Martes, 27 Octubre 2020 03:09

...Y STALIN EL POETA (Fragmento) Roberto López Moreno / Texto crítico escrito por Mario Rivera /

Escrito por
Valora este artículo
(0 votos)

 

 

 

...Y STALIN EL POETA

(Fragmento)

Roberto López Moreno

Texto crítico escrito por Mario Rivera

 

 

El poeta Soselo (seudónimo literario de José Stalin) acaba de decir desde el papel uno de sus poemas.

   El poeta Basilio Coronado dedicó toda la tarde a realizar la glosa de los poemas que conforman su apasionada “atención” desde hace meses. Sobre su mesa de trabajo han sido consideradas una y otra vez las piezas literarias de Federico García Lorca, Guillaume Apollinaire, Welhelm Küchelbeker, Rainer Marie Rilke… que han constituido su apasionada reflexión. Los poetas de diversas partes del mundo unidos por la muerte que es la vida en este juego de espejos encontrados.

    Su mirada atenta es una combinación de apasionamiento y raciocinio acerca de esas piezas. Toda la poesía del mundo reunida de manera simbólica en los materiales que ha estado analizando con verdadero fervor lo mantiene con los ojos abiertos, sin el menor rasgo de fatiga no obstante las largas horas que ha pasado sin dormir, haciendo en esas largas horas de empeño, consideraciones y ajustes conceptuales. García Lorca, Apollinaire… cada uno un universo y todos, el universo.

   Basilio Coronado poeta de ensortijada pelambre entrecana trabaja en el interior de una reducida kómnata con penetrante olor a encierro intelectualizado, en la parte en la que se reduce la gran avenida de Kalinin hasta convertirse en una apacible calle en dirección a la muy cercana Plaza Roja (Kráshnaya Plochard). En tan breve espacio conviven libros de todas las edades. Y el poeta Coronado las vive todas. Mientras esas edades lo viven a él, de verso a prosa y viceversa.

   “Los cien enamorados / duermen para siempre / bajo la tierra seca. / Andalucía tiene / largos caminos rojos. / Córdoba, olivos verdes / donde poner cien cruces / que los recuerden. / Los cien enamorados / duermen para siempre”. Coronado visualiza a García Lorca zapateando una danza en la que combailan el poeta y el esqueleto que le recuerda que la vida es una organización de huesos nacida para la salud del músculo.

   Clasifica. “La muerte / entra y sale / de la taberna. / Pasan caballos negros / y gente siniestra / por los hondos caminos / de la guitarra. / Y hay un olor a sal / y a sangre de hembra, / en los nardos febriles / de la marina. / La muerte entra y sale / y sale y entra / la muerte / de la taberna”. El pequeño cuarto impregnado de humedad aprisiona las imágenes que se desprenden de los papeles clasificados y después se abre para que las ideas se liberen hacia los rumbos cardinales. En las paredes, en partes forradas por recortes de periódicos tintados con letras cirílicas y en partes adornadas con fotografías vociferando a viejo dominan escenas de actos políticos en los que la muchedumbre y sus líderes son un mismo nudo sobre el que se desliza la humedad.

   Basilio Coronado, el poeta, echa la cabeza para atrás, como queriendo descansar alguna fatiga que le asolara la nuca. Así permanece durante varios minutos para después volver a su posición original, sentado frente al reducido escritorio de madera en donde no cabe ni un papel más. Fija la vista en las fojas en las que ha estado trabajando. Distingue entre la penumbra de buhardilla a medio día los nombres de los poetas tratados, Federico García, Rilque, Wilhelm Guillaume, aprendiendo de ellos la salud de la muerte, mostrada por esos escritos recogidos de diferentes caminos literarios.

   Coronado viene de las consideraciones pertinentes; ahora está en el momento de las reconsideraciones. Lee con emoción pero también con detenida atingencia. La muerte en movimiento, el poema avanzando inexorable.

   Un estruendo. La traición. Ahora el poeta hace un gesto de angustia. Algo lo sofoca al grado de que los ojos parecen salírsele de las órbitas. Se lleva una mano al pecho. Trata de toser pero es endeble la expectoración por su boca convertida en mueca en unos cuantos segundos. Con la otra mano parece apretarse el cuello. Son segundos de tránsito angustioso. Finalmente su torso se dobla y la cabeza cae sobre los poemas. En medio de aquella soledad entre papeles, el cuerpo de Basilio Coronado, el poeta, adquiere un pesado reposo. El poeta ya no respira. El poeta ya no alcanza a tocar sus legajos. El poeta ya no clasifica ningún texto. El poeta acaba de fallecer.

   Mañana,  cuando sean las 13 horas del 25 de diciembre de 1991, Mijail Gorbachov informará al mundo que la Unión Soviética ha dejado de existir. La bandera roja será arriada de los mástiles del Kremlin.

