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la maldición del diluvio,

una historia sobre ciclones en cuba

Mauricio Escuela

 

 

“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.

El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.

 

Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.

Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.

 

“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.

“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

Publicado en ISLA FABULANTE
Martes, 30 Octubre 2018 19:19

RETORNO / Francisco Delgado /

 

 

RETORNO

Francisco Delgado

 

 

(Primer lugar en el certamen interno

de cuento de la Escuela

de Escritores de Veracruz

Sergio Galindo de SOGEM)

 

Conviene que empecemos nuevamente. No me refiero al gastado “vamos a comenzar de nuevo” que podría decir cualquier actorcillo en una telenovela del Canal de las Estrellas. Es algo mucho más profundo.

Por favor, no me malinterpretes. Veo que te has puesto un poco seria. Estoy feliz de verte y de que hayas venido precisamente hoy. Sé que lo hiciste porque es nuestro otro aniversario; no de cuando me diste el sí, sino del día en que nos vimos por primera vez, que para mí es el que realmente cuenta.

Lo recuerdas muy bien, ¿verdad? Yo sí. Llevabas un traje sastre beige que te daba un aire de ejecutiva muy ocupada. Caminabas afirmando cada paso con gran resolución. Las carpetas que sostenías con ambas manos eran tu escudo contra los indiscretos. Me habías visto y lo noté justo antes de que desviaras la mirada para que no te sorprendiera con la guardia baja. Pasaste a mi lado, como dice la canción, fingiendo gran indiferencia.

Te seguí con la mirada por varios segundos y me decidí. No habría otra oportunidad. Te pregunté por la oficina de Juan Carlos De Landa. Yo sabía dónde era; sólo necesitaba el pretexto. Reaccionaste con mucha naturalidad, como si desearas ser abordada por ese desconocido. Después me dijiste que algo en mí llamó tu atención. No es que yo fuera un tipazo rompecorazones, nunca lo he creído. Tal vez fue que te abordé con mucha seguridad ─por dentro me moría de miedo como si fuera un estudiante de secundaria intentando por primera vez declarar su amor a la compañerita de banca─ y creo que eso fue lo que te gustó. No lo sé, nunca quisiste decírmelo. Lo importante es que tuviste interés en el que hasta ese momento era un absoluto extraño. Me dijiste que era en el quinto piso y que ibas para allá.

Nunca habías sentido una impresión así con un desconocido. Lo sé porque me lo confesaste después. Yo tampoco, créeme. El minuto en el elevador bastó para que supiéramos que volveríamos a vernos. Después vino lo demás: La cita a comer que aceptaste sin mucha resistencia; las pláticas de todo y de nada. La primera ida al cine. El primer beso en la puerta de tu casa ─que tú provocaste porque ya me había pasado de respetuoso─. Nunca fuimos a bailar, ni a ti ni a mi nos gustaba. Simplemente nos dimos cuenta de que la pasábamos bien juntos, cada vez mejor.

Poco a poco tu presencia ocupó todos los espacios vacíos que creía solo míos. Nunca hablamos de matrimonio porque teníamos el acuerdo tácito de no vulgarizar la relación. Avanzamos a paso de pequeñas anécdotas; de momentos aquí y allá; de prolongadas charlas sobre todo y sobre nada.

Sí, se instaló cierta rutina; una dulce rutina que nunca fue fastidiosa. Más bien fue como asumir pequeños rituales que nos hacían sentir bastante cómodos. Llegamos a ellos como si los hubiéramos conocido de otras vidas. Seguro que fueron de otras vidas. Si no fuera así ¿cómo explicarías tantas coincidencias?

El otro día vi en uno de los libreros de la casa La insoportable levedad del ser. Era por mucho nuestro libro favorito, aunque lo habíamos leído por separado hace muchos años. No me animé a abrirlo y lo dejé en su lugar. Sabía que no podría hacerlo. Tampoco quería ver los subrayados que le hiciste y que me hicieron enojar porque a mí no me gustan; si lo que alguien escribió realmente te toca, sus palabras se quedarán para siempre contigo.

Por eso nuestra separación fue tan dolorosa… Por supuesto que entiendo que no fue a propósito. Estas cosas nunca se hacen a propósito. Doy por seguro que si las circunstancias hubieran sido otras, seguiríamos juntos.

No quiero mortificarte con todo esto. Nunca fuiste de llorar. Eso es algo que siempre te admiré: fortaleza pura detrás de esa falsa fragilidad. Es más, yo era el que lloraba ─a veces─ en las películas (¿te acuerdas de La Vida es Bella?).

Esto ha sido un poco extraño. Se que han pasado dos años y aun así a mí me han parecido sólo unos cuantos días. Al principio, perdí por completo la noción del tiempo; los días y las noches se sucedían sin sentido alguno y sólo me obsesionaba la idea ridícula de volver a estar contigo; aunque sabía que era imposible.

Poco a poco me fui nivelando. Acostumbrarme a la separación no ha sido para nada fácil. La sensación de que todo dejó de importar al grado que mi cuerpo perdió peso y de que mi memoria ya solo conservó fragmentos de lo que habíamos vivido, sigue siendo inexplicable y cada vez más insoportable.

Hace un mes visité el edificio en que nos conocimos. No fue por masoquismo; disfruto de la idea de recrear ese primer día y quería recordar algunos detalles que he ido perdiendo. Fui un sábado para evitar que hubiera tanta gente. Sólo había un guardia en la puerta que me dejó pasar sin pedirme que me identificara. Fue muy raro ver los pasillos vacíos. Aunque era un día soleado, el lugar lucía sombrío. Una persona hacía labores de limpieza sin reparar en mi presencia. Me quedé un rato en una banca frente a los elevadores. No me animé a subir.

He perdido en parte la visión. Los objetos lejanos se me aparecen borrosos; no sólo eso, también me está costando mucho trabajo acordarme de cosas triviales. El otro día desperté en el reposet de la recámara y no supe cómo es que había llegado ahí.

Me aterroriza la idea de que un día todo recuerdo pudiera borrarse por completo. Por eso ya es momento de comenzar de nuevo. Te lo quería decir para que no te tome por sorpresa. Hoy que viniste a verme, en nuestro verdadero aniversario, sé que tenemos que dejar todo atrás y volver a empezar desde el inicio; desde que no nos conocíamos.

Sí. Lo decidí hace unos días cuando fui al panteón y vi que el pasto había crecido demasiado alrededor de la lápida. Luce descuidada; hay que pagar para que la arreglen. También hay que pedir que remarquen el nombre: No se alcanza a ver de quién es. Para serte sincero, ya no lo recuerdo y tu silencio me hace suponer que estás de acuerdo.

Paco Delgado

Septiembre de 2018

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 30 Octubre 2018 06:48

La desbocada / Diana Luz Soto /

  

 

La desbocada 

Diana Luz Soto

 

 

El origen de la palabra yegua se deriva del latín

“equus” o “equa” que significa femenino..

 

 

 

 

(Segundo lugar, del premio interno de cuento de la Escuela de Escritores de Veracruz Sergio Galindo de SOGEM)

 

A la yegua la conocí  en una fiesta una noche de viernes. Fue extraña la manera en que hicimos contacto. Llevaba el cabello todo amarrado, echado para atrás; pero vaya cabellera la que tenía esa mujer; abundante, vasta, espesa. Parecía la  frondosa cola de un caballo;  fue por eso que le apodé la yegua. Después la demás gente ya le llamaba así también, pero que a nadie se le olvide que fui yo quién le inventó ese apodo a la muy puta.

En fin, volviendo al punto; fue extraña la manera en que establecimos contacto por primera vez: yo estaba parado a un lado de la barra de las bebidas esperando al que el retardado que atendía me sirviera el ron que le había pedido desde hacía 20 minutos.

Mientras esperaba, ella llegó y se acercó al bar tender, se veía imponente. Me sentí ligeramente intimidado, sin embargo traté de actuar con naturalidad. Ella no paraba de hablar y hablar y carcajearse y manotear y de recargarse de cualquier hombre que tenía a la mano. Me pareció una mujer escandalosa y vulgar, pero por algún motivo había algo en ella que no me hacía repelerla del todo. Cuando estaba por irme de ahí, se las arregló para meter las puntas de su coleta en mi vaso, cuando se giró para ver qué era lo que pasaba, me pasó la greña por la cara dejándomela toda húmeda. En otras circunstancias yo habría reaccionado de manera agresiva, pero ésta vez mi respuesta fue diferente: solté una carcajada al ver su sorpresa y me pasé la mano por el rostro para secarme las gotas de agua. Ella toda apenada y en un intento desesperado por ayudarme, buscaba servilletas cerca y hacía ademán de querer limpiarme, pero no atinaba hacia dónde dirigir su mano y terminó soltando una risotada nerviosa y a carcajeándose conmigo también. Nos miramos por unos segundos y desde ese momento supe que sería mi crucifixión.

Aquello del accidente termino por convertirse en el pretexto ideal para terminar hablando el resto de la noche.

Hubo un  breve descanso a nuestra charla, ella se acercó al medio de la pista, sus nalgas lucían sensacionales, ameritaban un trofeo en definitiva. Se veían tan suaves y jugosas como un gran durazno gordo y maduro. Sus piernas no se quedaban atrás, eran inmensamente largas y firmes y sus muslos….- ¿Para qué hablar de sus muslos?- si es obvio que poseía el cuerpo de una venus latina.

Sus movimientos no podían ser más que sensuales, te incitaban de inmediato a querer ir hacia ella. Era como si cuando bailaba ella irradiara una fuerza magnética tan poderosa que no dejaba ninguna otra opción más que dejarte llevar por ella. Terminamos con los pies pulverizados de tanto baile y esa fue la primera vez en mucho tiempo que me sentía tranquilo y relajado.

Cuando estábamos fuera del lugar, la yegua me preguntó a donde iría.

-Voy a mi casa. –Respondí

- ¿Quiéres venir conmigo?

- Ay, lo dices en serio, es que no quisiera que pensaras mal de mí, yo no soy de “esas”.

- ¿Esas qué? le pregunté.

-Ay porque te haces tonto si bien qué sabes de que hablo.

- No entiendo exactamente a que te refieres.

….si hay una cosa que me repugna de las mujeres es que se hagan las mustias cuando saben perfectamente que es lo que quieren y que lo conseguirán. Esa conducta de disimulo permanente en la mujer me asquea. Eso o que se porten como mocosas cuando ya son unas adultas. Cómo sea, a fin de cuentas ésta sí que es MUY MUJER y así como estaba de borracha no podía permitir que se fuera sola. No quería ser el responsable de que terminara descuartizada en una bolsa de basura negra como alimento para los perros callejeros. Así que la tomé de la cintura y caminé con ella a mi lado, poniendo todas mis fuerzas y mi resistencia para que no se callera o se golpeara con algún poste.

Estaba por amanecer, pero el cielo seguía oscuro, se veía como un agujero siniestro, la calle estaba completamente solitaria. Estaba comenzando a lloviznar, así que tuve que acelerar mi paso y el de ella también.

Así fue durante el resto del camino. Llegamos a mi departamento y yo deseaba con las pocas energías que me quedaban que alguien me asesinara para ya no sentir el cansancio que sentía. Justo después de subir el último escalón fue cuando me vino ese pensamiento. Abría la puerta con una sola mano mientras con la otra hacía malabares para que la yegua no se me cayera. La empujé y la metí a ella a rastras, hasta el sillón y solo ahí fue cuando me di cuenta de que había perdido una zapatilla en el camino.

-Seguramente seré yo quien termine pagando por esa cosa-. Pensé.

Le estaba quitando los aretes y toda la porquería que traía colgada en la cara y de repente ella abrió los ojos, me miró como queriendo poseerme y de una, comenzó a besarme como si fuera el último beso que fuese a dar en su vida.

Pensé en abofetearle, pero la verdad me gustó sentir su saliva tibia y embriagante, me gustó su olor animal.

Le bajé las medias de un solo golpe y le apreté las nalgas casi al punto de exprimirlas. Ella comenzó a pasar su lengua con ligeros toques por la punta de mi pezón y fue en ese momento preciso que supe que era hombre perdido.

Me puso muy bestia sentir la temperatura de su cuerpo; era como si químicamente (en el sentido literal que se refiere al fenómeno químico) estuviéramos diseñados para hacerlo.

La muy sucia me pidió que le atara las muñecas y la pusiera boca abajo, mientras ella erguida me mostraba el mejor ángulo de su culo. CARNE, CARNE y más CARNE por donde quiera que mirara:

-¿Cómo un simple hombre mortal como yo podría resistirse a montar a ésta yegua desbocada?

