llave giró y el chirrido de la puerta antecedió la entrada de un haz de luz. El olor era inconfundible, era el mismo que me quitaba el sueño y me erizaba de pies a cabeza.

Cayó sobre el colchón intensificando el asfixiante hedor a alcohol, se giró ruidosamente poniéndome una mano sobre el pecho. Procuré minimizar la contractura que me generó el contacto con su asquerosa mano.

Descendió con brusquedad hasta la entrepierna e intentó con torpeza correrme la ropa interior, ladeé el cuerpo con intención de eludirlo y me clavó las uñas, lastimándome las piernas. Volví a moverme para zafar de su presión, que aumentó al sentir la resistencia, inmovilizándome, con la mano libre cayó sobre mi cuello ejerciendo la misma presión.

El metal produjo un agudo sonido al asomarse bajo la almohada.

 

 

 

Minuto 21

 

 

Escupí al piso y noté que sangraba. Me limpié la boca con la manga de la remera y procuré caminar lo más rápido que el dolor me permitía.

Revisé los bolsillos y noté que aún tenía los paquetitos con la guita que había encontrado. Debe estar como loco, pensé, la paliza que recién me dieron se había esfumado de mi mente con la misma velocidad que la recibí. Mi vida en este momento dependía del humor de otra persona y principalmente del tiempo que demore en encontrarme.

Seguramente ya habrá notado que algo extraño pasó en su casa y sospechará indudablemente que fui la responsable.

Me aterraba caminar los últimos metros que me quedaban, un sentimiento persecutorio se apoderó de mí, haciéndome dudar. Quizás estuviese esperándome en la entrada de la casa de mi madre.

Miré hacia todos lados y me acerqué a la puerta procurando no hacer ruido alguno.

 

 

Minuto 22    

 

 

¡Por qué tengo que estar pasando por esto! —grité con impotencia. Le di una trompada a la puerta del baño y me largué a llorar por la rabia contenida.

Es imposible pensar con lucidez, cuando el agobio es tan grande y las posibilidades de encontrarle una vuelta al problema se tornan esquivas. 

Tampoco podés hacerte cargo de la culpa —me dijo una amiga.

Sí, tenés razón —contesté sin convicción— ¿Pero, de qué modo me deslindo de esto sin perder el trabajo?

Otra sería la historia si se tratara de un enfermito común y corriente, pero al ser el protegido del directorio, con ínfulas de todo poderoso e incapaz de poner a funcionar el raciocinio, todo se torna más duro.

Me enfrenté al espejo y lo golpeé con fuerza. Mi rostro envuelto en lágrimas quedó surcado por las grietas del cristal quebrado.

 

 

 

Minuto 23

 

Desde la enfermería escuché un estruendo e inmediatamente me dirigí hacia el baño.

¿Patri, estás bien? —grité al verla inmóvil frente al espejo roto.

Tenía las manos llenas de sangre apoyadas sobre la mesada, con su mirada perdida en lo que quedaba del espejo.

Patri, mi amor ¿Qué pasó? —volví a preguntar extrañada por lo que estaba viendo.

Con un dejo de temor, apoyé mis manos sobre sus hombros y lentamente la conduje hacia una pileta limpia.

¿Qué pasó? —dijo Silvia al asomar la cabeza por la puerta.

Anda a preparar las cosas para curarla —le ordené sin mirarla.

Patricia permitía conducirse dócilmente, pero estaba completamente extraviada sin emitir ningún sonido. Comprobé que no tuviese rastros de vidrios en las manos, terminé de curarla y le di un beso en su mejilla empapada por las lágrimas.

 

 

Minuto 24

 

¿Y ahora? Ya estás viejo, Juancito. Me dije buscándome en el retrovisor del auto. Mirá esas canas asomando, no sos ni la sombra de lo que eras hace dos años. No es para menos, jamás estamos preparados para una pérdida así y de forma tan repentina. Pero hay vida por delante y lo único que me queda es seguir, seguir lo mejor posible.

Volví la vista hacia la casa. La luz en la ventana me dio la pista que aún seguía por allí, merodeando la puerta.

No es fácil, Juan, claro que no es fácil. Pero qué pensás hacer. ¿Manejar este tacho hasta que te jubiles y dedicarte a escuchar la radio hasta que venga la huesuda a buscarte?

Aunque nos cueste, aunque nos aterre, es necesario patear el tablero de vez en cuando y sacudir el amodorrado transcurrir. Sino, a santo de qué sigo arriba del taxi, para pagar las cuentas, comer algo a la pasada y sestear cuando no levanto pasaje. 

Le di una palmadita al volante como si fuera un talismán y me bajé con decisión.

 

 

 

Minuto 25

 

Por supuesto que uno mantiene intacta la virtud de discernir y operar debidamente, o lo mejor posible, ya que sopesar conceptos abstractos depende de cada ser.

Pero esa virtud se disuelve cuando llegas al punto en que te das cuenta de que ese irrefrenable y supuesto amor que uno posee hacia el prójimo, es mentira. Cuando en la defensa de nuestra grandeza y generosidad, somos incapaces de percibir la devoción con la que engalanamos el egoísmo y la cobardía; nos aterra descubrir que la supuesta grandeza no es más que una simple intensión, como si al despertar luego de una borrachera nos encontráramos con la mujer del mejor amigo. A continuación de esa fotografía, el apetito de desmentir lo manifestado anteriormente se presenta con desesperación. Porque en definitiva, la sustancia que constituye nuestro cuerpo no es más que una masa en detrimento, una vez que las hormonas dinamitan la inocencia. 

Desvelarse en tal sentido es peligroso, más si eres portador de un arma.

 

Minuto 26

 

Tomé un largo trago de cerveza, sin hacer caso al paseo ridículo-seductor del ser al que prometí, frente al cura y a Dios, amar y respetar hasta que la lerda muerte nos separe.

Pobre. Debe jurar que está divina. Si será infeliz que eleva su autoestima pagándole a un pendejo para que le mueva la carrocería. Para peor lo hace con mi plata.

Dejé la botella en el piso y caminé hasta la puerta del dormitorio.

El antojo de ingresar al cuarto y exigir mi porción mensual de sexo golpeó mi cabeza; como en todo buen matrimonio, es necesario ese sublime instante de desagradable liberación.

Abrí la puerta impulsado por el deseo de acostarme junto a ella en lo que se había convertido en el lecho de muerte y saciar mi apetito con su cuerpo, no por satisfacer el deseo sexual en sí, sino por la animosa intención de desagradarla, poseerla y hacerle vivir un momento nauseabundo.

 

Minuto 27

 

—Santi, Santi, mi amor —la temblorosa voz de mamá sonó desde algún lugar.

Me tomó la mano y sentí que apoyaba su cabeza sobre mis piernas.

—Ramiro —empecé a decir y fue imposible continuar.

Quise reírme para no mostrarle a mamá el sufrimiento que estaba terminando de matarme.

Varias luces aparecieron alrededor de la cabeza de mamá que se erguía y volvía a caer sobre mis piernas. Alguien la levantó y la alejó de mí, brotó un llanto desesperado que me sobresaltó generándome un ligero temblor.

Alguien apoyó los dedos sobre mi cuello, el dueño de esos dedos le susurró a otra persona palabras que no logré entender, pero sin dudas no eran buenas noticias.

El grito de mi madre aumentó, yo no podía hacer nada para contenerla. Otra voz pidió permiso y cubrió mi cuerpo con una tela.

 

Minuto 28

 

Solo me quedó la poca plata que tenía encima y el fierro.

—Ya te voy a agarrar, pedazo de una perra —mastiqué con bronca.

Me cambié de ropa y fui con mucho cuidado hasta la calle. Sentía el cuerpo completamente tenso por la paranoia que me había invadido.

—No importa la hora, afuera siempre hay una vieja con el perro —dije con bronca al ver a la vecina.

Me puse la capucha y caminé lo más rápido posible para alejarme de la zona. Me palpitaban las sienes por la excitación. La cola de un gato acarició mis piernas sobresaltándome más de lo que ya estaba.

—No tengo nada que perder —dije pegándole una piña a un contenedor de basura—. Pero esta conchuda se va a arrepentir por lo que hizo.

El ruido de un auto a mi espalda llamó mi atención, caminé sin mirar hacia atrás. Se terminó todo, pensé. Me aferré al gatillo del revólver y me di vuelta dispuesto a todo.

 

 

Minuto 29

 

 

Lo primero que distinguí entre el tumulto que había en la vereda fue a Olga; estaba recostada contra la puerta de su casa, con los ojos perdidos en el piso.

Algunas viejas la rodeaban y parecía que le estaban dando muestras de apoyo o vaya a saber qué es lo que le dan a una persona cuando está sufriendo sobremanera, luego de dedicar las tardes a sacarle el cuero.

No tuve necesidad de mirar hacia el cuerpo tapado para saber lo que había ocurrido.

—Olga —dije casi en un susurro. Tuve que reprimir la necesidad de llorar al saber a mi amigo muerto.

La rodeé con mis brazos y se dejó caer sobre mí.

—¿Sabés algo, Ramiro? —me preguntó—. ¿En qué andaba mi hijo?

No pude soportarlo y empecé a llorar junto a ella. Olga merecía tener algunas pistas respecto a los ambientes que frecuentaba Santiago, pero debía ser prudente al develarlo.

 

 

Minuto 30

 

 

—Mamá, mamá —llamé con la boca pegada a la puerta—. Mamá, soy yo, Rocío.

Pegué el oído a la puerta, adentro parecía que no había nadie.

Me resultaba extraño que hayan salido, pero era posible. Golpeé la puerta con los nudillos procurando no alterar el silencio que predominaba en el pasillo y no llamar la atención a los vecinos.

Al golpearla, la puerta hizo un chirrido y se apartó del marco. La empujé y me encontré con una habitación vacía y a oscuras.

—Mamá. ¿Estás en casa, Mamá? —volví a llamar con un poco más de volumen, después de cerrar la puerta.

Encendí la luz del comedor. Lo único que oía era el sonido de la madera bajo mis pies, caminé hacia el dormitorio, con la esperanza de encontrarlos durmiendo.

—Mamá —susurré, antes de cruzar la puerta.

 

 

Minuto 31

 

 

Era insostenible la situación, hacía meses que llegaba borracho y venía derecho a cogerme, como si yo fuera una puta, al principio no me resistí, pero se puso cada vez peor, más violento y agresivo de lo que ya era. Las veces que me negaba terminaba insultándome y reventándome a trompadas. Se iba amenazándome de muerte, que iba a volver y a volarme la cabeza de un balazo. Aparecía a los pocos días, siempre en el mismo estado y todo volvía a empezar.

