Tania Hernández Rivera

Tania Hernández Rivera

Tania Hernández Rivera, Xalapa, Ver. Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Ha publicado en diferentes revistas digitales. Actualmente coordina la revista digital Pérgola de humo.

Jueves, 26 Noviembre 2020 05:41

Arena / Tania Hernández Rivera /

 

Arena

Tania Hernández Rivera

 

 

La marchita abuela se balancea en su mecedora, observa al horizonte con los ojos tan secos como la hierba de enfrente de la casa. Mira a la lejanía preguntándose cuándo volverá su hija ingrata. Entiende que en ese arenal los hombres se vayan más al norte pa' conseguí chamba; las malas mujeres como ella, esas malas madres que dejan a sus hijos a la buena de Dios, se van atrás del macho, pero su hija, esa niña ingrata se fue con una fulana, vaya a saber qué le dijo para convencerla, aunque lo más fácil es que le prometió lo que juran todos: sacarte de la miseria. Enfrente de la abuela hay una muchacha de pie entre la arena. Es tan joven que aún parecen recientes los surcos que hacía con un palo entre la hierba cuando jugaba por las tardes. ¿Qué otra cosa podría haber hecho? No podía irse muy lejos, con los otros niños y dejar a la abuela. Por las tardes era cuando más lloraba y la niña tenía miedo de que los sollozos o la tristeza la ahogaran. Así que pasaba todo el día junto a ella, rondándola como las polillas correteando las luces en verano. Ahora Salomé es una mujer y aunque ya no juega entre la arena intenta no dejar sola a la abuela que parece secarse por la tristeza. Salomé no odia a su madre ni tampoco se pregunta porqué se marchó con la Mary, aquella mujer chimuela y regordeta que solía venderse por unos centavos. No desea que se la hubiera llevado con ellas a vivir penurias más en el sur, pero quizá unas palabras de despedida le habrían hecho más llevadera la vida en el arenal. Y así se le van las tardes a la chica, pensando – igual que la abuela– en dónde estará su madre, ¿Besará, como dicen todos en el pueblo, aquella boca oscura y desdentada o solamente eran amigas en la pobreza que decidieron marcharse? Lo único que interrumpe a la muchacha de sus cavilaciones es el oído que tiene bien atento a los ronquidos del padre. Apenas se despierta, exige comida, aunque ya no haya nada en ese arenal más que ramas secas y la abuela en su mecedora; acto seguido se va a la cantina a olvidar a esa puta que la dejó por una vieja zorra. Puras mentiras, pretextos para matarse con alcohol. Es más sencillo a dejar que lo mate el hambre. Otra cosa ha perturbado hoy los pensamientos de la chica, la vigilia de la abuela y el padre durmiente: son los chiflidos de Rubén que camina hasta el viejo taller mecánico de su familia. En ese arenal no hay comida y mucho menos coches, pero el taller es el único lugar que más o menos tiene trabajo por aquellos turistas pendejos que dan mal algunas curvas y terminan en el pueblucho de Salomé. Rubén y ella se conocían desde que iban al catecismo en la iglesia. Apenas se saludaban pero siempre se veían. Hoy se miran de nuevo, se sonríen hasta donde la piel curtida por el sol se los permite. Salomé recuerda que Rosita le dijo que tuviera cuidado con el mecánico: mira como si viviera en él el demonio. La chica niega con la cabeza, ha visto al diablo antes y no vive en Rubén; éste vive en las botellas que destapa el papá a mediodía, en la pesadumbre de la abuela, en la madre que se fue con la zorra y dejó a su hija... Por la noche, en su cama, Salomé se promete que mañana que pase Rubén le hablará. Se dejarán de miradas y quizás hasta se besen en la boca, como lo hace la madre con el hoyo oscuro desdentado. Se lo promete a Dios y las cigarras le hacen coro haciendo que sus plegarias lleguen al cielo. Otro día en que la abuela marchita por la tristeza y el sol se balancea en su mecedora, los ronquidos del padre hacen retumbar la incipiente casa de madera y una muchacha con los pies entre la arena espera al mecánico para pedirle que se la lleve lejos: que la saque de la miseria, que se la lleve al sur donde todo es verde y hay ríos en donde lavarse la cara después de una larga caminata, hay