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Hacia una poética de la enfermedad: Julio Herrera y Reissig

 

Julio César Aguilar

 

 

“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón

en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos

de tu corazón y en la vista de tus ojos…”

Eclesiastés 11,9

 

“La enfermedad es el lado nocturno de la vida,

una ciudadanía más cara.”

Susan Sontag

 

 

       En el año 2010 se conmemoró un siglo de la muerte de Julio Herrera y Reissig, un poeta cuyo deceso a los 35 años de edad fue causado por una cardiopatía presumiblemente congénita, y por la cual los médicos de su época le prescribían morfina —potente analgésico y hoy sustancia estrictamente controlada por su poder adictivo— para mitigar el dolor torácico producido por las fuertes palpitaciones. Temprana edad la del fallecimiento de Herrera si se considera el talante de su producción literaria y la importancia de la visión avant- garde que poseía al lado de su extremada originalidad.

       De este escritor uruguayo nacido en una familia por aquel entonces de buena posición socioeconómica —Herrera y Reissig fue sobrino de Julio Herrera y Obes, presidente constitucional de Uruguay de 1890 a 1894—, poeta que no alcanzó en vida a ver publicado en forma de libro ninguno de sus poemarios, puede decirse que su fama y prestigio ha venido con paso firme acrecentándose con el correr de los años. Por otra parte, sin embargo, no existe hasta la fecha ningún estudio académico del que se tenga noticia que explore su escritura desde el punto de vista de la enfermedad. Por lo tanto, este ensayo se centra en el estudio de la relación entre la enfermedad y su obra poética. ¿Existe en realidad un vínculo estrecho entre ambos elementos?, ¿vale la pena a estas alturas reconsiderar el papel de la morfina en su proceso creativo?, ¿pueden rastrearse las huellas de la enfermedad en su discurso poético? A estas y otras interrogantes pretende acercarse el presente estudio mediante un análisis del léxico empleado en la obra poética herreriana, que haga referencia a cualquier aspecto relacionado con la enfermedad o el tratamiento, así como a temas, figuras literarias o al ritmo mismo de los poemas.

       Julio Herrera y Reissig, afima Pino Saavedra en la introducción de su libro publicado en 1932, “ha sido sin duda alguna la figura literaria hispano-americana que más opuestos juicios ha merecido en el recinto de la crítica, desde el panegírico de amigos y admiradores hasta el rechazo de críticos incomprensivos” (13). A este respecto recuérdese, por ejemplo, el círculo de escritores bajo el liderazgo de Herrera que se reunía para hablar de literatura y leerse y comentarse entre ellos sus textos en la Torre de los Panoramas, cuarto de azotea de una de las casas en las que residió el poeta, y desde donde se preparaban las ediciones de La Revista, de la cual Herrera y Reissig era el editor. De este grupo de amigos sobresale César Miranda, quien junto con la colaboración de quien fuera la esposa de Herrera, Julieta de la Fuente, fue el que se dio a la tarea de recopilar el material poético de Herrera disperso en periódicos y revistas para publicarlo en cinco tomos en 1913. En el otro sentido, algunos escritores y críticos como Miguel de Unamuno, Luis Cernuda, Octavio Paz o Juan Ramón Jiménez no supieron leer en su momento los aciertos de la poesía de Herrera.

       La hermana del poeta, Herminia Herrera y Reissig, autora de dos títulos imprescindibles ya que ayudan al lector a conocer y captar la personalidad del poeta, nos ofrece un retrato hablado de Julio en sus primeros años de vida:

 

Las contradicciones psicológicas del hijo, eran motivo de preocupación de       

los padres. Nervioso y linfático, sensible y aturdido, no podía sostener               

mucho tiempo el mismo diapasón. La desigualdad en su aplicación de                 

estudios, era balanceada por su fantasía en ansias tornadizas. Cansábase de       

lo serio, lo trazado, del cálculo rígido, para expansionarse en accesos de               

creaciones libres, y en la vehemencia de sus relatos extendíase la                          

imaginación con verbosidad infatigable (30).

       De acuerdo a lo expresado por la hermana, puede suponerse que Julio desde pequeño tuvo una imaginación extraordinaria, misma que se reflejará más tarde en las imágenes ingeniosas que abundan en su poesía y en la fiesta del lenguaje a la que el lector asiste cuando lee su obra. Más adelante, Herminia agrega: “Nacido con un defecto orgánico —corazón chico—, desde sus primeros años había sufrido de grandes deficiencias de respiración, tratándose entonces el caso como asma recalcitrante” (31). Ahora se sabe que, según Eduardo Espina, el diagnóstico del padecimiento de Herrera era insuficiencia mitral (86), afección de la válvula mitral del corazón que en nuestros días puede ser tratada exitosamente con tratamiento médico específico, o por medio de un procedimiento quirúrgico consistente en la reparación de la válvula o la inserción de una prótesis valvular, con los consiguientes riesgos que conlleva cualquier tipo de cirugía, como infección o rechazo de prótesis.

       Este trastorno orgánico conocido también como regurgitación mitral debido a que la sangre regurgita o pasa de manera anormal de una cavidad del corazón a la otra, es decir del ventrículo izquierdo a la aurícula izquierda, puede producir en el paciente diversos síntomas entre los que se encuentran dificultad para respirar, dolor del pecho y palpitaciones intensas, molestias éstas que sufrió Herrera y Reissig desde la primeras manifestaciones de su padecimiento. Carmen Ruiz señala que “[f]ue en febrero de 1900 cuando sufrió un terrible ataque cardíaco que descubrió la verdadera enfermedad ocultada hasta entonces por la familia” (67). Por su parte, Roberto Ibáñez, observa que ese momento fue crucial en el desarrollo del poeta: “La revelación de la taquicardia fue enigmáticamente decisiva. Herrera nació o se transfiguró de súbito como creador”, (citado por Carmen Ruiz 67). No obstante Ruiz, la misma crítica ya mencionada, al estar de acuerdo en que puede existir relación entre enfermedad y obra, acaba opinando que ese asunto “puede ser más que discutible” (67). Fue en ese entonces que el médico Bernardo Etchepare, quien era pariente y amigo de la familia de Herrera, le receta la morfina, no sin antes haberlo discutido previamente con otros doctores. La droga fue efectiva desde la primera vez en ser administrada, por lo que Herminia asegura que ese fue el origen “de lo que más tarde hayan querido asegurar los acerbos, que usaba el tóxico como estimulante para su obra intelectual. ¡Nada más falso y calumnioso!” (86), sostiene la hermana del poeta. Pero ya antes de 1900, aproximadamente 10 años antes, ya había sufrido Herrera una crisis cardíaca. “Mientras jugaba con sus compañeros se sintió repentinamente mal: grandes palpitaciones y una tremenda angustia, casi lindando con la muerte perfilaban su enfermedad fatal” (Seluja 18).

       Para los propósitos de este trabajo es útil y conveniente, sin embargo, hacer referencia a la morfina y sus propiedades. Derivada del opio, la morfina es una potente droga utilizada en la práctica médica para aliviar severos e intensos dolores postquirúrgicos y dolor por otras causas como el cáncer. Altamente adictiva esta droga, altera tanto la percepción como la respuesta emocional al dolor por medio de un mecanismo aún desconocido. La morfina, cuyo nombre proviene de Morfeo, el dios griego del sueño, puede ocasionar como reacción adversa precisamente somnolencia y sedación, pero también entre otros efectos secundarios son comunes la euforia, las pesadillas durante el sueño y la dependencia física, y un poco menos comunes las alucinaciones, llegando a producir su sobredosis la depresión respiratoria que puede ser fatal.

       La mayoría de investigadores de la obra de Julio Herrera y Reissig no encuentran o no les interesa encontrar una íntima conexión entre su poesía y la enfermedad. Tal es el caso de Lauxar, quien comenta que “[e]s enteramente caprichoso querer explicar por la enfermedad cardíaca del poeta o por el uso o abuso de la morfina la confusión buscada y rebuscada que informa esas composiciones. La incoherencia del pensamiento no se debe en ellas ni al corazón alterado ni a la sensibilidad envaguecida ni a la mente extralúcida” (171). Este crítico refiere enseguida que el efecto del fármaco pudo haber intensificado la personalidad de Herrera y mostrarlo sin inhibiciones “puesto que nada agrega al espíritu esa droga y no hace más que aislarlo, sobreexcitarlo momentáneamente y después entorpecerlo” (172). Ciertamente, ni la morfina ni ningún otro medicamento interviene a nivel del espíritu, pero sí en la esfera mental ya que la sustancia activa se une a los receptores opioides que se localizan en las neuronas que conforman el tejido del sistema nervioso central. A Roberto Echavarren, según comenta en el prólogo a una reciente compilación de poemas de Herrera y Reissig, tampoco le interesa discutir allí “cuál es la relación entre droga y escritura, ni tendría méritos para establecerla, en el caso de Julio Herrera. Para él fue la morfina (a fin de aliviar la angustia ante los desarreglos cardíacos)” (9), para otros, como Baudelaire por ejemplo, fue el hashish. La droga utilizada por Herrera, no obstante, no tiene el efecto terapéutico de aliviar la angustia, como refiere Echavarren que era esa la finalidad del poeta al administrársela, pues no es ansiolítico ni antidepresivo, sino un medicamento —como ya se ha dicho— para aliviar fuertes dolores y de un gran poder adictivo. En la actualidad la morfina también se utiliza en las fases terminales de una enfermedad, por sus efectos analgésicos y porque su sobredosis causa finalmente depresión respiratoria, y por ende la muerte.

       Tiene razón Idea Vilariño cuando menciona que conocemos la vida del poeta así como nos ha llegado: envuelta a través de su leyenda que se ha forjado en torno (2). Según ella, al desmentir el dandismo que se le atribuía al poeta, considera asimismo falsa la leyenda que el propio Herrera “contribuyó a crear para asustar a los buenos burgueses de su adicción a las drogas. Los médicos no habían encontrado otro remedio para aliviar sus crisis cardíacas que no fueran las inyecciones de morfina” (5) por lo que él se vio ante la necesidad de administrarse el medicamento. Pero a lo que hace referencia Vilariño, es a las famosas fotografías para las que Herrera posó en 1906 y 1907, en una de ellas fingiendo inyectarse la mencionada droga, en la otra postrado en su cama aparentando dormir, y en la última con un cigarrillo. Tales fotos fueron publicadas en el semanario argentino Caras y caretas, para ilustrar el artículo sobre Herrera y Reissig y su obra. En la nota “Los martirios de un poeta aristócrata” aparece la imagen en la que se lee: “El artista dándose inyecciones de morfina antes de escribir uno de sus más bellos poemas pastorales”, artículo que causó polémica y escándalo. En dicho artículo publicado el 19 de enero de 1907, en la otra fotografía “Fumando cigarrillos de opio según los preceptos de Tomás de Quincey”, se aprecia la imagen del poeta de perfil, leyendo, al parecer con un cigarrillo en los labios. La tercera foto de la serie de Caras y caretas muestra al poeta recostado en su cama, con los ojos cerrados, misma que se publicó con la leyenda: “En los paraísos de Mahoma, bajo la influencia del éter, de la morfina y del opio” (Mazzucchelli 320).

       Como se sabe, tales fotografías fueron planeadas precisamente con el fin de llamar la atención de los lectores y escandalizar, desafiando al medio literario de la época. Mazzucchelli dice que “[s]e trata de una maniobra publicitaria masiva cuidadosamente calculada por el propio Herrera y Reissig, quien había enviado antes una ‘autobiografía’ a Soiza Reilly, que este empleó luego para escribir el texto que acompaña la nota” (322). Según el testimonio de Soiza Reilly, la idea y proposición de que le tomaran esas fotografías fue del mismo poeta. En la mencionada crónica semanal, firmada como Fray Mocho, pseudónimo de Juan José de Soiza Reilly, el autor explica:

 Hace ocho años visite a Julio Herrera y Reissig. aquella época datan las fotografías que publico. Por prescripción médica el lírico zorzal uruguayo se inyectaba morfina. Luego, por arte, continuó tomándola. El poeta, que era un niño genial, me narró los efectos sublimes de la droga. En la cama, allí en la Torre, me leyó versos escritos bajo el fluido letal (citado por Blengio Brito 20).

Pero la versión final, real, de cómo se dieron los hechos, se la ofrece a Bula Píriz, Soiza Reilly —quien definiera a Herrera y Reissig como “el poeta más raro, el lírico más triste, el pecador más esteta, el jilguero de sangre más azul, el loco más ardiente, más fogoso, más bueno y más encantador que haya tenido el Plata” (Citado por Vilariño x). A Píriz le comenta Soiza:

             Yo fui a hacerle un reportaje junto con el hermano del aviador Adami, que era quien tomaba las fotos. Cuando éste fue a fotografiarlo, Julio dijo: Sería bueno tomarme una fotografía dándome una inyección de morfina o bajo el sueño de la morfina. Pero no teníamos jeringa, y entonces yo fui a la farmacia y compré una jeringa Pravaz y la llenamos con agua, y Julio la  puso contra el brazo fingiendo la inyección, y Adami le tomó la fotografía. Después se fingió dormido y tomamos esa otra donde aparece dormido bajo el sueño de la morfina; y la otra en la que aparece fumando cigarros  de opio según los preceptos de Tomás de Quincey, la tomamos mientras se fumaba un cigarrillo casero hecho con tabaco Passo Fundo. Julio se reía a carcajadas luego de todas estas cosas, pensando en lo que dirían de sus desplantes (citado por Blengio Brito 20).

       En 1904, Herrera viaja a Buenos Aires para trabajar en el censo. Para ese entonces ya había iniciado la composición de Los éxtasis de la montaña —poemario también conocido como Eglogánimas—, proyecto que se ve favorecido cuando viaja a Minas y queda deslumbrado por el paisaje bucólico. Durante su estancia en Argentina su salud va menguando lentamente. Así lo refiere en una carta que le escribe en 1905 a su novia, en este entonces Julieta de la Fuente:

     Yo no me [he] encontrado bien; ayer guardé cama, con chuchos de frío y dolores al pulmón derecho; me morfinicé y hoy me encuentro mejor: atribuyo esos percances a excesos, en esta última semana, de trabajos intelectuales profundos que me han arrancado pedazos de vida. Descansaré en adelante. […] Ya sabes que el fin de mes estoy, por fin, a tu lado, Julieta adorada… (citado por Mazzucchelli 316-317).

Obsérvese el verbo que inventa Julio, en relación a la droga que utiliza para paliar sus malestares físicos: morfinicé. En otra carta enviada unos meses antes, Herrera escribe:

             Yo también sigo regularizándome y me alimento gradualmente […].   Luego, la Vida alegre que hago yo, la mitad del día en el Censo, y la restante enclaustrado en mi alcoba, entregado a mis horribles verdugos que tú has armado dándome tu amor!! Leo, escribo, medito, filosofo, observo la Comedia humana, desdeño cada día más a los hombres y me retraigo. Cinco o seis buenas almas, un gato que no se separa de mi  escritorio, una mariposa muerta, clavada como mi corazón sobre mi lecho, la morfina, y el fantasma pálido de los recuerdos sentados en el dintel a todas horas y mirándome tristemente, eso compone toda mi sociedad, en este destierro lúgubre. Nadie me ama, nadie se interesa por mí, yo tampoco amo a nadie, no por nadie me intereso. De la puerta para afuera la Muerte, de la puerta para adentro también la Muerte: la noche dentro de la Nada, esto es horrendo! (320).

       Como se puede apreciar a primera vista, en ambas cartas el autor alude a su enfermedad cardíaca y a la morfina. Pero hasta donde se sabe, no existe evidencia de que Herrera y Reissig haya utilizado el medicamento con fines recreativos o como herramienta para llevar a cabo su labor creativa. Sin embargo, si se analiza su poesía puede percatarse el lector que en repetidas ocasiones el léxico usado es el que responde a la enfermedad de la cual se vio aquejado, o que alude a cierta terminología médica. Véanse algunos ejemplos que han sido resaltados tipográficamente:

      

De Los maitines de la noche:

… bosque alucinado… (20), Para mis penas fueran divina

magia hipnótica (20), La sangre del histérico mordisco

(21), epilepsiaba a ratos la ventana (22), la metepsícosis de un astro niño

(23), en su tísis romántica la luna (25), La Neurastenia gris de la montaña

(25), Tocando su nerviosa pandereta (26), con un ritmo de arterias

desmayadas (26), Flora, enferma, se desmaya… (26), fuma el opio

neurasténico de su cigarro glacial (27), agonizando las postreras lilas (28).                                                 

 Las alusiones a la enfermedad que le causó la muerte a Herrera, son muy frecuentes en su cartas, como puede apreciarse en una misiva que le envía a Edmundo Montagne fechada en junio 1 de 1902:

             Muy triste me hallo. Muy abatido —Muy pobre. Así me ha tomado su carta. Estuve dos meses enfermo, con palpitaciones nerviosas al corazón. A consecuencia de esa calamidad tengo forzosamente que haraganear, dejando la conclusión del Tratado de la imbecilidad de mi país para dentro de un par de meses, si para entonces, como se entiende, estoy bien de salud.

