LILIA CENOBIA RAMÍREZ CARRERA

LILIA CENOBIA RAMÍREZ CARRERA

LILIA CENOBIA RAMÍREZ CARRERA (LILITT TAGLE), ORIZABA, VER.

Ha publicado: Por aquí pueden pasar, Las ruedas de San Miguel, Ciudades que habito, Perros de otoño, Voluntades cotidianas, El alma de la caña, La mujer que dividió el tiempo, Flores del Cosmos, Retratos de Aromas.Ha sido antologada dentro y fuera del país. En 2017, obtuvo el 1er lugar del 1er Concurso "Erradicando la violencia contra las mujeres", convocado por PAIMEF del INDESOL y ARCOIRIS, A.C., la 1er Mención Honorífica de los XXXI Juegos Florales de Coatzacoalcos; 2016, 3er lugar Concurso Interno de Poesía entre Miembros de la Academia Literaria de la CDMX, A. C.; 2009, Mención Honorífica del Premio Nacional de Poesía Tuxtepec Río Papaloapan; 2008, 3er lugar Juegos Florales Nacionales de Papantla. Columnista de El Mundo de Orizaba desde 2010. Ha sido invitada a leer su obra en la Casa Museo Zenobia Juan Ramón en Moguer, España, en la Fac.de Letras de Córdoba, Argentina y en numerosos sitios nacionales.

 

 

LILIA CENOBIA RAMÍREZ CARRERA 

ESPECTACULAR

 

Atardecía el sábado inmerso en un calor inclemente cuando, enmarcados por la conocida algarabía jarocha (cuchicheo, brindis con vasos de unicel llenos de cerveza, risas, voces altas), la pareja se aproximó a nosotros empuñando un bote donde la madre recogía limosnas. Al acercarse, advertí que el hijo, quien venía colgado de su brazo, era invidente. Ambos venían vestidos pobremente pero en la madre se notaba más lo andrajosa, quizá era por sus cincuenta y tantos años mal llevados. También era visible en ella la ascendencia de la tercera raíz, como es común en el Puerto de Veracruz, signo que se reconoce sobre todo en lo rizado del cabello y el grosor de los labios, sin omitir lo oscuro de la piel. El muchacho frisaría los treinta y tantos, su camisa floreada caía sobre unos pantalones bombachos de valenciana, lo cuál delataba su antigüedad. Llevaba el cabello corto y no puede decirse que estuviera despeinado pero tampoco lo contrario. Ambos dieron una ronda, pidiendo ayuda económica, alrededor de la Plazuela de la Campana y fueron a sentarse al conjunto de mesas donde departían nuestros vecinos, quienes amablemente nos habían ofrecido dos sillas que retiraron a una distancia prudente de ellos sin dejarnos lejos de la pista, donde las parejas bailaban a los acordes de la danzonera en turno financiada por el Ayuntamiento.

Las noches de danzón que semanalmente suceden en el Zócalo del Puerto de Veracruz, siempre son disfrutables por el fenómeno social que tal costumbre encierra: asisten a bailar parejas de diferente condición social y representantes de diversos grupos etarios. Los atuendos de las mujeres y los hombres que asisten a esta danza deben figurar en el guardarropa de sus dueños para ese motivo especial: zapatillas, faldas largas, abanicos, guayaberas, flores en la cabeza, collares, zapatos bicolor muy lustrosos, pantalones con la línea muy planchada. Las parejas bailan danzón de salón y por ahí se pueden encontrar algunos instructores con sus alumnos. Sin embargo, esta era la primera vez que asistía a la Plazuela de la Campana, a dos calles de la Catedral de la Virgen de la Asunción en el Centro Histórico. Llevaba yo un guía excelente conocedor de las costumbres del puerto, nacido ahí, a escasos metros de lo que otrora fuera la muralla que rodeaba a la antigua Ciudad de Tablas: el Lic. Juan Carlos Ocampo Rodríguez, mediador del Programa Nacional de Salas de Lectura.

La Plazuela de la Campana se llama así debido a que, de un arco que la preside construido en lo alto de un pequeño foro de concreto donde se acomodan los músicos, cuelga una campana que se dice, se hacía sonar antiguamente cada vez que mujeres humildes abandonaban, por falta de recursos, a sus hijos, dejándolos a la bondad y cuidado de los frailes, habitantes del Convento de Santo Domingo, pues es en el respaldo de este inmueble, que data del Siglo XVIII, y que ahora es un TOKS, donde está ubicada la plazuela.

