Miércoles, 21 Diciembre 2016 16:26

Cuatro cuentos para niños y jovencitos

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Cuatro cuentos para niños y jovencitos

Paty Rubio

La maestra

Cuando Hermí terminó sus estudios, le dieron plaza en un poblado, que a pesar de ser poco conocido y remoto, le permitiría ser maestra de una escuela rural e independizarse por completo. Tener esa oportunidad había sido grandioso, qué mejor ocasión para salir del ojo inquisidor de su madre. Era cierto que la amaba con toda el alma, pero estaba cansada que la cuidaran con tanta exageración.

Entre las madres solteras es común sobre proteger a los hijos, pero por su condición de haber llegado al mundo con sólo cinco meses de embarazo, su madre redobló los esfuerzos. Los médicos que la recibieron al nacer, nunca pensaron que pudiera sobrevivir. Su Abu contaba que las uñas no se le habían formado, la aguja hipodérmica era más gruesa que su yugular, y no había desarrollado el instinto de mamar. Má le contó que cuando se la entregaron le dijeron que sólo un milagro la mantendría viva. Al llevarla a casa, y a falta de incubadora, la había metido en una caja de zapatos rodeada de botellas con agua caliente; y la alimentaba con un gotero; mientras la bañaba de lágrimas y rezos. Hermí creció siendo enfermiza, con un cuerpo mucho más bajito al estándar, extrema delgadez y piel pálida, casi transparente.

Mientras cursaba la carrera, luchó para convencer a su Má, que la dejara vivir independiente en un apartamento, pero le había costado mucho ruego, y aceptar las condiciones que le ponía: hacerlo cerca de la casa donde ella y su  querida Abu vivían.

Por ello pensó alegre en su primer día de escuela, en conocer el lugar y sus costumbres. Tenía una semana para presentarse en Santa Catarina. Usó el tiempo en empacar  —sólo unas pocas pertenencias—, algo de ropa y sus preciados libros. También en despedirse de familia y amigos. El día de su partida  fue a la estación sola,  había pedido  a su madre que no la acompañara, pues no quería irse con la triste imagen de verla llorando. Se despidió de ella y su Abu la noche anterior. Al salir de su apartamento alcanzó a mirarse en el espejo, que se encontraba junto a la puerta de salida;  su pálido rostro lucía una gran sonrisa.

Cuando llegó a Santa Catarina, después de día y medio de camino, vio la verde planicie con una serie de bellas casitas, y debido a la distancia parecían ser tan pequeñas como la "casa de muñecas" que tuvo cuando niña. ¡Por fin había llegado! bajó del autobús a donde una comitiva de siete habitantes la esperaba.

Le hubiera gustado ver chiquillos, pero no se encontraba ninguno; ya era un poco tarde y pensó que seguramente se encontrarían en casa resguardados del frio. La tarde-noche transcurrió entre una sabrosa cena, presentación  de las autoridades escolares y  algunos habitantes del poblado. Cuando fue hora de despedirse para descansar, la condujeron a una casita que ya le tenían preparada. Era pequeña pero cómoda, amueblada con lo necesario, de paredes encaladas, con techo de madera a dos aguas, un pequeño jardín rodeando la construcción y un cerco pintado de verde. Las maletas con las que había llegado, estaban en el interior, por lo que solo le restaba tomar un baño para retirarse a dormir.

A pesar del cansancio, preparó la clase; y después se acostó. —Será un gran día— se dijo ya casi dormida. ¡Su labor de maestra empezaría la mañana siguiente!

Se levantó más temprano de lo previsto, debido a la ansiedad que tenía por comenzar ¡Conocería a sus alumnos! Había programado llegar primero que los niños. Fue directo al salón de clases que le habían mostrado la tarde anterior; había tres, pero dos de ellos le pareció que estaban en desuso.

