Viernes, 03 Julio 2020 05:13

El encuestador / Guillermo Martínez Wilson /

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El encuestador

Guillermo Martínez Wilson

 

 

 

 

 

I

Pase joven y dígame qué se le ofrece, estamos a punto de cerrar y por favor cierre suave, mire que los portazos me dejan las vitrinas temblando.

No, nada, no vengo a comprar. Es que estoy realizando una encuesta en el barrio.

Entonces joven, no tengo tiempo. No compro nada, consumo muy poco y con este negocio de etiquetas y calcomanías, entenderá que no estoy para ser encuestado sobre cómo andan las industrias Pyme y otras hierbas. Además es hora de almorzar. Quizá en la ferretería del lado, con mi vecino y colega, tenga mejor oportunidad ¿Me entiende?

Disculpe señor, pero es mi trabajo. Puse cara de humildad, la mejor actitud para no despertar rechazo. Era la primera regla que el instructor nos había recalcado, desde que me inscribí para trabajar por el candidato a la primera magistratura. Había sido seleccionado para aplicar la encuesta en barrios de la periferia; debía hacerla solo en negocios pequeños, evitando restaurantes, bares y locales muy concurridos y, de hacerlo, los tenía que encuestar en las primeras horas de la mañana, cuando los dueños o encargados iniciaban su faena.

El sector de la ciudad que me asignaron era bastante decadente, había mucha basura en las calles y autos abandonados. Al cabo de un rato ya había encuestado algunos negocios, también pequeños como éste, pero limpios. En todos encontré clientes siendo atendidos, pero aquí al parecer, no entraba nadie. Era un local demasiado oscuro y lleno de polvo, que se activó con el movimiento de mi entrada y el del señor que se había levantado de su poltrona, apenas distinguible en un rincón del mostrador. Todo el recinto se iluminaba solo con la bombilla de una lámpara reclinable al lado del sillón, escrita con puntitos de cagadas de mosca. Junto a éste, una mesita llena de libros y un plato colmado de colillas de cigarrillos. El aire era aún peor que el de la calle.

Sobre el mostrador, un gato con descolorido pelaje me miraba fijo, por su actitud daba la impresión que me saltaría encima, como si esperara una orden de su amo que también me observaba sin hacer ningún gesto. Para aliviar el clima tenso le expliqué que era mi primer trabajo y la candidatura del presidenciable me pagaba por las encuestas. Dejé mi carpeta con formularios sobre el mesón-vitrina. A pesar de la penumbra se podían observar cajas llenas de recortes, seguramente calcomanías. Me dijo –Joven, comprendo que usted se gana la vida en esto, encuestando futuros electores, pero yo no tengo interés alguno en estas elecciones. Así que debo despedirme porque… En ese momento una señora gorda salió por un acceso lateral y nos quedó mirando, pero se dirigió solo a él. -El almuerzo está listo, cierra el negocio porque ya voy a servir. Se dio media vuelta y cerró la puerta por donde había aparecido. El gato aprovechó de saltar al piso y se fue por el pasillo hacia interior de la vivienda.

Ve joven, mi tiempo es limitado, pero déjeme preguntarle cuánto le pagan por este trabajo de temporada, porque dura lo que dura la elección verdad. Sí es un trabajo solo de un mes y me pagan por encuesta, quinientos pesos por cada una.

Quinientos pesos, ¡válgame la virgen¡ pero eso es muy poco. ¿Cuántas personas tiene que entrevistar para que sea un sueldo decente? Este país no está nada de bien.

Lo ideal sería que lograra entrevistar a treinta en el día, y además del pago por cada una, nos dan el dinero de la locomoción y algo para una bebida y un sándwich.

Deben ser muchos en este trabajo. Hace días atrás pasó otro encuestador haciendo lo mismo que usted, igual que ahora decliné su ofrecimiento. Los candidatos son todos la misma cosa, después del voto, si te he visto no me acuerdo, ese parece el lema universal.

Al señor le faltaban varios dientes y los que quedaban estaban manchados. El local adquirió de repente más luminosidad, quizás por el efecto del movimiento de las nubes y el sol de la calle. Se iluminó desde el exterior y nuevos rayos se filtraron a través de las figuras que se exhibían colgadas como ropa tendida, casi cubriendo la vitrina.

