Octavio Ollin

Octavio Ollin

Martes, 22 Mayo 2018 05:19

EN LA PENUMBRA. / DE OCTAVIO OLLIN /

 
 
 
 
EN LA PENUMBRA.
DE OCTAVIO OLLIN
 
 
 
 
Recuerdo que era de noche cuando me llamaste por teléfono y me pediste que llegase a casa pronto, después del recital, para cuidarte mientras dormías. ¿Por qué nunca respondes, Leonor? El efecto era aborrecedor, nunca desapareció, ¿será que llegó de afuera y se quedó deambulando aquí adentro? Lo supongo. Debido a la emanación del mismo olor tan infecto y además antiguo, los pies con los que tuve contacto, me tenían ciertas dudas por atacar mis sentidos. Las moscas, no tardaron en hacer acto de presencia, llegaron atontadas por el frío de la noche, zumbando con viles avispas que inyectaran su aguijón en algún inocente. Todo me empezaba a cansar. Estaba fastidiado. Reconocí que esta mujer no estaba viva, porque el olor se convirtió, se convirtió en algo asqueroso. ¡Algo se estaba pudriendo! Así que separé la única sabana colocada en su rostro. Lo que azotó mi visión, fue una ráfaga de olores repulsivos. El olor era más reconocible. Era un olor a muerte, hedor de humedad y descomposición, en aquella almohada donde se encontraba una insulsa bola de trapos amontonados, enmugrecidos y rotos, que imitaban pesimamente, la cabeza de la mujer que expiró. Alrededor de la almohada revoloteaban con frenesí aún más moscas, que no detenían su vuelo entre la pegajosa sangre, que todavía no terminaba de consumirse. Estaba fresca. Las sabanas restantes estaban colocadas con sumo cuidado en todo su cuerpo. Confieso que sólo logré divisar lo que antes he descrito. Después de ver esto, supe en realidad qué era la mujer y a qué se dedicaba, cuando observé vastos puños de sal propagados en los trapos y el cuello, también detrás de la almohada y en el suelo. Ah, Malinxochitl, bruja antiquísima, madre de Copil y de los hechizos y la oscuridad. ¡Es inútil nombrarte, porque nadie te conoce! Además, tu nombre es más antiguo que esta pestífera casa, llena de arañas, suciedad, oquedad y miedo. Tan tétrica y tan nociva es esta habitación para mí, que me hace pensar que nunca descansas, mujer. En mi intento por averiguar más, decidí inspeccionar el sitio donde descansaba la mujer, cuando desafortunadamente, observé una porción de cuero cabelludo, escondido, atrás de la desolada cabecera. Tuve que mover la cama cuidadosamente, ya que al hacerlo, quedé ofuscado por lo que admiré con terror. No cabía decir más. Lo que descubrí fue la cabeza magra —que cayó como piedra al suelo—inerte, oculta por el artífice del crimen. Una cabeza consumida por la muerte y en descomposición bastante prematura. Ésta terminó boca arriba de la habitación, mientras sus cabellos se escurrían como agua en el suelo maloliente. Al acercarme con sigilo pude ver, con detenimiento que, el color de su piel era ceroso, grisáceo. Y pese a eso en sus pómulos dominaba un tono purpúreo que no congeniaba. Entonces entendí que este cuerpo cargaba unos botines que yo mismo sostuve. Eran cafés, raídos, sucios, porque en ellos coloqué un poco de talco —supuse que sería útil para Leonor—, traído de Sonora. ¿Hablaba con un cadáver sin percatarme? ¿Aun con esa abyecta mirada, me atreví a conversar con ella? En pocas palabras: fui un hombre osado, por tener una vaga conversación con un muerto. ¡Por un cuerpo sin dueño! La voluntad en mi interior me convirtió en un soldado bañado de acero, para combatir con un muerto, más bien conversar con un muerto. Y la cabeza, seguía mirándome en el piso de la habitación. Era como si sus ojos fuesen dos agujas que penetraban fluctuantes en mi cuerpo. Ojos de muerte, derramados de sangre, donde apenas las pupilas oscuras se notaban. Su melena, era larga, negra y maltratada, con delgados hilillos de plata. Los labios eran idénticos en color que los pómulos, estaban dañados y con la boca entreabierta. Al verlos de ese modo, me hicieron pensar que pronunciaría alguna palabra. ¡Y por fortuna no fue así! De una oreja, de repente, salió apresurada una pequeña araña que cayó al suelo y se hundió en la oscuridad. Huyendo de aquella escena, tropecé en mi camino entre las escaleras de metal. Desde ese instante supe de la existencia de un Rottweiler, pues éste me ladraba a mí, cuanto más rápido me apresuraba para huir de aquella escena, porque no había nadie más en esa casa...
 