La tomé de las caderas que desde lejos la hacían ver como un jarrón de porcelana china y luego la embestí. Comenzó a gemir. Después le di otra con más fuerza, puso cara de delirio, y la tercera… Esa sí que no se la esperaba…

*Sonó en la radio (por algún motivo había una radio ahí que no era mía) que el volcán de Acate nango en Guatemala acababa de hacer erupción y había aniquilado a la mitad de la población. La locutora tenía voz sensual y decía que era la erupción más fuerte en los últimos años, y que ésta había obligado a las autoridades incluso a cerrar el aeropuerto internacional. La mayoría de las víctimas murió de “asfixia por sofocación”.

Me levanté del sofá, me subí los pantalones y fui a lavarme las manos para quitarme toda la suciedad de encima. Me aseguré de dejar todo en orden y totalmente limpio. Me puse ropa nueva, busqué las llaves del apartamento, tomé a la yegua entre mis manos y la conduje a rastras hasta la entrada y luego la eché a la calle de un puntapié como quién quita una piedra del camino.

Él acababa de entrar al Royalty, era la primera vez en 9 meses. La yegua anda cojeando de la pierna izquierda y está fichando con un tipo de pelo cano. Trae un vestido parecido a los que se ponía antes, sí ese,  cuando no tenía ese horrible hoyo en el muslo izquierdo.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 30 Octubre 2018 06:09

Una cara de venganza / Waldo Contreras López /

 

Una cara de venganza

Waldo Contreras López

 

 

No podía sentirse más afortunado según él. Tiene una buena posición económica y un buen lugar en el gobierno federal. Se había encontrado con la mujer de su vida a quien conoció en su va y viene de oficial del ejército, en las calles de Dios quien siempre lo ha socorrido. La encontró a ella, investida en sus ropas de mujer soltera y con hijos y, con su orgullo tapándole una tristeza en su rostro; la encontró como mujer en ese cuerpo necesitado de caricias, en esos ojos queriendo encontrar un lugar en donde posar sus noches para cerrarlos a gusto y abrirlos con certeza; y se encontró a sí mismo en su necesidad de paz para una sola mujer y darle todo lo que él fue y es. No fue difícil a sus cuarenta y cinco años, había sobrevivido mal al tedio de las caricias eventuales en pueblos abandonados y ciudades desconocidas; no fue difícil además pues aquella mujer tenía ese “no se sabe qué”, aparte de ser hermosa con su rostro y con sus carnes aun macizas.

Era un profesional muy respetado entre su gente, valiente como pocos, justo como nadie. Certero con las armas y en decisiones para operativos militares importantes; colérico e implacable contra quienes consideraba enemigos de sus ideales. Se sentía afortunado sí, pues a pesar de haber traicionado a su escuela de hombre de honor colaborando a favor del crimen organizado esto le fue perdonado por sus superiores al matar de un solo disparo de rifle a uno de los capos más temibles por la milicia y por la sociedad.

Había recuperado lo único que valía la pena desde siempre y tenía que darle sentido a todo lo bueno que le estaba sucediendo en su carrera y sus ideales de hombre hecho y derecho.

La conoció en una fonda del mercado municipal de una ciudad del pacífico. Un lugar alegre ahí, bullangero y colorido siempre, un lugar en el cual una persona sencilla podía sentirse a gusto con tanta fiesta. A ella de inmediato le llamó su atención la buena percha y su mirar de hombre seguro, su poca palabra y sus ojos de venado melancólico color gris los cuales se perdían en sus ojos que eran como ver caer una triste lluvia.

Cada visita era más feliz y llegó el día en el cual se encontraron platicando sobre el futuro, tan serios, a la orilla del mar. Y llegó el día en el cual se vieron juntos compartiendo un mismo techo en un barrio populoso de la capital del estado.

Vicente apenas era capaz, y muy poco, de ocultar su felicidad: feliz en los desayunos, en las compras del supermercado; feliz en los operativos militares peligrosos, en las cenas en familia, en las noches de desvelo y desafueros carnales. A ella por su parte se le veía muy a gusto aunque a veces, en el despacio correr del tiempo en la cotidianidad hogareña se le veía pensativa, con el rostro en ocasiones en una mueca de coraje contenido; el daba cuenta de ello, la observaba taciturno y silencioso y entonces le preguntaba y ella le contestaba con desdén mal disimulado: “nada”, con sus ojos en un lugar lejano.

Y los niños eran felices sin duda, todos estudiando en escuelas de medio burgués, bien vestidos con sus ropitas de marca, bien comidos con buena despensa surtida y con lujos dignos de su clase:

videojuegos, televisores pantalla-plasma, Smartphone y tabletas electrónicas. No le amaban pero al menos le apreciaban.

Y un día de cumpleaños festejaban en un restaurante de mariscos de esos con instalaciones caras. Reían y disfrutaban todos juntos y ellos, de forma disimulada, se comían a miradas entre cucharada y plática.

Y de repente todo cambió, la niña mayor se puso pálida al tiempo que sus ojos se encontraban con los de su madre quien tenía el gesto crispado de odio, su mirada vibraba en modos extraños para él. Una mujer irreconocible.

-¿qué pasa mi amor? Te ves muy mal.

-no pasa nada –le contestó con desdén, como siempre, pero esta vez sazonado con mucha ira.

-¿cómo qué no? Te vez furiosa, algo malo pasa…

-ya deja esto por favor, no llames la atención…

El guardó silencio y buscó una respuesta en la niña mayor pero solo encontró su mirar en el plato de aguachile y su boca ceniza y temblorosa. Miranda estaba igual, pero con sus mandíbulas trabadas de ira. Los niños se hundieron en una tristeza bárbara para su edad.

Cuando llegaron a casa Miranda y su hija mayor se encerraron a llorar; él se quedó con los más pequeños viendo televisión; aunque estos últimos estaban más relajados notó que ambos miraban a la puerta del cuarto, como obedeciendo a una costumbre muy arraigada en sus almas infantiles.

Pasaron los días y él vivió en medio de una felicidad tensa la cual dependía mucho de los cambios de humor en su joven esposa. Y al paso de los meses la felicidad se le fue aguando inundada por las lágrimas cada vez más cotidianas de su amada y la desolación espesa que le provocaba su silencio.

Y un día fue ella quien ya no pudo más. Fúrica, asqueada y borracha del hastío de tanto negarle las caricias le gritó como jamás lo había hecho, le dijo entre llanto convulso que él era un hombre bueno, que lo amaba, pero que ya no podía más con el peso que estaba cargando sola y con mucho miedo. Él la tomó en sus brazos como tampoco jamás lo había hecho y hasta creyó que al fin volvían a recuperarse uno al otro: “a ver Miranda, cuéntame ¿qué es lo que te pasa?”

Y entonces ella le soltó el peso que traía encima desde meses atrás.

Y le hablo sobre su hermano menor, un joven de apenas veintitrés años, todo lleno de vida y alegría, todo pleno de ganas de ser alguien. Un joven locuaz y hablador. Un muchacho como muchos, quien buscando mejores oportunidades económicas se había vuelto sicario.

Ella le contó que ese jovencito había sido la última persona de su familia a quien en verdad amó como a nadie de su sangre, a parte de sus hijos. Le contó que ambos se habían cuidado desde chicos y compartían juntos la pena de ver morir a su madre en un accidente automovilístico que marcó para siempre a todos sus hermanos. Le dijo entre sus lágrimas cálidas y sus sollozos reposados que él siempre se perdía durante meses pero cuando volvía a quien primero buscaba era a ella y le llenaba el solar materno de música de banda en vivo, de comida la despensa y el refrigerador de carnes y los bolsillos de buen dinero. Pero sobre todo le llenaba de alegría su corazón, orgulloso de su pequeño hermano a quien veía como a un hijo. Era lo único que se tenían ambos, los que se procuraban el encuentro siempre.

Y le contó que una tarde soleada en la cual festejaban un aniversario más de la muerte de su madre llegaron a su casa un grupo de hombres armados preguntando por él. A ella y a sus hijos los postraron de rodillas y a su hermano lo golpearon hasta el desmayo y luego lo recargaron contra la barda del patio para fusilarlo. Ella le contó que les suplicó hasta la humillación que por favor no se lo mataran, que ese muchachoera lo único que tenía en el mundo y que era un gran hermano muy bueno y generoso. Uno de los hombres se quitó la capucha y le mostró su rostro picado de acné, su sonrisa burlona y llena de placer. Él le dijo:

“Este jovencito mató a mi padre y a mi hermana menor de edad, los mató con los ojos vendados, atados de pies y manos; los mató como a los perros siendo que ellos nada le debían. Este niño cobró seis-mil pesos por ejecutarlos de esa forma, vieja pendeja, cállate el hocico mejor ¿crees que lo voy a perdonar nomás porque tú lo dices? Ganas me dan de chingarte!

Le describió que el hombre alistó su rifle y le apuntó a la cabeza, la hija mayor se levantó para arrebatarle el arma a aquel despiadado para evitar la ejecución y fue derribada por un golpe de pistola en la cabeza.

Le contó también que el jefe de los sicarios le sentenció con burla y carcajadas: “mira lo que les pasa a niños cagados como este por andarla haciendo de huevudos matoncillos”, según le describió, su hermano le suplicó piedad con la voz quebrada por el miedo; ella seguía rogando postrada de rodillas y como respuesta escuchó el disparo y sintió claramente como la sangre de su hermano le salpicaba el rostro.

En los primeros momentos de su desmayo vio como el cuerpo del joven se derrumbaba decapitado por la fuerza de la bala enorme de mata-policías, y vio también a su hija desmayada, quien había tratado de nuevo arrebatar el arma al sicario con la valentía de sus quince años, con su mano izquierda hecha pedazos a causa de una bala.

Le contó que desde entonces no había podido encontrar la paz, que ya casi había olvidado las sensaciones abrumadoras de aquel día de pesadillas.

Y le contó que aquel día en el restaurante de mariscos vio entrar al verdugo de su hermano, de su hija mayor, de la mente de sus hijos infantes y de su corazón.

Le dijo que no podía dormir de miedo y que ya no podría vivir feliz pensando en la mirada burlona de aquel sujeto, aquel día domingo de fiestas.

Vicente se la tomó a la tranquila. Decidió darle lugar al tiempo para que ella olvidara su tormento. Los primeros días de aquella confesión trató con todas sus fuerzas que ella se refugiara en él, pero Miranda le fue agrandando el desdén, le fue tratando con desprecio y por último con odio. El también intento refugiarse en ella tratando de entender su propio dolor pero tampoco lo consiguió, su dolor no se parecía en nada al de ella.

Trato de refugiarse en los niños quienes también comenzaron a despreciarlo, después en horas de trabajo, en tardes solitarias de música ranchera y por último en el alcohol.

Y pasaron muchos meses desde aquel día. Y aquel hogar feliz del pasado ya solo era una casa fría, sin risas, sin patio de juegos y sin pista de baile para dos enamorados.

Y un día Miranda lo vio llegar en su camioneta, totalmente alcoholizado y con un brillo resoluto en sus ojos de borracho, sin alguna otra emoción en su rostro moreno. Lo vio dirigir sus pasos arrastrados por la tristeza hacia ella y le oyó decir: “vamos, tengo a tu hombre”. A Miranda se le iluminaron los ojos en un furor de loca. Vicente notó como la boca de ella antes petrificada por el enconado desdén ahora estaba transformada en una sonrisa horrible.

-vamos, lo tengo en la casa de tu madre allá en ese pueblucho.

-qué feliz me has hecho Vicente, jamás olvidaré esto que haces por mí y por mis hijos.

-me imagino Miranda, pero lo hago porque te amo, como todo lo que hice antes a tu lado.

Ella lo abrazó tan fuerte, tan febrilmente, que le echó su cuerpo a temblar. Luego ella llamó a los niños y les ordenó que subieran a la camioneta –vamos mi amor-le ordenó- es hora de que terminemos con esto.

“Terminemos”.

Se quedó pensativo un rato y le contestó: “sí, es tiempo de que esto se acabe para ti y para mí”.

Vicente se subió a la camioneta y abrió una lata de cerveza, encendió el motor y puso a sonar su disco preferido de música ranchera para relajarse: “vámonos, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada nomás nuestro amor”. Miranda tomó también una lata de cerveza, subió la canción a todo volumen y le lanzó una sonrisa feroz.

Llegaron a aquella casucha de pueblo, el solar materno de su amada hundido en el abandono. Ella se bajó con otra cerveza en la mano, ebria de una felicidad exagerada y contoneándose como hembra en celo. Cuando divisó al motivo de su odio postrado de rodillas soltó una carcajada sonora y tétrica la cual tuvo el poder de erizarle los cabellos de la nuca a Vicente. Miranda se plantó gozosa ante el antiguo verdugo de su familia, se burló de él mientras lo vapuleaba y lo escupía, luego tomó un enorme palo seco y empezó a golpear al hombre sin asomo de misericordia hasta dejarle la cara y la cabeza hechas una carnicería. Los niños evitaban ver con todas sus fuerzas la escena, horrorizados con sus ojos infantiles y temblando de miedo. Cuando Miranda se cansó de golpear a aquel sicario se volvió hacia Vicente, sudando a chorros, con el

respirar acezante y la mirada desorbitada le ordenó: “¡ya mata a este perro mi amor!”. Vicente observó a los niños que sollozaban sin atreverse a levantar los ojos para mirar aquella escena de espantos, luego miró a aquel hombre abatido a golpes suplicando por su vida y luego la volvió a mirar a ella quien le sonreía con maneras de hiena:

-llévate a los niños de aquí, Miranda-

-¡no! –le gritó furiosa- quiero que ellos también vean como muere este perro, que vean como se desangra igual que mi hermano, tal y como les tocó ver aquel día!

