ERIGONANCIAS

(Sobre Cánticos a Erígona de Jesús Gómez Morán)

Por Daniel Olivares Viniegra

 

 

… tras penetrar tu carne en forma alguna

me has hecho ver que es el desierto como

ese mar que aun sin agua igual inunda

JGM / Cánticos a Erígona

 

 

 

Partiendo de la nada velada intención de actualizar o desdoblar todavía, de muy diversas maneras, las posibilidades de un mito, en Canticos para Erígona, Jesús González Morán nos sitúa igualmente ante un ejercicio escritural de lo más musical y plástico al confrontar, convertir y revertir las ya escasísimas posibilidades de algunas formas y metros clásicos, como las que corresponden al soneto (preferente y celebradamente).

Da seguimiento a la fábula báquica a la que alude en el título… y, una y otra vez, en el interior de ese breve universo (ahora de otra forma constelado), ejerce su labor tanto de bardo profético como de oficiante filosofal, y nos conecta así con los elementos todos mientras reitera (nos recuerda) conceptos de suyo naturales y existenciales como la sed-pervivencia, goce y sufrimiento del amor, la brevedad de la vida y el consecuente goce del instante a que ello conmina.

 

de luz una hora hay al decir tu nombre

con la sílaba exacta de un silencio.

(“Manuscrito con tinta de luz”, p. 32)

 

Pero en lo que toca a lo lingüístico, pese a la optativa cárcel de la forma, el movimiento resulta las más de las veces mesurado, amén de, en todo momento, por igual mudable e incesante, pues como situados ante una joya hemos no solo de apreciar el compacto y presumiblemente valioso conjunto, sino valorar el genio (ingenio) que a ello condujo, y solazarnos con el milagro azaroso y plausible (o por encontrar todavía…) en cada deslumbrante destello o en toda infinita (apenas esbozada o vislumbrada) arista.

 

Cuando en mí tu pupila se coloca

un cálido destello

brota al oír mi nombre de tu boca,

a una estrella me enganchas

y te hace de luz sello,

pues incluso hasta el sol tiene sus manchas.

(“Madrigal”, p. 33)

 

Conscientemente sumado al río incesante de las genealogías y el discurso universal que de todas ellas anima, además de los clásicos grecolatinos, Jesús se yergue como heredero lo mismo del Rey Salomón que de Stéphane Mallarmé, Jorge Cuesta, Guillaume Apollinaire, Jorge Teillier, Jaime Torres Bodet, Carlos Marzal, Alí Chumacero, Heinrich Heine, Eliseo Diego, Javier Sicilia y Rubén Bonifaz Nuño, entre otros, a quienes brillantemente rinde homenaje. Tal mosaico de simbolismos y sinfonía de ecos y voces, dispuestos además en armonía son otros de los méritos que hay que celebrarle al autor.

Pero la búsqueda (y el rescate) de fondo, como decíamos, va muy más allá pues este conspicuo arqueólogo poético nos obliga también a poner bajo la lupa e inclusive al microscopio tanto algunas formas poéticas olvidadas (las casidas, por citar un ejemplo), como algunos términos, palabras, conceptos o significantes, a los que a su vez adapta según lo dicte, de aquellos, su superviviente maleabilidad o posibilidades de actualización… Así en un “Desideratum” respecto de la gesta de un salmón termina proponiendo:

 

Si ir pulsando la estrella de tu cérvix

dilató esta oval cámara de látex,

un pisar de uvas su uña vuelve un nártex,

que inscrito en la constelación de heptérix

guía tu oreja hipersensible al ápex

mientras su ala abre en nuestra sangre un fénix.

(“Desiderátum inscrito en modo de hápax”, p. 64)

 

En una fiesta de las evocaciones, los sentimientos y los sentidos, particularmente los de la vista, el gusto, el tacto y  los del oído, o mejor dicho del pleno goce de vivir pese a las inevitables espinas, devienen entonces estos agradecibles Cánticos a Erígona. Cantos del amor erótico, lo cual quiere decir de lo sacro y lo profano, todos ellos hápax inmenso e intenso, caballerescos y cortesanos cantos a la vida y a la seducción de los placeres, sobre todo los del entendimiento que terminan por ser pax animae en concordancia con memento mori y carpe diem… esto para continuar utilizando esta fraseología tan cara al autor, de quien retomamos también, para concluir, el siguiente gongorino lo mismo que quevediano fragmento:

 

¿Qué cielo bajo de cuál noche cubre

al conjunto de fotos que sin dato

de fecha brilla así en el firmamento?:

las leyes de la física alterando

fue ese azogue el lugar donde dos cuerpos

cubrieron con su unión el mismo espacio.

(“Flecha del tiempo versus flecha de espacio”, p.31)

 

***

Jesús Gómez Morán, Cánticos a Erígona, México Tenochtitlan, Agua Escondida Ediciones, 2018

(Colección Coyote Que Ayuna, Serie Poesía mexicana actual). Ilustraciones de Balbina Zamora Jaimez, Carina Macías y Doris Naranjo.

 

 

 

 

 

La levedad del instante

Homenic Fuentes

 

 

 

 

Desde el primer acercamiento se percibe en el universo poético de Hugo Garduño un movimiento constante, cierta turbiedad que, en cierto sentido, sugiere una relación con el tiempo. Sabiendo que la poesía está cimentada por la conciencia de la muerte, Reloj de arena* tiende a explicar la angustia existencial: el tiempo y su relación con la vida; la mirada puesta en el otro, con ese otro que es él mismo.

 

 

Con el mareo impúdico de los tragos diarios

           y la nerviosa abstracción de la hierba.

Con la mirada en blanco nos mirábamos

    sin saber hacia dónde nuestro camino iba.

 

Ahora por ahí ninguno anda.

Cada cual en su sitio ocupó su presente inevitable.

          La lástima surge por saber que de ninguno

                     su destino dio una mínima sorpresa.

No hubo quien se atreviera a dibujarlo

   

Ya lo que sucedió con cada cual no es relevante:

                                        

                                          Ya ni siquiera importa.

 

 

Adentrándonos en tal propuesta, podemos entender ese abundar en el trazo ajeno para ahondar en el propio. El poeta parece inclinado a la destrucción: lo íntimamente bello se aproxima al desbarrancadero de los instantes idos, donde el presente se convierte en despojo. Ahora sabe que es un extraño en el mundo. Ni su destino ni su deber están escritos en ninguna parte. Todo lo que existe es obra del tiempo y el azar y de su propia necesidad de trascender. Al final, hay también solamente un cuadro desesperanzado dentro del cual el poeta se percibe enfrascado en sus limitaciones. A él le toca escoger entre lanzar los dados o desoír el paradigma de un juego perdido.

 

 

¿Qué podrían haberme dicho?

todos esos ojos con los que mi mirada

se cruzaba a diario, porque compartíamos

                                  avatares semejantes

en una extensión corta de terreno

    donde nuestras risas provenían

de una libertad que llevábamos a tumbos.

La versión de algo que nunca estuvo bosquejado.

 

Dentro del reducto donde estuvimos juntos

donde en medio de tan todo poco

    buscábamos una extravagancia.

Que era el desoír al paradigma de los blandos.

Apenas arrancarle al margen una precaria rebeldía;

             aunque no sólo la marginación es destino:

la vista miope también arrincona.

Nadie adivina

ni ve más allá de lo que no puede.

 

En un juego de cartas, en un azar

el resultado no es exacto pero sí previsible

porque con poca apuesta nada cambia mucho.

                       

              Y nada se puede reclamar

           a esos que nunca saben a qué juegan.

 

 

En la poética de este autor podemos encontrar a un explorador de la vida íntima. La expresión de la condición humana es una forma de desnudez en que se manifiesta la palabra. Su integración en ese fondo solitario nos lleva a tener un enlace reflexivo entre autor y lector. Saberse estéril es lo que lleva al poeta a crear, esa es su condena y su galardón. No encaja en el engranaje del absolutismo, se niega cualquier aspiración a la perfección y la eternidad; esa es la respuesta al enigma de su soledad. Lo realmente bello no se encuentra en las manecillas del reloj, pues el tiempo mismo es un artefacto inútil que siempre nos aplasta cuando más creemos poseerlo.

 

 

Con una cuerda corta atada al cuello.

Amarre a lo simple y cotidiano de un encierro.

Con mil puertas ocultas, para ninguna hallarse;

no encontrar una sola, en un dudoso Eureka.

Con la imposibilidad de hacer algún recuento

hasta tener

                          los miembros dormidos ante esa parálisis.

 

Hasta ver en otro, la soterrada mutación;

                                   emboscada del tiempo.

 

Parecía que el tiempo estaba estacionado.

Porque así lo parece cuando éste es inútil.

  Sólo dentro de placer y dicha, sí se nota

        y duele que el tiempo pronto muera.

 

La uniformidad y lo estéril

son losas que casi sin sentir se cargan.

Y nada más se haya plena conciencia de ellas

cuando bajo ese peso             uno termina aplastado.

 

 

La palabra del poeta es la propensión al origen que hiere y desgarra la conciencia. Su palabra es el eco que resuena entre poesía y filosofía. Frente a esta unión la poesía (se) revela (con) su sinrazón; no ofrece consuelo sino incalculables abismos; esto porque la palabra se lanza al vacío para sacar de la nada a la misma nada, para dar rostro y nombrar a lo innombrable. La senda del filósofo queda marcada por la persistente interrogación; el poeta, en cambio, es prisionero del delirio, el asombro, la realidad.

 

 

No se traiciona a aquello, en lo que no se sueña.

            Sin embargo queda como sutil sustancia 

    que siempre flota en el aire con una pregunta

    misma que sombrea el perfil de nuestra vida:

 

                    ¿Qué hicimos?

 

Es nada, es la inconciencia de ni siquiera entender

                                  que algo pudo haber existido.

Para descastarse y con justificación

hacer de cada uno un motín contra las sentencias

de lo inamovible, y no querer vivir donde nada pasa.

 

Generación de apresurados viejos.

        Eternos imberbes de orgullo.

