Waldo Contreras López

Waldo Contreras López

Nacido en Culiacán Sinaloa  el 21 de noviembre de 1975. Tuvo un breve paso  por la escuela de lenguas y literatura hispánica de la Universidad  Autónoma de Sinaloa. En el 2007 termina sus estudios en la Facultad de Psicología de la misma Universidad. Comienza a escribir de manera incidental desde la edad de 25 años y lo sigue haciendo hasta la fecha. Gusta de la narración y la poesía vivida. La mayoría de sus temas abordan lo festivo, trágico y sórdido de los barrios citadinos.

 

 

 

La llegada a los cincuenta de Ricardo Alias el drácula

Waldo Contreras López

 

 

Capitulo I

Recién salido del centro de rehabilitación fui a buscar al drácula para recuperar los meses perdidos sin droga en las venas. Lo encontré en cama, apenas recuperado de una larga convalecencia a causa de un mal en el hígado que lo dejó en los puros huesos. Daba miedo el cabrón; su cuerpo apestaba a jaula de coyote y de la boca le salía un olor a escusado insoportable; apenas y se podía respirar dentro de ese puto calabozo en donde vive. Además, sus ojos se veían como si trajera un vidrio amarillento encima y los traía llenos de lagañas; por esto y más, no podía evitar el pensamiento de contagiarme del mal que traía mi compa en el cuerpo. Su aspecto de calaca parlante me hizo entrar en pánico mariguanesco y hasta sentí que me iba a desmayar de la impresión; juro que parecía una alucinación de esas que uno ve en los sueños. Lo peor es el sonido que produce al hablar: la voz del pobre Ricardo parece salir desde un lugar desconocido, como desde un cuarto vacío, el fondo de una bodega enorme o algo así. Parece como si sus pulmones estuvieran tapados con una cobija o ese sonido aguardentoso fuera emitido por alguna cosa muerta dentro de su panza en vez de su boca. El drácula notó mis terrores funerarios y dijo entre risas que no me paniqueara y por favor, me quedara acompañándolo pues se sentía como dado a la jodida. "No seas gacho", me dijo. Lo entendí en parte. La soledad es muy culera; nada que ver con esas fantasías mafufas y puñeteras que tienen algunos intelectuales quienes nada saben acerca de lo que es estar abandonado en un anexo, recibiendo chingazos a diario y muriéndose por un perico o una jugosa nalga para alegrar la noche. Mi compa está solo de verdad, por decirlo de alguna manera; solo en su enfermedad y solo como una araña, cosa que no esperaba, pues la mujer de quien se podía esperar cualquier cosa menos que volará lejos del solar del macho lo había abandonado después de que el cabrón le puso una putiza por haberse gastado un tercio del dinero mensual de la jubilación en un negocio de licuados energéticos. El drac miraba la carpita verde del Herbalife y no podía evitar volver a encabronarse:

-es que esta vieja es una pendeja! ¿Cómo se le ocurre armar un malviaje como este sin antes avisarme? ¡Pinche panzona! ¡Según me quiso turiquear con la verbena de que esto era pura salud y nos ayudaría a enflacar sin arriesgar los órganos vitales! ¡Semejante loquera! ¡Mírame, pinche camelias! ¿Cómo he estado físicamente desde siempre? -me preguntó levantándose la playera mugrosa y saltando las costillas forradas por un pellejo descolorido- pues bien flaco, mi Richard, le contesté a punto de soltar la risa. ¡Pura hambre, mi camelias! ¡Esto es pura hambre! -replicó con una carcajada de sarcasmo enconado- no necesito invertir siete mil quinientos pesos en semejante empresa para enflacar! ¡La cosa es bien simple! ¡Una comida diaria y un chingo de cocaína enflacan hasta al puto Victorino y su tonelada de rock! ¡Pinche capitalismo culero! Y de pilón, la pinche Carmina quería que le contratara un servicio de internet  pues según ella, iba a vender esa putada desde la comodidad del hogar con solo dar un click en un disque portal cibernético de ventas! ¡Por si fuera poco, me pidió cien pesos para sacar una tarjeta de débito del Oxxo! ¿Cómo la ves? ¡Con eso tuve! ¡La saqué a patadas y la subí al camión a punta de vergazos!

Tú me conoces, mi camelias, me conoces bien! ¡No en vano soy licenciado en filosofía y di clases en la UAS como maestro emérito y trabajé durante treinta años en la secretaría como encargado de los préstamos sindicales! Además, con lo que vendo de drogas y lo de la jubilación de la SEP, ¡vivimos como reyes! Tú sabes que no soy ni culero ni pendejo. Mal por ella, que no quiso volver y ya se largó a Durango a comer verga de alacrán. Mal por ella. Y, mírame ahora, ¡todo puteado y más solo que un perro! No seas culero. Quédate; ahorita le hablo al tingi para que te traiga un quinientón de perico y unas cahuamas, la cosa es que no me dejes esta noche; yo pago.

Cómo buen compa, me dejé querer y no tuve que hacer más que esperar el regalazo y terapearme para aguantar el choro sentimental del buen Ricardo. El drácula se empezaba a poner aburrido cuando le entraba la ventolera del coraje o empezaba a hablar de su vieja. Me gustaba más cuando nos hablaba a toda la bola de locos sobre la mentada filosofía y sus conocimientos de la vida que son muchos, aún y cuando no dejaba de pendejearnos por no estudiar y ser unos enanos mentales que no pueden ver más allá de lo rico que son las morritas y las drogas. De hecho, gracias a las aspiraciones pedagógicas de este loco, formamos un clan de superación "anti enanismo mental", como él mismo lo llamó con toda la solemnidad que le es posible expresar. El drácula comenzó a impartirnos gratis, clases de filosofía bien chingonométricas además de regalarnos algunas lecturas de poesía, cuentos y novelas. La Carmina no dejaba de pendejearlo por perder el tiempo en nosotros quienes nunca pasaríamos de perico-perro, según su juicio. Fueron muchas tardes memorables como aquella en la que se colocó cuidadosamente un cigarro en las ligas del culo y lo hizo arder con la fuerza de sus intestinos, nomás para exponer de manera científica, que tan capaces éramos de "percibir de manera gestáltica" un evento que, por ejemplo, en Suecia, no era de ninguna manera mal visto o causante de risa: "de hecho, enanos mentales, en los países nórdicos hay certámenes anuales en donde los ganadores de distintas categorías se hacen acreedores a grandes premios en euros. El actual campeón es una mujer finlandesa que fue capaz de consumir una cajetilla completa de cigarros Chesterfield en menos de seis minutos, trece segundos y 15 centésimas (récord impuesto por un gigantesco noruego) con la pura fuerza de succión aero-centrípeta en su panocha”, aseguraba. O como aquella vez cuando el runga arremetió con un palo sobre la humanidad de nuestro profe cuando éste se atrevió a compararlo, en un disparatado y peculiar afán académico, con un disque novio de un emperador romano. El runga llegaba de los barrios del sur, con la cara de asoleado y temblando como una gallina al filo del cuchillo, muriéndose por una caguama y un pase de perico; nosotros teníamos dos cubetas llenas del preciado líquido y unos garrotes tipo Bob Marley de mariguana recién bajada de Badiraguato; el Richard lo recibió a voz en pecho con esta poderosa frase: "¿¿¿¡¡¡tú también, Bruto!!!??? Pero el runga no entendió, al igual que los demás allí presentes, que el drácula estaba haciendo una referencia literaria, antropológica e histórica. El recién llegado se le fue encima garrote de guayabo en mano. Nuestro fallido profe quedó en el piso a causa de la furia ignorante del runga y, después de sobarse un rato la espalda y quejarse como un perro, nos explicó:

- ¡vayan a la verga todos! ¡Runga! Casi me cuesta una costilla tu ignorancia, así como a Adán le costó una costilla la ignorancia de dios, creador de la peor calamidad que ha habitado el mundo. ¡Entiendo tu pendejismo y te perdono los palazos! ¡Pero déjame explicarte antes de que se te ocurra hacerme algo peor! No quise ofenderte llamándote Bruto, al contrario. Sea esta paliza como una bandeja para servirles un conocimiento que ni los doctorados en historia pueden brindarles. Décimo Bruto fue el amante de un emperador romano llamado Julio César. Este hombre floripondio fue parte principal de un plan para matarlo. Cuando Julio César era apuñalado en las escaleras del Senado por todos sus testaferros, intelectuales y mayatones, su amante estaba en la primera fila de quienes se daban gusto imperial dándole de puñetes en el cuerpo hasta dejarlo como falda de hawaiana. Había recibido más o menos unas diez tarascadas de los traidores cuando entre aquellos vio a su amante preferido y le dijo, con lágrimas en el rostro y el fundillo encogido de tristeza: "tú también, Bruto?" Así terminó el pobre Julio, césar de césares y más culero que el mismísimo Cayo "Calígula". Esta memorable frase joteril y sentimental te la dije a ti, no porque seas bruto o puñalón, cosa que no me interesa comprobar; te la dije a manera de honorable recibimiento pues te vimos llegar con el envase de cheve vacía, sediento y asoleado y, pues nosotros andamos en la misma chingadera de andar tomando a estas horas del mediodía.

¿Entiendes la coherencia de la referencia, pinche burro lazado de las verijas?



Obviamente que ninguno la comprendimos en ese momento, pero el runga puso la peor cara de pendejo que hasta entonces le habíamos conocido y solo le alcanzó el talento para replicar:
-pinches romanos jotos! No conformes con usar faldas, se picoteaban el fundillo y mataban entre ellos. Todos soltamos la carcajada, pero la clase no terminó allí. El drácula nos explicó en esta memorable sesión que el uso de la falda es saludable en los hombres pues los testículos están siempre en su forma natural, colgando como bellos higos y lo suficientemente secos por el aire para evitar un corto eléctrico, por decirlo de alguna forma; nos dijo también que la ciencia ha comprobado que los testículos están directamente conectados de forma socioemocional con el cerebro y el instinto de imperialismo; nos dijo también que la ciencia explica que Roma pudo sostener, gracias al uso masculino del vestido, un reino que duró décadas gobernando los destinos del mundo y, por si esto fuera poco, que comprobado antropológica mente está, que Roma ha sido desde entonces y hasta el día de hoy, la cultura que más ha influido en la evolución intelectual de la historia humana. Todos nos quedamos con la boca seca ante el despliegue de sabiduría del drac. Yo, de mi parte, alguna vez sospeché que eso de la conquista estaba de alguna manera conectada entre el cerebro y los testículos pues, cuando por ejemplo la Rafa no quería coger conmigo, los huevos me dolían de forma espantosa durante horas y no dejaba de pensar en ella, y más concretamente, en ese suculento par de nalgas por las cuales sufrí meses antes de conquistar sus cimas y declararlas de mi propiedad única y exclusiva. Se lo expliqué alguna vez al Richard y el aprobó mi analogía. Para terminar la clase, nuestro extravagante maestro remató con la atractiva teoría conspiranoica de que las trusas habían sido inventadas por las mujeres feministas con el afán de ahorcar ese poético lazo entre los huevos y el cerebro y, por supuesto, el instinto imperialista, facultad puramente masculina la cual provocó que se escribiera en los anales de la historia el nombre de tantos y tantos hombres quienes no nomás tuvieron los huevos bien gordos sino que además, perfectamente conectados al cerebro. El drácula también nos explicó que los hombres, en respuesta al artilugio de las trusas, inventaron los brasieres, para que las mujeres no nos gobernaran con sus bellos frutos, y los tacones de aguja para que estas fallas de Dios no pudieran, además de putear a nuestra estatura, llegar tan lejos con sus pretensiosos y rítmicos pasos como alguna vez llegaron Atila, Alejandro Magno, Shen Li Ye-Gon, Carlos Salinas de Gortari, Joaquín Guzmán Loera, Julio César Chávez, Zinadine Zidane, Pablo Apóstol, Bill Gates, Jean Luc Picard, Jesucristo y todos los hombres que construyeron el negocio socioeconómico que las hijas de Lilith hoy intentan derrumbar con estrépito. Fue entonces cuando comprendí porque el drácula no usaba trusas. De esto me di cuenta aquella vez cuando unos cuicos nos hicieron la parada para pasarnos báscula a ver si traíamos algo de droga. Nos esculcaron hasta por debajo de la lengua, supongo yo, debido a nuestro aspecto de desamparo. Cuando llegó el momento de bajarnos los pantalones y sacudirnos las ropas íntimas para demostrar que no escondíamos algún envoltorio sospechoso en esta prenda, el drácula les dijo que él no usaba. Recibió un macanazo en la cabeza como respuesta y no le quedó más remedio que demostrarlo. Se llevó un puntapié en las espinillas y un jalón en los testículos cuando su dicho fue puesto en oscilante evidencia. Le preguntaron que si porque eran tan marrano; mi compa quiso explicarlo, según sospecho ahora pues lo veía a lo lejos manotear con pasión, con su teoría conspiranóica; los policías se lo habían llevado a parte en cuanto vieron sus huevos al aire, quesque para darle un trato especial. En resumen, le dejaron caer el teaser eléctrico, nomás por mamón. Cuando los policías al fin nos dejaron en paz, el drácula exclamó triunfante: "ves porque estos pendejos son lo que son? A estos infelices les ahorcaron sus madres los huevos desde que los concibieron. Las mujeres son una calamidad, aunque sean las autoras de nuestros días"
Como pueden darse cuenta, las sesiones académicas de mi anfitrión son todo un alucín si además le agregas al asunto un buen tanque de mariguana, hierba bendita que tiene el poder de elevar la imaginación hasta en el más pendejo del mundo y que él, gustosamente nos compartía de su eterno ladrillo que regalara un hijo del Viejón del Sombrero por asesorarlo para entrar a la universidad.

 

Capitulo II

 

Pero ahora, el gurú está postrado y deprimido. Busca en el techo de lámina de asbesto la redención. Pero antes, se pone a recordar a todos los amigos del barrio que han sucumbido al embate de los años. Espero jamás ponerme a quemar cinta de la forma en que lo hace el drácula. Y es que antes me parecía un ser superior y hoy, se me hace tan humano, tan muchachita, tan desprotegido y vale-verga. Humano y muchachita porque, ¿quién se pone a recordar compas matados como si estos pobres muertos hubieran sido jotos o, peor aún, como si el joto fuera uno?

¿Quién recuerda al sopy, leyenda urbana de los años ochenta y primer cholo asesinado de la colonia por pandillas rivales, de la manera poética con la que lo hace el Richard?

-pinche sopy, venía corriendo por dentro de la secundaria seis, huyendo de la gente del tijuanas, pero ni eso lo salvó. Estaba tomando la calle quince de septiembre, saliendo de la calle geranio, cuando recibió el balazo. Le pegó en el mero tronco de la oreja; se fue derrumbando poco a poco pero no dejaba de huir de la muerte quien ya lo traía sentenciado desde que se cogió a huevo a la hija de don Emilio, el abarrotero-gomero más poderoso de la colonia buenos aires. Corría y corría y manoteaba y manoteaba para no perder el equilibrio, como un pajarito aterrizando. Recuerdo clarito que esa tarde había una disco en las canchas de fútbol amenizada por el luz y sonido Black Stone; el Kiki estaba poniendo puras rolas perronas para bailar. Cuando el sopy estaba dando las últimas patadas, las bocinas sonaban una pieza bien locochona, el rock de la langosta. Era como si el Kiki supiera lo que pasaba pues la rola sonaba como dicen en el cine: bien incidental. Siempre que recordamos los años ochenta, época en que fuimos muy jóvenes, le hacemos los honores al sopy, tipazo valiente de los que ya hay muy pocos.

¿O quién se pone a recordar a la camada de hijos de la chingada que fueron el clan de “la primera”, ¿una enorme bola de cabrones, primos y hermanos entre sí, que conformaban una de las pandillas más temidas de la zona sur de la ciudad? ¿Quién los menciona ahora como si fueran los guerreros que vencieron a Troya, cuando en realidad fueron la peor calamidad que azotó durante años la ciudad?

El drácula los describe como si fueran sus hijos:

-grandes y bravos amigos todos ellos! A nosotros no nos cargará la verga como a ellos, gracias a la gracia de Marx. No me imagino muriendo como el Charro, por ejemplo; pobrecito, lo abatieron de tres balazos a las afueras de su hogar, dulce hogar, cuando al fin había agarrado el rollo y era un hombre de bien pues era comandante de la policía municipal y tenía a su cargo a una bola de matones para cuidar la plaza de uno de los narco juniors. Amaba a sus hijos y a su esposa. Pobrecito, un rival de la juventud lo estuvo cazando durante años para lavar el honor de su hija cuando el clan, le hizo el amor de manera tumultuaria a la chavala en uno de los predios abandonados de la diez de mayo. Esperó a que estuviera desarmado y así lo ultimó. Pobrecito. Le hablaba a su madre. Cada que decía: ¡amá! ¡Un chorro de sangre le salía del pecho! La esposa le lloró a gritos como si hubiera sido un gentón tipo Luis Donaldo Colosio; sus hijos se le quedaban viendo y riendo nerviosamente como si su padre estuviera bromeando.
Carajo! Jamás moriremos como el ñoño, el Pavel, el Erik y el huevo. A los primeros tres, ya sabes, los mataron en las canchas del Jimmi Ruiz, cuando jugaban la final del torneo de los barrios categoría libre. El Pavel y el ñoño metieron los cinco goles que les dieron la victoria contra el rival: el rancho las garzas fútbol club. El error de ellos fue ir a festejar, de manera burlesca, cada gol en las narices del dueño del rancho y del equipo. Siempre fueron así: burlescos y culeros contra quién se le pusiera al brinco; solo que aquella vez se toparon con la sombra de papá vergota y mamá chichotas. El viejo de nombre Dámaso Imperial, había apostado trecientos mil pesos contra el Pancho Arce, propietario y manager económico del equipo Bitache Aguilar FC. Narcos pesados ambos. Al finalizar el partido, cinco sicarios del güero Imperial, fueron hasta la cancha y le dispararon primero al ñoño y luego al Pavel; el Erik, que no jugaba fútbol pero fungía como aguador oficial, se quiso meter a impedir la balacera contra sus parientes pero fue tomado entre dos y un tercero le puso una enorme Glock .21 en el cuello, justo debajo de la quijada, y le boló la cabeza con una expansiva. Una triste carnicería. Meses después y en esa misma cancha, fue ejecutado el panchón Arce con balas de a erre quince; gran amigo también, un gordito muy generoso que apoyaba el deporte local y a las mujeres del barrio dándoles trabajo bien pagado en sus tortillerías, prostíbulos y cantinas.
Al huevo, que Tiresias le perdone el infierno, fue el primer objeto de venganza de aquel que terminara de redimir a su hija con la muerte del charro. Con este no batalló tanto. Lo agarró dormido. Una amiga de su hija, putilla de poca monta, le ayudó con el cuatro. Puso una pastilla para dormir en la caguama del huevo y cuando este terminó desmayado, llamó a don Nabor y aquel le vació toda la carga de la Smith & Wesson 380. El huevo era el más cabrón del clan y por eso, lo tuvieron que agarrar jetón. A los demás, al chivo, al callejas, al chavo, al pelochas, al mochomo y al pocho, los fueron exterminando metódicamente tras las paredes de la penitenciaria de Aguaruto. Ya no queda ninguno. El charro fue el último. En paz descansen todos; en la CLC, la diez de mayo, la Margarita y la república mexicana, siempre los recordaremos.

 

Cápitulo III.



Y así siguió el drácula, recordando toda la noche una larga lista de cabrones que construyeron con sus vidas y sus muertes las calles trágicas de estos barrios. "No hay calle que no nos recuerde un muerto" -dice el Ricardo, con lágrimas que le mojan los huesos de la cara. Casi al amanecer, me dijo que nosotros no fuimos de esa índole huevuda y que seríamos olvidados así como la historia olvidó o repudió a Eróstrato, Vlad Tapes, Nikola Tesla, Rockdrigo González, Roberto Baggio, a Heraclio Bernal y a la liga veintitrés de septiembre. Me dijo que estábamos condenados a terminar como el kiko o el chachalaco Mayorga: locos y vagando por las calles. Que terminaríamos como el Dani o el cáncer, colgados por el cuello de tanto tenerle miedo a la vida, o bien, abandonados, solos y enfermos tras haber sido vistos como pendejos por todas las mujeres del mundo, incluidas nuestras propias madres. "Me gustaría ver cómo terminan, pinches enanos mentales, pero como van las cosas con mi salud, creo que no podré terminar de darles mis clases de filosofía. Tenía pensado para el semestre próximo, introducirlos a la filosofía alemana y a un diplomado en estudios socio-filósofos basados en la saga de Star Trek. Cabrón! He llegado a los cincuenta años de edad. Dicen los jefes de la psicología de la inteligencia emocional que esta edad es crucial y el pináculo de la madurez humana. Yo creo que es la etapa más culera de la vida pues es cuando muchas cosas te empiezan a mandar a la chingada o a abandonarte" -terminó diciendo el Richard antes de envolverse con todo y cabeza con su hedionda cobija San Marcos y quedarse dormido enseguida.
Salí de su casa nomás salió el sol, con una pinche tristeza en el cuerpo y con la firme convicción de dejar las drogas y ponerme a estudiar, de perdida una carrera técnica en el Conalep.
Duré mucho tiempo, casi dos años, sin ver al Ricardo pues estuve otra vez preso en un anexo durante casi un año, pero está vez, por desición propia; duré otro tanto, buscando la manera de ser mejor persona por medio de la psiquiatría. Creí que Ricardo estaría muerto. Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar a su casa esta ya era otra. Nada que ver con el muladar apestoso y en obra negra que nos hizo apodar al buen Ricardo con el nombre del célebre vampiro. Pintada de blanco con verde, césped y plantas florales alrededor, enjarrada y con vitro-piso; con un anuncio que decía: centro de distribución Herbalife y ciber café, la casa parecía ser ya de otra persona. Los dependientes eran una pareja como de cuarenta años. La mujer, muy delgada, atlética y bella; el hombre, un güero bien peinado, guapo y musculoso. Me di la media vuelta. Estaba a punto de tomar rumbo hacia la calle Juan N. Méndez, cuando escuché mi nombre: "ese pinche camelias! A dónde vas con tanta prisa, pinche enano mental!!"
Sí, ese hombre guapo y atlético era el buen Ricardo; no lo reconocí por su musculosa presencia y porque además, se había tumbado esas putas barbas hediondas que le daban el aspecto de filósofo ermitaño. La mujer era la Carmina. Había regresado con él al saber que se estaba muriendo. Lo salvó de la muerte y no nomás eso, lo hizo un hombre que de ser un pinche loco con ínfulas de profesor anti-capitalismo, pasó a ser un güey que ahora vive de enredar personas con tandas y esa cosa disque saludable y vitamínica. Salí del lugar con una dotación de esa putada llamada Herbalife y un tríptico en el que se me hacía la invitación a un diplomado gratis en teorías literarias femeninas basadas en Simone De Beauvoir y Sor Juana Inés de La Cruz. El curso lo impartiría obviamente, Ricardo Malcampo Ruiz.

 

 

 

 

La Maldición del

maestro Cordelero.

Waldo Contreras López

 

Habíamos recorrido al menos cinco kilómetros de playa cuando a cierta distancia y entre la bruma, alcanzamos a ver un muelle especial para embarcaciones camaroneras, actividad principal en estos mares del pacifico norte del país. Antes de llegar a un enorme rompe olas que sirve a la vez de azogue para surtir agua a las granjas que están a un kilómetro de distancia, tomamos camino a una cima sobre la cual está un pequeño faro, vetusto y deteriorado. Este monolito construido con bloques de concreto y mármol, está cercado su perímetro por un hermoso barandal adornado con unas farolas forjadas al acero. Sobre la plancha de arenisca, hay tres bancas también forjadas con una herrería artística exquisita. Mi viejo acompañante cuenta que este edificio fue construido por unos portugueses que habitaron la zona para explotarla pues esta es muy rica en ostras y concha punta abanico, además del camarón.


Al instalarnos cómodamente en esta altura, el viejo comienza a explicar los motivos por los cuales me trajo hasta acá. Imaginé que pretendería convencerme a desistir de la empresa que tengo proyectada en este lugar, cosa que no lograría pues los intereses, además de no serme ajenos, me darían a ganar una enorme cantidad de dinero. Un puñado de pescadores venidos a menos jamás podrán resistir el embate del progreso.



-ya hubo usted contado a la cooperativa pesquera los motivos de su visita y nos explicó los detalles legales sobre los cuales se ha agenciado el poder de administrar una buena parte de esta playa de Dios -comienza a explicar el anciano -le adelanto: a nosotros no nos gustan los fuereños y menos si estos vienen desembarcados desde el otro lado del océano a pretender arrebatarnos nuestra tierra, nuestra agua y el sustento que con tanto bendito trabajo nos ganamos. Pero usted parece ser buena gente no obstante su aspecto de masón, sé que comprenderá los porqués de nuestra opinión de que este lugar no es bueno para la empresa que pretende llevar a cabo. Lo traje hasta este sitio y a esta hora de la tarde para que usted presencie los motivos por los cuales amamos y defendemos este pedazo de mundo. Antes hubo gente con los mismos intereses que trae usted. Ya lo intentaron los portugueses, los noruegos, los ingleses, los griegos y los españoles; usted ha mostrado que nada conoce sobre la vida que gira alrededor de los mares. Se necesita ser marinero experto para poder comprender porque este pedazo de país, no es bueno para su industria. Pero, eso no es todo; este lugar en particular está maldito; los melancólicos y supersticiosos marineros del mediterráneo fueron los primeros en saber que este sitio está cargado por una amenaza imposible de evitar; a ellos nada más les alcanzó el entusiasmo para construir este pequeño faro y se fueron al cabo de un año de especulaciones, cálculos meteorológicos y astronómicos. Lo único que dejaron, además de un poco de su sangre, semilla y lenguaje, fue una herencia milenaria para volvernos expertos en navegación. Usted ha visto que nosotros vivimos en otra época. Todos nuestros barcos son de vela. Navegamos así en memoria del primer hombre que pudo domar un huracán y fue elevado a la gloria de Dios-



Interrumpí a mi interlocutor en este punto para aclararle que a mí no me asustan leyendas de lanchero o supersticiones de marineros borrachos y analfabetas. Sin embargo, el viejo sonrió y, antes de continuar con su relato, fue él quien me aclaró que jamás intentaría convencerme de nada pues el tiempo y la historia siempre son los que tienen la razón. -Mire ahora que empieza a caer el sol, voltee hacia su derecha, a sotavento -continúa el viejo, señalando con el dedo hacia un lugar a mis espaldas- todo ese espacio que ve, con casas blancas desperdigadas allá y acullá. Vea cómo se van pintando con el rojo del crepúsculo. Sienta la brisa mientras observa. Quizá crea, impresionado por este espectáculo, que su cadena de hoteles prosperará tan cerca de la costa. ¿Sabe? Este lugar ha sido arrasado por huracanes desde que el primer europeo puso pies por acá. La maldición del cordelero, le llamamos; la gente de tierra adentro lo nombra como el cordonazo de San Francisco.
La maldición de la que le hablo, la trajo arrastrando desde otras tierras un viejo marinero; lo más que supimos sobre él fue que era un pirata mercader dedicado al tráfico de diamantes y metales preciosos que se vino huyendo de las brujerías que le impusieron las chamanas de Sierra Leona por haber violado y preñado a una futura princesa de su clan. Cuentan que ellas lo obligaron mediante sortilegios y alucinaciones a procrear a quien sería en un futuro un maestro cordelero, un hombre experto en nudos y desamarres; solo así podría liberarse de la maldición africana que no lo dejaba vivir en paz; nomás verlo nacer lo cargó con el nombre que las brujas le dijeron tenía que invocar para su hijo y así liberarse del amarre maldito; se largó antes del alumbramiento; no quería ver siquiera el rostro de aquel que lo liberaría de una vida llena de infortunios y mala sal; una noche, tomó su buque destartalado y partió en medio una de tormenta para seguir dándole la vuelta al globo. Dicen algunos compañeros que la última vez que lo vieron fue en el archipiélago de Malasia en donde hundió su barco para después unirse a la tripulación de unos piratas somalíes que asolaban la isla de la tortuga; mientras tanto; la mujer que cargaba su semilla, lanzaba el último alarido de su vida para parir al engendro. El pequeño quedó a cargo de unas brujas haitianas quienes no quisieron quitarle el nombre que su madre le imputara pues, al momento de nacer, hubo una perturbación meteorológica que tuvo al mar hirviendo toda la noche mientras el niño miraba a todos con aires de gente mayor y despedía una extraña fluorescencia verdosa por todo su cuerpo a la vez que las ballenas estuvieron cantando hasta lograr levantar una espesa niebla que espantó gaviotas y albatros durante once días de nublazón y truenos que salían bramando desde los abismos del mar. Sí señor, la maldición acababa de nacer. Y así anduvo el muchacho durante sus primeros años. Un ser oscuro, taciturno, de mirada clarividente y llena de mal agüero; aprendió a usar las palabras necesarias para vivir; sus anhelos eran pocos y por eso, su vocabulario era limitado. Cuando la gente lo miraba acercarse, salían huyendo y persignándose; el niño, parecía traer la calamidad sobre la cabeza pues hasta las más valientes aves se apartaban de su persona. Un muchacho muy triste pues sabía que su nombre tenía mucho que ver con todo aquello.


Una tarde de diciembre, Francis Drake llegó con su buque silencioso a asaltar este pueblo al que había confundido por el nombre con la mítica ciudad de Eldorado. Destruyó parte del poblado y tomó a varios niños y mujeres como esclavos para traficarlos en los países de Europa y Asia. Nuestro héroe estaba entre aquellos infortunados. Pasados veinte años, lo vimos llegar hecho un hombre y a cargo del puesto de maestro cordelero. En ese entonces, el buque de Drake se había vuelto un fantasma que siempre estaba envuelto por una ominosa nube que lanzaba rayos y relámpagos; dicen que hasta el mismo Davy Jones evitaba su encuentro y prefería hundirse con su holandés errante bajo las aguas del otro mundo antes que intentar siquiera estar al alcance de ese buque más maldito que él y toda su tripulación.