-estás loca Miranda, ellos no –le replicó Vicente con voz pausada y queda.

-¡estúpido poco hombre! ¿No tienes huevos o qué? ¡Mátalo! ¡Mátalo, pero ya culón!

Él la miró con tristeza para después abofetearla hasta dejarla en el suelo, luego se dirigió hacia los niños con paso lento y los desenmarañó de su abrazo, tomó al niño por los hombros y mirándolo a los ojos le dijo: “has algo por tu madre” y le puso una enorme pistola automática en sus tiernas manos. Miranda levantó la cara del suelo con la mirada perdida en una excitación de demente, se incorporó con su sonrisa ensangrentada, observó al niño y con voz temblorosa y siseante como la de las víboras le ordenó: “mátalo hijo, demuéstrame que ya eres un hombre, demuéstrale a este asesino y a este guacho apestoso quien eres”. El niño temblaba de miedo y pegó un fuerte respingo cuando escuchó el grito imperativo de su madre enloquecida: “¡mátalo!”. Juanito tragó saliva y apuntó el arma a la cabeza de aquel hombre, cerró los ojos y disparó.

Vicente escuchó el estampido de la bala sin inmutarse, vio caer muerto a aquel sicario sin ningún tipo de pesar en su corazón, oyó a Miranda carcajearse como loca, vio a las niñas quienes lloraban enlazadas de nuevo en un abrazo convulso, y vio a Juanito a quien se le iba la vista, perdiendo su cabeza en los vericuetos de su inocencia que empezaba a agonizar. Agachó la cabeza y dirigió sus pasos arrastrados de tristeza para alejarse de la visión caricaturesca de aquella escena, se subió a la camioneta y encendió el motor y la echó a andar despacito, alejándose de aquella casa. Pero a unos metros sintió el asedio del remordimiento y la cosquilla del deseo de volver por ellos, se arrepintió de inmediato y sacudiendo la cabeza para deshacerse de la pesadilla que aun presenciaba en sus pensares agarró una cerveza y la bebió con avidez; puso a rodar de nuevo la camioneta y de nuevo estuvo a punto de devolverse pues era que recordó había dejado su pistola en las manos del niño; y recordó la inocencia con la cual Juanito miraba el cadáver de aquel infortunado, y recordó el despacio llorar de las niñas abrazadas y casi le ganaba el corazón otra vez; se quedaba pensando si valdría la pena cuando escuchó otro disparo y los nervios se le crisparon como minutos antes.

Esperó escuchar la carcajada de Miranda, loca de furor ante una nueva tragedia en su vida pero en cambio pudo reconocer el llanto a gritos de los niños, y pudo reconocer el grito vociferante de la hija mayor quien decía llorando: “¡mamita! ¡No, mi mamita!”

Tragó saliva, trémulo de miedo y asco. Arrancó la camioneta, encendió el estéreo y empezó a sonar aquella canción que tanto le gustaba: “vámonos, donde nadie nos juzgue, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada”… y su mente retrocedió a los días en los cuales sus ojos de venado melancólico se perdían en aquellos mirares que fueron como ver caer la lluvia, cuando se hundía en aquella piel olorosa a jabón corriente, retrocedió con sus pensamientos hasta las tardes de días felices, los desayunos alegres, las compras amenas del supermercado, las cenas y los desvelos de desafueros carnales, las tardes de bailes románticos sobre la pista dominguera, los juegos de niños en el traspatio. Sonrió entre sus lágrimas y pensó que había valido la pena conocer a su amada como pocos hombres pueden conocer a una mujer. Acompañó al cantante en la última frase de la última estrofa de la canción: “nomás nuestro amor”; y luego se recargo en el volante de la camioneta para echarse a llorar como un niño.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

CUENTARIO BREVE E INOCENTE

por Agustín Monsreal

 

 

 

 

DESTINOS CELESTES

 

 

Era lo más parecido a Dios que yo había visto. Se parecían tanto. Como una estrella y otra estrella. Como un sol y otro sol. Eran idénticos; si acaso, Dios un poco más alto. Y un poco más serio, quizá. Ellos mismos, cuando estuvieron frente a frente, no sabían si creerlo. Pero sí, era evidente que sí. Hasta los propios ángeles estaban sorprendidos, confusos. De no haber sido por sus ropajes -Dios vestía un traje muy elegante-, la perplejidad hubiese resultado definitiva. Yo, sin embargo, conocía cómo distinguirlos: uno de los dos era infinitamente más viejo; uno de los dos olía a eso: a vejez. De ahí que cuando me preguntaron (nadie sino yo podía aclarar las cosas) quién era el impostor, lo señalé sin la menor duda. Sé que mentí, pero no tengo ningún arrepentimiento. Uno de ellos estaba de más en el mundo.

 

 

VIDA DE FRONTERA

 

 

Un hombre es detenido por la policía acusado de robar un sueño. Lo someten a un juicio que dura varios años. Lo despojan de su familia y de todos sus bienes. Con el tiempo, su esposa deja de lado la tristeza y se vuelve a casar; sus hijos crecen y lo olvidan para siempre. Durante los interrogatorios el hombre, con firmeza invariable, se declara inocente. Posee algunos sueños, en efecto, pero ninguno es mal habido ni puede calificarse de ilegítimo. Aunque nadie ratifica la acusación ni existe evidencia alguna en su contra, el juez lo encuentra culpable y lo condena. El robo de un sueño se castiga con cadena perpetua. Se trata de un delito mayor y, una vez dictada la

sentencia, no existe ninguna posibilidad de perdón. Nadie puede aspirar siquiera a una reducción de la pena.

El hombre todavía vive y a veces, a espaldas de sí mismo, sueña.

 

 

DESTINO QUE NO SE APARTA DE SÍ MISMO

 

 

Según me dijeron se trataba de una chica de alterne. O lo que es lo mismo, una tarifeña. O sea, una puta. A pesar de eso me enamoré de ella. O precisamente por eso. A mi edad un hombre enloquece sin mayores trámites por una mujer. Basta que se desnude un par de ocasiones frente a uno y ya estuvo. Por supuesto, uno es el que embrolla las cosas; ella lo único que hace es cumplir con absoluta lealtad los deberes de su oficio. En esto no había engaño, lo supe desde la primera vez que me ceñí en sus ingles. Yo pagaba un precio por el alquiler de su cuerpo y ella se esforzaba y me ayudaba a desquitar hasta el último centavo. Quizá debido a ese rasgo de entusiasmo me equivoqué, y confundí sentimientos con desempeño profesional. De cualquier manera -no quería apartarla de mi vida-, le pedí que se casara conmigo. Ella aceptó, con la única condición de que la dejara continuar ejerciendo aquella ocupación que era su dignidad y su destino. La dejé, por no llevarle la contra al orden cotidiano del universo. Y hemos sido, hasta hoy, la pareja perfecta, además de que vivimos de lo mejor gracias a los dulces frutos de su trabajo.

 

 

ENTRE CUERVOS TE VEAS

 

Rafael Sotero Rafael fue, a lo largo de su breve existencia, un autodidacta de la desdicha. Engendrado sin amor, aunque con un soberbio deseo, recibió cordiales reconvenciones por parte de sus padres para no nacer; él, sin embargo, persistió en su intención de venir al mundo y, en castigo, su madre no se resolvió a darlo a luz sino hasta el sexto mes de embarazo. No obstante su terquedad, y pese a su fealdad de mendrugo, sus progenitores le profesaron desde el primer momento un rencor espontáneo, inobjetable, definitivo. Sentimiento que él aprovechó para, precozmente, exiliarse en una incubadora. Cuando por fin lo reintegraron al seno familiar, evidenció una extraña tendencia hacia la crueldad: ineludiblemente, acompañaba los cantos y arrullos que le propinaba la autora de sus días, con una indecorosa música de labios traseros; asimismo, inventaba cólicos, infecciones, fiebres, vómitos, estreñimientos; una tarde, llegó al extremo de reventarse un oído para manchar de pus un ropón viejo que le había regalado una vecina. Así, hasta que cierto inopinado amanecer, llevado por su afán perverso y explotando a su favor un feliz descuido de sus padres, se plantó bocabajo en la cuna sin el menor remordimiento y se sacó de encima la vida por asfixia.

 

 

DIBUJOS A TINTA DEL CORAZÓN

 

 

No es cierto que todo sería igual. Si en este momento tuviese la oportunidad de volver el tiempo atrás, todo sería diferente. Si ahora, de pronto, en vez de tener 62 años tuviese sólo 20, mi vida y la manera de vivirla sería algo seguramente muy distinto de lo que es. Tendría otros intereses, otra visión de las cosas, otros motivos para permanecer de pie en el mundo, ya que la época -cualquier época- no es la misma para un hombre que principia que para un hombre que declina. Ningún hombre volvería a ser idéntico a lo que ha sido; nadie se repetiría a sí mismo

sencillamente porque las circunstancias a su alrededor tampoco serían las mismas. Y la gente, toda esa gente con la que crecí, con la que fui envejeciendo, con la que hice lo más entrañable de mi existencia, estaría de golpe tan distante de mí, que sería yo un extranjero total para ellos, no tendríamos ya un solo sentimiento en común. Imagínate qué desamparo, qué desolación, qué soledad sin límites esa soledad. ¿Y mi dotación de experiencias, mis alegrías, mis amores, mis sufrimientos? ¿Todo a la basura? ¿Todo a cambio de volver a empezar? No, gracias. El sueño de volver el tiempo atrás está bien como eso, como un sueño, pero nada más. Aunque, la verdad, nunca se sueña nomás así porque sí.

 

 

 

DEL CUADERNO DE PEPETINO

 

 

¿Cómo se las arregla Dios sin mujer? ¿Cómo le hace para andar sin nadie, sin hablar, sin unas manos donde calentar los huesos? ¿Quién le ayuda si se le mete una basurita en el ojo? ¿Quién lo cura con saliva si se raspa una rodilla? ¿Quién le unta besos en la frente cuando tiene fiebre? ¿A quién le echa la culpa de todo lo que le pasa? ¿Se enoja mucho si el domingo no lo dejan levantarse tarde? ¿Cuándo cumple años? ¿Piensa alguna vez que si se porta mal se puede ir al infierno? ¿En qué espejo observa su cara? ¿Se pone de genio cuando tiene hambre y sed, o es de los que se aguantan? ¿Qué opina de los alquimistas? ¿Tiene a María Callas para cantarle a El solito? ¿Dónde pasa las vacaciones de Semana Santa? ¿A quién quiere Dios, a quién necesita? ¿Hay alguien que realmente le haga falta? ¿Mantuvo los pies en la tierra después de que se hizo famoso? ¿No se aburre de su vida de nunca acabar? ¿Cuántas de azúcar le pone a su café? ¿Qué miedos se le ocurren cuando se va la luz? ¿Se

acuerda de todas las novias que tuvo? ¿Le ha pasado por la cabeza escribir sus memorias? ¿Qué va a decir en su favor el Día del Juicio Final? ¿Como qué cosas imagina cuando se queda en la luna? ¿Dios, que lo sabe todo, sabe todo lo que decimos de El? Y si nos está oyendo, ¿crees que me quiera contestar?

 

 

 

EDÉN OLVIDADO 

 

Escuché la voz de la mujer como desde otro tiempo:

"En ese hombre dejé la vida. A su lado me acabé todas mis ilusiones. Y él conmigo se enseñó a ser lo que fue. Sólo que un día hizo aquello que hizo y ya nunca volvimos a ser iguales. Ahora cada quien anda arrastrando su corazón por su lado. La sombra que le queda de corazón. Porque nos dimos completos y nos gastamos enteros uno al otro. Así era nuestro sino. Río que llega al mar ya no tiene regreso. Ahora cada quien rebota su tristeza por su rumbo. Y sus recuerdos. Porque ya no somos más que puros recuerdos. O acaso menos que eso. Vaya usted a saber."

Buscó refugio en un pedazo de silencio. Ya no podía ni con el lastre de sus piernas; ya no podía con su alma que le dolía tanto; ya no podía con esa historia de sí misma que se le iba haciendo cada vez más chiquita, como ave fugándose en la distancia. Luego agregó:

"Jamás he vuelto a verlo. Y ni para qué. Bastante tengo con mi memoria, que por una razón o por otra y sobre todo cuando estoy descuidada, me empuja a acordarme de él. A mirarlo como era antes de repartirnos la tarea inútil del olvido. Hace muchos años de aquello. Tantos como toda una vida..."

