Roberto López Moreno

Roberto López Moreno

Roberto López Moreno. Entre más de cuarenta títulos publicados se encuentran los siguientes libros: de poesía: Décimas Lezámicas (UNAM); De saurios, itinerarios y adioses (Universidad Autónoma de Chiapas); Verbario de varia hoguera (Instituto Chiapaneco de Cultura) y Sinfonía de los salmos, también de la

332 Hablemos de poesía (UNAM). De narrativa mencionaremos: Yo se lo dije al presidente (Fondo de Cultura Económica); Las mariposas de la Tía Nati (Tercera edición en la colección Lecturas mexicanas del CNCA); La Curva de la Espiral en la editorial (Claves Latinoamericanas) y Cuentos en recuento, (UNAM). Ha representado a nuestro país en ciudades como Salta, Argentina; en Santiago de Cuba y La Habana, Cuba; Berkeley, EU; Medellín, Colombia; Struga, República de Macedonia entre otros sitios. Otro libro suyo es Crónica de la música de México

 

EL DIA EN EL QUE SE PERDIÓ EL DO Y LA CANCIÓN FAVORITA

Roberto López Moreno

 

 

 

 

 

EL DÍA EN EL QUE SE PERDIÓ EL DO

 A María Granillo

Ese día, ninguna sinfonía pudo ser ejecutada en ninguna parte del mundo, porque el Do había desaparecido de los pentagramas. Musicólogos, etnomusicólogos , investigadores en tablaturas cargadas de ayeres, maestros de conservatorios, directores de orquesta, ejecutantes, melómanos y hasta no melómanos, morbosos se lanzaron a la búsqueda del Do tan extrañamente desparecido No estaba el Do ni en las ondas del agua, ni en los fuelles del viento, ni en la garganta del pájaro. No encontraban al Do en ninguna parte y esto desvinculaba el resto de las actividades humanas, desordenaba el mundo. No encontraban el Do. Y así las horas hasta que alguien dijo haberlo visto en el panteón del Monasterio Novodevichiy. Hasta ahí llegó el contingente de afligidos. Si, ahí estaba el Do, compungido, triste, postrado ante la tumba de Shostakovich. Le hablaron al oído tiernamente, le enjugaron alguna lágrima y regresaron con él a la tibieza de los pentagramas. Entonces volvió a funcionar la maquinaria de la música y del mundo, perfecta, exacta, como si nada hubiera pasado.

 

 

LA CANCIÓN FAVORITA

 

La noche entera se la pasó planeando el crimen. Su canción favorita repetida una y otra vez, y otra vez, y otra, y otra más, estuvo siempre ahí, a lo largo de la larga noche, para inyectarle el valor que requería durante el desarrollo de su plan. Llegado el momento maldito se dirigió hacia donde le llamaba irremediablemente la cruz de sangre. Cometió el crimen con saña, luego, el hurto consecuente. Y luego, se fue directo a su condena eterna, cuando se enteró por los periódicos del día siguiente, de que su víctima había sido precisamente el autor de su canción favorita. Cada vez que escuchaba aquello de Volver, Volver, Volver... volvía el cuchillo asesino hacia su propio vientre, hacia el centro de su corazón podrido, sentía con terror aquel filo, frío, fino, fijo rompiendo lentamente las venas, los tejidos, las células del alma gangrenada. Y así por siempre, hasta llegar sin llegar nunca a ese inasible al que llaman el infinito.

 

 

JOSÉ GOROSTIZA: SOLEDAD Y LLAMA

Roberto López Moreno

 

“Muerte sin fin” es una de las grandes catedrales que la poesía levantó con el –y al- idioma español. Su autor, el arquitecto de su prodigiosa forma, José Gorostiza, dejó escrito un universo de pensamientos, la vastedad de la visión de un mundo para tocar sabio, los contornos y la entraña de la existencia.

Gorostiza, nacido en 1901 en la ciudad de Villahermosa, Tabasco, solamente escribió dos libros: Canciones para cantar en las barcas en 1925 y Muerte sin fin en 1939. En ese lapso apenas llegó a publicar uno que otro poema suelto, mientras, trabajaba meticulosamente en la depuración del lenguaje, en busca de sus verdades sustanciales. Su avance se planteaba lento pero firme, con una profunda seriedad y respeto por la materia expresiva reconcentrada en su laconismo.

Una vez explicó: “Me gusta pensar en la poesía no como un suceso que ocurre dentro del hombre y es inherente a él, a su naturaleza humana, sino más bien como en algo que tuviese una existencia propia en el mundo exterior. De este modo la contemplo a mis anchas fuera de mí, como se mira mejor el cielo desde la falsa pero admirable hipótesis de que la tierra está suspendida en él, en medio de la alta noche”.

El hombre de tal expresión usa en Muerte sin fin la poesía como respuesta a la duda filosófica. Lezama Lima, otro grande de la palabra en América, habla de conocer el mundo, reinventarlo, por medio de la imagen. Con estas imágenes el poeta tabasqueño nos crea todo un cosmos desde una obra breve, minuciosa, estricta, ceñida a una decisión de calidad; y con su poema cumbre crea un monumento del pensamiento y del idioma. José Gorostiza fue un hombre dedicado a fondo a su trabajo literario. Cada creación suya fue tallada, pulida minuciosamente, de ahí lo escaso de la producción, ganando en cambio el que cada pieza salida de su pluma sea una obra maestra en su larga o breve extensión. Entregado en lo absoluto a la invención de su lenguaje, estuvo fuera de esos juegos de vida cortesana en los que se vieron inmiscuidos muchos escritores de su época. Quizá por ello en aquella carta-artículo que Carlos Pellicer envía desde París atacando a los miembros del grupo “Contemporáneos”, es a José Gorostiza al único que trata con respeto y consideración. En el texto, editado en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco por Samuel Gordon y Fernando Rodríguez, Pellicer dice al enumerar a quienes participaron en la Antología de la Poesía Mexicana Moderna firmada por Jorge Cuesta: 

“El extraño que lea el libro que juzgamos pensará en el País de los hombres muy hombres –aquí se está burlando del inicio de una novela de Owen- los poetas se coronan de violetas y nunca se han bañado en el mar”. Se refiere a una frase de Salvador Novo: “Tengo 23 años y no conozco el mar”.

En ese mismo tono a Xavier Villaurrutia lo acusa de estarse cayendo y levantando al tratar de imitar las últimas maromas de Jean Cocteau; otra vez a Novo, de hacer “Chicaguismo”; a Jorge Cuesta le dice “crítico-químico”, y por el mismo tono se mete con los otros miembros de “Contemporáneos”, Torres Bodet y demás, acusándolos de hacer imitación, “Literaturita. Pedantería. ¡Los monos! ¡los monitos! ¡los monotes!”. Esta última era alusión al lugar en el que se reunían los del grupo, un café que había sido pintado por Clemente Orozco y que por tanto se le conocía como “Los Monotes”. Solamente cuando se refiere a José Gorostiza, Pellicer se expresa con respeto y señala en el mismo texto: “Es poeta de una pieza, fuera de moda. Entona tardíamente una poesía intensa y musical. Por su talento y espíritu lo juzgamos superior. Nada tiene que ver con los citados. Los demás están emplumando. Acaso entre ellos haya un cóndor o un jilguero. Tal vez, Es posible, Puede ser. Esperemos”. Ese reconocimiento de Carlos Pellicer a José Gorostiza y su obra, fue el mismo que profesó el medio intelectual de la época a un hombre comprometido a fondo con su trabajo literario, llevado con una altura tal que le impulsó a realizar una de las obras más prodigiosas que se hayan escrito en idioma español.

El maestro habla así de su oficio:

El poeta no puede, sin ceder su puesto al filósofo, aplicar todo el rigor del pensamiento al análisis de la poesía. El simplemente la conoce y la ama. Sabe en dónde está y de dónde se ha ausentado. Es un como andar a ciegas, la persigue. La reconoce en cada una de sus fugaces apariciones y la captura por fin, a veces, con una red de palabras luminosas, exactas, palpitantes.

Y más adelante:

Desde mi puesto de observación, así en mi propia poesía como en la ajena, he creído sentir (Permitidme que me apoye otra vez en el aire) que la poesía, al penetrar en la palabra, la descompone, la abre como un capullo a todos los matices de la significación. Bajo el conjuro poético la palabra se transparenta y deja entrever más allá de sus paredes así adelgazadas, ya no lo que dice, sino lo que calla.

El poeta como creador fue fiel a lo que pensaba de la poesía. Así configuró gran parte de su mundo –de nuestro mundo- con las sugerencias señaladas por lo que callaba. Siendo tabasqueño de origen, los años de formación de José Gorostiza transcurrieron en la ciudad de Aguascalientes, que fue el punto de partida del arte mexicano moderno. Ahí se reunieron por primera vez Ramón López Velarde –poeta-, Saturnino Herrán –pintor-, Manuel M. Ponce –músico-, para dar el primer gran paso del arte contemporáneo mexicano. La familia de Gorostiza se trasladó posteriormente al Distrito Federal en donde vivió dentro de una precaria realidad económica. Su padre ya había muerto y los problemas económicos se hicieron más angustiantes aún, él tenía 19 años de edad y cursaba el primer año de Jurisprudencia. En 1921, bajo los auspicios de José Vasconcelos, se fundó en la ciudad de México El maestro, publicación de carácter técnico, literario y pedagógico con una tirada para su época, ni más ni menos que de 75 mil ejemplares. Gorostiza fue jefe de redacción de la nueva revista. Esa fue el tiempo en el que Gorostiza estableció una muy cercana amistad con Ramón López Velarde quien también tenía buenas relaciones con Carlos Pellicer. Así como este último, Gorostiza en esos momentos es amigo de López Velarde y crítico acerbo de algunos miembros del grupo “Contemporáneos”. Como respuesta a una pregunta que le formulan en relación a la Academia de la Lengua (Torres Bodet era miembro de ella) dice: “La Academia debe ser destruida y no encuentro sino dos personas capaces de hacerlo: Maples Arce (era la cabeza principal del movimiento “Estridentista”) y Torres Bodet. El primero la destruirá por la violencia; el otro por el desprestigio”. Este hombre disciplinado, cuidadoso al extremo, alcanzará el respeto y la admiración de sus contemporáneos, creando lentamente una obra sólida que no obstante su escasez, constituye una de las más importantes de la poesía mexicana. Catorce años después de haber publicado su primer libro, Canciones para cantar en las barcas, Gorostiza da a la imprenta Muerte si fin. Se trata de un poema fundamental para la historia de nuestra literatura, estructurado en dos partes. La primera consta de seis cantos y una canción y la segunda de diez cantos y una canción. En la primera parte, el poema se encuentra con Dios y su muerte; crea un Dios, hijo de la muerte del hombre, su creador. En la segunda, el hombre se queda sólo para vivir él su muerte propia. Se inicia esta relación del deceso en unión y confrontación de lo estático y el movimiento, el vaso valor rígido y el agua, lo movible, lo moldeable.

En su juego de símbolos, el alma es el agua sitiada por Dios, el vaso que la aprisiona. Dios en sus expresiones de recipiente modela la forma del alma, le da su propia configuración, entonces es cuando el alma: “Cumple una edad amarga de silencios/ y un reposo gentil de muerte niña”. Se ahonda, se edifica, se estructura: “En la red de cristal que la estrangula”. El agua, adentro del vaso:

Se reconoce:

atada allí, gota con gota,

marchito el tropo de espuma en la garganta

¡qué desnudez de agua tan intensa,

que agua tan agua.

Está en su orbe tornasol soñando,

cantando ya una sed de hilo justo!

