Aída López

Aída López

Aída López nació en Mérida, Yucatán (1964). Psicóloga, Capacitadora Certificada, Tallerista de Cuento y Correctora de Estilo. Diplomada en Creación Literaria por la Sociedad de Escritores de México (SOGEM) sede Guadalajara y por la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán (SEDECULTA). Ha tomado diversos cursos en la UNAM, Universidad del Claustro de Sor Juana, Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, Escuela de Escritores de México, Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), entre otros. Escribe diversos géneros como son: Cuento, Poesía, Periodismo Literario, Ensayo, Opinión, Entrevista y Guion. Es coautora de diversas antologías, entre ellas “Caleidoscopio XIII” (2016), editada por la SOGEM. Sus cuentos han sido publicados en la Revista del Seminario de Cultura Mexicana, los periódicos El Informador, de Jalisco y La Crónica de Jalisco. Es coautora en “Mérida. Palabras y miradas II” (2018), atlas con motivo del 476 Aniversario de la fundación de Mérida. Seleccionada en cuatro ocasiones con Minificación para antologías de la Benemérita Universidad de Puebla y para la revista Argonauta editada en Guanajuato. Antalogada con narrativa y poesía por el “Movimiento Internacional: Vuelo de Mujer” (2019) Editorial El nido del fénix y para la colección Cuentos del Sótano de la Editorial Endora (2019). Seleccionada por poetas de Guadalajara para la antología: “Entre tintas…Tinto” (2019) y por los poetas de Estado de México para la antología: “Recorrido Mexicano. Una mirada poética” (2020). Seleccionada para el Anuario Literario 2021 de la editorial Al gravitar rotando. Antalogada por poetas de Puerto Rico en: “Di lo que quieres decir 2020” editada por Scriba NYC, entre otras. Colaboradora de la revista Molino de Letras, El Diario del Sureste, la revista cultural Soma, el portal de Este País y La Jornada Maya. Ha realizado cápsulas literarias para el programa Cuenta Conmigo de Televisión Educativa Mx. Ponente en el Congreso Internacional de Poesía celebrado en Toluca (2018). Asimismo en 2020 participó como expositora en el Quinto Encuentro Cultural y Literario: Ninguneadas y fortalecidas. Mujeres en el Tiempo, organizado por la Feria Internacional de la Lectura en Yucatán (FILEY) y UC-Mexicanistas (2020). Participante en la Primera Feria Nacional de Escritoras Mexicanas (FENALEM 2020) y en el encuentro de poetas de Puerto Rico durante la presentación de “Di lo que quieres decir 2020. Antología de Siglemas 575. Traducida al francés para el atlas poético “Résister” (2019) editado por el PEN Francia. Ganadora del Primer Concurso Nacional de Cuento de Escritoras Mexicanas (2018). Obtuvo el primer lugar en el certamen Calaveras Literarias (2019), organizado por la Fundación Elena Poniatowska Amor, A.C. Ganadora del Fondo de Ediciones Literarias del Ayuntamiento de Mérida con el libro de cuentos: “Despedida a una musa y otras despedidas” (2019). Ganadora del Premio Estatal de Literatura 2020 en la categoría de cuento. Miembro del PEN Internacional sede Guadalajara, México.

Martes, 16 Marzo 2021 18:17

HEMOFOBIA / Aída López /

 

 

HEMOFOBIA

Aída López

 

Cuatro pies entrelazados, las uñas esmaltadas en morado y negro, era lo único que sobresalía de entre las sabanas color bermellón. En la habitación recién iluminada por la aurora, dos mujeres, una a un lado de la otra, sin visibles marcas de violencia, permanecían silenciosas, como dormidas, aunque los que estaban ahí las sabían muertas. Cualquiera podría imaginar que reposaban después de horas de orgasmos; lalente no alcanzaba a ver la diferencia entre estos y la muerte. Los agentes escudriñaron los cuatro metros cuadrados de paredes blancas y alfombra vetusta apenas decoradas con el poster de un grupo desconocido de rock. Registraron cada detalle, el más mínimo podría servir para esclarecer los hechos. El sol había comenzado a hacer sus primeros estragos, el bermellón ahora candente ofuscaba las pupilas que poco a poco iban cediendo al exceso de claridad. Claridad que necesitaban para encontrar las pistas que los llevarían a resolver el crimen, suicidio o lo que fuera.

