Sábado, 30 Marzo 2019 07:54

JEAN ROUDAUT La vida dichosa / Traducción de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real /

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JEAN ROUDAUT

La vida dichosa

(de « L’art de la conversation », Editions Empreintes, Moudon – Francia, 2009)

Traducción de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

 

 

Ella no habla.

Él no habla de ella.

Él habla en su ausencia.

 

Hoy están solos en el cuarto.

A la muerte de uno seguirá la del otro.

Se olvidan del verano.

 

No hay conversación entre vivos.

No hay amor.

Se habla luego para permanecer, atravesado el arroyo.

 

En el espacio de cerradas ventanas.

Más allá de los cristales, de las hojas marchitas

Gracias por lo que fue.

 

En el día

Velar

Como si fuera de noche.

 

Y mentir.

Pues lo que se escribe

Es ajeno a lo que se vive.

A lo que muere, lo que sobrevive.

No se concibe resurrección

Sino guardar la inquietud de una eternidad.

 

El labio de granito

No habla.

Esos granos de lluvia sobre la losa.

 

 

 

 

Ella opinaba sobre las cosas lo mismo que él ahora. Levantando el hombro izquierdo lentamente para fingir recobrar, con una falsa timidez, la niña que fue. Tenía razón de no creer lo que le decían, al otro lado del arroyo blanco del mantel, y se le escapaba una lágrima, que enjugaba enseguida. Apenas tenía energía para comer lo que le gustaba. “Cómo quisiera tener una parte de tu fuerza vital”, le decía ella. Ella juzgaba su cuerpo como si se le hubiera vuelto extraño.

Toda su vida, sin decirlo, solicitando el cuidado amoroso. ¿A quién quiere él responder hoy? Evoca tu indigencia. Di el viento, al que no le falta fuerza. ¿Dónde estaríamos los vivos sin nuestros muertos; dónde, inquietos, sin los que deliran?

Los granos de arena chirrían en las articulaciones; los estupefacientes asustan; el corazón tropieza; un velo de agua sobre las pupilas vuelve imprecisas las distancias. No volveréis a conocer el perdón que se conceden los amantes al llorar.

 

“Usted ha golpeado a aquélla con quien que compartía el pan… Nada quería tanto como perder y reconquistar la soledad… Y odiaba que ella tuviera la visión clara de lo feliz que usted era al encarcelarse… Que este hombre se destruyera sin fin…” Por permanecer, él proclama su culpa. Ella ha alcanzado el mundo inocente de los muertos.

 

Ante el Hotel de la Marina, un vuelo de grifos y de peces voladores atravesaba el cielo de junio. Un moño recatado. Una boca como un caramelo rosa. Una falda amplia de algodón vichy. Gafas negras con gruesas monturas para ocultar una vida sensata. Una joven de buena familia se abría paso por la rue Royale, entre miles de caballos. Un vuelo de brujas cruzaba el cielo de la plaza de la Concordia.

 

En un solo día, más tarde, su rostro se frunció como un paño de lino húmedo.

 

Su casa era su libro de cabecera. Ella subrayaba, desarrollaba, exiliaba. Prefería lo acogedor a lo útil, la luz a las colgaduras, los espejos a las pinturas, lo seguro a lo que se improvisaba. Amplió su feudo; el mar y los árboles vinieron a bordear los muros. Terminó de ordenar un último capítulo. “Más tarde, no cambiarás nada, verdad, en la disposición del cuarto.”

 

Preocupante, una tormenta de rayos estalla en pleno oeste. La tierra del terror está coronada de fuego. Pero en lo más alto del zénit, no hay más que negrura.

