Guillermo José Fernández Ampié

Guillermo José Fernández Ampié

Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Literatura Hispanoamericana y de Centroamérica y Licenciado en Artes y Letras por la Universidad Centroamericana (jesuita), de Managua, Nicaragua.  Ha publicado algunos relatos en suplementos culturales nicaragüenses y sobre la realidad latinoamericana en diversos medios digitales.

 

 

La muchacha-caguar,

pájaro con virtud

Guillermo José Fernández Ampié

 

 

 

Desde muy pequeño Lindolfo Rayovak soñó con atrapar un animal que tuviera virtud, pero comenzaba a alcanzar esa edad en la que se pierde la fe en deidades y prodigios. Lo único que había logrado capturar hasta entonces eran chacalines, guardatinajas, guatuzas, cusucos y una que otra danta con las que habían conjurado muy bien el hambre y la soledad de la montaña.

Sin embargo, en los descansos realizados mientras monteaba en busca de una sabrosa cena, Lindolfo se distraía e inadvertidamente volaba sobre la colosal floresta que le rodeaba (en el lugar que le vio nacer el cielo tiene una tonalidad verde y carece de nubes), y en su gradual ascenso volvía a él la inquietante certeza de que encontraría la criatura con  misterioso poder para transformar su vida. El abuelo así lo había prometido cientos de veces.

Cierta tarde, al regresar del platanal salió a su encuentro una hermosa vaquilla. Blanco como un resplandor, el animal mugía alocadamente mientras movía la cabeza a uno y otro lado como ofreciendo alguna indicación. Parecía sonreír al indígena, bailarle desafiante. El deseo de atraparla mordió los pies de Lindolfo y puso en circulación su ardiente veneno. Le eran familiares los relatos de vaquillas con virtud.

¡Ah!, si atrapas una, serás el ganadero más rico de la región; traen poderosa fortuna.

Corrió tras al semoviente, pero éste parecía flotar sobre el sendero. A punto estaba de alcanzarle cuando el animal se esfumaba ante sus ojos, para luego reaparecer metros más distantes. Así la correteó por un buen trecho hasta que la vaquilla se internó en la montaña, desde donde llegaban sus mugidos, aunque él ya no lograba verla.

Lindolfo no supo si la vaca mugía para atraerlo o nada más se burlaba de él, pero como la necedad por atrapar un sueño para salir de la escasez lleva a pensar con torpeza, no dudó adentrarse a la selva tras las huellas del enigmático animal. Por suerte, el ángel que acompaña a los mískitos aunque no hayan sido bautizados le advirtió del engaño: A las reses no les gusta adentrarse en la montaña, así lo deseen los tigres. Y solo las vacas del demonio desafían a los jaguares.

Tras recibir el pensamiento como una revelación, Lindolfo deshizo lo andado corriendo veloz y atolondrado, tropezándose con raíces y reventando los densos bejucos que engalanaban los árboles. De regreso en su ranchita contó lo sucedido. Comprobó con cierta tristeza que aún lo alentaba un sueño del que no pudo deshacerse siquiera durante esa agobiante carrera. Por eso, poco tiempo después lo obsesionó la idea de apoderarse de un escarabajo con virtud. Comenzó entonces a buscar a esos escurridizos animalitos que muchas veces desde las orillas de la montaña le habían contemplado sin parpadear, con sus ojillos bermejos, mientras él se esforzaba por ahuyentar a los congos que bajaban hasta sus frutales y se burlaban con gestos obscenos.

Tal fue su empeño que una descuidada noche logró aprisionar uno, quizás el más confiado de todos los escarabajos-virtud, que se atrevió a llegar hasta la misma entrada de la choza como invitado a alguna velada. Lindolfo lo capturó ayudado de candiles y sábanas de retazos multicolores. En sus manos el escarabajo ostentaba una espectacular cornamenta que le daba el aspecto de un diminuto alce. Su caparazón reflejaba a una vez todos los colores posibles. Amigo de innumerables insectos de la selva, Lindolfo jamás había visto un bicho de esa naturaleza. Lo encerró en una caja de fósforos que luego envolvió en un pañuelo y ató con decenas de nudos a la cumbrera de su rancho. Se acostó feliz.

Al día siguiente despertó apurado para contemplar el tesoro a la luz del sol. El atado estaba tal como lo había dejado la noche anterior, pero su ilusión había sido saqueada. A Lindolfo ya no le importó si tenía o no virtud, se habría contentado con admirar la magnificencia del portentoso escarabajo. En vano se esforzó por encontrar sus huellas, y ahí mismo supo que nunca más vería otro igual…

Mucho tiempo después, convertido ya en hombre, descansaba tras nadar largo rato en el río cuando escuchó cantar a lo lejos un pájaro-caguar. De todas esas insólitas aves –un trozo de noche que vuela cargando un diminuto sol aferrado a su pecho–, una de ellas posee el encanto de la virtud. Como palmera talada por la tormenta se desgajó el anhelo de su infancia. “El caguar, si pudiera atrapar un pájaro-caguar”, pensó unos segundos, pero dejó que la idea fuera arrastrada por la corriente como ofrenda a los espíritus del río.

