Lunes, 13 Noviembre 2017 04:30

UNA HORA DE ETERNIDAD / Matías Mateus 3da Parte /

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UNA HORA DE ETERNIDAD

 

Matías Mateus

3da Parte

 

 

Minuto 25

Por supuesto que uno mantiene intacta la virtud de discernir y operar debidamente, o lo mejor posible, ya que sopesar conceptos abstractos depende de cada ser.

Pero esa virtud se disuelve cuando llegas al punto en que te das cuenta de que ese irrefrenable y supuesto amor que uno posee hacia el prójimo, es mentira. Cuando en la defensa de nuestra grandeza y generosidad, somos incapaces de percibir la devoción con la que engalanamos el egoísmo y la cobardía; nos aterra descubrir que la supuesta grandeza no es más que una simple intensión, como si al despertar luego de una borrachera nos encontráramos con la mujer del mejor amigo. A continuación de esa fotografía, el apetito de desmentir lo manifestado anteriormente se presenta con desesperación. Porque en definitiva, la sustancia que constituye nuestro cuerpo no es más que una masa en detrimento, una vez que las hormonas dinamitan la inocencia. 

Desvelarse en tal sentido es peligroso, más si eres portador de un arma.

Minuto 26

Tomé un largo trago de cerveza, sin hacer caso al paseo ridículo-seductor del ser al que prometí, frente al cura y a Dios, amar y respetar hasta que la lerda muerte nos separe.

Pobre. Debe jurar que está divina. Si será infeliz que eleva su autoestima pagándole a un pendejo para que le mueva la carrocería. Para peor lo hace con mi plata.

Dejé la botella en el piso y caminé hasta la puerta del dormitorio.

El antojo de ingresar al cuarto y exigir mi porción mensual de sexo golpeó mi cabeza; como en todo buen matrimonio, es necesario ese sublime instante de desagradable liberación.

Abrí la puerta impulsado por el deseo de acostarme junto a ella en lo que se había convertido en el lecho de muerte y saciar mi apetito con su cuerpo, no por satisfacer el deseo sexual en sí, sino por la animosa intención de desagradarla, poseerla y hacerle vivir un momento nauseabundo.

Minuto 27

—Santi, Santi, mi amor —la temblorosa voz de mamá sonó desde algún lugar.

Me tomó la mano y sentí que apoyaba su cabeza sobre mis piernas.

—Ramiro —empecé a decir y fue imposible continuar.

Quise reírme para no mostrarle a mamá el sufrimiento que estaba terminando de matarme.

Varias luces aparecieron alrededor de la cabeza de mamá que se erguía y volvía a caer sobre mis piernas. Alguien la levantó y la alejó de mí, brotó un llanto desesperado que me sobresaltó generándome un ligero temblor.

Alguien apoyó los dedos sobre mi cuello, el dueño de esos dedos le susurró a otra persona palabras que no logré entender, pero sin dudas no eran buenas noticias.

El grito de mi madre aumentó, yo no podía hacer nada para contenerla. Otra voz pidió permiso y cubrió mi cuerpo con una tela.

Minuto 28

Solo me quedó la poca plata que tenía encima y el fierro.

—Ya te voy a agarrar, pedazo de una perra —mastiqué con bronca.

Me cambié de ropa y fui con mucho cuidado hasta la calle. Sentía el cuerpo completamente tenso por la paranoia que me había invadido.

—No importa la hora, afuera siempre hay una vieja con el perro —dije con bronca al ver a la vecina.

Me puse la capucha y caminé lo más rápido posible para alejarme de la zona. Me palpitaban las sienes por la excitación. La cola de un gato acarició mis piernas sobresaltándome más de lo que ya estaba.

—No tengo nada que perder —dije pegándole una piña a un contenedor de basura—. Pero esta conchuda se va a arrepentir por lo que hizo.

El ruido de un auto a mi espalda llamó mi atención, caminé sin mirar hacia atrás. Se terminó todo, pensé. Me aferré al gatillo del revólver y me di vuelta dispuesto a todo.

 

Minuto 29

 

Lo primero que distinguí entre el tumulto que había en la vereda fue a Olga; estaba recostada contra la puerta de su casa, con los ojos perdidos en el piso.

Algunas viejas la rodeaban y parecía que le estaban dando muestras de apoyo o vaya a saber qué es lo que le dan a una persona cuando está sufriendo sobremanera, luego de dedicar las tardes a sacarle el cuero.

No tuve necesidad de mirar hacia el cuerpo tapado para saber lo que había ocurrido.