Francis sabía que toda esa fantasmagórica fama se la debía a su maestro cordelero. Le tomó ciertas consideraciones más por miedo que por cariño. Todo cambió cuando a nuestro personaje le empezaron a gustar las mujeres y no solo eso: todo se fue al carajo cuando esté le robo la mujer a su capitán: "llegó la hora de deshacerme de ti, perro traidor", le dijo, y lo mandó amarrar en lo más alto de la verga durante cinco días bajo la amenaza de que nomás tomará mar abierto, lo arrojaría por la borda amarrado por el cuello a la cola de un pez vela. La mañana del ocho de octubre de mil novecientos setentaicinco, aquella perturbación meteorológica que se experimentó cuando el maestro cordelero hubo nacido, se volvió a sentir en el ambiente, pero con una intensidad que puso a llorar hasta a los experimentados navegantes noruegos. Las eternas brujas haitianas salieron a los muelles a prevenir a los marineros para que no zarparan. A Francis Drake le importó un carajo el consejo y partió en punto de las siete de la noche rumbo a intentar otro asalto Riohacha. En esos días, yo acababa de unirme a la tripulación con el puesto de contramaestre y me vi obligado a partir junto con ellos a lo que yo suponía, una muerte segura pues vi, con mucho miedo, que los mástiles estaban incendiados por los fuegos de San Telmo, presagio de cataclismo y destrucción. A las diez en punto, nos hicimos a la mar. Fue más o menos cercana la media noche cuando sentimos el meteoro. Una ligera brisa caliente como el aliento del café recién hervido casi nos quemó la piel y el agua a nuestro alrededor comenzó a chapotear como si miles de peces estuvieron saltando en la superficie. Media hora después, un rayo partió desde el horizonte, por el rumbo del cabo de Hornos pegando en el mástil donde estaba amarrado nuestro hombre; todos corrimos hacia la verga esperando ver su cadáver carbonizado, pero en cambio, lo vimos más vivo que nunca, sonriendo y con una extraña luminosidad en la mirada. Su respiración se empezó a acelerar, de su boca y nariz salía una bruma espesa con una blancura lívida mientras aullaba y las ballenas lo acompañaban con sus cantos de sirena. De repente, nuestro navío dio dos giros vertiginosos sobre sí mismo y luego nos hundimos de manera inexplicable; cuando salimos a flote con mucha dificultad, el huracán estaba azotando en toda su fuerza. Apenas alcanzamos la superficie líquida, los mástiles de trinquete, mesana y bauprés, fueron arrancados como si una mano gigantesca nos hubiera dado con toda la ira de los dioses; solo quedó el palo mayor en donde estaba el maldito orquestando la furia del meteoro; luego, volvimos a ser jalados hacia el fondo; esta vez duramos mucho más tiempo sumergidos; cuando al fin la garra del océano nos permitió flotar sobre sus aguas de nuevo, vimos algo que nos sobrecogió: por encima de nosotros pasaban volando todos los navíos que horas antes estuvieron atracados en el muelle; flotaban lentos como globos aerostáticos, mientras se iban despedazando pieza tras pieza atacados por la furia del viento y la potencia de los rayos que parecían la espada de San Miguel Arcángel derrotando a las huestes de Satanás. Fuimos sumergidos por la marejada por tercera vez, pero en esta ocasión, nuestra embarcación se abismó con la cubierta hacia el fondo; no puedo explicar bien que pasó en esos momentos pues mis sentidos estaban abrumados por un insidioso mareo, el estruendo de la marejada y la certeza de que la muerte era ya inaplazable; volvimos a la superficie mucho más rápido de lo que supuse, pero no pude sentir cuando el casco se dio la vuelta para salir de nuevo con la cubierta de cara al cielo; fue como si hubiésemos salido del otro lado del mar. Arriba, todo había cambiado. Ya no había viento ni rayos; en la altura, la luna en cuarto menguante iluminaba con un fulgor color azul que nos permitía presenciar todo con la luminosidad similar a la del sol en el cenit. A lo lejos veíamos y escuchábamos el huracán; estábamos ahora bajo la claridad y calma chicha del ojo. Admirábamos esa magnificencia cuando notamos un golpeteo arrítmico a nuestro alrededor; un chapoteo macabro y desconocido. Volteamos hacia babor y estribor para conocer el origen de esa horrible cacofonía y lo que vimos casi nos hace caer por la borda: del cielo estaban cayendo todos los infortunados que horas antes estaban contando sus chácharas supersticiosas a la luz de la vela, bebiendo ron y acompañados de sus alegres camaradas. Algunos de ellos se quedaban flotando como albatros unos instantes, para luego hundirse para siempre ante las fauces de esta bestia que tenemos enfrente; gracias a esto pudimos notar que todos ellos habían muerto de terror pues en sus semblantes pálidos se reflejaba un rictus conmovedor provocado por algo más sobrecogedor que la misma muerte. Fue en este momento alucinante cuando el cordelero comenzó a reírse a carcajadas mientras miraba a barlovento. Un bramido semejante al paso de miles de barcos de guerra sonando sus cañones se levantó del mar. Vi entonces que un enorme remolino se formaba ante nuestros ojos. Nuestro buque se sacudía con un zumbido atronador; de repente, dio cuatro giros sobre sí mismo y tomó rumbo al embudo de agua a toda velocidad. Para esos momentos agónicos, aquel hombre se burlaba de nosotros haciendo gestos extravagantes mientras rezaba una extraña plegaria en un idioma desconocido.


Entramos entonces a la boca del remolino mientras la furia del huracán nos golpeaba de nuevo. Estábamos a punto de abismar. Mis camaradas y yo nos habíamos amarrado a las armellas de popa y nos tomamos de la mano para recibir a la muerte. Tratábamos de darnos ánimo, pero nuestras voces eran tragadas por el sonoro cataclismo y la carcajada del cordelero que se elevaba por encima de todo. Fue en ese instante cuando otro rayo formidable color rojo surcó el firmamento y dio de lleno contra aquel. Vimos que su cuerpo se incendió en un holocausto color verde, parecido al fuego que anuncia la llegada de Grendell, mientras gritaba improperios contra el cielo. Antes de irnos de pique hacia el abismo, sucedió el milagro; el cascarón de nuez sobre el que estábamos se elevó por la fuerza del vendaval hasta una altura desde donde podíamos ver aquel fenómeno de la naturaleza en toda su extensión; el huracán reinaba por todo lo que alcanzaba nuestra vista. El cordelero tenía entonces la vista puesta en las alturas, ya no reía, ya no se movía; solo era un destello color verde que se iba intensificando. Otro rayo lo desprendió entonces del mástil y este se elevó como una gaviota, con los brazos extendidos, los ojos iluminados y una sonrisa sardónica de demonio. Supusimos que nuestro fin había llegado y comenzamos a gritar con toda la fuerza de nuestros pulmones. El maestro cordelero se fue volando hasta confundirse con las demás estrellas del firmamento y nosotros, comenzamos a caer. Antes de impactar con el muro líquido, un poderoso golpe del huracán hizo pedazos nuestra embarcación y todos quedamos a merced del capricho de este monstruo. A mí, me encontraron colgado del faro por medio de mis ropas, totalmente desmadejado murmurando el nombre del maestro cordelero, jurando que este era un demonio que había maldecido esta tierra. A mis queridos camaradas, los encontraron tierra adentro, gracias a los albatros, medio devorados por las bestias y con la misma expresión de miedo que tenían aquellos fardos que vimos caer bajo el ojo de la tormenta.

Aquella vez, la mayoría de los hombres de este pueblo fueron devorados por el mar, perdimos todas las embarcaciones y nuestras casas fueron arrancadas como si fueran ceniza de papel quemado. Nos quedamos sin nada, pero, una vez repuestos del terror, nos levantamos del desastre y volvimos a empezar. Tierra adentro fue igual o mucho peor. El meteoro golpeó con la fuerza de una roca, inundó ciudades enteras, mató animales y acabó con toda la agricultura. Fue una noche de pesadilla también para ellos, pero, ignoran que todo esto fue producto de una maldición; ignoran todo sobre el maestro cordelero y todo aquello que tuvimos la fortuna de presenciar.

El viejo al fin termina su relato y me mira a los ojos para ver si encontraba alguna respuesta. Solo guardé silencio mientras bebía un poco de mezcal de la sierra; luego, me levanté para retirarme sin decir una palabra. Cuando llegué hasta el borde de la playa, el hombre me gritó:


-No ignores lo que acabas de escuchar, no pierdas tu tiempo y dinero. Haznos un favor y retírate mañana; no queremos que la maldición vuelva a arrebatarnos todo.

Cómo había dicho antes, jamás haría caso a este tipo de supercherías; llegando a casa me puse a contactar a todos mis agentes para agilizar los trámites de construcción y legalización de todos los documentos que me acreditarían como dueño absoluto de este lugar paradisíaco.



Ya tenía casi un año en esas tierras y, desde entonces, ciertas pesadillas no habían dejado de asaltarme mientras dormía; terminé por admitir que el relato del anciano había afectado mucho mi ánimo no obstante siempre me consideré como un hombre libre de fantasías; soñaba entonces constantemente que una triada de mujeres con rasgos afroantillanos llegaban a hablarme sobre la urgencia de procrear un hijo con alguna de ellas, luego veía que las tres se desnudaban mostrándome su sexo; del vientre de una de ellas que decía llamarse Circe, salía un ser alado y ojos brillantes el cual me tomaba por los cabellos y me llevaba ante la presencia del mar en donde un enorme remolino abría sus fauces para devorarme; el ser me arrojaba hacia el abismo y antes de caer, este se transformaba en una vulva que terminaba por tragarme entero mientras la risa de miles de mujeres se levantaba por todos los confines. Otras veces, me veía cuando apenas era un niño, encerrado dentro de una enorme casa abandonada. Afuera, reinaba una gran tormenta; través de las ventanas veía solo destrucción y a miles de personas que pasaban volando mientras me señalaban con el dedo con aire reprobatorio.


Pero ni estas pesadillas habían logrado hacerme renunciar a mis proyectos. Un suceso extraordinario del cual, aun no encuentro explicación que no sea venida de otra pesadilla, terminaría convenciéndome a desistir de mi empresa. Para los días de octubre esperaba los últimos muebles para terminar de apuntalar los últimos detalles a mi hotel; estos llegarían embarcados el siete de octubre en un carguero que atracaría en los muelles que están muy cerca de lo que sería mi imperio. Esa tarde, me senté sobre el viejo faro que construyeron los portugueses a esperar un buque bautizado como Francis. El viejo Santiago me acompañaba. Había desistido ya de contarme más historias de superstición y evitaba tocar el tema de mi empresa. Antes de las diez de la noche, se despidió y me encaminé entonces hacia los muelles. Me sentía un poco mareado y desorientado, con mucho calor y un desosiego en el corazón que no me permitía estar tranquilo. El mar me parecía sobrecogedor. A las doce de la noche, divisé el Francis, un enorme buque de carga inglés que había sido armado en los astilleros de Birchwood Marine. No sé si fue el mezcal que bebí con el viejo Santiago, no sé si fue la mariguana que fumé, el caso fue que en los momentos en que el buque entraba sonando sus enormes bocinas anunciando su llegada, sufrí un desmayo; antes de perder la noción del tiempo y el espacio que ocupaba, vi un enorme rayo surcar el cielo y golpear directamente la enorme mole flotante...y vi también la figura de un hombre gigantesco pasar volando desde el Este con rumbo hacia el mar. No supe más de mí. Ahora estoy en un hospital de Inglaterra. Mis amigos dicen que estoy vivo de milagro pues muy pocas personas sobrevivieron a la catástrofe. A mí, me encontraron flotando en las costas de Yucatán, atado a un barril y murmurando a un tal maestro cordelero y suplicando por la presencia del pirata Francis Drake. En las noticias fue donde me enteré que el huracán Waldo había arrasado con las costas de buena parte de Sinaloa y el valle de Culiacán. De la tierra en donde había construido mi futuro emporio, nada quedó; todo fue destruido. Solo sobrevivieron cuatro personas: El anciano que sembrara pesadillas en mi alma y, tres mujeres, muy jóvenes, de origen Haitiano. A los cuatro los encontraron cantando himnos en lengua papiamento y con una enorme felicidad en el rostro. 

 

Los Ominosos Estadíos de Condolesa

y una Cama sin pulsar.

Waldo Contreras López

 


Conocí a la última mujer de mis noches entre el gentío que pulula en este mercado ciudadano de lunes a domingo. Desde lejos se hacía notar no tanto por el palmito sino más bien por la larga carcajada que sonaba dura como pedrada en el tronco de la oreja alcanzando los cuatro puntos cardinales de este enorme emporio de barriada. Si bien, nadie puede negar que esta negra tenía las carnes tan bien puestas como para darle de sofocones hasta a un quinceañero, no era el cuerpo de terremoto que poseía sino una inclinación en el carácter que provocaba en muchos hombres querer protegerla, aunque nada de uno necesitara este portento de la depresión, además del sexo. Su carcajada no era una fanfarria de alegría. Parecía más bien el sonido discordante de las granizadas de septiembre. Uno la oía reír y se enteraba que esa cacofonía no era un canto a la alegría si no algo muy parecido a la histeria desatada o un despeñe hacia el barranco de la locura. Está mujer no reía: lloraba como buena jarocha, a carcajada limpia. Cada asalto emocional terminaba bañada en lágrimas y aquello que fue un sonido de derrumbes se había  transformado en un suave dique desaguándose poco a poco, chorrito por chorrito, lágrima tras lágrima. Luego, se incorporaba como si nada con una sonrisa infantil y moqueando la gripa de la existencia, para alejarse a paso bailarín y contoneándose como si estuviera estrenando las nalgas. Se le veía la sarna del sufrimiento desde muy lejos. Entonces, por eso, todos queríamos estar lo más cerca de ella para recoger las migajas de lo poco que le sobraba para regalar al mundo. Quienes no la conocían tan de cerca suponían que una mujer como ella solo podía tener amantes de pasada y ya. Esto en parte era cierto; quien le recibiera la lumbre de su ser africano le sobraba. Los que tenían cierta distancia larga con ella jamás alcanzaron a enterarse como yo que Condolesa aseguraba y defendió siempre tener varios amigos a quienes juraba amar tanto como tanto se dejó coger por quien la amara o no.
Yo estoy tan cercano a ella que se de las formas con las que esta rara mujer entregaba el corazón a sus escasas amistades que pudo contar con los dedos de sus manos. "Estos dedos cuentan los compas y mayatas que amo. Los que me sobran, me los chupo cada que alguno de ustedes dice amarme antes y después de coger" -decía, y luego se metía los dedos pulgares a la boca y los mamaba con gula inaudita. Me escogió para su compañero de cuitas quién sabe porqué; porque, como ya dije, compañeros de cama le sobraban y yo no he de tener algo extraordinario por encima de estos para soplarle la estufa, aunque siempre me he considerado astuto en las mañas de la cama.


Pues resulta que Condolesa Romedal tenía un círculo de amigos reducido a sólo ocho personas con quiénes procuraba convivir a diario lloviera, tronara o relampagueara. Desde el comienzo de nuestra relación amorosa, Cony (como le nombrábamos de cariño en la central de abastos donde trabajábamos) mantuvo una atención distante hacia nuestro lío amoroso y regalaba sus mejores horas a este grupo selecto de amistades. Jamás los vi en persona y si los conocía de alguna forma era porque ella no hablaba de otra cosa que no fuera sobre los menesteres y tribulaciones de estos entes nebulosos. Jamás frente a mi mostró un cariño especial hacia nadie cuando hablaba uno por uno de ellos y repartía su corazón afroantillano de formas exactamente parejas. Esto ayudó mucho a paliar los celos que me carcomían el hemisferio cerebral donde habitan estos monstruos de miles formas.
Al principio llegué a pensar que Cony me estaba engañando; que esas personas no existían y solo eran producto de su astucia en tejer engaños, al grado de armar tertulias amistosas falsas para lograr verme la cara de menso, puliéndome los cuernos mientras montaba el mástil de algún cíclope ignoto. Después, comprobado el hecho de que esta negra era incapaz de hacerme una trastada pues, miedo tenía de mis reacciones furibundas y sabía que yo soy capaz, al menos, de escupirle una balacera en las patas para hacerla bailar nomás en mi pista, creí que más bien se daba sus escapadas a los llongos de la colonia "las coloradas" para ponerse a fumar como perdida gramos y gramos de metanfetamina; ah! La droga! La maldita metanfetamina. Un asunto escabroso que, habíamos acordado en común, ella dejaría de usar si de verdad deseaba una relación larga y duradera conmigo, con todo y que yo soy el mero jefe del narcomenudeo en la zona sureste de la ciudad, y eso es poco decir. Así nos la pasábamos; entre reclamos y largos espacios de tiempos tensos, entre los jalones del amor y sus ausencias fantasmagóricas a un mundo que desconocía.
Un día típico regresó llorosa y con aspecto mortuorio después de haber desaparecido una semana dejándome abandonado en nuestro tálamo conscupicente.
"Se murió Liduvina Jerez", me explicó después de agarrar respiro en un lapso en el que la lloradera le dio una tregua.
Me dio la fatal noticia muy seria y secándose las lágrimas, con un tono de prisa para luego soltarme un trágico desenlace con una voz pausada y queda en contraste con el sopetón con el que inició la explicación de su larga ausencia:
"Estaba muy sola, sabes? Con esos seis hijos y esos amantuchos mantenidos. La pobre se destroncó los riñones trabajando desde que mal pariera al primer muchacho hasta hace siete días que se derrumbó agotada y echando espumarajos rojos por la boca. El médico de la ambulancia dijo que se le partió el corazón. Como no se le iba a partir pues desde los trece años supo lo que era la perdida cuando ese chavalito a quien nombró Rubén casi le saca la matriz enganchada en esos pies de chivo. "Es hijo del diablo", le dijo su madre. "Es hijo de un fauno", le dijo el cura que lo bautizó: "eso le pasa a las niñas que andan de calientes. Se les aparece el Sátiro y se las coge sin miramientos y sin importar que estén más lampiñas que un cirio". Como no se iba a morir tan joven la pobrecita si nomás le cayeron encima los sagrados cordonazos de San Francisco quien puro animal le puso en el camino.
Poco a poco se fue deshojando la flor de su radiante juventud. Un botoncito de rosa que fue desflorado a güevos por el "talibán", ese vicioso de mierda...que bueno que ya lo mataron. Ahí comenzó su muerte. Poco a poco se fue secando hasta quedar hecha un surrón de culebra, seca. Poco a poco se le desinfló el respiro. Pobrecita mi amiga del alma. Se quedó mirando la puerta mientras echaba la vida por la boca esperando a ver si llegaba uno de sus hijos a cerrarle los ojos. Poco a poco. Poco a poquito se le fue la luz y el rojo de sus cachetes mientras saboreaba su propia sangre. Poco a poquito. Pobrecita. Hace cinco días la sepultamos. Palada tras palada "Chaz Chaz! Chaz Chaz!" Sus hijos ni lloraron. Poco a poquito, su carne fue comida por la tierra caliente. Adiós. Adiós Liduvina. Te voy a llorar toda la noche, bajito; no vaya ser que te despierte y quieras regresar a seguir sufriendo"

Después de darme esta triste retahíla miró con un raso de lágrimas pero aún así extendió la más brillante perla de sus sonrisas y me regaló el mejor beso que fue posible. Luego se tiró a dormir dos días hasta que la pestilencia de sus humores corporales me hicieron despertarla. Todavía tardé un día más para convencerla de que se bañara; tres noches rogándole caricias y una mañana entera de reclamos. Hasta que una tarde entró desnuda al baño mientras me duchaba y, con esa negritud costeña me hizo el sexo de una manera presurosa, como si algo la esperara en otro mundo y tuviera que partir enseguida sin dar tiempo a que las mieles se nos secaran en la entrepierna. Me dejó como un costal vacío y con el sentimiento de que algo de lo nuestro, si es que lo había, se pudrió bajo tierra junto al cadáver de la mentada Liduvina. Unas semanas después la ví con más ánimo aunque, de una manera poco perceptible, un poco flaca y con una momentánea y rara forma de mirar; algo así como un brillo de locura en la manera de percibir y explicar las cosas más insignificantes. La muerte de su sufrida amiga le caló hondo de alguna forma, como si esa pérdida le hubiera removido un recuerdo que le hiciera por momentos, olvidar la mujer que era en el presente.

 

II



Pasaron un par de meses y la alegría volvió a las carnes de mi amada a pesar de su desmejoría en el brillo de la piel. Se ponía a cantar bajito por las tardes canciones del Grupo Miramar, Mike Laure, Rigo Tovar y los ocho de Colombia. La observaba rodar la vista tan en paz y algo feliz mientras miraba a los niños jugar pelota o a las escondidas durante las primeras oscuras de la noche. Esperaba que se encaminara a la cama con la esperanza de sus senos y ese sexo pétreo pero luego se ponía a ver televisión para quedarse dormida enseguida. Abandonó el hábito de amarnos por las noches y en cambio me condonaba con espasmos y trémulos mañaneros más rápidos que una cagada al filo de la hora en que te deja el camión. Luego tomaba rumbo a con alguno de los siete amigos que le quedaban y no regresaba hasta la hora en que los grillos de las paredes comienzan a cantar.
Algo de fatalidad estuvo esperando estos días. Se esforzaba de verdad por estar alegre y suspirar tranquila pero al descuido mostraba la tribulación que desde un tiempo acá la estuvo asaltando. No tuve que esperar mucho; acababa de llegar de mi trabajo y prácticamente ella entró a casa tras de mi.  Esta vez la noté exhausta.  Llevaba, según su costumbre, días sin asomar la cara tras la cortina de nuestra alcoba. Venía huyendo quien sabe de qué más allá de la muerte, con el helar madrugal de los difuntos tras ella, tiritando por una calentura que nada tenía que ver con lo calamitoso del clima invernal.
Había muerto ahora un fulano según ella llamado en vida don Campagnolo; un tal viejo dependiente del más viejo taller de bicicletas de la colonia veintiuno de marzo. Condolesa explicó, no sin tristeza, que este murió de un golpe en la cabeza después de caer de una chopper Raleigh 64' que dizque hubo reparado después de estar veinte años intentándolo. Tanto detalle me daba esta mujer que terminé atribulándome en serio por alguien de quien no conocía nada además del sufrimiento y ancianidad. Pues resultó que este infortunado se mató montado, o más bien caído desde lo alto de la herencia de su abuelo, el primer Campagnolo que tuvo un taller en la ciudad, en la colonia Mazatlán. No se paseó ni dos kilómetros estrenando su herencia recién restaurada cuando un camión urbano de la ruta zapata-centro se le atravesó derribándolo del flamante armatoste. No lo aplastó de milagro pero los treinta kilómetros por hora sobre los que viajaba tan contento fueron suficientes para dejarlo en coma cerebral dos días hasta que su hijo Miguel Ángel dió la orden al médico en jefe para que lo desconectaran del respirador artificial que lo aferraba a lo que le quedaba de la existencia: su cuerpo aún fuerte y atlético de setenta años construido de andar toda la vida pedaleando bicicletas ajenas. Condolesa me llevó al patio  y ahí estaba un poster enmarcado de Lance Armstrong, un puñado de pulseras amarillas y la trágica bicicleta, intacta y reluciente.
"Miguel Ángel me lo regaló pues considera que yo la merezco más que cualquiera de ellos por haber acompañado al viejo en su solitaria viudez de bicicletero abandonado. Tú sabes, fui como la única hija para él pues tuvo puros machos que para lo único que sirven es coger, tragar cocaína y regar plebes en toda la zona sur de la ciudad"
Me conformo con que no haya pedaleado mi bicicleta de cuero -le secundé con hilito sangrón de celos en el tono, así como no queriendo la cosa; para que se diera cuenta que no me gusta mucho que otro macho se asome por mi cortina aunque sea para regalarle chingaderas con intenciones fraternales o legar herencias post mortem.
Más tarde, en la plática de sobre cama y cena con café, me reclamó por las vanas sospechas y la falta de respeto por lo difunto echándome en cara tanta frivolidad pues Campagnolo fue siempre incapaz de verla como mujer para otra cosa que no fuera una buena hija:

"Era un remanso de dulzura y paz el viejito. Me daba lástima todo lleno de grasa y su corazón tan a la buena de Dios. Con sus manos llenas de callos y faltas de un cuero mujeril donde limpiarlas por las noches de la ingratitud del tiempo que las hacían temblar por cualquier cosa"

Sospechaba una trastada a pesar de que Cony me habló con pelos, señales y casi todos los días de las penurias que ese viejo padecía. Hasta la muerte me parecía algo más que una casualidad. Dos ausencias motivadas por la supuesta aparición de la parca me dejaron pensando sobre algún tipo de pendejez en mi cabeza. Me convencí en serio de que esta amistad con el bicicletero decimonónico y las otras eran reales gracias a la hermosa Raleigh de colección, las pulseras amarillas y el póster enmarcado de Lance Armstrong, ganador de ocho Giros de Francia y mundialmente repudiado por cocainómano y tramposo. Fueron los primeros objetos que daban testimonio de que sus amistades si existían. Respiré tranquilo y algo avergonzado por malpensar así de la negra. Recé una versión muy breve del padre nuestro por el descanso del decano bicicletero italiano , le agradecí en silencio por la herencia del año del caldo y, claro está, por su bendita muerte pues esto significaba para mí horas de amor y compañía de parte de Cony, quien me tuvo desde días atrás muy abandonado.




III

Un día, ella llegó muy contenta y me invitó a bailar cumbia a La Caverna. Estaba en plan de celebrar que su amiga Zulma había vuelto de Tijuana después de trabajar todo el año, con mucha fortuna, de prostituta en los tugurios infecciosos de la avenida Coahuila: "se hubiera hecho rica -me dijo- de no ser porque un pocho coyotero la andaba queriendo matar por haberle robado una libra de cocaína pura que éste pretendía contrabandear en San Diego. De no ser por eso, hubiera logrado comprar un departamento en playas o ya de menos, una casita vieja en la colonia libertad"
Se habían conocido en los arrabales de la colonia Lázaro Cárdenas, en un fumadero. Cayeron en simpatía recíproca pues ambas sufrían del mismo padecimiento emocional que les hacía actuar más inestables que el vuelo del colibrí, eran también adictas al "crico" además de estar igual de prietas, según me hubo descrito Condolesa. Todos sabemos que esto último suele hermanar a este tipo de mujeres pues hay en ellas una índole muy añeja en sus ánimos que les hace formar pequeños clanes en contra de toda rubia que se les atraviese en el camino. Rubias es lo que abunda en esta ciudad y pues, ya sabrán del tipo de emociones que las unían. Estuve con ella pasadas las cuatro de la mañana hasta que recibí una llamada urgente de un cliente desesperado por un ocho de cocaína y tuve que retirarme. Cony se quedó en el antro bebiendo con otra del mismo clan quesque para esperar a la Cenicienta Tijuanense. Me quedé con las ganas de conocer a la exitosa Zulma y estuve pensando en ella hasta que salió el sol; alguien con ese empuje me hubiera sido de gran ayuda pues al parecer, era muy buena para el trafique además de que posiblemente podría tenderme la cama que Cony cada día abandonaba sin asomo de querer componer mi asunto carnal.
Supe de las dos hasta pasado un mes. Corrían los días de abril. Ya casi estaba olvidando el olor de su carne cuando la sentí primero antes de verla remontar la calle. Era un esqueleto rumbero en comparación con la mujer que se quedó bebiendo vodka en la caverna. Venía acompañada de Mika, la mujer con quién se quedó esperando a la mentada Zulma. Apenas si me saludaron con un asomo de vergüenza en sus ojos. Luego se echaron a dormir juntas en la cama destendida para despertar luego de transcurridas treintaiocho horas de pesadilla para mí, con cada minuto y segundos contados con el reloj biológico de la desesperación. Me pidieron con un hilo de voz algo de comer y un par de ballenas pacífico bien heladas. Al regresar las encontré recién bañadas, olorosas a Hermosillo Boulevard Citric y con una disposición sexual que me asustó. Parecían cadáveres queriendo aferrarse en algo vivo. Me dejé querer con un sentimiento vago de pérdida.

Condolesa anduvo en Tijuana. Eso me dijo. Me contó que Zulma se había suicidado la noche en que la estuvimos esperando para celebrar su éxito como puta en la loca esquina del mundo mexicano. Razones de más tuvo, según me enteró con lujo de detalles que me amargaron la existencia desde entonces.
"-Zulma ya estaba mal de un tiempo acá. La pobrecita se enganchó duro del 'cristal' cuando se le murió la única hija de un asma que se volvió angina de pecho. Me daba miedo cuando a veces, se ponía a contarme que la niña estaba a su lado todo el tiempo, para que no se sintiera tan sola. Un día, hasta se tuvo que bajar de la camioneta de un millonetas pues vio a la pequeña por el retrovisor mientras ella le daba una mamada al viejo. Se bajó gritando despavorida: "perdón mija, pero es que de algo tengo que vivir". Otra vez, la vio en el reflejo del espejo en un sucio motel del mercadito Rafael Buelna llamado pomposamente "California"; un nidazo de cucarachas; y allí estaba Almita recostada con todo el peso fantasmal de su infancia en la cama episcopal, mirándola con ojos acusadores mientras ella se depilaba la panocha para que su machucante en turno la encontrara de su 'cosa' más lozana que una quinceañera. Cada día que pasaba la niña la acosaba más y no le permitía putear a gusto. La última vez que la vio fue antes de irse a tijuas cuando preparaba un foco para ponerse a fumar un 'ciego' de 'crico'. Le dolió mucho que su hija la abandonara por ser como era y por eso se largó a esa frontera del demonio a ver si ya la olvidaba por medio de las riatas de los hombres y el vicio que la dejó sola como un perro. Se llenó de tanta cosa y mucha mierda hasta vaciar el corazón. No. No pudo soportar tanta tristeza y mejor decidió darse por el jalón de su mismo peso.

-Mika y yo estábamos en la pensadera del qué hacer con el cadáver pues a Zulma no le conocimos nunca un pariente que pudiera ayudarnos con los arreglos del entierro cuando un amigo de ella nos habló desde Tijuana mientras íbamos camino a recoger el cadáver al SEMEFO. Nos explicó que estuvo llamándole sin obtener respuesta después de recibir mensajes telefónicos donde le decía que se iba a matar. Al enterarse de su muerte, nos ofreció trasladarla hasta allá para sepultarla entre amigos.

Pobrecita, porqué te mataste? Cómo se te fue a ocurrir tan fácil?

-Yo jamás tendría valor y cuando me estaba preguntando cómo se podía una suicidar sin sentir feo y el cómo se habría matado mi amiga para no sentir lo peor, el médico forense, muy joven y guapo parecido al Komander nos explicó que había muerto por asfixia tras haberse colgado por el cuello desde un árbol de pingüica, en la mera orilla del río Tamazula. La encontraron unos dizque estudiantes de sociología que andaban en la maroma de fumar mota. Ahí estaba ella flotando sobre el vapor de la mañana, con un foco bien agarrado en su mano derecha, con los ojos saltados y sacando la lengua, como burlándose del puto mundo que la parió tan desgraciada y buena madre.
-Me la puedo imaginar columpiándose mostrando las nalgas al río, como tanto le gustaba, en un vaivén más chingón que el que te puede dar el mejor amante. Pobrecita. Que muerte tan horrible te diste, Zulma. Que feo te fuiste -le decía yo cuando los carroceros se la llevaban al anfiteatro. Al menos está re-guapo el último hombre que le quitó ese puti-vestido comprado en los huizaches que tanto le encantaba usar.

