Roberto López Moreno

Roberto López Moreno

Roberto López Moreno. Entre más de cuarenta títulos publicados se encuentran los siguientes libros: de poesía: Décimas Lezámicas (UNAM); De saurios, itinerarios y adioses (Universidad Autónoma de Chiapas); Verbario de varia hoguera (Instituto Chiapaneco de Cultura) y Sinfonía de los salmos, también de la

332 Hablemos de poesía (UNAM). De narrativa mencionaremos: Yo se lo dije al presidente (Fondo de Cultura Económica); Las mariposas de la Tía Nati (Tercera edición en la colección Lecturas mexicanas del CNCA); La Curva de la Espiral en la editorial (Claves Latinoamericanas) y Cuentos en recuento, (UNAM). Ha representado a nuestro país en ciudades como Salta, Argentina; en Santiago de Cuba y La Habana, Cuba; Berkeley, EU; Medellín, Colombia; Struga, República de Macedonia entre otros sitios. Otro libro suyo es Crónica de la música de México

 

 

 

MAR: TUMBA CUNA TUMBA CUNA

 Roberto López Moreno

 

   Y todo surgió del mar, y al centro del mar todo vuelve, es matriz y cementerio permanente, que se mueve, fuerza motriz con pistones que trabajan hacia la superficie, útero y tumba a donde todo va y de donde todo viene, mecánica mágica que no es magia, que es mecánica; que no es mecánica, que es magia. Y en la realidad, trabajo son los hondos fondos desde donde se desprende el paridero una y otra vez hasta que nos encontramos en la vida, viniendo de quién sabe cuántas muertes. El poeta observa y la marea, su incesante movimiento, le da estas visiones que es como un sumarse salino a la maravilla del oscilo aquí planteado.

   Qué es el mar -piensa el poeta de esta nuestra historia- sino una inmensa tumba en donde todo se concentra y de donde finalmente, después de una serie de reacomodos y aleaciones, procedemos todos, impulsados por la energía dinamizada desde las profundidades, en donde el sueño podría ser sueño eterno, pero se mueve cumpliendo con las leyes de su nacimiento… y de su muerte. Reacomodos y aleaciones construyendo la existencia manifestada en seres vivos y objetos inanimados que, sentenciados por la dinámica de la marea, igual se mueven, ¿hacia su vida?, ¿hacia su muerte?

   Finalmente hablamos de un enorme cementerio en el que nada (si acaso el instante de Aquiles mientras la tortuga avanza) permanece estático de acuerdo con los más antiguos filósofos materialistas, desde Heráclito -por mencionar uno de los más presentes en nuestras consideraciones cotidianas-, Tito Lucrecio Caro, los primeros atomistas, etc. Y donde hay movimiento la muerte se convierte en generadora, entonces, el gran océano al que nos referimos, el gran cementerio, termina siendo la enorme entraña incubadora que recogerá el poeta en la mente, en sus visiones, y que elevará hacia el otro plano, hasta la altura del risco, para observar total, desde su elevación, el inabarcable cementerio que nos engloba desde la añil esfera.

   El cementerio marino en donde Paul Valéry midió las dimensiones de la vida y la muerte, se encuentra en un risco, en la ciudad de Séte, promontorio que imponente mira al mar desde sus tumbas, ese risco ya había sido utilizado como cementerio por los romanos, aunque la ciudad de Séte fue fundada oficialmente en 1666 como parte de las obras del Canal de Midi que uniría el Mediterráneo (Séte) con el Atlántico (Burdeos). Enfrente, las rutas aún vivas surcadas por romanos y cartagineses. Entonces, tal prominencia ya había sido el risco de los muertos que miran al mar, el mismo que les sigue dando vida al crear la dinámica de la paradoja.

   Esta paradoja Valéry la canta a ritmo ceñido, alucinante. Desgraciadamente las traducciones de poesía, entre más veraces, entre más leales al pensamiento del poeta, se alejan por necesidad de la musicalidad planteada por el poema. No hay salida para esto. Va una cosa por otra, desgraciadamente. Quizá para nuestro caso funcionara un intento de explicación (trabajo que de ninguna manera corresponde al traductor, quien ya cumplió con calidad y oficio su encomienda) para acercarnos lo más posible a la música original del poema que nos ocupa.

 

La fuente (tomando nada más el primer párrafo) nos dice:

Ce toit tranquille, oú marchent des colombes.

Entre les pins palpite, entre les tombes;

Midi le juste y compose de feux

La mer, la mer, toujours recommencée

O récompense aprés une pensé

Qu?un long regard sur le calme des diuex!

 

   Imaginemos esta música. Los dos primeros renglones son un dístico (la palabra final del primer renglón rima inmediatamente con la palabra final del verso que le sigue) de diez sílabas cada uno. Después continúa una cuarteta de rima interna, como las de los sonetos clásicos, pero también de diez sílabas (los sonetos clásicos son de once). Así quedan enlazados en rima externa, el tercer verso con el sexto y en rima interna el cuarto con el quinto, creando, todo el conjunto, una dinámica musical que envuelve efusivamente al lector en la lengua original. Así accedemos solamente a la simbologías de las que se vale el autor, y quizá por ello, despojados de la lubricidad de la música primera, en un juego de ganar y perder, quedemos en la condición apropiada para abarcar más ampliamente el pensamiento puro del poeta. Éstas son simples ideas al aire.      

   

   Valéry nació en Séte, al sur de Francia, en 1871 y murió en Paris en 1945, después de lograda la arquitectura de su poesía y después de haber defendido con las armas a su país de la invasión nazi. Sus restos se encuentran justamente en el cementerio marino, lugar que inmortalizara con su poema del mismo nombre. En su lápida se grabaron estas frases de su poema inmortal: “¡Oh recompensa después de un pensamiento como vasta mirada sobre la calma de los dioses!” ¿Qué percibió el poeta ubicado en la altura del osario sitiado de mar? Nos lo dice en el poema, pero es que el poema dice muchas cosas, metáfora abierta a las dimensiones de la imaginación del lector.

   Séte es ciudad surcada por canales, rodeada de agua, prácticamente una isla que se tiende entre el Mar Mediterráneo y la laguna de Thau. En el centro, como emblema de la localidad se erige el Monte Saint Clair, elevación más verde que el verde al delinearse decididamente en medio de un azul que le asedia por todos lados.    

         Desde el cementerio marino, desde las tumbas en donde la muerte guarda el producto de su trabajo, Valéry mira el mar. Pero se sabe también parte de su punto de observación y junto con las pequeñas capillas en torno, al lado del sembradío de cruces de piedra, el azul permanente se ve enfrentado por el rojo intenso de las cruces, a veces, anaranjadas, a veces, amarillas, y en medio de esos rojos y amarillos de los que además él forma parte, el poeta, también estudiante de filosofía, el poeta, también estudiante de matemáticas, inicia su meditación. Está iniciando su poema, su trabajo mayor, 24 sextetas de deslumbramiento y deslumbramientos.

   En el principio se pone bajo el manto patriarcal de Píndaro y lo evoca en su epígrafe: Alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible. Las tumbas que lo rodean vestidas de rojos y anaranjados, tintadas por un sol que ya declina en el horizonte iodado le están subrayando también que en efecto, la inmortalidad no existe, entonces, junto a Píndaro, de la vida habrá que agotar al máximo lo posible y eso intentará el poema. Y eso nos da.

   Píndaro, el poeta que Valéry evoca, ha sido considerado por otros grandes poetas como el dueño de un estilo peculiar, creador de una escritura que proporciona dificultades al lector. Hace que su discurso dé saltos continuos e inesperados y de pronto se vale de asociaciones imprevistas, lo que le permite utilizar una enriquecida mixtura de elementos. Saturado de recursos retóricos construye una obra oscura para los de su tiempo, y otro griego, Herodoto, asegura que su poesía es ininteligible, juicio con el que cientos de años después iba coincidir Voltaire, mientras que Goethe y Holderlin le llamarían “símbolo de la libertad del genio creador”.

   Así, lo vio también Valéry, como “símbolo de la libertad del genio creador” y así lo asume en el inicio mismo de su gran poema. Por ello se volvería casi imposible -e inútil- hacer una lectura lineal del poema de Valéry, pues como en el caso del griego Píndaro, en su poema hay una confluencia de energías, de visiones, de definiciones del todo y de los todos que convoca a muchas energías y las pone a funcionar para que el lector haga su poema propio.

   El párrafo anterior responde a un pensamiento que Valéry repitió en diferentes ocasiones y que era en referencia de que un poema no puede ser explicado, pues son muchos los misterios que confluyen en él y lo hacen poema y provocan que en el momento de que se quiera hacer una lectura lineal del mismo quede destruida la creatura poética. Según sus propias palabras: “no hay sentido verdadero de un texto”. Por lo tanto la ventana se abre y el alma vuela, Sin más. Como vuelan las palomas con las que se inicia El cementerio marino y que después de 24 estrofas, en pleno jubileo, se van a convertir en velas de embarcaciones picoteando el azul que es vida arriba, abajo, en el horizonte.      

   Decía el poeta de Sénte, no me pregunten “que quise decir”, pregúntenme “qué quise hacer”, y en el caso en el que nos encontramos, sentimos que quiso partiendo de la muerte hacer la vida, y lo hizo.

   Después de la cita de Píndaro y en traducción de Miguel Ángel Flores, el poeta inicia:

 

 

Ese techo tranquilo, campo de palomas,

Palpita entre pinos y tumbas;

Justo al mediodía enciende fuegos

¡El mar, el mar, siempre recomenzando!

¡Oh recompensa después de un pensamiento

Como vasta mirada sobre la calma de los dioses!

 

  

No vamos a cometer la grosería de intentar una lectura lineal del poema. ¿Cuál es aquí el empeño?: navegar en las abstracciones del poeta sin mayores pretensiones, flotar en ellas y en lo que se pueda -ya decía Píndaro: “agotar el campo de lo posible”-, acercarnos un poco más, con humildad, a su visión de su mundo, a la de su la vida y a la de su la muerte. Estamos ahora en la cima del risco y clavamos la mirada en el infinito. La muerte ha escogido ese mar iluminado por el día, como su redondo espejo.

   Desde su primer párrafo el poeta nos coloca en el resplandor del día. Si el mar es la tumba de lo que no nada, esta tumba no es obscura, sino por el contrario, está plena de un fulgor enceguecedor y lo que no vemos no es por la sombra, sino por el estallido de luz del mediodía encendido en sus fuegos. Entonces, el mar, la enorme tumba de agua, es una tea, y si vamos en el morir hacia esa tumba, no vamos a ella por la sombra, vamos por la llama.

   En la segunda estrofa se reafirma la visión, el mar imán de luz, y en medio de la paz que ejerce (el sol no deja de estar sobre el abismo,estamos todos sobre el abismo) se agrega una consideración más, sobre la aparente paz vamos a alcanzar el conocimiento de las profundidades por medio de la poesía, la poesía siempre en el borde del abismo nombrado.    

   

 

¡Qué trabajo puro de finos relámpagos consume

   Tantos diamantes de invisible espuma,

   Y qué paz parece concebirse!

   Cuando sobre el abismo un sol reposa,

   Trabajos puros de una eterna causa,

   Refulge el tiempo y el Soñar es saber.

   

 

Existe un mar frente al cementerio marino, pero ahora no hablo del mar sobre el que nos hemos intentado navegantes ni del risco poblado de tumbas (ahí mismo está enterrado Valéry, en la tumba de la familia Grassi, nombre de su madre), no de ese mar ni de ese cementerio desde donde se ve la línea dorada y curva de la playa de La Corniche. Estos son los otros sustantivos: existe un mar de teorías, explicaciones, discernimientos y minuciosas tesis, sobre el poema El cementerio marino. Pero quizá entre más nos acercáramos a los misterios del poema más crecería nuestra interrogante ante el autor que tanto insistía: “la obra es para uno el término, para el otro el origen de desarrollos que puedan ser tan ajenos como se quiera, uno al otro”.    

   Para Valéry los juicios producidos entre el productor, la obra y el autor son ilusiones, sólo producen reflexiones inválidas. Pero seguimos avanzando desde nuestra invalidez, hasta agotar lo posible, como proponía Píndaro. Qué magnífica emoción el intento de descifrar los símbolos del poeta.

   Entre los terrenos de lo imprecisable sería prudente atenernos a las palabras del propio autor:

   “Ya me he explicado en otras partes sobre este punto; pero nunca se insistirá lo bastante: no hay sentido verdadero de un texto. No hay autoridad del autor. Aunque haya querido decir, escribió lo que escribió. Una vez publicado, un texto es como un aparato del que se puede servir cada uno a su antojo y según sus medios; no hay seguridad de que el constructor lo use mejor que cualquier otro. Por lo demás, si el autor sabe bien lo que quiso hacer, este conocimiento turba siempre en él la percepción de lo que ha hecho”. Estas expresiones dotan de mayores márgenes al osado que en vez de leer al poeta propone intuirlo.

   ¿Por qué no es procedente “leer” sino intuir a Paul Valéry y con él su Cementerio marino? Ya se ha dicho aquí que a Valéry se le considera como un descendiente directo del Simbolismo iniciado por Baudelaire y llevado a su máxima expresión por Stéphane Mallarmé, quien al mismo tiempo da paso a las expresiones del Vanguardismo, que ya golpeaba con fuerza las puertas de la creación literaria contemporánea y de las revoluciones estéticas en general.

   El Simbolismo nace en Bélgica y Francia como una actitud contraria a la enseñanza y a la descripción objetiva en el arte. Ese sólo hecho de separarse del arte que pretende “enseñar”, abre las ventanas al discurso. Se multiplican las posibilidades de la palabra, y su entramado desde el poeta. Se potencializan los significados según las posibilidades culturales y vivenciales del que recibe. No sólo se libera, se multiplica, se potencializa el emisor, sino que también se diversifican las arterias del que recibe transformándose y transformando. Se toca el misterio, y su profundidad es mayor y más honda que lo tocado por la prudencia didáctica del profesorado.

   Según los simbolistas el mundo es el constante misterio por descifrar y el poeta debe establecer las correspondencias ocultas que unen los objetos sensibles. Fueron Baudelaire y Edgar Allan Poe quienes proporcionaron el mayor número de imágenes y figuras literarias a este movimiento que reaccionaba en contra de los movimientos realistas del Romanticismo imperante -aunque muchos han dado en llamarle, al Simbolismo, la cara oscura del Romanticismo, su extensión sombría-, y que dio origen al Parnasianismo (Theophile Gautier: “el arte por el arte”) del que después se apartó al no estar de acuerdo con el postulado de “el verso perfecto” de los parnasianos. Seguimos buscando en la vastedad la posible lectura al marino Valéry.

   Según el radicalismo de Rimbaud había que desarreglar todos los sentidos para poder ver, romper la pupila tradicional para crear nuevas imágenes, para encontrar las realidades ocultas, antirrealismo absoluto, ¡fuera la lectura lineal del texto y de la vida!

   Mallarmé de quien ya se dijo fue el cúlmine del Simbolismo, junto con Paul Valéry, nuestro poeta marino (poesía esteticista, intelectualizada), fueron también principales columnas para la irrupción del Hermetismo italiano (Quasimodo, Ungaretti, Montale, D’Annunzio, Pascoli…) poesía de mediados del siglo XX ésta, pero con una intencionada cercanía al hermetismo del antecesor culterano español del siglo de oro, escrita con la intención de que fuera oscura, alejada lo más posible del gran público, lo que se lograba con base en analogías, asociación de ideas por yuxtaposición, imágenes oníricas, acentuando el mensaje atemporal en contraposición de lo cotidiano; poesía como intuición, sin propósitos prácticos. Cerrada.

   La poesía parnasiana se derivó del Simbolismo, pero los simbolistas se apartaron de ella desdeñando su propuesta de claridad y objetividad a cambio de mayor libertad en el verso, y deshabitando la pretensión a la  claridad, a la objetividad, al perfeccionismo. Sin embargo adoptaron de Gautier su posición de “el arte por el arte” y años después, Valéry descendiente de estos movimientos, acuña por su parte la idea de la “poesía pura”.

   Sobre el destino de los simbolistas escribió Verlaine que el genio de cada uno los había separado del tejido social, como una maldición que los había conducido al hermetismo volviéndolo su expresión individual. Dado que el griego-francés Jean Moréas, autor del Manifiesto del Simbolismo falleció en 1920 y su inmediato antecesor, Stéphane Mallarmé, en 1898, se podría decir que Paul Valéry, muerto en 1945, fue el último simbolista.   