 
 
 
Jueves, 16 Noviembre 2017 07:06

FRAGMENTOS / Octavio Ollin /

 

FRAGMENTOS

Octavio Ollin

 

 

IV

En los rincones, emana
sangre que baña los muros
de los que nadie se salva;
los que viven prisioneros
en su mundo y con el alma
encerrada en tierra muerta:
entre hedor, huesos y rabia;
que oyen cerca su deceso.

V

Aunque el tiempo se marchita
para el que habrá de perecer
en su desierta guarida,
que lo oculta: de la tierra,
de los cielos, de la brisa
y de días que nunca vio;
que ignoró que alguien vigila
en su torvo laberinto.


POSEÍDA

Pobre de ella que no brilla,
que ni la misma finura
alumbra su larga milla;
que ni rezos son su cura.
No la curan, sólo enferma.
Enferma el cuerpo de mal
y el rigor hace que duerma
y repita el Padre: — ¡Sal! —
¡Ya no sigan ocultos,
sólo háganla regresar!
Ya que ustedes con insultos,
no huyen, —vamos a rezar—.

CONOCE EL AMOR


Carga una vida que sufre,
y su padre de males se cubre.
Aquejan a la vejez lánguida
del pintor débil y su pincel nervudo.

Sola y dolida, con el alma callada
—olvida las bendiciones—
toma al amor en la oscuridad
y en compañía, — olvida al padre y al hijo—,
e invoca al diablo entre besos
y enciende las llamas del Sol
al entregar su corazón
a seres ajenos a su vida.

Olvida de su hogar, de la madre
y las hermanas. Olvida la familia.
Qué profanos los incesantes actos
de la solitaria, la callada, la angustiada,
que conoce el amor de madre,
de hija y hermana.
¿Sabrá qué es amar a un hijo?
Sí, lo sabe. —Un hijo de talento,
con un nombre de descontento —.

Conoce el amor de toda su sangre.
Menos el amor de la alegría,
de la verídica caricia,
de la sonrisa honesta, del tacto sagrado,
del beso de los días o el melodioso
canto del placer.

(Nunca, nunca conocerá
de la intimidad mutua,
franca y cabal de un guerrero
alimentado de maíz).

 

 

NO SOMOS MÁS QUE NOSOTROS

Octavio Ollin



                                                                                                                                                                                  A  JUAN RULFO


 

Ya era tarde. Doña Consuelo dejó las flores en el respectivo lugar.

— ¡Comadre! —era Susana la que llamaba.
— ¿Cómo está usté? —preguntó apenas volteó a verla.

Y es que ya hacía frío. Un frío abrumador que conquistó la carne de sus habitantes en el pueblo de Tlacotepec. Los niños solían llamarle ‘’pueblo taco’’ para reírse cada que podían, y no sentirse solos, en los eternos momentos que no eran vistos.

—Ay, Conchita. Los tiempos corren como un perro a prisas.
—Figúrese usté, que tiene mucha razón.
—Ay, y los jijos que dejamos allá. ¿Qué será de ellos? —comentó preocupada la parlanchina de Susana, mientras cubría su boca con el rebozo.

 

Afligida, doña Consuelo, respondió:
—Nosotros siempre dejamos a los nuestros como Dios manda.
Pero ya verá, Susanita, llegarán pronto. Nosotras a lo nuestro.

Esponjosa, brillante, la flor  en los maceteros o cubetas arrinconadas sobre las personas que dormitaban en el eterno silencio. En este inmenso silencio que habita en el pueblo.

 —Ya llegué mamá.

Ignacio, se encontraba en casa. El ambiente era triste cuando Consuelo, su madre, entró. Era silencioso; vacío de vida.

— ¿Qué tienes?
—Nada. Deja que me quedé con mis dolencias, míjo.

La madre se tapó con el rebozo desgastado y sucio y  fue a encender una vela, para alumbrar la casa.

— ¿Pusistes el cocol y el agua?
—Sí, mamá. Aunque me siento extraño. Siento…
— ¿A qué te rejieres? —indagó Consuelo, mirando la vela.
—Hoy no desperté a tiempo.
—Ay, míjito. Aquí estarás mejor—dijo—. Parece que uno es eterno, pero después…
Después ya no sabes si estás dormido o de plano…
 
Ignacio, crédulo, frunció su ceño.
—Tienes razón. No hay qué temer.
—La preocupación eras tú, míjo. Tu salud, tan débil. Por eso tanto he rezado para que Dios te socorra.  Eran tristezas, preocupaciones.