Seguramente el que vino era de otra candidatura, pero yo creo que este candidato es serio y cumplirá lo que promete en su campaña. Además, va punteando en todas las mediciones, lo habrá visto en la prensa y en la televisión. La Encuesta SPPE lo da ganador porque ofrece transparencia y promete cambiarlo todo, se acabó la murga de los concertados para ellos mismos.

Joven, ¿qué edad tiene? Para empezar, me intriga su opinión y cómo piensa, esto no lo hace un politólogo, pero algo palpa sobre estas cosas. Y, dígame ¿En su casa son de izquierdas o de derechas? ¿O de centro?

¿Pero ha leído los sondeos de opinión…? No leo diarios ni tengo tele. Pero tú no contestas mi pregunta, en tu casa son de... Son de izquierda, mi papá es de la vieja guardia, pero su candidato no tiene ni para afiches. Pero yo soy independiente y en realidad, solo para usted, la política me interesa bien poco, mejor dicho nada. Este trabajo es por un mes, pero sé que el candidato que yo represento va a cambiar las malas prácticas de la política. Mis amigos del barrio dicen que los políticos son todos unos ladrones, pero este candidato está forrado en plata. Para qué va a robar, si le sobra. Eso es una buena garantía ¿no cree?

No, no les creo nada a Los señores políticos, como decía un carajo que me estoy acordando, y lo decía sonriendo con cara de pillo el huevón. Usted es muy joven, es casi inocente en estos enjuagues, dice que el candidato tiene mucha plata y es garantía de honradez ¿Eso piensa en serio…?

No contesté nada, él me miraba esperando una respuesta que no tenía. En oportunidades anteriores había sorteado todo bien, incluso sentía la convicción de que a los dueños de locales les agradaba ser entrevistados, se sentían dando importantes opiniones, no eludían ninguna pregunta, pero este hombre era el más difícil que había encontrado en mi trabajo de encuestador. Dirigí la mirada a unos letreros viejos de la estantería: Estampillas Fiscales, Calcomanías de Heidy. El señor me llamó al orden -Deme un formulario necesito leerlo y saber de qué trata. Me apresuré a abrir la carpeta y entregárselo –Si quiere, vuelva después de las cinco, a la hora que vuelvo a atender el negocio, ya vio que mi mujer me está esperando para almorzar.

Un poco abrumado por todo lo que me sucedía, solo atiné a decirle que no. Debo seguir encuestando y volver me haría perder la tarde, si quiere me da sus datos y firma y yo la respondo, son preguntas muy simples, son para saber cómo los propietarios de negocios quieren salir de esto de vivir enrejados después de ciertas horas, sobre eso trata la encuesta. De verdad, de política tiene bien poco.

Eso sí qué no, por ningún motivo voy a dejar que usted, un pajarito recién salido del cascarón responda una encuesta por mí. Sorpresivamente salió de nuevo la señora y lo llamó –Liborio puedes cerrar y venir a almorzar, ya está bueno de conversa, termina.

Dio media vuelta y desapareció, al parecer muy molesta. El señor tomó un gran despertador entre las cajas y, mirándolo me dijo –Bien, vuelva a las dos y media. Vaya a otras entrevistas y gane sus quinientos pesos. Yo estaré aquí a las dos y media en punto, y conste que me salto mi siesta.

Tomé mi carpeta y emprendí la salida, mientras él venía tras de mí a cerrar su local.

Definitivamente no era un buen día, era el sexto negocio que trataba de encuestar y en verdad todos los dueños se habían negado a responder. Incluso algunos se habían molestado y ahora este veterano, en un negocio decadente, me hacía esperar, pero quizás sería la única entrevista que lograría. Me senté en la cuneta a esperar que volviera a abrir. Un perro lanudo lleno de mugre pegada, se acercó en actitud cariñosa; pero su aspecto desastrado y vagabundo no me simpatizó para nada y traté que se fuera. En la mochila traía restos de pan y se los lancé, pero se negó a irse, se echó cuan largo era a dormir junto a mí. Como estábamos tan bien protegidos por la gran sombra de una gran acacia, saqué un formulario y volví a leerlo por enésima vez. En realidad las preguntas me parecían ingenuas y solo atingentes a las dificultades del pequeño comercio y las soluciones que el candidato proponía. Me puse a pensar que este trabajo era inseguro en el sueldo, pero al menos no corría riesgos. En cambio en la sección de afiches y propaganda callejera los peligros eran reales. En las tardes, al finalizar el día y de vuelta en el comando, los brigadistas que pegaban afiches llegaban incluso golpeados y zamarreados durante las peleas callejeras con las otras candidaturas. En verdad, me podía sentir aliviado, lo mío, las encuestas, no me colocaba en problema alguno, solo la mala leche de algunos propietarios, que me confundían con algún funcionario de las reparticiones públicas. En una carnicería incluso me mostraron una escopeta, porque creían que era del servicio de Salud -¡Aquí no entra nadie! Fue lo que me gritó más una sarta de insultos -¡Un pie en mi local y es hombre muerto! Inspectores, vagos de mierda, y otras cualidades que me hacen reír del trabajo que me busqué. Mi padre tiene razón quizás, cuando dice que al trabajar para las candidaturas derechistas, siempre se termina mal; pero son las únicas que pagan, las otras puro trabajo voluntario y promesas de pega cuando sean elegidos.