   Si tomamos estos datos como necesarios antecedentes tendremos ya más clara la idea de cómo acercarnos al poema El cementerio marino. En él existen las citas culteranas: Zenón de Elea, la diosa Minerva, impresiones paisajistas, simbologías sobre la vida y la muerte mientras el reposo de los dioses; el mar, como estímulo para los vivos y lugar de descanso para los muertos; el mar, hechura de palabras lúminas, sitio consagrado a la luz desde el fulgor terrestre…  divagaciones… dispersiones…

   Como el poeta se encuentra observando sobre el risco, y es vida, el mar recicla entonces la vida en la superficie. Al mismo tiempo el mar espera para ser el cementerio de la tierra firme. Tumba. Cuna. Tumba. Cuna. La muerte, que es vida, rodea al poeta que observa y éste mira la inmensa tumba azul que está esperando el descenso de la tierra para reciclarla. La muerte puede tardar pero finalmente es la tortuga que siempre le gana a Aquiles. El hombre, Aquiles, puede obtener triunfos, brillos, en su desbocada carrera pero al final, la tortuga siempre llega. El poeta nos refiere el veloz desplazamiento de Aquiles, más en su juego de simbologías, es él, sujeto también a la paradoja de su quietud. De lo que culpa al cruel filósofo:

   

 

¡Zenón, cruel Zenón, Zenón de Elea!

   ¡Me has traspasado con esa flecha alada

   Que vibra, vuela, y que no vuela!

   El sonido de mi infancia ¡y la flecha me mata!

   ¡Ah, El sol…! ¡Qué sombra de tortuga

   Para el alma, Aquiles inmóvil a grandes pasos!

 

   Medita el poeta sobre el risco y nos mueve dentro del sofisma de Zenón, la velocidad que no avanza y se queda suspendida entre Aquiles y la tortuga pertinaz; y porque el color, el olor, el dolor mismo, todo está condenado a perecer, se rompe el quietismo, ¡por eso se alza el viento, para tentar la vida!

   Sobre la inclusión de este pasaje en el poema, el propio Valéry explica:

   “La exigencia de los contrastes que producir y de una especie de equilibrio que observar entre los momentos de ese “yo” me llevó (por ejemplo) a introducir en un punto algún llamamiento de filosofía. Los versos en que aparecen los argumentos famosos de Zenón de Elea (pero animados, revueltos, arrastrados en el arrebato de toda dialéctica –como un aparejo en una racha de borrasca-) tienen por objeto compensar, con una tonalidad metafísica, lo sensual y lo “demasiado humano” de estrofas antecedentes; determinan también más precisamente a “la persona que habla” –un amante de abstracciones-“.

   Concederá la indulgencia del lector que la interpretación, anterior a esta explicación, hecha a la sexteta, vale, pues la lectura de un poeta como Valéry no se puede quedar en la noble explicación del autor de que su intervención en esa estrofa fue un simple intento de hacer un contraste entre lo demasiado humano y una tonalidad metafísica.

   Y así cada estrofa queda abierta y lo que el lector desprenda de cada una, según la habilidad de su pupila, valdrá también, seguirá valiendo, desde el risco de su observación poblado de cruces de piedra enrojecida, hasta lo más profundo del vientre de su océano.

  

 

        Así, el mar es cementerio para la tierra firme.

   Así, el mar es cuna que está para la vida.

   Así, el mar es fuente de conocimiento, “Templo de Minerva”.

   Así, el mar es sentencia entre la superficie y las profundidades.

   Así, el mar es el poderoso imán de las conjeturas del poeta.

   Así, el mar disuelve el tiempo con su abrazo de agua.

   Así, el mar es recipiente de la muerte que reinventa los latidos pero que en su fondo conserva inviolado el gran misterio.

   ¿En dónde concluye el mar?, no en los continentes, estos son apenas una concesión del mar. El mar continúa más allá del litoral, sigue en el pensamiento del hombre que lo está observando y sigue en el pensamiento de éste sobre la muerte y el final de la carrera de Aquiles. ¡Ah cementerio marino! ¡Voltio de agua!

   Pero cuando la tierra se sumerge en el cementerio hidráulico ¿cuánto se lleva para alimentar su eternidad?, ¿de cuántas culturas están empedrados sus medios fondos?, ¿de cuántos pensamientos?, ¿de cuántas almas aceptando la sentencia de Píndaro?, ¿de cuántos poetas concentrados en el juego y rejuego de las mutaciones?, ¿cuántas ecuaciones se encuentran sepultadas en su vientre?, ¿de cuántas ecuaciones elabora las crestas de su espuma?

   Traduce Miguel Ángel Flores:

   

¡El viento se eleva!... ¡Intentemos vivir!

   El aire inmenso abre y cierra mi libro,

   ¡La ola en espuma se atreve a brotar de las rocas!

   ¡Vuelen, páginas tan embelesadas!

   ¡Rompan olas! ¡Rompan aguas regocijadas

   Ese techo tranquilo donde picotean las velas!

 

   Las palomas del principio ahora son velas marinas, reciben el bautizo junto con los continentes. El libro del poema –como el poema del libro-, es abierto y cerrado por un aire inmenso. Al final de cuentas, en el cementerio marino (magia de la mente del poeta y magia de la existencia misma, ¡rompan aguas regocijadas!), triunfa el himno por siempre de la vida. ¡El viento se eleva!... ¡Intentemos vivir!                  

  

 
www.robertolopezmoreno.com

 

 

TANGO PARA SAÚL IBARGOYEN

Roberto López Moreno

 

 

Ayer miércoles 09 de enero de 2019, falleció en la Ciudad de México el poeta Uruguayo-Mexicano Saúl Ibargollen, luchador por las causas justas en América y en el mundo.

 

Domador de distancias
tu paso ha caminado
por la tierra del hombre,
que se ha vuelto tu paso.

¿En dónde está tu casa?
Estará siempre al lado
del camino que traza
compañero y hermano.

De donde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie 
los caminantes.

De donde es esa luz,
la que compartes
entre tus versos 
de cerebro y corazón.

Poeta generoso
de poemas alados,
luna y sol del camino,
norte y sur decantados.

Hoy quiero saludarte
con las riendas de un tango.
Ibargoyen, hermano
que renace entre cantos.

De dónde sos Saúl
de todas partes
en donde posen el pie
los caminantes.

De donde es esa luz
la que compartes,
entre tus versos
de cerebro y corazón.

Badoneón de bacanes,
de garufas de otarios
que se espiantan fayutos 
porque vos sos el tango.

 

 

R.L.M.
México. América.
09 de enero de 2019.

Jueves, 25 Octubre 2018 04:44

CUATRO ENCUENTROS / Roberto López Moreno /

 

 

CUATRO ENCUENTROS 

Roberto López Moreno

 

 

   -Los poetas rompemos esa aparente cerrazón del presente. Aunque no nos publiquen, aunque los editores o comerciantes de libros digan que no se vende la poesía -¿Cuándo se ha vendido realmente?; lo digo con bisemia, en un doble sentido-, ella entra despacito por debajo de las puertas, de los vidrios, de las ventanas, y se queda tranquila. Así la poesía es fisura y rompe con esa aparente confusión interminable. Aparentemente, ya lo he dicho en otra ocasión, las palabras fax o stock han reemplazado a la sílaba preciosa. Pero sucede que la poesía se hace con palabras y las palabras tienen sílabas. Los poetas silabeamos el mundo y al silabear respiramos y hay un neuma ígneo, como diría el viejo Heráclito, que funciona ahí.

   -Siempre he dicho que este es el premio de conversar contigo; siempre se aprende algo, y además, teniendo la belleza como pupitre.

   -Bueno, esa gentileza tuya…

   -No es gentileza, siempre hemos sostenido los amigos, allá en México, que conversar contigo establece dos líneas paralelas, la primera…

   -Espera, no sigas, en este caso deja que te explique…

   -Sé lo que digo y los “cuates” allá están de acuerdo con mi afirmación.

   -Sólo que esta vez…

   -Esta vez has vuelto a hablar como siempre; estaríamos apartándonos de lo usual si no.

   -Sólo que esta vez –y es lo que no me has dejado que te explique-, lo que escuchaste no son palabras mías.

   -¿Cómo…? Sí ahí estás tú, como siempre, rompiendo la “aparente cerrazón del presente”.

   -No, Daniel…

   Daniel se detiene, grueso todo él, de cuerpo y de espíritu, atento a lo que trata de explicar el poeta Villaseca.

   -Estas palabras son hechas  mías, claro, pero son palabras que escribió Gonzalo Rojas para una contraportada de este joven poeta que te presenté hace unos minutos.

   -Mario…

   -Sí, Mario, quien recopiló el trabajo de siete jóvenes de su taller literario para integrar el libro que saludó Rojas de esa manera

   -Mario, sí… el muchacho que saludamos hace rato, Mario, ¿Mario qué? 

   -Nandayapa, el apellido es legítimamente chiapaneco, esa palabra en español quiere decirarroyo verde.

   -Nan-da-ya… pa.

   -Sí, Mario Nandayapa, de hecho doctor ya, el doctor en letras Mario Nandayapa; vino a hacer su doctorado aquí a Chile, y las palabras que dije las escribió Rojas para la contraportada del espléndido libro organizado por Mario con la obra de sus siete talleristas, y aquí vuelvo a tomar las palabras de Gonzalo: “libro donde siete poetas maduran lentamente en la caída vertiginosa de la palabra bajo el sabio consejo de Mario Nandayapa que, como Virgilio, conoce el infierno más que el paraíso”.

   -Otra vez los poetas chiapanecos. Y de las chiapanecas, qué me dices de las chiapanecas.

   -Bonita pieza, internacionalizada desde hace mucho.

   -Y luego de la broma, qué.

   -Rosario Castellanos.

   -Indudablemente, pero me acabas de presentar a Nandayapa…

   -Sí, sé de lo que preguntas; hay varios nombres, Yolanda Gómez Fuentes, las hermanas Trejo Sirvent, Clara del Carmen Guillén, Marirroz Bonifaz, y otras de auténtica calidad literaria…Margarita… Alegría da en verdad constatar esta continuidad luminosa.   

      El poeta Juan Bautista Villaseca y el doctor Daniel Martínez Montes conversan en el interior de Il Bosco, el viejo, el tradicional, el clásico Il Bosco. Aquí, estas paredes fueron testigo de aquellas bohemiadas en las que se reunían poetas y periodistas de izquierdas y derechas, todos en el mismo hervidero.

   -Sí Daniel, precisamente me acaban de contar una escena que me hubiera gustado gustar en plena plenitud. Me relataron de cuando la poetisa Estrella Magín, aquí mismo, en una noche delirante, dio a gustar de sus senos al escritor Vicente Parrini y a otro poeta amigo suyo, prendidos ambos de cada exuberancia, como si Rómulo y Remo hubiesen sido a las orillas ya no del Tíber, sino del propio Mapocho. Los tres, succionadores y succionada, perfectamente ebrios. Ah, por qué las dichas nos llegan siempre a medias. Por que gozarlas a través de un relato es gozarlas a medias.

   -A medias y a destiempo.   

   -Aquí mismo me relataron apenas, otro episodio que me pareció muy de la Morada de Paz. Un periodista de apellido Inostroza escribió acremente sobre un poeta de nombre Hernán Cañas, calificándolo de “poeta menor”. Cañas se lo encontró en la barra y se dio a insultarlo. “Folletinero” era lo menos que le vomitaba con desprecio. “Vulgar folletinero” le espetaba junto a un nutrido rosario de agravios verbales de todos los calibres. Llegó el momento en el que Inostroza no aguantó más y se dirigió iracundo al que le insultaba; con un severo puñetazo obsequiado entre madre y oreja -como se dice en México- hizo que rebotara el cuerpo del vociferomanoteador, primero sobre una mesa y de ahí sobre dos sillas, derribándolas estrepitosamente; el periodista insistió sañudo sobre su presa para instalarle otro soberano marrazo, tan descomunal, que hizo que el cuerpo de Cañas volviera a alterar la posición de otra de las mesas con todo y el sillerío correspondiente. Luego, en medio de aquella contundencia, alcanzó al maltrecho Cañas, lo tomó de las solapas y ante el asombro colectivo lo levantó por los aires para azotarlo sobre el suelo. Algunos creyeron que lo había matado. Ante el humillado cuerpo, desmadejado sobre el piso sanguiñolento, Inostroza todavía se dio el tiempo para arreglarse la corbata, tomar del brazo a la mujer que lo acompañaba y salir del local, erguido y displicente. Iba saliendo Inostroza cuando los parroquianos escucharon cómo desde el suelo, desde un cuerpo perfectamente deshilado, se rehacía la furibunda voz de Cañas para gritar rencoroso, con mayor encono aún: “¡Folletinero!”. “¡Así es como huyen los cobardes!”.

   Ríe Martínez Montes de buena gana. –Tienes razón, es toda una escena digna de la Morada de Paz.               

   El poeta Villaseca, acaba de dar en la Universidad Católica una conferencia más de su serie sobre la vida y la obra del mexicano Ramón López Velarde. Ahora, la conversación de él y Martínez Montes ya rueda por la Alameda, ya recorre las dúas cuadras que los separan del cerro Santa Lucía, ya asciende, ya retorna a la barra en donde se encuentran los dos amigos que han viajado desde México, cada uno traído por su propio vértigo de imágenes.

   -Yo, Juan Bautista Villaseca, tiendo una vez más el velo inconsútil, ahora en tierra chilena, para intentar de nuevo la captura de los fantasmas lopezvelardeanos.

      -Yo, Daniel Martínez Montes acudo aquí, a Santiago, a la invitación que se me hizo para un encuentro internacional sobre espiritismo; quién sabe a quién se le ocurrió invitar a un viejo cascarrabias para que viniera a refunfuñar sus cosas sobre el tema; quién sabe quién les dijo que ese viejo cascarrabias era yo.

   Conversan los dos con entusiasmo, de pie, frente a una barra que mantiene frente a ellos dos tazas humeantes. Los dos celebran el haberse encontrado de manera tan sorpresiva a tantos kilómetros de su lugar de origen.

   Rebosan con su entusiasmo los interiores de Il Bosco, frente a la iglesia de San Francisco, entre San Antonio y Estado. De día se reúnen aquí algunos poetas y periodistas; de noche toda esta atmósfera se vuelve densa y hasta peligrosa. No en vano acerca de esta zona escribió Nicolás Guillén: Cerro Santa Lucía/ tan culpable de noche./ Tan inocente de día. Guillén. Guillén. La plazoleta en donde se encontraba la ex Pérgola de las flores, se llena de patines taloneando el oficio, ahí mismo, donde la gente aborda la micro para dirigirse a sus hogares hacia el oriente de la ciudad.      

   -Así que a eso viniste, a un encuentro internacional sobre espiritismo, don Daniel.

   -Quítale el don, porque suena a campana.

   -¿Sabes una cosa?, siempre que me hablan de espiritismo, pienso que el poeta es una especie de médium potestativo.

   -Si utilizara la tiptología por movimiento ahora, con un golpecito sobre la barra te diría que sí, con dos, que no; así es que asiento a tu expresión y sólo doy una vez con los nudillos, ¿qué te parece?

   -Un tanto adulador, como siempre, cuando digo algo.

   -Si te molesta, daré dos veces sobre la mesa y de aquí mismo me  arranco a Rancagua y tú a Valparaiso y se acabó.

   Los dos ríen estentóreamente.

   -Yo también tuve trato alguna vez con espiritistas –dijo Villaseca- y eso de la tiptología no era tan simple, conocía el procedimiento de otra manera…

   -Sí –interrumpió Martínez Montes- si se le asignan a cada letra del alfabeto cierto número de golpes, se pueden obtener palabras completas, como en el juego de la ouija, pero los espíritus más desarrollados prefieren comunicarse por medio de la psicografía.

   -Ah, de nuevo el cerebro y la palabra, escrita o no, con la imaginación en medio. De nuevo la poesía.

   De la Alameda llega un aroma a fresco abriéndose paso entre la polución ambiental.

   -Poesía es la que todo lo crea desde el cerebro del hombre. –Insiste Juan Bautista.

   -Sí, porque finalmente como dices, y aunque te “moleste” que esté de acuerdo contigo, la poesía está en lo que tocamos, en lo que respiramos. En medio de un mundo tan abrupto se vive paralelamente el mundo de la poesía sin que nos percatemos de que ahí está, presente en todos nuestros actos y que también actuamos dentro de ese mundo.