Por eso decidí esconder la cuchilla bajo la almohada, para evitar que siguiera repitiéndose esta situación. Te juro que la intención era asustarlo, porque yo sabía que me quería. Pero cuando vio la cuchilla en lugar de retroceder se puso furioso, me agarró de la muñeca y me dio un cachetazo con la otra mano. Con la poca fuerza que me quedaba estiré las piernas y lo empujé. Perdió el equilibro por la borrachera que tenía encima y cayó de lado. Hizo un ruido seco cuando golpeó la cabeza contra la mesa de luz.

 

 

Minuto 32

 

 

Ofrecerle disculpas no estaba en mis planes, por el contrario, volví a la enfermería con la decidida intención de humillarla frente a todos, demostrarle fehacientemente que ya había dejado de ser dueña de sí. Yo expropié su cuerpo, su mente y su alma, ahora me pertenecía. 

No será un trabajo difícil, ya que su reputación dentro del hospital jamás tuvo mucha consideración, más cuando se corrió el rumor de su amorío conmigo.

—¿Qué pasó? —le pregunté al guardia de seguridad, al ver el alboroto en la enfermería.

—Parece que la nueva tuvo una crisis en el baño y rompió todo. 

Ahora un par de turritas le brindaban contención, si serán hipócritas, critican hasta el esmalte de uñas que lleva puesto, y ahora se desviven por atenderla.

—Tengo un videíto que te va a encantar —le dije al guardia—. Es de la minita que le gusta romper cosas —los granitos de sus mejillas brillaron por la excitación—. Puedo darte una rica propina si lo haces circular por las redes sociales.

 

 

Minuto 33

 

 

—Me encantaría denunciarlo —dije luego de permanecer callada un buen rato. Mis compañeras prestaron atención a mis palabras—. Pero ¿cómo lo hago? — me largué a llorar con desconsuelo, Rita volvió a abrazarme como si se tratara de su hija e intentó calmarme.

No era la primera mujer que pasaba por este calvario dentro de la institución. Me había llegado el rumor de que varias chicas sufrieron la misma situación que yo, y decidieron renunciar porque no pudieron soportarlo.

Su sola mención llenaba a las dos compañeras que me rodeaban de asco y rechazo, eran totalmente conscientes de su influencia y la situación les generaba tanta impotencia como a mí.

Lo vi pasar frente a la puerta de la enfermería y me levanté. Rita y Silvia se quedaron boquiabiertas cuando fui tras sus pasos.

 

 

Minuto 34

 

 

Una muchacha en ese estado era capaz de hacer cosas con un grado de imprevisibilidad de la que puede arrepentirse toda su vida. Fui tras ella luego de un segundo en que quedé pasmada, razonando lo que estaba ocurriendo.

Por un momento deseé con el alma que lo alcanzara y le hiciera pasar el peor momento de su vida. Por qué tendremos esa necesidad de reprimir el verdadero sentimiento que nos embarga, pensé durante el tiempo que duró ese deseo; seremos tan cobardes que somos capaces de soportar el constante hostigamiento con tal de cuidar la chacrita. Porque el poder que cree poseer no es más el que nosotras mismas le facilitamos.

Sus ínfulas no se conforman con la obediencia, es necesario que la humillación y el dolor brote por los poros de la otra persona, pulverizándole mente y alma.

La tenía a dos pasos de distancia, él seguía caminando sin percatarse de que lo perseguían, estiré el brazo para detenerla, lo medité un segundo y volví a bajarlo.

 

 

Minuto 35

 

 

Las piernas me temblaban durante los pasos que di desde al auto hasta la puerta.

Nunca en mi vida tuve la osadía de realizar semejante acto, descender del taxi para alcanzar a una mujer sin la menor idea de qué decirle cuando quede cara a cara con ella.

Descubrirlo me hizo dudar, evalué la posibilidad de dejar esta locura de lado y volverme al auto. Qué pensará la muchacha cuando vea a este dinosaurio, a esta especie en extinción cuando abra la puerta. Llama a la policía o se tira al piso a reírse. Prefería bancarme la denuncia que la cachetada a la autoestima.

Respiré hondo, miré hacia el cielo deseando que los astros que pululaban por la vasta extensión del universo estuviesen alineados a mi favor.

Llamé a la puerta con dos golpes cortitos. Pasaron algunos segundos y no se oía nada, como si la casa estuviese desierta. La eternidad transcurrida en esos los segundos me hizo desistir de la idea y me volví con la intención de no volver a pasar por esa cuadra.

 

 

Minuto 36

 

 

—Qué rostro este veterano —dije un tanto avergonzada—. Qué valor para bajarse y llamar a la puerta. —La actitud me generó un calor que hacía tiempo no sentía.

Era extraña la sensación, el dejo tenebroso que podía suponer la visita de un extraño a esa hora de la madrugada, se confundía con la excitación de una persona que me inspiraba confianza.

Lo contemplé por el espejo del taxi durante el recorrido, esos ojos sombríos, con muestras de cansancio y dolor, me llenaron de ternura y compasión. Incluso me hizo olvidar al imbécil que había dejado caliente en la puerta de la emergencia.

Esperé un momentito para observar la reacción. Lo vi girar y volver al auto, me apresuré en caminar hasta la puerta y abrirla.

Ya estaba subiéndose.

—Qué hago —me pregunté en voz alta. Volvió la cabeza y me vio parada en la puerta.

 

 

Minuto 37

 

El arma puede convertirse en la llave que termine de cerrar las heridas que provocan el movimiento del velo.

Se torna la opción más digna al corroborar en el repaso de los esfuerzos realizados, que dentro del amor expresado lo único genuino que contenía era el deseo de ser celebrado y aceptado por los demás. Una vez que consentimos el fracaso de dicha empresa, el orgullo se fisura, redundando en una constante negativa que cimenta la idealización de una perpetua contradicción en la que termina depositándote tu vida. 

La sangre gotea minuto a minuto, y es allí donde el arma toma un rol preponderante, para ponerle fin a la hemorragia.

Un revólver calibre treinta y ocho, con una sola bala en su tambor, requiere tres elementos. Determinación al momento del disparo, precisión en la ejecución. Y fundamentalmente, ser efectuado a tiempo. Cuando llegue la hora exacta.

 

Minuto 38

 

No sé dónde ni en qué lugar escondía esta veta sádica, pensé mientras volvía a meterme en la ducha. Hacía años no experimentaba una excitación tan grande al poseerla sobre mis dominios.

Qué complejas y laxas son las decisiones que adoptan la consciencia humana, reflexioné, cómo la cólera puede transformarse en placer y retomar las sendas del odio nuevamente, sin mayores sobresaltos, sin culpa. 

—Ya no te contiene lo suficiente, el nene que mantenés —le dije cuando bajé de la cama y di los primeros pasos rumbo al baño.

Refunfuñó entre dientes causándome una sonora carcajada.

Volví al living luego de agarrar otra cerveza. Me vestí mientras bebía, sin ocultar la satisfacción. Terminé de aprontarme y salí a la calle.

La noche seguía allí, con la escenografía dispuesta y esperando. 

 

Minuto 39

 

Dejé pasar un tiempo prudente antes de salir del dormitorio. Para mi suerte ya se había ido, deseé con el alma que esa fuera la última vez que volviera a pisar la casa. No quería volver a ver esa inmunda cara de morsa.

El asco que me produjo ese momento, me dejó llena de náuseas. Entré al baño y no me reconocí cuando me miré en el espejo. Las lágrimas desfiguraban mi rostro, me sentí una basura, la peor mujer del mundo.

Había sido vejada, humillada completamente por la persona que en algún momento amé y no fui capaz de ofrecer ningún tipo de resistencia.

Quise gritar para liberarme del sentimiento que oprimía mi pecho, pero ni siquiera ese desahogo era posible.

Volví al dormitorio con la firme idea de llamar a Santiago e irme de esta casa.

 

Minuto 40

 

Y ahora qué tendré que hacer, me pregunté. Del otro lado todo seguía igual.

Ya no sentía dolor, solo una pequeña picazón que me dejaba algo confundido. Había pasado realmente, sí. Estaba muerto. Estaba tirado en la vereda, luego de que una bala me entrara por la espalda.

Esto es la muerte, me dije. No podía ver nada, solo oía las voces que hablaban cerca de mi cuerpo. Mamá había estado llorando con desconsuelo, los milicos daban vueltas, iban y venían haciendo mil conjeturas del posible autor del disparo. Me había parecido escuchar a Ramiro cuando llegó, él es el que sabe todo, a él deben preguntarle. Pero claro, yo estaba bajo esa tela, sin posibilidades de declarar.

Qué sería de mí, una vez que me enterraran, una vez que los gusanos se apoderaran de mi carne. Quise gritar, sacudirme, golpear las manos, pero nada de eso fue útil, ya era demasiado tarde. En este mundo no había más tiempo para mí. Se me terminó la hora.

 

Minuto 41

 

Olga había recogido del suelo el teléfono celular de Santiago luego que su hijo dejara de respirar. El sonido del mismo al recibir una llamada hizo que los policías pusieran atención en las manos de la mujer.

De inmediato me lo tendió y quedé con el aparato sonando en mis manos.

—¿Quién es? —me preguntó—. ¿Quién está llamando? —descompensada completamente volvió a romper en llanto—. ¿Por qué tengo que estar pasando por esto, por Dios? ¿Por qué debo sufrir tanto?

Los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de todos, quienes con cierto grado de impavidez no supieron cómo reaccionar. La rodeé con mis brazos y procuré brindarle la mayor contención que pude, una señora llegó con una silla, la conduje con precaución para que pudiera sentarse y estabilizar su respiración.

El teléfono volvió a sonar. Luego de ver quién llamaba atendí.

 

Minuto 42

 

La ambulancia se llevó el saco de alcohol que había quedado desmayado al borde de la cama. Mi vieja sentía algo de alivio, pero esta vez tuvo suerte, porque en el momento que se lo quitó de arriba, pudo perder más que la suerte que la acompañó. Me quedé a esperarla hasta que llegara la policía. No existía otra opción que denunciarlo y evitar por todos los medios que volviera a acercarse.

—Mamá —dije abrazándola—. Estuve guardando un poco de plata.