Me recosté contra el tronco de la acacia en el bandejón de tierra y afirmé mi mochila llena con formularios. El perro sintió mis movimientos, abrió un ojo y siguió echado en la misma posición, si pasa un auto allegado a la orilla no importa, pensé, yo estoy arriba protegido por la acera.

Las voces me llegaban desde un lugar oscuro, mi cuello se quebraba adolorido como si cargara un pesado fardo; algo me aprisionaba, silbidos y música de bandas militares. Olía humo fuerte, me sentía como un prisionero al que iban a sacrificar en un cuarto cerrado con ese gas horrible y tóxico. Estaba a pasos del fin mientras apretaba mi mochila llena de formularios. Escuchaba que alguien me llamaba, pero no era en alemán, no era mi nombre, sino pequeños susurros -Pissss… piss, hey, joven, despierte! Sentía una garra que me alzaba por un hombro, desperté y entendí dónde estaba. Había un auto con el motor encendido a unos metros, el perro estaba en la misma posición; el gas tóxico del vehículo no lo inmutaba. Al frente, en la otra acera, unos muchachos, uno de ellos en bicicleta, me observaban, quizás haciéndole los puntos a mi mochila nueva. Me levanté adolorido y sobresaltado, la garra era del señor del local que me remecía –Joven, se durmió aquí en la calle.

Miré alrededor, me arreglé la ropa, mientras él agitaba frente a mí los formularios, como si fueran un abanico. Observé sus uñas sucias y los dedos amarillos por el tabaco.

Aquí está su encuesta, jovencito. La puso a la altura de mis ojos para que la cogiera, pero yo estaba aún sin despertarme del todo y solo atiné a balbucear – ¿Esta lista? ¡Gracias!

No, no está lista. Y es más, me niego a contestar preguntas adornadas para puro espiar a los pequeños comerciantes. Joven iluso, su encuesta no tiene nada que ver con ninguna política, comprende, usted está haciendo un estudio de mercado de los negocios del barrio. Mire esto. Abrió el formulario y empezó a buscar, se saltó algunas páginas -Aquí, aquí está, escuche: Cuántos clientes entran y compran en su local al día, y ponen unos cuadritos muy monos con cifras, 20-40-70, para que uno los raye. En otro apartado: Cuánto es la venta promedio. Ve jovencito, esto no huele nada bien. Ah, y esto último ya saca de quicio, se pasa a castaño oscuro: ¿Contrataría personal gay en su negocio?

Tome su mugre de encuesta muchacho y escúcheme bien: Mi mujer, que Dios la guarde, me dio los quinientos pesos para pagarle por su trabajo, y que le conste joven, no fue su candidato; ese, que más que seguro, ya tiene negociado poner un Mall en nuestro barrio.

 

 

 

II

 

Después de dos meses y todo el país esperando el cambio de gobierno, fui citado nuevamente por a la empresa de Encuestas y Estadística. Como yo recibí la carta, nadie en casa se enteró que volvería a tener trabajo por un corto tiempo. Fui y retomé las encuestas, me asignaron a un sector que los jefes definieron como Santiago Sur-poniente. Nos dieron una cierta libertad de acción con la única obligación de preguntar a la misma cantidad de adultos mayores y gente joven, y tentarlos con el regalo de una vistosa chapita con el lema “ChileAvanza.” No comenté en casa que retomaba el mismo trabajo del año anterior, menos con mi padre que refunfuñaba porque no trabajaba como mi hermana en el supermercado del barrio. Verme ahí con uniforme rellenando naves de supermercado no era mi proyecto, en realidad no tenía ninguno; sabía que si quería seguir a mi modo debía pensar en irme de casa. Unos días fui a hacer gasfitería en casas particulares, de ayudante de un amigo de mi padre. El trató de enseñarme los secretos de su oficio, lo bien que se cobraba por destapar wáters, cambiar llaves y soldar; no me interesó para nada.

