Luis Alfaro Vega

Luis Alfaro Vega

Luis Alfaro Vega nació en Santa Bárbara de Heredia, Costa Rica, el 27 de abril de 1961. Es licenciado en sociología por la Universidad de Costa Rica (UCR). Ha publicado obras como «Poética de la muerte» (Editorial Oro y Barro, 1998), «Libo» (Ediciones Colección Acosta, 2000), «Cabálicas» (Ediciones del Valle, 2006) y «Luces y sombras de otro tiempo» (Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense, 2009). Su novela «Los tristes pájaros del parque»» fue publicada por Ediciones Oblicuas de Barcelona en 2018. En 2019 la Editorial Montemira publicó su novela «El legado». 

NOTAS SOBRE LA POÉTICA

DE HOMENIC FUENTES

Luis Alfaro Vega

 

En su libro Dialéctica de Job, el poeta alza la temperatura de su voz para referirse a ese tránsito de inquietudes atemporales: los seres humanos reclamándole a Dios por las vicisitudes que no discurren según su ansia y temperamento. Y para ello recupera la paradoja del emblemático personaje bíblico, el patriarca Job, justo y noble por antonomasia, y que, sin mediar motivo, fue vilipendiado y despojado de todo su peculio material, incluso de los patrimonios del ámbito sentimental: su propia familia.

El libro se decanta en una dirección de acciones convergentes en la historia: enfrentar con ímpetu el horror de un dolor que devasta, enconosa espina que zurea en lo más abierto de la herida, esponjándola, inoculándole el veneno que la pudra. Y todo ello, el castigo, el despojo, sin que medie justificación.

Homenic Fuentes plantea la punzante epopeya con versos descarnados, de hondo devenir amargo en la urdimbre de hilvanar conceptos de reprobación frente a lo recibido:

Soy el Job errante dentro de los abismos

que tus manos construyeron.

 

Homenic Fuentes, con sus versos de doloroso aliento, bosqueja intensidad en la ruptura, esbozando crudos y amargos planteamientos de humano devenir, imprimiéndole fuerza a la voz de su poética, colocado a ras de suelo, manoteando mientras se observa sangrante en el espejo, pregunta:

 

¿Quién soy en verdad bajo tu látigo?

Y en otro poema:

¿Debo pedir perdón por los horrores

/que has propiciado contra mí?

 

La intención del libro Dialéctica de Job propende a una vibración continuada, un adherirse a la ácida amargura expuesta por Job, aquel respetado hombre, ecuánime y manso del Viejo Testamento, que se atrevió, en atención a los acontecimientos que sufrió en carne propia, de desvalijamiento e indecible desconsuelo, a cuestionar el discurrir de su vida frente a Dios, dador e infalible esencia de lo creado.

Sin dar oportunidad a una recomposición anímica que restablezca una cierta normalidad entre el Creador y su criatura, haciendo gala de una postura de firme garbo, en tono desafiante, el poeta plantea:

Aquí me quedaré en la rapiña

que has traído a mi alrededor.

 

El ser humano está en el paraíso que Dios creó, y dándose cuenta de que tiene conciencia de su rol de individuo creado, y estando disconforme con las circunstancias en la que está inmerso, y más, no solamente disconforme, sino enojado por el ritmo y lógica de la naturaleza que lo envuelve, un ritmo de agónicos días que lo aprisionan, y una naturaleza que no corresponde a la norma implícita de recibir según lo actuado, lanza el grito de desacuerdo al cielo, son cuestionamientos que circunscriben, en su filosa trama, una gravísima respuesta, un vestigio de réplica, exposición de elementos tácitos que se pretende que se tomen en cuenta. Con incontrolada furia se desgarra las vestiduras y con encono se revuelca en el polvo, exponiendo no sólo desacuerdo, sino confusión:

 

Quizá vivo una realidad inversa

el dolor es mi Dios.

 

Y más:

Solo me arrastré como río de aguas negras

/fuera del Edén.

 

Altisonantes versos con los que el poeta chilla su dolor, contundente en su decir, portentoso en la descripción de una angustia fáctica que le crea un conflicto. Situado en el umbral de una exégesis recóndita, sin contemplaciones ni ambigüedades en su tendencia y formulación, pregunta:

 

¿Me condenas para justificarte?

 

Homenic Fuentes, en su turbado delirio de creador de imágenes referidas a la inasible relación entre Dios y los seres humanos, reconoce, haciendo referencia a símbolos de una trascendencia metafísica, y por encima de la barrera del sufrimiento físico, que:

La filosofía y la poética están lejos de mí.

Hágase la luz.

Y me cubrí de pus.

 

Y otro verso:

 

Las cenizas de mis huesos es tu divertimento.

 

Humanizando el sueño de una relación directa con el Omnipotente, el poeta, con versos de doméstico contenido, imágenes que incorporan una lucidez en hálito familiar, objetivando la referencia básica entre padre e hijo, expone, con resonante eco:

Fui huérfano en el seno de tu aliento

recibí látigo en vez de besos.

 

Es la de Homenic Fuentes una voz en absoluta soledad, un desgarrador pálpito en la región de la memoria, entrecortado decir sin posibilidad de reivindicación. El poeta intuye, y así lo plantea, que, por norma constitutiva de ocultamiento del Creador, sus inquietudes no arribarán al estrado divino, y por eso, condesolado y desesperado albur, lanza el conjuro:

¿Por qué la osadía de escribir tu nombre

con mi propio vómito?

 

Y también, en el mismo sentido de dirección:

…donde el único líquido es el mugir

de la carne desahuciada.

 

Y suma, asimismo, con el resuello más iracundo, referenciado de angustia y sobre todo de impotencia:

Solo puedo escuchar la risa de

tu adversario.