No obstante el profundo acto de meditación del poema, éste, desde el principio subyuga al lector, lo gana por la vía de la emoción. Desde el comienzo aturde y vence por la abundancia, aparente contrasentido si estamos hablando de un autor tan ceñido, tan estricto en sus espacios, tan meticulosamente depurado. Sólo que el autor es absoluto dueño de su lenguaje, capitán supremo de sus recursos y desde esa condición crea un torrente de imágenes, una floración verbal que sacude al receptor desde el principio. Siendo el poema un denso juego cerebral desde el inicio gana por la donosura de la palabra. Después se aclararán las imágenes o implantarán su dificultad para la comprensión. Dentro de la influencia rastreada en la poesía de Gorostiza y en especial en este poema, se ha señalado la presencia de Paul Valéry y Jorge Guillén. En lo que se refiere a los poetas mexicanos, se habla del doctor Enrique González Martínez, cabeza principal de la poesía mexicana en aquel entonces. Él dictaba desde todas las alturas sobre los horizontes del quehacer poético. Con tales asistencias, existe en el poema un continuo planteamiento acerca del contenido y la forma, valores que se corresponden y trasmutan. El alma y el cuerpo como unidad se transforman en expresión formal de Dios; Éste, al aprisionar la materialidad del agua, le impone su forma, es su voluntad, por tanto es Él convertido en la forma del agua que no es más que la forma del vaso, la imposición de Dios, Dios-Vaso, en la expresión ahora de Agua-Dios:

Es un vaso de tiempo que nos iza

en sus azules botareles de aire

y nos pone su máscara grandiosa,

ay, tan perfecta,

que no difiere un rasgo de nosotros

Si el vaso es la forma rígida y el agua lo movible, en todo momento se plantea la existencia del puente supremo que establezca la relación entre las dos formas, el pensamiento. Puesto a funcionar este último, la metafísica hace posible la interacción. Dios es el hombre que lo crea, el hombre es Dios, inteligencia, soledad en llamas. Según Miguel Capistrán, entre las claves del poema se encuentran las referencias a los personajes poéticos de su tiempo, los más cercanos a él:

   Oh inteligencia, soledad en llamas,

   que todo lo concibe sin crearlo! (Jorge Cuesta)

   Oh inteligencia, páramo de espejos!

   helada emanación de rosas pétreas. (Xavier Villaurrutia)

José Gorostiza, como en su verso, golpe de luz que confunde al enceguecer la pupila, es soledad y llama. Es soledad a cuyo centro llega después de haberle dado muerte a Dios. El poeta ya sin su ración de Dios sobre la espalda queda solo, infinitamente solo, de frente ante la muerte:

en el acre silencio de sus fuentes,
entre un fulgor de soles emboscados,
en donde nada es ni nada está,
donde el sueño no duele,
donde nada ni nadie, nunca, está muriendo
y solo ya, sobre las grandes aguas,
flota el Espíritu de Dios que gime
con un llanto más llanto aún que el llanto,
como si herido —¡ay, Él también!— por un cabello
por el ojo en almendra de esa muerte
que emana de su boca,
hubiese al fin ahogado su palabra sangrienta.
                ¡ALELUYA, ALELUYA!

Así sin Dios, después del apocalíptico “Aleluya”, el hombre pisa sobre el terreno de su autorreconocimiento; ya está listo para morir su propia muerte, para vivirla desde él mismo. El poeta-soledad también es fuego, congregación de átomos incandescentes, congregación entre las soledades, crepitar de las partículas múltiples. El poeta es ahora la llama. ¿Qué es? ¿Quién es? Es el Diablo:

   Es una espesa fatiga,

   un ansia de transponer

   estas lindes enemigas,

   este morir incesante,

   tenaz, esta muerte viva,

   ¡Oh Dios! que te está matando

   en tus hechuras estrictas,

   en las rosas y en las piedras,

   en las estrellas ariscas

   y en la carne que se gasta

   como una hoguera encendida,

   por el canto, por el sueño,

El poeta se levanta lumbre y se establece el binomio de su esencia: soledad y llama, muerte sin fin, muerte siempre viva. Dios no tiene ojos, no tiene sangre, no es materia, sólo tiene un grito desgarrado repetido a la hora de su muerte: Aleluya, Aleluya, ese es su dramático grito que sale de la garganta del hombre, su creador en el momento terrible. Después vendrá la muerte del hombre mismo, pero antes, éste, participará en la danza macabra, como parte de la ceremonia final.

Tan-tan! ¿Quién es? Es el diablo.

   ay, una ciega alegría,

   un hambre de consumir,

   el aire que se respira,

   la boca, el ojo, la mano;

   estas pungentes cosquillas

   de disfrutarnos enteros

   en sólo un golpe de risa,

   ay, esta muerte insultante,

   procaz, que nos asesina,

   a distancia, desde el gusto

   que tomamos en morirla...

El poema de Gorostiza es una pirámide, triunfo de la armonía. Al principio, al pie de la simetría, está el hombre que va a ascender por las escalinatas; verbal asciende el hombre con ella; sube hacia la muerte, sol absoluto sobre esta arquitectura que, ahora, en una altura más allá de la comprensión inmediata del hombre, se eleva de la cúspide como un disparo hacia el sol negro, soberano en la altura de sus alturas más profundas desde donde impone su verdad de absoluto. La maestría de José Gorostiza hizo de Muerte sin fin la gran victoria de la estructura poética; cada uno de los recursos utilizados responde a la perfección para el hilván perfecto, como en el caso de esa constante repetición de términos que en resultado dual, al mismo tiempo da fuerza al concepto y a la trabazón rítmica del poema: “largas cintas de cintas de sorpresas” o “con un llanto más llanto aún que el llanto”. El poeta constructor levanta la arquitectura perfecta, la gran catedral, una de las más cumplidas en nuestro idioma. En su poema se propone destruir la forma –de eso canta el poema- es decir, la destrucción de la forma mediante el triunfo de la forma. Y así es en rigor, más allá de la idea sustentada por el poema, ya que después de Muerte sin fin, hubo que buscar, de manera forzosa nuevos caminos formales que recorrer. Se había llegado a una culminación.

En la sección de los cantos, en las dos partes del poema, Gorostiza se maneja en diversos metros pero conserva un alma endecasílaba. En ese sentido, el metro cambia radicalmente en las dos canciones que clausuran cada una de las partes. La canción que cierra la primera parte está estructurada con diversidad de metros de verso menor, donde predominan heptasílabos y pentasílabos. En la canción que cierra la segunda parte, el metro aplicado es el de octosílabos, con ello se busca darle a estas partes el carácter de canto popular. Con esa suerte de canto popular se llega al final. En el poema, el autor plantea la desvinculación con lo divino, hasta llegar, incluso, a la muerte de Dios. Después vendrá la entrega del hombre a la muerte, en forma festiva, sin que por ello se deje de tener conciencia de que se entra al umbral de lo lóbrego eterno. “Yo vestiré mi muerte de amarillo”, “adornaré su pie de cascabeles”, dice Aurora Reyes en “La Máscara desnuda”.

Lo trágico-mexicano se hace canto popular, Gorostiza también maneja con maestría tal lenguaje. Muerte sin fin está más presente que nunca, en el centro de la danza macabra, muerte viva, vida viva para entregarla a la muerte inmortal, muerte sin fin. Se acaba la vida y se acaba el poema, “anda putilla del rubor helado, anda, vámonos al diablo”.

Quiero concluir con la siguiente proposición interpretativa. Retomamos los símbolos del poema de Gorostiza. Reinventamos la lectura: El agua es una serpiente líquida amasada adentro de una pirámide de cristal. Toda pirámide se levanta hacia el vuelo, se vuelve cúspide para volverse cielo. El vaso es águila. Tierra y cielo, serpiente y águila, están nuevamente ligadas en la semántica del pensamiento. Qué grande es la poesía, cuando nos permite a los observadores estos quehaceres de la imaginación. ¿No acaso es ésta –la imaginación- la energía con la que Lezama redinamiza el mundo? Atengámonos a este relámpago que al tocar la materia la ilumina. Lo súbito y su opus nos coloquen en el vuelo. Líquido y vaso, águila y serpiente, pirámide y Grijalva, elaboran el zumo de la muerte sin fin, muerte siempre viva, córone de una primera parte de la negación. La fórmula a la mitad de su proceso total. La muerte, primera negación, no se niega para sumar así la cantidad hechizada que produzca el salto del milagro. Se queda entonces en el primer nivel de la vida, en la vida de la muerte. Al no darse la fórmula completa de las negaciones (negación de la negación) no se alcanza la vida de la vida, el más por más da más con el que el colibrí se erguiría astro emplumado. Sólo que hay también un sol solitario asolado en soledad en llamas, Gorostiza, río y pirámide. Lejos de Heidegger transitando los asombros del “distraído” en su complejo de sensibilidades e intuiciones complementando la otra dimensión del conocimiento, el poeta materialista de Tabasco, abre la corola polisémica del universo y la somete al meticuloso empeño del raciocinio. El vaso olmeca y el agua maya, cátodo y ánodo del tiempo, aéreo barro que en su proposición de muerte doctora al poeta en la vida eterna. Mientras impere la razón su esencia estricta, su nombre será llama. El tiempo es un río que de Chiapas baja y ya en Tabasco se convierte en la filosofía de la llama, tierra que quema, agua que se metaforiza, aire cuajado en pan de árbol. Bajo la nueva visión propuesta, contra la propia tesis de su muerte sin fin, su nombre gorosticiano ha de revertirse del calcio del esqueleto, y lo levantará y lo andará, con la insistencia de un tambor sanguíneo, golpe del Grijalva-Usumacinta, frontera de la vida eterna, vida sin fin, jaguar poeta, como Pellicer, en el pecho de maíz de América. Aquí está la tierra de Tabasco (o Flor de Leticia), el pozol y la jícara que lo ciñe; el vaso, el agua, el repteo, el vuelo y el poeta más poeta de sí mismo dibujando con su verbo el infinito.

 

 

 

 

...Y STALIN EL POETA

(Fragmento)

Roberto López Moreno

Texto crítico escrito por Mario Rivera

 

 

El poeta Soselo (seudónimo literario de José Stalin) acaba de decir desde el papel uno de sus poemas.

   El poeta Basilio Coronado dedicó toda la tarde a realizar la glosa de los poemas que conforman su apasionada “atención” desde hace meses. Sobre su mesa de trabajo han sido consideradas una y otra vez las piezas literarias de Federico García Lorca, Guillaume Apollinaire, Welhelm Küchelbeker, Rainer Marie Rilke… que han constituido su apasionada reflexión. Los poetas de diversas partes del mundo unidos por la muerte que es la vida en este juego de espejos encontrados.

    Su mirada atenta es una combinación de apasionamiento y raciocinio acerca de esas piezas. Toda la poesía del mundo reunida de manera simbólica en los materiales que ha estado analizando con verdadero fervor lo mantiene con los ojos abiertos, sin el menor rasgo de fatiga no obstante las largas horas que ha pasado sin dormir, haciendo en esas largas horas de empeño, consideraciones y ajustes conceptuales. García Lorca, Apollinaire… cada uno un universo y todos, el universo.

   Basilio Coronado poeta de ensortijada pelambre entrecana trabaja en el interior de una reducida kómnata con penetrante olor a encierro intelectualizado, en la parte en la que se reduce la gran avenida de Kalinin hasta convertirse en una apacible calle en dirección a la muy cercana Plaza Roja (Kráshnaya Plochard). En tan breve espacio conviven libros de todas las edades. Y el poeta Coronado las vive todas. Mientras esas edades lo viven a él, de verso a prosa y viceversa.

   “Los cien enamorados / duermen para siempre / bajo la tierra seca. / Andalucía tiene / largos caminos rojos. / Córdoba, olivos verdes / donde poner cien cruces / que los recuerden. / Los cien enamorados / duermen para siempre”. Coronado visualiza a García Lorca zapateando una danza en la que combailan el poeta y el esqueleto que le recuerda que la vida es una organización de huesos nacida para la salud del músculo.

   Clasifica. “La muerte / entra y sale / de la taberna. / Pasan caballos negros / y gente siniestra / por los hondos caminos / de la guitarra. / Y hay un olor a sal / y a sangre de hembra, / en los nardos febriles / de la marina. / La muerte entra y sale / y sale y entra / la muerte / de la taberna”. El pequeño cuarto impregnado de humedad aprisiona las imágenes que se desprenden de los papeles clasificados y después se abre para que las ideas se liberen hacia los rumbos cardinales. En las paredes, en partes forradas por recortes de periódicos tintados con letras cirílicas y en partes adornadas con fotografías vociferando a viejo dominan escenas de actos políticos en los que la muchedumbre y sus líderes son un mismo nudo sobre el que se desliza la humedad.

   Basilio Coronado, el poeta, echa la cabeza para atrás, como queriendo descansar alguna fatiga que le asolara la nuca. Así permanece durante varios minutos para después volver a su posición original, sentado frente al reducido escritorio de madera en donde no cabe ni un papel más. Fija la vista en las fojas en las que ha estado trabajando. Distingue entre la penumbra de buhardilla a medio día los nombres de los poetas tratados, Federico García, Rilque, Wilhelm Guillaume, aprendiendo de ellos la salud de la muerte, mostrada por esos escritos recogidos de diferentes caminos literarios.

   Coronado viene de las consideraciones pertinentes; ahora está en el momento de las reconsideraciones. Lee con emoción pero también con detenida atingencia. La muerte en movimiento, el poema avanzando inexorable.