Ella seguía mirando el charco de sangre que había quedado en el piso. Ya no temblaba, pero se le notaba el miedo que sentía, porque sabía que en algún momento, cuando tuviese la primera oportunidad iría por la revancha.

—Por qué no agarrás algunas de tus cosas y nos vamos de acá —la propuesta pareció no interesarle hasta que volví a hablar—. A mí también me están persiguiendo.

 

Minuto 43

 

—Arriba las manos —me gritó el cana—. Mantené las manos en alto.

Eran cuatro policías apuntándome con sus revólveres, mis posibilidades de sobrevivir eran nulas si disparaba contra alguno de ellos. Sin dejar de apuntarme, se acercaron y no demoraron en desarmarme y esposarme.

Ninguno habló, ninguno me puteó, como ya lo habían hecho en otras veladas, como solían hacerlo en las diferentes citas que tuve con los miembros de este honorable cuerpo.

—Fui un idiota en aceptar tan poca guita por este laburo —murmuré dentro del patrullero. Sabía que no era un apriete común, este gil tenía gente pesada atrás, y los milicos me daban la razón al tratarme como un reo VIP.

—Todo mal —me mandaron callar cuando grité y me di la cabeza contra la mampara. Qué gil soy, hago todo mal cuando me paso de merca, sino me hubiese mandado la cagada de disparar estaría gozando de buena salud.

 

Minuto 44

 

El escupitajo que le dio Patricia en la cara fue como pretender apagar un incendio con un bidón de nafta. Sosegar a un neurótico con una cachetada al orgullo era una estrategia poco inteligente. Llegué a interponerme entre los dos antes de que el escupitajo se convirtiera en una escena lamentable.

—Dejala en paz —le grité descargando mis depósitos de adrenalina. Se quedó serio mirándome con su típica cara petulante.

—Ya se va a arrepentir —se limpió la cara con la manga de la túnica y desapareció.

Respiré hondo durante unos segundos, Patricia también se había esfumado. Llegué a la enfermería exhausta y con nerviosismo. Ella estaba sentada con los codos sobre la mesa y las manos en la cabeza, mirando fijamente el teléfono celular. Sonó el mío y también el de los que estaban allí. Casi al unísono llevamos la atención al aparato, antes de volver la vista hacia ella, que comenzaba otro capítulo de su pesadilla.

 

Minuto 45

 

No resistí ver el vídeo hasta el final.

Dejé de sentir las piernas, las manos y me desvanecí sobre el escritorio. De forma cándida traté de encontrar un motivo razonable que justifique el accionar despiadado que ejerce un individuo sobre otro.

—Mi amor, Patri —escuché, la voz de alguien que intentaba devolverme del desmayo. Pero me negaba a responder, no sentía necesidad alguna de permanecer en el mundo de los conscientes. Por el contrario, en el único lugar donde podía sentirme a gusto en este momento era bajo tierra.

Cuántas personas en este mismo momento estarán regocijándose con este vídeo, pensé, con cuántos comentarios descalificadores me estarán apuntalando y dejando como una atorranta. Mi futuro en ese momento pendía de un hilo, la sola idea del vídeo inundando las redes sociales me dejó knock out.

 

Minuto 46

 

—Bien hecho, pibe —le dije al pendejo de la empresa de seguridad—. Soy un hombre de palabra —tomó el billete, agradeció y quedó mirándoselo como si le hubiese ofrecido una criatura fantástica.

El vídeo no demoró más de dos días en tomar dominio público, festejé mi victoria con un saque cuando me subí al auto. Luego de esto, no se olvidará jamás de que las mujeres son propiedad de sus hombres y están al servicio de quienes las poseen.

Paré el auto frente al club y bajé con la intención de saciar el hambre de una jugosa concha. Un flaco de canguro me chistó desde atrás de un árbol, interceptándome antes de que pudiera cruzar la calle.

—A dónde vas —me dijo poniéndome una mano en el pecho—. Señor machito, vas a tener que retractarte. —Le mostré todos los dientes de forma irónica, desestimando su pedido antes de sentir el frío caño del revólver en el abdomen.

 

Minuto 47

 

En mis cuarenta años de vida nunca había experimentado algo similar, jamás imaginé protagonizar una situación donde entregaba mi cuerpo completamente, despojada de cualquier tipo de prejuicios con un desconocido y vivir un instante sublime.

Lo contemplé durante unos segundos mientras observaba el techo del dormitorio con cierta incredulidad.

Me llenaba de satisfacción descubrir que detrás de esa mirada que se extraviaba en el espacio, existía un hombre sensible, amable y dulce.

Cuando regresó del taxi hasta la puerta, me sentí inmovilizada por el pánico, pero de inmediato su talante me dio motivos para confiar y recibir el amanecer de un modo inefable.

Tomamos algunos tragos, mientras desmenuzábamos nuestras vidas con total despojo, antes de coronar la velada entre las sábanas. 

 

Minuto 48

 

Elegí al azar uno de los bancos de la plaza para sentarme. Miré el reloj por primera vez a las tres de la mañana, aún no había recibido ningún mensaje. Masajeé el caño del treinta y ocho, mostrando señales de nerviosismo. Ya tendría que haber recibido las primeras novedades y aún nada.  Mi actitud pasmada y cavilosa había desaparecido.

Las dudas empezaron a adueñarse de mí, procuré alejarlas tan rápido como llegaban, con conjeturas tan disparatadas como las propias dudas. 

Una silueta cruzó el perímetro de la plaza y se dirigió hacia el lugar donde permanecía sentado. Mantuve mi actitud lo más relajada posible, hasta que logré identificar al hombre que se acercaba a mi posición.

Mi suerte quiso que fuera el mozo del bar al que acudía todas las noches.

—Maestro —lo saludé—. Qué anda haciendo por acá.

Era la primera vez que le decía otra cosa que no fuera “café” y “la cuenta”.

 

 

 

 

Minuto 49

 

Me senté junto al pelado, sin responderle su tentativa de saludo. Permanecí allí unos segundos, imitando la postura que adoptaba en el bar.

—Usted debe saber que me tortura verlo noche a noche en el bar —comencé diciéndole—. Supongo que apreciará mi confiabilidad para conocer su secreto —largué todo el rollo sin escatimar en sutilezas. Estaba viviendo un momento en que la resignación había dado paso a algo peor: el desprecio por todo y no era momento de fijarse en las formalidades.

Fijó su vista en un punto de la noche como si allí adelante estuviera su taza diaria de café e ignoró mi pregunta.

Apoyé mi espalda en el respaldo del banco, tiré la cabeza hacia atrás y contemple el cielo. El hombre seguía allí, impertérrito, vaya uno a saber en qué trance. Encendí un cigarro, le extendí la caja ofreciéndole un tubo de cáncer que aceptó sin agradecer.

—¿Alguna vez le concedió la muerte a otro individuo? —me preguntó.

 

Minuto 50

 

Corté la comunicación con Ramiro y quedé sentada en el sofá. No lloré, no grité, no hice nada.

—Lo siento —dije y perdí toda función motora. El celular se resbaló de mis manos y cayó, desperdigando sus partes por el piso del living.

Santiago muerto, era inconcebible, cómo una personita que aún no había empezado a vivir estaba muerta. Pero era así, nadie sería tan imbécil de jugar con la vida de otro y menos Ramiro, que era su hermano de la vida.

Algunas lágrimas descendieron por mis mejillas, como si pretendieran homenajearlo con su lento desfile.

Me levanté con toda intención de ir a verlo, me resistía a creer lo que había ocurrido, debía comprobarlo con mis propios ojos. Abrí la puerta y la mano gorda de Cara de morsa me frenó devolviéndome a la casa. 

 

Minuto 51

 

No tuve más remedio que confesarle todo a Olga, sabía en qué pasos andaba su hijo, que lugares frecuentaba, que sustancias consumía, de dónde conseguía el dinero que le traía y la gente que lo rodeaba.

La alejé del grupo de curiosos que seguía en el lugar, y de las orejas policiales. Correspondía que ella supiera la verdad, al menos mi porción de la verdad, antes que otros la supieran. Entramos a la casa, la senté sobre la cama y le preparé un té.

—Yo sabía que en algo raro andaba —dijo ella. El hilito de voz se le extinguía luego de pronunciar algunas palabras—. Siempre me dejaba plata en la mesa de luz. Y alguna notita diciendo que estaba bien. Pero nunca dejé de sospechar.

La mirada de Olga reflejaba el desconsuelo de una mujer derrotada.

—Cuándo se entere el padre —mencionó a su marido y no pudo volver a hablar.

No supe precisar si era el momento adecuado o no, pero cuando quedó el silencio de por medio, empecé a desmenuzar todo lo que sabía.

 

Minuto 52 

 

Volvimos de la comisaría luego de hacer la denuncia y metimos todo lo que pudimos dentro de dos bolsos y una mochila de campamento.

—De nada sirve que nos quedemos acá —le volví a insistir cuando la vi dudar—. Acaso querés que vuelva con todo su resentimiento y te mate.

Dejó los bolsos sobre la cama y se sentó a llorar. No entendía como la mujer que me parió estaba dispuesta a arriesgar su vida por dos míseras piezas llenas de humedad.

—Sé muy bien que hace años no te hablás con ella —la intimé—. Pero nos va a recibir a las dos, y aunque no sea por vos, lo hará por mí —saqué uno de los rollos de billetes que tenía guardado y se lo mostré—. ¿Ves? Es suficiente para los pasajes y para colaborar hasta que encontremos trabajo.

Agarramos los bolsos, le pusimos candado a la puerta y salimos a la calle.

—Al puerto —le dije al taxista cuando subimos.

 

Minuto 53

 

Rita venía a verme y controlar que todo estuviese bien varias veces durante su turno. Me hablaba, me acariciaba la frente y alentaba.

—Al parecer anoche le dieron un balazo en el abdomen y está delicado. —Mis párpados se movieron al escuchar la noticia—. Tranquila mi cielo, vos descansá que es lo único que necesitas.

No tenía la menor idea del día en que vivía, la hora, ni el motivo que me tenía postrada en una cama desde hacía tiempo. Solo reconocía la voz de Rita cuando venía a cambiarme el suero y a bañarme.

—Estas hermosa como siempre —Rita nunca escatimó en halagos. Jamás dudé de su sinceridad. Creo que fue la única compañera que tuve realmente durante mi estadía en el hospital, como enfermera, claro está. Y como paciente también. Al menos era a la única que oía y el interminable pitido de la máquina que me mantenía en el mundo de los vivos. Quizás lo mejor fuera que el sonido intermitente tomara una forma constante.