-Como Zulma ya traía un color raro y le salía una sangüaza cafesosa de la nariz a pesar de que el muertero la dejó como raso de novia y bien arreglada para que no empezara a apestar, decidimos agarrarle la palabra al amigo fronterizo y pues nos la llevamos a darle sepultura en esa ciudad culera antes de que nuestra compa se reventara en pestilencia ante nuestros ojos pues poco podíamos hacer con su cadáver por ser tan pobres además de ir a tirarla a las bardas de La Primavera, ese lugar donde tiran los cadáveres de todo aquel animal o persona que nadie quiere. Le prometimos celebrar una misa en honor a sus carnes no sin antes organizarle un pachangón de cuerpo presente como a ella tanto le gustaba: con música oldie, un chingo de cerveza y perico.
La velamos y festejamos en el Chabela's Bar ante la mera elite de las mujeres más cotizadas por gringos y sureños. Hasta el presidente municipal estuvo presente con entusiasmo y se engalanó con tres bricks de cocaína calidad premium Levis 501, de la que usa Donald Trump, Paulina Rubio y el Papa. Fue tanta la algarabía que todavía nos alcanzó la fuerza para alargar la despedida dos días más. Setentaidós horas fueron suficientes para que hasta las muchachas de Puebla, Tlaxcala , El Estado y hasta las mozas del aseo rozaran carne, billetes y perico redimidas de las aceras por las ínfulas de proxeneta generoso que de repente le agarraron al patrón, el mero jefe de la alegre y famosa avenida Coahuila.
Fue una bacanal sin precedentes la cual solo me puse a mirar con la congoja amarga anudada con forma de lágrima en la garganta. Se hubiera alargado más de no ser porque al hijo del presidente se le ocurrió abrir el ataúd de Zulma para brindarle un trailero de cocaína. Andaba tan borracho y cogido que tropezó con un tertuliano caído y terminó enredado con el cajón de nuestra festejada yéndose los dos al suelo. Mi amiga salió rodando y entre las vueltas que dió dejó un pedazo de cachete embarrado en el suelo levantando una pestilencia que nos puso a cada quien con los pies en el meritito infierno. No dimos para más. Esa misma tarde la llevamos a enterrar en el panteón que está a un lado del cerro colorado, bajo una lluvia triste y silenciosa. Hasta el sol se nos escondió ese día tapándonos con un manto gris la visión de Dios que todo lo perdona. Me despedí de ella cuando salimos del camposanto. Alcancé a ver su tumba en la parte más alta, rodeada de flores artificiales y rehiletes multicolor. Al pie de la cruz estaba su hijita, haciéndole una helada despedida, sonriente y sin llorar. Luego, todo se fue al carajo entre la bruma y oscuridad que llegaba despacito, como para no espantar las animas que a diario salen a convivir con los recién llegados"

 

IV.

 


Juro que estuve a punto de mandarla al carajo. No tuve el valor. No lo hice porque le creyera en absoluto la gruesa epopeya que vivió en su viaje a ese norte del infierno. No la dejé porque desde hacía tiempo se apoderó de mi una dependencia rara. Dependencia que transformaba de manera sezgada en una supuesta y pretenciosa lástima hacia ella.
Esa lástima sin supuestos motivos claros que resolvía en sentir que algo le debía al mundo desde antes de nacer. Desde que Condolesa regresó ya no pude ser el mismo aún y cuando ella se esforzaba por ser lo que ella suponía dentro lo más profundo de sus remordimientos lo que yo necesitaba. No era necesario que cambiara: la necesitaba tal y como era. Esa mujer con el ánimo tan al pairo pero sincera. Me dediqué entonces a ver con tristeza como el mundo se me despeñaba sentado bajo pálidas tardes en el patio esperando a que ella dejara su plan de atenderme para que se largara y volviera de su mundo para contarme una historia más de muerte.
Se volvió más asidua a nuestro lecho, más atenta. Engalanaba la noche con sus cuitas cómicas y salaces o, con el delirio tembloroso y experto de su carne. Estuvo alegre esos días y esto no terminaba por gustarme. Dejó las visitas a sus amigos a un lado todo lo que le permitió la dependencia hacia ellos mientras la mía se transformaba en un no se que muy incómodo. No duró mucho, gracias al cielo. Un día la encontré furiosa contra Mika, la fogosa compañera de parrandas. Había terminado la hermandad que las unía cuando a esta se le ocurrió mal hablar de Zulma y su hijita. "Pinche teibolera pedorra. Vergüenza debe darle andar enseñando sus tetas aguadas y bailar como foca. Y todavía me amenazó con decirte cosas inconfesables después de que le compartí la cama. Eso gano por arrimar perras mestizas a la confianza. Cómo sea, jamás fue mi amiga sino más bien una sana competencia. A mis amigas jamás les compartiría el hombre que me hace feliz"
Me dió risa pues pensé que las negras como ella no tenían ese tipo de desplantes raciales que no estuvieran dirijidos hacia las rubias.
El pleito con la mestiza fue providencial. Condolesa volvió a las andadas; justo lo que yo necesitaba para recuperar al corazón esa dependencia que se me estaba confundiendo hasta la ira con la devoción que me brindaba esta loca.
Lo que estuve esperando en pálidas tardes se empezó a tornar en una realidad mucho mas triste que antes. Amaba eso y no podía vivir sin sentirlo. Nuestra cama estaba otra vez destendida al abandono. Condolesa volvió a refugiarse en los amigos que le quedaban y yo me tiré a la calle a darle duro al negocio pues el viejón empezó a creer que yo me estaba queriendo cambiar con los contras quienes para esas fechas nos traían asoleados a balaceras y levantones; nada que ver. La certeza de la tragicomedia ausente de mi mujer no me dejaba dormir, menos trabajar como dios manda y estuve como 'puntero', vigilando los ruidos de la puerta y acabándome la mercancía para resistir los embates de la soledad y la tribulación de saber quién chingado se tenía que morir en el barrio para que la negra regresara derrumbándose a contarme.
Llegaron las tormentas de verano mucho antes del día de San Juan. El cielo se desempedraba con gruesas gotas que hacían un ruido ensordecedor sobre la lámina de cartera. Comparaba sin conciencia las lluvias con las risotadas de Condolesa y llegué a preguntarme, entre sorprendido y enamorado de la tristeza, dónde había quedado el hombre que antes se tiraba a la pelea o se desvelaba maquinando chingadera y media para calzarse hasta las truzas de billetes. Me acordaba de todo esto y lo comparaba con el guiñapo que ahora lloraba nomás empezaba a gotear el cielo o se ponía a componer cosas de maricas en vez de arreglar el barrio nomás con pensarlo o asomar las narices a la calle. Temblaba de coraje y vergüenza pero estos arranques de macho varón masculino eran como la espuma de las cervezas o el efecto de una cocaína más cortada que las nalgas de un emo: Duraban lo menos diez segundos y lo más, quince minutos. Me la pasaba lo más cercano a casa y mis negocios se circunscribieron nomás unas diez calles en un perímetro tan poco redituable comparado con el mini-imperio que sostuve meses atrás. Mis antiguos admiradores creían que el culo a los rivales había ganado pero en realidad era que el culo del corazón me había traicionado. No iba más allá del perímetro al que confiné mis andanzas nomás porque esperaba el cuerpo que portaba mi amor mal fundado. Una noche llena de vapor y sensia que respetaba hasta los árboles en un sopor más grueso que el atole que dan en el IMSS, llegué a casa y me senté sobre la acera a esperar lo que fuera, con el periódico más barato de la ciudad en la nota roja, buscando a ver si alguien se había muerto en los barrios cercanos y eso hacía volver a mi adorado tormento, cuando sentí su presencia pesada jalándome desde nuestro cuarto como un tentáculo viscoso y caliente. El corazón me volvió a llenar el pecho después de meses sin saber de ella.

 

V

 


Era un desastre de persona. Había perdido mucho cabello y se le habían caído algunos dientes. Apestaba tanto a animal muerto que por un momento pensé que se había traído el cadáver de alguno de sus apreciables amigos para enterrarlo en el patio.
"tengo tanto que contarte" -me dijo con una tranquilidad que me atemperó los ánimos. Llegué incluso a creer, después de comprobar con manoseadas por todo su palmito que en efecto, de muerta nada tenía, que era la imagen de una resurección invocada por sus habilidades de bruja jarocha pues hasta tierra traía pegada detrás de las orejas y en la cavidad del ombligo además de la asquerosa pestilencia que traía metida más adentro del pellejo. Me extendió un papel y me mandó a la farmacia por unas rivotril en gotas y una Coca-Cola para 'hacerlas tronar más rápido". Más tarde me pudo contar todas las tribulaciones que padeció: La muerte de uno de sus amigos de la infancia a bordo de una moto-racer en una competencia feroz contra un narco junior por un premio de treinta mil pesos que estaba pagando la ruta Tepuche-Cosalá la cual bordea las faldas de la sierra entre cañadas, barrancos, vados y pueblitos azotados por la fiebre de los laboratorios de 'cristal'. Según me dijo con tristeza, lo encontraron bañado en sangre y revolcado en lodo, con la mitad del esqueleto quebrado y un ojo de fuera, cantando la canción "cruzando cerros y arroyos"; narró, no sin llorar, la última epifanía de una vieja que padeció hasta morir de dolor un cáncer terminal; la señora dejó tres hijas huérfanas y en edad de merecer hundidas en una viudez adolescente y el alcoholismo. También lamentó la triste pérdida del viejo pepenador que fue chamuscado por un rayo en la última tormenta eléctrica que azotó la ciudad y dejó sin luz toda la zona norte durante treintaisiete horas contadas con el termómetro de los calorones a cincuentaicuatro grados. Unos habitantes del basurón municipal lo encontraron, dijo con afán de detalle como si yo nada le creyera, todavía humeando y oliendo a licuadora quemada y con su fiel compañero 'fierabras' recostado a su lado como una costra, el cual también falleció y se fue seguro al cielo de los perros. Por último, se derrumbó al describirme el asesinato de su prima hermana en un asalto a quien entre su madre y el cura Coronel criaron con mucho miedo a dormir desnuda y la luz de su cuarto apagada.
Ya no volvió a levantarse jamás para algo que no fuera la contemplación. Lo agarró un miedo cerval a la muerte al grado de ni asomar las narices siquiera para ver como meses antes, a los niños jugando a la pelota o a las escondidas. No temía a que la calaca le jalara las patas. Le daba pavor que fuera ella, con su sangre de bruja nicromanta, quien fijara la ruleta macabra y decidiera con apuesta al trece negro el destino del infortunado que tenía que irse al otro patio.
Al principio de la caída no hablaba de otra cosa que de brujería, maldiciones, la santa muerte, Jesus Malverde, San Judas Tadeo y toda la santería que se dedica a oficios oscuros, pompas fúnebres o asuntos que hasta dios se declara incapaz de comprender.
Luego, su platicar se volvía por momentos una maraña de situaciones alucinantes. Le palidecían los labios en un trémulo de boca de pescado fuera del agua mientras describía con miedo el tráfago de sus muertos que no la dejaban de acosar ni dormida:
"anoche, vino mi tío Alberto a visitarme. Fiel a su conducta entre cómica y salaz, me despertó subiéndose encima de mi cuerpo, tapándome la boca para que le escuchara mejor los cuentos que me espantaban de niña. 'es un íncubo -me contó una noche de favores el padre Coronel- eso le pasa a las mujeres de panza caliente como tú'. La verdad, mi tío Alberto no me parece tan mala persona a pesar de sus espantos. Bien hago en decir que me conforta. Después vino mi tía y mi madre, regañándome toda la santa noche por ser tan imaginativa y miedosa; por inventar historias de que mi santo tío Beto era capaz de quitarle el aliento hasta a los chivos del diablo. Mija viene también a llorar. Pobrecita; con su silbadera en el pecho y esas ojeras que le pintaron las fiebres de la bronquitis, ese mal del frío que le caló los huesos hasta llevársela al seno de Diosito. También llora mucho porque dice que tio Beto no la deja en paz con esa broma de subirse arriba de la gente. Mi prima no me da descanso y todos los días pasa por la calle silvándome para que salga a hacerme cargo de una niña quien pide a grito pelado que por favor le haga su vaporización para poder respirar. Campagnolo me hace señas desde la ventana apurándome en que le ayude a secarse la sangre de la descalabrada y limpiar su tumba que ya está invadida por vainas de guachapor y no lo dejan pasar a su ataúd sin llenarse de alhuates los pantalones. A Liduvina, pobrecita y que dios la haya acogido en su santo seno, me la he encontrado en el baño; iluminada su figura bajo una luz azulosa y escupiendo gargajos de sangre mientras le pregunta a su corazón partido donde estarán sus hijos que no van a visitar la piedra bajo la cual la sepultaron. Ingratos que no se acuerdan ni uno con otro de prenderle siquiera una veladora o de menos, un carrujo de mariguana última cosecha del triángulo dorado. Esa Liduvina. Tan buena para el mitote y ahora, pura lamentación. Para eso se muere uno? Para luego venir a estar chingándole a los vivos? Esa Liduvina. Se va con las primeras luces del amanecer encargándome mucho a su prole, como si yo no tuviera tanta cosa que hacer o un hombre que coger. Ay de mí, Jorge del Alma. Ay de mi. Entre todos me van a matar de la forma en que murieron: Asfixiada por tanto peso que cargar o apagada la luz de la razón por un golpe en la mollera o la descarga de un calambre eléctrico. Ay de mi. Ojalá suceda pronto si tiene que ser. Ojalá sea como sea y prontamente porque ya no aguanto tanta carga que pensar"
Fue la última charla más o menos hilada que le escuché. Todos sus amigos habían muerto y se quejaba de no tener rumbo en las tardes. Ya nada quedó de aquella afroantillana balanza del erotismo y el deseo de morir. Ah, Condolesa. Qué fue de tu cuerpo potable, de tu aroma a Hermosillo Boulevard Citric revuelto con mar? Qué hiciste con la lozanía prieta de tu piel? Por qué apestaste tus besos? Por qué arrancaste la mordida de tu boca que me hizo en pocas noches agradecer a Dios tener a tu animal cerca? A dónde te llevaste el gusto de esa almeja que me envolvía la carne arrastrándose en tu marea?
Ay, Condolesa. Ay de mi. Ya ni siquiera me queda tu tristeza para engordarme la sangre con la pensadera. Ay. Ya no sales a la calle pues para qué ha de ser. Ya ni el consuelo de la muerte que se llevó a tus ocho amigos que contabas con los dedos. Ay, bruja maldita. Negra cambuja. Ojalá pudiera amistarte con cien más para luego ofrecerlos juntos a la muerte y tener así motivos de vivir. Ay, Condolesa Romedal. Ay de nosotros. Ay de mi, diosito; Mira el maricón que me volví. Mira! Mira! La mujer que perdí por rumbos en donde difícil es llegar.

 

VI.

 


"La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido"
Mike Laure.

Ahora pasaba las madrugadas preguntándome sin obtener respuesta por qué la cosa del amar suele serme así. Cambié de vida para dedicarle las mejores noches de mi existencia a la piltrafa que me adjudiqué como amado tormento o espina en el culo. Condolesa era ahora un costal de huesos forrado de un pergamino del color de la tierra muerta; lo único que tenía de vivo eran las viajes en el tiempo entre fantasmas y palabras que le salían a veces como cascada, a veces como motitas de polvo flotando en el ambiente de nuestro cuarto caído en la miseria. Trabajaba yo entonces desde las seis de la mañana hasta muy entrada la tarde. Ganando apenas para comer y mantenerla viva dentro de la ruina que era. Por las noches vigilaba sus sueños y desvaríos hasta donde me alcanzaban las fuerzas. Esto tenía que terminar algún día, pero uno de los dos tenía que caer. Sucedió al fin, aunque aún no sé quién de los dos se derrumbó primero. Antes de que se fuera a otro mundo, Condolesa volvió a ser un largo instante que ardió como se quema una llanta. Un alto, lento y espeso fuego escupiendo humo hasta el cielo. Volvió a ser aquella mujer que me enamorara un día de agosto. Volvió a brillarle el mirar y perfumársele el suspiro; a mojársele el instinto y coloreársele el beso. Volvió a incendiársele la estufa y a prendérsele el aura de pitonisa y nigromanta. Sentada sobre aquella cama olvidada, con un haz de luz figurándole la mitad del rostro, me esperaba como se espera a alguien detrás de un vidrio; con una mirada que traspasaba todos mis más allá. Me habló después de tantos meses. Arrastró su voz para decirme con los puños arropándole los pechos: "acaban de matar al primer y único hombre de mi corazón" Luego, se abalanzó arrancándose la ropa para regalarme por primera vez en mi vida eso que muchos llaman amor. Aquello que mucho han asegurado es como tocar el cielo. Eso que llaman el segundo nacimiento o la muerte chiquita. La mujer que jamás voy a olvidar. Ella lo hizo. Ay Condolesa. "si me hubieran dicho que era aquel nuestro último beso todavía estaría besándote". Estuvimos platicando por horas y encontrándonos como jamás nos hubimos encontrado antes con nadie. Antes de dormir le pregunté que si como había muerto aquel hombre de su vida a lo que ella me contestó con una extraña sonrisa: "De un balazo en el pecho. Ahorita ha de estar tragándose la tierra mientras seguro piensa en mi. Ese hombre. A los hombres los deben matar, si es que alguien los quiere matar, de un tiro en la cabeza para que no se la pasen pensando en su amada en el más allá. Los balazos en el pecho nomás los medio matan y acá se quedan penando con el corazón partido y la mollera entre lo vivo, lo muerto y lo quedado en los relojes pasados" Eso me dijo y luego se montó de nuevo sobre mi para revolcarme con su carne como un costal de papas.

Me levanté al rayar el sol. Antes de salir de casa la miré. Se veía tan segura de su estar, dormida realmente por primera vez desde que la conocí, que me pareció la mujer más indefensa del mundo. Me despedí de ella y algo se cayó de encima. Ese peso que me hizo sentir un nudo en el alma desde que ella volviera de Tijuana. Nunca antes me hube despedido de nadie y menos de ella que desaparecía durante días sin darme oportunidad de pensar por qué chingado se había largado. Una ligereza en el ánimo me hizo besarle la frente. Al salir al patio, miré la Raleigh 64' y sin dudarlo un instante me monté en esta y salí a pagar las cuotas del día. Camino al trabajo recordé que la vieja bicicleta era un vehículo de la muerte relacionado de forma alguna con el estado de postración de Condolesa. Sentí un miedo que me paralizó unos instantes pero de inmediato me recuperé de la fantasía desechando todas las creencias oscuras de la mujer que ahora parecía tan indefensa acostada sobre nuestra cama destendida y muerta para siempre al latido de todo aquello que hace creer en el amor.
Regresaba de trabajar. El sol caía en el horizonte bajo pintando todo de color rojo. Estaba a dos calles de mi casa; silvaba mi canción favorita contento de tener un rumbo cuando de una entre calle me interceptó un automóvil Honda Civic color blanco y dentro de este descendieron cuatro tipos armados. Uno de ellos me gritó entre dientes: "hasta aquí llegaste, ratero hijo de la chingada" y luego disparó en tres ocasiones sobre mi pecho y a quemarropa. Antes de caer en el desmayo todavía alcancé a escucharle me decía: "no es nada personal, mi coquío, pero ya sabes que el que gacho la caga, gacho la paga. A los jefes no le gustan los rateros y tú ya la chingaste". Pero si yo no he robado jamás -alcancé a decirles mientras el paladar se me llenaba de un sabor a sangre y pólvora. Se llevaron la bicicleta y arrancaron dejándome en medio de la agonía y la polvareda. A lo lejos escuché los gritos de Condolesa. Entre la polvareda, el olor a balas quemadas y lo rojizo de la tarde la vi venía corriendo a todo lo que le daban las piernas; la noche estaba por caer.

 

VII.



"Es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre.
Hemos pasado por esto mucho, mucho tiempo.
Solo trato de matar el dolor, sí;
Porque el amor siempre viene y el amor siempre va...porque nadie está totalmente seguro de quién se va a ir hoy"

Lluvia De Noviembre. Axl Rose.

El psiquiatra me explicó que Condolesa tiene remedio aunque necesita estar un largo tiempo interna dentro estas cuatro paredes; que necesita de mucho profesionalismo y que ella le eche ganas al vivir, cosa que está muy lejos de querer. Dice que esa locura viene de muy lejos, desde que era muy niña. Dice que mucha gente le hizo daño y le mató la inocencia. Que muchas personas abusaron de ella y le encogieron el corazón y el cerebro al grado de que tuvo que buscar refugio en la locura.
También me explicó que los daños en la cabeza pueden ser peor si ella vuelve a darle duro a las drogas. Me regaña cada que la visito pues considera que queriéndola yo tanto le haya permitido que llegara tan lejos con su padecimiento. El doctor Alejo no me cree que yo haya vivido durante casi dos años con ella sin notar que no estaba bien de sus facultades mentales o que se estaba metiendo mierda con todas las ganas de morir. Le puse de pretexto esos amigos que no abandonaba jamás pero el médico me dió en la cara al decirme que ninguno de ellos existió jamás y que Condolesa los había creado inconscientemente para tratar de resolver sus traumas de la infancia.
Me abruma ahora el tanto pensar en ese mundo a la medida que tuvo que crear para luego destruir a sus habitantes uno a uno hasta quedarse sola como un huevo de gaviota en el desierto. No quiero pensar quienes fueron aquellos que mató de formas tan trágicas. Me conformo con saber que cada lágrima que derramó por ellos, fueron un enorme tazón de bálsamo que le fue limpiando el corazón hasta dejarla como una recién nacida a quien hasta las nalgas tienen que limpiarle. Fueron lágrimas de perdón a esos fantasmas y a sí misma.
Un domingo primero de noviembre fui a visitarla al hospital con algo de emoción en el alma. Hasta le compré un enorme ramo de flores de cempasuchil, claveles y crisantemos junto con un medallón conmemorativo de la virgen de Guadalupe colgado de un rosario bendecido por los oficios y sacramentos del padre Coronel. El doctor Alejo me recibió con una seriedad dolorosa. Condolesa había muerto al entrar la madrugada, temblando como una hoja y recitando los nombres de todos sus amigos. A mí jamás me mencionó como alguien entre vivos ni entre muertos. Cuando el doctor Alejo le dijo de mi nombre, hizo un gesto contradictorio, como si de repente me hubiera recordado y borrado de su existencia a la vez. Solo dijo: "Al único hombre que amé lo mataron de un balazo en el corazón. Ahora debe estar tragándose la tierra y pensando en mi".
Me entregaron su cadáver al caer la noche. Lo velé solitario y cerrada la casa para que no entraran ni las moscas. Los ramos de flores los deshojé y extendí sobre su cuerpo; El rosario con el medallón lo enrollé entre sus manos, compré cuatro velas y estuve pensando lo difícil que fue y lo peor que será sostener la flama de la vida si no está ella presente, mientras miraba el cadáver hermoso que es ahora; pensando en lo irónico de la situación pues debería ser ella quien en estas horas debería estar hablando sobre mi a mi mismo y no yo, hablándole a la nada sobre ella. La sepulté la tarde siguente en el panteón 21 de marzo. Al llegar a casa, una lluvia finísima me acompañó hasta después que las ánimas comenzaran a penar, aprovechando que los grillos callan cuando el cielo llora. Juro que cuando dormía, aquella Condolesa del lejano agosto, llegó a calidarme la cama.

 

VIII



"El verano inhaló profundamente y contuvo la respiración demasiado tiempo;
El invierno se veía igual, como si nunca te hubieras ido.
Y a través de una ventana abierta donde no ha colgado una cortina...como a través de la niebla
Te he visto...te he visto...como si regresaras a mi"

Comin' Back To Me. Marti Balin.

"Pues ahora las noches se han vuelto un noviembre eternizado en el que espero para siempre a Condolesa, doctor"
Eso le dije a mi amigo. Porque ahora el doctor es mi amigo; eso afirma poniendo la mano en mi hombro cada que comienzo a contarle mis penas. Mi padrino me dijo semanas atrás que cuando uno se vuelve amigo del loquero es porque uno ya está más loco que un chango.
Como sea, me reconforta la plática seria y cordial de Alejo. Me he quedado en el hospital varias noches hablando con él sobre muertos y sueños perdidos hasta ver la salida del sol.
No tengo más con quién platicar. Él es el único que cree, con un ánimo profesional y amigable que a veces me da desconfianza, que Condolesa se transfigura con las sombras oscuras y alargadas de la tarde; el sabe que a veces las personas que amamos se aparecen detrás de las ventanas o hasta llegan a sentarse al filo de las camas y que puede ser hasta normal que platiquen con uno algunas cosas de gente viva. Me escucha y me escucha mientras escribe y escribe y sirve el café y a veces hasta me da una pastilla dulzona que sirve para no tener pesadillas pues eso sí que es muy malo. Mi amigo Alejo asegura que cuando uno sueña gente muerta es porque nuestro rumbo del alma ya se quiere ir al más allá o que el más acá ha perdido el interés. Yo no quiero morir. Nadie ha regresado de la muerte a contar cómo está el asunto ese de ser un difunto chocarrero; más allá quien sabe que habrá. No sé si muerto volveré a ver a Condolesa. Así, vivo aunque triste, al menos la veo entre las oscuras de la noche, a través de las ventanas; al menos siento sus nalgas ocupar un espacio de la cama; al menos viene a revolcarme en los sueños; al menos me puedo imaginar, como si cuando viva le hubiera importado algo de mi que no fuera el oírle sobre su lotería de amigos, que algo se le quedó en alguna parte de mi corazón y por eso viene de tarde en tarde a revisar la piedra que dejó sembrada. Al menos se que dentro de la destornillada de cerebro algo debió sentir por mi, pues nadie corre por el medio de la calle y con las chichis de fuera para ver de qué forma mataron al autor de sus días y carnes.
Por estas fantasías y más, mi amigo Alejo me viene invitando a que me quede un tiempo al menos; al menos hasta que Condolesa se termine de largar a un lugar al que él llama duelo final.
Trato de pensar en otras cosas pero esta mujer negra, rozagante como nunca, no deja  de acosarme tratando de cuadrar, creo, el arqueo de su situación actual e infame con todo lo que me quedó debiendo cuando aún podía desarticular mis ganas de coger con las sabidurías expertas de putona babilónica.
Trato, por ejemplo, de pensar que aún puedo recuperar el mini imperio de drogas que sostuve hace unos meses.
Que aún hay por allí alguna mujer que pueda soportarme de mala gana aunque sea.
Trato inútilmente de creer que este corazón merece mejor suerte y no esta broma macabra que me tiene aquí esperando a que la muerte llegue o se vaya no sin antes estar seguro de volver a ver o vivir a Condolesa como antes y no como la veo en este preciso momento a través de la bruma de este invierno imposible que parece helarme más la calavera bajo el cuero; soy ahora un bolso de puro hueso roído por la soledad.
Ay, negra maldita. Ahora me doy cuenta lo libre que me hacías de alguna forma.

Pasan y pasan los meses y Condolesa aún pervive y, de hecho, ahora existe de forma ominosa como un recuerdo vergonzoso que se niega a morir nomás para tenerme preso de esta forma. Un fantasma es un recuerdo pesado que muchos se niegan a descargar. Eso dice mi amigo Alejo. Es doloroso pensar en ella. Pienso y pienso pero ya no encuentro su rostro; ya no encuentro el olor; ni siquiera las granizadas de septiembre me la pueden revelar; ni siquiera este calor del horno me hace remembranza al vapor de su vagina.
Alejo me pregunta a diario que si qué es lo que quiero. Me pregunta mientras sonrió mirando la cama donde murió el cuerpo que cargó mi amor sin muchas ganas. Me pregunta y le contestó:
Solo quiero salir de aquí.
Y lo que me responde:
-Algún día, Jorge.
Algún día, ya que dejes de recordar.
Y yo recuerdo y recuerdo viendo la cama donde murió y luego pienso y pienso en la cama de mi casa. Esa cama destendida y sin pulsar de forma alguna. Allá me espera la muerte; pero aún no. Aún no.

 

Los Ominosos Estadíos de Condolesa

y una Cama sin pulsar.

Waldo Contreras López

 


Conocí a la última mujer de mis noches entre el gentío que pulula en este mercado ciudadano de lunes a domingo. Desde lejos se hacía notar no tanto por el palmito sino más bien por la larga carcajada que sonaba dura como pedrada en el tronco de la oreja alcanzando los cuatro puntos cardinales de este enorme emporio de barriada. Si bien, nadie puede negar que esta negra tenía las carnes tan bien puestas como para darle de sofocones hasta a un quinceañero, no era el cuerpo de terremoto que poseía sino una inclinación en el carácter que provocaba en muchos hombres querer protegerla, aunque nada de uno necesitara este portento de la depresión, además del sexo. Su carcajada no era una fanfarria de alegría. Parecía más bien el sonido discordante de las granizadas de septiembre. Uno la oía reír y se enteraba que esa cacofonía no era un canto a la alegría si no algo muy parecido a la histeria desatada o un despeñe hacia el barranco de la locura. Está mujer no reía: lloraba como buena jarocha, a carcajada limpia. Cada asalto emocional terminaba bañada en lágrimas y aquello que fue un sonido de derrumbes se había  transformado en un suave dique desaguándose poco a poco, chorrito por chorrito, lágrima tras lágrima. Luego, se incorporaba como si nada con una sonrisa infantil y moqueando la gripa de la existencia, para alejarse a paso bailarín y contoneándose como si estuviera estrenando las nalgas. Se le veía la sarna del sufrimiento desde muy lejos. Entonces, por eso, todos queríamos estar lo más cerca de ella para recoger las migajas de lo poco que le sobraba para regalar al mundo. Quienes no la conocían tan de cerca suponían que una mujer como ella solo podía tener amantes de pasada y ya. Esto en parte era cierto; quien le recibiera la lumbre de su ser africano le sobraba. Los que tenían cierta distancia larga con ella jamás alcanzaron a enterarse como yo que Condolesa aseguraba y defendió siempre tener varios amigos a quienes juraba amar tanto como tanto se dejó coger por quien la amara o no.
Yo estoy tan cercano a ella que se de las formas con las que esta rara mujer entregaba el corazón a sus escasas amistades que pudo contar con los dedos de sus manos. "Estos dedos cuentan los compas y mayatas que amo. Los que me sobran, me los chupo cada que alguno de ustedes dice amarme antes y después de coger" -decía, y luego se metía los dedos pulgares a la boca y los mamaba con gula inaudita. Me escogió para su compañero de cuitas quién sabe porqué; porque, como ya dije, compañeros de cama le sobraban y yo no he de tener algo extraordinario por encima de estos para soplarle la estufa, aunque siempre me he considerado astuto en las mañas de la cama.