Entonces, un momento, cerró los ojos; pero yo tuve la impresión de que los cerraba para siempre.

 

 

CONFESIONARIO BREVE

 

Es muy raro que yo conteste el teléfono. Por lo general contesta mi mujer; o contesta mi hija. Aunque sea yo quien está más cerca; aunque sea yo quien lo tenga a la mano, ellas tienen que pegar la carrera para contestar. Y cuando estoy solo, y suena, detengo lo que esté haciendo, me pongo en estado de alerta, me le quedo mirando al aparato; pero no contesto. Me desespero, me angustio, me lleno de miedo; pero no contesto. Me siento el ser más desamparado del mundo. Cuento los timbrazos. A veces uno, dos, tres, y se acaba. A veces el sufrimiento se prolonga casi infinitamente. Me pregunto quién será quien llama, ¿por qué?, ¿para qué? ¿Será para mí la llamada? ¿Será algo importante, algo urgente? ¿Y si es una buena noticia? ¿Y si llaman de la escuela de la niña, por cualquier cosa? ¿Y si nada más se trata de una equivocación al marcar? ¿Y qué tal si le sucedió algo a alguien de la familia, una enfermedad, un accidente? Por el número de timbrazos trato de adivinar quién es, qué quiere. Trato de sentir si son timbrazos tristes, o ansiosos, o suplicantes, o tiernos, o desvalidos. A veces el aparato deja de sonar, y vuelve a sonar casi de inmediato, como si pidiese auxilio, como si estuviese jugándose la vida. No contesto, sin embargo. Y lo peor es que luego me quedo sin poder hacer nada largo rato. La culpa me atormenta, me acosa el arrepentimiento. Debí contestar. Pienso en algunos parientes y amigos que pudieron haber estado del otro lado de la línea. Apunto cuatro o cinco nombres y les escribo sentidas cartas ofreciéndoles disculpas por no haber podido responder a su llamada. Después de un

rato, siento que aquello es completamente ridículo y las rompo. Mas el malestar no cede. Y entonces cojo el teléfono y me pongo a hablarle a toda la gente que conozco. En ocasiones logro descubrir quién llamó, pero la mayoría de las veces me quedo con la duda y el remordimiento para siempre.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Martes, 30 Octubre 2018 05:37

SERVICIO AL CLIENTE / Aída López /

 

SERVICIO AL CLIENTE

Aída López

 

 

¿Dónde está el probador?, preguntó con cinco prendas en las manos al tiempo que se quitaba los lentes de sol y fijaba su  mirada felina en mi rostro.  Hasta ese momento supe que no era mexicana, quizá peruana o chilena. La conduje al pasillo donde estaban los probadores, -el que guste, todos están vacíos. Si necesita algo me avisa,- dije, y seguí con el inventario que no cuadraba. ¿Tendrá cirugías?, demasiado delgada, demasiado… Señorita, ¿viene por favor? ¿Puede subirme el zíper? Su espalda bronceada, sin marcas mostraba su gusto por la playa y por qué no, toples. Con cuidado deslicé el cierre evitando pellizcarla. Su mirada de gato me observaba por el espejo. Sonreía sin parpadear. ¿Te gusta?, preguntó al dar la media vuelta y quedar frente a mí. Le queda bien. ¿Y el escote? Sus pechos me incitaban a tocarlos. Contuve la respiración y la ayudé a bajar el zíper. Alcancé a ver el tatuaje al final de su espalda; una orquídea. El Chanel No. 5 me llevó al día que tuve mi primera experiencia con una mujer a los trece años. La maestra de biología, con el pretexto de explicarme cómo funciona la sexualidad, me tocaba las piernas. Estábamos solas en el laboratorio de la escuela, cuando tuve mi primer orgasmo, y de ahí muchas veces más hasta que otro maestro nos descubrió y vino la catástrofe con mis papas. Me llevaron a terapia por más de cinco años. La psicóloga aseguró que fue una etapa de indecisión, pero que ya estaba definida. Así lo creí.

Verás, mañana regreso a mi país y quiero llevarme un lindo vestido de tu tierra. Espero que alguno le agrade, pronuncié perturbada por el calor y mis pensamientos. La mujer, con su mirada y sonrisa, insinuantes dijo, -tendrás una buena propina. Volví al mostrador, ¿qué me pasa? ¿qué habrá sido de la maestra? ¡no me había vuelto a pasar esto!  Si papá viviera… ¿Me ayudas? ¡Voy! Me se sequé el sudor y acomodé mi cabello liberando el cuello que escurría.

Cuando llegué al probador, la mujer con toda intención, dejó resbalar el vestido por su cuerpo casi desnudo mientras clavaba de nuevo su mirada en el espejo que rebotaba sobre mí haciendo pedazos mis nervios. La escena me sorprendió. La firmeza de sus nalgas con un diminuto hilo negro develó mis deseos. Me humedecí. ¿Qué pasa? ¿Me ayudas a recogerlo?

Me incliné a levantar el vestido. Creí percibir el olor de su sexo.  El calor empañó el espejo ocultando mi ansiedad desbordada. La piel enrojecida, a punto de ebullición. Cinco años de terapia, se habían diluido como mi sudor en unos cuantos minutos.

Puedes retirarte, dijo con cierto desdén y corrió la cortinilla detrás de mi espalda ante mi huida. ¿Fue mi imaginación o tenía la misma expresión mezquina de la que fuera mí mentora? Pocas palabras. Miradas capaces de penetrar en  el resquicio del pudor de cualquier inexperta como yo.

Su desnudez desentrañó mi preferencia que la terapia había encubierto con un novio con el que no llegaría a ninguna parte. Deseé regresar años atrás y disfrutar sin culpas, cuando el laboratorio era el sitio ideal para experimentar eso que decían los libros. Ahora esperaba inquieta la voz del vestidor pidiéndome ayuda, pero ella no lo hizo, apareció segura y dijo:

-Me llevo uno-, y asentó en el mostrador las cuatro prendas restantes y un manojo de billetes mayor al costo de su compra.

 

 

*Aída María López Sosa (1964) nació en Mérida, Yucatán, México. Psicóloga. Estudió Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado en antologías internacionales y locales, blogs, periódicos y revistas. Miembro del PEN Club Internacional sede Guadalajara, Jalisco, México.

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Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

La gallina sin cabeza

Víctor Manuel Pazarín

 

 

 

Un día le torcieron el cuello a la gallina

de mísero plumaje.

JUAN JOSÉ ARREOLA

 

De pronto vio venir, en un vuelo sangrante, a la gallina que su madre había degollado hacía apenas un instante.

Enfermo de fiebre, y recostado en una cama de sillas que le habían acondicionado para que estuviera en la cocina, la madre habíale preguntado si quería comer caldo para ir al pequeño corral donde, en ese momento, la gallina picoteaba la tierra para encontrar lombrices.

Era un corral largo y angosto. Estaba allí el lavadero y una pileta donde el agua recibía los primeros rayos de sol que bajaban desde la montaña: se asomaban desde una alta barda de adobes.

Desde abajo se miraban las ramas de los pinos plantados en el caminito que iba hacia el barrio de Cristo Rey.

La casa era la última de una calle cerrada. Por el caminito de pinos se iba primero a unos tanques donde se acumulaba el agua de los manantiales que bajaban de los bosques de la montaña. Allí se alzaba, en una esquina, un árbol de clavellinas que deslumbraba siempre con sus flores rosadas con aspecto de aves de un paraíso a punto de desaparecer...

En todo eso pensó el niño justo cuando el vuelo de la gallina se acercaba a él.

Ante la respuesta del hijo enfermo, de si quería comer caldo, la madre tomó una olla y la llenó de agua; luego la puso a calentar en la estufa de petróleo. En seguida fue al corral donde se hallaba la gallina. Al sentir la presencia de la madre, la gallina se inquietó y ella, la madre, tuvo que perseguirla hasta atraparla.

Para no alejarse del hijo, la madre comenzó su faena. Frente a él la colocó en el piso de tierra y la tomó de la cabeza. Abatió sus alas dispuestas enteramente juntas y tomó un cuchillo para cercenarle el pescuezo.

El escándalo del ave se abrió como la carne y brotó como la sangre. Los borbotones mancharon el suelo. Al poco tiempo la gallina dejó su intento de zafarse y se fue quedando calladita.

El silencio fue enorme. Y los ojos del niño, abiertos desmesuradamente, grabaron la escena con fidelidad.

Quieta, muy quietecita, la gallina se desvaneció cuando los estertores se acabaron. Sus alas, ya tiesas, se relajaron hasta encontrar la inmensa quietud de la muerte.

Por la fiebre, el niño no supo si lo que había visto —y veía— era uno de sus delirios por la enfermedad. Vino entonces a su memoria una historia que la madre había contado no hacía muchas noches.

La oscuridad de la casa apenas la alumbraba la débil luz de una veladora dispuesta al centro del cuarto donde dormían todos.

En la madrugada, la madre sintió que la lucecita de la veladora parpadeó. Un suave viento hizo que se distrajera de su serenidad y se hizo movible: fue de un lado para el otro y el pabilo se ennegreció hasta que el humo se volvió oscuro como umbrío estaba el dormitorio donde vio a sus hijos y a su marido dormir tranquilamente.

Sólo ella percibió que la luz dejó de ser brillante y serena. Levantó un poco la cabeza de la almohada y dirigió la mirada hacia la puerta que daba a la cocina y luego al corral. Estaba cerrada, protegida por una tranca. No obstante, de pronto vio una silueta que atravesó la puerta cerrada. La aparición la miró y, pronto, se dirigió hasta su cama. La madre enmudeció y se quedó paralizada. Aunque gritaba, lo que afloraba de sus labios era un profundo y angustioso silencio. Luego la aparición espectral —¿hecha de luz y sombras?— se fue a parar junto a ella, al pie de la cama.

Un rostro sin rostro. Pero ella, la madre, sintió su persistente mirada. No dijo palabra alguna, solamente dejó caer su pesadez en ella.

Así permaneció un largo tiempo. La madre la miraba sin poder gritar. Luego, de manera súbita, la presencia se fue alejando con lentitud dándole la espalda. Justo en el momento en el que iba a cruzar la puerta cerrada volteó y allí permaneció un largo momento.

La luz de la vela se inquietó más. De pronto parecía que se apagaría porque la oscuridad era total. Se apagaba y se volvía a prender. Hasta que se fue aquietando la llamita y alumbró nuevamente el cuarto.

Vio entonces la madre que la silueta se perdía poco a poco, hasta que desapareció. Cuando pudo se levantó. Fue hasta la puerta que estaba sellada, atrancada por el madero. Entonces la madre se desvaneció al centro de la oscuridad.

Volvió en sí; no narró el suceso sino pasado largo tiempo, como la anécdota de un cuento de miedo para sus hijos.

El niño vio a la gallina sin cabeza levantar el vuelo. Permanecía, afiebrado, recostado en la cama de sillas, cubierto con una frazada.

Del charco de sangre, donde estaba el cuerpo y la cabeza separada, el ave se incorporó. Extendió las alas y se elevó por el aire, después de una breve carrera en la cocina.

Del cuello la sangre se derramaba en el piso de tierra dejando un caminito de huellas que pronto encontraron la cobija. Allí cayeron sordas y brillantes ante la desmesura de los ojos del niño. La madre había ido hacía un instante a apagar la flama de la estufa de petróleo donde borboteaba el agua ya caliente y dispuesta para que entrara la gallina, poder desplumarla y, luego, cortarla en partes y hacerla caldo.

Las gotas de sangre de pronto cayeron en el rostro del niño. Su mancha se derramó lentamente justo cuando el vuelo de la gallina surcó su cara. Un grito alertó a la madre. Levantó los brazos y alcanzó a la gallina en pleno vuelo. La trajo entre sus manos y, de inmediato, la colocó en la olla de agua hirviente para después venir a donde estaba el niño y limpiar la sangre de su rostro.

En el suelo, la cabeza de la gallina yacía con el pico abierto. Sus ojos se habían cerrado.

La fiebre del niño se agravó. En sus devaneos —causados por la alta fiebre— veía venir una y otra vez hacia él a la gallina.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Jueves, 25 Octubre 2018 05:05

Sin encabezado / Gwenn-Aëlle Folange Téry /

Sin encabezado

Gwenn-Aëlle Folange Téry

 

 

 

 

No encuentro como platicarte lo que pasa, lo que veo.

No hallo palabras contundentes, imágenes fuertes.

No hay ni piruetas fáciles, ni sarcasmos potentes.

 

Hace unos días, aparecieron, así se dice, aparecieron 6 cuerpos decapitados y 3 cabezas.