 La fotógrafa sacó de su bolsa un par de guantes blancos y se los colocó en sus manos temblorosas, mismos que enseguida absorbieron el sudor destilado. Cuidadosamente destapó los cuerpos. Parecía que tenían un acuerdo entre ellos, estaban cuidadosamente acomodados, los brazos de ambas estaban cruzados tocando el sexo de la otra, los dedos de una se perdían entre el vello púbico de la otra. Sus carnes tatuadas, perforadas, escuálidas y descuidadas, dificultaban calcular las edades. Una era visiblemente mayor. Después enfocó con temor la lente hacia el único buró que se encontraba al lado izquierdo de la cama. Encima estaban dos copas vacías, una botella a medio terminar de cerveza Palma Cristal, un cenicero con seis colillas de Benson mentolados y junto a este una cajetilla con aún tres cigarros sin fumar; hojas de papel arroz y una pequeña libreta parecida a un directorio. En el piso entre la cama y el buró, un calcetín de hombre, azul marino, al revés.

 Posterior al recuento de los hechos, acordonaron el sitio y el equipo de investigación bajó del cuarto piso en busca de la salida. Una voz de mujer blasfemódesde el interior de uno de los departamentos cuando los vio pasar: Así tenían que acabar, acotósentenciosa, siempre lo dije, ese tipo de cosas que no son de Dios, tarde que temprano son castigadas. Eso de meterse entre mujeres es del diablo y peor aún,cuando se meten entre varios. El Ministerio Públicoaprovechó la lengua suelta de la mujer, la dejó hablar mientras le hacía preguntas, mismas que eran respondidas a borbotones como lava expulsada de un volcán: verá, varios vecinos ya se lo habíamos dicho al dueño que no debía rentarle a putas o maricones, menos a lesbianas, o a drogadictos, pero con tal decobrar su renta no le importó, ahora a ver cómo sale de este lío. ¿Usted vio algo raro anoche?, preguntó un agente, pues raro todo desde que se cambiaron hacetres meses, respondió. Salían de mano hombres con hombres y mujeres con mujeres, hasta extranjeros.Olían a hierba, como a petate quemado, espetó la mujer.

 Mientras esperaban la llegada del forense para ellevantamiento de cadáveres, la fotógrafa tomó imágenes del exterior. La calle arbolada, uniformada con edificios amarillos de cuyas azotehuelasserpenteaban telas de colores, lograban distraerla de su ansiedad. Los carros estacionados, las placas, los transeúntes, la fachada de la casa de enfrente con el anunció: “Se vende yelo”.

 Intentaron reconocer algún rostro, algo que pudiera despejar el enigma. Parecían envenenadas a laRomeo y Julieta. Nadie hablaba, solo cruce de miradas, como si alguno tuviera la mejor línea de investigación que los llevaría a la verdad.

 En el camino no encontraron nada que pudiera llamar su atención. Algunos bares entreabiertos derramabanagua jabonosa, vendedores ambulantes, una tienda de abarrotes desolada en la esquina. Cien metros a la redonda y sin una pista aparente de lo sucedido en el sórdido departamento de la calle Oyamel del paradisiaco Cancún.

 Cuando llegaron a la oficina la fotógrafa se sintió mareada, con nauseas, pálida y temblorosa pidió permiso para retirarse. A últimas fechas decía que no le hacía bien estar en la escena del crimen, eso la ponía mal debido a que estaba desarrollando fobia a la sangre, afirmación que sostenía aun sin tener diagnóstico médico e incluso en escenas sin sangre. Los síntomas disimulaban el verdadero origen de su nerviosismo.

