Waldo Contreras López

Waldo Contreras López

Nacido en Culiacán Sinaloa  el 21 de noviembre de 1975. Tuvo un breve paso  por la escuela de lenguas y literatura hispánica de la Universidad  Autónoma de Sinaloa. En el 2007 termina sus estudios en la Facultad de Psicología de la misma Universidad. Comienza a escribir de manera incidental desde la edad de 25 años y lo sigue haciendo hasta la fecha. Gusta de la narración y la poesía vivida. La mayoría de sus temas abordan lo festivo, trágico y sórdido de los barrios citadinos.

 

Martes, 04 Junio 2019 04:43

Y SUS ÁNGELES Waldo Contreras López

 

Y SUS ÁNGELES

Waldo Contreras López

 

 

Un lugar para mal morir. Yo sólo he estado en uno varias veces y esos momentos fueron suficientes para enamorarme de este lugar sincero como una tumba. Ahí conocí a una multitud de almas que cierran sus ojos al vivir, que se aferran a la muerte, hombres y mujeres de índole depresiva y llenos de miedo, con afanes para la cuesta abajo; un ejército de ángeles de Tánatos que hicieron de este lugar mi llongo preferido para matar los fantasmas que me asediaban. Un lugar moribundo para siempre, un rincón luminoso y ebulliciente de vida artificial. La culera vida en toda su expresión: dolorosa, cruda, poética y vulgar. Un gargajo luminosos bajo la luz tenue y el ambiente aromado por la mariguana, la metanfetamina, cerveza y vino; el tabaco y los perfumes baratos de la mujer llonguera y despotricadora; una casa ambientada por las sonoridades de la música “oldie”, funky, balada pop en inglés, rock sesentero, chicano… y Chava Flores, siempre Chava Flores. Y todos nosotros "nadando" en la espeses cálida de ese gargajo. La voz pausada, baja, de palabra inteligente, hilada dentro de un escenario mesmérico, encerrada en cuatro paredes; esa voz de tonada profunda salida de un tipo alto, delgado, nariz ganchuda y ojos de lechuza; ese muchacho borroso a quien todos llaman Drea dice: la única realidad que vale la pena padecer es la que explota dentro de nuestra cabeza; esas imágenes que nosotros creamos, todos esos rostros, esas sonrisas que jamás alcanzamos a completar, esos besos que nunca podemos saborear, esos sexos que jamás acabamos de calentar… ese amor que nunca conseguimos dar sentido… eso es lo único que debemos padecer; no vale la pena algo que existe fuera de nosotros porque simple y llanamente no le pertenecemos. Nada. Lo que hay fuera de mí o de ti; lo que camina, respira o mira, todo aquello que se materializa fuera de estas cuatro paredes no vale la pena siquiera para verle más de tres segundos de estos largas horas que vivimos. Yo, al menos, nada fuera de mí necesito.

–¿Te has enamorado alguna vez, Drea? –pregunté.

–Sí, sí me sucedió una vez y fue algo hermoso. Aquella no quiso recibirme jamás. Le entregó mi amor a otro: ella lo besó y el mundo se volvió tan difícil de cargar… ahora estas cuatro paredes me han curado… un poco, sí, pero al menos me siento a salvo de todo.

–¿Y por qué no vuelves a intentarlo?

El Drea al fin terminó de preparar su paquete de cristal; dio fuego al encendedor y se puso entonces a combustir el foco. El humo tóxico daba vueltas como un huracán feroz encerrado dentro de la bola de vidrio. Y fumó y fumó.

–¿Volver a intentarlo? –se rió, una carcajada queda y sonoridades maníacas–, yo sigo amando lo que ella es hasta ahora –dijo–, no hay algo nuevo que intentar. Ella vive en mí… esta bola de cristal también me la trae enterita… esta bola de cristal… de un modo tan jijo que hasta siento palparla.

–¡No! Pero si no ha de ser igual, Drea. ¡Jamás podrá ser lo mismo!

–¿Para qué la quiero a ella, Camels? Mi amor es algo que nadie puede tocar o ver, es como el amor carnal ¿sabes?, como tenerla aquí y tocarla… es lo mismo, lo sé. Su cuerpo ya no me interesa. ¡Esta bola mágica es como vivir con ella!… es una lámpara de Aladino.

–Te volverás loco pronto, Drea.

–Tú estás igual que yo, deberías probar a ver si te quita esa cara de pendejo que traes. ¿A qué vienes por acá? ¡Estás tan mal ahora, Camels!, ¿te curas con mariguana, rivotril y cocaína y no alcanzas a llegar a algún lado? No vengas a chingar y corregirme pues tú está peor: tú huyes de las mujeres, yo amo.

Huir es una forma del amor. El Drea es un verdadero ángel de Tánatos. Un hombre loco que ha descubierto las formas internas de su cabeza para vivir de lo que necesita.

–Tú quieres su cuerpo ¿verdad, Camels? Entonces ¿por qué no vas por él?

No soy como el Drea, yo soy un pobre diablo de Eros quien lucha por sobrevivir a su herencia genética de amador animaloide: el amor me está matando. No puedo creer que un adicto a la metanfetamina haya encontrado su camino. Gracias a la vida y para la salvación de mi alma que no tardé mucho en dar cuenta de lo muy poco acertado que estaba con respecto a mi amigo. Thànatos no perdona.

–Le subiré el volumen a esta canción, Camels. Ahora callemos; yo fumaré mi astilla de hielo mientras tú has de reflexionar sobre la finalidad de tu presencia aquí. Esta canción viene muy al caso en este momento, escucha y verás que tiene sentido en tu situación –se ríe con sus formas maníacas–, no vayas a llorar, por favor, o tanta mariguana, cocaína, cerveza y rivotril vendrán a ser un triste desperdicio –me guiña uno de sus ojos de lechuza y las bocinas suenan a todo poder. Suena: “Baby come back”, una canción de amor fresa de los ya olvidados años ochenta y sus peinados acuanet, pantalones entallados y sexualidades reprimidas–, a ver quién se vuelve loco primero, Camels. A ver quién se pierde primero en este triste camino.

El Drea termina de hablar... me abandona entre los ecos de sus palabras. El Drea se mete dentro de su cabeza, a su mundo; se esconde tras su sonrisa de demonio y sus ojos profundos. Su mirar se larga lejos de aquí.

La casa del Drea es un llongo más en estos barrios suburbanos. Sus calles de arrabal poetizan el ánimo no obstante la posterior resaca mental. Esos terregales y sus ventarrones que llenan los dientes y los ojos de un polvo duro como lija. La casa de este loco hierve de adictos toda la noche y gran parte del día. La casa de cuatro cuartos y vitro-piso refleja el mundo de su habitante vicioso: en las paredes se pueden ver las pinturas groseras de una multitud de seres extravagantes. En una esquina se recarga un payaso llorón; en el techo hay un trío de humanoides alados, mujeres angélicas desnudas enrolladas por víboras que lamen con sus lenguas bífidas esos pequeños y erectos pezones. Hay, asomándose dentro el closet y tras los amontonados muebles: dragones, gárgolas, diablos y demonios, brujas y ninfas, cupidos, aves fénix. Se pueden ver también historias gráficas de horror: niños y niñas desnudos jugando con ogros y trôlls; hombres lobo mordiendo el cuello de infantas con senos espléndidos. Hay también hombres icónicos de la historia humana: Hitler, Atila, Napoleón, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Ernesto Guevara, Albert Einstein... y, en medio de toda esta mancha de tinta colorera está él, resaltando frente a todo como si fuera uno héroe. Él es una pintura

grosera que evidencia la intención de plasmar una imagen con relieves y profundidad de campo detrás; sus ojos de lechuza relumbran como las explosiones de luz que contienen las lejanas galaxias que fotografiara el anciano Carl Sagan; y, adornando más humanamente toda esta imaginería, estamos todos nosotros... todos reunidos en torno a este pequeño fin del mundo, drogándonos hasta para pasar por encima de las más vieja enfermedad humana: la soledad, dura y pesada de nuestros cuerpos plenos de vacío, de seres fallidos... o mejor aún: de seres certeros en sus afanes: por allá está el Rafa “rolando” un cigarrillo de mariguana, serio, en su espacio, casi mudo, gesto petrificado; allá está “el chivo” y “el pitufo” dándoselas de gallones ante otros dos locos igual quienes les admiran con un temor patético; acá está “el toneladas”, la Tere y “el cáncer” disputando sexo y cristal; cristal y sexo… aquí llega el buen César rascándose los brazos y la cara con sus manías hechas de desesperación por una astilla; la Pita pasa en piyama y descalza, ignorándonos con un afán fingido; y aquí estamos este ángel de Tánatos y yo describiendo nuestros pensares, los cuales nos vienen tragando hasta las agallas y sin dar oportunidad de escape... sólo esto. Sólo esta amarga compañía fantasmagórica y oscura. Nuestro mundo apenas respira, tranquilo, fluyente, esperando el acabose.

Aquí pues todos disputan; disputas en una cárcel sin rejas, sin celadores, sólo vigilados por nuestras propias ansiedades y pánicos y los ojos muertos u opacos de todos esos seres en las paredes que nos observan casi con burla. El Drea es un gran artista: sabe muy bien que el mundo imaginario es una gran burla, una universal burla, un gran engaño.

Él jamás sale a la calle desde hace unos años. Ya no le importa caminar sobre estos polvos ardientes. Ahora sólo se asoma, se asoma a esta intemperie terrible, lo más lejos: la atisba desde la acera y cuando mira que algo ajeno al dominio de su mente se le acerca demasiado, retrocede unos pasos hasta alcanzar la puerta de la sala, se pone tras ésta, la entrecierra y desde ahí se cubre del miedo. Le teme a todo. Mi gran amigo ignora, por supuesto, que a la gente le importa un carajo sus ganas de estar fuera de estas paredes. Drea ignora que la gente le ignoraría hasta viéndolo atravesado en medio de una avenida transitada: un automovilista es capaz de pasarle por encima una y otra vez hasta sacarle las tripas y su cerebro por las cuencas de los ojos... esta es la disputa mental de mi amigo hijo de Tánatos... él es

terriblemente débil como un ángel sin cielo: tienes las alas pero carece de firmamentos y alturas que alcanzar.

Una disputa.

Una disputa física entre dos hombres perdidos en la misma obsesión; primero, un reto verbal: la grosería y desvirtúo. Luego llegan los jaloneos y golpes. Una pelea alucinada y en cámara lenta como si la escena se desarrollara dentro un sueño en el que los músculos apenas y responden al viaje imperativo-eléctrico del cerebro: “aquí van éstos locos”, dice el Drea con su voz profunda. Yo me quedo perplejo, con una emoción recia anudada como víbora en la boca del estómago... una náusea en el corazón quiere vomitar toda esta sangre contaminada de tristeza.

Ellos se pelean por un gramo de metanfetamina. El más urgido arenga al otro que tiene la posesión de la cachimba a que se apresure, que no sea tan goloso y díscolo; que no ha de ser justo si se la acaba pues resulta impensable salir a la calle con tanta adrenalina en la sangre y tanto policía queriendo joder a los jodidos: “apenas llevo dos fumadas, pinche joto”, le dice el poseedor de la droga y el artefacto, el desesperado intenta un asalto para arrebatarle la cachimba, el goloso esquiva el ataque y se pone de pie con gesto bravucón. Se manotean con agresividad afeminada, se enredan en un abrazo de fraternidad enferma. Forcejean. Se van ambos al suelo y se revuelcan como dos amantes en busca del placer efímero; ruedan enlazados por en medio de la habitación hasta que al fin, agotados, se ríen uno del otro, de su mierda, de su lodo; luego se sientan cada uno en su rincón, en silencio. Entonces el Drea se pone de pie enseguida y da con su voz altísona un discurso pasional y triste: “cómo valemos verga todos por acá, ¡mírense!, peleando en el infierno sin conseguir cansancio ni consuelo. ¡Debemos parar! ¡Esto es muy triste!... todos ustedes me ponen triste en esta casa culera. Debo aliviarme de este puto mundo; todos ustedes son unos grandes culeros que me lo recuerdan... debemos parar unos días… esta forma loca y suicida, nadie querrá mencionar nada de nuestra existencia”. Camina hacia el estéreo y pone un casette, una canción que lo hipnotiza: “El gato viudo”. Se acerca a la puerta, gira la perilla, da un paso afuera y mira. No hay luna, no hay gatos, no hay medicina, parece que va maullar, no hay cura al mal de amores, mi Drea, no hay cura. La luz del alumbrado público refleja su sombra al piso de la sala, es

un ángel que va a volar, lo miro y quiero seguirlo. La canción suena como las burlas que él me arremete sobre mi mal de amores. Ahora yo me rio.

Es el Rafa quien lo pone en su lugar con su muy poca palabra: “cállate la boca, pendejo, te estás muriendo de pie. No vengas a decir que paremos cuando no eres capaz de caminar siquiera un metro fuera de esta casa. No vengas a hacerte el mártir, pinche gato viudo. ¡Pásenle la bola al Drea para que se serene! –el Rafa se ríe a carcajadas.

Al fin le brindan la cachimba a nuestro loco anfitrión. Él la toma como dudando hasta de sí mismo y enciende el fuego. Todos le miramos con la respiración contenida mientras él fuma con sus ojos de lechuza entrecerrados: “así te vez mejor”, le juzga con su palabra mordaz el Rafa.

Yo le doy un manotazo en el hombro mientras le digo que todo será mejor mañana. Me forjo un cigarrillo de mariguana, trueno una rivotril con un vaso de cerveza; luego me siento a reflexionar acerca de esta vida de perros hambrientos y tripa vacía. Me miro dentro estas paredes, Pancho Villa me mira: “el mundo se está acabando. Nosotros somos la crónica de una tierra que agoniza sin la ilusión del amor mijo”, me dice.

