Mayela Chacón Álvarez

Mayela Chacón Álvarez

Mayela Chacón Álvarez

Costarricense.

Licenciada en la enseñanza del inglés. Universidad Nacional de Costa Rica.

Microrrelatos tomados del libro inédito: Palabras del alba.

 

Microrrelatos

Mayela Chacón Álvarez

 

1

Debí limpiar mi vitrina; pero preferí dejar que la tinta invente unas palabras de más mientras se adentra la noche y deja que la humedad se cuele por mi marco despintado y sucio. La gata intenta entorpecer mi quehacer y se lo permito. Llama la atención dando giros sobre mi cuaderno y empuja mi lápiz haciéndome trazar decenas de palabras ilegibles. Así las prefiero yo, vocablos cuyo génesis, al salir quedan incompletos y tan deformes que a la hora de pronunciarse son como un regurgitar. Entonces comprendes que están acelerados tus pensamientos y que los quieres tirar de una vez para no olvidar ni una sola palabra, y que estos garabatos son parte de las bardas que he de saltar y divisar que no todo es llanura.

 

2

Prefiero estar dormida para no sentir. La mente obliga al cuerpo, pero es terco. Como una rosa que su agua en el fondo traga, y traga gotas, y bota pétalos. La angustia cae como nube de tormenta, con estruendo de retumbos que luego lo inunda todo. Me veo en un espejo roto, y mis ojos rompen la imagen, que no soy yo, pero sigo siendo desde fuera y aun así no soy la real. Mi boca rompe palabras, mis oídos son sordos; ya no soy la bella sino la bestia. Reúno pedazos y reconstruyo algo deforme. Soy sólo el monstruo que apenas ve, que difícilmente camina contando sus pasos obligados, pasos que aguantan un cuerpo que ya no es el mío, que clama a gritos su recuperación en un salón blanco donde todo está dormido, la savia de los pétalos, el cuerpo que sumiso obedece sin saber que la recolección de castigos llevará al inaplazable desenlace.

 

3

Un pájaro negro se posó entre mis cosas. Se quedó estático, confundido entre lo mío. Anidó allí. Y cada vez se arrinconaba más, se sentía cómodo y sin un solo movimiento, como hecho con mis manos, como pieza de rompecabezas o de escultura mimetizada por el musgo, sigue estando ahí sin hacerse notar, negro entre mis piezas negras, instalándose sin decir nada ni incomodar, para que no lo ahuyente. Pero yo sé que es él, el que disimula, el que existe,el ya no necesita alas porque la vida ya no le exige volar.

 

4

Parió. Trece veces parió. Parió sopa, costuras, uniformes, palabras de cansancio, de alegría, versos de canciones de cuna y ternura nació de sus labios. Parió menta para catarros, orégano para la tos, el culantro fue su perfume; el fuego y el agua, su sudor; el aceite, las lágrimas de sus ojos y sus pasos siempre aligerados. Tejió una sábana de sueños que cobijara a los suyos. Cada hilo bien pensado, color, longitud, buen aroma y calidez. Y ella con sus pies fríos, gastados de tanto pisar el mismo sendero en la solitud de su alma.

 

5

Los escondrijos de la mente tienen trampas en donde caen y ahí mueren mis palabras sin haberlas parido. Se ensombrecen y ocultan sus trazos. Las pálidas ideas vagabundean en la cima y se divisan frases que dilucidan lo cierto de lo ignoto. Bajan a recorrer los pasillos y se encuentran con el musgo maloliente de las orillas, con el hongo de sus hendiduras, y justo en la loma, resbalan hacia el fango de lágrimas en donde todos los sentimientos ablandados se reencuentran en una dimensión ajena.

 

6

Me dio un beso y me entregó su alma. Me la regaló sin saber que soy la que podría llevarle al mismo infierno. Como si con ese beso estuviera yo sellando un trato de inmortalidad y juventud eterna. Me dio un beso y su saliva se introdujo en mis poros como un río de sangre que me alimenta y me ahoga.

 

7

Parásito eres tú. Parásito de mi angustia. Me recorres. Entras. Sales. Buscas y encuentras escondrijos en donde nadie sabe que existen, pero me vas matando poco a poco, carcomiéndome los sesos, empeorando mi arraigo con desenfreno, me vas desapareciendo de este mundo seco y mullido. Y yo te lo agradezco. Busco excusas para no expulsarte. Trazo garbos que me ayudan a evitarte y que traen implícitos la conformidad y el secreto. Soy feliz en mi soledad al dedicarte un rato para sentir mi carne helada donde hurgas. Me gusta saber que estás ahí atormentándome desde dentro hacia más adentro. Mi piel luce pálida, y de mi cuerpo escuálido brotan alargados fantasmas, que traspasan muros y asustan a la realidad.

 

8

Mientras el viento golpea con fuerza mi rostro, me trae el aroma de tu piel a tierra y lluvia mansa y soleada, el recuerdo de tus toscas manos rozando mi carne con tus huellas insensibles, labran el dulce alimento para mi alma. Un sol ardiente, se quema con tu sol y se enamora de tu calor, de tu alma libre; y yo ahora celosa de los dos.

 

9

En el pasillo del intento, se acaba el tiempo, apocado por la cobardía.