 Salió a esperar a un taxi. Le urgía avisar al “Cubano”. La botella de cerveza en la habitación abriría una línea de investigación hacia personas de esa nacionalidad, que llevaría a desmantelar la red de pornografía para la cual ella se desempeña en lo mejor que sabía hacer: tomar fotografías.

Miércoles, 20 Enero 2021 05:32

Laura y Aura / Aída López /

 

 

Laura y Aura

Aída López

Premio Estatal de Literatura 2020: Tiempos de Escritura

 

 

Pasa, Aura, dijo con su voz vieja. Mamá, ya te he dicho, soy Laura, contesté enfadada Con sus casi setenta años no disminuía su preferencia hacia mi gemela; otro día escuchando las “virtudes” de Aura y los “defectos” de Laura. Mi hermana era la bonita, la inteligente y todos los calificativos que engrandecen a un ser humano. El espejo confirmaba sus dichos, con minutos de diferencia nací baja de peso y una marca en el cuello la cual se fue agrandando con la edad. Mamá, durante el eclipse de luna se rascó la panza estando embarazada y por eso la “chivaluna” en mi piel. Los dermatólogos no lograron con cremas, ni con láser, borrar la mancha violácea o tan siquiera difuminarla. Urgía que transcurriesen las seis semanas del postoperatorio y el médico le quitara la venda de los ojos; la venda respecto a Aura nunca se la podría quitar yo.

         Lo bueno es que tú sí vienes a acompañarme, Laura ni se para por aquí. A pesar de tus ocupaciones con mis nietos y tu esposo, no me desamparas. Cuando una hija es buena, una madre lo nota cuando es pequeña. Esas palabras retumbaban en mi cabeza, las había escuchado desde que tuve uso de razón. Una vez más le repetí que mi hermana no podía estar por las razones mencionadas por ella misma. Las vacaciones del despacho me facilitaban cubrir el turno diurno; el nocturno lo hacía la enfermera. No solo estaba ciega, sino también sorda; mis palabras, no las oía, seguía llamándome Aura como su nombre; el desdoblamiento de su perfección. Narcisista en exceso. Decidí cumplir su anhelo, no le aclararía quién era y que siguiera creyéndose junto a la sacrificada de mi hermana y no conmigo, la solterona mala hija.

       ¿Tan ocupada estará la malagradecida? Atiende mejor a su perro, por eso no me arrepiento de haberte dado más a ti. Siempre se lo dije a tu padre, la gente fea es mala, pero él decía que soy clasista y por eso la traigo contra Laura. Quiero que sepas, todas mis joyas son para ti, hija, en cuanto me quiten estos trapos de los ojos te las entregaré. Mejor en vida, así ella no tendrá derecho a reclamar. La casa la pondré a tu nombre... La interrumpí tajante, ¿crees justo dejar a mi hermana sin la mitad de la casa? Ella no se quedará conforme, trabaja con abogados y reclamará lo que por ley le corresponde. Mi madre estuvo callada y pensativa por segundos que parecieron eternos, enseguida reaccionó, ¿Me estás pidiendo la propiedad en vida? En automático repelí esa posibilidad. No, no te estoy diciendo eso.

Sus deseos de orinar desviaron el tema. La ayudé a levantarse de la cama y con cuidado la dirigí al sanitario. Vinieron a mi memoria los días cuando en ese mismo lugar el shampoo entraba a mis ojos. Mi “mala suerte” a la hora de la ducha era habitual. La mirada de Aura nunca se vio empañada con el jabón, pocas veces tenía motivos para llorar mientras que a mí me sobraban. Mamá, ¿recuerdas lo chillona que era Laura cada vez que la bañabas? Me sorprendió cuando dijo que adrede me lo echaba y el placer al verme con los ojos enrojecidos. Un sentimiento de rabia e impotencia me atrapó, sin embargo, la levanté del inodoro con el mismo cuidado y la regresé a su cama. No tengo hijos, pero supongo que a todos se les quiere por igual. Quizá mi mala suerte no era eso y mis desventuras eran provocadas por su perversidad.

