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Microrrelatos  

Luis Alfaro Vega

 

 

En tentativa de aproximación a la ambivalencia connatural de los seres humanos.

 

RESISTENCIA DE DIAMANTE

 

Se promete que se impondrá una algarabía íntima de melodías que lo conduzcan a un estado de placidez en que las pesadas lágrimas no le doblen el ánimo. Mientras observa desde la rústica mecedora que guarda su forma, el anciano, ataviado de ancestral sabiduría, consolida una sonrisa dedicada a su propio ser. En el éter de la tarde, las campanas del templo mojan de fragores vibratorios el alma del hábitat, y el viejo, percibiendo en toda su piel el melódico repicar, rememora la savia de su estirpe, resistencia que lleva en el fervor de la sangre, nutricio orgullo que lo mantiene arrobado, iluminado por dentro, con avidez de convertirse en su propio pensamiento: ¡prodigio de integrar la colmena humana!

 

NOMENCLATURA KAFKIANA

 

Lo sacudió el espasmo de una fiebre que lo condujo al delirio de creer que su propio ser era un embuste, y que la ley natural que lo conceptualiza como homo sapiens, no es más que el proceso gelatinoso y absurdo de la pesadilla que transformó su cuerpo en un toro salvaje, iconografía ridícula que se muestra en el espejo como un enorme bulto peludo, de cuatro patas, cola extensa y dos afilados cuernos que le franquean la triangular cabeza. En su gnosis no aceptó el subterfugio, creyéndolo una evasiva estratagema para evitar el desgaste físico y psíquico de salir al mundo a enfrentar la rutina de la lucha fratricida entre homónimos. Elucubró que el origen de las intempestivas transformaciones, proviene de la infancia: violentas lecturas donde sapos se convierten en príncipes, lobos se comen abuelas y eructan satisfechos, niños a quienes les crece la nariz alimentada por el fragor de las mentiras, fantasmas que vigilan desde oscuros rincones el miedo atroz de los inocentes. Con los cuernos en ristre envistió con furia al espejo hasta hacerlo añicos…y tras la lluvia de cristales apareció otro espejo, con su rostro humano sonriendo, ya sin fiebre.

 

MÁSCARA DE SOLDADO

 

Lo regocija la ilusión rota que entra en la esfera de los sueños gastados que se convierten en pesadilla: no más guerras. En su alma fervoriza el deseo de no matar más enemigos. Llora en la noche de los insomnios cuando recibe la orden de continuar el bombardeo a ciudades de neblina, en las que se ve a sí mismo en la mirada de los otros, mustias pupilas ansiosas que lo observan mientras su máscara, embutida en uniforme militar, avanza hacia las temblorosas almas, esas que defecan una fiebre verde y lloran veneno rojo con cada detonación sobre las cenizas de los edificios en ruinas. Se muerde la sal de las lágrimas, y traga la amarga raíz de la culpa murmurando el vacío de los espíritus, la caída en el extraño desatino de conceptualizar que matar al hermano es una victoria.

 

HOMO SAPIENS

¡Con reincidente frecuencia llegamos tarde a nosotros mismos! Efervescencia feroz de razonamientos de fastuoso ego. Ángeles filósofos nos juzgamos, altruistas y versátiles en la inconmensurable acumulación de ilusiones con las que nos instalamos en alto pedestal. Colocados frente al espejo, le sonreímos eufóricos al onírico yo, insignia de perfección cosmopolita. Con impudor desfilamos por la historia con el artificio de erigirnos dueños del pasado, del presente y del futuro de la materia inmediata, y de la etérea presencia de un dios que inventamos para que nos redima y nos resguarde para la eternidad. El fasto de las contradicciones es la fidedigna contraseña de nuestra identidad, y en ese interminable camino de hallazgos y abdicaciones perdemos el rumbo. El húmedo barro de nuestro ser avanza mesiánico, ansiando convertirse en idílico prototipo, sin las anomalías físicas y las taras mentales en serie que salpican la leyenda. Transidos de orgullo, vociferamos a las estrellas la noción de ser la savia y la consciencia de cuanto existe. Homo sapiens: ¡conquistador de locuras! ¡Singular paradoja fermentada de ambivalencias! ¡Fantasma menguado, arribando tarde a su propia esencia!

 

LA PRIMAVERA FLORECE

A pesar de las emponzoñadas sombras de los siglos, y los helados registros de sangrienta convivencia, la célula humana guarda el celo de una floración que equilibrará la existencia. Robusto cielo que armoniza y nutre dentro del tuétano, en la región más primitiva de la materia. Visión en la que residirá purificado de narcisismos, sitio en desmayo original de correspondencias, fragante de vitalidades en colegiatura de armonizar la grafía de una raza renovada conquistando el porvenir. ¡Armoniosos suspiros de fraternal eternidad! ¡Tremolina de honda ternura disciplinando las acciones! ¡Del estiércol de los milenios brotará la rosa redentora!

 

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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Arder o la dialéctica

del fuego

 

Miguel T. Ortega

 

Antes de su suicidio, en 1939, Walter Benjamin proyectó una tarea ambiciosa qué sería su último proyecto de vida: la construcción histórico filosófica del siglo XIX. En sus apuntes, el filósofo propuso un abalorio de temas que serían reunidos por el hilo de la poesía, en especial, el tópico del flâneur  (paseante) como un observador omnisciente de la ciudad. Detrás de esta figura hay un concepto benjaminiano, un ensayo que se titula Sobre algunos temas en Baudelaire; un análisis que fácilmente se puede vincular al libro de Julio Barco (1991): Arder(2019). Este concepto fue propuesto por Benjamin como una representación de literatura panorámica como base de la poesía de Baudelaire. No obstante, su definición apela a otros contextos, ya que el flanêur  reaparece en la literatura y se puede identificar porque “sucumbe a la violencia de la multitud, lo atrae hacia sí y lo convierte en uno de los suyos”.

Sin duda, la idea central proviene del libro de poemas clásico Spleen en París, especialmente el texto en prosa“Las multitudes” que afirma en sus líneas centrales:“gozar de la muchedumbre es un arte”.

Como si fuese la actitud del flâneur la que salva al poeta,Arder no sólo evoca a la llama, refiere a la combustión como un afán último. No solo como un “yo poético” sino como el ser mismo que recorre los caminos reivindicando la ruta.

El “yo soy todos” y después “todos soy yo” de Baudelaire;también se deja leer a través del libro de Julio Barco. La flama puede ser la multitud y la multitud necesita una chispa de ignición. Julio la provee.

A través del anhelo y el fuego imprudente de la juventud, Julio desea que su obra se consolide a través del flâneurArder posee una voz auténtica despereza a las multitudes para que puedan observar ante el mundo la belleza perdida.

Al subtítulo del libro: “Gramática de los dientes de León”sobreviene otro gran índice que sería la combustión de los cuerpos. El juego en el libro de Julio Barco nos hace recordar aquella disposición espacial que utilizó Mallarmé al escribir el juego de dados. El libro de Julio, por otra parte, parece no poseer contornos y multiplicarse hasta salir de un líquido precioso o un gas altamente inflamable para esparcirse hacia el interior de la contemplación lectora. 

Y ¿quiénes son esos lectores?, la multitud misma que el flâneur trata de contener en algunas páginas o algunas calles. Ambos conceptos se unen para explicar el método de la contemplación del flâneur. Arder es mirar. Entonces Julio entona a través de su “yo poético” cínico, versos como los siguientes:

“¡Yo me iré por las calles sin otro rumbo que mi ser!

Mara, soy caos

& el poema se nos parece/ inevitablemente y mi luz me destruye.

Montículos de piedras

por donde sigilosamente cruzan las polladas/

los excelsos cantos vacilantes

Entre periódicos/chichas & choros

he hallado

la claridad de mi

conciencia/

fines del verano del 2019”.

 

El poeta emprende el camino, la ruta del poema, el flâneur  va describiendo lo que aparece ante sus ojos. Aquí comienza el poema, aquí comienza un nuevo sendero. La descripción suele ser la consagración, así se ve tanto en Baudelaire como en Julio. Un ser desgarrado, con una eterna sed de unidad. Casi siempre inalcanzable.

Salvando las distancias temporales, Baudelaire define mucha claridad como el papel del flâneur: “El paseante solitario y pensativo, obtiene una singular embriaguez de esta comunión universal. Quién sabe posa fácilmente con la multitud conoce sus goces febriles, de los que se verá eternamente privado el egoísta, cerrado como un cofre, y el perezoso, recluido como un molusco. Adopta como propias todas las profesiones, todas las alegrías y todas las miserias qué le ofrecen las circunstancias del momento”.Julio Barco, por su parte, atribuye un efecto semejante al poema en los siguientes versos:

“Y soy un verano 

Nos acurrucamos delirantes

mirando el mar de Lima & los ojos de Mara son un poema

que me conduce al Paraíso” (p. 14).

Los versos de Arder, a diferencia del poema deBaudelaire, propician un efecto de expansión que tratan de aglutinar todo el espacio visual. Podrían fácilmente ser la representación de la flama en el momento de su dispersiónpara arder. No será una fogata, ni una pira menor, el objetivo es crear un incendio que utilice el aire para sus fines de dispersión sobre toda materia orgánica en la ciudad. En Julio, en el libro, la ciudad será Lima.

La dispersión del juego lo que busca es que el universo entero se incendie con el ardor insólito de la juventud y el fuego que transforma la materia en cenizas. No es un acto de alquimia, es un acto ambicioso que busca la eterna redención y la purificación a través de la llama.Reencontrar y ver los objetos con la ingenuidad de la primera visión. La alegoría que nos circunda es la misma qué pertenece al título. “Arder” es el acto del poeta flâneur entre las multitudes. 

Cabe señalar que el siglo de Baudelaire estuvo marcado por dos grandes figuras, el revolucionario, entregado a la multitud y el flâneur. Este último adquirió autonomía a partir de la advocación del poeta como un caminante incansable. Baudelaire, autor del famoso Spleen de París anticipa el ideal de este ser que llamarán el flâneur, pero también cumpliría el ideal del hombre creador entre lasmultitudes o las masas. Julio Barco al escribir Arder desde una poética de las multitudes, recupera la ciudad y el tópico del “poema como caminata” obliga al lector bien intencionado asumir la perspectiva del que cursa, mira y vive entre la multitud. Un impulso frenético evita quelibro Arder pueda ser considerado un libro lineal. Creo yo que es más bien cómo un fractal que multiplica sus formas y sus imágenes como una red interminable.

 

“Algunos beben demasiado las mujeres enloquecen

vomitan en tinas

rojas calaminas sus ansiadas parejas/ niñas.

Una multitud marcha por la av.