   -No “también”, sino que actuamos dentro de ese mundo. Cuando nos salimos es cuando sobreviene la tragedia apresurada por el primate.  Y ahí ha estado también, en la estrepitosa hecatombe de Troya y ahí estuvo, en los ensangrentados canales de Tlatelolco, cuando el derrumbe del universo mexica y también en el Tlatelolco del siglo XX.

   -Y ahí estará, en el derrumbe de nuestro universo todo.

   -Pues… sí… la falta de poesía no sólo destruiría la tierra… ¡Claro!, también el universo, pues, ¿en dónde estaría entonces el hombre para dar fe de que el universo existe…

   -Ajá… un marxista recurriendo a los sofismas del obispo Berkeley…i

   El halo de la Alameda aletea lívido, álgido.

 

 

 

SEGUNDO ENCUENTRO

 

 

   En medio de la conversación enrojece el ocaso. Martínez Montes le propone a quien para él es uno de los poetas mexicanos más importantes del siglo XX, que se encuentren al día siguiente para aprovechar la estadía de ambos en Santiago; “¿en qué sitio?” pregunta Villaseca. “¿En dónde puede ser?”, responde el doctor Martínez Montes, “antes de venir a tu conferencia sobre don Ramón me enteré de que aquí, en esta ciudad tan al sur de la nostalgia, la Casa del Escritor lleva el nombre de Ramón López Velarde, precisamente”.

   Horas después los dos amigos conversan en los interiores de la Casa del Escritor. Un caserón antiguo, ubicado prácticamente en el Santiago histórico. En este segundo encuentro, la ráfaga de aire atraviesa la Plaza Italia y rodea a los conversadores después de haberse paseado tan campante sobre las aceras de la calle Simpson.  

   -¿Y no sabes por casualidad si López Velarde era espiritista?, acuérdate que se decía que Madero lo era y que bajo esos influjos se lanzó a derrocar a don Porfirio. La gran fuerza del espiritismo se inició en el siglo XIX, tiempos que a ellos les tocaron muy de cerca.

   -Yo diría más bien, que López Velarde no era espiritista, era espiritualista.

   -Bueno los literatos, no por serlo, están tan lejos de algunas prácticas del espiritismo, y hasta se podría decir de algunos escritores que… –se dirige a Villaseca con cierta sorna y abunda- Conan Doyle, mientras escribía las aventuras de Sherlock Holmes, asistía por las noches a complementar con su presencia las cadenas fluídicas e incluso llegó a practicar la pneumatografía.

   -De qué se trata eso.

   -Fácil cosa, sobre un retrato, sobre el medallón del fallecido al que se quiere contactar, sobre su tumba misma, dejas un lápiz y un papel y al cabo de un tiempo regresas para ver el mensaje que haya dejado escrito.

   -Ah, -interrumpe Villaseca en torno burlesco pero afectuoso- buen procedimiento para darle oportunidad al poeta fallecido de hacer el poema que tenía pensado antes de morir y que ya no pudo rayonear en su cuaderno.

   -Ayer que me presentaste a… a Nandayapa, pensé en lo poetas chiapanecos escribiendo allá en sus selvas cada vez más taladas, a la orilla de sus ríos, cada vez más contaminados. Pensé en ellos, en sus paisajes. No sé si te acuerdes de Paz Lócera –evocó Daniel mientras llegaba a ellos una nueva onda del viento-: “Señor,/ aquel caballero triste/ que a cambio de amargura/ un ánfora le diste/ repleta de esperanzas/ de amor y de ternura,/ aquel que en tu santuario/ lloró todas sus penas/ contó todas sus cuitas,/ llevar el rostro enjuto/ nuevamente le he visto,/ nevados los cabellos/ los ojos sin destellos/ y con el alma en luto./ Pues, Señor,/ para aquel caballero triste/ el ánfora que tú escogiste/ estaba rota”.

   -Buena memoria –apunta Villaseca.

   -Nunca como la tuya –asienta Martínez  Montes.

   -Oh, los elogios mutuos…

   -Bueno, pues salió a colación porque esto que acabo de recordar es una de las tantas versiones de El ánfora rota, de las demás versiones, en Chiapas todos los que las repiten dicen que la suya es la verdadera. Entonces se me antoja que alguien estuvo practicando la pneumatografía para darle oportunidad al autor a que regresara del más allá a corregir una y otra vez su poema.

   Como si en ese momento estuviera llegando de muy lejos, cortando abruptamente el tema, Villaseca dice con tono de interés, “así es que esta es la Casa Ramón López Velarde, la Casa del Escritor…”

   -Así es, se inauguró el 17 de septiembre de 1963, con un discurso de Pablo Neruda.

   -¿Cómo es que lo sabes?

   -Porque eso dice la placa de ahí enfrente –Responde Martínez Montes con sonora carcajada.

   -Se inauguró con un discurso de Pablo Neruda… creo haber leído algo de eso.

   -¿Otra vez a presumir de la memoria de elefante?

   -Si de eso se tratara, te relataría ahora mismo…Obregón… Vasconcelos… sí, te lo contaré ahora.

   -A ver, a ver…

   -Se trata de una anécdota con relación a López Velarde que repetía el poeta Rodolfo Mier Tonché, refiriéndose justamente a las memorias fotográficas, esas a las que llamas memorias de elefante.

   -Escucho mi querido Juan.

   -Resulta que cuando falleció nuestro poeta, el entonces secretario de Educación Pública de México, José Vasconcelos, le informó al presidente Obregón: “acaba de morir López Velarde”. Obregón, como todo buen político mexicano, no tenía muy claras las dimensiones del reciente fallecido, entonces sólo se le ocurrió preguntar “¿Y…?”. Vasconcelos abrió el libro que llevaba en la mano y repuso: “el que escribió: Yo que sólo canté/ la infinita partitura del íntimo decoro,/ alzo hoy la voz a la mitad del foro,/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo/ para cortarle a la epopeya un gajo… Al darse cuenta Vasconcelos del interés que había despertado en Obregón decidió leer completo el largo poema. Cuando terminó Obregón mandó a reunir a su gabinete y ya frente a ellos les dijo con gesto compungido y ceremonioso: “les he mandado a llamar para informarles que, lamentablemente, hoy murió el poeta López Velarde”, y continuó, “aquel que dijo: alzo hoy la voz a la mitad del foro/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo, para cortarle a la epopeya un gajo./ Navegaré por las ondas civiles con remos que no pesan/ porque van/ como los brazos del correo chuan/ que remaba la Mancha con fusiles./ Repetiré con una épica sordina,/ la patria es impecable y diamantina…”, y ante el desmesurado asombro de Vasconcelos, repitió el poema casi completo. Eso es memoria mi querido Daniel. Eso sí es memoria, lo demás son… tú ya sabes.

   -Y al hecho de repetirme completa la cuarta de forros del libro de Nandayapa ¿cómo se le puede llamar? –Repuso Martínez Montes agitando frente a Villaseca el enorme corpachón que normalmente cubre con una gabardina blanca.

   -Eso es algo efímero.

   -Eso es memoria.

   -Es algo efímero. –Insiste Villaseca con su rostro ovalado, sonriente, con una sonrisa que le achina los ojillos con cierta picardía.

   -Pero ahora… ibas a decirme algo sobre el discurso de Neruda.

   -Te digo que creo haberlo leído por las fechas en las que se inauguró este recinto.

   -1963.

   -La poesía de López Velarde ha ido de alambique en alambique destilando la gota justa de alcohol de azahar, se ha reposado en diminutas redomas hasta llegar a ser la perfección de la fragancia. Es tal su independencia que se queda ahí dormida, como en un frasco azul de farmacia, envuelta en su tranquilidad y en su olvido. Pero al menor contacto sentimos que continúa intacta, a través de los años, esta energía voltaica. Ninguna poesía tuvo antes o después tanta dulzura, ni fue tan amasada con harinas celestiales. Pero bajo esta fragilidad hay agua y piedra eterna. Cuidado con engañarse. Cuidado con superjuzgar este atildamiento y esta exquisita exactitud. Pocos poetas con tan breves palabras nos han dicho tanto y tan eternamente, de su propia tierra.

   -No… ching… -Martínez Montes con cara de asombro.

   -Pues sí, creo que lo recordé.

   -¡Son las palabras del discurso!

   -Unos parrafillos nada más.

  -Es que no puede ser posible…

   -No es nada del otro mundo Daniel, recuerda que soy chileno y mexicano al mismo tiempo. He estado en contacto siempre con estos textos. Ya te he platicado que mi padre era un destacado cirujano chileno, hombre de gran cultura; de niño me impresionaba y ahora que lo recuerdo me impresiona más. Yo nací en la ciudad de México, de madre mexicana, también de buena memoria, pero de él heredé la profesión de médico y la tonelada de libros que se llevó para allá… y que los leía ¿eh?, me consta que los leía.

   -…Por eso esas disertaciones tuyas sobre Huidobro… Sobre Neruda…

   -Crecí con ellos, leyendo sus obras, así como crecí leyendo las obras del “tal don Ramón”.

   -Oye, se me ocurre… ¿y si organizáramos una sesión espiritista con la gente que me invitó al encuentro y los hacemos conversar a los tres, Ramón, Vicente, Pablo?

   -Qué interesante que pudieran hablar los espíritus de los poetas, traerlos al más acá.

   -Varios lo trataron de hacer. Te diré, tengo una lista de no pocos poetas que creían en todo esto del espiritismo. ¿Empezamos?

   -No, déjalo así, seguramente que eran plagiarios en potencia que querían ver cómo se aprovechaban del más allá.

   -Y no sólo los poetas        

   -Algunos…

   -También científicos como Edison y otros de esa talla

   -Y algunos…

   -¿Y si pudiéramos hablar con Nicanor, por ejemplo, aquí mismo, sobre la costra terrestre?

   -Inténtalo y después de tu conferencia me platicas qué te dijo.

   -Es mañana, a la misma hora de tu última cátedra sobre el poeta.

   -Regreso dentro de dos días a México, quizá mañana nos podamos ver y platicarnos cómo nos fue a cada quien. Citémonos en algún punto.

   Acuerdan el sitio en el que se encontrarán mañana. Saben que si parten del norte, que si del sur, que si de cualquier punto, sus pasos representarán inevitablemente la unidad de este vasto territorio que empieza desde el Río Bravo, que empezaba desde mucho más al norte y que tierra se extiende más allá de los océanos.

   Palabras cúlmines del discurso de Neruda sobre López Velarde: “En la gran trilogía del modernismo es López Velarde el maestro final, el que pone el punto sin coma. Una época rumorosa ha terminado. Sus grandes hermanos, el caudaloso Rubén Darío y el lunático Herrera y Reissig, han abierto las puertas de una América anticuada, han hecho circular el aire libre, han llenado de cisnes los parques municipales, y de impaciente sabiduría, tristeza, remordimiento, locura e inteligencia los álbumes de las señoritas, álbumes que desde entonces estallaron con aquella carga peligrosa en los salones.

   “Pero esta revolución no es completa, si no consideramos este arcángel final que dio a la poesía americana un sabor y una fragancia que durará siempre. Sus breves páginas alcanzan, de algún modo sutil, la eternidad de la poesía. Isla Negra”.     

 

 

 

TERCER ENCUENTRO

 

 

 

   Una sombra espera en una esquina de Monjitas. La otra, la de Martínez Montes, se acerca, pesada, sobre la acera de Enrique Mac-Iver. Los dos amigos se saludan con un abrazo y echan a andar. Parten de Mac-Iver y Monjitas. Los dos se adivinan los pasos; son sus últimas horas en Santiago y ambos saben sin decírselo que se dirigen a la Plaza de Armas, atraviesan por lo ancho la Cerrada de Doctor Dusci, después San Antonio, Phillips, hasta alcanzar Paseo 21 de mayo para entrar a la Plaza. Pueden continuar sobre 21 de mayo que luego cambia de nombre, y ya sobre Estado cruzar Merced, Paseo Huérfanos, Agustinas, Ramón Nieto y llegar a La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Deciden hacer pie en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia.

  -Probablemente no dejé una buena imagen con los congresistas de esta mañana. –comenta Martínez Montes- Pero bueno, no creo que hubieran esperado de mí otra cosa cuando me invitaron.

   -Es algo efímero –repone Villaseca con su cara ovalada, risueña, dueña de una ligera burla cariñosa.

   -Mira, poeta, a ustedes, los que sufren esa locura de inventar un mundo paralelo al que ya existe y se atreven a querer vivir dentro de él, escapándose de la realidad…

   -No es cierto, es cuando más reales somos, los irreales son los que creen que son ellos los que viven en la realidad, porque permanecen dentro de los esquema rígidos de las condiciones a que han sido sometidos culturalmente.

   -Bueno, pues se trata de que hoy en la mañana les hablé del escapismo, más bien, del gran escapista que fue Houdini.

   -El mago Houdini. El gran Houdini ¿Y qué relación tiene Houdini con el congreso de espiritistas?

   -En que él fue el gran detractor de los mitos, trucos y engaños que inventaron los espiritistas, desde las hermanas Leah, Kate y Margaretta Fox.

   -Sí, las canadienses aquellas que timaron a centenares de neoyorkinos ingenuos… 

   -Desde ellas, consideradas en la segunda década del XIX como las madres del espiritismo, hasta ese gran embustero, Daniel Dunglas Home, verdadero embaucador de las buenas conciencias. Les hablé de hombres de ciencia como Lombroso, que fracasaron al intentar descubrir los montajes de los que se “conectaban” con el más allá.

   -Entonces tenía que ser un gran héroe del escapismo, un gran actor, un ilusionista del mayor efectismo, un autor de trucos más elaborados que los de los otros…

  -Claro, así fue, el gran talento de Harry Houdini hizo quedar en ridículo las artimañas que habían dado tanta fama a conocidos escénografos del espiritismo como aquella famosa señora Guppy, o la bella Florence Cook, o Katie King, o Eusapia Palladino… tantas y tantos…

   -Pero veo con regocijo -otra vez aparece la sonrisa ovalada de Villaseca- que tus compañeros de mesa no te colgaron…

   -Me escapé por uno de los ventanales que dan para Las Condes, explica Martínez Montes bromeando.

   -Deberíamos tener en todas partes un Houdini para los asuntos políticos, otro para los religiosos, otro para los económicos, otro para los policíacos, otro para los deportivos… y así… ir desenmascarando charlatanes. Un mago para cada caso que desnudara farsantes en todas las actividades.

   -Y entonces andaríamos todos encuerados, bueno… menos los poetas…

   -No habría necesidad de ningún Houdini para nosotros, los poetas estamos acostumbrados a encuerarnos solos…

   -Del alma… del alma…

   -De todo.

   -Y así, encueraditos del alma… y de todo… siguen inventando cada cosa que hay que echar mano de nuestra mejor buena fe para creerles, como aquel episodio que platicaba Nazario Chacón Pineda sobre un tal general Charis de por el rumbo de Juchitán. Así, ¿quién le puede creer a los poetas? –Pregunta Daniel en una actitud de fingida polémica.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado… -Rememora Villaseca.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado, según Chacón Pineda…

    -…antítesis del abstemio, ante quien Baco se queda como aprendiz de bohemio.

   -…cuando viril todo él, pecho inflamado de heroísmo, pidió un último deseo al comandante que daba órdenes al pelotón. “Quiero dirigir mi propio fusilamiento”. El comandante accedió. En el frente el pelotón en un flanco el comandante. Entonces Charis levantó la voz marciana y ordenó: “¡Preparen armas! Se oyó el cerrojazo múltiple de los fusiles. Vino la segunda orden: “¡Apunten!”. Los soldados se pusieron en posición de disparar. Entonces entró en juego la astucia forjada en mil batallas. Charis, dio dos órdenes como relámpago: “¡Flanco derecho!” “¡Fuego!”. El proyectil del soldado que se encontraba en el extremo derecho del pelotón penetró entre dos costillas del costado izquierdo de su comandante; el soldado que le seguía, le dio al primero en la nuca; el que le seguía le dio al segundo en la nuca; el que le seguía le dio al tercero en la nuca; el que le seguía le dio al cuarto en la nuca; el que le seguía… Comandante y pelotón se aniquilaron en un segundo.  En una sincronización perfecta. Hubo una segunda sesión de tiros, más bien uno sólo. El último del pelotón se suicidó. Disciplina militar, ni duda cabe, cumplida ejemplarmente. El general Charis se retiró del paredón, tan fresco él, a memorizar el suceso para sus nietos cuando los tuviera y que algún buen espiritista lo quisiera traer a él del más allá para contárselos.

   -¿Eso decía Nazario Chacón Pineda? Sí, eso decía.

   -¿Y así quieren los poetas que se les crea? –Reclama Daniel sonriente.