Su semblante muy fácil lo mimetizaron con la jungla

   ésa, que sin que lo notaran, les engulló la médula;

                   fue muy fácil someterlos, aún sin látigo.

Ilusos, se encaminaron a un embustero guiño

                 de eso desechable, que como zanahoria

                   siempre ha hecho correr a los crédulos.

 

Hoy igual que antes, ven con mirada mansa

                                   como precoces viejos.

Con el extraño candor del que nada sabe

y nunca ha sabido. Animal costumbre que sólo en la infancia

                                   es lo natural, siendo después inaceptable.

 

Generación sombreada por la mansedumbre.

Sombreada por una inutilidad conveniente para otros.

          Sus espaldas se yerguen sin saber qué cargan.

Sus pasos andan sin saber para qué sirve esa marcha.

Y se refugian sin preguntar, en el cuadro que les fue asignado.

 

Como débiles a los que los años les agotaron la mente.

  Lo que son y fueron desde siempre les fue ignoto.

                           

                                             Jamás atinaron a reclamarlo todo

                                                                                      pobres.

 

                                                                   Ni siquiera un poco.

 

Lo extraordinario de la poesía consiste en buscar en las dimensiones comunes, donde los demás solo ven la piel, la cáscara; sin reparar en lo que hay detrás de las paredes del ser. Es decir, que lo extraordinario muchas veces yace en lo ordinario.

 

 

Las calles se callaban la ruina.

Detrás de sus muros, puertas y ventanas

  sólo se advertía lo desconocido, neutro.

 

Aún los cielos negros en las noches apresuradas

        nada más dejaban ver el revés  de su manto

para nunca algo adivinarles.

 

Se confundían los ojos con la luz impasible de las lámparas.

                    Con los neones coloridos de oculta decadencia.

                 En un tiempo inútil, sucediéndose en esos rostros.

 

Así los sonidos servían para que nada se pudiera advertir.

        Fueron casi todos, soez parte del tránsito en los días.

         Casi imperceptible, engañoso paso.

 

Todo terminó quedando en un testimonio simple.

    Irrelevante tiempo de consistencia laxa, hueca.

Esa que no se veía, y nunca quiso su piel cambiar.

 

Quizá no se le quería ver su talante y tacto:

           intrascendente, artificial y pegajoso

aunque en su superficie burda podía adivinarse.

 

Aunque nunca asomó completamente su cara de farsa

para que quizá termináramos muriendo de nada enterados.

Sin adivinar nuestra condición de extras en una puesta mediocre.

 

Como otras que se sucedían sin verse, una tras otra;

con casi ninguna alteración en esos remedos de libreto.

Para en esa anchurosa y seca carcajada, ser comparsas de la misma.

 

Y ese cielo cotidiano siempre parecía joven

             con sus noches tibias y mudas al destino.

Y aún ahí puestas, no parecían anunciarse ni caer las señales.

 

Parecía que el tiempo estaba detenido, en una laxitud sin prisa

                                        que poco a poco sin nunca advertirse

habría de ir cobrando todo sin tregua.

 

Calló sus labios la época en que caminamos.

Lo habitual sin sorpresa y sin premura es arena movediza.

Quizá así es, para bajar los ojos y esperar donde nada llega.

 

               Parecía una trampa puesta como veneno lento.

O quizá, de tan ordinario que fue su rostro, en él nada pudo descubrirse.

 

 

Estamos sometidos al poder del tiempo que nos instala en el mundo y, a la vez, nos arranca del mismo, pues estamos determinados tanto a nacer, crecer o envejecer, como también a desaparecer. Pero la pregunta del poeta ¿a dónde ir? no es la pregunta filosófica de quienes buscan respuesta, ni la sumisión a su propio reloj de arena. No hay contemplación hacia el infinito, sino la mera afirmación de que no hay futuro alcanzable. Sólo el peso del sedimento que deja el tiempo en su caminar.

 

 

¿A dónde ir?

 

Herrumbre inacabable de sensaciones idas.

     Escenario reseco de tardes de luz y polvo

acumuladas en un desierto solo que se lleva

en la sombra, en la espalda; en ese lejano brillo

que salta a los ojos cuando éstos parecen ya agotados.

 

Espesura de aguas estancadas

de las que nadie bebe por ser ya demasiado espesas.

           Porque tienen el sabor acre de la vida usada.

Las mil sustancias de todo lo que tocaron.

Y juntas, en su lecho aguardan: son todos los caminos apilados

                                        hechos uno solo, un escombro enorme.

          Contiene la infinitud de gestos que ha expresado el rostro.

 

¿A dónde ir ahora?

En esta estadía que se detiene con el mundo afuera.

Donde las vidas ajenas son de extraños inabordables

        que despiden resplandores tenues pero con filo.

Reflejo de nuestras lejanas épocas que hieren

                                       igual a espejos subterráneos

que en el sol inclemente se desentierran en trozos pequeños que cortan

             con sus destellos intermitentes, para mirar lo que ya no somos.

Todo ello surge para inmovilizarnos las rodillas

                            por la sospecha de caminar otra vez hacia otro fiasco.

 

¿A dónde ir?

Si todo lo que se deseó quedara en el olvido, vuelve punzando

    sin detalle específico, sólo como losa que congela al aire.

Se desea nuevamente la renuncia a todo saber.

                       Pero las piernas se mantienen incapaces

       convertidas en el ancla a un cementerio en desorden

que nunca ha podido irse, engendrando siempre el pánico.

        Ese que permanece oculto tras una pared de trampa

para estrellarnos otra vez, y ahí escribir otro epitafio de otra época salobre.

 

¿A dónde ir?

Un martes u otro día de diferente nombre

cuando no se es libre, sí se está atado lo mismo entre dos días

                    una semana y en cada rincón del calendario.

Donde el prodigio no es más que inaudito

y la crispación, es la misma que sombrea a los miles de cadáveres

                                                                     del tiempo que dejamos.

 

 

Algo de muy elocuente hay en este poemario donde el tiempo es un espejo de doble cara, imagen que me remite a Oscar Wilde y su Retrato de Dorian Gray. Un espejo donde el personaje ve retratado el envejecimiento de su propia alma corruptible en tanto su aspecto físico queda intacto. Lo externo y lo interno de la voz poética se manifiestan en la melancolía asociada con el paso del tiempo. Pero, claro, el autor también nos presta su realidad para que intentemos ver nuestro reflejo, inclinarnos al poema como quien se asoma a ver al fin su retrato.

 

 

Las actas

 

Ahora: ¿qué podrían haberme dicho?

Quizá que mi navegar fue de dislates.

Tumbos contra muros, piedras, cercas

y todo lo necio, invencible de construcción que estorba.

 

Nunca hubo algo que pudiera

           merecerme un respeto.

Quizás sólo lo fue el estandarte convulso

donde me reafirmé mil veces descontento.

 

Sabemos bien yo ahora, y la vieja imagen que me mira

           que la culpa se reparte, entre mi caos sin rumbo

        y ese encadenamiento a una suerte entre lo enano.

 

Son de un particular contenido las actas que le muestro.

     Es la verdad en legajo tras legajo, sin ninguna gloria

     lo es también ya sin ningún remordimiento, lo inútil.

Todo es sin rencor auto infligido, porque no hay vergüenza.

 

Lo adverso, lo sucedido en la vulgar materia

de circunstancias pobres entre deslucidos seres

contaminaron como nata gris cada tiempo, y a mí que coopere con todo ello.

Quizá no había otra, y es ya necio encontrar respuesta.

              Porque cuando el pasado se lleva por delante

   es una madeja de jirones que se enredan en los pasos.

Y tras cualquier acontecido, no hay pena que lo cambie.

 

No hay vergüenza y sí entender, pero no todo.

      Porque el explicar preciso del fracaso

es tarea inacabable que sólo sirve para continuar ahí dentro.

 

Y hay que saber, que con dulce, sedas y ventura sólo los tontos se alimentan.

 

                   Hoy no me vive pena alguna al mostrar mi cara.

 

Quizá nada tengo pero soy lo que deseaba

Y ese costal que podría yo odiar de todo lo abortado

                                       

                                                  es sin pena lo que soy 

 

                                                                     el mismo, que por nadie cambio.

 

 

El reloj de arena que confiere título a este poemario da cuenta de la catástrofe del hombre durante el peregrinar de la existencia: simples granos de polvo que se desvanecen o caen sin motivo alguno, que regresan a ser lo que nunca fueron. No hay destino que persiga al poeta. Si acaso lo persigue su propia sombra en la angostura de su muy personal crisis. El poeta no mira hacia a la muerte sino hacia lo estéril del nacimiento; lo trágico no se instala al final sino más bien en la repugnancia del principio. Es así, querido lector, que no te encontrarás ante una lectura fácil de la que puedas salir ileso. Por lo contrario, es este un canto brutal hacia los laberintos de la conciencia, cargado de un veneno mortífero que te llevará quizá al fondo de tu estéril vida.

 

 

Reloj de arena

 

Desde hace un tiempo todo permanece callado.

             No existe un mullido sillón para esperar.

                 Una certeza de agua y oxígeno nuevo.

 

Ya no está aquí la dilatada y sofocante premura

por la desesperación, pues se encuentra adormecida.

Y aunque no haya muerto, está en una laxitud ambigua.

 

Parece neutra y sin embargo su hervor subyace

como un plazo inacabado que después de erigirse escapa

para no ser controlado, ni acabar como borroneada hoja.

 

Pendiente lóbrego en un día soleado. Duro despertar

     pues ahí están las esperanzas y esfuerzos muertos

          de un tiempo en que nos existieron las certezas.

 

Esas que se volvieron el fiasco que siempre nos arrinconó

                              con los miembros pegados a una silla.

Con las copas erguidas de la desmemoria, en el solaz del fracaso.

 

Ese que en abstracto anduvo todo el tiempo agazapado

con su remolino inerte, su sombra en el tiempo estéril.

                                   Con cada vez más secos reinicios

                                   en amaneceres que iban naciendo menguantes.

 

Ahora similares todos

quizá su signo estuvo presente desde el inicio.