No hacía mucho que nos habíamos instalado cuando, de repente, captó mi atención una mujer cruzando la plazuela desde el otro extremo hacia nuestra zona. Vestía un traje negro y brillante cortísimo, muy ceñido, medias negras y zapatillas de plataforma atadas con pulsera también negras, de charol. Su cabello, casi al rape, parecía un cerillo encendido y lucía maquillada formalmente pero sin excesos. Tendría unos cuarenta años y estaba bien formada dentro de su robusta complexión. Se acercó a la mesa de nuestros vecinos y entabló un diálogo que no alcancé a escuchar. Al cabo de un rato la vi alejarse hacia el centro de la pista cuando comenzaban nuevamente los acordes de un danzón del cual no supe identificar su nombre. Del brazo de esta mujer iba ahora colgado el invidente de las limosnas y me pregunté qué estaría pasando. Llegaron a la pista y se colocaron uno al lado del otro tal y como suelen hacer los ejecutantes del danzón. Conforme la música daba giros, la pareja hacía figuras espléndidas: se tomaban de las manos y daban vueltas a turnos; la mujer se encuclillaba sobre una pierna mientras la otra la tenía extendida y, con ayuda del muchacho, giraba apoyada en una zapatilla tan alta, que parecía no podría guardar el equilibrio. Al levantarse, se acoplaban nuevamente en un santiamén y se balanceaban al unísono de la música y de ellos mismos. Se abrazaban, se separaban, levantaban los brazos, se movían con tan insospechado ritmo y cadencia que no los perdí de vista ni un segundo durante los cuatro o cinco minutos de la pieza que fue, en particular, prolongada.

Terminado el baile, regresó la mujer a devolver la pareja con su madre, quien seguramente ya había guardado en algún bolso el producto de su cosecha pues no volví a ver el bote. La orquesta puso fin al jolgorio despidiéndose con cortesía. Fue la señal para que los asistentes se levantaran y comenzaran a recoger sus cosas. Una bandada de meseros apareció de la nada recogiendo sillas, tirando los vasos de cerveza a los botes de basura. La gente salió de ahí y unos minutos después de las veinte horas, la Plazuela de la Campana quedó desalojada sin rastros de bulla. El espectáculo había tocado a fin.   

 

LASTRE

 

Lo bueno de haber sido engañada, es esa palidez deambulando por el cuarto. La falta de claridad no me asombra. Cuando se mira atrás, resulta extraña la vida propia, como si hubiera sido dirigida por insólitos arcanos, conducida por un corcel del que apenas supe manejar su rienda.

 

Mi vida pareciera ser la de alguien más, menos la que añoraba y en ella creía. Cuántos engaños a mí misma perpetré, cuántas sombras no disipé, cuántas ausencias permití fueran mi regalo de bodas, la ternura de un amanecer ya frío desde la noche que le antecedía.

 

En perspectiva, una se sorprende de lo que mira, una quisiera haber sido otra pero ya es otra cuando se es capaz de reconocerlo. Dicen que nunca es tarde para hacer lo que una desea. Sin embargo, no he podido aun recuperarme a mí misma. Los lastres me mantienen a ras de suelo, sin zarpar, sin levar anclas y aunque tomo todo el impulso que puedo, el lastre me mantiene en tierra.

Recuerdo que de joven, soñaba con volar.

 

Cuánto admiro a la Mulata. Ella navegó con ligereza de paloma y se alejó sin remordimiento, sin pena. Con la alegría del viento, que no pesa.

 

 

Ángel

 

El olor a lavanda casi toda

al remover sus tallos y sus hojas

te acompaña de regreso

a la recámara donde las horas

pasan. Río que abandona al continente.

Entre piedras redonditas

limas asperezas con la muerte.

 

Te impregnas así 

de ese olor tan quieto tan morado

tan sueño eterno visitado.

 

Ahora dicen que se come

que la mantequilla altera sus esencias

de lácteo untado en un francés, digo pan

(como si nada) y desde entonces

toma esa sabiduría de la lavanda

tan morada tan lila tan francesa.

 

Un sueño eterno llega a tu hemisferio

tranquila paz a tres pasos has cortado

con las manos llenas de manchitas

y un aro en la cabeza dibujado.

 

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