   Un estruendo. La traición. Ahora el poeta hace un gesto de angustia. Algo lo sofoca al grado de que los ojos parecen salírsele de las órbitas. Se lleva una mano al pecho. Trata de toser pero es endeble la expectoración por su boca convertida en mueca en unos cuantos segundos. Con la otra mano parece apretarse el cuello. Son segundos de tránsito angustioso. Finalmente su torso se dobla y la cabeza cae sobre los poemas. En medio de aquella soledad entre papeles, el cuerpo de Basilio Coronado, el poeta, adquiere un pesado reposo. El poeta ya no respira. El poeta ya no alcanza a tocar sus legajos. El poeta ya no clasifica ningún texto. El poeta acaba de fallecer.

   Mañana,  cuando sean las 13 horas del 25 de diciembre de 1991, Mijail Gorbachov informará al mundo que la Unión Soviética ha dejado de existir. La bandera roja será arriada de los mástiles del Kremlin.

 

 

 

 

EL CANTO A STALINGRADO DE LÓPEZ MORENO

Mario Rivera

“Y Stalin el poeta”, la reciente novela –inédita— de Roberto López Moreno es el testimonio de que, así como hubo en México entre la clase media una “generación del 68”, hubo también otra que, entre los intelectuales, se reconoció en torno a la batalla de Stalingrado y a su jefe máximo, el gran Josif Stalin. Es también, sin lugar a dudas, centralmente un canto a Moscú, ciudad de los sueños eternos del autor.

si yo no conociera a Roberto, casi podría asegurar que con su búsqueda de la poesía de Soselo el poeta planeó con perversión de ajedrecista del verbo una respuesta demoledora y contundente al Leonardo Padura de “El hombre que amaba a los perros”. Como si le dijese, mira, muchacho, te voy a enseñar la libertad de las letras y cómo tus mayores le cantaron a Stalin. Hombres pluma de carne cuyas voces valen más que tus mentiras trotskistas. Comenzamos con el gran poeta Pablo Neruda, a quien, tú, gusano, no le llegas ni a los tobillos. Y nos seguimos con Alberti y con Miguel Hernández y con Efraín Huerta y Nicolás Guillén y el gran gran grandísmo Juan Bautista Villaseca, de quien no quedó ni rastro entre tantos poetas con guantes….

con esas voces de poetas va armando el poeta su propio canto al tata, padrecito Stalin, de quien descubre en la marcha de su oda libre en tonos líricos que es, a su vez, el más grande de todos los poetas. Escrito siguiendo el cauce de Schostakovich, describiendo sus sonoridades de nieve. La música soviética. El otro testimonio de cómo el socialismo cruzó el cosmos y se aposentó en el espacio. Cuenta también el verso lo de los altavoces con la séptima en Stalingrado, sostiene que es esa música por sorpresa la que derrotó a los nazis, pues, al quebrarles sus coordenadas, los paralizó de miedo.

es como Virgilio haciendo el recuento de su vida frente al malecón de La Habana: un recuerdo que vuela de Moscú al Cerro de la Estrella y que incluye la reconstrucción arqueológica del rito de la iniciación en el personaje que se derrite desde las cejas convertido en mierda para renacer renombrado con otra identidad más un vuelo histórico-aéreo con la pluma sobre el antiguo altiplano de xochimilcas, texcocanos, tlatelolcas y también de por el rumbo de Azcapotzalco.

en otros momentos, la voz del poeta penetra el secreto de las ecuaciones de la lujuria. Su lengua zarandea el clítoris enhiesto de su amada. Escupe en su sexo y lo penetra como serpiente furiosa despeinada. Hielitos de vodka que se estrellan sobre el cristalino vaso. Risas estruendosas de cuando uno toma medicinas. Muecas. Contorsiones. Viejos fantasmas deambulando por entre las cortinas de humo para ocultar que también ya cruzaron por el rito de iniciación en el que mudas de nombre y te conviertes en caca. Fantasmas que ayer fueron guerrilleros y hoy se mimetizan en los escaparates de los aeropuertos para no ser reconocidos por nadie. Hace tiempos que están muertos. Y ahí es donde se cuelan los gritos de estudiantes. Chorrean de sangre. Son los zombies del dos de octubre que vienen escurriéndose desde el templo de los sacrificios, para después desperdigarse por el mundo, por los aeropuertos. Moscú, San Petersburgo, Londres, Ciudad de México, Caracas. La traición. La constante y persistente traición. La ensangrentada traición. La traición babeante y sin dientes.

pero al poeta le restan ganas de seguir volando. Sabe que en Juárez y Xocotla se halla el pico más alto del cerrerío de Tlalpan. Allí, en otros tiempos, trepando en bicicleta, sería capaz de describir los remolinos que se forman en la planicie desértica de lo que ayer fueron bosques.

¿son trazos gaseiformes de la vida como en las novelas neblinosas del cubano Enrique Labrador Ruiz? ¿puras ganas de suspenderse hasta la muerte en el goce del canto? ¿homenajes a Homero, a Lenin y a la Biblia, a Jacinto Canek? Un trazo de lo que fue la vida… Ofrenda de artesanos.

(10 de agosto de 2020)

((va por tu cumpleaños, Y no se me podía pasar que en la página 27, si mal no recuerdo, haces una mención de mi hermano Cuauhtémoc Rivera))

 

Disertación contra el soneto

Roberto López Moreno

 

Perder en estos tiempos el tiempo en un soneto es ocio tedioso, odioso, porque el verso, aritmética oscura, limita su universo entre sumas y restas y restos de un faceto y chocante y pedante y pujante mamotreto. En un lenguaje nuevo francamente es perverso sujetar las palabras; si el efecto es adverso, por parir un poema se aborta un triste feto. Los poetas modernos debemos bien unidos formar un solo frente contra dicha amenaza. Los que no escriban sonetos son netos sonidos de su tiempo, de un tiempo, nuestro tiempo, nuestra era plagada de ritmos diferentes. Sonidos pasa los que contando versos jamás dijeron nada.

¡Jamás he escrito un soneto; qué mal gusto, no lo haría, verdad de Dios no lo haría, no lo haría Qué boleto! No lo haría ni en secreto, no lo haría, no lo haría, no lo haría, no lo haría.

Jamás he escrito un soneto.

¿La verdad? Que es una bronca, si una palabra no entronca con el final anterior, no falta un poeta añejo que te trate de pendejo y eso sí que no. Mejor, si un soneto me manda a hacer Violante y en la vida me miro en tal aprieto, le azoto con el arpa, porque un reto tan grosero, falaz y repugnante, no es para mí, poeta de talante, poeta de mi tiempo, de respeto.Total, no se hable más ¡Muera el soneto! y que rime rimando por delante. El argumento a favor del verso blanco es tan simple: la libertad que goza le cubre con prudencia todo blanco. El verso libre es forma portentosa.

Aquí ni el ni tu... ni yo me  atranco. ¿Un soneto? ¡For God!, qué fuchi cosa.

Miércoles, 22 Abril 2020 23:43

EL HEPTAFONÓLOGO de Roberto López Moreno

 

 

EL HEPTAFONÓLOGO

de 
Roberto López Moreno

 

 

EL HEPTAFONÓLOGO

 

Su odio hacia la musica era tal, que en alarma plena tuvieron que llevarlo a consulta con el heptafonólogo; fue conducido directamente a la sección de urgencias. Su aspecto era más que tétrico. Lo hospitalizaron de emergencia. Después de varios dias de auscultación, el diagnóstico fue.. que agotados los recursos de la ciencia formal, la única opción posible para salvar al enfermo cra un tratamiento intensivo con base en principios mágicos, que en el ábrara de los siglos habían creado los antiguos hechiceros para curar las almas y que -nadie lo sabia- en sus lejanos y extraños idiomas, significaban la palabra. Música.

 

 

EL OXÍMORON DE VIVALDI

Se sabe que Antonio Vivaldi organizó en Venecia una orquesta integrada exclusivamente por mujeres. Se sabe también que muchos sospecharon que por medio de tal actitud se abrían posibilidades a las fáciles puertas del pecado. Las mujeres. La sensualidad de la música. La rítmica enervante del autor. El paísaje veneciano. Si era cierto lo diabólico femenino que argumentaba la moji- gatería de la época, lo mayormente certero fue que la ahora llamada "Teoría de Vivaldi", demostró feha- cientemente que por los infernales caminos del pecado se puede alcanzar la gloria.

 

 

 

 

 

 

MAR: TUMBA CUNA TUMBA CUNA

 Roberto López Moreno

 

   Y todo surgió del mar, y al centro del mar todo vuelve, es matriz y cementerio permanente, que se mueve, fuerza motriz con pistones que trabajan hacia la superficie, útero y tumba a donde todo va y de donde todo viene, mecánica mágica que no es magia, que es mecánica; que no es mecánica, que es magia. Y en la realidad, trabajo son los hondos fondos desde donde se desprende el paridero una y otra vez hasta que nos encontramos en la vida, viniendo de quién sabe cuántas muertes. El poeta observa y la marea, su incesante movimiento, le da estas visiones que es como un sumarse salino a la maravilla del oscilo aquí planteado.

   Qué es el mar -piensa el poeta de esta nuestra historia- sino una inmensa tumba en donde todo se concentra y de donde finalmente, después de una serie de reacomodos y aleaciones, procedemos todos, impulsados por la energía dinamizada desde las profundidades, en donde el sueño podría ser sueño eterno, pero se mueve cumpliendo con las leyes de su nacimiento… y de su muerte. Reacomodos y aleaciones construyendo la existencia manifestada en seres vivos y objetos inanimados que, sentenciados por la dinámica de la marea, igual se mueven, ¿hacia su vida?, ¿hacia su muerte?

   Finalmente hablamos de un enorme cementerio en el que nada (si acaso el instante de Aquiles mientras la tortuga avanza) permanece estático de acuerdo con los más antiguos filósofos materialistas, desde Heráclito -por mencionar uno de los más presentes en nuestras consideraciones cotidianas-, Tito Lucrecio Caro, los primeros atomistas, etc. Y donde hay movimiento la muerte se convierte en generadora, entonces, el gran océano al que nos referimos, el gran cementerio, termina siendo la enorme entraña incubadora que recogerá el poeta en la mente, en sus visiones, y que elevará hacia el otro plano, hasta la altura del risco, para observar total, desde su elevación, el inabarcable cementerio que nos engloba desde la añil esfera.

   El cementerio marino en donde Paul Valéry midió las dimensiones de la vida y la muerte, se encuentra en un risco, en la ciudad de Séte, promontorio que imponente mira al mar desde sus tumbas, ese risco ya había sido utilizado como cementerio por los romanos, aunque la ciudad de Séte fue fundada oficialmente en 1666 como parte de las obras del Canal de Midi que uniría el Mediterráneo (Séte) con el Atlántico (Burdeos). Enfrente, las rutas aún vivas surcadas por romanos y cartagineses. Entonces, tal prominencia ya había sido el risco de los muertos que miran al mar, el mismo que les sigue dando vida al crear la dinámica de la paradoja.

   Esta paradoja Valéry la canta a ritmo ceñido, alucinante. Desgraciadamente las traducciones de poesía, entre más veraces, entre más leales al pensamiento del poeta, se alejan por necesidad de la musicalidad planteada por el poema. No hay salida para esto. Va una cosa por otra, desgraciadamente. Quizá para nuestro caso funcionara un intento de explicación (trabajo que de ninguna manera corresponde al traductor, quien ya cumplió con calidad y oficio su encomienda) para acercarnos lo más posible a la música original del poema que nos ocupa.

 

La fuente (tomando nada más el primer párrafo) nos dice:

Ce toit tranquille, oú marchent des colombes.

Entre les pins palpite, entre les tombes;

Midi le juste y compose de feux

La mer, la mer, toujours recommencée

O récompense aprés une pensé

Qu?un long regard sur le calme des diuex!

 

   Imaginemos esta música. Los dos primeros renglones son un dístico (la palabra final del primer renglón rima inmediatamente con la palabra final del verso que le sigue) de diez sílabas cada uno. Después continúa una cuarteta de rima interna, como las de los sonetos clásicos, pero también de diez sílabas (los sonetos clásicos son de once). Así quedan enlazados en rima externa, el tercer verso con el sexto y en rima interna el cuarto con el quinto, creando, todo el conjunto, una dinámica musical que envuelve efusivamente al lector en la lengua original. Así accedemos solamente a la simbologías de las que se vale el autor, y quizá por ello, despojados de la lubricidad de la música primera, en un juego de ganar y perder, quedemos en la condición apropiada para abarcar más ampliamente el pensamiento puro del poeta. Éstas son simples ideas al aire.      