Tacna / aves buscan restos de comida en los

cubículos de basura me descubro andando motivado

por un nuevo paisaje que adherir a 

mi vacío

tu cuerpo: sin rumbo. Denso:

Lila/ amanecer

dentro de tu 

cuerpo: yo (cielo de topacio: dedos de luz)

focalizado a la humedad

de las rejas

herrumbrosas/

y anotas este paisaje:

tísico como tu aliento carnívoro

entre las pardas anaranjadas esquinas

y anotas: 

en aquel verso yo bajaba de 

un taxi

no sé por qué vine aquí bebía 

en una ciudad percudida 

yoamabalacarretera 

luego se acaba el Dvd” (p. 15)

 

El “yo poético” comulga con la embriaguez y la catarsis,en esta fusión con la multitud. Emprende un enaltecimiento a partir de la suma con la multitud, no como una orgía, sino como un carnaval dedicado esa mente creativa en las palabras de la totalidad externa. Yo soy todos

“las aves   se arremolinan en las nubes/ y estoy muriendo.

las aves   hamburguesas y versos. Toda la multitud

que avanza no es simetría sino del mercado neoliberal. 

(…)

las aves 

Y yo estoy aquí” (p.16 ).   

La consciencia empata de forma extraordinaria con el concepto de “mémoire involuntaire” que Benjamin atribuye a Baudelaire y que define como “advertir el aura de una cosa significa dotarla de la capacidad de mirar”. Un detalle que surge del carácter cultural del fenómeno es la memoria como un acto de la consciencia. Rotunda prueba del saber colectivo.

Algo que llamaremos meta consciencia habita el libro y con eso cierra el texto en los apéndices del libro. Todo es poesía hasta el final:

“Escribo sin percatarme que miles escriben pero leyendo lo que miles escriben, lo que me permite, entre otras cosas, tener una idea del hechizo de la música de nuestro tiempo. Escribo sosteniendo todo el Peso del Mundo. Y pienso que ese Peso necesariamente permite crear una poesía belleza y ética; una exploración que sea espíritu y cerebro: diferentes en una sola construcción” (p. 54).

Los invito a adentrarse en el libro. Julio es la clase de poeta que parece incansable. No se detiene, su camino sigue y persiste. Hace mucho no veía un poeta como estos. En un paso vertiginoso entre las multitudes no se detendrá. Léanlo con atención. Nadie se arrepentirá de haber leído a un buen poeta en sus primeros libros.

 

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El diálogo con el alma

en cuatro poemas de Juan Gelman

 Miguel Ángel Corral Albarrán

 

I N T R O D U C C I Ó N

Entre las múltiples expresiones literarias que conforman el acervo cultural de la poesía latinoamericana, la obra del poeta argentino Juan Gelman (Buenos Aires, 3 de mayo de 1939-Ciudad de México, 14 de enero de 2014) aborda las temáticas que gravitan en torno a la lucha social, el dolor y el exilio, como una reverberación estética de las realidades que él mismo enfrentó, durante los años de la dictadura militar de 1976 y de la llamada Guerra Sucia (1976-1983), conocida también como los años del terrorismo de Estado, el cual llevó a la desaparición de aproximadamente 30,000 ciudadanos argentinos. Por otro lado, la irrupción de Juan Gelman en el ámbito de las letras latinoamericanas, además del testimonio combativo que sus letras significan, suscita una ruptura con respecto a la grandilocuencia que se había puesto en boga, y que formaba parte del influjo del poeta chileno Pablo Neruda (Abbate, 2014: 75). En realidad, junto a otros poetas como el nicaragüense Ernesto Cardenal (Granada, 1925-Managua, 2020) y el salvadoreño Roque Dalton (San Salvador, 1935-Quezaltepeque, 1975), Gelman se adscribe a una nueva poética que apuesta por lo cotidiano, lo social y el habla coloquial, como puede advertirse en el uso de los diminutivos que caracterizan una parte considerable de la poética gelmaneana (Abatte: 75). 

          Sin embargo, a partir de las diversas temáticas que se entretejen en la poesía de Juan Gelman, aparecen algunos aspectos que no necesariamente se reducen a una cuestión social, sino que incluso abrevan de una vena contemplativa y, aun, metafísica: tal es el caso de la introspección que conlleva a posteriori un diálogo con el alma misma, y el nacimiento de lo que podría llamarse una palabra callada (Milán, 2001: 13). Para poder hacer una aproximación a esta modalidad aspectual, se realizarán algunas observaciones y reflexiones a partir de cuatro poemas que pertenecen al poemario Com/posiciones (París 1984-1985), los cuales performan una poética sobre los distintos rostros de la realidad[1]: “El llamado”, “Lo que vendrá”, “Lavar” y “Oración”. Por lo tanto, es necesario subrayar que en esta serie de traducciones[2] sobrevendrá el aspecto apelativo de una voz en primera persona que habla a una segunda persona: un “yo” que dialoga con un “tú”, que en realidad es una personificación del alma de la voz poética; alrededor se extenderá toda la realidad del exilio, y, a lo lejos, el fantasma del hijo ausente[3], aunado a la memoria de la patria.

          Otro elemento que hay que tener en cuenta, es la intertextualidad que se hace presente en el diálogo y abordaje de algunos simbolismos que pertenecen a la Biblia y a otros referentes literarios, por ejemplo: la diáspora milenaria del pueblo judío, así como el éxtasis místico de San Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila, durante el Siglo de Oro español, los cuales adquieren un nuevo simbolismo al vincularse ahora con el exilio y la incertidumbre, espectro funesto de la Guerra Sucia en Argentina, mientras la poiesis gelmaneana resurge a través de una contemplación luminiscente, donde las palabras son capaces de revelar las facetas inaprehensibles de la realidad.

 

 

UNA TETRALOGÍA POÉTICA: IRRUPCIÓN DEL ALMA Y EL SUJETO

 

“El llamado” es un poema que tiene como marca paratextual una referencia al libro de Ezequiel[4]. Curiosamente, este texto perteneciente al corpus bíblico de los libros proféticos comienza con el llamado que Yahvé hace a un hombre llamado Ezequiel, para nombrarlo “atalaya de la casa de Israel” y asignarle la misión de amonestar y advertir a los israelitas, antes de la destrucción de Jerusalén por parte del rey Nabucodonosor II, y del posterior cautiverio babilónico al que fueron sometidos, por aproximadamente 70 años. Además de haber sido contemporáneo del profeta Jeremías, Ezequiel fue privilegiado por Dios al concederle una visión del tetramorfos[5], al otorgarle directamente el don de la palabra tras hacerlo engullir un pergamino y, además, al haberlo elegido profeta durante el exilio babilónico de Israel. De este modo, el don de una palabra concedida a través de la pérdida de la trastierra (y del hijo) en el exilio fundamenta un significativo paralelismo con la perspectiva gelmaneana, al dotarla de nuevos matices.

          Por otra parte, el poema en cuestión inaugura desde sus primeras palabras el diálogo que se despliega, entre la voz del sujeto poético y el alma, la cual por cierto es una voz consoladora y desprovista de reproches: una suerte de comunión o bálsamo verbal que busca sanar sus propias heridas internas: “¿gemís como quien tiene quebrantados los lomos? / ¿rodillas de agua? / ¿gemís en la amargura de tu corazón? / ¿por qué gemís? / ¿por quién? / almita dormida al fondo de tu infancia / despertá / sacudite la noche / como los pájaros se sacuden las gotas de la noche” (vv. 1-7). Las interrogantes y el amainado imperativo de las cláusulas dan muestra de la ternura y del vocabulario infantil que refuerza la emotividad de sus versos (Abbate, 2004: 78). La dulzura embadurnada por una plasticidad contundente en la que los pájaros se sacuden los corpúsculos de la noche es una forma de transmitir al alma una noción original y primigenia de la esperanza.

          Con un tono paternal, el Yo poético despierta a su alma como si ésta fuera una niña pequeña que no pudiera despertar de su pesadilla: los lomos quebrantados, las rodillas liquidificadas por el llanto (“rodillas de agua”, v. 2) y la amargura del corazón, advierten una aflicción que pareciera ser inconsolable. Sin embargo, el sujeto le prodiga palabras a su alma para poder reconfortarla, e, incluso, transforma las cualidades funestas del mensajero gris, cuya espada del mismo color evoca la ceniza luctuosa de los muertos. De este modo, el alma se convierte en dadora de amor y presa de la esperanza; mientras que el mensajero gris (cuya arma evoca la ceniza luctuosa de los difuntos)[6], en un dador de poder que ayudará a desvanecer las ataduras mortecinas, que aprisionan al alma en el centro de sus aflicción. En suma, este heraldo gris alberga una primicia catártica y liberadora para el alma, a pesar de estar revestida exteriormente con los atributos de la adversidad y del duelo. Así mismo, el alma evoca una fortaleza desconocida y muchas veces insospechada: he aquí el paralelismo entre Ezequiel, profeta del exilio babilónico que fue erigido como fortaleza o atalaya de Israel, y la palabra contemplativa de Juan Gelman, poeta del exilio argentino que rememora la trastierra y la sombra del hijo desaparecido, para poder enfrentar las incertidumbres del porvenir.

          Respecto a una temática del futuro, “Lo que vendrá” es un poema que plantea la necesidad de asumir una reconciliación con el pasado, para adquirir un conocimiento y una actitud que permitan aventurarse hacia las ignotas temporalidades del porvenir. Esta reflexión comienza de manera aforística como una narración en tercera persona, pero conforme se va avanzando hacia el final del texto aparece nuevamente el Yo poético que exalta la belleza y la pureza del alma, al presentarla ahora como una íntima confidente. Lo cual confiere además al texto una sutil marca epistolar. Por otro lado, la marca paratextual de este poema remite ambiguamente a los rollos del mar muerto, lo cual amplía de manera considerable el espectro referencial de los textos bíblicos a los cuales puede aludir; no obstante, es posible advertir de nueva cuenta la vena exiliar de la voz poética: no dirigida ahora hacia el exilio de la trastierra; sino más bien enfocado ahora hacia una forma de exilio interior en que el alma pareciera estar atenta, pero también distante.

          Los primeros versos se asemejan al tono proverbial que el rey Salomón utiliza en el Eclesiastés y en los Proverbios, para distinguir a aquéllos que andan por la senda de los justos, o bien, por el camino de los impíos[7]; sin embargo, el poema de Gelman pareciera abordar no sólo una reflexión de carácter religioso, sino además el ejercicio de la conciencia autocrítica al esbozarla como una posible palinodia: “el que no anduvo su pasado / no lo cavó / no lo comió / no sabe el misterio que va a venir / nunca puso su vida / para el misterio que va a venir / la pena desaparecerá” (vv. 1-6). De modo que el pasado como fundamento de la experiencia representa un estadio temporal que es necesario examinar, para poder transitar del presente hacia el futuro. De no hacer esta recapitulación, se corre el riesgo de no saber dónde se está, ni mucho menos saber hacia dónde se quiere ir. La ubicación ontológica y temporal se fundamenta como una problemática de este poema.

