Felipe Díaz Núñez

Felipe Díaz Núñez

Felipe Díaz Núñez es originario de la Ciudad de México, donde nació el 28 de enero del año 1966. Realizó estudios de nivel licenciatura en la Universidad Autónoma Metropolitana, obteniendo en el año 1991 el título como Licenciado en Diseño de la Comunicación Gráfica.Realizó estudios de posgrado en la Universidad Anáhuac, concluyendo la maestría en Mercadotecnia y Publicidad en el año 2004.

Ha participado activa y constantemente, desde el año 2013, en diversos talleres de redacción y creación literaria, bajo la guía de la Doctora en Letras Latinoamericanas Rocío García Rey.

 

Martes, 16 Marzo 2021 20:22

El tatuaje Por Felipe Díaz

 

 

El tatuaje

Felipe Díaz

 

— ¿Por qué tatuarse unas alas? — Preguntó Eduardo después de varios minutos de haber aterrizado su mirada en la espalda desnuda de Tatiana. El tatuaje era fastuoso: unas alas, cuyas plumas se extendían de hombro a hombro y del cuello a las dorsales.

— Yo no elegí el tatuaje… las alas me eligieron a mi— respondió Tatiana somnolienta y pausadamente. Él se echó a reír con franca vulgaridad. Ella levantó con sutileza la cabeza y con la mirada le respondió que le daba lo mismo si le creía o no.

El silencio y el transcurrir de algunos segundos, hicieron crecer la pena y la intriga en Eduardo. — Bien, ya dime, ¿cómo es eso de que las alas te eligieron?

 

Ella se sentó de frente. — No existe mejor tatuadora que Pandora. Su trabajo está más allá del entendimiento humano. Su arte ha recorrido el mundo y lo puedes admirar en las mejores revistas de tatuajes. Yo estuve en lista de espera durante cuatro meses. Y, créeme, pagué bastante por mis alas, sin saber que, el día que ella me recibió, saldría con ellas. Yo quería unos alcatraces en mi pierna derecha, a todo color… pero ya sabía cuál era su manera de trabajar, iba dispuesta a servirle de lienzo. Ella me aclaró que jamás utilizaría a alguien de lienzo, que en ese caso preferiría hacer otro tipo de arte. Yo sólo descubro lo que en el alma ha estado lleno de máscaras y lo pongo a germinar en la piel —me dijo—. Nos sentamos cara a cara, me tomó de las manos y se puso a meditar, digo meditar porque nadie me cree cuando afirmo que estaba en trance. Tú no eres un alcatraz, mi niña, no eres para estar atada a la tierra —susurró, sin que yo hubiera mencionado los alcatraces—, al contrario, tu alma es inquieta, ligera y volátil. Sin dar más explicaciones, me colocó boca abajo en una camilla y comenzó a tatuar. Al inicio lloré con mucho dolor, como si las lágrimas fueran de sangre y arrancadas del corazón. Para distraerme y hacer más llevadero ese sufrimiento, particularmente cuando trabajaba cerca de las costillas, intentaba hacerle plática. Nada, ignoró mis palabras, no dejó de trabajar un sólo momento. Únicamente me daba descansos cuando cambiaba la tinta. Y yo aprovechaba para tomar un respiro y agua. Después, hubo momentos en los que me dormí, pese al dolor, o quizás… estaba también en trance. Recuerdo que vinieron a mí imágenes de mi madre, de mis primos, de un viaje a Veracruz, la escuela a la que iba de niña; visualicé mi primer orgasmo… recuerdos que nunca había hecho conscientes en ese momento flotaban y bailaban al sonido de la compresora, frente a mis ojos cerrados, vívidos, como si los pudiera tocar.

 

No utilizó dibujos, no necesitó fotografías, no bocetónada, tampoco hizo trazos en esténciles, simplemente grabómi piel. Cuando terminó, hizo que me levantara y me llevó a una recámara con espejos en los cuatro muros. Lloré sin poder contenerme. Mis alas, mis hermosas alas, movieron unas lágrimas que, entonces, mi alma lloraba de gusto, de libertad, de realización… Me sentía ángel, o paloma, o cóndor… Me dieron ganas de volar, realmente volar. Sentí como si pudiera moverlas, aletear. Floté… o al menos así me pareció.

