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Jueves, 04 Marzo 2021 20:12

Orquídeas endemoniadas / Mònica Martz /

 

Orquídeas endemoniadas

Mònica Martz

 

 

                                                 

Desde la esquina pude mirarlo; su cabello despeinado, esas canas que brillaban como brisa espumosa y salada.Siempre con un cigarro en la mano, su cabeza inclinada mirando al piso, su saco negro, ese rostro cuadrado, la barba descuidada. Era él.

  Miré con cariño el letrero luminoso del “Arista Café”. Aquel lugar donde solíamos reunirnos tantas tardes, tantas noches después de la fiesta. Llorábamos, hacíamos burbujas con el popote en la malteada, reíamos sin parar para después encarar a la nostalgia de nuevo.

Me quedé un momento parada, mirándolo y lentamente, casi flotando, entré por la puerta, donde siempre sonaba una campanita. El volteó, hacía ya cuatro años de la última vez que nos vimos. Después de un introspectivo abrazo nos sentamos y comenzó su monólogo.

 

Al final, todo se vuelve Binario.

Aquí ya llovió, hizo mil noches y ella nunca volvió.

Que hago, ¿la espero, o vuelvo a la comida? 

 

–Moví la cabeza de lado a lado queriendo responder, pero levantó la mano en señal de “alto”

 

Carajo, tengo 42 años y las piernas se me doblan al querer trepar la escalera. Soñando con pastelitos, GrandMarnier, la batidora descompuesta, los baresuchos en el centro de madrugada, y claro, mis chicas Europeas.

No pienso pintarme las canas, sé escuchar muy bien, y por eso esperaré la aurora boreal vestido de negro.

Que risa, me encuentro desfragmentado; miro los árboles desde mi ventanal y quiero estar ahí, quiero ser parte del mundo.

He vivido mi vida entre mis piernas , contestando a los llamados de ese señor que nunca se sacia con nada. Necesito  volar, necesito estarme quieto, quiero recuperarme, nunca he sabido quien soy.

Pero adoro esos duraznitos tiernos meciéndose al compas de mi pincel.

A que sabe el espíritu, tu, conoces bien ese sabor, verdad?

 

–Sonreí de lado, y continuó hablando.

 

Será un sabor neutro, o amargo como las noches en el apartamento de la San Miguel?

O dulce como esos días en el sanatorio después de mi ultimo coma diabético.

 

–Hizo una pausa, y le dio un buen sorbo a su café, que ya era el tercero–

–Escúchame, dijo tomando mi barbilla con su mano temblorosa.

El tono de su voz comenzaba a sentirse por todo el espacio.

 

Cuando digo vámonos es por que yo ya estoy tarde. Yo, Yo ,Yo, encima de mi mismo, ausente de aquellas mañanas radiantes cuando me despertaba y sonreía.

Estoy a punto de llegar, lo se.

Tomo el elevador, y me multiplico en sus espejos, bajo las escaleras eléctricas  de espaldas, subo las de caracol hacia la azotea, el viento me lanza una maldición, y me dejo ir por el tobogán de emergencia.

Y abajo, las noches viciosas de post punk, sentimentalismo de polvos blancos, me alimento del bies negro de mi kimono narcisista.

 

-Tenía tanto que decirle, pero mi referencia en su espejo era insultante, así que me limite a escucharlo, con esa nueva paciencia que había ganado en esos años de ausencia. Él no se inmutaba de mi necesidad de comunicarle que pronto tendría que marcharme de nuevo de la ciudad, y esta vez no sabía cuando iba a volver-

–Continuó hablando, ya sus ojos parecían desorbitados

 

En este sótano necesito una lámpara para iluminar los pocos días que me quedan de Paris.

Ya de madrugada, regreso al apartamento y entro en la tina con ropa.

Tres o cuatro días tirado en la cama,, me abraza mi colchón olvidadizo del verano.

Una paloma despistada choca con mi ventana y al fin despierto.

Me levanto vociferando en contra de los eclipses Lunares para personas con tal sensibilidad, yo definitivamente me quiebro.

Envidio al borracho perdido que se estrangula diariamente desde el fondo de la botella, el tampoco sabe quien es, pero no le importa.

El solo quisiera saber hacia donde lleva ese listón rojo que emana del pavimento al medio día.

 

–Hizo una pequeña pausa, y después de un largo suspiro, me miró fijamente: te ves linda eh? Andas con alguien?

–Ya te contaré, eso si me dejas hablar en algún momento, bromee.

–Déjame decirte lo que he estado sintiendo últimamente, me dijo juntando sus manos palma con palma-

-Sonreí-

 

Yo a veces quisiera haber nacido mujer, para no ser cobarde, para entregar hasta los huesos cuando de amor se trata, por lo menos pintarme los labios y desgarrar mi ropa de vez en cuando me hace tirar las mascaras .

En desnudez, deseo caer al piso sin miedo de nunca maslevantarme.

Los hombres demoniacos somos mas atractivos, por quesomos infinitos, y debajo de las alas siempre llevamos una flor.

La cordura siempre fue bebida fácil, y  jamás me libero, en cambio, siempre he tenido un futuro abierto, en el que me visualizo descolgando los adornos superfluos de mis repisas. Y​en cámara lenta voy girando agangrenado por el triple nudo de mi gazne de seda atado al cuello.

Siempre he dicho que en el amor la decadencia puede ser lenta y asfixiante cuando la expectativa te arrastra.

 

   –Comenzaba a sentirme ansiosa; quería gritar, quería llorar.

–Me levanté de golpe, saturada de palabras e imágenes, y sin decirle nada ,camine rápidamente al baño. Abrí mi enorme bolso, buscando rápidamente mi pastillero. Saqué un Rivotril y lo partí a la mitad echándolo al túnel místico de mi garganta y la tragué, así, sin agua. Me recargué en el lavabo, mirándome en el espejo, mis ojos reflejaban alguna tristeza vieja, esa nostalgia que iba desgajándose como un delicioso cítrico anaranjado. Y sí, lo era.

Volví a la mesa .Ya sentía el efecto de la amable pastillita, así que me senté en calma, le acaricié el cabello y le dije:

 

Mira, la verdad siempre ordena.

La verdad sobre uno mismo, sobre quien fuiste de niño, y quien eres ahora.

Cuando vivía en Jalapa, me gustaba salir muy temprano al bosque.

Correr, persiguiendo el largo vestido gris de la neblina. Ygritar.

Gritar me liberaba, gritarme a mi misma.

Hoy quiero gritar y no puedo hacerlo, no como mujer, por que sigo siendo una niña.

Así la catarsis de la vida: comienza en la punta de la cola de un gato, y termina….

¿Donde termina; cuando una imagen te toca  por dentro sin tocar tu superficie primero?

Recuerdo cuando me sentaba en la banqueta a platicar con mi hermana. Compartíamos las mismas imágenes del alma , como una fuente descontaminada, mientras el agua de la lluvia pasaba por debajo de nosotras ,trayendo con si brazos y piernas de plástico, desechos de la fabrica de muñecos que estaba en la esquina de mi casa.

¿Dónde quedaron esas aguas limpias, aquellos borbotones de risas y cuentos?

 

-Después regresábamos a casa, subíamos al estudio por la escalera de caracol metálica que siempre rechinaba. Enencendíamos el tocadiscos. Ella casi siempre elegía el disco de Peter Murphy “Love Hysteria”

Mirábamos la portada y nos enamorábamos de su cara afilada .Parecía una navaja antigua, sus ojos oscuros eran un espejo donde nos gustaba reflejar nuestra siempre curiosa mirada.

 

-Hice una pausa, mi mirada abstracta en un cuadro de colores pastel colgado en la pared que retrataba un helado Banana Split-

 

 –Siempre me ha gustado mucho bailar –continué. Siento que cuando lo hago, me olvido de todo, y siempre,aparece puntual la sombra que gira, y desvanece losrecuerdos que no me dejan dormir.

Después de una gran noche de baile, despierto a la mañana olvidadiza de un corazón perforado.

La sombra deja de ser un arquetipo punzante y dolorosocuando uno la reconoce como una parte vital de la propia vida.

 

–¿ A qué viene lo del baile?- preguntó.

- No sé, el hecho de bailar siempre me recuerda a nosotros, o más bien, a ti; cada Viernes, con tu atuendo negro..

–Permanecí un momento en silencio, recordando una noche de día de muertos en el antro al que asistíamos con frecuencia. –Me preguntó: por que te quedaste callada?.

–Recuerdas esa noche, cuando íbamos disfrazados con  capas negras y nos pintamos la cara con los maquillajes que me trajiste de tu último viaje?Bajamos la escalera hacia el área de fumadores, el humo casi no dejaba ver el juego de luces violetas y a toda la gente bailando, perdiéndose en notas oscuras y Martinis color violeta también. Me jalaste de la mano y me llevaste detrás de la puerta del baño, me alzaste acomodando mis nalgas en la pequeña orilla de la ventanita, recuerdo que rasgue mi falda negra de gasa.

Comenzaste a besarme y morderme el cuello, yo tenía la copa en la mano y la dejé caer, para entregarme a ese sudor extraño sabor a tabaco y chicle de menta añejo. Mordías mis pezones mientras introducías dos dedos en mi vagina que brotaba como cascada. Yo gritaba y reía al mismo tiempo, pero mis gemidos eran imperceptibles para la multitud. Tu estabas de espaldas al baño pero yo miraba de frente gente entrar y salir, se tambaleaban, fumando y bebiendo, miraba el reflejo de las luces en sus cabellos decolorados y el delineador de sus ojos caía con el sudor como lágrimas negras. Nadie se percataba de nuestro juego, así que bajaste la bregueta y me penetraste. De verdad pocas cosas me prenden más que el sexo en lugares públicos.

Terminaste pronto. Nos quedamos un momento recobrando el aliento y mirándonos con complicidad. Sabíamos que era solo ese momento y nada más, cada uno con sus historias personales, sus amores no concretados sus tristezas en soledad.

Pero eso me daba tranquilidad, para mi era casi imposible tener sexo con alguien que me agradara sin enamorarme y terminar hecha pedazos por nos ser correspondida después.

Lo nuestro me recuerda a esas épocas, de discos de vinyl, de platicas tontas en la banqueta, de dulces de colores que revientan en la boca, de bombas gigantescas de chicle, de….

