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Viernes, 06 Marzo 2020 01:40

HUELLAS DE GATO / José N. Méndez /

 

HUELLAS DE GATO

José N. Méndez

 

 

I

 

Aquél sitio no se parecía a ningún otro que hubiera visto.

 

A lo lejos sus padres lo esperaban, corrió lo más rápido que pudo hasta lograr abrazarlos para ya no separarse.

 

Los paramédicos han hecho todo lo posible, él ha muerto.

 

En casa, su gato continúa esperándolo.

 

II

 

Cuenta la leyenda que la ignorancia y el miedo de los humanos trae mala suerte a los gatos negros.

 

III

 

Los adoloridos maullidos que provenían del horno y el débil intento de lucha en la habitación, se extinguieron casi al mismo tiempo.

 

Lentamente retiró la almohada del rostro de su pequeño; Alondra le quitó hasta el último rastro de aliento antes de que aquél gato que rescató de la calle, lo hiciera tal y como dictaban las supersticiones con las que ella creció.

 

IV

 

El niño se aferra al gato como único medio de calor en esa tormenta de nieve.

 

Quiso advertirle al pueblo sobre el ataque enemigo que vio reflejado en los ojos del felino, pero nadie hizo caso, lo acusaron de brujería y como no tienen familia ambos han sido condenados al exilio.

 

El sopor de los grados bajo cero hace lo suyo y pronto habrá de vencerlos; a kilómetros de ahí todo el calor que están necesitando parece concentrarse en las casas que formaban la aldea.

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Viernes, 06 Marzo 2020 01:25

paradoja temporal / Daniel Verón /

 

 

paradoja temporal

Daniel Verón

 

Eriksson y sus  principales oficiales pasaron bastante tiempo con los “tempos”, como empezó a llamárselos  comúnmente. El sol era anaranjado y se ubicaba en una región densamente poblada de estrellas importantes, apenas a unos  100 años-luz del borde del núcleo de Andrómeda. Se trataba de un sistema planetario de unos 15 mundos, de los cuales el cuarto era el que estaba poblado por esta raza. Tal como comprobaron los sabios que acompañaban a Eriksson, en aquellos momentos no había más que de unos 50.000 individuos, como mucho, en todo el planeta y, si bien existían poblaciones urbanas, no pasaban de media docena y eran bastante pequeñas en comparación a otras grandes metrópolis galácticas.

Desde luego, los tempos eran de contextura humana y de gran belleza. Eran altos, de piel dorada y cabellera azul y ambos sexos se vestían muy parecido. Su mundo poseía un clima benigno, con pocas variaciones climáticas y esto les permitía llevar una vida parcialmente al aire libre; la vivienda sólo la utilizaban para su vida privada o íntima. A Eriksson le llamó mucho la atención que allí no existía ninguna clase de gobierno sino que todos ellos parecían tener básicamente los mismos objetivos, como si hubiesen sido enseñados de antemano en cuanto a qué hacer con su vida. Apenas sí diferían en cuanto a cómo obtener esos objetivos. Además, en cierto modo, no tenían una individualidad sino que todos se empeñaban en aquello que creían mejor para la raza en sí. En otras palabras, para los tempos estaba primero la raza y luego, alguna vez, su vida privada.

Los tempos eran amables y demostraron más interés en Eriksson y el hombre solar en general que lo que este había visto en otros lugares del Grupo Local. Como si los conocieran de mucho antes, desde un principio aceptaron que los federales establecieran una embajada allí. La primera persona que los trató fue Aydor, un hombre que aparentaba no más de 30 años y que tenía una extraña vivienda en las afueras de Vaylorsan, la ciudad principal del planeta Aguma. En ese tiempo, Aydor estaba unido con una bella mujer llamada Synlorin y tenía dos hijos que no parecían ser mayores de 10 años. Sin embargo, luego de diversas explicaciones, Kanter, el oficial científico de Eriksson, comprendió que, en términos de tiempo solar, esto no era así. Resulta ser que los tempos llegaban a la adultez bastante rápido. Entre ellos casi no existía la infancia ni la adolescencia, así que un  individuo nacido apenas diez años atrás ya tenía toda la experiencia de un adulto. De hecho, sus hijos habían nacido  apenas unas semanas antes.

Más allá de algunas extrañas costumbres (por ejemplo, se alimentaban en privado y nunca delante de otra persona, no existían entretenimientos, no usaban reloj o algo parecido, etc.), los federales les interrogaron primeramente sobre la falta de un gobierno. Para ellos no era así porque todos sabían qué hacer. ¿En qué consistía esto? La palabra más parecida a las nuestras era “desarrollarse”, algo así como un ejercicio de la libertad individual pero para un bien común. Por más habilidades que tuvieran, medios a su alcance, capacidad y demás, la racial estaba por encima de todo. Si algo individual iba en contra de lo racial, eso era desechado inmediatamente y nadie lamentaba su ausencia. En su breve historia, existían muchas costumbres que habían ido modificando a causa de esto.

Vagamente, podría decirse que sus ideales giraban sobre lo siguiente: Si este Ambito Cósmico (AC) era limitado, ellos debían progresar de tal modo, que fueran capaces de salir de este AC para crear otros nuevos en donde la vida fuera progresivamente cada vez mejor. A Kanter esta idea le resultaba familiar. Ya la había escuchado en diferentes sectores del Grupo Local y algunos estudiosos lo llamaban “filosofía de la creación mejorada”. Es decir, se partía de la tesis de que la condición de vida podían ser indefinidamente mejorados, ya no únicamente en su mundo natal sino más allá de este, a nivel cósmico. En estos individuos, el tenerlo todo y no verse obligados a luchar para sobrevivir, no había creado un conformismo o apatía sino un deseo de extender o mejorar esa prosperidad a otros Ambitos Cósmicos.

Este anhelo había surgido a partir del momento en que tomaron, por primera vez, contacto con otras razas más o menos cercanas, en especial el inmenso núcleo de Andrómeda. El ver que otros seres inteligentes no vivían bien o que se empeñaban en objetivos inútiles, fue lo que amplió esta visión. No es que desearan exactamente  cambiar a los demás sino, más bien, crear un orbe en donde las reglas fueran distintas, más parecidas a las suyas. Eriksson, Kanter y otros, hablaron bastante con Aydor acerca de esto. Más claramente, los tempos daban por sentado, como principio inamovible, que siempre se puede vivir mejor y que esto, a su vez, contribuye a que el Ambito Cósmico mismo sea mejor también. No se parecía tanto a un sentimiento de nobleza sino a una especie de “principio vital” que los impulsaba en todas sus acciones. De acuerdo a ello, el devenir mismo de cada día pasaba a ser un medio para lograr esta clase de objetivos. Esa era la causa por la que los tempos conformaba en ellos una personalidad rica y distintiva.

Desde luego, lo sobresaliente de los tempos eran sus capacidades cognitivas en lo concerniente al tiempo, conformando un verdadero sentido temporal, único. Claro que para ellos no constituía algo especial. La percepción de dos edades diferentes al mismo tiempo era como para el hombre solar intentar distinguir voces que provinieran de dos lugares diferentes. La traslación temporal estaba dividida en personal y general. En la traslación personal (TP) el individuo volvía realmente a otro momento de su vida; en la general podía trasladarse tanto al remoto pasado o al futuro, cuando no existe como individuo, con la misma facilidad con que un arqueólogo contemplaría las ruinas de civilizaciones desaparecidas. Lógicamente, esto no lo practicaban  en cualquier momento. Al igual que una persona común puede apartarse a leer, los tempos también se retiraban a meditar, antes de trasladarse a una época cualquiera, sin que su cuerpo físico se moviera en absoluto. Ni siquiera llegaban a perder totalmente la conciencia de lo que pasaba a su alrededor. En cierto modo, es como cuando una persona se pone a meditar abstrayéndose de lo que le rodea.

Los tempos no se trasladaban a ninguna parte si no había un buen motivo. No solían hacerlo por curiosidad sino por un propósito. Ir a su propio pasado a revivir tal o cual momento no estaba prohibido en absoluto y, al contrario, podía constituirse en una fuente de placer. En cambio, la traslación general (TG) sólo era realizada por aquel que sabía, positivamente, que podía hacer algo importante por el bien general. De acuerdo a estos preceptos, podría decirse que los tempos eran la única sociedad cuya historia era modificada continuamente. No se sabía cuál pudo haber sido el modelo original, ya que éste había sido mejorado y perfeccionado miles de veces hasta lograr una situación óptima. Si en alguna época los tempos habían tenido un nivel más bajo que el actual, ya no existían pruebas al respecto en el pasado. En lo que tiene que ver con el futuro, los tempos realmente planificaban su destino dentro de lo que ellos consideraban como óptimo.

Naturalmente, era difícil estudiar a una raza cambiante. ¿Qué habría sido del hombre terrestre si hubiera podido borrar de su historia las guerras y catástrofes producidas por él mismo? ¿Alguien habría descubierto alguna vez su verdadera historia? Ahora bien; esto no significa que los tempos hubiesen cambiado tantos  hechos de su historia, por cuanto ellos tenían características genéticas  así como se las veía actualmente. En este punto, el sabio Ekhuseyras, un rigeliano que acompañaba a Eriksson, los desafió como una especie de “perfeccionadores del Universo”. Su actitud frente al hombre solar no era cambiarlo ahora, sino que en el futuro el Universo contara con formas de vida mucho mejores. Para otros, en cambio, esto era elegir caminos alternativos. Eran los partidarios de que el Universo Total posee una historia única y que si esta es modificada  ya no será el mismo Universo sino que habrá dos de ellos, y así indefinidamente. De hecho, existían razas que en cierto modo habían demostrado que la historia nunca puede ser borrada hasta el punto de hacerla desaparecer.