Mi Madre servía el desayuno, me indicó que me sentara junto a mi hermana, mi padre miraba la televisión sentado en su sillón.

-No mamá, porque estoy atrasado. Contesté y cogí una manzana. -Voy a un trabajo.

Mi padre refunfuño y dijo -¡Como acabo de mundo!¡Ya era Hora! Le di un beso a mi madre, ella me miró asombrada, pero sonriente.

Mientras caminaba al paradero de buses entrevisté a algunos vecinos y decidí seguir a pie porque iba adelantado al trabajo. Llegué a la Av. Matacana, donde solo era cruzar la calle y ya estar en la Quinta Normal, vieja comuna del barrio sur. Crucé el parque, me adentré en las calles y llegué a los alrededores de un sector conocido, el mismo del señor rabioso que vendía estampillas y calcomanías.

Algunas mujeres que barrían la vereda de sus casas fueron mis primeras entrevistadas. Me dieron la impresión que su ánimo era más bien triste. El gran terremoto de unos meses atrás, causó daños incluso en la psiquis de la ciudadanía. Unos hombres jóvenes como yo, bromearon con la encuesta, pero igual dos al menos accedieron a contestar. Junto a ellos, sus compañeros se arremolinaban afuera de una fábrica que se había declarado en huelga, eran trabajadores de un subcontratista que había desaparecido.

Llegué al local decadente del señor que en la ocasión anterior, de alguna manera, tanto me había impresionado. Miré a través de la vitrina, adentro era tan lóbrego como la primera vez y no había nadie. Todo alrededor del negocio estaba cubierto de escombros de las casas que habían perdido sus cornisas y cortafuegos. El terremoto que desbasto el sur del país, aquí en esta calle también causó grandes estragos, como en casi toda la ciudad.

Habíamos sido vueltos a llamar para una nueva encuesta, pero esta vez para sondear los estados de ánimo de la población. La intención política era simple, desprestigiar al gobierno que perdió la elección, ojala para siempre, como decía el monitor. Insistía en que debíamos anotar las reacciones de los encuestados cuando les dijéramos que ese gobierno perdedor, además de entregar el país terremoteado, evento no incluido en ningún programa de gobierno, obvio, nos repetía el diligente monitor como si fuéramos idiotas; había dejado millones de dólares en déficit fiscal, puentes mal construidos, escuelas hechas a la bartola y edificios públicos construidos a la buena de Dios. Nos aleccionaban a que destacáramos lo ocurrido en un hospital de Curepto en el Sur, que se derrumbó y dónde se montó un show con enfermos imaginarios para la popular Presidenta, un engaño de los partidos. Farsa que nosotros debíamos destacar, registrando a la vez los estados de ánimo de la gente, después de inyectar toda esa cizaña.

Me alejé del local pensando volver más tarde, pero al llegar a la esquina encontré al señor que venía caminando lentamente, fumaba y su vestir era el mismo, me detuve a saludarlo y me miró sorprendido, como si yo lo fuera a molestar, era claro que no me recordaba. Empecé explicándole quien era y si me recordaba -Soy el encuestador que lo visitó unos meses atrás, le explique señalando -El qué se durmió en ese árbol.

--Ah… Algo, sí algo me acuerdo, antes de la elección presidencial, ahora recuerdo, tome en cuenta mis años, la memoria no es la misma y su candidato ganó, claro…claro, ganó. Frunció las cejas y pareció reconocerme, pero se notaba inseguro, le expliqué lo mejor que pude quien era y por qué de nuevo estaba en el barrio; le enseñé las carpetas con las nuevas encuestas.

-Ah…. ahora sí, antes de la elección presidencial, el encuestador, ¡Ahora recuerdo! Hizo una pausa -Hijo mire cómo están las calles llenas de cascajos, cómo le fue a usted con el temblorcito, mire que el país quedó turulato. Un gran susto, en mi barrio no pasó gran cosa, ninguna desgracia por suerte. Solo el agua y la electricidad que se cortaron, llegaron a los tres días.

-Así es la cosa joven este corcovo de la tierra nos puso frente a frente.