Pues resulta que Condolesa Romedal tenía un círculo de amigos reducido a sólo ocho personas con quiénes procuraba convivir a diario lloviera, tronara o relampagueara. Desde el comienzo de nuestra relación amorosa, Cony (como le nombrábamos de cariño en la central de abastos donde trabajábamos) mantuvo una atención distante hacia nuestro lío amoroso y regalaba sus mejores horas a este grupo selecto de amistades. Jamás los vi en persona y si los conocía de alguna forma era porque ella no hablaba de otra cosa que no fuera sobre los menesteres y tribulaciones de estos entes nebulosos. Jamás frente a mi mostró un cariño especial hacia nadie cuando hablaba uno por uno de ellos y repartía su corazón afroantillano de formas exactamente parejas. Esto ayudó mucho a paliar los celos que me carcomían el hemisferio cerebral donde habitan estos monstruos de miles formas.
Al principio llegué a pensar que Cony me estaba engañando; que esas personas no existían y solo eran producto de su astucia en tejer engaños, al grado de armar tertulias amistosas falsas para lograr verme la cara de menso, puliéndome los cuernos mientras montaba el mástil de algún cíclope ignoto. Después, comprobado el hecho de que esta negra era incapaz de hacerme una trastada pues, miedo tenía de mis reacciones furibundas y sabía que yo soy capaz, al menos, de escupirle una balacera en las patas para hacerla bailar nomás en mi pista, creí que más bien se daba sus escapadas a los llongos de la colonia "las coloradas" para ponerse a fumar como perdida gramos y gramos de metanfetamina; ah! La droga! La maldita metanfetamina. Un asunto escabroso que, habíamos acordado en común, ella dejaría de usar si de verdad deseaba una relación larga y duradera conmigo, con todo y que yo soy el mero jefe del narcomenudeo en la zona sureste de la ciudad, y eso es poco decir. Así nos la pasábamos; entre reclamos y largos espacios de tiempos tensos, entre los jalones del amor y sus ausencias fantasmagóricas a un mundo que desconocía.
Un día típico regresó llorosa y con aspecto mortuorio después de haber desaparecido una semana dejándome abandonado en nuestro tálamo conscupicente.
"Se murió Liduvina Jerez", me explicó después de agarrar respiro en un lapso en el que la lloradera le dio una tregua.
Me dio la fatal noticia muy seria y secándose las lágrimas, con un tono de prisa para luego soltarme un trágico desenlace con una voz pausada y queda en contraste con el sopetón con el que inició la explicación de su larga ausencia:
"Estaba muy sola, sabes? Con esos seis hijos y esos amantuchos mantenidos. La pobre se destroncó los riñones trabajando desde que mal pariera al primer muchacho hasta hace siete días que se derrumbó agotada y echando espumarajos rojos por la boca. El médico de la ambulancia dijo que se le partió el corazón. Como no se le iba a partir pues desde los trece años supo lo que era la perdida cuando ese chavalito a quien nombró Rubén casi le saca la matriz enganchada en esos pies de chivo. "Es hijo del diablo", le dijo su madre. "Es hijo de un fauno", le dijo el cura que lo bautizó: "eso le pasa a las niñas que andan de calientes. Se les aparece el Sátiro y se las coge sin miramientos y sin importar que estén más lampiñas que un cirio". Como no se iba a morir tan joven la pobrecita si nomás le cayeron encima los sagrados cordonazos de San Francisco quien puro animal le puso en el camino.
Poco a poco se fue deshojando la flor de su radiante juventud. Un botoncito de rosa que fue desflorado a güevos por el "talibán", ese vicioso de mierda...que bueno que ya lo mataron. Ahí comenzó su muerte. Poco a poco se fue secando hasta quedar hecha un surrón de culebra, seca. Poco a poco se le desinfló el respiro. Pobrecita mi amiga del alma. Se quedó mirando la puerta mientras echaba la vida por la boca esperando a ver si llegaba uno de sus hijos a cerrarle los ojos. Poco a poco. Poco a poquito se le fue la luz y el rojo de sus cachetes mientras saboreaba su propia sangre. Poco a poquito. Pobrecita. Hace cinco días la sepultamos. Palada tras palada "Chaz Chaz! Chaz Chaz!" Sus hijos ni lloraron. Poco a poquito, su carne fue comida por la tierra caliente. Adiós. Adiós Liduvina. Te voy a llorar toda la noche, bajito; no vaya ser que te despierte y quieras regresar a seguir sufriendo"

Después de darme esta triste retahíla miró con un raso de lágrimas pero aún así extendió la más brillante perla de sus sonrisas y me regaló el mejor beso que fue posible. Luego se tiró a dormir dos días hasta que la pestilencia de sus humores corporales me hicieron despertarla. Todavía tardé un día más para convencerla de que se bañara; tres noches rogándole caricias y una mañana entera de reclamos. Hasta que una tarde entró desnuda al baño mientras me duchaba y, con esa negritud costeña me hizo el sexo de una manera presurosa, como si algo la esperara en otro mundo y tuviera que partir enseguida sin dar tiempo a que las mieles se nos secaran en la entrepierna. Me dejó como un costal vacío y con el sentimiento de que algo de lo nuestro, si es que lo había, se pudrió bajo tierra junto al cadáver de la mentada Liduvina. Unas semanas después la ví con más ánimo aunque, de una manera poco perceptible, un poco flaca y con una momentánea y rara forma de mirar; algo así como un brillo de locura en la manera de percibir y explicar las cosas más insignificantes. La muerte de su sufrida amiga le caló hondo de alguna forma, como si esa pérdida le hubiera removido un recuerdo que le hiciera por momentos, olvidar la mujer que era en el presente.

 

II



Pasaron un par de meses y la alegría volvió a las carnes de mi amada a pesar de su desmejoría en el brillo de la piel. Se ponía a cantar bajito por las tardes canciones del Grupo Miramar, Mike Laure, Rigo Tovar y los ocho de Colombia. La observaba rodar la vista tan en paz y algo feliz mientras miraba a los niños jugar pelota o a las escondidas durante las primeras oscuras de la noche. Esperaba que se encaminara a la cama con la esperanza de sus senos y ese sexo pétreo pero luego se ponía a ver televisión para quedarse dormida enseguida. Abandonó el hábito de amarnos por las noches y en cambio me condonaba con espasmos y trémulos mañaneros más rápidos que una cagada al filo de la hora en que te deja el camión. Luego tomaba rumbo a con alguno de los siete amigos que le quedaban y no regresaba hasta la hora en que los grillos de las paredes comienzan a cantar.
Algo de fatalidad estuvo esperando estos días. Se esforzaba de verdad por estar alegre y suspirar tranquila pero al descuido mostraba la tribulación que desde un tiempo acá la estuvo asaltando. No tuve que esperar mucho; acababa de llegar de mi trabajo y prácticamente ella entró a casa tras de mi.  Esta vez la noté exhausta.  Llevaba, según su costumbre, días sin asomar la cara tras la cortina de nuestra alcoba. Venía huyendo quien sabe de qué más allá de la muerte, con el helar madrugal de los difuntos tras ella, tiritando por una calentura que nada tenía que ver con lo calamitoso del clima invernal.
Había muerto ahora un fulano según ella llamado en vida don Campagnolo; un tal viejo dependiente del más viejo taller de bicicletas de la colonia veintiuno de marzo. Condolesa explicó, no sin tristeza, que este murió de un golpe en la cabeza después de caer de una chopper Raleigh 64' que dizque hubo reparado después de estar veinte años intentándolo. Tanto detalle me daba esta mujer que terminé atribulándome en serio por alguien de quien no conocía nada además del sufrimiento y ancianidad. Pues resultó que este infortunado se mató montado, o más bien caído desde lo alto de la herencia de su abuelo, el primer Campagnolo que tuvo un taller en la ciudad, en la colonia Mazatlán. No se paseó ni dos kilómetros estrenando su herencia recién restaurada cuando un camión urbano de la ruta zapata-centro se le atravesó derribándolo del flamante armatoste. No lo aplastó de milagro pero los treinta kilómetros por hora sobre los que viajaba tan contento fueron suficientes para dejarlo en coma cerebral dos días hasta que su hijo Miguel Ángel dió la orden al médico en jefe para que lo desconectaran del respirador artificial que lo aferraba a lo que le quedaba de la existencia: su cuerpo aún fuerte y atlético de setenta años construido de andar toda la vida pedaleando bicicletas ajenas. Condolesa me llevó al patio  y ahí estaba un poster enmarcado de Lance Armstrong, un puñado de pulseras amarillas y la trágica bicicleta, intacta y reluciente.
"Miguel Ángel me lo regaló pues considera que yo la merezco más que cualquiera de ellos por haber acompañado al viejo en su solitaria viudez de bicicletero abandonado. Tú sabes, fui como la única hija para él pues tuvo puros machos que para lo único que sirven es coger, tragar cocaína y regar plebes en toda la zona sur de la ciudad"
Me conformo con que no haya pedaleado mi bicicleta de cuero -le secundé con hilito sangrón de celos en el tono, así como no queriendo la cosa; para que se diera cuenta que no me gusta mucho que otro macho se asome por mi cortina aunque sea para regalarle chingaderas con intenciones fraternales o legar herencias post mortem.
Más tarde, en la plática de sobre cama y cena con café, me reclamó por las vanas sospechas y la falta de respeto por lo difunto echándome en cara tanta frivolidad pues Campagnolo fue siempre incapaz de verla como mujer para otra cosa que no fuera una buena hija:

"Era un remanso de dulzura y paz el viejito. Me daba lástima todo lleno de grasa y su corazón tan a la buena de Dios. Con sus manos llenas de callos y faltas de un cuero mujeril donde limpiarlas por las noches de la ingratitud del tiempo que las hacían temblar por cualquier cosa"

Sospechaba una trastada a pesar de que Cony me habló con pelos, señales y casi todos los días de las penurias que ese viejo padecía. Hasta la muerte me parecía algo más que una casualidad. Dos ausencias motivadas por la supuesta aparición de la parca me dejaron pensando sobre algún tipo de pendejez en mi cabeza. Me convencí en serio de que esta amistad con el bicicletero decimonónico y las otras eran reales gracias a la hermosa Raleigh de colección, las pulseras amarillas y el póster enmarcado de Lance Armstrong, ganador de ocho Giros de Francia y mundialmente repudiado por cocainómano y tramposo. Fueron los primeros objetos que daban testimonio de que sus amistades si existían. Respiré tranquilo y algo avergonzado por malpensar así de la negra. Recé una versión muy breve del padre nuestro por el descanso del decano bicicletero italiano , le agradecí en silencio por la herencia del año del caldo y, claro está, por su bendita muerte pues esto significaba para mí horas de amor y compañía de parte de Cony, quien me tuvo desde días atrás muy abandonado.




III

Un día, ella llegó muy contenta y me invitó a bailar cumbia a La Caverna. Estaba en plan de celebrar que su amiga Zulma había vuelto de Tijuana después de trabajar todo el año, con mucha fortuna, de prostituta en los tugurios infecciosos de la avenida Coahuila: "se hubiera hecho rica -me dijo- de no ser porque un pocho coyotero la andaba queriendo matar por haberle robado una libra de cocaína pura que éste pretendía contrabandear en San Diego. De no ser por eso, hubiera logrado comprar un departamento en playas o ya de menos, una casita vieja en la colonia libertad"
Se habían conocido en los arrabales de la colonia Lázaro Cárdenas, en un fumadero. Cayeron en simpatía recíproca pues ambas sufrían del mismo padecimiento emocional que les hacía actuar más inestables que el vuelo del colibrí, eran también adictas al "crico" además de estar igual de prietas, según me hubo descrito Condolesa. Todos sabemos que esto último suele hermanar a este tipo de mujeres pues hay en ellas una índole muy añeja en sus ánimos que les hace formar pequeños clanes en contra de toda rubia que se les atraviese en el camino. Rubias es lo que abunda en esta ciudad y pues, ya sabrán del tipo de emociones que las unían. Estuve con ella pasadas las cuatro de la mañana hasta que recibí una llamada urgente de un cliente desesperado por un ocho de cocaína y tuve que retirarme. Cony se quedó en el antro bebiendo con otra del mismo clan quesque para esperar a la Cenicienta Tijuanense. Me quedé con las ganas de conocer a la exitosa Zulma y estuve pensando en ella hasta que salió el sol; alguien con ese empuje me hubiera sido de gran ayuda pues al parecer, era muy buena para el trafique además de que posiblemente podría tenderme la cama que Cony cada día abandonaba sin asomo de querer componer mi asunto carnal.
Supe de las dos hasta pasado un mes. Corrían los días de abril. Ya casi estaba olvidando el olor de su carne cuando la sentí primero antes de verla remontar la calle. Era un esqueleto rumbero en comparación con la mujer que se quedó bebiendo vodka en la caverna. Venía acompañada de Mika, la mujer con quién se quedó esperando a la mentada Zulma. Apenas si me saludaron con un asomo de vergüenza en sus ojos. Luego se echaron a dormir juntas en la cama destendida para despertar luego de transcurridas treintaiocho horas de pesadilla para mí, con cada minuto y segundos contados con el reloj biológico de la desesperación. Me pidieron con un hilo de voz algo de comer y un par de ballenas pacífico bien heladas. Al regresar las encontré recién bañadas, olorosas a Hermosillo Boulevard Citric y con una disposición sexual que me asustó. Parecían cadáveres queriendo aferrarse en algo vivo. Me dejé querer con un sentimiento vago de pérdida.

Condolesa anduvo en Tijuana. Eso me dijo. Me contó que Zulma se había suicidado la noche en que la estuvimos esperando para celebrar su éxito como puta en la loca esquina del mundo mexicano. Razones de más tuvo, según me enteró con lujo de detalles que me amargaron la existencia desde entonces.
"-Zulma ya estaba mal de un tiempo acá. La pobrecita se enganchó duro del 'cristal' cuando se le murió la única hija de un asma que se volvió angina de pecho. Me daba miedo cuando a veces, se ponía a contarme que la niña estaba a su lado todo el tiempo, para que no se sintiera tan sola. Un día, hasta se tuvo que bajar de la camioneta de un millonetas pues vio a la pequeña por el retrovisor mientras ella le daba una mamada al viejo. Se bajó gritando despavorida: "perdón mija, pero es que de algo tengo que vivir". Otra vez, la vio en el reflejo del espejo en un sucio motel del mercadito Rafael Buelna llamado pomposamente "California"; un nidazo de cucarachas; y allí estaba Almita recostada con todo el peso fantasmal de su infancia en la cama episcopal, mirándola con ojos acusadores mientras ella se depilaba la panocha para que su machucante en turno la encontrara de su 'cosa' más lozana que una quinceañera. Cada día que pasaba la niña la acosaba más y no le permitía putear a gusto. La última vez que la vio fue antes de irse a tijuas cuando preparaba un foco para ponerse a fumar un 'ciego' de 'crico'. Le dolió mucho que su hija la abandonara por ser como era y por eso se largó a esa frontera del demonio a ver si ya la olvidaba por medio de las riatas de los hombres y el vicio que la dejó sola como un perro. Se llenó de tanta cosa y mucha mierda hasta vaciar el corazón. No. No pudo soportar tanta tristeza y mejor decidió darse por el jalón de su mismo peso.

-Mika y yo estábamos en la pensadera del qué hacer con el cadáver pues a Zulma no le conocimos nunca un pariente que pudiera ayudarnos con los arreglos del entierro cuando un amigo de ella nos habló desde Tijuana mientras íbamos camino a recoger el cadáver al SEMEFO. Nos explicó que estuvo llamándole sin obtener respuesta después de recibir mensajes telefónicos donde le decía que se iba a matar. Al enterarse de su muerte, nos ofreció trasladarla hasta allá para sepultarla entre amigos.

Pobrecita, porqué te mataste? Cómo se te fue a ocurrir tan fácil?

-Yo jamás tendría valor y cuando me estaba preguntando cómo se podía una suicidar sin sentir feo y el cómo se habría matado mi amiga para no sentir lo peor, el médico forense, muy joven y guapo parecido al Komander nos explicó que había muerto por asfixia tras haberse colgado por el cuello desde un árbol de pingüica, en la mera orilla del río Tamazula. La encontraron unos dizque estudiantes de sociología que andaban en la maroma de fumar mota. Ahí estaba ella flotando sobre el vapor de la mañana, con un foco bien agarrado en su mano derecha, con los ojos saltados y sacando la lengua, como burlándose del puto mundo que la parió tan desgraciada y buena madre.
-Me la puedo imaginar columpiándose mostrando las nalgas al río, como tanto le gustaba, en un vaivén más chingón que el que te puede dar el mejor amante. Pobrecita. Que muerte tan horrible te diste, Zulma. Que feo te fuiste -le decía yo cuando los carroceros se la llevaban al anfiteatro. Al menos está re-guapo el último hombre que le quitó ese puti-vestido comprado en los huizaches que tanto le encantaba usar.

-Como Zulma ya traía un color raro y le salía una sangüaza cafesosa de la nariz a pesar de que el muertero la dejó como raso de novia y bien arreglada para que no empezara a apestar, decidimos agarrarle la palabra al amigo fronterizo y pues nos la llevamos a darle sepultura en esa ciudad culera antes de que nuestra compa se reventara en pestilencia ante nuestros ojos pues poco podíamos hacer con su cadáver por ser tan pobres además de ir a tirarla a las bardas de La Primavera, ese lugar donde tiran los cadáveres de todo aquel animal o persona que nadie quiere. Le prometimos celebrar una misa en honor a sus carnes no sin antes organizarle un pachangón de cuerpo presente como a ella tanto le gustaba: con música oldie, un chingo de cerveza y perico.
La velamos y festejamos en el Chabela's Bar ante la mera elite de las mujeres más cotizadas por gringos y sureños. Hasta el presidente municipal estuvo presente con entusiasmo y se engalanó con tres bricks de cocaína calidad premium Levis 501, de la que usa Donald Trump, Paulina Rubio y el Papa. Fue tanta la algarabía que todavía nos alcanzó la fuerza para alargar la despedida dos días más. Setentaidós horas fueron suficientes para que hasta las muchachas de Puebla, Tlaxcala , El Estado y hasta las mozas del aseo rozaran carne, billetes y perico redimidas de las aceras por las ínfulas de proxeneta generoso que de repente le agarraron al patrón, el mero jefe de la alegre y famosa avenida Coahuila.
Fue una bacanal sin precedentes la cual solo me puse a mirar con la congoja amarga anudada con forma de lágrima en la garganta. Se hubiera alargado más de no ser porque al hijo del presidente se le ocurrió abrir el ataúd de Zulma para brindarle un trailero de cocaína. Andaba tan borracho y cogido que tropezó con un tertuliano caído y terminó enredado con el cajón de nuestra festejada yéndose los dos al suelo. Mi amiga salió rodando y entre las vueltas que dió dejó un pedazo de cachete embarrado en el suelo levantando una pestilencia que nos puso a cada quien con los pies en el meritito infierno. No dimos para más. Esa misma tarde la llevamos a enterrar en el panteón que está a un lado del cerro colorado, bajo una lluvia triste y silenciosa. Hasta el sol se nos escondió ese día tapándonos con un manto gris la visión de Dios que todo lo perdona. Me despedí de ella cuando salimos del camposanto. Alcancé a ver su tumba en la parte más alta, rodeada de flores artificiales y rehiletes multicolor. Al pie de la cruz estaba su hijita, haciéndole una helada despedida, sonriente y sin llorar. Luego, todo se fue al carajo entre la bruma y oscuridad que llegaba despacito, como para no espantar las animas que a diario salen a convivir con los recién llegados"

 

IV.

 


Juro que estuve a punto de mandarla al carajo. No tuve el valor. No lo hice porque le creyera en absoluto la gruesa epopeya que vivió en su viaje a ese norte del infierno. No la dejé porque desde hacía tiempo se apoderó de mi una dependencia rara. Dependencia que transformaba de manera sezgada en una supuesta y pretenciosa lástima hacia ella.
Esa lástima sin supuestos motivos claros que resolvía en sentir que algo le debía al mundo desde antes de nacer. Desde que Condolesa regresó ya no pude ser el mismo aún y cuando ella se esforzaba por ser lo que ella suponía dentro lo más profundo de sus remordimientos lo que yo necesitaba. No era necesario que cambiara: la necesitaba tal y como era. Esa mujer con el ánimo tan al pairo pero sincera. Me dediqué entonces a ver con tristeza como el mundo se me despeñaba sentado bajo pálidas tardes en el patio esperando a que ella dejara su plan de atenderme para que se largara y volviera de su mundo para contarme una historia más de muerte.
Se volvió más asidua a nuestro lecho, más atenta. Engalanaba la noche con sus cuitas cómicas y salaces o, con el delirio tembloroso y experto de su carne. Estuvo alegre esos días y esto no terminaba por gustarme. Dejó las visitas a sus amigos a un lado todo lo que le permitió la dependencia hacia ellos mientras la mía se transformaba en un no se que muy incómodo. No duró mucho, gracias al cielo. Un día la encontré furiosa contra Mika, la fogosa compañera de parrandas. Había terminado la hermandad que las unía cuando a esta se le ocurrió mal hablar de Zulma y su hijita. "Pinche teibolera pedorra. Vergüenza debe darle andar enseñando sus tetas aguadas y bailar como foca. Y todavía me amenazó con decirte cosas inconfesables después de que le compartí la cama. Eso gano por arrimar perras mestizas a la confianza. Cómo sea, jamás fue mi amiga sino más bien una sana competencia. A mis amigas jamás les compartiría el hombre que me hace feliz"
Me dió risa pues pensé que las negras como ella no tenían ese tipo de desplantes raciales que no estuvieran dirijidos hacia las rubias.
El pleito con la mestiza fue providencial. Condolesa volvió a las andadas; justo lo que yo necesitaba para recuperar al corazón esa dependencia que se me estaba confundiendo hasta la ira con la devoción que me brindaba esta loca.
Lo que estuve esperando en pálidas tardes se empezó a tornar en una realidad mucho mas triste que antes. Amaba eso y no podía vivir sin sentirlo. Nuestra cama estaba otra vez destendida al abandono. Condolesa volvió a refugiarse en los amigos que le quedaban y yo me tiré a la calle a darle duro al negocio pues el viejón empezó a creer que yo me estaba queriendo cambiar con los contras quienes para esas fechas nos traían asoleados a balaceras y levantones; nada que ver. La certeza de la tragicomedia ausente de mi mujer no me dejaba dormir, menos trabajar como dios manda y estuve como 'puntero', vigilando los ruidos de la puerta y acabándome la mercancía para resistir los embates de la soledad y la tribulación de saber quién chingado se tenía que morir en el barrio para que la negra regresara derrumbándose a contarme.
Llegaron las tormentas de verano mucho antes del día de San Juan. El cielo se desempedraba con gruesas gotas que hacían un ruido ensordecedor sobre la lámina de cartera. Comparaba sin conciencia las lluvias con las risotadas de Condolesa y llegué a preguntarme, entre sorprendido y enamorado de la tristeza, dónde había quedado el hombre que antes se tiraba a la pelea o se desvelaba maquinando chingadera y media para calzarse hasta las truzas de billetes. Me acordaba de todo esto y lo comparaba con el guiñapo que ahora lloraba nomás empezaba a gotear el cielo o se ponía a componer cosas de maricas en vez de arreglar el barrio nomás con pensarlo o asomar las narices a la calle. Temblaba de coraje y vergüenza pero estos arranques de macho varón masculino eran como la espuma de las cervezas o el efecto de una cocaína más cortada que las nalgas de un emo: Duraban lo menos diez segundos y lo más, quince minutos. Me la pasaba lo más cercano a casa y mis negocios se circunscribieron nomás unas diez calles en un perímetro tan poco redituable comparado con el mini-imperio que sostuve meses atrás. Mis antiguos admiradores creían que el culo a los rivales había ganado pero en realidad era que el culo del corazón me había traicionado. No iba más allá del perímetro al que confiné mis andanzas nomás porque esperaba el cuerpo que portaba mi amor mal fundado. Una noche llena de vapor y sensia que respetaba hasta los árboles en un sopor más grueso que el atole que dan en el IMSS, llegué a casa y me senté sobre la acera a esperar lo que fuera, con el periódico más barato de la ciudad en la nota roja, buscando a ver si alguien se había muerto en los barrios cercanos y eso hacía volver a mi adorado tormento, cuando sentí su presencia pesada jalándome desde nuestro cuarto como un tentáculo viscoso y caliente. El corazón me volvió a llenar el pecho después de meses sin saber de ella.

 

V

 


Era un desastre de persona. Había perdido mucho cabello y se le habían caído algunos dientes. Apestaba tanto a animal muerto que por un momento pensé que se había traído el cadáver de alguno de sus apreciables amigos para enterrarlo en el patio.
"tengo tanto que contarte" -me dijo con una tranquilidad que me atemperó los ánimos. Llegué incluso a creer, después de comprobar con manoseadas por todo su palmito que en efecto, de muerta nada tenía, que era la imagen de una resurección invocada por sus habilidades de bruja jarocha pues hasta tierra traía pegada detrás de las orejas y en la cavidad del ombligo además de la asquerosa pestilencia que traía metida más adentro del pellejo. Me extendió un papel y me mandó a la farmacia por unas rivotril en gotas y una Coca-Cola para 'hacerlas tronar más rápido". Más tarde me pudo contar todas las tribulaciones que padeció: La muerte de uno de sus amigos de la infancia a bordo de una moto-racer en una competencia feroz contra un narco junior por un premio de treinta mil pesos que estaba pagando la ruta Tepuche-Cosalá la cual bordea las faldas de la sierra entre cañadas, barrancos, vados y pueblitos azotados por la fiebre de los laboratorios de 'cristal'. Según me dijo con tristeza, lo encontraron bañado en sangre y revolcado en lodo, con la mitad del esqueleto quebrado y un ojo de fuera, cantando la canción "cruzando cerros y arroyos"; narró, no sin llorar, la última epifanía de una vieja que padeció hasta morir de dolor un cáncer terminal; la señora dejó tres hijas huérfanas y en edad de merecer hundidas en una viudez adolescente y el alcoholismo. También lamentó la triste pérdida del viejo pepenador que fue chamuscado por un rayo en la última tormenta eléctrica que azotó la ciudad y dejó sin luz toda la zona norte durante treintaisiete horas contadas con el termómetro de los calorones a cincuentaicuatro grados. Unos habitantes del basurón municipal lo encontraron, dijo con afán de detalle como si yo nada le creyera, todavía humeando y oliendo a licuadora quemada y con su fiel compañero 'fierabras' recostado a su lado como una costra, el cual también falleció y se fue seguro al cielo de los perros. Por último, se derrumbó al describirme el asesinato de su prima hermana en un asalto a quien entre su madre y el cura Coronel criaron con mucho miedo a dormir desnuda y la luz de su cuarto apagada.
Ya no volvió a levantarse jamás para algo que no fuera la contemplación. Lo agarró un miedo cerval a la muerte al grado de ni asomar las narices siquiera para ver como meses antes, a los niños jugando a la pelota o a las escondidas. No temía a que la calaca le jalara las patas. Le daba pavor que fuera ella, con su sangre de bruja nicromanta, quien fijara la ruleta macabra y decidiera con apuesta al trece negro el destino del infortunado que tenía que irse al otro patio.
Al principio de la caída no hablaba de otra cosa que de brujería, maldiciones, la santa muerte, Jesus Malverde, San Judas Tadeo y toda la santería que se dedica a oficios oscuros, pompas fúnebres o asuntos que hasta dios se declara incapaz de comprender.
Luego, su platicar se volvía por momentos una maraña de situaciones alucinantes. Le palidecían los labios en un trémulo de boca de pescado fuera del agua mientras describía con miedo el tráfago de sus muertos que no la dejaban de acosar ni dormida:
"anoche, vino mi tío Alberto a visitarme. Fiel a su conducta entre cómica y salaz, me despertó subiéndose encima de mi cuerpo, tapándome la boca para que le escuchara mejor los cuentos que me espantaban de niña. 'es un íncubo -me contó una noche de favores el padre Coronel- eso le pasa a las mujeres de panza caliente como tú'. La verdad, mi tío Alberto no me parece tan mala persona a pesar de sus espantos. Bien hago en decir que me conforta. Después vino mi tía y mi madre, regañándome toda la santa noche por ser tan imaginativa y miedosa; por inventar historias de que mi santo tío Beto era capaz de quitarle el aliento hasta a los chivos del diablo. Mija viene también a llorar. Pobrecita; con su silbadera en el pecho y esas ojeras que le pintaron las fiebres de la bronquitis, ese mal del frío que le caló los huesos hasta llevársela al seno de Diosito. También llora mucho porque dice que tio Beto no la deja en paz con esa broma de subirse arriba de la gente. Mi prima no me da descanso y todos los días pasa por la calle silvándome para que salga a hacerme cargo de una niña quien pide a grito pelado que por favor le haga su vaporización para poder respirar. Campagnolo me hace señas desde la ventana apurándome en que le ayude a secarse la sangre de la descalabrada y limpiar su tumba que ya está invadida por vainas de guachapor y no lo dejan pasar a su ataúd sin llenarse de alhuates los pantalones. A Liduvina, pobrecita y que dios la haya acogido en su santo seno, me la he encontrado en el baño; iluminada su figura bajo una luz azulosa y escupiendo gargajos de sangre mientras le pregunta a su corazón partido donde estarán sus hijos que no van a visitar la piedra bajo la cual la sepultaron. Ingratos que no se acuerdan ni uno con otro de prenderle siquiera una veladora o de menos, un carrujo de mariguana última cosecha del triángulo dorado. Esa Liduvina. Tan buena para el mitote y ahora, pura lamentación. Para eso se muere uno? Para luego venir a estar chingándole a los vivos? Esa Liduvina. Se va con las primeras luces del amanecer encargándome mucho a su prole, como si yo no tuviera tanta cosa que hacer o un hombre que coger. Ay de mí, Jorge del Alma. Ay de mi. Entre todos me van a matar de la forma en que murieron: Asfixiada por tanto peso que cargar o apagada la luz de la razón por un golpe en la mollera o la descarga de un calambre eléctrico. Ay de mi. Ojalá suceda pronto si tiene que ser. Ojalá sea como sea y prontamente porque ya no aguanto tanta carga que pensar"
Fue la última charla más o menos hilada que le escuché. Todos sus amigos habían muerto y se quejaba de no tener rumbo en las tardes. Ya nada quedó de aquella afroantillana balanza del erotismo y el deseo de morir. Ah, Condolesa. Qué fue de tu cuerpo potable, de tu aroma a Hermosillo Boulevard Citric revuelto con mar? Qué hiciste con la lozanía prieta de tu piel? Por qué apestaste tus besos? Por qué arrancaste la mordida de tu boca que me hizo en pocas noches agradecer a Dios tener a tu animal cerca? A dónde te llevaste el gusto de esa almeja que me envolvía la carne arrastrándose en tu marea?
Ay, Condolesa. Ay de mi. Ya ni siquiera me queda tu tristeza para engordarme la sangre con la pensadera. Ay. Ya no sales a la calle pues para qué ha de ser. Ya ni el consuelo de la muerte que se llevó a tus ocho amigos que contabas con los dedos. Ay, bruja maldita. Negra cambuja. Ojalá pudiera amistarte con cien más para luego ofrecerlos juntos a la muerte y tener así motivos de vivir. Ay, Condolesa Romedal. Ay de nosotros. Ay de mi, diosito; Mira el maricón que me volví. Mira! Mira! La mujer que perdí por rumbos en donde difícil es llegar.