Mi gemela acostumbraba hablarme por las noches para saber cómo había pasado la jornada nuestra madre; su familia la tenía absorta y por eso no iba a verla. Los compromisos sociales de su marido, empresario exitoso digno de ella, y de sus hijos adolescentes a quienes llevaba a la escuela, al karate y al ballet, además de dirigir un séquito de servidumbre, la tenían agobiada. Aura cumplía con pagarle la enfermera a doña Aura, la diferencia conmigo es que yo no contaba con el dinero para solventar el costo de otro turno. Desde las ocho de la mañana llegaba para prepararle todas sus comidas, bañarla, administrarle sus medicamentos y ser depositaria de los sentimientos de la mujer que me parió y nunca me quiso.

A ratos la dejaba hablando sola y recorría la casa: el cuarto de cada una de nosotras, el jardín trasero con el centenario árbol de mango, la salita de música con paredes de madera donde papá solía escuchar a Elvis Presley, a Los Platters… ooonlyyy yuuu… Cada rincón estaba impregnado de recuerdos buenos y malos. Apenas advertí, el cuarto de Aura es más grande que el mío y tiene closet, eso le permitía tenerlo arreglado, motivo frecuente de mis castigos al no mantener el mismo orden. Mi periplo culminaba en la cocina preparando la dieta recetada por el doctor: baja en grasa y sal, abundante verdura.

Cada vez me resultaba más difícil levantarme temprano e ir a atender a mi madre para escuchar el nombre de mi hermana en vez del mío. Deseaba tener los recursos para pagar a alguien que lo hiciera, pero mis ingresos no eran fijos. En pocas semanas conoceríamos su estado. Era probable que al quitar el vendaje siguiera necesitando ayuda, en tal caso tendría que solicitar licencia indefinida en el bufete. La sola idea me avasallaba.

                       

La rutina hubiera sido benévola de no enterarme de sus patrañas. Un día me dijo, ¿te acuerdas de Fernandito, el niño que jugaba contigo en el parque? Apenas recordaba sus lentes y el pelo negro y crespo del regordete. Pues tuvo una hermanita mongolita y un día me contó su mamá que la niña se ahogó en la bañera. En aquel tiempo las señoras comentamos que ella seguramente la dejó sola para que la muerte se la llevara. Sin titubear deduje que eso mismo hubiera deseado hacer conmigo. Quise adentrarme en su mente, le pregunté si consideraba justificado hacer eso con un hijo enfermo, tomando en cuenta que ella se reconocía como una verdadera católica y no de esas que van a misa los domingos y de lunes a sábado las invade el “efecto Lucifer”. La ambigüedad de su respuesta me orilló a pensar que sería capaz “por el bien de la familia”.

Enajenada, tratando de recordar a la mamá de Fernandito, aquel día olvidé administrarle los medicamentos a la hora precisa. Mientras le llevaba el consomé a la boca, me horrorizó la vulnerabilidad de los niños ante sus padres: así como te dan la vida, te la pueden quitar sin uno poder defenderse. En más de una ocasión me sacó de mis pensamientos cuando levantaba la voz porque le mojaba la bata con el caldo. Mi silencio la preocupó: ¿tienes problemas con tu marido?, estás muy callada, dijo convencida de ser conocedora de los conflictos de pareja, los cuales eran constantes con papá por los extremosos cambios de humor de ella.

No veía el fin del martirio. Mis vacaciones arruinadas y con el riesgo de prolongarse sin sueldo, sin alternativa de huir o deslindar en alguien la losa que cargaba a cuestas. ¿Y si en lugar de que la mamá de Fernandito se deshiciera de su hija, la hija se deshiciera de su mamá? La idea iba y venía, rondaba y se agazapaba…se olvidaba.