 

El me miraba, entre sorprendido y deseoso, yo sabía que había encendido en el esa dependencia que conocíamos los dos muy bien, y quería provocarlo, quería quedarme, pero cerca de él, aún así, sabiendo que los dos éramos incapaces de amar libremente

 

-¿Cuando te vas?- me pregunto, levantando la ceja derecha.

-Aún no compro mi boleto.

 

Él sacudía su camisa color gris, abanicándose del calor que su cuerpo había generado. Yo sabía que estaba deseoso de tenerme de nuevo, después de tantas metáforas y música y ausencia y ganas de reventar el colchón de tanto dar vueltas mientras la música nos rodea siempre como un espiral que continuará hasta nuestro último respiro.

 

 

 

 

 

 

 

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Miércoles, 03 Febrero 2021 20:16

La revolución del no poder

La revolución del no poder 

Cristina Arribas González

 

Cuando era pequeña tenía visiones no de esas que percibes sonámbula o en un estado de extrema ensoñación, o las visiones a las que te lleva la locura, eran visiones de ficción. Tenía el no poder de cambiar las cosas, porque esas cosas solo cambiaban para mí; llegaba, alborotaba todo y me iba. Llegué a creer que este poder solo lo compartía yo. Que nadie más podía sentir esas cosas mágicas y terroríficas a la vez. Que compartía un poder único de ver más allá del lenguaje, más allá de los símbolos. Llegué a enfrentarme a ese poder, tratando de que desapareciera, quise de alguna forma desaparecer con él. Me oscurecían  las ideas que me llegaban, las sensaciones que no entendía. Tenía miedo. El miedo a no poder con el Amor. Esa luz que te invade, que te empuja, que te abriga. Esa luz amorosa que te revoluciona. Esa luz que eres tú.

 

Tengo ya una edad en la que esas visiones ya no me encuentran y debo descubrirlas en la inmediatez de los abismos y las despedidas. Es donde escribo. Escribo cuando la visión me descubre ‘asesinando’ lo creado. Jamás me gustó amortizar las visiones, porque la verdadera revolución solo se encuentra en el  no poder. Cuando nadie entiende el porqué, cuando nadie sabe por qué, sucede la visión. Sucede porque suceder no es entender.

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La llegada a los cincuenta de Ricardo Alias el drácula

Waldo Contreras López

 

 

Capitulo I

Recién salido del centro de rehabilitación fui a buscar al drácula para recuperar los meses perdidos sin droga en las venas. Lo encontré en cama, apenas recuperado de una larga convalecencia a causa de un mal en el hígado que lo dejó en los puros huesos. Daba miedo el cabrón; su cuerpo apestaba a jaula de coyote y de la boca le salía un olor a escusado insoportable; apenas y se podía respirar dentro de ese puto calabozo en donde vive. Además, sus ojos se veían como si trajera un vidrio amarillento encima y los traía llenos de lagañas; por esto y más, no podía evitar el pensamiento de contagiarme del mal que traía mi compa en el cuerpo. Su aspecto de calaca parlante me hizo entrar en pánico mariguanesco y hasta sentí que me iba a desmayar de la impresión; juro que parecía una alucinación de esas que uno ve en los sueños. Lo peor es el sonido que produce al hablar: la voz del pobre Ricardo parece salir desde un lugar desconocido, como desde un cuarto vacío, el fondo de una bodega enorme o algo así. Parece como si sus pulmones estuvieran tapados con una cobija o ese sonido aguardentoso fuera emitido por alguna cosa muerta dentro de su panza en vez de su boca. El drácula notó mis terrores funerarios y dijo entre risas que no me paniqueara y por favor, me quedara acompañándolo pues se sentía como dado a la jodida. "No seas gacho", me dijo. Lo entendí en parte. La soledad es muy culera; nada que ver con esas fantasías mafufas y puñeteras que tienen algunos intelectuales quienes nada saben acerca de lo que es estar abandonado en un anexo, recibiendo chingazos a diario y muriéndose por un perico o una jugosa nalga para alegrar la noche. Mi compa está solo de verdad, por decirlo de alguna manera; solo en su enfermedad y solo como una araña, cosa que no esperaba, pues la mujer de quien se podía esperar cualquier cosa menos que volará lejos del solar del macho lo había abandonado después de que el cabrón le puso una putiza por haberse gastado un tercio del dinero mensual de la jubilación en un negocio de licuados energéticos. El drac miraba la carpita verde del Herbalife y no podía evitar volver a encabronarse:

-es que esta vieja es una pendeja! ¿Cómo se le ocurre armar un malviaje como este sin antes avisarme? ¡Pinche panzona! ¡Según me quiso turiquear con la verbena de que esto era pura salud y nos ayudaría a enflacar sin arriesgar los órganos vitales! ¡Semejante loquera! ¡Mírame, pinche camelias! ¿Cómo he estado físicamente desde siempre? -me preguntó levantándose la playera mugrosa y saltando las costillas forradas por un pellejo descolorido- pues bien flaco, mi Richard, le contesté a punto de soltar la risa. ¡Pura hambre, mi camelias! ¡Esto es pura hambre! -replicó con una carcajada de sarcasmo enconado- no necesito invertir siete mil quinientos pesos en semejante empresa para enflacar! ¡La cosa es bien simple! ¡Una comida diaria y un chingo de cocaína enflacan hasta al puto Victorino y su tonelada de rock! ¡Pinche capitalismo culero! Y de pilón, la pinche Carmina quería que le contratara un servicio de internet  pues según ella, iba a vender esa putada desde la comodidad del hogar con solo dar un click en un disque portal cibernético de ventas! ¡Por si fuera poco, me pidió cien pesos para sacar una tarjeta de débito del Oxxo! ¿Cómo la ves? ¡Con eso tuve! ¡La saqué a patadas y la subí al camión a punta de vergazos!

Tú me conoces, mi camelias, me conoces bien! ¡No en vano soy licenciado en filosofía y di clases en la UAS como maestro emérito y trabajé durante treinta años en la secretaría como encargado de los préstamos sindicales! Además, con lo que vendo de drogas y lo de la jubilación de la SEP, ¡vivimos como reyes! Tú sabes que no soy ni culero ni pendejo. Mal por ella, que no quiso volver y ya se largó a Durango a comer verga de alacrán. Mal por ella. Y, mírame ahora, ¡todo puteado y más solo que un perro! No seas culero. Quédate; ahorita le hablo al tingi para que te traiga un quinientón de perico y unas cahuamas, la cosa es que no me dejes esta noche; yo pago.

Cómo buen compa, me dejé querer y no tuve que hacer más que esperar el regalazo y terapearme para aguantar el choro sentimental del buen Ricardo. El drácula se empezaba a poner aburrido cuando le entraba la ventolera del coraje o empezaba a hablar de su vieja. Me gustaba más cuando nos hablaba a toda la bola de locos sobre la mentada filosofía y sus conocimientos de la vida que son muchos, aún y cuando no dejaba de pendejearnos por no estudiar y ser unos enanos mentales que no pueden ver más allá de lo rico que son las morritas y las drogas. De hecho, gracias a las aspiraciones pedagógicas de este loco, formamos un clan de superación "anti enanismo mental", como él mismo lo llamó con toda la solemnidad que le es posible expresar. El drácula comenzó a impartirnos gratis, clases de filosofía bien chingonométricas además de regalarnos algunas lecturas de poesía, cuentos y novelas. La Carmina no dejaba de pendejearlo por perder el tiempo en nosotros quienes nunca pasaríamos de perico-perro, según su juicio. Fueron muchas tardes memorables como aquella en la que se colocó cuidadosamente un cigarro en las ligas del culo y lo hizo arder con la fuerza de sus intestinos, nomás para exponer de manera científica, que tan capaces éramos de "percibir de manera gestáltica" un evento que, por ejemplo, en Suecia, no era de ninguna manera mal visto o causante de risa: "de hecho, enanos mentales, en los países nórdicos hay certámenes anuales en donde los ganadores de distintas categorías se hacen acreedores a grandes premios en euros. El actual campeón es una mujer finlandesa que fue capaz de consumir una cajetilla completa de cigarros Chesterfield en menos de seis minutos, trece segundos y 15 centésimas (récord impuesto por un gigantesco noruego) con la pura fuerza de succión aero-centrípeta en su panocha”, aseguraba. O como aquella vez cuando el runga arremetió con un palo sobre la humanidad de nuestro profe cuando éste se atrevió a compararlo, en un disparatado y peculiar afán académico, con un disque novio de un emperador romano. El runga llegaba de los barrios del sur, con la cara de asoleado y temblando como una gallina al filo del cuchillo, muriéndose por una caguama y un pase de perico; nosotros teníamos dos cubetas llenas del preciado líquido y unos garrotes tipo Bob Marley de mariguana recién bajada de Badiraguato; el Richard lo recibió a voz en pecho con esta poderosa frase: "¿¿¿¡¡¡tú también, Bruto!!!??? Pero el runga no entendió, al igual que los demás allí presentes, que el drácula estaba haciendo una referencia literaria, antropológica e histórica. El recién llegado se le fue encima garrote de guayabo en mano. Nuestro fallido profe quedó en el piso a causa de la furia ignorante del runga y, después de sobarse un rato la espalda y quejarse como un perro, nos explicó:

- ¡vayan a la verga todos! ¡Runga! Casi me cuesta una costilla tu ignorancia, así como a Adán le costó una costilla la ignorancia de dios, creador de la peor calamidad que ha habitado el mundo. ¡Entiendo tu pendejismo y te perdono los palazos! ¡Pero déjame explicarte antes de que se te ocurra hacerme algo peor! No quise ofenderte llamándote Bruto, al contrario. Sea esta paliza como una bandeja para servirles un conocimiento que ni los doctorados en historia pueden brindarles. Décimo Bruto fue el amante de un emperador romano llamado Julio César. Este hombre floripondio fue parte principal de un plan para matarlo. Cuando Julio César era apuñalado en las escaleras del Senado por todos sus testaferros, intelectuales y mayatones, su amante estaba en la primera fila de quienes se daban gusto imperial dándole de puñetes en el cuerpo hasta dejarlo como falda de hawaiana. Había recibido más o menos unas diez tarascadas de los traidores cuando entre aquellos vio a su amante preferido y le dijo, con lágrimas en el rostro y el fundillo encogido de tristeza: "tú también, Bruto?" Así terminó el pobre Julio, césar de césares y más culero que el mismísimo Cayo "Calígula". Esta memorable frase joteril y sentimental te la dije a ti, no porque seas bruto o puñalón, cosa que no me interesa comprobar; te la dije a manera de honorable recibimiento pues te vimos llegar con el envase de cheve vacía, sediento y asoleado y, pues nosotros andamos en la misma chingadera de andar tomando a estas horas del mediodía.