Con sombra, las mañanas parecían ser tardes.

Como esas, que después de exhaustas caminatas siguen venciendo.

 

Fueron taimadas en su victoria para recogerse silenciosas.

                    Como el frío y la humedad de lo no evidente

que hace escondida mella, y se descubre hasta que hiere.

 

Ya con el daño de haber enmohecido las paredes.

Debilitando en ese tiempo los ladrillos de la casa.

Esa en la que desde la puerta, contemplamos el panorama.

 

A veces sin mirar, a veces sin saber siquiera

que esa vista es la misma al igual que nuestros ojos.

Ahora ya más arrugados y cada vez menos expectantes.

 

Hasta llegar a la debilidad extrema y conforme

que se llena de ese neutro opaco que todo acalla.

Como callan las aprehensiones, los reclamos y el tiempo.

 

Cuando todo lapso es semejante al que sigue

y sin ninguna extrañeza se acaba caminando lento.

Caminando, no a la consumación del destino

                                      sino sólo

 

                                         al fondo de ese reloj de arena.

 

 

 

* Hugo Garduño, Reloj de arena, México, Camelot América, 2018.

 

 

En torno a La medusa dual

Por Rosa Espinoza

 

 

Desde el punto de vista editorial una antología persigue muchas cosas. La primera que como editora considero como la más importante: el afán por congregar, convidar, compartir, reunir, sumar. Es algo muy cercano a una fiesta en la que converge un grupo importante de voces. Esta condición de convivio, como segunda intención, dispara al lector una multiplicidad de visajes con la palabra.

 

Sin intentar en principio establecer un canon, que a lo largo de la historia muchas antologías, sobre todo poéticas, han intentado, La medusa dual lo hace –voluntaria o involuntariamente–, como una apuesta al tiempo. La unidad temática es irrelevante, en ninguna sección de esta antología se plantean en forma precisa o se declaran los criterios de selección, pero no importa, porque en toda antología hay una certeza: a la luz de los años representará un corte en la historia. Una instantánea en un lapso de tiempo. Un snaptchat de la poesía de nuestro país.

 

Como ejercicio editorial, antologar es estratégico en un país en el que la distribución y el fomento editorial adolecen de espacios y redes para la difusión y la comercialización de libros de poesía. En este sentido La medusa dual hace un cruce de ciudades, de puntos de convergencia geográficos, consiguiendo con ello que la visibilidad de este trabajo, y de forma muy orgánica, sea más afortunada.

 

El conjunto de autores es otro elemento en este banquete de poéticas. No hay tedio, hay ritmo, musicalidad, saltos sorpresivos e intensos. Voces muchas. Placidez y alborozo. Elementos que sólo reuniones como ésta son capaces de producir. Esta Medusa, no vacilemos, es una muestra valiosa de los muchos registros que la literatura nacional ofrece, sin caer en la inclusión de los autores de siempre.

 

Por si fuera poco mostrar a 17 autores mexicanos de diferentes puntos del país, cruza las barreras y amplía su espectro de lectores al tratarse de una obra bilingüe, presentada en español y portugués. Un ejercicio no sólo osado para lo que estamos acostumbrados, sino espléndido y sensible.

 

Gracias al trabajo del brasleño Leo Gonçalvez, Arturo Tejo Villafuerte, Antonio Hernández Villegas Jorge Contreras, Armando Alanís, Daniel Olivares, Jesús Gómez Morán, Pedro Emiliano, José María Lumbreras, Fernando Reyes Trinidad, Andrés Cisneros de la Cruz, Isolda Dosamantes, Leticia Luna, Guadalupe Sánchez Linares, Lina Zerón, Aglae Margalli, Patricia García y Uriel Reyes ofrecen a los lectores un espectro amplísimo de temáticas, de giros, vuelos, trasmutaciones de la imaginación que cumplen cabalmente lo que todas las antologías, pero ésta en su condición de medusa, es seductora y atrayente sin que necesariamente al leerla nos convirtamos en piedras.

 

 

1 Comentarios de la obra en el marco del 7 Encuentro Tiempo de Literatura, Mexicali, Baja California, noviembre 2018. La medusa dual: antología bilingüe portugués-español, Fernando Reyes Trinidad (Comp.), México, Cisnegro, 2017.

2 Poeta, narradora y editora mexicalense.

 

Alí Chumacero, Joaquín Díez-Canedo y José Luis Martínez a inicios de la década de 1940. / Cortesía: Archivo José Luis Martínez

 

 

Hombres en su siglo

(Alí Chumacero / José Luis Martínez)

Víctor Manuel Pazarín

 

 

Yo, pecador, a orillas de tus ojos

miro nacer la tempestad…

ALÍ CHUMACERO

 

 

ENTRADA

Los cien años de Alí

 

Apenas tres libros de poemas y uno de ensayos compone la obra completa de Alí Chumacero. Hombre de entresiglos, nació en Acaponeta, Nayarit, en 1918, y murió en 2010 en la Ciudad de México a los noventa y dos años. Figura esencial de nuestras letras, Chumacero dedicó gran parte de su vida a la edición de libros.

A los veintiséis años se dio a conocer con Páramo de sueños (1944), luego le siguieron Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956). Después de un largo silencio, en 1987 aparecieron Los momentos críticos: ensayos y reseñas que dan fe de sus pasiones como lector.

Obra breve, una vida larga. Su último libro de poemas todavía no hace mucho se podía encontrar, en su segunda edición (1965), en espacios para libros de viejo y tiliches en Guadalajara. Yo me encontré sus Palabras en reposo en un altero de una tienda de cachivaches y “antigüedades”. Al paso de esa casa del centro de la ciudad, me llamó la atención que al menos cien ejemplares intonsos se levantaran en la puerta de la casa, donde un anciano vendía de todo. Entre eso, el poemario del nayarita que revisó Augusto Monterroso, quien fuera corrector de pruebas en el Fondo de Cultura Económica; allí mismo Chumacero fue corrector y editor, y le fue dado el placer de haber cuidado la edición de la novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo, algo que

le dio fama; la leyenda incluso dice que fue él quien le dio los toques magistrales a la obra, algo que el propio Alí desmintió.

Durante muchos años vivió en Guadalajara; fue aquí donde el futuro poeta hizo sus estudios de primaria, secundaria y preparatoria; luego, en 1937, se trasladaría a la capital mexicana para así dar comienzo a sus estudios universitarios y a su obra poética y ensayística. Alguna vez Alí Chumacero dijo que había nacido en Nayarit, “pero uno es de donde hace la secundaria”, de algún modo Chumacero es también tapatío.

Quizás por eso, porque vivió en Guadalajara, fue donde encontré su último libro de poemas, que guarda la serenidad de la poesía clásica: con un lenguaje sin aspavientos, y con asuntos en los que son visibles la literatura griega, latina y del Siglo de Oro español; y es una secuencia de la tradición de la mejor poesía latinoamericana y, sobre todo, mexicana.

Palabras en reposo es un libro extraordinario, contiene algunos de los poemas esenciales no solamente del nayarita, sino de la literatura mexicana. Se ha dicho que México es un país de poetas, y la lectura de este singular libro lo confirma. Pese a su relevancia actual, al comienzo no fue tomada en cuenta; los años vendrían a confirmar lo sabido: lo que ahora goza de fama pronta, se olvida rápido; lo que camina con impulso propio tarda en ser esencial, pero lo logra.

El reconocimiento que Alí cultivó de manera expedita, fue gracias a su labor como editor. Ya en 1940, en su estancia como estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México, junto a Jorge González Durán, Leopoldo Zea y José Luis Martínez editó la revista Tierra Nueva, que duró apenas dos años, pero que introdujo a Chumacero en los círculos intelectuales. Fue en la UNAM que conoció al filósofo José Gaos, cuya amistad y obra le ofrecieron a Alí una perspectiva definitoria. Su mundo se amplió y fue reconocido por quienes ahora son las más altas personalidades de la literatura hispanoamericana, como Octavio Paz, Alfonso Reyes, Luis Cernuda, Gilberto Owen, y por quienes conformaron el círculo cultural que llegó a nuestro país como refugiados de la Guerra Civil española.

En 2003 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara le otorgó a Alí Chumacero el Reconocimiento al Mérito Editorial, hecho que lo retornó a su casa de la infancia y la adolescencia. Y en 2008 el país se volcó entero con su homenaje por sus noventa años. Ese año presentó

en Guadalajara su quizás último libro, Poesía, que publicó el Fondo de Cultura Económica con un prólogo de José Emilio Pacheco Alí

Chumacero en su intervención en la FIL dijo: “La poesía es la manera más profunda, más hermosa, más linda, diríamos con una palabra cursi, de lo que es la vida misma. Unir la poesía y la vida no deja de ser una tarea constante para llegar a vivir con amplitud, con interés, con intensidad por lo que le sucede a uno. La vida es el sostén de todo lo que el hombre piensa y siente…”.

 

 

INTERMEDIO

José Luis Martínez, una vida desde los libros

 

Para recordar el ochenta aniversario de Juan Rulfo, en San Gabriel se abrió, en mil novecientos noventa y siete, la Ruta Rulfiana. Para darle el carácter que se merecía tal acontecimiento se invitó a un grupo de escritores y artistas, y allí, entre los más importantes, estuvieron José Luis Martínez y Federico Campbell. Fue allí, entonces, que en un balneario —y con el cuerpo semidesnudo y mojado por el chapuzón que me había dado en el azul del agua que reflejaba el cielo de San Gabriel— que fui invitado por Campbell a su mesa donde ya estaba el maestro Martínez.

Caminé por un sendero hacia el lugar de la mesa al lado de Campbell, que había conocido en la Ciudad de México y con quien había sostenido una charla extensa sobre Arreola y, claro, sobre Rulfo. Volvió a la conversación, como era de esperarse, en esa prodigiosa mesa donde se encontraba uno de los autores jaliscienses más importantes, quien había nacido en Atoyac, en mil novecientos dieciocho y, durante los conflictos sociales de la Guerra cristera había ido a vivir a Zapotlán y fue condiscípulo de Arreola y Rulfo en la escuela primaria.