          Es interesante notar que aunque el Yo poético, como en el anterior poema (“El llamado”), incurre por un momento en una voz consoladora (la pena desaparecerá), pero sin presencia del vocativo diminutivo “almita”. Lo cual sugiere un distanciamiento que bien podría ser espacial, e incluso temporal; de manera que el tono de ternura que se había prodigado antes a una niña, ahora se convierte en la voz de un confidente que espera, hasta las últimas palabras, para expresar un cierto dejo intimidad corporal: “y todo será verde / como el misterio del dolor / como tus pechos blancos bajo el manzano” (vv. 11-14). Esta variante del tono con que el Yo poético se dirige a su alma o confidente, en realidad no desvirtúa la profunda conexión que tiene con ella, ya que la visión del sujeto se ha extendido hacia otros aspectos que anteriormente no aparecían, por ejemplo: la conciencia que se deriva de una reflexión introspectiva, en la que se establece una distinción, alrededor de aquéllos que al ignorar su pasado están condenados a desconocer su futuro; una amplitud de perspectiva en la que el sujeto, a través de la corporalidad y la temporalidad, puede ahora comparar, metafóricamente, la blancura de sus pechos con el misterio del dolor, y con el reverdecimiento que simboliza la fertilidad de un futuro en ciernes. Todas estas marcas emparentadas con un distanciamiento epistolar, advierten la posibilidad de un exilio interior respecto del alma o de la amada confidente.

          En otra tónica del diálogo con el alma, el poema “Lavar” surge a partir de la lectura que Juan Gelman hace de una traducción inglesa, realizada por el poeta israelí T. Carmi, sobre un poema que fue originalmente compuesto por el poeta y filósofo hispanoehebreo Yehudah Halevi (Tudela, 1075-Jerusalén, 1141). A pesar de que este texto puede considerarse como una traducción de otra traducción[8], mantiene ciertas similitudes con respecto a la traducción inglesa de T. Carmi, sin impedir por ello la reconfiguración poética que Gelman añade al texto en su versión. Entre las modificaciones instauradas en el nuevo texto, cambia el título del poema, que en la versión inglesa es The Laundress (esp. “La lavandera”), por el infinitivo impersonal “Lavar”. Por otro lado, la acción efectuada por una tercera persona se traslada a la primera persona del sujeto poético; es decir, del “ella” se traslada al “yo”, por lo que la distancia disminuye de nueva cuenta al reanudar el diálogo con el alma. De este modo, her beauty (“su belleza”) pasará a ser “tu belleza” (Sillato, 1995: 7).

          Otro aspecto relevante del texto de Gelman con respecto a la versión inglesa de T. Carmi es la elipsis que sintetiza el contenido morfosintáctico del poema, lo cual, además de hacerlo más breve transforma el formato de la prosa, al convertirlo en una sola estrofa de cuatro versos: “en mis lágrimas lavo las ropas del amor / las tiendo al sol de tu belleza / no necesitan fuente: están mis ojos / ni mañana: sólo tu resplandor”. La sustitución del “ella” por el “yo” que la describe, mientras ella lava sus prendas con el agua de sus lágrimas, según la versión de T. Carmi: My love washes her clothes in the water of my tears and spreads them out in the sun of her beauty, además de disminuir la distancia, resignifica a la confidente al dotarla ahora de atributos taumatúrgicos. De manera que el sujeto poético es ahora quien lava las prendas del amor, sin precisar de ninguna fuente (más que la de sus ojos), ni mucho menos del porvenir (o la esperanza del mañana); sólo le confiesa la necesidad solar de su belleza.

          De este modo, el poema de Gelman convierte a la confidente en una luz necesaria para el sujeto poético, como aquella naturaleza que favorece a hombres y a mujeres en la realización de los quehaceres cotidianos, en este caso, al Yo poético que buscará secar las prendas del amor luego de lavarlas, como aquel sol y lluvia que se prodigan sin distinción tanto a los justos como a los injustos[9]. Cabe destacar la blanca luminosidad que la confidente irradia en su entorno, lo cual remite a la transmutación del ser a través de sus diversas formas cromáticas, y a un proceso de iniciación que va de la muerte al renacimiento (Chevalier, 1988: 190). Otra propiedad contemplativa que surge a partir de la relación que tiene la luz con el color blanco, consiste en que este no color es capaz de operar en el alma, como si se tratara del silencio absoluto, silencio que por cierto no está muerto, sino que más bien alberga un sinfín de posibilidades vivas (190). De este modo, el alma-confidente que, a semejanza de la mujer amada, fundamenta este vínculo comunicativo actúa como una presencia luminosa que permite acceder a la experiencia mística, y, por ende, a la posterior traducción de una palabra callada (Milán, 2001: 13).

          Posterior a la marca luminiscente del alma, en el que la corporalidad ya se ha sublimado, el poema “Oración” fundamenta un ahondamiento de la palabra, en el que el diálogo entre el sujeto poético y el alma, llega a uno de sus puntos culminantes: el tono amoroso asciende hacia una forma de theosis[10] en la que el alma aparece como el vínculo de unión directa con lo Divino. Sin embargo, esta plegaria entraña una congoja espiritual en la que el distanciamiento exiliar se vuelve avasallador e inexorable, por lo que esta figuración de Dios resulta ser en realidad una personificación de la Patria, como el único ser que es capaz de sanar al poeta de su dolor (Sillato, 1995: 11): “te hiciste nido de amor / y mi amor vive donde vivís /los enemigos me atormentan / que sean / sea su ira / mis huesos tiemblan sosteniendo a un extraño / al extranjero de tu piel / así sea” (vv. 1-7).

          Como puede advertirse, el sentimiento de extranjería se hace evidente en esta primera parte del poema; de este modo, el “así sea” funciona como un encabalgamiento con los últimos tres versos del poema, y, a semejanza del poema de Yehudah Halevi sobre el cual se inspira Gelman, como una forma de resignación frente a las adversidades del presente, para poder mantener viva la esperanza en una futura redención (Sillato, 1995: 12). Así mismo, es interesante advertir cómo el sujeto de la voz poética se autonombra, reflejando la imagen  del extrañamiento con respecto a la patria de la cual se siente tan ajeno como escindido: “al extranjero de tu piel” (v. 6). Por otro lado, en lo que concierne al cambio repentino de la segunda persona a la primera persona en los últimos versos: “mientras no me absuelvas mi dolor / me sudes / me redimas / me rescate de mí” (vv. 8-10), produce un efecto de ambigüación de las palabras, en el que la autoridad absoluta de la deidad o patria pareciera no ser la única implicada en este clamor; sino que pareciera involucrar a la autoridad misma del sujeto poético, para poder alcanzar la redención (12).

          La versión gelmaneana de este poema realiza nuevamente una síntesis de la versión inglesa, es decir: por medio de la brevedad y la concisión disminuye la longitud del texto, y se mantiene intacta la temática del dolor como esperanza y redención, al retomar la aceptación gozosa del dolor como una vía expiatoria, según el poema árabe y la versión hebrea de Yehudah Halevi. De este modo, la voz poética acepta la ira de los enemigos, y se dispone a enfrentarla como una consecuencia temporal que la distancia de su amada, para después reestablecer un posible retorno espiritual o material hacia ella: su patria (12). Lo cual se parece bastante a la actitud mística que algunos israelitas adoptaron, luego de ser transterrados y exiliados en Babilonia (siglo VI a. n. e):

6 y uno de ellos dijo al varón vestido de lino, que estaba sobre las aguas del río: ¿Cuándo será el fin y sucederán esas promesas? 7 Y oí decir al varón vestido de lino que estaba sobre las aguas del río, y que alzando al cielo su derecha y su izquierda, juró por el que eternamente vive que eso será dentro de un tiempo, […] y que todo esto se cumplirá cuando la fuerza del pueblo de los santos estuviera enteramente quebrantada. […] 11 Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. 12 Bienaventurado el que espere y llegue a mil trescientos treinta y cinco días. 13 Y tú caminarás a tu fin y descansarás, y te levantarás al fin de los días (Daniel 12: 6-7, 11-13).

 

El sentimiento exiliar que muestra el profeta Daniel, además de la fuerza enteramente quebrantada de los santos, se asemeja a la dolorosa resignación que Juan Gelman asume frente al suplicio perpetrado por sus enemigos, el cual se instaura en realidad como una resignación esperanzada, que permanece abierta a las posibilidades redentoras del futuro (Sillato: 12).

 

C O N C L U S I Ó N

El diálogo que se establece en los cuatro poemas de Juan Gelman: “El llamado”, “Lo que vendrá”, “Lavar” y “Oración”, los cuales pertenecen al poemario Com/posiciones (París 1984-1985), representan un gran momento intersticial en el que un sujeto y un confidente logran alcanzar una comunión trascendental (metafísica, ontológica, estética, histórica, lingüística y posiblemente religiosa), donde un sentimiento exiliar que acompaña a la humanidad, desde hace miles de años, adquiere una resignificación que lo actualiza en uno de los contextos más brutales de la historia latinoamericana contemporánea, es decir: la dictadura militar de Jorge Rafael Videla en Argentina. En este poemario del exilio, el sujeto poético entabla una comunicación con su alma que, a lo largo del libro, se va modificando y adquiriendo diversas tonalidades; sin embargo, estas personas gramaticales (el “yo” y el “tú”) mantienen la estructura del diálogo místico entre el “amado” y  la “amada” que aparece en el libro del Cantar de los cantares (Sillato, 1995: 10). Esto abre la posibilidad de la polisemia de la “amada” que es el alma y que a su vez puede ser la infancia, la confidente a la distancia, la luz necesaria de la palabra callada, la patria misma, e, incluso, la esperanza. En suma, ella es una presencia constante que acompaña y redime al poeta en su exilio itinerante y milenario. Otra constante que aparece en el poemario es la posibilidad de la traducibilidad de la realidad y de lo inaprehensible: “ninguna lengua o rostro se deja traducir”[11], pero lo que queda es fundamentar una belleza otra que sea capaz de evocar algo de esa belleza original o primaria.

Esta posibilidad intertextual es lo que hace posible acceder a la realidad histórica que hay detrás de los textos originales, a saber, el exilio, y fundamentar una actualización del exilio histórico y cósmico que experimentaron los hebreos y los sefarditas: un dolor que es tan antiguo como actual, y que da sentido al diálogo entre el amado y la amada, entre Dios e Israel, entre el exiliado y la patria. De este modo, la recuperación de la patria en el exilio, se convierte en otra forma de alcanzar la Tierra Prometida (10).