¿Entiendes la coherencia de la referencia, pinche burro lazado de las verijas?



Obviamente que ninguno la comprendimos en ese momento, pero el runga puso la peor cara de pendejo que hasta entonces le habíamos conocido y solo le alcanzó el talento para replicar:
-pinches romanos jotos! No conformes con usar faldas, se picoteaban el fundillo y mataban entre ellos. Todos soltamos la carcajada, pero la clase no terminó allí. El drácula nos explicó en esta memorable sesión que el uso de la falda es saludable en los hombres pues los testículos están siempre en su forma natural, colgando como bellos higos y lo suficientemente secos por el aire para evitar un corto eléctrico, por decirlo de alguna forma; nos dijo también que la ciencia ha comprobado que los testículos están directamente conectados de forma socioemocional con el cerebro y el instinto de imperialismo; nos dijo también que la ciencia explica que Roma pudo sostener, gracias al uso masculino del vestido, un reino que duró décadas gobernando los destinos del mundo y, por si esto fuera poco, que comprobado antropológica mente está, que Roma ha sido desde entonces y hasta el día de hoy, la cultura que más ha influido en la evolución intelectual de la historia humana. Todos nos quedamos con la boca seca ante el despliegue de sabiduría del drac. Yo, de mi parte, alguna vez sospeché que eso de la conquista estaba de alguna manera conectada entre el cerebro y los testículos pues, cuando por ejemplo la Rafa no quería coger conmigo, los huevos me dolían de forma espantosa durante horas y no dejaba de pensar en ella, y más concretamente, en ese suculento par de nalgas por las cuales sufrí meses antes de conquistar sus cimas y declararlas de mi propiedad única y exclusiva. Se lo expliqué alguna vez al Richard y el aprobó mi analogía. Para terminar la clase, nuestro extravagante maestro remató con la atractiva teoría conspiranoica de que las trusas habían sido inventadas por las mujeres feministas con el afán de ahorcar ese poético lazo entre los huevos y el cerebro y, por supuesto, el instinto imperialista, facultad puramente masculina la cual provocó que se escribiera en los anales de la historia el nombre de tantos y tantos hombres quienes no nomás tuvieron los huevos bien gordos sino que además, perfectamente conectados al cerebro. El drácula también nos explicó que los hombres, en respuesta al artilugio de las trusas, inventaron los brasieres, para que las mujeres no nos gobernaran con sus bellos frutos, y los tacones de aguja para que estas fallas de Dios no pudieran, además de putear a nuestra estatura, llegar tan lejos con sus pretensiosos y rítmicos pasos como alguna vez llegaron Atila, Alejandro Magno, Shen Li Ye-Gon, Carlos Salinas de Gortari, Joaquín Guzmán Loera, Julio César Chávez, Zinadine Zidane, Pablo Apóstol, Bill Gates, Jean Luc Picard, Jesucristo y todos los hombres que construyeron el negocio socioeconómico que las hijas de Lilith hoy intentan derrumbar con estrépito. Fue entonces cuando comprendí porque el drácula no usaba trusas. De esto me di cuenta aquella vez cuando unos cuicos nos hicieron la parada para pasarnos báscula a ver si traíamos algo de droga. Nos esculcaron hasta por debajo de la lengua, supongo yo, debido a nuestro aspecto de desamparo. Cuando llegó el momento de bajarnos los pantalones y sacudirnos las ropas íntimas para demostrar que no escondíamos algún envoltorio sospechoso en esta prenda, el drácula les dijo que él no usaba. Recibió un macanazo en la cabeza como respuesta y no le quedó más remedio que demostrarlo. Se llevó un puntapié en las espinillas y un jalón en los testículos cuando su dicho fue puesto en oscilante evidencia. Le preguntaron que si porque eran tan marrano; mi compa quiso explicarlo, según sospecho ahora pues lo veía a lo lejos manotear con pasión, con su teoría conspiranóica; los policías se lo habían llevado a parte en cuanto vieron sus huevos al aire, quesque para darle un trato especial. En resumen, le dejaron caer el teaser eléctrico, nomás por mamón. Cuando los policías al fin nos dejaron en paz, el drácula exclamó triunfante: "ves porque estos pendejos son lo que son? A estos infelices les ahorcaron sus madres los huevos desde que los concibieron. Las mujeres son una calamidad, aunque sean las autoras de nuestros días"
Como pueden darse cuenta, las sesiones académicas de mi anfitrión son todo un alucín si además le agregas al asunto un buen tanque de mariguana, hierba bendita que tiene el poder de elevar la imaginación hasta en el más pendejo del mundo y que él, gustosamente nos compartía de su eterno ladrillo que regalara un hijo del Viejón del Sombrero por asesorarlo para entrar a la universidad.

 

Capitulo II

 

Pero ahora, el gurú está postrado y deprimido. Busca en el techo de lámina de asbesto la redención. Pero antes, se pone a recordar a todos los amigos del barrio que han sucumbido al embate de los años. Espero jamás ponerme a quemar cinta de la forma en que lo hace el drácula. Y es que antes me parecía un ser superior y hoy, se me hace tan humano, tan muchachita, tan desprotegido y vale-verga. Humano y muchachita porque, ¿quién se pone a recordar compas matados como si estos pobres muertos hubieran sido jotos o, peor aún, como si el joto fuera uno?

¿Quién recuerda al sopy, leyenda urbana de los años ochenta y primer cholo asesinado de la colonia por pandillas rivales, de la manera poética con la que lo hace el Richard?

-pinche sopy, venía corriendo por dentro de la secundaria seis, huyendo de la gente del tijuanas, pero ni eso lo salvó. Estaba tomando la calle quince de septiembre, saliendo de la calle geranio, cuando recibió el balazo. Le pegó en el mero tronco de la oreja; se fue derrumbando poco a poco pero no dejaba de huir de la muerte quien ya lo traía sentenciado desde que se cogió a huevo a la hija de don Emilio, el abarrotero-gomero más poderoso de la colonia buenos aires. Corría y corría y manoteaba y manoteaba para no perder el equilibrio, como un pajarito aterrizando. Recuerdo clarito que esa tarde había una disco en las canchas de fútbol amenizada por el luz y sonido Black Stone; el Kiki estaba poniendo puras rolas perronas para bailar. Cuando el sopy estaba dando las últimas patadas, las bocinas sonaban una pieza bien locochona, el rock de la langosta. Era como si el Kiki supiera lo que pasaba pues la rola sonaba como dicen en el cine: bien incidental. Siempre que recordamos los años ochenta, época en que fuimos muy jóvenes, le hacemos los honores al sopy, tipazo valiente de los que ya hay muy pocos.

¿O quién se pone a recordar a la camada de hijos de la chingada que fueron el clan de “la primera”, ¿una enorme bola de cabrones, primos y hermanos entre sí, que conformaban una de las pandillas más temidas de la zona sur de la ciudad? ¿Quién los menciona ahora como si fueran los guerreros que vencieron a Troya, cuando en realidad fueron la peor calamidad que azotó durante años la ciudad?

El drácula los describe como si fueran sus hijos:

-grandes y bravos amigos todos ellos! A nosotros no nos cargará la verga como a ellos, gracias a la gracia de Marx. No me imagino muriendo como el Charro, por ejemplo; pobrecito, lo abatieron de tres balazos a las afueras de su hogar, dulce hogar, cuando al fin había agarrado el rollo y era un hombre de bien pues era comandante de la policía municipal y tenía a su cargo a una bola de matones para cuidar la plaza de uno de los narco juniors. Amaba a sus hijos y a su esposa. Pobrecito, un rival de la juventud lo estuvo cazando durante años para lavar el honor de su hija cuando el clan, le hizo el amor de manera tumultuaria a la chavala en uno de los predios abandonados de la diez de mayo. Esperó a que estuviera desarmado y así lo ultimó. Pobrecito. Le hablaba a su madre. Cada que decía: ¡amá! ¡Un chorro de sangre le salía del pecho! La esposa le lloró a gritos como si hubiera sido un gentón tipo Luis Donaldo Colosio; sus hijos se le quedaban viendo y riendo nerviosamente como si su padre estuviera bromeando.
Carajo! Jamás moriremos como el ñoño, el Pavel, el Erik y el huevo. A los primeros tres, ya sabes, los mataron en las canchas del Jimmi Ruiz, cuando jugaban la final del torneo de los barrios categoría libre. El Pavel y el ñoño metieron los cinco goles que les dieron la victoria contra el rival: el rancho las garzas fútbol club. El error de ellos fue ir a festejar, de manera burlesca, cada gol en las narices del dueño del rancho y del equipo. Siempre fueron así: burlescos y culeros contra quién se le pusiera al brinco; solo que aquella vez se toparon con la sombra de papá vergota y mamá chichotas. El viejo de nombre Dámaso Imperial, había apostado trecientos mil pesos contra el Pancho Arce, propietario y manager económico del equipo Bitache Aguilar FC. Narcos pesados ambos. Al finalizar el partido, cinco sicarios del güero Imperial, fueron hasta la cancha y le dispararon primero al ñoño y luego al Pavel; el Erik, que no jugaba fútbol pero fungía como aguador oficial, se quiso meter a impedir la balacera contra sus parientes pero fue tomado entre dos y un tercero le puso una enorme Glock .21 en el cuello, justo debajo de la quijada, y le boló la cabeza con una expansiva. Una triste carnicería. Meses después y en esa misma cancha, fue ejecutado el panchón Arce con balas de a erre quince; gran amigo también, un gordito muy generoso que apoyaba el deporte local y a las mujeres del barrio dándoles trabajo bien pagado en sus tortillerías, prostíbulos y cantinas.
Al huevo, que Tiresias le perdone el infierno, fue el primer objeto de venganza de aquel que terminara de redimir a su hija con la muerte del charro. Con este no batalló tanto. Lo agarró dormido. Una amiga de su hija, putilla de poca monta, le ayudó con el cuatro. Puso una pastilla para dormir en la caguama del huevo y cuando este terminó desmayado, llamó a don Nabor y aquel le vació toda la carga de la Smith & Wesson 380. El huevo era el más cabrón del clan y por eso, lo tuvieron que agarrar jetón. A los demás, al chivo, al callejas, al chavo, al pelochas, al mochomo y al pocho, los fueron exterminando metódicamente tras las paredes de la penitenciaria de Aguaruto. Ya no queda ninguno. El charro fue el último. En paz descansen todos; en la CLC, la diez de mayo, la Margarita y la república mexicana, siempre los recordaremos.