Mientras escribía un saludo en el pizarrón, no se dio cuenta que por fuera cerraban la puerta con llave; escuchó el click en la cerradura. Sobresaltada, caminó hacia la salida, luchó nerviosa por abrir, sin resultado. Asustada miró alrededor, no se había fijado que  las ventanas tenían grandes rejas. Empezó a vocear para que le abrieran, pero nadie respondía, pegó la oreja a la puerta tratando de escuchar y encontrar algún indicio de movimiento por fuera, pero la escuelita parecía estar desierta.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando oyó gritos y lamentos que venían de la calle.  Casi al borde del pánico, corrió hacia  la ventana para asomarse.  Lo que vio, le cortó el aliento, los niños venían camino a la escuela, pero en lugar de libros y cuadernos, traían grandes cuchillos en sus manos. Quiso gritar pero no pudo. Con dificultad alcanzó a ver en el piso a una ¡mujer sobre un charco de sangre! hacia un lado, se descubría tirada una mochila escolar.

Sintió como si la cabeza le fuera a explotar, el corazón latía apresurado, le dolía el pecho, se le dificultaba respirar, sudaba copiosamente, le  temblaban las piernas. ¡Tenía mucho miedo! A lo lejos se oían más gritos, se veía salir de las casas a niños ensangrentados y con mirar extraviado. ¡Estaban llegando a la escuela! Regresó a la puerta para tratar de abrirla a como diera lugar. ¡Escapar lo más pronto que pudiera! Sabía que si no lograba salir, terminaría como aquella mujer. Desesperada intentó derribar la puerta. Era inútil, se dolió por ser tan pequeña y debilucha. Trató de no llorar, de contener el miedo, pero le resultaba imposible. En ese momento, escuchó el timbre escolar llamando a clases, timbró una vez, otra y otra. Se apartó a un  rincón, y sentada en el suelo, encogida, cerró con fuerza los ojos , mientras el timbre seguía sonando.

 

Madre cadabra

Cuando niña afirmaba que Madre podía adivinar al ver mis ojos cuando mentía tratando de zafarme de un castigo. Imaginaba que su mirada vigilante cubría cada espacio de la casa, y que ni el baño se salvaba. Si yo hacía alguna travesura y callaba ante la pregunta "¿quién fue?" para no ser castigada, bastaba que dijera, moviendo el dedo índice, curveándolo hacia ella e indicando, que me acercara sin discutir: "Ven, déjame ver tus ojos", para saber sin remedio, que no podría sostenerle la mirada sin descubrirme como culpable. Ella podía leer en ellos si yo decía una mentira o no, según fuera el caso; pero cuando era verdad le sostenía la mirada con orgullo. Algunas veces hacía el intento de no bajar la vista aún siendo responsable; tratando así de esconder, detrás de esa valentía, mi falta; pero no pasaban más de tres segundos cuando con culpa descendía la mirada.

Al paso del tiempo, mis hermanos y yo supusimos que el sortilegio había caducado, y el ritual de "Mírame a los ojos" lo teníamos bajo control. Pero… ¡Zas!, que llega un nuevo método de adivinación: "Voy a escribir en unos trozos de papel el nombre de cada uno de ustedes y encenderé una vela, pondré los papelitos alrededor y verán cómo se acerca a la llama el nombre del culpable; así que si no quieren que la vela sea quien lo descubra y les ponga doble castigo, más vale que me digan quien fue"; lo decía con tal seguridad, que no había en el mundo quien lo pusiera en duda. No sé bien si era más grande el temor al ritual de que fuera una vela, lo que tuviera el poder de descubrirnos, o  la amenaza de un doble castigo, pero antes de que la encendiera confesábamos, y se escuchaba el "Yo fui".

Madre… sí hacía magia. Cuando me golpeaba con algún mueble por descuido o me caía, sólo con poner su mano en la parte afectada diciendo las palabras mágicas de: "Sana, sana colita de rana"… el dolor desaparecía.