 

 

U.N.A.M.

F.F.yL. 

 

 

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   BIBLIOGRAFÍA

Abbate, Florencia; Diego Parés. Literatura Latinoamericana para principiantes. 1ª ed. ; 1ª  reimpr., Era Naciente. Buenos Aires, 2004.

 

Chevalier, Jean; Alain Gheerbrandt. Diccionario de los símbolos. 1ª ed., Herder. 1988.

 

Colunga Cueto, Alberto; Eloíno Nácar Fúster. Sagrada Biblia. 1ª ed., Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1944.

URL: https://archive.org/details/SagradaBibliaNacarColunga19441Edicin

 

Gelman, Juan. Pesar todo. Antología; selec., comp. y prólogo de Eduardo Milán. Fondo de Cultura Económica. México, 2001.

 

Sillato, María del Carmen. “Com/posiciones” de Juan Gelman o cómo traducir los mil rostros de la realidad. Hispamérica, Año 24, No. 72 (Dec., 1995), pp. 3-14 (12 pages).

URL: https://www.jstor.org/stable/20539867

 

 

 

 

[1] María del Carmen Sillato, “Com/posiciones” de Juan Gelman o cómo traducir los mil rostros de la realidad, 1995.

[2] La traducción gelmaneana de algunos textos bíblicos, así como de otros pertenecientes a la tradición sefardí, no constituyen traducciones en el sentido más estricto de la palabra; sin embargo, fundamentan una recomposición de los textos traducidos por Gelman, a partir de una perspectiva exiliar en la que él establece un diálogo de compañía con dichos textos (“exergo”, 1984-1985: 173-174).

[3] “Las frecuentes referencias a seres queridos alcanzan un punto de máxima tensión en el poema citado, [«Cuerpo que me temblás entrado al alma», 1980] cuyo interlocutor es su hijo desaparecido” (Abbate, 2014: 78).

[4] Ezequiel 21: 1-27. Sin embargo, el primer llamado que Yahvé hace para nombrar a Ezequiel como profeta aparece desde el primer capítulo del libro homónimo.

[5] Representación iconográfica de los cuatro elementos que, posteriormente, fue identificada con los cuatro evangelistas del Nuevo Testamento: el hombre, símbolo de San Mateo; el león, símbolo de San Marcos; el toro, símbolo de San Lucas; y el águila, símbolo de San Juan.

[6] De acuerdo con Chevalier, “el color gris, hecho en partes iguales de negro y de blanco, designa en la simbología cristiana la resurrección de los muertos. […] Es el color de la ceniza y de la niebla. Los hebreos se cubrían de ceniza para expresar un intenso dolor. Para nosotros el gris ceniza es un color de medio luto” (Chevalier, 1988: 540).

[7] “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta ser pleno día. Al contrario, el camino del impío es la tiniebla y no ven donde tropiezan” (Proverbios 4: 18, 19).

[8] “Gelman no habla de «traducciones» cuando define el carácter de su trabajo ni busca entregarnos las palabras exactas. Más bien intenta transmitirnos el efecto que esas palabras produjeron en él” (Sillato, 1995: 7).

[9] “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos” (Mateo: 5: 45).

[10] Theosis o deificación, de acuerdo con el misticismo cristiano, es un proceso que consiste en la unión con Dios a través de tres etapas: la vía purgativa, purificación o katharsis; la vía iluminativa, visión de Dios o theoria; y la vía unitiva o theosis.

[11] (“exergo”, 1984-1985: 173-174).

Imagen: “Desde el otro lado” de Guillermo D ¨Anna 

 

PROBABILIDADES Y OTRAS MINIFICCIONES

DE UN HOMBRE DIMINUTO

Ricardo Bugarín

 

 

PROBABILIDADES

 

A veces la satisfacción no me alcanza como no me alcanza el dinero o los beneficios de una dieta. Debo intentarlo de nuevo y si no resulta, ser reincidente. Puede suceder que, de lo contrario, me canse y decida detenerme antes de llegar a la meta. Puede suceder, entonces, que la satisfacción, el dinero y el beneficio de una dieta se me tiren encima y disminuyan toda mi entereza. Ante tales resultados debo recordarme que las probabilidades no son muchas y que las cosas suceden a veces pero, a veces. También me suele ocurrir que, a causa de un músculo rebelde, pego una patada involuntaria, me doy contra la pared y me caigo de la cama.

 

HOMBRE QUE HUYE

 

Hay un hombre que huye. Lo hace de una manera despavorida. Sabemos que huye de su propia sombra. No queremos distraerlo de ese intento fugaz pues sabemos que pronto vendrá la noche. Tal vez entonces, se detenga. Tal vez cambie de actitud y se reconcilie consigo mismo. Por lo pronto ha alcanzado tanta ligereza que vemos que se pierde en el horizonte. Tal vez no se pierda sino que cruce la línea del horizonte y del otro lado de ese umbral vuelva a encontrarnos viéndolo pasar y con el deseo intacto de no distraerlo de su aciago destino.

 

PROCURARSE LA CALMA

 

Debajo de la cama me encontré arrodillado. Me pareció extraño verme en esa situación. No soy de los hombres que se ocultan y muchos menos debajo de una cama. Verme cara a cara debajo de un colchón es una experiencia extraña. Mucho más extraño es advertir que esa no es mi cama, que esa no es mi habitación, que esa no es mi casa, que esa no es mi ciudad. Alguien debe estar soñándome o yo me he extraviado por motivo de una distracción. En algún punto radica el problema y en otro, estará la solución.

 

PRÁCTICAS PRIVADAS

 

Usted se detiene en sí mismo. Se libera por unos instantes y comienza un trayecto que va desde el cerebro reptil a los extremos subcutáneos de sus pies (no digamos hasta la punta de sus uñas porque eso está muy trillado y esto es otra cosa). Va encontrando sorpresas. Algunas le agradan, otras no. Hay momentos adiposos y otros laxos. Algunos hallazgos emocionan por su estado de conservación. Otros acongojan pero, son disimulables. Después de un tiempo prudencial de recorrido, junta todo y vuelve a colocarlo en el envoltorio original. Limpia los enseres del desayuno y, como buen hombre que es, se marcha a su trabajo.

 

OTRO INTENTO

 

Con un té voy a aflojar la pesadumbre que se ha adherido a mi vida. Intenté con tenazas, pinzas, escalpelos pero, nada funcionó. Polvo para lavavajilla, destapa cañerías y azufre diluido en bencina, no fueron de ayuda. La pesadumbre se obstina en perdurar, en señorearse por mi vida y mi persona. La he visto probarse mis mejores trajes y admirar con deleite mi calzado. Supe, también, que le ha enviado notitas pecaminosas a mi mujer y confidencias falsas a mis compañeros de oficina. Ahora, para el momento del té se precisa una concentración cuidadosa. Es muy necesario todo el silencio del universo y una fuerza de voluntad casi sobrehumana. El problema es que parece que, a último momento, la voluntad se ha ido de vacaciones.

 

SUEÑOS

Tengo sueños capilares. A veces son subacuáticos pero, generalmente, son rizomas texturados ascendentes que se enredan en tu garganta. No te lo comento pues temo que te asustes y decidas abandonar el aljibe. ¿Cómo contarte que a veces sueño con un transatlántico?, ¿cómo confesarte que un buque fantasma anda orillando nuestras costas?, ¿cómo decirte que he visto a un náufrago del otro lado del brocal que nos circunda?. Te parecerá que alucino, que tal vez comida en descomposición ha producido mi febril estado o que una pesadilla de infancia está golpeando mi presente. De todos modos estos sueños ya no me desvelan, no me atemorizan, se destiñen con el cloro y he descubierto, finalmente, que se vuelven inofensivos.

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Entre abducciones y tatachinole:

La increíble epopeya cósmica de Torcuato López.

Waldo Contreras López

 

-los extraterrestres existen, pero nadie lo cree - dice mi padre mirándome directamente a los ojos, después de dar un largo trago a su cerveza. Los invitados se han ido, la fiesta terminó. Apagué el aparato de música con paciencia, apelando al alcohol para resistir la dialoga repetitiva de este hombre.

Desde que se volvió anciano, siempre da con el tema agarrándome a la bajada como el recipiente de sus fantasías. Hace una hora, todos sus amigos y algunos de mis familiares se rieron de él, como siempre lo hacen cada que este hombre de conductas erráticas y amargadas, intenta contar lo único importante que supuestamente le ha pasado en la vida. Raro que se ponga triste cuando se burlan, pero hoy, la cosa es diferente. Yo, ya no me río de él; yo mejor lo escucho porque sé que ya está cerca de morir y entiendo que sus afanes cósmicos son para él un legado que no se debe dilapidar. Pero, resulta difícil no reírse; resulta imposible creer que este hombre no está diciendo mentiras. De hecho, a su colección de historias extraterrestres les tenemos un nombre, como si fueran parte de una colección tipo Howard Phillips Lovecraft; porque así como este escritor norteamericano tiene sus Mitos de Ctulú, mi padre, tiene sus Cuentos del Ovni que hizo: !Bum!, les titulamo así a sus sagas porque, antes de contar una nueva experiencia del tercer tipo, siempre abre con este relato que le aconteció en su juventud, allá por la sierra de Cosalá. Siempre nos lo cuenta, para abrir el telón, como requisito ineludible para después ilustrarnos, detallada y documentada mente como todo buen investigador del fenómeno OVNI, con las peripecias de su última incursión en el mundo allende al espacio. Es un aferrado admirador de Jaime Maussán y pertenece a un club cantinesco de abducidos por extraterrestres. Esto último es lo que más hilaridad nos ha causado. Nos cuesta trabajo entender, con la seriedad que exigen los creyentes de estos fenómenos estrambóticos, que nuestro padre, con tan pocas aspiraciones académicas, sin ninguna religión que lo traumara y con una vida total entregada a la vagancia y al vicio, pierda el tiempo, que bien puede ocupar en cosas productivas, en estas reuniones semanales con sujetos de su misma índole creyendo todos que de verdad son contactados por entes de otros mundos y, más aún, que fueron seleccionados todos ellos para una misión específica en el planeta.