Afortunadamente, los tempos habían inventado, hace mucho, una tecnología semejante a la televisión,  que servía para mostrarles a otros sus traslaciones temporales. De otro modo, habría sido muy difícil saber con precisión cómo era aquello. Fue así que simplemente a los efectos de una demostración, una de estas pantallas fue adherida a Synlorin, la mujer de Aydor. Esta experiencia fue llevada a cabo sólo delante de Eriksson y sus principales oficiales. En términos convencionales, dicha experiencia duró algo así como 40’, pero fue de enorme interés para los federales. En las escenas, en ningún momento pudo verse a Synlorin sino que en la pantalla aparecía lo que ella misma había observado en cierta fecha ubicada unos dos años atrás. Aunque se trataba de escenas familiares y hasta íntimas, Aydor les hizo notar que ella estaba cambiando la historia. En aquel día ella no había salido realmente de su casa, mientras que ahora sí lo estaba haciendo. Abría la puerta y el sol anaranjado de Aguma llenaba la casa de luz.

Remblozat era un embajador del sistema solar al que pertenecía la Tierra y que habitualmente acompañaba a Eriksson en sus viajes. Justamente a él era a quien le costaba más entender lo que veían. Para él, una vez que se admitía un cambio en la historia ya no había una completa seguridad de que el modelo original fuese tal.

  • ¿Qué prueba hay –decía– que esto no ha sido hecho infinidad de veces ya? ¿Cuál es el modelo auténtico?

Aquí se suscitó una interesante discusión con Kanter. El rigeliano le recordó los viajes en el tiempo logrados por Varonn y otros, a lo que Remblozat  retrucaba  que allí sí se dio por sentado que existía un Universo original en el que algunas cosas fueron modificadas. Aquí, en cambio, al tratarse de vidas individuales, ¿cómo entrever al modelo original? A continuación, y mientras Aydor los miraba con interés, tuvo lugar otra experiencia de traslación, pero esta vez no al pasado personal de Synlorin sino a un pasado remoto, en donde el planeta parecía muy diferente.

Aydor les explicó que estaban viendo cierta época en donde su raza apenas estaba surgiendo por la feliz coincidencia de diversos factores bioquímicos. El sol parecía más cercano, no existía ninguna población y los tempos que se veían parecían un tanto primitivos. Lo que quedó perfectamente claro es que no podían trasladarse temporalmente más allá de su propia existencia como raza; o sea, que ellos no podían remontarse al inicio del Universo. Lo mismo sucedía en cuanto al futuro. Podían trasladarse hasta donde hubiera otros congéneres suyos vivos; ese era el límite.

Desde luego, la experiencia de modificar algo de su historia fue repetida, esta vez a nivel general y únicamente por tratarse de esta magna reunión entre dos de las razas líderes. Sin embargo, nuevamente quedó planteado el mismo enigma. ¿Cómo saber que la experiencia de abrir o cerrar la ventana, por ejemplo, no había sido ejecutada muchas otras veces, tanto en un sentido como en otro? ¿Cómo saber que algo realmente era cambiado y no que simplemente volvían al modelo original, por ejemplo? En cierto punto, en donde la situación parecía plantear más dudas que otra cosa, Aydor tomó la palabra.

  • Ignoro a qué se refieren con lo del modelo original. –dijo– ¿Está establecido en alguna parte que ustedes vistan una ropa y no otra, acaso? ¿Cómo puede asegurar si hoy, aparte de venir aquí, no hizo también otras cosas?

Eriksson lo miró con cierta incredulidad  y ya iba a responder algo cuando su interlocutor continuó:

  • Usted tiene una forma de pensamiento lineal: primero viene A, luego B y así sucesivamente. Cuando conozca mejor los secretos del tiempo se dará cuenta que solamente A ofrece una infinita posibilidad de variantes. No hay un solo camino. No existe un encadenamiento de cosas, fuera del cual usted no se puede apartar, una ruta que no le permite pasar a otras. No es así como funciona el tiempo. Hasta donde nosotros sabemos, el tiempo es circular y esto permite cambiar de sendero continuamente. Si lo A no me parece óptimo puedo pasar a lo B y, sino, a lo C. Esto es lo que nos permite superarnos. No estamos atados al pasado ni tampoco al error o al fracaso. Es a esto a lo que deben llegar ustedes también. –Y diciendo esto, añadió– Almirante, ha sido para nosotros una experiencia muy grata su visita. Espero que le sirva.
  • .. –balbuceó Eriksson– entonces...
  • Usted ya lo sabe.

Y diciendo esto, todo lo que veían se esfumó por completo ante la vista de los federales.

Fue como un viento fuerte que soplara llevándose alguna neblina. De pronto, los federales se vieron a sí mismos en un páramo desierto de aquel planeta, sin que hubiera la más mínima señal de vida. Tampoco  hizo falta que los buscaran. Por largos minutos nadie dijo nada, hasta que el almirante tomó la palabra.

  • Era de imaginar. Ellos vienen modificando su historia desde hace siglos. No son de aquí, tal vez, pero eligieron este sitio para manifestarse.
  • Almirante –dijo Kanter– en nosotros encontraron algo que les interesó; por eso se manifestaron mostrándonos todo lo que habían logrado.

Eriksson se sentó en silencio a meditar y añadió:

  • Esto simplemente nos demuestra cuánto que nos falta todavía a nosotros, para dominar el tiempo... Es extraño lo que siento. Por un lado, estamos aquí nosotros solos y, por otro, imagino que podemos seguir estando con ellos.
  • En cierto modo –dijo Kanter– así es.

En esos momentos, el sol anaranjado de Aguma comenzaba a descender hacia el horizonte, el cielo se cubría de un tinte verdoso y comenzaban a verse las primeras estrellas. En aquel sector de Andrómeda eran incontables las estrellas de primera magnitud que se observaban a simple vista. Todo el personal realizaba los preparativos  para irse. Antes de partir, Eriksson levantó la vista al cielo estrellado y musitó estas palabras:

  • Los volveremos a ver, estoy seguro

Minutos después, ni ellos ni los tempos estaban más sobre la superficie de Aguma.

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Viernes, 06 Marzo 2020 00:52

Con la quilla rota / César Rito Salinas /

 

 

Con la quilla rota

César Rito Salinas

 

 

Supóngase que usted va cómodamente sentado,

y que, a su alrededor, como es costumbre,

la gente viaja de pie.

Eusebio Ruvalcaba, Primero la A

Empujo las batientes del bar,

la barra allá adentro se muestra

como un puerto que emerge entre la bruma.

 

Parado en la barra soy un Dios antiguo: puedo ver hacia adelante y hacia atrás. El pasado y el futuro a través del espejo. El enorme espejo de la barra refleja mi rostro entre botellas, y desconocidos. El cantinero sonríe como hermano menor, esta barra la forjó el tiempo de los hombres ebrios. Hay barras con cristal en su superficie como gimientes escritorios de oficina. En la cantina los bancos junto a la barra sólo van de adorno, son como mujeres u hombres que duermen solos. El diálogo de una esquina a otra esquina de la barra funciona como conversar en la cama puestos de espalda. Cuando entra la madrugada la barra semeja el laúd de un gigante. Los ebrios consuetudinarios acudimos al velorio de nuestro amado gigante. La barra, quilla fría que se abre paso en un mar de botellas, la luna comienza su recorrido, agita su cabellera de hojas secas a la puerta de la cantina, curiosa asoma entre botellas, desde el fondo del espejo me vigila.

El espejo de la barra me cuenta historias. Sabe de mi escritura; las líneas de mis manos

están escritas en el espejo de la barra.

El cielo que protege mi cuerpo busca en el espejo de la barra; cuando dormito, parado, hacia él me dirijo. En una esquina de la barra converso con mi reflejo, me dice del pueblo donde nacieron mis padres. En la otra esquina me esperan los amigos de la oficina. Las botellas de mezcal no hablan mucho, llevan los puños crispados, como de lagarto. La luna emerge en el espejo con su montón de estrellas, entre botellas de vodka.

Una mujer que reconozco sale del espejo de la barra, pone su mano sobre mi hombro, lleva los cabellos largos y cubre su rostro con un rebozo negro: oculta el rostro pero la reconozco.

Todas las voces que se suceden en la cantina se escuchan desde la barra. Si te detienes a observar bien, la barra otorga la mirada divinizada, panorámica. Acodarse en la barra será como conducir un Mustang 64, de potente motor, sólo basta con levantar la mirada, hundir el pie en el acelerador, dominar el camino.

En el espejo de la barra observo claramente el rostro de mi hermano Mario Jesús, muerto al nacer.

Un gato sale del espejo, me sonríe; la mantarraya azul vuela, se posa en mi hombro izquierdo, ordena un whisky. El diligente cantinero le sirve una copa, dotada con un largo popote. En el espejo de la barra aparecen unos garabatos, letras componen mi nombre. Pero nadie más las lee, llego a escribir a la barra esta bitácora de desaciertos.

El murciélago, el ratón, la mariposa, una paloma -buenas bestias- beben en el bar toda la noche; la barra es una vieja máquina de vapor que sale de esta terminal de tanto en

tanto. No todos los que están en la cantina pueden abordar porque, a veces, parte sin pasajeros, vacía.

El ferrocarril de la barra sólo se lleva a los que sufren desamor, los levanta sin que muestren boleto de abordaje.

Muertos, llegan docenas de muertos a esta cantina. Muertos de miedo, muertos de amor, muertos de sueños, muertos de la religión. Llegan y se instalan en la barra, gustan reflejar su cuerpo en el enorme espejo. Cuando pasa esto, cuando se acodan en la barra y piden tragos, empujan a los otros bebedores. Hasta allá vamos a dar el empujón los ue permanecemos con vida, pero ¿qué se le hace con el que sufre?, todos cabemos en esta cantina de cuarta.