 

Cápitulo III.



Y así siguió el drácula, recordando toda la noche una larga lista de cabrones que construyeron con sus vidas y sus muertes las calles trágicas de estos barrios. "No hay calle que no nos recuerde un muerto" -dice el Ricardo, con lágrimas que le mojan los huesos de la cara. Casi al amanecer, me dijo que nosotros no fuimos de esa índole huevuda y que seríamos olvidados así como la historia olvidó o repudió a Eróstrato, Vlad Tapes, Nikola Tesla, Rockdrigo González, Roberto Baggio, a Heraclio Bernal y a la liga veintitrés de septiembre. Me dijo que estábamos condenados a terminar como el kiko o el chachalaco Mayorga: locos y vagando por las calles. Que terminaríamos como el Dani o el cáncer, colgados por el cuello de tanto tenerle miedo a la vida, o bien, abandonados, solos y enfermos tras haber sido vistos como pendejos por todas las mujeres del mundo, incluidas nuestras propias madres. "Me gustaría ver cómo terminan, pinches enanos mentales, pero como van las cosas con mi salud, creo que no podré terminar de darles mis clases de filosofía. Tenía pensado para el semestre próximo, introducirlos a la filosofía alemana y a un diplomado en estudios socio-filósofos basados en la saga de Star Trek. Cabrón! He llegado a los cincuenta años de edad. Dicen los jefes de la psicología de la inteligencia emocional que esta edad es crucial y el pináculo de la madurez humana. Yo creo que es la etapa más culera de la vida pues es cuando muchas cosas te empiezan a mandar a la chingada o a abandonarte" -terminó diciendo el Richard antes de envolverse con todo y cabeza con su hedionda cobija San Marcos y quedarse dormido enseguida.
Salí de su casa nomás salió el sol, con una pinche tristeza en el cuerpo y con la firme convicción de dejar las drogas y ponerme a estudiar, de perdida una carrera técnica en el Conalep.
Duré mucho tiempo, casi dos años, sin ver al Ricardo pues estuve otra vez preso en un anexo durante casi un año, pero está vez, por desición propia; duré otro tanto, buscando la manera de ser mejor persona por medio de la psiquiatría. Creí que Ricardo estaría muerto. Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar a su casa esta ya era otra. Nada que ver con el muladar apestoso y en obra negra que nos hizo apodar al buen Ricardo con el nombre del célebre vampiro. Pintada de blanco con verde, césped y plantas florales alrededor, enjarrada y con vitro-piso; con un anuncio que decía: centro de distribución Herbalife y ciber café, la casa parecía ser ya de otra persona. Los dependientes eran una pareja como de cuarenta años. La mujer, muy delgada, atlética y bella; el hombre, un güero bien peinado, guapo y musculoso. Me di la media vuelta. Estaba a punto de tomar rumbo hacia la calle Juan N. Méndez, cuando escuché mi nombre: "ese pinche camelias! A dónde vas con tanta prisa, pinche enano mental!!"
Sí, ese hombre guapo y atlético era el buen Ricardo; no lo reconocí por su musculosa presencia y porque además, se había tumbado esas putas barbas hediondas que le daban el aspecto de filósofo ermitaño. La mujer era la Carmina. Había regresado con él al saber que se estaba muriendo. Lo salvó de la muerte y no nomás eso, lo hizo un hombre que de ser un pinche loco con ínfulas de profesor anti-capitalismo, pasó a ser un güey que ahora vive de enredar personas con tandas y esa cosa disque saludable y vitamínica. Salí del lugar con una dotación de esa putada llamada Herbalife y un tríptico en el que se me hacía la invitación a un diplomado gratis en teorías literarias femeninas basadas en Simone De Beauvoir y Sor Juana Inés de La Cruz. El curso lo impartiría obviamente, Ricardo Malcampo Ruiz.

 

 

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Miércoles, 20 Enero 2021 05:32

Laura y Aura / Aída López /

 

 

Laura y Aura

Aída López

Premio Estatal de Literatura 2020: Tiempos de Escritura

 

 

Pasa, Aura, dijo con su voz vieja. Mamá, ya te he dicho, soy Laura, contesté enfadada Con sus casi setenta años no disminuía su preferencia hacia mi gemela; otro día escuchando las “virtudes” de Aura y los “defectos” de Laura. Mi hermana era la bonita, la inteligente y todos los calificativos que engrandecen a un ser humano. El espejo confirmaba sus dichos, con minutos de diferencia nací baja de peso y una marca en el cuello la cual se fue agrandando con la edad. Mamá, durante el eclipse de luna se rascó la panza estando embarazada y por eso la “chivaluna” en mi piel. Los dermatólogos no lograron con cremas, ni con láser, borrar la mancha violácea o tan siquiera difuminarla. Urgía que transcurriesen las seis semanas del postoperatorio y el médico le quitara la venda de los ojos; la venda respecto a Aura nunca se la podría quitar yo.

         Lo bueno es que tú sí vienes a acompañarme, Laura ni se para por aquí. A pesar de tus ocupaciones con mis nietos y tu esposo, no me desamparas. Cuando una hija es buena, una madre lo nota cuando es pequeña. Esas palabras retumbaban en mi cabeza, las había escuchado desde que tuve uso de razón. Una vez más le repetí que mi hermana no podía estar por las razones mencionadas por ella misma. Las vacaciones del despacho me facilitaban cubrir el turno diurno; el nocturno lo hacía la enfermera. No solo estaba ciega, sino también sorda; mis palabras, no las oía, seguía llamándome Aura como su nombre; el desdoblamiento de su perfección. Narcisista en exceso. Decidí cumplir su anhelo, no le aclararía quién era y que siguiera creyéndose junto a la sacrificada de mi hermana y no conmigo, la solterona mala hija.

       ¿Tan ocupada estará la malagradecida? Atiende mejor a su perro, por eso no me arrepiento de haberte dado más a ti. Siempre se lo dije a tu padre, la gente fea es mala, pero él decía que soy clasista y por eso la traigo contra Laura. Quiero que sepas, todas mis joyas son para ti, hija, en cuanto me quiten estos trapos de los ojos te las entregaré. Mejor en vida, así ella no tendrá derecho a reclamar. La casa la pondré a tu nombre... La interrumpí tajante, ¿crees justo dejar a mi hermana sin la mitad de la casa? Ella no se quedará conforme, trabaja con abogados y reclamará lo que por ley le corresponde. Mi madre estuvo callada y pensativa por segundos que parecieron eternos, enseguida reaccionó, ¿Me estás pidiendo la propiedad en vida? En automático repelí esa posibilidad. No, no te estoy diciendo eso.

Sus deseos de orinar desviaron el tema. La ayudé a levantarse de la cama y con cuidado la dirigí al sanitario. Vinieron a mi memoria los días cuando en ese mismo lugar el shampoo entraba a mis ojos. Mi “mala suerte” a la hora de la ducha era habitual. La mirada de Aura nunca se vio empañada con el jabón, pocas veces tenía motivos para llorar mientras que a mí me sobraban. Mamá, ¿recuerdas lo chillona que era Laura cada vez que la bañabas? Me sorprendió cuando dijo que adrede me lo echaba y el placer al verme con los ojos enrojecidos. Un sentimiento de rabia e impotencia me atrapó, sin embargo, la levanté del inodoro con el mismo cuidado y la regresé a su cama. No tengo hijos, pero supongo que a todos se les quiere por igual. Quizá mi mala suerte no era eso y mis desventuras eran provocadas por su perversidad.

Mi gemela acostumbraba hablarme por las noches para saber cómo había pasado la jornada nuestra madre; su familia la tenía absorta y por eso no iba a verla. Los compromisos sociales de su marido, empresario exitoso digno de ella, y de sus hijos adolescentes a quienes llevaba a la escuela, al karate y al ballet, además de dirigir un séquito de servidumbre, la tenían agobiada. Aura cumplía con pagarle la enfermera a doña Aura, la diferencia conmigo es que yo no contaba con el dinero para solventar el costo de otro turno. Desde las ocho de la mañana llegaba para prepararle todas sus comidas, bañarla, administrarle sus medicamentos y ser depositaria de los sentimientos de la mujer que me parió y nunca me quiso.

A ratos la dejaba hablando sola y recorría la casa: el cuarto de cada una de nosotras, el jardín trasero con el centenario árbol de mango, la salita de música con paredes de madera donde papá solía escuchar a Elvis Presley, a Los Platters… ooonlyyy yuuu… Cada rincón estaba impregnado de recuerdos buenos y malos. Apenas advertí, el cuarto de Aura es más grande que el mío y tiene closet, eso le permitía tenerlo arreglado, motivo frecuente de mis castigos al no mantener el mismo orden. Mi periplo culminaba en la cocina preparando la dieta recetada por el doctor: baja en grasa y sal, abundante verdura.

Cada vez me resultaba más difícil levantarme temprano e ir a atender a mi madre para escuchar el nombre de mi hermana en vez del mío. Deseaba tener los recursos para pagar a alguien que lo hiciera, pero mis ingresos no eran fijos. En pocas semanas conoceríamos su estado. Era probable que al quitar el vendaje siguiera necesitando ayuda, en tal caso tendría que solicitar licencia indefinida en el bufete. La sola idea me avasallaba.