Mi madre afirma que solo se reúnen a fumar o inhalar drogas raras relacionadas con wixáricas y que los mentados extraterrestres no son otra cosa que homosexuales disfrazados de mujeres. Cada que mi padre dice: "otra vez tuve un encuentro cercano del tercer tipo en mi sueño", mi madre le contesta: "ha de ser del tercer sexo, no te hagas pendejo. A tu edad, bien dice el dicho: después de vejez, viruela. Ahora te han de gustar los jotos". Pero, a pesar de las burlas y desvirtúos contra sus experiencias inspiradas desde el cosmos, este hombre no ceja en el empeño de sus especulaciones astronómicas y comienza, sin darnos la oportunidad de salir corriendo, a repetir la historia del OVNI que hizo "!bum!". Si algo debemos de admirarle los que le hemos escuchado esta historia desde tiempos inmemoriales, es el hecho de que su relato traumático jamás varía ni en el tono, el aura de misterio, el dramatismo, las pausas, sonidos incidentales y palabras; estoy seguro que si lo pusiéramos a escribir el mismo evento cada semana, ni en una simple coma le variaría la narración. Ahora se encuentra apesadumbrado, si señor. Ahora habla más en serio que nunca. Me dice que un ente con formas de mujer conocido por todos los abducidos con el nombre de Akeya, de ojos enormes, asiáticos y oscuros, con rostro de rasgos asiáticos y cráneo dolicocéfalo, cabello blanco y espeso, labios pequeños y sensuales que se comunican sin moverse, le ha dicho que ha llegado la hora de iniciar la misión. En la mirada de mi padre hay un brillo de navegante sin regreso, un reflejo de emoción adornado con parpadeos de despedida. Dice estar profundamente enamorado de ese homínido inteligente y que está decidido a partir con ella ya que mi madre lo ha tenido abandonado en su lecho nocturno desde que éramos apenas unos chiquillos. No me burlé abiertamente con la risa de siempre; solo le toqué la frente simulando tomarle la temperatura, serví más cerveza y le pregunté:

-¿y ya te la cogiste?

Me contestó que me fuera a chingar a veinte, que Senyáse, nombre verdadero de este ente mujeril y que solo los íntimos tienen derecho a pronunciar, es tan real como el moco que traigo prendido al borde de la nariz, me espeta con tristeza que ya esperaba de hecho que nadie le creyera y que siempre ha sabido que lo tiramos de loco cada que se pone a hablar de esto. Vaticina que al mundo nada bueno le espera; que está a punto de azotarnos una pandemia de gripe murciélaga que nos exterminará; que esta pandemia la crearán los Chinos, descendientes directos de los pleyadianos, raza humanoide al servicio de los reptilianos, cuyos ascendientes hoy controlan el mundo por medio de las coca-colas, las sabritas, el pan bimbo, los chocolates emanems, las hamburguesas y pizzas sintéticas, la salsa de soya y el internet; me dice que todas estas armas químico-biológicas y electromagnéticas de lenta, pero contundente evolución perjudicial, fueron diseñadas para debilitar a los tercermundistas de nuestra generación, volviéndonos a todos, además de pendejos y buenos para nada, en las principales víctimas mortales de un mal creado a partir del ADN de los quirópteros, organismos terrestres que heredaron su forma de los antiguos habitantes de la cuarta vertical, universo destruido accidentalmente por el nacimiento de un hoyo negro provocado por los experimentos que hizo la mente heredera del gran Stephen Hawking, uno de los antiguos líderes del bloque reptiliano que controló cuando vivía, desde su silla eléctrica y un teclado de contacto dactilar, los asuntos del espacio profundo; El gran Hawking y su mente poderosa, cuenta mi padre, es en realidad un pensamiento sin sustancia que tomó el cuerpo de un humano hasta deformarlo haciendo creer a todos que fue un inválido muy inteligente que aprendió a comunicarse de la misma forma en que se comunican los delfines o su amada Akeya, llamada por los íntimos, Senyáse.

Lo escuché pacientemente hasta que terminó su relato, pero hubo momentos en que me dieron ganas de darle una bofetada para que dejara de delirar de esa forma; mejor ya no le refuté nada y me abstuve de burlarme de sus truculentas explicaciones sobre el fin de la era humana y el ascenso de una nueva civilización. Al fin, después de guardar silencio un largo rato, me mandó por otras seis bud light de litro y, mientras se buscaba el dinero dentro de las bolsas de la camisa, murmuraba: "ya verás, turica, la chinga que les van a parar dentro de un año; su sorda ignorancia los asfixiará por la terquedad de seguir envenenándose con esa droga llamada azúcar y ese polvo blanco extraído del caldo primigenio"

Antes de salir a la calle, me dijo con una sonrisa: "Que se acabe el mundo pero no la cerveza, al cabo a los viciosos ni gripa nos da, ¿verdad, mi'jo?" y soltó una risa llena de burla, como de demonio recién fugado de la casa de los locos, una larga y sardónica carcajada parecida a la del Desalmado Mink, acérrimo rival de Flash Gordon, y responsable de perversas y tiránicas maquinaciones destructivas contra nuestra lastimada madre tierra; me provocó mucho y miedo los pelos de la nuca se me erizaron y la panza se me puso más helada que la cola de un pingüino; lo dejé solo con su escándalo insano y me encaminé por las cervezas a toda velocidad, tratando de sacar de mi cabeza la mala impresión que me causó. Fue la última ocasión en la que habló de esa forma tan minuciosa y vehemente sobre el tema.Esa noche, tuve una pesadilla bastante extraña. Soñé que unas naves parecidas a los drones de juguete que usa mi vecino para grabar fiestas de quince años y bodas, estaban destruyendo el planeta, o al menos la colonia donde vivimos. Todos los vecinos salían de sus casas, gritando como locos y apuntando hacia cierto punto del horizonte mientras los drones chamuscaban con rayos a todo aquel que estuviera parado bajo un árbol. De repente, un estallido estremeció todo y de un cerro lejano, salió volando una nave gigantesca en forma de puro; todo quedó iluminado bajo una luz cegadora; luego, el gigantesco crucero intergaláctico se posó sobre nosotros y empezó a secuestrar al que anduviera en la distraída o de curioso, elevando a muchos por medio de un haz luminoso color rojo. En medio del terror vi a la vecina, de quién siempre he estado enamorado, salir volando de su casa totalmente desnuda, dejando ver todos los pliegues, montes, cimas, oquedades y pelos que siempre desee; en un arranque romántico y heroico, estuve a punto de meterme bajo el haz rojo para ir tras ella cuando, de improviso, una portezuela se abrió y por está se asomó una mujer muy delgada, alta, ojos oscuros en forma de avellana, rasgos andróginos, cara alargada, cabellos blancos y muy parecida a Sigourney Weaver quien me dijo, sin mover los labios y con una voz parecida a la de la mujer que controla el tráfico desde el google maps, que aún no era mi momento, que mi padre, ahora nombrado Faltoyano, había intercedido para que yo no fuera unos de los ciento cuarenta y cuatro mil que serían elevados a la salvación para luego, ser re sembrados y construir así, el nuevo orden mundial; agregó, ahora con un acento helado como de grabación telefónica, que yo debía preparar el planeta para su regreso y que tendría que soportar el renglón oscuro de la era pos-humana. La puerta se cerró y el ingente puro mecánico comenzó elevarse silenciosamente mientras una música como de videojuego sonaba dentro de mi cabeza; al fin, se esfumó en medio de ese mismo sonido de explosión que la hizo aparecer; antes de que terminara de escucharse el eco que dejó la nave nodriza, me aventuré en preguntarle su nombre de manera telepática, mi sorpresa fue mayúscula cuando la mamarracha contestó con ese acento de computadora: "soy Akeya, aquella a quien tú padre ama" Le menté la madre a la tripulante de otros mundos; luego, grité con todas mis fuerzas el nombre de la deseada vecina. Desperté con mi estridente lamento de Tarzán y lo primero que vi fue a mi madre burlándose de mis gritos dirigidos a la hija de su comadre Eloísa y apuntando, con dedo de fuego, hacia la erección convulsa que portaba entre las piernas y le daban a la sábana el aspecto de una enorme carpa de circo. No me importaron las burlas de mamá y salí en trusas a buscar a mi padre para contarle que había soñado al OVNI que hizo ¡Bum! y a su amada extraterrestre. No lo encontré en su cuarto, no lo encontré en el baño, no lo encontré en la cocina, no lo encontramos ni en el expendio de cerveza. De hecho, no lo encontraron hasta año y medio después, sobre el camino de terracería de un poblado llamado paralelo treintaicuatro, buscando a la orilla del sendero pedregoso y enlodado una hierba llamada tatachinole para curarse las hemorroides que le provocaron, según contó a medios periodísticos, las múltiples violaciones de las que fue objeto por parte de una pandilla de extraterrestres habitantes de las pléyades, cuadrante espacial cercano a la constelación de Orión. Traía un extraño aparato amarrado en rededor de la cintura. Cuando los médicos le preguntaron qué chingado era ese extraño colguije, les contestó, con un gesto de vergüenza, que es una sonda que los extraterrestres le metieron en el culo para hacerle análisis de ADN y de esta forma, saber si su factor sanguíneo era compatible con el ADN de la líder del grupo de rebeldes cósmicos, una mujer llamada por todos Akeya, pero por los íntimos, Senyáse. El plan de la homínida, según la crónica periodística, era crear un híbrido humanoide capaz de destruir a los líderes reptilianos. Todo salió mal cuando se dieron cuenta que mi padre tiene sangre O-RH positivo, es decir, sangre universal y la sangre del universo no es compatible con los pleyadianos, pues estos son más antiguos incluso que el mismo universo. La noticia fue difundida hasta por televisión y el controvertido reportero Jaime Maussan le dedicó varios programas en sus emisiones nocturnas de Los Grandes Misterios del Tercer Milenio; en pantalla, mi padre gritaba sonriendo, a bordo de una ambulancia, hacia las cámaras de televisión: "ora, pinche Leopolda, para que veas! Decías que mi sangre la llevan en las venas hasta los perros; ¡mira ahora! ¡Es factor de interés extraterrestre!" Maussan informó, a voz de mi padre, de quién se hizo amigo entrañable, que los raptores celestiales lo abandonaron a las orillas de la carretera Mazatlán-Tepic y que el pobre trotamundos cósmico tuvo que caminar por toda la costa alimentándose de ostiones, cangrejos, y uno que otro pescado podrido, hasta llegar a la ciudad de Eldorado. No fue por el hecho de que se ventilara su aventura en cadena nacional ni por el sueño aquel que tuve horas antes de su desaparición; le creí al fin su historia de la abducción gracias a la sonda; científicos expertos en aleaciones metálicas describieron que el material con el que se diseñó este objeto anal, no ha podido ser identificado ni por los científicos de Vladimir Putin. De hecho, recibí una carta de la embajada rusa en donde, la sociedad de ingenieros genéticos de Moscú, afirman que el ADN encontrado en los restos de caca pertenece a mi padre y que además, un ADN desconocido hasta entonces por la ciencia humana, aparece ente las ranuras del raro instrumento quirúrgico; también afirman, en uno de los apartados del grueso expediente, que mi padre ha sido el último de los ciento cuarenta y cuatro mil abducidos hasta ahora y que su tipo de sangre lo hace resistente a todas las enfermedades que han flagelado al género humano, incluida la viruela, la peste bubónica, la gonorrea y la gota de marinero o putrefacción espacial, vulgarmente conocida por los médicos como sífilis. Hoy, este hombre objeto de la ciencia, ya es otro. Ya no cuenta su historia del OVNI que hizo ¡Bum! y solo se dedica a gastar el dinero que la comunidad científica de Rusia le deposita en su cuenta bancaria cada mes. Posterior a los sucesos, ya solo plática de amores imposibles y de la pérfida Senyáse. No está de ninguna manera triste. Celebra que todo haya por fin terminado porque a lo único que le temió tanto tiempo fue a la posibilidad de que lo internáramos en un manicomio. Me muestra un poema que le escribió a la revolucionaria de las pleyádes y me manda por más cerveza. Por las tardes, en vez de contar historias de ciencia ficción, nomás se pone a cantar, hasta quedarse sin voz, un poema bien raro titulado La Canción Del Elegido.