Una vez se instaló junto a mi un muerto fresco, tierno, solicitó su trago. Exigió que Ángel, el cantinero, sirviera rápido porque no recuerdo de qué parte del infierno lo llamaban. Quería contar su vida, pero ya no tenía tiempo. El pobre se bebió su trago, pagó y se marchó corriendo.

La barra es medicina para mi cuerpo, calma el escozor en mi alma que dejaron ideas de revolución y libertad de otro tiempo. Acercarse a la barra y beber un trago será darñe paz a mi corazón. aquietar mi alma de viudo frente al mar.

Paso las horas acodado en la barra. Se escucha la música de las islas. Pasa el sol, las moscas, la lluvia, la gente, las voces que caminan en la calle. Llegan las sombras, suman más sombras sobre mi espalda.

Los criminales se acercan a la barra. No hay mejor lugar para esconder sus intenciones. Como el ladrón de tienda de autoservicio: se roba el producto en la caja. Donde no hay ojos que lo cuiden, que lo vigilen. Así los homicidas. Esconden sus intenciones en la

barra. Como cualquier parroquiano, como uno más que sufre y bebe y sufre y bebe y sufre y bebe. Y mira. Y bebe y elije a su víctima.

Hasta la barra de la cantina llegan los conspiradores, los que quieren cambiar el mundo. Los que no quieren que haya ricos ni pobres. Los que buscan salidas desesperadas. Llegan, beben en silencio, hablan con los ojos. Con las manos secretean. Luego se marchan sin dejar propina.

Una noche levanté la cabeza en la barra de la cantina y enfrente, en el espejo, pasó un cometa con su cauda enorme de luminoso polvo. Llegué a sentirme eterno. La barra de cantina es Babel, se escuchan todas las lenguas del mundo. En una ocasión en la barra de cantina escuché la lengua que se habla en la tierra donde nacieron mis padres.

En el espejo de la barra desaparecen los oficios. Cuando uno llega y posa su planta en el tubo que se extiende pegado a la base de la madera labrada entra a un territorio libre, democrático, donde los hombres se hermanan en un solo oficio: el de conversadores. La gente olvida cosas en la barra. Un libro, el periódico, la cartera, documentos personales, anteojos. Todo lo que se porte en las manos o en la ropa, en el cuerpo. Discos, una mujer, libros de poemas, de cuentos, novelas.

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Martes, 10 Diciembre 2019 03:19

En el principio fue miqhvaar / Daniel Verón /

 

En el principio fue miqhvaar

Daniel Verón

 

 

La nave proyectó un haz de luz y segundos después la figura humana se materializó cerca de una inmensa estructura. Era de noche aquel hombre miró a su alrededor. A un costado había una gran catarata, pero no de agua u otros líquidos, sino de imágenes de distintos mundos, que se sucedían unos a otros. En torno suyo el suelo parecía metálico y, en lo alto, había una danza de lunas artificiales girando en torno a Sede-1, tal el nombre dado a aquel planeta igualmente artificial.

Delante suyo, había un pasillo de luces de colores por donde avanzaban dos majestades  con aspecto tan humano como él, con sus clásicos ropajes que los identificaba con la Federación. Lo saludaron cortésmente y lo llevaron de nuevo por el pasillo al interior del inmenso edificio. A su alrededor se escuchaba suavemente una extraña música. Las luces y sombras se sucedían unas a otras. Por fin, se detuvieron los tres y casi casualmente apareció por un costado otra figura más, de aspecto imponente.

Sin poder evitarlo, nuestro visitante habló primero y dijo:

  • ¿El supremo Ultra-Divinis Janus Miqhvaar, supongo?

Este lo miró un momento como analizándolo y dijo:

  • Y usted es el Mega-Tempus Ziddor Varer, ¿no es cierto?

A lo que Varer se inclinó saludándolo al modo de la Federación. En medio del protocolo, Miqhvaar lo interrumpió diciendo:

  • Puede decirme Almirante simplemente.

Tras lo cual hizo un gesto para que los dejaran solos.

  • Estaba informado que usted vendría, así que no me sorprende.

A lo que Varer  con cierta sorpresa replicó:

  • Entonces debe saber que hay simplemente un explorador del tiempo y que hace mucho deseaba verle personalmente.
  • Bien, no es usted el primero, en tanto tiempo hay muchos que han venido a verme. La mayoría de los Pantocratores y Ultra-Divinis, los embajadores de Sagitario y los Supremos de Super-Cúmulos y varios más.

Varer y Miqhvaar se sentaron y, al instante, se abrieron unas ventanas permitiendo la observación del cielo estrellado como si estuvieran en algún mirador.

  • Es fantástico – murmuró Varer.
  • Cuando mandé construir este mundo quise que fuera en base a mis gustos personales – dijo Miqhvaar orgulloso.
  • ¿Y por qué en el sistema de Centauro?
  • Eso es fácil de suponer, mi amigo. Es porque en Centauro comenzó realmente la Federación. Y no quise utilizar ninguno de sus mundos porque si hay algo que me fascina aún, luego de tanto tiempo, es esto: las estrellas...

Ambos personajes se contaron algunas cosas más. Incluso Varer contó de su mundo y de todo lo que él sintió al convertirse  en un explorador del tiempo, asomarse a la cuarta dimensión que es el tiempo, estaba lleno de sorpresas, de extrañezas, en donde no siempre las cosas eran como uno suponía, el tiempo era como una nave en continuo movimiento. El tiempo...

Pero aquí esta noche, el personaje era Miqhvaar, al que Varer deseaba consultar puntualmente algunas cosas.

  • Almirante, aunque es un tema que ya lo hemos estudiado otras veces, ¿qué tenía en mente al crear la Federación?

El Almirante sorbió un trago de un refresco que se les había dado y, mirando a las estrellas, dijo:

  • En aquel tiempo ya teníamos la certeza de que existían otras razas en la Vía Láctea. Así que mi idea fue la de unificar a todas las razas humanas y explorar la Galaxia para descubrir otros como nosotros y así “enfrentar” a los no humanos que resultaron ser una cantidad más o menos igual.

Varer meditó un momento y preguntó:

  • ¿Por qué unificar? ¿Es que no estaban unidos?
  • Recuerde que en ese tiempo existían los hombres solares, los eridanos, los crespenses, los denebianos y aún los primitivos géniros que habíamos descubierto nosotros.

Como quien en una videoteca, Varer dijo:

  • Quisiera oír de usted mismo, ¿qué era en ese tiempo el Hombre-Solar?
  • El Hombre-Solar era todo lo proveniente de la Tierra, la Luna, Marte y los mundos helados, en donde se estaban formando repúblicas y hasta reinos locales. Y también eran los colonos de los mundos de Alfa Centauro. Y todos estos coexistían con los demás humanos que no provenían de la Tierra o del Sol.
  • ¿Alguna vez se creyó que podía haber razas no-humanas más importantes que la nuestra?
  • Sí, claro que sí. Es por eso mismo que decidí crear la Federación.
  • Más allá de que nosotros pertenecemos al Modelo Humano (el M.H.), ¿por qué ese interés en destacarlo a nivel galáctico?
  • Mire, ahí hay algo importante que debe quedar claro en todos. El M.H. surgió en Altair cuando la Vía Láctea tenía unos pocos millones de años (M.A). Ellos fueron los primeros humanos que hubo, cuando la Galaxia era muy diferente y aún el Cosmos poseía condiciones que ya no tuvo después. Si quiere llamarlo así, el M.H. fue un experimento de la naturaleza.
  • Un experimento de la naturaleza –meditó Varer– ¿Usted piensa que luego la Vía Láctea no produjo otros humanos?
  • Seguramente que sí, pero nuestra semilla fue la primera. El interés en que perdure es que luego la Vía Láctea cambió y sigue cambiando. Las razas surgidas ahora ya no son como aquella.

Varer estuvo en silencio unos momentos y luego reflexionó_

  • Lo notable es que los mismos altairenses no sobrevivieron para verlo.
  • Pero dejaron sus hijos, por así decirlo, o sea nosotros, y la Federación es quien lleva la antorcha del Modelo Humano.
  • Eso significaba la antorcha, entonces –dijo Varer entendiendo.
  • Ese fue uno de los primeros símbolos de la Federación –completó Miqhvaar–. Los primeros kosmokratores la mostraban cada vez que llegaban a una nueva galaxia.
  • Almirante –dijo Varer luego de unos momentos– sin embargo la Federación siempre incluyó a todo tipo de razas, como los no-humanos y semi-humanos.
  • Bien, primeramente fue natural que otros nos vieran más desarrollados a nosotros o un grupo invadiendo a otro grupo, así que aceptaban integrarse a la Federación. Además, de esa manera se evitaba caer en el “síndrome rerum”.

Varer puso un gesto de extrañeza y dijo:

  • ¿Qué fue eso?
  • El motivo por el cual desaparecieron los altairenses –le recordó Miqhvaar.
  • Creo que este es un punto que no es bien conocido –reconoció el Mega-Tempus.
  • Los altairenses estaban muy adelantados en lo científico y por eso practicaron los viajes espaciales. Sin embargo, ellos nunca fueron muchos. No sucedió como con el Hombre Solar (H.S.) que, si la población de la Tierra hubiese muerto, ya había colonias permanentes de humanos en casi todo el Sistema Solar.

Varer lo miraba como fascinado, imaginando la situación.

  • Se cree que un virus contraído en algún lugar los fueron diezmando de a poco –continuó Miqhvaar– y que los colonos de un lugar, librados a su suerte, ya no podían ayudar a otros.
  • Creo que ahí tengo un objetivo para mi próxima exploración.
  • Además, hay que tener en cuenta otra cosa. Imagine cómo era el Cosmos primitivo, la Galaxia primitiva. En la Vía Láctea había muchas nubes proto-planetarias pero pocas estrellas desarrolladas. El Sol era de esas. Fue allí que surgieron planetas capaces de desarrollar el Modelo Humano.
  • ¿El M.H. es, entonces, una forma de vida más desarrollada que otras?
  • Es más desarrollada que las semi-humanas, y, entre las no-humanas existen muchas variantes que, según el caso, pueden ser mejores que nosotros.
  • ¿Y qué me dice de otros modelos humanos que también subsistieron, aparte del H.S.?
  • Cronológicamente son posteriores al H.S. en varios ciento de millones de años.

