Angélica Pineda-Silva

Angélica Pineda-Silva

Angélica Pineda-Silva,

Bogotá, Colombia (1983). Poeta, escritora y fotógrafa. Psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia y Magíster en Psicoanálisis, Subjetividad y Cultura por la misma universidad. Coautora de los Poemarios Epifanías/Reflejos (2018) y Para Antes de Más Tarde (2019). Coautora de Crónicas y Voces: Ecos e Historias (2018). Autora de Inflexiones de la obra de arte en el vínculo social (2015). Ganadora de la Beca Circulación en Literatura IDARTES, Colombia (2017). Recibió la Distinción de Libro Meritorio en el Concurso Nacional de Crónica y Testimonio, Colombia (2016), gracias a su trabajo como cronista literaria a partir de testimonios de víctimas del conflicto armado colombiano. Editora de varios libros, entre ellos: Memorias Farianas I y II (2018), y Con Los Ojos del Alma (2018).

 

 

 

El Requiem de una Plegaria Muda

Angélica Pineda-Silva

 

Concédeles el descanso eterno, Señor,

y que brille para ellos la luz perpetua.

 

Requiem æternam dona eis,

Domine, et lux perpetua luceat eis.1

 

...Es un día frío con una nata gris que recubre el cielo; el viento helado que corre y “cala en los huesos”, así como el amago de lluvia que amenaza, me obligan a acelerar el paso para calentar mi cuerpo y llegar pronto a mi destino. Despacio, avanzo por la escalera de la galería que conduce al segundo piso. A medida que subo los escalones, veo como sobresalen unas piezas2 de madera por toda la sala. Nueve piezas se encuentran en un espacio que parece estrecho para contener los “muebles” que están allí. Es una visión un tanto escalofriante. Tengo la impresión de una tierra árida en la que, sin embargo, de manera tímida se cuela la vida representada en pequeños brotes de hierba que crecen abriéndose paso entre la madera. Hay una luz tenue que refleja ciertas sombras sobre los objetos dándoles un aura de desolación. Me parece la escena de un velorio.

 

Lentamente me desplazo por el lugar. El piso de madera vieja cruje bajo mis pies y entonces trato de moverme de manera más pausada; no quiero que el sonido que provocan mis pasos interrumpa el silencio profundo que reina en el lugar. Me acerco con cautela a una pieza y la observo detenidamente. Encima de una mesa que parece desgastada y vieja, hay un bloque de tierra de aproximadamente veinte centímetros de ancho, sobre el cual, una segunda mesa se encuentra patas arriba anulando con su presencia la función de la que está debajo. Cada unidad de las nueve presentes, tiene aproximadamente las mismas dimensiones de un ataúd estándar. Las mesas que se sobreponen crean una imagen especular, es decir, a manera de espejo, lo que hace parecer que el espacio luzca mucho más ocupado de lo que en realidad está. Una sensación de claustrofobia me invade, me ahoga, un suspiro se quiebra en mi garganta, tengo ganas de llorar. En el extremo izquierdo de la sala veo una puerta que en ese instante se transforma para mí en una salida, me dirijo allí y abandono por un momento  la estancia que se ha cubierto de un halo lúgubre, triste y solitario. Me tomo unos minutos para sentir, pensar y reflexionar sobre la obra.

 

 

Plegaria Muda (Doris Salcedo, 2008-2010)

 

 

La escena resulta siniestra; percibo la familiaridad del silencio melancólico de un cementerio en un día de visita sin lágrimas ni sollozos desgarradores por el que acaba de partir, y a la vez, el asombro de que estos sarcófagos estén allí expuestos, como si esperaran ser llevados a otro lugar. La disposición repetida de las mesas-ataúdes me recuerda un camposanto. Todas ellas están ordenadas y puestas de tal forma que desde cualquier lugar de la sala se puede apreciar la simetría del orden impuesto. Sin embargo, a diferencia de los cementerios que suelen ubicarse en vastas extensiones de terreno, llenos de árboles y olor a flores muertas, este lugar solo tiene un sutil olor a tierra; no hay árboles ni flores, es un cuadrado que resulta estrecho, asfixiante, y que de alguna forma me oprime, como si tuviera que andar por allí con la cabeza gacha, disminuyendo al máximo la presencia de mi cuerpo. La pintura blanca, demasiado blanca de las paredes, hace parecer el lugar más bien un limbo. Aunque puedo caminar por la sala sin seguir ninguna ruta demarcada, quedo paralizada en un mismo lugar por un tiempo que parece eterno, como si mis pies se plantaran en el suelo para hacer compañía a los solitarios féretros que yacen patas arriba semejando un insecto muerto.