 

Minuto 54

 

—Te podrían haber metido plomo en la cabeza, así desaparecías de una buena vez, hijo de puta —luego de visitar la sala de Patricia, fui a la del imbécil—. Te volvería a abrir la herida para que te desangraras, poco hombre. Bien dicen, yerba mala nunca muere.

Antes de cambiarle el suero, jugué con la vía para que tenga un motivo más para quejarse cuando se despertara. Volví a insultarlo y salí de la sala.

Por suerte estaba terminando mi turno, me cambié y taché otro día en el almanaque que tengo en el vestuario. Cada vez me queda menos para la jubilación, pensé con alegría.

Caminé hacia la parada del ómnibus meditando sobre mi actitud, nunca había sentido tanto repudio por un ser humano, siempre me consideré una mujer generosa y de buenos sentimientos, pero este individuo era capaz de hacerme aflorar lo peor.

Tuvo mucha suerte, no sé si tuvo algo que ver con el asunto del vídeo, pero espero que le hayan bajado los humos al mal parido. Pagué el boleto y me recosté en el asiento.

 

Minuto 55

 

Podía ganar tiempo culpando a la zorra que me robó, era una idea que solo serviría para ganar minutos, antes de recibir otra paliza monumental.

—Le disparaste al hijo del zar de la salud, idiota —el milico se llenó la mano con mi mentón, dejándome estampado contra la pared. El trato preferencial se diluyó una vez que pisé jefatura.

Improvisé que fue un encargo, que debía apretarlo para que dejara de lado ciertos asuntos. Dos piñas más por no mencionar con claridad “ciertos asuntos” y otra por las dudas.

—No sé quién es —dije sin mentir—. Se me acercó un día, me dio un fajo de billetes para que mandara silenciar al médico —otra tanda de trompadas.  

 —No mientas, pichi —dos piñas más en las orejas.

—Al parecer le hizo algo a la hija, pero no me dio muchos detalles —me agarró de los pelos y me escupió en la cara. Aflojó con los golpes cuando mencioné su aspecto físico y el lugar en donde me citó para darme detalles del encargo.

 

Minuto 56

 

—En mi bolsillo tengo un revólver con una sola bala —le dije luego de oír durante algunos minutos su asombrosa confesión. Estuve yendo semanas al bar, y si bien no reparé con muchos detalles en su actitud, jamás imaginé que escondería las agallas necesarias para quitarle la vida a otro ser humano y deshacerse del arma con tanta facilidad.

—Aún tengo las manos sucias con sangre, caballero —apuntaló de forma intimidatoria.

Por primera vez nos miramos a los ojos y comprendí que era capaz de todo, de desarmarme y matarme ahí, en medio de la plaza.

—No me mal interprete —aclaré—. Solo quiero desnudar mi verdadero sentir, el que tanto me costó gestar en la mesa de su bar y dar a luz a metros de la puerta.

La calma parecía haber retornado, aunque el mozo continuaba con la guardia en alto, sin quitarme los ojos de las manos y fingiendo comodidad.

 

Minuto 57

 

—Cometí el gravísimo error de actuar bajo los efectos de la desesperación y confiar en un narcotraficante de poca monta para vengar la integridad de mi hija —dijo el pelado—. A esta hora debería tener novedades, pero aún nada —agregó.

Relató los sucesos que padeció su hija en su lugar de trabajo, dejándome absorto por lo despiadado de las acciones, a pesar que yo no era una persona moralmente adecuada para realizar algún juicio de valor. Algo en el pelado no andaba bien, pero en mis horas de especulación jamás imaginé algo similar.

—Cuánto puede demorar un energúmeno de estos antes de abrir la boca —dijo rendido—. Por eso tengo conmigo este revólver con una sola bala.

Indicó el lugar donde ingresaría cuando llegara la hora. Negué con la cabeza y con un rápido movimiento le quité el arma de su mano.

—Usted tiene motivos para luchar —le dije—. Yo ya estoy perdido.

 

Minuto  58

 

—Seguramente ignoras por completo lo hermosa que sos —le dije con mi voz de viejo cursi. Ella sonrió y me abrazó con ternura.

No debía ser cierto que un veterano de mi calaña, cascoteado por los años y la vida, esté acostado en la cama de una mujer casi quince años menor que yo.

Evité la idiotez de preguntarle qué hacía una mujer como ella con un pedazo de cuero desvencijado, pero pareció adivinar lo que pensaba.

—Sucede que estoy cansada de los forros que pululan por la ciudad —me dijo al oído—. Vos sos un hombre de verdad, sensible y tierno.

 Me besó con la misma intensidad que lo hizo minutos atrás y nos refujiamos bajo las sábanas. No sabía que podría pasar de aquí en más, no quería pensar en ello, tampoco me importaba mucho, solo pude recordar una exquisita pronunciación en latín de los versos finales de la oda número XI de Horacio.  

 

Minuto 59

 

—Usted tiene una hija que proteger y cuidar —me desarmó de inmediato y apuntó directo a mi frente —. Mi vida acaba de terminar. Esto no le será de utilidad alguna en su poder, sin embargo a mi puede liberarme del exceso de equipaje —estrechamos nuestras manos y sin decir palabra desandamos los pasos que nos encontraron en la plaza.

Me senté al lado de Patricia, tomé su mano y le susurré al oído, le hablé como lo hacía cuando no podía conciliar el sueño durante su niñez y sentí con alegría la presión de sus dedos—. Todo estará bien, mi amor —la besé en la frente—. Papi está contigo.

Afuera un barullo rompió el silencio reinante, algo me dijo que debía abandonar el lugar momentáneamente. Tres policías se aproximaban, era obvio que venían por mí, eludí su búsqueda escondiéndome en la habitación contigua a la de Patri, miré al huésped con discreción procurando no incomodarlo y me llevé una gratísima sorpresa.

 

Minuto 60

 

—Fuiste vos, hijo de mil puta —le grité, descargué mis puños sobre su pecho, lloré con rabia y lo único que tuve a modo de respuesta fue su cara de morsa, repugnante y nauseabunda que no expresaba nada—. No era necesario que llegaras a tanto, no tenías por qué terminar con su vida.

Continuó sereno, sin quitarme los ojos de encima y en silencio. No era posible prever los movimientos que realizaría, ya que su cara de morsa no transmitía absolutamente nada. Solo me producía más asco.

—No puedo creer que me haya casado contigo —le grité—. Fui tan estúpida.

Se sentó en el sofá y escuchó sin decir palabra, nunca llegué a conocerlo a pesar de los años de convivencia, pero ahora me resultaba un completo extraño.

—Llegó la hora —pronunció con los ojos llenos de lágrimas —. A todos nos llega.

La totalidad de su cuerpo comenzó a temblar cuando se aferró al gatillo. 

 

 

Publicado en Novelas por entrega

 

JOSÉ OCHURTE, EL ÚLTIMO KILIWA

Marta Aragón R.

 

 

Conocí a José Ochurte Espinoza en la década de los setenta cuando iba a venderme manzanas y a comprar el mandado que acostumbraban mercar los kiliwa para complementar su alimentación tradicional, café, azúcar, manteca, harina, arroz, frijol, valvitas y pastas. Él me vendía manzanas o miel, y yo a cambio le daba el equivalente en mercancía que depositaba en un saco para llevarlo, a lomo de bestia, hasta Arroyo de León en donde vivía cuidando de un rebaño de chivas que le daban sustento.

Era un hombre muy alto, en aquellos años joven, de cara noble y equilibrada; para cruzar el dintel de una puerta se inclinaba para evitar golpearse la cabeza; así de alto era, cercano o igual al 1.90 m o tal vez más, también sus hermanos Trini y Cruz a quienes conocía de vista cuando iban al mandado siempre vestidos de mezclilla, yompa y pantalón de los que ahora les dicen Levi’s 501, y tejana de fieltro.

Su otro hermano se llamaba Teodoro, pero en el pueblo le decían Chimicuil y se contaban muchas anécdotas de él que dejaban en claro su carácter marrullero y tramposo, del que fui víctima por gusto propio, porque aquel kiliwa pícaro y ventajista me divertía mucho, pero éste es tema para otro texto.

José en cambio, era muy tímido y reservado, en parte porque no dominaba el español, lo que dificultaba un tanto la comunicación y se mantuvo soltero casi toda su vida. No voy a dar pormenores de su vida, pero si expresaré los sentimientos que el pueblo kolew provoca dentro de mi alma.

Conocí poco a José Ochurte Espinoza, pero lo sentí mucho cuando supe que había muerto el último del linaje Ochurte. Por azares del destino colaboré con Arnulfo Estrada y Leonor Farlow Espinoza en la elaboración del Diccionario Práctico de la Lengua Kiliwa; yo hice las ilustraciones y la imagen de la portada. Estuve presente en algunas ocasiones en que Arnulfo rescataba esta lengua por la hablante Leonor Farlow. Con Leonor sostuve una relación distinta; para mí era alguien cercana: la madre de Leonor, Josefa Espinoza Cañedo, había trabajado con los abuelos de mi esposo, Salve y Bertie Meling, y existía un lazo de familiar cariño entre Leonor y yo; lo que me acercó bastante a su pueblo, a su sentir, al orgullo de ser kiliwa.

En aquellos años se decía que quedaban cinco hablantes de la lengua kolew y José y Leonor, parientes además, eran dos de ellos.

La semana anterior supe que se había reducido el número, y el domingo pasado me enteré que José Ochurte Espinoza había fallecido. Que un día amaneció muerto y es todo lo que sé. Pero el hecho de enterarme desató en mi interior una tormenta de desánimo y de sentimientos encontrados: rabia por la indiferencia ante la extinción de un pueblo y tristeza por este suceso irreversible.

Ya en aquellos años, el hecho de que los kiliwa estuvieran a punto de desaparecer de la faz de la tierra y que su lengua estuviera en peligro de ser devorada por el OLVIDO —si no hubiera sido rescatada por un hombre consciente que dedicó paciencia, esfuerzo y cariño en lograr este sueño: que la lengua de este pueblo que habitó en estas tierras durante miles de años, que fueron libres, orgullosos y fuertes, quedara registrada en un libro como memoria de su existencia y de su paso por esta tierra—, me causaba un sentimiento de frustración por la indiferencia evidente, ya que se hacía un esfuerzo notable y mayúsculo por evitar la extinción de una especie animal, digamos el berrendo, la vaquita marina, pero no por el manifiesto declive del pueblo kiliwa, por los pueblos originario como éste gran pueblo no se hacía ni se hace esfuerzo alguno. Se hacía muy poco ante la lenta agonía de una cultura nativa.