 

Frente a la impotencia de no encontrar salida a la proterva realidad que enfrenta, ni alivio a las reabiertas cicatrices que supuran, recurre el poeta a la intensidad que no permite reconciliación, grita, procurando poner en el desahogo todo el dolor de que es capaz, grito-chillido suplicando que se cierre ya la noche por completo, que caiga el último vestigio de la ruina, que se acabe de golpe la tórrida hora de la existencia:

Deseo el sepulcro y me lo niegas.

Y agrega:

Bebe mi maldad de un sorbo

y dame la tumba como rescate.

 

En el poemario es común, asimismo, colisionar con versos de auto inculpación, excitación sucesiva de juzgarse maldito, indigno de la nutricia luz que se despliega por fuera de sus razones, de su concepción del yo frente a la realidad:

Pésame en mi maldad

y sólo encontrarás

la integridad del mal

que habita en mí.

 

Y suma:

Huyo sin que me persigas

me oculto sin que tu mirada esté sobre mí.

 

A pesar de lo anterior, acontece a lo largo del poemario Dialéctica de Job, una altruista conexión de ímpetus, e incluso, tras la desastrosa experiencia, circulaun soplo propicio para la sobrevivencia, un expuesto júbilo, mínimo y endeble, pero sincero y esperanzador. Un genuino hilo que conduce al lector a degustar un fidedigno rejuvenecimiento, válido suspiro para recobrar fuerzas, ámbito de la resiliencia:

La ira y los terrores me han hecho fuerte.

Conjuntamente:

No contenderé más:

eres el misericordioso

el tres veces santo.

 

El libro de poesía Dialéctica de Job, del poeta mexicano Homenic Fuentes es una aportación sincera y valiosa que suma a la interminable carrera que emprendimos los seres humanos por encontrar respuestas, escenario de acción en el que, con la entraña expuesta, hacemos uso de la razón para intentar comprender qué situaciones trascendentes nos habitan, quién o qué está antes y/o después de nosotros mismos.

Es un libro inquietante, referido a una temática que no pierde vigencia, porque, aunque está escrito en referencia al patriarca Job del Antiguo Testamento,historia acontecida miles de años atrás, la trama que expone se ancla en la realidad del homo sapiens de todos los tiempos, alude a la íntima inquietud de saber quiénes somos.

Luis Alfaro Vega

Costarricense. Autor de los libros:

Poética de la muerte, poesía.

LIBO, poesía.

Luces y sombras de otro tiempo, relatos.

Los tristes pájaros del parque, novela.

El legado, novela.

El mundo es un instrumento musical, poesía.

 

Martes, 05 Enero 2021 17:54

LOS ROSTROS DEL CRUCIFICADO

…SOMOS TODOS

                Por Roberto López Moreno               

 

Con el rostro transido por interminables fatigas, materia por el sufrimiento burilada, materia para campos de dolor y tragedia henchida, con una humildad murmuradora de silencios, con silencios que de tragedias cuando toman la voz, lo vi subir al metro de la ciudad de México. Su amargo facial lastimaba el aire circundante, toda la visión que daba era como para adorarse en campañas navideñas, viendo, a éstas, como la invitación a la generosidad entre los seres y junto, invitación a las buenas acciones.

Jamás pensé que pudiera ser Cristo reeditado o algún Cristo que había perdido la dirección en barullos decembrinos o que habíase extraviado en medio de los desconciertos pandémicos.

Lo vi como solicitando a alguien que le brindara apoyo. Fue por eso que me acerqué a preguntarle en qué le podía auxiliar. Me miró sereno todo él y me confió que tenía cita con el poeta Luis Alfaro Vega. Le respondí que siguiera como iba y que descendiera en la estación Costa Rica.

Ahora veo que cumplió puntual con la cita y desde Costa Rica me llegan trece rostros que “aspiran a un acercamiento franco, sencillo y directo con la cotidianidad de los seres humanos”.

 El poeta se manifiesta ahora en los terrenos de la plástica. Muestra que dibuja y pinta aquellos rostros, trece ellos y un solo Cristo verdadero, no buscando la aprobación del crítico sino buscando, sí, la comunión con los seres que están más por la ternura que por el formalismo. El poeta, ya como artista plástico trata de seguir siendo muy él y lo es en sus trece golpes bajo el cielo.

Las alteraciones en los rasgos faciales en el varío expuesto es movimiento, ayudan a dar con la expresión de la tragedia de la historia desde el genuino asombro del que pinta. Qué manera de tocar lo humano con las alianzas de la emoción y el talento. Las deformidades en el plano hacen que, ahí, enfrente, esté el hombre, cumpliendo sin rebuscamientos, los horarios que le corresponden en la Tierra.

Las vicisitudes de nuestro tiempo están en esos rostros que son el rostro. El hombre con sus desgarramientos reflejados en la cara materializa una dinámica de tragedia que es pan cotidiano para el ojo que habla, de eso y más está redondeada la pupila del artista, pueblo es y en pueblo se convertirá. Y así se pone a sumar caras, trece son, trece están siendo.

Puesto a meditar frente a los trece rostros diré junto al escriba de tal tinta: “el océano divino somos todos”

 

 

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LOS ROSTROS DEL CRUCIFICADO

Luis Alfaro Vega

 

Con estos rostros he intentado un acercamiento jubilosamente humano al susurro espiritual por antonomasia de la fe cristiana: El Hijo de Dios. No es una propuesta con la intención de multiplicar la fe, o de estrecharla, esas lides pertenecen al ámbito más íntimo de los individuos. Estos dibujos-pinturas, bordeando el límite y arrojo de la tradición del crucificado, aspiran a un acercamiento franco, sencillo y directo con la cotidianidad de los seres humanos.