   -Si así lo contaba -y así se lo oí muchas veces- ten por seguro que así pasó. –Repone Villaseca, ceremonioso.

   Lo narrado les recuerda irremediablemente las plazas de armas de las ciudades mexicanas, por donde rodaron también muchos episodios revolucionarios.

   -Esto de las plazas de armas. –Evoca Villaseca- ¿Te acuerdas de aquel fragmento de Miguel N. Lira, en el Corrido de Catarino Maravillas?

      -A ver si es esto: “Ciudad de bandera al aire/ y calma presidencial;/ El Sagrario, los Portales,/ el Palacio Nacional,/ el Zócalo, en el que cabe/ la más recia tempestad…”                      

   Pueden caminar unas cuantas cuadras más, hacia La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Pero prefieren conversar en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia. Mañana, uno de los dos volará a temprana hora. ¿Quién retornará al tiempo? ¿Quién a la distancia?

 

 

CUARTO ENCUENTRO

 

 

   Martínez Montes ha decidido viajar del Aeropuerto de la Ciudad de México a la Morada de Paz, como lo hacen por costumbre todos los que llegan de viaje y que forman parte de esa cofradía. Antes de ir a sus hogares pasan a saludar a los amigos en ese punto bohemio de la capital mexicana, en la Calle de los Donceles.

   Llega a la Morada. Lo primero que le da en el rostro como una fuerte pedrada, es la noticia de que anoche falleció el poeta Juan Bautista Villaseca y que durante el mediodía de hoy ha sido sepultado en el panteón de San Isidro, en Azcapotzalco.

   -¡No puede ser!, grita sintiendo que se encuentra agarrado apenas por un ganchito de la razón.

   -Sí, venimos de enterrarlo –explican los reunidos: el pintor Carlos Humberto Valencia, el poeta Nazario Chacón Pineda, el periodista Renato Leduc, el compositor Alberto Elorza; la muralista Aurora Reyes, el cronista Villela Larralde, la folklorista Concha Michel, la periodista Magdalena Mondragón, el guitarrista Helguera… el político… la historiadora… el dramaturgo… el actor… el caricaturista…Venimos de Azcapotzalco, venimos de darle sepultura.

   -¡No! –Exclama en el desconcierto total Martínez Montes-. Eso no puede ser, lo acabo de dejar en la ciudad de Santiago, fue a Chile a dar una serie de conferencias sobre López Velarde.

   Todos lo miran como si hubiera perdido la razón, como si el ganchito al que todavía se agarraba se hubiera desprendido ya de la cordura.

   -Anoche conversé con él en la Plaza de Armas de Santiago y un día antes estuvimos en la Casa del Escritor y un día antes tomamos café en Il Bosco.

   -¿En Il Bosco? –Interroga el periodista Ernesto Carmona, chileno que se sabe su tierra de memoria.

   -¡Sí, en Il Bosco, ahí tomamos café y platicamos por varias horas.

   -Pero si Il Bosco hace tiempo que no existe, más de veinte años, quizá, o más, mucho más. En ese lugar hay ahora pequeños comercios sin gracia y en frente el Plaza San Francisco, de una transnacional hotelera. –Explica otro chileno ilustre, Víctor Pey, editor de El Clarín, el diario izquierdista de Santiago.

   -Pues ahí estuvimos, ahí platicamos Villaseca y yo hace apenas unas cuantas horas; ¡Ahí estuvimos, mientras ustedes estaban en la luna o quién sabe en dónde!

   Martínez Montes deja a sus amigos sumidos en medio de una profunda mortificación. Todos se sienten preocupados por él. Él se encuentra aturdido total, como si flotara en otra dimensión. Se ve tan real la actuación de todos. Pero, qué caso tiene esta representación de tan mal gusto. Sin embargo ellos, dan detalles precisos del cortejo, del ataúd… de las oraciones fúnebres…

   Ahora está sólo, encerrado en su biblioteca. Confundido. ¿En qué momento enloqueció el mundo? Cuando regrese Villaseca de Chile le platicará de esta mala broma que le están jugando: piensa que para entonces todo será risa y él le mentará la madre a cada uno.

   De uno de sus libreros toma un título de Villaseca; lo abre con lentitud; se detiene; recuerda algo del diálogo con Juan Bautista en el interior de Il Bosco.

   -Y tú, ¿nunca has sentido tentación por acercarte aunque sea un poco a eso del espiritismo?

   -No, de la poesía nace todo y todo vive y muere en ella.

   -Yo también creo en eso.

   -Hasta que la poesía misma muriera. Entonces sí acabaría todo, menos el dolor, éste seguiría vivo, unos cuantos segundos más, como dolor-reflejo, dolor-fantasma, hasta que la poesía resucitara necesariamente para cerrarle piadosamente los ojos.

   Vuelve a recordar la macabra broma de sus amigos de la Morada de Paz. Macabra broma o demencia o ¿qué?...

   Ahora sí abre el libro; busca aquellos versos que Villaseca le escribió a Neruda. Lee en voz baja: “Era como la tierra, una argamasa/ sin picaportes para la alegría,/ alquilaba sus huesos, se dormía/ como un limón soltero que se casa./ Yo lo miraba herirse en esa gasa/ que cobijó en un beso la agonía,/ venía obrero del dolor, venía/ capitán de una lágrima a mi casa./ Una tarde dejó aquel equipaje/ de distancias. Se fue silbando el viaje…”

   De pronto se percata de que sobre uno de sus hombros Villaseca también lee el poema. Concluye en voz alta lo que el otro leía tenue: …como los ferroviarios que se van…/ Un vaso entre los bares quedó ausente./ Y le decía el océano lejamente:/ “te olvidaron los puertos, capitán”.

   Martínez Montes cierra el libro con fuerza y se vuelve a su amigo, con gusto, con sorpresa, con asombro, lleno de dudas, de profundas interrogantes… Frente a él tiene el rostro de su amigo, ovalado, sonriente, con la misma sonrisa maliciosa que le achina los ojillos.

   -¿Pasaste a la Morada de Paz? Has de estar enterado ya…

  -¿De qué?

   -De tu muerte. Tuvieron el pésimo gusto de jugar con tu posible muerte en Chile.

   -Es algo efímero. –Responde Villaseca.

   -Es que todo lo han hecho tan real…

   -Más pendejadas…

   Martínez Montes se deja caer sobre un sillón de cuero verde; verde, quizá como el color que Villaseca dice que tiene la muerte, cuando juega a conversar con ella. Está fatigado, próximo al desvanecimiento. Villaseca se dirige a él con cierta dulzura:

   -Salgamos, te hará bien, aquí se percibe un ambiente asfixiante.

   Daniel acepta mecánicamente, como si no fuera dueño de sus propios movimientos, dejándose llevar hilachadamente por su amigo, quien con una mano lo sostiene –el cuerpo de Daniel parece haber perdido su ostensible peso- mientras con la otra abre la puerta. Los dos amigos salen a la calle. Con pasos casi imperceptibles abandonan la Plaza de Armas y se deciden sobre Monjitas, abandonan el Paseo 21 de mayo; cruzan Phillips, San Antonio, la cerrada Doctor Dusci hasta alcanzar Enrique Mac-Iver. Ahí se detienen. Es el momento de separarse. Las dos sombras se dan un abrazo. Una de ellas prosigue su dirección sobre Monjitas. La otra, se pierde sobre las aceras de Mac-Iver. Las calles de Santiago parpadean. La noche guarda aromo sabor a viento.       

                                            

 

 TONADAS Y AJEDREZ

 

Nadie sabe –por lo menos en el mundo ajedrecístico de ahora- que Capanegra fue un magistral ajedrecista de origen cubano. Desgraciadamente su nombre no aparece en ninguna de las antologías que se han editado en el planeta sobre el tema. Toneladas de papel impreso han viajado por el mundo relatando partidas increíbles de los más destacados jugadores pero en ninguna parte se habla de las hazañas de Capanegra, quizá por que no obstante su capacidad estratégica, nunca trascendió el ámbito local. Si por lo menos –ya que contamos con la existencia del álgebra ajedrecística- hubiera un testimonio de sus asombrosos cierres, de sus audaces aperturas (el orden de cierre-apertura es solamente para sugerir la curva de la espiral), pero nada de eso existe; en cambio, se sigue repitiendo en las páginas impresas la “Ruy López”, la “Siciliana invertida”, la “Defensa Caro-Kann”, la... en fin, que su talento fue y es un desperdicio en nuestra contra. Lo que ha trascendido es que Capanegra se sentaba frente al tablero, frente al contrincante, frente a la expectativa, y antes de su clásica apertura peón uno caballo rey, peón uno alfil dama, él, amante de la música, iniciaba, como nunca antes se había escuchado en ninguna parte, su silbido peculiar, dibujando en el aire los primeros compases del “Gloria” de Vivaldi. Para cuando Capanegra alcanzaba más de la mitad de la propuesta vivaldiana, la partida se encontraba muy cerca del jaque mate a su favor o del abandono de la misma por parte de un contrincante nervioso, alterado al máximo, seguro ya de su pronta derrota. Una vez sucedido cualquiera de los dos finales previstos, el “Gloria” de Vivaldi montaba en una algarabía impresionante, como un himno mayúsculo en glorificación de la victoria. Fue pasando el tiempo y cada vez se sumaban más y más los deslumbrantes triunfos del gran Capanegra. Se desfloraba en el aire el “Gloria” de Vivaldi y los adversarios iban cayendo uno a uno sobre un tablero cuya cuadrícula en alternancia blanca y negra se volvía sólo negra, como rendido homenaje al entenebrado apellido del inevitable triunfador. Capanegra únicamente jugaba al ajedrez y silbaba la excelencia de Vivaldi; se había desconectado del mundo, se había concentrado tan sólo en la gran felicidad que le proporcionaba el éxito invariable de las combinaciones producidas por su genio. Desconocía cómo rotaba y transledaba el orbe sobre el que fraguaba el diseño de sus partidas. ¿El mundo?: sólo él, su tablero y el “Gloria” de Vivaldi, y si acaso, apenas, el desdibujado rival que desde antes ya sabía su derrota. El tiempo transcurría y nada ni nadie alteraba su atmósfera, esferada de las aperturas más disímbolas, de jaques al rey, gambitos, enroques largos y cortos, capturas al paso, torres y caballos en fragor de combate, alfiles y peones en arteras avanzadas, sacrificios estratégicos, audacias inesperadas... y al principio y al final el “Gloria” de Vivaldi. Desconocía los acontecimientos que le rodeaban y hasta la historia misma de los grandes maestros que le habían antecedido en el llamado juego-ciencia-arte. Siendo tan virtuoso ajedrecista nunca supo de las glorias del doctor Lasker, de la existencia de Alexander Alekhine, del maestro Morphy, de Botvinnik, de Petrosian, de Roberto Martín del Campo, del poeta Sergio Armando Gómez. Qué lejos había estado de conocer partidas como la “Inmortal” de Anderssen o de planteamientos mortales como la “Lanzadera” que entre México y Yucatán creara el maestro Torre Restrepo. Él siguió ganando partidas e ignorando el mundo. Había nacido para las dos cosas y las dos las hacía más que bien. Cuando le dijeron  que existía un campeonato mundial de ajedrez  y que a nadie más que a él, al imbatible Capanegra, le correspondía ser el campeón del mundo, su “Gloria” de Vivaldi se volvió más luminoso. Pero a veces la dicha viene aparejada con la desgracia, y así fue como supo también que él no iba a ser el más grande campeón del mundo de origen cubano, que antes que él había existido otro inconmensurable campeón de los ajedrecistas y que el planeta todo lo conocía y reconocía con el nombre de Capablanca. Entonces, Capanegra fue cayendo -irrefrenable vertiginio- en la más profunda depresión. Se encerró en su casa de Camagüey y ya no quiso hablar con nadie. Algunos dicen que cierta noche en vez de su tradicional “Gloria” de Vivaldi le oyeron silbar en forma más que lastimera la “Marcha Fúnebre” de Federico Chopin. Al día siguiente lo encontraron muerto, irremediablemente muerto, o sea, muertísimo, con un agudo alfil blanco clavado en la mitad del pecho.                                    

                                                         

 

                               

                         

 
www.robertolopezmoreno.com
Martes, 18 Septiembre 2018 21:15

CONCIERTO CANDELA Roberto López Moreno

 

 

 

CONCIERTO CANDELA 

Roberto López Moreno

 

Marimba candela

Verberales geométricos,

rumor de corrientes despertando desde el centro de las sombras

a hacerse luz,

osario del sol,

tibias, radios, fémures, húmeros del sol,

hilera de dientes vegetales,

sabia vibrátil, plin plin

y la orquesta del mundo fluyendo, en el fondo,

plin plin, plin plin, ya está ayando el mundo.

Suena.

 

Candela nocturna   

Un jaguar gutura en la maleza,

la raigambre solar reverbera en luz nocturna,

en el oscuro vientre de la llama,

horno de los misterios,

el jaguar regurgita en el acecho,

la orquesta vegetal lo acompaña, sigilosa.

...la noche vibra... a punto de despertar

en el signo de su cuna ardiendo.

 

Toccata candela

Poder sacar la sangre hacia adelante,

sólo los que han hablado con los dioses del origen,

sólo los que vienen de la secreta ceremonia.

¿Cómo se convierte el sonido en brasa?

¿Cómo en brasa el sonido?

Sólo el que trata con el prodigio lo sabrá enteramente,

el que toca la entraña del enigma.

Bam Barambám tic-tic tic-tic Barambám.

Estamos inventando el tiempo.

 

Final

(Tres platillos chinos, dos gongs de ópera china, dos bongós,

  cuatro congas, dos tom-toms y un bombo de pedal)

 

Estamos inventando el tiempo.

(lito, mito, rito)

La sabiduría del tambor está naciendo del latido. Es.

Ahora Cúspide.

Ahora Apoteosis.

Locura-Cordura ta-ra-ra tara ta-ra-ra

Cordura-Locura ta-ra-ra tara ta-ra-ra

Corducura

Ta-ra-ra-ra-ra ¡tará!

Estalla la selva de la sangre.

 

 

 

CUANDO LA SELECCIÓN GANÓ LA COPA MUNDIAL

Roberto López Moreno

 

 

 

 

Había sido una situación bastante difícil. En mis años de cronista no había visto algo igual. Hasta le oí decir por televisión que en sus años de cronista no había visto algo igual. Será que sucedió del otro lado del Atlántico, pero desde aquí, desde Bristol, hasta donde me llegaban las noticias directas de Londres, nunca había leído algo igual. Yo, quien escribe estos párrafos, he oído decir a más que muchos, que nunca habían sido testigos de algo igual. Había un eco que repetía colectivo desde todos los rumbos: “nunca habíamos visto algo igual”.

   El pueblo entero se había levantado enardecido, en el desquicio que da la furibundia absoluta. “Ni un campeonato más en nuestro país”, la consigna en ese tono remachaba los oídos brasileños, pero habían ido más allá de las oceánicas distancias y más acá, hasta los latires profundos de los pechos, oceánicos embravecidos. “Ni un campeonato más”

   Las protestas se extendían por las espirales del vertiginio y estallaban en los mercados, en las estaciones del “metro”, en las entradas de los estadios, en las plazas públicas, en todos los sitios propicios para las concentraciones masivas. “Ni un campeonato más, ni una farsa más, ni un ultraje más a la inteligencia del pueblo”. El grito se repetía en los parques y carreteras, por eso fue rebotando y creciendo hasta las demás ciudades. Al poco tiempo ardía ya en el país entero. “Estamos en contra de la burla” se oía a veces; “estamos contra el desfalco, el despojo, el abuso, el fraude” a veces se oía. Pero siempre se oía, veces y veces.

   “No más circo” “No más circo”. ¿Pero todo un pueblo arrebatado por la ira iba a poder contra los oscuros poderes que dominan el planeta y sus más oscuros intereses? De nada sirvieron las huelgas en el metro, en los  centros laborales, en las universidades, entre los empleados de los complejos empresariales. Entonces la ira creció en acentos desmedidos: “No queremos ni un fraudulento Campeonato Mundial de Futbol más en nuestra patria”. “Ni en el mundo”, se oían otros ecos. En mis años de cronista, de la vida, nunca había visto ni oído algo igual. Fue cuando se cerraron más y más los caminos de un dialogo desde antes imposible. Y hubo un momento sombro, sombro, sombro, más sombro aún, y todavía más sombro, en el que se perdió toda posibilidad de poder hacer la narración fidedigna de lo sucediendo.