Es curioso, en todo caso, que el destino alguna vez haya reunido en las aulas a quienes años después serían los escritores más importantes —y quizás los últimos de esas alturas— del Sur de Jalisco.

Los tres, de algún modo, de una misma generación y surgidos de un entorno histórico singular. Y de ellos estamos celebrando, desde el año pasado, el centenario de su nacimiento.

Entre las varias vertientes desde la cual puede observarse la vida y la obra de José Luis Martínez, hay dos que sin duda son esenciales. La primera es la de su vida como lector y como historiador. Una va con la otra, es decir, Martínez es y fue uno de los más importantes lectores de la historia y la literatura mexicana, algo que se ha olvidado ya: nadie —o muy pocos— ya quieren ser solamente lectores. Ser lector es tan importante como ser un escritor, sin embargo actualmente los escritores leen muy poco, y en cuanto comienzan a leer a lo que aspiran es a ser escritores. Y en todo caso olvidan esa tarea: la de lector.

José Luis Martínez fue un gran lector y un amante de los libros. Su biblioteca personal es una de las más grandes e importantes del país. A ella acudieron autores tan importantes como Octavio Paz, que la consultaron para escribir algunos de sus más importantes libros de ensayos. La otra es que fue uno de los más importantes directores del Fondo de Cultura Económica, la editorial que ha traído no solamente a México a las grandes voces del mundo intelectual y creativo, sino también a Latinoamérica. Esa labor logró que nuestro país se sostuviera como una potencia editorial que el Estado mantiene como una de las pocas labores que debemos elogiar en materia cultural.

El trabajo que realizó el historiador y ensayista literario de Atoyac, quien ya celebra su centenario de nacimiento, es una de las más importantes, como importante y fundamental es su presencia en nuestras letras.

 

 

SALIDA

Seguir la luminosidad y mudar de camino

 

Dos cumbres poéticas sostienen la tradición literaria de la tierra del Nayar. Ambos son símbolos nacionales de nuestra poesía mexicana.

Uno es Amado Nervo, aquel caballero andante que se unió y fortificó, a su modo, a la corriente modernista, de la cual destaca y describe en su máximo esplendor el nicaragüense Rubén Darío; corriente que fue la ruptura de América contra la costumbre lírica castellana. El otro pilar es sin duda el trabajo y la persona de Alí Chumacero.

Dos nombres que se antojan extravagantes dentro de la increíble nómina descrita por la tradición, que va de la figura de Nezahualcóyotl, hasta cualquiera de las voces de nuestros días. Amado y Alí, ¿resultan naturales al español de México? Nervo y Chumacero, ¿nos recuerdan un sonido natural en nuestras tierras? Extravagancia en los sonidos, sí, pero no en las correspondencias, pues ambos resultan lo suficientemente celebrados como para negarlos.

Amado Nervo y Alí Chumacero fincan con sus obras el firmamento de una poesía y son luminosidades que alumbran el trayecto de nuestra lírica nacional.

Hoy esos cometas han dejado el plano terrenal para perpetuarse en los altos bancos luminosos de las constelaciones. Los creadores de dos sistemas verbales nacieron en una misma ciudad. En Tepic, Nayarit, dieron sus primeros pasos para luego caminar por rumbos distintos y conformarse en lo que son.

Una forma fácil para Alí hubiera sido seguir la trayectoria de la luz de Nervo. Por fortuna Chumacero no tomó el camino simple y abrió una nueva ruta que se encuentra más cercana a la obra del grupo sin grupo de los Contemporáneos que de su coterráneo. La breve pero bien edificada obra poética de Alí Chumacero recuerda más a la de José Gorostiza y su Muerte sin fin, que a la abundante producción de Amado Nervo.

“Los poemas de Alí Chumacero —ha dicho Octavio Paz en un breve ensayo— son sucesos de la carne o del espíritu que ocurren en un tiempo sin fechas y en alcobas sin historia”. En seguida agrega: “Es el tiempo cotidiano de nuestras vidas cotidianas recreado por un oficio estricto que, en sus mejores poemas, se resuelve en un diáfano equilibrio. No encuentro mejor palabra para definir a este arte exquisito que la palabra cristalización…”

A Paz la obra de Chumacero le recuerda a dos grandes poetas mexicanos: a Ramón López Velarde “por la religiosidad” y a Salvador Díaz Mirón, “al que lo une el culto a la forma cerrada” y la afición por “asuntos no poéticos” y la “reserva orgullosa”. Pero también a los textos bíblicos en los cuales caminó, según Paz, muy cercano a López Velarde, por su “conciencia del pecado” (Yo pecador, a orillas de tus ojos /miro nacer la tempestad…), y debido al acercamiento de ambos a la liturgia católica

(Oh cítara del alma, armónica al pesar, /luto hermana: aíslas en tu efigie/ el vértigo camino de Damasco/ y sobre el aire dejas la orla del perdón, /como si ungida de piedad sintieras/ el aura de mi paso desolado…).

Se puede afirmar que Alí Chumacero es un poeta del amor y en un texto José María Espinasa afirma que sus poemas en este sentido son de “amor cumplido siempre en el lamento”.

El ensayista asevera que la poesía de Chumacero “va en busca” del “milagro de la estatua”, y lo contrapone con la obra de Xavier Villaurrutia al proferir: “…de una estatua mucho más tangible que la de Villaurrutia, vuelta puro grito al morir de sueño…”, pues para Alí Chumacero, “el amor está siempre en un ‘después’ que llamamos escritura”. Pues para José María Espinasa: “El amor es pura forma de la misma manera que la carne es pura forma”.

Los dos puntos de vista y sus lecturas son admirables y nadie puede estar en desacuerdo, pues las argumentaciones surgen de estudios profundos, de lecturas que fueron hasta el fondo y hacia las alturas y otorgan luces para una nueva lectura de cada poema del autor nayarita, quien se ha vuelto ahora una

 

Petrificada estrella, temerosa

frente a la virgen tempestad.

 

 

 

LA ODISEA DE LA PALABRA. Miguel Veyrat,

«Diluvio», La isla de Siltolá 2018.

Por Miguel Ángel Real

 

Hay algo de peripecia de Ulises en este enfrentamiento con una realidad caótica. Miguel Veyrat nos lleva con él en su viaje de luchas y dudas, pero no de la mano, sino incitándonos a tomar el timón en medio de una atmósfera repleta de ecos en la que al ser humano no le es fácil encontrar el rumbo.

Pero hay una humanidad profunda en estos versos y a la vez un humanismo por recomponer, como lo muestra el vaivén al que nos vemos abocados con la ausencia de puntuación y con la descomposición de algunos versos: arritmia de fascinante lectura, que refleja la inquietud filosófica del poeta en su personal odisea.

O mejor dicho; más que un vaivén, es un desafío porque la realidad a la que podemos acceder es la de los reflejos, en una referencia al famoso mito platónico. Y por si fuera poco, son reflejos rotos que crean laberintos, recovecos de delta por los que navegar para, tal vez, encontrar un sentido al mundo.

En cualquier caso, sólo hay un viaje posible, del que no podemos huir. Pero siguiendo el postulado de Heráclito, es un viaje irrepetible. Entonces, ¿cómo hacer para entender su significado?

 

 

Diluvia diluvia hasta llegar al origen que ya estoy

 

aquí a cubierto descifrando

 

de dónde llegas de dónde vienes ser no nacido ima

 

ginando que dibujamos para

 

entender la tarea imposible de repetir tu nacimiento




Pero no hay desesperanza, sino un anhelo de sobrevivir al diluvio en el otro, de aunar esfuerzos para sobrevivir a la travesía

 

 

¡Cuántos soles ardiendo para

 

que fueses cuerpo

 

enterizo antes de disolverte!




Y sobre todo, hallar refugio en el lenguaje, único y frágil resguardo por encima de un tiempo que se desmenuza como una escultura de arena. Por eso, los poemas suelen abrirse en su conclusión, indicándonos algunas pautas que seguir: los signos («¿Signos?») y las palabras que se vuelven verdad para, a fin de cuentas, decirnos que la poesía es la única salvación posible. («Rosa liberada»).

Vamos así ahondando en la introspección filosófica del poemario: ¿son en realidad las palabras un instrumento creado por el hombre para acceder al sentido del mundo? ¿Es el lenguaje trascendente en sí mismo o un enigma más? ¿O un enlace con lo divino?

Escalpelo o tono de lo sacro




La palabra es también guardiana del sentido, su quintaesencia, el grano quemante de Octavio Paz, aunque subyace en ocasiones un sentimiento de absurdo y de impotencia al darnos cuenta de que, por intensos que sean los vocablos, siempre serán un medio limitado de aprehender el conocimiento, que de todos modos es «una herida sin respuesta».

¿Qué nos queda pues? ¿Atomizar el poema al extremo? (Ver la sección «Llueven átomos ardidos»). No. Volver siempre a esa disyuntiva y seguir nuestra personal odisea navegando entre «diluvio y verbo», entre destrucción y enunciación, entre los desastres, pero blandiendo eternamente las palabras.

 

 

Esta reseña puede también ser leída en el blog de M.A. Real http://temporaleterno.blogspot.com/2018/07/la-odisea-de-la-palabra-miguel-veyrat_30.html

 

 

 

EDUARCO CERECEDO ENTREVISTA

AL ESCRITOR AGUSTÍN MONSREAL

 

LA FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO TLÁHUAC 2018 LE RINDE UN HOMENAJE, EN SU PRIMERA EMISIÓN.

 

ENTREVISTA  A AGUSTÍN MONSREAL, NARRADOR, POETA, PERIODISTA CULTURAL, TALLERISTA, EDITOR. GRAN COVERSADOR. HA OBTENIDO, ENTRE OTRAS DISTINCIONES IMPORTANTES, EL PREMIO NACIONAL DE CUENTO INBA-SAN LUIS POTOSÍ, 1978; EL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO, 1983, Y EN DOS OCASIONES, 1987 Y 1996, EL PREMIO  ANTONIO MEDIZ BOLIO. ASIMISMO, HA SIDO DISTINGUIDO CON LOS PRINCIPALES RECONOCIMIENTOS QUE OTORGAN EL EJECUTIVO Y EL LEGISLATIVO DE SU ESTADO NATAL: LA MEDALLA YUCATÁN EN 1999 Y LA MEDALLA HÉCTOR VICTORIA AGUILAR EN 2009.

