Jueves, 14 Septiembre 2017 06:01

COMO TÚ Y YO / M a r g a r i t a    C a s t r o /

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COMO TÚ Y YO

M a r g a r i t a    C a s t r o

 

                              

 

 

 

 

 

 

 

            La casa hablaba de ella, Mónica se podía sentir en la sala,  en la terraza,  en la cocina, para mí solo el espacio del estudio. Pero logré conservar en la pared del hall el cuadro que en mi infancia me regaló el abuelo, era un viejo con un niño en una barca pescando. «Como tú y yo»  dijo la tarde que lo descubrimos en una exposición, más tarde  lo compraría para darme una sorpresa. Así era él: adivinaba lo que yo quería.  Solíamos pescar en un barco con el motor de fuera. La felicidad se traducía en sacarlo del muelle en la madrugada  y tomar velocidad  mar adentro mientras veíamos despuntar el sol.

«Este cuadro no, es hermoso» le dije a Mónica la primera vez que trató de quitarlo, estaba sorprendido, ya  le había contado cómo me reanimaba. Me traía de vuelta la sonrisa del abuelo al tensarse de súbito mi cordel por la picadura de un pez, y a mí tan orgulloso. También los colores cálidos del amanecer  que aparecen en el  horizonte cuando la noche y el día están a punto de separarse.  Y yo adentro del paisaje percibiendo el ritmo de mi respiración.

            Trabajé muchos años para mandar a  construir esta casa −es más grande de lo que un hombre como yo necesita−, la hice levantar en un barrio de mi agrado, en  Palmetos, avenida ancha y poco transitada.   Durante la construcción era costumbre cruzar a la acera de enfrente para imaginármela terminada: veía de antemano las ventanas verticales, el par de balcones a ambos lados de la fachada, la escalinata con balaustradas al frente de la puerta. Pintada de blanco marfil, mi color favorito.  

Mónica llegó justo después que estuvo lista. Recuerdo entusiasmarme con  la sola idea de su compañía. ¡Cómo disfruté  observarla gozar el tamaño de las habitaciones! Le agradaron los techos altos, el fresco que se respiraba. Lo supe desde el momento que echó discretas ojeadas, quizá por el lugar tan apretado en el que dijo haber crecido. Ahora que lo pienso, desde que la conocí tuve impulsos de abrigarla, era una mujer que lograba que uno se sintiera indispensable.    A veces al mirarla, todo lo que encontraba era una desconcertante fragilidad.  El único lujo era su pelo oscuro que caía sobre la  espalda. En cuanto a su conversación y gusto para vestir, tuve que resignarme.

Desde que entró en la casa, el sentimiento de soledad contra el que había luchado  desapareció.  Me entretenían sus ruidos: abriendo y cerrando cajones, repintando paredes o acomodando mi ropa una y otra vez. Ordenaba mis libros según el color o el tamaño.  Ciertas noches eran las pesadillas, se agitaba y sudaba hasta que no me quedaba otro remedio que despertarla.  En mucho tiempo no la  vi hacer  casi nada que yo entendiera.  Pero su determinación por enfrascarse en tareas innecesarias me ayudaba a olvidar las presiones y rutinas del despacho.  Era curioso espiarla y tratar de adivinar cuál era el fin de sus obsesiones.

 

            Fue a mi regreso de un viaje  cuando me dio la primera sorpresa: había cambiado el mobiliario de la sala. No dejó siquiera el tapete de la tribu de los Yürüks, el que tuve a bien cargar desde Turquía.  Tampoco se salvó el cómodo sillón para leer el   periódico. Se excusó diciendo que era necesario un cambio, que  mis cosas estarían bien en la bodega. Como no soportaba verla triste,  terminé por aceptar  sus preferencias. Sin embargo, esa noche, al sentarme a beber una copa de vino tinto, tuve la sensación de estar dentro de  una caja vacía sin circulación de aire. Deseé salir, alejarme de un olor  desagradable,  vinieron a mi mente cucarachas, gusanos, y toda clase de bichos que tanto me fastidian.

            En el tiempo que Mónica repitió la misma historia con el resto de las habitaciones parecía contenta, tarareaba nuevas melodías  mientras vaciaba algunas de mis pertenencias  a cajas,   desplazaba muebles o invadía  mis cajones.  Me acostumbré a verla marcar cada rincón,  después de todo no podía olvidar cuán solo me sentía antes de que llegara.  