Las formas no son alegorías acabadas, los colores no están en disposición de un equilibrio estético. Son unidades al margen de la perfección artística, conciernen al perímetro de la recreación, o mejor, de la interpretación subjetiva que realiza el ejecutante. Es decir, están barruntados del compendio anímico de aquel que observa el paisaje con ojos de asombro, y se atreve a intentar una reproducción, necesariamente personal, pero cercana al arrastre de convenciones y colores que lo impresionan.

He procurado el acomodo tenso de las formas de los rostros, intentando una disposición física y anímica en un plano no acabado, incluso difuso, y hasta deforme, pero que guíe hacia la postura original de un breviario humano, el estruendo matriz que nos define: estallido de homo sapiens sapiens enfrentando la vida.

La mayoría de los rostros muestran un viento ajeno a la antropológica felicidad que se nos narra como aspiración suprema, una cadencia diferente a la utopía de la idílica belleza a la que se nos incita a aspirar. En su lugar, los perfiles evidencian una mustia hendidura en las expresiones, un opacamiento en los gestos, un defraudado brillo en los ojos, una confusión enmascarada de normalidad. Miradas que, en el ejercicio de sus intrínsecas convulsiones, despojadas del júbilo de las mundanas pretensiones, acicalan una tristeza y un dolor venido desde lo más hondo.

El empeño de estos rostros es poner de relieve la plataforma humana a ras de suelo, el escenario colectivo de un hábitat moderno en el que la fraternidad es un bien esquivo, una modernidad tecnológica en la que se nos impone el individualismo como magnánima, invulnerable estrategia para la sobrevivencia.

He procurado expresar con estas imágenes que la llama espiritual que no cesa no está allá afuera, perdida en las tinieblas de la eternidad, en el fondo subjetivo de otro cielo, sino aquí, en la única célula humana que habita nuestro mundo, en la multitudinaria colmena de individuos conformada por siete mil millones de almas. El océano divino somos todos, todos, aunque unos estén naufragando en el oleaje de la miseria y el dolor infrahumano, y otros estés en la parte alta del estrado, usufructuando.

Estos rostros intentan ser una huella de la historia que somos, mostrar con esos gestos descompuestos, y con esas profusas lágrimas, el entramado de relaciones entre los seres humanos, un relacionamiento que nos ha conducido a un pantano, donde reina la incertidumbre y el temor, donde el aire limpio y funcional es escaso porque, en el desmedido afán de acumular bienes materiales y desarrollar sofisticadas tecnologías, estamos destruyendo la única parcela fértil a nuestro alcance: el planeta Tierra.

Los rostros tienen aberturas por donde se fuga la esperanza de una hermandad ecuménica, vértigos en el argumento de sus mohines, roturas propias de un frío interno no resuelto, y lágrimas en abundancia, lúcidas lágrimas como evidencia de una zozobra que se impone.

Son rostros con una carga de emociones heladas, de despojo y desventura, aunque algunos, tropezando con una carga anímica distinta, muestran un pálido gozo, una elemental luz de beneplácito, la llaga benévola de una esperanza que se cuece en las entrañas, la ilusión de que es posible un aliento de gracia entre los seres humanos, el regodeo original de que es viable un entendimiento que nos hermane, en cómplice ejercicio de confraternidad, hacia la noción de que formamos parte indisoluble de la metáfora cristiana: que somos uno con el Hijo de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

Acercamiento al libro de poesía: Primer labio, de María José Mures

 

Luis Alfaro Vega

 

Las íntimas preocupaciones de María José Mures rondan en torno a ese sacudimiento de vida que denominamos amor. La diafanidad de sus palabras va en dirección certera, en riesgo y sumatoria de experiencias, hacia ese enigmático destino de los seres humanos, amarse, amarse a contrapelo de presencias y ausencias, coherencias y contradicciones entre dos entidades sensibles que, en la extravagancia y pluralidad de sus razonamientos, asumen impulsos hacia el signo que carnalmente deslumbra, y se añora, con los jugos de las entrañas y las inasibles arenas de los sueños.

            Primer labio es un canto al relampagueo y sorpresa de la forma del otro, la fiesta de la epidermis en su prestancia de veleidosas pomposidades. El cuerpo del ser amado, esa huella en ráfaga que arde de incertidumbres, que nos ata a la vez que nos liberta, transfigurándonos hacia sus eróticos alegatos e intestinas reconvenciones, paraíso en el que pretendemos estar con la unidad de todo el ser.

            Ella expone la inquietud, el destino y dirección de su empeño poético, con meridiana claridad:  

            en la piel están las caricias,

            las ternuras y humedades

            de tu reserva y la mía.

 

            Y en otro estamento de su poemario:

            Un golpe me abrocha

            a tu cuerpo un minuto

            zarandeándome en círculo.

 

            María José Mures ahonda la herencia de tantas voces que cantan el anverso y reverso de esa conquista humana que designamos, oh enigmático laberinto privado, como el amor. Sus versos se constituyen en una expuesta y bravía marea de sensualidad idealizada, un constante ir y venir por la fúlgida presencia del amado, en añorado complemento de belleza, en procura de la unión que rescate y columbre a la pareja hacia el jardín del íntimo gozo.