También adivinaba; lo sé porque si estábamos  a punto de contraer algún mal, ella lo predecía con un "Te vas a enfermar" y caíamos a la cama, o sentenciaba "¡Bájate de ahí que te vas a caer!" un momento antes de que cayera al suelo. Y con el muchas veces escuchado: "Deja eso que lo vas a romper" antes de que se dejara oír un ¡Crac!

En ocasiones exageraba sus sentencias y artes de pitonisa. Si nos veía jugando en el hermoso comedor que teníamos en casa, donde había una gran mesa rectangular de madera laqueada y patas torneadas, misma que se protegía con un cristal biselado de media pulgada de espesor, rodeada de ocho hermosas sillas vestidas con  tapiz de flores decía: "Al que rompa el cristal de la mesa, por estar jugando donde no debe, lo mato a palos".

Una de esas ocasiones, mientras jugaba con mis hermanos a la casita, que formábamos con  las sillas y unas sábanas, en el momento que subí una a la mesa, observé despavorida cómo corría una rajadura a lo largo del cristal. Irremediablemente me vi siendo golpeada con un palo hasta ser muerta. No sabía bien qué o cómo era la muerte, sólo tenía siete años, lo que entendía por experiencia, era el dolor de ser golpeada con la chancla o el cinturón.

Sentía la cabeza hirviendo y a punto de hacer explosión con las imágenes mentales que me llegaban. No en balde había escuchado muchas veces la sentencia. Tengo que decir que Madre adivinó, porque con solo ver el terror en mi rostro supo que yo ya había muerto… pero de miedo; y a un "muerto" ya no se le puede matar, así que sólo me mandó a dormir sin cenar.

Temblando fui a la cama como único castigo.

Al día  siguiente amanecí con mucha fiebre y sorprendida por no haber "muerto a palos". El  doctor Valencia, médico de la familia, después de revisarme y escuchar lo sucedido la tarde anterior, mientras yo lo miraba con los ojos más abiertos que de costumbre, dijo que la fiebre había sido ocasionada por el susto tan grande que me había llevado. Me palmeó el hombro sonriendo y salió. Días después todos reían por el suceso menos yo.

Lo que Madre nunca pudo descubrir, con su magia y don premonitorio, fue el estado anímico que me traía entre tristeza y contento.

 

La reunión

 

Hoy hubo reunión en el cielo raso de mi habitación. Las arañas salían  de oscuros rincones,  de cajones entreabiertos, debajo de la cama. Un rastro de saliva se convertía en brillante hilo y al paso de tantos arácnidos, se entretejía una enorme tela por las paredes cubriéndolas.

El andar de cada una llegó a ser insoportable. Quedé impactada y sin moverme o pestañear. El blanco del cielo raso, se teñía de negro a causa de tal cantidad de arañas.

Puse atención al murmullo que se escuchaba. ¡Podía entender lo que se hablaba! Las arañas se quejaban del trabajo tan arduo, llevado a cabo por ellas.

—Hemos tejido sin descanso desde que nos pidieron la mortaja —dijo una araña patona que supuse la cabeza del gremio— y no vemos para cuando la vayan a usar.

—Se nos pidió únicamente tejer sin inocular  veneno, de lo contrario se aprontaría el uso de nuestro trabajo y tampoco se trataba de eso; se  suponía que el momento llegaría pronto y de manera natural- dijo una elegante y brillante viuda negra contoneando su reloj de arena.

Se levantó un estridente bla, bla, bla  que ensordecía, porque todas hablaban al mismo tiempo. Nadie se entendía o se ponía de acuerdo. La reunión subió de tono con los ánimos caldeados. Ninguna dio signos de haberse dado cuenta que un sordo y apresurado tum, tum  se empezó a escuchar ahogadamente, y que poco a poco, se fue reduciendo hasta detenerse por completo y dejó un vacío. Algo percibieron las arañas reunidas y el murmullo cesó.

