Viernes, 09 Marzo 2018 17:19

El Mundo es Una Fuente* / Oscar Escoffié Padilla /

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El Mundo es Una Fuente*

Oscar Escoffié Padilla

 

Mi vida, charquito de agua sucia…

(Manu Chao)

 

¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre? Pero el líquido vital invariablemente conoce su destino, sabe con certeza a dónde debe ir, y va. Los hombres no.

            Aunque podía dar un uso casi normal a mi pie izquierdo, nunca me había abandonado completamente cierta molestia que se agudizaba durante incrementos de actividad en que lo incluyera. Precisamente como durante aquel anochecer en que caminar y caminar era seña del sinrumbo existencial que, a pesar de las certezas rutinarias que muestran una agenda, un currículum vitae, un álbum fotográfico o alguna charla, interpretándose comúnmente como direccionales, por lo menos en algún grado conscientes, calculadas, pertenecen más bien a las insondables entrañas de lo inconscientes en el Yo, a los accidentes del azar y, sí, también, a un desdeñado, o casi siempre mal concebido mundo espiritual.

            Entonces, ante el dolor incrementado en el pie, opté por detenerme a descansar en la orilla de una jardinera pública que pronto me hizo reflexionar en la contradictoria naturaleza de lo que en ella convivía: la piedra y el agua. Era una fuente.

            Que el agua nunca cesa de andar: sube, cae, se hace olitas. Jamás descansa. Ni siquiera cuando aparenta una superficie tan plana que se antoja pisable, andable; en el cielo, al condensarse, debajo de la tierra, dentro de nosotros…

            Y promulgaba sonoramente su condición infinita la fuentecilla aquella, ante las otras movilidades menos perennes en su andar también predicado esa noche: un carro camotero sintiéndose locomotora en el vaporoso grito, automóviles, voces y demás citadineces, pero sobre todo pasos.

            ¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre? Veía, atenuándose mi dolor en el pie, desfilar en múltiples sentidos a la gente. Ni uno sólo parecía darse cuenta de que ignoraba a dónde iba. Pero tal como en mi caso, aunque esta veracidad se apoderara de ellos, eso no les sería de gran utilidad; pese a mis reflexiones tampoco yo sabía a dónde había marchado mi vida entera, ni lo que vendría después, ni el origen ni el fin último de mi meditación. Se cree ir al trabajo, de compras, se alucina dirigirse al hogar, a la cita, al concierto… Pero supongo que la vida es bastante más que eso que se llama encuentro o geografía.

            ―Con su permiso joven.

            El viejo se acomodó a un metro de donde yo estaba, soltando simultáneamente, justo en el instante del asiento, una exhalación de descanso y una humareda que le había aspirado al sinfiltro entre el par de tallos secos: índice y anular.

            Cuando se acercó traía consigo una mueca que sin mucha dificultad se podía interpretar de gran tristeza, y que forzó en un bosquejo de sonrisa cortés. Pero como yo no expresé ni similar cordialidad patética, ni respondí a su “con permiso, joven” cuando se sentó, en los minutos posteriores lo noté simplemente serio, aunque no enfadado; y mirando de reojo me pregunté si acaso no sentiría la quema del carboncillo entre sus flacos dedos ya casi consumido el cigarro.

            La piedra y el agua seguían su debate. Yo las miraba y oía embotado cuando a pesar del ruido ambiental se escuchó el expiro serpentino del cigarro aventado hacia ellas. Furia última de un condenado a muerte que maldice a su verdugo, un ojo vivo que de un knockout es apagado. Me volvía al viejo, y encontré que me miraba al tiempo que dirigía hacia mí la oferta de la caja de pitillos.

―No, gracias.

Él encendió uno nuevo, dejó pasar varios segundos, y cuando yo volvía al hipnotismo de la fuente, soltó:

―Está bien que no fume. Luego uno se arrepiente del vicio… Yo le decía a mis chamacos, ahora ya están grandes todos, pero cuando estaban chiquillos les decía que si los cachaba con el cigarro me las iban a pagar; porque ya sabe que no falta quién en la escuela o de los amigos los anda sonsacando. Y mire una vez…

Regresé la vista a la fuente con gesto apático dándole a entender que no me interesaban sus historias. Y si no lo interpretó así, o si no le importó no lo sé, pero tuve que batallar durante los tres cigarrillos que consecutivamente encendió, con sus palabras que fluían sobre mi dureza. Tres veces también el ojo fue apagado.

―¿O usted qué opina?