            En el devenir de Primer labio aparecen alocuciones a la ausencia, y cómo no, la comprometedora seducción entre dos se cristaliza, tanto con la contundencia de la cercanía física (palpos, sudores, perfumes, guiños), como con el desconcierto de la temporal ausencia, aquel abismo en el que perdemos el vigor del cuerpo amado a nuestro lado, y sucumbimos a la añoranza de su presencia, el plano inasible de los recuerdos: formas y colores que permitieron el encuentro de dos, que adornaron la doméstica fuga de los amantes, imágenes de gozosos desvaríos en la mente, idealizados instantes de abrazo y beso, de suma y resta en la superficie del otro. Remembranzas de íntimas sutilezas que tornan, saturándonos por dentro de un común jolgorio.

            Versos de hondo calado nos exponen el ardor de la reminiscencia:

            me inunda tu ausencia,

            Más adelante:

            quién soy sino tu tremendal ausencia,

            Y otra contundente, avivada referencia:

            Inefable y fasto amor

rico en ausencias

no tenerte se hizo canto.

 

            Y estos versos, de peregrino deleite filosófico:

            me alisto a ser víctima

            de la paz inmediata

            que traen las manos

            que nunca llegan.

 

            Primer labio es un sendero limpio y jubiloso de encadenados versos de temática personalísima, un acercamiento reflexivo al ancestral suceso de amar a la forma homónima adyacente. Se yergue como una condensación de perdurables instantes definidores, aquellos que, en su íntima nomenclatura, nos conducen a la desbordada frontera de lo más noble de los seres humanos: el incognoscible río del amor.

            María José Mures está en constante vértigo afectivo, en asumida tentación de palpar y ser palpada, dos que se convierten en recíproco habitáculo vehemente, habitados con desasosiego y querencia de esenciales virtudes, vertiendo en el trance toda la energía de los luminosos astros internos, para alcanzar, con ferocidad y ternura, la perfumada colmena…y allí guarecerse.

            En estas alturas, es un poema síntesis, de esos que ondulan, recogiendo con arrobo lo categorial expuesto. Es un poema emblemático, imperativo de la sincera y trenzada capacidad expresiva de la autora:

            Estás cansado,

            sabes a mar

            llamas por la piel

            y te abro

            hoceas entre mis senos

            y te abrazo como crápula.

 

            Desplacémonos líneas adentro en este libro, la experiencia será placentera, acontecen latencias de erótica obstinación, insólitas texturas para el regodeo de los sentidos, pero también silencios, callados instantes para el pensamiento. Poesía desde, para y con el amor, en navegación libre, mar adentro, cada vez más adentro, ansiando y alcanzando las vicisitudes del violento oleaje, pero también, la fortificante calma que sucede al aluvión del radical ajetreo.

                                                                                              Diciembre de 2019

 

Atisbos sobre la obra poética de Roberto López Moreno

   Luis Alfaro Vega

 

“El lenguaje esconde y a la vez revela el carácter de los hombres.”

                                                                                              (Catón, Dísticos 4,20)

 

 

 

 

 

Contenido:

                                                                                                          Pág.

Atisbos sobre la obra poética de Roberto López Moreno

Aspectos generales………………………………………………  2

Alusiones al libro: Manco y loco, ¡arde! ………………………  13


 

ASPECTOS GENERALES

 

Del abanico de expresiones artísticas del ser latinoamericano nace y se desarrolla la obra poética de Roberto López Moreno. Su abordaje de la palabra escrita convoca y suscita sensaciones y saberes que vienen de la pintura, de la escultura, de la danza, de la música, y por supuesto, de la literatura.

En el devenir de su magia creadora engulle, como un gozoso embudo, los suspiros, las formas, los decires, los ensueños, los haceres, de la experiencia del habitante ancestral de estas luminosas tierras, de las que extrae, resaltando y enriqueciendo los pormenores básicos, aquellos íntimos y cabales, que solazan nuestra identidad.

La obra poética de Roberto López Moreno transpira humanidad. Posee la argucia poderosa del don creativo: nuevas palabras, recreación inédita de las imágenes interiores y exteriores del yo poeta. Su obra no está bajo el prisma de un modelo doctrinario, no responde a límites paradigmáticos establecidos, su faena literaria, que es multitemática, multifónica, articula desarticulando a la vez que desarticula articulando los aspectos esenciales del quehacer humano, fertilización del espíritu del hombre de todos los tiempos.

Su poética vibra mostrándonos la enramada de una cosmovisión que, aunque es suya, original, contiene la savia de una raza antiquísima, de la cual su ontología se nutre, de la que aprovecha, como materia prima: la intuición, los sentimientos, la consciencia de ser y estar en un instante y espacio determinados.

 

Roberto López Moreno sopesa los apuntes culturalmente establecidos, observa, considera, compara, propone, su pluma no se queda en superficialidades, va a la entraña, remueve límites, abarcando y perturbando con una poética imaginativa y peculiar.

De la impronta sutil del alba, de la furia lumínica del mediodía, del vértigo de la noche desentierra las imágenes que se cuecen en el ardor de su privilegiada memoria, una memoria que abarca los desgarradores gritos de una población que avanza a tumbos en un tiempo de multifacéticas zozobras, pero que también abriga larguísimos silencios que incuban esperanzas, rumorosos silencios apretados de benévolas vivencias, silencios que el alma, con su vector de terquedad fertiliza, porque es su albur, porque es lo que dicta la retentiva anímica que circula en la sangre.

En su libro Morada del colibrí expone:

La tierra es sabia. Sobre su piel prehistórica

            el alma es su fuerza vertical, su poder alzándose,

            voltio convertido en concepto.

 

Habitante de un tráfago antropológico único, templa desde su palabra la magnánima iconografía de una vitalidad social que se resiste-creando, que crea-resistiendo, que sueña con un porvenir forjado desde el propio vientre, con las lágrimas y el jugo esencial que le corre por las venas.