Esta ciudad. Mi ciudad es un lugar que se pudre poco a poco. El amor está muriendo. El Drea, el chivo, el tonelada, la pita, el pitufo, el rafa: todos padecemos un amor muerto.

Pocos sobrevivimos en las afueras de aquel llongo hermoso; todos quienes recordamos aquella casa y sus últimos habitantes vivimos porque no hemos muerto. Todos amamos con toda el alma pero todos callamos ante la violencia y el atropello.

El Drea era amo de la palabra certera. Él enloqueció de tanta mierda; aquella mujer encerrada dentro esa bola mágica de cristal ha silenciado su voz profunda. Sus manos hábiles y artísticas ya no pueden tocar este mundo; ya no pueden dibujar seres extravagantes ni dudar de la existencia de las cosas. Mi amigo vive errante dentro de un perímetro que abarca tres calles. Pervive a la buena de Dios y a la poca piedad que le tienen sus vecinos. Sus cabellos largos y alambrados por una gruesa costra de mugres, sus ojos hundidos y extraviados girando de un lado a otro; su boca que vibra ante un mínimo esfuerzo, babeante; sus ropas sucias, hediondas que le cubren la piel pegada a los huesos. Él es un gran mártir de los barrios

suburbanos, completó al fin el pacto que Tánatos hizo con él. Si no me había equivocado, el dios de la muerte no perdona y yo vi a su ángel aquella noche.

 

Una cara de venganza

Waldo Contreras López

 

 

No podía sentirse más afortunado según él. Tiene una buena posición económica y un buen lugar en el gobierno federal. Se había encontrado con la mujer de su vida a quien conoció en su va y viene de oficial del ejército, en las calles de Dios quien siempre lo ha socorrido. La encontró a ella, investida en sus ropas de mujer soltera y con hijos y, con su orgullo tapándole una tristeza en su rostro; la encontró como mujer en ese cuerpo necesitado de caricias, en esos ojos queriendo encontrar un lugar en donde posar sus noches para cerrarlos a gusto y abrirlos con certeza; y se encontró a sí mismo en su necesidad de paz para una sola mujer y darle todo lo que él fue y es. No fue difícil a sus cuarenta y cinco años, había sobrevivido mal al tedio de las caricias eventuales en pueblos abandonados y ciudades desconocidas; no fue difícil además pues aquella mujer tenía ese “no se sabe qué”, aparte de ser hermosa con su rostro y con sus carnes aun macizas.

Era un profesional muy respetado entre su gente, valiente como pocos, justo como nadie. Certero con las armas y en decisiones para operativos militares importantes; colérico e implacable contra quienes consideraba enemigos de sus ideales. Se sentía afortunado sí, pues a pesar de haber traicionado a su escuela de hombre de honor colaborando a favor del crimen organizado esto le fue perdonado por sus superiores al matar de un solo disparo de rifle a uno de los capos más temibles por la milicia y por la sociedad.

Había recuperado lo único que valía la pena desde siempre y tenía que darle sentido a todo lo bueno que le estaba sucediendo en su carrera y sus ideales de hombre hecho y derecho.

La conoció en una fonda del mercado municipal de una ciudad del pacífico. Un lugar alegre ahí, bullangero y colorido siempre, un lugar en el cual una persona sencilla podía sentirse a gusto con tanta fiesta. A ella de inmediato le llamó su atención la buena percha y su mirar de hombre seguro, su poca palabra y sus ojos de venado melancólico color gris los cuales se perdían en sus ojos que eran como ver caer una triste lluvia.

Cada visita era más feliz y llegó el día en el cual se encontraron platicando sobre el futuro, tan serios, a la orilla del mar. Y llegó el día en el cual se vieron juntos compartiendo un mismo techo en un barrio populoso de la capital del estado.

Vicente apenas era capaz, y muy poco, de ocultar su felicidad: feliz en los desayunos, en las compras del supermercado; feliz en los operativos militares peligrosos, en las cenas en familia, en las noches de desvelo y desafueros carnales. A ella por su parte se le veía muy a gusto aunque a veces, en el despacio correr del tiempo en la cotidianidad hogareña se le veía pensativa, con el rostro en ocasiones en una mueca de coraje contenido; el daba cuenta de ello, la observaba taciturno y silencioso y entonces le preguntaba y ella le contestaba con desdén mal disimulado: “nada”, con sus ojos en un lugar lejano.

Y los niños eran felices sin duda, todos estudiando en escuelas de medio burgués, bien vestidos con sus ropitas de marca, bien comidos con buena despensa surtida y con lujos dignos de su clase:

videojuegos, televisores pantalla-plasma, Smartphone y tabletas electrónicas. No le amaban pero al menos le apreciaban.

Y un día de cumpleaños festejaban en un restaurante de mariscos de esos con instalaciones caras. Reían y disfrutaban todos juntos y ellos, de forma disimulada, se comían a miradas entre cucharada y plática.

Y de repente todo cambió, la niña mayor se puso pálida al tiempo que sus ojos se encontraban con los de su madre quien tenía el gesto crispado de odio, su mirada vibraba en modos extraños para él. Una mujer irreconocible.

-¿qué pasa mi amor? Te ves muy mal.

-no pasa nada –le contestó con desdén, como siempre, pero esta vez sazonado con mucha ira.

-¿cómo qué no? Te vez furiosa, algo malo pasa…

-ya deja esto por favor, no llames la atención…

El guardó silencio y buscó una respuesta en la niña mayor pero solo encontró su mirar en el plato de aguachile y su boca ceniza y temblorosa. Miranda estaba igual, pero con sus mandíbulas trabadas de ira. Los niños se hundieron en una tristeza bárbara para su edad.

Cuando llegaron a casa Miranda y su hija mayor se encerraron a llorar; él se quedó con los más pequeños viendo televisión; aunque estos últimos estaban más relajados notó que ambos miraban a la puerta del cuarto, como obedeciendo a una costumbre muy arraigada en sus almas infantiles.

Pasaron los días y él vivió en medio de una felicidad tensa la cual dependía mucho de los cambios de humor en su joven esposa. Y al paso de los meses la felicidad se le fue aguando inundada por las lágrimas cada vez más cotidianas de su amada y la desolación espesa que le provocaba su silencio.

Y un día fue ella quien ya no pudo más. Fúrica, asqueada y borracha del hastío de tanto negarle las caricias le gritó como jamás lo había hecho, le dijo entre llanto convulso que él era un hombre bueno, que lo amaba, pero que ya no podía más con el peso que estaba cargando sola y con mucho miedo. Él la tomó en sus brazos como tampoco jamás lo había hecho y hasta creyó que al fin volvían a recuperarse uno al otro: “a ver Miranda, cuéntame ¿qué es lo que te pasa?”

Y entonces ella le soltó el peso que traía encima desde meses atrás.

Y le hablo sobre su hermano menor, un joven de apenas veintitrés años, todo lleno de vida y alegría, todo pleno de ganas de ser alguien. Un joven locuaz y hablador. Un muchacho como muchos, quien buscando mejores oportunidades económicas se había vuelto sicario.

Ella le contó que ese jovencito había sido la última persona de su familia a quien en verdad amó como a nadie de su sangre, a parte de sus hijos. Le contó que ambos se habían cuidado desde chicos y compartían juntos la pena de ver morir a su madre en un accidente automovilístico que marcó para siempre a todos sus hermanos. Le dijo entre sus lágrimas cálidas y sus sollozos reposados que él siempre se perdía durante meses pero cuando volvía a quien primero buscaba era a ella y le llenaba el solar materno de música de banda en vivo, de comida la despensa y el refrigerador de carnes y los bolsillos de buen dinero. Pero sobre todo le llenaba de alegría su corazón, orgulloso de su pequeño hermano a quien veía como a un hijo. Era lo único que se tenían ambos, los que se procuraban el encuentro siempre.

Y le contó que una tarde soleada en la cual festejaban un aniversario más de la muerte de su madre llegaron a su casa un grupo de hombres armados preguntando por él. A ella y a sus hijos los postraron de rodillas y a su hermano lo golpearon hasta el desmayo y luego lo recargaron contra la barda del patio para fusilarlo. Ella le contó que les suplicó hasta la humillación que por favor no se lo mataran, que ese muchachoera lo único que tenía en el mundo y que era un gran hermano muy bueno y generoso. Uno de los hombres se quitó la capucha y le mostró su rostro picado de acné, su sonrisa burlona y llena de placer. Él le dijo:

“Este jovencito mató a mi padre y a mi hermana menor de edad, los mató con los ojos vendados, atados de pies y manos; los mató como a los perros siendo que ellos nada le debían. Este niño cobró seis-mil pesos por ejecutarlos de esa forma, vieja pendeja, cállate el hocico mejor ¿crees que lo voy a perdonar nomás porque tú lo dices? Ganas me dan de chingarte!

Le describió que el hombre alistó su rifle y le apuntó a la cabeza, la hija mayor se levantó para arrebatarle el arma a aquel despiadado para evitar la ejecución y fue derribada por un golpe de pistola en la cabeza.

Le contó también que el jefe de los sicarios le sentenció con burla y carcajadas: “mira lo que les pasa a niños cagados como este por andarla haciendo de huevudos matoncillos”, según le describió, su hermano le suplicó piedad con la voz quebrada por el miedo; ella seguía rogando postrada de rodillas y como respuesta escuchó el disparo y sintió claramente como la sangre de su hermano le salpicaba el rostro.

En los primeros momentos de su desmayo vio como el cuerpo del joven se derrumbaba decapitado por la fuerza de la bala enorme de mata-policías, y vio también a su hija desmayada, quien había tratado de nuevo arrebatar el arma al sicario con la valentía de sus quince años, con su mano izquierda hecha pedazos a causa de una bala.

Le contó que desde entonces no había podido encontrar la paz, que ya casi había olvidado las sensaciones abrumadoras de aquel día de pesadillas.

Y le contó que aquel día en el restaurante de mariscos vio entrar al verdugo de su hermano, de su hija mayor, de la mente de sus hijos infantes y de su corazón.

Le dijo que no podía dormir de miedo y que ya no podría vivir feliz pensando en la mirada burlona de aquel sujeto, aquel día domingo de fiestas.

Vicente se la tomó a la tranquila. Decidió darle lugar al tiempo para que ella olvidara su tormento. Los primeros días de aquella confesión trató con todas sus fuerzas que ella se refugiara en él, pero Miranda le fue agrandando el desdén, le fue tratando con desprecio y por último con odio. El también intento refugiarse en ella tratando de entender su propio dolor pero tampoco lo consiguió, su dolor no se parecía en nada al de ella.

Trato de refugiarse en los niños quienes también comenzaron a despreciarlo, después en horas de trabajo, en tardes solitarias de música ranchera y por último en el alcohol.

Y pasaron muchos meses desde aquel día. Y aquel hogar feliz del pasado ya solo era una casa fría, sin risas, sin patio de juegos y sin pista de baile para dos enamorados.

Y un día Miranda lo vio llegar en su camioneta, totalmente alcoholizado y con un brillo resoluto en sus ojos de borracho, sin alguna otra emoción en su rostro moreno. Lo vio dirigir sus pasos arrastrados por la tristeza hacia ella y le oyó decir: “vamos, tengo a tu hombre”. A Miranda se le iluminaron los ojos en un furor de loca. Vicente notó como la boca de ella antes petrificada por el enconado desdén ahora estaba transformada en una sonrisa horrible.

-vamos, lo tengo en la casa de tu madre allá en ese pueblucho.

-qué feliz me has hecho Vicente, jamás olvidaré esto que haces por mí y por mis hijos.

-me imagino Miranda, pero lo hago porque te amo, como todo lo que hice antes a tu lado.

Ella lo abrazó tan fuerte, tan febrilmente, que le echó su cuerpo a temblar. Luego ella llamó a los niños y les ordenó que subieran a la camioneta –vamos mi amor-le ordenó- es hora de que terminemos con esto.

“Terminemos”.

Se quedó pensativo un rato y le contestó: “sí, es tiempo de que esto se acabe para ti y para mí”.

Vicente se subió a la camioneta y abrió una lata de cerveza, encendió el motor y puso a sonar su disco preferido de música ranchera para relajarse: “vámonos, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada nomás nuestro amor”. Miranda tomó también una lata de cerveza, subió la canción a todo volumen y le lanzó una sonrisa feroz.

Llegaron a aquella casucha de pueblo, el solar materno de su amada hundido en el abandono. Ella se bajó con otra cerveza en la mano, ebria de una felicidad exagerada y contoneándose como hembra en celo. Cuando divisó al motivo de su odio postrado de rodillas soltó una carcajada sonora y tétrica la cual tuvo el poder de erizarle los cabellos de la nuca a Vicente. Miranda se plantó gozosa ante el antiguo verdugo de su familia, se burló de él mientras lo vapuleaba y lo escupía, luego tomó un enorme palo seco y empezó a golpear al hombre sin asomo de misericordia hasta dejarle la cara y la cabeza hechas una carnicería. Los niños evitaban ver con todas sus fuerzas la escena, horrorizados con sus ojos infantiles y temblando de miedo. Cuando Miranda se cansó de golpear a aquel sicario se volvió hacia Vicente, sudando a chorros, con el

respirar acezante y la mirada desorbitada le ordenó: “¡ya mata a este perro mi amor!”. Vicente observó a los niños que sollozaban sin atreverse a levantar los ojos para mirar aquella escena de espantos, luego miró a aquel hombre abatido a golpes suplicando por su vida y luego la volvió a mirar a ella quien le sonreía con maneras de hiena:

-llévate a los niños de aquí, Miranda-

-¡no! –le gritó furiosa- quiero que ellos también vean como muere este perro, que vean como se desangra igual que mi hermano, tal y como les tocó ver aquel día!

-estás loca Miranda, ellos no –le replicó Vicente con voz pausada y queda.

-¡estúpido poco hombre! ¿No tienes huevos o qué? ¡Mátalo! ¡Mátalo, pero ya culón!