Volví a ver a José Ochurtre ya en el siglo XXI, en una de las fiestas de Arroyo de Leon, y lo visitamos en Las Parras donde vivía y cuidaba a sus chivas. Su casa era muy rústica y de lámina, sin agua corriente ni electricidad. El lugar era muy pobre, pero muy limpio; era un hombre ordenado, parecía no tener vicios, ya que no había ni colillas de cigarro ni rastros de licor. Seguía siendo muy alto, pero muy delgado, Había perdido los dientes, y me recordaba mucho la cara triangular de barbilla puntiaguda de Chimicuil. Estuvo muy contento porque le llevamos provisiones. Comimos con él. Nos contó cómo había muerto Chimicuil en años pasados. Creo que lo vi una vez más en un evento que involucraba a su pueblo.

Algunos años después, supe que se había casado y vendido su posesión, ya que Kolew Ñimaat se había convertido en el Ejido Kiliwa, luego que la Reforma Agraria redujo su ancestral territorio a menos de veintemil hectáreas. Dejaron de tener un Capitán del linaje de los Ochurte o de los Espinoza para tener después de este cambio el Comisariado Ejidal, y se fue a vivir con su mujer al Valle de la Trinidad. El matrimonio no fue para toda la vida, José Ochurte murió solo en el Valle, y allí las casas no se queman ni se realizan ceremonias de duelo.

Ignoro cómo fue su funeral, pero casi estoy segura que no fue de acuerdo con las tradiciones kiliwas; quisiera pensar que sí; que su espíritu viaja entre las estrellas del cielo kiliwa, que lo recuerdan los borregos cimarrones, los venados, los coyotes, las aguilillas, los piñoneros, los encinos y los mezquites.

Quiero pensar que el canto de los cuervos parten en dos al cielo cuando pronuncian su nombre: José Ochurte Espinoza, el último de los kiliwa.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Sólo contra el mañana.

Fernando A. González.

Existen épocas en que todo se vuelve turbio, negro como una obscura cueva, difícil; cuando el destino nos da la espalda. Saturno acompañado del dios Marte da rienda suelta a su ira, y nos disciplina, nos fustiga con su látigo. ¡Todo lo destruye y extermina! Es la escuela de la adversidad, los enemigos brotan por doquier; contendientes aparecen sin ser llamados, como si esperasen mi llegada. Una época en verdad difícil, se vuelve arduo alcanzar cualquier meta u objetivo. Es como la metáfora de lo que sucede en la vida. Como el castigo a Prometeo.

Un día recordé un antiguo escrito chino versado sobre la guerra. En un día cualquiera, tomé decisiones para sobrevivir, en el trabajo, en las relaciones sentimentales, amorosas, en el modo de conducirme y hacer las cosas. En la contienda de la vida cotidiana. Sun-Tzu recomienda ganar la batalla antes de luchar. Informarse sobre las opciones a elegir, los recursos a disposición y las circunstancias. No permitir que las emociones, sentimientos, nos impulsen a tomar decisiones

Al principio, era como la obscuridad de la noche. No fue fácil, pero al tiempo noté las ventajas de llegar con la victoria de antemano. Pensé en los pasos que seguir, y actué en consecuencia. Las personas cuando se sienten seguras y cómodas, bajan la guardia. Si quería vencer al enemigo, sobresalir en el trabajo, lograr lo imposible por la oposición de los demás, la respuesta de Sun–Tzu, es ¡la sorpresa! Actuar de un modo en que los demás se sientan cómodos. Moverse velozmente para superarlos. Ser sigiloso como un felino. Estar preparado. ¡Velocidad, esencia de la guerra! Tomar ventaja de la poca preparación del adversario; viajar por lo inesperado y actuar donde no se tomó ninguna precaución. Ser impredecible.

Actuaba a mi favor cuando menos lo esperaban. Me adelantaba a sus planes. Sin combatir; esa la mejor manera de ganar un conflicto, sin combatir. Destruir la resistencia del enemigo. Lograrlo es como una palabra emitida en el momento justo, un acto de buena voluntad. La magia está en las palabras, en el pensamiento, una manera de crear algo a partir de pensamientos e ideas. Elegir las palabras, juntarlas, y crear un resultado: un poema, este cuento, superar el conflicto. Las palabras nos abren las puertas a un mundo: ¡el nuestro!

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

 

 

Al maldito que corresponda.

Annia Bautista.

 

 

He escrito y enviado esta carta hacia algunas de las direcciones que se me han ocurrido, o al menos eso creo, esperando que en realidad existan, y también, con un poco de intención, si es que usted atreviéndose a contestarme, me hiciera suponer que hemos escuchado al destino. Me encantaría interesarle en mi historia, y si le hablo de esta manera, es porque nunca le encontré sentido a esa cursilería del lenguaje: lo o la, él o ella, para mí usted con suerte será mi lector, y con esperanza, seré yo también el suyo.

Agosto 013

El maestro había decidido decapitar a sus alumnos. La forma era corriente, sin ingenio, yo le había convencido de darme tiempo para idear algo mejor; la verdad, él ni siquiera había pedido mi participación; pero ¡lo vi tan triste!, hablando de algo que seguramente quiso hacer durante tanto tiempo, que no soporté verle tanto olvido de sí en el rostro.

Decidí ayudar, y quizá sólo eran expectativas mías, pero me parecía natural que el demonio disfrutara desde el momento en que concebía la perversidad de sus planes; cosa que en él no veía. Tal vez aquí había algo más que yo me estaba perdiendo; asumí que si no lograba mejorar su plan, al menos entendería lo que se me hubiese escapado entre líneas.

 

Agosto 013

Una tarde de tormenta decidió quedarse en casa a pesar de que nunca había detenido sus cátedras por ningún motivo, ni siquiera cuando su padre muriera. Dijo que antes lo miraba poco, que las visitas se habían reducido a nada, y la nada, nada importa.

Se helaba toda la casa, le acerqué hasta su lugar una manta, pero me retiró la mano, como si con ese gesto me dijera que necesitaba de ese frío. Largo rato se quedó viendo por la ventana, y en un momento creo que hasta sonrió. Pensé que ya no les cortaría la cabeza; ahora había decidido ahogarlos. Y me alegré de que hubiera recobrado el gozo de su maldad.

Siempre cenábamos juntos; pero al oscurecer quise dejarlo a solas con su malicia, o lo que fuera que hubiera recuperado. Me fingí con dolor de cabeza y me acosté; claro que no pude dormir, sólo pensaba en ayudarlo, un plan B, por si acaso le volvía la inconformidad, la tristeza.

 

Agosto 013

Me di cuenta de que su mitad seguía intacta, y es que era imposible que se hubiera levantando temprano y la hubiese tendido; pues aunque nuestro lecho estaba separado, le gustaba que yo tendiera sus cobijas y arreglara su cama. Decía que mis manos tenían el aroma de la ternura, y que cuando por las noches se acostaba, sentía que era el paso que había dejado mi tacto, y no el de las telas, lo que lo hacía dormir tan tranquilamente. A veces, sólo por molestar, no encuentro otra excusa, le pedía a algún criado o pariente que tendiera la cama por mí, él siempre lo notaba; decía: ¡tus manos no están aquí! Incluso se ofendía, como si ese día no hubiera querido amarlo, y en lugar de eso lo hubiera dejado encargado con alguien más; entonces prefería dormir en la sala, sin arroparse con nada, aunque temblara.

Molestar…, sólo por molestar, ¿por qué no me bastaba que mi demonio dijera cosas tan lindas, fueran o no verdad? ¿Es reconocer sobre las cosas el tacto de quien lo ama tanto, tan difícil de creer? ¿Por qué no pude quedarme con sus palabras suaves, por qué, para qué indagar? Tuve suerte de que fueran verdad, porque un detalle así que parece juego, pudo haberme ahogado en melancolía si alguna vez hubiese atinado mal.

Al ver su pedazo vacío me sentí orgullosa; algo le había arrebatado el sueño, y aunque yo sólo pude dormitar, atravesé el insomnio en busca de la misión, de esa que podría volver a ser su alegría.

 

Y es que, verá, yo tengo este tic, pero nunca se lo he confesado. Ella me cree un demonio porque cuando digo algo la sonrisa se me va de lado, y ella cree que hay un plan maldito detrás de lo que digo, pero habla tanto del amor que siente, por mi forma de ser y cómo engaño a la gente, como si se tratara de una complicidad única entre los dos. He callado tantos años para no herirla, ¿cómo decirle que soy un agradecido con la vida, y no estoy tramando nada? Menos ahora que he encontrado que guardaba un diario.

Después de las heridas, ella se había empeñado en ayudarme a decapitar a unos niños; yo se lo dije porque sus ojos preguntaban, tenían hambre de alguna maldita novedad; dije que odiaba, que guardaba rencor, y que sólo asesinando podría saciarme; sus ojos brillaron tan horribles, que sentí tristeza: mi incapacidad de ser monstruo la había deformado a ella.

Quisiera salvar a esas criaturas que nada han hecho. El otro día quise convertirme en monstruo y me convertí en santo, y por más que intento el diablo no me sale. Por ejemplo, el día de la tormenta no pude ir a la cama. Me aterraba que ella la hubiera tendido, y rogaba porque otra vez me hubiera jugado una broma de ésas para probarme; cuando le pide a otro que arregle mi colcha, para ver si me doy cuenta del truco, pero no tenía el valor de averiguarlo.

Por el accidente, me quedé en casa, quería ganar tiempo, y ella se quedó muy callada cuando vio los lápices enterrados en mis manos. No supe qué había hecho. Pensando tanto en todo lo que podría destruir, matar, se me ocurrió convertirme en víctima; así, quizá desistiríamos de todo aquello, o, ¿debía ser ahora más demonio que nunca?