   

   Valéry nació en Séte, al sur de Francia, en 1871 y murió en Paris en 1945, después de lograda la arquitectura de su poesía y después de haber defendido con las armas a su país de la invasión nazi. Sus restos se encuentran justamente en el cementerio marino, lugar que inmortalizara con su poema del mismo nombre. En su lápida se grabaron estas frases de su poema inmortal: “¡Oh recompensa después de un pensamiento como vasta mirada sobre la calma de los dioses!” ¿Qué percibió el poeta ubicado en la altura del osario sitiado de mar? Nos lo dice en el poema, pero es que el poema dice muchas cosas, metáfora abierta a las dimensiones de la imaginación del lector.

   Séte es ciudad surcada por canales, rodeada de agua, prácticamente una isla que se tiende entre el Mar Mediterráneo y la laguna de Thau. En el centro, como emblema de la localidad se erige el Monte Saint Clair, elevación más verde que el verde al delinearse decididamente en medio de un azul que le asedia por todos lados.    

         Desde el cementerio marino, desde las tumbas en donde la muerte guarda el producto de su trabajo, Valéry mira el mar. Pero se sabe también parte de su punto de observación y junto con las pequeñas capillas en torno, al lado del sembradío de cruces de piedra, el azul permanente se ve enfrentado por el rojo intenso de las cruces, a veces, anaranjadas, a veces, amarillas, y en medio de esos rojos y amarillos de los que además él forma parte, el poeta, también estudiante de filosofía, el poeta, también estudiante de matemáticas, inicia su meditación. Está iniciando su poema, su trabajo mayor, 24 sextetas de deslumbramiento y deslumbramientos.

   En el principio se pone bajo el manto patriarcal de Píndaro y lo evoca en su epígrafe: Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible. Las tumbas que lo rodean vestidas de rojos y anaranjados, tintadas por un sol que ya declina en el horizonte iodado le están subrayando también que en efecto, la inmortalidad no existe, entonces, junto a Píndaro, de la vida habrá que agotar al máximo lo posible y eso intentará el poema. Y eso nos da.

   Píndaro, el poeta que Valéry evoca, ha sido considerado por otros grandes poetas como el dueño de un estilo peculiar, creador de una escritura que proporciona dificultades al lector. Hace que su discurso dé saltos continuos e inesperados y de pronto se vale de asociaciones imprevistas, lo que le permite utilizar una enriquecida mixtura de elementos. Saturado de recursos retóricos construye una obra oscura para los de su tiempo, y otro griego, Herodoto, asegura que su poesía es ininteligible, juicio con el que cientos de años después iba coincidir Voltaire, mientras que Goethe y Holderlin le llamarían “símbolo de la libertad del genio creador”.

   Así, lo vio también Valéry, como “símbolo de la libertad del genio creador” y así lo asume en el inicio mismo de su gran poema. Por ello se volvería casi imposible -e inútil- hacer una lectura lineal del poema de Valéry, pues como en el caso del griego Píndaro, en su poema hay una confluencia de energías, de visiones, de definiciones del todo y de los todos que convoca a muchas energías y las pone a funcionar para que el lector haga su poema propio.

   El párrafo anterior responde a un pensamiento que Valéry repitió en diferentes ocasiones y que era en referencia de que un poema no puede ser explicado, pues son muchos los misterios que confluyen en él y lo hacen poema y provocan que en el momento de que se quiera hacer una lectura lineal del mismo quede destruida la creatura poética. Según sus propias palabras: “no hay sentido verdadero de un texto”. Por lo tanto la ventana se abre y el alma vuela, Sin más. Como vuelan las palomas con las que se inicia El cementerio marino y que después de 24 estrofas, en pleno jubileo, se van a convertir en velas de embarcaciones picoteando el azul que es vida arriba, abajo, en el horizonte.      

   Decía el poeta de Sénte, no me pregunten “que quise decir”, pregúntenme “qué quise hacer”, y en el caso en el que nos encontramos, sentimos que quiso partiendo de la muerte hacer la vida, y lo hizo.

   Después de la cita de Píndaro y en traducción de Miguel Ángel Flores, el poeta inicia:

 

 

Ese techo tranquilo, campo de palomas,

Palpita entre pinos y tumbas;

Justo al mediodía enciende fuegos

¡El mar, el mar, siempre recomenzando!

¡Oh recompensa después de un pensamiento

Como vasta mirada sobre la calma de los dioses!

 

  

No vamos a cometer la grosería de intentar una lectura lineal del poema. ¿Cuál es aquí el empeño?: navegar en las abstracciones del poeta sin mayores pretensiones, flotar en ellas y en lo que se pueda -ya decía Píndaro: “agotar el campo de lo posible”-, acercarnos un poco más, con humildad, a su visión de su mundo, a la de su la vida y a la de su la muerte. Estamos ahora en la cima del risco y clavamos la mirada en el infinito. La muerte ha escogido ese mar iluminado por el día, como su redondo espejo.

   Desde su primer párrafo el poeta nos coloca en el resplandor del día. Si el mar es la tumba de lo que no nada, esta tumba no es obscura, sino por el contrario, está plena de un fulgor enceguecedor y lo que no vemos no es por la sombra, sino por el estallido de luz del mediodía encendido en sus fuegos. Entonces, el mar, la enorme tumba de agua, es una tea, y si vamos en el morir hacia esa tumba, no vamos a ella por la sombra, vamos por la llama.

   En la segunda estrofa se reafirma la visión, el mar imán de luz, y en medio de la paz que ejerce (el sol no deja de estar sobre el abismo,estamos todos sobre el abismo) se agrega una consideración más, sobre la aparente paz vamos a alcanzar el conocimiento de las profundidades por medio de la poesía, la poesía siempre en el borde del abismo nombrado.    

   

 

¡Qué trabajo puro de finos relámpagos consume

   Tantos diamantes de invisible espuma,

   Y qué paz parece concebirse!

   Cuando sobre el abismo un sol reposa,

   Trabajos puros de una eterna causa,

   Refulge el tiempo y el Soñar es saber.

   

 

Existe un mar frente al cementerio marino, pero ahora no hablo del mar sobre el que nos hemos intentado navegantes ni del risco poblado de tumbas (ahí mismo está enterrado Valéry, en la tumba de la familia Grassi, nombre de su madre), no de ese mar ni de ese cementerio desde donde se ve la línea dorada y curva de la playa de La Corniche. Estos son los otros sustantivos: existe un mar de teorías, explicaciones, discernimientos y minuciosas tesis, sobre el poema El cementerio marino. Pero quizá entre más nos acercáramos a los misterios del poema más crecería nuestra interrogante ante el autor que tanto insistía: “la obra es para uno el término, para el otro el origen de desarrollos que puedan ser tan ajenos como se quiera, uno al otro”.    

   Para Valéry los juicios producidos entre el productor, la obra y el autor son ilusiones, sólo producen reflexiones inválidas. Pero seguimos avanzando desde nuestra invalidez, hasta agotar lo posible, como proponía Píndaro. Qué magnífica emoción el intento de descifrar los símbolos del poeta.

   Entre los terrenos de lo imprecisable sería prudente atenernos a las palabras del propio autor:

   “Ya me he explicado en otras partes sobre este punto; pero nunca se insistirá lo bastante: no hay sentido verdadero de un texto. No hay autoridad del autor. Aunque haya querido decir, escribió lo que escribió. Una vez publicado, un texto es como un aparato del que se puede servir cada uno a su antojo y según sus medios; no hay seguridad de que el constructor lo use mejor que cualquier otro. Por lo demás, si el autor sabe bien lo que quiso hacer, este conocimiento turba siempre en él la percepción de lo que ha hecho”. Estas expresiones dotan de mayores márgenes al osado que en vez de leer al poeta propone intuirlo.

   ¿Por qué no es procedente “leer” sino intuir a Paul Valéry y con él su Cementerio marino? Ya se ha dicho aquí que a Valéry se le considera como un descendiente directo del Simbolismo iniciado por Baudelaire y llevado a su máxima expresión por Stéphane Mallarmé, quien al mismo tiempo da paso a las expresiones del Vanguardismo, que ya golpeaba con fuerza las puertas de la creación literaria contemporánea y de las revoluciones estéticas en general.

   El Simbolismo nace en Bélgica y Francia como una actitud contraria a la enseñanza y a la descripción objetiva en el arte. Ese sólo hecho de separarse del arte que pretende “enseñar”, abre las ventanas al discurso. Se multiplican las posibilidades de la palabra, y su entramado desde el poeta. Se potencializan los significados según las posibilidades culturales y vivenciales del que recibe. No sólo se libera, se multiplica, se potencializa el emisor, sino que también se diversifican las arterias del que recibe transformándose y transformando. Se toca el misterio, y su profundidad es mayor y más honda que lo tocado por la prudencia didáctica del profesorado.

   Según los simbolistas el mundo es el constante misterio por descifrar y el poeta debe establecer las correspondencias ocultas que unen los objetos sensibles. Fueron Baudelaire y Edgar Allan Poe quienes proporcionaron el mayor número de imágenes y figuras literarias a este movimiento que reaccionaba en contra de los movimientos realistas del Romanticismo imperante -aunque muchos han dado en llamarle, al Simbolismo, la cara oscura del Romanticismo, su extensión sombría-, y que dio origen al Parnasianismo (Theophile Gautier: “el arte por el arte”) del que después se apartó al no estar de acuerdo con el postulado de “el verso perfecto” de los parnasianos. Seguimos buscando en la vastedad la posible lectura al marino Valéry.

   Según el radicalismo de Rimbaud había que desarreglar todos los sentidos para poder ver, romper la pupila tradicional para crear nuevas imágenes, para encontrar las realidades ocultas, antirrealismo absoluto, ¡fuera la lectura lineal del texto y de la vida!

   Mallarmé de quien ya se dijo fue el cúlmine del Simbolismo, junto con Paul Valéry, nuestro poeta marino (poesía esteticista, intelectualizada), fueron también principales columnas para la irrupción del Hermetismo italiano (Quasimodo, Ungaretti, Montale, D’Annunzio, Pascoli…) poesía de mediados del siglo XX ésta, pero con una intencionada cercanía al hermetismo del antecesor culterano español del siglo de oro, escrita con la intención de que fuera oscura, alejada lo más posible del gran público, lo que se lograba con base en analogías, asociación de ideas por yuxtaposición, imágenes oníricas, acentuando el mensaje atemporal en contraposición de lo cotidiano; poesía como intuición, sin propósitos prácticos. Cerrada.

   La poesía parnasiana se derivó del Simbolismo, pero los simbolistas se apartaron de ella desdeñando su propuesta de claridad y objetividad a cambio de mayor libertad en el verso, y deshabitando la pretensión a la  claridad, a la objetividad, al perfeccionismo. Sin embargo adoptaron de Gautier su posición de “el arte por el arte” y años después, Valéry descendiente de estos movimientos, acuña por su parte la idea de la “poesía pura”.

   Sobre el destino de los simbolistas escribió Verlaine que el genio de cada uno los había separado del tejido social, como una maldición que los había conducido al hermetismo volviéndolo su expresión individual. Dado que el griego-francés Jean Moréas, autor del Manifiesto del Simbolismo falleció en 1920 y su inmediato antecesor, Stéphane Mallarmé, en 1898, se podría decir que Paul Valéry, muerto en 1945, fue el último simbolista.   

   Si tomamos estos datos como necesarios antecedentes tendremos ya más clara la idea de cómo acercarnos al poema El cementerio marino. En él existen las citas culteranas: Zenón de Elea, la diosa Minerva, impresiones paisajistas, simbologías sobre la vida y la muerte mientras el reposo de los dioses; el mar, como estímulo para los vivos y lugar de descanso para los muertos; el mar, hechura de palabras lúminas, sitio consagrado a la luz desde el fulgor terrestre…  divagaciones… dispersiones…

   Como el poeta se encuentra observando sobre el risco, y es vida, el mar recicla entonces la vida en la superficie. Al mismo tiempo el mar espera para ser el cementerio de la tierra firme. Tumba. Cuna. Tumba. Cuna. La muerte, que es vida, rodea al poeta que observa y éste mira la inmensa tumba azul que está esperando el descenso de la tierra para reciclarla. La muerte puede tardar pero finalmente es la tortuga que siempre le gana a Aquiles. El hombre, Aquiles, puede obtener triunfos, brillos, en su desbocada carrera pero al final, la tortuga siempre llega. El poeta nos refiere el veloz desplazamiento de Aquiles, más en su juego de simbologías, es él, sujeto también a la paradoja de su quietud. De lo que culpa al cruel filósofo:

   

 

¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!