Corrían los días, se aproximaba el plazo para conocer el rumbo de mi destino. El trasplante de córneas le devolvería la vista o no a mi madre, ¿y si no? Aura estaba en condiciones de seguir pagando a la enfermera, pero yo no tenía la disponibilidad para atenderla indefinidamente. Mis malos modos fueron resentidos, el agua del baño demasiado caliente, la comida salada, escueta conversación, heladez por el aire acondicionado, la música estridente. La mamá de Fernandito, la hermanita de Fernandito, Fernandito…

Una mañana llegué a la casa de mi infancia como siempre, me invadía una felicidad inexplicable, ella misma lo percibió. Mi yerno con seguridad te trató con cariño anoche, es evidente, dijo maliciosa. Así es, mamá, respondí dándole por su lado. Puse en el reproductor a Elvis, ambas recordamos a papá. El árbol de mango daba sus primeros frutos, el cielo de intenso azul resplandeciente, la primavera revoloteando en las coloridas alas de las aves.

A las doce del mediodía el agua de mango, la favorita de mi madre, estaba lista. Agradeció a la naturaleza su generosidad. Recostada en su mullido colchón, antes de ingerir sus alimentos, elevó una oración “por el pan nuestro de cada día”.

A la señora Aura le di de comer y beber y beber y beber y beber… Mojando la bata, las almohadas, las sábanas, la cama… Llenándole la boca, la garganta, la nariz, los pulmones, del dulce néctar amarillo hasta ahogar su respiración.

Martes, 30 Octubre 2018 05:37

SERVICIO AL CLIENTE / Aída López /

 

SERVICIO AL CLIENTE

Aída López

 

 

¿Dónde está el probador?, preguntó con cinco prendas en las manos al tiempo que se quitaba los lentes de sol y fijaba su  mirada felina en mi rostro.  Hasta ese momento supe que no era mexicana, quizá peruana o chilena. La conduje al pasillo donde estaban los probadores, -el que guste, todos están vacíos. Si necesita algo me avisa,- dije, y seguí con el inventario que no cuadraba. ¿Tendrá cirugías?, demasiado delgada, demasiado… Señorita, ¿viene por favor? ¿Puede subirme el zíper? Su espalda bronceada, sin marcas mostraba su gusto por la playa y por qué no, toples. Con cuidado deslicé el cierre evitando pellizcarla. Su mirada de gato me observaba por el espejo. Sonreía sin parpadear. ¿Te gusta?, preguntó al dar la media vuelta y quedar frente a mí. Le queda bien. ¿Y el escote? Sus pechos me incitaban a tocarlos. Contuve la respiración y la ayudé a bajar el zíper. Alcancé a ver el tatuaje al final de su espalda; una orquídea. El Chanel No. 5 me llevó al día que tuve mi primera experiencia con una mujer a los trece años. La maestra de biología, con el pretexto de explicarme cómo funciona la sexualidad, me tocaba las piernas. Estábamos solas en el laboratorio de la escuela, cuando tuve mi primer orgasmo, y de ahí muchas veces más hasta que otro maestro nos descubrió y vino la catástrofe con mis papas. Me llevaron a terapia por más de cinco años. La psicóloga aseguró que fue una etapa de indecisión, pero que ya estaba definida. Así lo creí.

Verás, mañana regreso a mi país y quiero llevarme un lindo vestido de tu tierra. Espero que alguno le agrade, pronuncié perturbada por el calor y mis pensamientos. La mujer, con su mirada y sonrisa, insinuantes dijo, -tendrás una buena propina. Volví al mostrador, ¿qué me pasa? ¿qué habrá sido de la maestra? ¡no me había vuelto a pasar esto!  Si papá viviera… ¿Me ayudas? ¡Voy! Me se sequé el sudor y acomodé mi cabello liberando el cuello que escurría.

Cuando llegué al probador, la mujer con toda intención, dejó resbalar el vestido por su cuerpo casi desnudo mientras clavaba de nuevo su mirada en el espejo que rebotaba sobre mí haciendo pedazos mis nervios. La escena me sorprendió. La firmeza de sus nalgas con un diminuto hilo negro develó mis deseos. Me humedecí. ¿Qué pasa? ¿Me ayudas a recogerlo?