 

Eduardo se levantó, corrió la cortina. La luz del alumbrado exterior avivó aún más el desinhibido plumaje.Tatiana parecía una sílfide.

— Está precioso. Tendrás que pasarme el teléfono de Pandora. Nunca he tenido la intención de tatuarme, pero con ella, seguro que lo hago.

— Muy tarde, ya no vive en la ciudad. No tatúa más.

— ¿Por qué? ¿qué pasó?

— Me interesé mucho en ella. Quise conocerla más, era como una sanadora ¿sabes?, una médium, una chamana. Un domingo en la mañana toqué a su puerta, llevaba un termo lleno de café. Ella dudó unos segundos y después me invitó a pasar. No puedo decir que nos convertimos en amigas. No es el tipo de personas con quien puedas platicar de noviazgos, ropa o películas, o de cualquier banalidad. No, tienes que elegir un tema que le interese y sea un reto a su pensamiento. A veces pasaba varios minutos en total silencio, con los ojos cerrados, pero sonriendo, muda; meditando… creo. Me platicó que aprendió a tatuar con técnicas ancestrales, y poco a poco empezó a… mmm… leer el alma de sus clientes. Cuando no recibía ideas o cierto tipo de vibraciones que le indicaran qué tatuar, simplemente les decía que no podía hacer el trabajo y les cancelaba, así nada más, sin pena, en su cara. Nunca accedió a tatuar algo distinto a lo que ella sentía. Sólo una vez… la última, porque fue forzada a hacerlo…

— Bueno, ya cuéntame ¿qué pasó?

Se puso de pie, caminó al refrigerador y destapó una cerveza— Pandora iba a tatuar a mi amigo Santiago, a quien yo había recomendado. El día de la cita, en cuanto le abrió la puerta, un tipo, junto con tres guaruras, los empujaron hacia el interior del departamento. Uno de los gorilas tomó a mi amigo por el cuello y el patrón le dijo a Pandora: “Perdón por los modales, mis amigos son un poco atrabancados. Haz lo que te digo y todos estaremos en paz y habremos ganado. Me han contado que eres muy buena tatuadora, y hoy amanecí con ganas de tatuarme un dragón en la espalda. No te preocupes por el dinero. Tatúame y tu clientecito estará sano y salvo. ¡Apaguen sus celulares!”. Sacó una hoja que tenía impreso un dragón chino. Le estaba pidiendo un tatuaje Yakuza.

— ¿Era de la mafia china?

— No tenía nada de chino, pero sí de mafioso. Por más que ella le explicó que no era su manera de trabajar, que era ella quien decidía qué tatuar. Él se rio y le dijo “el que paga,manda; quien llevará la piel marcada seré yo, así que ponte a trabajar, mija”. Mientras decía esto, a Santiago le doblaban con fuerza su brazo. Pandora, contrariada, no tuvo opción y le pidió que se acostara en la camilla. El trabajo era muy complicado, lleno de color y de gran tamaño. Después de algunas horas, ella le pidió que hicieran una pausa, necesitaba descansar. Ellos hicieron unas llamadas y en unos minutos tenían un servicio de comida tocando en la puerta:carnes argentinas, refrescos y botellas de whisky. Ella aprovechó el tiempo para dormir un poco.

 

Empezó a tatuar a las once de la mañana y concluyó a las cuatro de la tarde… del día siguiente. El trabajo era impecable: las cúspides agresivas del dragón se deslizabanpor el costado izquierdo, cruzaban la espalda y se asomabanhacia el frente, por el hombro derecho. Los colores parecían tener luz propia: rojos, amarillos, verdes, morados; contorneados por un negro vibrante.

 

Se fueron tan intempestivamente como llegaron. El departamento quedó desordenado, con desechables por todos lados y apestando a porro. Le dejaron cincuenta mil pesos en la mesa.

 

Santiago me llamó esa misma tarde para contarme y fui a verla. Cuando llegué, ya estaba haciendo maletas. —No puedo quedarme. Tú tampoco deberías venir. Esa gente está endemoniada—. Entre las dos guardamos sus limitadas pertenencias. Un poco más tarde llegó la dueña del departamento, le explicó lo ocurrido y le entregó un sobre con dinero. Le recomendó no rentar el departamento durante algún tiempo.