A lo que Edmundo Montagne, contesta:

 He sentido muchísimo la noticia de su enfermedad. Estoy seguro de que Ud bebe alcohol y café

y fuma mucho y comete otra cantidad enorme de imprudencias que no deben cometerse.

Y digo que estoy seguro porque es Ud. un vehemente incorregible.

 Yo también he sufrido de palpitaciones al corazón, aunque no de la manera que supongo en Ud.

Lo primero que hice fue suspender el consumo de todo excitante.

       Obsérvese la respuesta de Edmundo Montagne, al referirse al consumo de enervantes por parte de Herrera. ¿Esa vehemencia de la que habla su amigo no pudo acaso ser exacerbada también por la morfina?, ¿cuáles serán las imprudencias que en cantidad enorme comete el poeta? Sólo ante elucubraciones sobre el uso indiscriminado de la droga se enfrenta el investigador, pues no existe evidencia posible que lo confirme.

       La poesía de Herrera y Reissig, habiendo incursionado en el Romanticismo y cuyo estilo abandona después de un corto tiempo, se caracteriza por la búsqueda de un lenguaje nuevo que va más allá del Modernismo. De acuerdo a Mario Álvarez, su obra se caracteriza por el exotismo, el cual está presente bajo dos formas a saber:

            

             como ensueño o como delirio; es decir, como distanciamiento que idealiza

             la naturaleza a través de un panteísmo cordial (“Éxtasis de la montaña”) o

              de una sensibilidad refinada, decadentista (“Los parques abandonados” y

               algunas “Clepsidras”); o como distanciamiento que, por el delirio

,              proyecta el pasmo erótico (“Clepsidras”) o la soledad cargada de                        

               fantasmas

                                  (“Tertulia lunática”) (109).

       Ensueño y delirio, dos términos con una carga semántica muy relacionada entre sí, pero que además parecieran ser producto o vincularse con una mente sobreexcitada. Aldo Mazzucchelli, en su extenso estudio sobre Herrera y Reissig, se refiere a “Lírica invernal” como un texto precisamente lírico y autorreferencial, en el que Julio muestra una bipolaridad a través de imágenes alucinantes. Es en ese texto donde Herrera habla públicamente de su enfermedad, y allí asegura que fue la muerte “su maestra, la que le enseñó a escribir. Luego hace la más bizarra narración de la mezcla entre su enfermedad y su despertar a la literatura del futuro y de la decadencia” (266). ¿Qué hay de verdad en todo esto?, ¿cómo comprobarlo? Tal vez la enfermedad en Herrera contribuyó a acrecentar su innata sensibilidad. Por otra parte, nunca se sabrá si en verdad escribía bajo el influjo de la morfina, como el poeta mismo decía. Poco o nada importa si usaba la droga como estimulante para escribir, ya que es la obra como tal la que debe juzgarse en su dimensión poética.

       Lo que sí es comprobable es el hecho de que Julio se hace consciente de su trastorno orgánico, pues éste influye y se hace presente en su escritura al utilizar términos relacionados con la enfermedad. Los siguientes ejemplos pertenecen a los sonetos que conforman Los éxtasis de la montaña:

 

con áspera sonrisa palpita la campaña (31), No late más que un único              

reloj (31), palpitan al unísono sus corazones blancos                             

(32), laten bandadas de pañuelos en fila (34), las voces retumban como un       

solo latido (36), Conjeturan fiebrosos del principio escondido (37), un                 

gallo desvaría (37), el pastor loco (37), como la carne herida (38),                   

la palpitante gleba (38), laten en todas partes monótonas urgencias                 

(38), siente latir un nuevo corazón de tres meses (43), donde laten los             

últimos ópalos vespertinos (44), transubstanciado, él siente que no es el                  

mismo (45), ¡y es que Job ha escuchado el latido del mundo (45),                           

un latido dícela que él se acerca (47), luego inundan sus fiebres (47), la              

tarde en la montaña, moribunda se inclina (52), se duerme                         

al narcóticozumbido de las moscas (55), hipnotiza los predios                    

inexhaustos (56), ataca a sus enfermos el médico cazurro ((56), se hunden           

en una sorda crisis meditabunda (58), sangran su risa flores rojas en la               

barranca (58), un gran silencio que anestesia y que embruja (60),              

el narcótico gran silencio del campo (62).

Tan sólo en este poemario, que es uno en donde la voz poética se regocija con el mundo, con la naturaleza, se encuentra una gran cantidad de vocablos que remiten a la enfermedad, o algún término que de alguna manera se relaciona con ésta. La alusión a uno de los órganos vitales, el corazón, es muy frecuente a través del uso de verbos y adjetivos tales como latir, palpitante, o del sustantivo latido. Además, en su título esta colección de poemas contiene la palabra éxtasis, misma que aparece varias veces dentro de los poemas, y tal vez su presencia pudiera relacionarse con el uso de narcóticos. Por otro lado, también derivados del vocablo ebriedad, constan en los poemas. En un libro homenaje a Julio Herrera y Reissig, en el que también participan Antonio Seluja y Diego Pérez Pintos, Magda Olivieri atinadamente opina que la característica general de Los éxtasis de la montaña es

 

presentar el mundo como un sueño que alguien, apaciblemente, sueña. Las         

cosas tienen una finalidad y la están cumpliendo; de esa falta de distorsión          

en los fines; de ese ocupar el lugar para el que han sido creadas nace la              

inocencia, la alegría, la paz. Se crea así un mundo particularmente feliz                   

porque las cosas se viven en su ser verdadero, en el auténtico latido de la                  

naturaleza. Es precisamente este latido el que Herrera, el poeta culto y              

artificial, busca sin embargo descubrir (59).

      

De tal latido de la naturaleza, pareciera que el poeta quiere apropiarse, hacerlo suyo para reemplazar las palpitaciones de las que sufre.

       Nocturnos es una serie que consta de tres poemas de largo aliento y de arte menor —octosilábicos con rima consonante. Esta sección incluye “Desolación absurda”, “La torre de las esfinges” y “La vida”. Este último poema es importante ya que encierra en gran medida su poética de la que se ha venido hablando: “Sacudido por un asma” (126), recuérdese que fue ese diagnóstico el que se pensaba era la causa de los malestares de Herrera, del que hablaba su hermana. “De agotamiento cardíaco / tuve síncopas mortales", nuevamente la autorreferencialidad se hace presente en el poema, "y duerma mi corazón” dice la voz lírica, y ese corazón cansado es el que pertenece a Herrera. Véanse las siguientes dos estrofas del mismo poema “La vida”:

                  

            ¡Oh epilepsia inconocida!

             Sobre el cielo metafísico

             vi un corazón de suicida

             arrítmico y fraternal.

                    ¡Era un reloj poeniánico

             este reloj psicofísico

             que con latidos de pánico

             iba marcando mi mal!

 

Nótese nuevamente la autorreferencialidad de los dos versos anteriores, en los que el poeta declara sin más su padecimiento:

             vi un corazón de suicida

             arrítmico y fraternal.

       Ese corazón es el mismo que poseía el autor de los mencionados versos. En nota a pie de página, el autor aclara, refiriéndose a la estrofa anterior: “Se alude la corazón arrítmico del poeta, quien ha sufrido siempre de una desesperante neurosis cardíaca que le ha hecho temer por la vida” (179).

       En su más reciente libro sobre la vida y obra de Herrera, el también poeta y catedrático Eduardo Espina sostiene —al referirse a la poesía de su paisano— que una escritura nueva es la que habla:

 

 Donde mejor se oye su voz es en “La Torre de las Esfinges”. En ese                 

poema de 430 versos el acto de la comunicación ha sido llevado a un                  

extremo de tensión al atomizarse el campo de referencias y replegarse el                

lenguaje sobre su materialidad… A lo largo del tiempo ha mantenido una                 

propiedad conflictiva que lo confinó a permanecer desconocido (219).

 

       Más adelante, Espina comenta que ese poema ha sido considerado, por algunos críticos, como producto de una experiencia tóxica debida al uso de medicamentos. Pero el efecto de una intoxicación por alucinógenos, sin embargo, dura mucho menos que el que necesita Herrera para encontrar la palabra precisa, ya que encontrar un adjetivo “le cuesta quince días de trabajo, un verbo, a veces, un mes” (220).

       Muy poca atención, por parte de la crítica especializada, se le ha prestado seriamente a la obra poética de Julio Herrera y Reissig, en relación con la enfermedad. Renovador del lenguaje literario, Herrera se adelanta con mucho a su tiempo: cuando algunos escritores hispanoamericanos incursionaban aún en la estética modernista, él ya se encuentra escribiendo al estilo de las vanguardias, con un lenguaje nuevo, innovador —aunque de manera estructuralmente tradicional: sonetos y décimas, es decir versos medidos y rimados. Nunca se sabrá a ciencia cierta si él escribía bajo los efectos de la morfina o de cualquier otro narcótico, y tal vez ni valga la pena o sea necesario saberlo. Su obra es la que sobrevive y es ella lo que realmente importa. Sin embargo, sí existe una poética de la enfermedad en la poesía herreriana. Entre sus versos hay abundantes alusiones a la enfermedad a través del uso de terminología médica:

             …beba el alma vagabunda

             que me da ciencias astrales

             en las horas espectrales

             de mi vida moribunda! (142-143)

 

       Escribe Herrera en “Desolación absurda”. Poesía de imágenes sorprendentes, novedosas, es la que ha cantado Julio Herrera y Reissig, como si el ritmo de su corazón, agolpándose se la dictara. Ese su “corazón que había ido empeorando , [y que] hace su crisis final el 18 de marzo de 1910” (Vilariño 6), no sin antes haber vertido a borbotones, como ya se dijo, versos de gran originalidad y fuerza expresiva para su tiempo y aun para la posteridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Obras citadas

 

Álvarez, Mario. Ensueño y delirio. Vida y obra de Julio Herrera y Reissig. Montevideo:

       Tradinco: 1995.

Blengio Brito, Raúl. Herrera y Reissig: Del modernismo a la vanguardia. Montevideo:

       Universidad de la República, 1978.

Espina, Eduardo. Julio Herrera y Reissig. Prohibida la entrada a los uruguayos.     Montevideo. Planeta, 2010.

Herrera y Reissig, Herminia. Julio Herrera y Reissig. Grandeza en el infortunio.   Montevideo: Talleres Gráficos 33, 1949.

---. Vida íntima de Julio Herrera y Reissig. Montevideo: Amerindia, 1943.

Herrera y Reissig, Julio. Una infinita colisión compleja. Poemas. Ed. Roberto     Echavarren. Montevideo: La Flauta Mágica, 2010.

Lauxar (Osvaldo Crispo Acosta). Motivos de crítica. Montevideo: Palacio del Libro, 1929.

Mazzucchelli, Aldo. La mejor de las fieras humanas. Vida de Julio Herrera y Reissig. Montevideo: Taurus, 2010.

Olivieri, Magda. Homenaje a Julio Herrera y Reissig. Montevideo: Concejo    Departamental de Montevideo, 1963.

Pino Saavedra, Yolando. La poesía de Julio Herrera y Reissig. Sus temas y su estilo.    Santiago: Prensas de la Universidad de Chile, 1932.

Ruiz Barrionuevo, Carmen. La mitificación poética de Julio Herrera y Reissig.   Salamanca:Universidad de Salamanca, 1991.

Santa Biblia. Ed. Reina-Valera. Nueva York: Sociedad Bíblica Americana, 1964.

Sontag, Susan. La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Trad. Mario

       Muchnik. Madrid: Taurus, 1996.

Vilariño, Idea. Julio Herrera y Reissig. Poemas comentados. Montevideo: Técnica, 1978.

 

 

 

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Sábado, 17 Junio 2017 06:01

Elige ser escritor. / Adán Echeverría /

 

Elige ser escritor.

Adán Echeverría

Del 18 al 20 de mayo (de jueves a sábado) se llevó a cabo en la ciudad de Ensenada, el evento Elige (Encuentro Literario Generacional), convocado por la Asociación Civil Pluma Joven, la misma agrupación que año con año ha ido ganándose a los habitantes de esta ciudad con la apertura del Festival del Libro (LibroFest). En el reciente Elige, tuve la oportunidad de impartir un taller de Apreciación y Creación Literaria. Y aprovechando charlé con Dayanna Chaidez Osuna, joven de 19 años, estudiante del primer semestre de Comunicación, y presidenta de la Asociación Civil Pluma Joven, respecto de los objetivos del Encuentro. Aquí algunas de sus respuestas:

1. Pluma Joven es una asociación que nace en 2011, creada por jóvenes de 16 y 17 años que buscaban dar espacio a otros jóvenes que como ellos quisieran leer y escribir; ya que no encontraban espacios suficientes para desarrollar su amor a la literatura. Inician como un grupo de red social, con apenas 20 personas, que a la semana creció a más de 100, todos compartiendo textos, haciéndose revisiones. Como tuvo tanto auge, decidieron reunirse cada sábado, y lo comenzaron a hacer en cafés de la ciudad, para compartir textos.

2. Hemos planeado continuar con talleres, y mantener las reuniones semanales, o hasta diarias, y no solo reunirnos para organizar eventos. Queremos invitar a más jóvenes de la ciudad, y demostrarles que  no solo somos Elige y LibroFest, sino seguir paso a paso el proceso para ser escritores, y mantener un alto nivel como Círculo de Lectura.

3. Elige y Libro Fest son dos grandes logros. Libro Fest ya es más de la ciudad de Ensenada, que de nosotros mismos. Es de nosotros porque somos un grupo de más de 50 jóvenes, quienes durante muchos meses nos la pasamos buscando libros, gestionando patrocinios, pero sin la ciudad no tendríamos esos libros para intercambiar. Hemos sembrado una semilla para que toda la ciudad sepa que los jóvenes de Ensenada estamos leyendo y estamos interesados en que la ciudad lo haga.

4. Los escritores de reconocimiento que traemos a los eventos Elige y LibroFest, se logran buscando apoyos de la Secretaría de Cultura, de Tierra Adentro. Con promotores de lectura, con escritores que hemos contactado como Armando Salgado, quienes sugieren a otros autores. Este año tuvimos el apoyo de la UNAM, gracias a Universo de Letras trajimos a Benito Taibo y Gibrán Valle.

5. En Ensenada, el gobierno municipal y la misma sociedad ve que estamos haciendo algo acerca de lectura y libros, y pueden estar tomando conciencia. Hemos llamado la atención. Hasta para mal. Algunas personas piensan que lucramos con los eventos. Pero no se acercan para darse cuenta de que nos movemos por patrocinios, que no estamos buscando beneficios económicos, sino lograr un cambio en la sociedad; cambiar esa conciencia de que la cultura es cara.

6. Los participantes del Elige se acercan a nosotros por medio de las redes sociales, pero igual vamos a las escuelas, desde meses antes del evento, les hablamos del proyecto, les leemos algunos libros de los escritores que podrán conocer. Los contagiamos de interés.

7. Algunos escritores locales siempre nos han apoyado como Gerardo Ortega o Ramiro Padilla; a otros los invitamos pero deciden no asistir.

8. Hay muchos jóvenes que se han acercado con el paso de los eventos, y que con el tiempo se les ve la evolución en su forma de escribir. Muchos quieren participar en concursos, en premios, en becas, lograr publicar un algún libro.

9. Nos interesa mucho lo que está ocurriendo en México, el clima que se siente en la sociedad, y lo tomamos en cuenta en nuestros textos literarios. Algunos en prosa, otros con poemas.

10. Hacemos el Elige para los jóvenes que apenas están empezando a leer o escribir. En él reciben talleres, participan de charlas, y aprenden que escribir es un oficio, y no solo se trata de sentarse y dejar que fluya. Las experiencias que los escritores les pasan, son muy bien recibidas.

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MANUEL MAPLES ARCE, CONSTRUCTOR DE UNA CIUDAD.

Rocío García Rey

 

José Carlos Mariátegui afirmó en Arte, Revolución y Decadencia: “El arte se nutre siempre, conscientemente o no –esto es lo de menos- del absoluto de su época”. En efecto las vanguardias estéticas trataron en gran medida de hacer un gran pacto discursivo con su presente, por ello no permanecieron ajenas al anhelo de que su creación fuera producto de un programa estético, político, incluso social que tuviera como eje discursivo lo nuevo, lo des-cubierto mediante la operación artística. Ello en contraparte con lo que hasta algún momento podía ser considerado una tradición literaria. Las vanguardias fueron hijas del cisma y la vorágine de inicios de fines de la década de 1910 e inicios de la de 1920.

En este trabajo el hilo conductor será la construcción discursiva e incluso de imaginarios que de la ciudad hace uno de los representantes del estridentismo mexicano, Manuel Maples Arce (1898 -1981). Nuestra tesis es: La construcción – invención de la ciudad se inserta en lo que Paul Ricœur ha llamado el todavía no, entendido como un espacio de espera, en el que el anhelo y el deseo es por lo que aún no existe.