Permanecieron unos segundos en silencio hasta que Varer dijo:

  • ¿Sabe una cosa? Oyéndolo a usted parecería que la naturaleza experimentó con el H.S. y que el Modelo Humano ha ido evolucionando. Los eridanos y algunos otros no necesitaron tanto tiempo como el H.S. para adelantar en conocimientos.
  • Bueno, ahí está una de las grandes causas de todo lo que venimos hablando. Y es que la Galaxia evoluciona. No es lo mismo que era antes ni es ahora lo que será después.
  • Algo de eso es lo que he visto en mis viajes. El supremo Garyker fue el primero en comprobarlo.
  • Y usted sabe –replicó Miqhvaar– que distintos exploradores de los Poli-Cosmos y de los Neo-Universos han comprobado la evolución de las galaxias en general y del Universo total (U.T.).
  • ¿Entonces?
  • Esto nos llevaría a que el U.T. está en permanente evolución, igual que el primer ser vivo.
  • ¿Auto creado o no?
  • Todavía es algo por descubrir porque las distintas conciencias galácticas que hemos descubierto desde los viajes del supremo Gedeón Solar, a su vez derivan de otras y así indefinidamente. O sea que, aparte de la materia, el U.T. está lleno de entes cósmicos que no dirigen los sucesos sino que también evolucionan.
  • O sea que no puede haber un único Dios.
  • Yo creo que sí lo hay. Lo difícil será explicar a su vez cómo surgió. Mire –dijo Miqhvaar mirándolo fijamente–, si yo estuviera en su lugar, más que explorar en el lejano futuro en donde uno se sumerge en ese mar de Poli-Cosmos, me dirigiría más bien a los primeros tiempos de la Galaxia, cuando esta, el Super-Cúmulo y el Cosmos aún no estaban tan desarrollados. Creo que allí hay más cosas por explorar todavía.

Aquellas palabras pegaron fuerte en Varer. Se quedó sin decir nada, mirando fijamente en la pantalla las estrellas que parecían llamarlo.

  • Allí usted tendrá la posibilidad de ver el surgimiento de muchas cosas –insistió Miqhvaar.

Miqhvaar se incorporó, destacándose su imponente figura y se acercó a la pantalla.

  • Este mirador estelar no es algo casual –dijo–. Mire. Según la visión de los astros a veces puede verse el Sol y hasta algunos de sus planetas. Otras se ve claramente Alfa Centauro y sus acompañantes. Pero en otras ocasiones puede distinguirse 61 Cisne, Tau Ballena, Epsilon Indio, o aún Altair y Epsilon Eridano con algunos de sus planetas. Todo depende de la posición. Y más allá, en la profundidad estelar, usted sabe que hay más, mucho más. Pero lo que está claro es que siempre hay una frontera por traspasar, siempre hay algo nuevo por descubrir.

Al ponerse frente a él nuevamente, Varer hizo una reverencia y, levantando la mano al estilo de la Federación, respondió:

  • Lo he entendido perfectamente, Almirante.

La entrevista había finalizado. Era el final, era el principio.

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Martes, 19 Noviembre 2019 02:23

Aurora Borealis. / Waldo Contreras López /

 

Aurora Borealis.

Waldo Contreras López

 

La vi por primera vez en la puerta de entrada del bar en donde laboro como mezclador de música y técnico de audio y video; me llamó la atención su figura menuda, sus piernas largas, su tez blanca como los lirios del rio y sus ojos, sus ojos enormes y azules. Su presencia maciza y carácter explosivo me atropellaron. Tardé días en dirigirle la palabra, con esa enfermedad que a muchos nos ha aquejado: esa atracción abismal y vértigo por mujeres de vidas perdidas. Aquella tarde al fin tuve el ánimo de enfrentar ese vago temor y, decidido al fin, di mi primer paso para terminar de conocerla y durar enganchado varios meses a esta mujer.

 

-¡qué ojos tan bellos niña! ¿Son tuyos?

-sí –me contestó con su sonrisa enmarcada por sus labios gruesos de boca grande y dentadura blanquísima- me costaron quinientos pesos en la “plaza de la mujer”- agregó mientras me empujaba para abrirse paso sin apartar su mirada de la mía, con gesto coqueto; se alejó al ritmo ruidoso de sus zapatillas regalándome un adiós con su mano que parecía una mariposa agitándose bajo las luces de neón que iluminaban tenues el ámbito de la sala y dejándome envuelto en el ámbito de su perfume olor a cítricos, inundado en su risa sonora, musical y alegre; se ganó el corazón y el aprecio de todos en aquel bar con el paso de los días y a medida que se apoderaba de la pista de baile y los ánimos vespertinos ya decaídos en aquel muladar de mala muerte.

 

Esta jovencita era un prodigio de feminidad y coquetería, de dulzura y sensualidad a la vez; de cadencia, ardor y abrumadora desnudez sobre la pasarela. Se le veía corretear por aquí y por allá de un extremo a otro de la cantina, con paso danzarín y una energía incombustible; era una de esas verdaderas almas libertinas que solo existen para hacer de la vida algo digno de disfrutar sin despilfarro de ánimo ni pérdida de tiempo u oportunidad.

 

Pues bien, esta muchacha tenía talento para navegar sin daño en tugurios como este, beber cerveza como albañil y drogarse como punk. Eso y además: se ganaba el pensamiento durante varias horas o días de todos aquellos quienes la veíamos en sus convulsiones dancísticas; y se ganó el mío en especial. En la mayoría de sus ejecuciones sobre la pasarela o alrededor del brillante tubo cromado ella volteaba su rostro pálido y sudoroso hacia mi cubículo desde el cual manejaba la música y las luces multicolor; ella dirigía sus miradas brillantes hacía mí sin avistarme en medio de la oscuridad, pero sabiendo que me embelesaba y sin duda la miraba, me regalaba su mejor sonrisa y su mejor evolución sobre la pista y luego, al terminar de ejecutar su número “el momento sexy”, bajaba las escaleras, se metía en mi reducto a oscuras y me obsequiaba besos en las orejas, palabras ardientes o alguna de sus prendas perfumadas. Así era con todos, generosa con sus estallidos de terremoto.

 

Este pequeño prodigio de alegría andante, esta pequeña mujercita, nos regaló en una mala tarde, uno de sus mejores días sobre el mundo: se encontraba “copeando” con un par de clientes, dos viejos lobos de las cantinas quienes pagaban el dinero necesario para que jovencitas como ella les acompañaran; tenían al menos unas cuatro horas de tertulia cuando, en el punto más animado de la fiesta, ella se puso de pie, se quitó las enormes zapatillas de plástico para luego aventarlas con gesto teatral a un rincón sobre el templete de los músicos, se acomodó el cortísimo vestido entallado color azul rey y luego se puso a bailar como gitana: levantaba las manos y batía palmas, giraba sacudiendo las caderas. Su cabello largo y negro parecía un enorme pájaro nocturno luchando contra ella para liberarse de esa posesión demoníaca que le hacía moverse como una loca; esas evoluciones tenían a todos perplejos, sometidos por una emoción (y la esperanza de que comenzara a desnudarse) que los mantenía sembrados y temblorosos sobre las sillas.

Al fin, el más viejo de quienes le pagaban la copa, golpeó una botella contra la mesa a manera de balazos, rompiendo el encanto en el cual estábamos todos hundidos, y le gritó entre risas: “¡hey, ven acá pinche cabrona maníaca, no te estoy pagando para que le bailes a todo mundo” Ella se detuvo al instante con aires de ofendida, golpeó el suelo con su pie descalzo mientras cruzaba los brazos y sacaba las nalgas, hizo un gesto de puchero para luego tomar vuelo y dirigirse a la mesa con pasos de bailarina de ballet, agarrar una botella de cerveza y bebérsela

de tres tragos, golpearla contra la mesa emulando al viejo con voz ronca y gestos actorales: “no te estoy pagando para que le bailes a todo el mundo (“pinche viejo amargado”-agregó)” luego soltó una de sus hermosas carcajadas musicales y se dejó caer sobre los muslos del anciano.

 

Todos la conocíamos como Aurora Borealis, la excitante bailarina de pasarela quien a sus dieciocho años de edad recién cumplidos ya era una de las “coperas” más solicitadas en toda la zona sur de la ciudad; se llamaba en realidad Flor Jacaranda pero por mí y todos sus amigos, se dejaba acariciar con el apelativo de Yaqui, una jovencita fugada de su marido desde una ciudad del sur del país; una mujer atribulada por el miedo de morirse dormida, que le temía a los “aparecidos”, a los perros negros, a la oscuridad en los cuartos de renta y a los feroces estruendos de los rayos en noches de tormenta; una mujercita de hablar fluido y cotorro en sus explosiones químicas de drogas duras; de voz queda y tristona cuando estaba sobria; amaba las flores, las ranitas de cerámica con sus caritas femeninas y hociquitos besucones (yo soy una ranita como esta, que espera al príncipe que le robe un beso y la convierta en su reina. Decía), a los gatitos desvalidos y todos aquellos a quienes ella consideraba, según su juicio “hombres de verdad y no mamadas; que tengan muchos detalles lindos y miradas tiernas, que sean sobre todo unos buenos roba-besos”

 

Aurora Borealis fue encontrada muerta en un basurón municipal situado al norte de la ciudad.

Su cuerpo vuelto un escombro de huesos y cenizas; una apología a la maldad y a la mala índole citadina contra mujeres como ella, un tributo a una sociedad podrida hasta sus cimientos más profundos.