 

SEMBLANZA LITERARIA

Agustín Monsreal.  Mérida, Yuc. 1941. En 1995 se instituyó en la ciudad de Mérida el Premio de Cuento Agustín Monsreal. En 2016 se creó en la revista LA OTRA revista de poesía el premio internacional de minificciones mínimas (Pigmeísmos) Agustín Monsreal.  La feria Internacional del Libro Tláhuac 2018 le rinde un homenaje, en su primera emisión.

Ha publicado los libros de cuento: Los ángeles enfermos, 1979; Sueños de segunda mano, 1983; Pájaros de la misma sombra, 1987; La banda de los enanos calvos, 1987; Lugares en el abismo, 1993; Infiernos para dos, 1995; Las terrazas del purgatorio, 1998; Tercia de ases, 1998; Cuentos de fugitivas y solitarios, 2004; Desde el vientre de la ballena, 2010; Mujeres con alas y otros ángeles por el estilo, 2014; Deslealtades del destino, 2016; Mamá duerme sola esta noche, 2016; Deudas pendientes, 2016.

Ha publicado los libros de poesía: Punto de fuga, 1979; Canción de amor al revés, 1980; Cantar sin designio, 1995; Perseverancias de amor, 2008; Amores de nunca acabar, 2013; Corazón en mano, 2014; Esto que pasa en mi corazón, 2016; Entre dos infinitos, 2016.

Ha publicado los libros de Varia Invención: Diccionario de juguetería, 1996; A la salud del cuento, 2003; Los hermanos menores de los pigmeos, 2004; Diccionario al desnudo no ilustrado, 2009; Universo Monsreal, 2009; Sirenidades, 2011; Mínimas minificciones mínimas, 2015; Los pigmeos vuelven a casa, 2016.   

Asimismo, el audiolibro Cuentos para no dormir esta noche, Voz Viva de México, 2016.

Asesor literario de la Biblioteca Digital El Cuento revista de imaginación.

PUBLICACIONES 2016

*Biblioteca digital

EL CUENTO Revista de Imaginación.

*Libros

Mínimas minificciones mínimas (Dir. de Fomento Editorial, BUAP)

Deslealtades del destino (Fondo Ed. Edo. de Méx.)

Esto que pasa en mi corazón (Naveluz, CCH Naucalpan, UNAM)

Los Pigmeos vuelven a casa (Ed. Ficticia)

Mamá duerme sola esta noche (Ed. JUS)

Entre dos infinitos (Dir. De Fomento Editorial, BUAP)

Deudas pendientes (Textos de Difusión Cultural, Serie Rayuela, UNAM)

*Audiolibro

Cuentos para no dormir esta noche (Voz Viva de México, UNAM).

*Antologado en:

La tienda de los sueños Un siglo de cuento fantástico mexicano (Ediciones SM)

Próximamente en esta sala, Antología de cuentos de cine (Ediciones Cal y Arena)

Eros y Afrodita en la minificción (Ed. Ficticia)

Cuentos para leer en Navidad (Lectorum)

*Antologador, junto con Fernando Sánchez Clelo, del libro de minificciones

Vamos al circo, minificción hispanoamericana (Dir. De Fomento Editorial, BUAP)

*Se creó, en La Otra revista de poesía, el Premio Internacional de Minificción mínima “Pigmeísmo narrativo Agustín Monsreal”.

 

 

1.- ¿Por qué escribir cuentos, poemas y no guiones para cine, por qué escribir en estos tiempos?

Porque cada quien escribe lo que trae en el buche. Lo que siente, más que lo que sabe. Si yo supiera escribir guiones de cine, seguramente los escribiría. Sería una manera de devolverle al cine algo de lo que me ha dado, que ha sido mucho. Por qué no escribir en estos tiempos, que son tan buenos o tan malos como cualquiera, como han sido todos. Lo que marca la diferencia es que hay escritores que tienen algo que decir y escritores que tienen meramente algo que contar. Yo apuesto por los primeros. Los otros son los escribanales, los escrivanos, y de ésos se encarga el tiempo.

2.- Sabemos que escribes cuentos, haces periodismo cultural, das clases. ¿Por qué  cuento, y no novela?

Porque me gusta pensar y hacer las cosas en grande. Porque el telescopio empequeñece el universo, es el microscopio el que lo agranda. Porque prefiero trabajar a profundidad y no en extensión. La brevedad es mi ámbito natural, donde respiro mejor, donde encuentro que puedo decir con mayor puntualidad el sentido de la vida como la percibo y la siento, más allá de mis creencias o mis condicionamientos o mis aprendizajes. Y porque en un principio fue el cuento y es la forma de expresión natural de cualquier ser humano: yo cuento, tú cuentas, él cuenta, todos contamos. Cuento eres y en cuento te convertirás. Y además porque me fascinan las exigencias, los desafíos, la concisión máxima, la verosimilitud, las intenciones secretas que plantea el cuento literario, la creación de personajes, de situaciones, de atmósferas, de lenguajes, siempre con rigor, con precisión, con el empleo mínimo de elementos, en el cuento literario no puede ni debe haber fisuras ni desperdicio ni falsedad de ninguna especie. Hasta, cuando se cuenta lo más insólito, lo más inverosímil, tiene que haber certeza.     

3.- ¿En qué consiste escribir?

En abrir puertas, en tender puentes sensibles, imaginativos, inteligentes, en dar nuevas formas de expresión a las pasiones humanas que han sido y siguen siendo las palancas que mueven el mundo. Los temas literarios, ya lo sabemos, se agotaron desde hace mucho y lo único que hacemos es renovarlos permanentemente ¿Cómo? Mi visión particular, mi experiencia íntima es lo que le da importancia y vigencia a un determinado tema. No hay nada nuevo bajo el sol sino mi manera de ver el sol, de sentirlo, de expresarlo. Y lo mismo pasa con el amor, la culpa, la vergüenza, el miedo, lo que quieras. Lo único que le puede dar novedad al tema del amor o del miedo es mi experiencia de esa emoción. Y hay quienes tienen sensibilidad para decirla literariamente y quienes no, eso es todo. 

4.- ¿Con qué otras artes se siente más cercana tu obra?

Con la música, principalmente. Por aquello de los ritmos, las cadencias, los silencios, la sonoridad. Son cosas que yo busco por medio de las palabras, de su asociación, de su significado íntimo para cada quien. Las palabras que son la vida de la experiencia literaria. Por medio de esos elementos -ritmos, cadencias, silencios, sonoridades- busco construir y transmitir los estados anímicos de mis personajes, sus conflictos internos, las atmósferas en que se mueven, la voz propia de cada uno de ellos. Y lo visual, también, la pintura, el cine, no me interesa tanto la descripción física de un personaje o de un lugar, me importa que las maneras de pensar y de sentir de los protagonistas se “vean” y que se correspondan con el sitio en que se encuentran.

5.- Define ¿Qué es la disciplina, en tu caso?

El caos ordenado.

6.- ¿A qué hora del día escribes?

A la hora que se puede, hay días en que no tengo ni un ratito en todo el día, y hay otros en que me sobra tiempo. Pero mis horas preferidas son las de la noche, soy ave nocturna para escribir. La noche y yo nos llevamos bien, me permite que cada uno de mis sentidos privilegie y haga suyo lo que le toca, y que mis fantasmas y mis obsesiones cobren vida y me acosen y me acaricien y me atormenten, y que algunos de los secretos de la vida se desnuden ante mí, y que algunas revelaciones internas me descubran un poco de lo que soy y lo que quiero. Mis amores y mis dudas y mis ideatismos  y mis pecados mayores y los mejores frutos de mi soledad se me ofrecen y se me entregan por la noche, mi amante más locuaz, más leal, la que a veces me propina los besos más cercanos a la cordura. 

7.- Cita a tres autores que hayan influido en tus obras literarias.

Dostoievski, Onetti, Borges, Renard, Efrén Hernández.

8.-  ¿Crees que Proust, Kafka,  Maupassant, Chejov, Cervantes, Rulfo, tengan cierta presencia en tu obra, si es así en cuál?

Sí, ellos y muchos otros. En qué medida, no sé. Creo que, como escritor, hay una cierta presencia en mí de todos los escritores que he leído. Y no siempre los que más admiro son los que más han influido en mí.

9.- ¿Qué proyectos personales te han dejado más satisfecho?

Todos. Soy sumamente riguroso en mi trabajo, y sólo cuando considero que un cuento o un libro ya están verdaderamente completos, los publico. Y luego a lo que sigue. Encuentro que la satisfacción está en el deseo, cada nuevo proyecto es un deseo por cumplir, y cuando el deseo se cumple pasa a ser nostalgia, y hay que ir por el que se ofrece como un paraíso por descubrir. Mantener al deseo en movimiento perpetuo. Para mí, escribir es un ejercicio gozoso que trae consigo el amor, el deseo, la pasión, la alegría. He aprendido a disfrutar en toda su plenitud lo que hago.

10.-  ¿Describe lo que estás leyendo actualmente?

Leo minificciones completas, no más de dos al día y no mayores de tres líneas, para no abrumarme, ya que como siempre leo por placer.

11.- ¿Cita cinco autores europeos  que recomiendes por lo trascendente de su obra?

Jules Renard, Petrus Borel, Sigmund Freud, François Rebeláis, Ramón Gómez de la Serna, Samuel Beckett, Mercé Rodoreda.

12.- ¿Cómo ves el cuento, es decir, el escrito en México, cita cinco autores mexicanos qué te agraden?

Julio Torri, Juan Rulfo, Inés Arredondo, Juan José Arreola, José Revueltas, Augusto Monterroso, Efrén Hernández.