Sin entender lo que me decía no me atreví a preguntarle, pero él fue más directo y dijo -La Muerte.

No supe qué contestar me puse las carpetas con los formularios sobre el pecho y me quedé mirándolo, además habíamos llegado a las puertas de su negocio. Me mostró con un gesto el frontis y agregó. –Por fuera nada, adentro en nuestro patio se derrumbó una pandereta, afectó al vecino y a nosotros, indicando la propiedad a la derecha del local. No nos llevamos muy bien, pero después del susto establecimos relaciones para reparar el daño. Por años no nos hablábamos, ahora somos uña y mugre, arreglamos la pandereta con latas y maderas provisoriamente, él tiene gallinas y yo gatos. ¿Así que tú de nuevo en encuestas? Pero ya te dije que no me interesan, las considero una intromisión de los políticos y de los comerciantes al por mayor, en este país nadie da puntada sin hilo.

De eso quería hablar, usted ve aspectos que yo no veía en la encuesta anterior durante la campaña presidencial, pero nos llamaron a sondear de nuevo y quise que usted me dé su opinión en esto, porque aprecio su manera de ver las cosas. Esta nueva encuesta no es solo por votos, ahora es por los estados de ánimo, se puede decir que son dos en una; con mejor sueldo, por quince días y hay que entrevistar solo a veinte personas diarias.

Para eso no se necesitan encuestas pues hijo, la gente quedó “pata de laucha” con el sismo grado nueve. No se enteró joven que en el Sur la gente se alteró; hasta médicos e ingenieros saqueaban de lo lindo en tiendas y supermercados. Ahora leo los periódicos, un compadre aquí cerca que tiene su quiosco me los facilita gratis, así que estoy mejor informado que la secretaria general de gobierno.

¿Quiere leer la encuesta y me da su opinión? Me miró como sospechando algo, pero al final después de encender un cigarrillo me preguntó la hora, miró mis carpetas y dijo -Entre a casa y veamos de qué trata. Cruzamos por el negocio abandonado donde me enseñó que se habían caído algunas cajas, pero nada grave, después las arreglaría, ahora no podía dedicarse al negocio. Ya en el patio amplio y bajo un exuberante parrón, me contó que su mujer viajó al Sur a acompañar a una hija que quedó con la casa en el suelo. A todos nos tocó algo esta vez hijo, el terremoto fue para todos. Así es este paisito. ¿Ve esta pandereta?: duró lo que tenía que durar, treinta y tantos años, hay que hacerla de nuevo. Ahora veamos su encuesta, mientras le echo un vistazo sírvase un racimo de uvas, allí hay una llave en la artesa para que las lave.

Tengo que explicarle que una es la que los entrevistados deben contestar, la otra es de nosotros los encuestadores, en esa debemos hacer otras observaciones que después anotamos y es privada. Son dos encuestas, en definitiva.

Dos por el precio de una. Déjelas sobre la mesa joven, voy por mis lentes y sírvase uva. Se dirigió al interior de la casa, dos gatos llegaron a restregarse en mis pantalones, me dediqué a elegir un racimo del parrón. El señor volvió y se sentó a leer, después de una ojeada rápida dijo -Este formulario para el público es pura chamuchina, a ver… a ver. Y continuó leyendo en silencio, yo comía la uva grano a grano y lo observaba, los gatos seguían haciéndose los cariñosos con mis piernas. Cada cierto tiempo en la lectura, hacía un gesto o se llevaba el dedo a los labios como silenciándose. Después de un rato me preguntó

¿Tú lo has leído completo? Esto es intriga pura y es más descarada, porque es la misma campaña que viene metiendo la prensa, claro que más sibilinamente. Total, la prensa es de los mismos que mandan ahora. Desprestigiar, de eso se trata y los tontones de la supuesta izquierda que se las sabían todas, no tienen ni un diarucho siquiera, menos canales de televisión ni radios. Cómo van a contrarrestar la campaña que recién empieza. Pero la gente no es tan tontona -le respondí- cómo para tragarse todos estos rollos de intriga y sibilinadas como usted las llama.

Después le explico qué es sibilino. Hijo lo importante es que se quiere hacer leña del árbol caído con toda la parafernalia de medios que tienen y esto de encuestar puerta a puerta es súper valorado por los estrategas, y que la gente no es caída del catre, pase, pero me temo que una gran mayoría sí lo es. ¿Cómo se explica el resultado de la elección? Pero es bueno que vaya aprendiendo como es la política y los intereses que entran al baile.