 

VI.

 


"La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido"
Mike Laure.

Ahora pasaba las madrugadas preguntándome sin obtener respuesta por qué la cosa del amar suele serme así. Cambié de vida para dedicarle las mejores noches de mi existencia a la piltrafa que me adjudiqué como amado tormento o espina en el culo. Condolesa era ahora un costal de huesos forrado de un pergamino del color de la tierra muerta; lo único que tenía de vivo eran las viajes en el tiempo entre fantasmas y palabras que le salían a veces como cascada, a veces como motitas de polvo flotando en el ambiente de nuestro cuarto caído en la miseria. Trabajaba yo entonces desde las seis de la mañana hasta muy entrada la tarde. Ganando apenas para comer y mantenerla viva dentro de la ruina que era. Por las noches vigilaba sus sueños y desvaríos hasta donde me alcanzaban las fuerzas. Esto tenía que terminar algún día, pero uno de los dos tenía que caer. Sucedió al fin, aunque aún no sé quién de los dos se derrumbó primero. Antes de que se fuera a otro mundo, Condolesa volvió a ser un largo instante que ardió como se quema una llanta. Un alto, lento y espeso fuego escupiendo humo hasta el cielo. Volvió a ser aquella mujer que me enamorara un día de agosto. Volvió a brillarle el mirar y perfumársele el suspiro; a mojársele el instinto y coloreársele el beso. Volvió a incendiársele la estufa y a prendérsele el aura de pitonisa y nigromanta. Sentada sobre aquella cama olvidada, con un haz de luz figurándole la mitad del rostro, me esperaba como se espera a alguien detrás de un vidrio; con una mirada que traspasaba todos mis más allá. Me habló después de tantos meses. Arrastró su voz para decirme con los puños arropándole los pechos: "acaban de matar al primer y único hombre de mi corazón" Luego, se abalanzó arrancándose la ropa para regalarme por primera vez en mi vida eso que muchos llaman amor. Aquello que mucho han asegurado es como tocar el cielo. Eso que llaman el segundo nacimiento o la muerte chiquita. La mujer que jamás voy a olvidar. Ella lo hizo. Ay Condolesa. "si me hubieran dicho que era aquel nuestro último beso todavía estaría besándote". Estuvimos platicando por horas y encontrándonos como jamás nos hubimos encontrado antes con nadie. Antes de dormir le pregunté que si como había muerto aquel hombre de su vida a lo que ella me contestó con una extraña sonrisa: "De un balazo en el pecho. Ahorita ha de estar tragándose la tierra mientras seguro piensa en mi. Ese hombre. A los hombres los deben matar, si es que alguien los quiere matar, de un tiro en la cabeza para que no se la pasen pensando en su amada en el más allá. Los balazos en el pecho nomás los medio matan y acá se quedan penando con el corazón partido y la mollera entre lo vivo, lo muerto y lo quedado en los relojes pasados" Eso me dijo y luego se montó de nuevo sobre mi para revolcarme con su carne como un costal de papas.

Me levanté al rayar el sol. Antes de salir de casa la miré. Se veía tan segura de su estar, dormida realmente por primera vez desde que la conocí, que me pareció la mujer más indefensa del mundo. Me despedí de ella y algo se cayó de encima. Ese peso que me hizo sentir un nudo en el alma desde que ella volviera de Tijuana. Nunca antes me hube despedido de nadie y menos de ella que desaparecía durante días sin darme oportunidad de pensar por qué chingado se había largado. Una ligereza en el ánimo me hizo besarle la frente. Al salir al patio, miré la Raleigh 64' y sin dudarlo un instante me monté en esta y salí a pagar las cuotas del día. Camino al trabajo recordé que la vieja bicicleta era un vehículo de la muerte relacionado de forma alguna con el estado de postración de Condolesa. Sentí un miedo que me paralizó unos instantes pero de inmediato me recuperé de la fantasía desechando todas las creencias oscuras de la mujer que ahora parecía tan indefensa acostada sobre nuestra cama destendida y muerta para siempre al latido de todo aquello que hace creer en el amor.
Regresaba de trabajar. El sol caía en el horizonte bajo pintando todo de color rojo. Estaba a dos calles de mi casa; silvaba mi canción favorita contento de tener un rumbo cuando de una entre calle me interceptó un automóvil Honda Civic color blanco y dentro de este descendieron cuatro tipos armados. Uno de ellos me gritó entre dientes: "hasta aquí llegaste, ratero hijo de la chingada" y luego disparó en tres ocasiones sobre mi pecho y a quemarropa. Antes de caer en el desmayo todavía alcancé a escucharle me decía: "no es nada personal, mi coquío, pero ya sabes que el que gacho la caga, gacho la paga. A los jefes no le gustan los rateros y tú ya la chingaste". Pero si yo no he robado jamás -alcancé a decirles mientras el paladar se me llenaba de un sabor a sangre y pólvora. Se llevaron la bicicleta y arrancaron dejándome en medio de la agonía y la polvareda. A lo lejos escuché los gritos de Condolesa. Entre la polvareda, el olor a balas quemadas y lo rojizo de la tarde la vi venía corriendo a todo lo que le daban las piernas; la noche estaba por caer.

 

VII.



"Es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre.
Hemos pasado por esto mucho, mucho tiempo.
Solo trato de matar el dolor, sí;
Porque el amor siempre viene y el amor siempre va...porque nadie está totalmente seguro de quién se va a ir hoy"

Lluvia De Noviembre. Axl Rose.

El psiquiatra me explicó que Condolesa tiene remedio aunque necesita estar un largo tiempo interna dentro estas cuatro paredes; que necesita de mucho profesionalismo y que ella le eche ganas al vivir, cosa que está muy lejos de querer. Dice que esa locura viene de muy lejos, desde que era muy niña. Dice que mucha gente le hizo daño y le mató la inocencia. Que muchas personas abusaron de ella y le encogieron el corazón y el cerebro al grado de que tuvo que buscar refugio en la locura.
También me explicó que los daños en la cabeza pueden ser peor si ella vuelve a darle duro a las drogas. Me regaña cada que la visito pues considera que queriéndola yo tanto le haya permitido que llegara tan lejos con su padecimiento. El doctor Alejo no me cree que yo haya vivido durante casi dos años con ella sin notar que no estaba bien de sus facultades mentales o que se estaba metiendo mierda con todas las ganas de morir. Le puse de pretexto esos amigos que no abandonaba jamás pero el médico me dió en la cara al decirme que ninguno de ellos existió jamás y que Condolesa los había creado inconscientemente para tratar de resolver sus traumas de la infancia.
Me abruma ahora el tanto pensar en ese mundo a la medida que tuvo que crear para luego destruir a sus habitantes uno a uno hasta quedarse sola como un huevo de gaviota en el desierto. No quiero pensar quienes fueron aquellos que mató de formas tan trágicas. Me conformo con saber que cada lágrima que derramó por ellos, fueron un enorme tazón de bálsamo que le fue limpiando el corazón hasta dejarla como una recién nacida a quien hasta las nalgas tienen que limpiarle. Fueron lágrimas de perdón a esos fantasmas y a sí misma.
Un domingo primero de noviembre fui a visitarla al hospital con algo de emoción en el alma. Hasta le compré un enorme ramo de flores de cempasuchil, claveles y crisantemos junto con un medallón conmemorativo de la virgen de Guadalupe colgado de un rosario bendecido por los oficios y sacramentos del padre Coronel. El doctor Alejo me recibió con una seriedad dolorosa. Condolesa había muerto al entrar la madrugada, temblando como una hoja y recitando los nombres de todos sus amigos. A mí jamás me mencionó como alguien entre vivos ni entre muertos. Cuando el doctor Alejo le dijo de mi nombre, hizo un gesto contradictorio, como si de repente me hubiera recordado y borrado de su existencia a la vez. Solo dijo: "Al único hombre que amé lo mataron de un balazo en el corazón. Ahora debe estar tragándose la tierra y pensando en mi".
Me entregaron su cadáver al caer la noche. Lo velé solitario y cerrada la casa para que no entraran ni las moscas. Los ramos de flores los deshojé y extendí sobre su cuerpo; El rosario con el medallón lo enrollé entre sus manos, compré cuatro velas y estuve pensando lo difícil que fue y lo peor que será sostener la flama de la vida si no está ella presente, mientras miraba el cadáver hermoso que es ahora; pensando en lo irónico de la situación pues debería ser ella quien en estas horas debería estar hablando sobre mi a mi mismo y no yo, hablándole a la nada sobre ella. La sepulté la tarde siguente en el panteón 21 de marzo. Al llegar a casa, una lluvia finísima me acompañó hasta después que las ánimas comenzaran a penar, aprovechando que los grillos callan cuando el cielo llora. Juro que cuando dormía, aquella Condolesa del lejano agosto, llegó a calidarme la cama.

 

VIII



"El verano inhaló profundamente y contuvo la respiración demasiado tiempo;
El invierno se veía igual, como si nunca te hubieras ido.
Y a través de una ventana abierta donde no ha colgado una cortina...como a través de la niebla
Te he visto...te he visto...como si regresaras a mi"

Comin' Back To Me. Marti Balin.

"Pues ahora las noches se han vuelto un noviembre eternizado en el que espero para siempre a Condolesa, doctor"
Eso le dije a mi amigo. Porque ahora el doctor es mi amigo; eso afirma poniendo la mano en mi hombro cada que comienzo a contarle mis penas. Mi padrino me dijo semanas atrás que cuando uno se vuelve amigo del loquero es porque uno ya está más loco que un chango.
Como sea, me reconforta la plática seria y cordial de Alejo. Me he quedado en el hospital varias noches hablando con él sobre muertos y sueños perdidos hasta ver la salida del sol.
No tengo más con quién platicar. Él es el único que cree, con un ánimo profesional y amigable que a veces me da desconfianza, que Condolesa se transfigura con las sombras oscuras y alargadas de la tarde; el sabe que a veces las personas que amamos se aparecen detrás de las ventanas o hasta llegan a sentarse al filo de las camas y que puede ser hasta normal que platiquen con uno algunas cosas de gente viva. Me escucha y me escucha mientras escribe y escribe y sirve el café y a veces hasta me da una pastilla dulzona que sirve para no tener pesadillas pues eso sí que es muy malo. Mi amigo Alejo asegura que cuando uno sueña gente muerta es porque nuestro rumbo del alma ya se quiere ir al más allá o que el más acá ha perdido el interés. Yo no quiero morir. Nadie ha regresado de la muerte a contar cómo está el asunto ese de ser un difunto chocarrero; más allá quien sabe que habrá. No sé si muerto volveré a ver a Condolesa. Así, vivo aunque triste, al menos la veo entre las oscuras de la noche, a través de las ventanas; al menos siento sus nalgas ocupar un espacio de la cama; al menos viene a revolcarme en los sueños; al menos me puedo imaginar, como si cuando viva le hubiera importado algo de mi que no fuera el oírle sobre su lotería de amigos, que algo se le quedó en alguna parte de mi corazón y por eso viene de tarde en tarde a revisar la piedra que dejó sembrada. Al menos se que dentro de la destornillada de cerebro algo debió sentir por mi, pues nadie corre por el medio de la calle y con las chichis de fuera para ver de qué forma mataron al autor de sus días y carnes.
Por estas fantasías y más, mi amigo Alejo me viene invitando a que me quede un tiempo al menos; al menos hasta que Condolesa se termine de largar a un lugar al que él llama duelo final.
Trato de pensar en otras cosas pero esta mujer negra, rozagante como nunca, no deja  de acosarme tratando de cuadrar, creo, el arqueo de su situación actual e infame con todo lo que me quedó debiendo cuando aún podía desarticular mis ganas de coger con las sabidurías expertas de putona babilónica.
Trato, por ejemplo, de pensar que aún puedo recuperar el mini imperio de drogas que sostuve hace unos meses.
Que aún hay por allí alguna mujer que pueda soportarme de mala gana aunque sea.
Trato inútilmente de creer que este corazón merece mejor suerte y no esta broma macabra que me tiene aquí esperando a que la muerte llegue o se vaya no sin antes estar seguro de volver a ver o vivir a Condolesa como antes y no como la veo en este preciso momento a través de la bruma de este invierno imposible que parece helarme más la calavera bajo el cuero; soy ahora un bolso de puro hueso roído por la soledad.
Ay, negra maldita. Ahora me doy cuenta lo libre que me hacías de alguna forma.

Pasan y pasan los meses y Condolesa aún pervive y, de hecho, ahora existe de forma ominosa como un recuerdo vergonzoso que se niega a morir nomás para tenerme preso de esta forma. Un fantasma es un recuerdo pesado que muchos se niegan a descargar. Eso dice mi amigo Alejo. Es doloroso pensar en ella. Pienso y pienso pero ya no encuentro su rostro; ya no encuentro el olor; ni siquiera las granizadas de septiembre me la pueden revelar; ni siquiera este calor del horno me hace remembranza al vapor de su vagina.
Alejo me pregunta a diario que si qué es lo que quiero. Me pregunta mientras sonrió mirando la cama donde murió el cuerpo que cargó mi amor sin muchas ganas. Me pregunta y le contestó:
Solo quiero salir de aquí.
Y lo que me responde:
-Algún día, Jorge.
Algún día, ya que dejes de recordar.
Y yo recuerdo y recuerdo viendo la cama donde murió y luego pienso y pienso en la cama de mi casa. Esa cama destendida y sin pulsar de forma alguna. Allá me espera la muerte; pero aún no. Aún no.

Martes, 19 Noviembre 2019 02:23

Aurora Borealis. / Waldo Contreras López /

 

Aurora Borealis.

Waldo Contreras López

 

La vi por primera vez en la puerta de entrada del bar en donde laboro como mezclador de música y técnico de audio y video; me llamó la atención su figura menuda, sus piernas largas, su tez blanca como los lirios del rio y sus ojos, sus ojos enormes y azules. Su presencia maciza y carácter explosivo me atropellaron. Tardé días en dirigirle la palabra, con esa enfermedad que a muchos nos ha aquejado: esa atracción abismal y vértigo por mujeres de vidas perdidas. Aquella tarde al fin tuve el ánimo de enfrentar ese vago temor y, decidido al fin, di mi primer paso para terminar de conocerla y durar enganchado varios meses a esta mujer.

 

-¡qué ojos tan bellos niña! ¿Son tuyos?

-sí –me contestó con su sonrisa enmarcada por sus labios gruesos de boca grande y dentadura blanquísima- me costaron quinientos pesos en la “plaza de la mujer”- agregó mientras me empujaba para abrirse paso sin apartar su mirada de la mía, con gesto coqueto; se alejó al ritmo ruidoso de sus zapatillas regalándome un adiós con su mano que parecía una mariposa agitándose bajo las luces de neón que iluminaban tenues el ámbito de la sala y dejándome envuelto en el ámbito de su perfume olor a cítricos, inundado en su risa sonora, musical y alegre; se ganó el corazón y el aprecio de todos en aquel bar con el paso de los días y a medida que se apoderaba de la pista de baile y los ánimos vespertinos ya decaídos en aquel muladar de mala muerte.

 

Esta jovencita era un prodigio de feminidad y coquetería, de dulzura y sensualidad a la vez; de cadencia, ardor y abrumadora desnudez sobre la pasarela. Se le veía corretear por aquí y por allá de un extremo a otro de la cantina, con paso danzarín y una energía incombustible; era una de esas verdaderas almas libertinas que solo existen para hacer de la vida algo digno de disfrutar sin despilfarro de ánimo ni pérdida de tiempo u oportunidad.

 

Pues bien, esta muchacha tenía talento para navegar sin daño en tugurios como este, beber cerveza como albañil y drogarse como punk. Eso y además: se ganaba el pensamiento durante varias horas o días de todos aquellos quienes la veíamos en sus convulsiones dancísticas; y se ganó el mío en especial. En la mayoría de sus ejecuciones sobre la pasarela o alrededor del brillante tubo cromado ella volteaba su rostro pálido y sudoroso hacia mi cubículo desde el cual manejaba la música y las luces multicolor; ella dirigía sus miradas brillantes hacía mí sin avistarme en medio de la oscuridad, pero sabiendo que me embelesaba y sin duda la miraba, me regalaba su mejor sonrisa y su mejor evolución sobre la pista y luego, al terminar de ejecutar su número “el momento sexy”, bajaba las escaleras, se metía en mi reducto a oscuras y me obsequiaba besos en las orejas, palabras ardientes o alguna de sus prendas perfumadas. Así era con todos, generosa con sus estallidos de terremoto.

 

Este pequeño prodigio de alegría andante, esta pequeña mujercita, nos regaló en una mala tarde, uno de sus mejores días sobre el mundo: se encontraba “copeando” con un par de clientes, dos viejos lobos de las cantinas quienes pagaban el dinero necesario para que jovencitas como ella les acompañaran; tenían al menos unas cuatro horas de tertulia cuando, en el punto más animado de la fiesta, ella se puso de pie, se quitó las enormes zapatillas de plástico para luego aventarlas con gesto teatral a un rincón sobre el templete de los músicos, se acomodó el cortísimo vestido entallado color azul rey y luego se puso a bailar como gitana: levantaba las manos y batía palmas, giraba sacudiendo las caderas. Su cabello largo y negro parecía un enorme pájaro nocturno luchando contra ella para liberarse de esa posesión demoníaca que le hacía moverse como una loca; esas evoluciones tenían a todos perplejos, sometidos por una emoción (y la esperanza de que comenzara a desnudarse) que los mantenía sembrados y temblorosos sobre las sillas.

Al fin, el más viejo de quienes le pagaban la copa, golpeó una botella contra la mesa a manera de balazos, rompiendo el encanto en el cual estábamos todos hundidos, y le gritó entre risas: “¡hey, ven acá pinche cabrona maníaca, no te estoy pagando para que le bailes a todo mundo” Ella se detuvo al instante con aires de ofendida, golpeó el suelo con su pie descalzo mientras cruzaba los brazos y sacaba las nalgas, hizo un gesto de puchero para luego tomar vuelo y dirigirse a la mesa con pasos de bailarina de ballet, agarrar una botella de cerveza y bebérsela

de tres tragos, golpearla contra la mesa emulando al viejo con voz ronca y gestos actorales: “no te estoy pagando para que le bailes a todo el mundo (“pinche viejo amargado”-agregó)” luego soltó una de sus hermosas carcajadas musicales y se dejó caer sobre los muslos del anciano.

 

Todos la conocíamos como Aurora Borealis, la excitante bailarina de pasarela quien a sus dieciocho años de edad recién cumplidos ya era una de las “coperas” más solicitadas en toda la zona sur de la ciudad; se llamaba en realidad Flor Jacaranda pero por mí y todos sus amigos, se dejaba acariciar con el apelativo de Yaqui, una jovencita fugada de su marido desde una ciudad del sur del país; una mujer atribulada por el miedo de morirse dormida, que le temía a los “aparecidos”, a los perros negros, a la oscuridad en los cuartos de renta y a los feroces estruendos de los rayos en noches de tormenta; una mujercita de hablar fluido y cotorro en sus explosiones químicas de drogas duras; de voz queda y tristona cuando estaba sobria; amaba las flores, las ranitas de cerámica con sus caritas femeninas y hociquitos besucones (yo soy una ranita como esta, que espera al príncipe que le robe un beso y la convierta en su reina. Decía), a los gatitos desvalidos y todos aquellos a quienes ella consideraba, según su juicio “hombres de verdad y no mamadas; que tengan muchos detalles lindos y miradas tiernas, que sean sobre todo unos buenos roba-besos”

 

Aurora Borealis fue encontrada muerta en un basurón municipal situado al norte de la ciudad.

Su cuerpo vuelto un escombro de huesos y cenizas; una apología a la maldad y a la mala índole citadina contra mujeres como ella, un tributo a una sociedad podrida hasta sus cimientos más profundos.

Flor Jacaranda, una triste y breve historia local reducida a un espacio escondido entre notas rojas de alto impacto y promocionales de productos para una mejor lubricación vaginal o una poderosa erección del pene; Yaqui en un basurero municipal, con su cuerpo garbo, blanco, con su cabellera negra otrora pájaro nocturno, con sus mordidas en las orejas, con sus

palabras sensuales y ropa de bailar… con todo su ser; su desnudez abrumadora reducida a un trozo de carne chamuscada.

Quemada viva, Aurora Borealis apenas pudo ser identificada pues el fuego no alcanzó a devorarla completo. Los verdugos no alcanzaron a borrarla por completo del mundo a pesar de triste holocausto que intentaron contra ella: en su pierna derecha tenía un tatuaje del Escorpión del Zodiaco; junto a su cadáver hallaron su bolso, sus escasas pertenencias desperdigadas entre la basura: sus abalorios de puta, sus cajitas de maquillaje “dark”, sus lápices labiales y dos estuches para lentes de contacto, uno de ellos vacío y el otro que portaba unos de color rojo-fuego.

Dos días anteriores al cual hicieron la denuncia de desaparición la vieron salir de uno de los muchos bares de la zona norte de la ciudad junto a otra bailarina y acompañadas, dicen, por al menos cuatro hombres con aspecto de sicarios.

Fue encontrada muerta junto a su amiga: “quemadas vivas”, dijo el médico forense a la madre de la otra jovencita.

El cadáver de Jacaranda nadie lo reclamó, fue depositado en la fosa común después de un mes de haber sido encontrado. No dejó ningún recuerdo en la ciudad, ningún atisbo vital que pudiera hacerle recordar cómo alguien que caminó por estas calles; su voz cantarina, su risa musical y sus aspavientos corporales ya han sido olvidados debido a la vorágine de los días cargados de nuevos espantos.

A mí solo me dejó sus mirar de ojos “azules” fija en mi rostro embelesado e invisible, tres de sus prendas de baile olor a Aurora Borealis, su luz expansiva y de colores reflejada en su piel blanca que me iluminaba los días en mi oscuro cubículo de deejay, de miércoles a domingo.

 

Flor Jacaranda fue una aurora, mi aurora.

Para todos fue en vida esa belleza hoy olvidada: Aurora Borealis.

 

 

 

La Ciudad Efímera y ese raro Espejismo que es Auror.

Waldo Contreras López

 

 

"Es soledad antigua,
soledad de mí, de la mitad que soy siempre.
Pasando sin quedarme.
Soledad de niño que crece.
Soledad de adulto.
Una furiosa soledad de vino tinto
que se hace viejo, diariamente"

AE Quintero.

 

Las ciudades nunca le gustaron tanto como para sostener la idea de que se podía vivir mucho tiempo dentro de alguna. Esa niñez. Lo mas que estuvo habitando en alguna calle ciudadana fueron escasos nueve dias en una urbe fronteriza, en la parte mas septentrional del pais. Auror siempre se recuerda mas bien sobre la vieja chevrolet vans de su padre, devorando kilometros y kilometros; siempre dejando nada atrás; siempre huyendo quien sabe de qué. Bella ignorancia. Un niño que nunca hizo preguntas pues sus padres tenían mas tensas preocupaciones que tiempo para dedicarle al menos una caricia, mucho menos unas palabra y menos aun, una respuesta. No era necesario preguntar siquiera. Se acostumbró a jamás tener amigos, a nunca conocer las empatías y jamás elucubrar una certeza. Auror miraba pasar el tiempo a través del zumbido de los coches, la acuosa reverberación del sol reflejándose en el asfalto, el adiós de las luces de una ciudad anónima y la bienvenida de la otra. "You say goodbye, i say hello; hello hello". Le gusta mucho esa canción. Recuerda a su padre cantando siempre con la vista en el camino, sosteniendo el mundo por medio del volante, la parte trasera de su cabeza; su nuca y ese cuello delgado y tierno, pálido y de piel como gallina desplumada. Los beatles y su padre en intentos enajenados para paliar esa inocente soledad de las pocas certezas de la noche. El canto de su padre era triste, distante y aún más solitario que la intemperie. A Auror por eso le daba un poco de desconsuelo y mejor miraba por las ventanillas. Se preguntaba porqué siempre corrían de noche. Esperaba encontrar respuesta en las luces lejanas que atisbaba a traves de los vidrios de la vieja camioneta: "adiós", decía al darse cuenta que aquella lejana luciérnaga se llevaba su interrogante a través de la velocidad. Adiós, decía; y se sobreponía al desengaño buscando mas luces pasajeras. Un dia se puso a imaginar mundos, hogares y personas tras la helada pantalla de la noche y con esto encontró consuelo. "dentro aquella luz hay un hogar; un papá y una mamá. Hay un niño por allí esperando un postre, un abrazo o un largo cuento para dormir. esos papás son buenos. Quisiera tener un par de señores así, conmigo". A esa edad temprana creyó de verdad que el camino un dia se acabaría en un bonito y populoso lugar o, al menos, en una buena casa con un patio enorme para jugar con sus familias imaginadas. Eso nunca sucedió al lado de esas personas tan distantes. Auror no estaba harto de su vida pero aquellas ensoñaciones al menos le daban la respuesta que sus padres le venían debiendo acerca de los devenires en esa carretera. Podía decirse que le gustaba el camino y con el tiempo esto se hizo amor y a las ciudades les tomó recelo. Su madre siempre decía que entre esas calles habitan bestias dispuestos a aplastarlos. -"Algo de sabias tienen las madres" -se dijo años después -"ellas saben todo sobre los hábitats puesto que nos incubaron durante meses dentro de ellas"

Un día, esa mujer de piel blanca y ojos marrón se murió. Su padre dijo que de un mal susto. Le dijo que se murió de miedo. Desde ese día, ya no se detuvieron en ningún lugar en donde hubiera más de diez casas. Tomaron los caminos del desierto y ya nunca regresaron a las ciudades. El día de la muerte, entre las últimas horas de sosegada agonía, su padre le contó que en algún lugar cerca del mar había un tesoro enterrado. Le dejó un legajo de papeles y entre estos habia un mapa graficando de forma grosera e infantil el lugar donde estaba esperándole la riqueza. Estaba también, escrita con tinta azul de bolígrafo corriente, la explicación de sus orígenes. Sus padres eran hermanos entre sí y fueron perseguidos desde su procreación por el repudio familiar, las amistades y la moral de una sociedad amante de los tabúes, los pecados y esos castigos éticos de la buena vecindad. Desde entonces huyeron avergonzados y convencidos de que el peso de su sangre no los dejaría en paz ni con el fin del mundo, ni aun cuando el mismísimo Dios bajara del trono para redimirlos pues, sabido es de la errónea concepción que la gente le viene otorgando a ese ente quesque creador de todo lo visto e invisible, lo que es y lo que tiene que ser. Veían y trataban con recelo al producto del agravio y no lo veían como un hijo sino mas bien como una luz inocultable que tenían que explicar. Intentaron evitar la explicación poniéndole un nombre adecuado para la argucia. Fue su madre, a quien en un largo viaje de asfalto y mariguana se le ocurrió el nombre: Auror. Fue bautizado con arena de la Reserva Del Pinacate y al ritmo de My Wild Love, de Jim Morrison. "agnus deus, quitolli Peccata Mundi" dijo su madre, y lo bañó con esa ardiente lefa dorada y vitrea.


Auror conocía mucho, por boca de su madre, de la índole falsa y traidora conque mucha gente suele conducirse. A su padre le escuchaba muchas historias inventadas. Creyó que esta era otra de esas cosas de ficción. Creyó siempre que todo eso en los papeles y esa relación prohibida era una mentira tejida sin mucha aguja para que siguiera rodando por el mundo buscando una fantasía y vagando sin amigos, padres y hermanos. Una venganza parental contra él por no permitirles vivir a este hombre y esa loca mujer a modo: sin urgencias, idas, venidas y sobresaltos nocturnos. "lo peor del incesto fraterno es procrear un hijo. Pero del incesto se debe esperar poca cosa buena y larga" -le oyó decir a su padre en un soliloquio de sobre cama. ¿para qué detenerme? -se preguntó al sepultar a su padre bajo el desierto. Nunca los extrañó pues no sé puede extrañar a los extraños. Nunca le hicieron falta y lo mejor: Auror nunca se dió cuenta de esto. Vagó durante algunos años viendo como el tiempo se desgranaba hasta que esté le dejó el corazón como una piedra pelada: al ras del pellejo. Ahora, hecho ya un hombre de treintaidós años en su cabeza, al fin había decidido detener las manecillas de su brújula sin norte. Lo del tesoro era cierto: tres costales de monedas de oro que estuvieron ocultos bajo tierra durante la larga travesia a bordo de coches desvencijados. Dinero robado a sus abuelos. Levantó una vasta edificación a setentaisiete kilómetros de una gran urbe. Construyó aquella enorme casa en la parte más alta de la vertiente montañosa que da cara al infierno amarillo oro. Desde ahí se dedicó a extender su circunscrito imperio de pacotilla para empezar a imaginar gente feliz. En el día extraviaba sus ojos en el deslumbrante espejo de la Laguna Salada que en las noches se transforma en un enorme lienzo blanco, acogiendo la luz de la luna. Más allá, está la mole hecha de luciérnagas haciendo volar sus anhelos más emotivos. Una hermosa via láctea hecha de niebla, polvo y smog. Le gusta ver cuando de ese dentro salen y entran los ojos vivaces de los coches y esto le hace recordar los viajes silenciosos con sus padres huyendo del agravio, el pecado y el castigo. Ellos una gente exiliada como los antiguos hijos de Abraham o de Sodoma y Gomorra. Estatuas de Sal hechos de la arena del desierto. "soy como Lot, observando el caer y resurgir de las ciudades" le decía a su sirvienta, una indígena de sangre cucapá muy condescendiente hasta con los grillos. Rosalía le contestaba entonces que asemeja más bien al milenario Centinela que resguarda la cordillera de rocas más que una estatua bíblica; un monolito humanoide atisbando el horizonte llano y amarillo con esa nostálgica seriedad. Ella, con un afán de falso interés le secundaba con historias de ancestros que atravesaron la inmemorial presencia de la laguna en sus pleitos con los apaches, soldados y otras enemistades antiquísimas, todas estas escaldadas por la rumia de la extinción inminente. Auror le contaba entonces sobre las miles, millones de historias que habitaban dentro de tantas luces. Le describía hombres y mujeres, hermosos y llenos de calidez. Niños y niñas felices dentro de hogares olorosos a pan y leche. Allá no existen las culpas. Pensaba. Allá no hay porqué huir. La extrañó poco cuando ella se fue. Supo que ya no estaba aquella oscura tarde de vientos de Santa Ana: la arena invadia la casa y el helar del aire besaba las paredes interiores. Rosalía tenía la costumbre de no cerrar las puertas, indígena y ajena a las manías ciudadanas de encerrarse tras pestillos y llaves. No se ocupó de ella pues sabía que al igual que él, jamás iría a buscar la ciudad. Por eso le interesó nada su camino. Pensaba en lo simple que sería tener un amigo que se ocupara de llegar-ir-volver de la mole ciclopea que tenía enfrente y le contara todo sobre esta para seguir enriqueciendo su delirio agorafóbico y plenarlo de cosas paradisíacas. La tierra prometida. Le urgía una persona que fuera lo contrario a la sopenca de Rosalía y sus historias maníacas y odiantes sobre extinciones de pueblos. Un hombre o mujer que le trajera noticias frescas para ir armando su ciudadela utópica. Así que se puso a esperar a tal persona. Veía como una luz se desprendía de aquella galaxia y la vigilaba hasta que la escuchaba zumbar bajo su ventana. Veía descender los enormes camiones de carga con sus tristes luces laterales, lentos y mugiendo como demonios que nunca le dedicaron una sílaba certera. Los ecos de esos gritos retumbaban en toda la montaña rompiendo el rumor exasperante de aquella masa gigante y señorial de rocas blancas; pero esos mugidos mecánicos nunca se detuvieron un instante a rebotar en los muros para hacerle sentir que algo había más allá que valiera la pena atravesar la puerta y bajar de la montaña sin volver la vista. No llegaba esa persona y de verdad comenzó a creer que la gente no existía ya; se le encogía el alma de pensar que se habían extinguido y nunca se dió cuenta cabal de aquello. Un día el esperado visitante llegó. Lo escuchó sobre la gravilla de la entrada: de un fulgurante Volkswagen sedán 67 color azul plomizo descendió un viejo flaco y alto, muy parecido al Quijote de Cervantes. Sus pasos eran los de un hombre que aún no se encontraba. Su piel era un desgaste despreciado por miles de personas: "me llamo Óscar y necesito me ayudes pues mi coche falla y no podrá ascender más por ahora" -le dijo. Auror lo notó trémulo, nervioso y con una urgencia de muerte en el hablar. Lo dejó pasar sin mucha esperanza. Óscar le habló durante días y noches sobre las mujeres: sus aromas diferidos, sus miradas de soslayo y satanistas, el abismo de sus muslos, el pérfido monte de sus senos y la llanura desértica de sus espaldas. Era un hombre recién abandonado por alguna mujer. Se fue al cabo de una semana dejándolo con la creencia de que las ciudades no son para hombres; con la idea de que esos puñados de luces son como aquella mítica y remota isla gobernada por amazonas: un lugar donde los hombres no deben entrar y salir ilesos.