 

A ella le gustaba ver cómo resaltaba de las brumas, y después del mar, con la marea baja, una roca sin vegetación, que surgía de los fondos marinos o caía del cielo. Nada en esa roca, según aquellos que en verano tenían como objetivo el alcanzarla en barco, llevaba la huella de un paso humano. Ni los legionarios romanos, ni los marinos del rey Gradlon1 habían trabajado allí. Es un islote magníficamente inútil, de injustificada presencia. Para evitar que derivara, la roca recibió el nombre, transmitido de generación de pescadores en generación de insatisfechos, de “Piedra profunda”. Así concebimos nuestra vida, sumergible y despejada, con la espuma como adorno.

 

Él era sedentario. Le bastaba con considerar lo inútil de los flujos y la belleza de los naufragios. Ella era de alma nómada, y deseaba pasar de llanura a archipiélago, incapaz de permanecer en su sitio, en la misma habitación, sobre la misma silla. Fue la primavera de su vida. Jugaron a la rayuela de ciudad en ciudad, en la Europa eterna de los días de posguerra. Los nombres les atraían, las Puertas de Hierro, el Valle de Tempe, el Cuerno de Oro (se quedaron en la reserva Valparaíso, Arkangelsk, Vancouver). Viajaban, con bastante juventud para ser indiferentes a la soledad de aquellos que dejaban atrás.

 

Escalaron siete de las Siete colinas, y se quedaron contemplando la ciudad desde San Pietro in Montorio: “Toda la Roma antigua y moderna, desde la antigua Vía Apia con las ruinas de sus tumbas y de sus acueductos, hasta el magnífico jardín de Pincio construido por los franceses, se extiende ante ustedes.” En el Tempieto de Bramante, recuerda Stendhal al comienzo de la Vida de Henry Brulard, estuvo largo tiempo expuesto La Transfiguración, el cuadro pintado por Rafael. Ya no se puede ver; se le llama por su ausencia, y su título evoca lo que se configura cuando se le recuerda a la memoria lo vivido. Stendhal acaba de tener cincuenta años; considera el paisaje y su vida como si estuviera situado no al otro lado del Tíber, sino del Estix. El paisaje queda incluso recompuesto, transfigurado.

 

Soñaban con Oriente, con ir hacia Oriente donde el sol siempre es naciente. En el mismo paisaje, la magnificencia y la gracia estarían unidas. En el mundo que dejaban, las fuentes de vida habían sido cambiadas por botellas con chapa, las aves del paraíso por buitres, el porfirio por ladrillos. Atravesaban la pobreza en la profusión, el polvo se levantaba al otro lado de los cristales cerrados. Desembarcaron en un gran campamento nómada. Aprendieron a ser de otra manera. Dejaban tras ellos las ciudades-fortaleza, que con su forma daban testimonio de un sueño de la conciencia soberana. Perdieron la seguridad que procura la idea que tanto el mundo como uno mismo tienen un centro. Las sensaciones se dispersaban; la persona se esparcía. Con la mente desordenada, descubrieron la belleza de lo que falta y sufrieron por ello.

 

A lo largo de las calles polvorientas, ella llevaba al hijo sobre su cadera, buscando con él lugares de sombra. Frecuentaban el mercado por las especias y los cobres rojos, las iglesias por los mosaicos y el olor del incienso. Cada mañana, como orantes, seguían la emergencia del Olimpo por encima de la bruma blanca. El monte parecía una piedra profunda sobresaliendo de un enorme cuenco de leche.

Al anochecer, solían subir la colina hasta las Siete Torres de la fortaleza, bordeando las tapias encaladas. Se equivocaban en un cruce de callejuelas y se encontraban aislados en un callejón sin salida. Había que volver a bajar, y retomar la ascensión en otro sentido, sin que la nueva elección tuviera mayor fundamento. En el jardín del convento de Vlatadon, sobre la hierba, los pavos lucían los tizones de sus ojos. Sus gritos eran tan desagradables que despertaban deseos de matar; su carne había sido considerada como imputrescible. Todavía no había amanecido cuando descansaban al borde de la terraza. Cerca de ellos, sobre el banco de piedra, se sentaba la vieja guardiana del lugar. Vestida de negro hasta los pies, ponía la llave de la puerta en su regazo, entre sus rodillas, y silenciosa y recogida, dejaba gotear entre sus dedos las perlas de su komboloi. Desde la explanada, miraban la oscuridad que tomaba lentamente posesión de la ciudad. Mezclados con las brumas del mar, cubriendo los tejados de tejas marrones con sus harapos, de sus banderolas de andrajos surgían formas bárbaras. Y bruscamente se hallaban en la noche.