Él la miró con tristeza para después abofetearla hasta dejarla en el suelo, luego se dirigió hacia los niños con paso lento y los desenmarañó de su abrazo, tomó al niño por los hombros y mirándolo a los ojos le dijo: “has algo por tu madre” y le puso una enorme pistola automática en sus tiernas manos. Miranda levantó la cara del suelo con la mirada perdida en una excitación de demente, se incorporó con su sonrisa ensangrentada, observó al niño y con voz temblorosa y siseante como la de las víboras le ordenó: “mátalo hijo, demuéstrame que ya eres un hombre, demuéstrale a este asesino y a este guacho apestoso quien eres”. El niño temblaba de miedo y pegó un fuerte respingo cuando escuchó el grito imperativo de su madre enloquecida: “¡mátalo!”. Juanito tragó saliva y apuntó el arma a la cabeza de aquel hombre, cerró los ojos y disparó.

Vicente escuchó el estampido de la bala sin inmutarse, vio caer muerto a aquel sicario sin ningún tipo de pesar en su corazón, oyó a Miranda carcajearse como loca, vio a las niñas quienes lloraban enlazadas de nuevo en un abrazo convulso, y vio a Juanito a quien se le iba la vista, perdiendo su cabeza en los vericuetos de su inocencia que empezaba a agonizar. Agachó la cabeza y dirigió sus pasos arrastrados de tristeza para alejarse de la visión caricaturesca de aquella escena, se subió a la camioneta y encendió el motor y la echó a andar despacito, alejándose de aquella casa. Pero a unos metros sintió el asedio del remordimiento y la cosquilla del deseo de volver por ellos, se arrepintió de inmediato y sacudiendo la cabeza para deshacerse de la pesadilla que aun presenciaba en sus pensares agarró una cerveza y la bebió con avidez; puso a rodar de nuevo la camioneta y de nuevo estuvo a punto de devolverse pues era que recordó había dejado su pistola en las manos del niño; y recordó la inocencia con la cual Juanito miraba el cadáver de aquel infortunado, y recordó el despacio llorar de las niñas abrazadas y casi le ganaba el corazón otra vez; se quedaba pensando si valdría la pena cuando escuchó otro disparo y los nervios se le crisparon como minutos antes.

Esperó escuchar la carcajada de Miranda, loca de furor ante una nueva tragedia en su vida pero en cambio pudo reconocer el llanto a gritos de los niños, y pudo reconocer el grito vociferante de la hija mayor quien decía llorando: “¡mamita! ¡No, mi mamita!”

Tragó saliva, trémulo de miedo y asco. Arrancó la camioneta, encendió el estéreo y empezó a sonar aquella canción que tanto le gustaba: “vámonos, donde nadie nos juzgue, a alejarnos del mundo, donde no haya justicia ni leyes ni nada”… y su mente retrocedió a los días en los cuales sus ojos de venado melancólico se perdían en aquellos mirares que fueron como ver caer la lluvia, cuando se hundía en aquella piel olorosa a jabón corriente, retrocedió con sus pensamientos hasta las tardes de días felices, los desayunos alegres, las compras amenas del supermercado, las cenas y los desvelos de desafueros carnales, las tardes de bailes románticos sobre la pista dominguera, los juegos de niños en el traspatio. Sonrió entre sus lágrimas y pensó que había valido la pena conocer a su amada como pocos hombres pueden conocer a una mujer. Acompañó al cantante en la última frase de la última estrofa de la canción: “nomás nuestro amor”; y luego se recargo en el volante de la camioneta para echarse a llorar como un niño.

Miércoles, 17 Enero 2018 08:02

Una puñalada / Waldo Contreras López /

 

Una puñalada.

Waldo Contreras López

 

Los dìas de febrero fueron terribles para todos los habitantes de aquel lugar siempre bendito por las cosas del cielo. Un sitio tocado por la mano de la abundancia al cual todos daban en llamar “la mujer de los sueños” debido a su tierra fecunda y a la inconcebible paridera de animales domeñables o silvestres. Lo mismo verìas un coyote intentando comerse las gallinas de una granja, lo mismo veìas a una hato de vacas recorriendo con sus pasos lentos los senderos amplios y airosos de un valle reverdeciente; igual podìas ver volar sobre tu cabeza a miles de gorriones, tòrtolos y cocochitas disputàndose las cigarras y libèlulas que en los atardeceres llenaban el bajo cielo planeando como los aviones monoplaza de la primera guerra mundial. Por todos los horizontes se puede ver hervir la vida en aquel lugar favorecido, tierra fèrtil por estar colgada bajo los olanes en la falda de la sierra madre y sus hùmedas dàdivas que descieden travès de sus frondosas piernas, y estar besando la espuma de la siempre cantante Mar, que es como las mìticas sirenas, con sus enormes pechos sabor sal y el aliento siempre fresco de su aliento femenino. Dicen, su canto, es consuelo del pescador y trèmulo en el alma del sembrador.

Pero ahora el gran espìritu les habìa mostrado una probada de su poder sobre todo. Y ahora todos jamàs olvidarìan la advertencia de que la bonanza sucede para ser aprovechada y no lamentada cuando ya se ha ido.

Fueron muchos quienes perdieron todo despuès de la helada implacable que azotò la regiòn del Èvora achicharrando todas las hectàreas vivas de lugumbres que unas horas antes, apenas eran unos brotes chaparrones que un par de meses ya estarìan con flor a punto de reventar en fruto.

Despuès del feroz meteoro, hubo quienes se vieron obligados a rematar las tierras a los màs pudientes para, con el poco dinero que adquirieron, aprovechar las pocas fuerzas que les quedaron en el cuerpo y ànimo, y comenzar en otras tierras. Y hubo pocos quienes se obstinaron en jamàs abandonar la herencia que al menos cinco generaciones atràs les habìan dado con grandes augurios.

Estos son otros tiempos. Son tiempos en los cuales las caìdas son màs duras y dejan poca fuerza para mirarse en la desgracia con el ànimo de atercarse en cosas o asuntos que hasta para los màs sabios, duchos y experimentados en estos menesteres, es dificil levantarse.

Los viejos suelen ser mas “mulas” y existen muchos que prefieren vivir en la miseria antes de aceptar que deben cambiar de aires.

El viejo Claudio Ramòn era uno de èstos. Un hombre terco, con su fuerza incòlume hecha por el trajìn de ingrato labriego a mano pelona. Estaba por

cumplir los sesenta y ocho años de edad cuando perdiò lo ùltimo bueno que le quedaba en el mundo: sus tierras fèrtiles que le dieron de comer toda su vida, mismas que jamàs podrìa volver a sembrar con sus semillas y sus manos. Un hombre viudo, sin hijos, solitario, pero con una ternura construida sobre un amor ùnico y sin necesidades de reparticiòn.

A don Claudio le quedaba poco por lo cual sonreìr de seguido y a diario se encontraba dentro de su cabeza lùcida pensando en la muerte cuando el sol comenzaba a recostarse sobre el horizonte bajo e inalcanzable, sin cerros o montañas que le estorbaran al rey para decirnos adiòs con sus manos luminosas y rojizas. El canto sonoro y escandaloso de los pàjaros del alba o sus vuelos silenciosos bajo los atardeceres radiantes, las nubes algodonosas que surcaban el razo azul intenso del cielo diàfano, el aire fresco de la primavera o el ventarròn vaporoso y asfixiante del verano ardiente; las esperanzas ajenas de un buen temporal para aquellas parcelas; el saludo de sus cada año màs escasos amigos (muchos se estaban yendo a otras tierras y a otros tantos ya se les habìa echado la tierra encima). Todo. Todo en su conjunto le dejò de llamar la atenciòn y nomàs le alcanzaba el alma para sentarse por las tardes, con sus ojos fijos en la vereda que daba al poniente, a ver si al fin se encontraba con la santa hora.

Asì lo encontrò azucena aquella tarde de septiembre. Azucena, una niña de apenas doce años de edad, llena de vida como la naturaleza que la veìa crecer, llena de la belleza radiante de la flor llanera y silvestre, plena de la paz de las nubes y la alegrìa del ave cantora. Ella se plantò frente a aquel viejo derrotado por los recuerdos y le pidiò, por favor, le regalara un vaso de agua. Llegò y dejo escapar por entre sus labios aquella alma de algarabìa incontenible y mientras le contaba la atolondrada e infantil historia de una vaca que se le habìa perdido dos dìas antes, y mientras le preguntò con sincera preocupaciòn si la habà visto y le ordenaba que si asì habìa sido, le avisara pues les hacìa mucha falta a su familia y, ademàs, no habìa vaca que diera tanta leche y tan dulce como su querida “lucerito”; le arrancò, sin pedirle permiso, todas las flores silvestres que el viejo habìa dejado proliferar en su patio. Se despidiò de èl mostràndole el enorme y multicolor ramo de flores para explicar que las necesita para llevarlas a la tumba de su madre, quien muriò de una “malparida” hacìa ya dos años,

El viejo se quedò perplejo y no hablò ni cuando aquella pequeña con nombre de flor se llevò el jarrito de barro dònde le habìa regalado el agua.

Ni siquiera suspirò cuando Azucena se perdiò entre la reverberaciòn del telòn que se abrìa dando paso a unos de los atardeceres mas rojizamente radiantes que Claudio habìa visto sobre el mundo. Sonriò sincero al darse cuenta que la vida vale la pena nomàs por esos momentos tan plenos de naturaleza, momentos que son capaces hasta de despabilar a los muertos; el viejo se desparramò por completo en la hamaca desilachada y se permitiò el relajo en su cuerpo quedàndose dormido enseguida sin alcanzar a disfrutar el apago del incendio en el ocaso, sin alcanzar a ver como la tierra se tragò al sol para dar paso al tropel de las estrellas que aparecieron de golpe acompañando los gritos alegres de las cigarras quienes para esos momentos ya tenìan un concierto ensordecedor.

Al otro dìa se encontrò cantando sus canciones abandonadas en el baul de la amargura mientras le daba de comer a las gallinas unas tortillas que dìas antes habìa puesto a tostar sobre el tejado a la acciòn del sol. Para el atardecer el viejo seguìa con la alegrìa que empezaba a fugàrsele del pecho y pensò en la pequeña azucena; le sonriò en la imaginaciòn como lo hubiera hecho con una hija o nieta. Claudio se sintiò un viejo dulce, dulce recostado sobre la hamaca que en los ùltimos meses nomàs recibìa un costal cargado de mal humor y desesperanza. El viejo miraba la vereda, la misma vereda sobre la cual sus mirares se perdìan buscando la muerte hasta la llegada de la noche. Entonces la pequeña Azucena apareciò y el viejo corazòn empezò a latir con tanta fuerza que los sacò de su modorra de viejito y se puso de pie enseguida, bien entusiasmado.

Y el viejo ya no volviò a sentirse solo, y el entusiasmo se le iba poco, comìa mejor desde el dìa que esa pequeña florecita apareciò como un remolino de aire y tierra por la vereda. Se viò entonces sembrando màs flores, criando mas gallinas y puerquitos. Se animò a plantar una huerta de legumbres, pintar la vieja cerca de palos y hacerle arreglos a la casa, la cual dìas atràs estaba por caerle encima. Hasta sacò se vieja guitarra, le puso cuerdas nuevas de metal y cambiò su repertorio de canciones amargas, sin mùsica y sin chiste por otras màs alegronas, que hablan de la vida, de esperanzas y sentimientos candorosos, con tonadas y armonìas luminosas y explosiones de jùbilo bailarìn.

Sus entonces muy pocos amigos, ancianos como èl, se alegraban de que ese pobre hombre recobrara el ànimo.

Azucena y Claudio se hicieron grandes amigos de tardeada: se contaban cuentos, retazos de sus vidas y peripecias, compartìan comida, trabajo y algunos sueños. Se sacaban las liendres y los piojos. Y asì pasò un año y medio con el buen Claudio enmedio de una alegrìa sin fin y un ànimo restaurado. Azucena era el motor de su vida de viejito. Y un dìa todo cambiò. Todo cambia cuando el tiempo pasa, el tiempo no se detiene. Con el tiempo todo cambia, hasta los pensamientos.

Y la pequeña azucena cambiò; el viejo Claudio lo notò cuando ella se paseaba en la hamaca y se le volaba el vestido, cuando se agachaba con sus blusas holgadas; cuando Azucena miraba pasar a los muchachos a la escuela y les regalaba sonrisas pìcaras, coquetas a cuanto cabròn mocete. El viejo ya no pudo ser el mismo desde entonces y las tardes le sorprendìan ya no triste, sino màs bien rumiando una rabia sin camino de llegada, ni rumbo ni salida. Era una rabia rara, mezclada con un miedo sin motivo concreto, como el miedo a la aparecida del diablo: una angustia.

Y notò entonces que Azucena ya no era una niña, que habìa reventado en una flor despampanante, una flor de belleza abrumadora. Tenìa miedo, mucho miedo y lo que le enrabiaba era que poco a poco se daba cuenta el motivo de su temor: no era la florecida en su cuerpo de señorita, no eran los muchachos. Tenìa miedo que lo dejara solo; de quedarse solo otra vez; que lo dejara no como abuelito postizo. Era pues, que se estaba enamorando de ella. Enamorado y se diò cuenta cabal de aquello cuando la vio pasar acompañada de un mocetòn moreno y fuerte, tan bello como ella.cuando otro dìa pasò sin saludarlo ni levantar la vista para regalarle una mirada siquiera; se diò por convencido cuando se pasò una noche entera llorando e hirviendo su sangre de rabia y calor. Todo cambiò cuando comenzò a arrepentirse de conocerla, cuando sintio la odiaba.