            No se daba por satisfecha, cuando la novedad  desaparecía,  se  aislaba en la oscuridad de nuestra recámara. Cerraba las cortinas  y se sumergía bajo el suave espesor de la sobrecama. Entonces yo,  junto a ella, no podía leer,   apagaba la luz para que no le

molestara los ojos y evitaba  hacer cualquier ruido como toser o voltearme bruscamente (cuando la cama era solo mía, leía hasta caer dormido y el libro se desprendía de las manos). Pero una noche tuve unos infinitos deseos de continuar con la lectura en la cama, me acurruqué dándole a Mónica la espalda y encendí una linterna  para iluminar el libro. Procuré pasar con muchísimo cuidado cada  página para no despertarla. Nunca imaginé, antes de encontrarme en esta atmósfera de oscuridad, inmovilidad y silencio, cuánto puede crujir una delgada hoja al voltearse. Continué leyendo aunque la presencia de Mónica me hiciera sentir que estaba cometiendo un acto irreverente. Su voz quejumbrosa salió por debajo de las capas de sábanas y edredones.

―No puedo dormir. 

La odié. La rabia se me subió hasta sentirla en la mandíbula apretada. Cerré de un golpe el libro y salí a respirar el aire fresco de la terraza.   Esa noche soñé que la ahogaba, con mis  brazos como zarpas, la hundía en un estanque de agua verdosa y turbia  en el jardín de la casa.  Sudé frío, desperté gritando. Sintiéndome desdichado y culpable, me trasladé al estudio para olvidar la pesadilla.

 

Dos días después,  Mónica puso su intención otra vez en mi cuadro. Comenzó diciendo algo acerca de lo opaco de los colores, de lo anticuado del marco. Y que la pintura no tenía nada de especial. Luego comentó: «un viejo flaco y un niño con cara de tonto».  Repitió la misma canción una y otra vez hasta que su voz  se metió como gusano a través de  mis oídos y tomo vida propia.  Podía oír sus palabras repitiéndose dentro de mi cabeza.  Me pregunté si ella tendría razón. Sin embargo, no se atrevió a tocar mi pintura, pudo ser, ahora que lo recuerdo, por la manera de amenazarla con los ojos —como puños cerrados— cada vez que se le acercaba.

 

            Sucedió que una noche de mucho calor, desperté con fiebre y fui a la alacena por  unas pastillas. Una fuerte jaqueca  me obligaba a caminar desorientado. En los pasillos  me di cuenta  que ya no quedaba rastro de mí en la casa, la esencia de Mónica,  por todos lados. Por fortuna recordé que todavía estaba mi cuadro, mirarlo calmaría la ansiedad que entrecortaba mi respiración y la opresión que sentía en el pecho. Pero descubrí con horror que tampoco lo reconocía, era como si alguien lo hubiese  alterado. Sólo alcancé ver  un óleo común y descolorido con un  marco reseco en el que navegaban un anciano chupado por los años y un niño de semblante indiferente. El cielo había perdido sus matices, el mar su profundidad, el barco sus olores.  Cambié de posición para observarlo desde diversos ángulos. Inútil, el cuadro  estaba plano, lejano, mudo. Mónica se había metido en mis ojos.  Yo mismo  lo quité con lentitud de la pared. Entonces imaginé que el abuelo y yo nos hundimos en medio del mar en una madrugada cuando el sol estaba a punto de levantarse.

                       

            En la bodega, las cucarachas caminan sobre la caja polvorienta en la que he echado el cuadro. A partir de esa noche, Mónica se mira feliz. Busco recuperar algo que perdí, no sé bien lo que es,  me paso mucho tiempo en el estudio leyendo los mismos libros. Si Mónica pretende tirarlos, no se qué haría. La sigo   por donde va, miro lo que hace, me siento junto a ella. Y espero.  

 

 

 

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 M a r g a r i t a    C a s t r o

 

Margarita Castro Romero (1961) Mérida, Yuc. Licenciada en Sistemas Computarizados e Informática en la Universidad
Iberoamericana de la Ciudad de México. Realizó estudios en Letras Hispanas y cursó talleres de cuento fantástico
y cuento de lo extraordinario. En Greeenwich Connecticut participó como promotora de lectura en el programa Knights of
Reading Table destinados a incentivar la lectura a niños. En el 2015 fue acreedora del Premio Estatal de Cuento corto de
SEDECULTA y del segundo lugar del Concurso Peninsular de Cuento del Diario de Yucatán. Obra suya ha sido publicada en
medios digitales como Gualdra de Zacatecas.

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