Flor Jacaranda, una triste y breve historia local reducida a un espacio escondido entre notas rojas de alto impacto y promocionales de productos para una mejor lubricación vaginal o una poderosa erección del pene; Yaqui en un basurero municipal, con su cuerpo garbo, blanco, con su cabellera negra otrora pájaro nocturno, con sus mordidas en las orejas, con sus

palabras sensuales y ropa de bailar… con todo su ser; su desnudez abrumadora reducida a un trozo de carne chamuscada.

Quemada viva, Aurora Borealis apenas pudo ser identificada pues el fuego no alcanzó a devorarla completo. Los verdugos no alcanzaron a borrarla por completo del mundo a pesar de triste holocausto que intentaron contra ella: en su pierna derecha tenía un tatuaje del Escorpión del Zodiaco; junto a su cadáver hallaron su bolso, sus escasas pertenencias desperdigadas entre la basura: sus abalorios de puta, sus cajitas de maquillaje “dark”, sus lápices labiales y dos estuches para lentes de contacto, uno de ellos vacío y el otro que portaba unos de color rojo-fuego.

Dos días anteriores al cual hicieron la denuncia de desaparición la vieron salir de uno de los muchos bares de la zona norte de la ciudad junto a otra bailarina y acompañadas, dicen, por al menos cuatro hombres con aspecto de sicarios.

Fue encontrada muerta junto a su amiga: “quemadas vivas”, dijo el médico forense a la madre de la otra jovencita.

El cadáver de Jacaranda nadie lo reclamó, fue depositado en la fosa común después de un mes de haber sido encontrado. No dejó ningún recuerdo en la ciudad, ningún atisbo vital que pudiera hacerle recordar cómo alguien que caminó por estas calles; su voz cantarina, su risa musical y sus aspavientos corporales ya han sido olvidados debido a la vorágine de los días cargados de nuevos espantos.

A mí solo me dejó sus mirar de ojos “azules” fija en mi rostro embelesado e invisible, tres de sus prendas de baile olor a Aurora Borealis, su luz expansiva y de colores reflejada en su piel blanca que me iluminaba los días en mi oscuro cubículo de deejay, de miércoles a domingo.

 

Flor Jacaranda fue una aurora, mi aurora.

Para todos fue en vida esa belleza hoy olvidada: Aurora Borealis.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

Tinta

del libro La rabia y sus días

Oliver Guevara

 

 

Ya no puedo decir que nada existe

repoblamos el sueño y en la boca creció

de repente un pájaro el exiguo espacio

de un país”.

Alberto Raposo Pidwell Tavares

 

 

 

De la casa, recuerdo la luz tenue de una lámpara en la esquina, en una de las mesas donde debiera haber un teléfono. Un aromatizante de plástico con forma de hongo, expele de su superficie rugosa, como el interior de la jícama, un olor dulce, un tiempo elástico que hace mella cuando te sientas en la oscuridad y enciendes un cigarro. La mezcla es un aliciente para el paladar y el olfato. Mientras, Hiroshima, tu gato negro, pasea sensual entre mis piernas y ronronea. El mundo ha perdido sentido con la caída de la ceniza que dejas consumir. Me siento ansioso al ver que la televisión que está detrás de mí se enciende.

 

Quiero decir que somos otros. Ya no establecen reglas para premiar la derrota. El frío es un chico que te ofrece asear tu limpiaparabrisas, abres la ventana y listo, entra la corriente de aire que te regresa a dudar si en verdad mereces lo que tienes por lo que haces. Te preguntas en cuánto tiempo terminarían por olvidarte si de manera repentina, desapareces, quiero decir, no estar más. De inmediato. Respondes automáticamente.

 

La semana pasada llevé a Hiroshima a la casa de mis padres. Ellos viven solos desde que me casé. Amanda ha quedado embarazada y no quiere animales en la casa. La muda de pelo y esas situaciones. Mi hermana me regaló ese gato pardo con un ojo verde amarillento y otro azul. Cuando entro a la casa, mi padre duerme en el sillón individual y la televisión está encendida. Mi madre está recostada y se despierta cuando me oye entrar. Hiroshima salta al piso de mis brazos e inmediatamente va al balcón de la casa. Mis padres son desde hace dos años como los pasos silentes de ese gato con heterocromía. Desde que mi hermana desapareció pareciera como si el sueño hubiera inundado la casa y no pudieran sacudirse el sopor de la desesperanza y el dolor. Yo hace mucho tiempo que decidí no sufrir, siempre pensé que la voluntad es maleable. Por lo tanto, hoy decido no sufrir.

 

 

Después de instalar la caja de arena de Hiroshima y servirle pequeños trozos de carne que vienen en una pequeña bolsa, trato de hacer conversación con mis padres. Tras cuatro o cinco monosílabos que intercambiamos, me despido y prometo volver con más raciones y por noticias de ese gato que ahora se lame. Al bajar las escaleras, me topo con mi abuela.

-¡Hijo! ¿Cómo estás?

-Bien abuela, ¿cómo siguió de su pie?

Tarda en responder, se pone seria y luego de unos segundos sonríe pero con la mirada en otra parte.

-Ay hijo.

Cuando me doy cuenta que de esa boca que ríe y trata de hilvanar una frase ya no va a salir nada más comprensible, me agachó a la silla de ruedas y le doy un abrazo.

-Adios abuela.

-¡Que Dios te bendiga! -se despide mientras trata de aguantarse la risa. Yo salgo con prisa, el olor a orines es penetrante en la parte baja de la casa. El salitre ha acabado con el verde de la pintura en las paredes.

 

 

Cuando llegó a casa le cuento todo a Amanda, de la abuela y la sospecha que tengo que ya no se ha tomado su medicamento. De mis padres, que cada día parecen más muebles. Le digo que tal vez Hiroshima les de trabajo y algo en qué entretenerse. Luego de hacer café y regresar a la recámara, Amanda duerme abrazando su incipiente vientre. A su lado hay diversos folletos de maternidad y revistas con madres que sostienen niños rubios con relucientes ojos azules. Salgo de la habitación y voy al cuarto nuevo del bebé. La cuna vacía con los peluches y sus ojos vacíos dan un aspecto desolado, pareciera la habitación de alguien que acaba de abandonar el hogar.

En tan sólo tres meses habían encontrado los cadáveres de doce jóvenes en distintos puntos de la ciudad. Pareciera que se repoblaba el país entero. Sembraban mujeres, niñas. Todo era inútil, la tierra es infértil. Perdimos la esperanza cuando vinieron policías con una seriedad fingida y con la insinuación de que Angie se había ido con un novio. Lo que nos destrozó fue ya no tener noticia de ella.

 

 

Una noche soñé con ella. Subía una escalera. La casa estaba en penumbras,  vestía de negro y subía lentamente cada escalón. Yo la trataba de llamar pero no salía nada de mi boca. La clásica pesadilla. Pero cuando se me ocurrió seguirla, mis pies no fallaron. La alcancé y cuando toqué su hombro, ella volteó y sonrió, pero no era Angie sino mi abuela. Ahí estaba su retorcida sonrisa. Me desperté en sudor cuando empezaba a carcajearse.

 

Al paso de los días regresé a casa de mis padres para ver cómo seguía Hiroshima. Luego del pesado ritual de permanecer sentado en los sillones varios minutos sin decir nada, observando el televisor de pantalla plana que les había regalado el gobierno. Dejé un costal de comida para el gato que casualmente no se encontraba.

-Ya sabes. Sale por las noches y dormirá por ahí en los techos de día. –dijo mi madre sin despegar los ojos del televisor.

 

Cuando bajé las escaleras, pude ver que mi abuela caminaba con su bastón para llegar al baño. Esta vez se le veía más calmada y mientras la ayudaba para llegara al sanitario, me contó había dejado de tomar el medicamento porque en la noche escuchaba ruidos. Dijo que nunca los había escuchado antes. Habló de arañazos en la puerta de su cuarto y golpes secos, intermitentes, pausados. Le mentí para calmarla, le dije con los medicamentos sería mejor, que se sentiría con más energía y podría dormir mejor. Traté de explicarle que tal vez ahora necesitaba más dosis. Luego de dejarla en la puerta del baño. Me apretó la mano antes de soltarme y me sonrío como dándose cuenta que le mentía. Después di la media vuelta y me fui.

Al regresar a casa, Amanda estaba dormida en la silla de mecer del cuarto del bebé. Cerca de una mano colgante estaba un muestrario de ropa para recién nacido. Cuando la traté de mover para decirle que se fuera a acostar, se quejó amargamente y se volteó para evitarme. Fui a nuestra habitación por una cobija y se la acomodé. La lluvia comenzó luego de la humedad que asfixiaba. Tuve que insistirle para que fuera a la cama pero no pude despertarla del sueño profundo.

 

 

Lo vimos y nos pareció simpático. Aquél gato pardo temblaba a cada paso y cuando nos dimos cuenta de su peculiar característica, Angie no dudó en llevarse ese felino apretujado entre otros tantos en una caja de cartón tirada en el baldío cercano a la casa. Después de traerlo, nos enteramos que a los gatitos restantes les habían prendido fuego. Sólo por diversión. Como todo lo que ocurre últimamente en este país. Luego de imaginar las llamas, a mi hermana se le ocurrió nombrarlo Hiroshima. Angie tenía 21 años cuando entró a trabajar a la fábrica. Hace mucho que no la veíamos tan contenta. Aquella noche, cuando no regresó, mis padres recibieron una llamada telefónica. La voz al otro lado del teléfono no decía nada. Sólo escucharon una respiración. De mujer afirma mi madre. Después nada. Guardaron el número de teléfono e informaron a la policía. Nada, siempre nada. En ocasiones sorprendo a mi madre con el teléfono en el regazo y el número telefónico anotado en un papel. Sobra decir que manda a buzón de voz.