 

Tres semanas después me llamó la casera, los individuos regresaron a buscar a Pandora. El jefe estaba fuera de sí. Abrió la puerta a patadas gritando groserías. Al parecer el tatuaje estaba perdiendo el color y algunos rasgos empezaron a esfumarse de la piel.

 

Días después, el fulano armó un escándalo en un centro comercial. Desnudo de la cintura para arriba, berreaba en la fuente central de la plaza: “Maldita Pandora, ¿qué me hiciste? ¡Mira mi cuerpo! ¡Me las vas a pagar, estúpida!”. Su espalda estaba roja, como encendida, y el tatuaje estaba perdiendo la forma de dragón.

 

— Ah, claro, era El Balas, el sicario que capturaron poco después de hacer su teatrito.

— Exactamente. Por más que sus guaruras trataron de controlarlo, no pudieron hacer nada. De hecho, lo abandonaron cuando sacó su arma y comenzó a disparar sin control. Se hizo un escándalo en la plaza, llegaron reporteros y militares. Se aventó a la fuente para calmar el ardor en la piel y ahí lo capturó la autoridad, ridículamente fácil, muy penoso.

 

Días más tarde, el secretario de Seguridad Pública informó que se había quitado la vida en un penal de máxima seguridad, ahorcado, se sospechaba que sus jefes lo habían mandado matar, para que no “cantara”. En las redes sociales trascendieron otras historias, las de los compañeros de celda: “Vimos como el maldito tatuaje cambiaba día con día, iba perdiendo la forma de dragón y se iba convirtiendo en serpiente, ¡por Dios que el maldito dibujo se transformaba y avanzaba en la piel! Sus gritos eran desgarradores, hasta que ya no tuvo voz ni aire para gritar. ¡La serpiente lo ahorcó!”.

 

— Cuando vi las fotos en los periódicos… efectivamente… tenía tatuada una serpiente alrededor delcuello, morado, estrangulado.

Sábado, 28 Noviembre 2020 04:38

Crassula / Por Felipe Díaz /

 

 

Crassula

Por Felipe Díaz

 

Cuando la cuarentena comenzó, Elvira se sentía aliviada de no tener que malbaratar tres horas diarias de su vida en ir y venir del trabajo. Podría convivir con su esposo, José, quien también haría home office y con su hija Sofía, de diecisiete años, quien, a su vez, concluiría la preparatoria desde casa. La pandemia prometía ser muy provechosa para tener tiempo de calidad: volver a pintar, avanzar la fila de libros por leer y regenerar sus menoscabadas plantas que a penas respiraban en su patio.

 Después de ciento ochenta días de cuarentena, la primavera y el verano habían perdido sus encantos en los vapores del hastío y el otoño enfriaba aún más la decaída temperatura del hogar. En los primeros días de septiembre le anunciaron que, debido al descenso imparable de las ventas, la compañía para la cual trabajaba cerraría definitivamente. Se liquidaría a todo el personal antes que no hubiera recursos para hacerlo. Sofía, en un rebrote de adolescencia, se había convertido en una especie de gato huraño, irreverente e insoportable. –No sé si lanzarla por la ventana, o esperar a que ella lo haga– susurraba Elvira con un vaho inaudible. Los libros y pinceles continuaban en confinamiento, y José, bueno, él era la gota que derramaba la cerveza: gordo, descuidado y mal vestido, se embonaba todos los días en el sofá y desde ahí pastoreaba los pedidos de sus clientes.

 Las plantas eran las únicas que parecían estar dispuestas a liberarse del encierro y se encaminaban ufanas hacia el sol y la luna. Elvira las cuidaba más que a nada. Les tomaba fotografías todos los días y las publicaba en las redes sociales. Se unió a un grupo llamado “Jardinería decorativa online”, en donde mantenía una nutrida comunicación con los demás participantes.