   Después, cuando aclaró un tanto la atmósfera, se supo de la increíble venganza de los poderes terribles, el incendio total del Amazonas complicó aún más las cosas. Una parte vital del planeta había sido dañada de muerte como desquite de los perversos. El cerceno eran cenizas. El planeta había quedado manco. Los organizadores del engendro repugnado con el fin de no quedar en el total ridículo decidieron ese año donar la Copa. Pero, se había llegado a tanto que, silenciosamente los equipos concursantes en el torneo empezaron a emprender el regreso a sus países. Todos se hacían disimulados y regresaban cabizbajos a sus lugares de origen. Nadie volteaba “ni un pelo” la mirada para mirar siquiera a la Copa amada (hubiera intentado algún poeta). Qué sigilo aquel, uno a uno regresaban los silentes grupos, nadie quería la donación… o quizá sí, pero no se atrevían a aceptarla. Entonces fue cuando los eternos perdedores vieron llegado su momento. Siempre hay un momento del momento. Nunca se había visto algo igual (el cronista). Fue cuando la Selección Verde de Futbol vio dar un categórico vuelco a su destino. ¿La Selección verde? Sí, la de los ratoncitos… Ah sí, la selección verde. Fue el año en el que ganó la Copa Mundial. En cada país, en cada urbe (en Bristol, en Huixtla, en las principales ciudades del mundo, se repetía su sonoro nombre), aquel grupo en desbrido algarábico había logrado por fin su dicha más anhelada. Habían alcanzado por fin la tan deseada Copa. En un punto del planeta la cohetería hacía revolotear en las alturas a un ángel que se desparramaba dorado de orgullo y alegría.      

  

                

 

 

Roberto López-Moreno

YVES BONNEFOY

Traduction par Miguel Ángel Real

 

(Les passages en italiques sont en français dans l'original, N.d.T.)

 

 

 

Et l'oiseau à nouveau se hissera dans son vol.

 

Pas des lettres gauloises, du cyrillique

il est descendu aux bourgeons,

des instants partagés sur les rives du Drim,

et en 80 je me joignais à son hommage du monde.

Le sol vert, l'eau claire,

jaillissant comme un vers qui monde veut monde.

Une accolade du 23 jusqu'à Struga, et la photographie

qui capturait une feuille toute récente de fois de calendrier. 99 certains.

J'ai toujours dit : (les mathématiques et la poésie...)

Maintenant -dans l'après forcé de ce maintenant- l'oiseau

se portera au-devant de nos têtes,

il descendra l'aile inévitable à nos tempes

comme le premier cyrillique aux bourgeons ,

nous aurons, cependant, Yves Bonnefoy,

j'aurai

cet instant capturé dans l'encre polychrome,

vous (tu) dans la pierre écrite, dans la pierre écrite. Immortalisée.

Et l'oiseau à nouveau.

 

 

 

 

 

LA LUNE SUR LA SEINE

 

La lune, d'en haut,

flotte sur la Seine,

(le fleuve, avec la lune, flotte dans le ciel).

Je suis à peine sur le pont

un paquet de cellules

prisonnier entre débit, hauteur et débit,

entre émotion et cause,

entre cet aujourd'hui

de verbe de projecteur de petit bateau de touriste

et un long et dense passé qui sent

les pages de la poussière.

Depuis quelles ombres du temps et de la distance

celle-ci, sur le Pont Sully?

Quelle autre ombre après moi

inventera la très ancienne légende ?

En haut, la lune observe à nouveau...

 

 

 

YVES BONNEFOY

Roberto López Moreno.

 

 

 

 

 

 

Y el ave de nuevo se alzará en su vuelo.

 

 

 

No de letra gala, del cirílico

 

descendió a las yemas,

 

de instantes compartidos a la orilla del Drim,

 

sumado yo en 80 del orbe en su homenaje.

 

El piso verde, el agua clara,

 

brotando como verso que mundo quiere mundo.

 

Un abrazo del 23 hasta Struga, y la fotografía

 

capturando hoja recientísima de veces calendarias. 99 unos.

 

Siempre dije: (las matemáticas y la poesía...)...

 

Ahora –en el después forzoso de este ahora- l’oiseau

 

Se portera au-devant de nos tétes,

 

descenderá el ala inevitable a nuestras sienes

 

como el primer cirílico a las yemas,

 

tendremos, no obstante, Yves Bonnefoy,

 

tendré

 

este instante capturado en tinta policroma,

 

usted (tú) en la piedra escrita, dans le pierre écrite. Inmortalizada.

 

Y el ave de nuevo.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA LUNA SOBRE EL SENA

 

La luna, desde arriba,

 

flota sobre el Sena,

 

(el río, con luna, en el cielo flota).

 

Yo soy apenas sobre el puente

 

un atado de células

 

capturado entre cauce, altura y cauce,

 

entre emoción y causa,

 

entre este hoy

 

de verbo de foco de barquito de turista

 

y un largo y denso pasado con olor

 

a páginas del polvo.

 

¿Desde qué sombras del tiempo y la distancia,

 

ésta, sobre le pont Sully?

 

¿Qué otra sombra después de mí

 

inventará la antiquísima leyenda?

 

Arriba, la luna, observa nuevamente...

 

Lunes, 16 Abril 2018 05:13

DIADA / Roberto López Moreno. /

 
 
 
DIADA
Roberto López Moreno. 

   En el compendio de sapiencias titulado América Latina en su literatura, publicado en México por primera vez en 1972 por la editorial Siglo XXI, bajo la coordinación de César Fernández Moreno, en el texto “Imagen de América Latina”, al hablar de la cultura en esta parte del mundo, al referirse a lo latinoamericano, José Lezama Lima escribió: “Después de la muerte de Bolívar, Simón Rodríguez sigue sumergido en la dimensión incáica, sabe que la intuición de esa dimensión por Bolívar fue la raíz que hizo posible la independencia, sabe que la profundización de esa dimensión será el esclarecimiento del espacio americano”.

   Lezama hace un recorrido por la historia de la cultura latinoamericana desde antes de la llegada de los españoles, y estableciendo paralelismos con la cultura del mundo –cara práctica de su estilo y de su ser poético- discierne apasionado acerca de la imagen americana y se emociona al describir cómo el acarreo que se trae de Europa se une a las nuevas maravillas y, nosotros, sus lectores, asomados a su ventana, imaginamos el proceso grandioso que termina dando como realidad en el tiempo ese sentimiento americano en el que muchos hombres de nuestra grandeza –ahora hablamos de Pellicer, en estas líneas- han aportado sus luces de mayor nobleza.

   Dentro de esa hoguera arde el poeta gestado en la tropicanía tabasqueña, el hijo legítimo de estos soles a plomo, el que se sabe nacido con las manos llenas de color. Pero quien sabe también que su patria es más grande aún, que la cadena del idioma español con la que realiza su luminoso trabajo une espacios mucho más vastos hacia el norte y hacia el sur, y que su imaginación se debe a esa otra de la que después nos iba a hablar también Lezama.

   Mira Pellicer hacia la patria que le acaban de descubrir las extensiones abiertas y entonces, el hispanoamericano, que también siente la historia y el sufrimiento de los humildes, empieza a arder en el fervor bolivariano, empieza a ser cada vez más nuestro, para ser cada vez más del mundo.

   En 1917, Sergei Prokofiev, genio universal de la música del siglo veinte, concluyó una de sus obras más bellas y risueñas, la Sinfonía clásica. Como todos sabemos se trata de una obra breve en la que –según explicación del autor- pretendió interpretar cómo hubiera escrito Mozart una sinfonía con los procedimientos musicales propios de nuestro tiempo.

   El resultado fue un atractivo trabajo para nosotros, sus escuchas de este tiempo; quién sabe qué hubiera pensado Mozart. De cualquier forma, el juego se hizo, la voluntad de Prokofiev lo llevó finalmente a cabo. El espíritu de este juego me hizo pensar, ya que estoy hablando –en torno de un mismo tema- de dos escritores a los que no sólo admiro, sino que amo profundamente, y tomando en consideración el reconocido sentido del humor del maestro Pellicer (y también el de Lezama) en llevar a cabo, pues, el juego de Prokofiev. ¿Cómo vería Lezama al hispanoamericanista Pellicer?, ¿cómo nos relataría su visión del personaje a la luz del conocimiento del infatigable quehacer del poeta mexicano actuando en lo poético, en lo social, en lo indigenista, etcétera? ¿Con qué palabras nos lo daría?

   Quizá el atrevimiento de ahora se ganaría la sonrisa de Mozart (o a lo mejor ni siquiera se sonreía el austriaco... pero todos “sabemos” que sí), podría, en un golpe de suerte, ganar la indulgencia de Lezama al comprender su inteligencia que este proceder no es más que un acto cariñoso. El caso es que con la juguetona música de fondo de la Sinfonía clásica, lezámico yo, por lo menos en la intención, intentaré relatarme al hispanoamericanista Pellicer.

   En medio y desde las magnitudes: paisaje y espíritu, en las que se finca y multiplica nuestro tiempo, el hombre de América ha sumado un nuevo verbo que se concierta con movimiento propio dentro del sistema solar.

   Geométrico rejuego éste, agreste y violento, de lo horizontal y lo vertical habilitados en paisaje y espíritu, realidad y su imagen, abriendo un nuevo orden histórico-planetario. El vuelo suspendido del colibrí, magia en vilo, se casa con la huella en piedra volcánica y hojarasca de la iguana. Horizontal y vertical en una nueva versión de su interacción.

   El coletazo de la serpiente marina desfasó el orden tejido por las manecillas del reloj general. Así, la conquista del renacimiento europeo impuso su sombra medieval al nuevo paisaje y a la columna de su imagen.

   Entonces, en el centro del nudo del colibrí y la iguana se clavó la cruz que había perseguido el pensamiento clásico y que haciendo tiempo de su destiempo ahora llenaba las mazmorras y sentaba en la silla del garrote vil a herejes e idólatras empeñados en descifrar los signos estelares. Nuevamente los que “saben” contra los que vuelan.

   Las literaturas (los pensamientos) de ultramar venían plagadas de sacralerías, de diablos y dragones, de fuerzas avernarias en lucha continua con la divinidad convertida en sabiduría. Eran desbordadas imaginerías que cabalgaban al bridón de Amadís de Gaula y se inmersaban en las atmósferas al fresco de Piero de la Francesca.

   Eran ya las nuevas latitudes. Los saurios solares –el lagarto, el caimán- de lóngitos y hostiles lomos incendiados por las propias brasas del trópico, son ya en América los dragones de la Edad Media, se desprenden de la imaginación medieval y del gas aéreo pasan a ser volumen de estas tierras, peso real imponiendo su rastro entre légamos y pantanos acechantes, de un nuevo mundo chapaleando entre las desmesuradas sorpresas vegetales.

   La cruz de Cristo crece, se  enfrenta ahora con el otro rostro de Satanás, un rostro de obsidiana en cuya superficie están marcadas, a cincel y sangre, las elípticas arquitecturas del cosmos. La novedad de la nebulosa se mueve y crece hacia la exigencia del cronista propio.

   América es un río de sus ríos, en donde bajan a lermar las aves la liquidez del tiempo. La tierra se queda y camina en el Grijalva (el Río Grande en Chiapas), en el Papaloapan (corriente de mariposas), en su Lerma-Santiago, en el Lerma que abastece desde el fatalismo y la historia, en sus ríos que son un río, colibrí de piel hidráulica que se levanta empalabrado de plumas, emplumado de palabras.

   En la palabra de la iguana, convertida en agua y vuelo, caben los ojos deslumbrados de Bernal Díaz. Ahora la fantasía medieval tiene peso y forma. Se arrastra y verticaliza aérea, acecha en los mangles, se materializa en un infernal enjambre de moscos, chapotea en la corriente bajo un verde relámpago de loros. Y hay cronista.

   La tierra y el tiempo (la imaginación de la tierra) acomodan su matemática. En el gas que flota sobre la nueva superficie se empieza a gestar el nacimiento de América. En medio de ese gas se desata el hilo de Góngora, ata, aspira, lucha denodado hacia el 47; el barroco camina desbordado por las calles de las nuevas ciudades donde la conquista dejó su sello de sangre y cristianerías. Se pasea con naturalidad, toma el color del aire y crece.

   Después, corriente lógica de la historia, se le enfrentaría la reacción del neoclasicismo y después se desatarían sobre la superficie abrasada muchas otras formas de ver y decir la vida. El romanticismo luchará por la independencia de las naciones, el modernismo literario por americanizar el verbo dentro del espejismo europeo, inundando de cisnes, mármoles y cristales los vastos y bastos territorios poblados de cascadas y alcaravanes.

   De todas estas experiencias en movimiento se ha hecho la síntesis de la expresión americana. El vanguardismo también trajo lo suyo y dio frutos tan americanos como el concretismo brasileño. En nuestro siglo el colibrí ha fortalecido la magia de su vuelo, gajo de sol vibrando desde sobre y por el lomo de la iguana.

   En el bosque americano ha crecido una rica pluralidad de voces que abre sus realidades hacia los cuatro destinos que cantó el zenzontle 400 veces. Es la hora de la labor recolectora para después impulsar el puñado de sueños, el puñado de vuelos.

   Cada región, cada ciudad de América, tiene una verdad qué decir al aire y tiene sus modos y formas para su cada discurso. Es la hora que inicia la integración de esas voces, es la hora de desentrañar la nuestra realidad con base en conocernos mayormente a nosotros mismos; es el momento de unificar el vuelo del colibrí en uno que represente el mágico y poderoso vuelo americano.

   Y en tal hora el canto nos da presencia, canto alto, del pelliceriano eco. Hubo un hombre que impulsado con las alas de la poesía encontró la sombra de Bolívar por los caminos y hondonadas de América y se fundió con ella en el giro de su muy alto vuelo. El poeta Pellicer es el colibrí que robó el fuego al Tacquea ecuatorial para darlo a los hombres ¡Salve!, hacia arriba, hasta el contacto con la primera causa.

   La fuente Castalia inunda la recientísima cartografía. A la tórrida rayos perpendiculares, bajan rayos como pirámides, como el centro medio entre la línea y el círculo.

   El hispanoamericano, el latinoamericano –ave entre siglos- tuvo, palpó desde el inicio la tragedia de su cuna América. Vio el despojo, el abuso, el asesinato político, y sufrió también el poderoso impacto con la grandiosidad de la palabra. Esto fue con la figura de José Santos Chocano, en la preparatoria; a través de las palabras del peruano conoció las dimensiones de América y quedó para siempre ligado a ellas, desde la montaña blanca, desde el halo frío sobre la alquería.

   En Carlos Pellicer. Breve biografía literaria nos dice Samuel Gordon cómo Pellicer fue testigo de la muerte del general Bernardo Reyes, padre del escritor Alfonso Reyes y abuelo de la poetisa y muralista (la primera muralista mexicana) Aurora Reyes: “Agazapado en uno de los balcones de su casa en la Plaza de Seminario vio cuando los generales Bernardo Reyes Y Félix Díaz intentaban tomar el Palacio Nacional. Pellicer cuenta que el general Reyes discutía con quien había sido su condiscípulo, el general Lauro Villera. A causa del ruido de las balas, Pellicer no pudo oír con claridad el diálogo. Días después se enteró por los periódicos que Villera había exigido al general Reyes que se rindiera, y ante el total silencio de éste después de tres amonestaciones, ordenó que se abriera fuego sobre él”.

   Así como del paisaje, de estas tragedias nutrió su visión americana y así inauguró sus doce sobre el empedrado, con su saco de inasibles a plena luz del novísimo tiempo. Más tarde, cuando Aurora Reyes publicó su primer libro de poesía (ya sus murales los había pintado al lado de Diego Rivera, Siqueiros, Fermín Revueltas), Pellicer leyó sus Humanos paisajes y dijo de Aurora: "Con este libro Aurora Reyes se coloca en un sitio privilegiado dentro de los poetas modernos".

   Lo por resolverse es forzosamente nuevo, lo sigue siendo, fuerza oculta, misterioso poder, poetisa fantasía. Pellicer vuela sobre el continente nuevo. Hay confines para las edificaciones. El indio de Santa Rosa al lado de Diego, el pintor, pasea desde Lima entre los campanarios poblanos reforzando el arco que partió de Extremadura (o Arco de Guadalupe) ¡Congadas y tocotines luiseminados! Pellicer habla con la nueva palabra de América, heredero todo él de riquezas y mestizajes.