Solo se queja cada cierto tiempo de un dolor intenso en el ano. Él dice que este padecimiento lo tortura cada eclipse lunar o cada que hay lluvia de meteoritos y que se vuelve insoportable cuando el culo se le pone como un clavel totalmente florecido pues la marca de la sonda se recrudece cada que venus se acerca, de manera muy coqueta, a los cuernos de la luna. Para estos eventos inflamatorios agudos y a recomendación de su amada ausente, siempre tiene la alacena repleta de raíces de tatachinole, hierba importada por las casualidades del cosmos y a manera de polvo estelar desde el cuadrante cercano a la constelación de orión hasta nuestro bello planeta. Mi padre dice que rebautizó la hierba, en memoria de los sucesos y el futuro oscuro que le espera a la humanidad, con el nombre de: El Beso de Akeya para Faltoyano

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ALFONSO BREZMES

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

 

 

LOS PUNTOS INVISIBLES

 

Desconfío de las rectas:

van a donde quiero ir,

no por donde quiero ir.

Solamente cuando tardo

porque entro en el paisaje

logro ver los puntos que lo unen;

solo cuando me demoro

en la senda que me lleva

logro saber a dónde voy.

 

A cierta altura del camino

el por dónde es importante:

Ítaca —ya lo sabemos—

se desvanece al llegar.

 

 

 

LES POINTS INVISIBLES

 

Je me méfie des lignes droites:

elles vont là où je veux aller,

et non par où je veux aller.

Seulement quand je m'attarde

car je rentre dans le paysage

j'arrive à voir les points qui le relient;

seulement quand je prends mon temps

sur le sentier qui m'emmène

j'arrive à savoir où je vais.

 

À une certaine hauteur du chemin

le par où est important :

Ithaque -on le sait bien-

s'évanouit dès qu'on y arrive.

 

 

VENGA A NOSOTROS

 

Caigan tus ojos en mí,

como cae el cuchillo en el pan

para partirlo.

 

Hágase en ti mi palabra,

como se hace el verbo en la lengua

para dejarla encinta.

 

Venga a nosotros la sed,

como viene el dolor al mundo

para salvarlo.

 

 

 

QUE VIENNE A NOUS

 

Que tes yeux tombent sur moi

comme le couteau tombe sur le pain

pour le couper.

 

Que ma parole soit en toi

comme le verbe est dans la langue

pour la laisser enceinte.

 

Que la soif vienne à nous

comme la douleur vient au monde

pour le sauver.

 

 

(De SED, ed. Renacimiento, 2020)

 

LA CASA SIN PUERTAS

Homero vio a Dios:

esa fue la causa de su ceguera.

Borges leyó a Homero,

y en sus hexámetros las naves

surcaban el mar para llevar el sol

hasta el ciego horizonte de sus ojos.

Yo he leído antes a Borges

y otro me lee a mí ahora.

 

Así viaja la luz

por esta casa sin puertas

cuyos muros son palabras:

iluminando unos cuartos

tras dejar otros a oscuras.

 

 

LA MAISON SANS PORTES

 

Homère vit Dieu :

ce fut la cause de sa cécité.

Borges lut Homère

et dans ses hexamètres les vaisseaux

sillonnaient la mer pour emmener le soleil

jusqu'à l'horizon aveugle de ses yeux.

J'ai lu Borges autrefois

et à présent un autre me lit.

 

C'est ainsi que la lumière voyage

dans cette maison sans portes

dont les murs sont des paroles :

illuminant quelques pièces

après en avoir laissé d'autres dans le noir.

 

 

(de ULTRAMOR, ed. Renacimiento, 2020)

 

 

 

PARAÍSO EN OBRAS

 

¿Subes?

Me he calzado las botas de siete leguas

y aún hay sitio en mi viejo zurrón

para algún animal extraviado.

 

Tenemos todo el tiempo del mundo

para perderlo en relojes que atrasan;

conocemos la mecánica del desgaste,

el óxido de las buenas costumbres,

la solidificación de los días idénticos;

las palabras gastadas ya las sabemos.

 

Te ofrezco el azar, lo que tiembla

dentro del corazón de los niños,

unos pocos momentos fugaces

de algo parecido al amor y un pack

de una estancia para dos en mis sueños.

Te entrego la incertidumbre, la víspera,

lo que aún no está aquí,

lo que no tiene sombra,

el fruto del árbol del Bien y del Mal,

la trampa exacta del nosotros.

 

Sube:

perderemos juntos el paraíso.

 

 

PARADIS EN TRAVAUX

 

Tu montes?

J'ai chaussé mes bottes de sept lieues

et il reste de place dans ma vieille gibecière

pour un quelconque animal égaré.

 

Nous avons tout le temps du monde

pour le perdre dans des horloges qui retardent ;

nous connaissons la mécanique de l'usure,

la rouille des bonnes manières,

la solidification des jours semblables ;

les mots usés on les connaît déjà.

 

Je t'offre le hasard, ce qui tremble

dans le cœur des enfants,

quelques rares moments fugaces

de quelque chose qui ressemble à l'amour et un pack

d'un séjour pour deux dans mes rêves.

Je te livre l'incertitude, la veille,

ce qui n'est pas encore là,

ce qui n'a pas d'ombre,

le fruit de l'arbre du Bien et du Mal,

le piège exact que nous sommes.

 

Monte :

nous perdrons ensemble le paradis.

 

(De Vicios ocultos- Ed. Leviatán, Buenos Aires 2019)

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HÉLÈNE RÉVAY

Poemas del libro Poèmes sous-vide, Ed. Unicité, 2019

Traducción de Miguel Ángel Real

 

 

Eh quoi ?

 

Mourir selon les rites,

vivre selon l'usage,

s'enorgueillir de désespoirs.

 

Pour se réveiller un matin

dans un champ de mines

et sentir le charbon,

des aisselles aux cheveux?

 

Je ne vivrai pas cet ordre,

selon lequel on soupèse,

minutieusement, et gâte sa vie.

 

Où l'on perd sa raison,

à la rationner,

à sentir dans les soirs,

ce vent de misère.

 

À perpétrer le sort,

et n'y voir qu'un destin.

 

 

 

¿Y qué?

 

Morir según los ritos,

vivir según el uso,

enorgullecerse de desesperaciones.

 

¿Para despertarse una mañana

en un campo de minas

y oler a carbón

de las axilas al cabello?

 

No viviré en este orden

según el cual uno sopesa,

minuciosamente, y malgasta su vida.

 

Donde se pierde la razón

por racionarla,

sintiendo en las tardes

ese viento de miseria.

 

Por perpetrar la suerte

viendo solo un destino.

 

 

 

 

 

Je ne te demande pas de croire,

je ne te demande pas d'oser.

 

Ni d'avoir au bord du coeur,

le privilège des larmes.

 

Et dans la bouche,

l'orgueil d'un soupir.

 

Je ne demande pas

à l'absence de paraître.

 

Ni à quiconque de choisir,

entre le vent et la pluie,

la soif ou la misère,

l'assiette ou la tablée.

 

 

No te pido que creas,

no te pido que te atrevas.

 

Ni que tengas al borde del corazón

el privilegio del llanto.

 

Y en la boca,

el orgullo de un suspiro.

 

No le pido

a la ausencia que aparezca.

 

Ni que alguien elija

entre el viento y la lluvia,

la sed o la miseria,

el plato o la mesa.

 

 

 

J'aurais pu naître heureuse,

poète et comblée.

 

Et voir se flétrir les jours,

selon ma diligence.

 

Savoir la fin à l'avance.

 

Et tout ça sans en être

un instant affaiblie.

 

Et connaître le destin

dans une suave cruauté.

 

Comme j'aurais pu lasser ton coeur

par des chants opportuns.

 

 

 

Hubiera podido nacer feliz,

poeta y colmada.

 

Y ver los días marchitarse,

según mi diligencia.

 

Saber el final por adelantado.

 

Y sin que todo eso me dejara

sin fuerzas ni un instante.

 

Y conocer el destino

en una suave crueldad.

 

Como hubiera podido cansar tu corazón

con cantos oportunos.

 

 

 

Marcher l'absence,

dans les rayons nus de Septembre.

 

Dans le désert, encore,

murira le poème.

 

Et les pensées,

dans le ciel cimenté.

 

Sur les chevaux électriques,

exploseront les crânes.

 

J'aimerais tant vivre,

dans le feu du soleil,

l'inlassable été.

 

Caminar la ausencia

en los rayos desnudos de septiembre.

 

En el desierto aún

madurará el poema.

 

Y los pensamientos,

en el cielo hecho cemento.

 

En los caballos eléctricos

explotarán las calaveras.

 

Quisiera vivir tanto,

en el fuego del sol,

el verano incansable.

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OCTAVIO PAZ

Cuarteto Mexicano

Roberto López Moreno

 

 

No vio nacer al mundo,

más se enciende su sangre cada noche…

 

 

No vio nacer al mundo

s se enciende su sangre cada noche;

desde ese palpitar otea el día,

lo descifra, traduce,

lo acomoda en todo lo que nombra.

El día aquí

es una herida por donde fluye

un motín de buganvilias.

 

Baja la fecha a nuestro somos,

recorre litorales de barro y nube.

Asombros.

 

Ometecuhtli —huitzillin amarillo—

(bujía de mis más rotundos desconciertos)

eleva

sobre nuestros destinos

la sed del fósforo

y nos convierte en la patria

de su penacho incandescente.