Y ambos, en el banco de piedra, con un estupor tranquilo, miraban a lo lejos sin distinguir ya nada. Un niño, cerca, buscaba en la hierba carbúnculos. La vida, que comienza sin uno, se termina en nada.

 

Hubo otras ciudades que amarían. Otras casas que les acogieron.

 

Asomados a la ventana, escudriñaban el ángel de oro del Campanile. La ciudad es un relicario bizantino. La actividad mercantil parecía incluso interpretarse fuera del tiempo, disfrazada. Bastaba, empero, con aislarse por el muelle de Zattere y mirar pasar inesperados barcos de vapor lentos como un velero de tres palos, para tener la sensación de estar para la eternidad en el mismo lugar, el mismo. Cargueros silenciosos se adentraban en la tierra, como en uno un conocimiento inmemorial. Y era su propia mente, anterior a cualquier conciencia de sí, lo que uno veía, embadurnada de hollín y óxido, desprenderse dulce, suavemente del cuerpo.

Las sorpresas de los viajes mudaban en reconocimientos. Se hallaban bruscamente liberados de la extenuación de la jornada y de los meses de invierno. La mente se desocupaba de sí misma. Colocado sobre una pradera más verde de lo que jamás puede ser el mar, tras los ventisqueros de los puertos alpinos, había un monasterio. El de San Florián. En la iglesia, había justo la turbación necesaria para hacer sensibles la soledad y el silencio: el oleaje de la espalda de las servidoras entre los bancos de madera, encerando los reclinatorios y las misericordias, el chirrido de los cepillos en el pavimento. Ciertamente, en ese instante uno sigue sintiéndose “mediocre, contingente y mortal”; pero esto no tiene importancia. Ya tendrán las aprensiones tiempo de volver en los años que quedan por vivir. El día no pasaba; la noche no venía. Era un tiempo de luz muerta. No había por qué ir más allá, ni perseguir, ni notar. La degradación y el lamento ya se encargarían de poner término al viaje.

 

Uno conserva imágenes como un poco de arena de Petra, un guijarro de la isla de Sein, asfodelos recogidos en las orillas fangosas del lago de Trasimeno y secados. Pero recordar las circunstancias de un instante no lo hace renacer.

Uno presta literalmente a los muertos un lugar de residencia. Pasean charlando a través de los campos de flores blancas y amarillas. Es posible que esta imagen sea una simple transposición de los sueños ligeros que uno tiene entre el despertar y un nuevo adormecimiento, por la mañana. Una conciencia poco distante del sueño goza con su inestabilidad. El soñador se siente ser el maestro cómplice de sus sueños. No siente ninguna opresión ni engaño. Porque uno se despierta progresivamente, como si resucitara de entre los muertos, de la descomposición en el rigor reencontrado, atravesando al revés la duración de la agonía. El bienestar reside en un estado de flotamiento. Luego, habrá que despertar y volver a hallar, uno a uno, cada uno de los pesares de la vida. Pero los muertos, por su parte, solo conocerán la gracia de los fantasmas, sin el riesgo de tomar cuerpo.

El decorado de los sueños es tan importante como los personajes que se desplazan por ellos. Son ciudades en las que navegan navíos, palacios cuyas salas son jardines, plazas donde las estatuas te saludan. Pero para los muertos, no hay ni suelo adoquinado ni comercio. Una extensión sin límite, con hierbas ajadas y flores sin brillo.