En la poesía de Roberto López Moreno, su yo, como sujeto social, está de cuerpo presente, no se escurre, ni vacila al afrontar los fenómenos. El tonelaje de sus poemas es su circunstancia inmediata, elementos cercanos que la hacienda de su cerebro ha procesado para ser, estar, denunciar, proponer, con conocimiento crítico, en un momento y un lugar específicos.

Diversidad de ajustes y desajustes, lugar para el desaliento agrio por la desigualdad material (desequilibrio histórico en detrimento de los que arañan la tierra, los que, en disposición natural, están más cerca de ella), lugar para las manifestaciones, acciones a fondo para dar sentido a la huerta, para que su belleza esté en producción y reproducción de su sentido vegetal y cultural.

En una concepción amplia, la poesía de López Moreno es un efluvio histórico haciendo crónica de los diversos modos y variantes del discurrir del homo sapiens, la unidad como sujeto histórico cualitativo y determinante.

Leamos estos versos del libro Ábrara:

            Nos ha tocado ser la fuente de los iniciantes,

            los primeros constructores sobre el tiempo nuevo.

            Y aquí estamos, ya, ahora,

            con nuestra vida, nuestros muertos,

            dos mil golpes de sangre hacia adelante

            en renovación del fuego,

            en el ascenso a su radiante cúspide.

 

Frente al devenir del desequilibrado mundo, Roberto López Moreno propone el paraíso de la tierra, las respuestas francas, de caligrafía humana, que desde allí se encarnan. No pretende con su poética otra cosa sino cumplir con su cuota existencial, llegar al punto de partida, los versos para decir el origen, espacio y tiempo de una circunstancia humana desde abajo, en colocación trascendente, aunque por lo común, históricamente marginada, pero central y primaria.

Versos del libro Morada del Colibrí:

            soy el amor, la libertad, el hombre.

            Soy esta voz que está creciendo.

            Me llamo Siqueiros, Demetrio el ferrocarrilero,

            José Revueltas me llamo. Me llamo el mundo.

            Donde hay un hombre preso yo estoy preso.

 

            Sin pretender asumirse como salvador, pero sí en la intención de formar parte –como ineludiblemente, constitutivamente forma parte–, el poeta se suma a la vorágine del desgarramiento colectivo en busca de equidad.

En el libro Morada del colibrí avisa:

            Yo soy mi casa, soy su madera, su alegría.

            Mi casa habla, busca la música para tocar las cosas.

            Son muchos los muertos que han crecido la loma que mi casa habita

            –cal recia es la de los muertos–

            esta loma ha crecido tanto, tanto,

que mi casa casi roza las estrellas.

 

El dolor está presente en su percepción de mundo, al poeta lo desgarra la impar distribución de los bienes materiales, la circunstancia aparentemente normal de que algunos tengan qué comer y otros no. La impotencia se agita en su mente de homo sapiens cuya vertebración psíquica trasciende el ego, consciencia que asume que el yo está en destino de lo colectivo.

Roberto López Moreno nos llama la atención sobre lo que sucede dentro de la cerca, en lo inmediato, en su amado México, que también es el mundo, en los cuerpos y en las mentes de los que allí están, con el corazón ardiendo, vertebrando un fuego de panal, la esperanza de un por-venir, una pradera florida en la quepamos todos.

A contrapelo de sociológicas modas ideológico-partidarias, en que aparecen máscaras socialdemócratas, socialcristrianas, ecologistas, humanistas, para ocultar los fines particulares que persiguen, el poeta se asume de cuerpo presente en la transversalidad de la historia.

En Morada del colibrí confiesa:

            Yo estuve preso en la penitenciaría de México

            y sólo por dolerme de los días,

            de la ceniza amarga de donde brotan las heridas de mi patria,

            del motín adolescente incubado en el vacío de los derechos ciudadanos.

 

El poeta sabe que el prójimo, ese individuo que modela la historia, está presente en todos los caminos, en todas las horas del vertiginoso recorrido. Su animalidad orgánica está presente, no hay niebla, hielo o fuego que lo extinga, el líquido sólido de su carne se yergue por sobre emperadores, reyes, presidentes. Allí está el campesino, el obrero, el cantor.

Las cardinales preferencias del poeta, están en íntima relación con la axiología rural, derivación del alma en trascendencia campesina, sesgo primitivo y puro, consubstancial con una realidad que modela el mundo.

En sus libros deviene la templanza, en explanación coincidente con la literatura, de solazarse con la música, vibración armónica que recorre las distancias, que se cuaja en el alma multiplicando ternuras y deseos genéticos en la sangre. La música es uno de sus bastiones, pedestal del que parte a la periferia, y al que retorna porque forma parte consustancial con su ser. La música, agitación agraciada del Cosmos, códigos sublimes para el desahogo, pero también para la denuncia, imágenes desdobladas con una misma sombra, elementos vivos que ostentan sus versos, de bandera altruista.

El pensamiento expuesto, con su carga de sentimientos, es en referencia creadora de elementos cercanos, asumidos y puestos a disposición desde su sensibilidad en atributo humano, con toda la licencia de germinación y término, que en este espacio y tiempo confluyen. Roberto López Moreno realiza constantemente evocaciones a la gestación, transmutación de flora y fauna cercana a los sentidos: porosidades, tonalidades, musicalidad atrapada en la memoria, que continuamente deslumbra, y es referencia ineludible en el oficio de escritor.

La ola masiva de los poetas contemporáneos incursiona en una voluntad creativa liviana, muy personalista y en muchos casos abstracta, en una dirección de razones que lindan con lo metafísico, construcción metafórica de íntimas señalizaciones, principios de espejo y neblina. Roberto López Moreno no, él va al fondo con el color de la cultura popular, sin eludir los fenómenos de nomenclatura ideológica. Él asume y muestra la corriente social de frente, sin ambages, y en ese escaque insiste, porque es el equilibrio de su espíritu, el sujeto histórico categorial: el núcleo social.