 

 

No sé si nombrar pesadilla a esa sensación. Cuando percibes un peso que se expande en el sueño poco  a poco. Como si la gravedad fuera motivo de terror. Como el volumen de un sonido grave perfecto. Sueño con un tatuaje. La aguja entra suave. Es un lápiz de punta fina que barrena milimétricamente la carne, el tejido. No hay mucha sangre. El tatuaje comienza a tomar forma. Un ave más grande, una más pequeña. Es una parvada.  En un descanso, me recuestó sobre el sillón y cierro los ojos por un momento. Después siento un peso en el pecho, me entra el pánico y pienso que me va a dar un infarto. Cuando abro los ojos me doy cuenta que Hiroshima está recostado en mi pecho y tiene plumas oscuras en el hocico. Despierto. Amanda está parada a un lado de la cama y oigo que dice mi nombre. Me levantó adormilado y mis pies dan con el líquido hemático que escurre de sus piernas. Como puedo me visto y la llevo al coche, todo parece ir en cámara lenta por más que me apuro. Al llegar a emergencias y  verla partir asistida por dos enfermeras inmutables, espero la respuesta que pronto se me da.

 

 

La rutina envilece. La cama nunca está hecha y Amanda siempre acostada, dándome la espalda. La habitación que sería el cuarto del bebé se ha convertido en la bodega de la casa. Ahora acumula las cosas inútiles, como cuerpos desmembrados que nadie reconoce y que esperan pudrirse hasta apestar y ser enterrados, descartables, olvidados. Yo también he dejado de ser lo que era, o mejor dicho, he salido realmente a flote. He vuelto a fumar y a contar compulsivamente números pares, todo lo trato de hacer par, las líneas de mis calcetines, las palabras que aparecen a la vista mientras voy manejando, las gotas de agua que resbalan por el limpiaparabrisas cuando el chico lanza el agua de su botella de plástico. -todo es plástico- me digo mientras retardo avanzar ante la luz verde del semáforo.

 

 

 

El gato no aparece. Mis padres me lo dicen como si me hubieran dejado un anuncio debajo de la puerta. Antes de ir a la casa materna, me asomó a la recámara del bebé. Amanda está recostada en la mecedora con la mirada perdida. Ya no me despido. Cierro la puerta lento en espera de que me diga algo. Sabe que estoy ahí. Comienza a mecerse más rápido entre los escombros de ropa, artilugios de crianza y regalos sin abrir con moños color rosa.

 

La televisión está encendida y hay un cigarro que se consume en el cenicero de latón en el centro de la mesa de la sala. Mis padres no fuman. Tras apagar el televisor buscó en las habitaciones rastro del felino para darles la noticia a los viejos para cuando lleguen. Luego de hacer sonar su plato de comida y esperar en el balcón por si lo veo atrás de otros gatos, nada. Vuelvo a la sala y un olor a orines envuelve el ambiente, se combina con el olor a cigarro.

-¿Estas pendejo o qué? –la anciana madre de mi padre está sentada en la oscuridad mientras sostiene un cigarro. Mueve su cabeza como queriendo ver detrás de mío. Hiroshima aparece con un pájaro que aún aletea en su hocico y después de rozar mis piernas, se dirige de un salto al regazo de mi abuela. El televisor se enciende nuevamente y la vieja queda con la cabeza de lado, esboza lentamente una sonrisa con la mirada fija en la pantalla. Antes de bajar las escaleras miró otra vez a la anciana, no se ha movido, el gato masculla con dificultad el ave que se retuerce para librarse.

Ya en casa me dirijo a la habitación del bebé. Me acuesto en la cama. No quiero ver a Amanda. La imagino recostada todavía, impasible en nuestra recámara hojeando revistas de hijos y padres. Recibo una llamada.

Bueno.

¿Señor Rodríguez? Tiene que venir, encontramos… Hay un tatuaje que queremos que vea. No contesto. Digo que sí luego de un silencio que parece disculpar la voz al otro lado del auricular.

Está bien. Lo esperamos.

 

Ya no la sigo. A pesar de que sé que esa cabellera rizada es de Angie, a pesar de que reconozco el color verde de su blusa favorita, ya no voy detrás de ella a pesar de que me llama y voltea con esa sonrisa cándida como cuando éramos niños. En el sueño me detengo, temo despertar o darme cuenta de que es otra persona. Ella corre con su falda del colegio, no la veo adulta, la veo como se manifiesta en mis tiempos de felicidad. Cuando se pierde en un punto luminoso, siento la garganta terrosa, inflamada, me duele pasar saliva y toco mi frente para medir mi temperatura. Lo que pareciera flema busca salida y comienza a moverse, siento unas extremidades que empujan las paredes de mi carne hasta sobresalir, no tengo más que abrir la boca, pero no lo hago, un aleteo que busca brotar es estrujado por mis dientes y lengua hasta que despierto. Amanda está parada frente a mí al lado de la cama y llora. Esta vez llora.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 18 Octubre 2019 15:09

El manchado / Said Ramírez /

 

El manchado

Said Ramírez

 

Editorial La Tinta del Silencio

Ciudad de México, 2019

Cómo cazar al tigre

 Colección La nave insólita,

 

Era muy noche cuando llegó una patrulla del ejército a El Responso preguntando por el alcalde. Resonaban disparos de fusil y el aire de aromas naturales se llenó de olores extraños traídos de otras tierras. Los uniformes de la tropa se adherían a sus cuerpos despidiendo un vaho acre de sudores de caballo. La selva se sumió en un silencio inquietante como esperando la lluvia y hasta el viento se refugió en lo más recóndito de la quebrada. Los habitantes, sorprendidos en su sueño,comenzaron a prender antorchas y bajaron hacia el camino como un intermitente enjambre de luciérnagas.

 

—No queremos lastimar a nadie —habló un sargento—. Tenemos la orden de recoger todas las armas de la región. Al que después se le encuentre con un arma… ¡Se le fusila y listo!

 

Había desasosiego en las miradas soñolientas de los campesinos que observaban con temor a los uniformados. Don Manuel Quiñonez, el alcalde, se comprometió con la tropa a que todas las armas serían entregadas.Por toda explicación le dijeron que era para prevenir una asonada socialista en aquella región. Junto a él caminaría la patrulla, casa por casa de los habitantes, decomisando las retrocargas y escopetas viejísimas con que cazaban. No sólo fueron armas lo que se llevaron, sino que hicieron matar a una ternera para llevársela por pedazos a su guarnición, además de cargar con gallinas y cerdos ante la impotencia de sus propietarios.Fue así como El Responso se quedó sin armas de fuego.El único que se salvó del decomiso fue Gabino Torres, el dueño de la cantina de la zona. Enterró su carabina bajo la tierra húmeda antes que la columna llegará, y no por intuición, sino por aviso de un comerciante errante que se emborrachaba en su negocio. Una nueva costumbre se haría crónica desde aquella fatídica visita de los militares: ir a pedirle prestada el arma a Torres.

 

—Don Gabinito, présteme su carabina pa´ tumbar

un cerdo del monte.

—Don Gabino, el tigrillo se está comiendo las gallinas, présteme su arma.

Pronto comenzaría a arrendar el arma a precios cada

vez más elevados. Fue por aquellos días que hizo su aparición un manchado que se convertiría en el azote de El

Responso. El escaso ganado doméstico de los pobladores

aparecía destrozado y sin una gota de sangre cada mañana.

—Como sabe el animal cuando no hay escopeta,

carajo…

Comentaba Don Víctor Sánchez, hombre de respeto, con los vecinos que narraban entre sollozos la

muerte de los vacunos.

—No se sabe qué azote es peor… Primero los militares y después el tigre.

El félido hacía alarde de su fuerza arrastrando toretes que lo triplicaban en peso a lo largo de varias cuadras. Silenciaba cerdos triturándoles el cogote entre sus fauces. Su mayor placer era triturar el cuello al ganado y beberse la sangre fresca del animal todavía vivo. El cuerpo, casi completo, quedaba para los carroñeros en algún lugar de la selva. Varios lo habían visto y jurarían, como Don Víctor, que nunca hubo otro tan grande y tan hermoso. Pero con los machetes y lanzas era imposible frenar al animal. La gente se limitaba a ver con impotencia los restos de sus mejores terneras y cerdos desperdigados por sus chacras.Montaron rondas de diez colonos armados con lanzas y machete al cinto, pero la astucia del felino siempre era mayor. Impusieron el sistema de los silbatos y el colono que sintiera el gemido de uno de sus animales, debería dar la alarma a sus vecinos más próximos para que acudieran a perseguirle. Todo fue en vano. El manchado se ponía a salvo en la selva virgen, desde donde acechaba los pasos de las rondas desconcertadas.

 

—Debemos de ir a Quito pa´ comprar escopetas —

sugirió Don Víctor a la autoridad de Manuel Quiñonez.

—No deseamos a la tropa por acá de nuevo —respondió.

—¿Y qué hacemos con el manchado?

—Pídanle su arma a Torres… Que se las alquile…

Pero cada vez que el manchado era cercado y acudían al negocio de Torres, más tardaba en llegar el

arma que el tigre en romper el cerco y huir al monte.

—Hay que fabricar trampas —comentaba la gente.

 

Una mañana, Don Víctor Sánchez pidió ayuda a tres de sus vecinos más cercanos para cavar un hoyo profundo, casi un pozo. Demoraron hasta el atardecer sacando lampadas de tierra húmeda, creando una fosa de cuatro metros. La ocultaron con hojas de plátano y de una alfombrilla. Improvisaron al siguiente día una reja de madera rudimentaria. Entrelazaron ramas resistentes y dejaron descansar el armazón al lado del pozo cubierto. La ubicación era la ideal: al pie de la cerca del corral donde encerraba al ganado.

 

—Ahora sí va a caer el muy desalmado —se dijo.