 

Ningún lugar le gustaba tanto como aquel en el que ella había sido niña, adolescente, que ella le había presentado, dándole a ver cada paisaje como un recuerdo. Tomaban el tren, el barco, el autocar. La luz en Grecia es negra de violencia; la de Bretaña tan húmeda como la de Toscana; tan brumosa como la de Thule. Eso le convenía. Su primer gesto por la mañana era abrir los postigos para recibir al petirrojo. Ella quería creer, fuera como fuera, que de año en año era el mismo que sobrevivía, y se apresuraba en señalar su presencia; en su osadía para venir a picotear muy cerca de ella, el ave guardaba una mirada temblorosa e inquieta.

 

If I shouldn't be alive

When the robins come,

Give the one in red cravat

A memorial crumb.

 

If I couldn't thank you,

Being just asleep,

You will know I'm trying

With my granite lip.

 

En su mesa, el libro de poemas de Emily Dickinson sigue abierto sobre el último poema que ella traducía para evitar llorar.

 

La luz del día bañaba la casa con un color naranja. Más despacio, la noche venía y se quedaba transparente. Las últimas estrellas a las que ella gustaba dar nombre cuando le quedaba bastante tiempo para darse cuenta de lo que deseaba, eran las del Cinturón de Orión. Prefería ese nombre al de Vara de Jacob  porque se lo habían enseñado en su infancia y se disponía a transmitirlo. Él se quedaba en la sombra y la miraba a la ventana. Así pues, la felicidad sería eterna. El petirrojo les regalaba todas las palabras de la tierra. La estrella le acercaba de todo lo que es negro en el cielo. El pájaro le otorgaba la medida de los bienes y las estrellas, un concierto.

Ahora que está solo, los mira con una atención que no les prestaba entonces. El pájaro y la estrella, sin embargo, se han desunido.

 

Les gustaba que el agua de los torrentes pareciera helada, que el temor naciera del ruido de las cascadas, que los árboles ampararan castillos negros. Y el abrazo de las corrientes en el encuentro de dos rápidos: “Los dos ríos aullantes confluyen ante la Piedra; ahí es donde hay que ir.” Hay que cumplir el viaje. ¿Pero qué es el viaje?

 

Algunas personas reunidas -adultos y niños- alrededor de los ancestros por poco que estén unidas por lazos familiares que prohíben las rupturas demasiado brutales: eso es el Tártaro.  Él sufría de estar ahí, aunque ella estuviera cerca. Porque en ocasiones el Padre es un amo ofendido. Constata el fin de su dominación en los gritos. La guerra de sucesión sigue abierta. El domingo, y para las fiestas de aniversario de los herederos, la mesa estaba puesta, los vasos de cristal alineados. ¿Platos y cuchillos según el modelo francés o inglés? Se hablaba de eso cada vez.

¿Champán para el aperitivo? Ninguna botella “Du Bo Du Bon Dubonnet”2, o en todo caso para las personas de paso, obreros y repartidores que “no saben apreciarlo”. En orden jerárquico, se comentaban las últimas noticias oídas en la plaza de la iglesia. Las enfermedades, primero, aquéllas de las que cada uno seguía aún indemne. Y los estragos del alcoholismo.

Al no construirse una casa, y por no atreverse a coronarla además de con la rama3 con una bandera negra, pensaron en separarse. Los escollos de la vida cotidiana siempre destrozarán la barca del amor. En el pueblo, él compraba Le Libertaire4, lo que molestaba al kiosquero.

 

Él había amado. Ya sólo pensaba en huir. Uno y otro se lamentaban de lo que no habían sabido darse. Porque habían creído que, al amarse, todo les sería otorgado.

 

Lo que escribo aquí no es el relato de su vida. Son las faltas que cometen al hablarse cada vez menos. Un día, ella le había explicado que algo en ella se había roto, que acababa de perder “una nota de la escala” y que jamás volvería a recobrarla.