La pregunta me sorprendió cuando notaba yo que el sonido de los pasos en la ciudad disminuía porque la noche adelantaba.

―No pues está bien… -contesté maquinalmente y un tanto avergonzado de mi ignorancia sobre el motivo de su pregunta. Realmente no lo había estado escuchando. Pero para mi sorpresa el anciano sacó bríos y respondió:

―¿¡Verdad que sí!? ¡Es exactamente lo que yo les digo!...

Y siguió entusiasmado con una historia que me parece hablaba de suegras, hermanos, y vecinos. Alguien había querido asesinar con brujería a otro, pero alguien más lo había descubierto por culpa de un canario, o un ave de ésas, y al final el héroe era quien me lo contaba, aunque no recuerdo bien qué tenía que ver un licorero mencionado con énfasis en algún momento de la plática. Sólo recuerdo con claridad que pensé aquél dicho de física elemental y avanzada sociología: “El agua siempre busca su nivel”.

En la fuente, aquélla era negra y luchaba contra golpes de luz. Su sonido lo conoces: de cristales hirviendo, de música fresca, de risa vital, de una rotunda certeza en el rumbo… Las nalgas me dolían a causa del duro asiento. El pie estaba de nuevo como si nada y le ensayé algunos movimientos levantándolo ligeramente, cuando de pronto otra agua estalló: el viejo lloraba. Me gire hacia él y siguió con lo que yo desconocía:

―¿O no haría usted lo mismo? Digo, con todo respeto joven: ¿o estoy yo mal?... Usted que se ve que es buena gente… digo, discúlpeme joven –secaba sus lágrimas con el dorso de la mano- a lo mejor hasta le estoy quitando el tiempo y usted tiene que ir a algún lado… (¿Será porque el hombre está hecho sobre todo de agua que busca curso siempre?) Discúlpeme -añadió ya más tranquilo- pero ellos dicen que no.

“¿Ellos?” No tenía la menor idea de a quiénes se refería ni en relación con qué. Pero esos ojos acuáticos sobre bolsas que parecían dátiles del desierto me miraban, sentí me rogaban una señal. Así que de nuevo irreflexivamente expresé:

―Está usted bien.

Y en un remate de absurdo añadí:

―Usted nada más no les haga caso.

Una iluminación, que me hizo pensar en la blanca que batallaba sobre el agua oscura en la fuente, bañó el rostro de los dátiles. E irracionalmente, como si tuviera yo algún mérito, me sentí orgulloso al ver su reacción.

―Bueno, discúlpeme joven, ya le quité mucho tiempo, y ya es noche. Discúlpeme… Que pase buenas noches.

Y el sonido de sus tacones marcó el rumbo, como el mío mis pasos. Y en tanto comprobaba que mi pie se había repuesto, de pronto lo comprendí: No, el hombre no es agua, el hombre es piedra.

                                              

 

*Tomado de “La Basca de Oro”, Instituto Mexiquense de Cultura, Colección Piedra de Fundación. 2004.

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Oscar Escoffié Padilla

Óscar Escoffié Padilla, escritor y periodista, es autor de los libros La Danza del Cuervo (poesía, prólogo de Roberto López Moreno, Editorial Keal, 2001); La Basca de Oro (cuento, Instituto Mexiquense de Cultura, 2005); Mili y su Amiga la Computadora (narrativa infantil, Editores Mexicanos Unidos, 2005), y Arraigo Domiciliario (novela, Versodestierro, 2009).

A través de sus textos literarios y periodísticos, o por entrevistas que se le han realizado, desde 1993 ha tenido presencia en radio, televisión, internet, antologías y, por supuesto, prensa escrita -nacional y extranjera.

Fue finalista en la convocatoria de cuento y crónica literaria de Canal 22 en el programa “Espacio 22” por su cuento “Día Feriado”. Autor por concurso en el Fondo Editorial del Instituto Mexiquense de Cultura, con su libro de cuentos La Basca de Oro, y ganador del Premio Nacional de Novela “Enrique González Rojo Arthur” con su libro Arraigo Domiciliario.

Aparece compendiado en el Diccionario Bibliográfico de Escritores de México del Instituto Nacional de Bellas Artes. En 40 Barcos de Guerra. Antología de poesía y sus editoriales; en la antología de narrativa breve 40 Esquirlas al aire, y en Nacidos en los 70´s.

Ha leído su obra y/o brindado conferencias en lugares como la Universidad Nacional Autónoma de México, el Palacio de Minería, la Cámara de Diputados, librerías, casas de cultura, el auditorio del pasaje Zócalo-Pino Suárez, entre más.

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