Mientras ella dormía en su mitad, yo había pasado la noche en el sillón velando la ausencia de luz, hasta no soportarlo más. La noche es peligrosa porque en la oscuridad no se ve el límite, si es que lo hay. Me clavé un lápiz en cada mano, mentí y dije que aquellos alumnos habían entrado sigilosos, y que me había despertado el dolor. Cuando me vio la sangre ya estaba seca; yo había calculado su despertar, pero no conté con que ella viendo la cama intacta se quedaría largo rato imaginando la razón. Ella en silencio. Algo me decía que si lo demoniaco no crecía en mí, pronto crecería en ella; y pensaba en la hora de ir a dormir y sus monstruosas manos de monstruosos pensamientos serían refugio para mi cabeza.

Cenamos juntos, apenas y hablando de los objetos sobre la mesa, hizo alguna pregunta sobre mis vendajes; los cambió después de cenar, no distinguí ninguna emoción en el gesto, nada tibio, nada frío, entonces supe que estaba concentrada. Avanzamos al dormitorio, y cuando destapé las almohadas, mentí: ¡tus manos no están aquí! Ella abrió grande los ojos. Al principio pareció enojarse, luego indignarse, y mientras eso ocurría no quise esperar a que me viera en la cara el espanto; y me encaminé a la sala.

 

Agosto 013

Me quedé helada. No reconoció mi ternura, o quizá se me habría terminado; tanto pensar en cómo ayudarlo con esos niños me había transformado, o quizá siempre supo adivinar, y hoy, falló.

¿Me transformé?, ¿un gesto lindo entre seres que se adoran, se ha convertido ahora en la regla que me mide?, ¿qué sabe él de ternura?, si soy yo siempre quien arregla su cama, o ¿sería sólo un pretexto para volverme su mucama, sin que yo sintiera necesario el menor reproche?

¿Cuánto importa la verdad, es lo único que se persigue en esta vida o sólo en este tiempo? Da igual, ¡es casi lo mismo! Yo quería que él me encontrara: como su mujer cuando desarreglara su cama y reconociera mis sentimientos en el gesto, o como su mucama: en la perfección del doblez en las telas, pero ¡que me encontrara!

Y quizá debiera uno estar eligiendo todo el tiempo, pero creo que hay un momento cuando uno comienza por hacerse; es decir, coserse sólo de telas que soporten el tiempo. Escoger entre verdad, o verdad. Y yo no sé qué creer ahora, porque también tengo ganas de enojarme, de indignarme, ¡me dulcificó la idea de una criada!, ¿cuántas veces habré comido de sus malditos dulces envenenados?

 

El día que comenzaron las explosiones, quise hacer algo diferente. Tal vez hasta revelar la verdad, pero es que a ella ese camino no le gusta. Así que falté al colegio; sobre todo porque no podía dejar de ver a aquellos niños, a sus cuerpos perseguidos por la muerte. Me quedé el día pensando, viendo a través de la ventana, y me esforcé por despojarme del desánimo. Entonces los vi bajo la lluvia, felices de que no hubiera clases, y los imaginé corriendo sin la menor sospecha, brincos de inocencia. Entonces, el nudo de los labios se me deshizo estirándose para sonreír.

Yo era tan bueno que sólo quería que se sintiera protegida y entonces fingía mi maldad; bueno, eso fue al principio, de ahí en adelante ella convertía todo en sentimientos duros y fríos.

 

Enero 998

“Si el mundo es malo debes lograr ser lo más preciado para el hombre más cruel, así no podrías estar más a salvo”, es lo que leí en su diario en el apartado de “Conversaciones con mamá”.

No pude más, ¡quise liberarme!, pero sin lastimar a mi mujer. Ella cree que soy un hombre despiadado, y yo la dejo creerlo porque así se siente segura, y dígame ¿quién se siente seguro en la bondad? La bondad sólo es confianza en el descuido. Ella quiere que no la quiera, y también que la quiera. Así todos los días son un reto para ella. Trabaja desde la negación, y entonces se pone creativa; si al fin accedo a besarla, ella se ve hermosa, brilla, se enaltece, como si hubiera ganado algo. Yo quisiera sorprenderla a veces, y cuando he tenido tantas ganas de besarla debo morderla, o empujarla después, y ella me mira de una manera como si me debiera todo, como si fuera su amo, con un deleite, con un asombro, que prefiere cerrar los ojos para no llorar.

Está convencida de que soy un monstruo, y eso es lo que le gusta de mí. Hasta me dice Franky, como diminutivo de Frankenstein, porque claro, a ella le gusta interpretar el papel de contraparte: dulzura y bondad. No soy todo malo, a veces se me escapa alguno que otro cariño, pero ella está tan acostumbrada a mis “maltratos”, que no sé cómo, pero siempre encuentra la forma de transformar mis caricias en ofensas, mis besos en golpes, mis miradas de amor en ironía y sarcasmo. Hace poco, mi desesperación me llevó a confesarle la verdad, que soy un simple humano, enternecido por las causas más nobles, me entristece el mundo, sobre todo los niños y ancianos. ¿Sabe lo que me dijo?, que era lo peor, el más ruin y despreciable, recuerdo exacto que gritó: ¡deposité mi maldad en ti, y ahora me la regresas, me has devuelto a los opuestos!

¿No podríamos ser yo el bueno y tú la mala?, pregunté. Y ella dijo: ¡No lo creo!, no me interesa el poder, me atrae la supervivencia diaria, la esclavitud; y tú no sé por qué haz decidido liberarme. Me voy a buscar la protección, la maldad que tú no puedes darme, ¡quédate con tu deficiente crueldad!

Creo que estoy enloqueciendo de veras, y no sé si en la locura encuentre la maldad o me acerque aún más a la bondad. Pero les he pagado a aquellos niños, simulando un juego de guerra, para tomarles algunas fotos donde salen sin cabeza, y se las he hecho llegar a ella. Sabe que la quiero, sé que nos queremos; así que volvió a mí apenas recibirlas, me dijo que ahora era aún más claro que uno elige cómo zurcirse la piel. Me contó que cuando regresaba conmovida por mi maldad que significaba amor, vio a los niños de las fotos jugando en el parque, y se dio cuenta del engaño.

Yo lo hice por amor a ella, y ella ha entendido que sigo dispuesto a exagerar, a fingir. No quisiera hacerlo. Quisiera ser yo, pero sé que ya encontrará la manera de creer lo que ella quiera, de zurcirse sus verdades como dice. Ahora me ha pedido lo que yo más quería, volver a ser una sola cama; necesita volver a sentirse en riesgo.

Lo de dormir separados ella lo había decidido. Una noche de vigilia fui a la cocina por un poco de cerveza y al llegar a la habitación, la miré lindísima, acostada, con el cabello húmedo aún, el aroma de ese shampoo en su cabello eran algo para quedarse a vivir; y mire que he olido otras cabezas que dicen usar la misma marca, pero ningún aroma como el de ella. Yo mirándola embelesado, encantado; ella se despierta y al verme con aliento alcohólico sosteniendo su cabello, como era de esperarse, supo transformarlo todo, me preguntó si había intentado matarla. Entonces, mi cara se desencajó por el giro tremendo que había dado la realidad, y pensó que era mi gesto de sentirme descubierto. Se veía tan asustada; me dijo: sé que no puedes contener tu maldad, esperaba que este día llegara. Se abrazó a mí, y yo me quedé helado. Dijo que me quería, y yo le dije apenas lo mismo. Sobrevivimos la noche abrazados y bebiendo cerveza. Al día siguiente que llegué del colegio ella había partido la cama a la mitad, sobre unos libros niveló los lados, y como la vi sonriente esperando mi aprobación, o quizá mi desaprobación, no dije nada que pudiera arruinarlo. Me recosté como para probar la resistencia de los libros. Desde entonces, ella sentía todos los días como si luchara por su vida, y al recostarse sobre su mitad, la veía dormir con el rostro pleno. Había ganado un día más en que yo había desistido de matarla.

Me intriga tanto saber a qué me enfrentaré para satisfacer sus delirios ahora que volvamos a dormir uno al lado del otro. Por eso necesito encontrar mi maldad, o al menos una forma ingeniosa de conservarme a mí mismo sin sentir que finjo; por eso es que pido su respuesta, su ayuda. Mi mente se ha quedado seca, porque ella me supera. Y sólo quisiera sorprenderla, ¿me comprende? Es ésta la séptima carta que reescribo anexando las novedades. Las otras seis se me han regresado sin abrir, así que espero que esta dirección llegue a su maldito destino.

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Martes, 29 Mayo 2018 06:51

Bots. María Jesús Méndez.

 

 

Bots.

María Jesús Méndez.

 

 

 