 

Recuerdo el título de la obra Plegaria muda, y siento con todo su peso la necesidad de guardar silencio como manifestación de un profundo respeto. Detallo la hierba que crece a pesar de que la tierra está cubierta por una capa de madera, es una imagen que me parece hermosa y esperanzadora; pero a la vez, pienso que el pasto que se alza de manera triunfal por lo que parece ser la tapa de un féretro, no solo cubrirá las mesas patas arriba, también cubrirá lo que yace debajo. Como señala Mieke Bal, “antes de la esperanza está la tragedia” 3.

 

En varias entrevistas he escuchado a Doris Salcedo decir que todas sus obras parten de un testimonio4, y justo allí, con esta indicación, un desfile de recuerdos me deja inquieta y pensativa. Recuerdo, por ejemplo, la historia de la muñeca descabezada  que encontró una niña de La Palma, luego de volver a su casa tras abandonarla debido a que un grupo de paramilitares se tomó la vereda donde ella vivía. Luego del horrible hallazgo, la niña descabeza a cada muñeca que le regala su madre, quizá, en un intento de aliviar el dolor y la rabia fruto de la pérdida de su hijita imaginada. También acude a mi memoria la historia de don Pepe, hombre de unos cincuenta años que llego a Viotá desplazado por la violencia del Urabá antioqueño; del caserío prospero donde vivía no quedó ni el rastro. La violencia convirtió a la pequeña población en un caserío fantasma donde no es posible acercarse porque los muertos no enterrados todavía andan por ahí y asustan. La historia de Simón no es menos trágica y escabrosa: el niño, de apenas cinco años, vio como unos uniformados les arrancaban la vida a su madre y a su padre, asesinándolos y dejando sus cuerpos como carroña para los chulos.5

 

Doris Salcedo considera que “Colombia es el país de la muerte insepulta, la fosa común y los muertos anónimos” 6. En esta vía, toda su obra gira en torno a la violencia política que infligen aquellos que detentan poder, sobre la vida de quienes no tienen como defenderse. Plegaria muda, en particular, está inspirada en la muerte de miles de jóvenes que fueron ejecutados a manos de miembros del ejército, bajo la política de seguridad democrática del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, durante sus dos periodos de mandato (2002–2006 y 2006–2010). Oficiales del ejército colombiano asesinaron a civiles inocentes con el objetivo de hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate, y así exponer resultados en la lucha contra la guerrilla. A mayores resultados mostrados, es decir, a mayor número de “bajas”, los miembros de las diferentes brigadas obtenían prebendas del Estado como ascensos o permisos. La indignante verdad salió a la luz a finales de 2008, gracias al insistente reclamo de un grupo de madres de Soacha, quienes se habían encontrado en la búsqueda de sus hijos desaparecidos meses atrás; hijos que fueron sepultados como N.N. en el lejano municipio de Ocaña, a cientos de kilómetros de donde ellos vivían.7 

 

La artista colombiana entrevistó a un grupo de madres sobre la terrible labor de búsqueda de sus hijos desaparecidos y luego, las acompañó en el proceso de reconocerlos en las fosas comunes donde habían sido enterrados por sus verdugos; también las acompañó en su largo y tortuoso duelo, y en el intento vano de reclamar justicia al Estado colombiano por la barbarie cometida. “La muerte de cada joven genera una ausencia y cada ausencia demanda una responsabilidad con respecto a los ausentes, ya que su única posibilidad de existir es dentro de nosotros, en el proceso mismo de la elaboración del duelo. Plegaria Muda es un intento de elaboración de dicho duelo, un espacio demarcado por el límite radical que impone la muerte. Un espacio fuera de la vida, un lugar aparte, que recuerda a nuestros muertos”.8

 

Después este recorrido, puedo preguntarme, ¡podemos preguntarnos! ¿para qué?  Para recordar que “el deber de la memoria es el deber de los desendientes" 9;  resulta imperioso escuchar para convertirnos en testigos y así subjetivar la experiencia dolorosa, permitir que nos traspase, que la cifra, el número, la estadística tengan un rostro, miles de rostros, y por medio de la memoria impedir su olvido. Como dice Giorgio Agamben recordando a Primo Levi: “y con este malestar a sus espaldas tuve ocasión de encontrarme con él […] Podía sentirse culpable por haber sobrevivido, no por haber prestado testimonio. Estoy en paz conmigo mismo porque he testimoniado” 10.

 

Posdata 1.

Mantra Performático, a víctimas y sobrevivientes...