 

Collar de hierro para uno; pulsera de espinas para el otro.

 

Hubo días sosegados y otros salvajes. Él la desanimó de que le amara. Ella perdió la vida esperando lo que él no podía darle. A ella le gustaba bailar. Él quería borrarse. Tanto miedo tenía. Por ningún motivo. Miedo. Absolutamente miedo. Ella lo juzgó como un demente. Él cultivó la indiferencia. Las enamoradas sobreviven en los arrepentimientos de sus amantes.

 

La decepción los unió con solidez y el amor, según los libros, les pareció una broma bastante siniestra, en definitiva. Ahora que ha desaparecido en él, ya no desea ver a nadie. A veces sueña con desear, pero nunca hasta permitirse cumplir un gesto. Se ha vuelto completamente indiferente, como los viejos que veía en su juventud, sentados en el umbral de su casa, en una silla de mimbre, en el lánguido final de la tarde, sin nada ya que pese entre sus manos. La dicha sólo depende de la monotonía del pensamiento.

 

No supo lo que uno había esperado del otro. No supo extender a los gestos el esmero que prestaba a las palabras. Estimaba que lo que no se decía, no había sido pensado. Humanamente sólo sentía un deber, el de llevar a cabo la frase que había comenzado. No le interesaba lo que ella emprendía porque no veía en sus actos sino disipación. En su porfía, odiaba la falta de obstinación. A ella le gustaba la lengua inglesa, pero no se atrevía a practicarla, la lengua griega por ostentación, el árabe por su belleza caligráfica. Como una mariposa, ella no podía quedarse quieta. Él se empeñaba, sin alcanzar nunca el estado en el que ya nada hay que corregir, a menos de desecharlo todo. Todos sus instantes los convirtió en soledad.

 

Hay seres que se aman como en un espejo. Les preocupa apoderarse de su propia imagen, en su inseguridad de sí mismos. La conquista del otro, como la de un imperio, apacigua por un instante sus dudas sobre su poder. Pero ya se ame en todas las ocasiones o solamente en una, una sola vez, se ama con la esperanza de revelarse a uno mismo, aunque no sepamos lo que buscamos por no saber quiénes somos. La desilusión del amor está ligada a la ignorancia fatal que tenemos de nosotros mismos.

 

Así que uno consume al otro, descubriéndose polvo. El amor, que es inquietud de saber, es muerte. Queda la costumbre, que no tiene sorpresa. Porque cada uno se satisface consigo mismo. Sólo somos lo que tenemos. Un amante. Una amante, como tenemos edad.

 

Las piedras de las casas están talladas como cristales. Él resbala en la calle adoquinada, sin tropezar. Los personajes de los sueños no tienen pasado. A la joven que busca el transbordador, le da vagas informaciones, porque cualquier calle lleva al Pont-au-Change5. De tanto dar falsas impresiones, al final nos quedamos con ellas. Porque cuanto más sentencioso es él, más impostor se siente. Sin haber tenido la intención de acompañarse, llegan a una plaza amplia como la de la Concordia. Pero mucho más turbadora, porque en ella desembocan un número considerable de calles que no sabemos a dónde conducen. ¿Cómo he podido desdeñar hasta esta noche -pero ve perfectamente que es pleno día- la belleza de esta ciudad, cuyo centro no está en ninguna parte? (El decorado del sueño cuenta más que los figurantes.) La luz vuelve ocres las piedras. Es homogénea en los sueños y también baña los paisajes. Las verdaderas ciudades sólo contienen palacios: están compuestas por una multitud de encrucijadas. Él no sabe adónde ir. Nadie se apiada de su inquietud. Porque el paseante del sueño, del que todas las acciones están determinadas por un pensamiento diferente del que se atribuye, se cree siempre dueño de su destino. Si tiene una conciencia demasiado viva de errar, se despierta. ¿Es éste el camino a seguir? La luz ha absorbido a la joven de cabellos dorados. Ella debe de estar indignada de mi silencio. Tal vez por eso se haya muerto ante mis ojos. A menos que sea yo quien ha desaparecido. ¿Qué cambia esto? La noche, la del despertar, se traga la ciudad.