 

Cisne y nahual se ciñen a esta fecha

(este es un cisne que sí conoce

su peso en el paisaje,

nahual que sabe su embrujada brasa)

cucharada de azúcar,

cucharada de sal.

 

En la pupila azul de la memoria

se dibujan los perímetros del viento,

descienden hasta el cisne y el nahual

que laten en la sangre

-adentro del gran árbol de su sangre-.

 

A la menor provocación

salta la sangre a ver el mundo,

a encontrarse con los líquidos

de la tierra de la que fue hecha árbol.

 

En el profundo cielo se refleja el mar.

El mar es un tumulto de agua estancada

en el que apenas cabe el huracán de la palabra.

El reflejo brama.

 

En el centro del espejo

un relámpago verde, fluido verde, manantial

verde, verdad verde de alegría

y alegría de verde,

arquitectura de los siglos verdes,

verbo verde

con todos los caminos inventados

para vivir sus construcciones verdes.

La vida, tocada por su mano verde,

arriba y abajo, a los lados,

adentro del tigre curvo

rayonado de años luz. Verdes.

 

El ansia bracea a contra-río,

va asumiendo la pequeñez de su distancia.

Bracea.

Hay valles y planicies en el recorrido

que se habían encuclillado

en algunos rincones de sus células.

Bracea río arriba.

Redescubre paisajes despintados

por un tiempo a la inversa.

Reconstruye paisajes.

Bracea hasta ovillarse, diminuto,

en un principio de agua mansa y misteriosa,

laguna de sombra y de sustancia eléctrica.

 

El ansia regresa a conocer la fuente.

Volvió a su centro,

a empaparse de la primavera incógnita;

está ahí, ovillada,

segundos antes de que haga saltar

en mil novecientas noventa y cuatro astillas

el cristal que la contiene.

Ahora el ansia bracea río abajo,

asumida otra vez a la corriente.

Ahora es una fuerza más verde que nunca.

 

Ya creó de nuevo el día.

No vio nacer al mundo

pero lo está inventando

al encender su sangre cada noche,

al arder en la inmensa y silenciosa noche,

al alzar la noche

repozo de Dios,

oración del Diablo,

sacerdota y poetisa,

fruto derramado desde el cosmos,

oscura sabihonda,

cuna de la próxima ecuación verde.

 

(Abecedario Ave se diario Abecedario

A veces sedario

A veces sed … a río…)

 

Ya está aquí el día y su azul memoria. Verde.

Es un libro que no cesa,

Bracea. Prende.

Delata mis blasfemias.

 

 

INTERMEZZO

El mundo nace cuando dos besan

 

Octavio Paz

 

El mundo nace cuando dos se enlazan

en el sensual secreto de la danza,

beso de carne y tiempo se consuma.

Los ríos se hinchan,

la pelambre vegetal

humedece las crestas de su ola,

los suaves valles estremecen,

la playa gime el abrazo del espumo,

el volcán lanza su braza fragorosa.

El mundo nace vasija del secreto,

adentro de ese vientre rotatorio

se mezclan el sumo del licor sagrado

y la fiebre de la selva.

Corren los dedos de la música sobre del teclado.

Dos se besan.

El mundo nace, gira.

Dos se están besando.

 

 

ERAN LAS 3.5 ADOLFO CASTAÑÓN

 

Eran las 3.5 ascensiones de Richter;

vinieron a informar a la ciudadanía

que el poeta había muerto.

¿Cómo decírselo ahora a sus poemas?,

¿cómo decirle al aire en el que vuela?,

¿cómo al agua?,

tienes razón Adolfo, ¿cómo?

Tú me presentaste con él, ¿te acuerdas?,

Casa de los Azulejos: “el es Roberto López...”

y yo tendí mi mano hacia el centro en combustión

de mis blasfemias.

Una cosa es hablar de la llama

y otra hablarle a la llama.

“El es Roberto López...” y la calle Madero

fue colibrí nocturno de mi anfracto calendario.

Eran las 3.5 de Richter, Adolfo Castañón,

unas horas antes

la llama de Mixcoac se había elevado sobre el valle,

se había hecho aire de abril,

sur de domingo,

y nosotros pupila absorta frente a la transparencia.

Eran las 3.5

y era la eternidad que nos rozaba.

 

 

OCTAVIO PAZ

 

Hirviendo en el espacio la sal de toda era

las horas de Estocolmo en el curvado cierto—

reviven los minutos de algún horario yerto,

reloj sin manecillas, elevada venera.

 

Luminoso velamen que crece a su manera

con la esfera enluzada en el espacio abierto,

y baja hasta la rosa y crece hasta su huerto

en la verdad que asume su llama postrimera.

 

Metáfora de soles, estatura cumplida,

radiante broche en alto de su broche radiante,

colibrí de ultratumba que alumbra cada herida…

 

Y que en Paz no descanse si Paz es este andante

que en medio de su coro -aforo de la vida-

asume: un árbol bien plantado más danzante…

 

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Martes, 16 Marzo 2021 20:31

El adiós a “La Safo” / Sergio Salinas /

 

 

El adiós a “La Safo  

Sergio Salinas

 

“Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian
comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose.”

José Donoso, “El lugar sin límites”

 

¡Ay, mi querida Safo, hace tanto que no me acordaba de ti! Pero hoy precisamente pasé por nuestro edificio en tu calle de Santa Sor Juana, donde creciste con ella como una de tus musas y encontraste el amor a las palabras, esas que de tu boca borbotaban como de una fuente. Recordé esas tardes de domingo de ensueño en los lavaderos de la azotea. La frescura de nuestras sábanas, el aroma a jabón Zote y tu evidente cruda se mezclaban mientras lavabas esos hermosos vestidos de lentejuela que usabas las noches anteriores. Esos que entre tú y tu madre confeccionaron, los que reflejaban tan bien la luz del sol vespertino entre las burbujas, como también reflejaban los reflectores de los escenarios que llamaste hogar. ¡Cómo pude olvidarte por tantos años! Una estrella como tú aún sigue brillando, pero detesto recordar historias tristes y la tuya me llena de tanta culpa. Pero a pesar de lo cabrona que fue la fortuna contigo, hoy me atrevo a ponerle fin a esta amnesia voluntaria para no permitirme borrar tu gran recuerdo de la faz de mi memoria.

Te conocí sólo por tus relatos, por tus versos, por las canciones que con enjundia entonabas. Daba lo mismo si te pedía un soneto de Pita Amor o “Tu muñeca” de Dulce. Siempre me fue tan difícil darle rostro de diosa a un chiquillo diseñador veinteañero flacucho y tostado. Lo que de altura te faltaba, tu nombre te alzaba al cielo y tu voz estruendosa al edificio cimbraba. Hacías hablar hasta a los ladrillos de la azotea. No era de sorprenderse que después de varios domingos coincidiendo también conmigo harías sucumbir enamorado a las tertulias de lavanderas. Así te conocí, hasta aquel domingo que no apareciste.

En las noches de sábado sobre mi techo escuchaba tus tacones punzando el suelo, tu puerta cerrándose de chingazo y tu infame grito de “¡buenas noches, vecinas!” que exasperaban a los más viejos de aquel edificio de Santa María. Más de uno quiso golpearte, pero con tu labia y sensualidad femenina, les encantabas con tu casi infantil candor. Un par de veces me asomaba con la excusa de un cigarro en mi balcón para despedirme de ti, como si hubieras sido mi gran amiga, mi pequeña novia, y tú con tus pelos de Amanda Miguel o de la diva ochentera que tocara encarnar esa noche en los bares de República de Cuba, me volteabas a ver y me mandabas un beso tronado. Luego recuerdo esas madrugadas en que regresabas bien entonada, declamando a Sor Juana, despertando a todos.

Fue una madrugada de domingo cuando me levanté a tomarme mi café y a esperar escuchar tu alboroto, que ese alboroto no sucedió. Llegaste tarde, directa a la azotea, donde te esperaba para nuestro chismecito, pues a esa hora siempre recitabas tus trapitos al sol, como heroína de las noches. Esa tarde fue distinta. Andabas contentísima. Recuerdo que te expresé mi preocupación cuando no apareciste como siempre y tú con soltura me confesaste: “no seas celoso, pasé la noche con un gran amor”.

|A aquel canalla lo conociste saliendo del antro. Andaba de juerga el hombre, en alguna cantina cercana y se le hizo fácil ir a buscar a un “maricón”. Y tú, en tu gracia ingenua, tu sed de amor, le viste tan guapo que en algún callejón húmedo del centro se ahogaron en más tequila y pasión. Estabas orgullosa de haber cazado a tan viril cuarentón, aventurero como tú.

Pasaron los domingos y dejaste de ir a lavar la ropa. Dejé de escuchar las aventuras de “La Safo”. Siempre pensé que te habías puesto aquel nombre por “zafada”, porque loca como tú no existe, pero fue por el nombre de otra mujer trágica que el poeta de tu amado y difunto padre solía nombrar. Hasta ahora sé que el destino te hizo una perversa jugarreta al escoger ese nombre, al escoger a ese hombre, a ese tu Faón.

Nunca supe qué fue de ustedes dos en ese mes. Esa historia me llegó en fragmentos, en pedazos de rumores como ecos en los pasillos del edificio, en pedazos de las trifulcas fuera del portón entre tú y él o los llantos de tu anciana madre que atravesaban los muros. Tu voz dejó de inundar estrepitosamente las costas de nuestros oídos, el brillo de tus lentejuelas se fue descosiendo. La oscuridad de aquel cabrón te domaba. Ahora eras el peor despojo mudo, un fantasma desangrándose en lamentaciones sobre Eje Central, caminando con el tacón roto hasta los brazos enclenques de tu madre. ¡Ay, mi querida Safo! No entendiste que en ese hombre cobarde no encontrarías el amor de tu padre muerto; ese sólo podrías reencontrarlo en el Cielo.

Todos sabíamos en el edificio tu trágica historia. Cada verso alegre que ya no nacía de tu pecho fue una advertencia. Pero preferimos no involucrarnos, como los televidentes no intervienen en el desenlace de la telenovela. Te miramos decayendo en silencios, enamorada de un hombre casado y discreto. Me arrepiento tanto de haber sido solo un morboso voyerista de tu declive, un testigo pusilánime, un aliado de tu desventura. ¡Me arrepiento de no haberte dicho adiós!

Aquel lluvioso domingo no regresaste. Escuchamos a las sirenas azules y rojas llorándote a lo lejos. Asomé el corazón por el balcón y pude ver tu fantasma regresando en lentejuelas, enamorada de las palabras, mas no fue sino un aire de tu ausencia, pues aquellos policías te llevaban en una brevísima declaración para tu madre, para notificarle que era necesario ir a reconocer tu cadáver.