Ya no pensaba en ella como quien piensa en su hija o nieta. Pensaba en Azucena como quien piensa en una mujer. Y claudio ahora esperaba todas las tardes que su flor apareciera por el camino del ocaso no para sentir que el mundo vale la pena: la querìa ver para amarla màs y odiarla cada que ella evitaba mirarle a los ojos tomada de la mano de aquel chamaco tan bello. Y todo cambiò cuando vio la hermosa imagen de un amor bajo el crepùsculo y el arrullo del suave aleteo de los pàjaros del atardecer y sus vuelos bajos y silenciosos. Los dos jovencitos se besaban arropados por los tibios rayos del sol y la tenue brisa que hacìa que los cabellos negros de Azucena

ondearan como la bandera perfecta de una historia prometedora que apenas comenzaba.

Para el viejo Claudio aquella hermosa imagen se encajò en su corazòn como una espina de cardenche. Una puñalada que lo dejò sentado, herido de muerte dentro su alma vieja que volvìa a arrugarse y amargarse como apenas un par de años atràs. Azucena se irìa de su vida sin decirle adiòs. No comiò en dias, no pegò sus pàrpados enardecidos de làgrimas y malos pensamientos. No querìa dormir; tenìa miedo entonces de dormir y despertar para darse cuenta de que aquello no era un mal sueño sino la realidad dura de la vida, de su vida miserable y solitaria.

Esperaba al menos que aquel amor se despidiera de èl con esa sonrisa y esa alegrìa pero Azucena jamàs se le volviò a parar enfrente.

Fue el viejo quien la enfrentò impulsado por la gasolina de sus làgrimas nocturnas, el suspiro diario bajo el sol y el aullido quemante de coyote lamentando la lejanìa de la luna. Saliò a encontrarla por la vereda despuès de cinco dìas de mal dormir y mal comer y con dos litros de mezcal chacaleño en el cerebro. Se le parò enfrente para dejarle caer encima todo el peso de su animal ponzoñoso que traìa enrollado e lo màs recòndito de su alma. La encontrò en la vereda cuando ya caìa la noche. No pudo decirle algo màs que tres palabras junto a su nombre de flor: “me has apuñalado, Azucena”. La jovencita no levantò los ojos del suelo hasta que vio el reflejo de las ùltimos adioses del sol en la hoja de un enorme cuchillo. Lo ùnico que se lo ocurriò fue meterse corriendo despavorida a los vainorales inmensos para huir de aquello que jamàs habìa visto: el odio de un alma rota.

Sus abuelos, muy viejos ya, la buscaron toda la noche en las desperdigadas casas de aquel gran valle. La encontraron cuando el sol apenas despuntaba: acostada boca arriba entre uno de los surcos de aquel sembradìo de maìz. La encontraron rara, muy seria y con sus ojos puestos en el alto cielo. Aun quedaban algunos destellos de las estrellas guardados bajo el vidrio de sus ojos. La encontraron vestida con un lienzo entallado y brillante pegado en su piel: un vestido escarlata adornado con flores silvestres de muchos colores.

Azucena fue sepultada el sàbado en la tarde para que todos sus compañeritos de la escuela y su novio pudieran despedirse de aquel pedazo

de alegrìa que ya era todo silencio y seriedad, como siempre hubieran querido que fuera su madre y sus abuelos. Su alegrìa muerta para siempre. Esa alegrìa que hacìa que a todo mundo le pelara los dientes...su brutal sonrisa, como botòn de flor. Azucena.

Noticia.

Nota roja:

“Detienen a septuagenario acusado de asesinar a mujer menor de edad.

La policìa ministerial detiene sobre un camino de terracerìa, en las inmediaciones de un poblado perteneciente a Salvador Alvarado, a un hombre de setenta años sospechoso de haber atacado sexualmente y apuñalar hasta la muerte a jovencita de tan solo catorce años de edad.

La mujer en menciòn fue encontrada muerta en medio de un charco de sangre entre uno de los muchos sembradìos de maìz que hay en esta zona.

A simple vista se pudo observar que la jovencita presentaba al menos treintaisiete puñaladas entre tòrax y cuello ademàs de huellas de haber sido ultrajada.

El sujeto, septuagenario, pudo ser ubicado gracias a la labor coordinada entre agentes de investigaciòn de la policìa ministerial y vecinos del lugar de los hechos.

Al cierre de esta ediciòn se pudo corroborar que el anciano de nombre Claudio Ramòn Favela Nuñez confesò que la asesinò el pasado dìa jueves veintidos de agosto. El torvo sujeto declarò que la matò por celos: estaba enamorado de ella.

El sujeto ya fue puesto a disposiciòn de un juez federal para que resuelva su situaciòn jurìdica”

 

Claudio Ramòn jamàs se sintiò tan mortalmente vivo como aquella tarde en la que el sol lo despertò con su ataque virulento hecho migraña y resaca moral. Estuvo vagando entre los vainorales llorando su dolor, todo manchado de sangre, vòmito y lodo. Recordaba los ecos de lo que habìa cometido y aun asì, entre su dolor fìsico y resaca emocional no sentìa remordimiento alguno,

Tampoco lo sintiò cuando, sentado en una de tantas veredas vio acercarse veloces, y en medio de una rojiza polvareda que nublaba la puesta de sol, a varias patrullas de la policia ministerial. Iban por èl para hacerle pagar. Lanzò un eructo sonoro y el tufo del alcohol le provocò un feroz mareo, y en medio de ese mareo vio a la pequeña Azucena correr con su alma feliz delante las patrullas. “¡entonces era ella!”-gritò horrorizado el viejo y entonces se levantò apurado y empezò a correr como loco pidiendo auxilio.

Cuando lo llevaban arriba de una de las patrullas, vapuleado y con varios huesos rotos, al viejo Claudio Ramòn se le escuchò murmurar entre sollozos: “era ella, era Azucena a quien tanto esperè dia a dia para que llegara a recogerme y arrancarme de esta vida tan culera. Ella era mi muerte y aun asì me tuvo algo de piedad y me regalò momentos como los que nunca tuve. Me hizo hervir pasiones que jamàs sentì. Ah! Mi Azucena. Tu eras mi muerte, la muerte que tanto esperè llegarà por el crepùsculo”. Eso fue algo de lo ùltimo que se le escuchò decir. Solo hablò una vez màs para declararse culpable y decir que se iba al fin a morir feliz.

Lo hallaron colgado por el cuello la misma noche que fue recluido en el centro de consecuencias juridicas del Estado. Uno de los reclusos condenado a cadena perpetua apodado el “gûerro liber” fue el encargado de ejecutar la condena carcelaria a todo violador y asesino de menores.

 

 

 

 

 

Renato, triste en su madurez.

Waldo Contreras López

 

 

 

Renato es un hombre triste desde hace mucho tiempo. Un hombre perdido en el alcohol y su madurez solitaria; siempre es alguien triste aunque haga lo posible por ocultarlo. Renato maduro y triste a pesar de la cerveza en la mano y su sonrisa bobalicona; Renato trata de aparentar seguridad en sus modos de andar pero se ve a leguas el peso de su humanidad melancólica; parece a la distancia, con sus pasos arrastrados, estar atravesando un desierto, con su figura borrosa tras la reverberación de la inclemencia ardiente del sol que le acompaña desde hace años deprimiendo sus andares a cada metro que mal avanza, equivocando para siempre su sendero a causa de los miedos ante la vida, su miedo a las mujeres que son la vida misma; esas mujeres y sus abrazos, sus besos y sus piernas, con sus labios sonrientes y el guiño tramposo de sus miradas.

A Renato las mujeres le entristecen; ellas son el sol que lo mata en su desierto que atraviesa para siempre. Lo veo y me viene la idea de que morirá por una mujer, mala o buena.

Y hoy, desde la temprana de alcohol (y drogas duras de mi parte), Renato tiene aspecto de cadáver, aunque trate de disimularlo con una exagerada algarabía, el manoteo maníaco y sus gestos teatrales al charlar; hemos estado bebiendo demasiado pero el parece estar más ebrio que yo, hundido en su silencio que sé que es como un ángel anunciador de un desastre impalpable. Yo estoy muy drogado por cocaína y también acompaño su silencio con mi mandíbula trabada hasta el dolor (a mí la cocaína me templa y me silencia). Yo, callado y excitado de adrenalina, nervioso, como perro que presiente un chubasco. La cocaína es el desierto que me pierde los pasos sin mujeres y sus guiños y sonrisitas tramposas dejando huellas junto a mí (solo compañías efímeras); mi desierto blanco y decadente sin mujeres y sus perfumes de superchería, sus visiones del mundo con nubes algodonosas y montañas de colores y las lunas y no sé qué más, sin toda esa histeria y su genética bipolar. Esas piezas de carne que son como una rica droga natural.

Caminamos juntos y silenciosos esta calle nocturna con su luna de luz blanca y sus lámparas públicas y tristes; la calle húmeda de lluvia y desagües ciudadanos. Y Renato cree tener hambre, quiere comer hot-dogs en la mugrosa carpita improvisada para vender comida bajo la lluvia. Ese mal parapetado cenador que está cerca de nuestras casas.

Observo todo el largor de esta calle de mi niñez, esta calle vieja que he andado durante años, esta calle que ahora me ve perdido, perdido con mis pasos y yo no me doy bien a bien cuenta de ello. Yo me siento templado con mis pasos errados pero bajo control en medio de la perdición. Esta calle y sus semáforos con sus luces tricolor que parece dicen al mundo: “paren ya, paren, por favor”. Renato y yo nos sentimos bien a nuestro gusto y nos creemos normales aunque los perros nos ladran con un furor territorial exagerado y los gatos nos huyen raudos tras echarnos una mirada breve y juiciosa; la gente nos saluda con la gana de que no nos detengamos, desean que mejor vayamos a parar en el fin del mundo con nuestra mala facha y pestilencia y nuestra platicadera de borrachos; la gente nos evita su centro de atenciones como las grandes glorietas de los bulevares provocan que los automóviles les den rodeo. Detenemos nuestro peregrinar alcohólico en el mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, nos sentimos de inmediato hundidos en el ambiente cálido de la mirada de esta mujer que siempre está sudando a chorros ante el calor de la plancha olorosa a manteca  y carne frita, tocino, jamón, queso y papa mal cocida; y se puede también percibir el tufo a nido de ratas y cucarachas, todo esto a través del olor penetrante (y con un dejo de no sé qué cosa, pues deja en el alma un raro sentimiento) de la lluvia que cae en algún barrio cercano a acá; llovizna con gotas tenues, apenas un rocío, y los relámpagos alumbran todo el horizonte del sur del mundo.

Hemos pedido dos hamburguesas con doble carne, papas y refresco de cola.

Y recorro el local mugroso con la vista: veo las telarañas llenas de diminutos insectos y polvo en las esquinas del techo, el piso está manchado de manteca ennegrecida por la tierra en los pies de la clientela, hay pegado sobre esta cáscara lustrosa trozos pequeños de lechuga, tomate, cebolla y semillas de chile jalapeño; entonces el suelo parece una gran hamburguesa apestosa. Las patas de las sillas están manchadas hasta la mitad inferior de una mugre mal lavada; igual las patas de las mesas, hechas de perfil tubular y lámina de cartera, están mugrosas y oxidadas por una nata de comida vieja echa de cátsup, mostaza, mayonesa y grasa vegetal, estos trozos de fierro parecen estar vomitados por viejos congestionados de alcohol; la plancha crepita con su superficie oscura y caliente; los focos de colores están algo igual: están llenos de grasa, polvo y telaraña. Y a pesar de todo este aspecto de muladar miserable, el restaurante de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero” hierve de visitantes de la media noche y de toda índole callejera: putas borrachas altaneras con ínfulas de muñequitas de la mafia que piden la comida con su tronar de dedos de piruja mal pagada y su chicle envenenado de alcohol, semen, y rebaje de cocaína: “apúrate, mi amor, quiero bajar el asco y el avión”; vagabundos con la cabeza tronada por el cristal combustible de mala calidad: “regálenme un taco gente, si conocen la calle conocen a Dios y yo soy su hijo, aunque parezca lo contrario”; jóvenes mariguanos con su mirar ingenuo desde su mundo alterado y su risa desternillada y fuera de control, jóvenes mariguanos voraces: “sírveme dos hamburguesas y dos cocas para comer aquí ¡que rico huele todo esto!” hombres mandaderos cocainómanos apanicados por tanto circo incidental: “tra-tra-traigo prisa, Vero ¿me haces el favor?; parejas de enamorados que vienen a quitarse el sabor a besos, el sabor a genitales y a borrar el aroma penetrante y tedioso a sexo de su piel pegajosa del sudor seco de la refriega física con el olor a manteca rancia y el menjurje que ofrece esta mujer. Llegan también jotos esquivos o escandalosos que piden su comida en voz baja o a gritos en sus explosiones de júbilo afeminado: “¡ay!, ¡Verolis! Dos hamverguesas de milarguesa con mucha mucha mayonesa y crema, ¡crema de esa trasparentosa que usas y que parece ya sabes qué!” y también le visitan gente igual a Renato y a mí, personas  que llegan a reposar la tristeza (la penas con pan serán menores siempre) y pide la comida con timidez, con miedo de romper el encanto de este mundejo que gira y nos ignora hundido en su penar multicolor.

Y veo comer a Renato desde la distancia de mi plato. Parece que al fin su mirada le ha puesto atención al mundo, su mirada está fija al fin en algo concreto: su hamburguesa y el vigilar de su lento masticar, el trago sin prisas a su botella de coca-cola; su mirada se ve animada al fin, al fin Renato dirige sus pupilas en las mías y veo en ellas toda la intención de hablar; termina al fin de comer, observo como es que se limpia la boca y la nariz (con maneras de marica) embarrados de mostaza, traga saliva, eructa con un sonido acuoso, me mira unos instantes, tamborilea la mesa y dice: “no puedo vivir sin esa mujer que me ha poblado el mundo y luego me lo ha, de mala manera, dejado bien abandonado”

Renato está enamorado una vez más de otra mujer equivocada en un mundo de imposibles.