Me incliné a levantar el vestido. Creí percibir el olor de su sexo.  El calor empañó el espejo ocultando mi ansiedad desbordada. La piel enrojecida, a punto de ebullición. Cinco años de terapia, se habían diluido como mi sudor en unos cuantos minutos.

Puedes retirarte, dijo con cierto desdén y corrió la cortinilla detrás de mi espalda ante mi huida. ¿Fue mi imaginación o tenía la misma expresión mezquina de la que fuera mí mentora? Pocas palabras. Miradas capaces de penetrar en  el resquicio del pudor de cualquier inexperta como yo.

Su desnudez desentrañó mi preferencia que la terapia había encubierto con un novio con el que no llegaría a ninguna parte. Deseé regresar años atrás y disfrutar sin culpas, cuando el laboratorio era el sitio ideal para experimentar eso que decían los libros. Ahora esperaba inquieta la voz del vestidor pidiéndome ayuda, pero ella no lo hizo, apareció segura y dijo:

-Me llevo uno-, y asentó en el mostrador las cuatro prendas restantes y un manojo de billetes mayor al costo de su compra.

 

 

*Aída María López Sosa (1964) nació en Mérida, Yucatán, México. Psicóloga. Estudió Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha publicado en antologías internacionales y locales, blogs, periódicos y revistas. Miembro del PEN Club Internacional sede Guadalajara, Jalisco, México.

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Viernes, 29 Septiembre 2017 05:44

Velo de madre / Aída López /

 

 

Velo de madre

Aída López

 

 

¿Cómo llamarte?

si tu pérdida se teje con

la garganta de los días

y en la hiel de tu sombra.

Buscas explicaciones, argumentos

nada consuela la sepultura.

Quisieras haber sido otra

creer en otro Dios.

A veces te culpas del abandono

por las horas invertidas al oficio

entonces desde los ataúdes

se desgarran los reclamos.

Sales a las calles en busca de respuestas

esperanzada de los rostros que atraviesan tus ojos

buscando esa mirada frágil del niño que creciste

que tuviste tan cerca cuando lo amamantaste

cuando creíste que el mundo lo acogería

que nadie le haría daño.

No hay palabras, solo esperanzas

lo crees vivo, lo sientes vivo

el espejismo dura poco

y vuelve el terror de no encontrarlo.

Ahora sabes que la felicidad

nunca más habitará en ti

que lo demonios danzaran en tus venas

que los tiranos acabaran con tus maldiciones

que la corrosión de tus vísceras

serán el veneno que salpicará a los culpables.

El luto vestirá tus heridas

no las curará el tiempo

el dolor llegará a ser tan intenso

que lo dejarás de sentir.

El tiempo anestesia, no sana

la noche vela otros muertos.

Sábado, 29 Julio 2017 05:48

HISTORIAL DE MIS MUERTOS / Aída López /

 

 

Arte Gráfico: Pablo Saldaña

 

 

HISTORIAL DE MIS MUERTOS

Aída López

 

 

En el centro de la mesa,

están las flores que adornan cementerios.

Mis muertas comen de su blancura

y beben el llanto de los rezos.

¿Qué tan blanca es Mérida después de Felipe Carrillo Puerto?

En esta ceniza tarde,

la cotidianidad duerme en el flagelado 1924

porque el 4 nos ha educado a la Mérida Blanca

como el cuarto mes del caído Pedro Infante.

Su avioneta estrelló con la muerte

y ahora su voz sobrevive en las cuerdas de los trovadores.

Porque el 4 nos ha educado a la Mérida Blanca,

como los gritos del Charras

y los dedos no encontrados

que cargan las huellas desde 1974.

Porque el 4 nos ha educado a la Mérida Blanca,

como las 4 muertas que se levantaron de la mesa

llevándose la flores entre su vientre.

En la orfandad de las casas

el llanto ha perdido contorno

porque el 4 nos ha educado a la Blanca Mérida.