Su carcajada resuena en mi cabeza. Ella no paraba de reír ni siquiera cuando ya había terminado de exponer los mejores memes de mi portafolio. Su risa era de esas que contagian, no sabía si agradecerle o qué, todos en la sala reían junto con ella y neta que me sentí el más chido para esto de las bromas en internet; ahí supe que se llamaba AbrilEterno, al menos ése era su nombre de usuario; no nos volveríamos a encontrar pues esta reunión, tal como lo indicó el jefe, era sólo para darnos directrices de lo que esperaba de nosotros. El resto era trabajo en línea, nada de nombres ni direcciones, mientras menos sepamos quiénes éramos mejor, incluso nos dijo: siéntanse como espías de la KGB. No tenía idea de lo que quería decir, hasta que alguien se atrevió a expresar la misma duda, y el jefe dijo: cabrones, la CIA, como en las películas del 007 solo que virtuales. Y escuchar eso me hizo pensar en muchos memes que enseguida empecé a editar, uno que se dedica a esto debe tener sus plantillas listas, con lo más actual del tren del mame; en fin qué es lo que hacíamos, pues éramos de esos bots, trolles cibernéticos; suena súper importante pero la verdad es que no es la gran cosa, sólo necesitas de un teléfono y datos; si eres hábil con las palabras o el photoshop ganas re bien porque los comunity manager quieren cosas frescas y bien hechas; entonces te empiezas a dar cuenta que sirvió de algo el cursito en la academia de computación donde aprendí a editar en varios programas, y usar más rápido el twitter y el facebook, así como a tomar medidas para cuidar la seguridad. Nunca posteaba de mi laptop, cuando sabía que nos iban a activar, iba al ciber más cercano; sí aún existen, como si todos tuviéramos para comprarnos una laptop en estos tiempos, y así como espía profesional de la CIA no dejaba rastro. Si les contará cuántas tendencias tuvimos que crear, hasta los artistas famosillos de repente nos contrataban; uno va haciendo comunidad y aunque no nos conozcamos en persona, empezamos a interactuar en línea, casi como hacerte amigo de alguien en el facebook pero más íntimo, aunque a mí la paranoia no se me quitaba y no bajaba la guardia de tomar precauciones en esos chats; sabíamos que nuestro trabajo no es bien visto, eso de andar enalteciendo al presidente, o metiendo noticias falsas a diestra y siniestra no está bien, aquí y en la gran China no está bien, que dizque los medios democratizan, decía un tipo en una entrevista en el youtube, y que el internet es fuente de conocimiento, pero lo que yo conocía del internet, es que todo puede estar rodeado de mentiras; en el chat que teníamos y que todo el tiempo lo cambiábamos de ubicación, era nuestro confesionario, no sólo nos compartíamos chambas entre nosotros sino ahí nos salía bien gacho nuestro sentir; como la vez del compa que dijo que ya iba a dejar esto porque conocía al cuatito que habían secuestrado, y que los policías lo madrearon mientras nosotros ayudábamos a difuminar noticias de que era bien marihuana, y de lo mal que le iba en la escuela, de que estaba metido en bandas y a posicionar tendencias en favor del gobierno corrupto: nuestro compa nos dijo que allá nosotros si queríamos seguir, él no iba a decir nada porque al fin y al cabo se sabe que el gobierno y las cosas así funcionan; pero era gacho tener que echarle mierda a tus compas del barrio, se despidió y ya nunca supimos de farolito23. Los que quedamos ya no buscábamos pretextos para explicar porque seguíamos aquí hasta que ella dijo que lo hacía porque necesitaba el varo para juntar para una renta decente, porque vivía con su novio pero ya se quería salir de ahí; varios se ofrecieron a brindarte un cuarto, fue cuando me atreví a hablarle en privado y escribirle, No confíes en nadie, somos una bola de ojetes, mejor sigue ahorrando tu lanita y cuando tengas, te mudas, y ella sólo externó jajaja, y recordé tu carcajada. Así nos fuimos acercando, todo esto sin siquiera compartir fotos, que digo nudes, me hubiera encantado tenerlas, suena gacho decirlo así en estas circunstancias, pero es la verdad; nuestras relación era Yo en su planeta, mi nave sin combustible para regresar, como dice esa canción y ahí su risa la transportaban aves; y todos quienes podían emitir sonido se volvían ella. No estoy drogado, solo estoy diciendo lo que pienso; tal vez por lo mal que me siento de cómo me enteré de la noticia; cuando nos dieron la instrucción de ser los trolls de las feministas que habían sacado tendencia #TodoelañoseráAbril y #todassomosAbril, y reclamaban al gobierno por el violento asesinato de una joven de 18 años, cuyo cuerpo estaba colgado sin cabeza en la ventana de un edificio y nadie sabía nada; y la gente que vivía ahí dijeron no conocerla, que seguramente se acaba de mudar y el maldito asesino estaba desaparecido y las redes sociales estaban desbordadas; y eso se volcó a la calle; yo había visto muchas manifestaciones, pero nada como eso, toda la calle de ese barrio de altos ejecutivos y gente de lana quedó sitiada por la protesta, los riquillos de ahí no podían meter sus coches y a varios les bajaban las llantas o de plano desaparecían; y las mamás tenían que sacar caminando a sus hijos con los ojos cubiertos porque no vayan a ver los senos de esas viejas impúdicas que están encueradas protestando, y las mujeres se plantaron, las acusaban de ser otros maestros, que por qué tomar la calle; que pensaran en la imagen y los negocios de la zona; pero para sorpresa de muchos las activistas se organizaron y empezaron a ofrecer empleo, y re ubicaciones a gente de la zona por si cerraban los negocios de ahí por baja afluencia, y quien iba a pensar que una rebaja de 85% en tiendas de moda iba a lucir vacío, tal era la desesperación que starbuks empezó a regalar café a los protestantes, pero ellos los aceptaban y públicamente los derramaban; y la indignación seguía creciendo, y yo tan estúpido pensaba que le quería preguntar cómo, con qué cosas molestar a estas mujeres para hacerle plática, y otra vez escuchar su carcajada, pero no sabíamos de ti, hasta que fortachonzigzag nos dijo que ya habían salido fotos de la cabeza de la chica, que la encontraron unos niños en un parque, y la subió al chat y fue cuando vi su cara dentro de una bolsa, su risa apagada, era ella. Y yo solo fui a la delegación a confesar que era un troll de internet porque me sentía sucio y culpable de no poder ayudar, y encima de haber tenido que desplegar tanta mierda sobre ella, que si era prostituta, que si pertenecía a un culto, créame señor juez, no soy su padrote como han dicho, ni soy secuestrador ni narco, en mi vida he visto la cocaína, a AbrilEterno solo la vi una vez y desde entonces su carcajada retumba en mi cabeza.

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Martes, 29 Mayo 2018 02:50

El beso de sal Rocío Prieto Valdivia.

 

 

 

 

El beso de sal

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

 

José Carlos la vio alejarse hasta perderse en la bruma espesa de la tarde noche; aún la cubría el abrigo azul que le había prestado, y sus ojos se inundaron del salino olor que aún le quedaba en los labios.

Conoció a la mujer tan solo unas horas atrás, antes de la caída del crepúsculo. Ella tenía el cabello de un color azabache, como las profundidades del mar; en su rostro los pequeños ojos brillaban en la distancia como lo hacen las pequeñas gotas de fósforo ante el oleaje en las arenas. Esos ojos le llamaron tanto la atención a José Carlos como si de un embrujo marino se tratara.

La chica parecía tan irreal que, ante la imagen que descuidadamente había aparecido junto a él mientras limpiaba la embarcación, se talló los ojos con los puños. Él volvía de una salida al mar abierto, y cruzando la bahía sonrió al observar a un pequeño grupo de vaquitas marinas que nadaban libres acercándose a su embarcación. Eran tan pocas ya, que no pudo disimular su ternura al acariciarles el lomo; aún cuando su presencia fantasmal, eran quizá una idea de la próxima extinción de su especie, que les hacía aparecerse por cualquier costa, tal vez despidiéndose.

Aún así, José Carlos las midió con la mirada, acostumbrado a las tallas de las totoabas y otros peces que acostumbraba siempre capturar en el Mar de Cortés. Les tomó algunas fotografías con su cámara réflex digital. Y mientras apuntaba datos, una de ellas se acercó curiosa a la embarcación. José Carlos se dio cuenta de que tal vez era la última vaquita marina hembra. El fuerte aroma de aquel humano fue lo que la atrajo. Ella se vio reflejada en los ojos del joven biólogo, que irradiaban confianza, y él a cambio le acarició el lomo con tal suavidad como si de una mujer se tratara. Se asomó lo más que pudo desde la embarcación hacia el agua, y le dio un beso en la nariz.

- Oh, pequeña; eres un rayo luz. Me gustaría protegerte contra mi pecho, cuidarte para que jamás te extinguieras.

La pequeña vaquita emitió un sonido entre áspero y tenue, aflautado; pues fueron las palabras correctas que ella quería escuchar. Desde el mar lo vio alejarse en la lancha que atravesaba el escarpado oleaje. Nadó y nadó queriendo alcanzarlo; pero era tan rápido el motor que la lancha se perdió en la lejanía. La diminuta vaquita se empezó a sentir triste y el llanto de sus ojos salaba aún más el mar.

El dios del Océano al ver la grande tristeza le concedió un deseo. Saldría unas horas a buscar el amor terrenal. Después ella moriría y, con ella, toda su especie ingresaría al paraíso de las bestias marinas. Sólo la recordarían en tristes documentales de naturalistas.

La vaquita aceptó el trato con el dios, pese al descontento de sus demás compañeros. El dios alzó la mano en un oleaje, y la transformó en bella criatura pedestre. Sus aletas eran unas delgadas manos, su cuerpo con singular gracia nadó muchas horas hacia la orilla de la playa. Iba desnuda, y cansada; al verla, la princesa Jusnai guardiana pa ipai de la bahía de Ensenada le dio uno de sus vestidos tejidos con sargazos.

Ella se lo puso, y camino por la orilla de la playa, apenas mojando sus pies. El agua era tibia, espumosa. Llegó al malecón y de ahí al embarcadero dónde José Carlos dejó la lancha de la facultad de ciencias, lugar donde hacía estudios sobre las especies marinas de la región. En cuánto vio al muchacho se llenó de ternura. José Carlos sin saber qué se trataba de la vaquita marina, se sintió atraído por aquella mujer de cabellos azabaches que se detuvo junto a su lancha.

Ella le sonrió y juntos caminaron por la orilla del malecón. La niebla iba adentrándose al puerto, y ella cruzó los brazos, pues sentía un poco de frío; no estaba acostumbrada a tanto viento sobre su piel. El biólogo le prestó su abrigo para cubrirla ya que una bruma espesa empezaba a inundar el ambiente del puerto. Siguieron caminando por el gran malecón agarrados de la mano, cruzaron junto a la imagen de una mujer en roca, y José Carlos le dijo que se trataba de la virgen del Carmen, patrona de los pescadores. Junto al ancla, emblema del recinto portuario, se abrazaron con ternura. Y así José Carlos cumplió la promesa: la tuvo acurrucada en sus brazos, la protegió del frío, y ella le dio un beso con sabor a sal. Entrada la noche se despidió de él, y el biólogo la vio alejarse con su abrigo puesto, brincando sobre las rocas de la playa , hasta que la perdió de vista.

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CUANDO LA SELECCIÓN GANÓ LA COPA MUNDIAL

Roberto López Moreno

 

 

 

 

Había sido una situación bastante difícil. En mis años de cronista no había visto algo igual. Hasta le oí decir por televisión que en sus años de cronista no había visto algo igual. Será que sucedió del otro lado del Atlántico, pero desde aquí, desde Bristol, hasta donde me llegaban las noticias directas de Londres, nunca había leído algo igual. Yo, quien escribe estos párrafos, he oído decir a más que muchos, que nunca habían sido testigos de algo igual. Había un eco que repetía colectivo desde todos los rumbos: “nunca habíamos visto algo igual”.

   El pueblo entero se había levantado enardecido, en el desquicio que da la furibundia absoluta. “Ni un campeonato más en nuestro país”, la consigna en ese tono remachaba los oídos brasileños, pero habían ido más allá de las oceánicas distancias y más acá, hasta los latires profundos de los pechos, oceánicos embravecidos. “Ni un campeonato más”

   Las protestas se extendían por las espirales del vertiginio y estallaban en los mercados, en las estaciones del “metro”, en las entradas de los estadios, en las plazas públicas, en todos los sitios propicios para las concentraciones masivas. “Ni un campeonato más, ni una farsa más, ni un ultraje más a la inteligencia del pueblo”. El grito se repetía en los parques y carreteras, por eso fue rebotando y creciendo hasta las demás ciudades. Al poco tiempo ardía ya en el país entero. “Estamos en contra de la burla” se oía a veces; “estamos contra el desfalco, el despojo, el abuso, el fraude” a veces se oía. Pero siempre se oía, veces y veces.