Conoció a Marimar en uno de sus viajes al norte del país, en la presentación de un libro de relatos cortos (“buttensmileys”, se llama el libro) escrito por un joven baja californiano. Renato en su madurez, con sus treintaisiete años mal gastados en alcoholemias y putas es malo para el amor. Renato maduro se atolondra ante el amor, se vuelca, se arrebata, se vacía. Por eso pierde siempre. Se enamora sin motivo evidente.

Marimar es una mujer vivida en las lides del amor y desamor; es una muchacha capaz de abrir las piernas para divertirse y aunque su ternura por los hombres es una cualidad que no le permite hacerles daño de forma malintencionada ella es también incapaz de sentirse obligada por compromisos serios hacia alguno de nosotros. Marimar es buena farra, buena copa, querendona, apasionada en la cama pero, como es obvio o evidente, le tiene mucho miedo a su propio corazón; Marimar pues, no es afecta a prolongar más de tres meses una relación de pareja sexual; ella es incasable, es puro cotorreo y entonces Renato es para ella puro cotorreo.

Pero Renato se arrebató desde el día en que ella le saludó con sus ojazos azules pícaros aquella tarde de tertulia literaria en los muelles de Ensenada. Renato se volcó por esos ojos de mar bravo y ella respondió con su ternura, con su vocación para la aventura color rosa mentiroso de cafés en terrazas con vista al mar, en parques cinematográficos de franquicias norteamericanas (películas cursis sobre comedias románticas). Marimar, la “princesa sideral”, rodó su película clase “b” y Renato se creyó el galán. La película no podía tener un gran final y Renato terminó derramando las dolorosas lágrimas de su madurez ingenua para las cosas del amor y sus mujeres y ellas y su entendimiento moderno y “chic” acerca del amor.

Y Renato trae arrastrando ese parque cinematográfico dese el puerto de Ensenada hasta este mugroso puesto de hamburguesas y hot-dogs de “la Vero”, acá, en Culiacán Sinaloa. Renato llora sus lágrimas de la madurez desesperada para que su triste película color rosa feo jamás termine.

Y aquí estoy frente a él para escuchar otra vez su dolor hecho alcoholemia y vagancia nocturna y triste. Renato hace a un lado su plato, niega con su cabeza pesada de tontera, vapor etílico y tristeza, me mira con sus ojos a punto de derramarse como cascadas de dolor, cascadas con sonidos de historias sobre muelles, cafetines ante amaneceres brumosos, balcones que miran barcos que se despiden de la tierra con sus enormes trompetas que braman como los gigantes mounstros mitológicos de los archipiélagos griegos de Homero. Y Renato me cuenta que le es imposible vivir sin ese mar enorme color azul en este desierto enorme y con ese sol que le quema los años vividos con un ardor que lo conturba. Le replico que comprendo perfectamente, que yo sé lo que es vivir amor y luego perder para siempre; le digo que conozco el vacío pero no caigo en él. Renato me dice que es difícil vivir en una esperanza mal fundada, que es difícil padecer desesperanza, que es imposible animarse a vivir sin esos ojos de mar bravo y esas sonrisas y esas piernas aromadas, esa ternura pura y malentendida; es imposible sin ese portento de mujer sublimada por su necesidad de amor triste y madura. Un príncipe rosa sin princesa. Renato llora en su madurez y le comprendo,  como comprendo mi refugio ante el dolor.

¿Vamos por una puta? Termina preguntándome con su boca torcida y su mirar perdido en el fondo de su miseria estancada. Renato y su madurez.

 

Miércoles, 14 Junio 2017 06:10

Los barrios  / Waldo Contreras López /

 

Los barrios 

Waldo Contreras López

 

barrio#1.

 

Si hay algo que se resiste a cambiar aun con el largo paso de los años es el aspecto de las cosas; lo mismo sucede a las personas, el aspecto jamás les cambia.

Hay una lejanía temporal entre aquellos días de mi juventud precoz y mi edad adulta madura, una distancia hecha de veinte años. He caminado toda mi vida por estos andurriales y aun con sus cicatrices marcadas estos barrios me siguen pareciendo igual a aquellos de mis entonces dieciocho años de edad. Y no es que el color de sus casas jamás haya sido repintado o no le hayan re pavimentado sus calles ni replantado sus jardines públicos, a estos parques de los atardeceres, por ejemplo, si le han cambiado sus columpios, resbaladillas y suben-bajan; a estas calles si les han modernizado sus farolas del alumbrado público y el empedrado que existía en los años ochenta fue arrancado para embellecer la colonia con pavimento hidráulico de interés social a guevos.

Pero estas calles tienen una personalidad propia que les hace reconocerlas como algo vivo y festivo, todo esto no puede ser posible sin la personalidad de la gente que las camina. Así, la panadería tiene el mismo aspecto cálido y sonriente de las madres en la cocina de sus casas; el expendio de cerveza de la calle principal evoca la misma amenaza que produce el aspecto de un sicario borracho, drogado y encabronado; la humilde carpa con su carreta de hamburguesas y perros calientes de “la Vero” provoca el mismo rechazo y náusea que portan los vagabundos tronados de la cabeza por el abuso de la metanfetamina, esos enfermos que portan en sus ropas el infierno, el asco, la grasa con pelos y su pellejo hediondo a carne echada a perder, igualito que las viandas de esa mujer  que suda y suda ante la plancha llena de manteca y polvo. Los gimnasios varoniles exhalan un tufo a testosterona joteril, anabólicos, albúmina de huevo, proteínas sintéticas y atún, siempre el atún; los clubes de zumba y bicicleta estacionaria provocan desaliento al pasar por sus aceras, el mismo desaliento que producen las mujeres después de su inmisericorde actividad física vigorosa sobre las camas de cuartos de renta o casas matrimoniales, esas mujeres sudorosas y agitadas con su mirar bravo y sonrisa satisfecha.

Se ve lo alegre en los mercados municipales, lo trágico en las decadentes carpas teatro de las colonias pobres, la derrota del alma en sus cantinas, lupanares y llongos; la ternura femenina en los jardines hogareños, la indomable presencia masculina en los cofres abiertos de los carros y debajo estos. Entonces, obviamente, las personas por acá son variopintas, seres únicos, universos que conviven, comparten un espacio y se toleran. Repito, todos tienen un aspecto variado y colorido, una variedad rica: prietos feos, güeros quesones, flacos u obesas, lampiños y greñudos, rapados y barbones, nalgonas sin chichis o chichonas sin nalgas, putonas o decentes, a pata o en camioneta, amantes o granujas, adictos o abstemios, ojetes o filántropos. Todos diferentes, todos de mirar de frente, eso sí, sus miradas brillan sobre la tuya aunque estén tristes o alegres. La comunidad heterogénea de los barrios pobres de la ciudad; esta ciudad aparte, apestosa y polvorienta y su gente que evidencian diferencias con el resto que es un grupo reducido; ese resto que no conoce la quemadura del sol o el sudor comezonoso en las verijas y sobacos, el hambre por las noches y el desvelo en las mañanas; esos pocos que tienen todos el mismo aspecto ingenuo: el cutis arrebolado en sus mejillas, cuero fino lustrado de buenas comidas y buen beber, mirada certezica y voz imperativa pero ánimo culón; muchas mujeres poco amor, mucho hombre, mucho dinero, poco amor; la ecuación perfecta para el crecimiento, mantenimiento y sanidad en las cuentas guardadas de los bancos.

Ambas sociedades armantes de esta locura urbana, la heterogénea y la homogénea se toleran pero no conviven; uno odia la mugre y el sobaco comezonado de sudor y el otro detesta la limpieza jabonosa y aromática de cosméticos caros europeos del pellejo lustroso y bien comido-bebido del ricacho sin amor: “somos puro amor, los pocos son mucha plata, plata fría. Yo duermo de  calor, chiquitita” leí en la barda ruinosa de un panteón montado en el plan de un cerro, un panteón de cruces de palo y flores de papel.

Sí, en los barrios bajos se lee el amor en todos lados; en las paredes de los bodegones de la central de abastos: “tu silencio me apuñala, Elena”; en los baños públicos de los supermercados: “busco pene con amor, llámame aquí 66726961305416”,”el agente de seguridad de la bodega de recibo hace el amor con la cajera de perfumería en la bodega refrigerada de frutas y verduras”.

 En estos barrios se ve el amor mal correspondido de las mujeres que trabajan bajo el sol inclemente de la media mañana; hembras morenas: frente y nariz, hombros y brazos quemados de días y días de rezolanas de primavera-verano, otoño-invierno; esas mal señoras mal amadas que se quejan de la ingratitud del borracho golpeador: “yo lo quiero tanto, a pesar de todo”. Se ve también en los campos de batalla machista el amor incomprendido de los hombres; esos hombres con pañuelo en cuello, gorra mugrosa, hombro y mano callosa, pies cuarteados por la salitre y los días de mal clima, dientes quebrados por las peleas al calor de la fogata y el fuego del alcohol y la alegata de mostrar quien es más cabrón; labios partidos por puño ajeno y resacas malcuradas; voz rasposa y estentórea que dice: “me parto la madre y a mi mujer no le importa, y aun así la quiero y mucho” en estos barrios con esas mujeres dueñas de esos hombres se puede ver el amor a los hijos malcomidos cargados en hombros, el amor en sus ropas de segunda, en sus cabellos cenizo desnutrido, en sus rodillas chorreadas y el moco burbujeante en la nariz; sus boquitas y ojotes que sonríen al ver llegar a la madre o al padre muertos de cansancio y desencanto que se encantan cuando están los tres cenándose los tamales con leche o en días buenos: café y coca-colas.

 

 

Los barrios #2.  

 

 

Para la ciudad el día comenzó con una lluvia de estropicio. Fuertes vientos y enormes masas de agua azotando los techos del barrio me arrancaron de mis sueños (como una mujer mojada a despertarme)

En mi patio trasero hay inundación, hay ramas rotas y hojas reverdecientes caídas de mis árboles gigantescos; mis plantas de ornato y florales se ven con sus hojas gachas, deprimidas, abrumadas por el pesado golpear de miles y miles de gotas heladas; mi cuarto socavado en sus cimientos está siendo invadido por cucarachas y grillos que salen de entre las grietas del piso buscando las partes más altas de las paredes, huyendo en su temor insecto a la inmersión y la muerte en medio de la oscuridad.

Son las once de la mañana y no he podido salir a las calles las cuales, con estas aguas del cielo, están convertidas en patios de perros. Me conformo.

Me conformo con una taza de café desabrido de la pobreza en mi alacena. Tengo un lujo, tengo un estéreo el cual aun toca aquellos discos compactos color cromo, esos fetiches de la ya muerta era digital de los años noventa; y las bocinas aun suenan bien. Suenan un larga duración que contiene a las grandes bandas de Jazz americano, el bello swing de las orquestas de la marina; esas orquestas norteamericanas fueron armadas para tocar alegría en los enormes, silenciosos y fantasmales buques de guerra de la pelea imperialista siempre-eterna; estás orquestas tocan las fibras de la alegría, el glamour y la luminosidad de lentejuela y oropel, fueran hechas para el baile. Mi estéreo suena: suena a “in mood”, “american patrol”, “chatanooga choo choo” “moonlight serenade” y “tuxedo junction”¡ y etcétera y etcétera! ¡Todos esos grandes temas del “american song book!”

Recupero ánimos y me asomo a la calle a buscar una esperanza: nada; la cortina opaca y sonora de la lluvia triste y helada me dice: “hoy no” ¿por qué?

No hay aves en el cielo; veo gente caminar apresurada-apesumbrada, mujeres corriendo a la velocidad de sus tribulaciones recónditas; estas mujeres corren estúpidas, desgreñadas y descalzas, como si con ello impermeabilizaran sus cuerpos que se ven graciosos al sacudirse debido al peso de sus nalgas y sus senos espléndidos; veo señores arrastrando sus ojos junto con sus pies, sus zapatos mojados, el aire taciturno, tristes de lluvia en su mollera. Y, ¡qué curioso! No veo algún perro divirtiéndose bajo esta inclemencia de los tiempos; no hay ninguno en estos patios suburbanos y los perros siempre se divierten a pesar de los relámpagos y truenos.

Yo estoy algo triste. Yo solo necesito que dejen de caer mil millones de billones de gotas de lluvia por un buen espacio de tiempo, unos quince minutos que me permitan salir de esta casa y caminar sin amarguras y charcas de agua hasta algún lugar en donde haya gente que quiera hablarme de su mundo; una cantina, por ejemplo; un lupanar (mucho mejor) o un mercado en donde haya mujeres y hombres soportando el rigor de su pobreza ante un mal día.

Dios santo, qué fea está mi casa hoy ¡encerrado por el clima riguroso! Pero no debo lamentar tanto, ni tengo grandes planes desde hace meses, no tengo grandes planes desde que me quedé sin compañía femenina; la compañía femenina es por sí misma una ilusión para hacer planes y acomodar los días para cortos y largos plazos. No hay, por ejemplo, en mis futuras intenciones, al menos una muchacha frívola por ahí, esperándome en alguna esquina o llongo para darnos diversión sin compromiso que dure más de cinco horas; debo agregar además que las muchachas frívolas no comen, beben o fuman sexo; ellas hacen todo esto con dinero o por dinero y yo ando muy miserable de bolsillo en estos días. Cielo de mi vida, deja de caer de esta forma ¡por favor!

Y ahora estoy convaleciendo de encerrona en mi cama. Ha llegado mi vieja gata para darme un poco de su silenciosa compañía, se hecha a mis pies con aires de esfinge egipcia, con ese aire serio y su semi-sonrisa en su hocico, con ese mirar atónito característico de todos los felinos.