Se hizo un pesado silencio en la habitación, los cuatro pares de ojos de cada una, multiplicados por miles, se dirigieron hacia mi cama. Hice el intento de levantarme asombrada… pero no pude moverme. La sibilante voz de la araña patona se dejó escuchar…

—¡La mujer ha muerto!

Samus el refri.

—Tengo mucho frío— dijo  el refrigerador, y se estremeció tosiendo.

Me siento cansado. Ya saquearon mis entrañas. La última vez que abrieron mi puerta fue hace mucho tiempo. Dejaron media cebolla que hoy  guarda moho y desprende fetidez.

En el cajón base se quedó abandonado un limón que cuando era joven, lucía en hermoso tono amarillo, vivo y brillante. Ahora su corteza es dura como piedra y de color marrón. Lo acompaña un desatendido ramo de apio, marchito y amarillento. El pobre sufre una fiera artritis que le dobla algunos de sus tallos, antaño firmes hoy lacios con el abandono. ¡Ay, aquellos tiempos, cuando con garbo se enorgullecía de la fuerza de sus hojas y su envidiable color! Enhiestas presumían un verde que deslumbraba, y rivalizaba con su compañero, el viejo limón.

—¡Que solos y abandonados hemos que-dado!— se dolió Samus.

Durante el lastimero quejido, escuchó lo que decía medio kilo de carne molida desde el fondo del congelador:

—Dices tener frío y no tienes la menor idea de lo que yo vivo en este helado rincón. Mi cuerpo está como inclemente roca añeja. Me olvidaron desde hace más de tres meses. Cuando me trajeron, era yo un corpulento trozo jugoso, de un sano color a sangre fresca. Me hicieron la promesa de aderezarme y repartirme en pequeños pedacitos, que Nora llamó albóndigas. Dijo que me acompañaría con un jugoso caldillo de tomates y chipotle.

¡Se ha olvidado de mí! Hoy heme aquí, con el aire bajo cero que circula en este cuarto,  mi cuerpo se encuentra duro y entumecido. Mi otrora color a sangre desapareció, haciéndome ver de un triste gris.

Y derramó unas cuantas lágrimas, que al momento se helaron y lo lastimaron más.

—¡Sólo muerte guardan mis entrañas!— pensó Samus.

Se escucharon pasos aproximándose. Para hacerse notar, el refrigerador esperanzado, ronroneó obligando a su cansado motor, con gran esfuerzo, a trabajar; lo único que pudo fue lanzar un ligero quejido dejando escuchar un "rrrrrr" apagado y acompañado de una rápida e imperceptible sacudida. Esperó que se abriera su puerta. Sabía que si Nora se acercaba, sería, para llenarlo con víveres jóvenes y frescos.

Pero… ¡Oh sorpresa! Le cortaron la energía, Fue muy doloroso cuando la vena que le diera vida, era arrancada del enchufe en la pared. Vio con espanto cómo descargaban y desenvolvían del empaque de fábrica, a un joven y reluciente refrigerador Wikipus color plata.

Cuando se lo llevaban fuera de la cocina, derramó gran cantidad de lágrimas, que iban dejando a su paso, una lamentable huella de humedad. De reojo vió cómo acomodaban al joven y brillante refri ahí, en el viejo rincón que hoy le obligaban a abandonar. El cansado Samus se despidió con nostalgia, de ese espacio en la gran cocina de Nora, donde vivió por muchos, muchos años.

 

 

Paty Rubio. Originaria de la Ciudad de México radica en Ensenada, Baja California desde hace 30 años. Ha publicado los poemarios Vestida con tu piel (2013), Aullido de lobas (2014), Voces de la oquedad (2015) y Bajo mis uñas (2016).

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Paty Rubio

 

Paty Rubio. Originaria de la Ciudad de México radica en Ensenada, Baja California desde hace 30 años. Ha publicado los poemarios Vestida con tu piel (2013), Aullido de lobas (2014), Voces de la oquedad (2015) y Bajo mis uñas (2016).

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