Maples Arce, como otros escritores de Latinoamérica, miraron en la ciudad el paraíso desconocido (no perdido) que acaso podía trasladarlos a un espacio y a un momento de reivindicación de cierta rebeldía irónica. Las formas y prácticas caducas no tenían espacio sino como parte de un discurso que las nombraba para, acto seguido, desautorizarlas. Aquellas prácticas y sus representaciones compartían el significado de lo establecido, de lo legislado, por ello el estridentismo se nombra: “sinceramente horrorizada de todas las placas notariales y rótulos consagrados de sistema cartulario, con veinte siglos de éxito efusivo en farmacias y droguerías subvencionadas por la ley […]”.[1]

Lo que nombra Maples Arce, al inicio de su proclama, es sólo una porción de la ciudad: Se trata, tomando prestado el término de Ángel Rama, de una expresión de La ciudad escrituraria, aquella cuyo grado de urbanización no sólo está en la traza, también en los letreros, en los rótulos. Significantes, según la vanguardia, vacíos de significados.

A través del orden de los signos, cuya propiedad es organizarse estableciendo leyes, clasificaciones, distribuciones jerárquicas, la ciudad letrada articuló su relación con el Poder, al que sirvió mediante leyes, reglamentos […]  y mediante la ideologización destinada a sustentarlo y justificarlo.[2]           

 

En Actual, la desacralización está en manos de otro grupo letrado, aquellos jóvenes como Maples Arce cuya estridencia e hiperbolización del discurso acallaba, opacaba, y por qué no, anulaba aquella otra ciudad de México, la que aún vivía en estado de guerra.

En 1921, la prensa mexicana informaba la existencia de un serio conflicto ferrocarrilero, el deseo del gobierno mexicano de que Tampico tuviera un servicio aéreo; daba a conocer la pavimentación de las calles de la ciudad de México. Eran anunciados también productos comerciales como el depurativo Raichel, las gotas balsámicas Dr. Nick, el jarabe Ner- vita, cuyos distribuidores, recalcaba el anuncio, eran Sanborn Bros.  El gran almacén “El Puerto de Veracruz promovía “la últimas novedades de París.”

            Estos ejemplos escuetos, pueden darnos la pauta para afirmar que la ciudad escrituraria seguía formándose a través de los anuncios comerciales, a la par de la difusión de las noticias nacionales y extranjeras. Empero para los estridentistas (como para muchos otros vanguardistas), los signos expuestos, vueltos noticias, letras, discursos para dar a conocer o apoyar el estatus quo, carecían de legitimidad. La verdad debía estar colocada en las sensaciones y en el interior del individuo.

Mi locura no está en los presupuestos. La verdad, no acontece ni sucede nunca fuera de nosotros. La vida es sólo un método sin puertas que se llueve a intervalos […]

La verdad estética, es tan sólo un estado de emoción incoercible desarrollado en un plano extrabasal de equivalencia integralista. Las cosas no tienen valor intrínseco posible, y su equivalencia poética, florece en sus relaciones y coordinaciones, las que sólo se manifiestan en un sector interno, más emocionante y más definitivo que en la realidad desmantelada, como puede verse en fragmentos de una mis anticipaciones novilatitudinales: “Esas rosas eléctricas”. [3]

 

En efecto, se trataba de una doble construcción: Por un lado en los poemas (que aquí comentaremos) y en  Actual, Maples Arce postula una nueva legitimidad para la ciudad, aquella relacionada con la creación de un novedoso discurso poético capaz de soterrar la verdad evidente y tangible, y por otro brega por posicionar al individuo como sujeto sensible cuya posibilidad para salir de las verdades evidentes estaría, en el caso del poeta, en la creación; y en el caso del lector, en las sensaciones y en el goce estético hallado en el poema. En este sentido vale la pena preguntarse si es posible extrapolar aquello que los historiadores llaman constructivismo, pues si de acuerdo a esta corriente “lo único que conocemos en la lectura de un relato histórico es una construcción discursiva del historiador”, ¿no se trata en el caso de Maples Arce – y acaso de los escritores en general- de construir desde la inventio una visión del mundo? ¿No se trataba, además, de hacer visible únicamente a un sector de la población? Aquellos hombres (en su mayoría) alfabetizados y además conocedores de un discurso particular: el literario.

Vale la pena considerar que el constructivismo al que aludimos es opuesto al “espíritu constructivo” al que exhortaba Siqueiros, en el mismo año de la publicación de Actual. Es posible hallar, al interior de las vanguardias, matices en los programas estéticos y políticos. De acuerdo con Bosi:

David Alfaro Siqueiros ya proponía tanto la preponderancia del espíritu constructivo, sobre el espíritu decorativo (una propuesta que viene de Cézanne) como “la comprensión del admirable fondo humano del `arte negro´ y del `arte primitivo´ en general.[4]

 

En el caso de los estridentistas, el otro - los otros son nombrados como parte de un escenario de urbe industrial. La otredad, en “Urbe” son los obreros que representan una eclosión de elementos y consignas. Son, estos obreros, unidos a los otros elementos del escenario, muestra de lo que Sarlo anota  (y que podemos extrapolar, en cierto grado, al caso mexicano): la ciudad ha vencido al mundo rural […] el modelo económico superpone el modelo con la realidad”.  [5]

 En efecto, en Urbe, Maples Arce se posiciona como el enunciador capaz de propalar las características de la nueva ciudad. La nueva ciudad como icono de la industrialización es también espacio en el que será posible la asimilación de los nuevos movimientos políticos de renovación, de revolución social construida – inventada para una ciudad inexistente, para una ciudad en la que los habitantes seguían siendo mayoritariamente de origen rural.

Los pulmones de Rusia

soplan hacia nosotros

el viento de la revolución social.

Los asalta braguetas literarios

nada comprenderán

de esta nueva belleza

sudorosa de siglo,

                                   y las lunas

                                   maduras

                                   que cayeron,

                                   son esta podredumbre

                                   que nos llega

                                   de las atarjeas intelectuales.

 

En el poema, la nueva belleza, equivalente a un nuevo tiempo, está ligada a su oposición: el pasado; un pasado cuyas lunas no sirven para alumbrar porque son el desecho de un tiempo carcomido. Luego entonces, si no hay un pasado al cuál asirse y el presente es un tiempo de reconstrucción, es decir si el presente es tan evanescente como el propio pasado porque está cimentado en una ciudad que en realidad no existe, está apoyado en una industrialización que es mera parafernalia de un discurso de anhelo, ¿a qué podían apostar – además del trabajo estético- los poetas como Maples Arce? Es en este sentido que creemos podemos utilizar lo que Paul Ricœur ha llamado un todavía no. El todavía no está inmerso en el espacio de experiencia y en el horizonte de espera. El espacio de la experiencia es el habitus en el que se ha convertido la suma de la historia, una suma que no es simple cronología, por ello es posible que el horizonte de espera sea convertido en anhelo, proyecto para un nuevo tiempo, esperanza en un devenir de tiempo y de estados de cosas. “Es el futuro vuelto presente, vuelto hacia el todavía no. Si por otra parte, aquí hablamos de horizonte y no de espacio, es para señalar la potencia del despliegue tanto del rebasamiento que acompaña la espera.”[6]  Hay que entender esta semántica aplicada, dice Ricœur a la producción textual, más que al estado de cosas.

Se trata, con base en el planteamiento anterior, de considerar que el correlato textual en los poemas de Maples Arce está impregnado de ese todavía no que es la esperanza y la construcción discursiva del espacio anhelado: “una ciudad internacional” ¿acaso cosmopolita? Una ciudad en la que el despliegue de las consignas de obreros desplaza al pasado inmediato de la revolución rural por antonomasia; desplaza incluso al mismo presente en el que dicha revolución se desdoblaba.

Oh la pobre ciudad sindicalista

andamiada

de hurras y de gritos.

                                   Los obreros,

                                   son rojos

                                   y amarillos.

Hay un florecimiento de pistolas

después del trampolín de los discursos,

y mientras los pulmones

del viento,

se supuran,

perdida en los obscuros pasillos de la música

alguna novia blanca

se deshoja.

 

            La vista aérea, la construcción de las imágenes desde la altura marcan una perspectiva a partir de la que es posible pensar al poeta como el ser omnipresente pues, precisamente por estar arriba, puede ocupar el papel del dios creador. El dios creador estridentista basa sus adjetivos en los colores porque estos permiten aludir a una posición política, en el caso de los obreros, o a un tiempo muerto y espectral, en el caso de los “obscuros pasillos” y de la “novia blanca”.

 

 

Jorge Schwartz afirma: “En verdad, motivados por la Revolución mexicana de 1910 y  por la Revolución rusa de 1917, los estridentistas se distinguieron por lanzar un movimiento de vanguardia que trató de aliar la creación estética con la revolución”. [7]Sin embargo, nosotros creemos que tal alianza fue parte de una operación de fuga,  pues  en el caso de Urbe, no se trata de un poema en el que la mimesis, como tradicionalmente se ha entendido, opere como factor determinante del discurso. Ello a pesar de que en el poema hallamos ora sustantivos, ora adjetivos propios de un discurso social y político.

Y ahora, los burgueses ladrones, se echarán a temblar

por los caudales

que robaron al pueblo,

el pentagrama espiritual del explosivo:

He aquí mi poema:

Gallardetes de hurras al viento,

Cabelleras incendiadas

Y mañanas cautivas en los ojos.

 

            Es el todavía no vuelto poema de espera, el que puede hallar cierta síntesis en el último verso citado: “mañanas cautivas en los ojos”. El mañana como futuro atrapado en la mirada mediante la cual se observa o se ignora el “paisaje” social y político de la ciudad de México.  Un dato que puede ilustrar la contraparte de la ciudad escrituraria y de la urbe construida por Maples Arce, podemos encontrarlo en la siguiente cita:

[...] Durante el periodo de 1920 a 1940, se fundaron o se reorganizaron un conjunto de instituciones de atención y protección social que se orientaron a mitigar los estragos más evidentes que había ocasionado el movimiento revolucionario en diferentes zonas del país. Entre esos estragos podemos mencionar las epidemias que asolaron a amplias regiones del territorio nacional; la desorganización de las familias, producto de los movimientos y            desplazamiento de los grupos y fracciones políticas y sociales; la situación de abandono y orfandad en la que quedaron hombres, mujeres, niños y niñas y como consecuencia de los enfrentamientos armados y de la búsqueda de zonas de mayor seguridad.[8]

 

La ciudad industrial y cosmopolita se enfrentaba, además, en los inicios de la década de 1920 a los avatares de un nacionalismo que, en efecto, trataba de reglamentar el ser y hacer de los poetas mediante la política cultural oficial a cargo de José Vasconcelos. Frente a tal reglamentación de “los colores del día”, los estridentistas exhortaban: “Cosmopoliticémonos. Ya no es posible tenerse en capítulos convencionales de arte nacional. Las noticias se expanden por telégrafo; sobre los rasca- cielos, esos rasca- cielos tan vituperados por todo el mundo”.[9] Los cosmopolitas tenían, entre otros, un ícono programático del discurso y del anhelo: los edificios, la rasca- cielos, de los que en realidad, en la década de los 20, México, prácticamente carecía.

            Ahora bien, podemos inferir que el anhelo de urbanización fue una derivación de lo que Antonio Cándido ha nombrado una dialéctica entre localismo y cosmopolitismo. Lo anterior halla un punto de apoyo en la hoja Actual: “Hacer arte, con elementos propios y congénitos fecundados en su propio ambiente”.[10]

            Cada discurso literario que toma como eje la ciudad promueve implícitamente una imagen de ésta como espacio físico y como espacio de producción y re- producción de imaginarios.[11]  Con base en este planteamiento podemos entender que la ciudad inventada por Maples Arce, sea calificada de “fuerte”, “múltiple”. Las características físicas estarían en los andamios, en el hierro, en el acero. Se trata, así de características propiamente industriales. La juventud se halla en las máquinas: “[…] se cuelgan los adioses de las máquinas. / Su juventud maravillosa / estalló una mañana/ entre mis dedos”, escribió Maples Arce en “Urbe”.

            En el caso de Maples Arce, la ciudad – urbe; la ciudad – estridentismo es la gran anagnórisis de su discurso. En “Canción desde un aeroplano” es claro el momento de reconocimiento del cambio impulsado por la ciudad.

Súbitamente

El corazón voltea los panoramas inminentes;

todas las calles salen hacia la soledad de los horarios[…]

 

Hasta aquí hemos visto, que la ciudad funcionó “un hallazgo” para relatar el todavía no, caracterizado a priori por una hiperbolizada industrialización. Aunado a ello, sin ser conscientes, los poetas, a través de las Proclamas, Manifiestos, Poemas, se unían al gran palimpsesto de la ciudad escrituraria. Una de las principales características de nuestras históricas Ciudades Letradas.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Actual – Hoja de Vanguardia, No. 1. Comprimido Estridentista de Manuel Maples Arce, en Hugo J. Verani, Las Vanguardias Literarias en Hispanoamérica (Manifiestos, Proclamas y Otros Escritos), México, F.C.E. 2003, (Tierra Firme), p 97.

[2] Ángel Rama, “La ciudad letrada”, en La crítica de la cultura en América Latina,  Argentina, 1995, (Col. Ayacucho, No. 119), p. 3.

[3] Actual – Hoja de Vanguardia, No. 1. Op. cit.

[4]  Alfredo Bosi, “La parábola de las vanguardias latinoamericanas”  en Jorge Schwartz, Las vanguardias latinoamericanas. Textos programáticos y críticos, México, FCE, 2002, (Tierra Firme), p. 27.

[5] Beatriz Sarlo. “Modernidad y mezcla cultural. El caso de Buenos Aires”, p.32.

[6] Paul Ricoeur. “Hacia una hermenéutica de la conciencia histórica”, en FranÇoise Perus (compiladora), Historia y Literatura, México, Instituto Mora, 1997 (Antologías Universitarias), p. 72.

[7] Schwartz, “Estridentismo mexicano” en Las vanguardias…  Op. cit. p. 187.

[8] Padilla Arrollo, Antonio, “Infancia y protección en la ciudad de México, 1920-1940”, en  Padilla, Padilla, A; Soler A.; Arredondo M. y Martínez, M. (coords.) La infancia en los siglos XIX y XX. Discursos, espacios y prácticas, México, Universidad Autónoma del Estado de México/Casa Juan Pablos, 2008. p. 408.

[9] Actual – Hoja de Vanguardia, No. 1. Op. cit.

[10] Ibídem.

[11] Retomo esta idea de Peza Cásares, quien, en un trabajo que toma como base el bolero mexicano, afirma: “La ciudad que el bolero simboliza, promueve una cultura individualista, que se caracteriza entre otras cosas por el tipo de relaciones amorosas, la pareja y las maneras modernas de decir el amor”.  María del Carmen Peza Cásares, “El bolero, nostalgia de una ciudad que nunca existió”, en Política y Cultura, Primavera 95, año 3, no.4, México, UAM,  p.161.

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El informicidio y las futuras lenguas

fuera del paraíso virtual

Andrés Cisneros de la Cruz

 

 

No hay una sobrepoblación de poetas. Nunca serán suficientes para la cantidad de gente que vive en el país. Sólo están mal distribuidos. Compiten por un ascenso imaginario. Si el poeta independiente toma conciencia de su lugar en el mundo, su camino será infinito, y no un trepar el muro para colarse en una historia que le es ajena. ¿A dónde van los poetas cuando van a la guerra? Al abismo. Y en el camino el canon de su caída es la espira que los sujeta como raíz al tope del que se lanzaron. El reto del poeta del siglo XXI será que lleve la premisa del filósofo a la acción —incluso la propia—, y no hacer teoría, sino morir en la práctica.

El español al igual que el latín se volverá una lengua culta; será la lengua muerta de las futuras naciones. No habrá exilio, porque los pueblos independientes buscarán la tierra, como un principio y no como un fin, y no será del terruño del que dependan sus identidades. La tierra es el espacio en donde se siembran signos. Es decir, para sembrar sólo basta un espacio. Un lugar creado a partir de una idea. Y la idea con un corpus se expresa en lenguaje. El lenguaje es el lugar en donde brotan los frutos de ese riego. El poeta es entonces, un hacedor de lugares, y también un dador de frutos. Y en la suma de ambos, se vuelve un anfitrión para los que cruzan por ese predio. El espejismo de sus propias voluntades que los impulsará a crear otra parcela de nuevas flores.

            Enseñar y aprender. Otorgar la duda como principio de creación al interlocutor. Todos tienen derecho a la oportunidad de tornar su existencia en otra forma. Oportunidad que pueden tomar, o en algunos casos, ni siquiera darse cuenta que se les presentó. Es verdad que la lectura no salva, no hace mejores personas. No es por sí misma un triunfo para nadie. Pero el simple hecho de leer poesía — fenómeno muy distante al de leer prosa o cualquier otro género— el lector tiene la garantía de que algo en él se verá afectado, y que incluso, sin ser exagerados, le puede costar la vida, si no armoniza esa idea o emoción con su estado vital. La poesía lo que otorga no es la resolución para la existencia, sino una catarsis crítica para que el que lee devenga en su propia transformación. No es un manual ni un catálogo, sino un abismo donde el que lee se encontrará con su propia oscuridad.

