Sábado, 28 Noviembre 2020 04:21

La muchacha-caguar, pájaro con virtud / Guillermo José Fernández Ampié /

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La muchacha-caguar,

pájaro con virtud

Guillermo José Fernández Ampié

 

 

 

Desde muy pequeño Lindolfo Rayovak soñó con atrapar un animal que tuviera virtud, pero comenzaba a alcanzar esa edad en la que se pierde la fe en deidades y prodigios. Lo único que había logrado capturar hasta entonces eran chacalines, guardatinajas, guatuzas, cusucos y una que otra danta con las que habían conjurado muy bien el hambre y la soledad de la montaña.

Sin embargo, en los descansos realizados mientras monteaba en busca de una sabrosa cena, Lindolfo se distraía e inadvertidamente volaba sobre la colosal floresta que le rodeaba (en el lugar que le vio nacer el cielo tiene una tonalidad verde y carece de nubes), y en su gradual ascenso volvía a él la inquietante certeza de que encontraría la criatura con  misterioso poder para transformar su vida. El abuelo así lo había prometido cientos de veces.

Cierta tarde, al regresar del platanal salió a su encuentro una hermosa vaquilla. Blanco como un resplandor, el animal mugía alocadamente mientras movía la cabeza a uno y otro lado como ofreciendo alguna indicación. Parecía sonreír al indígena, bailarle desafiante. El deseo de atraparla mordió los pies de Lindolfo y puso en circulación su ardiente veneno. Le eran familiares los relatos de vaquillas con virtud.

¡Ah!, si atrapas una, serás el ganadero más rico de la región; traen poderosa fortuna.

Corrió tras al semoviente, pero éste parecía flotar sobre el sendero. A punto estaba de alcanzarle cuando el animal se esfumaba ante sus ojos, para luego reaparecer metros más distantes. Así la correteó por un buen trecho hasta que la vaquilla se internó en la montaña, desde donde llegaban sus mugidos, aunque él ya no lograba verla.

Lindolfo no supo si la vaca mugía para atraerlo o nada más se burlaba de él, pero como la necedad por atrapar un sueño para salir de la escasez lleva a pensar con torpeza, no dudó adentrarse a la selva tras las huellas del enigmático animal. Por suerte, el ángel que acompaña a los mískitos aunque no hayan sido bautizados le advirtió del engaño: A las reses no les gusta adentrarse en la montaña, así lo deseen los tigres. Y solo las vacas del demonio desafían a los jaguares.

Tras recibir el pensamiento como una revelación, Lindolfo deshizo lo andado corriendo veloz y atolondrado, tropezándose con raíces y reventando los densos bejucos que engalanaban los árboles. De regreso en su ranchita contó lo sucedido. Comprobó con cierta tristeza que aún lo alentaba un sueño del que no pudo deshacerse siquiera durante esa agobiante carrera. Por eso, poco tiempo después lo obsesionó la idea de apoderarse de un escarabajo con virtud. Comenzó entonces a buscar a esos escurridizos animalitos que muchas veces desde las orillas de la montaña le habían contemplado sin parpadear, con sus ojillos bermejos, mientras él se esforzaba por ahuyentar a los congos que bajaban hasta sus frutales y se burlaban con gestos obscenos.

Tal fue su empeño que una descuidada noche logró aprisionar uno, quizás el más confiado de todos los escarabajos-virtud, que se atrevió a llegar hasta la misma entrada de la choza como invitado a alguna velada. Lindolfo lo capturó ayudado de candiles y sábanas de retazos multicolores. En sus manos el escarabajo ostentaba una espectacular cornamenta que le daba el aspecto de un diminuto alce. Su caparazón reflejaba a una vez todos los colores posibles. Amigo de innumerables insectos de la selva, Lindolfo jamás había visto un bicho de esa naturaleza. Lo encerró en una caja de fósforos que luego envolvió en un pañuelo y ató con decenas de nudos a la cumbrera de su rancho. Se acostó feliz.

Al día siguiente despertó apurado para contemplar el tesoro a la luz del sol. El atado estaba tal como lo había dejado la noche anterior, pero su ilusión había sido saqueada. A Lindolfo ya no le importó si tenía o no virtud, se habría contentado con admirar la magnificencia del portentoso escarabajo. En vano se esforzó por encontrar sus huellas, y ahí mismo supo que nunca más vería otro igual…

Mucho tiempo después, convertido ya en hombre, descansaba tras nadar largo rato en el río cuando escuchó cantar a lo lejos un pájaro-caguar. De todas esas insólitas aves –un trozo de noche que vuela cargando un diminuto sol aferrado a su pecho–, una de ellas posee el encanto de la virtud. Como palmera talada por la tormenta se desgajó el anhelo de su infancia. “El caguar, si pudiera atrapar un pájaro-caguar”, pensó unos segundos, pero dejó que la idea fuera arrastrada por la corriente como ofrenda a los espíritus del río.

Nadie sospecha cuándo aparecerá un ser encantado ni la forma que tomará, pero el indígena supo, desde que la vio llegar a su rancho una mañana de marzo, que esa muchacha de cotona gris, tez oscura tez y cuerpo ligero, le entregaría un tesoro con el que él sería capaz de crear árboles, agua, lluvia, vientos, sol, tierra, bananos, casa, vida, y más. La montaña ofreció algunos indicios. Ese verano las chicharras cantaron con mayor algarabía y, desde que ella llegó, la calurosa soledad que cubre la selva cada tarde se disipaba con mayor rapidez. En el río, los espíritus sonreían.

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Guillermo José Fernández Ampié

Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México y Maestro en Literatura Hispanoamericana y de Centroamérica y Licenciado en Artes y Letras por la Universidad Centroamericana (jesuita), de Managua, Nicaragua.  Ha publicado algunos relatos en suplementos culturales nicaragüenses y sobre la realidad latinoamericana en diversos medios digitales.

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