Se le estaba agotando la utopía y le comenzaba a escozer la idea de que un lugar como ese ha de ser lo más aburrido del mundo. Comenzaba a ganarle de nuevo la costumbre de mirar las luces de los coches y a retomar la infantil tarea de atisbar una luz única en la oscuridad y divagar acerca de tridentes familiares perfectos cuando otro coche llegó: Un Mustang concept 69' color rosa metálico con tres mujeres muy jóvenes a bordo. Blancas corporaciones olorosas a hierba y humo. Con sus cabellos dorados, negros y barcinos. Con sus senos jóvenes, piernas sin piedad y el arco de la pelvis palpitando para lanzar un flechazo. Razón tenía Óscar para huir: un trío de cosas del demonio lejano a lo bueno, certero y sin algo que esperar. Las miró deambular desnudas por toda la casa. Las sorprendió retozando sobre su propia lumbre. Las vio florecer y rociar sus pieles. Las oyó carcajear y sus gritos en las noches le erizaban los cabellos. Ellas por su parte, no le tuvieron asomo de respeto y solo pretendieron antojarlo con sus hedorosos duraznos para jamás permitirle morder el postre almibarado de sus entrepiernas. Auror no sufrió nunca por ello pues no relacionaba las erecciones del pene con la humedad de esas bocas desdentadas y peludas. Un día, llegaron tres hombres bronceados como las piedras y se las llevaron aullando como lobos. Solo quedaron los ecos de sus estridencias eróticas. Iban felices, ajenas a sus horizontes cruzados por tormentas ocre y cactus acá y allá. Frente a la ventana sonreía y todavía los vio a todos decirle adiós cuando tomaron la última curva del descenso; levantó su mano y respondió sin saber bien de qué se trató todo eso. Caía la noche y siguió los ojos rojos del coche hasta ver que la ciudad los devoraba. Tardó mucho en reponerse bien del sobresalto. La sensación de vacío y enfermedad le duró nueve días, pero la tristeza se alargaba junto con las sombras de los picos más altos de aquella sierra, durante muchas tardes.

En la ciudad pasaban cosas que él no podía vivir. Jamás antes sintió lo que solo hubo escuchado de su padre cuando mamá murió. En esos días Auror conoció la soledad. Una primicia que le costaba trabajo conmutar, preferir y desechar. Al borde del derrumbe, vio llegar un fulgurante Coronet superbee. De este descendió un joven con chamarra de piel, botas negras, camisa blanca y pelo con corte militar. Se presentó y entro a su casa como si se hubieran conocido de toda la vida. Rigoberto tiene un carácter explosivo y llenó de ruidos la casa. Abría las puertas del coche y ambos se desvelaron escuchando a The Doors, Beatles, Creedence, Grateful Dead, Canned heat, Jefferson Airplane y The budos band durante muchas noches. Rigoberto estuvo casi dos meses acompañándolo. Auror empezó a conocer la amistad. Un día, ese loco compañero le ofreció algo sacado de una pequeña bolsa de polietileno. Le dijo: "inhala fuerte" -y auror inhaló. Sintió una euforia. Sintió deseos de gritar por primera vez en su vida. Deseos de correr, de volar. Estuvieron semanas drogándose y bebiendo alcohol. Auror se sintió junto al padre que nunca tuvo, cantando hasta el amanecer "Hello, goodbye". Un día le contó de aquellas mujeres y Rigoberto solo le contesto; "así son ellas: llegan y se van siempre; si regresan, jamás lo hacen igual y solo te echan un poco de lo mucho mal que vienen cargando". Así de triste es la vida -pensó- como el pasar fantasmagórico de los coches sobre el asfalto, veloces y sin dejar algo más que la vaga sensacion de esa fugaz presencia con su ruido, calor y ese aroma, esa estela que se va difuminando mientras uno suspira como para contenerlos un poco más debajo de la piel. Rigoberto hubo de irse un día. Se fue dejándole un poco más de esa certidumbre vivida antes. Hubiera preferido que no se despidiera como lo hiciera Rosalía aquel día de vientos de Santana. Conoció otro escalón de la soledad. Más infame y duradera esta. Más insoportable, inconmutable e inaplazable. Estuvo a punto de ir tras él pero Rigoberto remontó la cadena montañosa, del lado contrario al enjambre de luciérnagas: "voy a la esquina del mundo y quizás jamás descienda". Le dejó cincuenta bolsas de cocaína la cual, con cada inhalada, le hizo sentirse cada dia peor de esa cosa anudada en el cuerpo. No iría tras el aunque lo extrañara pues tomó un rumbo fuera de su mapa miserable. Un día vio llegar a un hombre a pie. Este no le dijo su nombre. Estuvo encerrado y expectante durante varias noches. Supo que se llama Pedro cuando la policía pasó preguntando por un fulano pintado en una foto. Pedro resultó ser un prófugo de la justicia: Un ex-pistolero de un gobernador del Estado. Había sido acusado de acopio de armas y lo vinculan con el asesinato de un periodista. Pedro le resultó agradable no obstante su manía de espiar todo el tiempo por las ventanas mientras le hablaba de la infinita variedad de mujeres que había en el mundo. Un día le dijo: "estás muy solo" y luego le mostró un álbum lleno de mujeres desnudas muy jóvenes. Hubo una que le recordó su niñez pues se parecía mucho a una niña que vivía de vender chicles en una estación de gasolina. Le dijo: "puedes quedarte con algunas. Yo ya las usé. Tengo que recurrir a estas engañifas pues poco tiempo tengo de parar y cortejar alguna. Mis enemigos me pisan los talones día y noche". De ahí en fuera le pareció un hombre de hábitos aburridos. Ahora que sabía lo que decían de él le pareció un hombre tan solitario como venía siendo el mismo desde hacía años: su manía de espiar el mundo por las ventanas y vivir de asuntos que no se pueden tocar con las manos y no existen más allá de las narices. Hasta le provocó ternura pensar en Pedro como un hombre que tenía que estar huyendo siempre con su álbum de fotos escondido en la chaqueta. Recordó a su padre. Lo extrañó un poquito; mucho comparado con la nada que siempre fue aquel hombre borroso que un día de noviembre lo engendró. Así que esto es a lo que se puede aspirar en las ciudades? Así que todo esto se trata de huir por siempre y las mujeres? Es que el mundo de los hombres no existe y debemos ser para siempre los errantes? -se preguntaba Auror. Mucha gente siguió pasando por su casa después de Rigoberto: lo visitó un evangelizador adicto y luego unos traficantes de armas; un asesino de esposas; un suicida fallido, un poeta nunca leído y una mujer abandonada; un hombre traicionado y un mancornador buscado a muerte por un marido ofendido; Un mormón canadiense sin siete mujeres pero con un pareja guatemalteco; un albañil muerto de hambre y una prostituta venida a menos a causa de un amor esquivo. Lo costo trabajo creer que esta fauna maldita pudiera existir y pervivir de formas tan al pairo. Así era imposible creer en una buena ciudad. Su difunta madre tenía razón: las ciudades no son lugares seguros. Las madres tienen razón pues tienen útero; esa cosa galáctica. Pero un día vio llegar el mismo coche donde llegaron aquellas mujeres de aroma aduraznado. Era la de cabello barcino. Se veía triste y desmadejada. Sus ojos mostraban el cansancio de vivir luces y sonidos de la ciudad. Parecía no haber dormido desde el día que partió con sus amigas húmedas y aquellos morenos como piedras. Ella no le dijo nada. Solo se desnudó ante su vista. Lo miró de forma rara. Auror comenzó a temblar como la flama de una vela atacada por la ligereza del viento. No supo nunca de que forma terminó con la falta del aliento, bañado en un sudor pegajoso, de aroma raro. No supo como llegó a ese estado de reflexión profunda y esa sensación de acabo del mundo. Se sintió borracho por un aroma que se le quedó enganchado en lo más profundo del corazón y la carne. Algo lo azotaba por dentro. Tuvo conocimiento de sí mismo hasta que escuchó la voz de aquella madeja de sensaciones:

-qué placer encuentras mirando siempre el desierto y estas rocas?

-encuentro siempre un lugar donde habitar. Veo la llegada y la ida de tantas cosas y entre esas ideas y llegadas siempre hay un mundo esperando para hablarme.

-por Dios, muchacho! Qué conoces del mundo si veo que tus manos son torpes y no encuentras ni mis labios ni mis dentros?

-Eres como una ciudad, mujer. En ti he visto luces que jamás imaginé existieran. Si se puede volar, esto es lo más cerca que he estado. Sentí en tu cuerpo como cuando sacaba el rostro por la ventanilla de la camioneta y enfrentaba el viento húmedo de la noche y este me asfixiaba de forma placentera.

-me doy cuenta que acabo de convertirte en hombre. Soy la primera mujer que abraza tu carne.

-eso pasó.

-cuantas veces quieras.

Ella se levantó de un salto y caminó hacia la ventana que daba a la ciudad. La luz tenue iluminaba su rostro y recortaba perfecto su figura espléndida. "Si es cierta la poesía, estoy muy cerca. Si se puede alcanzar el cielo con un suspiro ahora lo he tocado" -se dijo Auror, aún tratando de sobreponerse a ese cataclismo en el corazón con resabio a mujer. Se llamaba Nubia. Se quedó casi para siempre junto a Auror no obstante la lejanía conque sus ojos habitaban aquella palpitante enjambre de luciérnagas. No obstante el punto ordinario de las maneras de este hombre con nombre de mago. No obstante que ella necesitaba un buen fuelle para su maquinaria hecha de huesos, carne y humedales. Se quedó a pesar de que Auror era un perplejo y con una vocación muy arraigada por la soledad. Se quedó lo suficiente a pesar de que algo se quedó allá, lejos, donde habitan las luces. Nubia hizo todo lo posible con su corazón para que aquella relación no fuera un bodrio más en sus larga lista de desastres construida con una nómina que sin querer seguía cargando. Hizo lo posible para que el nombre de Auror no se le revolviera con los nombres de su lista inacabada. Un día Nubia se dió cuenta que le costaba medir sus sentimientos y la perspectiva de las cosas sin la presencia de este hombre. Una paz le invadió y al fin se sintió apropiada y propietaria de algo. Auror se veía feliz y sonreía cada vez más. Ambos habían descubierto esa rara afinidad sexual que todos buscan en el otro: mientras él encontraba habilidad en el descubrimiento, ella encontraba la maestría que le hizo falta en la cándida respuesta libidinal de él. No podían estar ya el uno sin el otro y cuando menos pensaron ya habían comido juntos durante cinco largos años que se fueron suspirando vertiginosos como el más largo de los orgasmos o los pasajes oníricos.

Pero la ciudad seguía torturando a Auror. Tenía una deuda con su pregunta de antaño y ahora tenía una compañera para ir a buscar la respuesta. Nubia se vio preocupada al principio. No quería volver jamás a la urbe que la malparió dejándola con el ánimo roñoso, escaldado y marcado por esas laceraciones que suelen provocarse algunas personas. Redobló su vocación para el amor y el sexo tratando de nublar el empecinamiento de aquel hombre pero a poco se dió cuenta que no lo lograría. Entonces, trató por todos los medios del discurso el convencer a aquel delirio infantil que en las ciudades no hay nada que sea más importante que el amor. Él solo guardó silencio y empezó otra vez a atisbar la ciudad por las noches y a buscar luces solitarias entre las hebras oscuras de la distancia.

-que no es suficiente? un día me dijiste que soy con mi cuerpo y mi vaho como una ciudad con la luz más intensa.

-lo eres. Pero te hace falta esa complejidad que suelo construir desde niño. Te hace falta completar aquello que no conozco. Eres también así como aquello en la distancia: Una cosa luminosa e imaginada.

Nubia se le fue encima poniendo su sexo aduraznado en aquellos labios que le clamaban. Ese pobre hombre terminó bañado en llanto.

-La ciudad real te hará llorar de formas peores.

-No creo que algo superé esto.

-como vas a saberlo si veo también que es la primera ves que lloras? No tienes nada para comparar.

-ayúdame a descubrirlo.

-Lo haré.


Nubia desapareció a los pocos días. Se quedó completamente desolado y con algo atorado en la garganta. Recordó algo de las últimas palabras de aquella mujer mojada: El nunca antes había llorado. Este recuerdo lo llevó a otro escondido bajo los relojes de arena que hubo dejado atrás. Recordó que su madre un día le dijo que había llorado mucho en su vientre. Le dolió no recordarlo y esto significó que el llanto que Nubia le provocará aquel último día del durazno en sus labios había sido el más grande de su vida. Extrañó entonces cada pliegue en la carne de aquella mujer; cada calosfrio; cada suspiro y cada sensación de ahogo que aquella flaca de piernas recias, senos duros, pequeños y vulva petrificada le prodigara. Extrañó su voz y la forma en que ella le miraba cada que la hacía caer en el abismo poderoso de la novedad, la necesidad, el apremio, la necedad y el aprendizaje. Se dió cuenta que estaba en los umbrales del enamoramiento y la dependencia de algo tan grande como el amor y las mujeres. Auror se estaba empezando a descubrir cómo un hombre. Un hombre como su padre quien sostuvo durante kilómetros el vientre famélico de su madre, partiendo el mundo en dos con el filoso cuchillo de granito que es la carretera y la seguridad pasmosa del volante. Un hombre como aquel gañán que nunca se rindió hasta que aquella hippie rubia se murió. Auror se perdió durante días con la vista sobre la ciudad: día o noche, no importaba. Aquella mole ciclopea se le volvió un abismo oscuro en vez de una parvada de luces. Necesitaba caer en aquello. La nostalgia se volvió desespero, el desespero se volvió necesidad, la necesidad se volvió ansia, la ansiedad se le transformó en enfermedad y la enfermedad se supervino en vértigo. El vértigo lo jalaba con su mano larga: caer en el abismo de una búsqueda sin lugar ni pista alguna.

Desempolvó la vieja Chevrolet Vans y una noche en la que los fantasmas cucapás que Rosalía describía estuvieron muy animosos provocando tolvaneras en la Laguna Salada, Auror partió rumbo a aquella ciudad de tabicretos en pos de su mujer. Dejó la casa encargada a Rigoberto quien hubo regresado a su órbita de planeta solitario después de haber cerrado chuecos y jugosos trueques en Tijuana. Le dió indicaciones que siempre mantuviera las luces encendidas por si acaso se perdía esta le sirviera de faro en este bello mar de arena.

Se sintió perdido al llegar a Mexicali, no por ser la primera vez que la pisaba y respiraba, sino más bien porque tanto resplandor le borró para siempre el rumbo de su casa la cual no podía atisbar desde esa distancia enceguecida por más que se esforzaba. No nomás estaba solo y desorientado sino que aún peor, estaba lejos de su fortaleza de concreto y ladrillos; peor aún, del aroma aduraznado de Nubia, el cual siempre creyó que era único, estaba embarrado por todos lados.Toda la ciudad tenía ese olor. Todas las calles están llenas de mujer, de mujeres como ella. Suspiró largamente mientras pensaba que no era él quien estaba en otro dirección entre tanta calle sino que era su casa la que había salido huyendo de él; que su casa había cambiado de domicilio a otro país y que él, era pues, la casa más solitaria del mundo, sin nada que le calentara.

Al principio se sintió abrumado por el ruido, la peste a cloaca, humo agasolinado y la nauseabunda soledad de los callejones hediondos a orina y excremento humanos. Tuvieron que pasar pocos días para darse cuenta del porqué de las ciudades. Se dió cuenta que le sería difícil encontrar al motivo de su peregrina aventura pues a poco encontró que el aroma de Nubia no era un rastro sino más bien la característica de las mujeres ciudadanas del desierto. Todas tenían ese olor invasivo a sudor y azúcar, un almíbar que se cocía a cuarentaiocho grados de temperatura. Rentó un cuartucho soporifero muy cerca del centro desde el cual no se podía ver el cielo. Se puso pues a vivir la ciudad llena de gente.

Camino la primera caída de la tarde en aquel cemento. Un expendio de burritos, un restaurante de comida china de la sexta generación de inmigrantes fundadores de las cadenas Chong-Delice. Hamburguesas americanas aroma a plástico. Pizzerías con horno de piedra como si no fuera suficiente reposar la masa en los mediodía que cargaban en sus vientos fuego a 52 grados de temperatura seca como las peñas superpuestas parecidas a los carbones de braseros, en la cadena montañosa de la Rumorosa. Los sobre ruedas vendiendo ropa traída desde las fábricas de Zapotlanejo exhibidas como marcas americanas importadas de San Diego o Huntington Park, L.A. Música Nortec y un idolo local borracho y metanfetaminoso llamado Juan Cirerol; Tacos de vapor (el único vapor real en el desierto además de las entrepiernas sudorosas femeninas que le dan a la urbe un ambiente marino) al ritmo de Chalino Sánchez, "El Gallo" Elizalde, los tigres del norte y el reguetón de Maluma, Daddy Yanquee y Pit-bull. Hombres tatuados y perforados, mujeres en micro-shorts y micropunto sonriendo como pendejas electrificadas del cerebro, pocos viejos y mucho niño armado; anhelos, sueños, mentiras a la americana y realidades crudas; negros cantando salmos afroantillanos sobre éxodos, rechazos, racismo a la mexicana; haitianos y hondureños víctimas de la puta Tijuana gay-gringo-xenofóbica y entre todo este maremágnum está persistiendo siempre Nubia, la perdida y recordada; la buscable, la del ahora aroma incierto.

"Dónde estás Nubia, caray?" Suena
"Olvídela compa", desde un taxi al pasar. En la acera de enfrente un viejo gringo baby boomer suena desde su tienda de acetatos "girl of The North country" Un vagabundo jadea con el gesto desencajado y tez pálida sentado en la acera mientras murmura entrecorto para sí: "no. No es nada. Solo es un poco de café con alcohol. No me estoy muriendo"; una mujer flaca como una rana disecada al rayo del demonio grita: "Dios! Apaga este horno del infierno, me siento como un bollito que nadie quiere comer"; Luego, vio a una loca prostituta sentada sobre la acera más mugrosa, tan mugrosa como ella al grado que parecían ser una sola cosa con un peso poderoso en aquel rincón del mundo. La mujer vociferaba con dolor: "por favor! Ayuda! Una moneda para ir con un médico y me desentierre este picahielo que traigo ensartado desde meses en mi pobre corazón", Un papá y una hija pasaron bajándose con asco de la acera y padre murmuró: 'Debes cuidarte desde hoy. No me gusta nada tu novio narcojunior que se ve ha de ser de la misma estofa que esta piltrafa. Mira bien, porque en esto puedes terminar al lado de ese traficante". Auror caminó y caminó embelesado ante tanto poema digno de Dante. Entró a una zona menos astrosa y vio a una jovencita fuera de una tienda departamental, posando sobre una improvisada pasarela, vestida con ropa muy entallada y corta estampada con flores multicolor. Dos hombres la comian:

-mírala. Tan bella y fresca. Jamás la tocaría con uno de mis dedos siquiera. Solo me masturbaría ante esos ojos superfluos para que viera el poco poder que tiene ese bello cuerpo de muñeca.

-Vámonos. Esa muchacha no nos saludaría nunca ni aunque nos conociera. Es vergonzoso ese empleo. Ya me deprimí.
Se encontró con un dandy payasesco y mugroso que bailaba con una bombilla de vidrio en sus manos, feliz y locuaz. Cuando estuvo frente a él, el tipo dió un giro teatral, le apuntó con la bombilla y le dijo: hey, dame una moneda. Vengo desde Tijuana y acabo de ver el fin de la humanidad; el hongo, esa cárcel de perros está tan vacía medio de la noche con sus luces encendidas. Dentro de poco, quienes gobiernan el mundo ya no nos meterán en esas bolas de cristal-laboratorios del Estado. Nos matarán pues sería darnos demasiada importancia a los rebeldes del país al encarcelarnos. Bienvenido a la era moderna. Estos perros del mal ya comenzaron. Hay mucho por temer pues la limpia ha iniciado por el norte. Las escaleras se barren de arriba hacia abajo"

Más delante se encontró con una fila de limpia botas que juraron amar el dinero y el mezcal, mientras contaban leyendas pochas, como juglares al son de los claxon y el zumbido de las narco-motos.
Auror caminó y caminó hasta llegar a una cantina al lado de la carretera: Bar Rancho Grande. Sonaba música de los ochenta. Entró y lo primero que vio fue a dos hombres bailando canciones de The Cure. Sonaba: "close to me" Un hombre lo vio desde lejos. Un viejo. Le hizo una seña de convite. Lo invitó a jugar baraja. Don Chuy traía en sus ojos todas las medidas de mundos habidos y por haber. Supo que ese viejo con nombre de gurú le ayudaría a magnetizar su brújula atrofiada por el miedo y la exigencia de la soledad más desesperada.

-necesito me ayude a buscar una mujer.

-la vida es un juego de azar. Las mujeres son lo mismo. Parte la baraja. Este documento nos dirá que hacer.
Jesús repartió el juego. "Destapa tu carta" -le ordenó con una sonrisa de misterio. Apareció la reina de corazones. "Brujo! Mañana nos vamos a buscar eso que perdiste" -le increpó con un manotazo en la espalda.


Ese viejo era un papelazo: A veces era un Tiresías llevándolo a los más hondos infiernos; a veces era un Salomón: experto en mujeres y conocedor de los siglos; un Nabuconosor, rey del desierto y constructor de prostíbulos lejanos a Dios; un Lot perseguidor de perversidades sexuales; un Odiseo, experto en aventuras valientes, astutas y amante de las diosas; un Homero contador de historias y pocas veces, un hombre común y corriente cuando se le acababa la cocaína. Con el conoció todas las mujeres paridas por la frontera; gracias a Jesús fue armando poco a poco y sin agotarse el ingente rompecabezas que era Nubia. Pero al paso de los años, le faltó la última pieza para completar la hermosa pintura que es su amada. Faltaba ese olor que ahora sabía, siempre fue único. Faltaba el beso y todo aquello que no le permitía arrancarse para siempre de la mollera a aquella cosa de pelo barcino. Las aventuras sexuales le fueron cansando al no encontrar el gancho para quedarse colgado en un lugar como el que siempre anheló y un día se encontró de nuevo pensando en las luces. Estuvo vagando en la ciudad buscando hogares felices olorosos a pan y leche. Rodaba de calle en calle, entre la bruma insidiosa de la soledad, los vapores del alcohol y los pulsos de la coca. Así fue Auror con el corazón durante un par de meses hasta que una noche en que las nostalgias lo estaban ahorcando con un nudo que le impedía hasta respirar sorprendió a un niño a través de una ventana. Sus miradas se encontraron durante unos segundos. Auror busco un reflejo de si mismo en aquel rostro, el pequeño estaba boquiabierto y pálido; no pudo más, le hizo un saludo trémulo y le sonrió de forma grotesca. El niño se puso igual a temblar y gritó con toda la fuerza de sus pulmones: "papá". Todo el barrio salió alarmado y luego fúrico. Tuvo que correr con todas las fuerzas del terror para escapar de la muchedumbre; se metió por callejones, saltó bardas y cercas, se arrastró entre coches y desagües pluviales hasta que su carrera se detuvo frente a una enorme barda rayoneada con palabras bravuconas en espanglish. Se recargó sobre esta respirando como toreo de lidia, transpirando adrenalina pura y hedionda a miedo; escuchó el murmullo y los pasos silenciosos de sus perseguidores. Volteó para enfrentarlos; ellos lo vieron con ojos de consideración pero aún así lo golpearon hasta el desmayo. La policía llegó para evitar lo mataran. Estuvo preso un par de años hasta que se comprobó que no era ni robachicos, ni ladrón y mucho menos un degenerado amante de los niños. Solo estaba buscando el anhelo que años atrás hubo perdido entre las piernas de las mujeres y las utopías infernales de su viejo compañero Jesús. Fue el quién pagó la fianza y lo recibió de nuevo en su casa. Le consiguió trabajo en aquella cantina de carretera donde se escucha música de los ochenta y las prostitutas se marchitan como flores por los besos del viento ardiente, la arena, los cada vez más escasos clientes y sus vicios; mujeres paseándose hasta el fin de los tiempos bajo la luz blanca de las lámparas tubulares, como gatas pegadas a las paredes esperando que alguien les arroje aunque sea para un mal taco.


Ya no podía soportar el dolor. Entre la cerveza, la cocaína y las prostitutas, la carne que le envolvía la poca alma que hubo formado en los días de la carretera se estaba pudriendo en un sarcoma insoportable. Un día intentó platicar sobre su padecimiento con Don Pancho Felix, el bar-man, y este le comentó con un discurso poco motivador mientras picaba hielo para helar las cervezas: "Así es mi querido Auror, a veces el cargo de una ausencia es tan jodido que se parece mucho a...tener un...picahielo ensartado en el fundillo el cual no te permite ni estar acostado, ni parado, ni sentado y mucho menos caminando. Así es de culero eso de perder una mujer. Un picahielo en el culo el cual te cobra dolor hasta por suspirar un recuerdo. Sí señor"
Se derrumbó a llorar al imaginar que al parecer ni la coca, ni las cervezas y las muchachas tendrían el poder de desenterrarle el dichoso picahielo.

"Te lo sacarán cuando mueras", le reveló don Pancho dándole una palmada en la espalda.

Rigoberto lo encontró al borde del colapso. Jesús tuvo que llamarle pues creyó que iba a morir. Cuando salían de la ciudad, Auror le preguntó por el destino -vamos a casa- le dijo Rigoberto -pensé que íbamos a mí entierro- le contestó con acento desalentado. Cuando estaban sobre la carretera, Auror se sintió sobrecogido en medio de la oscuridad. Rigoberto puso música en su Coronet superbee. Un hombre cantaba: "fíjate Juan, las noches en buenos aires no llevan estrellas" Sacó la cabeza por la ventana y sonrió al volver a vivir el ahogo que experimentó cuando niño. Miró el cielo. Se sintió feliz al ver de nuevo el firmamento cuajado de luciérnagas. Entonces vio una luz en la lejanía y lloró entonces de felicidad. Todas sus nostalgias le cayeron encima como una suave sábana. Luego se quedó dormido.


Rigoberto lo observó durante varios intervalos hasta llegar a casa. Auror siempre fue un niño, pensó. Mal le hizo todo mundo al despertarlo de ese sueño que es vivir dentro de un corazón inocente y nada sabio. Don Jesús, Nubia y él solo habían destruido mucho de lo que este infante hubo construido para sobrevivir con el alma intacta. Fue como liberar un ave para que las tormentas, los soles, las aguas y hasta las suaves ventiscas le desplumaran las alas y le postraran para morir sobre el desierto. Creyó de verdad que su amigo estaba agonizando y sintió vergüenza al ser invadido por una extraña alegría: al fin Auror descansaría rodeado de aquello que siempre careció.Cuando él abrió los ojos con ese estar pálido y la mirada brillante puesta en un reanudo del camino, Rigoberto supo que aún faltaba mucho que escuchar: Su amigo había renacido para seguir reinando su imperio niño.A los pocos días recobró el ánimo de otear por las ventanas con rumbo a la ciudad.

-que es lo que esperas ahora?

-no lo sé. Solo sé que es inevitable que algo llegue.

Y aquella gente se encontró sin querer con la familia que nunca pudo encontrar en las ciudades. Rigoberto, Rosalía y las visitas cada fin de semana de don Jesús le daban al ambiente un calor muy parecido al hogar que todos añoraban. Auror se había perdido años buscando esto y ellos lo encontraron sin querer, queriendo poner a vivir a un hombre que buscaba utopías escondidas tras las luces. Rosalía y Rigoberto terminaron maridados por un amor más allá que la carne, un amor reconcentrado y dirigido hacia aquel niño de cincuentaidós años de edad. Don Jesús era la figura abuelesca que contaba las historias al nieto mientras sus hijos aromaban la casa a pan y leche. Ese tridente paternal comenzó a comprender a Auror cuando divisaban la casona desde la laguna salada y sentían una paz inmensa acompañada de deseos de llegar más rápido antes de que las luces brujas de la ciudad reclamaran su presencia. Auror parecía envejecer en sentido contrario. Cada día parecía ser más un niño.