            Los derechos de autor, y su contraparte, sus deberes. Ante lo cual primero tendremos que

pensar en qué es autor. Porque la autoridad es el dominio sombre un discurso que se ejerce e implica a otros discursos con él. Así como el autor es la episteme de un discurso que toma un propio curso sin desprenderse del cuerpo que lo concreta. De tal modo la autorización es dar al otro la venia de utilizar el discurso de un autor desde la potestad de tal dominio. Es asumir el poder de otorgar el propio discurso a un subdominio discursivo.

 

[Diapositiva de Autor, autoridad y autorización, de Rubén Medina]

¿Cuáles son las implicaciones y significados de que un poeta-crítico utilice las metáforas de su propia poesía para explicar la poesía de otros? Indica, desde luego, que hay una clara fusión entre creación y crítica en el autor, como sugiere Maya Schärer-Nusberger. Indica también que su poesía participa de la misma tradición que la poesía examinada, marcando similitudes y diferencias. Representa como estrategia de un poder un modo de prestigiar su poesía, e imponer claves y un contexto para su análisis.

           De esta manera sus ensayos se convierten, según la doble modalidad de hablar de otros y de sí mismo, en estrategias para prestigiar su persona e imponer un discurso de autoridad en la crítica literaria. Igualmente puede insertarse en una tradición dominante y proyectar su poesía —según la comparación con Pellicer— como la tentativa más acabada y “honda” de esa tradición.

           Retomando el análisis de “Introducción a la historia de la poesía mexicana” (1950), debemos señalar otro rasgo estratégico en su artículo y que es común a muchos otros. Paz no concluye su exposición con el análisis de la poesía de López Velarde, lo cual sería lo más lógico pues su recuento va de Sor Juana a este poeta. Por el contrario, concluye con una extensa explicación del poema y de la problemática central de la poesía mexicana contemporánea. Así, mediante un cambio de papel de crítico a protagonista, Paz proyecta su visión de la poesía, una visión, cabe precisar, que viene explorando desde “Himno entre ruinas” y los poemas de ¿Águila o Sol? Esta visión de Paz aparece como la única tendencia en la poesía mexicana posterior a López Velarde. Si bien en el ensayo no se sabe exactamente a cuáles poetas se refiere, o quiénes son los protagonistas, aparte del mismo Paz, indica que “la poesía mexicana contemporánea —ausente por desgracia de esta antología— arranca de la experiencia de López Velarde”, y explica:

                 Su breve desarrollo corrobora que toda actividad poética se alimenta de la historia, quiero decir: del lenguaje, de los instintos, de los mitos y de las imágenes de su tiempo. Y asimismo, que el poeta tiende a disolver o a trascender la mera sucesión histórica. Cada poema es una tentativa para resolver la oposición entre historia y poesía, en beneficio de la segunda.

 

Los procesos de historicidad pueden darse a niveles macros, desde aparatos nacionales sustentados en las instituciones, así como a niveles micros, en mitificaciones aisladas que se imaginan una trascendencia que ejercen desde los imaginarios endógenos de sus centros. El fenómeno es anular lo circundante. Y el fenómeno puede derivar en que estudios de toda una vida se vuelven para los cibernautas, por poner un ejemplo de las nuevas plataformas, en una información de cinco minutos y que cumple la función inversa a informar. Este informicidio no sólo acelera la vida de la gente sino que la degenera en seres ficcionados, que al igual que un niño viven bajo conjeturas erróneas de forma verdadera; a esto podríamos llamar el síndrome underground.

Todos los cibernautas son subhumanos en tanto asumen su religare o vinculación global como eje social de su vida íntima-laboral. El fenómeno es que toda información que ingresa por internet es codificada en impulsos magnéticos que generan un campo energético al que se vincula la mente a través del lenguaje (visual o escrito): esta información no es discriminada por caracteres humanos, sino que pierde su valor tangible para fundirse en un solo capital lingüístico, que fluye lejos de los emisores y en favor del núcleo generador o conector.

            El usuario pierde su propio capital lingüístico en tanto opera con la lógica del ciberespacio al cual su mente cada vez genera más contenedores con la estructura de dominio energético, que no comunicativa, porque la comunicación es sólo un espejismo que se cierra sobre sus propios conjuntos de significación estándar. Mayor parte de la información que se genera en redes sociales se perderá en los anales efímeros de lo virtual. Los libros serán códigos que tendrán que descifrarse para poder ser abiertos. Contrario a lo pensado, la información se volverá más hermética y cíclica que nunca, porque no podremos acceder a millones de vidas que representan lo mismo la una que la otra en el capital lingüístico de la informática, y que aun pidiendo entrar en esos anales con dificultad aportarán moldes distintos de comunicación en tano se sujetaron a la vía ordinaria de inclusión en los núcleos virtuales y la poesía efectivamente será en ese ambiente equivalente a un meme de Chabelo, una canción de Shakira o a una frase del Palacio de Hierro. La poesía, un camino hacia los otros que son el mismo, o hacia el mismo que puede ser otro.

El infierno no son los otros, sino que los otros “no te entiendan” (no entender a los otros): y la labor del poeta es (no bajar) sino aprender a vivir en el infierno que representa alejarse de los acaparamientos del significado: y esa es una labor que contrario a su destino comunicativo, parecerá en principio un trabajo hermético, pero que en su capital lingüístico, verá su recompensa: el paraíso que representa conocer a un ser humano.

La corrupción en México es síntoma de la época. Nada sucede como estaba destinado a que sucediera. Algo se tuerce en el camino y el fin de las intenciones queda suspendido en avatares e intereses que no tienen que ver con la naturaleza del acto. En otras palabras, nadie sabe para quién trabaja.

El canon de la corrupción es el que priva antes que el canon de la creación. Son más lo que quieren aparecer, que los que quieren escribir. Los que quieren sobrevivir que a los que les interesa hacer una obra. La lógica es que de la minoría de “poetas”, la mayoría es gente que no tiene un interés real por la poesía, y su objeto es más de carácter político, económico o sociocultural.

            Si tuviéramos en las manos la Historia de la corrupción en México, seguramente comenzaría con el momento en que los Mexicas son negados en los distintos rumbos de su trayecto, hasta que con el corazón henchido de orgullo y venganza, dieron origen a un imperio que siglos después se fundiría con otro imperio, y que lejos de las palabras que robaron a otros pueblos, se signó con el destino insalvable del vacío no curado de la vida.

La corrupción es síntoma de una sociedad enferma de envidia. Donde el de “a lado”, vecino o hermano, queda bajo la lupa de “tiene más” que “el otro”. La corrupción es resultado de una deficiencia emocional. Un subdesarrollo. Es común que en los grupos de todos los estratos, la corrupción, sea por favoritismo nepotista o jerárquico, se ejerza como un sistema “tácito” para la legitimación, en principio, en el grupo mismo, para luego obtener cierta representatividad.

Mantenerse fuera de un círculo es también enfrentarse a la inexistencia —al menos en ese círculo, y si es grande, habrá a quien le pese más—. Por su parte, el reconocimiento deviene de un grupo que ratifica los elementos de apariencia de un ser. Su presencia física, su perfil social, familiar, psicológico, estético. ¿En dónde recae el peso de la corrupción?, ¿en los funcionarios, en los burócratas, o en la estructura misma de las instituciones? Ikram Antaki preguntaba lo anterior.

El poeta pertenece a un perfil. No es su perfil, pero deviene de él. La clase no se elige, pero sí se elige el camino del desclasamiento. E identidad significa corresponder a sí mismo. Por tanto, la corrupción es un síntoma individual, y que si el poeta decide enfrentarlo, necesariamente terminará por desligarse de su entorno, de lo que era él mismo, y por un instante, podrá experimentar el suceso de ser independiente, para después recobrar su vínculo con cada una de los elementos que le rodean. Y es así como la delgada línea del ser o no ser, se cumple. La disyuntiva entre anular (desparecer al otro), con el ninguneo, la apatía o el prejuicio, o reconocer que lo poético es potencia, experiencia que se mide en lo que está por vivirse, y no en lo ya vivido. 

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De los Talleres Literarios al oficio de Escritor

Adán Echeverría

 

 

 

Si no han leído el cuento "Obras completas", de Augusto Monterroso, tal vez no puedan reconocer al Fombona que vive en los Talleres Literarios. Monterroso lo ha descrito, de manera muy sutil. Tan sutil, que cuando uno lee el cuento podría pensar: ¡Qué bueno es el profesor Fombona al ayudar a su alumno Feijoo!

Creer que lo ayuda, cuando lo que hace es coartarle la libertad creativa, limitar su deseo de ser poeta. Primero diciéndole: "que a pesar de todo sus versos encerraban no poca belleza", y después ponerlo a realizar revisiones enciclopédicas de referencias absurdas sobre Unamuno. Hasta encasillarlo finalmente como un "especialista en Unamuno", limitando sus intenciones de convertirse en poeta.

Por eso les presento 10 puntos para asistir y coordinar un Taller Literario:

1) Se asiste a un taller porque se tiene duda sobre algún texto, y queremos buscar la manera de resolverlo; escuchando nuevas opiniones.

2) No se asiste a un taller para mostrar un texto y pensar que cuando lo lean, las personas se doblaran de rodillas adorándonos; no se asiste para pensar que con la lectura el mundo cambiará, y las personas que nos miren comenzarán a aplaudir, y nos pedirán autógrafos y las editoriales correrán a buscarnos para firmar un contrato y publicar 300 mil copias de nuestro trabajo en 8 idiomas diferentes. No.

3) A un taller se asiste con la humildad de querer aprender, y con la voluntad y el valor para presentar nuestro texto y dejar que los demás digan de él lo que piensan. Hay que respetar el valor de quien se atreve a compartir un texto. Pensar que estamos ante una obra creativa, que antes no existía, y que por voluntad de aquella persona que decidió verterlo en el papel, ahora existe. ¡Esa debe ser la maravilla!

4) El coordinador que pretenda que todos escriban como escribe él; o que sin él los compañeros talleristas estarán perdidos, que mejor se dedique a otra cosa.

5) Cuando presentas un trabajo a un taller, tú tienes la última decisión de hacer con tu trabajo lo que te venga en gana. Pero eso lo decides en tu soledad, en tu casita, mientras vas al baño. No en el taller. Cuando presentes un texto en taller, escucha con amabilidad lo que tengan que decirte del mismo. No pongas cara ni hagas juicio, y no digas: "Pero qué personas tan tontas, no comprendieron mi genio; simplemente no lo entendieron." Ya que si pretendes que eres un genio incomprendido, mejor no vayas al taller. Tal vez no lo necesites.

6) Cuando comentes un texto, lo primero que tienes que expresar es si te gustó o no el texto. Dilucidar, parte por parte, cada fragmento del mismo. La intención debe ser mejorar el texto. Encontrar qué fallas tiene y buscar resolverlas.

7) El autor que presenta un texto a taller, no tiene qué explicar ni antes ni después, lo que quiso o no decir, lo que le inspiró, ni nada. Un texto se debe defender solo. El autor no estará ahí cuando yo me tope el texto en una librería, o una biblioteca, y ése tiene que ser el espíritu. Luego del taller, al calor de la charla, el autor puede contarnos las mil y un maravillas de su texto.

8) Tienes que ser implacable con los textos que se presentan al taller. Buscando siempre cómo mejorarlo, no cómo destruirlo. Pensando qué cosas pueden estar mal en el texto, -es la mejor forma de corregirlo-, y decirlas, apuntarlas, señalarlas.

9) No llegas al Taller mecánico para que te terminen de amolar el carro, ¿verdad? Llegas para que lo reparen. Lo mismo el taller literario. Llegas a que lo revisen contigo, y te ayuden a repararlo. Tomarás apuntes de lo que te digan, y cuando estés solo decidirás qué es mejor, qué aceptas y qué no aceptas de los comentarios.

10) Las opiniones siempre tienen que ir sobre los textos, no sobre la vida de las personas, ni sus gustos o filias. Cuando te toque opinar de un texto, no nos cuentes lo que dice, porque también nosotros lo escuchamos. Tu comentario no puede ser: "El texto trata de...", tiene que ser sobre estructura, la arquitectura... el valor de las palabras y los signos, su peso, su levedad; sobre quién cuenta, quién es el hablante lírico, sobre los tiempos verbales; y lo que significa cada cosa que está puesta en el texto, y de lo que pueda referenciarte.

Poco a poco igual tú irás abandonando los talleres. No porque ya no los necesites, sino porque has aprendido técnicas para mirar lo que antes no mirabas al escribir, y eso te hará ser más crítico con cada cosa que escribes. Y regresarás al Taller Literario, de nuevo, cuando haya algo que creas que no encaja, cuando pienses y tengas dudas de alguna creación tuya. De esta forma poco a poco te irás convirtiendo en escritor.

Te darás cuenta que eres un escritor de oficio, cuando no puedas dormir porque algún personaje de tus textos te preocupan, cuando te des cuenta que tienes una idea, y ya quieres llegar a casa para escribirla. Cuando sientas esa necesidad de apuntar en la hoja blanca, cuando sientas que tienes la responsabilidad de escribir. Y que no te preocupe la fama, los premios, las becas, ni los encuentros de escritores, todo eso está ahí como parte la vida, de la política cultural, de los amigos. Preocúpate por cuidar tus textos, por construir tus personajes, por dejar claros tus poemas, porque nunca se te acabe la creatividad, la fantasía, la crítica. Escribirás para llenar aquellos espacios de las lecturas que te motivan. Uno escribe como resultado de sus propias búsquedas lectoras.

Dicen que después del descubrimiento de cómo hacer el fuego, crear el Lenguaje  fue el segundo descubrimiento en importancia, porque había que lograr comunicarse. Reconocer y ponerse de acuerdo en qué nombre dar a las cosas, contar los hechos del día, las preocupaciones del mañana; hablar de las emociones. ¿De qué me sirve sentarme junto a la fogata si no me es posible comunicarme con los otros cercanos a mí? Recuerda que el escritor es aquel que utiliza la palabra, y la moldea para establecer "esa forma diferente" de querer contarnos las cosas. Escribir es un oficio, entonces, que puede derivar en obra de arte. Por ello les dejo estos 13 puntos por si quieren dedicarse a la literatura:

1. Sigan sus sueños sin desesperarse.

2 No pierdan el piso, la gente no correrá a pedirles autógrafos cuando caminen por las calles.

3. Sean responsables y dedicados, tengan disciplina al leer y al escribir.

4. Sean observadores, escriban a diario sobre lo que miran.

5. Jamás dejen de ser críticos consigo mismos y con los demás.

6. Aprendan teoría y estructuras literarias para poder leer mirándolas, y apliquen las teorías existentes a sus lecturas, para que aprendan a hacerlo con sus textos.

7. Nunca tengan miedo de perder algún texto, vuelvan a escribirlo, siempre les saldrá mejor; no sean flojos para hacerlo.

8. No se disfracen de escritores, ni de bohemios, ni de hipsters-sábelo-todo, tampoco de turistas, fans, ni grupies literarios. En la literatura lo que importa son las obras y no los autores ni la vida de los mismos (menos sus fotos con los autores, pero sí las reseñas de los libros que han leído).

9. No presumas lo que lees, presume mejor –mediante crítica publicada, ensayos literarios o académicos- lo que te ha dejado una lectura. No seas una foca aplaudidora y di lo que piensas de una obra. Si la leíste, y decidiste usar el tiempo de tu vida para hacerlo, nadie te puede impedir decir lo que en verdad piensas.

10. Deja de seguir el hit-parade de la literatura que hacen revistas, periódicos y editoriales, siempre hay dinero de por medio en ello. Toma todos los cánones y esos hit-parade como guías de lectura; abre y revisa los libros, y lee lo que te dé la gana.

11. Nunca persigas presupuestos de becas y concursos con vanidad; usa las fechas de las convocatorias como fechas límite para tener disciplina en tu escritura, y participa en todos los concursos que puedas.

12. Nunca pierdas de vista que tienes que divertirte y aprender de ti al escribir una obra para comunicar tu pensamiento. Los lectores de tu obra serán aquellos que quieran comunicarse contigo.

13. Escribe siempre con honestidad, jamás queriendo enseñar a los demás. En toda lectura hay un aprendizaje. Toda obra te deja algo, hasta el decir: 'Que mala obra', es un aprendizaje.

