Martes, 05 Enero 2021 17:54

LOS ROSTROS DEL CRUCIFICADO

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…SOMOS TODOS

                Por Roberto López Moreno               

 

Con el rostro transido por interminables fatigas, materia por el sufrimiento burilada, materia para campos de dolor y tragedia henchida, con una humildad murmuradora de silencios, con silencios que de tragedias cuando toman la voz, lo vi subir al metro de la ciudad de México. Su amargo facial lastimaba el aire circundante, toda la visión que daba era como para adorarse en campañas navideñas, viendo, a éstas, como la invitación a la generosidad entre los seres y junto, invitación a las buenas acciones.

Jamás pensé que pudiera ser Cristo reeditado o algún Cristo que había perdido la dirección en barullos decembrinos o que habíase extraviado en medio de los desconciertos pandémicos.

Lo vi como solicitando a alguien que le brindara apoyo. Fue por eso que me acerqué a preguntarle en qué le podía auxiliar. Me miró sereno todo él y me confió que tenía cita con el poeta Luis Alfaro Vega. Le respondí que siguiera como iba y que descendiera en la estación Costa Rica.

Ahora veo que cumplió puntual con la cita y desde Costa Rica me llegan trece rostros que “aspiran a un acercamiento franco, sencillo y directo con la cotidianidad de los seres humanos”.

 El poeta se manifiesta ahora en los terrenos de la plástica. Muestra que dibuja y pinta aquellos rostros, trece ellos y un solo Cristo verdadero, no buscando la aprobación del crítico sino buscando, sí, la comunión con los seres que están más por la ternura que por el formalismo. El poeta, ya como artista plástico trata de seguir siendo muy él y lo es en sus trece golpes bajo el cielo.

Las alteraciones en los rasgos faciales en el varío expuesto es movimiento, ayudan a dar con la expresión de la tragedia de la historia desde el genuino asombro del que pinta. Qué manera de tocar lo humano con las alianzas de la emoción y el talento. Las deformidades en el plano hacen que, ahí, enfrente, esté el hombre, cumpliendo sin rebuscamientos, los horarios que le corresponden en la Tierra.

Las vicisitudes de nuestro tiempo están en esos rostros que son el rostro. El hombre con sus desgarramientos reflejados en la cara materializa una dinámica de tragedia que es pan cotidiano para el ojo que habla, de eso y más está redondeada la pupila del artista, pueblo es y en pueblo se convertirá. Y así se pone a sumar caras, trece son, trece están siendo.

Puesto a meditar frente a los trece rostros diré junto al escriba de tal tinta: “el océano divino somos todos”

 

 

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LOS ROSTROS DEL CRUCIFICADO

Luis Alfaro Vega

 

Con estos rostros he intentado un acercamiento jubilosamente humano al susurro espiritual por antonomasia de la fe cristiana: El Hijo de Dios. No es una propuesta con la intención de multiplicar la fe, o de estrecharla, esas lides pertenecen al ámbito más íntimo de los individuos. Estos dibujos-pinturas, bordeando el límite y arrojo de la tradición del crucificado, aspiran a un acercamiento franco, sencillo y directo con la cotidianidad de los seres humanos.

Las formas no son alegorías acabadas, los colores no están en disposición de un equilibrio estético. Son unidades al margen de la perfección artística, conciernen al perímetro de la recreación, o mejor, de la interpretación subjetiva que realiza el ejecutante. Es decir, están barruntados del compendio anímico de aquel que observa el paisaje con ojos de asombro, y se atreve a intentar una reproducción, necesariamente personal, pero cercana al arrastre de convenciones y colores que lo impresionan.

He procurado el acomodo tenso de las formas de los rostros, intentando una disposición física y anímica en un plano no acabado, incluso difuso, y hasta deforme, pero que guíe hacia la postura original de un breviario humano, el estruendo matriz que nos define: estallido de homo sapiens sapiens enfrentando la vida.