Un día veinticuatro de diciembre, las estrellas brillaban como nunca después de que una insidiosa tolvanera de Santa Ana estuvo barriendo el desierto toda la tarde. Rosalía le dijo a Auror que iba a nevar. Cenaron juntos para celebrar la navidad. Don Jesús había llevado unos pavos cocinados en la cantina y Rigoberto había comprado dulces y conservas de papaya y camote. Rosalía sacó una botella de whiskey de la alacena. En punto de las doce todos se sentaron frente al ventanal para escuchar la tronadera de cohetones, rifles, metralletas y pistolas; para deslumbrarse al ver los juegos pirotécnicos tocar el cielo. Fue una velada grandiosa.Después de las dos de la mañana, Auror al fin estaba callado. No había parado de reír y confirmar las epopeyas personales y propias de don Jesús. Callado y con una fascinación en la mirada dirigida a la ciudad. Se puso de pie y dando la espalda al horizonte cuajado de luces y humo les dijo con una mano en el corazón: "Nubia acaba de morir" y se puso entonces a llorar. Luego les dió la espalda y recargado en el postigo de la ventana su puso a cantar aquella canción de la niñez: "you Say goodbye, i Say hello. Hello, hello". Se veía feliz a pesar del pesar.Su amada había muerto, lo sabía. No le pesaba no haberla visto de nuevo con esos ojos viejos. Se puso a buscarla en cada una de las luces de la ciudad. Se angustió un poco al caer en la cuenta que estaba de nuevo queriendo partir allá, pero se recobró cuando, una a una, las luces se fueron apagando. Una a una y despacio, tan despacio que hasta pudo contarlas. Las contaba hasta que solo una quedó. Una luz hermosa y fuerte que de repente se expandió por todo el firmamento en una maravilla multicolor. Auror sintió entonces viajar de nuevo a toda velocidad por una carretera. Sacó la cabeza por la ventana para sentir con todo su ser esa dulce asfixia que le hizo tan feliz en los años de su niñez. Cuando se recuperó de tal ensoñación, todo estaba en silencio. Sus amigos ya no estaban, la ciudad había desaparecido. Solo él y aquella casa en las alturas y esa suave brisa que lo abrazaba haciéndole creer que podía volar. Levantó los ojos para buscar estrellas pero no las encontró. Sintió miedo. Quiso llamar a sus amigos. Quiso llamar a Rigoberto pero no pudo recordar su nombre; intentó llamar a don Jesús pero no pudo recordar siquiera ese rostro de Tiresías. En ese minuto ni la sopenca cucapá existía ya; ni la laguna salada, ni la carretera que pasa frente a su casa ni las rocas gigantescas que forman esa montaña. Solo él y ese vivir. Un sopor lo estaba invadiendo. Intentó cerrar los ojos para que lo oscuro le ayudara a recordar y no pudo siquiera dar un pestañazo. Antes que dejar de poder hacer cualquier cosa clamó con todas la fuerzas de su pensamiento hasta que una existencia explotó, dijo con lo que le quedaba de aliento: "Nubia" Entonces ella apareció: "vamos a buscar aquello que tenemos pendiente. Acá el tiempo nos sobra", le dijo con una sonrisa.

Don Jesús dice que ese hombre ha cambiado mucho desde aquella navidad. Se siguen desvelando pero ahora Auror ya no nubla la mirada ni busca luces. Solo lamenta lo lejos que está del pulso que tuvo en esos años de búsqueda en el desierto.Rigoberto dice que su hermano al fin se encuentra en un lugar que si bien nos es aquello oloroso a pan y leche, es algo así como lo más cercano al cielo y no está solo pues Auror jura que al fin encontró a su amada Nubia.La Cucapá nada les cree con sus ínfulas de indígena. Pero dice de un fantasma que a veces se ve a través de las ventanas si pones atención cuando empiezas el ascenso a la casona. Incluso asegura lo ha encontrado charlando con los fantasmas que noche a noche atraviesan la laguna salada en sus pleitos antiquísimos contra apaches, soldados y otras enemistades escaldadas por la rumia de la extinción.

Rosalía lo encontró muerto aquella madrugada de navidad, con la vista fija en el amanecer, una sonrisa inolvidable y cubierta la cabeza de una fina capa de nieve. No lo pudieron sepultar hasta seis días después, ya que dejó de caer esa tormenta invernal y se pudo al fin salir de aquella mole de piedras superpuestas. Poco a poco, los integrantes de esta familia fraterna han dejado de resistirse al adiós de Auror, ese hombre que fue un espejo de todos a la vez que un espejismo raro que nunca terminó de existir completamente.
Todo aquel que remonta la rumorosa en medio de la noche puede ver esa casona pues sus luces jamás se apagan y dicen, que a este lugar puedes llegar y sentirte como nunca en ningún lugar del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Martes, 04 Junio 2019 04:43

Y SUS ÁNGELES Waldo Contreras López

 

Y SUS ÁNGELES

Waldo Contreras López

 

 

Un lugar para mal morir. Yo sólo he estado en uno varias veces y esos momentos fueron suficientes para enamorarme de este lugar sincero como una tumba. Ahí conocí a una multitud de almas que cierran sus ojos al vivir, que se aferran a la muerte, hombres y mujeres de índole depresiva y llenos de miedo, con afanes para la cuesta abajo; un ejército de ángeles de Tánatos que hicieron de este lugar mi llongo preferido para matar los fantasmas que me asediaban. Un lugar moribundo para siempre, un rincón luminoso y ebulliciente de vida artificial. La culera vida en toda su expresión: dolorosa, cruda, poética y vulgar. Un gargajo luminosos bajo la luz tenue y el ambiente aromado por la mariguana, la metanfetamina, cerveza y vino; el tabaco y los perfumes baratos de la mujer llonguera y despotricadora; una casa ambientada por las sonoridades de la música “oldie”, funky, balada pop en inglés, rock sesentero, chicano… y Chava Flores, siempre Chava Flores. Y todos nosotros "nadando" en la espeses cálida de ese gargajo. La voz pausada, baja, de palabra inteligente, hilada dentro de un escenario mesmérico, encerrada en cuatro paredes; esa voz de tonada profunda salida de un tipo alto, delgado, nariz ganchuda y ojos de lechuza; ese muchacho borroso a quien todos llaman Drea dice: la única realidad que vale la pena padecer es la que explota dentro de nuestra cabeza; esas imágenes que nosotros creamos, todos esos rostros, esas sonrisas que jamás alcanzamos a completar, esos besos que nunca podemos saborear, esos sexos que jamás acabamos de calentar… ese amor que nunca conseguimos dar sentido… eso es lo único que debemos padecer; no vale la pena algo que existe fuera de nosotros porque simple y llanamente no le pertenecemos. Nada. Lo que hay fuera de mí o de ti; lo que camina, respira o mira, todo aquello que se materializa fuera de estas cuatro paredes no vale la pena siquiera para verle más de tres segundos de estos largas horas que vivimos. Yo, al menos, nada fuera de mí necesito.

–¿Te has enamorado alguna vez, Drea? –pregunté.

–Sí, sí me sucedió una vez y fue algo hermoso. Aquella no quiso recibirme jamás. Le entregó mi amor a otro: ella lo besó y el mundo se volvió tan difícil de cargar… ahora estas cuatro paredes me han curado… un poco, sí, pero al menos me siento a salvo de todo.

–¿Y por qué no vuelves a intentarlo?

El Drea al fin terminó de preparar su paquete de cristal; dio fuego al encendedor y se puso entonces a combustir el foco. El humo tóxico daba vueltas como un huracán feroz encerrado dentro de la bola de vidrio. Y fumó y fumó.

–¿Volver a intentarlo? –se rió, una carcajada queda y sonoridades maníacas–, yo sigo amando lo que ella es hasta ahora –dijo–, no hay algo nuevo que intentar. Ella vive en mí… esta bola de cristal también me la trae enterita… esta bola de cristal… de un modo tan jijo que hasta siento palparla.

–¡No! Pero si no ha de ser igual, Drea. ¡Jamás podrá ser lo mismo!

–¿Para qué la quiero a ella, Camels? Mi amor es algo que nadie puede tocar o ver, es como el amor carnal ¿sabes?, como tenerla aquí y tocarla… es lo mismo, lo sé. Su cuerpo ya no me interesa. ¡Esta bola mágica es como vivir con ella!… es una lámpara de Aladino.

–Te volverás loco pronto, Drea.

–Tú estás igual que yo, deberías probar a ver si te quita esa cara de pendejo que traes. ¿A qué vienes por acá? ¡Estás tan mal ahora, Camels!, ¿te curas con mariguana, rivotril y cocaína y no alcanzas a llegar a algún lado? No vengas a chingar y corregirme pues tú está peor: tú huyes de las mujeres, yo amo.

Huir es una forma del amor. El Drea es un verdadero ángel de Tánatos. Un hombre loco que ha descubierto las formas internas de su cabeza para vivir de lo que necesita.

–Tú quieres su cuerpo ¿verdad, Camels? Entonces ¿por qué no vas por él?

No soy como el Drea, yo soy un pobre diablo de Eros quien lucha por sobrevivir a su herencia genética de amador animaloide: el amor me está matando. No puedo creer que un adicto a la metanfetamina haya encontrado su camino. Gracias a la vida y para la salvación de mi alma que no tardé mucho en dar cuenta de lo muy poco acertado que estaba con respecto a mi amigo. Thànatos no perdona.

–Le subiré el volumen a esta canción, Camels. Ahora callemos; yo fumaré mi astilla de hielo mientras tú has de reflexionar sobre la finalidad de tu presencia aquí. Esta canción viene muy al caso en este momento, escucha y verás que tiene sentido en tu situación –se ríe con sus formas maníacas–, no vayas a llorar, por favor, o tanta mariguana, cocaína, cerveza y rivotril vendrán a ser un triste desperdicio –me guiña uno de sus ojos de lechuza y las bocinas suenan a todo poder. Suena: “Baby come back”, una canción de amor fresa de los ya olvidados años ochenta y sus peinados acuanet, pantalones entallados y sexualidades reprimidas–, a ver quién se vuelve loco primero, Camels. A ver quién se pierde primero en este triste camino.

El Drea termina de hablar... me abandona entre los ecos de sus palabras. El Drea se mete dentro de su cabeza, a su mundo; se esconde tras su sonrisa de demonio y sus ojos profundos. Su mirar se larga lejos de aquí.

La casa del Drea es un llongo más en estos barrios suburbanos. Sus calles de arrabal poetizan el ánimo no obstante la posterior resaca mental. Esos terregales y sus ventarrones que llenan los dientes y los ojos de un polvo duro como lija. La casa de este loco hierve de adictos toda la noche y gran parte del día. La casa de cuatro cuartos y vitro-piso refleja el mundo de su habitante vicioso: en las paredes se pueden ver las pinturas groseras de una multitud de seres extravagantes. En una esquina se recarga un payaso llorón; en el techo hay un trío de humanoides alados, mujeres angélicas desnudas enrolladas por víboras que lamen con sus lenguas bífidas esos pequeños y erectos pezones. Hay, asomándose dentro el closet y tras los amontonados muebles: dragones, gárgolas, diablos y demonios, brujas y ninfas, cupidos, aves fénix. Se pueden ver también historias gráficas de horror: niños y niñas desnudos jugando con ogros y trôlls; hombres lobo mordiendo el cuello de infantas con senos espléndidos. Hay también hombres icónicos de la historia humana: Hitler, Atila, Napoleón, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Ernesto Guevara, Albert Einstein... y, en medio de toda esta mancha de tinta colorera está él, resaltando frente a todo como si fuera uno héroe. Él es una pintura

grosera que evidencia la intención de plasmar una imagen con relieves y profundidad de campo detrás; sus ojos de lechuza relumbran como las explosiones de luz que contienen las lejanas galaxias que fotografiara el anciano Carl Sagan; y, adornando más humanamente toda esta imaginería, estamos todos nosotros... todos reunidos en torno a este pequeño fin del mundo, drogándonos hasta para pasar por encima de las más vieja enfermedad humana: la soledad, dura y pesada de nuestros cuerpos plenos de vacío, de seres fallidos... o mejor aún: de seres certeros en sus afanes: por allá está el Rafa “rolando” un cigarrillo de mariguana, serio, en su espacio, casi mudo, gesto petrificado; allá está “el chivo” y “el pitufo” dándoselas de gallones ante otros dos locos igual quienes les admiran con un temor patético; acá está “el toneladas”, la Tere y “el cáncer” disputando sexo y cristal; cristal y sexo… aquí llega el buen César rascándose los brazos y la cara con sus manías hechas de desesperación por una astilla; la Pita pasa en piyama y descalza, ignorándonos con un afán fingido; y aquí estamos este ángel de Tánatos y yo describiendo nuestros pensares, los cuales nos vienen tragando hasta las agallas y sin dar oportunidad de escape... sólo esto. Sólo esta amarga compañía fantasmagórica y oscura. Nuestro mundo apenas respira, tranquilo, fluyente, esperando el acabose.

Aquí pues todos disputan; disputas en una cárcel sin rejas, sin celadores, sólo vigilados por nuestras propias ansiedades y pánicos y los ojos muertos u opacos de todos esos seres en las paredes que nos observan casi con burla. El Drea es un gran artista: sabe muy bien que el mundo imaginario es una gran burla, una universal burla, un gran engaño.

Él jamás sale a la calle desde hace unos años. Ya no le importa caminar sobre estos polvos ardientes. Ahora sólo se asoma, se asoma a esta intemperie terrible, lo más lejos: la atisba desde la acera y cuando mira que algo ajeno al dominio de su mente se le acerca demasiado, retrocede unos pasos hasta alcanzar la puerta de la sala, se pone tras ésta, la entrecierra y desde ahí se cubre del miedo. Le teme a todo. Mi gran amigo ignora, por supuesto, que a la gente le importa un carajo sus ganas de estar fuera de estas paredes. Drea ignora que la gente le ignoraría hasta viéndolo atravesado en medio de una avenida transitada: un automovilista es capaz de pasarle por encima una y otra vez hasta sacarle las tripas y su cerebro por las cuencas de los ojos... esta es la disputa mental de mi amigo hijo de Tánatos... él es

terriblemente débil como un ángel sin cielo: tienes las alas pero carece de firmamentos y alturas que alcanzar.

Una disputa.

Una disputa física entre dos hombres perdidos en la misma obsesión; primero, un reto verbal: la grosería y desvirtúo. Luego llegan los jaloneos y golpes. Una pelea alucinada y en cámara lenta como si la escena se desarrollara dentro un sueño en el que los músculos apenas y responden al viaje imperativo-eléctrico del cerebro: “aquí van éstos locos”, dice el Drea con su voz profunda. Yo me quedo perplejo, con una emoción recia anudada como víbora en la boca del estómago... una náusea en el corazón quiere vomitar toda esta sangre contaminada de tristeza.

Ellos se pelean por un gramo de metanfetamina. El más urgido arenga al otro que tiene la posesión de la cachimba a que se apresure, que no sea tan goloso y díscolo; que no ha de ser justo si se la acaba pues resulta impensable salir a la calle con tanta adrenalina en la sangre y tanto policía queriendo joder a los jodidos: “apenas llevo dos fumadas, pinche joto”, le dice el poseedor de la droga y el artefacto, el desesperado intenta un asalto para arrebatarle la cachimba, el goloso esquiva el ataque y se pone de pie con gesto bravucón. Se manotean con agresividad afeminada, se enredan en un abrazo de fraternidad enferma. Forcejean. Se van ambos al suelo y se revuelcan como dos amantes en busca del placer efímero; ruedan enlazados por en medio de la habitación hasta que al fin, agotados, se ríen uno del otro, de su mierda, de su lodo; luego se sientan cada uno en su rincón, en silencio. Entonces el Drea se pone de pie enseguida y da con su voz altísona un discurso pasional y triste: “cómo valemos verga todos por acá, ¡mírense!, peleando en el infierno sin conseguir cansancio ni consuelo. ¡Debemos parar! ¡Esto es muy triste!... todos ustedes me ponen triste en esta casa culera. Debo aliviarme de este puto mundo; todos ustedes son unos grandes culeros que me lo recuerdan... debemos parar unos días… esta forma loca y suicida, nadie querrá mencionar nada de nuestra existencia”. Camina hacia el estéreo y pone un casette, una canción que lo hipnotiza: “El gato viudo”. Se acerca a la puerta, gira la perilla, da un paso afuera y mira. No hay luna, no hay gatos, no hay medicina, parece que va maullar, no hay cura al mal de amores, mi Drea, no hay cura. La luz del alumbrado público refleja su sombra al piso de la sala, es

un ángel que va a volar, lo miro y quiero seguirlo. La canción suena como las burlas que él me arremete sobre mi mal de amores. Ahora yo me rio.

Es el Rafa quien lo pone en su lugar con su muy poca palabra: “cállate la boca, pendejo, te estás muriendo de pie. No vengas a decir que paremos cuando no eres capaz de caminar siquiera un metro fuera de esta casa. No vengas a hacerte el mártir, pinche gato viudo. ¡Pásenle la bola al Drea para que se serene! –el Rafa se ríe a carcajadas.

Al fin le brindan la cachimba a nuestro loco anfitrión. Él la toma como dudando hasta de sí mismo y enciende el fuego. Todos le miramos con la respiración contenida mientras él fuma con sus ojos de lechuza entrecerrados: “así te vez mejor”, le juzga con su palabra mordaz el Rafa.

Yo le doy un manotazo en el hombro mientras le digo que todo será mejor mañana. Me forjo un cigarrillo de mariguana, trueno una rivotril con un vaso de cerveza; luego me siento a reflexionar acerca de esta vida de perros hambrientos y tripa vacía. Me miro dentro estas paredes, Pancho Villa me mira: “el mundo se está acabando. Nosotros somos la crónica de una tierra que agoniza sin la ilusión del amor mijo”, me dice.

Esta ciudad. Mi ciudad es un lugar que se pudre poco a poco. El amor está muriendo. El Drea, el chivo, el tonelada, la pita, el pitufo, el rafa: todos padecemos un amor muerto.

Pocos sobrevivimos en las afueras de aquel llongo hermoso; todos quienes recordamos aquella casa y sus últimos habitantes vivimos porque no hemos muerto. Todos amamos con toda el alma pero todos callamos ante la violencia y el atropello.

El Drea era amo de la palabra certera. Él enloqueció de tanta mierda; aquella mujer encerrada dentro esa bola mágica de cristal ha silenciado su voz profunda. Sus manos hábiles y artísticas ya no pueden tocar este mundo; ya no pueden dibujar seres extravagantes ni dudar de la existencia de las cosas. Mi amigo vive errante dentro de un perímetro que abarca tres calles. Pervive a la buena de Dios y a la poca piedad que le tienen sus vecinos. Sus cabellos largos y alambrados por una gruesa costra de mugres, sus ojos hundidos y extraviados girando de un lado a otro; su boca que vibra ante un mínimo esfuerzo, babeante; sus ropas sucias, hediondas que le cubren la piel pegada a los huesos. Él es un gran mártir de los barrios

suburbanos, completó al fin el pacto que Tánatos hizo con él. Si no me había equivocado, el dios de la muerte no perdona y yo vi a su ángel aquella noche.

 

Una cara de venganza

Waldo Contreras López

 

 

No podía sentirse más afortunado según él. Tiene una buena posición económica y un buen lugar en el gobierno federal. Se había encontrado con la mujer de su vida a quien conoció en su va y viene de oficial del ejército, en las calles de Dios quien siempre lo ha socorrido. La encontró a ella, investida en sus ropas de mujer soltera y con hijos y, con su orgullo tapándole una tristeza en su rostro; la encontró como mujer en ese cuerpo necesitado de caricias, en esos ojos queriendo encontrar un lugar en donde posar sus noches para cerrarlos a gusto y abrirlos con certeza; y se encontró a sí mismo en su necesidad de paz para una sola mujer y darle todo lo que él fue y es. No fue difícil a sus cuarenta y cinco años, había sobrevivido mal al tedio de las caricias eventuales en pueblos abandonados y ciudades desconocidas; no fue difícil además pues aquella mujer tenía ese “no se sabe qué”, aparte de ser hermosa con su rostro y con sus carnes aun macizas.

Era un profesional muy respetado entre su gente, valiente como pocos, justo como nadie. Certero con las armas y en decisiones para operativos militares importantes; colérico e implacable contra quienes consideraba enemigos de sus ideales. Se sentía afortunado sí, pues a pesar de haber traicionado a su escuela de hombre de honor colaborando a favor del crimen organizado esto le fue perdonado por sus superiores al matar de un solo disparo de rifle a uno de los capos más temibles por la milicia y por la sociedad.

Había recuperado lo único que valía la pena desde siempre y tenía que darle sentido a todo lo bueno que le estaba sucediendo en su carrera y sus ideales de hombre hecho y derecho.

La conoció en una fonda del mercado municipal de una ciudad del pacífico. Un lugar alegre ahí, bullangero y colorido siempre, un lugar en el cual una persona sencilla podía sentirse a gusto con tanta fiesta. A ella de inmediato le llamó su atención la buena percha y su mirar de hombre seguro, su poca palabra y sus ojos de venado melancólico color gris los cuales se perdían en sus ojos que eran como ver caer una triste lluvia.

Cada visita era más feliz y llegó el día en el cual se encontraron platicando sobre el futuro, tan serios, a la orilla del mar. Y llegó el día en el cual se vieron juntos compartiendo un mismo techo en un barrio populoso de la capital del estado.

Vicente apenas era capaz, y muy poco, de ocultar su felicidad: feliz en los desayunos, en las compras del supermercado; feliz en los operativos militares peligrosos, en las cenas en familia, en las noches de desvelo y desafueros carnales. A ella por su parte se le veía muy a gusto aunque a veces, en el despacio correr del tiempo en la cotidianidad hogareña se le veía pensativa, con el rostro en ocasiones en una mueca de coraje contenido; el daba cuenta de ello, la observaba taciturno y silencioso y entonces le preguntaba y ella le contestaba con desdén mal disimulado: “nada”, con sus ojos en un lugar lejano.

Y los niños eran felices sin duda, todos estudiando en escuelas de medio burgués, bien vestidos con sus ropitas de marca, bien comidos con buena despensa surtida y con lujos dignos de su clase:

videojuegos, televisores pantalla-plasma, Smartphone y tabletas electrónicas. No le amaban pero al menos le apreciaban.

Y un día de cumpleaños festejaban en un restaurante de mariscos de esos con instalaciones caras. Reían y disfrutaban todos juntos y ellos, de forma disimulada, se comían a miradas entre cucharada y plática.

Y de repente todo cambió, la niña mayor se puso pálida al tiempo que sus ojos se encontraban con los de su madre quien tenía el gesto crispado de odio, su mirada vibraba en modos extraños para él. Una mujer irreconocible.

-¿qué pasa mi amor? Te ves muy mal.

-no pasa nada –le contestó con desdén, como siempre, pero esta vez sazonado con mucha ira.

-¿cómo qué no? Te vez furiosa, algo malo pasa…

-ya deja esto por favor, no llames la atención…

El guardó silencio y buscó una respuesta en la niña mayor pero solo encontró su mirar en el plato de aguachile y su boca ceniza y temblorosa. Miranda estaba igual, pero con sus mandíbulas trabadas de ira. Los niños se hundieron en una tristeza bárbara para su edad.

Cuando llegaron a casa Miranda y su hija mayor se encerraron a llorar; él se quedó con los más pequeños viendo televisión; aunque estos últimos estaban más relajados notó que ambos miraban a la puerta del cuarto, como obedeciendo a una costumbre muy arraigada en sus almas infantiles.

Pasaron los días y él vivió en medio de una felicidad tensa la cual dependía mucho de los cambios de humor en su joven esposa. Y al paso de los meses la felicidad se le fue aguando inundada por las lágrimas cada vez más cotidianas de su amada y la desolación espesa que le provocaba su silencio.

Y un día fue ella quien ya no pudo más. Fúrica, asqueada y borracha del hastío de tanto negarle las caricias le gritó como jamás lo había hecho, le dijo entre llanto convulso que él era un hombre bueno, que lo amaba, pero que ya no podía más con el peso que estaba cargando sola y con mucho miedo. Él la tomó en sus brazos como tampoco jamás lo había hecho y hasta creyó que al fin volvían a recuperarse uno al otro: “a ver Miranda, cuéntame ¿qué es lo que te pasa?”

Y entonces ella le soltó el peso que traía encima desde meses atrás.

Y le hablo sobre su hermano menor, un joven de apenas veintitrés años, todo lleno de vida y alegría, todo pleno de ganas de ser alguien. Un joven locuaz y hablador. Un muchacho como muchos, quien buscando mejores oportunidades económicas se había vuelto sicario.

Ella le contó que ese jovencito había sido la última persona de su familia a quien en verdad amó como a nadie de su sangre, a parte de sus hijos. Le contó que ambos se habían cuidado desde chicos y compartían juntos la pena de ver morir a su madre en un accidente automovilístico que marcó para siempre a todos sus hermanos. Le dijo entre sus lágrimas cálidas y sus sollozos reposados que él siempre se perdía durante meses pero cuando volvía a quien primero buscaba era a ella y le llenaba el solar materno de música de banda en vivo, de comida la despensa y el refrigerador de carnes y los bolsillos de buen dinero. Pero sobre todo le llenaba de alegría su corazón, orgulloso de su pequeño hermano a quien veía como a un hijo. Era lo único que se tenían ambos, los que se procuraban el encuentro siempre.

Y le contó que una tarde soleada en la cual festejaban un aniversario más de la muerte de su madre llegaron a su casa un grupo de hombres armados preguntando por él. A ella y a sus hijos los postraron de rodillas y a su hermano lo golpearon hasta el desmayo y luego lo recargaron contra la barda del patio para fusilarlo. Ella le contó que les suplicó hasta la humillación que por favor no se lo mataran, que ese muchachoera lo único que tenía en el mundo y que era un gran hermano muy bueno y generoso. Uno de los hombres se quitó la capucha y le mostró su rostro picado de acné, su sonrisa burlona y llena de placer. Él le dijo:

“Este jovencito mató a mi padre y a mi hermana menor de edad, los mató con los ojos vendados, atados de pies y manos; los mató como a los perros siendo que ellos nada le debían. Este niño cobró seis-mil pesos por ejecutarlos de esa forma, vieja pendeja, cállate el hocico mejor ¿crees que lo voy a perdonar nomás porque tú lo dices? Ganas me dan de chingarte!

Le describió que el hombre alistó su rifle y le apuntó a la cabeza, la hija mayor se levantó para arrebatarle el arma a aquel despiadado para evitar la ejecución y fue derribada por un golpe de pistola en la cabeza.

Le contó también que el jefe de los sicarios le sentenció con burla y carcajadas: “mira lo que les pasa a niños cagados como este por andarla haciendo de huevudos matoncillos”, según le describió, su hermano le suplicó piedad con la voz quebrada por el miedo; ella seguía rogando postrada de rodillas y como respuesta escuchó el disparo y sintió claramente como la sangre de su hermano le salpicaba el rostro.

En los primeros momentos de su desmayo vio como el cuerpo del joven se derrumbaba decapitado por la fuerza de la bala enorme de mata-policías, y vio también a su hija desmayada, quien había tratado de nuevo arrebatar el arma al sicario con la valentía de sus quince años, con su mano izquierda hecha pedazos a causa de una bala.

Le contó que desde entonces no había podido encontrar la paz, que ya casi había olvidado las sensaciones abrumadoras de aquel día de pesadillas.

Y le contó que aquel día en el restaurante de mariscos vio entrar al verdugo de su hermano, de su hija mayor, de la mente de sus hijos infantes y de su corazón.

Le dijo que no podía dormir de miedo y que ya no podría vivir feliz pensando en la mirada burlona de aquel sujeto, aquel día domingo de fiestas.

Vicente se la tomó a la tranquila. Decidió darle lugar al tiempo para que ella olvidara su tormento. Los primeros días de aquella confesión trató con todas sus fuerzas que ella se refugiara en él, pero Miranda le fue agrandando el desdén, le fue tratando con desprecio y por último con odio. El también intento refugiarse en ella tratando de entender su propio dolor pero tampoco lo consiguió, su dolor no se parecía en nada al de ella.

Trato de refugiarse en los niños quienes también comenzaron a despreciarlo, después en horas de trabajo, en tardes solitarias de música ranchera y por último en el alcohol.

Y pasaron muchos meses desde aquel día. Y aquel hogar feliz del pasado ya solo era una casa fría, sin risas, sin patio de juegos y sin pista de baile para dos enamorados.

Y un día Miranda lo vio llegar en su camioneta, totalmente alcoholizado y con un brillo resoluto en sus ojos de borracho, sin alguna otra emoción en su rostro moreno. Lo vio dirigir sus pasos arrastrados por la tristeza hacia ella y le oyó decir: “vamos, tengo a tu hombre”. A Miranda se le iluminaron los ojos en un furor de loca. Vicente notó como la boca de ella antes petrificada por el enconado desdén ahora estaba transformada en una sonrisa horrible.

-vamos, lo tengo en la casa de tu madre allá en ese pueblucho.

-qué feliz me has hecho Vicente, jamás olvidaré esto que haces por mí y por mis hijos.

-me imagino Miranda, pero lo hago porque te amo, como todo lo que hice antes a tu lado.

Ella lo abrazó tan fuerte, tan febrilmente, que le echó su cuerpo a temblar. Luego ella llamó a los niños y les ordenó que subieran a la camioneta –vamos mi amor-le ordenó- es hora de que terminemos con esto.

“Terminemos”.

Se quedó pensativo un rato y le contestó: “sí, es tiempo de que esto se acabe para ti y para mí”.

Vicente se subió a la camioneta y abrió una lata de cerveza, encendió el motor y puso a sonar su disco preferido de música ranchera para relajarse: “vámonos, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada nomás nuestro amor”. Miranda tomó también una lata de cerveza, subió la canción a todo volumen y le lanzó una sonrisa feroz.

Llegaron a aquella casucha de pueblo, el solar materno de su amada hundido en el abandono. Ella se bajó con otra cerveza en la mano, ebria de una felicidad exagerada y contoneándose como hembra en celo. Cuando divisó al motivo de su odio postrado de rodillas soltó una carcajada sonora y tétrica la cual tuvo el poder de erizarle los cabellos de la nuca a Vicente. Miranda se plantó gozosa ante el antiguo verdugo de su familia, se burló de él mientras lo vapuleaba y lo escupía, luego tomó un enorme palo seco y empezó a golpear al hombre sin asomo de misericordia hasta dejarle la cara y la cabeza hechas una carnicería. Los niños evitaban ver con todas sus fuerzas la escena, horrorizados con sus ojos infantiles y temblando de miedo. Cuando Miranda se cansó de golpear a aquel sicario se volvió hacia Vicente, sudando a chorros, con el

respirar acezante y la mirada desorbitada le ordenó: “¡ya mata a este perro mi amor!”. Vicente observó a los niños que sollozaban sin atreverse a levantar los ojos para mirar aquella escena de espantos, luego miró a aquel hombre abatido a golpes suplicando por su vida y luego la volvió a mirar a ella quien le sonreía con maneras de hiena:

-llévate a los niños de aquí, Miranda-

-¡no! –le gritó furiosa- quiero que ellos también vean como muere este perro, que vean como se desangra igual que mi hermano, tal y como les tocó ver aquel día!