   Es condiscípulo del impresionista Joaquín Clausell y le toca la transcripción del paisaje, un paisaje que tuvo profundo sentido latinoamericano cuando desde los 16 años de edad su padre puso en sus manos aquel volumen de tapas rojas y una cinta verde como señalador que en letras troqueladas se anunciaba como Vida del libertador Simón Bolívar. Las doce a plenitud sobre el empedrado, sobre el aire. "Puedo asegurar -comentó luego Pellicer- que a los 16 años, la lectura de esta biografía determinó una serie de sentimientos que quedaron para siempre en mí", ámbitos -los cúlminos- entre 14 espejos... Y el milagro.

   Pasea sobre el nuevo piso, magín y retina, Juan Sáenz del Cauri. Como buen americano, Pellicer fue preso en su juventud, cuando militaba dentro de las huestes vasconcelistas y ya hombre maduro, cuando repartía volantes en las afueras de la Embajada de Estados Unidos, con  flor gongorayargotante en izquierdo del hábito.

   Éste era parte del texto:

   "El intervencionismo norteamericano, en todas las partes y en todos los órdenes, le ha traído a ustedes una ola magnífica de odio y de desprecio. ¿Honradamente, cree usted -se dirige al embajador estadunidense- que los jóvenes norteamericanos van a la guerra de Viet Nam con espíritu heroico o entusiasmo patriótico? ¿No les basta el tremendo problema, tan inhumano cuanto absurdo, de los nombres de la raza negra nacidos en los Estados Unidos?

   "Crea usted, señor embajador, que tanto yo como muchos indoamericanos aprovecharemos al máximo el miedo y la estupidez del gobierno que usted representa". Firmaba el poeta miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Premio Nacional de Literatura en 1964, excatedrático de la Universidad Nacional Autónoma de México, ex director de Bellas Artes, creador y organizador de ocho museos.

   Arriba. Se abre Febo el pecho, inunda el rostro de Ometecuhtli, ambos se desangran sobre las extensiones de Nisea, el nuevo continente.

   En el ámbito de los espejismos, raíz cuadrada sobre dos espátulas de plumas, servidoras inconscientes del rectángulo epicúreo, y asiendo en tal ámbito el liro sonido, aparece como reafirmación del paisaje y de su adolorida conciencia "ese libro feo y noble que todo el mundo ha despreciado", que ha servido para que José Vasconcelos señale:

   Pertenece Carlos Pellicer a la nueva familia internacional que tiene por patria el Continente y por estirpe la gente toda de habla española (...) Desde la nave aérea ha visto Pellicer su América y también la ha escudriñado con la planta del pie que descubre todos los secretos de la tierra y con la mente que contempla la historia (...) No hay en su alma torrente, ni ante el mismo Iguazú se contagia del trepidar de la fuerza confusa, sino que la resiste, la disocia, la musicaliza, la dispersa en notas o la organiza en sinfonías...                   

    Monta el colibrí en su aeroplano y en él desciende hasta las calcinadas galerías del Mictlán.

   ¡América, América mía!/ La voz de Dios sostenga mi rugido./ La voz de Dios haga mi voz hermosa./ La voz de Dios torne dulce mi grito./ Loada sea esta alegría,/ de izar la bandera optimista./ Galopan los océanos y las montañas crecen./ Y sobre el Golfo de México y el Mar Caribe;/ sobre el mar Atlántico y el Mar Pacífico;/ sobre el Popocatépetl y el Momotombo,/ el Chimborazo y el Sorata;/ sobre el Usumacinta y el Orinoco/ y el Amazonas y el Plata,/ la Cruz del Sur abre su cuerpo armonioso./ El Ecuador te ciñe y te ciñen los trópicos/ y todos los climas se hacen visibles y tangibles/ en tu flora y en tu fauna./ Del Indostán, padre del Egipto, nacieron/ la religión tolteca y la religión incaica...

   Y en otra parte del poema:

   Teotihuacán  y Cuzco están en ruinas/ pero las águilas y los cóndores todavía se levantan.

   Para él aquí "Cuba divina" es "tierra naval y bailarina" y el Popocatépetl "monarca de los Andes mexicanos". Y ahora finaliza después de 39 páginas incluyendo el prólogo de Vasconcelos:

   ¡Oh solemne y trágico jefe de hombres!/ ¡Oh dulce y feroz Cuauhtémoc!/ ¡Tu vida es la flecha más alta que ha herido/ los ojos del Sol y ha seguido volando en el cielo! Pero en el cráter de mi corazón/ hierve la fe que salvará a tus pueblos.

   Una gota de alas eriza el mar de las doce, donde la indomitez de la espuma se hace cuerpo contra la entercada liga. Pellicer es ya paisaje y violencia, poema y prisión, ya ha bebido los sorbos dulces y amargos de la realidad que se extiende entre Atlántico y Pacífico. Su modo de ser América ha sido ése. En el año de 1930 ocurrió en México el atentado contra el entonces presidente Pascual Ortiz Rubio. Entonces vino la ola de encarcelamientos y a la prisión fueron a convivir Pellicer, José Revueltas y Juan de la Cabada: "Al cabo de 11 días, casi sin dormir ni comer, me trasladaron a la penitenciaría recluyéndome en la crujia F, la de los vasconcelistas, donde me encontré con Pepe Revueltas, a la sazón un muchacho de 17 años, y con Juan de la Cabada. 

   "Ya estaba listo nuestro traslado a las Islas Marías. Yo tenía la certeza de ir a vacacionar a la fuerza en aquel nada acogedor sitio, por una temporada bastante larga...", hay seda para tejer el fluido de la gruta. En el vaivén crecen los días. A América se le aprehende también, y bien, por sus cárceles.

   Pellicer amó y ayudó a inventar esta América Latina nuestra no sólo con la palabra, ascendió hacia la historia y descendió  hasta los humildes , construyó museos arqueológicos y cantó con los autores de los corridos; como apuntó Vasconcelos, contempló América desde el curvo trazo del aeroplano y la recorrió a pie, a golpe de ríos y desiertos; supo de dulces y de amargos sobre estas tierras; y en 1966 publicó su libro Bolívar, ensayo de biografía popular, como un eslabón más de su amor infinito .

   Un hombre tan entrañablemente americano tuvo que ser amigo no sólo de Diego y de Frida, sino de otros cabales pintores del paisaje nuestro como Silvestre Revueltas y Carlos Chávez. Se sumó, como se sumó América Latina a la lucha de la República Española; viajó a España a ofrecer  su apoyo, junto con otros artistas de similares compromisos.

   A su regreso sucedió una anécdota que él mismo escribió para mí, para el cuaderno Silvestre Revueltas que publiqué en 1975 en el Fondo de Cultura Económica. Evocó: "Un grupo de escritores y artistas mexicanos fuimos, en el verano de 1937, a España, durante la guerra, para demostrar nuestra simpatía y respeto al gobierno de la República. Padecimos los bombardeos de Franco, el traidor que asesinó al pueblo español en la persona de Federico García Lorca, joven poeta de genio. Al regresar a México, en la tercera clase de un barco francés, el maestro Silvestre Revueltas, que formaba parte del grupo, me preguntó si no tenía yo a la mano un libro mío. Sí lo tenía. Era un ejemplar de Hora de junio, de reciente publicación; se lo regalé, y poco después de nuestro regreso me telefoneó un día para decirme que había compuesto una obra para pequeña orquesta inspirada en tres sonetos que mucho le gustaron de ese libro. Está considerada para alegría y honor mío, como una de sus obras más importantes; se leen los tres sonetos alternando en forma irregular con la orquesta. Hace algunos años invitaron al maestro Limantour a presentar una obra mexicana en la Sala de Música del Museo de Arte Moderno de Nueva York y escogió esta obra de Revueltas. Yo fui el lector. La obra mereció los mayores elogios de los críticos especializados. Silvestre Revueltas es uno de los grandes músicos de nuestra América. Uno de los tres sonetos dice así:

   Era mi corazón piedra de río/ que sin saber por qué, daba el remanso./ Era el niño del agua, era el descanso/ de hojas y nubes y brillante frío./ Alguien algo movió, y se alzó el río. ¡Lástima de aquel hondo siempre manso!/ Y la piedra lavada y el remanso/ liáronse en sombras de esplendor sombrío. Para mirar el cielo, qué trabajos/ sufren los ojos turbios, siempre bajos./ ¿Serán estrellas o huellas de estrellas ?/ Era mi corazón piedra de río,/ una piedra de río, una de aquellas/ cosas de un imposible tuyo y mío. La música de Revueltas pulverizó mis poemas. Carlos Pellicer. Lomas de Chapultepec, septiembre de 1973".

         Huidas del aro áureo, las doce sobre el empedrado hacen imperio suscrito entre los códigos de Urania y las solmisaciones de la cuerda de Erato. En interacción dialéctica desciende el uno del descendiente, hielo ardiendo de astros y carne, oxímoron que hace una punta la otra. De Trocadero a San Juan Bautista del cuatro de noviembre hay una curva de dulce sal que se extiende por el continente todo, desde la amplia risa pelliceriana hasta el angustiado grito que escuchó Marco Antonio Acosta en aquel triste día en el que el poeta tuvo que ser trasladado de su recámara de Sierra Nevada hasta el sitio de su muerte.

   Pero tan hispanoamericano, tan latinoamericano, él ya vivía desde hacía tiempo en el continente, en nuestro bosque que no madura aún ni es voz de falsa quemadura, vivía en el continente, como sigue viviendo en cada verso suyo, como sigue viviendo en las corrientes del Grijalva y del Usumacinta que desde Chiapas vienen, como sigue viviendo en el colorido del mural que la tabasqueña Leticia Ocharán pintó en el museo de La Venta, en los soles verdes, en las horas ardas, en cada partícula del continente que se suma para alcanzar la cantidad hechizada con la que hemos venido alcanzando desde el pelliceriano lezamerío la diada en la que somos por derecho propio la más gozosa y dolorida expresión americana.

 

 

EL TRÓPICO EN LA POESÍA DE CARLOS PELLICER

Roberto López Moreno

 

 

De las selvas de Chiapas, aún de más allá, baja recio, poderoso, el río Usumacinta, lagarto hidráulico que parece que no tuviera principio ni fin. No existe manifestación más poética en las presencias de la naturaleza que la realidad del río, poema horizontal que como la vida misma, fluye, eterno, hacia adelante, sin retorno posible. Ahora, a fuerza de acto poético, vamos a convertir la poesía en el poeta. Entonces el Usumacinta es un largo y ancho poeta en la carne verde del sureste, en su llama alzada por la clorofila toca los nombres de Tabasco y Chiapas y los junta, y los hilvana, como solamente el poeta, la poesía, puede hilvanar el fuego.

El río avanza, rompe la selva, la abre; con su falo de agua irrumpe a la mitad de una carne de piares, graznidos, gorjeos, chasquidos, sonidos misteriosos, rumorosidad varia, y a cada paso suyo lleva la novedad del día y de la noche. Entonces toca al hombre y empieza a arrastrar historia en su corriente. Entonces la poesía del río, el poeta que es, se coloca más que nunca sobre su rostro de agua el rostro del tiempo.

Desde la lejanía de su origen el río sabe en su corriente los preámbulos del hombre, así como sus logros más cumplidos plasmados en el dibujo de la piedra testimonial. El cosmos ha bajado a las manos del hombre; el universo está en la tierra, se vuelve grito, mito, rito, se vuelve religión y arquitectura y el río poeta lo sabe desde entonces, lo sigue sabiendo en su fluir inagotable.

Transcurre el tiempo como el río, como el Usumacinta transcurre, y río y tiempo se vuelven superficie sobre la que navega el despojo, el fuego artero, el golpe de Caín en la más pérfida agresión a la naturaleza. El río con su rumor, toca la augusta comodidad del potentado y la endémica docilidad de quien le trabaja. Es certero el río que nos trae estas cosas desde la distancia y el tiempo; es vinculador, es poeta. En su transcurrir recoge rumores y sonidos enteros, se vuelve son marimbeado y grito que quema los plantíos exigiendo justicias sociales, defendiendo la llanada y la selva de intervenciones extranjeras. Y luego vuelve a convertirse en un largo sueño rural, sueño que no se baña dos veces en la misma lágrima.

Rota la cadena que venía atando los pasos como amarra invisible que ciñe a los pasados y a los futuros, que sujeta fatalmente a la determinación de completar el siguiente tiempo con la energía puesta hacia un adelante incierto y promisorio, he aquí que se cumple fielmente con el férreo mandato de las asignaciones. El río, en el centro de su presuntura ha guiado los siete universos hasta las dimensiones de esta realidad que ahora se tiende frente al paso peregrino, tatuado con el limo de inesperadas rutas.

Ahora el poeta río se desprende de su cuerpo para observarse desde afuera, desde su torre de carne; se hace avidez óptica y convierte su cuerpo de agua, el ahora exterior, en una larga e interminable poesía, en una ancha corriente que fluye como el tiempo, a veces néblico por los vapores de la selva; a veces llama, porque en Tabasco y Chiapas los soles caen a plomo.

En las manos del poeta la minutería se vuelve versos, escritos a sangre y savia, mágicos cofres de lo abundante y lo resonante. El poeta, el nacido del río, observa su cuerpo horizontal y ensaya la reintegración describiéndolo. Los kilómetros andados por el padre de agua son herencia y novedad en las tintas del hijo relatante, aquel, el que nació con las manos llenas de color.

Cadena eslabonada con la fuerza del cosmos, el río, el viejo viajero, se ha transformado en poesía, la poesía se ha convertido en poeta, el poeta se vuelve los brazos del poema y el poema, río se hace de nueva cuenta en los ojos de la conciencia. Así, Pellicer, el poeta, el Usumacinta el poema y los lectores de tal vida, somos el mismo río, como el mismo nudo de quetzales somos volando sobre la superficie de la corriente.

“De aquel hondo tumulto de rocas primitivas./ abriéndose paso entre sombras incendiadas,/ arrancándose harapos de los gritos de nadie,/ huyendo de los altos desórdenes de abajo,/ con el cuchillo de la luz entre los dientes,/ y así, sonriente y límpida, brotó el agua.” Y así, límpido y sonriente desde sus primeros versos, brota el poema de Carlos Pellicer, brota como el agua, como una fuerza que irá en creciente hasta las manos del doctor Atl, padre del muralismo mexicano, a quien está dedicado el poema (como todos sabemos, Atl, en lengua náhuatl, quiere decir: agua). Desde el primer momento el agua va al agua, el poema al poeta. Es El canto del Usumacinta. Es el libro Subordinaciones publicado en 1948.

En el poema el poeta se describe: “Pudrió el tiempo los años que en la selva pululan./ Yo era un gran árbol tropical. En mi cabeza tuve pájaros/ sobre mis piernas un jaguar./ Junto a mí tramaba la noche/ el complot de la soledad. Por mi estatura derrumbaba el cielo/ la casa grande de la tempestad. En mí se han amado las fuerzas de origen: el fuego y el aire, la tierra y el mar./ Y éste es el canto del Usumacinta/ que viene del muy allá...” Aquí el río se verticaliza, se pone de pie, metamorfosis a ceiba, sacerdote de las selvas del sur.

El río árbol, el árbol poeta, “en mi cabeza tuve pájaros/ sobre mis piernas un jaguar...” abre la mirada en su entorno y empieza a descubrir y a nombrar las cosas, los seres, el movimiento, pues, con el lenguaje del asombro.

Carlos Pellicer es exuberado intérprete del lenguaje del trópico, creador de códigos, hacedor de verbos tremolados de alas. ¿De qué manera un poeta puede hacer la lectura y después la escritura de la selva?

En el caso de Pellicer –el río de pie- hay un continuo acto de metaforización para conducir con la misma fuerza de la jungla, las verdades de un estadio a otro y crear así las imágenes de verdad, mediante un apoyo en la alegoría, extensa en Pellicer como el Usumacinta en Tabasco y Chiapas, alegoría tendida en horizontal.

El poeta que todo lo que toca lo convierte en luz, es el promotor de objetos animados, de realidades transformadas, esos son sus recursos y con ellos, él mismo se transforma en selva. La metáfora trasciende a sol derritiéndose sobre la espesura. El sol es una metáfora dorada que desciende para adoptar las más diversas cromacidades, el rugido del jaguar, la indocilidad del agua. La selva se establece en el poema en la medida que la retórica se ramifica creando los mundos deslumbrantes del trópico americano: “La sandía pintada de prisa/ contaba siempre/ los escandalosos amaneceres/ de mi señora/ la aurora. Las piñas saludaban el medio día/ y la sed de grito amarillo/ se endulzaba en doradas melodías...” o bien: “Mirando el río de aquellas tardes junté las manos para beberlo. Por mi garganta pasaba un ave,/ pasaba el cielo...”