No supe si quedaron acoplados de a 3 cuerpos enteros y 3 descabezados para la eternidad, o si ninguno se conocía desde endenantes. Que no es lo mismo 6 y 3 que 3 por un lado y 3 por otro.

En cuanto bajo la guardia veo cabezas rodando por las calles, calles que van cuesta abajo, y veo sus ojos estallar bajo los golpes, por las piedras del camino, claro.

Y se pinta la luz de sangre.

Alcanzo a pensar que si esas cabezas llevan tiempo cercenadas, la sangre no mancha, ya se ha de haber coagulado. Lo que he perdido son las palabras, no la cordura.

 

Y cordura no me falta al imaginar una posible línea de reconocimiento de los occisos, por aquello de que acá los asesinados son presuntos delincuentes, siempre. Lo de los daños colaterales ya no se menciona en nuestro país.

Veo cabezas empaladas y cuerpos crucificados, no se vayan a ser víctimas de una presunta caída…

 

 

¿Sabes cuántas veces empecé a escribir hoy?

6.

Y 3 encabezados diferentes.

 

Ya de esos muertos del otro día no se habla.

No sabemos siquiera si a los muertos, presuntos padres, hijos, hermanos, delincuentes, desaparecidos, asesinados ya los enteraron o cómo.

¿Ataúdes? ¿3 y 3, o 9?

¿Bolsas negras? ¿Chicas o medianas? Porque grandes no, si las cabezas se pueden acomodar perfecto entre las dos piernas de un cuerpo que no tiene cabeza, pero que sí fue la suya, presuntamente…

Se antoja, sabes, platicarte también

De niños baleados

De padres atropellados

De mujeres violadas

Tanta muerte.

Tanto espanto.

 

Tú… Tú me interrumpes, una vez y luego otra.

Con risas y juegos. Flores en las calles, en las que no ruedan cabezas, estrellas por la noche y viento, viento recio que me despeina.

Entonces dejo de escribir.

 

Pero dime.

Dime puta vida, ¿lo tuyo es resiliencia o es indiferencia?

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Jueves, 25 Octubre 2018 04:52

GOD HATES US ALL J. M. Lecumberri

 

 

GOD HATES US ALL

J. M. Lecumberri

 

Drones since the dawn of time

Compelled to live your sheltered lives

Not once has anyone ever seen

Such a rise of pure hypocrisy

I'll instigate I'll free your mind

I'll show you what I've known all this time

SLAYER

 

Un alegre y lúcido viejecillo afincado en París por más de treinta años, sale de su pequeño departamento en la rue de l’Odéon, como todas las noches para dar un paseo , dejando tras de sí una estela de insomnio.

Esta vez, el anciano se encuentra con algo que lo hunde en una sombría revelación: el tráfico infernal de una metrópoli sobrepoblada, miles de coches atascados en las callejuelas y avenidas, detenidos por horas, en trayectos interminables. Un espectáculo grotesco.

Tras esa experiencia, Cioran llega a una sublime y terrorífica sentencia: “todo lo que el hombre crea se vuelve en su contra…”, piensa para sí mismo.

Vivimos en una época de no muy diferente a aquél París de los años setenta, una época que ha ido rumbo a peor, ciertamente. Una época en la cual el pensamiento de ese viejo alegre y pesimista está más vigente que nunca.

Nuestro mundo, ahora dividido, casi por la mitad, entre lo real y lo virtual, sigue generando maravillas que, tarde o temprano se volverán en nuestra contra, como alguna vez lo hicieron, el fuego, la religión, el acero, las leyes de Newton, la energía nuclear, la literatura, el cine, el petróleo, la medicina, la ecología y un sinfín de ideaciones, inventos, artefactos, disciplinas, concepciones, máquinas que el hombre ha dado a luz y desarrollado en el seno de una civilización cada vez más enclenque, ñoña, cursi y hueca, una generación de monas Instagram, leñadores de aparador y budistas de medio pelo.

Contrario a lo que el genio-ingenuo de Schopenhauer y Nietzsche nos hiciera pensar, Dios no ha muerto, muy por el contrario, está más fuerte, más vivo, más presente que nunca y nos odia a todos.

Dios extiende sus órganos por todas nuestras instituciones, desde la iglesia (obvio) hasta la biotecnología y las salas de espera de la seguridad social, pasando por los orfelinatos de donde obtiene sus víctimas más preciadas, hasta las fosas clandestinas donde gusta ver arder nuestros frágiles cuerpos putrefactos. Dios es el anti Cuerpo sin Órganos, es el deseo de la muerte del deseo en estado puro: la Razón iluminista y moral.

Dios está vive en los corazones de cada activista esperanzado por su causa, en cada rechazo de uso de un popote, en cada perrito rescatado en las calles, en cada linchamiento contra un violador, en cada aborto, en cada opinión estúpida que proferimos libremente por alguna red social, en cada

pensamiento trasgresor, en cada iPhone X, en cada orgía, presidiendo en cada concierto de Black Metal, con su disfraz de chivo macabro.

Carl Sagan hace alusión a la increíble suspicacia de una secta cristiana de los Estado Unidos que, había prefijado la fecha del apocalipsis en el año 1914 de nuestra era.

Cuando dicho apocalipsis no ocurrió, la secta declaró algo insospechado, eminente: ellos afirmaba que si después de 1914 nosotros seguíamos aquí es por que Dios se había llevado a los justos y no nos había elegido a nosotros, que el apocalipsis efectivamente había sucedido y que ahora vivimos todos en un mundo postapocalíptico. Dos guerras mundiales después e infinitas guerras locales de horríficas proporciones (Sierra Leona, Líbano, Siria, Afganistan, Vietnam, Korea, Haití, Croacia, México, etc.), no considero tan descabellado lo dicho por aquellos fanáticos religiosos.

La violencia necesita ser reinventada. El propio Cioran aseveraba que la inteligencia es esencialmente violenta. ¿Afirmación gratuita? No lo creo.

Pensemos en el ecofacismo de Pentti Linkola, un idiota finés que propone acabar con todo el tercer mundo para hacer espacio a los occidentales primermundistas, saneando el planeta, establecer controles natales de máximo un hijo por pareja (él tiene tres hijos), propone abandonar la tecnología y volver a la naturaleza, como si nada hubiera pasado. Sueño tentador, he de confesarlo. Una especie de Doctrina Monroe con esteroides bálticos. Vale la pena mencionar que este tipo es un héroe de la intelectualidad nórdica.

Si por algo se ha caracterizado todo el linaje indoeuropeo, en todas sus formas, es por su cerrazón, intolerancia, ambición y brutalidad. Irónico que los tengamos ahora por seres superiores y de gran cultura cívica, una especie de elfos decadentes.

Peor volviendo al meollo del asunto, nuestra generación está ávida de sueños guajiros, de masturbaciones mentales, de las tetillas del Dios veneno que nos amamanta y engorda para luego cosecharnos de las formas más crueles. En la cursi subcultura Dark, el negro representa un luto infinito, una actitud de vitalismo inerte, un oxímoron de la realidad ramplona, simple y grosera: el hombre es un ganado.

En cambio aquellos que viven con levedad, según dijera Epicuro, los dioses, aquellos que según él ni siquiera nos notan (cuán equivocado estaba el bonachón hedonista), ellos son los artífices de nuestra desgracia, los creadores de tanto y tanto sufrimiento y nosotros somos las máquinas usadas para dispersar ese sufrimiento y convertirlo en orden, en universo.

Ellos nos odian a todos, han estado presentes desde el inicio de nuestra civilización, como lo dijera Deleuze: “el Estado (Urstaat) no fue inventado, nació con la humanidad” y todo lo que está dentro de sus sistemas y algoritmos es una ilusión, tanto para bien como para mal. Su ideología, su moral, su arte, su música, su poesía, todos barrotes de una prisión invisible. Yo mismo, más de lo mismo.

¿Qué nos queda?, tratar de destruirlo todo, caminar, resignados, hacia una extinción voluntaria, ¿salvar al planeta? ¡Vaya estupidez! Si no puedes ni salvarte a ti mismo, que no te llenen el cerebor de mierda pietista y ecocursilerías. Creamos una isla de plástico en el Pacífico y es hermosa ¡una verdadera obra de arte! El ser humano no sirve más que para la generar sufrimiento y destrucción.

EL planeta no nos necesita para salvarlo, simplemente se deshará de nosotros cuando así lo considere (Gaia-James Lovelock).

Pero ¿y toda la generosidad, los actos desinteresados de bondad? La parte más cruel de un sistema que requiere equilibrar sus fuerzas para mantenerse avante. “Dominar a otros es fortaleza. El dominio de sí mismo es el verdadero poder”, dice Lao Tse. Vivimos un mundo en el que el poder de lo virtual nos ha exiliado de nuestro centro interior, vivimos en un mundo de doctrinas de autoconocimiento y viejas sabidurías convertidas en coaching y merchandising.

Sales a correr diez kilómetros en un bosque agonizante en medio de la ciudad colérica y patibularia y sientes que ya te conoces a ti mismo, que te amas y te dominas, ¡pues no! Sigues siendo un autómata, un vástago de Nike y tu jodido iWatch, pero qué se puede hacer, matan cientos de mujeres todos los días, las matamos todos, todos somos responsables, todos matamos a niños palestinos y a indígenas huicholes, todos somos asesinos sin armas, criminales marionetas. “whatever works” dice un personaje de Woody Allen.

Eres vegano y te sientes superior a los omnívoros porque no haces sufrir a animalitos inocentes por la necesidad de alimento creada artificiosamente por una industria desvergonzada. Eres feminista, incluyente, delicada en el trato con los demás, una verdadera ser humana, llena de vitalidad y pureza. ¡Bien, aun así no sirves de nada! Una serie de efectos adversos se generan por el simple hecho de tu presencia en este mundo. Nuestra simple existencia afecta y deteriora la existencia del resto de las criaturas. ¿Por qué? ¿Qué clase de sistema subsiste a base de la tortura, la injusticia y la crueldad? Pues de esto nos alimentamos todos. Nadie es inocente. Nadie es especial. NO hay un elegido. Las doctrinas de los elegidos (cristiana, islam, judía, buidista) son todas igual de pusilánimes y falsas. Dios nos odia a todos por igual. La compasión es la más sucia de todas las vanidades, pues nos hace creer que es posible sentir el dolor de los demás, ayudarlos y, lo que es peor, librarlos de un dolor que es genético, que todos llevamos inscrito en nuestra codificación más radical.

Nietzsche pensaba que el mundo valía la pena sólo como fenómeno estético. Quizá por eso hacer arte sea tan doloroso. Insignificantes criaturas tratando de darle sentido a un sistema universal caótico: “Con la ayuda de la piedra de un Caósofo, encontré a la Diosa Eris Discordia en mi glándula pineal (en el Canal Cósmico Número Cinco), y desde entonces he sabido las respuestas a todos los misterios de la metafísica, metamística, metamórfica, metanoicay metafórica…” dice el Principia Discordia, una religión que se mofa de las religiones y , sin embargo, resulta el más serio atentado en contra del sistema del Dios nefasto, de la dualidad y del redencionismo religioso y ateo (ambos, igualmente estúpidos).

Una vía caótica en un mundo en los albores de un Nuevo Orden.

El Principia, continúa: “Jesús no era el hijo de Dios en lo absoluto sino –como Él dice en la biblia, una y otra vez –, Él fue el Hijo del Hombre. Realmente, Su Misión era advertirnos y prevenirnos acerca de Dios – una computadora robot cargada con armas láser, ubicada en una estación espacial, enviada para regular o destruir la humanidad”

 

 

Si dormiste fuera de una tienda de Mac, para gastarte lo que ganas en una año o simplemente tu cheque de la semana en un iPhone, no eres cool, simple y sencillamente eres un idiota más de todos los idiotas que abarrotan este mundo. La violencia necesita ser reinventada, una violencia espiritual sin cuartel, dirigida por la discordia, el caos y la creatividad. Una violencia que no tema destruir todo lo que se opongo a su misticismo, a su vertical de ascensión rizomática, hacía mundos delirantes.

Una violencia artística, que no genere muerte sino vida.

Una inconcebible violencia que nazca del amor. Pero, eso del amor sigue siendo muy ambiguo, muy ingenuo, quizás.

Hablemos de deseos.

 

++++FIN+++

Publicado en ZONA DE DESASTRE
Jueves, 25 Octubre 2018 04:44

CUATRO ENCUENTROS / Roberto López Moreno /

 

 

CUATRO ENCUENTROS 

Roberto López Moreno

 

 

   -Los poetas rompemos esa aparente cerrazón del presente. Aunque no nos publiquen, aunque los editores o comerciantes de libros digan que no se vende la poesía -¿Cuándo se ha vendido realmente?; lo digo con bisemia, en un doble sentido-, ella entra despacito por debajo de las puertas, de los vidrios, de las ventanas, y se queda tranquila. Así la poesía es fisura y rompe con esa aparente confusión interminable. Aparentemente, ya lo he dicho en otra ocasión, las palabras fax o stock han reemplazado a la sílaba preciosa. Pero sucede que la poesía se hace con palabras y las palabras tienen sílabas. Los poetas silabeamos el mundo y al silabear respiramos y hay un neuma ígneo, como diría el viejo Heráclito, que funciona ahí.