   ¡Me has traspasado con esa flecha alada

   Que vibra, vuela, y que no vuela!

   El sonido de mi infancia ¡y la flecha me mata!

   ¡Ah, El sol…! ¡Qué sombra de tortuga

   Para el alma, Aquiles inmóvil a grandes pasos!

 

   Medita el poeta sobre el risco y nos mueve dentro del sofisma de Zenón, la velocidad que no avanza y se queda suspendida entre Aquiles y la tortuga pertinaz; y porque el color, el olor, el dolor mismo, todo está condenado a perecer, se rompe el quietismo, ¡por eso se alza el viento, para tentar la vida!

   Sobre la inclusión de este pasaje en el poema, el propio Valéry explica:

   “La exigencia de los contrastes que producir y de una especie de equilibrio que observar entre los momentos de ese “yo” me llevó (por ejemplo) a introducir en un punto algún llamamiento de filosofía. Los versos en que aparecen los argumentos famosos de Zenón de Elea (pero animados, revueltos, arrastrados en el arrebato de toda dialéctica –como un aparejo en una racha de borrasca-) tienen por objeto compensar, con una tonalidad metafísica, lo sensual y lo “demasiado humano” de estrofas antecedentes; determinan también más precisamente a “la persona que habla” –un amante de abstracciones-“.

   Concederá la indulgencia del lector que la interpretación, anterior a esta explicación, hecha a la sexteta, vale, pues la lectura de un poeta como Valéry no se puede quedar en la noble explicación del autor de que su intervención en esa estrofa fue un simple intento de hacer un contraste entre lo demasiado humano y una tonalidad metafísica.

   Y así cada estrofa queda abierta y lo que el lector desprenda de cada una, según la habilidad de su pupila, valdrá también, seguirá valiendo, desde el risco de su observación poblado de cruces de piedra enrojecida, hasta lo más profundo del vientre de su océano.

  

 

        Así, el mar es cementerio para la tierra firme.

   Así, el mar es cuna que está para la vida.

   Así, el mar es fuente de conocimiento, “Templo de Minerva”.

   Así, el mar es sentencia entre la superficie y las profundidades.

   Así, el mar es el poderoso imán de las conjeturas del poeta.

   Así, el mar disuelve el tiempo con su abrazo de agua.

   Así, el mar es recipiente de la muerte que reinventa los latidos pero que en su fondo conserva inviolado el gran misterio.

   ¿En dónde concluye el mar?, no en los continentes, estos son apenas una concesión del mar. El mar continúa más allá del litoral, sigue en el pensamiento del hombre que lo está observando y sigue en el pensamiento de éste sobre la muerte y el final de la carrera de Aquiles. ¡Ah cementerio marino! ¡Voltio de agua!

   Pero cuando la tierra se sumerge en el cementerio hidráulico ¿cuánto se lleva para alimentar su eternidad?, ¿de cuántas culturas están empedrados sus medios fondos?, ¿de cuántos pensamientos?, ¿de cuántas almas aceptando la sentencia de Píndaro?, ¿de cuántos poetas concentrados en el juego y rejuego de las mutaciones?, ¿cuántas ecuaciones se encuentran sepultadas en su vientre?, ¿de cuántas ecuaciones elabora las crestas de su espuma?

   Traduce Miguel Ángel Flores:

   

¡El viento se eleva!... ¡Intentemos vivir!

   El aire inmenso abre y cierra mi libro,

   ¡La ola en espuma se atreve a brotar de las rocas!

   ¡Vuelen, páginas tan embelesadas!

   ¡Rompan olas! ¡Rompan aguas regocijadas

   Ese techo tranquilo donde picotean las velas!

 

   Las palomas del principio ahora son velas marinas, reciben el bautizo junto con los continentes. El libro del poema –como el poema del libro-, es abierto y cerrado por un aire inmenso. Al final de cuentas, en el cementerio marino (magia de la mente del poeta y magia de la existencia misma, ¡rompan aguas regocijadas!), triunfa el himno por siempre de la vida. ¡El viento se eleva!... ¡Intentemos vivir!                  

  

 
www.robertolopezmoreno.com

 

 

TANGO PARA SAÚL IBARGOYEN

Roberto López Moreno

 

 

Ayer miércoles 09 de enero de 2019, falleció en la Ciudad de México el poeta Uruguayo-Mexicano Saúl Ibargollen, luchador por las causas justas en América y en el mundo.

 

Domador de distancias
tu paso ha caminado
por la tierra del hombre,
que se ha vuelto tu paso.

¿En dónde está tu casa?
Estará siempre al lado
del camino que traza
compañero y hermano.

De donde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie 
los caminantes.

De donde es esa luz,
la que compartes
entre tus versos 
de cerebro y corazón.

Poeta generoso
de poemas alados,
luna y sol del camino,
norte y sur decantados.

Hoy quiero saludarte
con las riendas de un tango.
Ibargoyen, hermano
que renace entre cantos.

De dónde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie
los caminantes.

De donde es esa luz
la que compartes,
entre tus versos
de cerebro y corazón.

Badoneón de bacanes,
de garufas de otarios
que se espiantan fayutos 
porque vos sos el tango.

 

 

R.L.M.
México. América.
09 de enero de 2019.

Jueves, 25 Octubre 2018 04:44

CUATRO ENCUENTROS / Roberto López Moreno /

 

 

CUATRO ENCUENTROS 

Roberto López Moreno

 

 

   -Los poetas rompemos esa aparente cerrazón del presente. Aunque no nos publiquen, aunque los editores o comerciantes de libros digan que no se vende la poesía -¿Cuándo se ha vendido realmente?; lo digo con bisemia, en un doble sentido-, ella entra despacito por debajo de las puertas, de los vidrios, de las ventanas, y se queda tranquila. Así la poesía es fisura y rompe con esa aparente confusión interminable. Aparentemente, ya lo he dicho en otra ocasión, las palabras fax o stock han reemplazado a la sílaba preciosa. Pero sucede que la poesía se hace con palabras y las palabras tienen sílabas. Los poetas silabeamos el mundo y al silabear respiramos y hay un neuma ígneo, como diría el viejo Heráclito, que funciona ahí.

   -Siempre he dicho que este es el premio de conversar contigo; siempre se aprende algo, y además, teniendo la belleza como pupitre.

   -Bueno, esa gentileza tuya…

   -No es gentileza, siempre hemos sostenido los amigos, allá en México, que conversar contigo establece dos líneas paralelas, la primera…

   -Espera, no sigas, en este caso deja que te explique…

   -Sé lo que digo y los “cuates” allá están de acuerdo con mi afirmación.

   -Sólo que esta vez…

   -Esta vez has vuelto a hablar como siempre; estaríamos apartándonos de lo usual si no.

   -Sólo que esta vez –y es lo que no me has dejado que te explique-, lo que escuchaste no son palabras mías.

   -¿Cómo…? Sí ahí estás tú, como siempre, rompiendo la “aparente cerrazón del presente”.

   -No, Daniel…

   Daniel se detiene, grueso todo él, de cuerpo y de espíritu, atento a lo que trata de explicar el poeta Villaseca.

   -Estas palabras son hechas  mías, claro, pero son palabras que escribió Gonzalo Rojas para una contraportada de este joven poeta que te presenté hace unos minutos.

   -Mario…

   -Sí, Mario, quien recopiló el trabajo de siete jóvenes de su taller literario para integrar el libro que saludó Rojas de esa manera

   -Mario, sí… el muchacho que saludamos hace rato, Mario, ¿Mario qué? 

   -Nandayapa, el apellido es legítimamente chiapaneco, esa palabra en español quiere decirarroyo verde.

   -Nan-da-ya… pa.

   -Sí, Mario Nandayapa, de hecho doctor ya, el doctor en letras Mario Nandayapa; vino a hacer su doctorado aquí a Chile, y las palabras que dije las escribió Rojas para la contraportada del espléndido libro organizado por Mario con la obra de sus siete talleristas, y aquí vuelvo a tomar las palabras de Gonzalo: “libro donde siete poetas maduran lentamente en la caída vertiginosa de la palabra bajo el sabio consejo de Mario Nandayapa que, como Virgilio, conoce el infierno más que el paraíso”.

   -Otra vez los poetas chiapanecos. Y de las chiapanecas, qué me dices de las chiapanecas.

   -Bonita pieza, internacionalizada desde hace mucho.

   -Y luego de la broma, qué.

   -Rosario Castellanos.

   -Indudablemente, pero me acabas de presentar a Nandayapa…

   -Sí, sé de lo que preguntas; hay varios nombres, Yolanda Gómez Fuentes, las hermanas Trejo Sirvent, Clara del Carmen Guillén, Marirroz Bonifaz, y otras de auténtica calidad literaria…Margarita… Alegría da en verdad constatar esta continuidad luminosa.   

      El poeta Juan Bautista Villaseca y el doctor Daniel Martínez Montes conversan en el interior de Il Bosco, el viejo, el tradicional, el clásico Il Bosco. Aquí, estas paredes fueron testigo de aquellas bohemiadas en las que se reunían poetas y periodistas de izquierdas y derechas, todos en el mismo hervidero.

   -Sí Daniel, precisamente me acaban de contar una escena que me hubiera gustado gustar en plena plenitud. Me relataron de cuando la poetisa Estrella Magín, aquí mismo, en una noche delirante, dio a gustar de sus senos al escritor Vicente Parrini y a otro poeta amigo suyo, prendidos ambos de cada exuberancia, como si Rómulo y Remo hubiesen sido a las orillas ya no del Tíber, sino del propio Mapocho. Los tres, succionadores y succionada, perfectamente ebrios. Ah, por qué las dichas nos llegan siempre a medias. Por que gozarlas a través de un relato es gozarlas a medias.

   -A medias y a destiempo.   

   -Aquí mismo me relataron apenas, otro episodio que me pareció muy de la Morada de Paz. Un periodista de apellido Inostroza escribió acremente sobre un poeta de nombre Hernán Cañas, calificándolo de “poeta menor”. Cañas se lo encontró en la barra y se dio a insultarlo. “Folletinero” era lo menos que le vomitaba con desprecio. “Vulgar folletinero” le espetaba junto a un nutrido rosario de agravios verbales de todos los calibres. Llegó el momento en el que Inostroza no aguantó más y se dirigió iracundo al que le insultaba; con un severo puñetazo obsequiado entre madre y oreja -como se dice en México- hizo que rebotara el cuerpo del vociferomanoteador, primero sobre una mesa y de ahí sobre dos sillas, derribándolas estrepitosamente; el periodista insistió sañudo sobre su presa para instalarle otro soberano marrazo, tan descomunal, que hizo que el cuerpo de Cañas volviera a alterar la posición de otra de las mesas con todo y el sillerío correspondiente. Luego, en medio de aquella contundencia, alcanzó al maltrecho Cañas, lo tomó de las solapas y ante el asombro colectivo lo levantó por los aires para azotarlo sobre el suelo. Algunos creyeron que lo había matado. Ante el humillado cuerpo, desmadejado sobre el piso sanguiñolento, Inostroza todavía se dio el tiempo para arreglarse la corbata, tomar del brazo a la mujer que lo acompañaba y salir del local, erguido y displicente. Iba saliendo Inostroza cuando los parroquianos escucharon cómo desde el suelo, desde un cuerpo perfectamente deshilado, se rehacía la furibunda voz de Cañas para gritar rencoroso, con mayor encono aún: “¡Folletinero!”. “¡Así es como huyen los cobardes!”.

   Ríe Martínez Montes de buena gana. –Tienes razón, es toda una escena digna de la Morada de Paz.               

   El poeta Villaseca, acaba de dar en la Universidad Católica una conferencia más de su serie sobre la vida y la obra del mexicano Ramón López Velarde. Ahora, la conversación de él y Martínez Montes ya rueda por la Alameda, ya recorre las dúas cuadras que los separan del cerro Santa Lucía, ya asciende, ya retorna a la barra en donde se encuentran los dos amigos que han viajado desde México, cada uno traído por su propio vértigo de imágenes.

   -Yo, Juan Bautista Villaseca, tiendo una vez más el velo inconsútil, ahora en tierra chilena, para intentar de nuevo la captura de los fantasmas lopezvelardeanos.

      -Yo, Daniel Martínez Montes acudo aquí, a Santiago, a la invitación que se me hizo para un encuentro internacional sobre espiritismo; quién sabe a quién se le ocurrió invitar a un viejo cascarrabias para que viniera a refunfuñar sus cosas sobre el tema; quién sabe quién les dijo que ese viejo cascarrabias era yo.