plátanos y frutas de colores y nada de arena que se meta entre los dedos o debajo de las uñas… Rubén por fin pasa, se detiene un segundo para mirar fijamente a Salomé: las cigarras le han confesado el secreto nocturno de la chica. Él sonríe y continua a avanzando, pero en su cabeza ronda la idea de largarse muy lejos con la muchacha, dejar atrás el mugriento taller mecánico con carteles de mujeres voluptuosas y manchas de aceite por todos lados. Sí, en la noche irá hasta la casa de la chica y le propondrá alejarse del enorme arenal, de la abuela en su mecedora, de los susurros pueblerinos que recuerdan a la madre y su amante sin dientes… Mientras Salomé lo espera con los pies entre la arena, Rubén trabaja en el taller; escucha a su padre quejarse porque no hay trabajo, lo regaña un par de veces por la lentitud, no sabe que Rubén ya está muy lejos, contando las horas para hablar con la muchacha y pedirle que se vayan. ¿Salomé será igual que su madre? ¿Bastará con decirle que se marchen o querrá una boda fugaz en la iglesia del pueblo? No, va a convencerla de que eso no es necesario. Dios lo entenderá. Después de todo, él fue el que los puso en ese arenal alejado de su mano. Hasta el pecado se ha largado. Las cigarras cantan entre la maleza muerta, parecen entonar los deseos de los jóvenes amantes que han pasado la tarde pensando en la nueva vida que tendrán en el sur. El padre de Salomé ha estado toda la tarde roncando, mas cuando escucha el cantar de las cigarras sabe que es hora de ir a la cantina. Presta un poco de atención a la música de los insectos y sabe que su hija es igual a su madre: desea abandonarlo. Antes de irse, le echa seguro a la puerta. Esta puta no se le escapa. Salomé espera a que se vaya su padre a la cantina y que la abuela se acueste a dormir, pues aunque ella ya no ve ni escucha nada que no sean las falsas esperanzas por el regreso de su hija, no quiere que la vea marcharse con el mecánico. Se acerca quedito a la puerta para no hacer ruido, pero ésta no se abre. Alguien ha cerrado la puerta con llave. El alma le cae a los pies, su padre ya lo sabe. Nunca podrá irse de ese arenal. Se acuesta en su cama con la resignación que le enseñaron en el catecismo donde conoció a Rubén y entonces envidia profundamente a la madre que la abandonó, aquella que sí pudo irse y que desde hace muchos años no sabe lo que es tener arena hasta en las puntas del cabello. El cansancio y la desilusión han hecho que Salomé duerma profundamente, sin embargo el silencio repentino donde ni siquiera las cigarras, ni los grillos, ni las polillas buscando desesperadamente una luz a la cual aferrarse perturban la oscura tranquilidad: es el sonido de la tragedia. Afuera se escuchan voces, gritos, después un quejido y finalmente nada. Salomé corre a la puerta y exige que le abran. El padre, apenas capaz de mantenerse en pie hace girar la llave y la puerta cede. La muchacha corre entre la arena y el silencio buscando una explicación. La encuentra no muy lejos. Ahí, en las matas de un verde moribundo, está Rubén con la cabeza abierta por una piedra… Salomé regresa a su casa. Se acomoda en la cama y se duerme. En sus sueños no hay recuerdo del mecánico con la frente fracturada, sólo hay arena enrojecida y silencio. En la mañana, el padre cubre el cuerpo del mecánico con las matas en donde cayó, toma la roca asesina y la entrega a su hija: un recordatorio de que jamás se irá del pueblo. Salomé lo ve marcharse más temprano a la cantina, ni siquiera se molestó en cambiarse la camisa ensangrentada. La muchacha se sienta a los pies de la abuela y observa aquel punto muerto en que la anciana posa su vista. Toma la piedra y la avienta lo más lejos que puede. Su padre se equivoca. Un día se largará de ese maldito pueblo, aunque le tomará más tiempo. Ha elegido el mismo camino que Rubén. No tardando, en unos días o en unos meses, quizá en la noche en que las cigarras chismosas canten satisfechas de sus traiciones o por la mañana en que la abuela se balancee en su mecedora, Salomé se irá. Que el padre lo espere, no tardará mucho la arena en volver a teñirse de sangre.