   -Siempre he dicho que este es el premio de conversar contigo; siempre se aprende algo, y además, teniendo la belleza como pupitre.

   -Bueno, esa gentileza tuya…

   -No es gentileza, siempre hemos sostenido los amigos, allá en México, que conversar contigo establece dos líneas paralelas, la primera…

   -Espera, no sigas, en este caso deja que te explique…

   -Sé lo que digo y los “cuates” allá están de acuerdo con mi afirmación.

   -Sólo que esta vez…

   -Esta vez has vuelto a hablar como siempre; estaríamos apartándonos de lo usual si no.

   -Sólo que esta vez –y es lo que no me has dejado que te explique-, lo que escuchaste no son palabras mías.

   -¿Cómo…? Sí ahí estás tú, como siempre, rompiendo la “aparente cerrazón del presente”.

   -No, Daniel…

   Daniel se detiene, grueso todo él, de cuerpo y de espíritu, atento a lo que trata de explicar el poeta Villaseca.

   -Estas palabras son hechas  mías, claro, pero son palabras que escribió Gonzalo Rojas para una contraportada de este joven poeta que te presenté hace unos minutos.

   -Mario…

   -Sí, Mario, quien recopiló el trabajo de siete jóvenes de su taller literario para integrar el libro que saludó Rojas de esa manera

   -Mario, sí… el muchacho que saludamos hace rato, Mario, ¿Mario qué? 

   -Nandayapa, el apellido es legítimamente chiapaneco, esa palabra en español quiere decirarroyo verde.

   -Nan-da-ya… pa.

   -Sí, Mario Nandayapa, de hecho doctor ya, el doctor en letras Mario Nandayapa; vino a hacer su doctorado aquí a Chile, y las palabras que dije las escribió Rojas para la contraportada del espléndido libro organizado por Mario con la obra de sus siete talleristas, y aquí vuelvo a tomar las palabras de Gonzalo: “libro donde siete poetas maduran lentamente en la caída vertiginosa de la palabra bajo el sabio consejo de Mario Nandayapa que, como Virgilio, conoce el infierno más que el paraíso”.

   -Otra vez los poetas chiapanecos. Y de las chiapanecas, qué me dices de las chiapanecas.

   -Bonita pieza, internacionalizada desde hace mucho.

   -Y luego de la broma, qué.

   -Rosario Castellanos.

   -Indudablemente, pero me acabas de presentar a Nandayapa…

   -Sí, sé de lo que preguntas; hay varios nombres, Yolanda Gómez Fuentes, las hermanas Trejo Sirvent, Clara del Carmen Guillén, Marirroz Bonifaz, y otras de auténtica calidad literaria…Margarita… Alegría da en verdad constatar esta continuidad luminosa.   

      El poeta Juan Bautista Villaseca y el doctor Daniel Martínez Montes conversan en el interior de Il Bosco, el viejo, el tradicional, el clásico Il Bosco. Aquí, estas paredes fueron testigo de aquellas bohemiadas en las que se reunían poetas y periodistas de izquierdas y derechas, todos en el mismo hervidero.

   -Sí Daniel, precisamente me acaban de contar una escena que me hubiera gustado gustar en plena plenitud. Me relataron de cuando la poetisa Estrella Magín, aquí mismo, en una noche delirante, dio a gustar de sus senos al escritor Vicente Parrini y a otro poeta amigo suyo, prendidos ambos de cada exuberancia, como si Rómulo y Remo hubiesen sido a las orillas ya no del Tíber, sino del propio Mapocho. Los tres, succionadores y succionada, perfectamente ebrios. Ah, por qué las dichas nos llegan siempre a medias. Por que gozarlas a través de un relato es gozarlas a medias.

   -A medias y a destiempo.   

   -Aquí mismo me relataron apenas, otro episodio que me pareció muy de la Morada de Paz. Un periodista de apellido Inostroza escribió acremente sobre un poeta de nombre Hernán Cañas, calificándolo de “poeta menor”. Cañas se lo encontró en la barra y se dio a insultarlo. “Folletinero” era lo menos que le vomitaba con desprecio. “Vulgar folletinero” le espetaba junto a un nutrido rosario de agravios verbales de todos los calibres. Llegó el momento en el que Inostroza no aguantó más y se dirigió iracundo al que le insultaba; con un severo puñetazo obsequiado entre madre y oreja -como se dice en México- hizo que rebotara el cuerpo del vociferomanoteador, primero sobre una mesa y de ahí sobre dos sillas, derribándolas estrepitosamente; el periodista insistió sañudo sobre su presa para instalarle otro soberano marrazo, tan descomunal, que hizo que el cuerpo de Cañas volviera a alterar la posición de otra de las mesas con todo y el sillerío correspondiente. Luego, en medio de aquella contundencia, alcanzó al maltrecho Cañas, lo tomó de las solapas y ante el asombro colectivo lo levantó por los aires para azotarlo sobre el suelo. Algunos creyeron que lo había matado. Ante el humillado cuerpo, desmadejado sobre el piso sanguiñolento, Inostroza todavía se dio el tiempo para arreglarse la corbata, tomar del brazo a la mujer que lo acompañaba y salir del local, erguido y displicente. Iba saliendo Inostroza cuando los parroquianos escucharon cómo desde el suelo, desde un cuerpo perfectamente deshilado, se rehacía la furibunda voz de Cañas para gritar rencoroso, con mayor encono aún: “¡Folletinero!”. “¡Así es como huyen los cobardes!”.

   Ríe Martínez Montes de buena gana. –Tienes razón, es toda una escena digna de la Morada de Paz.               

   El poeta Villaseca, acaba de dar en la Universidad Católica una conferencia más de su serie sobre la vida y la obra del mexicano Ramón López Velarde. Ahora, la conversación de él y Martínez Montes ya rueda por la Alameda, ya recorre las dúas cuadras que los separan del cerro Santa Lucía, ya asciende, ya retorna a la barra en donde se encuentran los dos amigos que han viajado desde México, cada uno traído por su propio vértigo de imágenes.

   -Yo, Juan Bautista Villaseca, tiendo una vez más el velo inconsútil, ahora en tierra chilena, para intentar de nuevo la captura de los fantasmas lopezvelardeanos.

      -Yo, Daniel Martínez Montes acudo aquí, a Santiago, a la invitación que se me hizo para un encuentro internacional sobre espiritismo; quién sabe a quién se le ocurrió invitar a un viejo cascarrabias para que viniera a refunfuñar sus cosas sobre el tema; quién sabe quién les dijo que ese viejo cascarrabias era yo.

   Conversan los dos con entusiasmo, de pie, frente a una barra que mantiene frente a ellos dos tazas humeantes. Los dos celebran el haberse encontrado de manera tan sorpresiva a tantos kilómetros de su lugar de origen.

   Rebosan con su entusiasmo los interiores de Il Bosco, frente a la iglesia de San Francisco, entre San Antonio y Estado. De día se reúnen aquí algunos poetas y periodistas; de noche toda esta atmósfera se vuelve densa y hasta peligrosa. No en vano acerca de esta zona escribió Nicolás Guillén: Cerro Santa Lucía/ tan culpable de noche./ Tan inocente de día. Guillén. Guillén. La plazoleta en donde se encontraba la ex Pérgola de las flores, se llena de patines taloneando el oficio, ahí mismo, donde la gente aborda la micro para dirigirse a sus hogares hacia el oriente de la ciudad.      

   -Así que a eso viniste, a un encuentro internacional sobre espiritismo, don Daniel.

   -Quítale el don, porque suena a campana.

   -¿Sabes una cosa?, siempre que me hablan de espiritismo, pienso que el poeta es una especie de médium potestativo.

   -Si utilizara la tiptología por movimiento ahora, con un golpecito sobre la barra te diría que sí, con dos, que no; así es que asiento a tu expresión y sólo doy una vez con los nudillos, ¿qué te parece?

   -Un tanto adulador, como siempre, cuando digo algo.

   -Si te molesta, daré dos veces sobre la mesa y de aquí mismo me  arranco a Rancagua y tú a Valparaiso y se acabó.

   Los dos ríen estentóreamente.

   -Yo también tuve trato alguna vez con espiritistas –dijo Villaseca- y eso de la tiptología no era tan simple, conocía el procedimiento de otra manera…

   -Sí –interrumpió Martínez Montes- si se le asignan a cada letra del alfabeto cierto número de golpes, se pueden obtener palabras completas, como en el juego de la ouija, pero los espíritus más desarrollados prefieren comunicarse por medio de la psicografía.

   -Ah, de nuevo el cerebro y la palabra, escrita o no, con la imaginación en medio. De nuevo la poesía.

   De la Alameda llega un aroma a fresco abriéndose paso entre la polución ambiental.

   -Poesía es la que todo lo crea desde el cerebro del hombre. –Insiste Juan Bautista.

   -Sí, porque finalmente como dices, y aunque te “moleste” que esté de acuerdo contigo, la poesía está en lo que tocamos, en lo que respiramos. En medio de un mundo tan abrupto se vive paralelamente el mundo de la poesía sin que nos percatemos de que ahí está, presente en todos nuestros actos y que también actuamos dentro de ese mundo.

   -No “también”, sino que actuamos dentro de ese mundo. Cuando nos salimos es cuando sobreviene la tragedia apresurada por el primate.  Y ahí ha estado también, en la estrepitosa hecatombe de Troya y ahí estuvo, en los ensangrentados canales de Tlatelolco, cuando el derrumbe del universo mexica y también en el Tlatelolco del siglo XX.

   -Y ahí estará, en el derrumbe de nuestro universo todo.

   -Pues… sí… la falta de poesía no sólo destruiría la tierra… ¡Claro!, también el universo, pues, ¿en dónde estaría entonces el hombre para dar fe de que el universo existe…

   -Ajá… un marxista recurriendo a los sofismas del obispo Berkeley…i

   El halo de la Alameda aletea lívido, álgido.

 

 

 

SEGUNDO ENCUENTRO

 

 

   En medio de la conversación enrojece el ocaso. Martínez Montes le propone a quien para él es uno de los poetas mexicanos más importantes del siglo XX, que se encuentren al día siguiente para aprovechar la estadía de ambos en Santiago; “¿en qué sitio?” pregunta Villaseca. “¿En dónde puede ser?”, responde el doctor Martínez Montes, “antes de venir a tu conferencia sobre don Ramón me enteré de que aquí, en esta ciudad tan al sur de la nostalgia, la Casa del Escritor lleva el nombre de Ramón López Velarde, precisamente”.

   Horas después los dos amigos conversan en los interiores de la Casa del Escritor. Un caserón antiguo, ubicado prácticamente en el Santiago histórico. En este segundo encuentro, la ráfaga de aire atraviesa la Plaza Italia y rodea a los conversadores después de haberse paseado tan campante sobre las aceras de la calle Simpson.  

   -¿Y no sabes por casualidad si López Velarde era espiritista?, acuérdate que se decía que Madero lo era y que bajo esos influjos se lanzó a derrocar a don Porfirio. La gran fuerza del espiritismo se inició en el siglo XIX, tiempos que a ellos les tocaron muy de cerca.

   -Yo diría más bien, que López Velarde no era espiritista, era espiritualista.

   -Bueno los literatos, no por serlo, están tan lejos de algunas prácticas del espiritismo, y hasta se podría decir de algunos escritores que… –se dirige a Villaseca con cierta sorna y abunda- Conan Doyle, mientras escribía las aventuras de Sherlock Holmes, asistía por las noches a complementar con su presencia las cadenas fluídicas e incluso llegó a practicar la pneumatografía.

   -De qué se trata eso.

   -Fácil cosa, sobre un retrato, sobre el medallón del fallecido al que se quiere contactar, sobre su tumba misma, dejas un lápiz y un papel y al cabo de un tiempo regresas para ver el mensaje que haya dejado escrito.

   -Ah, -interrumpe Villaseca en torno burlesco pero afectuoso- buen procedimiento para darle oportunidad al poeta fallecido de hacer el poema que tenía pensado antes de morir y que ya no pudo rayonear en su cuaderno.