 

Habitar el cuerpo, habitar la calle, habitar el cuerpo, habitar la calle. Ritornelo, mantra incesante, condensación de ritual irrepetible que ocurre cuando nos juntamos. Acción vertiente en el rugir vacío espacio tiempo. Marcas del goce tatuadas en mi cuerpo para obligarme a recordar esa inmensidad efímera, ahora tan distante. Simulación de una cartografía psíquica activada con el vaivén de los cuerpos expectantes. Dejo de ser yo para ser yo. Desciendo por en medio del gentío, no hay vuelta atrás, no podemos destejer lo ya tejido. Llevo en la mano derecha tres cadenas y el puño izquierdo cerrado. Te busco entre la gente pero no te encuentro, no estas, no importa ¿Importa? Sí, sí importa. El mareo y la sed desaparecen, ahora mi corazón quiere salirse por la boca. Inhalo, inhalo profundo para anudar el nudo que estrangula tu garganta y así poder petrificar con mi mutismo la libertad del pájaro que vuela. Desgarro tu humanidad al violar el velo que te cubre, tapo tus ojos con una venda negra, ato tus manos con cadenas. ¡Silencio he dicho! Me baño en sangre. No me preguntes donde están tus muertos, no voy a decírtelo. Calla, calla de una vez. Río abajo pulula la infamia. Me corroe. Odio y espanto, la sed de sangre no se acaba con el llanto. Y entonces cantas y danzas y te elevas con el viento huracanado de tu lamento acuoso. Ahora tengo que gritar, parar, detener la acción que se me ha vuelto insoportable, un dos tres germina, ¡germina ya!.. Regálame el novilunio de tu asombro para cabalgar la pesadilla. Recuerda: siempre habrá otro cielo, más allá del cielo que tomemos por asalto.

 

 

Posdata 2.

Chichagüi

 

En mi tierra llaman Chichagüi  a una llaga que pulula, un fermento que se tiene que extirpar. Suele sembrarse profundo y aprovechar cualquier lesión para anidarse, es una postema inmunda que solo abandona a su víctima acosta de lágrimas, hijueputazos y unas gotas de sudor revueltas con sangre y valentía. La liberación de semejante engendro exige la arrasadora invocación de la bravura. El asunto es que rasca aquí y allá pero en ningún lado, porque tienen comezón el cuerpo y el alma. La fístula podrida transforma la libertad de natura en el intercambio de lozanos billeticos de colores, es una estéril y nauseabunda podredumbre manoseada por un sinfín de entes silentes. ¡Qué feliz me siento de pertenecer a la distinguidísima suciedad de la ficción!, se le oye susurrar al Chichagüi   mientras chilla atronadoramente: ¡ámenme, que significativo, hermoso y exitoso! Repite la letanía una y otra vez mientras se encona y de rojo pasa a verde y de verde a pus espeso y blanquecino. La brújula que guía el despertar tropieza con la torpeza codiciosa del equívoco. Sonrisas de catálogo barato como plastas incrustadas en medio de unos ojos que no ven, una nariz que no huele, unos oídos que no oyen, unas entrañas que no sienten. ¡Cuidado! Chichagüi  no se anda con rodeos. Para deshacerse del mal póngale fe, basta que se quede tranquilito y preste atención al síntoma, dele calorcito y vera los buenos resultados, recuerde que solo perdido en el laberinto podrá encontrar la salida.

 

1 Concédeles el descanso eterno, Señor, y que brille para ellos la luz perpetua.

2 La obra Plegaria muda consta originalmente de 166 piezas. Entre el 22 de febrero y el 29 de marzo de 2014, la Galería Flora Ars+Natura trajo a Bogotá, Colombia, una muestra conformada por nueve de ellas.

3 Mieke Bal, De lo que no se puede hablar, el arte político de Doris Salcedo (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2014), 259.

4 Fundación Razón Pública y Corporación Post Office Cowboys, “Serie arte, violencia y memoria, Doris Salcedo” https://www.youtube.com/watch?v=q88Oq3p9iOQ (consultado 24 de diciembre de 2018).

5 Creo importante señalar que estos testimonios han sido recogidos en el trabajo de Tejidos del Viento que es una fundación de la que hago parte, y que trabaja con víctimas de la violencia política en Colombia. Tejidos del Viento, Telares de vida: construcciones itinerantes (Bogotá: A muchas manos, 2013).

6 Doris Salcedo, “Plegaria muda” http://arteflora.org/2014/02/doris-salcedo-plegaria-muda/ (consultado el 17 de abril de 2014).

7 Retratos de familia [Documental], Alexandra Cardona Restrepo, producción Karamelo producciones, Colombia, 2013. (91 min).

8 Doris Salcedo, “Plegaria muda” http://arteflora.org/2014/02/doris-salcedo-plegaria-muda/ (consultado el 17 de abril de 2019).

9 Marc Auge, Las formas del olvido (Barcelona: Editorial Gedisa, 1998), 102.

10 Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz, el archivo y el testigo, Homo Sacer III (Valencia: Pre-Textos, 2010), 34.

 

 

Invitados en línea

Hay 5789 invitados y ningún miembro en línea