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Influencia de la literatura gótica en la obra de Julio Inverso

Julio César Aguilar

 

 

            La obra literaria de Julio Inverso[1] ha sido relacionada, por diversos lectores críticos de su poesía, con la literatura gótica. La principal característica de la literatura gótica es el terror, por lo tanto la ambientación en los relatos tenderá a ser romántica: con paisajes sombríos, ruinas medievales y castillos con sótanos, criptas, pasillos con demonios, esqueletos, fantasmas, ruidos nocturnos y bosques tenebrosos. Los personajes suelen parecer insólitos, extraños, fascinantes, así como los elementos que se sugieren son sobrenaturales. Aunque el movimiento gótico surgió en Inglaterra, a finales del siglo XVIII, varios escritores de todas las latitudes han incursionado en el género, tales como Edgar Allan Poe y Gustavo Adolfo Bécquer, sólo por mencionar a los más conocidos.

Dentro de la música rock, existe una versión también llamada “gótica”, entre la cual se encuentran grupos como Sisters of Mercy, que Inverso conocía y escuchaba; por lo que la influencia en la propia escritura y estilo de vida de Inverso procede asímismo de ese género musical, llegando el poeta incluso a imitar la imagen de los cantantes en algunos aspectos.[2]

            De Falsas criaturas,[3] primer libro publicado de Inverso, Luis Bravo ha expresado que “detenta una mezcla rara entre circunstancialidad histórica y lecturas malditas, haciendo del imaginario postmovida un nuevo tipo de rebeldía que, a lo largo de la década irá estilizándose hasta desembocar en un neogótico con ribetes paródico-fantásticos” (10). La circunstancialidad histórica a la que se refiere Bravo, es la dictadura cívico-militar uruguaya, período que abarcó de 1973 a 1985. Por otra parte, en la opinión de Daymán Cabrera las prosas de “Falsas criaturas atestiguan el telón de fondo militar, represivo —que está por detrás de su obra y la sostiene en lo que tiene de permanente alegato antiautoritario— aparte de ocuparse de los militares sarcásticamente en unos cuantos pasajes de su obra” (6). Sin duda, esa época represiva en muchos sentidos fue perfilando la personalidad contestataria del poeta.

            En muchos de sus textos, Inverso firmaba con el nombre de Morgan, personaje heterónimo que, por otra parte, sufría de depresión clínica y por la cual era tratado médicamente. Cabría preguntarse entonces cuál es la relación existente entre el uso de los heterónimos y la personalidad múltiple o la esquizofrenia o la depresión, y en general de los trastornos mentales. Baste pensar en Fernando Pessoa, escritor enigmático, y en su escritura poética atestada de heterónimos. Ya en un texto de Falsas criaturas, el lector encuentra la existencia de Morgan, aunque todavía descrito de un modo tímido y velado, pues su nombre aparece abreviado con la letra inicial: “Soy el pirata M., que arrasó los mares y echó a perder a la gente porque le dio la gana. Soy un alma sensible y extravagante y ahora, mientras hay viento en cubierta y apoyo mi pie en la baranda, no puedo dejar de recordar cierto quinteto de Brahms, contemplando con mi ojo parchado a una candorosa doncellita que, a mis pies, repta” (35). Con Morgan, su heterónimo, se alude en este caso a Henry Morgan (1635-1688), gobernante, marinero y corsario galés, hijo de un rico labrador que tenía antecedentes militares.

            Como bien ha dicho Daymán Cabrera en entrevista, “Julio usaba a Morgan como una excusa para referirse sin inhibiciones respecto a lo que él entendía eran sus máximas cualidades. Él las podía aplicar a Morgan sin ningún tipo de inhibición sobre la lectura de los libros”. A lo que se refiere Cabrera es que en los relatos en donde aparece Morgan como protagonista, es en realidad la voz de Inverso la que narra. Por lo tanto, cuando se menciona dentro del siguiente relato que Morgan es un gran escritor, es como si Inverso expresara eso de sí mismo. Así, en “Juan Morgan, poeta”, la voz narrativa puntualiza que Morgan

                       [h]abía elaborado un hermoso texto durante su estadía en el manicomio.                            Esta vez se trataba de las declaraciones más o menos íntimas de un                          soñador alocado, brillante, voluntarioso y audaz. Los críticos tuvieron que                                    pronunciarse sobre las nuevas prosas de Morgan. No podía negarse que a                                  través del cerebro de aquel joven estaba pasando la mejor poesía de                                    Montevideo por aquellos años. Morgan, ahora invitado a vernisages y                              conferencias, concurría con un traje de buzo y hacía su aparatosa entrada                             ante las miradas cortadas de los circunstantes (28).[4]

Sin duda, Inverso se consideraba a sí mismo un gran escritor, aunque a veces como persona se sintiera un desdichado o un hombre disminuido. Cuando consumía drogas, como la cocaína, el efecto lo volvía megalomaníaco, pero después venían, tras la intoxicación, los episodios depresivos. Curiosamente en este mismo relato, “Juan Morgan, poeta”, el protagonista sostiene un noviazgo con Andrea, mujer que lleva el mismo nombre de la chica que idolatró Inverso por un tiempo. Al final del primer párrafo, el narrador cuenta que “[l]a novia de Morgan objetó que los editores no entienden nada y que muchísimo menos iban a entender la poesía ‘gótica’ de su novio” (27). Se entiende, por lo tanto, que Inverso estimaba que su obra tenía cierto parentesco con esa corriente, misma que lo obliga a escribir el siguiente poema que testimonia tal relación:

                       he visitado extrañas regiones del espíritu

                       habitadas por minotauros

                                                          sirenas

                                                                      elfos

                       poesía del arcón de la muerte (12).

Bajo una tensa atmósfera de misterio, el yo poético revela sus andanzas por territorios ignotos donde encuentra seres sobrenaturales, sitios de los que, además, la poesía procede, asciende, como si con naturalidad proviniera de la muerte. Tan sólo en este concentrado, brevísimo poema, se encuentran los componentes indispensables de la literatura gótica o neogótica. La influencia de esta corriente artística es evidente en la escritura de Inverso desde su primer libro publicado. Inverso pertenece, según lo consigna Luis Bravo, a “la nutrida tradición uruguaya de poetas oscuros, raros y rebeldes, como ángeles caídos en [esas] tierras más bien agnósticas[...]” (17).

            A este respecto, Eduardo Espina afirma en su ensayo titulado “La muerte dijo

‘whisky’” y el cual forma parte de su libro Las ideas hasta el día de hoy, que Uruguay ha sido un “país de raros”, tal como lo expresara anteriormente Silvia Molloy en un artículo sobre Delmira Agustini. El ensayo de Espina, a propósito, discurre sobre la vida truncada de otro “raro”, Juan Pablo Rebella, cineasta uruguayo, director y guionista de dos largometrajes: 25 Watts y Whisky. Rebella se suicidó, disparándose con un arma de

fuego en la sien, a los 31 años. Sin embargo, los raros en Uruguay cada vez son menos ya que, según Espina, en la actualidad “los artistas nacionales practican la ortodoxia ideológica y estética, porque se ha puesto de moda querer ser igual al resto, que hoy es mayoría, y sentirse más uruguayo que universal” (119). Pese a la declaración anterior, Inverso desde luego se suma a la lista que conforman los “raros”[5] de ese país. 

            En un artículo publicado en 2005, Federico Rivero Scarani caracteriza la obra de Inverso como una poesía a veces gótica y de un estilo con tendencia romántica (23). Líneas antes en el mismo ensayo, Rivero Scarani opina que “además de ser una poesía pictórica adornada de imágenes al mejor estilo videoclips, es también ontológica, porque el ser de ese yo en ocasiones sufre por la presión existencial en un universo urbano en ruinas cuyos escombros también son morales propios de una sociedad montevideana resquebrajada desde los cimientos” (22). Pero también la poesía ontológica de Inverso a la que se refiere Rivero Scarani es autorreferencial, de una concentración lírica difícil de emularse, propia de los caballeros antiguos, trovadores y alquimistas, personajes con los que se identifica la voz poética, además de su impronta gótica, como se evidencia en “Baile de soñadores”, título de una sección de un poemario en el que se incluye el siguiente texto:

                       No me toques, estoy endemoniado. No puedo

                       dormir porque los condenados incendian mi cama,

                       noche tras noche. Tu infravida no podrá comprender

                       mi éxtasis:
                       un ángel que empuña un sueño
                       un sueño que es un arma
                       un arma que dispara a las tinieblas.

                       No me toques, mi luz te enceguecerá.
                       Soy un prestidigitador,
                       un caballero antiguo de místicos sigilos, un alquimista

                       con el corazón sobre la piel. Soy el que seré, ahora

                       mismo viviré mi futuro, mi más allá y mi abismo.

                        No me toques, estoy endemoniado. Seré la bengala

                       que rompe a llorar en tu cielo hecho añicos (39).

En este poema de elocuente autorreferencialidad, el sujeto lírico establece una distancia de un hipotético tú para demarcar su reino en el que los demonios —que a su vez pretende exorcizar Inverso mediante su escritura—, lo poseen. Si como dice Percy Walker, “[e]l lenguaje, la simbolización, es el material del que están hechos nuestros conocimientos y la concienciación del mundo, el medio a través del cual vemos el mundo” (151),[6] por el poema anterior se deduce entonces de un modo simplista que el autor vive, en un sentido figurado, en el infierno. Brutal ha sido, por consiguiente, la caída desde los paraísos artificiales. Esa posesión demoníaca a la que se alude en el texto, la cual históricamente representa a la locura, puede referirse sin embargo a un estado de melancolía pues, como señala Hilaire Kallendorf en su libro sobre el exorcismo, en la época isabelina y jacobina se pensaba que la melancolía era causada por los demonios (154). Por lo tanto, el poeta melancólico que es Julio Inverso, ese visionario de estirpe gótica, ese ángel maldito que empuña el arma de su escritura creativa ha de cantar forzosamente, porque ésa es su misión ineludible.

Bibliografía

Bravo, Luis. “Julio Inverso: Tiniebla y resplandor.” Escrituras visionarias: (Ensayos         sobre literaturas iberoamericanas). Montevideo: Fin de Siglo, 2007. Impreso.

Cabrera, Daymán. Entrevista personal. Montevideo. 12 agosto 2012.
---. “Prólogo.” Falsas criaturas: Diario de un agonizante y Vidas suntuosas. De Julio

            Inverso. Montevideo: Vintén Editor, 2004. Impreso.

Espina, Eduardo. Las ideas hasta el día de hoy. Montevideo: Planeta, 2013. Impreso.

Inverso, Julio. Falsas criaturas: Diario de un agonizante y Vidas suntuosas. Montevideo:         Vintén Editor, 2004. Impreso.

---. Milibares de la tormenta. Montevideo: Ediciones Imaginarias, 1996. Impreso.

---. Papeles de Juan Morgan: Narrativa y otras prosas. Montevideo: Estuario Editora,   2011. Impreso.

Kallendorf, Hilaire. Exorcism and Its Texts: Subjectivity in Early Modern Literature of    England and Spain. Toronto: University of Toronto Press Incorporated, 2003.    Impreso.

Percy, Walker. The Message in the Bottle: How Queer Man Is, How Queer Language Is,           and What One Has to Do with the Other. New York: Farrar, Straus, 1975. Impreso.

Rivero Scarani, Federico. “El lado gótico de la poesía de Julio Inverso.” Anales de la          literatura hispanoamericana. Madrid. 34 (2005): 19-27. Impreso.

­­­­_______

[1] Nació en Montevideo, Uruguay, en 1963, y se suicidó a los 36 años de edad en la misma ciudad. Fue un poeta y narrador prolífico, entre cuyas obras destacan Falsas criaturas (1992), Agua salvaje (1995) y Más lecciones para caminar por Londres (1999). Cursó la carrera de Medicina hasta el quinto año.

[2] Inverso vestía de negro y consumía drogas recreativas y alcohol, como muchos de sus admirados rockeros.

[3] Compuesto de 36 prosas poéticas.

[4] Resulta interesante observar el paralelismo entre Morgan e Inverso, ya que tanto el personaje como el autor eran jóvenes, de Montevideo y habían estado hospitalizados en instituciones psiquiátricas.

[5] En la contraportada de Falsas criaturas, se lee: “Este es el libro de quien sin duda constituye una excepción en la literatura uruguaya. Julio Inverso es un raro de 29 años, cuyas imágenes sorprendentes tienden un puente entre el romanticismo alemán y el video clip de nuestro tiempo…”.

[6] La traducción del inglés al español de esta cita es mía.

 

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CHIAPA UNA CIUDAD CON APELLIDO

Roberto López Moreno

Mi madre nació en Chiapa de Corzo; Chiapa, la primera población creada dentro del nuevo universo que nacía en los nóvedos calendarios, la indomable matriz. Chiapa de los Indios, Chiapa, grafonía tutelar. Chiapa, la madre en la que nació mi madre; Chiapa, la que va a dar nombre a una histórica región de la República, llegada y punto de partida del mundo sureste, la indomable parida a la sombra de la pochota, en una de las márgenes de la enorme mecánica hidráulica que viene desde muy lejos y hasta muy lejos se dirige. Chiapa de Corzo, tierra-luna, guacamaya según algunos, según otros, con posibilidades etimológicas diversificadas hacia otras direcciones. La del idioma chiapaneca (Aguilar Penagos). Chiapa. Con apellido. Chiapa de Corzo. Chiapa de los Indios, Chiapa de los soctones, Chiapa del Tepetchia, Chiapa de lo invencible, Chiapa de calor y piedra, de iguana y verdeagua, Chiapa de Corzo.

   Mi madre nació en Chiapa de Corzo, yo huixtleco, soy, entonces, también hijo del vientre en llamas de las Chiapas. Soy el hijo de una madre que nació en el centro del espíritu de Chiapas, eje geográfico del que hablo, centro ígneo de aventuras, venturas y desventuras, hamaca que dejó Sanguieme, para que viniera el historiador y se sentara en ella y nos viniera a relatar lo que hemos ido aprendiendo a sorbos de pozol y tascalate, lo que hemos aprehendido en la hoguera de cada célula que nos conforma y nos mantiene vivos -a los vivos y a los muertos- entre cada aurora y cada ocaso que se hilan con su río interminable de tiempo. Aquí vivió mi tío Víctor Pola, mi tía Antonieta de la Torre, mi abuelita Chinita, mi abuelito Margarito, aquí ha vivido el tiempo. Mi abuela tenía la memoria suficiente para relatarme las diferentes epopeyas que aquí habían sido y yo, desde la ciudad de México, en la colonia Portales, las reconstruía fidedignamente, así como reconstruía en mi imaginación los perfiles de la inmortal Chiapa con apellido, de la entrañable Chiapa de Corzo, casa y tumba y surco y aurora de los Chiapa.

   Y se arrojaron desde las alturas antes de ser esclavos. Y el Río Grande se llenó de murmullos encajonados en el enorme cañón en donde hablaban de heroísmo las almas de todo un pueblo, esperando a que subiera la corriente para liberarse por fin hacia las arrechuras del mar (muchos años después iba a venir el “investigador” extranjero, como lo han hecho los “investigadores” extranjeros, a decir que no era cierto; que las batallas del Sumidero habían sido pura ficción; los “investigadores” extranjeros que no tienen la capacidad de comprender la enorme fuerza mágica de los pueblos, los “investigadores” que vienen con la consigna de borrar las epopeyas si éstas no nacen griegas). Y se arrojaron desde las alturas. Y fueron –los soctones nadalumi– los únicos que no dijeron palabra de rendición. Y pasaron los años. Y cuando fueron amenazados por las armas de los oscuros, triunfaron con su luz natural. “A las doce horas estaré tomando agua de la pila de Chiapa” había amenazado el sombrío enemigo, el amigo de tiranos y ensotanados, y a las doce en punto, el pueblo heroico estaba arrojando su cadáver a que la pila de Chiapa le hiciera beber su derrota.

   Fueron historias que pasaron de padres a hijos, de hijos a nietos, historias de orgullo de un pueblo indomable. La llama se traslada del padre al hijo y crea la unidad, la barra de transmisión forjada entre el valor y el honor, la fortaleza erguida se sustenta entre la honra y la dignidad transmitida. Los abuelos actúan en los hijos y en los nietos, en la descendencia forjada con pundonor, el orgullo del padre que se ve reflejado en el hijo cuando éste responde al voltio histórico y son una la fe y la decisión de defender lo digno. Entonces el abuelo había luchado desde su tiempo por el nieto y el bisnieto, el padre por el hijo, el hijo por los hijos que vendrán… y así un pueblo se hace a la dignidad y a la fortaleza. La fuerza transmitida del padre al hijo. Por eso un pueblo con apellido es más grande históricamente hablando.

   De ahí la gran tragedia cuando esos vínculos se rompen. Los dolores terribles cuando el hijo pierde al padre, pero más terribles aún, cuando el padre pierde al hijo por la inversión antinatural que esto representa. Entonces, el desgarramiento es total, inadmisible por incomprensible, por la desproporción, por lo inexplicable, por lo injustificable. Ángel Albino Corzo, luchó por sus ideales, pero estos le habían sido también como una dádiva ancestral, como algo que sede la fuerza mayor al hijo destinado; entonces su lucha estaba luchando por la tierra heredada, desde ella, la dadora, por lo que quedaría en buen uso patronímico el compuesto: Corzo de Chiapa; entonces el hijo se convierte en padre, se transforma en el padre de su dador y Corzo de Chiapa empieza a caminar sobre la tierra convertido en el dador a la tierra que le había dado la vida. Chiapa recibe así su heroísmo y su apellido, Corzo de Chiapa se entrega (en, a, por) Chiapa de Corzo, determinando de este modo un entrecruce de cósmicas energías.