Nos encontramos ante un mago de las Américas que en el momento de tocar las abstracciones las dota de peso y color, así crea la vida de continuo, al ir repartiéndole el volumen, el aroma desde su empeñoso proceso de materializaciones.

Nuestro poeta crea la vida y la modifica en un quehacer constante. Así el alma deviene en una explosión vegetal, en un puño de alas horadando el aire; pero también el tronco, la hierba, la liana, se vuelven al dolor, al placer, a la alegría. Para esto Pellicer acude con frecuencia al recurso retórico de la prosopopeya: “así, cuando llueve socavando sobre el Usumacinta/ aún en la corteza de los viejos árboles/ se encoge el terror...” Lo abstracto parte de la realidad material. El poeta está en el centro, reinventando las diversas expresiones de la existencia.

Pellicer está tanto en las figuras que cambian el sentido de las palabras, como en las que modifican el sentido de la frase. Con esos elementos nos internamos en la selva de Tabasco y Chiapas: Las nubes de garzas se convierten en anáforas del vuelo; la mansedumbre del buey es sinécdoque de las horas tórridas; el saraguato en las altas ramas es hipérbaton darwiniano, y el sol del sur, sol de soles, soledad ensolecida en las alturas, silvo y selva junto al hombre, es hipérbole de la hipérbole. Pellicer maneja sus símbolos; extiende sobre el papel y la imaginación, sobre la vida reinventándose su pródigo sistema de metonimias y alegorías: “¡Las palabras!/ ¡Los tropeles pueriles sobre el espejo de la imagen! Las palabras vagabundas/ en la mala suerte de mi sonrisa/ Y el sueño resucitado en plena tarde/ junto a las maquinarias y las ruinas”. “Al pie del cedro,/ húmedo aroma./ por su paloma./ torcaz y cielo, subió una rama/ sonoramente dodecaedro”. “La tarde cae/ ya entre un reguero/ de estrellas-tardes.”

Para proporcionar una carga de significados a lo que toca con la palabra, Pellicer crea con sus versos toda una industria de pretericiones por medio de la cual reiteradamente se niega a señalar cosas que con su aparente silencio está señalando, de la manera más profunda. El suyo es también un arte de los silencios. “Una batalla entre la voz y callar”, Sergio Fernández; “las palabras caminan en silencio”, Fernández. En esos sus momentos lingüísticos su paisaje se revierte en metáforas del valor abstracto, de los sentires intensos del ser; el paisaje se vuelve vehículo para hablar de los internos del hombre. Entonces su poesía refiere de lo de adentro con semiausencia de lo de afuera, dialéctica cumplida en el sistema solar del pensamiento, navegada sobre el río fluir de las sensualidades. Asuntos que no dice para decirlos lo más posible.

Estamos ante un poeta de la imagen –Pellicer retoma sus colores y rumores- de la desbordada imagen; en el intento de una aproximación a la estructura de su trabajo, se pueden señalar recursos retóricos, manejo de estatutos, mano ágil y soberana en materia de preceptiva literaria, pero no obstante su inmediata preocupación por la forma, el poder de su imaginación es tal, que en este tipo de torrente los considerandos quedan aplastados por la exuberancia.

Desde la tinta pelliceriana de junio son las horas; el SOL ramas hirviendo, penacho de savia a borbotones, es río que incendia los plumajes del viento en su quehacer dorado; su largo cuerpo de insectos y bacterias se abraza al día y lo oscurece y lo acomoda en su pecho de ceiba milagrosa. Todo nace en la primera lumbre. Se deshojan las horas de la ceiba y en su entraña de agua el fruto de la magia reconstruye pájaros y los epinicios de la carne, filo en alto. El magenta es la flor de su pantano mientras una mariposa, punto rojizo, aletea su savia contra el horizonte.

Un escándalo de moscas se aglomera en las comisuras de la sombra que repta entre las piedras arroyeras bajo un clima de bananos y cacao. Lo que palpita da a relucir un seno y al instante una conjura de flamboyanes ebrios apuñalan la turgencia a brasa viva. Las cosas pasan por las horas, con su terquedad de lodo; los cuerpos se traban en el tiempo, -tiempo de arder-, lo tocan, desmenuzan sus orillas con sus dedos, aroman, y el redondo bosque de llamas oficia su universo, sumiso a la hermandad de las hormigas.

Sobre la piedra labrada (la sangre y su prestigio de serpiente) llueve una interminable curva de ceniza; un aguaje de huesos y cigarras deposita en la hora del pincel su verbo, su marimba remando entre la danza, su espiral de caoba; su pantera midiéndose en el salto de la orquídea, sus líquenes aéreos, la su estrella de veneno izado, tarántula del cielo. Se desploma la tarde, seda líquida, gallo eléctrico, lagarto de mil dientes; recompone el humo amargo de los ritos, el hule, el atabal, la madriguera, su escándalo ecuador, la liana, la espuma, el estero, la hora de su hora.

La tarde, pulpa anaranjada, adorna las corrientes de la hembra, la vara de la ceiba tienta amor; el sol de la mujer siembra sus lunas en la tierra, la fertiliza. Todo se abre de nuevo, el mar, el amar, el pétalo, la ciénega, es la hora del canto y del torrente, manotazos que queman de la ceiba. Ya todo está en la llama.

Y aquí, en la curva de esta llama, curva de su espiral, nos colocamos sobre la necesidad de una reconsideración. Una especie de terquedad oficial insiste en ubicar al poeta Pellicer dentro del llamado grupo “contemporáneos”; no sólo es dudosa tal insistencia, sino que el propio escritor, más de una vez, negó públicamente la pretensión (algo similar ha pasado con la figura de Elías Nandino, quien no solamente ha negado ser el “último de los contemporáneos” como se insiste en calificarle, sino que ha manifestado a la sordera voluntaria de todos, guardados rencores hacia varios miembros de aquel grupo).

Quizá el cuidado de Pellicer en deslindar situaciones radique en que él y sus coincidentes generacionales, asumieron en muchos casos actitudes no compatibles. Frente al nostálgico intimismo afrancesado, frente al experimento de norteamericanización en las formas, Pellicer volteó los ojos hacia América, en una entrega absoluta a la geografía y la historia de esta inmensa patria nuestra.

Frente al desprecio a una participación social desde el arte y fuera de él, Pellicer se va a caminar –antes incluso que Neruda- sobre la geografía americana en busca del pasado olmeca, de las sombras en armas de Bolívar, encuentra la espada en medio de un jardín y le llama Morelos. Hay una absoluta presencia de la América nuestra en su poesía, América le da uno de sus sonidos más altos, América, la de los soles inacabables, América, la de los antiguos palacios de piedra, la de las selvas, la de los Andes.

La actitud del hacedor tabasqueño forzosamente se aparta de las formas más acabadas del individualismo hasta el mismísimo acto de colocarse al frente de una organización de intelectuales mexicanos reunidos en ese entonces para apoyar la lucha del sandinismo, actitud divorciada de las que pudiera haber asumido la alta burocracia intelectualizada.

De ahí que la poesía de Pellicer cante luz y unifique al cantar, de ahí que su verso sea una especie de llamado a la solidaridad en el momento mismo de repartir el paisaje, de repartirse él a los demás, como parte del paisaje. Su poesía no margina en afanes intimistas, congrega en el tumulto del entorno, es una poesía del amor a la tradición, a la historia, a la arqueología, del amor al amor.

Por eso, cuando hablamos de la selva, exuberancia que desde la lacandonia desciende al mar y que en el transcurso se va convirtiendo en una interminable sábana de humedades –Pellicer de versos- sobre el paisaje aparece el hombre, consustanciado en él, con su larga historia de agravios; el dueño del paisaje está ahí, como una acusación perenne, víctima del despojo, de la ofensa, del asesinato, rabiando la injusticia de que es objeto, levantando, a veces, el brazo del reclamo social (Sandino mismo, como buen centroamericano era parte de la selva de Tabasco y Chiapas).

Me estoy refiriendo a un Pellicer que a su visión del paisaje, suma su abierta devoción a los héroes americanos, devoción que en muchos casos tienen que ver con un espíritu de cristiandad que recorre de continuo su obra. Lejos del intelectualismo egoísta de muchos que compartieron con él la misma época –o mejor-: desde una intelectualidad ejercida bajo la sonrisa de su cristiana sencillez que le llevó a la hermandad con el aire y con el agua, expresó esa su inmensa ternura lo mismo al hermano pez que a la hermana águila, al hermano tronco, que a la hermana danta, que al hermano sol, que al hermano burócrata, que al hermano “contemporáneo”.

Por todo esto, cuando el poeta le canta al paisaje le está hablando también al hombre y a su posibilidad de futuros: “Y era la desnudez corriendo sola/ surgida de su clara multitud,/ que aflojó las amarras de sus piernas brillantes/ y en el primer remanso puso la cara azul”, este paisaje está convertido en pueblo. Más adelante, en el mismo poema, “El canto del Usumacinta”, expresa: “Porque el árbol de la vida,/ sangra./ Y la noche herida,/ sangra./ Y el águila caída,/ sangra./ Y la ventaja del amanecer, cedida,/ sangra./ ¿De quién es este cuello ahorcado?/ Oíd la gritería a media noche./ Todo en lo que en mí ya solamente palpo/ es la sombra que me esconde.” Dice en su poema a Morelos el de la América Septentrional: “Imaginad:/ una pedrada/ sobre la alfombra de una triste fiesta.”

Cuando Pellicer habla de nuestro trópico está hablando por el hombre de América, aunque para ello recurra al lenguaje de la sensualidad. Por eso José Vasconcelos escribió de él: “Pertenece Pellicer a la nueva familia que tiene por patria el Continente y por estirpe la gente toda de habla española.” Y en otra parte el mismo Vasconcelos: “Desde la nave aérea ha visto Pellicer su América y también la ha escudriñado con la planta del pie que descubre todos los secretos de la tierra y con la mente que contempla la historia.”

En la segunda mitad de nuestro siglo el colibrí ha fortalecido la magia de su vuelo, gajo de sol vibrando desde sobre y por el lomo de la iguana. En el bosque americano ha crecido su rica pluralidad de voces que abren sus realidades hacia los cuatro destinos cardinales. Es el segundo de la labor recolectora para después impulsar el puñado de vuelos.

Cada región, cada ciudad de América, tiene una verdad qué decir al aire y tiene sus modos y formas para cada discurso. El de Pellicer es el corazón del colibrí que dibuja el ángulo recto en el que vivimos al juntarse en un mismo punto con la horizontalidad de la iguana. El estuvo en el momento de unificar el vuelo del colibrí en uno solo, representante del mágico y poderoso vuelo americano. La selva de Tabasco y Chiapas tiene alma y sabe muy bien de estas cosas.

Carlos Pellicer, palpitación de esta selva que tan bien supo describir, quería ser todo lo iguana posible o sea, la medida más fiel de la tierra, la misma que al transformarse en el vuelo vertical de su imagen queda establecida en el aire lo más colibrí posible. Pellicer termina siendo los dos valores: iguana y colibrí, horizontal y vertical, la tierra y su espíritu, el lodo y la idea, la raíz y el pensamiento. Acomodada en el cobijo de este ángulo se encuentra la América nuestra, horno de poetas.

Otro gran poeta nuestro habló de “La cantidad hechizada.” Lezama, Pellicer, cada quien en el momento de su lenguaje, han sido iguana-colibríes en el milagro del vuelo, resultante de tal cantidad hechizada. En ellos damos nuestro salto al vuelo y establecemos la permanencia de nuestra verdad –la selva de Pellicer lo sabe- en las alas del viento y las del tiempo, en las alas del río que somos todos, colibrí del agua.

 

 

 

 

 

100 DUVALIER TELÉFONOS 4

Roberto López Moreno

 

En medio de un denso espacio de silencio (que tan cierto muy no ha sido) el tiempo ha deslizado sobre su hipotenusa una “ligera” digamos desatención hacia la figura y la obra del maestro.

Yo supe al maestro hace mucho pero entre brumas. Oía hablar desde la ciudad de México ha donde fui llevado desde niño desde las brasas huixtlecas desde el aquel entonces. Y desde esos desdes me llenó de inquietud lo cosechado y la alquimia de la sangre produjo así el sobrelatido.

Más aún cuando la primera mención de  mi nombre como escritor se hacía desde Chiapas y venía firmada por un Duvalier que seguramente era él y Él era, Armando Duvalier, quien me incluía en la breve columna del diario en el que escribía y me mencionaba entre las jóvenes promesas.

Y sentí –no por eso- pero lo sentí, que ese hombre era interesante (tradúzcase: “mayor”), pero me pregunté en constante, por qué esa grandeza pretendía ser ignorada por los que sabían, por los que sabían en lo seguro de su existencia más que yo que empezaba a querer saber acerca de él y de las cosas de mi tierra, y las de mi país, del mundo, pues.

Y leí más y crecí lo suficiente el espectro como para saber que en Chiapas existía un gran maestro de la poesía, que había llevado al Sureste de las vísceras candentes una gran variedad de novedades expresivas, pero que pocos, muy pocos, eran los que se detenían ante la rica exposición. E inventé la palabra “Vanguardista” (o sea, el que va adelante rompiendo lo bien portado con  la novedad de la irreverencia convertida en puño para que el movimiento se mueva), y dije entonces: “yo quiero ser un poeta “vanguardista como él”. Después vi que en los años 20, en los 30, en los 40, otros poetas me habían querido imitar a mí, que nací en 42, y que habían querido ser “vanguardistas” como yo, y para eso habían inventado el “Vanguardismo” de entreguerras enderezado en contra de la cultura bélica.

Pero estamos con Duvalier… al que llamo el gran maestro de la poesía chiapaneca, el que vino a sacudir somnolencias y por eso sólo, no era considerado (o sí, para desconsiderarlo). ¡Qué molesto el que nos viene a zarandear la hamaca! Claro, dentro de los que se consideraban actualizados habían quienes preferían voltear hacia Lima –pongo un ejemplo- para traer a Tuxtla Gutiérrez al Vallejo de los Heraldos Negros y despreciaban el que en Tuxtla Gutiérrez les estuvieran dando sin tenerlos que mandar a pasear a Lima, al Vallejo de Trilce (para mí, al Vallejo mayor), el que no se queda en el palpitar emotivo del lenguaje, sino que lo ama tanto, que se siente autoautorizado y lo sacude, lo retuerce, lo descoyunta, lo azota contra el viento, lo contamina y descontamina en el tubo de ensayo hasta volverlo a construir y hacerlo decir de nueva cuenta, desde otros códigos que remuevan al verbo y a la vida.

Empecé a decirle sobre el hombro del señor de la esquina: “oiga, oiga, existe un Duvalier” y luego, para mi regocijo, oí otras voces, pocas, que me respondían: “sí, sí, existe un Duvalier  y camina por la calles de Tuxtla llevando un dinosaurio como mascota. ¡Sí, un dinosaurio para que en la historia de la sangre el presente siempre sea presente que se mueve rompiendo a cada instante hacia los telares del futuro desde los más pretéritos sustentos”.

“Existe un Duvalier” dije como escudriñando y encontré coincidencias en los ululares del viento. Algunos de los que habían sido sus hermanos Rosemberg Mancilla, Eliseo Mellanes, también esgrimían su presencia. Después vinieron nombres (pocos) de otras generaciones; Cuéllar dijo: “Existe un Duvalier. Después vinieron nombres (pocos) de otras generaciones; Nandayapa dijo: “Existe un Duvalier”. Después vinieron nombres (pocos)… Y ahora, aquí; aquí y ahora, ya hay nombres (pocos) de las más recientes generaciones, los del hoy-mañana que ya empezaron a tremolar el hecho y el presagio; Julio Solís dice: “Existe un Duvalier” y también dice: “Habrá un Duvalier”. Ya Nandayapa y Solís han recordado que para el chileno Manuel Jofré las vanguardias siempre han existido… y existirán.

Pero aquí entramos a lo épico. Una propuesta como la de Duvalier, como la de cualquier vanguardista siempre va a encontrar oposición de los del buen decir, de los conservadores de las formas, de los bien comportados, de los arregladitos, y de ellos sabemos perfectamente de qué lado los afilia su lógica. Estoy frente a la Poesía Alquimista de Duvalier. Busco la piedra filosofal… y la encuentro. Hojeo las primeras publicaciones del maestro Duvalier “poesía extravagante, poesía que no se entiende, poesía que nosotros no lo sabemos de cierto pero que deja harto espacio para las suposiciones”. Me encuentro con el vértice de la epopeya.