A mi gata le importa un carajo la lluvia, ella no es una vaga porque es una hembra operada de sus trompas de Falopio gatunas; mi vieja gata no siente la urgencia de salir a buscar sexo o amor así que, me acompaña porque me quiere de gata a humano, con esa dependencia de sus tripas ansiosas de comer ese horrible alimento de harina prensada y dura como las piedras. Ella ignora que yo daría lo que fuera por no estar viéndola en esta cama y en este momento; mi gata ignora, por supuesto, que yo no estoy capado y necesito salir a la calle para quemar un poco de energía libidinal de cualquier forma posible.

Mi pobre gata, pobre de mí; me maúlla la infortunada, me maúlla a mí, un desventurado resguardándose de la crueldad del cielo.

Y mi estéreo sigue sonando, suena ahora a las maneras de Duke Ellington y su gran orquesta negra de música poderosa; este negro inenarrable de las teclas de marfil (el piano es ahora un gran hombre “de color” (o de todos los colores que puedan sacársele a los pianos) sonriendo con sus enormes dientes musicales en blanco y negro) me ha animado a salir y enfrentar estas calles vaporosas y resbaladizas. Ahora sigo sin planes pero me animo a vagar, solo comeré un poco de carne frita que me regaló mi vecino, beberé una gran taza de café soluble y saltaré a bordo de este mundo tan bello que resplandece bajo el cielo gris y lloriqueante: papapapapári-ri-ri-rí fu fufufuáfaaaaaaa-a-a-a-ah! Suena una trompeta que parece hablar y decir con su voz chillona: “anda por ello” y el tambor de músculo africano me arenga como a un guerrero con su tamtamtam pum pumtata taz! Tacatatacatá tacatá-ta-tam!. Llenare mi panza de carne y café e iré a la calle a buscar sonidos de voces no tan pretensiosas y sin el encanto improvisado del gran jazz americano, voces llenas de alma que claman oídos para una gran historia bajo las lluvias.

Pues bien, aquí estoy rodando sobre la rueda elíptica de las calles (te acercas y te alejas del centro de los sucesos mientras giras y giras alrededor de estos) y me he ganado una buena historia (las historias que uno escucha no son tan interesantes si uno no conoce muy bien a los protagonistas): El cuida carros de un bar en el cual trabajaba se llama Jorge (Jorge “milpa” apodado (mil-panochas), es que siempre, entre los incidentes cantineros salidos de su boca, agrega sin venir al caso: “hoy agarraré una buena panochita para coger”) me cuenta un incidente breve pero lleno de energía narrativa. El relato de su jefe, un hombre cincuentón y amargado por cargar con una amantucha veintisiete años menor que él; Rigoberto, un hombre obeso y piel blanca (la piel blanca le hace mal a los obesos, según mis gustos refinados), un hombre malhumorado quien a todo lo que vea con un cacho de humanidad lo epiteta con el nombre de “mierda”:

-mi hija de quince años ya anda en malos pasos –comentó una joven cantinera adicta al alcohol y a las metanfetaminas.

-siembra mierda y obtendrás mierda siempre –responde Rigoberto con un dejo de burla en su acento.

Y hay un pleito entre la desgraciada “malilla foquemona mierda (epiteta Rigoberto)” y el “histérico, panzón rabo verde (epiteta Susana, la cantinera)”.

Y ese hombre tan triste y payasesco, con sus gafas de fondo de botella se rinde ante su apocado carácter y murmura entre dientes después de darle un largo trago a su cerveza Bud Light: “un día, todos ustedes, saltarán contra mí como alacranes. No puedo echarlos a la calle pues les haría un mal; tengo que aguantarlos con sus pinches vicios y encima me gritan, se levantan para darme la contra …eso me pasa por haber sido buena gente desde el principio, ya no hay marcha atrás, no hay lucha contra ustedes. Me dan lástima a pesar de todo, bola de culeros”

Termina su discurso de jefe atormentado y da un manotazo a la barra de su cantina, coge unas monedas de la caja registradora y pone a sonar música en la sinfonola, Vicente Fernández canta: “por tu maldito amor”. Vicente Fernández, el charro de Huentitán le viene bien y se tranquiliza. Y este buen hombre, dueño de un buen bar de mala muerte, que dispone de dinero y mujeres, un hijo de papi que todo lo tiene y lo que no tiene lo alcanza ¿qué va a saber de la lluvia, del mal taco y de las calles? Este buen hombre no conoce, por supuesto, las verdaderas disputas que suceden sobre el pavimento duro y ardiente de los barrios, los barrios brutos como la realidad cotidiana. Ignora que hay peleas más interesantes que las originadas por su histeria cincuentona de hijo de papi sin amor. Por ejemplo, este perro bajo la lluvia cree que yo quiero arrebatarle la cena, su banquete de tortillas remojadas, acedas y cagadas por las moscas de la miseria; me ladra fúrico como le ladraría a su peor enemigo-macho alfa perruno.

Ya cayó la noche. Hay luces, hay brumas.

Bueno, estas imágenes de la noche con sus luces y sus coches fantasmales no tienen algo especial nomás al verlos en esta instantánea fotográfica que describe apenas un momento, que intenta contener y eternizar un suceso visual que ya ha muerto tras el fluir de la vida. Pero para mí ese es el meollo del asunto, el nudo que si lo tocas se desata; tienes que estar ahí para sentir de verdad y más allá de tus ventanas sensibles foto-visuales, eso es lo que me interesa que sepas, porque en estas imágenes fotográficas tú no puedes oír la voz que cuenta una historia… solo tienes que estar ahí porque:

Los coches:

Yo soy la voz de la fotografía, la memoria fotográfica que habla para ser oída: atención, escucha, escucha; hay historias dentro de los coches bajo la lluvia; brevedades intensas y llenas de energía.

Regreso a casa después de nueve horas de vagar bajo la tormenta parida por las crueles “cabañuelas” que azotan el mundo cada tantos años. Los pies me arden de cansancio y humedad; siento en mi garganta el preámbulo de un feroz resfriado, mis pantalones están mojados hasta las rodilleras, mis zapatos de bota borboritan agua lodosa y hacen un sonido de conflagración sexual pene-vagina; y mi pecho, mi alma comienza a helarse sin la visión y el sonar de las voces cálidas dirigidas a mí. Me detengo sobre una acera solitaria y oscura, bajo mi paraguas que casi se colapsa por el peso de tanta agua; miro el veloz arroyo en lo que está transformada la avenida que atraviesa estos barrios suburbanos, miro como esa larga culebra de agua se ilumina y alborota por las luces y las ruedas de los automóviles que aun circulan a pesar del mal clima que azota desde el amanecer (buenos reductos estos carros, reductos motorizados y cálidos, tan cómodos e íntimos con sus asientos reclinables y el sonido romántico de sus programas radiales transmitiendo a través del equipo estereofónico de alta fidelidad y sonido surround; y uno de estos vehículos se detiene frente a la luz rojiza del semáforo; puedo sentir la calidez que emana de este, el calor emitido de su cofre que arroja al aire un vapor crepitante y blanquisco, escucho la voz cronista de un locutor de la radio universitaria: conozco al locutor, habla del gran jazz y del mal clima neoyorkino, de la eterna humedad de la calle cincuenta y dos. Me encanta la voz reposada y de aire antiguo del buen “Concho” Beltrán, me gusta su programa “la marcha de los reyes negros”, lo escucho apenas difuso a través de la tonada, el ritmo y el canto de la lluvia, la música retumbante y luminosa de las nubes. El coche zumba su motor, escucho el sonido monótono de los limpia parabrisas eléctricos que avienta el agua del vidrio a sus costados; y entonces veo que una mano pálida se recarga contra el vidrio de la ventana del copiloto y limpia vapor condensado contra este; una mano pequeña y hermosa, de formas finas y largas uñas; y de entre la oscuridad brumosa e íntima veo como aparece el bello rostro de una mujer, feliz y seguro, con unos ojos ajenos a la heladez de la intemperie que me azota. Esos ojos me miran, recorren mi figura con brillo sorprendido como si mi ser fuera la aparición de un fantasma citadino que le observa con sus ojos vacíos y desde la nostalgia impalpable, helada e irreal de la muerte hasta la pesada y caliente realidad de los vivos.

Y nuestras miradas se han encontrado durante cinco segundos robados a los veinticinco contenidos dentro de la caja de control de tráfico del semáforo; y la teoría de la relatividad del tiempo se manifiesta en todo su poderío ante mis ojos y el mundo desaparece con sus nubes, sus lluvias y sus luces; solo el carro, la chica y yo dentro de los cinco segundos más largos del día. Y aparece un universo nuevecito y rutilante, lleno de preguntas, de dudas, certezas y miedos.

¿Qué por qué estoy afuera bajo esta lluvia, muchacha sin nombre?:

Yo soy pobre y no tengo un buen amor que me acalide el ánimo, no tengo a alguien que me abrace, me diga: “mi amor, mi vida” y todas esas palabras tibias, no tengo a alguien de esa forma a mi lado como lo tienes tú. Vago en las calles buscando al menos el calor en mis piernas, buscando el calor de una presencia, una voz, algo humano que pueble mis noches insomnes; imágenes y sonidos, y sonidos de voces que me ayuden a construir ciudades y personas bellas e inmortales. Busco un motivo para calentar mis manos como lo hacen los vagos de los basurales ante la luz de una fogata. Voces, imágenes e historias para llevar al callejón enorme sin salida que es mi alcoba, mi orbe miserable; mi urbe ficticia, solitaria; mi reducto helado, el faro de mi vida naufragada; mi vida sin caricias ni presencias palpables y hablantes; un país fantaseado a la orilla del mundo en donde solo hay mares con sus olas oscuras.

¿Qué por qué estoy tan solo, muchacha anónima de manos bellas?:

Yo no tengo un buen falo automotriz, ni un gran falo bancario y ningún gran falo de cemento, ladrillo y yeso fincado sobre patios de barrios ricachones; yo solo tengo mis manos, muchacha, mi mente solitaria y mis miradas en el vacío que son mis ilusiones ¿ves?, no tengo algo de lo que te puedas agarrar con placer y gana psíquica; ni siquiera tengo amigos para presentarte (todos se han retirado a sus vidas de cabeza sentada, me rechazan por ser tan inestable). Muchacha, yo solo tengo una casa fea, una gata vieja y malhumorada, un perro muerto de hambre y un jardín con flores salvajes que nadie compra, vende o quiere.

Estoy aquí como fantasma de las calles soportando los rigores infames del cielo porque mi casa es solitaria y me duele, esa vieja casa me hace dolor y me saca a patadas de sus cuartos.

…y el tiempo y su relatividad vuelve a ser el mismo de cinco segundos, de seis segundos antes y la luz del semáforo y el ahora rostro verdoso de la mujer través del vidrio me deja varado en algún lugar de mi soledad. La muchacha través del vidrio. El vidrio del coche es una pantalla incidental y vivida a través de la cual una mujer y alguien más están viendo un programa televisivo que quizás no sea su favorito pero al menos les resulta gratificante y entretenido; se me figura que ella está frente un televisor viendo una escena acerca de las calles, la lluvia y los fantasmas vagabundos, me está viendo en un programa televisivo y hasta me puedo imaginar la sinopsis kitsch de algún editor joven y hipster: “un ángel fugado mediante la piedad de las nubes, un ángel vagabundo de las calles bajado por la escalera luminosa de un relámpago, el espíritu de un vago de los cielos y los universos, un ángel sin alas en busca del amor”. Por momentos me siento ridículo y protagonista de una serie cursi universitaria que les dice que hay personas que viven momentos siempre peores que cualquiera de los que ellos mismos son capaces de soportar.

Yo no estoy tan mal bajo esta lluvia; estoy ante una pantalla panorámica que me enseña miles de historias, mejores historias que cualquiera de las que grafican las series televisivas de cualquiera de los cien canales de la televisión de paga. La mujer deja de mirarme. Pude ver que una mano también blanca, regordeta y peluda se plantó sobre su hombro desnudo, pálido y terso; vislumbré un rostro masculino: cara cuadrada, con barba cerrada semi crecida, vi una boca sensual que le decía algo a la mujer, ella sonríe y hace un gesto afirmativo para luego regalarle un beso. El automóvil arranca y me abandona…y yo, yo me quedo varado en algún lugar de mi soledad… en algún lugar de mi soledad.

 Otro automóvil pasa veloz y me salpica de agua, un auto compacto de narco junior con música a todo ruido que suena un narco corrido.

Solo camino un par de calles más y estoy a las puertas de mi casa; siempre mi casa; siempre me espera en la noche con los ojos oscuros de sus ventanas abiertos, sus cortinas polvorientas, su piso de cemento pulido, sus paredes que hieden a moho y desprenden cáscaras de pintura; mi casa con su olor a abandono, a ropa sucia, a nidos de cucaracha y perro remojado; mi vieja casa con su techo que filtra agua a goterones y chorros, goterones y chorros ,mientras no pare de llover; este refugio con su piso hundido, con sus lagartijas y sus grillos que gritan en las madrugadas metidos entre los cimientos socavados por las hormigas. Mi casa sin mujer cálida y perfume, sin amantes, abandonada a las sabandijas, mi casa llena de fantasmas del pasado y el presente que es en sí un regalo bueno o malo ¡qué terrible está mi casa esta noche! ¡por favor, que alguien venga a visitarme!

Mi alcoba es un patético refugio hecho para evadirme del tedio del silencio: tengo las paredes rayoneadas con citas de poetas, frases de libros y dibujos. Hablo con Jack Kerouac, con Carlos Prospero, Aureliano Buendía, Melquíades, Gunter Grass, Gabo, Cortázar, Quiroga; con mis sobrinas que dejan sus deseos de amor tintos con crayola de cebo, con mis vecinos que intentan que la soledad sea menos, hablo también conmigo mismo en estas paredes; mi cuarto parece el pabellón de un manicomio: una cama destendida, mugrosa y apestosa a sudores añejos, un escritorio miserable adornado con fotos, lapiceros primorosos, libros despastados, taza de café y pastillas para el dolor de cabeza, una silla estilo colonial, un sofá cama ocupado por bultos de ropa sucia, un abanico, un sombrero colgado de un clavo, una manita de madera para rascarse la espalda, dibujos de mi pequeña niña que me visita cada vez menos frecuente, zapatos y calcetines regados por el piso, discos compactos de música rock y jazz …y una ventana que da al traspatio lleno de sombras y miedo por las noches y sus sombras proyectadas por la luna, este patio que en el día se ve tan vivo con sus árboles enormes, sus flores y pájaros que le cantan a la vida que es tan dura; y yo en medio de todo esto luchando por darle sentido práctico a tanta cosa con su peso abrumador de tanta existencia.

