Martes, 30 Enero 2018 07:21

De fúnebres gozos y otros esbozos… / Daniel Olivares Viniegra /

Escrito por
Valora este artículo
(1 Voto)

 

De fúnebres gozos y otros esbozos…

Daniel Olivares Viniegra

 

Quiere el cruce de coincidencias, que mientras preparo estas notas acudan a mi vista planteamientos que el deslumbrante esteta Enrique González Rojo Arthur presuntamente (y no hay por qué no creerle) desprende de sus diálogos con Heidegger, y que a la sazón rezan:

Tal vez fuera mejor tomar nuestra preñez de muerte por los cuernos y deshacernos de la cantimplora de espejismos que nuestra ilusa sed ha conformado. Quizás fuese mejor mirar de frente nuestro caer de bruces para morder el polvo y el olvido […] La manera de prepararse para morir [es…] aceptar que somos seres para muerte… criaturas que no eluden, ante cualquier herida, ser infectados por la idea del desenlace.

Así pues, nadie se muere en la víspera; pero sí en la avispera… Tal mi saludo para el gustoso desplante que sobre el saberse pleno, aquí en su presente, y de cierto modo (o del único modo posible) triunfante ante la inevitable sentencia de cualquier día de estos ya no ser más en este mundo, nos plantea Roberto Rosales mediante su más reciente poemario Fúnebre gozo. Bienvenidos a esta teorética de la muerte y de la desmuerte, orientada fundamentalmente por ese otro cósmico y predecible yin y yang del día y de la noche… presencia y ausencia en permanente danza siempre oscurecedora–iluminadora; juego de espejos entre la vida y la ¿muerte…? que nos propone el autor, sin saber bien a bien dónde queda el limbo, si no es que este mismo comienza y termina por ser la propia enunciación; la mera materia también etérea del comulgante lenguaje.

Acá Roberto habita su Comala personal, columpiándose siempre egóticamente en los cuernos de la luna, peleándose consigo mismo (ante todo) o contra todo lo intrascendente o perdulario de este mundanal engreimiento al que llamamos lo humano (“si yo fuera grande no me llamaría como usted”, de paso por alguna parte espeta). Y es desde esa perspectiva que entendemos su obsesión por no gastar (de más) las veladoras o velas que le sobran (y/o que le zozobran), quizá las remanentes de su enésimo pastel de cumpleaños; esas con las que sigue iluminando algunas de sus más emblemáticas amarguras o bien sus no tan escasas, pese al tono, evocadas alegrías.

Cual un “Canto a mí mismo” whitmaniano, pero sin su parafernalia panteísta (“no puedo confiar mi muerte a nadie, por eso escribo”)… también Rosales ejerce–oficia su cinismo… Un personalísimo culto, un idiosincrático discurso: el del des(en)canto, mismo que deviene todo un itinerario de sí que sin poder evitarlo (o a querer o no) coincide en ocasiones con la filosofía propia de otros grandes maestros que en esta esfera han sido (Confucio, Heráclito, Epicuro; Diógenes, particularmente, acotaría yo; Nezahualcóyotl o cualquiera que ustedes a su vez, de manera pertinente agreguen); todo ello sin que inevitablemente termine por remitir al muy nuestro y mortuorio sentido ¿patrio? de festejar –aunque en serio solo a veces– lo mismo nuestras penas que nuestras muy pueriles victorias, que es casi lo mismo que signar nuestras humanas miserias.

Estos y otros prolegómenos vienen a cuento para amparar tal teorética del autor, pero que él termina por resolver más desde la médula; es decir, desde la experiencia evocadora de lo vivido; de lo sensiblemente aprendido y aprehendido, aunque también de lo por irremediablemente fenecer.

Pese a ser este un poemario casi monotemático, sólo de algún modo denso y acumulativo, muy muy lejos se sitúa de la tenebra o del abrumador desgarro de los poetas malditos y de sus cansinos seguidores, pues por el contrario ofrece todo tipo de iluminaciones y certezas, y ello porque la proclama que recurrentemente lo anima es clara y contundente: “la función de la muerte es crear”. Por ello mismo esta serie de poemas configura una suerte de ensayo plagado de anécdotas alegóricas que aceptan también como ejercicio el leerse cual cortazariana rayuela, en cualquier desorden, cuyo resultado será una experiencia muy similar: asomarnos a un abismo irreversible donde hay algo más que serena aceptación, y aunque no plena alegría al menos goce entre tan seductores y corrosivos quiebros.