En medio del silencio con el que le habían obsequiado los escasos lectores de poesía; los estudiosos dirigidos y antologadores tendenciosos; las instituciones culturales de aquellas épocas; hubo quienes sí se preocuparon por que la novedad verbal se difundiera y en el pie editorial de las breves  escasas publicaciones leí, se lee, lo leerán los tiempos que vengan: “Editado por el Bloque de Obreros Intelectuales”. Mayor gracia no podía tener la gracia ¡Ardor!

Protestarán con su silencio las fuerzas desatadas. Armando Duvalier, el vanguardista, el incómodo y por lo tanto el acallado por los bienportados, por los bienescritos, rompe los moldes y los que le responden, y los que le publican sus diurnadas novedades son los integrantes del Bloque de Obreros Intelectuales, mayor congruencia no podía haber… y llena de profunda emoción el saberlo. Los comprometidos con los comprometidos, eso es demasiado estruendo que habrá que acallar con el silencio. En Chiapas no existe ni existirá el Vanguardismo. Pero sí existe, porque existe Duvalier y lo supieron en su momento Rosemberg y Mellanes y lo saben en la actualidad Cuéllar, Nandayapa, Solis y el que esto escribe. Y más que levantarán la antorcha. Armando Duvalier. Bloque de Obreros Intelectuales. Hay congruencia. En Chiapas surge entonces la Poesía Alquimista. Hay Vanguardia.

Todo este recorrido ha sido hecho con emoción en homenaje al nuevo libro de Armando Duvalier que publica el CONECULTA de Chiapas, Un ángel amasando teléfonos, con un detenido estudio preliminar hecho por los escritores Mario Nandayapa y Julio Solís. Aquí encontrará el lector un análisis minucioso de las diferentes formas que utilizó Duvalier en su escritura, por lo que desde siempre le he reconocido como el gran maestro de la poesía en Chiapas.

Ellos mismos se encargan de decir en su estudio que a lo largo de tantos años hemos sido cuatro inquietados los que más a fondo y con mayor pasión nos hemos preocupado por la obra duvaleriana: Ricardo Cuéllar, Mario Nandayapa, Julio Solís y RLM. Es cierto, se trata de generaciones diferentes, casi tocando los extremísimos extremos, pero que sugieren en cada latido los cuatro puntos cardinales dentro de los que la llama de Duvalier se revuelve y de donde habrá de partir hacia las cuatro curvas esterlinas colocándose las sandalias que Empedocles dejara en el borde del cráter étnico.

Los cuatro hemos hablado por el cuarto cien. Son cuatro los que suman cuatrocientos años de haber nacido y los chiapanecos no íbamos a dejar de señalarlo. Por ello alcanza mayor significación el libro que hoy nos dan Nandayapa y Solís. Ellos explicarán con puntualidad las características técnicas de la poesía del tomo. Se trata de diez poemas inéditos más cuatro poemas alquimistas que ya habían sido publicados para que quede establecido en sus dimensiones el poeta que en palabras de Juan Carlos Cal y Mayor Franco “introdujo distintas formas de creación literaria en Chiapas, quien generó una vanguardia a partir de su búsqueda poética, quien ahora a cien años de nacimiento y veinticinco de muerte es reivindicado y homenajeado por las generaciones de poetas y escritores que saben reconocer el valor de su obra”.

Mario Nandayapa y Julio Solís reconocen que “es sumamente triste y al mismo tiempo alarmante como los Universitarios no conocen la obra poética de Armando Duvalier, ni la importancia que tiene para la historia literaria de Chiapas”. Por ello hacen aquí toda una exhaustiva revisión basándose en la ecdótica y empiezan a nadar entre oleajes de sinestesias, metonimias, hipérboles, prosopopeyas, explicándonos el hilván que el poeta tejió comburente desde lo oriental hasta la negritud. Duvalier conoció físicamente a Nicolás Guillén en la casa de la poetisa y muralista Aurora Reyes en el barrio de Coyoacán, en la ciudad de México; de ahí se lo llevó a Chiapas en el retumbado de la sangre y en la imaginación creadora. Pero la poesía negra de Duvalier, otra fase de su vanguardismo, no sólo venía de Guillén. Desde sus siglos, don Luis de Góngora y Argote lo hubiera saludado con entusiasmo: “Elamú, calambú, cambú” y Duvalier le hubiera respondido:  “Marimbola, farímbola, marimbolá”.

Estamos en la casa de Aurora Reyes. Leo un poema que acabo de escribir conmovido por un viaje que hice acompañado por Cuéllar y Nandayapa : “Pujiltic, Pujiltic hacia aquí. Puliltic, Pujilitic hacia allá. Pujiltic, Pujiltic, risa morena del cañaveral”; el compositor Juan Helguera estrena frente a nosotros una pieza a la que tituló “Sóngoro Cosongo”. Con el dedo pulgar tañe las cuerdas quinta y sexta, como si fueran tambores africanos. Los dedos restantes se desplazan sobre el encordado produciendo una melodía extraña pero con matices caribeños. Aurora Reyes nos empieza a hablar larga, hondamente de Armando Duvalier, de Guillén, Juan Marinello y de otro poeta cubano, Rubén Bernaldo. Estamos a la sombra de una magnolia que Aurora sembró en su jardín y que nosotros adivinamos que va a durar 100 años. Cien años, sí, y muchos más. Nosotros, los cuatro. Hablo de Cuéllar, Nandayapa y los otros dos extremos. Ahora somos (son) dos y libro nuevo. Todos amasando teléfonos.

Mario Nandayapa y Julio Solís son alquimistas entregados al trabajo de alargar el tiempo. En Nicolás Flamel, Irineo Filaleteo, Basilio Valentín pesquisan las catalizaciones para delinear el pontificado de Hermes Trimegisto pero  ludicando hacia el cuatro o sea que ya en la resolución inevitable de cuatro X 4, agregan sustancias orientales duvalerianas integrando el cuadro y en este libro también nos hablan de tankas, hai-kús, kakekotobas y mukurakatobas. Operemos en 100 veces 4, nos dará por resultado las 400 voces del cenzontle. Cuatro natalicios. Cuatro manantiales. Cuatro comburencias. Cuatro centenarios. Ya estamos en la esencia.    

Mucho tenemos que agradecerles a la pasión de Mario Nandayapa y a la de Julio Solís quienes lograron para nosotros hacer la necesaria conexión con el ángel amasando teléfonos. Mucho, el que nos pongan a conversar nuevamente con don Armando Duvalier, quien ha sido, es y será el gran maestro de la poesía en Chiapas.

Es el maestro que enciende la poesía en Chiapas;

es el voltio que enciende la poesía en Chiapas;

es el maestro vociferomarimbeando la poesía en Chiapas;

es el maestro de la poesía lagarta;

es el voltio que conversa con la poesía en Chiapas;

es el voltio pendiente de la ceiba;

es el maestro del azufre clasificado;

es el voltio que reverdece teléfonos.

 

 

 

 

VERBARIO DE VARIA HOGUERA

Amor, Revolución y Tea

Roberto López Moreno

 

 

 

 

      

AMOR

 

 

 De la palabra noche descríbenos la savia negra

Venus abre las piernas oscuras

y en la profundidad de secretantes sombras

humedece de rocío las hojas y las mentes,

de ellas se habrá de alimentar el día.

Danos Venus tu aroma de amadora,

tus abismos más hondos.

Bebo Venus tu aroma de amadora,

yazgo inerme en tu aroma entendiendo

que tu clímax es ser todos los climas,

tu estallido universal hablando.

Así establecido este pulso del barro,

gramática incipiente,

acúdenos el verbo, su lóngito motor de agua,

zumo que indica acción o movimiento.

El verbo es un largo caballo cristalino,

una breve, rebullida lagartina hidráulica,

cuerpo nervioso, fuerza transparente,

prosélita enredadera de rumores lúbricos.

En el baño de Venus, sed de las efervescencias

es este verbo de agua. Aquí yo quiero ser el verbo mismo,

beber el agua que lamió tu cuerpo. Durante el baño,

agua despierta como la sangre,

beber el agua concupiscente para serla bajando

por tu pelo, por tus labios,

deslizándose sobre tus senos, combos, tersos,

bajando por tus ingles y por tus rodillas,

besando las mínimas vellocidades de tus tobillos

y las uñas de tus pies

con solo beber el agua que lamió tu cuerpo.

El baño, tu bautizo diario, me vuelve religioso.

El agua que te baña es líquido de Dios…

Y lo es del Diablo.

Esa agua curva te electriza

en lo iridiscente que es a mis sentidos.

Cruz que chisporrotea de ti,

agua del Nilo y del Grijalva,

agua del mar porque las une a todas

desde sus vastas formas sicalípticas,

Amarga y salada, dulcisima agua       mar

en donde en ondas se dilata el sexo

construido con la cal de Dios,

si no,

toro tan de tierra

no nadara con dones de eficacia

este océano que bulle centro entero.

Pero quizá no sea,

y la verdad del sexo esté construida

con la astuta garantía del azufre.

En dado caso, caso de amor será, verbo-amor

y es el amor

único cautiverio que puede liberar

y hacernos dueños.

¿Quién inventó el fuego?

¿Quién le arrebató una vena para el hombre?

(Prometeo, Colibrí, hablad, Afrodita)

¿Qué fragmento de nuestra célula fue testigo

de la primera lluvia de luz sobre el planeta?

De esa rara mezcla que habrá sido

de gases y verticalidades tibias

tendiendo un velo de irrealidad

y de reales asombros sobre los continentes,

sobre la piel evaporándose de los océanos.

¿Quién después redujo el sol

hasta la punta de un cirio?,

el tigre de su jungla deja un gajo de él

maullando sobre el sofá,

el sistema solar se vuelve

mecánica minúscula del átomo,

la carne del amor

es el sacudimiento de los universos.     

Sol, dame tu mujer,

la de los muslos ardos,

la de humedades de aromar marino,

tu mujer, la que quema.

Sol, dame tu mujer

que necesito fuego para habitar mi tiempo.

Déjala que baje a los caminos

de esta carne tiritando.

Dame tu mujer

porque me pertenece,

porque soy tus partículas en la tierra,

en mi sangre.

Yo soy tú ardiendo este frío

que me compone.

Reclamo –partícula de ti-

tu mujer,

mi mujer, para arderla con tu fuego,

para que se incendie

con la hoguera que te arrancó del pecho.                       

Y el asalto se produce

abierto como la urgencia,

como la herida lasciva donde penetra el día

para dejar su larva de fulgores.

En las geografías de la carne

hay un punto de confluencia

en donde se anudan todos los cauces,

los que lubrican las máquinas del tacto,

los que trazan la verticalidad de los suspiros,

los que dan río a los jadeos.

En el salto

se abre la tierra,

sus flores, su energía,

y cada minúsculo estremecimiento

repercute en la lejanía de la estrella

Tú y yo estamos aquí para hacer el amor desde los cuerpos,

para encenderlo con el roce triunfal de las esencias

sobre este lecho de hojas palpitantes, encima de la hoja de Too.

Tu carne abierta es ahora ofrenda de la diosa, diosa de la carne abierta

donde la vida cabe para prender de nuevo y para siempre.

Mientras el agua devora en su oficio

nosotros adoptemos el don de la salamandra,

que a nosotros corresponda ser el alma del fuego que todo vivifica,

su semilla latiendo, su corazón, animal de llama aérea.

Tú y yo, desnudos, en medio del primer círculo,

expandiendo nuestro eco luminoso hasta el círculo último

provocado por la estrella que se estrelló en el agua.

Acteón ya devoró a sus perros desde la otra orilla.    

 

 

 

 REVOLUCIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí queda Anacreonte y levanta Tirteo,

                                pero no a vocear asesinatos disfrazados de ardores                              nacionales.

También en profesión fraterna se ejercita el fuego.

Ah, la enorme lista de los que han amado, tanto,

hasta convertir su nombre en un carbúnculo

que conmueve y lanza a conquistar el tiempo.

Volvemos el latido a las potencias íntimas,

a los verbos sacudiendo nuestras estructuras,

y ahí, en las entrañas, apuntando su hora,

descubrimos el alma en pie de guerra de Espartacus,

las barricadas filiales de los comuneros,

la ternura de Rosa, los profundos ojos de Emiliano,

uno más otro y otro

hasta hacer el ejército por para los que laten,

por para los que creen que siempre habrá un mañana,

una respuesta,

un motivo para ordenar las cosas y los sueños.

Un cuerpo en una cruz, clavado,

es una ofensa al hombre

y lo será y será y seguirá siendo

por el que clava

y el que permite el clavo

y pone a sus verdugos

la otra  mejilla de su dolor inmundo.

Un cuerpo así transido es anatema,

sarcasmo para el que empuña

el fuego que construye.

Clavado y clavador serán ceniza.

Retórica anacreóntica:

la llama del lecho ahora prende de muerte al enemigo,

no por bandera ni himno alguno,

por el hombre mismo, desde adentro,

en su absoluta dimensión del cosmos.

Habrá que partir de que el hombre fluye de continuo

y que no verá dos veces el espectro de la misma aurora,

porque siendo agua, fuego es antes que todo,

y su combustión,

energía tomada de los cuerpos que arden, siempre cambiantes,

calcinados con el fragor del movimiento.

¿Será que de la llama nacen las lenguas del agua

y de las del agua las del alma?

Viento es el alma y en tierra se convertirá,

se hará flor con los pétalos en brasas,

se hará lira y arco,

se hará hombre fluyendo de continuo,

hombre posesionado de su río

que no verá dos veces el espectro de la misma aurora.

Pasa la imagen del amor frente a los ojos y después

uno ya no es el mismo,

nunca más lo será por haber conocido la zozobra, la duda y

el anhelo,

la ira, el despecho y la impotencia,

el odio y la ilusión y la victoria,

todo ello, en un lapso de luz tan solamente.

A tal puño, eficaz granito, es defender

no la simbología de una patria inventariada,

sí la geografía de la sangre,

es defender al hombre desde el hombre mismo,

es devolver al hombre su palabra,

clara y fresca como el vuelo de los pájaros,

fresca y pulcra como la cresta agraz de la mañana,

categórica, como la palabra combate, combustible

para encender los astros.

La lira, solamente la lira, suave, dulce, brava lira,

tensando cielo con su rabiar de arco,

con su furor, magnífico de azules y rocíos.

Existe un poema. Existe un poema, vivo, como

todos los que están escritos sobre las páginas diarias

de la vida, idioma renovándose. Es un poema pronunciado

por los labios de un líder agrarista mexicano, Emiliano

Zapata. Cada vez que la mente se asoma a tal poema hay

un estremecimiento de piedras y de estrellas que recorre

por el intermedio eje de la carne. ¿Cómo puede ser posible

que una sola línea diga tanto a la emoción y a la realidad

de la que ésta nace? ¿Qué las ocho letras de la frase

alcen al viento el poema más cumplido? Zapata dijo

su verdad en la asamblea revolucionaria, la gritó en boca de

los suyos, y ese poema nos ha de repetir en los ecos

verídicos de la tierra:

 

                                      He venido a decir que el pueblo existe.

La calle pide voz,

no la anónima voz que se esconde tras el grito.

La calle pide voz, un estallido perfectamente azul                                                                       localizable,

como un derecho que se ejerza, que sacuda y transforme

desde las aristas del día hasta la seda latiendo de la                                                                             noche.

La calle es domicilio de fe pública.

La calle pide voz y voto y nuevo horario…

y el brazo hará verdad, lo que la calle pide.

El sol iza la piel de la mañana,

¿desde quiénes nos quema este reloj preciso?,

¿en quiénes nos hallará de pie y de rojo?,

¿quiénes dentro de muchos años

caminarán estos afanes nuestros?,

¿de quiénes fueron estas calles que hoy transito?

Las suelas y este sol son hilos de coser,

hilván de predicados que hacen arder el verbo.

No sé en qué puño se alzará mi puño

enteramente vivo en esa hora.

Cada hijo es abuelo de su padre,

por eso lleva en las manos

la curva de la vara joven.

¿En qué pupilas mirarán las mías?

Hay que hacer la canción desde esta hora,

pubis de seda,

después, suave matriz de bronco fruto dulce;

hay que hacer la canción,

sintaxis, nuestra forma,

prosodia en alto de nuestro sonido.

Hay que hacer lenguaje la canción desde esta hora,

desde esa hora

en la que inventaron este signo,

¿quién inventará mañana este latido?

ahí estaremos, y de nuevo, para entonces,

entonces, desde entonces,

levantando el rostro y nuestro himno.

Ahí estuvimos.

 

 

 

TEA

 

 Sol…

 

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