 El patio brillaba en particular por una planta: sus ramas lisas y brillosas desencadenaban en unas aceitunadas hojas ovales y robustas, que parecían estar a punto de reventar de vida. Los delgados, colorados y aterciopelados troncos eran coronados por unas hermosas flores, explotando en todas direcciones, como sonriendo y opacando a cualquier color de sus vecinas; sus pétalos se disponían en dos niveles de formación pentagonal, en una coreografía visual con cinco anteras. Ella no recordaba cuándo la había adquirido esa belleza, ni de qué tipo era. Subió una foto al grupo, con la esperanza que alguien la identificara. En tres días la publicación había cosechado más de doscientas reacciones, pero nadie proporcionaba el nombre.

 Una tarde, después de la desganada y multiplicadora faena de lavar trastes, el sonido de un mensaje entonó en su teléfono: “Alonso León: Querida Elvira, la planta que adorna tu hermoso jardín se llama crassula”.

 Estaba a punto de buscar “crassula” en internet, pero la foto de Alonso, con una barba abundate y plateada, arqueada por una desenfadada sonrisa, la desvió de su intención. Husmeó en su perfil. Todo en sus fotos era tan natural: paisaje, cielo, ropa de lino y algodón… y viñedos. Era indudable que se dedicaba a la preparación de vinos. “Residencia actual: Tarragona, España”. El interés de Elvira crecía como su crassula. Observó repetidas veces la pequeña colección de imágenes. Titubeó unos minutos y le envió una solicitud de amistad. Su corazón cabalgaba con rapidez. “Calma Elvira, pareces adolescente”. Lo cierto es que esa noche revisó constantemente el celular esperando la respuesta de Alonso, como una jovencita en espera del profesor guapo. En la mañana la pantalla del celular indicaba el mensaje: Alonso León ha aceptado tu solicitud de amistad. “Hola Elvira, gracias por enviarme tu solicitud de amistad. Espero que tengamos una amistad tan bonita como tú”.

 

Los siguientes días estuvieron nutridos de mensajes entre ambos. De las plantas y sus cuidados pasaron a sus gustos y disgustos por la vida; a los viñedos de Tarragona y las calles de Barcelona; de las canciones en catalán al sentimiento de los mariachis. La novedad de ser desconocidos motivó a que ella se abriera como sépalo a punto de florear. Él la hacía sentir especial, como hacía años no ocurría. No había ningún tipo de barrera. De intercambiar fotos de México y de España pasaron a las fotos personales, y después a las íntimas. La lejanía física entre ambos le daba a Elvira la tranquilidad de no verse atrapada en la enredadera del amor. Sin embargo, en la intimidad de su diminuto vergel, el roce de la crassula en la piel le avivaba la sangre y la dirigía a su vientre. Durante la cena, con su distante familia, sólo pensaba en Alonso. Ya no sentía el aislamiento ni la parsimonia de las semanas anteriores.

 

Una sorpresa más, que rompió la interminable cuarentena, fue un mensaje de Alonso, corto, pero con la intensidad del mar que los separaba: “Estaré en México en noviembre, cariño. Fúgate conmigo unas semanas, te vienes a España, ¿cómo ves?”. En plena pandemia, con rebrote en España, él había conseguido un viaje para cerrar un importante negocio en México.

 Elvira perdió todo balance. Durante un par de días no respondió nada. Apagó el celular. Sólo la acompañaba un desapercibido silencio.

Una mañana, con los ojos húmedos de ilusión, ilusión que rompía tantos meses de tristeza, encendió el celular y escribió: “¡Sí!”

 Su ánimo ya no se marchitaba más. Por su lado, Sofía continuaba recluida en la recámara y José, gordo, descuidado y mal vestido, aplastado en el sofá, ni se imaginaba lo que pasaba por la vida de su esposa. Sólo floreaban sus emociones y su jardín.

 “¡Ya estoy en México!” Escribió Alonso esa mañana tan esperada por ella. Él se hospedaría con un socio, José Manuel Rosales, y después de dos días se irían a Europa. Dos días en los que la maleta de la huida fue cuidadosamente preparada.

 Más tarde le escribió nuevamente: “Elvira, Elvira. ¡Me pasó algo terrible! ¡No sé qué hacer! El taxista que me trajo del aeropuerto me asaltó. Me llevó por una colonia horrenda, me apuntó con una pistola y se llevó mis tarjetas de crédito y el efectivo que traía para José Manuel. ¡No sé qué hacer! ¿Será posible que me prestes tres mil dólares? Si te es posible, deposítalos en la cuenta de Alonso. Te los pago cuando lleguemos a España”. Ella no dudó en apoyarlo, tomó el dinero de su liquidación y realizó la transferencia.