Nadie sospecha cuándo aparecerá un ser encantado ni la forma que tomará, pero el indígena supo, desde que la vio llegar a su rancho una mañana de marzo, que esa muchacha de cotona gris, tez oscura tez y cuerpo ligero, le entregaría un tesoro con el que él sería capaz de crear árboles, agua, lluvia, vientos, sol, tierra, bananos, casa, vida, y más. La montaña ofreció algunos indicios. Ese verano las chicharras cantaron con mayor algarabía y, desde que ella llegó, la calurosa soledad que cubre la selva cada tarde se disipaba con mayor rapidez. En el río, los espíritus sonreían.

 

graffitis psiquiatrico: Hebert Bagliones

 

Recuerdos rotos

Guillermo Fernández Ampié

 

El siquiatra pretendió hacerme llegar hasta mi recuerdo más antiguo, pero en realidad yo no podría decir cuál es.  Además, no tengo muchos recuerdos, así que tampoco podría hacer como un amigo mío, quien al escribir sus memorias seleccionó muy bien sus recuerdos, cada uno en un pequeño frasco, indicando la fecha, hora y lugar en que nació cada uno (hasta el día de hoy los mantiene así guardados, muy bien ordenaditos).

Tampoco he tenido muy buena memoria. Así que no puedo afirmar lo mismo que mi hermana, que recuerda hechos acontecidos en los nueve meses previos a su nacimiento, asegurando que cuando aún estaba en el vientre se enteraba de lo que ocurría a su alrededor, dado que podía escuchar a través del ombligo de mi madre.

Por otra parte, son muy pocos los recuerdos que conservo de mi infancia. Los primeros que tuve se mezclaron y confundieron unos con otros debido al  terremoto que destruyó mi ciudad. Algunos quedaron enterrados entre los escombros de lo que fue mi hogar, y fueron muy pocos los que logré rescatar intactos. En ese entonces apenas tenía cinco años.

Después, durante la guerra que azotó al país por más de tres lustros,  para salvar mi vida debí huir y esconderme en los lugares más increíbles y heterogéneos. Esto me obligó a dejar abandonado varios recuerdos en los más diversos sitios, incluso muchos muy queridos, pues debía de andar liviano de equipaje. Jamás logré recuperarlos.

En años más recientes, a causa de los continuos huracanes que han anegado mi tierra transformando completamente su paisaje, los pocos recuerdos que aún me quedaban fueron arrastrados por las aguas o se sumergieron bajo las corrientes de lodo que bajaban de cerros y volcanes sepultando pueblos enteros. (Fue un verdadero milagro que yo me salvara).

Así que en realidad no tengo recuerdos. Mis memorias son solo fragmentos, trozos dispersos, como pedazos de diminutas fotografías o unos cuantos fotogramas del rollo de alguna película mal editada. He querido clasificarlos, seleccionándolos cronológicamente o por temas, pero es una tarea imposible.

Algunas veces, cuando lo intento, de pronto descubro muchos errores y me digo: “no, no puede ser, este recuerdo es más viejo”. Otras: “no es posible que esto haya sucedido cuando tenía tres años, no sería capaz recordar algo como esto”. O bien: “cuando sucedió eso, en realidad no había cumplido ni siquiera siete años”. Al final me convenzo que todo intento de este tipo será un fracaso.

Pero en fin, voy a compartir algunas de estas imágenes que guardo con aprecio: un niño que corre y grita tras un autobús al que no pudo subir y  que se marchó llevándose a la madre; los muros de mi casa y las viviendas vecinas meciéndose como sábanas al aire para desplomarse cinco segundos después, haciéndose añicos en el suelo; una muchacha, con toda su hermosa juventud desnuda, llorando y pidiendo auxilio a gritos mientras la sangre bajaba como lava por su cabeza; un niño sentado sombre una camilla en una clínica aséptica y exageradamente iluminada mientras el doctor enumeraba una larga lista de lo que no podría consumir (las frutas más deliciosas y las bebidas más tentadoras), y después sentado sobre las raíces de un inmenso árbol mientras otros niños mayores se dirigen con gran algarabía hacia un río en el que él no podrá jamás nadar; el mismo niño con una jeringa y un frasco en la mano caminando por el callejón hasta donde lo esperaba una señora mayor diciéndole “que valiente, que valiente”; sonidos de disparos a media noche, y en la mañana, muy cerca de nuestra casa, los cuerpos de tres jóvenes baleados y degollados, las manos atadas hacia atrás, las piernas quebradas, mostrando uno de ellos los huesos de sus costillas, muy blancos, blanquísimos, como una página limpia, y un niño ya un poco mayor (¿diez-doce años?) encerrado en un modesto aposento, frente a una página en blanco, una página en blanco, una página en blanco… en blanco… blanco… El inicio de un cuento que no sé cómo  termina.

