Jueves, 26 Noviembre 2020 06:00

Por un puñado de pesos Héctor Justino Hernández

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Por un puñado de pesos

Héctor Justino Hernández

 

 

Lalo caminaba por Calle Real, a su lado iba Alfonso. No llevaban prisa. Al contrario, su andar acompasado tenía la cadencia de los perros recién alimentados que se dirigen a sus ocupaciones diarias. Solo que esto era una apariencia, una ficción, el intento de parecer más rudos de lo que realmente eran. Llevaban un día entero sin comer y no estaban seguros de cuánto más sería así. Atardecía. Grupos de jóvenes con uniforme escolar volvían a sus casas, trabajadores de oficina esperaban en las paradas de camión. El tráfico que precede a la noche era denso y polvoso. Hacia los cerros, gruesas nubes se acercaban a la ciudad. Del otro lado, un sol dejaba caer sus rayos oblicuos, manchando de luz los techos. Lalo tenía su mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón, en secreto jugaba con las últimas monedas que le quedaban. Tanto tiempo había hecho esto que su mano comenzaba a sentir el calor de la fricción. Miró de reojo a su amigo. Alfonso tenía el cabello restirado con gel hacia atrás, se le notaban los surcos del peine. Su nariz, gruesa como un higo, tenía puntos negros visibles aun a la distancia. No pudo evitar una sensación de asco. Su amigo lo había apoyado en momentos difíciles y por eso no le decía lo que pensaba. No obstante, Lalo estaba seguro de que en cuanto la fortuna le sonriera, se largaría a un mejor lugar, donde podría olvidarse del barrio, de su familia, de todo. Y a lo mejor, entonces sí, le diría al otro un par de verdades.

—¿Te queda algún cigarro? —preguntó Lalo.

—Déjame ver. —Alfonso extrajo la cajetilla de su pantalón. Traía justo dos, le ofreció uno a su amigo y decidió que era buen momento para fumar el otro. Mientras Lalo encendía el suyo, su compañero comenzó a hablar, como para romper el hielo que se había instalado entre ellos desde hacía un par de cuadras:

—Te decía, de Marcela, yo creo que es una morra bien, no una desas güilonas. Namás que su mamá le ha metido ideas. Cree que no soy bueno y que namás la voy a engañar, pero ¿sabes?, yo la quiero bien, a veces, ya te dije, que nos peleamos, pero no es como si nos fuéramos a agarrar a madrazos. Igual y la convenzo de venirse conmigo.

—Pelas.

—Aguanta, sin albur.

Llegaron al río que atraviesa la ciudad. Sobre el puente, Lalo se detuvo mientras dejaba que el cigarro se le acabara en la boca sin apenas aspirarlo. Alfonso se detuvo a su lado. Quién sabe si seguirá pensando en Marcela, se dijo Lalo. Ya estaba harto de escuchar la misma cantaleta sobre aquella mujer. Pero no le decía nada a su amigo porque lo estaba acompañando a arreglar sus asuntos, y eso era de banda. Se recargó en la balaustrada. Dejó caer su peso sobre ella. Sintió el frío de la piedra enterrarse en su abdomen. Disfrutó del vértigo ante la perspectiva del vacío. Abajo, el agua se precipitaba hacia una pequeña caída que estaba más adelante. Un puente de metal conectaba dos edificios altos, separados solo por la corriente. Pensó que antes, a lo mejor, ambas construcciones pertenecían a una misma persona, y se imaginó una mujer con un largo vestido, como en los libros de texto de historia, que atravesara de un lado a otro el puente para reunirse con su amante. Un hombre fuerte que le brindara una pasión oculta, pero tempestuosa. Él podría ser ese amante. Sonrió ante la idea.

—¿Qué pedo?, ¿ya no vamos a ir?

Lalo arrojó la colilla con restos de brazas al río. La vio caer y perderse.

—Sí, vamos. Es que quería acabarme el cigarro con calma

—dijo, mientras se alejaban de la balaustrada y continuaban su camino— ese puente está chingón.