 Dos días después, con el corazón irrigando sus pasos, Elvira salía de su casa jalando una gran maleta. Cuando estaba solicitando el servicio de taxi, un auto gris oscuro se paró frente a ella, dos hombres con cubre bocas y guantes salieron del vehículo y se acercaron.

— ¿Elvira Santana? Disculpe señora, somos de la Procuraduría. ¿nos permite unos minutos? ¿conoce usted al señor José Manuel Rosales? — Ella permaneció plantada, en silencio.

—Quizás le sea familiar el nombre de Alonso León.

—Sí, ¿qué pasa con él? ¿está bien? — La adrenalina estaba a flor de piel.

Los oficiales se miraron. —Mire, señora, el señor José Manuel Rosales, alias Alonso León, alias Luis Marsé, alias Valentí Serrat, alias Jordi Mendoca, es un estafador, mexicano, que ha engañado a muchas mujeres. Sabemos que ha estado en comunicación con usted y le pidió dinero para resolver “una urgencia”.

 Ante la incredulidad de la enamorada, detallaron el modus operandi de “Don Juan”. Le mostraron, en una tableta, fotos de sus distintos personajes: Pintor, hombre de negocios, productor de espectáculos y comerciante. Le enseñaron estados de cuenta de diversos bancos y compañías de telefonía. Se enteró de otras mujeres que se habían quedado esperando en el aeropuerto la aparición del amante.

 Mientras el desfile de evidencias continuaba en la pantalla, un mensaje de un número desconocido llegó al celular de ella, era de Alonso… de José Manuel: “Elvira, sé que los policías están contigo. Necesito explicarte todo. Por favor, necesito verte en el Hotel Las Fuentes, cuarto 203, en cuanto ellos se vayan. Realmente estoy enamorado de ti. Cuando salía hacia el aeropuerto para verte, ellos llegaban a mi domicilio. Por favor, déjame verte”.

 Guardó su celular y esperó a que los oficiales terminaran el interrogatorio disfrazado de cortés visita: — Entonces, señora, si desconoce el paradero del señor Rosales, si no responde en su número celular, le entrego mi tarjeta para que, por favor, me avise de inmediato si la vuelve a contactar — y se marcharon.

 Sin que su esposo ni su hija notaran su presencia o su ausencia, entró a casa, caminó a su recámara y se sentó en su cama. Después de varios suspiros, sin quitar la vista del mensaje en su celular, tomó la maleta y las llaves de su auto. Estaba dispuesta a hacer realidad la ilusión de una nueva vida. Se encaminó hacia el hotel.

 El eco de sus pisadas en el pasillo que conducía a las habitaciones la puso más alerta aún. Golpeó con cautela en el cuarto 203. José Manuel abrió la puerta inmediatamente.

 — Elvira, gracias por venir. Necesito explicarte todo: no te mentiré, lo que supongo te dijeron los policías es cierto, desde hace meses me he dedicado a estafar a mujeres a través de las redes sociales. Espero que me entiendas, así como tú te quedaste sin empleo, así mismo me pasó a mí. No he encontrado trabajo desde entonces y he podido mantenerme gracias a mujeres que están ansiosas de amor y atención…

 La lluvia de explicaciones varios minutos. Ella se mantuvo inmóvil y callada, con el cubre bocas puesto. — Mira, para que tengas un poco de confianza en mí, toma, este es el dinero que me depositaste—. Extendió la mano con un sobre. Ella lo tomó. Miró unos segundos más a José Manuel, giró con garbo hacia el pasillo, y comenzó a caminar de regreso al estacionamiento.

 De vuelta en su casa, entre el verdor de las plantas de su lugar privado, tomó el celular y marcó el número de la tarjeta del oficial. — Buena tarde, soy Elvira Santana, pueden localizar al señor José Manuel Rosales en el hotel Las Fuentes, cuarto 203. Para que lo pueda reconocer, él está gordo, descuidado y mal vestido.

Las flores de la crassula se inclinaron apesadumbradas ante el invierno que las mitigaba.