   El héroe combate y decide también sus descendencias biológicas. También los dioses lo habían hecho cuando fundaron la tierra y decidieron pasar de lo déico a lo material, hubo un tránsito de la magia hacia la sangre rebotando entre las venas. Así ha sido en todas las culturas. Cuando Ometecuhtli, solitario en el espacio decidió crearse una compañera, Omecihuatl, los espacios se poblaron de las dos fuerzas y más, pues ambos compañeros en aquellas soledades se decidieron por tener  hijos que les dotaran de sentido, y así lo hicieron en las alturas del décimo tercer cielo del cielo. Fue cuando los dioses padres hicieron a los dioses hijos, cuatro, para cubrir los puntos cardinales, para que ningún rincón del cosmos latiera en orfandad.

   El Norte, el Sur, el Este, el Oeste.

   El Negro, el Rojo, el Azul, el Blanco.

  Tezcatlipoca, Camaxtle, Quetzalcóatl, Huitzilopochtli.

   El Espejo que humea, beligerante dueño del bien y del mal que todo lo podrá, centro de cataclismos.

  El dios montoncito de huesos, feo, indefinido, incoloro.

  La serpiente emplumada, dios de la inteligencia, la sabiduría, las artes, la cultura.

  El colibrí zurdo, el que hará vibrar su poderío sobre la tierra y será la fuerza de la voluntad, el grandioso, el glorioso, el robusto, la energía sobre el mundo, el de la astucia bélica, el combatiente triunfante, el guerrero del Sur. Ya había dioses e hijos de los dioses en el cosmos.

   Pero el dios padre Ometecuhtli sufre el extravío de uno de sus descendientes y el dolor debe haber sido, como dios que era, un dolor universal. El hijo que escoge el Norte como morada, la tierra árida, en donde sólo soplan la soledad, el frío, el desierto, la muerte, Tezcatlipoca; la fuerza descomunal dedicada a provocar las tragedias, el que destella raigones fúnebres. Los cuatros dioses creados por Ometecuhtli y Omecihuatl habían sido pensados como compañía de sus padres y dotados de dones divinos. Pero uno de ellos aprovecha esos dones y se aleja del sentido inicial, baja al mundo por una tela de araña y hace que lo negro sea su imperio. Se convierte en antagónico de su hermano Quetzalcóatl, el favorecedor de la luz, la inteligencia, la bondad y las artes; le hace enloquecer mediante un brebaje maldito y es la primera vez que unos padres amorosos sienten que pierden a uno de sus  hijos.

   Sólo los héroes fueron hechos para los magnos dolores. Padres que pierden a sus hijos. ¿Quién puede imaginar el desgarramiento del rey Príamo al contemplar el cadáver de su hijo Héctor arrastrado frente a las murallas de Troya? Héctor su hijo, el guerrero mayor, su orgullo primogénito tirado por las bestias del ultraje azotadas por Aquiles frente a la muralla, despedazado por las armas y la furia del adversario. Príamo deshecho, Príamo aullando, Príamo desmayando, Príamo… y el cadáver ahí, enfrente, lo que quedaba como residuo de la carne de su carne, de la sangre de su sangre, envuelto en lodo y derrota. ¿Dolores más graves pueden haber para un padre sumergido en la impotencia? Después, el orgulloso Aquiles mantendrá el trofeo de su victoria ahí, a la intemperie, hasta recibir la presencia de Príamo mismo, en actitud peticionaria, solicitando el cadáver despedazado para darle sepultura. Mientras, atrás de la muralla, Casandra, la hija de Príamo enloquecía.     

   ¿Podríamos detenernos unos segundos apenas en el dolor de Níobe al ver cómo Apolo asesinaba a los hijos de su vientre y Artemisa a sus hijas sin poder ella evitarlo? Era la manera de pagar las befas de que había hecho objeto a su antigua amiga Leto por ser Níobe, en ayuntamiento con Anfión, madre de 14 hijos y Leto tan solo de Apolo y Artemisa. A Níobe nieta de Zeus, hija de Tántalo y esposa del rey de Tebas tocó ver la venganza de Apolo siendo testigo de cómo moría cada uno de sus hijos mientras ella se convertía en piedra como única manera de no quebrarse frente al agobio. Se convirtió en roca, sí, pero en una roca muy peculiar por ser la única que lloraba entre el resto de riscos resecos que le rodeaban, una enorme roca húmeda de llanto que al desquebrajarse finalmente dio nacimiento a una fuente en el Asia Menor.

   Un recorrido por diferentes episodios de la mitología griega nos coloca en diferentes momentos frente a ese pesar enloquecedor de ver a un hijo muerto. Es tan violento el golpe que recibe el alma en tales circunstancias que las páginas que a esos casos se refieren se han vuelto inmortales con sólo despertar la imaginación a tales posibilidades. Los poetas del mundo clásico lo sabían y así fue como dejaron escrito tales espantos para la larga cadena de los tiempos y a ella seguimos sujetos con el azoro presentido palpitando dentro del pecho.

   Cuando Cristo muere ultrajado en la cruz, alguien había sido su padre, descendiente de alguien era su carne de hombre, su dolor de hombre, su soledad de hombre frente a la turba. ¿Qué dolor pudo haber martirizado a aquel hombre padre? ¿o se trata del tránsito cuando se pasa de lo divino a lo terrenal y entonces los parámetros a los que acudimos se rompen definitivamente y no nos sirven para nuestra interpretación de mortales? Pero mientras, ante nuestra impotencia nos quedamos en la primera instancia, un padre que observa el dolor de su hijo, un hijo que es llevado en acto de violencia a una muerte espantosa, rodeado por el odio de los demás, por la indiferencia, por el deseo de vivir el macabro espectáculo.

   Si ese padre es un dios ¿cómo habrá de ver tal muerte? Si ese padre no fuera un dios ¿cuál habría de ser el descomunal dolor que tendría que desgarrarlo? Oh, el enorme misterio que pervive a mitad de estas consideraciones. Sólo tenemos la regla inmediata de simples mortales. Sólo nos abruma la capacidad de imaginarnos a un padre que observa al hijo ¿carne de su carne?, desfalleciendo en una tosca cruz elaborada por una vesania sin perdones. Cuánto dolor en esta hora. Por lo pronto nos quedamos en la primera instancia: el dolor de la carne y junto con él un infinito dolor a quien le ha tocado ser el padre de esa carne. El dolor brutal del padre; el dolor del hijo muriendo brutalmente.

   En la Biblia, en los diferentes salmos de David está insinuada la muerte del hijo. Se deduce que tal muerte no nos pertenece. Dios es el que sabe. Él conoce y decide acerca del que va a morir desde antes de ser la primera luz en el vientre de su madre. El designio es el proyecto. Él conoce de mis actos antes de ser cometidos, todo está destinado por él y si el hijo muere antes del padre (deducimos) es porque así estaba previsto el trazo. Al final todo es producto de la gran sabiduría por lo que el dolor no debiera serlo y sin embargo es el gran inoportuno que dobla los cuerpos y las almas, el que se anida en los vientres y estrangula los minutos. Así de tan mortales somos.

   Son los poetas los que más directamente nos hablan de esto. La gran obra con la que se inició la novela moderna en México se llama El luto humano, de José Revueltas. Este libro fue publicado en 1943 y se inicia con la muerte de una niña frente a la angustia y desesperación de sus padres que presencian, en medio de una noche de temporal, el fallecimiento inevitable de la niña. Un fragmento de este episodio apunta: “Caminó perplejo y entontecido por espacio de media hora, peleando con el aire y el chubasco. “Murió la pobrecita de Chonita”, se dijo, pues Chonita se llamaba su hija. Y se lo dijo como si él no fuera su padre y, no obstante ella fuera algo mucho más tierno, acaso más querido que una hija. Una idea insólita, en medio de la noche, surgía en su cerebro: el último sacramento, la final comunicación de los pecados, el último aceite, el óleo santo del rey de los judíos, no era otra cosa que la inmortalidad. Pues la muerte sólo existe sin Dios, cuando Dios no nos ve morir”.

   Uno de nuestros poetas de todos los tiempos fue don Enrique González Martínez, sufrió la muerte de su hijo cuando éste iniciaba apenas su carrera literaria. Lleno de dolor don Enrique escribe un poema angustiado frente al cadáver de su hijo: “Prendí tu antorcha… pero boca impía,/ soplando con aliento de pavura,/ mató su llama sin tocar la mía./ Como pájaro ciego en la espesura/ que a golpes busca al prófugo del nido,/ se estrella en tu silencio mi locura”…) Pero andando los años, su nieto, Enrique González Rojo, hijo de aquel hijo tronchado repentinamente, va a sufrir también la muerte de su propio hijo. Entonces, el nieto  que proviene de ese linaje de lutos, en medio de su infinito dolor le escribe al abuelo: “Abuelo, yo no puedo como tú,/ hincarme de rodillas a los pies del Enigma. No puedo hacerme trampas, abuelo, cuando miro,/ que el minúsculo templo de la fe, sin nada en sus entrañas,/ es quien otorga el nombre/ de Dios al gran vacío”.

   La poesía mucho sabe de estos trances aniquilantes. Lucila del Perpetuo Socorro Godoy Mendoza, chilena, el primer Premio Nobel en América Latina perdió a su hijo a quien nombraba Yin Yin cuando éste se suicidio a los 18 años de edad. Ingestión de arsénico. Lo lloró desde dos vértices, como Lucila del Perpetuo Socorro y como Gabriela Mistral que fue como la conoció el mundo. Primero la aflicción sin salida y después la soledad, el angustioso recuerdo de lo irrecuperable.

   Freud sabía de esto más que por sus estudios, por su experiencia propia. El descendiente muerto. La naturaleza en el ejercicio de un acto antinatural. “El duelo es un enigma” había dicho. El 25 de enero de 1920 expiró su bella hija Sophie a los 26 años de edad víctima de neumonía gripal. Él escribió: “A todos nos llega el turno y ahora me pregunto cuándo será el mío. Ayer he pasado por algo que me hace desear que ese día no tarde”. El 19 de junio de 1923 perece su nieto Heinele con apenas cuatro años y entonces asienta: “Encuentro esta pérdida muy difícil de soportar”. El hijo muerto en la antinaturaleza de la circunstancia mata al padre quien queda muerto dentro de la vida para vivir su doble muerte irremediable.

   Lacan se preguntará: “¿Acaso el trabajo del duelo no se aparece, como una luz a la vez idéntica y contraria, como el trabajo destinado a mantener, a sostener todos esos lazos de detalle?”.

   Elisabeth Kubler-Ross, pionera de la tanatología, explica que la pérdida de un hijo es un dolor tan profundamente impactante, que parece antibiológico, antinatural y resulta enloquecedor. Tan terrible es que no tiene un nombre científico, filosófico ni literario, simplemente no existe un nombre para este específico tipo de dolor; nadie ha podido bautizarlo, más que como “el más profundo dolor del alma”.

      El héroe griego, el personaje bíblico, el caudillo histórico ya habían fallecido un tanto en la defunción de otros por eso siguen viviendo en los tiempos.

   El héroe griego…

   El hijo muerto y el héroe con las entrañas roídas. “Mataron a su hijo –relataba mi abuela a su nieto absorto– después, le pusieron un tambor a la altura de la cabeza para martirizarlo, y duro y duro y duro con el tambor ese hasta que lo mataron también a él”.

   El héroe ya con el hijo muerto es torturado hasta culminarlo en su propio deceso. Antes de ser asesinado, don Ángel Albino Corzo ya había pasado también por los terribles callejones de los que habla Kubler-Ross. Su muerte entonces fue media muerte porque la otra mitad ya se la habían adelantado los asesinos de su hijo. Su drama fue el drama de los gigantes, los que tienen que subir una roca hasta la cima para que ésta vuelva a caer y vuelva a ser levantada por la víctima del suplicio. Su drama fue el drama de los gigantes, los que tratan de robarle el fuego a los dioses para beneficio del hombre y en venganza son encadenados a la roca para que los buitres les devoren las entrañas.

   Don Ángel Albino Corzo tenía mucho que pagarles a los malvados; su juarismo era un insulto para los de la baja calaña. En 1861 el Congreso de su entidad lo había declarado Benemérito de Chiapas por su presencia en la promulgación de la puesta en vigor de las Leyes de Reforma en el sureste.

   Con las armas en la mano combatió a un clero tenebroso que terminó huyendo a Guatemala; enfrentó a los poderosos que se cebaban en el destino de los indígenas; había confrontado en el Soconusco un separatismo que iba encaminado a romper la unidad en beneficio de afanes imperialistas. Su idea era en ese momento conservar la unidad y con ella hacer un solo frente de pasión republicana; había sido Gobernador del Estado, y había puesto su brazo al servicio de los humildes.

   Todo esto lo llevó a recibir en territorio chiapaneco al general José María Melo quien en su nativa Colombia, defendiendo también estos ideales, había tomado por escaso tiempo la Presidencia de su país. El general Melo fue perseguido por los reaccionarios de su tierra. Cruzó todo Centroamérica poniéndose al servicio en cada caso de las causas republicanas, hasta que llegó a Chiapas y ahí se presentó a las órdenes del general Ángel Albino Corzo como la forma más directa de luchar por las ideas que Juárez enarbolaba en el resto del país. Juárez ordenó que se le diera tropa de mando para apoyar a Corzo y consideró su presencia en Chiapas como un acto de fraternidad latinoamericana. Poco tiempo después el general José María Melo iba a fallecer en una emboscada que los conservadores proimperialistas le tendieron en la hacienda de Juncaná. Su cuerpo quedó deshecho sobre las aristas de un tambor. Dejó un hijo que fue adoptado por Albino Corzo y que terminó casándose con la hija de éste, de nombre Amada.

   En 1866 cuando ya había dejado de ser gobernador por presiones del comandante del Cuartel General de la Línea de Oriente, el nefasto Porfirio Díaz, y había éste impuesto como Gobernador a un criminal de nombre José Pantaleón Domínguez, el general Ángel Albino Corzo en respuesta a las arbitrariedades que Pantaleón Domínguez estaba cometiendo contra el pueblo, lo obligó a renunciar y luego lo hizo prisionero. Ahí y en esa forma quedaron saldados los odios funestos.

   Con la ayuda de los déspotas Domínguez inicio la persecución de don Ángel Albino Corzo; pero antes, los esbirros del criminal tomaron prisionero en la finca de Nucatilí al hijo de don Ángel Albino Corzo, un joven que dirigía un pequeño periódico llamado La Tijera. El 23 de septiembre en el interior de la finca los criminales dieron cuenta de la vida del joven Donato Corzo Ruíz.

   El hijo de don Ángel, sin defensa alguna vio como los asesinos lo rodeaban y lo vejaban con saña de bestias sedientas. Las palabras hirientes eran pronunciadas con un odio del que participaba incluso una mujer que se encontraba en el lugar. Ella fue precisamente la primera en abrir fuego sobre el pecho del joven indefenso. Donato calló al piso envuelto en sangre. El hijo del héroe, abandonado en mal trance por los dioses. Se arrastraba sobre el piso de tierra sin recibir auxilio alguno, por el contrario, todo en su entorno eran burlas y palabras injuriosas mientras él daba muestras de asfixia.

   Luego, con mucha dificultad, logró arrastrase hasta un horcón que sostenía un medio techo de palma; ahí logró ladearse medianamente y quedar sentando, con en el horcón como respaldo, sobre su sangre, mientras boqueaba intentando tomar aire en aquella atmósfera cerrada. Uno de los matones cansado ya de la escena en la que el joven Donato Corzo perdía la vida a cada segundo que pasaba, tomó una bayoneta que se encontraba recostada sobre un obscuro camastro, la pulsó apuntando hacia el joven y dejó ir toda la carga del filoso metal en el estómago de la víctima. Ese hecho hubiera sido definitivo, sin embargo, todavía hubo alguien más que volvió a disparar sobre el cuerpo del moribundo, como para asegurarse de que el trabajo estaba cumplido. En medio del regocijo general Donato Corzo Ruíz dejó de existir.