 

 

 

 

EL CANTO A STALINGRADO DE LÓPEZ MORENO

Mario Rivera

“Y Stalin el poeta”, la reciente novela –inédita— de Roberto López Moreno es el testimonio de que, así como hubo en México entre la clase media una “generación del 68”, hubo también otra que, entre los intelectuales, se reconoció en torno a la batalla de Stalingrado y a su jefe máximo, el gran Josif Stalin. Es también, sin lugar a dudas, centralmente un canto a Moscú, ciudad de los sueños eternos del autor.

si yo no conociera a Roberto, casi podría asegurar que con su búsqueda de la poesía de Soselo el poeta planeó con perversión de ajedrecista del verbo una respuesta demoledora y contundente al Leonardo Padura de “El hombre que amaba a los perros”. Como si le dijese, mira, muchacho, te voy a enseñar la libertad de las letras y cómo tus mayores le cantaron a Stalin. Hombres pluma de carne cuyas voces valen más que tus mentiras trotskistas. Comenzamos con el gran poeta Pablo Neruda, a quien, tú, gusano, no le llegas ni a los tobillos. Y nos seguimos con Alberti y con Miguel Hernández y con Efraín Huerta y Nicolás Guillén y el gran gran grandísmo Juan Bautista Villaseca, de quien no quedó ni rastro entre tantos poetas con guantes….

con esas voces de poetas va armando el poeta su propio canto al tata, padrecito Stalin, de quien descubre en la marcha de su oda libre en tonos líricos que es, a su vez, el más grande de todos los poetas. Escrito siguiendo el cauce de Schostakovich, describiendo sus sonoridades de nieve. La música soviética. El otro testimonio de cómo el socialismo cruzó el cosmos y se aposentó en el espacio. Cuenta también el verso lo de los altavoces con la séptima en Stalingrado, sostiene que es esa música por sorpresa la que derrotó a los nazis, pues, al quebrarles sus coordenadas, los paralizó de miedo.

es como Virgilio haciendo el recuento de su vida frente al malecón de La Habana: un recuerdo que vuela de Moscú al Cerro de la Estrella y que incluye la reconstrucción arqueológica del rito de la iniciación en el personaje que se derrite desde las cejas convertido en mierda para renacer renombrado con otra identidad más un vuelo histórico-aéreo con la pluma sobre el antiguo altiplano de xochimilcas, texcocanos, tlatelolcas y también de por el rumbo de Azcapotzalco.

en otros momentos, la voz del poeta penetra el secreto de las ecuaciones de la lujuria. Su lengua zarandea el clítoris enhiesto de su amada. Escupe en su sexo y lo penetra como serpiente furiosa despeinada. Hielitos de vodka que se estrellan sobre el cristalino vaso. Risas estruendosas de cuando uno toma medicinas. Muecas. Contorsiones. Viejos fantasmas deambulando por entre las cortinas de humo para ocultar que también ya cruzaron por el rito de iniciación en el que mudas de nombre y te conviertes en caca. Fantasmas que ayer fueron guerrilleros y hoy se mimetizan en los escaparates de los aeropuertos para no ser reconocidos por nadie. Hace tiempos que están muertos. Y ahí es donde se cuelan los gritos de estudiantes. Chorrean de sangre. Son los zombies del dos de octubre que vienen escurriéndose desde el templo de los sacrificios, para después desperdigarse por el mundo, por los aeropuertos. Moscú, San Petersburgo, Londres, Ciudad de México, Caracas. La traición. La constante y persistente traición. La ensangrentada traición. La traición babeante y sin dientes.

pero al poeta le restan ganas de seguir volando. Sabe que en Juárez y Xocotla se halla el pico más alto del cerrerío de Tlalpan. Allí, en otros tiempos, trepando en bicicleta, sería capaz de describir los remolinos que se forman en la planicie desértica de lo que ayer fueron bosques.

¿son trazos gaseiformes de la vida como en las novelas neblinosas del cubano Enrique Labrador Ruiz? ¿puras ganas de suspenderse hasta la muerte en el goce del canto? ¿homenajes a Homero, a Lenin y a la Biblia, a Jacinto Canek? Un trazo de lo que fue la vida… Ofrenda de artesanos.

(10 de agosto de 2020)

((va por tu cumpleaños, Y no se me podía pasar que en la página 27, si mal no recuerdo, haces una mención de mi hermano Cuauhtémoc Rivera))

Visto 392 veces Modificado por última vez en Jueves, 29 Octubre 2020 04:16
Roberto López Moreno

Roberto López Moreno. Entre más de cuarenta títulos publicados se encuentran los siguientes libros: de poesía: Décimas Lezámicas (UNAM); De saurios, itinerarios y adioses (Universidad Autónoma de Chiapas); Verbario de varia hoguera (Instituto Chiapaneco de Cultura) y Sinfonía de los salmos, también de la

332 Hablemos de poesía (UNAM). De narrativa mencionaremos: Yo se lo dije al presidente (Fondo de Cultura Económica); Las mariposas de la Tía Nati (Tercera edición en la colección Lecturas mexicanas del CNCA); La Curva de la Espiral en la editorial (Claves Latinoamericanas) y Cuentos en recuento, (UNAM). Ha representado a nuestro país en ciudades como Salta, Argentina; en Santiago de Cuba y La Habana, Cuba; Berkeley, EU; Medellín, Colombia; Struga, República de Macedonia entre otros sitios. Otro libro suyo es Crónica de la música de México

Deja un comentario

Asegúrese de introducir toda la información requerida, indicada por un asterisco (*). No se permite código HTML.