…como me haces falta prieta, mi amor, mi vida.

Lo peor de esta casa es que no estás hoy, ni estuviste nunca ni estarás jamás. Mi prieta linda, mi amor ¿a dónde te has ido llevándote el pedazo de mundo que me pertenecía?

 

 

 

 

 

Setenta y tres años después.

Por Waldo Contreras López

 

Vita nunca se dio cuenta cabalmente como fue que el mundo comenzó a acabarse, como fue que el tiempo que se escapa y los alcances de su cuerpo se fueron reduciendo al chasquido de sus huesos y músculos; a tal grado estaba reducida que sus fuerzas y las horas apenas le alcanzaban nomás para comer sin hambre dos veces al día y sentarse a ver cómo es que el sol se arrastra sobre el cielo o bajo las nubes en su eterna salida y entrada del mundo.

Ya no era aquella vieja menuda y fuerte de caminar raudo, silencioso, de  huesos con resistencia para horas y horas de trabajo en la huerta, en la enorme milpa, en el corral y el gallinero y en el sacar y sacar agua de la noria a pura cubeta. Ya no era la misma ni en el carácter.

Cuando Demetrio murió hacía ya poco más de quince años ella tenía aun el humor agrio y siempre dispuesto a la lamentación, al regaño y a los largos espacios silenciosos, perdida en sus vericuetos mentales hechos de penurias y trabajo duro. Toda una vida bajo el techo de aquella casa que en estos días está casi para caerle encima.

Antes de la muerte de su compañero jamás se dio un momento para la apertura del corazón a sus hijas y sus nietos en las ya lejanas visitas de terremoto que les hacían en los días de semana santa, navidad y los tiempos de aguas; más bien al contrario siempre les tenía a todos un retortijón de boca, una mala palabra y una disposición en el carácter para que todo esa gente, incluido su marido, cayeran en la cuenta que lo único que ella deseaba en el mundo era que todos se largaran por la puerta más grande del solar, la puerta de trancas.

A sus nietos e hijas les escondía las empanadas de calabaza, las tortillas hechas a mano, los chicharrones de puerco, los coricos, los quesos oreados y “cuajadas”; les escondía también la caja de monedas del estanquillo y los dulces del mostrador; llenaba de tiliches la silla arcaica de peluquero para que los niños no se pasearan en ella y se divirtieran con su gira y gira de tornillo. Pero a Demetrio le iba peor, le cicatrizaba  la comida y las caricias y hasta el vaso de jugo o la taza de café.

Vita sentía a veces un malsano placer cuando veía que Demetrio agarraba a los nietos a la fuerza y los sentaba uno tras otro sobre la silla de peluquería y los dejaba horribles con sus cortes de convicto.

Se complacía a las escondidas en asustarlos con historias de terror, en regañarlos hasta por estornudar y enseñarles las cajas de galletas para luego guardarlas bajo llave en el telarañoso ropero.

Le llenaba el pecho de rabia sorda el ver correr a tanto niño tras las gallinas, los cerditos y los chivos; le molestaba que le dejaran los árboles frutales pelones, las pencas de nopal rayoneadas con sus nombres y llenos de corazones y de amor; le molestaba la buena salud, el buen comer y el ánimo festivo de toda esa prole salida de sus entrañas.

Pero en esos días también empezaba a mostrar lo que sería en un futuro a corto plazo, no una vieja amargada sino más bien una abuelita solitaria y triste.

Y es que a Vita se le entristecía la mirada de vez en cuando, se le mojaba y se le perdía en vericuetos remotos de su existencia; era quizás que se paseaba con esos ojos de capulín en los días de su juventud quimérica en los cuales era ella poco menos que una reina, una hija de hacendado advenedizo, la hija preferida de mamá Paz, la jovencita que tenía el mejor vestido en las fiestas patronales, la mejor peineta, la mejor pulsera y sus aretes, el mejor caballo con la mejor silla de montar; tenía además a los galancitos más guapos. Se le perdía la mirada en el recorrido de los sucesos que la pusieron en la entrada de aquel laberinto de carencias y de trabajo de sol a luna, de llenadera de hijos y aguantadera del grito en las noches de sexo.

A Vita jamás se le oyó contar leyendas de princesas ni de soldados valientes, ni de amores fantásticos. Según ella decía, jamás podría mentir. Las princesas no existen, los hombres son unos cobardes mentirosos y verriondos incapaces de nada, inútiles hasta para hacerles sentir amores a mujeres como ella. Ella les vivía su amargura y no perdía el tiempo ocupándose de contarla a viva voz a unos rijosos niños citadinos. Esa triste y amargada anciana solo tenía tiempo para hablarle a sí misma de su vida pasada, presente y mal afuturada; Vita empezó a sentirse triste cuando notó que toda esa bola de gente salida de su carne y que era sangre de su sangre en realidad iban a visitar y disfrutar al demonio que tuvo durante cincuenta y ocho años por esposo; ese rufián bueno para la cháchara, la mentira y el emboruque, el violín y la garganta cantante bien afinada por la botella de brandy o mezcal; para contar sus aventuras en los llanos o páramos y los cuentos infantiles.

El rencor recalcitrante de Vita se empezó a entonces a escaldar al paso de los años a tal grado que en el mundo ya quedó poco de lo que a ella le alegraba o le compusiera el ánimo y le diera espacio para pensar en cosa buena. Fue a partir de ese día cuando su tiranía comenzó a crecer al igual que se ensanchaban los espacios de tiempo en los cuales su mirada se perdía y se entristecía.

Pero en el fondo, muy en el fondo, Vita no era mala, solo era mala facha, como decía Demetrio de ella entre risas para provocarle ira pues era él y nadie más que él quien mejor la conocía.

Vita conoció y se enamoró de Demetrio Salvador Ríos en una fiesta patronal celebrada en un pueblo mezcalero de Durango, sucumbió a sus ardores de niña púber nomás con verlo de lejos sentado en un banquito con la pierna cruzada y tocando el violín mientras le alegraba el ojo a toda mujercita. Ahí estaba Demetrio con su sonrisa de medio lado y su voz dulzona, y las invitaba a hundirse en lo profundo de sus ojos claros. Señoritas y maduras, de buen y mal ver revoloteaban a su alrededor con patética codicia; y es que ese hombre no era común, ese hombre no era normal, ese Demetrio Salvador era el diablo en forma de hombre, de hombre bello: buena estatura, brazos poderosos de nervaduras de acero, espalda ancha y vientre plano, cintura estrecha, piernas gruesas y largas, musculosas; pié chico, cabeza cuadrada, mentón ancho, cara angulosa, tez blanca y boca grande de labio grueso y una mirada penetrante de ojos azules, cabello negrísimo y lo peor: cantaba hermoso peor más: tenía una miel deliciosa en sus palabras atrevidas, un humor siempre dispuesto a la mujer para endulzarles la dulzura del corazón.

 

Y Vita lo miraba desde lejos, lo miró durante días a través del abejorreo de las descaradas y la segunda fila de mujeres decentes y entre los brazos de las putas de baja estofa y poca braga. Lo miraba con el corazón encogido de ira, de dolor, de amor, Vita lo espiaba desde adentro de su corazón amordazado por la decencia y el miedo.

Lo miraba y lo miraba; y un día él la miró; la miró con sus ojos feroces y una sonrisa de burla, vita trató de desviar la mirada pero no pudo embrujada por sus ansias, y entonces Demetrio le lanzó un beso sonoro y vulgar con sus labios expertos de besar las putas. Y desde ese día ella ya no pudo sosegarse con nada: su corazón le daba tumbos a toda hora y se le paralizaba nomás de oír su canto a lo lejos, se le montaba en la garganta nomás de oírlo reír entre las mujeres. Y lloraba con el dolor de su pubertad en el corazón apenas inaugurándose en un amor de poca madre; lloraba por oír sus palabras lindas y sin dirección, por su zalamería mentirosa; Vita quería que esa miel llevara el rumbo de su nombre, de su nombre lleno de su carne la cual se le achicharraba sílaba por sílaba en su propio jugo y lumbre.

Entonces Vita lo odió de amor; llegó a odiarlo con tanto amor que se juró un día cobrarle la afrenta de ser tan pirujo con todas menos con ella; y tanto elucubraba el cobro que se pasaba las noche sin dormir rumiando el acto redentor de su corazón. No dormía abrazando sus muñecas y besándolas en la boca de Demetrio Salvador, les escupía sus caritas de vinil, les hablaba barbaridades sexuales y groserías de muerte hechas de ese amor-odio incontenible, las llamaba putas y les deseaba lo peor del mundo, les clavaba las uñas en sus ojos inanimados, toda febril, toda insomne con la piel prieta ardiéndole al bombeo poderoso de su corazón quinceañero; sus catorce-casi quince que se le antojaban suficientes; se la hacían demasiados ya como para tener que soportar el estarse revolcando sola en esa cama llena de lumbre y plena del vacío de Demetrio, tan vacía como sus años pasados; esos casi quince y su peso abrumador recién revelado y lleno de dolescencia, vacíos por tanto merecer siendo tan inmerecida; sus casi quince imposibles ya de contener, un día más era imposible de aguantar, ya no se podía con una noche más de sufrimiento.

El peso palpitante de su vientre casi le impedía caminar, sus entrañas llenas de mariposa e hilos de colores que se paseaban sin misericordia le provocaban cosquillas que casi le hacían desvanecerse en un delicioso sopor, el rumor de sus huesos calcinados por su sangre que hacía “Zum…zum…”en sus oídos le hacían sufrir hasta acostada. Vita sufría su cuerpo el cual le clamaba amor de hombre por primera vez en su vida.

Y la ocasión de cobrarse tanto agravio le llegó como mandada por el demonio.

Se organizó su fiesta de quince años con cuatro meses de anticipación; se hablaba de toretes, peleas de gallos, mezcal recién salido de la canaleta, invitados de todos los pueblos, muchachas envidiosas en edad de merecer y guapos mocetones. El cuarteto musical de Demetrio Salvador Ríos sería el amenizador del evento. A Vita le cambió el ánimo bajo el sol desde entonces y el semblante se le desfiguró; y aunque las noches seguían siendo igual, la luz del día la transformaba a la pobrecita, y cuando escuchaba el canto sentido de su amado-odiado dedicándole canciones a las mujeres mayores su mirada pensativa se tornaba cruel y su sonrisa se torcía en una mueca de perra sonriente a punto de comer filete.

A Demetrio le encantó esa lucha silenciosa, esos estira y afloja, pero cuando notó que la pasión de aquella estaba por encima de sus experimentados treinta y un años de rodar de cama en cama, cuando sintió en su pecho la angustia de que esa sonrisa de perra feroz era demasiada para su forma de sonreír matona de mujeres, cuando notó que el fulgor de los ojos de Vita ponían una nube en sus miradas de macho alfa azules como el cielo, mejor comenzó a evitarla.

Demetrio la evitaba de todo corazón y no porque su pasión lo enterneciera sino más bien porque esa brasa desmandada le trababa el ánimo de puro miedo. Tanto miedo le provocaba esa niña menuda que el sentimiento del canto se le iba al devisarla y evitaba hablar en voz alta en su presencia.

Para Vita sus cosas de la noche seguían; de hecho seguían peor. Seguía revolcándose en el atole caliente de su sangre que hacía que sus horas a oscuras transcurrieran despacias; pero lo peor era que el odio se le había ido y el amor se le había multiplicado. Vita ya no lloraba con sus vísceras llenas de mariposas e hilos de colores ni con su hígado lleno de la hiel de  la rabia y la fiebre hormonal, ella lloraba entonces con la pura alma; lloraba porque entonces estaba enamorada del ser humano más tierno del universo, estaba enamorada como las niñas se enamoran de un gatito desolado y miedoso.

 

Por su parte Demetrio pensaba en ella en serio, pensaba en ella como en una mujer amable por primera vez en su vida de trashumante. Se desveló con otro ánimo y con ganas de pensar cosas rosas, con una extraña sensación de incertidumbre que saboreaba porque le era desconocida a su edad. Pensaba más en Vita como lo hacen los quinceañeros y no como un hombrón con tanta y tanta cama perfumada por mujer. Se dio cuenta por primera vez en su vida que su lecho nocturno había estado siempre solo pero que ahora empezaba a inundarse por una ternura y un amor. Sentía tanto amor dentro de él que por primera vez en su vida cedió a la tentación de abrazar la helada almohada para darle su tierno calor y entibiarle las mejillas con sus besos.

 

El día veintidós de  agosto de mil novecientos cuarenta y dos las nubes estaban tan cerca de la tierra que se podía sentir su peso sobre los hombros de todos los habitantes de aquel pedazo de mundo, se podía sentir el recorrer ruidoso de la carga eléctrica por la superficie del pellejo y la humedad helada en las narices.

Las campanas de la capillita de Topia doblaban a fiesta sacramental pero a Demetrio Salvador le parecía que tenían una resonancia luctuosa y tétrica bajo aquel cielo de perros. Respiró hondo cuando vio a Vita salir de la iglesia blanca de ropa como una paloma, blanca del rostro como las vírgenes de cerámica de los grandes templos del mundo y blanca de sus labios resecos y temblorosos; y sus ojos eran más blancos aun, su mirada refulgía como la luna bajo aquella semipenumbra del cielo, un brillo triste acompañado de una sonrisa de ferocidad mal-forzada. Demetrio desvió sus ojos de aquel espectáculo de miedo bajo las nubes cuajadas de lluvia y comenzó a tocar el valse del vino, mujeres y canto; tragó saliva y casi se tragaba el mundo de lo dura y angustiante que fue la pasada de ese líquido ácido y sabroso a centavo, su tráquea emitió un sonido de convulsión y le preguntó a dios con toda la fuerza de su pensar como chingados le iba a hacer para cantar en la fiesta.