Consuelo, miró a su hijo. Tomó su mano. La apretó duro para saber que estaba con ella, para saber que no era un sueño.

—Las nubes se ocultaron.
—Sí, las veo míjo.
—Tus ojos, mamá. No llores—susurró Ignacio.
—Deja mis ojos. Es tu primer día aquí, alégrate tú.

El perro acompañó a Ignacio durante todo su recorrido por el pueblo, en busca de su madre. Ladrándole de un lado al otro. Contento, feliz, el cachorro de seguir a su dueño; en guiar al hombre a ver a su madre. 

La noche brillaba al tono de las veladoras, del papel  picado: rojo, blanco, purpura. Todo era alegre, para los habitantes en esa noche.

Doña Susana, entre la multitud que se congregaba en el camino, fue a ver a su comadre y decirle que ya estaba aquí su hijo, Ildefonso.  

— ¡Pudo llegar! ¡Llegó comadre!
— ¡Mi Ignacio, igual! —afirmó—. Le dije, le dije que los veríamos. Ya están con nosotras, comadre.
— ¿Nosotras? —cuestionó Susana.
—Es igual. Vives tanto que ya no sabes…
—No es nosotras. Es nosotros. No somos más que nosotros, Conchita—sonrió Susanita, tapándose con su rebozo, cuando caminaba detrás de su hijo.


 

 

SONETO A UN  TRISTE  ESPAÑOL

Octavio Ollin

 

 

 

Lastimoso, fue que retrocedieran.
¿En qué cayeron las enormes huestes 
de Cortés,  que  anheló que no lo vieran

con la agonía, el dolor y las pestes?  

En tragedia, en pérdida que cayeran, 
por bárbaros de rituales y pestes;
que entre los charcos rojos sucumbieran 

cuerpos inertes, y olvidadas  huestes
 

Pena por la derrota en los pensares
de Hernán y aquel momento con ceño adusto,
de errar en la cumbre de estos lugares.

Fue efímero el brillante oro y el gusto,
de Hernán que soñó  Venecia y sus mares,
afligido en el tronco con disgusto.  

 




BESOS DE PIEDRA

 

 

A ella por alguna vez,
la adoré y entrelazando
las pieles y siempre amando,
inclusive hasta las tres.

En madrugadas los besos:
siendo los ocho, conté
y jamás lo lamenté;
la carne  y nuestros dos pesos.

Simples besos de medusa,
matando a mi débil ser,
calmando mí parecer;
sin notar, que era la intrusa.

Besos de piedra en mi mundo,
frágiles besos triviales,
olvide penas y males;
que en los mantos ya me inundo.

Los besos de la mayor,
la carne antigua por mantos;
vi en el jardín sus encantos,
cavilé ser pecador.

Ese día, sentí secos
sus labios, carne vivida.
Su mirada, es una pérdida
en sus disfraces tan huecos.

La melancólica musa,
en un tanto disfrazada,
siempre rota y enamorada
como una mujer confusa.

Siempre vi negras serpientes
y sus ojos escamosos,
creyendo que eran hermosos,
y sus besos incipientes.

 

Dile Dios, que no se engañe.
Que exista una, tan sólo una,
que sólo ella, ni ninguna;
que a sí misma no se dañe.

                      


TE COMPORTAS COMO BESTIA


Te comportas como bestia
arañando con tus uñas
en noches de luna llena.
Allí donde están los cuerpos;
los que ignoran de la tregua,
del tiempo y de luz que habita
en  el cuarto; y en esta huella
que  olvidamos un ayer
que  disfrutamos sin pena.
Allí en donde nos soñamos,
en esa habitación quieta,
sola, en la enorme cortina
que nos esconde, nos tienta
a ser pecadores,  locos,
idiotas por dondequiera
que sea, (y que no nos miren);
sin saber qué nos espera
al dejar lo oscuro y malo,
y poder cruzar la puerta.
Fuiste bestia en ese ayer
conmigo, estándote quieta
y entregándome tu vida, 
con tu extasiada carne áspera;
pesada, pesada y viva.
Conocía cada vena
tuya, en ese cuerpo tuyo
que te delata y no deja
lo que siempre serás:
una inocente y sincera
mujer, sola y engañada.