                       

La rutina hubiera sido benévola de no enterarme de sus patrañas. Un día me dijo, ¿te acuerdas de Fernandito, el niño que jugaba contigo en el parque? Apenas recordaba sus lentes y el pelo negro y crespo del regordete. Pues tuvo una hermanita mongolita y un día me contó su mamá que la niña se ahogó en la bañera. En aquel tiempo las señoras comentamos que ella seguramente la dejó sola para que la muerte se la llevara. Sin titubear deduje que eso mismo hubiera deseado hacer conmigo. Quise adentrarme en su mente, le pregunté si consideraba justificado hacer eso con un hijo enfermo, tomando en cuenta que ella se reconocía como una verdadera católica y no de esas que van a misa los domingos y de lunes a sábado las invade el “efecto Lucifer”. La ambigüedad de su respuesta me orilló a pensar que sería capaz “por el bien de la familia”.

Enajenada, tratando de recordar a la mamá de Fernandito, aquel día olvidé administrarle los medicamentos a la hora precisa. Mientras le llevaba el consomé a la boca, me horrorizó la vulnerabilidad de los niños ante sus padres: así como te dan la vida, te la pueden quitar sin uno poder defenderse. En más de una ocasión me sacó de mis pensamientos cuando levantaba la voz porque le mojaba la bata con el caldo. Mi silencio la preocupó: ¿tienes problemas con tu marido?, estás muy callada, dijo convencida de ser conocedora de los conflictos de pareja, los cuales eran constantes con papá por los extremosos cambios de humor de ella.

No veía el fin del martirio. Mis vacaciones arruinadas y con el riesgo de prolongarse sin sueldo, sin alternativa de huir o deslindar en alguien la losa que cargaba a cuestas. ¿Y si en lugar de que la mamá de Fernandito se deshiciera de su hija, la hija se deshiciera de su mamá? La idea iba y venía, rondaba y se agazapaba…se olvidaba.

Corrían los días, se aproximaba el plazo para conocer el rumbo de mi destino. El trasplante de córneas le devolvería la vista o no a mi madre, ¿y si no? Aura estaba en condiciones de seguir pagando a la enfermera, pero yo no tenía la disponibilidad para atenderla indefinidamente. Mis malos modos fueron resentidos, el agua del baño demasiado caliente, la comida salada, escueta conversación, heladez por el aire acondicionado, la música estridente. La mamá de Fernandito, la hermanita de Fernandito, Fernandito…

Una mañana llegué a la casa de mi infancia como siempre, me invadía una felicidad inexplicable, ella misma lo percibió. Mi yerno con seguridad te trató con cariño anoche, es evidente, dijo maliciosa. Así es, mamá, respondí dándole por su lado. Puse en el reproductor a Elvis, ambas recordamos a papá. El árbol de mango daba sus primeros frutos, el cielo de intenso azul resplandeciente, la primavera revoloteando en las coloridas alas de las aves.

A las doce del mediodía el agua de mango, la favorita de mi madre, estaba lista. Agradeció a la naturaleza su generosidad. Recostada en su mullido colchón, antes de ingerir sus alimentos, elevó una oración “por el pan nuestro de cada día”.

A la señora Aura le di de comer y beber y beber y beber y beber… Mojando la bata, las almohadas, las sábanas, la cama… Llenándole la boca, la garganta, la nariz, los pulmones, del dulce néctar amarillo hasta ahogar su respiración.

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EL DIA EN EL QUE SE PERDIÓ EL DO Y LA CANCIÓN FAVORITA

Roberto López Moreno

 

 

 

 

 

EL DÍA EN EL QUE SE PERDIÓ EL DO

 A María Granillo

Ese día, ninguna sinfonía pudo ser ejecutada en ninguna parte del mundo, porque el Do había desaparecido de los pentagramas. Musicólogos, etnomusicólogos , investigadores en tablaturas cargadas de ayeres, maestros de conservatorios, directores de orquesta, ejecutantes, melómanos y hasta no melómanos, morbosos se lanzaron a la búsqueda del Do tan extrañamente desparecido No estaba el Do ni en las ondas del agua, ni en los fuelles del viento, ni en la garganta del pájaro. No encontraban al Do en ninguna parte y esto desvinculaba el resto de las actividades humanas, desordenaba el mundo. No encontraban el Do. Y así las horas hasta que alguien dijo haberlo visto en el panteón del Monasterio Novodevichiy. Hasta ahí llegó el contingente de afligidos. Si, ahí estaba el Do, compungido, triste, postrado ante la tumba de Shostakovich. Le hablaron al oído tiernamente, le enjugaron alguna lágrima y regresaron con él a la tibieza de los pentagramas. Entonces volvió a funcionar la maquinaria de la música y del mundo, perfecta, exacta, como si nada hubiera pasado.

 

 

LA CANCIÓN FAVORITA

 

La noche entera se la pasó planeando el crimen. Su canción favorita repetida una y otra vez, y otra vez, y otra, y otra más, estuvo siempre ahí, a lo largo de la larga noche, para inyectarle el valor que requería durante el desarrollo de su plan. Llegado el momento maldito se dirigió hacia donde le llamaba irremediablemente la cruz de sangre. Cometió el crimen con saña, luego, el hurto consecuente. Y luego, se fue directo a su condena eterna, cuando se enteró por los periódicos del día siguiente, de que su víctima había sido precisamente el autor de su canción favorita. Cada vez que escuchaba aquello de Volver, Volver, Volver... volvía el cuchillo asesino hacia su propio vientre, hacia el centro de su corazón podrido, sentía con terror aquel filo, frío, fino, fijo rompiendo lentamente las venas, los tejidos, las células del alma gangrenada. Y así por siempre, hasta llegar sin llegar nunca a ese inasible al que llaman el infinito.

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Viernes, 15 Enero 2021 04:59

Calle La Esperanza / Jesús Marrero /

 

 

Calle La Esperanza

Jesús Marrero

 

Los ojos de mi padre son el rojo de las seis implorándome ser hombre. El fango de la calle se traga mis pies hasta los tobillos. Seis. Sol. Lluvia. No recuerdo cuando empezamos a caminar a La Esperanza. «se hombre», me dice, al tiempo que la calle muerde mi pie izquierdo quedándose con mi zapato. «¡se hombre!», y gira la cabeza como un óvalo mecánico ajustado al cuerpo. En ocasiones olvido cómo era exactamente mi padre, hay días en los que lo recuerdo derrotado, demacrado, como una noche cargada de piedra, sin fuerzas para vivir… pero fue mi padre, y siempre tendrá los mismos ojos. Lo repaso como si ahora estuviera caminando tras él. El barrio también era rojo, un rojo sofocante. Mi padre pensaba los pasos sobre la arcilla que parecía abrazarlo, tragárselo, pero era demasiado hombre para sucumbir. Yo quería ser la misma cantidad de hombre que él, y caminar sin pensar en el lodo pesado, que nos perseguía en masa, queriendo escalar en busca de los ojos de mi padre.

Cuando mi madre vino a La Esperanza, mi padre ahorró sus palabras como si esperara el momento justo para desahogarse. Solo hablábamos lo necesario, lo demás lo entendía con la mirada. Era como si la persona que en algún momento conocí se fuera gastando con el tiempo, apagando con cada esfuerzo, muchas veces sentía que era mi culpa, que yo era quien estaba destruyéndolo, pero no sabía qué hacer, aun no entendía cómo funcionaba un hombre, aunque estuviera tan cerca de serlo. Tiempo después supe que todo era culpa de mi madre. —Abre la puerta Manuel. — dice, mientras mira al final de la calle. La bisagra gruñe en descenso mientras se deja llevar por el viento

de la lluvia. — Esta vaina envuelve Manuel, te atrapa. Nunca intentes ir al final de la esperanza, Manuel. — Tres pasos y busco las cosas a tientas, no es que quiera encontrar algo, pero la oscuridad es tan fuerte que se siente próxima y palpable. —Mamá no está aquí. Le digo a mi padre mientras continúo buscando donde sujetarme. De haber estado ahí, su olor a mentol ya nos habría recibido. Tolero un poco de mentol en los pies. No sé cuánto más poder caminar, y más ahora que he perdido mi zapato izquierdo.

Un golpe de sol entra por la ventana. Sus tentáculos tropiezan hasta caer sobre mi padre. Sigue inmutable. Desde la ventana puedo ver hileras de casas de maderas, pintadas de verde y amarillo, desgastadas, corroídas por los insectos y el tiempo, nunca habitadas, solas como los pensamientos de mi padre. La briza levanta el polvo de La Esperanza: empuja a un anciano: va taconeando su único zapato, su otro pie descalzo deja la huella de un animal que repta sobre el polvo rojizo. No mira a los lados como si ya tuviera grabada la melancolía del lugar y no tiene que usar los ojos para nada más. Lleva prisa. Todo está reseco, parece que nunca llovió. Si no fuera porque recuerdo la noche de ayer diría que nunca llovió. Todas las casas son iguales y están muertas. Al frente nuestro hay una casa, que más bien parece un espejo de la nuestra. En la ventana hay un hombre que se rasca el ojo derecho y se ríe, o llora. Se rasca dos de sus dedos largos y flacos. Empieza a lagrimear y para, se mueve de la ventana y no aparece más. Eso creía, que no aparecería más. Lo hace todas las mañanas. Digo todas las mañanas como si llevara años aquí. Hace veinte años llegué a este lugar, lo recuerdo como si fuera ayer: entramos a la casa vacía, oscura y fría. Improvisamos una cama con la ropa de mi padre, y vi como mi padre se acostó y me dio la espalda. Yo me quedé sentado mirando su espalda. Mi padre está al final de la calle. Se fue. No hoy. Ayer. Se fue en busca de madre. No sé cuánto tiempo llevo sentado solo. No vendrán. Hay días en los que el viento del final de la calle huele a muertos antiguos.