   Conversan los dos con entusiasmo, de pie, frente a una barra que mantiene frente a ellos dos tazas humeantes. Los dos celebran el haberse encontrado de manera tan sorpresiva a tantos kilómetros de su lugar de origen.

   Rebosan con su entusiasmo los interiores de Il Bosco, frente a la iglesia de San Francisco, entre San Antonio y Estado. De día se reúnen aquí algunos poetas y periodistas; de noche toda esta atmósfera se vuelve densa y hasta peligrosa. No en vano acerca de esta zona escribió Nicolás Guillén: Cerro Santa Lucía/ tan culpable de noche./ Tan inocente de día. Guillén. Guillén. La plazoleta en donde se encontraba la ex Pérgola de las flores, se llena de patines taloneando el oficio, ahí mismo, donde la gente aborda la micro para dirigirse a sus hogares hacia el oriente de la ciudad.      

   -Así que a eso viniste, a un encuentro internacional sobre espiritismo, don Daniel.

   -Quítale el don, porque suena a campana.

   -¿Sabes una cosa?, siempre que me hablan de espiritismo, pienso que el poeta es una especie de médium potestativo.

   -Si utilizara la tiptología por movimiento ahora, con un golpecito sobre la barra te diría que sí, con dos, que no; así es que asiento a tu expresión y sólo doy una vez con los nudillos, ¿qué te parece?

   -Un tanto adulador, como siempre, cuando digo algo.

   -Si te molesta, daré dos veces sobre la mesa y de aquí mismo me  arranco a Rancagua y tú a Valparaiso y se acabó.

   Los dos ríen estentóreamente.

   -Yo también tuve trato alguna vez con espiritistas –dijo Villaseca- y eso de la tiptología no era tan simple, conocía el procedimiento de otra manera…

   -Sí –interrumpió Martínez Montes- si se le asignan a cada letra del alfabeto cierto número de golpes, se pueden obtener palabras completas, como en el juego de la ouija, pero los espíritus más desarrollados prefieren comunicarse por medio de la psicografía.

   -Ah, de nuevo el cerebro y la palabra, escrita o no, con la imaginación en medio. De nuevo la poesía.

   De la Alameda llega un aroma a fresco abriéndose paso entre la polución ambiental.

   -Poesía es la que todo lo crea desde el cerebro del hombre. –Insiste Juan Bautista.

   -Sí, porque finalmente como dices, y aunque te “moleste” que esté de acuerdo contigo, la poesía está en lo que tocamos, en lo que respiramos. En medio de un mundo tan abrupto se vive paralelamente el mundo de la poesía sin que nos percatemos de que ahí está, presente en todos nuestros actos y que también actuamos dentro de ese mundo.

   -No “también”, sino que actuamos dentro de ese mundo. Cuando nos salimos es cuando sobreviene la tragedia apresurada por el primate.  Y ahí ha estado también, en la estrepitosa hecatombe de Troya y ahí estuvo, en los ensangrentados canales de Tlatelolco, cuando el derrumbe del universo mexica y también en el Tlatelolco del siglo XX.

   -Y ahí estará, en el derrumbe de nuestro universo todo.

   -Pues… sí… la falta de poesía no sólo destruiría la tierra… ¡Claro!, también el universo, pues, ¿en dónde estaría entonces el hombre para dar fe de que el universo existe…

   -Ajá… un marxista recurriendo a los sofismas del obispo Berkeley…i

   El halo de la Alameda aletea lívido, álgido.

 

 

 

SEGUNDO ENCUENTRO

 

 

   En medio de la conversación enrojece el ocaso. Martínez Montes le propone a quien para él es uno de los poetas mexicanos más importantes del siglo XX, que se encuentren al día siguiente para aprovechar la estadía de ambos en Santiago; “¿en qué sitio?” pregunta Villaseca. “¿En dónde puede ser?”, responde el doctor Martínez Montes, “antes de venir a tu conferencia sobre don Ramón me enteré de que aquí, en esta ciudad tan al sur de la nostalgia, la Casa del Escritor lleva el nombre de Ramón López Velarde, precisamente”.

   Horas después los dos amigos conversan en los interiores de la Casa del Escritor. Un caserón antiguo, ubicado prácticamente en el Santiago histórico. En este segundo encuentro, la ráfaga de aire atraviesa la Plaza Italia y rodea a los conversadores después de haberse paseado tan campante sobre las aceras de la calle Simpson.  

   -¿Y no sabes por casualidad si López Velarde era espiritista?, acuérdate que se decía que Madero lo era y que bajo esos influjos se lanzó a derrocar a don Porfirio. La gran fuerza del espiritismo se inició en el siglo XIX, tiempos que a ellos les tocaron muy de cerca.

   -Yo diría más bien, que López Velarde no era espiritista, era espiritualista.

   -Bueno los literatos, no por serlo, están tan lejos de algunas prácticas del espiritismo, y hasta se podría decir de algunos escritores que… –se dirige a Villaseca con cierta sorna y abunda- Conan Doyle, mientras escribía las aventuras de Sherlock Holmes, asistía por las noches a complementar con su presencia las cadenas fluídicas e incluso llegó a practicar la pneumatografía.

   -De qué se trata eso.

   -Fácil cosa, sobre un retrato, sobre el medallón del fallecido al que se quiere contactar, sobre su tumba misma, dejas un lápiz y un papel y al cabo de un tiempo regresas para ver el mensaje que haya dejado escrito.

   -Ah, -interrumpe Villaseca en torno burlesco pero afectuoso- buen procedimiento para darle oportunidad al poeta fallecido de hacer el poema que tenía pensado antes de morir y que ya no pudo rayonear en su cuaderno.

   -Ayer que me presentaste a… a Nandayapa, pensé en lo poetas chiapanecos escribiendo allá en sus selvas cada vez más taladas, a la orilla de sus ríos, cada vez más contaminados. Pensé en ellos, en sus paisajes. No sé si te acuerdes de Paz Lócera –evocó Daniel mientras llegaba a ellos una nueva onda del viento-: “Señor,/ aquel caballero triste/ que a cambio de amargura/ un ánfora le diste/ repleta de esperanzas/ de amor y de ternura,/ aquel que en tu santuario/ lloró todas sus penas/ contó todas sus cuitas,/ llevar el rostro enjuto/ nuevamente le he visto,/ nevados los cabellos/ los ojos sin destellos/ y con el alma en luto./ Pues, Señor,/ para aquel caballero triste/ el ánfora que tú escogiste/ estaba rota”.

   -Buena memoria –apunta Villaseca.

   -Nunca como la tuya –asienta Martínez  Montes.

   -Oh, los elogios mutuos…

   -Bueno, pues salió a colación porque esto que acabo de recordar es una de las tantas versiones de El ánfora rota, de las demás versiones, en Chiapas todos los que las repiten dicen que la suya es la verdadera. Entonces se me antoja que alguien estuvo practicando la pneumatografía para darle oportunidad al autor a que regresara del más allá a corregir una y otra vez su poema.

   Como si en ese momento estuviera llegando de muy lejos, cortando abruptamente el tema, Villaseca dice con tono de interés, “así es que esta es la Casa Ramón López Velarde, la Casa del Escritor…”

   -Así es, se inauguró el 17 de septiembre de 1963, con un discurso de Pablo Neruda.

   -¿Cómo es que lo sabes?

   -Porque eso dice la placa de ahí enfrente –Responde Martínez Montes con sonora carcajada.

   -Se inauguró con un discurso de Pablo Neruda… creo haber leído algo de eso.

   -¿Otra vez a presumir de la memoria de elefante?

   -Si de eso se tratara, te relataría ahora mismo…Obregón… Vasconcelos… sí, te lo contaré ahora.

   -A ver, a ver…

   -Se trata de una anécdota con relación a López Velarde que repetía el poeta Rodolfo Mier Tonché, refiriéndose justamente a las memorias fotográficas, esas a las que llamas memorias de elefante.

   -Escucho mi querido Juan.

   -Resulta que cuando falleció nuestro poeta, el entonces secretario de Educación Pública de México, José Vasconcelos, le informó al presidente Obregón: “acaba de morir López Velarde”. Obregón, como todo buen político mexicano, no tenía muy claras las dimensiones del reciente fallecido, entonces sólo se le ocurrió preguntar “¿Y…?”. Vasconcelos abrió el libro que llevaba en la mano y repuso: “el que escribió: Yo que sólo canté/ la infinita partitura del íntimo decoro,/ alzo hoy la voz a la mitad del foro,/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo/ para cortarle a la epopeya un gajo… Al darse cuenta Vasconcelos del interés que había despertado en Obregón decidió leer completo el largo poema. Cuando terminó Obregón mandó a reunir a su gabinete y ya frente a ellos les dijo con gesto compungido y ceremonioso: “les he mandado a llamar para informarles que, lamentablemente, hoy murió el poeta López Velarde”, y continuó, “aquel que dijo: alzo hoy la voz a la mitad del foro/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo, para cortarle a la epopeya un gajo./ Navegaré por las ondas civiles con remos que no pesan/ porque van/ como los brazos del correo chuan/ que remaba la Mancha con fusiles./ Repetiré con una épica sordina,/ la patria es impecable y diamantina…”, y ante el desmesurado asombro de Vasconcelos, repitió el poema casi completo. Eso es memoria mi querido Daniel. Eso sí es memoria, lo demás son… tú ya sabes.

   -Y al hecho de repetirme completa la cuarta de forros del libro de Nandayapa ¿cómo se le puede llamar? –Repuso Martínez Montes agitando frente a Villaseca el enorme corpachón que normalmente cubre con una gabardina blanca.

   -Eso es algo efímero.

   -Eso es memoria.

   -Es algo efímero. –Insiste Villaseca con su rostro ovalado, sonriente, con una sonrisa que le achina los ojillos con cierta picardía.

   -Pero ahora… ibas a decirme algo sobre el discurso de Neruda.

   -Te digo que creo haberlo leído por las fechas en las que se inauguró este recinto.

   -1963.

   -La poesía de López Velarde ha ido de alambique en alambique destilando la gota justa de alcohol de azahar, se ha reposado en diminutas redomas hasta llegar a ser la perfección de la fragancia. Es tal su independencia que se queda ahí dormida, como en un frasco azul de farmacia, envuelta en su tranquilidad y en su olvido. Pero al menor contacto sentimos que continúa intacta, a través de los años, esta energía voltaica. Ninguna poesía tuvo antes o después tanta dulzura, ni fue tan amasada con harinas celestiales. Pero bajo esta fragilidad hay agua y piedra eterna. Cuidado con engañarse. Cuidado con superjuzgar este atildamiento y esta exquisita exactitud. Pocos poetas con tan breves palabras nos han dicho tanto y tan eternamente, de su propia tierra.

   -No… ching… -Martínez Montes con cara de asombro.

   -Pues sí, creo que lo recordé.

   -¡Son las palabras del discurso!

   -Unos parrafillos nada más.

  -Es que no puede ser posible…

   -No es nada del otro mundo Daniel, recuerda que soy chileno y mexicano al mismo tiempo. He estado en contacto siempre con estos textos. Ya te he platicado que mi padre era un destacado cirujano chileno, hombre de gran cultura; de niño me impresionaba y ahora que lo recuerdo me impresiona más. Yo nací en la ciudad de México, de madre mexicana, también de buena memoria, pero de él heredé la profesión de médico y la tonelada de libros que se llevó para allá… y que los leía ¿eh?, me consta que los leía.

   -…Por eso esas disertaciones tuyas sobre Huidobro… Sobre Neruda…

   -Crecí con ellos, leyendo sus obras, así como crecí leyendo las obras del “tal don Ramón”.

   -Oye, se me ocurre… ¿y si organizáramos una sesión espiritista con la gente que me invitó al encuentro y los hacemos conversar a los tres, Ramón, Vicente, Pablo?

   -Qué interesante que pudieran hablar los espíritus de los poetas, traerlos al más acá.

   -Varios lo trataron de hacer. Te diré, tengo una lista de no pocos poetas que creían en todo esto del espiritismo. ¿Empezamos?

   -No, déjalo así, seguramente que eran plagiarios en potencia que querían ver cómo se aprovechaban del más allá.

   -Y no sólo los poetas        

   -Algunos…

   -También científicos como Edison y otros de esa talla

   -Y algunos…

   -¿Y si pudiéramos hablar con Nicanor, por ejemplo, aquí mismo, sobre la costra terrestre?

   -Inténtalo y después de tu conferencia me platicas qué te dijo.