Pero siempre hay que luchar por la verdad, pero teniendo claro que ahora trabajas para un grupo de intrigantes interesados en desprestigiar a sus enemigos. Esa es la intención de esta aparente y solidaria encuesta, bajo el pretexto de que se preocupan de la gente que afectó el terremoto. Es terrible, introducen cizaña y mentiras. Claro que hubo errores, y de los logros nada se dice en esta encuesta. Por eso la ignorancia, este es mal del mundo y la mala memoria.

Yo soy viejo y entiendo que es el único trabajo que has logrado. ¿Qué estudios tienes? ¿Sabes conducir vehículos? Por ese lado siempre hay más posibilidades ¿Qué tal la uva? Esa parra da moscatel. Sírvete, voy a tener que salir a regalarles a los vecinos, este año fue muy abundante. Y me muestra la infinidad de racimos entre las hojas. Una voz del otro lado de la pandereta nos interrumpió -¡Vecino, vecino alguien golpea la puerta afuera, tiene visitas. Se levantó rápido de su silla, dio las gracias a la voz y fue a abrir. Al pasar me comentó -Ahora ni abro el negocio. Voy, espera tranquilo.

Volvió acompañado de un señor mayor y fui presentado como El encuestador. Me levanté a saludar mientras el dueño de casa iba por una silla más cómoda, porque las del patio eran de buen mimbre pero ya bastante destartaladas. Los gatos me abandonaron y se fueron a ronronearle al recién llegado, que me miraba como sorprendido o porque su vista le fallaba por los años. Vestía formalmente con corbata y traía un maletín gastado de cuero.

Asiento amigo Menares, mientras le acomodaba la silla. El visitante me miró y preguntó mi nombre agregando -Hay que hacer las presentaciones.

Ángel -le contesté. Nuestro anfitrión, se presentó levantando su dedo -Liborio Pérez y aquí mi amigo y colega el profesor Menares.

Ex mi viejo amigo, ya somos para todo ex, pero recuerdo como lindos tiempos esos de trabajar en la docencia, ahora ya somos historia.

-Y este joven a que se dedica de verdad, le preguntó a su amigo.

Ya te dije, este muchacho de visita en casa es encuestador.

-Ah... pero ese no es un oficio. Estadístico si es una profesión, es una de las ingenierías.

Don Liborio le ofreció lavarle un racimo de uvas, lamentablemente no tenía nada más que ofrecer, solo uvas o un vaso de agua. Menares declinó el ofrecimiento y prontamente dejo claro que él sí tenía algo, y tomando su bolso de cuero extrajo una caja de vino, llamándola “Su Cartonier”.

Don Liborio se olvidó de mi presencia, se entretuvo conversando a viva voz con su amigo. Era notorio que a Menares le fallaba su audición porque había que hablarle a gritos. La voz del vecino de nuevo anunciaba a alguien en la puerta. Acompáñame muchacho y arreglemos el timbre de una vez por todas. Le dio gracias otra vez al vecino invisible y fuimos. Abrió la puerta y dos señores saludaron.

Hace rato que tirábamos el cable del timbre y nada Liborio. Uno de ellos hizo un movimiento con su cabeza ¿Y este muchacho, es tu nieto? No es un amigo. Y entraron atravesando el local oscuro hacia el patio. El otro traía una bolsa donde entrechocaban botellas. Me saludó estirando su mano -Muñoz, Arsenio Muñoz para servirle ¿Y usted joven cuál es su nombre?

-Ángel, me llamo Ángel.

Volvimos al patio. Ya habíamos comprobado que el cordel del timbre no funcionaba, se había desprendido de un tarro con tuercas y piedrecillas que colgaba frente a la puerta de la cocina. Todo consistía en amarrarlo al tarro que, al tirarlo desde la puerta del local, cumplía la función de campana.

Los recién llegados ya conversaban alegres con Menares. Ven muchacho, ayúdame –me llamó don Liborio. Cruzamos la amplia cocina y entramos en una sala de finos muebles, un poco desordenada. Me quedé observando un cuadro. Don Liborio me pidió ayuda con una mesa, la pulsamos, después cambió de parecer y dijo -Mejor no, si le cae vino mi mujer arma safarrancho, esta mesa era de su madre, es fina de otros tiempos, mejor saquemos la que está en la cocina, esa es más de batalla. Debimos desocupar una mesa llena de ollas y trastos no muy limpios. Esta sí, y salimos al patio pidiendo espacio para instalarla.