13.- ¿Qué recomiendas leer de los autores de Yucatán?

Primero a los autores yucatecos, luego a los mexicanos en general, luego a los latinoamericanos, por aquello de leer en la propia lengua, y ya después lo que quieran.

14.- ¿Cómo ves la cuestión política del país en estos preelectorales?

Prefiero no verla.

15.- ¿Qué opinas sobre los premios literarios?

Que los hay que son premios y los hay que son limosnas.

16.- ¿Crees en la política?

En la política sí, en los políticos no.

- ¿Alguna vez te has afiliado a un partido Político, por qué?

Nunca. Si me afilio a un partido político pierdo mi autonomía, mi independencia para decir lo que pienso, y no quiero.

 

Una vez más, gracias al escritor Agustín Monsreal, por la oportunidad de conocerlo de más cerca, es decir, saber de esa vida que sólo se puede distinguir en su obra. Su vida literaria, llena de triunfos personales que  ha obtenido de la literatura, su pasión, su mundo, el reino que él forjó con sus ideas y su pensamiento. Autor indispensable en la literatura hispanoamericana

Muchas gracias maestro Agustín Monsreal.

EDUARDO CERECEDO/ Tlalnepantla de Baz, Estado de México/ verano de 2018.

 

 

 

 

Publicado en Boca de río

 

 

 

 

LOS BUEYES DE LA ESPERANZA

Y LA UTOPIA DEL SER

Homenic Fuentes

 

La esperanza siempre carga como un yugo la tragedia. El arado con el que se intenta sembrar en la tierra estéril a golpes de sol y aridez. El hombre en su caminar se aferra a  la idea de perseverar en su ser , de seguir siendo hombres. El conflicto entre la esperanza y la razón como el objeto que nos prive de nuestra angustia y incertidumbre son opuestos. Al no haber conciliación nos queda una fe agónica y desahuciada. Los bueyes de la esperanza de Miriam Mancini toman como punto de partida la agonía y la mas intrínseca miseria para su construcción poética. Es en medio de la crisis que hurga en lo imposible, en lo absoluto, lo infinito y eterno.

 

Qué será de tus manos, cuando no labren la esperanza. Qué será de nosotros, cuando nos exilie la vida, y la suerte apenas alcance para morir las banderas caídas.
Qué será de nuestra piel, y su memoria, cuando la lejanía la llame herida.Cuando nos desarraiguemos del sueño, y nos amarre el espanto.Qué será de nosotros con tan poco de ambos, al final del día. Cuando sobrevengan las lágrimas, que queman sin respiro, y nada apacigüe el llanto, cuando nos hartemos de perder, incluso lo perdido.
Qué será de nosotros, sin nosotros, espejismos rotos, soledades concurridas, sin milagro, sin poesía.

 

La memoria en algún sentido es la conciencia de lo perdido. El pasado vive en el presente desde una perspectiva del exilio; es una puerta que se cierra y que es imposible penetrar. De ahí que la vida sea contemplada como una experiencia de pérdidas continuas, sin embargo la poeta se niega a la derrota. La certeza de la desesperanza es menor a la convicción de seguir adelante por muy desgarrador que sea el destino.

 

Sin descanso, camino tras camino emprendí la marcha. Con la daga del ansia en los pies, por calmar los llantos.

Me acurrucaron las piedras sin nombres, las estrellas mis insomnios mecieron,
y en la oscuridad más solemne surgió mi voz potente y ya sin frenos.

No cejé el paso, por los recovecos fui dejando trozos de mí, doblé en cada esquina sin mirar atrás y sin esperar vueltos.

Maltrecha continué, con la irreverencia de los locos que conocen bien lo agrio de la cordura.

 

La esperanza como principio humano para vivir la trascendencia se hace vida en la utopía, esto es, la posibilidad permanente y futura de que el ser humano se realice plenamente. EL ser humano vive en tensión hacia el futuro, como algo inconcluso, inacabado, como ansioso a ir perfeccionando su ser deficiente. De ahí que en este poemario podemos ver en la voz poética un ser que no puede conformarse con lo que hay si es que realmente se busca la libertad. La resignación es algo que la poeta se niega aceptar.

 

 

Traspasamos
desde la fuente del llanto primero,
las huellas pautadas que dejaríamos
Porque hasta el sueño chato de los zapateros sin zapatos, durmieron los héroes.
Fueron las cornisas las que nos dieron el valor para calmar la sed de los pasos ligeros.
La voz que oía los versos que aún no se escribían,
era la que añoraba en la multitud.

Porque rezamos en soledad a las lluvias que nos desguarnecen.

Y la vida pasó,
llevándose los versos de los inviernos sin vos. Pero como dijo Machado,
hoy es siempre todavía..

Tal vez l
a mano que se yergue por el bien, frene la filosa osadía del mal.

Tal vez
los árboles te vuelvan a ver pasar.

Tal vez, la sangre, un día.

 

 

el ser humano es por naturaleza un ser social, De allí que considere que el mundo es un laboratorio donde el mundo se irá construyendo hacia adelante a una sociedad mas justa y posible. Aunque la meta no sea alcanzada pero si perseguida. hay una utopía porque se busca un mundo nuevo, una sociedad nueva que bajo la esperanza ofrece resistencia al mundo dado.

 

Resiste

a los campos anegados, a la garganta deshecha, a los espejos que agonizan.

Resiste
a la vida que simplemente pasa y pasa. A las risas ahogadas,
a las sillas vacías,
a las penas enraizadas.

Resiste
a la caída sin freno,
a los fuegos que se extinguen, a la voluntad perdida,

al palabrerío que hiede,
a las buenas costumbres del hipócrita, resiste.

A la imposición de la rutina,
a las manos filosas,
al silencio de las noches rasposas, a la paz robada,
a la esperanza hecha trizas, resiste.
Al agobio de los días carajo,

¡Por favor resiste!

 

 

La poeta  tiene que contender con todo. Por eso vive a pleno insomnio.  le duele el mundo  lo sufre y lo transforma en música , en canto, en palabra. Y llega a tocar en algunos casos lo mítico, produce una especie de estimulo para reflexionar sobre lo efímero, lo eterno, el amor, la muerte y el motivo por el que estamos aquí.

 

En lo eterno de los árboles y sus silencios, en la fragilidad de las tardes,
en la danza de las aves en vuelo,
en la comunión de las miradas con el cielo, en la sangre que zumba en las venas, en las penas que tejen los miedos,
en la inmensidad de los signos del tiempo, en el equilibrio pasmoso de la flor,

en el himno del viento,
en el cantar del juglar,
en las huestes de lo etéreo, en el brío del caballo salvaje, en las manos sobre el telar, en el espíritu guerrero,
en la caída del inmortal, en las risas de los pequeños, en la poesía radical,

en las piedras que fortalecen, en las treguas del huracán, en el cataclismo de lo nuevo, en las páginas sin estrenar, en el fuego que se reaviva, en todas partes y horas,

juro ante todas las diosas, que es tu voz mi sustento, que es tu paz mi afán.

 

 

 

El corazón es, a su vez, el lugar límite, el linde, donde se recoge toda la vida, una vida que se compone aquí, al parecer de un pasado que por nombrado sostiene la belleza del mundo, aunque esa belleza esté muriendo o haya muerto, y el presente este en decadencia. Este poemario esta lleno de energía y una insoportable realidad sobre la esperanza. Los bueyes de la esperanza es el idilio incómodo e indispensable de los que persiguen un ideal en medio del pantano.

 

 

Cuando la boca arde de verdades largamente silenciadas. Y cae tu nombre como un rayo,
en el abismo de las horas muertas, esas horas donde apremia el delito de extrañarte con rabia.

Mi amor, el olvido es un pájaro azul que vuela inalcanzable sobre el mar de las ansias.

Camino las calles de un pueblo fantasma, buscando la clave que descifre donde van
los besos que no nos dimos.

Y es el cemento donde se estrellan todas las preguntas, esas las que no digo.
Y te veo asomarte, sonriente
bajo un sol con guadaña,
y los brazos se extienden
a lo ancho del mundo,
pero no logro abrazarte.

No estas en la trinchera que construimos, para reconciliar los sueños mas íntimos.

Y te amo con la vida, contra los muros sin derribar de la distancia.

Y te espero, siempre te espero, haciendo equilibrio
sobre un puente

en el borde de la esperanza

 

 

Concluyo esta reflexión en la angustia vital y las confidencias que aparecen en el poemario. La manifiesta preocupación personal vinculada a una fiel convicción del sujeto en la posible llegada de un espacio más mejorable de su entorno. Ante la adversidad y lo ineluctable existe la imaginación y la voluntad para construir los anhelos mas cercanos a la justicia y el amor.

 

Somos los puños
Que se yerguen al final del hastío Somos los ríos invisibles
Que conducen los sueños minúsculos De los rostros enjutos
Caminamos sin pausa, para asir
Y clavarle hondo las uñas a la esperanza Somos los despojos de las ilusiones Hechas añicos
Por aquí
Todo es un ruido sordo
Que abruma a los pájaros
Y clausura la noche
En las gargantas
Somos trozos de horizontes
Vertidos y por verter,
Que se desesperan por ser
Somos las formas
En que pronuncian nuestros nombres
Y los dejan caer
Somos aves escarlatas,
Emigrando hacia lo incierto
Somos los reflejos
De los espejos en los burdeles
Y la ultima línea blanca
Somos las risas
De los niños en las plazas
Y los hijos bastardos
De toda lágrima
Somos el pan y la pluma
El cielo y la sangre
Las cadenas rotas y la fatiga
Somos todos los milagros
Que no caben nunca
En las manos
Ni en el fragor eterno
De las pupilas.