Fue el lunes camino a la Universidad cuando leí en la nota roja que a putazos habían callado tu voz escandalosa. Me lastimó el alma leer de algunos redactores rufianes tus últimos momentos y aunque decían no saber quién era el culpable, todos sabíamos quién te había molido a golpes afuera de los Finisterre, en el mar de las lluvias de agosto sobre San Rafael. ¡Ay, Safo! No fue el mar violento sobre tu piel que te resquebrajó la vida como a tu homónima, si no los puños de un cobarde y sus compadres, que te citaron en los baños con una trampa amorosa, para borrar de él un amor indeseado y el reflejo esplendoroso de un brillo que envidiaba. Te viste seducida por una promesa de perdón y olvido, tentada por la muerte o por el reencuentro con tu padre y caminaste a un inminente suicidio, para cumplir un injusto y despreciable destino. Nadie fue para ayudarte a plena luz de la mañana, nadie fue para acusarlo, nadie fue para socorrer a tu madre en la desdicha. A esta Safo, a ti nuestra Safo, no te mató el mar, te matamos toda la pinche gente.

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Martes, 16 Marzo 2021 20:22

El tatuaje Por Felipe Díaz

 

 

El tatuaje

Felipe Díaz

 

— ¿Por qué tatuarse unas alas? — Preguntó Eduardo después de varios minutos de haber aterrizado su mirada en la espalda desnuda de Tatiana. El tatuaje era fastuoso: unas alas, cuyas plumas se extendían de hombro a hombro y del cuello a las dorsales.

— Yo no elegí el tatuaje… las alas me eligieron a mi— respondió Tatiana somnolienta y pausadamente. Él se echó a reír con franca vulgaridad. Ella levantó con sutileza la cabeza y con la mirada le respondió que le daba lo mismo si le creía o no.

El silencio y el transcurrir de algunos segundos, hicieron crecer la pena y la intriga en Eduardo. — Bien, ya dime, ¿cómo es eso de que las alas te eligieron?

 

Ella se sentó de frente. — No existe mejor tatuadora que Pandora. Su trabajo está más allá del entendimiento humano. Su arte ha recorrido el mundo y lo puedes admirar en las mejores revistas de tatuajes. Yo estuve en lista de espera durante cuatro meses. Y, créeme, pagué bastante por mis alas, sin saber que, el día que ella me recibió, saldría con ellas. Yo quería unos alcatraces en mi pierna derecha, a todo color… pero ya sabía cuál era su manera de trabajar, iba dispuesta a servirle de lienzo. Ella me aclaró que jamás utilizaría a alguien de lienzo, que en ese caso preferiría hacer otro tipo de arte. Yo sólo descubro lo que en el alma ha estado lleno de máscaras y lo pongo a germinar en la piel —me dijo—. Nos sentamos cara a cara, me tomó de las manos y se puso a meditar, digo meditar porque nadie me cree cuando afirmo que estaba en trance. Tú no eres un alcatraz, mi niña, no eres para estar atada a la tierra —susurró, sin que yo hubiera mencionado los alcatraces—, al contrario, tu alma es inquieta, ligera y volátil. Sin dar más explicaciones, me colocó boca abajo en una camilla y comenzó a tatuar. Al inicio lloré con mucho dolor, como si las lágrimas fueran de sangre y arrancadas del corazón. Para distraerme y hacer más llevadero ese sufrimiento, particularmente cuando trabajaba cerca de las costillas, intentaba hacerle plática. Nada, ignoró mis palabras, no dejó de trabajar un sólo momento. Únicamente me daba descansos cuando cambiaba la tinta. Y yo aprovechaba para tomar un respiro y agua. Después, hubo momentos en los que me dormí, pese al dolor, o quizás… estaba también en trance. Recuerdo que vinieron a mí imágenes de mi madre, de mis primos, de un viaje a Veracruz, la escuela a la que iba de niña; visualicé mi primer orgasmo… recuerdos que nunca había hecho conscientes en ese momento flotaban y bailaban al sonido de la compresora, frente a mis ojos cerrados, vívidos, como si los pudiera tocar.

 

No utilizó dibujos, no necesitó fotografías, no bocetónada, tampoco hizo trazos en esténciles, simplemente grabómi piel. Cuando terminó, hizo que me levantara y me llevó a una recámara con espejos en los cuatro muros. Lloré sin poder contenerme. Mis alas, mis hermosas alas, movieron unas lágrimas que, entonces, mi alma lloraba de gusto, de libertad, de realización… Me sentía ángel, o paloma, o cóndor… Me dieron ganas de volar, realmente volar. Sentí como si pudiera moverlas, aletear. Floté… o al menos así me pareció.

 

Eduardo se levantó, corrió la cortina. La luz del alumbrado exterior avivó aún más el desinhibido plumaje.Tatiana parecía una sílfide.

— Está precioso. Tendrás que pasarme el teléfono de Pandora. Nunca he tenido la intención de tatuarme, pero con ella, seguro que lo hago.

— Muy tarde, ya no vive en la ciudad. No tatúa más.

— ¿Por qué? ¿qué pasó?

— Me interesé mucho en ella. Quise conocerla más, era como una sanadora ¿sabes?, una médium, una chamana. Un domingo en la mañana toqué a su puerta, llevaba un termo lleno de café. Ella dudó unos segundos y después me invitó a pasar. No puedo decir que nos convertimos en amigas. No es el tipo de personas con quien puedas platicar de noviazgos, ropa o películas, o de cualquier banalidad. No, tienes que elegir un tema que le interese y sea un reto a su pensamiento. A veces pasaba varios minutos en total silencio, con los ojos cerrados, pero sonriendo, muda; meditando… creo. Me platicó que aprendió a tatuar con técnicas ancestrales, y poco a poco empezó a… mmm… leer el alma de sus clientes. Cuando no recibía ideas o cierto tipo de vibraciones que le indicaran qué tatuar, simplemente les decía que no podía hacer el trabajo y les cancelaba, así nada más, sin pena, en su cara. Nunca accedió a tatuar algo distinto a lo que ella sentía. Sólo una vez… la última, porque fue forzada a hacerlo…

— Bueno, ya cuéntame ¿qué pasó?

Se puso de pie, caminó al refrigerador y destapó una cerveza— Pandora iba a tatuar a mi amigo Santiago, a quien yo había recomendado. El día de la cita, en cuanto le abrió la puerta, un tipo, junto con tres guaruras, los empujaron hacia el interior del departamento. Uno de los gorilas tomó a mi amigo por el cuello y el patrón le dijo a Pandora: “Perdón por los modales, mis amigos son un poco atrabancados. Haz lo que te digo y todos estaremos en paz y habremos ganado. Me han contado que eres muy buena tatuadora, y hoy amanecí con ganas de tatuarme un dragón en la espalda. No te preocupes por el dinero. Tatúame y tu clientecito estará sano y salvo. ¡Apaguen sus celulares!”. Sacó una hoja que tenía impreso un dragón chino. Le estaba pidiendo un tatuaje Yakuza.

— ¿Era de la mafia china?

— No tenía nada de chino, pero sí de mafioso. Por más que ella le explicó que no era su manera de trabajar, que era ella quien decidía qué tatuar. Él se rio y le dijo “el que paga,manda; quien llevará la piel marcada seré yo, así que ponte a trabajar, mija”. Mientras decía esto, a Santiago le doblaban con fuerza su brazo. Pandora, contrariada, no tuvo opción y le pidió que se acostara en la camilla. El trabajo era muy complicado, lleno de color y de gran tamaño. Después de algunas horas, ella le pidió que hicieran una pausa, necesitaba descansar. Ellos hicieron unas llamadas y en unos minutos tenían un servicio de comida tocando en la puerta:carnes argentinas, refrescos y botellas de whisky. Ella aprovechó el tiempo para dormir un poco.

 

Empezó a tatuar a las once de la mañana y concluyó a las cuatro de la tarde… del día siguiente. El trabajo era impecable: las cúspides agresivas del dragón se deslizabanpor el costado izquierdo, cruzaban la espalda y se asomabanhacia el frente, por el hombro derecho. Los colores parecían tener luz propia: rojos, amarillos, verdes, morados; contorneados por un negro vibrante.

 

Se fueron tan intempestivamente como llegaron. El departamento quedó desordenado, con desechables por todos lados y apestando a porro. Le dejaron cincuenta mil pesos en la mesa.

 

Santiago me llamó esa misma tarde para contarme y fui a verla. Cuando llegué, ya estaba haciendo maletas. —No puedo quedarme. Tú tampoco deberías venir. Esa gente está endemoniada—. Entre las dos guardamos sus limitadas pertenencias. Un poco más tarde llegó la dueña del departamento, le explicó lo ocurrido y le entregó un sobre con dinero. Le recomendó no rentar el departamento durante algún tiempo.

 

Tres semanas después me llamó la casera, los individuos regresaron a buscar a Pandora. El jefe estaba fuera de sí. Abrió la puerta a patadas gritando groserías. Al parecer el tatuaje estaba perdiendo el color y algunos rasgos empezaron a esfumarse de la piel.

 

Días después, el fulano armó un escándalo en un centro comercial. Desnudo de la cintura para arriba, berreaba en la fuente central de la plaza: “Maldita Pandora, ¿qué me hiciste? ¡Mira mi cuerpo! ¡Me las vas a pagar, estúpida!”. Su espalda estaba roja, como encendida, y el tatuaje estaba perdiendo la forma de dragón.

 

— Ah, claro, era El Balas, el sicario que capturaron poco después de hacer su teatrito.

— Exactamente. Por más que sus guaruras trataron de controlarlo, no pudieron hacer nada. De hecho, lo abandonaron cuando sacó su arma y comenzó a disparar sin control. Se hizo un escándalo en la plaza, llegaron reporteros y militares. Se aventó a la fuente para calmar el ardor en la piel y ahí lo capturó la autoridad, ridículamente fácil, muy penoso.

 

Días más tarde, el secretario de Seguridad Pública informó que se había quitado la vida en un penal de máxima seguridad, ahorcado, se sospechaba que sus jefes lo habían mandado matar, para que no “cantara”. En las redes sociales trascendieron otras historias, las de los compañeros de celda: “Vimos como el maldito tatuaje cambiaba día con día, iba perdiendo la forma de dragón y se iba convirtiendo en serpiente, ¡por Dios que el maldito dibujo se transformaba y avanzaba en la piel! Sus gritos eran desgarradores, hasta que ya no tuvo voz ni aire para gritar. ¡La serpiente lo ahorcó!”.

 

— Cuando vi las fotos en los periódicos… efectivamente… tenía tatuada una serpiente alrededor delcuello, morado, estrangulado.

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