En Morada del colibrí:

La carne empieza a levantarse,

como espuma de la tierra.

Es nuestra herencia una red de agujeros

—circular visión de los vencidos—

pero también la guacamaya invidente

granjeándose los ojos, la lengua.

Ahora nos levantamos

vino rojo, refugio, salitre, ventanas a pique,

ligaduras tremoladas, los albores y la camaradería.

 

La multifacética corriente de su poética señala diversas vertientes temáticas, una de ellas, marginal si se quiere, pero en indispensable contingencia, es Dios, la relación Hombre-Dios. Esa relación no es para el poeta un bosquejo categorial inamovible, por eso nos invita a imaginar despliegues de reacomodo y hasta de ruptura. Nos invita a escuchar la música que tintinea en la sangre, sugiriéndonos más inventiva en relación al tema de lo divino, propendiendo más a una relación mancomunada, antes que impositiva o excluyente.

En el libro Ábrara pregunta:

¿Y si volviendo a nombrar las cosas

fundamos de nuevo el mundo?

¿En qué punto de la novedosa relación

habremos de colocar a Dios

si es que va a existir otra vez entre nosotros?,

¿en el aire del ave?,

en las válvulas y pistones del movimiento?,

¿en el sexo de la flor?,

¿en la erecta furia de la llama?,

¿en la impaciente espera del polvo?

¿En dónde -oh, duda- para hacerlo

cumplirnos su servicio?

 

Este poeta de poros abiertos, habitante atento y perspicaz de esta furia natural, nos lleva, sobre un ala bucólica multicolor, a conmovernos de regocijo ante el variopinto paisaje que siempre ha estado ahí, y que nosotros, ciegos en el abismo de una impuesta enajenación, hemos ignorado.

Roberto López Moreno sustancia una mirada valiente del ser latinoamericano, desnudándolo de cuerpo entero, colocándolo frente a sí mismo, para que, dejando en el intrincado pasado los protervos ludibrios, vislumbre y se apropie del escenario social que merece.

El poeta alude, en un juego dialéctico particular de su pluma, a las estrategias culturales y los paradigmas mecánicamente impuestos. Es la suya una denuncia permanente de la falsa materia de origen de la sociedad. Es su brega la propuesta de cotizar una categoría sociológica más cercana al hombre, más inmediata en su devenir de fraternizar lo inmediato disponible.

En sus libros, de vertiente diversa —poesía, narrativa, ensayo— el poeta se mueve en el asunto cardinal de trascender los reflejos que empañan la esencia de los seres humanos, y así, con una desinhibida empuñadura anímica y conceptual, alcanzar el fondo de lo que somos, la esencia de lo eminente que nos define, pero que, por inopia de individuos conducidos a la miseria material, estadio en el que apenas sobrevivimos, o por una conducción educativa que nos enajena, se nos escapa. Quedando siempre al margen de nosotros mismos, siempre a la orilla, inhabilitados para alcanzar y presentar el máximo potencial.

En el libro Décimas Lezámicas expone:

HARAPOS de medio tono

calcinado en buganvilias,

enhebradas hemofilias

abonan ardiente abono.

Con las voces del encono

pradera sobre pradera

revisa la sombra austera

desde el amargo segmento,

lumpen redescubrimiento

en cada llama primera.

 

López Moreno nos pone en guardia del devenir histórico, con su rica didáctica señala los hilos de conducción de la plataforma ideológica dominante, ese palpitante monstruo que, con todos los mecanismos tecnológicos a su haber —cine, televisión, periódicos, internet— nos lanza al fondo de la historia, sustrayéndonos la savia de la fraternidad humana, imponiéndonos un articulado corpus de antivalores, caracterizado por el individualismo. Ese proceso continuado de desenriquecimiento de los sentidos, de adormecimiento del vivo barro del alma que nos va tornando en seres pasivos y dispersos.

El poeta desarrolla lo categorial del ser humano, activa y expone, con imágenes poéticas, el enigma de la existencia que está en la sangre y en los huesos, la cuestión de origen de que somos sujetos de la historia, que la historia somos nosotros.

La literatura de Roberto López Moreno resuma criterios de hondo sentir amistoso, entrañable. Es la suya una tendencia poética que propende a la libertad de pensamiento, pero una libertad concatenada en beneficio del ser humano. Él, en su poesía y en su prosa abre puentes con la filosofía, la psicología, la sociología, la historia.

En Ábrara expone:

Niño

que empezaste a envejecer antes de tu nacimiento,

no sufras esa lápida,

dale las gracias al ábrara

porque en ella volverás

a niño antes del niño,

tornarás a nacer en los segundos

antes de tu alumbramiento,

no sufras esa lápida,

el ábrara la habrá de levantar en vilo.

 

Poeta esencialmente, asume de frente la efeméride de la vida, sabiéndose organismo que huele y roza, que llora y canta, en identidad biunívoca con el medio, en exhalación consciente frente a los seres humanos, la sociedad, sus asuntos, sueños, frustraciones.

Sin rebuscamientos, desnudando la realidad en su histórico goteo, el poeta traza su verdad, una verdad inmediata y franca, como la verdad de los primeros poetas chinos, o la poesía de los núcleos indígenas, que deviene estricta y directa, estructurando, con el difícil esquema de la síntesis, un pensamiento sin ambages.