El sol empezó a caer otra vez y mi padre no se levantó en todo el día estoy agotado de ver al vecino frotarse el ojo. Las casas son todas iguales. ¿Ya había dicho que las casas son amarillo y verde como la esperanza? —Es hora de ser hombre. — dice mi padre de espalda. Puse mi cara ruda y entrecerré los ojos. — Es hora de ser hombre, Manuel. — repite por segunda vez. Ahora más que un mandato lo implora. Se pone de pie y me sujeta la sien como si quisiera pasarme sus ojos rojos. Su dedo pulgar me recorre la frente en círculo y desciende hasta llegarme a la niña. Yo no parpadeé o grité. Nunca quité mi cara ruda mientras introducía su dedo pulgar con toda la presión del mundo sobre mi cuenca del ojo derecho. Me fui acostar cuando escuché el sonido de gotera que hizo mi ojo. Mi padre me pasó su ojo rojo. Marché a la cama taconeando el único zapato que llevaba; no sin antes ver a mi padre acostarse y darme la espalda otra vez. Esa noche mi padre se fue al final de la calle. Se fue dejándome el rojo, lo único que aún recuerdo de él. El sol me despertó más temprano de lo común. El vecino está en la ventana con sus dedos negros y largos. Se frotó el ojo con furia hasta lanzar un hilito de lágrima a la calle. Se frotó la cuenca con tanta furia, que se transformó en un clítoris horizontal, lo recuerdo; salió a la calle, miró la humedad de sus lágrimas, sonrió y se fue al final de la calle.

Cuando decidí caminar al final de La Esperanza el sol aún se ocultaba. Tres pasos. Mire al final de la calle. La Esperanza no tiene fondo.

Me quede solo en La Esperanza. Aquí nadie viene. El sol se oculta. Sale el sol: siempre es el mismo día. Nunca dije si había árboles en La Esperanza, en realidad… no recuerdo. Siento que llegue en la noche. Quizás fue ayer que empecé a caminar hasta el final. No sé por qué camino, pero ayer llovía, lo recuerdo como si fuera ayer. Pero no estaban estas arrugas y mi ojo no ardía. Voy tras mi padre al final de la calle.

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Confesiones de un cuarentón

Adrián Eduardo Albores Martínez

Recuerdo que en una ocasión, caminando por el pasillo principal del Tecnológico Regional, Universidad, donde estudié, me dije: _“Si en estos momentos tuviera la oportunidad de ver una imagen mía, de cuando sea cuarentón". _Con ese simple detalle, sabría, qué tan bien o mal me ha ido en la vida. En ese entonces, tenía veintidós años, quizá me sentía agobiado por tareas, exámenes, proyectos, mi limitada situación económica, por mi desintegrada familia y por no tener a Camelia. Hoy, veinte años después; tengo esa imagen. Y que, ese joven que fui, pretendía visualizar. Me gustaría poder viajar por el tiempo veinte años atrás y tomar por sorpresa a ese joven Adrián, y enseguida mostrarle la imagen en una fotografía. Imagino la reacción que tendría, al ver al Adrián cuarentón. Quizá no me reconocería. Trataría de estar de incógnito, entonces le diría: _Ahí tienes la imagen. _Quizá el joven, perplejo; aún, observaría detenidamente esa fotografía; viendo en ella, un rostro feliz. Vería a ese cuarentón vestido modestamente, en un lugar que no podría él, ubicar. Quizá, el joven al ver cumplido su deseo; tendría aún, más dudas. Pues asumo que no podría distinguir si hay bonanza o pobreza en su vida de adulto. Si tiene familia, casa, carro, si es ya ingeniero, o simplemente, si es feliz. Cuando era joven, pensaba que el bienestar en un futuro, radica en gran medida, a lo económico.

También, pensaba que los problemas o situaciones que atravesaba, eran más difíciles que los de adultos. Porque suponía, tener una vida resuelta en un futuro. ¡Que equivocado estaba! Si tan solo pudiera regresar el tiempo en ese instante. Tomaría por los hombros a ese joven, de manera enérgica. Lo sacudiría y le diría: _¡No seas pendejo! Disfruta esta etapa. En la vida tendrás momentos felices como el que se refleja en esta fotografía, pero también habrán momentos amargos. Tomarás decisiones equivocadas, y algunas acertadas. Todo repercute. El dinero y el poder, son falacias. Respecto a la felicidad, disfruta el momento ¡El ahora! dejaría al joven Adrián antes que se atreviera a cuestionarme y regresaría al presente para no alterar la línea de tiempo. Lo cierto es que ahora; ya cuarentón, extraño algunas cosas del joven de apenas hace, dos décadas; como su libertad, idealismo y vigor. Me pregunto entonces:_ ¿Qué tan bien o mal me ha ido en la vida? _Llego a la conclusión que nuestro paso por la vida no es una constante en la que se pueda medir con dos parámetros únicos y absolutos, tenemos momentos planos, mudos e inconscientes, donde a veces tenemos la chingada como paralela y la felicidad al lado, y no lo distinguimos, o tomamos una de ellas y nos regocijamos, o lamentamos.

A veces, extraño salir al antro, emborracharme con los amigos, estar en el "Tec", "CBTA" , "Secundaria" o "La Playita". Acariciar a la hermosa Camelia. Pero, no le advertí nada de sus equivocaciones al joven, que vil me vi, al no cambiar nada de su línea de vida. Tuve un sueño hace poco, en donde regresé de un viaje y al entrar a mi pueblo por medio de los letreros y la radio vi y sentí que estaba en el pasado, conocía ya el curso de mi historia, podía cambiarla. No me gustó. Desperté y constaté que solo fue un sueño. Entonces, volví a dormir tranquilo. Ahora, creo que puedo tener una imagen más clara de cuando esté setentón, estoy haciendo un salto de treinta años. Pues, en veinte considero, aún tendré compromisos ineludibles. Me veo en Zakte, sentado en una butaca del corredor en una casita rústica, fumando mariguana, tomando vino, cerveza y viagra...

 

 

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Jueves, 14 Enero 2021 06:06

El hombre de la luna / René E /

 

 

 

 

El hombre de la luna

René E

 

 

“Al lobo se le hizo agua la boca.

Entonces dijo a Caperucita:

-Te tengo una propuesta…-”

Charles Perrault

 

 

 

I

 

Las palabras de Lidia fueron más rápidas que el ardor que recorría mi garganta –Tú eres el hombre de la luna– dijo, mientras yo dejaba un vaso vacío sobre la barra. Francamente, sólo pude quedarme en silencio frente a aquella altivez, como si la voz que desaparecía entre esos labios rojos fuera el tiempo. Sin embargo la calma fue algo bueno, me ayudó a contemplarla para disfrutar de su tez morena y del lunar que acariciaba su cuello.

  En ese momento no sabía cómo estaba la noche afuera, pero en el bar, las tres de la mañana era una hora cómoda. Acababan de bajar la cortina metálica, quedaban pocas mesas ocupadas y las que aún tenían gente, te decían que el desvelo iba para largo. En mi nariz se mecía ese aroma a vicio que tanto me gusta, una mezcla entre sudor, perfume y el humo de los cigarros, justo como huele la sed por sexo antes de derramarse. Me sentía en mi ambiente, era nadie en un momento donde todos buscaban un nadie para acabar la noche. Por eso me dejaron atónito las palabras de Lidia, nunca me había tocado el papel de la presa.

     Apenas era una niña, no podía pasar de los veinte años. Su vestido negro y los tacones decían que la vieras, que ella tenía el control; nunca he tenido problemas con esa actitud, pero cuando la mirada que acompaña ese mensaje no muestra sangre fría, sabes que estás jugando con alguien que apenas empieza a jugar.

      Me contó que sabía de mi programa porque su padre lo escucha cada lunes sin falta ¿Quién diría que alguien de su edad se daría tiempo para escuchar la radio? Durante las palabras que cruzamos antes de irnos, ella fue acercándose lentamente. Nunca quitó sus ojos de los míos y de vez en cuando jugaba con algún mechón de su cabello.

Hubo algunas risas y caricias sobre mi brazo cuando le pregunté por su edad, pero la única respuesta concreta fue –La suficiente para saber que no voy a desaprovechar la ocasión de probar esos ojos verdes–

      Al salir, nos sorprendió que las calles no sólo se sintieran vacías por la hora, sino que una espesa neblina ahoga la ciudad. Lidia había tomado mi mano desde que se levantó y no la soltó en ningún momento. Me llevó a un parque cerca, – Nunca lo he hecho en un parque– dio como excusa.

      Sus gruesos labios buscaban mi boca; su sabor era dulce, pero su lengua aún sabia a whisky y a tabaco, me encantaba la combinación. Sus manos frotaron mi entrepierna hasta ponérmela dura –Me gusta salirme con la mía– dijo mientras desabrochada mi cinturón. También abrió mi camisa y lo hizo con brusquedad, hasta rompió algunos botones. Sus manos arañaron mi pecho y su boca besó las marcas en mi piel mientras bajaba. Después la puse contra un árbol para metérsela. Jadeábamos con fuerza, yo podía sentir como mis costillas se estrujaban –No sabes cuantas veces pensé en ti… En esa voz. Y cuando la reconocí pidiendo ese trago, supe que… ¡Ahh…! Dios…– decía mientras embestía contra ella.

        La sangre nos latía como una inquietud frenética, como si necesitáramos todo el aire para no morir. Ahí llegó el aullido, cuando mis manos se tensaban sobre sus caderas; fue un estruendo tan fuerte, que sus gemidos callaron de golpe. Miré sus ojos, en ellos se dibujó aquella inocencia de la que hablé junto con un miedo que la dejó paralizada. Retrocedí unos pasos. La neblina fue llenándose con el sonido de pisadas, de las hojas secas rompiéndose. Luego hubo silencio y oculto en esa calma, un gruñido arrancó todas las aves de las ramas; imaginaba que la bestia era enorme. Ambos comenzamos a correr. Sabía que no podría escapar si me seguía, pero no tenía que ser más rápido que ese animal, sólo tenía que ser más veloz que ella. Estaba seguro que esos tacones serían mi salvación; aunque su cuerpo no me diera mucho tiempo tenía que intentarlo, estaba frente a la mejor historia de mi programa: Sobreviví al ataque de un hombre lobo. Así que corrí, aún más allá del frío que arañaba mis pulmones. Corrí y nunca me detuve, ni siquiera cuando escuché que los gritos cesaron.