   La persecución en contra del liberal fue más intensa. Mientras cruzaba montes y abismos para ponerse a salvo de quienes le asediaban, sus parientes más cercanos eran despojados de sus pertenecías y arrojados a la calle entre burlas y carcajadas. Propiedades saqueadas, burlas contra el personaje, familiares arrojados sobre el empedrado, tal era la realidad de ese momento. Según los testimonios históricos don Ángel huye primero a Guatemala, a Puerto Ángel, Oaxaca, luego a Ocotlán, Puebla y por último a la Ciudad de México.   El héroe avanzaba sobre los kilómetros de la fuga con la herida del hijo muerto en el pecho, Aparicio su otro hijo, fue su inseparable en el destierro. Sufría brutalmente el general por la muerte de su hijo, pero más grande fue aun su dolor cuando en medio de la fuga su hija, Amada Corzo, a dos días del asesinato del joven, no pudiendo resistir más los filos de la desventura cayó en estado de demencia al llegar a Huimanguillo provocando un nuevo dolor al atormentado padre, además de que por las mismas razones, su compañera de vida, de nombre Zaragoza, caía enferma como un nuevo peso en medio de la desventura.

   En 1875 se agravó la enfermedad de don Ángel Albino Corzo. Fueron las horas del tormento. Julián Grajales alquiló un cuarto contiguo al cuarto donde se debatía el héroe y habiendo sólo una frágil pared de por medio hizo que el cohetero oaxaqueño Manuel Ramos, trasladara desde su fábrica un enorme tambor que se colocó a la altura de la cabeza del que agonizaba. El tambor se accionó día y noche hasta que a las 19:00 horas del 12 de agosto, cuando apenas cursaba los 54 años de edad falleció el héroe que llevaba por delante además de las traiciones de que había sido objeto, la dolorosa muerte de su hijo. Los hombres mayores sufren tormentos mayores, así nos lo ha dicho la literatura de los siglos.

   En la hora cercana a su muerte, el hombre desgarrado por el asesinato de su hijo, agobiado por la demencia de su hija, dejó un texto para la posterior denuncia: “de todos los que me atacaron, los que me ofendieron, los que me hirieron, me golpearon, me traicionaron, todos los que difamaron mi nombre pronunciaré los nombres de Pantaleón Domínguez, José Velasco, Julián Grajales, Salvador Urbina y el canalla de Macías”.

   Don Ángel Albino Corzo no es sólo héroe de Chiapas; es héroe de la humanidad.

   Don Ángel Albino es un orgulloso Corzo de Chiapa.

   Mi madre, la chiapanequísima Rita Moreno, nació en Chiapa de Corzo, una ciudad con apellido.

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MARTÍ Y LOS ECOS DE LA INFANCIA

Dra. Rocío García Rey.

 

 

LA ANÉCDOTA

           

 

Este trabajo es apenas un boceto de las múltiples interpretaciones que de José Martí pueden hacerse y es ante todo una invitación a mirar su papel de escritor para la infancia. Al leer algunos de sus textos he caído inevitablemente en el recuerdo personal. ¿Qué me dice el nombre de Martí más allá de la historia de las ideas? ¿Qué me dice el nombre desde mi historia personal? Me veo, entonces, siendo niña y asistiendo a la segunda escuela primaria por la que pasé: “Escuela Primaria José Martí”, ubicada en una colonia popular (del Municipio de Ecatepec, Estado de México), y siendo además la escuela que abrazaba a los niños “problema” de la comunidad. ¿Quién es José Martí? Pregunté a mi papá “Fue un prócer cubano”, respondió: Mi duda no fue disipada. En mis seis años sólo cupo una frase: “No es mexicano.”

            Un día un niño lanzó la osada pregunta al profesor: “Maestro, ¿verdad que cuando se abrió esta escuela, vino José Martí?” La respuesta: una sonora carcajada de parte del profesor, seguida de un “cómo crees, si ya está muerto.”

            “Prócer cubano muerto que se parece a Aquiles Serdán” fue la frase que formulé para mí misma, sin entender el significado de prócer y por qué si era cubano no era negro (porque no está de más decir que tanto mis compañeritos como yo teníamos la creencia errónea, de que Cuba era habitada por negros). La aclaración de quién había sido Martí permaneció en la gaveta de los silencios durante los años de primaria y secundaria.

            El enredo geográfico e histórico aumentó cuándo en quinto año leí  “Hidalgo” y abajo el nombre del autor: José Martí.[i] Guiada, sin saberlo, por una visión reduccionista, me pregunté ¿Cómo un cubano supo de un mexicano? Mi corto entendimiento me hacía creer que las historias de los países sólo las podía escribir alguien perteneciente al país en cuestión. Y aunque también había dos textos más, uno sobre Bolívar y otro sobre San Martín, no me “preocupé” de ellos pues se trataba de figuras absolutamente lejanas en geografía y en comprensión para mí.

            ¿Es lícito narrar mi anécdota? ¿Qué importancia puede tener si fui a la primaria Benito Juárez o José Martí? Parte de la respuesta tiene que ver con ciertas filiaciones subjetivas que tenemos a los temas y que parecen ir más allá de lo propiamente académico. Lo importante, en este sentido, está en prestar atención a que esas filiaciones son parte del bagaje y del horizonte cultural en el que hemos vivido.

MARTI  Y LA INFANCIA LATINOAMERICANA

           

Quisiera comenzar este apartado con una pregunta ¿Cuál es la interpretación que daríamos a la reproducción de textos de Martí, en libros de texto infantiles? ¿Por qué de los pensadores- escritores del siglo XIX encontramos a Martí? La respuesta quizá es harto conocida, pero creo que no así la reflexión en torno al hecho. El cubano José Martí (1853-1895) fue uno de los pocos que miró en la infancia latinoamericana un sujeto de recepción de sus textos. Otro ejemplo está en el colombiano Rafael Pombo -1833-1912- cuya producción tomó en cuenta también al público infantil con sus Cuentos pintados y morales para niños formales.

           

La particularidad de Martí con respecto a Rafael Pombo es que el cubano inserta en sus escritos para niños el tema de Latinoamérica y lo que de ello se desprendía: la musicalidad del lenguaje –“¡Vaya la niña divina!/ - dice el padre, y le da un beso-. Vaya mi pájaro preso a buscar arena fina.” [ii]-; la defensa del continente a través del conocimiento, en la que podríamos encontrar una vertiente axiológica – “El viajero hizo bien porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano”[iii]; la ternura de padre mezclada con su deber ser de revolucionario; el exhorto a su hija María Mantilla para liberarse mediante el conocimiento y romper el “eterno femenino”:

 

[…] ¿Piensa en el trabajo libre y virtuoso, para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten los malos, y para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas, -esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse, -llaman el mundo del “amor” […] [iv]

           

             Cierto es que fue en el siglo XIX cuando la infancia como grupo particular cobró mayor visibilidad, sobre todo en términos pedagógicos, en Europa            con los trabajos de educadores como Pestalozzi  (1746-1827) y  Fröbel (1782-1852). Pero como vemos, Martí apenas nacía cuando Fröbel habían muerto, así que el trabajo de rescate de la infancia como la generación en la que podían depositarse los anhelos de cambio, poco tiene que ver con una pedagogía europea. Porque Martí estaba convencido del papel de  la educación como elemento para lograr cambios, pero ésta no se reducía únicamente a la escuela. Hay de hecho una invitación a ser autodidactas y a compartir los conocimientos aprendidos. Ilustro este planteamiento con las siguientes palabras también a la niña Mantilla:

          

  […]Así si serán maestras, contando esos cuentos verdaderos a sus discípulas, en vez de tanto quebrado y tanto decimal, y tanto nombre inútil de cabo y de río,         que se ha de enseñar sobre el mapa como de casualidad, para ir a buscar el país     de que se cuenta el cuento, o – donde vivió el hombre de que habla la historia.-       Y cuentas, pocas, sobre la pizarra, y no todos los días. Que las discípulas amen    la escuela, y aprendan en ella cosas agradables y útiles.[v]

           

Años antes de las cartas a María Mantilla aparecerían dos textos clave en la difusión de la literatura para niños. El primero es Ismaelillo (1882). ¿Cuál es la novedad de este libro? Se trata de un texto poético dedicado a su pequeño hijo. Un hijo que representaba las esperanzas y los anhelos que como revolucionario lo mantenían avante. Pero además se trata de un libro donde un hombre (dándole peso al género) se atreve a cantar el amor tierno a su hijo.

            Hijo: espantado de todo, me refugio en ti./ Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la ventura y en ti./ Si alguien te dice que estas          páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo para profanarte así […]  [vi]

            Escritor prolífico alimentado también de múltiples viajes, Martí echó mano de diferentes géneros literarios y en el caso de la infancia, insisto, ésta fue mirada y en algunos casos admirada por él. No se trataba únicamente de guiar a las “juventudes americanas” como años más tarde harían Rodó, Vasconcelos o Mistral, se trataba de rescatar a este grupo mediante la educación porque era a través de él que podría realizarse el cambio concebido como la liberación no sólo política sino de pensamiento. En “La Sangre Nueva” podemos leer el pasaje en el que cuenta con admiración cómo un muchacho, alumno de la escuela comercial de Packard  para defender el honor de Cuba.

            El niño habla con toda la fuerza de la sinceridad y de su honor: ¿quién le   ofende             a su Cuba? ¿Por qué Cuba, de hijos más trabajadores y cultos en su mayoría, y más universales y emprendedores que los hijos de España, no puede   emanciparse de España?[vii]

           

            La defensa de la Patria no era entonces ya un trabajo exclusivo de los adultos, y tampoco se reducía a una defensa desde un lugar físico particular. El topos más importante se hallaba en el espíritu. Y espíritu, en la propuesta de Martí, es el lugar de la creación y la construcción de un conocimiento “propio” que ayude a tirar la creencia aldeana, como el la llama, de que el mundo y la noción de patria se reducen a estar en  un solo lugar en términos geográficos. En este sentido es comprensible su fuerte cuestionamiento que hace en Nuestra América “¿Para qué sirven los letrados artificiales?”[viii] A esta pregunta bien podemos enlazar su razón de escribir La Edad de Oro: “Para qué los niños Americanos sepan como se vivía antes y se vive hoy, en América, y en las demás tierras […]” y con ello podemos decir que Martí trataba de prevenir que volvieran a prevalecer las visiones constreñidas y únicas.

           

Ahora que la SEP trata de proponer (¿o imponer?) una aparente propuesta educativa. Ahora que se habla de “Una educación para todos,” me pregunto si algo del chocante espíritu aldeano no anda todavía rondando. Me pregunto si a los encargados de la nueva política educativa les dirá algo el nombre de José Martí o sí como yo cuando niña lo reducen a “prócer cubano” de algún momento ya desvanecido.

           

 

 

NOTAS

 

[i] Se trataba de un texto al que titularon “Tríptico” y  que pertenece a “Tres Héroes” contenido en La Edad de Oro.

 

[ii] Martí, José, “Los zapaticos de Rosa”, en Obras Escogidas,  España, (Col. Centenario II) p. 200.

 

[iii] Martí, José, “Tres Héroes” en  La Edad de Oro. Publicación mensual dedicada a los niños de América. Perú,  Briceño Editores, 2003, p. 20.

 

[iv] Martí, José, “A mi María” Cartas a María Mantilla, Cuba, Centro de Estudios Martianos, edit. Gente Nueva, 1982. p. 66. La carta fue escrita en 1895, cuando Martí  se encontraba en Cabo Haitiano.

 

[v] Martí, Cartas... op. cit. pp. 95-96

 

[vi] Martí, José, Ismaelillo, Madrid, Mondadori, 1999, p. 11.

 

[vii] Martí, José, Sobre las Antillas, (Selección, Prólogo y notas Salvador Morales), Cuba,  Casa de las Américas, 1981, pp. 165-166.

 

[viii] Martí, José “Nuestra América”, en Obras Escogidas, op. cit. pp. 119 y 121.

 

 

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El surgimiento del movimiento independiente

en la poesía mexicana

Andrés Cisneros de la Cruz

 

 

A diferencia de un movimiento social, o la concreción de un instituto, escuela, o incluso una vanguardia, para el poeta la independencia es un proceso, antes que un fin, y por tal modo, es un acto radical —que significa de raíz— y que se afecta desde los cimientos de su propia vida para generar un impacto que se notará en su creación, y de ahí que el poeta sea la fuente de las infinitas  particularidades, y su mezcla, su conflicto.

            En el México moderno, la independencia cultural deviene de la inconformidad con que se institucionalizó la cultura a partir de los movimientos literarios de principios de siglo, con el visor de desarrollar un México integral, que dejaba fuera las estéticas no convenientes con el proyecto general de vida nacional, así como un preciosismo fundacional que encerró la poesía en una vitrina, sólo para la contemplación de los conocedores, o de los asistentes a tal museo, que regularmente fue la clase política, luego los autores apadrinados, y para la segunda mitad del siglo, la universitaria, hija y beneficiaria de las instituciones del México contemporáneo.

            Similar es en el rubro de lo político, donde la Revolución Institucionalizada se mantuvo como una imposición acordada para evitar más “muerte pública”, de lo cual devino la dictadura que hasta la fecha se mantiene con base en convenios internacionales y la inversión de capitales inimaginables, sin embargo con sus mismo sistema de supresión activo.

            Pero en los años sesenta y setenta el literato o poeta iban de la mano con la militancia, y en muchas ocasiones la literatura se veía afectada por tal situación, pues quedaba en un nivel secundario, supeditada al interés de partido o grupo. Y el poeta perdía esa independencia. Es decir, el poeta pertenecía a una escisión política, pero él se mantenía sujeto a un ideario. Sin embargo varios poetas lograron romper con esta segunda atadura, e hicieron de su arte un arma propia de expresión poética, y por ende, con su postura, un carácter político: una lógica artística, antes que un deber partidario. Porque la política del poeta es más profunda, pues corresponde a la constante transformación, y no la estandarización de la belleza, o al carácter estático de un fin.

            El grupo no grupo de la segunda mitad del siglo XX, que mejor ilustra este fenómeno y sus debidas complejidades, fue el compuesto por los hijos de la ira, que podemos llamar así, por Una gramática iracunda, de Enrique González Rojo Arthur, el más joven de sus integrantes. Y por otra parte, José Revueltas, que es tinta tutelar y confrontante, de este movimiento de múltiples cabezas, y que mantuvo una conexión dialógica con Efraín Huerta, que José Emilio Pacheco homologó con Dámaso Alonso, por su libros, Los hombres del alba y los Hijos de la ira, respectivamente, publicados el mismo año. El último integrante de esta pequeña comitiva de disidentes de la escritura, es Ramón Martínez Ocaranza, que se escindió en una soledad convulsa, para dar origen a una reflexión profundamente violenta y crítica; a un lenguaje que transcribía claramente la teratología del mundo.

Sin embargo hay una gran distancia de la ira de Dámaso (“Sí, alejadme ese tristísimo pedagogo, más o menos ilustre, ese ridículo y enlevitado señor, / subido sobre una tarima en la mañana de primavera / con los dedos manchados de la más bella tiza, / ese monstruo, ese jayán pardo, / versánico estrujador de cerebros juveniles, / dedicado a atornillar purulentos fonemas / en las augustas frentes imperforables, / de adolescentes poetas, posados ante él, como estorninos en los alambres del telégrafo”) con la de Huerta (“Literalmente perdemos contacto con el suelo: vamos al infinito apoyados en nuestra propia sangre. / Olvidamos los ríos y el silencio. / Gritamos por la noche y las voces del viento se recogen / en un puro rencor de ojos desorbitados. / ¡Qué destino, qué lucha y cuánta cólera reprimida!”), cosa que Ocaranza dice de este modo (“Y crece el corazón, / y crece el cielo, / crece el polvo de la muerte oscura, / y crece la esperanza, / y crece el odio, / y crece el barco del dolor del mundo. / Pero yo estoy aquí, / junto a mis lágrimas, / a la orilla del mar / junto a mis muertos / tendidos en la nocturna flor de las espumas, / bajo el cielo del mundo / y de la muerte, / convertido en un puño, / en una espada.”) y la gramática iracunda de González Rojo, de este otro (“Pero un día, / ante los golpes de culata, / las ráfagas de párpados vencidos, / el furor lacrimógeno, / me nació un inesperado / «hijos de puta». / Se trataba de mi primer arma, / de un odio que a dos pies / cargaba la sorpresa de su propio nacimiento. / A partir de entonces, / dentro de mi gramática iracunda, / dentro del diccionario en que mi cólera / se encontraba en un orden alfabético, / disparaba palabras corrosivas, / malignas expresiones que eran áspides / con la letra final emponzoñada. / Pero yo me encontraba insatisfecho. / Ningún hijo de puta / corría hacia su casa, ante mi grito, / para zurcir el sexo de su madre. / Mis alaridos eran inocentes, / inofensivos eran como besos que Judas ofreciese / tan sólo a sus amantes. / Ante eso, / pasé de un insatisfecho «cabrones» / —pólvora humedecida por mi propia saliva— / a una pequeña piedra, / el pedestal perfecto de mi furia, / la lápida mortuoria que encerraba / la pretensión guerrera de mi lengua. /
Y ahora, en la guerrilla, / mientras limpio mi rifle. / recuerdo cuando yo era, camaradas, / lo que podría llamarse una persona / decente”). Prevalece el desencanto en España y México, una imposibilidad ante el dominio, pero en México, la ira se desprende del dios, para volverse totalmente humana. Y se vuelve un arma para enfrentar la increíble injusticia que priva en la realidad. La ira para los poetas mexicanos es un motor emancipatorio y de inconformidad.