Veamos esta estampa en el libro Décimas Lezámicas, referida a lo cotidiano del hogar, la cocina:

Entra el sol a la cocina

y con su cuchillo de oro

rebana luz poro a poro,

la madera de la harina,

el alcohol sobre una esquina,

el aceite entreverado,

el vapor aceitunado,

el aullido del vinagre,

el diente necio del bagre

y su salero dorado.

 

El poeta se abastece de la policromía del entorno, hace referencia a ella, la usa, así para tensar sucesos personales, como para formular contingencias colectivas. Conoce a fondo la atmósfera del ser mexicano que lo rodea, y con ese rico andamiaje cultural referencia a los seres humanos en la multiplicidad de pensamientos y actitudes. El abanico de elementos de los que hace crónica es amplio, variaciones de la materia que le llega al olfato, al gusto, a la vista, al oído, al tacto: polvo con colores, epidermis en cosquilleo, barro con sonidos, la constituyente del alma modelada desde allí. 

El horizonte del poeta decanta una psicología de escenario multifacético, principio de identidad donde se encuentran los datos de su poética, enorme corral donde la fenomenología lírica transcurre, compleja vastedad orgánica, distendido territorio en cantidad suficiente para abastecer el alma, para vertebrar su esencia, en continuo descubrimiento y asombro, fundando, como acción-reacción, en expedición conjunta, un complejo teorema poético. El ser humano está en el centro de su discurso, es la razón básica que discurre en su poesía: el vuelo íntimo, afectuoso, de apegamiento a los impulsos de la sangre, y el grito seco, de contenido sociológico, en cognición de la dimensión colectiva.


 

ALUSIONES AL LIBRO:

Manco y loco, ¡arde! La historia que no se ha escrito

 

            La particularidad de este libro radica en que colisiona con un tema conocido: el universo del libro insignia de la lengua española, Don Quijote de la Mancha, y de su emblemático autor, Miguel de Cervantes Saavedra, pero desde una alquimia verbal y expositiva de singular originalidad.

El autor nos conduce a rememorar personajes y pasajes de la inmortal novela, desde un enfoque alucinante, mostrándonos, que lo que antes nos pareció obvio, posee una energía adicional, una potencia de impulsos, pensamientos, sentimientos y valores que antes nos determinamos.

            Porque, a fin de cuentas, en el lento tránsito de los siglos, esta novela es:

la luz de toda sombra establecida.

            Manco y loco, ¡arde! es un libro de poesía cargado de un imperativo estructural, la noción de que ese personaje de indumentaria sencilla y abollada que recorre los caminos desfaciendo entuertos, posee una carga de contenido antropológico, el hecho incuestionable de que incorpora en su visión al ser humano en general, en su aliento y en su desaliento de todo tiempo.

Manco y loco, ¡arde!, es una exacerbación de la humanidad a partir de la exaltación de la obra de Cervantes. En ella están contenidos los portentos del homo sapiens: las más bajas y las más altas erupciones del espíritu. Las concepciones todas están allí, el abanico de las relaciones humanas deviene completo: miserias, egoísmos, altruismos, utopías, locuras. Roberto López Moreno sustancia el fondo sin adulterar los personajes. Con humor, a veces con ironía, entresaca apuntes en ejercicio de nuevos sentidos, mostrándonos que la magnánima obra sigue viva.

            Así transcurre el libro, conduciéndonos a una valoración distinta de los mismos hechos, mostrándonos el paisaje que antes leímos, pero en una tormenta de adicionados elementos, enriquecidos de aristas conceptuales, filosóficas, pero también humorísticas, que aluden a lo sencillo humano, a lo pedestre de un momento histórico determinado.

Este libro es sin duda una de las cimas de su creación. Texto donde su intelecto queda al descubierto, donde sustancia su conciencia frente al mundo. Poemas que trazan razones y sin razones, recuperando las características primigenias y de trasfondo, de una de las torres más altas de la literatura universal: El Quijote. Desde diversos ángulos, con amplitud de personajes y perspectivas, nos muestra un punto de vista revelador, aportándonos datos, rumbos, intenciones que estaban y no percibíamos o que no estaban y él agrega con justicia y tino. 

Refiriéndose a Cervantes señala:

            Su cuna no era manca.

            Después lo iba a mordisquear la vida.

 

 

            Y es que, en aquel tiempo como en éste, la supremacía de unos individuos sobre otros y sus fatales contingencias devienen como dolorosa verdad, enconosa espina que continúa zureando en la herida más abierta del homo sapiens: el ego expresado en el deseo del poder, la preeminencia sobre el otro. Y esa fue precisamente la motivación señera del anciano flaco, caballeresco: salir al mundo a desfacer entuertos.

Y ese singular personaje, arropado de armadura, era un ser sensible, ardiendo soledades vertía su ímpetu justiciero en beneficio de la colmena. Pero, con tantas caídas y palizas, se hacía evidente un dejo de impotencia, la sospecha de que sus actos devienen insuficientes para enderezar el rumbo de los acontecimientos, por eso:

            desconsoladamente se sentó a llorar

            en una de las espirales del viento.

 

            Roberto López Moreno sabe que el paisaje anímico que se ventila en la imperecedera obra de Cervantes es una realidad inmediata, próxima y colmada de lo hondo del espíritu de los seres humanos. A pesar de los quinientos años de haber sido concebida, es una representación abarrotada de esas minucias anímicas que el paso del tiempo no modifica. Hechos y circunstancias que podrían escribirse en piedra.

 Las mujeres y los hombres se enamoran como acto repetido en todo tiempo. Don Quijote llegó a la venta e idealizó a la mujer que olía a ajo y a estiércol de corral. López Moreno aborda la utópica relación desde la óptica más inesperada, pone a Aldonza Lorenzo, con sombras de vanidad, a decir:

            Yo, Aldonza Lorenzo,

            enloquecí a aquel hombre.