 

II

 

– Así es Ricardo, como informamos esta mañana, una pareja reportó a las autoridades el hallazgo de un cuerpo en el Parque de la Avellaneda. Antonio Suarez Ximenes de 29 años y su novia Lidia Castillo García de 18 años, comentan en su declaración que al trasladarse de vuelta a su casa en la madrugada de este sábado, encontraron el cuerpo mientras cruzaban por el parque. Además, Ricardo, ya con el conocimiento del último reporte de las autoridades, tenemos que confirmar con tristeza el rumor que nuestro compañero…

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Jueves, 14 Enero 2021 05:46

EN LO PROFUNDO / DANIEL VERÓN /

 

 

EN  LO  PROFUNDO

DANIEL VERÓN

 

 

Continuamos en el siglo XXIV. Esta es la obra que prosigue la épica aventura de la Flota Intergaláctica con abismos estelares cada vez mayores entre sí. La sensación de inmensidad, de cosa desconocida, de grandeza, por momentos llega a abrumar. Si fantástica fue la epopeya de las diversas flotas de la Federación a lo largo y a lo ancho de la Vía Láctea, ni qué decir acerca del desafío que tiene ahora ante sus ojos al almirante Gedeón Solar.

Aquí se retoma la historia en el punto donde quedó. Con la ayuda del más moderno instrumental, ahora adaptado a las condiciones particulares de los lugares que recorren, los expertos cartografían la totalidad de la minigalaxia en que se encuentran. Pese a ser mucho menor que la nuestra, con todo, allí existen millones de estrellas y muchos otros objetos semi-estelares a cual más extraño. Desde luego, el objetivo sigue siendo los mundos habitables para el hombre. Por fin, en otro sector más distante hallan una serie de sistemas planetarios más jóvenes, con algunos mundos de interés. La Flota parte hacia allí para realizar la debida exploración. Temporalmente, Gedeón deja a Zenna Rhesis, una fiel comandante de gran capacidad, como líder de un grupo de científicos con asiento en Cielo-1- Por su parte, es Kevin Sorzyn quien queda a cargo de Thor-4 y sus alrededores.

Luego se produce la llegada al sistema de la estrella Monte, y los federales optan por descender en el planeta Tau-9. En esos momentos se encuentran a unos 100 años-luz de donde han dejado a sus compañeros. Las distancias parecen mayores en estas inmensidades que jamás han sido cruzadas por ningún ser vivo. Tau-9 se revela como un mundo vagamente parecido a Marte, pero sólo en su aspecto superficial ya que, como casi todos, carece de elementos pesados en su constitución. Aquí hay diversas descripciones de sus características y Gedeón decide instalar otro puesto de avanzada, esta vez a cargo de Schefin Eyless, otro comandante de gran experiencia que lo ha acompañado en numerosos viajes.

Entonces se realiza una asamblea general en el navío Omega, en donde los sabios terminan de trazarle al almirante, un panorama completo de lo que es la Nube Menor de Magallanes. Entonces, se dispone que un grupo de 50 sistemas planetarios sean visitados e integrados por cada una de las flotillas que dirigen los comandantes. Gedeón mismo es su supervisor general, por lo que en los siguientes meses el trabajo es intenso. De esta manera se va dando por completado la exploración inicial de la minigalaxia. Otros continuarán después, pero ellos deben poner su mira en el siguiente objetivo. Se establecen contactos con los organismos centrales de la Federación, adonde simplemente se limitan a aprobar todo lo hecho. En realidad, es él, Gedeón, quien va tomando las decisiones importantes cada día.

El almirante se asegura que cada uno de los diversos grupos esté trabajando sin dificultades, a la vez que se informa de los principales logros. Los biólogos están de parabienes con la enorme cantidad de criaturas extrañas que hallan en los lugares más extraños. El clima es bueno y todos sienten interés por arrancar sus secretos a la minigalaxia. Su esposa Cisna y sus principales colaboradores lo apoyan plenamente. Todo parece listo para dar el siguiente paso, esto es, la Nube Mayor de Magallanes, situada en esos momentos a unos 50.000 años-luz del lugar donde se encuentran. Antes de partir, el almirante designa a Zenna como comandante general en la minigalaxia menor y ella es la encargada de coordinar y completar la conquista de aquella inmensa región. Es así que en Cielo-1 se realiza una ceremonia de traspaso del mando.

Durante el nuevo viaje intergaláctico que emprenden, Gedeón, Cisna y otros colaboradores, reflexionan filosóficamente sobre la importancia de lo que están haciendo. Jamás otros hombres han tenido la oportunidad que tienen ellos. Su empresa figurará en todos los registros de historia de la exploración espacial, al menos en aquellas regiones. Se definen, además, nuevos objetivos y crece el interés por descubrir formas de vidas similares o superiores. Este parece ser el gran interrogante que está dejando la incursión del hombre en lo profundo del Universo.

Más tarde se produce la emocionante llegada a la zona más exterior de la Nube Mayor, otra minigalaxia satélite de la Vía Láctea, que también se encuentra a unos 200.000 años-luz de esta, como su compañera. Acostumbrado al mágico desfile de estrellas y más estrellas ante sus ojos, a Gedeón ya nada parece llamarle demasiado la atención. Rápidamente se sabe que las noticias que transmiten los instrumentos no son buenas. Es cierto que allí hay más cantidad de estrellas y de sistemas para recorrer que en la Nube Menor, pero lo cierto es que las condiciones son prácticamente las mismas que allá. La gran mayoría de las estrellas son viejas, carecen de metales y los mundos que alojan son pequeños y sin formas de vida importantes.

Es lo que Gedeón temía en su interior. Después de todo, esta minigalaxia tiene, evidentemente, el mismo origen que la otra. Habrá que investigar, claro, si existen algún tipo de seres como la raza de Asindar u otros parecidos, pero es evidente que allí no se puede esperar mucho más. Pese a ello, preside una pequeña comitiva que desciende en Sofía-6, uno de los mundos más interesantes que gira en torno a la estrella Vera. En esta ocasión, el almirante da un pequeño discurso en donde enfatiza un hecho muy importante: tanto esta como la otra minigalaxia están llenas de pequeños mundos habitables, adonde todas las razas humanas de la Vía Láctea podrán expandirse en los próximos milenios, formando así nuevos hogares en la inmensidad del espacio. En otras palabras, aquí hay lugar para todos.

Luego se realiza una expedición sistemática en una docena de sistemas planetarios, a los que luego se los añaden otros veinte sistemas. Relatar la cantidad de paisajes, de mundos exóticos, de criaturas extrañas, de exploraciones y aventuras que viven los diversos comandantes sería hasta agotador. Baste decir que en un lapso de apenas un año terrestre, lo que quedaba de la Flota (el 50%) recorrió, conquistó e integró a la Federación, una minigalaxia completa enriqueciendo así la experiencia del ser humano en este tipo de empresas.

Gedeón establece la nave insignia en torno al planeta Luces-3, consagrándolo casi enteramente como un centro de comunicaciones. Desde allí toma contacto con los comandantes que siguen explorando la región y, a la vez, aprovecha para comunicarse con los que ha dejado en la Nube Menor. En pequeñas pantallas puede observarse multitud de escenas de diferentes lugares. Además, se comunica nuevamente con la Federación. Aquí logra informarse adecuadamente de las últimas novedades. Una de las más sorprendentes es la noticia de que el bicentenario caudillo Janus Miqhvaar ha solicitado permiso para dirigirse directamente a la Nube Menor para completar las exploraciones. Gedeón aprovecha la oportunidad para pedir refuerzos. Su meta es seguir adelante pero necesita más gente y más naves.

Poco después tiene lugar un extraño incidente que llamará la atención a todos. Llegados al planeta Center-2, adonde el almirante piensa establecer algo así como una base general, tanto él como sus acompañantes son presa de un raro “ataque de felicidad”. Por largo rato, el grupo de diez personas, se revuelcan por el suelo, danzan de alegría y hasta gimen de felicidad. Con preocupación, Cisna sigue de cerca lo que está pasando con su esposo. Ella lo conoce bien y sabe que él nunca tendría una reacción así; además, no hay nada que lo justifique. Al intentar comunicarse con ellos, resulta que no escuchan nada o, más bien, parecen estar oyendo otra cosa, quizá alguna clase de música. El caso es que parecen haber perdido todo contacto con la realidad.

En el laboratorio de la nave-madre se logra descubrir que allí existe cierta clase de virus proveniente de una especie de musgo, que altera los sentidos de los que toman contacto con el mismo. Es todo muy extraño. Lo que allí debería funcionar como si se tratase de una enfermedad, en los humanos ha actuado generando un grado de felicidad tal, como parece imposible de alcanzar en la vida común. En otras palabras, lo que el hombre tanto ha buscado en una forma u otra, aquí es considerado una peligrosa enfermedad. Contrariando la opinión de los comandantes de mayor experiencia, Cisna se dirige al planeta Center con el propósito de rescatar a su esposo y a sus compañeros.

Así, rodeada por un fortísimo campo aislante, Cisna, acompañada por dos colaboradoras suyas, logra movilizarse por la superficie, sin recibir la influencia de aquel musgo. Así encuentra a los hombres tirados por el piso, diseminados por todas partes, riendo y gesticulando como si estuvieran en el Paraíso mismo. La mujer azul se encuentra con Gedeón y le habla, pero él no parece reaccionar. Su felicidad no parece tener límites. Por fin, luego que logra fabricar un posible antídoto, Cisna, sin demasiados miramientos, dispara una pistola contra Gedeón  y luego, sucesivamente, también contra los demás. Lentamente, los hombres se van recuperando. Gedeón explica, entonces, qué es lo que ha sentido. No se trata de un sentimiento de placer común sino que la felicidad está en relación a la libertad que ha conseguido. Con sus ojos ha visto ya dos galaxias completas y en ninguna ha hallado seres que puedan arrebatarle al hombre el privilegio de disfrutar en esa miríada de mundos. Cisna le responde que, para ella, la felicidad está en ser útil a su compañero, y se besan.

Los demás hombres afectados también se reponen y, básicamente, cuentan lo mismo. Todos cuentan que han tenido un sentimiento de libertad infinita, al saberse los únicos seres altamente civilizados en miles y miles de años-luz a la redonda. Sin embargo, esto ha sido influido por microorganismos que pueblan aquel planeta. Entonces sobreviene un largo debate en donde el sabio Orionis sostiene la tesis de que un ser no tiene por qué tener las características nuestras par considerarlo desarrollado. En cierto modo los hay y esto deberán tenerlo en cuenta. Simultáneamente reciben noticias de los comandos de la Federación y ya están en marcha los refuerzos que Gedeón ha solicitado. Pronto estarán en condiciones de internarse más en lo profundo.