 

Domingo, 23 Octubre 2016 15:40

Testimonio

Testimonio

 

 

Guillermo Fernández Ampié

 

 A Danilo F., que presenció los hechos

 

--¡El Mercurio! ¡La  Prensa! ¡Nuevo Diario! ¡La Prensa! ¡Sucesos! ¡Nuevo Diario!,  grita el chavalo con una energía que contrasta con su figura desnutrida y  que pareciera consumirle todo lo que come. Pareciera no  tener más de siete años, aunque su rostro y gestos, además de la fuerza que demuestra al soportar sobre su cabeza el enorme fardo de periódicos,  indican que seguramente lo menos tendrá unos doce.

 

Hago una seña con la mano y le entrego tres córdobas a cambio de El Nuevo Diario.  Leo rápidamente todos los titulares, página por página, y me detengo en la sección de Sucesos. Me encanta leer esa página de cabo a rabo. En realidad es la única que leo a conciencia, pues es donde uno puede informarse de las muchas cosas graciosas que ocurren en este rejodido país, y porque de vez en cuando aparece la fotografía de uno que otro conocido, algún piche del barrio, involucrado en algún escándalo o delito.

 

“Martínez, de 22 años,  declaró que él también venía en el bus, pero negó toda complicidad con los hechores…”, leí en una parte de la nota roja, y recordé la declaración que mi novia debió mecanografiar en los juzgados, de la que es secretaria. El testimonio más o menos decía así:

 

… Venía en el bus, y cuando pasábamos frente a los Parrales-Vallejos,  vi cómo un señor comenzó a forcejear con dos hombres. Entre los dos le pegaban, pero el viejito se defendía bastante bien. Al parecer, ellos querían robarle, pero el señor se dio cuenta y opuso resistencia. Entonces, entre los dos lo empujaron y lo tiraron del bus, que ya había continuado su marcha. El autobús iba a toda velocidad porque venía compitiendo con otro de Tipitapa. La gente gritó, y con el griterío se detuvo. Todos los pasajeros nos bajamos, los tamales fueron los primeros en bajarse, y apenas tocaron suelo se fueron corriendo hasta desaparecer en un callejón de ese barrio. El resto nos acercamos hasta el señor que estaba todo reventado y se revolcaba del dolor. Le salía sangre por la boca y los oídos. Quería quejarse o decir algo pero no salían sonidos de su boca. Alguna gente comenzó a ponerle  pañuelos y  otros trapos en la cara.  Cuando todos estábamos abajo, el bus se fue veloz siguiendo su ruta. Se fue vacío. Ningún pasajero logró montarse de nuevo. Al rato llegaron los del cuerpo de bomberos y una ambulancia. Dijeron que ya no podían hacer nada por él, que en vano habían llegado,  que mejor llamáramos al forense o a la policía.  La gente comenzó a protestar porque el señor todavía seguía vivo, pues aún se movía.

Y se armó un alboroto, porque la gente comenzó a gritar. Fue ahí, en medio de toda la gritadera y empujadera, cuando vi  caer una cartera, y como ya no andaba riales para seguir mi viaje, se me ocurrió recogerla disimuladamente. Yo tenía que estar a las ocho en punto por el kilómetro doce y medio de la Carretera a Masaya, donde están construyendo unas casas,  pues me habían dicho que me iban a dar trabajo. Ya tengo casi ocho meses de no trabajar. Somos nueve en mi familia, y  yo soy el mayor. Por eso pensé irme en un taxi si encontraba algo en esa cartera, porque como ya dije el bus se fue veloz cuando todos estábamos abajo viendo al señor que habían tirado al pavimento. Fue entonces cuando dijeron que yo había sacado la cartera a un señor,  y todos los que estaban ahí casi me linchan.  Nadie me creyó que la había encontrado en el suelo. Y me hubieran linchado si la policía no llega  en ese momento. Por eso estoy aquí, y algunos hasta dijeron que yo andaba con los que tiraron al señor del bus. Pero eso no es cierto.  A mí, en realidad, de pura gorra me agarró la policía. Porque si nos atenemos a la verdad, yo ni le robé a nadie. Mi familia nada sabe, porque no les he avisado. No tengo como avisarles, pues no tenemos teléfono. Nadie en el barrio tiene teléfono, pues vivo en un repartito que hicieron en las afueras de Tipitapa con los que fuimos evacuados de La Bocana, después de la última  inundación…

 

 “Aseguró que la cartera la encontró en el suelo,  pero el informe oficial de la policía asegura que fue capturado in fraganti, y muchos testigos también lo incriminan…”, decía el final de la crónica noticiosa.