            Entré Dulcinea en su cerebro,

            guié su brazo,

            su voluntad,

            la dirección endeble de su rienda.

            Sus hechos fui,

            el filo que desde él atravesaba el viento,

            la rotación del mundo

            sobre el local Toboso.

 

La información de que dispone don Quijote sobre la amada, es una nebulosa, dispositivos adyacentes, y no necesariamente sutiles o de seda, en supuesta armonía “clásica” con el tema, sino que, fiel a su atributo rústico, colisiona con elementos ásperos, en bruscos movimientos que él trueca en aluviones favorables a su ansia.

Enfoque original que lo delata, evidenciando un sentimiento tierno, en fondo poroso, sí, pero diciendo su sentir con imágenes cálidas, de reigambre respetuosa en lo referente a las mujeres.  

No solamente el rostro femenino en la venta del camino aparece en la novela de Cervantes, otras mujeres decantan su presencia, una de ellas la sobrina Isabel, y López Moreno no la deja de lado, de ella dice:

            mujer sin rostro y sin edad,

            que contiene la edad de las mujeres

           

Dios no está ausente en la obra de Miguel de Cervantes, y en su recreación del libro, López Moreno nos conduce a ese requiebro con una referencia y un giro particulares:

            En un atajo dio con Dios.

            Reclamó la ausencia de su brazo.

            ¡Ojo por brazo! gritó iracundo.

            Atacó a Dios, molino de molinos.

            Loa hizo cíclope de cíclopes.

            Bajó humildemente el punzón oxidado,

            sin sangre alguna en el mellado filo.

            Desde entonces

Dios anda tuerto por donde anda.

 

            Y más adelante, en otra original referencia, acota:

            Entonces Don Quijote buscó a Dios;

            ya eran tres

            en el océano oscuro:

            un manco lanza izada transparente,

            Don Quijote ardiendo soledades

            y la fiebre amarga de ambos

            asistida por Sancho

            el escudero.

 

            Sancho Panza es otro punto focal del discurso, López Moreno alude a este personaje en los siguientes términos:

            Sancho, tú,

            no envenenado por letras,

            vendado que tanto miras

            atado al destino de las ensoñaciones,

compañero de fatigas y apaleos,

 

Hay un elemento histórico que al poeta Roberto López Moreno le obsesiona, es la circunstancia de que Miguel de Cervantes Saavedra perdiera una mano. Múltiples son las referencias a este hecho singular, veamos algunas:

Tenía sólo una mano

para medir la vida.

Era inmensa tal mano.

           

En otro poema:

            el manco que a mi lado llora

            seca de mi rostro la escandalosa afrenta.

           

En otro:

            La fiebre empezó en la mano herida.

           

Una más:

            El manco nunca llega.

            Estaba desde siempre.

           

Otra:

            El entusiasmo del manco

            chisporrotea a dos manos.

           

Después:

            Yo, manco entre las sombras

            escribo este relincho

            en el que reconozco mi dolor

            como el dolor de todos.

           

            Y esta:

            Aquí yace un hombre.

            Perdió un brazo y lo rehízo en la batalla.

 

            Una más:

            con su única mano

            tocó la frente del universo.

 

Y no olvidemos el título del libro:

            Manco y loco, ¡arde!

 

Los poemas de este particular libro hacen referencia al rico universo humano que Miguel de Cervantes incluyó en su inmortal obra, donde no está exento el amor, la envidia, la ambición, la maldad, la benevolencia. Es decir, donde hay un acopio de los pormenores de los individuos que pisamos la esférica voluta que flota en el espacio, hogar de todos, canica espacial que llamamos Tierra.

Son hechos que, aunque estén ambientados en un momento histórico determinado, recogen, con fidedigna minuciosidad, los avatares del devenir del homo sapiens de todo tiempo.

 El poeta López Moreno, como nos sucede a algunos de los lectores comunes, se ve seducido por los intríngulis anímicos que se exponen en la novela, idealismos que colisionan con la realidad, primitivos anhelos de posesiones materiales fáciles (despojo de botines, soñadas ínsulas), que nos pintan desde adentro. Pero entre tanto anhelo, el anhelo de la justicia se yergue como una de las banderas cardinales, hilo conductor que guía al personaje principal con desesperación, sin claudicar en su afán, y que lo induce a emprender acciones en las que incluso expone la vida.

Otro tema que pende a lo largo del magnánimo texto es el de la locura, entusiasmos que vienen y van desde la locura. La locura, que es la cordura aludida desde su otra dimensión, la nube que permanece suspendida al lado del paisaje principal, en el otro primerísimo plano.

Los poemas de Manco y loco, ¡arde!, son poemas de seducción, de encanto y de desencanto por el accionar del individuo, yo, tú, él, todos, esa marea que va haciendo crecer la civilización, que va llenando de contenido las bibliotecas de la historia, que va dejando una huella en las arenas del tiempo.

Sin duda la obra de Miguel de Cervantes dibuja la civilización humana, iconografía de un ser vivo que es consciente de sí mismo. Aportándonos claves en simplicidad jocosa, el manco nos susurra al oído, que los seres humanos somos inagotables, una pasión aún por descubrir.

La eternidad de la novela de Cervantes es un hecho contundente, López Moreno lo justifica así:

El de larga lanza

velaba en sus silencios,

desde los futuros.

 

El autor de Manco y loco, ¡arde!, nos lleva a un rodeo por esa obra, para exponernos otros elementos, señales que él ha vislumbrado al lado, y atrás, que están ahí, en el inagotable trajinar de esos entrañables personajes de los que nos hemos enamorado. Emblemas de la historia.

 

                                                                                                          abril de 2020