   “No más circo” “No más circo”. ¿Pero todo un pueblo arrebatado por la ira iba a poder contra los oscuros poderes que dominan el planeta y sus más oscuros intereses? De nada sirvieron las huelgas en el metro, en los  centros laborales, en las universidades, entre los empleados de los complejos empresariales. Entonces la ira creció en acentos desmedidos: “No queremos ni un fraudulento Campeonato Mundial de Futbol más en nuestra patria”. “Ni en el mundo”, se oían otros ecos. En mis años de cronista, de la vida, nunca había visto ni oído algo igual. Fue cuando se cerraron más y más los caminos de un dialogo desde antes imposible. Y hubo un momento sombro, sombro, sombro, más sombro aún, y todavía más sombro, en el que se perdió toda posibilidad de poder hacer la narración fidedigna de lo sucediendo.

   Después, cuando aclaró un tanto la atmósfera, se supo de la increíble venganza de los poderes terribles, el incendio total del Amazonas complicó aún más las cosas. Una parte vital del planeta había sido dañada de muerte como desquite de los perversos. El cerceno eran cenizas. El planeta había quedado manco. Los organizadores del engendro repugnado con el fin de no quedar en el total ridículo decidieron ese año donar la Copa. Pero, se había llegado a tanto que, silenciosamente los equipos concursantes en el torneo empezaron a emprender el regreso a sus países. Todos se hacían disimulados y regresaban cabizbajos a sus lugares de origen. Nadie volteaba “ni un pelo” la mirada para mirar siquiera a la Copa amada (hubiera intentado algún poeta). Qué sigilo aquel, uno a uno regresaban los silentes grupos, nadie quería la donación… o quizá sí, pero no se atrevían a aceptarla. Entonces fue cuando los eternos perdedores vieron llegado su momento. Siempre hay un momento del momento. Nunca se había visto algo igual (el cronista). Fue cuando la Selección Verde de Futbol vio dar un categórico vuelco a su destino. ¿La Selección verde? Sí, la de los ratoncitos… Ah sí, la selección verde. Fue el año en el que ganó la Copa Mundial. En cada país, en cada urbe (en Bristol, en Huixtla, en las principales ciudades del mundo, se repetía su sonoro nombre), aquel grupo en desbrido algarábico había logrado por fin su dicha más anhelada. Habían alcanzado por fin la tan deseada Copa. En un punto del planeta la cohetería hacía revolotear en las alturas a un ángel que se desparramaba dorado de orgullo y alegría.      

  

                

 
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LEGENDE INCONSISTANTE

Par Agustín Monsreal

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Un garçon de 16 ans. Il se rend dans un bordel pour la première fois. La prostituée s'en occupe à merveille. Il croit en être amoureux et, à chaque fois que son argent le lui permet, il va mettre entre les jambes de la femme son romantisme sexuel. Plusieurs mois passent. Le garçon s'acharne à croire que l'amour, c'est cela. Elle s'en moque, mais elle le répète dans son corps de plus en plus longtemps et elle expérimente à nouveau, non sans nostalgie, non sans une faible crainte, que sa chair est utile. Graduellement elle oublie son attitude de suffisance professionnelle et elle adopte pour sa nudité une fierté nouvelle. Ils échangent le lit du bordel contre le lit de son appartement à elle. Ils apprennent à dormir ensemble. Ils mangent. Ils jouent. Ils se battent. Ils se baignent. Ils sont heureux, entre le plaisir et le sommeil. Quand ils se retrouvent virtuellement apaisés et que les secrets de la passion commencent à se répéter, ils décident de sortir promener leur bonheur dans les rues, de le confronter avec eux-mêmes et avec le monde. Les gens le regardent, ils commentent à voix basse, ils les pointent du doigt. Le garçon remarque comment l'âge de la femme lui retombe dessus. Il a honte d'elle, de l'entrain présomptueux de ses hanches, de son visage tuméfié de fard, de la vulgarité de son rire et de ses gestes de tendresse, de sa stupidité. Son amour se transforme en effroi, en pitié. Jamais auparavant il ne s'était senti ridicule ni sans défense. Misérable non plus. Ils viennent de dîner et elle fume, elle semble joindre, vérifier sa portion de bonheur, sans anxiété, en paix avec la vie. Après avoir attendu plus d'une heure qu'il revienne des toilettes, la femme comprend. Une douleur humble dans ses yeux contraste avec l'arrogance de ses faux cils. La jeunesse est égoïste, elle est lâche : elle fuit en traître. Elle l'avait oublié. Elle se lève. Elle paye l'addition. Elle sort dans l'air de la nuit et fait marcher son corps dans les rues nerveuses, elle le traîne comme un cadavre embaumé, elle le manœuvre entre la convoitise toujours frauduleuse des hommes

 

 

 

 

 

 

LEYENDA INSUSTANCIAL

Agustín Monsreal

 

 

 

 

Un muchacho de 16 años. Acude por primera vez a un burdel. La prostituta lo trata de lo mejor. Él se cree enamorado de ella y, cada que el dinero se lo permite, va a meter entre las piernas de la mujer su romanticismo sexual. Pasan varios meses. El muchacho insiste en creer que eso es el amor. Ella se burla, pero lo repite en su cuerpo un rato cada vez más largo y vuelve a experimentar, no sin nostalgia, no sin un débil temor, que su carne es útil. Gradualmente deja atrás su actitud de suficiencia profesional y adopta para su desnudez un orgullo nuevo. Cambian la cama del burdel por la cama del departamento de ella. Aprenden a dormir juntos. Comen. Juegan. Pelean. Se bañan. Son felices, entre el placer y el sueño. Cuando se hallan virtualmente apaciguados y los secretos de la pasión comienzan a repetirse, deciden salir a caminar su dicha por las calles, a confrontarla consigo mismos y con el mundo. La gente los mira, comenta por lo bajo, señala. El muchacho advierte cómo la edad de la mujer se le viene encima. Se avergüenza de ella, del ímpetu jactancioso de sus caderas, de su cara tumefacta de pin-turas, de la vulgaridad de su risa y sus ademanes de ternura, de su estupidez. Su amor se convierte en espanto, en lástima. Nunca antes se había sentido ridículo ni indefenso. Tampoco miserable. Acaban de cenar y ella fuma, parece juntar, verificar su porción de felicidad, sin ansiedades, en paz con la vida. Después de esperarlo más de una hora a que regrese del baño, la mujer comprende. Un dolor humilde en sus ojos contrasta con la altivez de sus pestañas falsas. La juventud es egoísta, es cobarde; huye a traición. Lo había olvidado. Se levanta. Paga la cuenta. Sale al aire de la noche y echa a andar su cuerpo por las calles nerviosas, lo acarrea como a un cadáver embalsamado, lo ma-niobra entre la codicia siempre fraudulenta de los hombres.

 

 

 

La invención del verso

Ariana Itzamara Vilchis

 

Cerró los ojos. Al fondo de la sala, tu alma esperando a la mía en el Roulotte; nos parecemos a los de 1955.

Tu madre apenas acomodó el florero que me obsequiaste en mi cumpleaños número veinticinco. Dentro de el colocó los alcatraces recién cortados del jardín de la abuela, mismo tipo que me regalaste en nuestra primera cita y con los que sonreíste toda la tarde. Estoy segura de que estaba en tus planes besarme.

Luego de que tu madre se marchara, les colocaste un moño rosa. Tal vez no querías quedarte en silencio y me preguntarás si ya habré leído de nuevo los poemas de Joyce que

me dedicaste hace algunos años y yo te respondería con un verso en el poema número XIII ¡hay, los blancos alcatraces, ésos bellos alcatraces!.

Hoy también es 16 de octubre y tenemos dos años adelantados. Te vas a enojar por lo que no se pudo evitar. Podría responderte que podemos ser los del aquel mes, aunque siendo sinceros, prefiero que seamos los de ahora. No podemos revivir de los sueños.

Luego pondrás nuestra canción y en ese instante regresará un par de minutos aquellos días donde se era feliz, donde construimos el verso improvisado de aquella cita y resonará nuestra primera canción, ¡caray! nuestra primera salida. Entonces ubicaremos la posición de la Luna, aquella luna que te daba luz en el rostro mientras me recargabas en el árbol.

Con la misma sonrisa ocurrirá otro silencio. Seguías sin abrirlos y estaremos ahora en Dublín.

Seis veces tuvo que nacer el sol para que te conociera. Diez días tuvo la luna para nuestro encuentro. ¿Adivina que día inventamos el verso? Abrirás los ojos y yo no estaré del otro lado. Nunca contesté y todo seguía en silencio.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Sobre la historia (sin pies) del presentador (trágico)

Sofía Garduño Buentello

 

―Las enanas desaparecieron hace tres días y comienzo a preocuparme por su integridad física, ¿será acaso que me dejaron por otro las muy ingratas? No supieron agradecer que las quisiera tanto.

―No, pero es que no entiendes, no estoy loco, solo les doy de comer y unos cuantos abrazos.

―Está bien, tú ganas, también les he dado besos en la frente pero eso solo ha sido una  vez.

―No, no se dan cuenta porque ya están dormidas. Veo sus cuerpecitos tímidos y me pregunto si ellas ven gigantes, funámbulos o malabares.

―Tú bien sabes que son inofensivas, que duermen la mayor parte del tiempo entre magnolias y azafrán.

―No sé qué haría si me las quitaras. Me rendiría al duelo y a la quiebra. Y es que sin ellas no soy nada. Y es que sin ellas no sabría que ver hacia el suelo donde están mis pies.

― ¿No los has visto?

― ¿Cómo que qué? ¡Mis pies! Son insoportables, les crecen raíces en lugar de dedos y a cada zancada hiero la tierra de muerte.

― El día que se fueron no las quise tanto como debí haberlo hecho, no sabía… No me las quites, te lo suplico. No te las lleves. Si las encuentras, regrésamelas porque no sabría que hacer sin ellas, o lo que es peor, no sabría que hacer conmigo.

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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