   -Es mañana, a la misma hora de tu última cátedra sobre el poeta.

   -Regreso dentro de dos días a México, quizá mañana nos podamos ver y platicarnos cómo nos fue a cada quien. Citémonos en algún punto.

   Acuerdan el sitio en el que se encontrarán mañana. Saben que si parten del norte, que si del sur, que si de cualquier punto, sus pasos representarán inevitablemente la unidad de este vasto territorio que empieza desde el Río Bravo, que empezaba desde mucho más al norte y que tierra se extiende más allá de los océanos.

   Palabras cúlmines del discurso de Neruda sobre López Velarde: “En la gran trilogía del modernismo es López Velarde el maestro final, el que pone el punto sin coma. Una época rumorosa ha terminado. Sus grandes hermanos, el caudaloso Rubén Darío y el lunático Herrera y Reissig, han abierto las puertas de una América anticuada, han hecho circular el aire libre, han llenado de cisnes los parques municipales, y de impaciente sabiduría, tristeza, remordimiento, locura e inteligencia los álbumes de las señoritas, álbumes que desde entonces estallaron con aquella carga peligrosa en los salones.

   “Pero esta revolución no es completa, si no consideramos este arcángel final que dio a la poesía americana un sabor y una fragancia que durará siempre. Sus breves páginas alcanzan, de algún modo sutil, la eternidad de la poesía. Isla Negra”.     

 

 

 

TERCER ENCUENTRO

 

 

 

   Una sombra espera en una esquina de Monjitas. La otra, la de Martínez Montes, se acerca, pesada, sobre la acera de Enrique Mac-Iver. Los dos amigos se saludan con un abrazo y echan a andar. Parten de Mac-Iver y Monjitas. Los dos se adivinan los pasos; son sus últimas horas en Santiago y ambos saben sin decírselo que se dirigen a la Plaza de Armas, atraviesan por lo ancho la Cerrada de Doctor Dusci, después San Antonio, Phillips, hasta alcanzar Paseo 21 de mayo para entrar a la Plaza. Pueden continuar sobre 21 de mayo que luego cambia de nombre, y ya sobre Estado cruzar Merced, Paseo Huérfanos, Agustinas, Ramón Nieto y llegar a La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Deciden hacer pie en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia.

  -Probablemente no dejé una buena imagen con los congresistas de esta mañana. –comenta Martínez Montes- Pero bueno, no creo que hubieran esperado de mí otra cosa cuando me invitaron.

   -Es algo efímero –repone Villaseca con su cara ovalada, risueña, dueña de una ligera burla cariñosa.

   -Mira, poeta, a ustedes, los que sufren esa locura de inventar un mundo paralelo al que ya existe y se atreven a querer vivir dentro de él, escapándose de la realidad…

   -No es cierto, es cuando más reales somos, los irreales son los que creen que son ellos los que viven en la realidad, porque permanecen dentro de los esquema rígidos de las condiciones a que han sido sometidos culturalmente.

   -Bueno, pues se trata de que hoy en la mañana les hablé del escapismo, más bien, del gran escapista que fue Houdini.

   -El mago Houdini. El gran Houdini ¿Y qué relación tiene Houdini con el congreso de espiritistas?

   -En que él fue el gran detractor de los mitos, trucos y engaños que inventaron los espiritistas, desde las hermanas Leah, Kate y Margaretta Fox.

   -Sí, las canadienses aquellas que timaron a centenares de neoyorkinos ingenuos… 

   -Desde ellas, consideradas en la segunda década del XIX como las madres del espiritismo, hasta ese gran embustero, Daniel Dunglas Home, verdadero embaucador de las buenas conciencias. Les hablé de hombres de ciencia como Lombroso, que fracasaron al intentar descubrir los montajes de los que se “conectaban” con el más allá.

   -Entonces tenía que ser un gran héroe del escapismo, un gran actor, un ilusionista del mayor efectismo, un autor de trucos más elaborados que los de los otros…

  -Claro, así fue, el gran talento de Harry Houdini hizo quedar en ridículo las artimañas que habían dado tanta fama a conocidos escénografos del espiritismo como aquella famosa señora Guppy, o la bella Florence Cook, o Katie King, o Eusapia Palladino… tantas y tantos…

   -Pero veo con regocijo -otra vez aparece la sonrisa ovalada de Villaseca- que tus compañeros de mesa no te colgaron…

   -Me escapé por uno de los ventanales que dan para Las Condes, explica Martínez Montes bromeando.

   -Deberíamos tener en todas partes un Houdini para los asuntos políticos, otro para los religiosos, otro para los económicos, otro para los policíacos, otro para los deportivos… y así… ir desenmascarando charlatanes. Un mago para cada caso que desnudara farsantes en todas las actividades.

   -Y entonces andaríamos todos encuerados, bueno… menos los poetas…

   -No habría necesidad de ningún Houdini para nosotros, los poetas estamos acostumbrados a encuerarnos solos…

   -Del alma… del alma…

   -De todo.

   -Y así, encueraditos del alma… y de todo… siguen inventando cada cosa que hay que echar mano de nuestra mejor buena fe para creerles, como aquel episodio que platicaba Nazario Chacón Pineda sobre un tal general Charis de por el rumbo de Juchitán. Así, ¿quién le puede creer a los poetas? –Pregunta Daniel en una actitud de fingida polémica.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado… -Rememora Villaseca.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado, según Chacón Pineda…

    -…antítesis del abstemio, ante quien Baco se queda como aprendiz de bohemio.

   -…cuando viril todo él, pecho inflamado de heroísmo, pidió un último deseo al comandante que daba órdenes al pelotón. “Quiero dirigir mi propio fusilamiento”. El comandante accedió. En el frente el pelotón en un flanco el comandante. Entonces Charis levantó la voz marciana y ordenó: “¡Preparen armas! Se oyó el cerrojazo múltiple de los fusiles. Vino la segunda orden: “¡Apunten!”. Los soldados se pusieron en posición de disparar. Entonces entró en juego la astucia forjada en mil batallas. Charis, dio dos órdenes como relámpago: “¡Flanco derecho!” “¡Fuego!”. El proyectil del soldado que se encontraba en el extremo derecho del pelotón penetró entre dos costillas del costado izquierdo de su comandante; el soldado que le seguía, le dio al primero en la nuca; el que le seguía le dio al segundo en la nuca; el que le seguía le dio al tercero en la nuca; el que le seguía le dio al cuarto en la nuca; el que le seguía… Comandante y pelotón se aniquilaron en un segundo.  En una sincronización perfecta. Hubo una segunda sesión de tiros, más bien uno sólo. El último del pelotón se suicidó. Disciplina militar, ni duda cabe, cumplida ejemplarmente. El general Charis se retiró del paredón, tan fresco él, a memorizar el suceso para sus nietos cuando los tuviera y que algún buen espiritista lo quisiera traer a él del más allá para contárselos.

   -¿Eso decía Nazario Chacón Pineda? Sí, eso decía.

   -¿Y así quieren los poetas que se les crea? –Reclama Daniel sonriente.

   -Si así lo contaba -y así se lo oí muchas veces- ten por seguro que así pasó. –Repone Villaseca, ceremonioso.

   Lo narrado les recuerda irremediablemente las plazas de armas de las ciudades mexicanas, por donde rodaron también muchos episodios revolucionarios.

   -Esto de las plazas de armas. –Evoca Villaseca- ¿Te acuerdas de aquel fragmento de Miguel N. Lira, en el Corrido de Catarino Maravillas?

      -A ver si es esto: “Ciudad de bandera al aire/ y calma presidencial;/ El Sagrario, los Portales,/ el Palacio Nacional,/ el Zócalo, en el que cabe/ la más recia tempestad…”                      

   Pueden caminar unas cuantas cuadras más, hacia La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Pero prefieren conversar en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia. Mañana, uno de los dos volará a temprana hora. ¿Quién retornará al tiempo? ¿Quién a la distancia?

 

 

CUARTO ENCUENTRO

 

 

   Martínez Montes ha decidido viajar del Aeropuerto de la Ciudad de México a la Morada de Paz, como lo hacen por costumbre todos los que llegan de viaje y que forman parte de esa cofradía. Antes de ir a sus hogares pasan a saludar a los amigos en ese punto bohemio de la capital mexicana, en la Calle de los Donceles.

   Llega a la Morada. Lo primero que le da en el rostro como una fuerte pedrada, es la noticia de que anoche falleció el poeta Juan Bautista Villaseca y que durante el mediodía de hoy ha sido sepultado en el panteón de San Isidro, en Azcapotzalco.

   -¡No puede ser!, grita sintiendo que se encuentra agarrado apenas por un ganchito de la razón.

   -Sí, venimos de enterrarlo –explican los reunidos: el pintor Carlos Humberto Valencia, el poeta Nazario Chacón Pineda, el periodista Renato Leduc, el compositor Alberto Elorza; la muralista Aurora Reyes, el cronista Villela Larralde, la folklorista Concha Michel, la periodista Magdalena Mondragón, el guitarrista Helguera… el político… la historiadora… el dramaturgo… el actor… el caricaturista…Venimos de Azcapotzalco, venimos de darle sepultura.

   -¡No! –Exclama en el desconcierto total Martínez Montes-. Eso no puede ser, lo acabo de dejar en la ciudad de Santiago, fue a Chile a dar una serie de conferencias sobre López Velarde.

   Todos lo miran como si hubiera perdido la razón, como si el ganchito al que todavía se agarraba se hubiera desprendido ya de la cordura.

   -Anoche conversé con él en la Plaza de Armas de Santiago y un día antes estuvimos en la Casa del Escritor y un día antes tomamos café en Il Bosco.

   -¿En Il Bosco? –Interroga el periodista Ernesto Carmona, chileno que se sabe su tierra de memoria.

   -¡Sí, en Il Bosco, ahí tomamos café y platicamos por varias horas.

   -Pero si Il Bosco hace tiempo que no existe, más de veinte años, quizá, o más, mucho más. En ese lugar hay ahora pequeños comercios sin gracia y en frente el Plaza San Francisco, de una transnacional hotelera. –Explica otro chileno ilustre, Víctor Pey, editor de El Clarín, el diario izquierdista de Santiago.

   -Pues ahí estuvimos, ahí platicamos Villaseca y yo hace apenas unas cuantas horas; ¡Ahí estuvimos, mientras ustedes estaban en la luna o quién sabe en dónde!

   Martínez Montes deja a sus amigos sumidos en medio de una profunda mortificación. Todos se sienten preocupados por él. Él se encuentra aturdido total, como si flotara en otra dimensión. Se ve tan real la actuación de todos. Pero, qué caso tiene esta representación de tan mal gusto. Sin embargo ellos, dan detalles precisos del cortejo, del ataúd… de las oraciones fúnebres…

   Ahora está sólo, encerrado en su biblioteca. Confundido. ¿En qué momento enloqueció el mundo? Cuando regrese Villaseca de Chile le platicará de esta mala broma que le están jugando: piensa que para entonces todo será risa y él le mentará la madre a cada uno.

   De uno de sus libreros toma un título de Villaseca; lo abre con lentitud; se detiene; recuerda algo del diálogo con Juan Bautista en el interior de Il Bosco.

   -Y tú, ¿nunca has sentido tentación por acercarte aunque sea un poco a eso del espiritismo?

   -No, de la poesía nace todo y todo vive y muere en ella.

   -Yo también creo en eso.

   -Hasta que la poesía misma muriera. Entonces sí acabaría todo, menos el dolor, éste seguiría vivo, unos cuantos segundos más, como dolor-reflejo, dolor-fantasma, hasta que la poesía resucitara necesariamente para cerrarle piadosamente los ojos.

   Vuelve a recordar la macabra broma de sus amigos de la Morada de Paz. Macabra broma o demencia o ¿qué?...

   Ahora sí abre el libro; busca aquellos versos que Villaseca le escribió a Neruda. Lee en voz baja: “Era como la tierra, una argamasa/ sin picaportes para la alegría,/ alquilaba sus huesos, se dormía/ como un limón soltero que se casa./ Yo lo miraba herirse en esa gasa/ que cobijó en un beso la agonía,/ venía obrero del dolor, venía/ capitán de una lágrima a mi casa./ Una tarde dejó aquel equipaje/ de distancias. Se fue silbando el viaje…”

   De pronto se percata de que sobre uno de sus hombros Villaseca también lee el poema. Concluye en voz alta lo que el otro leía tenue: …como los ferroviarios que se van…/ Un vaso entre los bares quedó ausente./ Y le decía el océano lejamente:/ “te olvidaron los puertos, capitán”.