Y ustedes dónde andaban -increpó Menares- y se levantó de su silla con el vaso de vino en la mano. Brindo compañero Liborio, por la amistad de tantos años, de cuando empezamos juntos nuestra vocación de profesores Normalistas, aunque a ti te exoneraron porque nunca callaste tu ideales. Don Liborio se dio vuelta y dijo -voy por unos vasos. El resto debieron esperar a que los trajera, además de un jugo rojo para mí. Tú andas trabajando y estos amigos están de celebración como puedes ver. Le agradecí y le anuncié mi partida y que vendria a visitarlo en otra ocasión 

-No espera un rato, deja que pase el calor.

Uno de sus amigos escuchó algo y dijo –Joven quédese, aquí está en una Arcadia, indicando el parrón. Hizo un gesto con la mano a los demás ya acomodados alrededor de la mesa. Con su cara rosadita, quizás por el vino que bebía con el placer de un adicto, se inclinó diciendo -Desde que jubilé, la buena vida hijo, que más nos queda. Me sonrojé sin saber que decir. Lo que estaba claro, era que averiguaría que es una Arcadia.

Mi papá a veces se reunía con amigos del barrio, mi mama nos decía que eran las reuniones de núcleo del partido, se iban al fondo del patio de la casa donde teníamos una casucha de madera que alguna vez sirvió para arrumbar trastos viejos. Pero esta reunión de hombres mayores en casa de don Liborio era más alegre, hablaban de todo, de mujeres, de chascarros que les habían sucedido y lo más divertido, de las enfermedades que ahora los aquejaban. Siempre que tomaba la palabra el profesor Menares, que le interesaba la literatura como a mí, los demás lo escuchaban atentamente. Imaginé cómo sería su vida de joven, porque ahora parecía frisar ya los setenta bien llevados. Solo se notaba que su oído derecho estaba en franco deterioro, porque cuando le hablaban ponía la mano en su oreja, cosa que no hacía con el lado izquierdo. Lo importante es que él insistía en temas en torno a los libros. En un momento el señor Muñoz se me acercó, diciendo algo cómo que Menares se rayaba con sus temas y dijo en tono burlón -Con un poco más de copete se pone a recitar a autores que no conoce nadie. ¿Y bueno, usted joven… cómo se gana la vida? Me incomodó el tono de su pregunta. Por ahora trabajo en una empresa que realiza encuestas. Al parecer no es un trabajo muy pesado, verdad –afirmó sonriente y con ironía.

No crea, no es tan fácil ir por ahí quitando tiempo a la gente, haciéndole preguntas. Aunque a veces termino la ruta en una mañana, rara vez me lleva todo el día. Pero la verdad señor, solo para usted y con plena confianza le cuento, llevo mis propias estadísticas: ahora agarro la mochila con encuestas, me vuelvo a casa, prendo la televisión… y yo mismo las contesto.

Visto 271 veces Modificado por última vez en Sábado, 04 Julio 2020 05:44
Guillermo Martínez Wilson

 

 

Guillermo Martínez Wilson nació en El Barrio La Chimba, Santiago de Chile en 1946. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Aplicadas de la Universidad de Chile, Facultad de Arquitectura. También cursó estudios en la Escuela de Grabadores Forun Grafik en Malmo, Suecia. Fue Director de la Sociedad de Escritores de Chile y colaborador en diversos medios periodísticos cómo: Diario Atacama, Diario Chañarcillo y Página virtual AtacamaViva. Ha publicado El juicio final y otros cuentos en 2006, Entre pata de cabra y cantina y Los Caballeros de La Sirena Negra en 2011, El Traductor en 2016 y Josefov en 2019.

Actualmente el artista trabaja en su nuevo libro de cuentos, del que ésta muestra de anticipo forma parte. Además, paralelamente desarrolla su obra como destacado grabador, en la que observa, recupera y exalta, con profunda y certera mirada poética, escenas en luz y sombra de hechos, oficios e imaginarios atávicos de nuestro continente.

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1 comentario

  • Enlace al Comentario Juan Perez Leyton Sábado, 04 Julio 2020 16:41 publicado por Juan Perez Leyton

    Excelente Guillermo, me gustó mucho tu relato. Ahora está mucho mejor. Sigue escribiendo estimado amigo.
    Juan/Melker

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