 

 

Raico y el llanto de la luna

Felipe Díaz

 

Cuando vamos al Parque Nacional, Raico abanica la cola con fuerza, brinca y da impacientes vueltas alrededor de mis pies. Estoy convencido de que se conecta conmigo, que lee mi mente y sabe cuándo y a dónde saldremos.

 

El sábado que desapareció, no hubo instinto que presintiera lo que iba a ocurrir. Brincó a los asientos traseros del auto y durante el viaje asomó alegre su cara en la ventanilla. En cuanto me estacioné, saltó y corrió con grandes zancadas para luego derrapar en las hojas secas.

 

Lo perdí de vista unos instantes, para luego escuchar su ladrido incesante. Pensé que se habría encontrado una ardilla o un conejo. Cuando llegué al lugar donde provenía el sonido, lo vi con sus patas bien afianzadas a la tierra y ladrando con vigor frente a un árbol de tamaño descomunal. –¡Raico, Raico, ven acá!– grité varias veces mientras me acercaba. Estando a unos pocos metros, el árbol se ensanchó y un gran hueco se abrió en el tronco y Raico fue succionado en él, lo devoró. Me pasmé por un segundo para luego correr y patear con fuerza la corteza. –¡Regrésame mi perro, maldito, regrésalo!– gritaba inútilmente sin dejar de arañar y pegar en la ruda piel del árbol. Busqué ramas para golpear la madera. Fue inútil, parecía estar hecho de piedra.

 

Frustrado y triste me senté en la hierba y escuché el ladrido apagado de mi querido amigo. –Se ve que lo quieres mucho.– dijo el árbol con voz áspera– Si quieres volverlo a ver, deberás cumplir un deseo. Ustedes se pueden mover, ir a donde quieran, pero yo, estoy condenado a vivir fijo a este lugar. Para recuperar a tu compañero, deberás conseguir llanto de luna y regar mis raíces con él– Luego el silencio volvió a invadir el parque. Tampoco escuchaba más a Raico.

 

No podía apartarme del lugar, no quería dejarlo encerrado dentro de ese cruel monstruo. Esperé a que anocheciera para pedirle a la luna el agua de sus sollozos, pero las ramas del árbol me impedían verla. Para tener mejor vista, trepé entonces a una piedra que tenía el tamaño de un elefante.

 

La luna resplandecía ante mí y comencé a gritarle: –luna, luna brillante, por favor regálame tus lágrimas para poder rescatar a mi amigo que está encerrado bajo la corteza de un árbol–. Grité desesperadamente hasta que comencé a perder mi voz. Cansado, me senté en la roca y escondí la cabeza entre mis rodillas. Jamás había estado tan triste como en esa noche.

 

–¿Qué te aflige, hombre? ¿por qué estás tan triste?– me dijo una voz maternal que resonaba en la tierra. Volteé rápido hacia la luna, pensando que por fin me respondía. Nada, seguía tan distante e indiferente como lo estaba antes. –Soy yo, querido, la piedra donde estás sentado, cuéntame, ¿qué te ocurre?–. Agaché nuevamente la cabeza y le contesté: –Ay piedra, he perdido a mi perro y tengo miedo que sea para siempre. Él es todo lo que tengo en mi vida. Siendo apenas un cachorro, llegó a mi casa muerto de frío y de hambre. Al principio yo no quería tener la responsabilidad de cuidarlo, alimentarlo y limpiarlo, además los perros destrozan muebles y zapatos. Yo solía alejar a los perros callejeros a pedradas, cuando llegaban a buscar comida en el bote de basura. Como aullaba triste frente a mi puerta, me compadecí de él y le di un poco de leche y pan para que se callara. Una vez saciada su hambre, volvió a chillar de frío. Sin poder dormir por tanto ruido, abrí la puerta y lo arrastré a mi baño. Ahí también continuaron sus aullidos, ahora de soledad. Fastidiado, abrí la puerta y le puse un cartón en el piso para que se echara sobre él. Cuando amaneció, estaba subido en mi cama, acurrucado en mis piernas y durmiendo con mucha tranquilidad. Ya no me molestaba su presencia, al contrario, sentí mucha calma. Desde entonces somos amigos inseparables. Él sabe cuando estoy triste o enfermo, cuando algo me preocupa o me molesta, y su simple presencia me llena de paz. Nunca me guarda rencor aunque yo lo castigue con firmeza, siempre espera mi regreso y nunca me exige nada. Aun cuando sólo duerme a mi lado, me comunica su amor–.