   Martínez Montes cierra el libro con fuerza y se vuelve a su amigo, con gusto, con sorpresa, con asombro, lleno de dudas, de profundas interrogantes… Frente a él tiene el rostro de su amigo, ovalado, sonriente, con la misma sonrisa maliciosa que le achina los ojillos.

   -¿Pasaste a la Morada de Paz? Has de estar enterado ya…

  -¿De qué?

   -De tu muerte. Tuvieron el pésimo gusto de jugar con tu posible muerte en Chile.

   -Es algo efímero. –Responde Villaseca.

   -Es que todo lo han hecho tan real…

   -Más pendejadas…

   Martínez Montes se deja caer sobre un sillón de cuero verde; verde, quizá como el color que Villaseca dice que tiene la muerte, cuando juega a conversar con ella. Está fatigado, próximo al desvanecimiento. Villaseca se dirige a él con cierta dulzura:

   -Salgamos, te hará bien, aquí se percibe un ambiente asfixiante.

   Daniel acepta mecánicamente, como si no fuera dueño de sus propios movimientos, dejándose llevar hilachadamente por su amigo, quien con una mano lo sostiene –el cuerpo de Daniel parece haber perdido su ostensible peso- mientras con la otra abre la puerta. Los dos amigos salen a la calle. Con pasos casi imperceptibles abandonan la Plaza de Armas y se deciden sobre Monjitas, abandonan el Paseo 21 de mayo; cruzan Phillips, San Antonio, la cerrada Doctor Dusci hasta alcanzar Enrique Mac-Iver. Ahí se detienen. Es el momento de separarse. Las dos sombras se dan un abrazo. Una de ellas prosigue su dirección sobre Monjitas. La otra, se pierde sobre las aceras de Mac-Iver. Las calles de Santiago parpadean. La noche guarda aromo sabor a viento.       

                                            

 

 TONADAS Y AJEDREZ

 

Nadie sabe –por lo menos en el mundo ajedrecístico de ahora- que Capanegra fue un magistral ajedrecista de origen cubano. Desgraciadamente su nombre no aparece en ninguna de las antologías que se han editado en el planeta sobre el tema. Toneladas de papel impreso han viajado por el mundo relatando partidas increíbles de los más destacados jugadores pero en ninguna parte se habla de las hazañas de Capanegra, quizá por que no obstante su capacidad estratégica, nunca trascendió el ámbito local. Si por lo menos –ya que contamos con la existencia del álgebra ajedrecística- hubiera un testimonio de sus asombrosos cierres, de sus audaces aperturas (el orden de cierre-apertura es solamente para sugerir la curva de la espiral), pero nada de eso existe; en cambio, se sigue repitiendo en las páginas impresas la “Ruy López”, la “Siciliana invertida”, la “Defensa Caro-Kann”, la... en fin, que su talento fue y es un desperdicio en nuestra contra. Lo que ha trascendido es que Capanegra se sentaba frente al tablero, frente al contrincante, frente a la expectativa, y antes de su clásica apertura peón uno caballo rey, peón uno alfil dama, él, amante de la música, iniciaba, como nunca antes se había escuchado en ninguna parte, su silbido peculiar, dibujando en el aire los primeros compases del “Gloria” de Vivaldi. Para cuando Capanegra alcanzaba más de la mitad de la propuesta vivaldiana, la partida se encontraba muy cerca del jaque mate a su favor o del abandono de la misma por parte de un contrincante nervioso, alterado al máximo, seguro ya de su pronta derrota. Una vez sucedido cualquiera de los dos finales previstos, el “Gloria” de Vivaldi montaba en una algarabía impresionante, como un himno mayúsculo en glorificación de la victoria. Fue pasando el tiempo y cada vez se sumaban más y más los deslumbrantes triunfos del gran Capanegra. Se desfloraba en el aire el “Gloria” de Vivaldi y los adversarios iban cayendo uno a uno sobre un tablero cuya cuadrícula en alternancia blanca y negra se volvía sólo negra, como rendido homenaje al entenebrado apellido del inevitable triunfador. Capanegra únicamente jugaba al ajedrez y silbaba la excelencia de Vivaldi; se había desconectado del mundo, se había concentrado tan sólo en la gran felicidad que le proporcionaba el éxito invariable de las combinaciones producidas por su genio. Desconocía cómo rotaba y transledaba el orbe sobre el que fraguaba el diseño de sus partidas. ¿El mundo?: sólo él, su tablero y el “Gloria” de Vivaldi, y si acaso, apenas, el desdibujado rival que desde antes ya sabía su derrota. El tiempo transcurría y nada ni nadie alteraba su atmósfera, esferada de las aperturas más disímbolas, de jaques al rey, gambitos, enroques largos y cortos, capturas al paso, torres y caballos en fragor de combate, alfiles y peones en arteras avanzadas, sacrificios estratégicos, audacias inesperadas... y al principio y al final el “Gloria” de Vivaldi. Desconocía los acontecimientos que le rodeaban y hasta la historia misma de los grandes maestros que le habían antecedido en el llamado juego-ciencia-arte. Siendo tan virtuoso ajedrecista nunca supo de las glorias del doctor Lasker, de la existencia de Alexander Alekhine, del maestro Morphy, de Botvinnik, de Petrosian, de Roberto Martín del Campo, del poeta Sergio Armando Gómez. Qué lejos había estado de conocer partidas como la “Inmortal” de Anderssen o de planteamientos mortales como la “Lanzadera” que entre México y Yucatán creara el maestro Torre Restrepo. Él siguió ganando partidas e ignorando el mundo. Había nacido para las dos cosas y las dos las hacía más que bien. Cuando le dijeron  que existía un campeonato mundial de ajedrez  y que a nadie más que a él, al imbatible Capanegra, le correspondía ser el campeón del mundo, su “Gloria” de Vivaldi se volvió más luminoso. Pero a veces la dicha viene aparejada con la desgracia, y así fue como supo también que él no iba a ser el más grande campeón del mundo de origen cubano, que antes que él había existido otro inconmensurable campeón de los ajedrecistas y que el planeta todo lo conocía y reconocía con el nombre de Capablanca. Entonces, Capanegra fue cayendo -irrefrenable vertiginio- en la más profunda depresión. Se encerró en su casa de Camagüey y ya no quiso hablar con nadie. Algunos dicen que cierta noche en vez de su tradicional “Gloria” de Vivaldi le oyeron silbar en forma más que lastimera la “Marcha Fúnebre” de Federico Chopin. Al día siguiente lo encontraron muerto, irremediablemente muerto, o sea, muertísimo, con un agudo alfil blanco clavado en la mitad del pecho.                                    

                                                         

 

                               

                         

 
www.robertolopezmoreno.com
Martes, 18 Septiembre 2018 21:15

CONCIERTO CANDELA Roberto López Moreno

 

 

 

CONCIERTO CANDELA 

Roberto López Moreno

 

Marimba candela

Verberales geométricos,

rumor de corrientes despertando desde el centro de las sombras

a hacerse luz,

osario del sol,

tibias, radios, fémures, húmeros del sol,

hilera de dientes vegetales,

sabia vibrátil, plin plin

y la orquesta del mundo fluyendo, en el fondo,

plin plin, plin plin, ya está ayando el mundo.

Suena.

 

Candela nocturna   

Un jaguar gutura en la maleza,

la raigambre solar reverbera en luz nocturna,

en el oscuro vientre de la llama,

horno de los misterios,

el jaguar regurgita en el acecho,

la orquesta vegetal lo acompaña, sigilosa.

...la noche vibra... a punto de despertar

en el signo de su cuna ardiendo.

 

Toccata candela

Poder sacar la sangre hacia adelante,

sólo los que han hablado con los dioses del origen,

sólo los que vienen de la secreta ceremonia.

¿Cómo se convierte el sonido en brasa?

¿Cómo en brasa el sonido?

Sólo el que trata con el prodigio lo sabrá enteramente,

el que toca la entraña del enigma.

Bam Barambám tic-tic tic-tic Barambám.

Estamos inventando el tiempo.

 

Final

(Tres platillos chinos, dos gongs de ópera china, dos bongós,

  cuatro congas, dos tom-toms y un bombo de pedal)

 

Estamos inventando el tiempo.

(lito, mito, rito)

La sabiduría del tambor está naciendo del latido. Es.

Ahora Cúspide.

Ahora Apoteosis.

Locura-Cordura ta-ra-ra tara ta-ra-ra

Cordura-Locura ta-ra-ra tara ta-ra-ra

Corducura

Ta-ra-ra-ra-ra ¡tará!

Estalla la selva de la sangre.

 

 

 

CUANDO LA SELECCIÓN GANÓ LA COPA MUNDIAL

Roberto López Moreno

 

 

 

 

Había sido una situación bastante difícil. En mis años de cronista no había visto algo igual. Hasta le oí decir por televisión que en sus años de cronista no había visto algo igual. Será que sucedió del otro lado del Atlántico, pero desde aquí, desde Bristol, hasta donde me llegaban las noticias directas de Londres, nunca había leído algo igual. Yo, quien escribe estos párrafos, he oído decir a más que muchos, que nunca habían sido testigos de algo igual. Había un eco que repetía colectivo desde todos los rumbos: “nunca habíamos visto algo igual”.

   El pueblo entero se había levantado enardecido, en el desquicio que da la furibundia absoluta. “Ni un campeonato más en nuestro país”, la consigna en ese tono remachaba los oídos brasileños, pero habían ido más allá de las oceánicas distancias y más acá, hasta los latires profundos de los pechos, oceánicos embravecidos. “Ni un campeonato más”

   Las protestas se extendían por las espirales del vertiginio y estallaban en los mercados, en las estaciones del “metro”, en las entradas de los estadios, en las plazas públicas, en todos los sitios propicios para las concentraciones masivas. “Ni un campeonato más, ni una farsa más, ni un ultraje más a la inteligencia del pueblo”. El grito se repetía en los parques y carreteras, por eso fue rebotando y creciendo hasta las demás ciudades. Al poco tiempo ardía ya en el país entero. “Estamos en contra de la burla” se oía a veces; “estamos contra el desfalco, el despojo, el abuso, el fraude” a veces se oía. Pero siempre se oía, veces y veces.

   “No más circo” “No más circo”. ¿Pero todo un pueblo arrebatado por la ira iba a poder contra los oscuros poderes que dominan el planeta y sus más oscuros intereses? De nada sirvieron las huelgas en el metro, en los  centros laborales, en las universidades, entre los empleados de los complejos empresariales. Entonces la ira creció en acentos desmedidos: “No queremos ni un fraudulento Campeonato Mundial de Futbol más en nuestra patria”. “Ni en el mundo”, se oían otros ecos. En mis años de cronista, de la vida, nunca había visto ni oído algo igual. Fue cuando se cerraron más y más los caminos de un dialogo desde antes imposible. Y hubo un momento sombro, sombro, sombro, más sombro aún, y todavía más sombro, en el que se perdió toda posibilidad de poder hacer la narración fidedigna de lo sucediendo.

   Después, cuando aclaró un tanto la atmósfera, se supo de la increíble venganza de los poderes terribles, el incendio total del Amazonas complicó aún más las cosas. Una parte vital del planeta había sido dañada de muerte como desquite de los perversos. El cerceno eran cenizas. El planeta había quedado manco. Los organizadores del engendro repugnado con el fin de no quedar en el total ridículo decidieron ese año donar la Copa. Pero, se había llegado a tanto que, silenciosamente los equipos concursantes en el torneo empezaron a emprender el regreso a sus países. Todos se hacían disimulados y regresaban cabizbajos a sus lugares de origen. Nadie volteaba “ni un pelo” la mirada para mirar siquiera a la Copa amada (hubiera intentado algún poeta). Qué sigilo aquel, uno a uno regresaban los silentes grupos, nadie quería la donación… o quizá sí, pero no se atrevían a aceptarla. Entonces fue cuando los eternos perdedores vieron llegado su momento. Siempre hay un momento del momento. Nunca se había visto algo igual (el cronista). Fue cuando la Selección Verde de Futbol vio dar un categórico vuelco a su destino. ¿La Selección verde? Sí, la de los ratoncitos… Ah sí, la selección verde. Fue el año en el que ganó la Copa Mundial. En cada país, en cada urbe (en Bristol, en Huixtla, en las principales ciudades del mundo, se repetía su sonoro nombre), aquel grupo en desbrido algarábico había logrado por fin su dicha más anhelada. Habían alcanzado por fin la tan deseada Copa. En un punto del planeta la cohetería hacía revolotear en las alturas a un ángel que se desparramaba dorado de orgullo y alegría.      

  

                

 
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