 

 

 

 

 

 

Ángel Vargas: Periplos “ni tan allá ni tan acá” de lo doméstico

Por Daniel Olivares Viniegra

 

A partir de 2015, Ángel Vargas ha saltado, si no a “la fama”, sí a una recurrente visibilidad, luego de que resultara ganador del VII Premio Estatal de Cuento y Poesía María Luisa Ocampo, gracias su libro El viaje y lo doméstico, cuya más reciente presentación tuvo lugar en el Feria Infantil y Juvenil del Libro Pachuca 2018. Ya antes, en el 2012, este poeta había obtenido el primer Premio Estatal de Literatura Joven (en la categoría de Poesía) del Instituto Guerrerense de la Cultura y el Premio Estatal de Bando Alarconiano en 2013.

Acapulqueño de origen, es autor también de los poemarios Díptico (2015), A pesar de la voz (2016) y Límulo (2016), labor que le ha permitido ser parte del Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico de Guerrero y al Programa de Jóvenes Creadores del FONCA.

En cuanto a El viaje y lo doméstico, debe decirse que deviene una propuesta ciertamente deleitosa no sólo por su muy acertada propuesta de diseño (obra de Carlos Adampol Galindo Rodríguez), sino por las innovaciones o retos que se plantean desde la concepción general de su arriesgado discurso poético, y es un libro al que podríamos definir, de paso, como todo un compendio de brevedad aforística, tejido entre poemas de los que se van, de los que vuelven, de los que extrañan casi todo y de los que se mueven por necesidad (o no) casi del todo permanentemente. Un libro escrito, paradójicamente, “al tiempo que para no olvidar; para dejar ya en el pasado todo aquello que de algún modo lastima”, según explica el autor. Pero más allá de ello, y ya apropiándonos de la materia que nos deja ver “sobre la mesa”, el recurso que más destaca es el ludismo mediante el cual, por ejemplo, se propone al obligarnos a concebir todo su poemario como un mapa en el que coordenadas geográficas precisas aparecen en sustitución de los títulos de los poemas:

 

[16°52’25.4”N 99°53’08.2”W]

Cómo ubico en un mapa
el día en que nací,
el hospital en que mi madre dijo
esto es el mundo.

Cómo hallo en el tiempo
una imagen que no existe más
en la memoria,
si la memoria no puede medirse en latitudes.

 

Y es aceptando de entrada este recurso, como iniciamos un satelital acercamiento sobre un tejido de nodos que suponemos interrelacionados biográfica y geográficamente, para –a continuación– centrarnos ya de manera voluntaria (o del todo procedentemente inducida) en la temática del viaje, de los desplazamientos, de las partidas y los regresos, de los abandonos y los reencuentros; de los aprendizajes exteriores, pero también de los reacios y recurrentes apegos; éstos últimos, los dedicados justo a lo que somos por esencia, por necedad (o por necesidad) al sabernos tal como somos; un trazo entonces de un devenir: del ir(se) y regresar al hogar, a ese espacio ubicado a la vez dentro del ente llamado nosotros mismos,  así tan insólita, rebelde y reiteradamente tan cotidianos.

En el trayecto, o mejor dicho mediante sus múltiples trayectos y sus, a veces, casi siempre “fatigosas” incidencias, este poeta se confirma como un espíritu inquieto, a la vez que rebelde revelador de muy diversas realidades. Sin escapar del dolor ante lo social, y aunque tampoco desgarrándose las vestiduras, prefiere confirmarse como lo que es: un ser un tanto hedonista (y en ocasiones hasta un tanto cínicamente egoísta), mismo que, sin embargo, no queda exento de virtudes, la mejor de ellas su vocación por la belleza o su aspiración por lograr que prevalezcan los muy diversos placeres del mundo, mucho de lo cual finalmente nos comparte.

Asumida tal actitud, un reclamo y un autoflagelo parecen también manifestarse casi todo el tiempo, si bien estos mea culpa resultan igualmente lenificados por la ironía, el humor, el desenfado.

Como ya hemos adelantado, algunos malabares formales, que no dejan de ser incluso arriesgados trucos visuales (o hasta cinematográficos), como el conducirnos por breves tramos observando la línea blanca de la carretera… confirman el afán propositivo de este creador, quien, por lo demás, no rehúye cierto prosaísmo o la aceptación de neologismos  como síntoma de su modernidad… en tanto que en lo filosófico absorbe, degusta y asume las consecuencias de nuestra también aporística manera de aposentarnos en el mundo: nos perdemos para recuperarnos, incluso sin ir hacia ninguna parte (diría proustianamente); al tiempo que al irnos alejando extrañamos ya (casi al momento) lo que hemos sido o hemos dejado detrás; de la misma forma que, apenas al llegar, expresamos ya añoranza del pasado cuando no una apremiante sed de futuro; tal y reiterada es la circunstancia y la quejosa contradicción con la que este poeta nos confronta desde el título; lo mismo que inclusive desde sus acertados epígrafes que nos remite hacia la ingente aventura de pensamiento y viajes hacia todos los confines (no solamente terrenos) que han ejercido seres que, como José Lezama Lima, escasamente y si viajaron fuera de su ciudad o inclusive de casi su propia casa. Así viajes en el tiempo y en el espacio (o en el tiempo y espacio del ser) se imbrican y dan densidad a este planisferio personal que, como ya decíamos, no deja de ser una deliciosa aventura que vale la pena compartir.

El jurado correspondiente premió a este libro “por tratarse de una colección que resume una mirada de lo doméstico, a través de una mirada de lo inmediato y la creación de atmósferas sugestivas”, ponderando además la claridad de “una poética que plantea su aventura en lo próximo y en lo íntimo”. Dictamen ante el cual, por supuesto, nada objetamos, sino al que aducimos lo que aquí queda apenas esbozado.

 

***

Ángel Vargas. El viaje y lo doméstico, México: Praxis / Secretaría de Cultura de Guerrero, 2017.

 

 

A la medida, Talla 53

Lo puro puesto

Víctor Hugo Díaz, Editorial Cuarto Propio, Santiago, Chile, 2018

Por Susana Reyes

 

 

                                                                             “Cuando el corazón del hombre se pone a pensar en la vida”

                                                                                                                                                   Jaime Sabines

 

Así transcurren los versos de Víctor Hugo Díaz, poeta chileno (53 años), en su reciente libro Lo puro puesto, publicado en Chile y presentado en México, como en una sucesión de fotogramas, que nos muestra los momentos vividos desde la perspectiva de las cosas, los sencillos actos donde aparece el yo como un fantasma.

 

En una actitud de desdoblamiento la voz lírica nos guía por el libro dejándonos saber sus intenciones:

 

Es solo abrir los ojos

y escuchar cómo se construyen los edificios

desde arriba.

Comienzan por el último piso

y el primero… se guarda para el final

 

Cada poema nos devela la materia prima del edificio que es esa vida que la voz lírica va construyendo,  reconstruyendo, o quizás deconstruyendo, desde arriba hacia abajo, mostrándonos piezas, materiales, detalles. Desde el juego de abrir el libro en una Escena Secundaria, la analogía de la construcción hace iniciar el libro por los pisos superiores, y poco a poco vamos volviendo la vista hacia atrás con la consciencia de lo vivido, y entonces observamos y redescubrimos la fundación.

 

Jugar con piedras es sinónimo de vitrina rota

de espejos nuevos o packs de cerveza vacíos

traiciones de plástico

y castillos de arena antisísmicos

que al día siguiente nadie recordará

 

Pero lo primero y lo esencial se ha quedado en la memoria. A fin de cuentas, dice el poeta, “Los recuerdos como los libros / se pueden ordenar en estantes y repisas / clasificarlos por tema, por edad, por dolor”. La memoria siempre se actualiza, cada vez que volvemos a un recuerdo, éste es tamizado por las experiencias inmediatas que nos hacen verlo siempre de otra perspectiva, aunque el hecho siga pareciendo el mismo, aunque después ya no lo recordemos. En esa primera parte, en los pisos superiores, esos instantes parecen disiparse.

En la Primera Escena, que es la segunda parte del libro, la voz lírica se interpela a sí misma:

 

Lo más extraño eres tú

ese al que le estoy hablando, a mí

 

Nos reuniremos este verano a ver la puesta de sol

alrededor de una fogata apagada y humeante

sobre arena usada para la Construcción

pero muy lejos del mar.

 

Esta voz que deja el mensaje, nunca pisa la sombra

que proyectan los cables de Alta Tensión

 

Y reconocemos el aquí y ahora, ese instante en que pareciera que no hay vacantes para terminar de construir la edificación que somos, y en adelante del poemario descubrimos una voz más colectiva, pero atrapada en un círculo vicioso de búsquedas, carencias, de formas de resolver que no son más que nuestra propia esencia: vivir, morir, vivir para morir, o morir para vivir.

 

Después de sembrar los terrenos con gente

y con techos

cada familia cosechó diez ladrillos de adobe

 

Así construyeron su escuela.

 

Y en estos poemas de la segunda parte vemos la construcción atropellada de nuestros cimientos, de un colectivo que siempre se agrede, la piedra no solo es material de construcción, sino también un arma que acomete contra nosotros mismos en el momento menos pensado.

Así transcurrimos, parece, a fin de cuentas sólo tenemos lo puro puesto que es la vida entera que recorrimos y que a veces ya ni siquiera podemos recordar. Lo puro puesto de Víctor Hugo Díaz, hoy, es la Medida de la Poesía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A todo eso que es visible.

                                                                        a lo que sucede entre dos espejos, frente a frente,

                                                                                                                                            mirándose

 

 

 

MATERIALES LIGEROS

 

Las pisadas de los que huyen

se pueden escuchar durante la sequía

 

son el crepitar de flores

y pastos muertos del año anterior

donde cada paso dice algo

 

historias inconclusas que suceden

entre Estaciones del Metro

o construcciones de material ligero

que los puertos y el aburrimiento

de no sentir miedo        

se llevarán

 

odios amados que se cocinan por horas, un día a la vez

a fuego lento durante años

en este vertedero de puertas abiertas;

pero clausurado a los que piensan escapar.

 

Islas que nunca han visto el agua

apenas calles pavimentadas

y explosiones extranjeras fabricadas

                                   para reunir a los amigos

pero solo a los que puedan recopilar extremidades

armar el rompecabezas

y después sepultarlo.

