Domingo, 12 Noviembre 2017 23:27

Bús - Cuentos de un provinciano en la ciudad /Pablo Reyes Pérez/

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Bús

 

Comenzaré por decir que algunas ciudades ofrecen grandes experiencias y diversiones a bajo costo, desarrollados en máquinas diésel que comúnmente llamamos bús y que sirven para trasladar a todo aquel(lla) valiente que se atreva a subir a semejantes bestias de acero —conducidas casi siempre por otras bestias, pero humanas—. Acapulco, en su mal intento de parecerse al D.F. —lo siento, CDMX— ahora tiene su Acabús. Son unidades coloradas por fuera y coloridas por dentro, plagadas de olores, colores y sabores que se mezclan extrañamente entre asientos grises-azules y puertas que se atoran. Vistos desde el exterior parecen autobuses cargados de sentenciados que son trasladados a cumplir su condena, caras largas, aburridas, ojos indiferentes y cuerpos incómodos confirman tal sospecha.

Yo subo a uno de esos gusanos colorados al filo de las 7:30 de la mañana cuando más atascado de gente viene en su ruta periferia-centro. Es completamente normal un apachurrón, empujón, machucón, pellizco o codazo. Un martes de verano observé en el reflejo del cristal subir a una hermosa chica que apenas entró tuvo que sujetarse de mi hombro para no caerse, a cada acelerón y frenón su mano se hacía más suave y poco a poco fue bajando hasta sujetarme por la cintura en un abrazo franco a dos manos. El bús siguió su trayecto y en cada estación fue vaciando sus vagones, mi estación para bajar se acercaba y yo me volví para conocer a tan hermosa criatura, la chica se había bajado hace rato, mi sonrisa fue correspondida por una octogenaria que me seguía abrazando fuerte.

 

Cuentos de un provinciano en la ciudad

 

 

 

Todos los lunes nos veíamos en un motelito por el rumbo de Álvaro Obregón, luego me enteré de que no era soltera, tenía hijos, vivía en Iztapalapa, el marido chófer de metrobús, marihuano, tatuado y perforado. Ella no paraba de decir te amo en cada encuentro: te amo apaga la luz, te amo ponte el condón, te amo ya me tomé la pastilla. Era diez años menor que yo y creo que nos estábamos enamorando. Un lunes le llevé flores, al cine, a cenar, me la comí a besos, sin sexo. Aquella noche la traté como una princesa y no la volví a ver jamás. La verdad me entró remordimiento, eso no se hace entre cuates y a Raúl lo seguía considerando mi amigo, ¿cómo iba a saber que su esposa trabaja en la Merced? Mejor ahí la dejamos, ¿para qué complicarnos la vida con gente infiel?, además yo también corría peligro, en una de esas se podía enterar mi mujer y me deja, y pues no, el matrimonio es sagrado.

Visto 361 veces Modificado por última vez en Domingo, 03 Diciembre 2017 09:39
Pablo Reyes Pérez

Pablo Reyes Pérez. Acapulco, Guerrero, 1980. En su formación ha tomado cursos de la UNAM, Tecnológico de Monterrey, Universidad de la Rioja, Politécnico y UnadMX. Cuenta con una experiencia de trece años como docente, actualmente imparte asesorías en escuelas privadas. En 2015 recibió mención honorifica en el concurso internacional de relatos Asombrario (España). Algunos de sus textos han sido publicados en revistas como Nocturnario, Diversidad Literaria y Periódico La providencia. También ha participado en talleres de creación literaria, INBA, lecturas públicas de sus textos y de otros autores. Participa en campañas como Siembra de libros y Se buscan lectores.

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