-estás loca Miranda, ellos no –le replicó Vicente con voz pausada y queda.

-¡estúpido poco hombre! ¿No tienes huevos o qué? ¡Mátalo! ¡Mátalo, pero ya culón!

Él la miró con tristeza para después abofetearla hasta dejarla en el suelo, luego se dirigió hacia los niños con paso lento y los desenmarañó de su abrazo, tomó al niño por los hombros y mirándolo a los ojos le dijo: “has algo por tu madre” y le puso una enorme pistola automática en sus tiernas manos. Miranda levantó la cara del suelo con la mirada perdida en una excitación de demente, se incorporó con su sonrisa ensangrentada, observó al niño y con voz temblorosa y siseante como la de las víboras le ordenó: “mátalo hijo, demuéstrame que ya eres un hombre, demuéstrale a este asesino y a este guacho apestoso quien eres”. El niño temblaba de miedo y pegó un fuerte respingo cuando escuchó el grito imperativo de su madre enloquecida: “¡mátalo!”. Juanito tragó saliva y apuntó el arma a la cabeza de aquel hombre, cerró los ojos y disparó.

Vicente escuchó el estampido de la bala sin inmutarse, vio caer muerto a aquel sicario sin ningún tipo de pesar en su corazón, oyó a Miranda carcajearse como loca, vio a las niñas quienes lloraban enlazadas de nuevo en un abrazo convulso, y vio a Juanito a quien se le iba la vista, perdiendo su cabeza en los vericuetos de su inocencia que empezaba a agonizar. Agachó la cabeza y dirigió sus pasos arrastrados de tristeza para alejarse de la visión caricaturesca de aquella escena, se subió a la camioneta y encendió el motor y la echó a andar despacito, alejándose de aquella casa. Pero a unos metros sintió el asedio del remordimiento y la cosquilla del deseo de volver por ellos, se arrepintió de inmediato y sacudiendo la cabeza para deshacerse de la pesadilla que aun presenciaba en sus pensares agarró una cerveza y la bebió con avidez; puso a rodar de nuevo la camioneta y de nuevo estuvo a punto de devolverse pues era que recordó había dejado su pistola en las manos del niño; y recordó la inocencia con la cual Juanito miraba el cadáver de aquel infortunado, y recordó el despacio llorar de las niñas abrazadas y casi le ganaba el corazón otra vez; se quedaba pensando si valdría la pena cuando escuchó otro disparo y los nervios se le crisparon como minutos antes.

Esperó escuchar la carcajada de Miranda, loca de furor ante una nueva tragedia en su vida pero en cambio pudo reconocer el llanto a gritos de los niños, y pudo reconocer el grito vociferante de la hija mayor quien decía llorando: “¡mamita! ¡No, mi mamita!”

Tragó saliva, trémulo de miedo y asco. Arrancó la camioneta, encendió el estéreo y empezó a sonar aquella canción que tanto le gustaba: “vámonos, donde nadie nos juzgue, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada”… y su mente retrocedió a los días en los cuales sus ojos de venado melancólico se perdían en aquellos mirares que fueron como ver caer la lluvia, cuando se hundía en aquella piel olorosa a jabón corriente, retrocedió con sus pensamientos hasta las tardes de días felices, los desayunos alegres, las compras amenas del supermercado, las cenas y los desvelos de desafueros carnales, las tardes de bailes románticos sobre la pista dominguera, los juegos de niños en el traspatio. Sonrió entre sus lágrimas y pensó que había valido la pena conocer a su amada como pocos hombres pueden conocer a una mujer. Acompañó al cantante en la última frase de la última estrofa de la canción: “nomás nuestro amor”; y luego se recargo en el volante de la camioneta para echarse a llorar como un niño.

Miércoles, 17 Enero 2018 08:02

Una puñalada / Waldo Contreras López /

 

Una puñalada.

Waldo Contreras López

 

Los dìas de febrero fueron terribles para todos los habitantes de aquel lugar siempre bendito por las cosas del cielo. Un sitio tocado por la mano de la abundancia al cual todos daban en llamar “la mujer de los sueños” debido a su tierra fecunda y a la inconcebible paridera de animales domeñables o silvestres. Lo mismo verìas un coyote intentando comerse las gallinas de una granja, lo mismo veìas a una hato de vacas recorriendo con sus pasos lentos los senderos amplios y airosos de un valle reverdeciente; igual podìas ver volar sobre tu cabeza a miles de gorriones, tòrtolos y cocochitas disputàndose las cigarras y libèlulas que en los atardeceres llenaban el bajo cielo planeando como los aviones monoplaza de la primera guerra mundial. Por todos los horizontes se puede ver hervir la vida en aquel lugar favorecido, tierra fèrtil por estar colgada bajo los olanes en la falda de la sierra madre y sus hùmedas dàdivas que descieden travès de sus frondosas piernas, y estar besando la espuma de la siempre cantante Mar, que es como las mìticas sirenas, con sus enormes pechos sabor sal y el aliento siempre fresco de su aliento femenino. Dicen, su canto, es consuelo del pescador y trèmulo en el alma del sembrador.

Pero ahora el gran espìritu les habìa mostrado una probada de su poder sobre todo. Y ahora todos jamàs olvidarìan la advertencia de que la bonanza sucede para ser aprovechada y no lamentada cuando ya se ha ido.

Fueron muchos quienes perdieron todo despuès de la helada implacable que azotò la regiòn del Èvora achicharrando todas las hectàreas vivas de lugumbres que unas horas antes, apenas eran unos brotes chaparrones que un par de meses ya estarìan con flor a punto de reventar en fruto.

Despuès del feroz meteoro, hubo quienes se vieron obligados a rematar las tierras a los màs pudientes para, con el poco dinero que adquirieron, aprovechar las pocas fuerzas que les quedaron en el cuerpo y ànimo, y comenzar en otras tierras. Y hubo pocos quienes se obstinaron en jamàs abandonar la herencia que al menos cinco generaciones atràs les habìan dado con grandes augurios.

Estos son otros tiempos. Son tiempos en los cuales las caìdas son màs duras y dejan poca fuerza para mirarse en la desgracia con el ànimo de atercarse en cosas o asuntos que hasta para los màs sabios, duchos y experimentados en estos menesteres, es dificil levantarse.

Los viejos suelen ser mas “mulas” y existen muchos que prefieren vivir en la miseria antes de aceptar que deben cambiar de aires.

El viejo Claudio Ramòn era uno de èstos. Un hombre terco, con su fuerza incòlume hecha por el trajìn de ingrato labriego a mano pelona. Estaba por

cumplir los sesenta y ocho años de edad cuando perdiò lo ùltimo bueno que le quedaba en el mundo: sus tierras fèrtiles que le dieron de comer toda su vida, mismas que jamàs podrìa volver a sembrar con sus semillas y sus manos. Un hombre viudo, sin hijos, solitario, pero con una ternura construida sobre un amor ùnico y sin necesidades de reparticiòn.

A don Claudio le quedaba poco por lo cual sonreìr de seguido y a diario se encontraba dentro de su cabeza lùcida pensando en la muerte cuando el sol comenzaba a recostarse sobre el horizonte bajo e inalcanzable, sin cerros o montañas que le estorbaran al rey para decirnos adiòs con sus manos luminosas y rojizas. El canto sonoro y escandaloso de los pàjaros del alba o sus vuelos silenciosos bajo los atardeceres radiantes, las nubes algodonosas que surcaban el razo azul intenso del cielo diàfano, el aire fresco de la primavera o el ventarròn vaporoso y asfixiante del verano ardiente; las esperanzas ajenas de un buen temporal para aquellas parcelas; el saludo de sus cada año màs escasos amigos (muchos se estaban yendo a otras tierras y a otros tantos ya se les habìa echado la tierra encima). Todo. Todo en su conjunto le dejò de llamar la atenciòn y nomàs le alcanzaba el alma para sentarse por las tardes, con sus ojos fijos en la vereda que daba al poniente, a ver si al fin se encontraba con la santa hora.

Asì lo encontrò azucena aquella tarde de septiembre. Azucena, una niña de apenas doce años de edad, llena de vida como la naturaleza que la veìa crecer, llena de la belleza radiante de la flor llanera y silvestre, plena de la paz de las nubes y la alegrìa del ave cantora. Ella se plantò frente a aquel viejo derrotado por los recuerdos y le pidiò, por favor, le regalara un vaso de agua. Llegò y dejo escapar por entre sus labios aquella alma de algarabìa incontenible y mientras le contaba la atolondrada e infantil historia de una vaca que se le habìa perdido dos dìas antes, y mientras le preguntò con sincera preocupaciòn si la habà visto y le ordenaba que si asì habìa sido, le avisara pues les hacìa mucha falta a su familia y, ademàs, no habìa vaca que diera tanta leche y tan dulce como su querida “lucerito”; le arrancò, sin pedirle permiso, todas las flores silvestres que el viejo habìa dejado proliferar en su patio. Se despidiò de èl mostràndole el enorme y multicolor ramo de flores para explicar que las necesita para llevarlas a la tumba de su madre, quien muriò de una “malparida” hacìa ya dos años,

El viejo se quedò perplejo y no hablò ni cuando aquella pequeña con nombre de flor se llevò el jarrito de barro dònde le habìa regalado el agua.

Ni siquiera suspirò cuando Azucena se perdiò entre la reverberaciòn del telòn que se abrìa dando paso a unos de los atardeceres mas rojizamente radiantes que Claudio habìa visto sobre el mundo. Sonriò sincero al darse cuenta que la vida vale la pena nomàs por esos momentos tan plenos de naturaleza, momentos que son capaces hasta de despabilar a los muertos; el viejo se desparramò por completo en la hamaca desilachada y se permitiò el relajo en su cuerpo quedàndose dormido enseguida sin alcanzar a disfrutar el apago del incendio en el ocaso, sin alcanzar a ver como la tierra se tragò al sol para dar paso al tropel de las estrellas que aparecieron de golpe acompañando los gritos alegres de las cigarras quienes para esos momentos ya tenìan un concierto ensordecedor.

Al otro dìa se encontrò cantando sus canciones abandonadas en el baul de la amargura mientras le daba de comer a las gallinas unas tortillas que dìas antes habìa puesto a tostar sobre el tejado a la acciòn del sol. Para el atardecer el viejo seguìa con la alegrìa que empezaba a fugàrsele del pecho y pensò en la pequeña azucena; le sonriò en la imaginaciòn como lo hubiera hecho con una hija o nieta. Claudio se sintiò un viejo dulce, dulce recostado sobre la hamaca que en los ùltimos meses nomàs recibìa un costal cargado de mal humor y desesperanza. El viejo miraba la vereda, la misma vereda sobre la cual sus mirares se perdìan buscando la muerte hasta la llegada de la noche. Entonces la pequeña Azucena apareciò y el viejo corazòn empezò a latir con tanta fuerza que los sacò de su modorra de viejito y se puso de pie enseguida, bien entusiasmado.

Y el viejo ya no volviò a sentirse solo, y el entusiasmo se le iba poco, comìa mejor desde el dìa que esa pequeña florecita apareciò como un remolino de aire y tierra por la vereda. Se viò entonces sembrando màs flores, criando mas gallinas y puerquitos. Se animò a plantar una huerta de legumbres, pintar la vieja cerca de palos y hacerle arreglos a la casa, la cual dìas atràs estaba por caerle encima. Hasta sacò se vieja guitarra, le puso cuerdas nuevas de metal y cambiò su repertorio de canciones amargas, sin mùsica y sin chiste por otras màs alegronas, que hablan de la vida, de esperanzas y sentimientos candorosos, con tonadas y armonìas luminosas y explosiones de jùbilo bailarìn.

Sus entonces muy pocos amigos, ancianos como èl, se alegraban de que ese pobre hombre recobrara el ànimo.

Azucena y Claudio se hicieron grandes amigos de tardeada: se contaban cuentos, retazos de sus vidas y peripecias, compartìan comida, trabajo y algunos sueños. Se sacaban las liendres y los piojos. Y asì pasò un año y medio con el buen Claudio enmedio de una alegrìa sin fin y un ànimo restaurado. Azucena era el motor de su vida de viejito. Y un dìa todo cambiò. Todo cambia cuando el tiempo pasa, el tiempo no se detiene. Con el tiempo todo cambia, hasta los pensamientos.

Y la pequeña azucena cambiò; el viejo Claudio lo notò cuando ella se paseaba en la hamaca y se le volaba el vestido, cuando se agachaba con sus blusas holgadas; cuando Azucena miraba pasar a los muchachos a la escuela y les regalaba sonrisas pìcaras, coquetas a cuanto cabròn mocete. El viejo ya no pudo ser el mismo desde entonces y las tardes le sorprendìan ya no triste, sino màs bien rumiando una rabia sin camino de llegada, ni rumbo ni salida. Era una rabia rara, mezclada con un miedo sin motivo concreto, como el miedo a la aparecida del diablo: una angustia.

Y notò entonces que Azucena ya no era una niña, que habìa reventado en una flor despampanante, una flor de belleza abrumadora. Tenìa miedo, mucho miedo y lo que le enrabiaba era que poco a poco se daba cuenta el motivo de su temor: no era la florecida en su cuerpo de señorita, no eran los muchachos. Tenìa miedo que lo dejara solo; de quedarse solo otra vez; que lo dejara no como abuelito postizo. Era pues, que se estaba enamorando de ella. Enamorado y se diò cuenta cabal de aquello cuando la vio pasar acompañada de un mocetòn moreno y fuerte, tan bello como ella.cuando otro dìa pasò sin saludarlo ni levantar la vista para regalarle una mirada siquiera; se diò por convencido cuando se pasò una noche entera llorando e hirviendo su sangre de rabia y calor. Todo cambiò cuando comenzò a arrepentirse de conocerla, cuando sintio la odiaba.

Ya no pensaba en ella como quien piensa en su hija o nieta. Pensaba en Azucena como quien piensa en una mujer. Y claudio ahora esperaba todas las tardes que su flor apareciera por el camino del ocaso no para sentir que el mundo vale la pena: la querìa ver para amarla màs y odiarla cada que ella evitaba mirarle a los ojos tomada de la mano de aquel chamaco tan bello. Y todo cambiò cuando vio la hermosa imagen de un amor bajo el crepùsculo y el arrullo del suave aleteo de los pàjaros del atardecer y sus vuelos bajos y silenciosos. Los dos jovencitos se besaban arropados por los tibios rayos del sol y la tenue brisa que hacìa que los cabellos negros de Azucena

ondearan como la bandera perfecta de una historia prometedora que apenas comenzaba.

Para el viejo Claudio aquella hermosa imagen se encajò en su corazòn como una espina de cardenche. Una puñalada que lo dejò sentado, herido de muerte dentro su alma vieja que volvìa a arrugarse y amargarse como apenas un par de años atràs. Azucena se irìa de su vida sin decirle adiòs. No comiò en dias, no pegò sus pàrpados enardecidos de làgrimas y malos pensamientos. No querìa dormir; tenìa miedo entonces de dormir y despertar para darse cuenta de que aquello no era un mal sueño sino la realidad dura de la vida, de su vida miserable y solitaria.

Esperaba al menos que aquel amor se despidiera de èl con esa sonrisa y esa alegrìa pero Azucena jamàs se le volviò a parar enfrente.

Fue el viejo quien la enfrentò impulsado por la gasolina de sus làgrimas nocturnas, el suspiro diario bajo el sol y el aullido quemante de coyote lamentando la lejanìa de la luna. Saliò a encontrarla por la vereda despuès de cinco dìas de mal dormir y mal comer y con dos litros de mezcal chacaleño en el cerebro. Se le parò enfrente para dejarle caer encima todo el peso de su animal ponzoñoso que traìa enrollado e lo màs recòndito de su alma. La encontrò en la vereda cuando ya caìa la noche. No pudo decirle algo màs que tres palabras junto a su nombre de flor: “me has apuñalado, Azucena”. La jovencita no levantò los ojos del suelo hasta que vio el reflejo de las ùltimos adioses del sol en la hoja de un enorme cuchillo. Lo ùnico que se lo ocurriò fue meterse corriendo despavorida a los vainorales inmensos para huir de aquello que jamàs habìa visto: el odio de un alma rota.

Sus abuelos, muy viejos ya, la buscaron toda la noche en las desperdigadas casas de aquel gran valle. La encontraron cuando el sol apenas despuntaba: acostada boca arriba entre uno de los surcos de aquel sembradìo de maìz. La encontraron rara, muy seria y con sus ojos puestos en el alto cielo. Aun quedaban algunos destellos de las estrellas guardados bajo el vidrio de sus ojos. La encontraron vestida con un lienzo entallado y brillante pegado en su piel: un vestido escarlata adornado con flores silvestres de muchos colores.

Azucena fue sepultada el sàbado en la tarde para que todos sus compañeritos de la escuela y su novio pudieran despedirse de aquel pedazo

de alegrìa que ya era todo silencio y seriedad, como siempre hubieran querido que fuera su madre y sus abuelos. Su alegrìa muerta para siempre. Esa alegrìa que hacìa que a todo mundo le pelara los dientes...su brutal sonrisa, como botòn de flor. Azucena.

Noticia.

Nota roja:

“Detienen a septuagenario acusado de asesinar a mujer menor de edad.

La policìa ministerial detiene sobre un camino de terracerìa, en las inmediaciones de un poblado perteneciente a Salvador Alvarado, a un hombre de setenta años sospechoso de haber atacado sexualmente y apuñalar hasta la muerte a jovencita de tan solo catorce años de edad.

La mujer en menciòn fue encontrada muerta en medio de un charco de sangre entre uno de los muchos sembradìos de maìz que hay en esta zona.

A simple vista se pudo observar que la jovencita presentaba al menos treintaisiete puñaladas entre tòrax y cuello ademàs de huellas de haber sido ultrajada.

El sujeto, septuagenario, pudo ser ubicado gracias a la labor coordinada entre agentes de investigaciòn de la policìa ministerial y vecinos del lugar de los hechos.

Al cierre de esta ediciòn se pudo corroborar que el anciano de nombre Claudio Ramòn Favela Nuñez confesò que la asesinò el pasado dìa jueves veintidos de agosto. El torvo sujeto declarò que la matò por celos: estaba enamorado de ella.

El sujeto ya fue puesto a disposiciòn de un juez federal para que resuelva su situaciòn jurìdica”

 

Claudio Ramòn jamàs se sintiò tan mortalmente vivo como aquella tarde en la que el sol lo despertò con su ataque virulento hecho migraña y resaca moral. Estuvo vagando entre los vainorales llorando su dolor, todo manchado de sangre, vòmito y lodo. Recordaba los ecos de lo que habìa cometido y aun asì, entre su dolor fìsico y resaca emocional no sentìa remordimiento alguno,

Tampoco lo sintiò cuando, sentado en una de tantas veredas vio acercarse veloces, y en medio de una rojiza polvareda que nublaba la puesta de sol, a varias patrullas de la policia ministerial. Iban por èl para hacerle pagar. Lanzò un eructo sonoro y el tufo del alcohol le provocò un feroz mareo, y en medio de ese mareo vio a la pequeña Azucena correr con su alma feliz delante las patrullas. “¡entonces era ella!”-gritò horrorizado el viejo y entonces se levantò apurado y empezò a correr como loco pidiendo auxilio.

Cuando lo llevaban arriba de una de las patrullas, vapuleado y con varios huesos rotos, al viejo Claudio Ramòn se le escuchò murmurar entre sollozos: “era ella, era Azucena a quien tanto esperè dia a dia para que llegara a recogerme y arrancarme de esta vida tan culera. Ella era mi muerte y aun asì me tuvo algo de piedad y me regalò momentos como los que nunca tuve. Me hizo hervir pasiones que jamàs sentì. Ah! Mi Azucena. Tu eras mi muerte, la muerte que tanto esperè llegarà por el crepùsculo”. Eso fue algo de lo ùltimo que se le escuchò decir. Solo hablò una vez màs para declararse culpable y decir que se iba al fin a morir feliz.

Lo hallaron colgado por el cuello la misma noche que fue recluido en el centro de consecuencias juridicas del Estado. Uno de los reclusos condenado a cadena perpetua apodado el “gûerro liber” fue el encargado de ejecutar la condena carcelaria a todo violador y asesino de menores.

 

 

 

 

 

Renato, triste en su madurez.

Waldo Contreras López

 

 

 

Renato es un hombre triste desde hace mucho tiempo. Un hombre perdido en el alcohol y su madurez solitaria; siempre es alguien triste aunque haga lo posible por ocultarlo. Renato maduro y triste a pesar de la cerveza en la mano y su sonrisa bobalicona; Renato trata de aparentar seguridad en sus modos de andar pero se ve a leguas el peso de su humanidad melancólica; parece a la distancia, con sus pasos arrastrados, estar atravesando un desierto, con su figura borrosa tras la reverberación de la inclemencia ardiente del sol que le acompaña desde hace años deprimiendo sus andares a cada metro que mal avanza, equivocando para siempre su sendero a causa de los miedos ante la vida, su miedo a las mujeres que son la vida misma; esas mujeres y sus abrazos, sus besos y sus piernas, con sus labios sonrientes y el guiño tramposo de sus miradas.

A Renato las mujeres le entristecen; ellas son el sol que lo mata en su desierto que atraviesa para siempre. Lo veo y me viene la idea de que morirá por una mujer, mala o buena.

Y hoy, desde la temprana de alcohol (y drogas duras de mi parte), Renato tiene aspecto de cadáver, aunque trate de disimularlo con una exagerada algarabía, el manoteo maníaco y sus gestos teatrales al charlar; hemos estado bebiendo demasiado pero el parece estar más ebrio que yo, hundido en su silencio que sé que es como un ángel anunciador de un desastre impalpable. Yo estoy muy drogado por cocaína y también acompaño su silencio con mi mandíbula trabada hasta el dolor (a mí la cocaína me templa y me silencia). Yo, callado y excitado de adrenalina, nervioso, como perro que presiente un chubasco. La cocaína es el desierto que me pierde los pasos sin mujeres y sus guiños y sonrisitas tramposas dejando huellas junto a mí (solo compañías efímeras); mi desierto blanco y decadente sin mujeres y sus perfumes de superchería, sus visiones del mundo con nubes algodonosas y montañas de colores y las lunas y no sé qué más, sin toda esa histeria y su genética bipolar. Esas piezas de carne que son como una rica droga natural.

Caminamos juntos y silenciosos esta calle nocturna con su luna de luz blanca y sus lámparas públicas y tristes; la calle húmeda de lluvia y desagües ciudadanos. Y Renato cree tener hambre, quiere comer hot-dogs en la mugrosa carpita improvisada para vender comida bajo la lluvia. Ese mal parapetado cenador que está cerca de nuestras casas.

Observo todo el largor de esta calle de mi niñez, esta calle vieja que he andado durante años, esta calle que ahora me ve perdido, perdido con mis pasos y yo no me doy bien a bien cuenta de ello. Yo me siento templado con mis pasos errados pero bajo control en medio de la perdición. Esta calle y sus semáforos con sus luces tricolor que parece dicen al mundo: “paren ya, paren, por favor”. Renato y yo nos sentimos bien a nuestro gusto y nos creemos normales aunque los perros nos ladran con un furor territorial exagerado y los gatos nos huyen raudos tras echarnos una mirada breve y juiciosa; la gente nos saluda con la gana de que no nos detengamos, desean que mejor vayamos a parar en el fin del mundo con nuestra mala facha y pestilencia y nuestra platicadera de borrachos; la gente nos evita su centro de atenciones como las grandes glorietas de los bulevares provocan que los automóviles les den rodeo. Detenemos nuestro peregrinar alcohólico en el mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, nos sentimos de inmediato hundidos en el ambiente cálido de la mirada de esta mujer que siempre está sudando a chorros ante el calor de la plancha olorosa a manteca  y carne frita, tocino, jamón, queso y papa mal cocida; y se puede también percibir el tufo a nido de ratas y cucarachas, todo esto a través del olor penetrante (y con un dejo de no sé qué cosa, pues deja en el alma un raro sentimiento) de la lluvia que cae en algún barrio cercano a acá; llovizna con gotas tenues, apenas un rocío, y los relámpagos alumbran todo el horizonte del sur del mundo.

Hemos pedido dos hamburguesas con doble carne, papas y refresco de cola.

Y recorro el local mugroso con la vista: veo las telarañas llenas de diminutos insectos y polvo en las esquinas del techo, el piso está manchado de manteca ennegrecida por la tierra en los pies de la clientela, hay pegado sobre esta cáscara lustrosa trozos pequeños de lechuga, tomate, cebolla y semillas de chile jalapeño; entonces el suelo parece una gran hamburguesa apestosa. Las patas de las sillas están manchadas hasta la mitad inferior de una mugre mal lavada; igual las patas de las mesas, hechas de perfil tubular y lámina de cartera, están mugrosas y oxidadas por una nata de comida vieja echa de cátsup, mostaza, mayonesa y grasa vegetal, estos trozos de fierro parecen estar vomitados por viejos congestionados de alcohol; la plancha crepita con su superficie oscura y caliente; los focos de colores están algo igual: están llenos de grasa, polvo y telaraña. Y a pesar de todo este aspecto de muladar miserable, el restaurante de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero” hierve de visitantes de la media noche y de toda índole callejera: putas borrachas altaneras con ínfulas de muñequitas de la mafia que piden la comida con su tronar de dedos de piruja mal pagada y su chicle envenenado de alcohol, semen, y rebaje de cocaína: “apúrate, mi amor, quiero bajar el asco y el avión”; vagabundos con la cabeza tronada por el cristal combustible de mala calidad: “regálenme un taco gente, si conocen la calle conocen a Dios y yo soy su hijo, aunque parezca lo contrario”; jóvenes mariguanos con su mirar ingenuo desde su mundo alterado y su risa desternillada y fuera de control, jóvenes mariguanos voraces: “sírveme dos hamburguesas y dos cocas para comer aquí ¡que rico huele todo esto!” hombres mandaderos cocainómanos apanicados por tanto circo incidental: “tra-tra-traigo prisa, Vero ¿me haces el favor?; parejas de enamorados que vienen a quitarse el sabor a besos, el sabor a genitales y a borrar el aroma penetrante y tedioso a sexo de su piel pegajosa del sudor seco de la refriega física con el olor a manteca rancia y el menjurje que ofrece esta mujer. Llegan también jotos esquivos o escandalosos que piden su comida en voz baja o a gritos en sus explosiones de júbilo afeminado: “¡ay!, ¡Verolis! Dos hamverguesas de milarguesa con mucha mucha mayonesa y crema, ¡crema de esa trasparentosa que usas y que parece ya sabes qué!” y también le visitan gente igual a Renato y a mí, personas  que llegan a reposar la tristeza (la penas con pan serán menores siempre) y pide la comida con timidez, con miedo de romper el encanto de este mundejo que gira y nos ignora hundido en su penar multicolor.

Y veo comer a Renato desde la distancia de mi plato. Parece que al fin su mirada le ha puesto atención al mundo, su mirada está fija al fin en algo concreto: su hamburguesa y el vigilar de su lento masticar, el trago sin prisas a su botella de coca-cola; su mirada se ve animada al fin, al fin Renato dirige sus pupilas en las mías y veo en ellas toda la intención de hablar; termina al fin de comer, observo como es que se limpia la boca y la nariz (con maneras de marica) embarrados de mostaza, traga saliva, eructa con un sonido acuoso, me mira unos instantes, tamborilea la mesa y dice: “no puedo vivir sin esa mujer que me ha poblado el mundo y luego me lo ha, de mala manera, dejado bien abandonado”

Renato está enamorado una vez más de otra mujer equivocada en un mundo de imposibles.

Conoció a Marimar en uno de sus viajes al norte del país, en la presentación de un libro de relatos cortos (“buttensmileys”, se llama el libro) escrito por un joven baja californiano. Renato en su madurez, con sus treintaisiete años mal gastados en alcoholemias y putas es malo para el amor. Renato maduro se atolondra ante el amor, se vuelca, se arrebata, se vacía. Por eso pierde siempre. Se enamora sin motivo evidente.

Marimar es una mujer vivida en las lides del amor y desamor; es una muchacha capaz de abrir las piernas para divertirse y aunque su ternura por los hombres es una cualidad que no le permite hacerles daño de forma malintencionada ella es también incapaz de sentirse obligada por compromisos serios hacia alguno de nosotros. Marimar es buena farra, buena copa, querendona, apasionada en la cama pero, como es obvio o evidente, le tiene mucho miedo a su propio corazón; Marimar pues, no es afecta a prolongar más de tres meses una relación de pareja sexual; ella es incasable, es puro cotorreo y entonces Renato es para ella puro cotorreo.

Pero Renato se arrebató desde el día en que ella le saludó con sus ojazos azules pícaros aquella tarde de tertulia literaria en los muelles de Ensenada. Renato se volcó por esos ojos de mar bravo y ella respondió con su ternura, con su vocación para la aventura color rosa mentiroso de cafés en terrazas con vista al mar, en parques cinematográficos de franquicias norteamericanas (películas cursis sobre comedias románticas). Marimar, la “princesa sideral”, rodó su película clase “b” y Renato se creyó el galán. La película no podía tener un gran final y Renato terminó derramando las dolorosas lágrimas de su madurez ingenua para las cosas del amor y sus mujeres y ellas y su entendimiento moderno y “chic” acerca del amor.

Y Renato trae arrastrando ese parque cinematográfico dese el puerto de Ensenada hasta este mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, acá, en Culiacán Sinaloa. Renato llora sus lágrimas de la madurez desesperada para que su triste película color rosa feo jamás termine.

Y aquí estoy frente a él para escuchar otra vez su dolor hecho alcoholemia y vagancia nocturna y triste. Renato hace a un lado su plato, niega con su cabeza pesada de tontera, vapor etílico y tristeza, me mira con sus ojos a punto de derramarse como cascadas de dolor, cascadas con sonidos de historias sobre muelles, cafetines ante amaneceres brumosos, balcones que miran barcos que se despiden de la tierra con sus enormes trompetas que braman como los gigantes mounstros mitológicos de los archipiélagos griegos de Homero. Y Renato me cuenta que le es imposible vivir sin ese mar enorme color azul en este desierto enorme y con ese sol que le quema los años vividos con un ardor que lo conturba. Le replico que comprendo perfectamente, que yo sé lo que es vivir amor y luego perder para siempre; le digo que conozco el vacío pero no caigo en él. Renato me dice que es difícil vivir en una esperanza mal fundada, que es difícil padecer desesperanza, que es imposible animarse a vivir sin esos ojos de mar bravo y esas sonrisas y esas piernas aromadas, esa ternura pura y malentendida; es imposible sin ese portento de mujer sublimada por su necesidad de amor triste y madura. Un príncipe rosa sin princesa. Renato llora en su madurez y le comprendo,  como comprendo mi refugio ante el dolor.

¿Vamos por una puta? Termina preguntándome con su boca torcida y su mirar perdido en el fondo de su miseria estancada. Renato y su madurez.

 

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