 

Vita bailaba del brazo de su padre y en un momento de la danza le pasaron ambos a centímetros y ella le sacó la lengua y le regaló una mirada de desprecio y aun así se dio a la maña de aventarle a sus pies un papelito, se lo aventó de forma caricaturescamente disimulada. Demetrio lo recogió al termino del vals y lo des tendió con maneras teatrales, como para que todos se dieran cuenta; el papel envolvía el ojo de una muñeca, un ojo azul como los suyos y el recado decía: “te amo maldito depravado y si tú  no me amas te mandaré sacar tus ojos putos”. Se guardó el ojo en el bolsillo, arrojó la carta al suelo y la pisó con exagerado desdén cuando ella lo observaba de reojo; notó como el rostro se le desencajó de muina y la admiró por el dominio que tenía de sí misma para evitar mirarlo y matarlo con el cuchillo ardiente de su alma subajada: “quieres guerra pinche niñita caliente, guerra tendrás hija de tu reputa madre” pensó Demetrio con la mandíbula trabada de furor y los ojos cuajados de lágrimas

 

Demetrio supo que el fin de tanta incertidumbre estaba cerca cuando tocó el último acorde de “el vals de sjosala”. Vió entonces que Vita soltaba la mano de su padre y se encaminaba hacia la tarima sobre la cual estaba ubicado su grupo de perdularios. La vio con sus pasos, con su andar frívolo y su percha altiva y mirada desdeñosa. Cuando estuvo a un metro de él se regocijó de burla, se relamió los labios y le dijo:

-Bésame mucho

-¿Qué? ¡Claro que sí!

-Bésame mucho, la canción idiota. A mí jamás me besarás ni en sueños perro roñoso.

-Verás que sí.

-Verás que no.

Vita se alejó riéndose de su cara de idiota, moviendo sus caderas incipientes de la adolescencia y tirándole un beso de gesto inexperto pero coqueto mientras le guiñaba un ojo con una picardía muy natural.

A Demetrio se le puso el ánimo bravo a partir de esos instantes agónicos. Se juró a sí mismo que no acabaría la oscuridad de la noche sin antes besar esa boca olorosa a hierbabuena, que no saldría el sol sin antes acariciar esa piel prieta y aterciopelada, aromatizada por jabones y perfumes europeos.

 

 En el cuarto descanso musical Demetrio se encaminó a orinar la cerveza que había bebido a las cuadras del fondo y entonces la vio; la vio llegar apresurada y pararse tras el granero, vio cómo se levantaba el vestido color blanquísimo que fosforecía bajo la luz de los relámpagos, vio cómo se bajaba los calzones, la vio acuclillarse y escuchó el zumbido sordo del chorro de orina dando contra el suelo. No perdió un segundo y casi corría para sorprenderla en esa disposición tan inmejorable.

 

Vita sintió sus pasos y cuando él ya estaba a medio metro de su cuerpo apenas hacía un instante que se había subido las pantaletas, Demetrio la observó trémulo, con su mirar amiedado, se aproximó con un dedo contra los labios. A ella se le puso la piel de gallina y se le deshizo en un agua helada cuando aquel hombre de sus sueños la levantó del suelo con sus brazos poderosos para sacarla del pozo de miedo en el cual estaba. Vita sintió sus labios, noto como temblaban al apretarlos con los suyos, ella le rodeó la cintura con sus piernas elásticas mientras se dejaba devorar por el cuello. El temblaba de la cabeza a los pies y casi se desmaya cuando la voz enronquecida de calentura de ella le resopló en el oído: "ámame pero ya". Él la recargó en la pared del granero y le levantó el vestido de quinceañera, le hizo las pantaletas a un lado y cuando su ser empezaba a impregnarse del olor a sardina de su entrepierna escuchó el nombre de su doncella en voz de otro hombre:

-¡Vita! ¡Vita! ¿Dónde chingados andas pues?

-¡Estoy orinando papá! -contestó ella en un grito enojado.

Vita escuchó el trueno de la risa de sus amigas, el sonido convulso de la carcajada aguantada de Demetrio y casi escuchaba el crepitar del rubor ardiente de sus mejillas. Él se reía de buena gana con una mano en la boca, destensado ya de sus nervios y le dijo con seriedad teatral y burlona: "mejor vete niña, no vaya siendo que termines meándome", ella lo abofeteó furiosa y se encaminó con su paso altivo, acomodándose los calzones.

 -Esto todavía no termina Vita

-Esto nunca terminó de comenzar perro roñoso -le dijo ella sin voltear a verlo.

-Terminará algún día, mal o bien pero va a terminar.

-Quédate sin dormir años pensando en eso si es tu gusto, de mí no volverás a tener algo desde este minuto en adelante.

-Verás que sí

-Verás que no, roñoso estúpido.

 

Llegó sofocada a donde estaba su grupo de amigas, trataba de concentrarse en vano en sus charlas desabridas, trataba de reír, de sonreír y palabrear con ellas pero el cerebro nomás le alcanzaba para buscar la sombra de su amor entre los árboles y las cercas empalizadas. Un relámpago formidable surco de sur a norte el techo de nubes opresivas y lo miró, lejano, pensativo, fumando un cigarrillo.

 

Habían pasado setenta y tres años pero Vita lo recordaba como si todo hubiera sucedido apenas hacía unas horas. La tarde de su domingo de recuerdos era muy parecida a la de aquel veintidós de agosto del año cuarenta y dos, con el ambiente cargado de electricidad y el aire helado de humedad. Todo era triste, triste ver a los pájaros en sus nidos y sus polluelos que piaban de miedo ante el embate del viento a su rama, tristes las gallinas que le devolvían con mirares expectantes sus formas de llorar y estar sola, triste oír el canto del grillo en su refugio solitario,  triste el croar de la rana agradecida por las dádivas húmedas del cielo, triste el canto ululante del búho acompañando la música suave de los aires pasando por entre las tejas y la orquesta milenaria de las hojas de los árboles acariciándose entre ellas.

 

Setenta y tres años tuvieron que pasar para darse cuenta que aquello que según ella nunca había comenzado ya estaba a punto de acabarse. Setenta y tres años después y el amor que ahora sentía se le acabaría con su muerte y nomás; sentía tristeza pues hacía quince años que admitió que amaba de verdad a aquel hombre al cuál intentó por todos los medios amargarle su existencia de enamorado. Tuvo que admitir que el amor de él era superior pues lo comenzó a extrañar nomás le echaron la última palada de tierra encima. Nomás saberlo muerto lo comenzó de verdad a amar.

 

Lamentó no haberlo admitido setenta y tres años atrás, el día aquel en el cual Demetrio la encontró en las orillas del río, indefensa y aculonada por el recuerdo del azuzo en días pasados contra aquel macho enamorado: la encontró sola después de días y días de acoso implacable, silencioso, y aun teniéndola a su merced Demetrio le seguía teniendo miedo a aquella mujercita. Ella trató de huir nomás para ponerle emoción al asunto pero cuando sintió que la lazaba y la tiraba al suelo con la fuerza de sus brazos supo que la noche de amor no sería como aquella bajo las nubes opresoras tras el granero, Vita se paró y se le quedó viendo aturdida por la emoción y el golpe, embelesada y borracha de miedo, y entonces Demetrio la tomó por los cabellos, ebrio de amor y de mezcal y la subió en peso al caballo.

Lo que Vita jamás pudo superar ni en su juventud, ni en su madurez, ni en su ancianidad fue el sentimiento de los celos: celos de todas las mujeres incluidas sus hermanas, celos de las vacas en el corral, de las gallinas y las chivas, celos de la milpa, la botella de vino y el violín. Sentía celos porque todo en su conjunto le perdía horas de marido. Le corroía el celo y la rabia debido a sus años reflejados en el espejo que le enseñaba las arrugas de su rostro y la flacidez de sus senos, celos de la vida a favor de él, de la salud de ese hombretón para quien los años de trabajar y trabajar no habían podido arrebatarle el vigor de macho.

Sintió celos de sus hijas y luego de las hijas de sus hijas; y a pesar de tanta mujer en el mundo el amor estaba por encima de temores y su rabia, y aguantaba sumisa, callada. Y a pesar de tanta mujer y tanta vida a Demetrio tampoco se le desgastó el eje que sostenía el cariño inmenso por aquella mujer tan agria, tan carente de la miel de su ternura. Vita lo siguió odiando de amor hasta el día en el cual su Demetrio Salvador se le murió. Lo odiaba de celos y lo amaba por lo que provocaba sus celos; lo odiaba porque lo veía dormir tan a gusto siendo que ella siempre deseaba que no durmiera acongojado por el conocimiento de que ella, su Vita, no lo amaba. Lo amaba con odio al verlo dormir tan seguro de su amor, cansado de comerse su boca e impregnarse de su aroma recóndito a sardinas. Ella hubiera sido feliz con saber que todas las mujeres del mundo, incluidas sus hijas y las hijas de sus hijas, nomás lo odiaran y no como ella quien tenía el corazón por un lado y la mollera por el otro.

 

Pero cuando vio que bajaban el horrible ataúd, con su amado-odiado Demetrio recostado dentro a la tibia tierra, sintió que su cabeza se liberaba de ese peso que no le permitió ser feliz como debió haber sido ni le permitió hacer feliz como debió haber hecho a aquel pobre infortunado amador; vio como le echaban la última palada de tierra encima y se dio cuenta que nomás le quedaba el puro corazón y su conocimiento del amor.

 

Entonces lloró como nunca lo había hecho, lloró porque se dio cuenta que estaba sola con sus nostalgias empezando a florecer como locas, sus nostalgias brotando colorinas y frondosas alimentadas de tanto amor malgastado. El odio y los celos habían muerto con Demetrio y solo le quedaban las remembranzas bellas de los motivos de sus celos: el recuerdo de la sonrisa matona, su mirada de cielo y la miel de sus palabras; le dolía que estuviera muerto por todo eso y porque además sabía muy bien que él le había amado con toda su alma.

 

Y setenta y tres años después, en aquella tarde lluviosa de domingo de recuerdos, se arrepintió de no haber bramado de placer cuando Demetrio arremetía en ella con tierna hombría, con dulzura poética, con sus miradas de muerto en vida; se arrepintió de no haber amanecido recargada en su pecho peludo, de no alargar las noches en pláticas de enamorados; se arrepintió de no verlo en la mesa a la altura de las sillas en los desayunos, las comidas y las cenas, de no bañarse a jicarazos junto a él, de no permitir que la tumbara en el suelo de la troja y le arrancara grititos y risitas de hembra alegre; se arrepintió de no haber disfrutado como dios manda de aquel portento.

 

Una vieja nostálgica, en eso se había convertido. Sola con sus achaques seniles del cuerpo y del corazón, su corazón que le sacaba muchas lágrimas al atardecer. Una vieja reducida a la impiedad de sus huesos y músculos, a la mala calidad de su apetito y digestión, a las tarantas al amanecer.

 

Setenta y tres años después cargando tanto tiempo sobre sus huesos. Y su corazón marchito y nostálgico quedó reducido a vaciarse sobre la blancura burlona de un cuaderno. Y ahí anotaba los sucesos más relevantes de su vejez de mujer jodida; en el describía con palabras burdas y tiernas sus tribulaciones y sentires, las visitas cada vez más esporádicas y piadosas de sus hijas y vecinas. Y las describía a sus hijas libres de impurezas, sin rencores absurdos; hablaba de ellos con tristeza, con toda la dulzura que desde hacía décadas les venía debiendo; escribía y se daba cuenta a medida que llenaba la libreta, que ellos eran lo único bueno que le quedaba en el mundo lleno del vacío de su amado Demetrio.

Y a medida que se le acababan las hojas blancas y llenas de ese vacío burlón que de ella se despedía, fue exagerando las descripciones de cariño a sus hijas y nietos, lo que quedaba de su estirpe, esquiva y llena de vida. Y al paso de las hojas se le reveló la verdad y no sintió sorpresa ni se le amargó el ánimo cuando cayó en la cuenta que les exageraba su cariño porque no los amaba sino que más bien porque sentía que tenía que pagarles a ellos todo el amor que a su Demetrio le quedó debiendo. Era como si su corazón fuera la libreta y cada hoja un latido de su alma; una libreta la cual tenía que llenar lo más posible de muestras de cariño malgastado, antes de que las hojas se le acabaran.

 

La menor de sus hijas fue la primera que se dio cuenta que aquella anciana triste estaba acercándose a la hora de morir cuando en una de sus visitas esporádicas Vita le contó los detalles más recónditos de su corazón cicatero. Lo supo cuando le dijo que la amaba tanto y que por favor la visitara más seguido, se dio cuenta cuando le pidió con un ansia mal disimulada y una mano en el corazón que en su próxima visita le llevara una libreta, la más grande que le fuera posible, pues era que con tantos años encima y una casa tan solitaria ahora el tiempo le sobraba y quería escribir un diario.

 

Vita quería continuar el diario que dejó inconcluso antes de cumplir sus quince años de edad, cuando en su vida solo había color de rosa, muñecas de vinil y juegos infantiles; cuando su vida carecía de ojos azules, sonrisas matonas, canciones bonitas y palabras de miel. Cuando su alma carecía de hombres que incendiaban las cobijas con su ausencia, cuando su corazón aun no conocía el dolor.

Llenar libretas de ese tipo de vida, de ese tipo de años en los cuales estaba reducida a solo imaginar el mundo, setenta y tres años después.

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