Cantos son entonces, éstos, los más, que contrastan con otros dulces trovadores de la desdicha (desde Jorge Manrique a Francisco de Quevedo; o más acá desde el peruano César Vallejo al chileno Mario Meléndez, pero sin la teosofía contracatólica de estos últimos; pasando por Jaime Sabines sin sus pesadas o pensadas angustias; o bien el suave y sonoro discurrir de Elías Nandino sobre esas diferenciadas superficies. Autores a los que evoca, y quizá hasta convoca, pero de los que también se aparta porque los suyos son más bien (o a veces) una serie de aforismos , cuando no certeras greguerías (“Yo mismo soy un pleonasmo”) o intencionales mantras (“la sombra es el cadáver de la luz/ la sombra es el cadáver, la sombra es…”), o a veces églogas o esbozos de haikúes largamente desdoblados (“quise adoptar un relámpago/ pero desconfié del trueno que lo acompaña”); sabiduría vivencial, natural, biológica, más producto de la experiencia acumulada y del tenaz y fluido ejercicio poético que de esotéricas creencias o de alardeadoras conflictuaciones poéticas.

Además de por su versátil métrica y musicalidad, y la muy notable y aparente facilidad con que el autor engarza todo tipo de imágenes y ambientaciones, afirmaría contundentemente que todo el material condensado en este libro es rescatable en sus honduras o en su propuestas lírico–filosóficas, si bien por deformación personal celebro mucho más la parte de algún modo experimental o “antipoética” (confróntese como máximo ejemplo su poema “Dios es un hipopótamo”); esto en conjunción con las reflexiones que sugieren redondas historias, con los iluminismos que conducen a la cómplice sonrisa, y hasta con los más conceptistas poemas–versos que rozan por supuesto el sarcasmo y la ironía. Desdeñado y aquí desdeñoso sentido del humor, muy propio del autor, que por pertinencia en este Fúnebre gozo, no amerita llegar a lo festivo, pero que no deja de ser humor (y del bueno) al fin.

Sabedor de que el tiempo que estaremos muertos será sin duda inconmensurablemente más largo que el que esteremos con vida, Roberto Rosales dota a aquel espacio (el de la muerte; en este entorno ambientada sin santo alguno ni desnudos y cachetones querubes) de un animismo incesante, si bien tan calmo y reflexivo como cada emoción lo merece; por ello inclusive nostalgia de amores y de deseos o de tiempos o momentos idos es (ésta) su muy esplendente y hasta seductora lápida.

Así una muerte holística, orgánica y del todo feliz es la tenaz oferta, que por lo demás resulta del todo gratuita. A deslizarnos por entre ese fúnebre gozo nos invita a cada momento el autor… sin atenuantes o desánimos entre tan prometida negrura. La luz por entre esa apenas bruma será la voz consciente que así también acepte la comunión con la verdad universal y con el yo interno de cada uno. La aspiración es conquistar si no en la vida quizá en la muerte el placer mayor: el Nirvana permanente, la paz y la alegría de los sepulcros. Tenga efecto entonces la extremaunción que directa o indirectamente nos dedica el autor: bendita sea la muerte que llega para siempre y se queda alegremente calma en nosotros (con nosotros y nosotros en ella). Requiescat in dolce e felice pace, per secúla seculorum. Amén.

***

Roberto Rosales, Fúnebre gozo, México, Editorial Catorce, 2017.

Visto 178 veces Modificado por última vez en Martes, 30 Enero 2018 07:45
Daniel Olivares Viniegra /

Daniel Olivares Viniegra

(Hidalgo, México, 1961). Es dos veces normalista y universitario. Académico y promotor de la cultura. 

Es autor, entre otros, de los libros Poeta en flor..., Sartal del tiempo, Arenas y Atar(de)sol. Colabora además en diversas revistas, ya formales, ya virtuales.

Premio Interamericano de Poesía, Navachiste 1995. Pertenece al Comité Editorial de la revista electrónica El Comité 1973 y es coeditor del proyecto Humo Sólido.

 

 

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.