La mayoría de los rostros muestran un viento ajeno a la antropológica felicidad que se nos narra como aspiración suprema, una cadencia diferente a la utopía de la idílica belleza a la que se nos incita a aspirar. En su lugar, los perfiles evidencian una mustia hendidura en las expresiones, un opacamiento en los gestos, un defraudado brillo en los ojos, una confusión enmascarada de normalidad. Miradas que, en el ejercicio de sus intrínsecas convulsiones, despojadas del júbilo de las mundanas pretensiones, acicalan una tristeza y un dolor venido desde lo más hondo.

El empeño de estos rostros es poner de relieve la plataforma humana a ras de suelo, el escenario colectivo de un hábitat moderno en el que la fraternidad es un bien esquivo, una modernidad tecnológica en la que se nos impone el individualismo como magnánima, invulnerable estrategia para la sobrevivencia.

He procurado expresar con estas imágenes que la llama espiritual que no cesa no está allá afuera, perdida en las tinieblas de la eternidad, en el fondo subjetivo de otro cielo, sino aquí, en la única célula humana que habita nuestro mundo, en la multitudinaria colmena de individuos conformada por siete mil millones de almas. El océano divino somos todos, todos, aunque unos estén naufragando en el oleaje de la miseria y el dolor infrahumano, y otros estés en la parte alta del estrado, usufructuando.

Estos rostros intentan ser una huella de la historia que somos, mostrar con esos gestos descompuestos, y con esas profusas lágrimas, el entramado de relaciones entre los seres humanos, un relacionamiento que nos ha conducido a un pantano, donde reina la incertidumbre y el temor, donde el aire limpio y funcional es escaso porque, en el desmedido afán de acumular bienes materiales y desarrollar sofisticadas tecnologías, estamos destruyendo la única parcela fértil a nuestro alcance: el planeta Tierra.

Los rostros tienen aberturas por donde se fuga la esperanza de una hermandad ecuménica, vértigos en el argumento de sus mohines, roturas propias de un frío interno no resuelto, y lágrimas en abundancia, lúcidas lágrimas como evidencia de una zozobra que se impone.

Son rostros con una carga de emociones heladas, de despojo y desventura, aunque algunos, tropezando con una carga anímica distinta, muestran un pálido gozo, una elemental luz de beneplácito, la llaga benévola de una esperanza que se cuece en las entrañas, la ilusión de que es posible un aliento de gracia entre los seres humanos, el regodeo original de que es viable un entendimiento que nos hermane, en cómplice ejercicio de confraternidad, hacia la noción de que formamos parte indisoluble de la metáfora cristiana: que somos uno con el Hijo de Dios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

Visto 264 veces Modificado por última vez en Jueves, 07 Enero 2021 04:58
Luis Alfaro Vega

Luis Alfaro Vega nació en Santa Bárbara de Heredia, Costa Rica, el 27 de abril de 1961. Es licenciado en sociología por la Universidad de Costa Rica (UCR). Ha publicado obras como «Poética de la muerte» (Editorial Oro y Barro, 1998), «Libo» (Ediciones Colección Acosta, 2000), «Cabálicas» (Ediciones del Valle, 2006) y «Luces y sombras de otro tiempo» (Corporación Educativa para el Desarrollo Costarricense, 2009). Su novela «Los tristes pájaros del parque»» fue publicada por Ediciones Oblicuas de Barcelona en 2018. En 2019 la Editorial Montemira publicó su novela «El legado». 

1 comentario

  • Enlace al Comentario José Rafael Hernández V. Jueves, 07 Enero 2021 21:55 publicado por José Rafael Hernández V.

    Luis...amigo! ¡Déjenos algo! Déjenos sentir lo que sentimos! Sin condicionamientos! Sin pre interpretaciones! Aunque la obra sea suya...déjela expresarse con la novísima qué provoca en nosotros!
    Ahora sí! Incursión y retome, desde el punto de vista teológico, de un Dios encarnado que asume todos los rostros, particularmente los que llevan sobre sus cabezas una corona de espinas, punsando el cotidiano.
    Bien por Luis y ni se diga de la introducción de don Roberto, el que gastó el toro lo justo.

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