 

Estaba tan absorto en expresarle mis sentimientos a la roca, que no me di cuenta que el parque estaba ahora brillante, iluminado por una luz más blanca que la del sol. Cuando mis ojos se acostumbraron a la claridad, percibí la cara de la luna cubriendo todo el cielo. Estaba tan cerca que quizás hubiera podido tocarla. Me miraba con ternura. Sin decir una palabra, comenzó a llorar. Sus llanto era abundante y de plata, y formaba ríos que atravesaban el parque.

 

“¡Gracias!”, grité con fuerza y salté de la piedra. Corrí con toda la energía que tenía. Mis latidos iban aún más apresurados que mis zancadas. Todo cuanto era tocado por ese torrente, se volvía resplandeciente. Cuando llegué al árbol, las raíces comenzaban a cobrar vida en cuanto eran tocadas por la plata. El robusto tronco se abrió en dos y en el centro, agitando su cuerpo serpenteante, estaba Raico, gimiendo de felicidad. Al verme saltó hacia mi empapándome a lengüetazos.

 

El árbol hizo un ruido portentoso al quebrarse. Ramas, hojas y raíces se convirtieron en fulgurantes plumas de espectacular tamaño. Segundos después, lo que antes era madera y vegetación, ahora era una gran búho que aleteaba con vigor. Alzó el vuelo, y junto con la luna, comenzaron su trayecto hacia el manto de la noche.

 

Raico y yo observamos constantemente el cielo durante las noches claras. Ahora la luna viaja acompañada de una radiante estrella.

Miércoles, 24 Enero 2018 21:55

El vestido de novia / Felipe Díaz /

 

 

 

 

El vestido de novia

 Felipe Díaz

 

Eleazar moldeaba cuidadosamente su copete frente al espejo. La viscosa vaselina entre sus dedos limpiaba los residuos de la espesa sangre de Isabel y los enviaba al caño. Sus manos aromatizadas, ahora estaban irreprochables. La mirada de Isabel era apenas una ranura que se lanzaba por la ventana, y la esperanza corría tras ella, impulsada por un vigoroso cansancio que la urgía a escapar. En cuanto la estilizada zancada del impecable garañón cruzó el marco de la puerta, Isabel obligó a sus moreteadas piernas a olvidarse del tormento y huir. 

 Los días, la quietud y el árnica, ayudaron a que Isabel ahora dictara su biografía con palabras más amorosas. Volvió al departamento a recoger sus pocos muebles sobrevivientes. Las pisadas de los muchachos de la mudanza fracturaban sonoramente los pedazos de vajilla que se mantenían en cuadro plástico, interpretando aún su papel en la pelea. 

La joven pensaba que sólo quedaban cicatrices, pero la presencia de su exsuegra, con su arrebatada mirada, le mancilló las llagas y los ojos. El miedo, el rencor y la impotencia remolinaron nuevamente en el estómago de la muchacha. “Isabel, vengo a que me devuelvas el vestido de novia que te compró Eleazar. Él tiene derecho a rehacer su vida y se va a casar con una buena mujer. Además, dudo que tú lo vayas a necesitar algún día”.

Pensó en decenas de ofensas que vomitarle en la cara, pero se detuvo cuando vio la insulsa figura de Eleazar recargada en el poste de la esquina, con su estúpido humo de cigarro, su estúpida actitud, reflejo de sus estúpidos pensamientos. Regresó a la casa, sacó el vestido guardado con el forro hacia fuera, para que se conservara, y descubrió unas adaptaciones y composturas de las cuales no se había percatado. De sus ojos manaron algunas lágrimas que depositaron su salada frustración en los remiendos de la prenda.

Una flamante y emocionada novia se probaba el vestido. Cuando la seda se deslizaba en su delgado cuerpo, una mancha roja que vio en el forro, la hizo detenerse. Retiró el vestido y lo volteó para revisarlo. Escrito con labial, sobre el liso, un vistoso letrero escarlata le advertía:

 

¡No te cases, Eleazar es un golpeador!