Luego se realiza una nueva asamblea en la nave-madre, y Gedeón expone nuevos planes. Con los refuerzos piensa ir más lejos todavía y convertirse así en el primer explorador de la galaxia de Andrómeda, situada nada menos que a 2 millones de años-luz de la Vía Láctea, es decir, 10 veces más lejos que las Nubes de Magallanes. Con eso dará por terminada su misión. Otros se ocuparán de continuarlo. Sin embargo, los acontecimientos se precipitan. Por un lado, llegan noticias del extraño final del insigne Janus Miqhvaar en un lejano mundo  de la Nube Menor precisamente. De alguna extraña manera, un ser parece haberse fundido entre las nubes inteligentes de aquel planeta, sin que nadie pudiera evitarlo. Su viuda, Stefanía, y sus compañeros, proceden a realizar una serie de exploraciones en un grupo de estrellas de aquella región.

La otra noticia causa gran conmoción en la Flota. Un grupo de oficiales que, inicialmente, estaban a las órdenes de Rugger Smeith, se ha extraviado mientras exploraban un lejanísimo sistema planetario y todos los intentos para comunicarse con ellos han sido en vano. Luego de una intensa búsqueda, Smeith los ha dado definitivamente por perdidos. Esta es prácticamente la primera vez que sucede un caso semejante, ya que en la Vía Láctea era relativamente fácil orientarse en cualquier lugar que uno estuviera. Un suceso así sólo podía tener lugar en otra galaxia donde aún no han establecido parámetros seguros de medición. Gedeón y sus hombres deliberan por largo rato sobre qué hacer. En una escena final, el almirante mira por los ventanales la inmensidad estelar. Esto le ha servido para ver que el espacio no es algo tan seguro como parece.

Mientras tanto llega la Flota de refuerzo para constituir una sola y gran Flota de avanzada. Sobreviene un período de recomposición y el almirante transmite sus planes a los comandantes recién llegados. Son seleccionados aquellos que se encargarán de supervisar diversos sistemas planetarios instalando bases en docenas de mundos, y también se decide quiénes acompañarán a Gedeón en su travesía hacia Andrómeda. Reina un clima de gran expectativa pese a algunos incidentes menores. Antes de la partida, Gedeón y sus principales colaboradores se toman un tiempo de descanso en el planeta Floresta-4, otro típico mundo de las nubes magallánicas, poblado solamente por cierta clase de árboles. Entonces tiene lugar un hecho realmente increíble. Se detecta una nave y, poco después, hay una mujer procedente de allí que solicita verlo. Se trata de Stefanía Lockerson, la viuda del supremo Miqhvaar.

Gedeón la recibe acompañado de su esposa Cisna y de tres comandantes de su máxima confianza. Lo que escuchan no puede ser más sorprendente. La mujer le previene acerca de su viaje a Andrómeda. En esa galaxia sí existen formas de vida superiores a la raza humana. Es más; algunas de estas formas pueden ser sumamente peligrosas, hasta el punto de causar su desaparición. Miqhvaar lo sabía y por eso hizo lo que hizo. En realidad él no ha muerto sino que ha transmutado a una de las formas de vida existentes en la Nube Menor, una especie que llegará a ser dominante en esa región. Interrogada sobre cómo es que Miqhvaar sabe qué seres pueblan Andrómeda, resulta que le ha sido revelado por los habitantes de la Zona Fantasma, adonde subyacen todos los espíritus del Universo. De esto es lo que quería prevenirle.

Gedeón se siente honrado por este privilegio y reorganiza el viaje, pero sus planes continúan. Stefanía decide permanecer en uno de los mundos de la Nube Mayor y esto habrá de influir de manera importante para una creciente oleada migratoria en esa región. Finalmente, llega el día de la partida y la Flota desaparece literalmente de la vista para dirigirse, a una velocidad hiperlumínica, hacia el punto más distante que haya alcanzado el ser humano. Incluso el viaje es bastante más largo que hacia las mingalaxias, tiempo en el que, una y otra vez, se reúne con sus oficiales a examinar datos ya conocidos y otros informes nuevos que van llegando. Permanentemente se confeccionan nuevos mapas estelares y, finalmente, comienzan a ver las estrellas más lejanas al núcleo.

En forma similar a otros casos, la Flota ingresa dentro de lo que específicamente es la galaxia de Andrómeda. A su alrededor hay miles de millones de estrellas, de sistemas planetarios, de mundos de toda clase. Es un orbe lleno de luz y color que maravilla a los viajeros. Luego de una selección conveniente, el almirante encabeza un grupo de descenso en un planeta parecido a la Tierra, pero mucho más grande, lleno de especies y criaturas vivientes. El entierra un hito en el suelo y sus compañeros proceden a reverenciarlo como si fuera un dios. En cierto modo lo es. Unico hombre que ha descubierto tres galaxias, todo parece posible con él. Sobreviene un tiempo de instalación y exploración en todo aquel sistema planetario sin hallar formas superiores de vida.

Por último, tiene lugar un inesperado drama. En Fértil-9, los exploradores son repelidos por alguna fuerza extraña y las descargas son tan fuertes que les causan la muerte; incluso su cuerpo es desintegrado. Otros también sufren el mismo percance y Gedeón ordena un repliegue general en las naves. Las comunicaciones son interferidas y aquella fuerza inexplicable parece llegar a bordo también. Esta vez sí el hombre parece enfrentarse a un poder superior, algo desconocido que ha estado esperándoles allí, en Andrómeda, a 2 millones de años-luz de nuestra Galaxia.

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Domingo, 10 Enero 2021 05:12

Una sala, un tajo / César Rito Salinas /

 

Una sala, un tajo

César Rito Salinas

 

La mayor parte de los niños, hasta

los doce o catorce años,

son capaces de cierto goce poético

T. S. Eliot, Función de la poesía

y función de la crítica

Para Angélica y Josué

 

 

Una sala, un tajo, el maldito cuero que colgaba del dedo gordo de mi pie izquierdo que dolía hasta las pestañas, las cejas, la frente, la raíz de los cabellos en mi cabeza, que punzaba y ardía, que quemaba mientras mis pies buscaban alejarse de la gente que me perseguía por las calles de la colonia del centro, que venían para golpearme para convertirme en un montón de quejidos, carne molida y terminara por desaparecer en el aire como los cohetes que anuncian la fiesta, entre rojas chispas y luces azules, fuego y humo para estallar en el cielo claro, sin nubes, y desaparecer, hacerme nada en el aire; así fue aquella tarde que, en la esquina de una calle del centro, me asaltaron los pandilleros que reclamaron a Leticia, mi compañera de quinto grado en la primaria cuando al salir de clases la abracé con intención de besar su boca.

El idioma es arbitrario, una cosa es lo que instruyen las reglas, la Academia, y otra muy distinta son las palabras que vuelan como zancudos sobre el lomo de las palabras, sin orden ni concierto, enloquecidas que salen y buscan aliviar o retener, volver a nombrar el tiempo ya pasado, ido.

Por la mañana del lunes, durante el homenaje a la bandera, en el patio de la escuela las niñas formaban una fila delante de los varones; yo estaba justo tras ella, pude ver sus cabellos encrespados en el nacimiento de su nuca blanca, los redondeados hombros, la espalda, su silueta que se perdía en el uniforme de gala, de homenaje a la bandera: camiseta blanca ajustada, falda plisada que hacía destacar sus caderas, que caía sobre las piernas hasta perderse entre las calcetas blancas que subían por su pantorrilla como si lamieran su blanca piel, poro a poro, centímetro por centímetro como si ella fuera una dulce paleta de leche y coco.

___ ¿Te acompaño a la salida?

___ Si, Julio César.

Las horas pasan lentas, muy lentas, se arrastran inválidas, artríticas, reumáticas, sonámbulas en el lunes cuando una niña te dice si, si quiero que me acompañes a la hora de la salida hasta mi casa, mi cuadra, mi barrio, si quiero que cargues mis libros

mientras platicamos frente a todos, a los ojos de quien nos quiera ver y frente a quien quiera enterarse.

En el recreo jugué futbol, metí dos goles, Leticia festejó cada tanto con una sonrisa, la mano en alto, en señal de compartida alegría.

Las calles del pueblo son largas y vacías, o llenas de fiesta y jolgorio, celebración; aquella tarde de lunes las calles del centro parecían un abandonado cementerio donde sólo se escuchaba silbar el viento entre los muros.

De lo que dije no me acuerdo, de aquello que platicamos nada recuerdo, sólo sé que llegué a sentir el peso de mi cuerpo en la punta de mis pies, al momento en que me subía al borde de la banqueta y me impulsé para besarla.

Lo siguiente que recuerdo de aquella tarde fue el correr y correr, resbalar, perder un zapato, el calcetín, tropezar en mi huida desesperada con una piedra, escuchar el golpe, el impacto de mi carne contra la piedra y la sangre, la roja sangre que regaba el camino mientras Leticia, mi compañera de grupo, mi novia miraba con ojos indiferentes.

Llegué a sentir la más grande las vergüenzas, la ira porque yo corría ante los ojos de ella, porque ella miraba a los que querían golpearme, los de su colonia, y se quedaba parada junto a la banqueta, con los labios entre abiertos, el cuerpo inclinado hacia adelante como cuando se acercó a mi rostro para besarnos, sus senos contra la ajustada blusa, su cintura, las piernas en las blancas calcetas, su mirada que veía cómo me alejaba de la banqueta.

A la clínica llegó mi madre, me regañó porque traía rota la camisa del uniforme.

___ Maldito chaparro.

¿Quién me dice qué es la prosa, el verso?, ¿cuál es el orden regular de las palabras? ¿O el del habla? Para mí que es completamente normal que escriba en momentos de ira, ¿cómo habría de hacerlo de otra forma?, si sólo en la ira podemos congelar el instante pasado.

La enfermera me dijo en la clínica “súbete los pantalones”, frente a mi progenitora –yo era un manojo de ira, vergüenza-, cuando terminó de ponerme la inyección repleta de antibióticos.

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