 

Iniciaría para él una serie de noches de insomnio y de vigilia con el rejón calzado entre sus toscas manos de labriego. Consumió considerables cantidades de café para no dormirse y fumó más de la cuenta. Luego de ocho días de esfuerzo inútil, decidió que su ganado no era del gusto de la fiera y durmió normalmente. Se esfumaría otra semana sin novedad. No volvió a preocuparse del manchado.Una noche en que la cosecha de la uña de gato había agotado sus fuerzas y la lluvia transformaba en lodazales las tierras de descanso, escuchó ruidos extraños en el establo. Las terneras se embestían tratando de salir contra la mohosa cerca de troncos en un desesperado intento de huir. Avanzó en la oscuridad con el machete en la diestra hacia la trampa y empujó sobre ella la armazón de maderos entrelazados que había preparado. Su mujer le lanzó una antorcha. Ante la luz irregular de la tea, resplandecían los ojos amarillos y el lomo brillante del predador. Sonó desesperado el silbato varias veces hasta que le contestaron de los predios vecinos. Para reforzar la trampilla de madera, colocó una enorme piedra encima. A la media hora se veían hileras de antorchas dirigiéndose a las tierras de Don Víctor. El manchado se encontraba en una sola posición, taciturno y con la mirada hacia su posible salida. Pronto cambio de actitud fisgoneando las paredes del cráter profundo. Quiso escapar embistiendo la reja a saltos, pero se lo impedían los hombres parados sobre el armatoste y la enorme piedra.

 

—¡Hay que matarlo de una vez! —gritó uno de los

hombres.

—¡Tito!... ¡Anda tráy la carabina de Torres! —le indicaron al niño.

—¿Y si él negocio ya está cerrado?

—Tócale la puerta con piedra, pues, sonso… ¡Corre!

 

La algarabía era general. El azote de El Responso había caído. Severo y majestuoso, optaba por fingirse indiferente ante la muchedumbre que lo iluminaba con teas. Trajeron guitarras y tambores para matizar la espera del arma. Bebieron y fumaron durante casi dos horas y el rifle no llegaba. Por fin regresó el niño jadeando.

 

—Dice que no presta, sino alquila… No quiere saber nada si nuay plata.

—Velo pues al maldito ese…

—Hay que usar lanzas.

—Con rejón nomas hay que matarlo…

—¡Clávenlo! —gritaba la gente.

 

Pero se darían cuenta que la longitud de las lanzas no era suficiente y el animal esquivaba con facilidad las estocadas. Realizó vanos intentos de empujar la armazón de palos y consiguió hacerles perder el equilibrio por un instante a los captores que se encontraban allí parados. Fue inútil.

 

—No se deja el manchado. Nuay como clavarlo.

—Pendejo, carajo…

—Dale pué…

 

Hasta que Don Víctor se acordó del techo que había estado calafateando con brea esa tarde. Recordó cuando en Quito vio a un crío meter la mano, por accidente, en la brea caliente; se la sacaron en esqueleto. “No quedo absolutamente nada”, pensó.

—¡Ya sé, burros!... ¡Lo mataremos con brea!... — exclamó.

 

Fueron en busca del cilindro aún tibio y lo trajeron cargado en un palo. Encendieron fuego suficiente para un último hervor. El tigre, mientras tanto, miraba calmado hacia el exterior.

 

—Ya está… ¡Ábranse de ahí!

 

Muchas manos con trapos transportaron el cilindro hirviente para derramar el denso líquido sobre la reja que cubría la trampa. Pero en el preciso instante en el que él líquido abrazador estaba por brotar, se oyó un aullido poderoso, casi humano, y la fiera escapó con reja y todo de un salto. La proximidad a la muerte había creado fuerzas descomunales en el animal. La efímera sombra desapareció en la oscuridad de la noche y la selva se puso tan quieta y silenciosa como aquella vez que llegó la patrulla.

 

—No ha muerto… ¡Está vivo!

—Es el Mandila…

—El mismo demonio será…

—Anden cojudos… ¡Qué demonios ni que carajos!

¡Busquen su rastro! —gritó Don Víctor Sánchez.

 

Confirmarían después de una larga búsqueda lo que todos temían: no había rastro alguno del manchado.Solo sombras en el camino; sombras como tentáculos de pulpo que acechaban junto a los árboles. Quedaba el grito del búho agorero y cruel, grito que asusta como el trágico fulgor de una puñalada. El silencio se apoderó del pueblo nuevamente. Solo el viento tosía de vez en cuando con su toz de tísico…

El azote había comenzado.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Viernes, 18 Octubre 2019 06:07

El mundo en tus manos / Ramiro Padilla Atondo /

 

El mundo en tus manos

Ramiro Padilla Atondo

 

Eso pensaste a los 18 años. Que tenías el mundo en sus manos. Saliste del rancho   con mentiras, dijiste que ibas a Tijuana a trabajar en la maquila. Pero era mentira. Lo tuyo  era el desmadre. Te gustaba lo de ser pesado. Ya te imaginabas la troconona, las fiestas interminables con viejas bien buenas y las pacas de billetes. Pero nunca te dijeron que también había una alta posibilidad de que te murieras.

El policía que examinó tu cadáver se acordó de ti. Y no porque tuvieses algún rasgo extraordinario, sino porque aquel día que tu cartel hizo una demostración de fuerza en la revu se tuvo que esconder. Se acuerda clarito porque les hablaron por el radio. Les dijeron que se abrieran porque ustedes no se andaban con mamadas. Que se cubrieran porque eran un chingo.

 Te bajaste  emocionado porque fueron esos instantes  los que te hicieron sentirte poderoso. Eras parte de algo, de un grupo importante al que hasta las autoridades le tenían miedo. Ya habías practicado un poco con el AR15. Todavía no te acostumbrabas a su peso pero fingías que pesaba lo que pesaba una pluma para que no dijeran, mira el plebe, no sabe limpiarse el culo y ya trae cohete. El policía sabía que lo podían rafaguear. Se quitó la pistola y la camisa del uniforme, dejó todo en la patrulla y corrió a refugiarse  a una casa de cambio. Ustedes llegaron como en treinta camionetas. Ni siquiera ocultaban el rostro. Eran tan poderosos que se podían dar el lujo de mirar a la gente a la cara con toda la desfachatez del mundo. Y ese era tu rostro. El de alguien que prueba por primera vez el poder. Aunque este fuera limitado; te sentiste vivo, con el mundo en tus manos.

Y el policía te miró porque cuando saltaste de la caja del pick up no traías siquiera zapatos. Andabas en huaraches. Los sicarios en Tijuana siempre han presumido de sus gustos estrafalarios, botas de piel de avestruz, de cocodrilo. Enormes cadenas de oro. Les valía madre. Querían que se enteraran que andar en la maña es redituable.  Tú eras tan inocente que ni siquiera habías reparado en ese detalle. Tus pies estaban prietos del sol del rancho. Por eso ahora, un par de semanas después el mismo policía te reconoció. Traes los mismos huaraches.

Estás lleno de plomo. El policía salta según él entre los casquillos. En la mano izquierda traes el AR15. El brazo derecho reposa contra el  pavimento. Estás tirado en la misma posición que un cristo sangrante, con los brazos extendidos. Y mientras el policía marca el contorno de tu cuerpo con gis, la gente se acerca de a poco al lugar de la balacera. No eres el único cadáver. Otros chicos de tu edad yacen desparramados sobre la calle. Algunos más han quedado en situaciones imposibles dentro de los carros.

En la tarde te llevarán a ese lugar maloliente, el Semefo. Como no tienes ninguna identificación vas a terminar en la fosa común. Y en pocos días, alguien muy parecido a ti, tomará el camión a Tijuana, para convertirse en estadística.

Publicado en NORTEC
Miércoles, 25 Septiembre 2019 05:49

LA VENTANA. / Viviana Carvajal. /

 

 

LA VENTANA.

Viviana Carvajal.

 

 

¡Siempre he estado aquí! Vacío llenando vacíos… espacio al recibo de espacios. Flanqueada en la inercia de los tiempos por cuatro poderosos brazos. Testigo activo de todo cuanto ocurre dentro y fuera de los muros que me contienen. Siempre he estado aquí, Ellos no. Sólo hemos coincidido en los instantes en que mi oquedad ha podido llenar la guarida de sus ansias y penas. Sus afectos han cambiado, se han dormido siendo amables y despertaron siendo ajenos.

Mi primer encuentro con Ellos fue queriendo llenar su corazón. Más habiendo concebido un hijo, los encontré ocupados. El único hueco que descubro está en ellos mismos, cuando recargan en mí su mirada gris y sus ojos como peces alargan la vista más allá de lo que el don de mi oblicuidad me permite alcanzar. Él, su índice y su medio van del cenicero a sus labios y de sus labios hasta el centro de sus suspiros. Ella, su vientre y sus rodillas pueblan de rocío la almohada y sus espacios interiores.

¡Cuántas veces en la transparencia de mi espacio han buscado el plateado resplandor de estrellas sobre el adoquín! ¡Lagos de luna y ríos en las calles húmedas de escarcha y llanto! El cristal de mi vestido se confunde con el ropaje de su tristeza y el total abandono. La pared que me sostiene: gruesos muros remendados y pintados tantas veces que ocultan por decoro las historias. Ella de pie, yo, depositada en la ausencia que de ella misma hace ella misma, me convierto en mensajera y la veo morir a cada instante. En su rictus de dolor descubro mi puesto de vigía. Contempla caer la tarde. La languidez de su mirada serpentea y se detiene en las figuras que al amparo de las sombras se prometen eternas. Con la llegada del anochecer, llega también el anonimato. Desde su acomodo, la calle se alarga hasta perderse.