            Los movimientos “independientes” de los ochenta, fundamentalmente se dieron desde la música, el performance y la plástica [con sus debidas excepciones]. Mientras la poesía oficial se fundía con la operatividad de la UNAM, Punto de partida, y con los encuentros de autores jóvenes [que reproducían el sistema de apoyos del Centro Mexicano de Escritores].

            Entre tanto la poesía comienza a allegarse a los institutos de investigación, así como a círculos literarios conformados por burócratas y editores maquiladores. Por otra parte, en los lindes de la realidad de a pie, el día a día de la calle, la poesía es un ruido; una melodía rupestre que se desahucia y sobrevive a capela. Rupestres, infras, estridentistas, poeticistas, burlándose del rey que camina desnudo, mientras la corte le aplaude su traje.

 Es el auge del performance, el rock mexicano, la danza, la pintura, el poema objeto. La poesía visual como asidero de la poesía concreta. Y la tendencia contracultural como una empatía con la decadencia social, y el intelectual como un proscrito que se deja caer en la roca de los sacrificios dionisiacos. La causa perdida, y la sensación total de la derrota de cualquier revolución.

            Es en los noventa donde se moldea la figura de la editorial independiente, ahora modelo elemental para el ejercicio cultural. En principio es un movimiento que surge de los maquiladores de libros oficiales, y que así genera un capital alterno para generar su “otro” pronunciamiento [muchas veces enajenado por el mismo campo de autores que ha editado, pero con otra idea de la edición]. Punto aparte de la editorial alternativa, se haya el fenómeno independiente como tal, que no cuenta con el capital, los medios de producción, y el acceso a los núcleos intelectuales de ejecución, y que por obvio, si quiere realizar un proyecto, tiene que apelar a la creatividad y a la promoción autónoma para generarse los medios y métodos de producción y reproducción intelectual.

            Ambas posturas devienen de los círculos que fueron conformándose en los años ochenta, y que en los noventa se presentan como círculos editoriales para consolidar una figura, o un trabajo subterráneo en el segundo caso. Y aunque la poesía está al margen del interés de Estado, fuera de foco, en este momento histórico lo que se busca moldear desde las instituciones es otra cosa. Por algo es que se fragua una visibilidad “alternativa” operada desde el Conaculta, de talla salinista, que dio auge a los círculos en torno a Paz, y donde los apoyos favorecieron las obras que realizaban una crítica hacia la “narco-violencia” que fue cada vez más notoria a partir de entonces entre la sociedad civil. Y así, se conformó el círculo elemental de la burguesía poética nacional.

La burguesía, entendida como los productores oficiales de cultura, se apoltrona en torno al recurso, y crean un mythos para proteger su núcleo del “ruido externo”, eso que desde la teorización de sus esgrimistas, se puede denominar periferia de la burguesía, y que no es, desde su óptica, sino una fuerza que busca desplazar a la primera burguesía, o replicarla. Ante lo que se genera un cerco de contención que deviene en ley, canon, o estereotipo, para definir qué es poesía, y quién no es poeta. De cómo luce el rapsoda, no sólo físicamente, sino también como debe ser su modo de vida. De este proceso surgen, efectivamente, un segundo círculo de medios de producción, con copias no autorizadas, ilegales, de los primeros. Lo que garantiza el proceso de reproducción de la obra, sin exponer la clase. Porque los segundos productores mantendrán su condición —de vida y clase— en tanto que no generan capital intelectual alguno. De modo similar sucede en talleres, y otras formas capacitación [antes que de educación] derivadas de métodos de reproducción estructural, y que distan mucho de la enseñanza. En el arte, y en la poesía específicamente, la capacidad de producir realidad para vivir, y el poder de transmisión intelectual, no obedecen a una clase económica, sino a una clase transformativa radical, inscrita dentro de la clase intelectual, aunque sea minoritariamente. Si el arte obedece a una clase económica, entonces concibe policías o guardianes de las letras que buscan mantener vigentes e inmaculados sus patrimonios. Alta técnica y perfeccionamiento del arte. Sin que eso conlleve un arte transformativo; paradoja de su denominación.

            Es una especie de Alforja, nombre de aquella ciudad de Tomás Moro o de los Telemitas, que era una ciudad imaginada, cercada en sus propias reglas, fueras de las reglas del mundo. Sin embargo, si una ciudad de esta índole busca imponerse sobre su rededor, devendrá invariable en una lógica de conquista; o imperio. Por tanto, si puede existir una axiología que se contraponga a la axiología de la corrupción, desde la poesía en México, radica en combatir, denunciar, desparecer los procesos de empoderamiento enajenado. Así, la oralidad, como discurso dialógico, es sustancial para un pensamiento plural de los cánones, porque da un lugar a los demás procesos, antes que ignorarlo para imponer el propio. Por tanto, es crucial, para entender o construir una pluralidad, en primer lugar, reconocer que hay movimientos bien definidos que buscan consolidar una idea de poesía, con el soporte en una realidad, por muy cuestionable que sea. Entender qué representa cada una de estas corrientes es fundamental para poder ver más claro el panorama de las poesías mexicanas.

            No es nuevo el tema, ni es la única corriente de emancipación teórica, la descolonización de la filosofía, que paulatinamente se irá mezclando con la poesía. También está el esquizoanálisis de Omar Lara, por poner ejemplo. Y vale aquí un ejemplo de oposición entre dos puntos de vistas distintos, uno conciliador con lo que ya es en el mundo actual, el de Julio Ortega, por demás conocido, y el otro, por un desligamiento brusco con este mundo que es, con Lara, por demás, poco conocido. Sin embargo los dos coinciden en puntos cruciales, al saber que la España prehispánica, encuentra su modernidad en el Nuevo Mundo, en tanto que, Lara arguye que esté nuevo mundo es por principio un desligue del viejo mundo. Ortega: “Leer y escribir son las grandes apropiaciones que el sujeto del Nuevo Mundo instrumenta para pasar de su condición tradicional y subyugada a su renacimiento en la fe, lo moderno y la individualidad. En rigor, su carácter de sujeto requiere del control de estas operaciones para poder manifestar la memoria étnica como una actualidad crítica; y también para demostrar que la cultura oral era capaza de anticipar la filosofía política dominante con sabiduría comunitaria y su orden superior. Si Cervantes parecía haber dudado de la modernidad de la España del siglo XVII, [el Inca] Garcilaso de la Vega parece proponer que la modernidad de España son las Indias”. Así, el lenguaje, sea oral, como esta mnemotécnica que genera el poeta en lo que fonéticamente prevalece con un significado, en Lara toma esta modernidad presente, que no es distante a la otra modernidad, y espeta: “En el Estado-nación moderno brota un nuevo aparato de captura; la esclavitud maquínica se ha sustituido por la sujeción social. En el capitalismo, el capitalista es como sujeto de enunciación, y el proletario como sujeto del enunciado. De esta forma, el capitalismo realiza la subjetivación, llevándola al punto más radical de dominación en la esfera privada. El capitalista ha generado una axiomática con los flujos descodificados, y en la subjetivación hecha (por los obreros) y de ésta se ha llegado a asumir como fundamental y necesaria la recodificación (el Estado) hecha por el capitalista. El obrero ya no está esclavizado por la máquina sino sujeto a ella”.

            Estas dos visiones tan opuestas y coordinadas a la vez, dejan en claro que el devenir, por un lado, es inherente, y por otro, la perspectiva con que quiera enfocarse el suceso, es lo que se proyecta hacia el futuro: prospectiva elemental del teórico que busca definir un camino a seguir de acuerdo a la interpretación de los hechos. Así, la modernidad (posmodernidad), vista por Dussel, se puede leer más o menos en lo siguiente: “La modernidad no es un fenómeno que pueda predicarse de Europa considerada como un sistema independiente, sino de una Europa concebida como centro. Esta sencilla hipótesis transforma por completo el concepto de modernidad, su origen, desarrollo y crisis contemporánea y, por consiguiente, también el contenido de la modernidad tardía o posmodernidad. De manera adicional quisiera presentar una tesis que califica la anterior: la centralidad de Europa en el sistema-mundo no es fruto de una superioridad interna acumulada durante el medioevo europeo sobre y en contra de las otras culturas. Se trata, en cambio, de un efecto fundamental del simple hecho del descubrimiento, conquista, colonización e integración (subsunción) de Amerindia. Este simple hecho dará a Europa la ventaja comparativa determinante sobre el mundo otomano-islámico, India y China. La modernidad es el resultado de estos eventos, no su causa. Por consiguiente, es la administración de la centralidad del sistema-mundo lo que permitirá a Europa transformarse en algo así como la conciencia reflexiva (la filosofía moderna) de la historia mundial. Aún el capitalismo es el resultado y no la causa de esta conjunción entre la planetarización europea y la centralización del sistema mundial (Dussel 1999:148-149)”.

            Desmitificar sin mitificar es lo difícil (construir para destruir, y no destruir para construir); porque se hace hincapié en “remitificar”, pero la función de la poesía tiene el reto mayor de decir sin decir. Afirmar para dudar. Al final, esta mitificación en vida, en ídolos, divide el panorama en una clásica forma que es risible: los buenos, lo malos y los feos. Después de todo la película (tipo Hollywood) no tendría sentido si no hay un bueno y villano que busca acumular todo el poder bajo un mismo cetro que presupone la “mejor opción” para todos. El Estado, el capital privado. Ambos. Las sectas. Los partidos políticos. Izquierda o derecha. Y al final el malo, que siempre pierde y no le sirve a ni a dios ni al diablo, o para el caso, a ambos, según les convenga. Y el feo, es el pueblo, que sirve para ambos amos: a la descolonialización o al colonizado gobernante.

 

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Utopía y escritura: breve comentario del “El abanderado” de Eusebio Ruvalcaba

Dra. Rocío García Rey

 

En la década de 1990, cuando muchos pensamos que las utopías políticas habían sido inhumadas y que por tanto  nuestros pasos sortearían suelos oscuros,  surgió en México el resplandor del movimiento zapatista. Personajes que no habían sido enunciados ni considerados por la oficialidad de los discursos en general, se colocaban en el escenario de la palabra, de la voz y la visibilidad.

            El 1 de enero de 1994, los escenarios cambiaban. Todos los escenarios incluido el de la literatura. Quien escribe  esta columna tenía veinte años y ve aventuró a  ir a trabajar a la zona llamada de “conflicto”. La firma de Tatic Samuel plasmada en una identificación “hechiza” era el pasaporte para que los compañeros zapatistas permitieran la entrada a la zona en que creímos nacía el sueño renovado.

            Ante lo visto, ante lo vivido yo quería plasmar con palabras los olores de la selva, la imposibilidad, en ocasiones, de comunicarme plenamente con los dirigentes porque yo no hablo tojolabal. Palabras, palabras sorteando la hoja en blanco. El afán de veracidad me abrazaba, aún no cabía en mi mundo la verosimilitud.

            Meses después de mi regreso de Chiapas, mi hermana mayor compró un libro titulado  Atrapados en la escuela. Se trata de una compilación de cuentos hecha por Beatriz Escalante y José Luis Morales. Entre el abanico de historias cuyo eje es precisamente la escuela y el ambiente de cautiverio que la educación tradicional cimienta, aparece una historia que despliega maestría en la construcción de un personaje: “El abanderado”, cuento del Maestro Eusebio Ruvalcaba.

            Movimiento zapatista, cuentos, ¿cómo armar este relato? Lo armo mostrando lo que señalé al principio de este texto: el quehacer literario para algunos fue también darle vida a historias cuyo telón de fondo tuviera que ver con lo que sucedía: una ruptura en que la historia inmediata era escrita de manera diferente, si recordamos los comunicados del célebre Subcomandante Marcos o la forma en que veíamos a nuestros hermanos indígenas que habían dicho “Basta”.

            Ruvalcaba no fue ajeno a este nuevo edificio político y  demostró mediante el cuento “El abanderado” ese binomio conocido, pero no por ello siempre comprendido: el entrecruzamiento entre literatura y sociedad. Lo hizo creando como personaje principal a un niño de sexto año de primaria (el abanderado) que critica los ritos caducos y sin sentido que se llevan a cabo para ¿honrar a la Patria?

            El clásico narrador omnisciente es desplazado por un yo, un yo púber (el abanderado) quien narra lo que piensa de la escuela, incluidos sus compañeros y “el ciudadano director”. Con su relato  pone en tela de juicio lo que desde las instituciones nos hacen creer es el comportamiento adecuado. Se premia la conducta para que después se nos dificulte ser hombres y mujeres de ruptura.

            El personaje creado por Ruvalcaba, es el  “niño héroe”, quien mediante su monólogo construye al tiempo una etopeya de sí mismo y un retrato del ambiente que lo rodea. Es una vez que comienza a contar cómo y por qué fue elegido “el abanderado” de la escuela, que se despliega la gran crítica al sistema: “Dicen que se fijan en todo, o sea lo que ellos creen que es todo: las calificaciones y la conducta. Claro está que tienes que estar en sexto. Pero estar en la escolta es una verdadera lata […]”

En efecto, -bajo una mirada obtusa- lo cuantitativo: las calificaciones, unidas a la conducta son la muestra de que la escuela  está creando a los futuros buenos ciudadanos. “El abanderado”, por suerte, es el símbolo de la rebeldía que puede existir aun dentro de un microcosmos: escuela, salón de clase, patio donde se lleva a cabo el homenaje a la bandera. Por ello se entiende que nuestro personaje no encaje con los demás adolescentes y que diga: “Y a mí me aburren como si estuviera viendo a Raúl Velasco; por eso prefiero estar solo en el recreo y no echar relajo cuando la maestra sale de la clase por cualquier cosa”.

            Si las revistas pornográficas que ven sus compañeros unidos a  los actos cívicos se vuelven carentes de significado importante para nuestro personaje, hay un gran acontecimiento de quiebra que Ruvalcaba usa como giro de tuerca: los comunicados del Subcomandante Marcos y los acontecimientos en Chiapas. “Sobre lo que yo habría querido platicar con Tinajero y compañía era sobre otra cosa: sobre Chiapas y el subcomandante  Marcos. Pero a nadie de mi grupo le interesa.”

            Los significados de la vida y la lectura del mundo se expanden cuando “nuevos” textos aparecen ante nosotros y develan que, por ejemplo, ser patriota no se reduce a ser abanderado.

            Los roles de género también son visibles en el cuento, pues mientras la madre del abanderado se esmera en que su hijo esté presentable en el homenaje y por ello almidona su camisa; el padre es el “lector” de política. Es, entonces, por éste  que “el abanderado” conoce los comunicados del Subcomandante.

A mi papá sí. Me lee los comunicados […] y me cuenta las luchas que desde tiempos muy antiguos entablaron los indígenas y la forma en que los han despreciado, desaparecido y explotado […]

Él mismo ha guardado los periódicos desde el dos de enero –porque el primero no hubo- , porque dice que el día de mañana van a servirme para hacer un trabajo universitario.

Pobre.

Ahí sí está muy equivocado porque yo lo último que quiero es ir a la universidad.

Hay entonces, un entrecruzamiento, también, entre la ruptura del futuro trazado desde el statu quo. Por un lado otrora subalternos : los hermanos indígenas se asumen como sujetos y por ello capaces de cambiar el rumbo de la historia y el abanderado proclama su grito de rebeldía adolescente, no por ello menos importante, no por ello carente de peligro para la escuela y las autoridades.

El día del homenaje a la bandera dice el personaje:

[…] recordé un viejo sueño: dar El grito desde el Palacio Nacional […] grité sin pensarlo dos veces: ¡“Viva México”! De inmediato toda la escuela grito: “viva”, y entonces grité, más fuerte todavía, lo más fuerte que pude, lo primero que me vino a la cabeza: ¡Viva el subcomandante Marcos! Como si fuera uno solo, la escuela por completo gritó lo mismo: ¡Viva! 

La metamorfosis es impecable en el cuento que estamos comentando: Del sueño ubicado en un espacio oficial de la política: El Palacio Nacional hay un salto a un espacio también oficial, el gran cambio está en el significante y significado, pues gritar Viva México no tiene peligro, es un acto incluso aplaudido, gritar, empero, un viva a quien en 1994 era el gran enemigo de la “paz”, era un delito. La voz con toda la simbología que aglutina, es emitida, pero no todo lo que se grita será aceptado. Por ello la gran vigilancia y castigo (en términos de Foucault) se despliegan. En el caso del cuento nuestro niño héroe es expulsado de la escuela y colocado en un espacio de cautiverio mayor: una escuela privada.

“El abanderado” después de años vuelve a mí y se conjunta con aquella experiencia propia.

He dicho yo también quería escribir en 1994 del movimiento zapatista. Eusebio Ruvalcaba me enseñó con su cuento, que había muchas formas e historias, incluso fuera de la selva traspasadas por aquel movimiento que creímos nos devolvería las utopías.

 

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