   -Ayer que me presentaste a… a Nandayapa, pensé en lo poetas chiapanecos escribiendo allá en sus selvas cada vez más taladas, a la orilla de sus ríos, cada vez más contaminados. Pensé en ellos, en sus paisajes. No sé si te acuerdes de Paz Lócera –evocó Daniel mientras llegaba a ellos una nueva onda del viento-: “Señor,/ aquel caballero triste/ que a cambio de amargura/ un ánfora le diste/ repleta de esperanzas/ de amor y de ternura,/ aquel que en tu santuario/ lloró todas sus penas/ contó todas sus cuitas,/ llevar el rostro enjuto/ nuevamente le he visto,/ nevados los cabellos/ los ojos sin destellos/ y con el alma en luto./ Pues, Señor,/ para aquel caballero triste/ el ánfora que tú escogiste/ estaba rota”.

   -Buena memoria –apunta Villaseca.

   -Nunca como la tuya –asienta Martínez  Montes.

   -Oh, los elogios mutuos…

   -Bueno, pues salió a colación porque esto que acabo de recordar es una de las tantas versiones de El ánfora rota, de las demás versiones, en Chiapas todos los que las repiten dicen que la suya es la verdadera. Entonces se me antoja que alguien estuvo practicando la pneumatografía para darle oportunidad al autor a que regresara del más allá a corregir una y otra vez su poema.

   Como si en ese momento estuviera llegando de muy lejos, cortando abruptamente el tema, Villaseca dice con tono de interés, “así es que esta es la Casa Ramón López Velarde, la Casa del Escritor…”

   -Así es, se inauguró el 17 de septiembre de 1963, con un discurso de Pablo Neruda.

   -¿Cómo es que lo sabes?

   -Porque eso dice la placa de ahí enfrente –Responde Martínez Montes con sonora carcajada.

   -Se inauguró con un discurso de Pablo Neruda… creo haber leído algo de eso.

   -¿Otra vez a presumir de la memoria de elefante?

   -Si de eso se tratara, te relataría ahora mismo…Obregón… Vasconcelos… sí, te lo contaré ahora.

   -A ver, a ver…

   -Se trata de una anécdota con relación a López Velarde que repetía el poeta Rodolfo Mier Tonché, refiriéndose justamente a las memorias fotográficas, esas a las que llamas memorias de elefante.

   -Escucho mi querido Juan.

   -Resulta que cuando falleció nuestro poeta, el entonces secretario de Educación Pública de México, José Vasconcelos, le informó al presidente Obregón: “acaba de morir López Velarde”. Obregón, como todo buen político mexicano, no tenía muy claras las dimensiones del reciente fallecido, entonces sólo se le ocurrió preguntar “¿Y…?”. Vasconcelos abrió el libro que llevaba en la mano y repuso: “el que escribió: Yo que sólo canté/ la infinita partitura del íntimo decoro,/ alzo hoy la voz a la mitad del foro,/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo/ para cortarle a la epopeya un gajo… Al darse cuenta Vasconcelos del interés que había despertado en Obregón decidió leer completo el largo poema. Cuando terminó Obregón mandó a reunir a su gabinete y ya frente a ellos les dijo con gesto compungido y ceremonioso: “les he mandado a llamar para informarles que, lamentablemente, hoy murió el poeta López Velarde”, y continuó, “aquel que dijo: alzo hoy la voz a la mitad del foro/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo, para cortarle a la epopeya un gajo./ Navegaré por las ondas civiles con remos que no pesan/ porque van/ como los brazos del correo chuan/ que remaba la Mancha con fusiles./ Repetiré con una épica sordina,/ la patria es impecable y diamantina…”, y ante el desmesurado asombro de Vasconcelos, repitió el poema casi completo. Eso es memoria mi querido Daniel. Eso sí es memoria, lo demás son… tú ya sabes.

   -Y al hecho de repetirme completa la cuarta de forros del libro de Nandayapa ¿cómo se le puede llamar? –Repuso Martínez Montes agitando frente a Villaseca el enorme corpachón que normalmente cubre con una gabardina blanca.

   -Eso es algo efímero.

   -Eso es memoria.

   -Es algo efímero. –Insiste Villaseca con su rostro ovalado, sonriente, con una sonrisa que le achina los ojillos con cierta picardía.

   -Pero ahora… ibas a decirme algo sobre el discurso de Neruda.

   -Te digo que creo haberlo leído por las fechas en las que se inauguró este recinto.

   -1963.

   -La poesía de López Velarde ha ido de alambique en alambique destilando la gota justa de alcohol de azahar, se ha reposado en diminutas redomas hasta llegar a ser la perfección de la fragancia. Es tal su independencia que se queda ahí dormida, como en un frasco azul de farmacia, envuelta en su tranquilidad y en su olvido. Pero al menor contacto sentimos que continúa intacta, a través de los años, esta energía voltaica. Ninguna poesía tuvo antes o después tanta dulzura, ni fue tan amasada con harinas celestiales. Pero bajo esta fragilidad hay agua y piedra eterna. Cuidado con engañarse. Cuidado con superjuzgar este atildamiento y esta exquisita exactitud. Pocos poetas con tan breves palabras nos han dicho tanto y tan eternamente, de su propia tierra.

   -No… ching… -Martínez Montes con cara de asombro.

   -Pues sí, creo que lo recordé.

   -¡Son las palabras del discurso!

   -Unos parrafillos nada más.

  -Es que no puede ser posible…

   -No es nada del otro mundo Daniel, recuerda que soy chileno y mexicano al mismo tiempo. He estado en contacto siempre con estos textos. Ya te he platicado que mi padre era un destacado cirujano chileno, hombre de gran cultura; de niño me impresionaba y ahora que lo recuerdo me impresiona más. Yo nací en la ciudad de México, de madre mexicana, también de buena memoria, pero de él heredé la profesión de médico y la tonelada de libros que se llevó para allá… y que los leía ¿eh?, me consta que los leía.

   -…Por eso esas disertaciones tuyas sobre Huidobro… Sobre Neruda…

   -Crecí con ellos, leyendo sus obras, así como crecí leyendo las obras del “tal don Ramón”.

   -Oye, se me ocurre… ¿y si organizáramos una sesión espiritista con la gente que me invitó al encuentro y los hacemos conversar a los tres, Ramón, Vicente, Pablo?

   -Qué interesante que pudieran hablar los espíritus de los poetas, traerlos al más acá.

   -Varios lo trataron de hacer. Te diré, tengo una lista de no pocos poetas que creían en todo esto del espiritismo. ¿Empezamos?

   -No, déjalo así, seguramente que eran plagiarios en potencia que querían ver cómo se aprovechaban del más allá.

   -Y no sólo los poetas        

   -Algunos…

   -También científicos como Edison y otros de esa talla

   -Y algunos…

   -¿Y si pudiéramos hablar con Nicanor, por ejemplo, aquí mismo, sobre la costra terrestre?

   -Inténtalo y después de tu conferencia me platicas qué te dijo.

   -Es mañana, a la misma hora de tu última cátedra sobre el poeta.

   -Regreso dentro de dos días a México, quizá mañana nos podamos ver y platicarnos cómo nos fue a cada quien. Citémonos en algún punto.

   Acuerdan el sitio en el que se encontrarán mañana. Saben que si parten del norte, que si del sur, que si de cualquier punto, sus pasos representarán inevitablemente la unidad de este vasto territorio que empieza desde el Río Bravo, que empezaba desde mucho más al norte y que tierra se extiende más allá de los océanos.

   Palabras cúlmines del discurso de Neruda sobre López Velarde: “En la gran trilogía del modernismo es López Velarde el maestro final, el que pone el punto sin coma. Una época rumorosa ha terminado. Sus grandes hermanos, el caudaloso Rubén Darío y el lunático Herrera y Reissig, han abierto las puertas de una América anticuada, han hecho circular el aire libre, han llenado de cisnes los parques municipales, y de impaciente sabiduría, tristeza, remordimiento, locura e inteligencia los álbumes de las señoritas, álbumes que desde entonces estallaron con aquella carga peligrosa en los salones.

   “Pero esta revolución no es completa, si no consideramos este arcángel final que dio a la poesía americana un sabor y una fragancia que durará siempre. Sus breves páginas alcanzan, de algún modo sutil, la eternidad de la poesía. Isla Negra”.     

 

 

 

TERCER ENCUENTRO

 

 

 

   Una sombra espera en una esquina de Monjitas. La otra, la de Martínez Montes, se acerca, pesada, sobre la acera de Enrique Mac-Iver. Los dos amigos se saludan con un abrazo y echan a andar. Parten de Mac-Iver y Monjitas. Los dos se adivinan los pasos; son sus últimas horas en Santiago y ambos saben sin decírselo que se dirigen a la Plaza de Armas, atraviesan por lo ancho la Cerrada de Doctor Dusci, después San Antonio, Phillips, hasta alcanzar Paseo 21 de mayo para entrar a la Plaza. Pueden continuar sobre 21 de mayo que luego cambia de nombre, y ya sobre Estado cruzar Merced, Paseo Huérfanos, Agustinas, Ramón Nieto y llegar a La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Deciden hacer pie en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia.

  -Probablemente no dejé una buena imagen con los congresistas de esta mañana. –comenta Martínez Montes- Pero bueno, no creo que hubieran esperado de mí otra cosa cuando me invitaron.

   -Es algo efímero –repone Villaseca con su cara ovalada, risueña, dueña de una ligera burla cariñosa.

   -Mira, poeta, a ustedes, los que sufren esa locura de inventar un mundo paralelo al que ya existe y se atreven a querer vivir dentro de él, escapándose de la realidad…

   -No es cierto, es cuando más reales somos, los irreales son los que creen que son ellos los que viven en la realidad, porque permanecen dentro de los esquema rígidos de las condiciones a que han sido sometidos culturalmente.

   -Bueno, pues se trata de que hoy en la mañana les hablé del escapismo, más bien, del gran escapista que fue Houdini.

   -El mago Houdini. El gran Houdini ¿Y qué relación tiene Houdini con el congreso de espiritistas?

   -En que él fue el gran detractor de los mitos, trucos y engaños que inventaron los espiritistas, desde las hermanas Leah, Kate y Margaretta Fox.

   -Sí, las canadienses aquellas que timaron a centenares de neoyorkinos ingenuos… 

   -Desde ellas, consideradas en la segunda década del XIX como las madres del espiritismo, hasta ese gran embustero, Daniel Dunglas Home, verdadero embaucador de las buenas conciencias. Les hablé de hombres de ciencia como Lombroso, que fracasaron al intentar descubrir los montajes de los que se “conectaban” con el más allá.

   -Entonces tenía que ser un gran héroe del escapismo, un gran actor, un ilusionista del mayor efectismo, un autor de trucos más elaborados que los de los otros…

  -Claro, así fue, el gran talento de Harry Houdini hizo quedar en ridículo las artimañas que habían dado tanta fama a conocidos escénografos del espiritismo como aquella famosa señora Guppy, o la bella Florence Cook, o Katie King, o Eusapia Palladino… tantas y tantos…

   -Pero veo con regocijo -otra vez aparece la sonrisa ovalada de Villaseca- que tus compañeros de mesa no te colgaron…

   -Me escapé por uno de los ventanales que dan para Las Condes, explica Martínez Montes bromeando.

   -Deberíamos tener en todas partes un Houdini para los asuntos políticos, otro para los religiosos, otro para los económicos, otro para los policíacos, otro para los deportivos… y así… ir desenmascarando charlatanes. Un mago para cada caso que desnudara farsantes en todas las actividades.

   -Y entonces andaríamos todos encuerados, bueno… menos los poetas…

   -No habría necesidad de ningún Houdini para nosotros, los poetas estamos acostumbrados a encuerarnos solos…

   -Del alma… del alma…

   -De todo.

   -Y así, encueraditos del alma… y de todo… siguen inventando cada cosa que hay que echar mano de nuestra mejor buena fe para creerles, como aquel episodio que platicaba Nazario Chacón Pineda sobre un tal general Charis de por el rumbo de Juchitán. Así, ¿quién le puede creer a los poetas? –Pregunta Daniel en una actitud de fingida polémica.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado… -Rememora Villaseca.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado, según Chacón Pineda…

    -…antítesis del abstemio, ante quien Baco se queda como aprendiz de bohemio.

   -…cuando viril todo él, pecho inflamado de heroísmo, pidió un último deseo al comandante que daba órdenes al pelotón. “Quiero dirigir mi propio fusilamiento”. El comandante accedió. En el frente el pelotón en un flanco el comandante. Entonces Charis levantó la voz marciana y ordenó: “¡Preparen armas! Se oyó el cerrojazo múltiple de los fusiles. Vino la segunda orden: “¡Apunten!”. Los soldados se pusieron en posición de disparar. Entonces entró en juego la astucia forjada en mil batallas. Charis, dio dos órdenes como relámpago: “¡Flanco derecho!” “¡Fuego!”. El proyectil del soldado que se encontraba en el extremo derecho del pelotón penetró entre dos costillas del costado izquierdo de su comandante; el soldado que le seguía, le dio al primero en la nuca; el que le seguía le dio al segundo en la nuca; el que le seguía le dio al tercero en la nuca; el que le seguía le dio al cuarto en la nuca; el que le seguía… Comandante y pelotón se aniquilaron en un segundo.  En una sincronización perfecta. Hubo una segunda sesión de tiros, más bien uno sólo. El último del pelotón se suicidó. Disciplina militar, ni duda cabe, cumplida ejemplarmente. El general Charis se retiró del paredón, tan fresco él, a memorizar el suceso para sus nietos cuando los tuviera y que algún buen espiritista lo quisiera traer a él del más allá para contárselos.