 

Y siempre, sobre los muros de la ciudad, la sombra del barquero. “Dicen que uno no ve su rostro con los ojos del cuerpo.”

 

Caminaban codo con codo, desunidos. Los destinos son tan estrechos como los senderos. Iban silenciosos, en el mal silencio de lo que ya no tiene razón de ser dicho. Letras de piedra dibujaban en los monumentos de la ciudad las orgullosas divisas del reino: “Oblitus. Oblitus.”6 Lo que ha sido olvidado nunca ha existido.

 

Se golpeaban vivos como troncos de árboles derivando en el mismo río. Nunca sabremos de qué navío caímos. Nadie nos recogerá nunca. Derivaban codo con codo, descortezándose.

 

El solitario sólo tiene relación con las cosas, o con los lugares. Cae sin cesar. Es su única oportunidad. Es imposible encontrar ya la herradura; el uno de junio, el trébol de cuatro hojas es inasequible. Las islas Afortunadas son un destino de viajes organizados; las religiones se convierten en mitologías.

 

Sus ojos palidecen de pena. Ella aceptaba perder su energía, pero no su ira que, hasta el último momento, fue su única fuerza. Viva y violenta, salvaje en la posesión, era cruel por fidelidad.

 

Se prometieron compartir letra y música. Las palabras se fueron encadenando unas a otras ritualmente, los gritos substituyeron al canto, y solo quedó para unirles una aversión compartida, y la pena para ambos de desafinarse.

 

Demasiado desdichados juntos para tener el valor de separarse. La animosidad de los intercambios es una confesión animal de amor.

 

Amar a un ser es probar el timbre de su voz. En cuanto se intercambian argumentos, se miente.

 

Por muy ávido superviviente que sea, él no ve sino gente de paso en las mujeres. Sus ropas están negras de noche.

 

Él no desea matar el tiempo sino alejarse de él, asqueado, zarandeado, torcido.

 

 

“Estoy cansada, sabes”, decía. “Ahora, estoy realmente cansada. Lasa.” Y parecía tomar la palabra de la lengua latina.

 

Viven codo con codo en la inercia. Él, con la escritura como compañera; ella ya no escucha música. “Y el libro con cierre va a resbalar de sus piernas cruzadas.” Sufren, y se abstienen de llorar por orgullo.

 

Las inscripciones de la ciudad responden siempre a la inquietud del paseante. Proponen consultas médicas al que está preocupado, un teléfono para el solitario, grandes hoteles a los desfavorecidos, casas de pompas fúnebres a los que van a ser hospitalizados. En los escaparates están expuestas las placas conmemorativas para los cazadores y los pescadores, para los librepensadores y los jugadores de bridge, y “esto es sólo una muestra de nuestro catálogo”.

 

El objeto perdido sigue siendo su lugar. En ninguna parte se llevará a cabo una transfiguración.

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JEAN ROUDAUT

JEAN ROUDAUT

 

(Morlaix, Francia, 1929) es profesor, crítico y escritor. Enseñó la literatura francesa entre otras en las universidades de Salónica, Pisa y Friburgo (Suiza). Autor de uno de los primeros libros sobre Michel Butor (Michel Butor ou le livre futur, 1964), Jean Roudaut es uno de los grandes especialistas en analizar la relación entre literatura y pintura (Une ombre au tableau, 1988, Le Bien des aveugles, 1992). Ha publicado, entre otras muchos libros, algunas obras de referencia sobre las ciudades imaginarias en la literatura francesa (Les douze portes, 1990).

 

 

 foto  Copyrihgt   Serge Assier

 

 

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