 

Cuando al lado solo hay dinero falso

y la respuesta es: no me acuerdo

no sé lo que hice ayer

era el último Teléfono Público de monedas

solo             

en el Centro Comercial      

mientras nadie llegaba

por el camino bloqueado     

huérfano de pies.

 

Los barrenderos saben rastrear el peso y tiempo

que dejan los desperdicios sobre tierras depiladas

también leen el silencio que cometen las hojas secas

junto a árboles desnudos exhibiéndose en público

                                                       una tarde sin viento.

 

Pero no importa, todos han vuelto, nadie huía

ya crecieron los pastos         

levantaron nuevos techos

regresó la lluvia.

 

 

 

HELADOS

 

Los dedos nunca andan solos

Escapan desde el otro lado de la ciudad

manchas de sangre y semáforos en rojo

conduciendo un carro de Supermercado

                                            lleno de ganancias        

a exceso de velocidad.

 

Como el trabajador del frigorífico

que abre temprano el negocio

                                          antes de los disparos

a la hora en que se decide dejar la infancia

                                                        y envejecer

para ser adolescente por décadas

empuñando un arma casi falsa

mientras lo único sembrado

ya comenzó a reproducirse.

 

Un buen golpe madura bajo el sol

primero se arrojan las redes

para ver si amanece

                                        los anzuelos, después

-el que mira a todos lados y sus llaves

                                                           son la carnada-

 

Pero la luna siempre es quien dice la verdad

justo antes de eyacular en su cara

bajo amenaza de no contárselo a nadie

Escombros que sirven de pantalla

a una casa de seguridad en Ciudad de México

donde alguien se lava el culo

                                           ensuciado por nadie.

 

Ahora parece que todos los pájaros

con un mensaje atado a la pata

perdieron su dirección para repartirse el botín

La colilla de cigarro que siempre

quiso provocar un incendio

antes de apagarse.

 

Hoy es el día más caluroso         

y los Helados seguirán vendiéndose en las calles

 

Pero el dinero, por fin, se derretirá en otras bocas.

 

 

OBJETOS CULPABLES

Lo primero sería sentarse

a deletrear la palabra DESIERTO

 

al lado izquierdo de un crimen recién cometido.

 

Porque la culpa será siempre de los objetos

objetos sospechosos en la escena

armas, sobrenombre.

 

Al parecer, quedaban deudas pendientes:

un lago que se evaporó en sólo una noche de lluvia

o el deseo de Feliz Cumpleaños

que nunca, nunca se cumple

 

donde la sangre se esparce y fluye

por las imperfecciones

por la geografía mal terminada del suelo de cemento

barricadas levantadas con materiales ligeros

 

prueba suficiente de un trabajo mal hecho

pero que al menos sirvió

para dejar escrito su último mensaje.

 

Así es la suerte, sólo para algunos:

el primer recluta muerto en una guerra

o el último, segundos antes de la rendición incondicional

cuando la intemperie, el agua o la tierra seca no importan

 

tampoco el vidrio polarizado antibalas CNI

que al final alguien bota de su casa

para obtener la clave de la caja de seguridad

donde se guardan los recuerdos que nunca serán

 

donde se esconde ese vello púbico

depilado tantas veces, hecho de tiempo sintético

de ese que se vende en todas las ferreterías

en oferta, hasta agotar el stock.

 

Igual a estar desnudo en posición fetal

en medio de las piedras o de la vegetación y la brisa

 

extrañando lo bello y tóxico

                                         de las aguas contaminadas

el sudor del sol         su brillo dorado

el precio en oro de todo lo que no se tiene

 

dorado seco en la piel                    todo el día

esperando el brillo de una limosna.

 

“Viajero, si escapas de esta cárcel

                                                  y vas a Esparta

diles a todos que nos rendimos, que fuimos culpables

que nos apuñalamos tras las rejas

en cumplimiento de su Ley”

 

 

LOS LÁPICES NO SABEN ESCRIBIR

 

 

No saben mentir

menos cuando están lejos de su casa

su periferia  y los vertederos vivos

 

cárceles concesionadas

o las terribles consecuencias

que pueden dejar el rocío, el cambio de Estación

y lo rico que es

saludar en invierno a los extraños.

 

El martillo sólo sabe de clavos

pero escucha entre golpe y golpe la vibración y el ruido

que hacen los muebles que se mueven en el piso de arriba.

 

Los lápices tampoco saben leer

nacieron con síndrome de abstinencia

                                                          ya de fábrica

en medio de una fotografía digital

la familia retocada en sepia, suplantando a lo que no fue

con la misma mirada

a que huele el combustible de alto octanaje

 

una voz inflamable que se deja ver

pero que no se oye

 

tan sólida como el vacío

que prefirió quedarse en esa habitación

ya remodelada hace tantos años

 

donde las cajas de cartón todavía están ahí

embalando objetos y evidencias

 

el Estado Físico de la Materia

de esos recuerdos, una mañana

                                    donde todo se hizo tarde.

 

El que nunca supo a qué especie pertenecía

cuáles insectos

                           la hierba

                                            esos desperdicios

y los arbustos a la orilla del camino.

 

Publicado en ESTANQUE LINGÜIVORO

 

 

 

Llorar como un salvaje

"Canción del bárbaro"

Martín Tonalmeyotl

 

¿Poesía para qué? ¿Tiene algún sentido escribir poesía? ¿Se puede cambiar a la sociedad y sembrar esperanza desde la poesía? Preguntas como éstas y otras tantas las hay en este tiempo y las ha habido tiempo atrás. Para muchos la poesía tiene sentido, una forma de ser, de vivir, de convivir y explorar otros espacios, una finalidad específica en materia de creación y así; mientras que para otros la poesía “no sirve para nada”: lo he escuchado decir un par de veces.

En México hay toda una tradición poética que se ha venido forjando desde hace algunos siglos; sin embargo, nuestra poesía mexicana ha quedado estancada y los poetas no han hecho otra cosa más que imitar formas y crear poesía porque sí. Se han olvidado que la poesía nació para decir lo indecible, para describir el tiempo en el que vivimos, para pintar y sembrar ideas, para pensar acerca de nosotros y desde la palabra, gritar rebeldías, injusticias, amor a la tierra, a una mujer, a los hijos y así. Este poemario que lleva por título Canción del bárbaro nos ofrece otras palabras, otras historias que muy pocos poetas se atreven a contar o, mejor dicho, a preguntarse de sí mismos y del mundo en el que viven. El poemario cuenta la historia de un hombre (salvaje) que conoce la ciudad y el pueblo, conoce los males y rituales existentes. El libro está compuesto por cerca de 50 poemas y dividido en tres partes: Lamentación del salvaje, Casi canto y Tribada.

El personaje principal del libro es un hombre que desobedece las reglas de una “civilización” maltratada, impuesta a conveniencia de muchos, una sociedad que ha perdido el amor a la naturaleza, a la familia, a las costumbres antiguas, a las calles, a la libertad de sí misma: Pocos entienden lo difícil que es / hallar hoy un verdadero bárbaro: / hace tiempo que ven televisión / en casi todos lados / y quieren pollo frito / y ven cine de Hollywood.

Los versos aquí escritos no te remiten a escuchar bellas palabras, sino a describir realidades que muchas veces nos golpean. Ángel Carlos se ha caracterizado por ser un poeta solitario, uno de los poetas mayores del estado de Guerrero, destacado por su producción poética y el compromiso hacia lo que escribe. Tal como lo dice el poeta Adriano Rémura en uno de los prólogos para el libro Reflexiones de la poesía. Ayer y hoy

del maestro Enrique González Rojo: “pensar al poeta del siglo XXI como un actor social clave para la transformación integral de la realidad y punto esencial para la materialización de un mundo que no tema a la crítica ni al ejercicio lógico de la poesía”, él nunca se ha interesado por estar en los chismes literarios, en los grandes festivales, en el periódico o las revistas; sin embargo, sigue ahí, escribiendo y creando una poesía muy propia, de protesta, de denuncia y de autorreflexión hacia sí mismo y hacia la sociedad actual. Ha optado por darle vida a la palabra, por darle sentido y razón de ser a la poesía. Es un hombre rebelde, un poeta bárbaro al que le duelen las injusticias, grita sangre en las calles, siembra ideas para el futuro de los niños.

En México tenemos muchos poetas o al menos muchos se hacen llamar poetas que no tienen ningún compromiso con lo que dicen. Ángel Carlos realiza la acción de cada palabra o cada verso que escribe, por ello no usa bellas palabras sino aquellas que se usan en el lenguaje cotidiano y las retrata el bárbaro cuando dice: Yo traigo un viento entre la sangre, bailo, / y a veces soy el agua, duermo, / yo canto, lloro, sueño, / soy el bárbaro, porque aquí importa más decir algo que decir algo bello pero hueco. El bárbaro nos sitúa en aquello que se ha olvidado: busqué un empleo, me casé, / sostuve a mi familia, / compré a plazos un coche / y olvidé aquella aldea en no sé dónde.

La canción del bárbaro es este grito donde se describe a un hombre maltratado en una sociedad donde no cabe, donde se le desprecia por ser distinto y no cumplir con los requisitos de la “civilización”. El poeta lo describe como: ¡Salvaje!, ¡lépero!, ¡aborigen!, / ¡ignorante!, ¡vándalo!, ¡grosero! / ¡patán!, ¡inculto!, ¡loco!, / ¡gañán!, ¡bruto!, ¡majadero!, / ¡indio!, ¡primitivo!, ¡bárbaro!… Sin embargo, muchos queremos seguir siendo salvajes y vivir a nuestro modo y en lugares en donde no se cobre el agua, el aire, el piso, donde nada se venda porque todo es un intercambio con la naturaleza. Y los expertos en esto son los pueblos originarios como los me’phaas, los kichuas, los nahuas, los wixárikas y otros que también son mencionados por el poeta: Que no deje que nadie me arrebate, / espíritu del pueblo, esos lugares / donde germina el agua, donde nace, / y pueda cantar abiertamente / espíritus alegres, con la voz / que mis abuelos apenas ya susurran.

 

 

 

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