   -¿Eso decía Nazario Chacón Pineda? Sí, eso decía.

   -¿Y así quieren los poetas que se les crea? –Reclama Daniel sonriente.

   -Si así lo contaba -y así se lo oí muchas veces- ten por seguro que así pasó. –Repone Villaseca, ceremonioso.

   Lo narrado les recuerda irremediablemente las plazas de armas de las ciudades mexicanas, por donde rodaron también muchos episodios revolucionarios.

   -Esto de las plazas de armas. –Evoca Villaseca- ¿Te acuerdas de aquel fragmento de Miguel N. Lira, en el Corrido de Catarino Maravillas?

      -A ver si es esto: “Ciudad de bandera al aire/ y calma presidencial;/ El Sagrario, los Portales,/ el Palacio Nacional,/ el Zócalo, en el que cabe/ la más recia tempestad…”                      

   Pueden caminar unas cuantas cuadras más, hacia La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Pero prefieren conversar en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia. Mañana, uno de los dos volará a temprana hora. ¿Quién retornará al tiempo? ¿Quién a la distancia?

 

 

CUARTO ENCUENTRO

 

 

   Martínez Montes ha decidido viajar del Aeropuerto de la Ciudad de México a la Morada de Paz, como lo hacen por costumbre todos los que llegan de viaje y que forman parte de esa cofradía. Antes de ir a sus hogares pasan a saludar a los amigos en ese punto bohemio de la capital mexicana, en la Calle de los Donceles.

   Llega a la Morada. Lo primero que le da en el rostro como una fuerte pedrada, es la noticia de que anoche falleció el poeta Juan Bautista Villaseca y que durante el mediodía de hoy ha sido sepultado en el panteón de San Isidro, en Azcapotzalco.

   -¡No puede ser!, grita sintiendo que se encuentra agarrado apenas por un ganchito de la razón.

   -Sí, venimos de enterrarlo –explican los reunidos: el pintor Carlos Humberto Valencia, el poeta Nazario Chacón Pineda, el periodista Renato Leduc, el compositor Alberto Elorza; la muralista Aurora Reyes, el cronista Villela Larralde, la folklorista Concha Michel, la periodista Magdalena Mondragón, el guitarrista Helguera… el político… la historiadora… el dramaturgo… el actor… el caricaturista…Venimos de Azcapotzalco, venimos de darle sepultura.

   -¡No! –Exclama en el desconcierto total Martínez Montes-. Eso no puede ser, lo acabo de dejar en la ciudad de Santiago, fue a Chile a dar una serie de conferencias sobre López Velarde.

   Todos lo miran como si hubiera perdido la razón, como si el ganchito al que todavía se agarraba se hubiera desprendido ya de la cordura.

   -Anoche conversé con él en la Plaza de Armas de Santiago y un día antes estuvimos en la Casa del Escritor y un día antes tomamos café en Il Bosco.

   -¿En Il Bosco? –Interroga el periodista Ernesto Carmona, chileno que se sabe su tierra de memoria.

   -¡Sí, en Il Bosco, ahí tomamos café y platicamos por varias horas.

   -Pero si Il Bosco hace tiempo que no existe, más de veinte años, quizá, o más, mucho más. En ese lugar hay ahora pequeños comercios sin gracia y en frente el Plaza San Francisco, de una transnacional hotelera. –Explica otro chileno ilustre, Víctor Pey, editor de El Clarín, el diario izquierdista de Santiago.

   -Pues ahí estuvimos, ahí platicamos Villaseca y yo hace apenas unas cuantas horas; ¡Ahí estuvimos, mientras ustedes estaban en la luna o quién sabe en dónde!

   Martínez Montes deja a sus amigos sumidos en medio de una profunda mortificación. Todos se sienten preocupados por él. Él se encuentra aturdido total, como si flotara en otra dimensión. Se ve tan real la actuación de todos. Pero, qué caso tiene esta representación de tan mal gusto. Sin embargo ellos, dan detalles precisos del cortejo, del ataúd… de las oraciones fúnebres…

   Ahora está sólo, encerrado en su biblioteca. Confundido. ¿En qué momento enloqueció el mundo? Cuando regrese Villaseca de Chile le platicará de esta mala broma que le están jugando: piensa que para entonces todo será risa y él le mentará la madre a cada uno.

   De uno de sus libreros toma un título de Villaseca; lo abre con lentitud; se detiene; recuerda algo del diálogo con Juan Bautista en el interior de Il Bosco.

   -Y tú, ¿nunca has sentido tentación por acercarte aunque sea un poco a eso del espiritismo?

   -No, de la poesía nace todo y todo vive y muere en ella.

   -Yo también creo en eso.

   -Hasta que la poesía misma muriera. Entonces sí acabaría todo, menos el dolor, éste seguiría vivo, unos cuantos segundos más, como dolor-reflejo, dolor-fantasma, hasta que la poesía resucitara necesariamente para cerrarle piadosamente los ojos.

   Vuelve a recordar la macabra broma de sus amigos de la Morada de Paz. Macabra broma o demencia o ¿qué?...

   Ahora sí abre el libro; busca aquellos versos que Villaseca le escribió a Neruda. Lee en voz baja: “Era como la tierra, una argamasa/ sin picaportes para la alegría,/ alquilaba sus huesos, se dormía/ como un limón soltero que se casa./ Yo lo miraba herirse en esa gasa/ que cobijó en un beso la agonía,/ venía obrero del dolor, venía/ capitán de una lágrima a mi casa./ Una tarde dejó aquel equipaje/ de distancias. Se fue silbando el viaje…”

   De pronto se percata de que sobre uno de sus hombros Villaseca también lee el poema. Concluye en voz alta lo que el otro leía tenue: …como los ferroviarios que se van…/ Un vaso entre los bares quedó ausente./ Y le decía el océano lejamente:/ “te olvidaron los puertos, capitán”.

   Martínez Montes cierra el libro con fuerza y se vuelve a su amigo, con gusto, con sorpresa, con asombro, lleno de dudas, de profundas interrogantes… Frente a él tiene el rostro de su amigo, ovalado, sonriente, con la misma sonrisa maliciosa que le achina los ojillos.

   -¿Pasaste a la Morada de Paz? Has de estar enterado ya…

  -¿De qué?

   -De tu muerte. Tuvieron el pésimo gusto de jugar con tu posible muerte en Chile.

   -Es algo efímero. –Responde Villaseca.

   -Es que todo lo han hecho tan real…

   -Más pendejadas…

   Martínez Montes se deja caer sobre un sillón de cuero verde; verde, quizá como el color que Villaseca dice que tiene la muerte, cuando juega a conversar con ella. Está fatigado, próximo al desvanecimiento. Villaseca se dirige a él con cierta dulzura:

   -Salgamos, te hará bien, aquí se percibe un ambiente asfixiante.

   Daniel acepta mecánicamente, como si no fuera dueño de sus propios movimientos, dejándose llevar hilachadamente por su amigo, quien con una mano lo sostiene –el cuerpo de Daniel parece haber perdido su ostensible peso- mientras con la otra abre la puerta. Los dos amigos salen a la calle. Con pasos casi imperceptibles abandonan la Plaza de Armas y se deciden sobre Monjitas, abandonan el Paseo 21 de mayo; cruzan Phillips, San Antonio, la cerrada Doctor Dusci hasta alcanzar Enrique Mac-Iver. Ahí se detienen. Es el momento de separarse. Las dos sombras se dan un abrazo. Una de ellas prosigue su dirección sobre Monjitas. La otra, se pierde sobre las aceras de Mac-Iver. Las calles de Santiago parpadean. La noche guarda aromo sabor a viento.       

                                            

 

 TONADAS Y AJEDREZ

 

Nadie sabe –por lo menos en el mundo ajedrecístico de ahora- que Capanegra fue un magistral ajedrecista de origen cubano. Desgraciadamente su nombre no aparece en ninguna de las antologías que se han editado en el planeta sobre el tema. Toneladas de papel impreso han viajado por el mundo relatando partidas increíbles de los más destacados jugadores pero en ninguna parte se habla de las hazañas de Capanegra, quizá por que no obstante su capacidad estratégica, nunca trascendió el ámbito local. Si por lo menos –ya que contamos con la existencia del álgebra ajedrecística- hubiera un testimonio de sus asombrosos cierres, de sus audaces aperturas (el orden de cierre-apertura es solamente para sugerir la curva de la espiral), pero nada de eso existe; en cambio, se sigue repitiendo en las páginas impresas la “Ruy López”, la “Siciliana invertida”, la “Defensa Caro-Kann”, la... en fin, que su talento fue y es un desperdicio en nuestra contra. Lo que ha trascendido es que Capanegra se sentaba frente al tablero, frente al contrincante, frente a la expectativa, y antes de su clásica apertura peón uno caballo rey, peón uno alfil dama, él, amante de la música, iniciaba, como nunca antes se había escuchado en ninguna parte, su silbido peculiar, dibujando en el aire los primeros compases del “Gloria” de Vivaldi. Para cuando Capanegra alcanzaba más de la mitad de la propuesta vivaldiana, la partida se encontraba muy cerca del jaque mate a su favor o del abandono de la misma por parte de un contrincante nervioso, alterado al máximo, seguro ya de su pronta derrota. Una vez sucedido cualquiera de los dos finales previstos, el “Gloria” de Vivaldi montaba en una algarabía impresionante, como un himno mayúsculo en glorificación de la victoria. Fue pasando el tiempo y cada vez se sumaban más y más los deslumbrantes triunfos del gran Capanegra. Se desfloraba en el aire el “Gloria” de Vivaldi y los adversarios iban cayendo uno a uno sobre un tablero cuya cuadrícula en alternancia blanca y negra se volvía sólo negra, como rendido homenaje al entenebrado apellido del inevitable triunfador. Capanegra únicamente jugaba al ajedrez y silbaba la excelencia de Vivaldi; se había desconectado del mundo, se había concentrado tan sólo en la gran felicidad que le proporcionaba el éxito invariable de las combinaciones producidas por su genio. Desconocía cómo rotaba y transledaba el orbe sobre el que fraguaba el diseño de sus partidas. ¿El mundo?: sólo él, su tablero y el “Gloria” de Vivaldi, y si acaso, apenas, el desdibujado rival que desde antes ya sabía su derrota. El tiempo transcurría y nada ni nadie alteraba su atmósfera, esferada de las aperturas más disímbolas, de jaques al rey, gambitos, enroques largos y cortos, capturas al paso, torres y caballos en fragor de combate, alfiles y peones en arteras avanzadas, sacrificios estratégicos, audacias inesperadas... y al principio y al final el “Gloria” de Vivaldi. Desconocía los acontecimientos que le rodeaban y hasta la historia misma de los grandes maestros que le habían antecedido en el llamado juego-ciencia-arte. Siendo tan virtuoso ajedrecista nunca supo de las glorias del doctor Lasker, de la existencia de Alexander Alekhine, del maestro Morphy, de Botvinnik, de Petrosian, de Roberto Martín del Campo, del poeta Sergio Armando Gómez. Qué lejos había estado de conocer partidas como la “Inmortal” de Anderssen o de planteamientos mortales como la “Lanzadera” que entre México y Yucatán creara el maestro Torre Restrepo. Él siguió ganando partidas e ignorando el mundo. Había nacido para las dos cosas y las dos las hacía más que bien. Cuando le dijeron  que existía un campeonato mundial de ajedrez  y que a nadie más que a él, al imbatible Capanegra, le correspondía ser el campeón del mundo, su “Gloria” de Vivaldi se volvió más luminoso. Pero a veces la dicha viene aparejada con la desgracia, y así fue como supo también que él no iba a ser el más grande campeón del mundo de origen cubano, que antes que él había existido otro inconmensurable campeón de los ajedrecistas y que el planeta todo lo conocía y reconocía con el nombre de Capablanca. Entonces, Capanegra fue cayendo -irrefrenable vertiginio- en la más profunda depresión. Se encerró en su casa de Camagüey y ya no quiso hablar con nadie. Algunos dicen que cierta noche en vez de su tradicional “Gloria” de Vivaldi le oyeron silbar en forma más que lastimera la “Marcha Fúnebre” de Federico Chopin. Al día siguiente lo encontraron muerto, irremediablemente muerto, o sea, muertísimo, con un agudo alfil blanco clavado en la mitad del pecho.                                    

                                                         

 

                               

                         

 
www.robertolopezmoreno.com
Publicado en La nave de los locos
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