Desde que había perdido el trabajo, Lalo había decidido no hacer nada. Al menos no por un tiempo. Cindy, su novia y madre de su hijo, le reclamaba que el dinero con el que comían lo obtenía ella de su trabajo y de préstamos, ¿y qué hacía él? Cuidaba al niño, pero solo medio día, porque en las mañanas iba al kínder. Y por las noches llegaba ella. No podía quejarse, no era un trabajo de verdad. Y aparte de eso, nada más. Pero él no estaba para discusión, cuando ella andaba de malas y le reclamaba algo, Lalo salía al patio y fumaba un rato hasta que dejaba de escuchar la voz de Cindy, entonces entraba y trataba de hacerle el amor. A veces funcionaba y se contentaban unos días, a veces no y ella volvía a reclamarle. Entonces él salía e iba a las canchas de la colonia para no tener que escucharla más y volvía ya noche, cuando estaba dormida o a punto de. Esta rutina apenas tenía tres semanas, pero ya lo sentía como una eternidad. La liquidación de su último empleo estaba congelada, nadie quería darle razones y tampoco la cara.

—Oye, Lalo, te estoy hablando.

—¿Qué pedo?

—Que si pasamos por unas tortas antes de ir, tengo hambre y no podría hacerlo con el estómago vacío. Desde ayer no comemos. —La noche anterior se habían ido de juerga al Bar de don Pedro y se habían divertido a pesar de lo poco que llevaban.

—Creí que no tenías dinero.

—Bueno no, pero yo creo que me alcanza para unas tortas. ¿Le entras?

—Pues si me invitas.

—A quién le dan pan que llore —Alfonso rio.

Caminaron todavía un par de calles hasta encontrar un restaurante: Tortas Sammy. Se sentaron en la barra pegada a la pared y se comieron las tortas despacio, como si el día fuera eterno y no tuvieran más destino en la vida que comer. Alfonso otra vez hablaba, de Marcela, de las mujeres, de las mujeres que a él le gustaban, de las mujeres que a él le gustaban pero no le hacían caso en Tinder. Cuando terminaron volvieron a la calle, Lalo no tuvo más opción que invitar un agua con lo poco que traía. Y mientras pagaba pensó en lo maldito que era Alfonso por dejarlo gastar sus últimas monedas. Sin embargo, no dijo nada porque su amigo lo estaba ayudando en esto. Pensó que había esperado demasiado tiempo, que había intentado no alterarse, pero lo único que hacían era engañarlo. Ya verían ellos si no se las cobraba de alguna forma. Si no les daba una advertencia para que no anduvieran espesos, diciéndoles que no había llegado la liquidación, que volviera otro día cuando hubiera venido el supervisor. Llegaron al fin al hotel cuando comenzaba anochecer. Alto, con sus ocho pisos, azul oscuro, de grandes ventanales. Lalo le indicó a Alfonso que se trataba de ese. La noche anterior había pasado ya tarde para dejar un par de piedras grandes escondidas a plena vista.

—¿Estás listo? —dijo Alfonso.

—Espera... voy a preguntar una última vez.

Entró y al poco rato salió de nuevo, no parecía contento, no parecía nada. Pero había algo diferente en él.

—¿Qué te dijeron?

—Vamos a darle.

Se alejaron, dieron una vuelta a la manzana y esperaron un rato, cuando regresaron al lugar traían gorra y lentes oscuros y un paliacate que les cubría la mitad del rostro. Recogieron sus piedras y juntos las lanzaron contra los cristales del hotel. Corrieron. A sus espaldas escucharon los vidrios caer y el barullo de la sorpresa. Atravesaron la calle, sorteando los autos, se internaron en la ciudad. Tenían un plan trazado, no los encontrarían, se meterían entre las colonias, irían por unas mochilas, se cambiarían de ropa, no había forma de descubrirlos. Lalo sentía su corazón ladrar como un perro de pelea. Todo saldría bien, se dijo, y nunca le diría a Alfonso que sí le habían pagado, que en su bolsillo derecho donde otrora llevaba unas cuantas monedas y un encendedor ahora estaba el sobre de su liquidación. No se lo diría porque no quería invitarlo a comer, no quería que después le pidiera parte de ese dinero. Conocía el valor de Alfonso y no perdería por él ni un peso más.

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Héctor Justino Hernández

Héctor Justino Hernández

(Córdoba, Ver., 1993): Publicó el libro Dimorfismo (2019). Ha escrito ensayos y cuentos para diversas revistas. Coordinador general de la revista Tintero Blanco. Es egresado de psicología y estudiante de Lengua y literatura hispánicas

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