Fuera de casa, una enredadera cubre partes del deterioro que ensombrece la fachada. Sus hojas tienen los tonos del limón y la pradera, y son sus puntas semejantes a las de una bailarina. En las formas caprichosas con que se sostiene altiva asoman, albas y pequeñas, las flores que inocentes anhelan completar el eterno ciclo de la vida. Él aguarda en su propia oscuridad. Yo puedo encontrar mi camino en el hueco que ha dejado el licor dentro de la botella. Todo se distorsiona desde aquí y el rostro que antes parecía bello, ahora tiene el metal de su mirada perdido en la distancia que hay desde su sitial hasta la cama donde Ella posa. El horizonte se dibuja entre sus dedos en el ir y venir del cigarrillo.

Los pliegues del cortinaje se deslizan con la brisa del amanecer invitándome a suplir con mis cuencas, sus lunas pasajeras. Vibran las notas del deseo y dentro de sí, destinan mi morada. Como si el sol quisiera participar en la danza del arrebato, resplandece; y junto a ellos, soy juguete del amor entre sus rayos. Se repite, se desdobla, multiplica y vuelve a casa, al rincón de los alivios, al traspatio del mañana, a las voces del sollozo que desgarra los recuerdos. Los amantes destierran el adiós continuo y eterno. Ya no hay brincos, y un descanso inesperado hace un alto manifiesto entre las sábanas. Observo de soslayo las figuras que se esfuman entre la pintura y sus capas. Me sorprenden ojos y tristes alas, ¡largas alas fugaces que se pierden entre los caprichos de otras formas!

Siempre he estado aquí. Son las sombras las que se han marchado. Es el viento que ha movido las íntimas honduras de mi yo aferrado al espejo de otros seres. ¡No habrá más camisas de fuerza en cada espacio, en cada amor que reúna, en cada amante que castre o en cada diluvio

que beba! Demandaré mi sitio al atardecer de mis mañanas y al amanecer de mis recuerdos: ¡todo! Mientras tanto… ¡sigo aquí!

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Miércoles, 25 Septiembre 2019 05:28

UNA EXTRAÑA PETICIÓN EN UN PIANO BAR. / M.G. Olvera. /

 

 

UNA EXTRAÑA PETICIÓN EN UN PIANO BAR.

M.G. Olvera.

 

 

Te costó más de cuatro décadas deshacerte, o acaso todavía no, de los prejuicios heredados por tu madre; porque cuando estabas cruzando el portal y te recibía una chica de breve falda y profundo escote, recordabas que el pecado es un invento redituable, que allá donde estaba tu madre, se repetía día a día. Sólo veía al altísimo y escuchaba al mismísimo Handel dirigiendo la orquesta de ángeles y querubines interpretando El Mesías.

Ella, entrenada como estaba para detectar mojigatos de cartera abultada, cogió tu brazo. Imposible evitar el calosfrío que recorrió tu cuerpo al sentir la carne firme y cálida de su pecho izquierdo junto a tu brazo mientras te conducía en la semioscuridad del bar. Te ofreció la diminuta mesa que quedaba oculta tras el cubertero de los meseros, te sentó a contraluz y frente a ti apoyó los codos en la mesa al tiempo que juntaba sus manos provocando alevosamente levantar sus pechos.

Mientras intentabas desviar la mirada de su hipnótico escote, con voz juvenil llamó al mesero. Él te reconoció de inmediato, y ofreció una disculpa al tiempo que con un ademán le indicaba a Ella que se retirara. Bajo el efecto de su par de prominencias y en un intento de seguirla, con torpe movimiento tumbaste la mesa. El ruido atrajo las miradas que te llenaron de pánico; tropezaste con una de las patas y poco faltó para que cayeras encima de una mujer de considerable volumen que te miraba con desprecio; los rápidos reflejos del mesero los salvó a ambos. Acomodaste tus gafas y, vacilante, te dejaste conducir por él hasta la lustrosa barra donde te recargaste sintiendo de pronto un agudo dolor en el tobillo. El sonido de los hielos en el vaso que acercó el barman despejó tu mente. Levantaste la cara y en el reflejo de la vitrina del bar buscaste a Ella. La misma treta que hacías de niño en la sala de la casa donde vivías con tu madre y tu abuela, para mirar el carnaval. Aquella casa en Manuel Velazco 803, de grandes ventanales y gruesas cortinas grises. Te estaba prohibido siquiera asomarte a la ventana. La música tropical, el pecado, los carros alegóricos, el pecado, la gente paseando, el pecado, Juan Carnaval, el Rey Feo, los vendedores ambulantes, los turistas bebiendo, el pecado, las comparsas, los hombres y las mujeres semidesnudos bailando, el pecado, las mujeres de suaves curvas, el sudor sobre sus cuerpos bronceados, el pecado, tu madre y tu abuela horrorizadas alejándote de la ventana.

Se juntaron tu mirada y la de Ella al tiempo que el administrador te indicaba por dónde subir al reducido escenario. Sentado frente al piano sentiste el hormigueo en tus dedos, y al alma regresar al cuerpo. Te olvidaste de Ella y tocaste, tocaste para ti, tocaste hasta que el abucheo fue tal que el administrador tuvo que subir al escenario para pedirte que intentaras con otra canción.

—¿Otra canción?. Preguntaste asombrado. Solo traje las partituras del concierto Número 21 de Mozart.

—¿Las partiqué..?— Preguntó al tiempo que fruncía el entrecejo y levantaba su ancha nariz. La rapidez con la que cambió su rostro, cual si se hubiese puesto una máscara para voltear hacia los clientes que esperaban que bajaras del escenario, te heló la sangre. La cara de odio de tu abuela al acercarse a ti, y de completa adoración al instante siguiente para contemplar a tu madre. Tu instinto de conservación te ordenó correr escaleras abajo, pero tu adolorido tobillo no obedeció; quedó torcido de tal manera que el astrágalo casi rompe tu calcetín de vicuña.

Fue Ella quien reconoció en tu mirada el dolor intenso; subió al escenario y te entregó un viejo violín. De pie junto a ti atrajo las miradas del público. Cuando el silencio se hizo fue Ella la que, primero tímidamente y después dominando el piano bar, cantó. Como víctima de un hechizo sentiste el hormigueo en tus dedos y una corriente recorrer tu médula espinal.

El efecto del Requiem aeternam dona eis, Domine et lux perpetua luceat eis siempre te ha hecho levitar; levitar y olvidar al resto del mundo. Olvidar a tu abuela, a tu madre, a tu abuela embelesada frente a tu madre desnuda, y tocaste, tocaste para ti. Ésta vez no hubo abucheo, el asombro dominó al público y cuando, exhaustos tú y Ella, dejaron flotando en el escenario la última nota, fue la mujer de enorme volumen la que, de pie sobre la mesa los vitoreaba. Como salido de un letargo, poco a poco fuiste consciente de lo sucedido. Ésta vez pudiste levantarte y sin soltar el violín bajar del escenario para contemplar a Ella desde abajo. Fue ese gesto tuyo el de darle todo el crédito a Ella el que hizo que las demás mujeres que lo presenciaron te cercaran hipnotizadas. Poseso como estabas, de la figura de Ella en el escenario, no sentiste la humedad de los labios ni las manos impúdicas que tocaron tu cuerpo. Fue solo hasta que el administrador con voz de maestro de ceremonia, pidiendo una ovación para el recién descubierto dueto, rompió el hechizo. De nuevo fuiste el blanco de las miradas. Te faltó aire y te flaquearon las piernas, y otra vez la oportuna intervención del mesero te salvó. Ya en la barra y con un torito en la mano pudiste soportar la cercanía de Ella. El estremecimiento que provocó su aliento cálido cercano a tu oreja se convirtió en rigidez completa que sólo pudo vencer el asombro que te provocó la más extraña petición que alguien te hubiera hecho.

Con un fino y estudiado movimiento de su mano, fue la mujer obesa la que levantó tu quijada para cerrar tu boca; con delicado tacto te retiró las gafas empañadas. Por reflejo natural parpadeaste repetidamente y, girando levemente tu cara en movimiento zigzagueante, contemplaste alternadamente los rostros de las dos. Una mirada de complicidad había en ellas. Tu desamparo y el alcohol se combinaron. Volviste a no existir entre las dos presencias. Tu madre en éxtasis reposando en el chaise longue; tú sentado con los pies de tu madre sobre tus piernas y tu abuela hincada sobre la alfombra de chenilla lamiendo los pezones erectos de aquella.

No fuiste capaz de negarte, te resignaste al destino de la insignificancia; las seguiste al fondo del piano bar. Entraron por una puerta que conducía a una bodega oscura, ibas detrás de ellas. En el umbral dudaste. Con un movimiento grácil de su hombro Ella te animó a seguirlas; hipnotizado por su mirada avanzaste. Con su enorme cuerpo la mujer te impedía retroceder, Ella se acercó a ti y pasó sus manos por detrás de tu nuca; el filo de sus uñas en tu cuero cabelludo te provocó una corriente eléctrica que recorrió tu cuerpo desde el lóbulo parental hasta el calcáneo. Tu adolorido cuerpo, presa del deseo no satisfecho y prensado entre los cuerpos, creció hasta no caber en tus Hermes. Fue Ella la primera en notarlo. Con cara de fingida inocencia se apartó de ti para soltar la cinta que sujetaba su abundante cabello, con apretado nudo la sujetó a tu nuca; se aseguró también de que tus ojos estuvieran cerrados bajo la cinta. La sangre bombeaba dentro de ti; parecía reventar tus oídos y no te fue posible escuchar los pasos a tu alrededor ni identificar de dónde procedía la voz de Ella cuando te pidió que la besaras; sentiste unos cálidos labios sobre los tuyos y un líquido caliente bajar por tus piernas. Tu abuela encolerizada obligándote a permanecer de pie sobre el charco de orín que dejabas en su amplia habitación cuando con su lengua recorría la entrepierna de tu madre, y tú debías repetir sin parar el Ave María.

—¡Qué asco! Escuchaste decir al tiempo que de un empujón te tiraron al piso.

 

 

 

 

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