—Olga —dije casi en un susurro. Tuve que reprimir la necesidad de llorar al saber a mi amigo muerto.

La rodeé con mis brazos y se dejó caer sobre mí.

—¿Sabés algo, Ramiro? —me preguntó—. ¿En qué andaba mi hijo?

No pude soportarlo y empecé a llorar junto a ella. Olga merecía tener algunas pistas respecto a los ambientes que frecuentaba Santiago, pero debía ser prudente al develarlo.

 

Minuto 30

 

—Mamá, mamá —llamé con la boca pegada a la puerta—. Mamá, soy yo, Rocío.

Pegué el oído a la puerta, adentro parecía que no había nadie.

Me resultaba extraño que hayan salido, pero era posible. Golpeé la puerta con los nudillos procurando no alterar el silencio que predominaba en el pasillo y no llamar la atención a los vecinos.

Al golpearla, la puerta hizo un chirrido y se apartó del marco. La empujé y me encontré con una habitación vacía y a oscuras.

—Mamá. ¿Estás en casa, Mamá? —volví a llamar con un poco más de volumen, después de cerrar la puerta.

Encendí la luz del comedor. Lo único que oía era el sonido de la madera bajo mis pies, caminé hacia el dormitorio, con la esperanza de encontrarlos durmiendo.

—Mamá —susurré, antes de cruzar la puerta.

 

Minuto 31

 

Era insostenible la situación, hacía meses que llegaba borracho y venía derecho a cogerme, como si yo fuera una puta, al principio no me resistí, pero se puso cada vez peor, más violento y agresivo de lo que ya era. Las veces que me negaba terminaba insultándome y reventándome a trompadas. Se iba amenazándome de muerte, que iba a volver y a volarme la cabeza de un balazo. Aparecía a los pocos días, siempre en el mismo estado y todo volvía a empezar.

Por eso decidí esconder la cuchilla bajo la almohada, para evitar que siguiera repitiéndose esta situación. Te juro que la intención era asustarlo, porque yo sabía que me quería. Pero cuando vio la cuchilla en lugar de retroceder se puso furioso, me agarró de la muñeca y me dio un cachetazo con la otra mano. Con la poca fuerza que me quedaba estiré las piernas y lo empujé. Perdió el equilibro por la borrachera que tenía encima y cayó de lado. Hizo un ruido seco cuando golpeó la cabeza contra la mesa de luz.

 

Minuto 32

 

Ofrecerle disculpas no estaba en mis planes, por el contrario, volví a la enfermería con la decidida intención de humillarla frente a todos, demostrarle fehacientemente que ya había dejado de ser dueña de sí. Yo expropié su cuerpo, su mente y su alma, ahora me pertenecía. 

No será un trabajo difícil, ya que su reputación dentro del hospital jamás tuvo mucha consideración, más cuando se corrió el rumor de su amorío conmigo.

—¿Qué pasó? —le pregunté al guardia de seguridad, al ver el alboroto en la enfermería.

—Parece que la nueva tuvo una crisis en el baño y rompió todo. 

Ahora un par de turritas le brindaban contención, si serán hipócritas, critican hasta el esmalte de uñas que lleva puesto, y ahora se desviven por atenderla.

—Tengo un videíto que te va a encantar —le dije al guardia—. Es de la minita que le gusta romper cosas —los granitos de sus mejillas brillaron por la excitación—. Puedo darte una rica propina si lo haces circular por las redes sociales.

 

Minuto 33

 

—Me encantaría denunciarlo —dije luego de permanecer callada un buen rato. Mis compañeras prestaron atención a mis palabras—. Pero ¿cómo lo hago? — me largué a llorar con desconsuelo, Rita volvió a abrazarme como si se tratara de su hija e intentó calmarme.

No era la primera mujer que pasaba por este calvario dentro de la institución. Me había llegado el rumor de que varias chicas sufrieron la misma situación que yo, y decidieron renunciar porque no pudieron soportarlo.

Su sola mención llenaba a las dos compañeras que me rodeaban de asco y rechazo, eran totalmente conscientes de su influencia y la situación les generaba tanta impotencia como a mí.

Lo vi pasar frente a la puerta de la enfermería y me levanté. Rita y Silvia se quedaron boquiabiertas cuando fui tras sus pasos.

 

Minuto 34

 

Una muchacha en ese estado era capaz de hacer cosas con un grado de imprevisibilidad de la que puede arrepentirse toda su vida. Fui tras ella luego de un segundo en que quedé pasmada, razonando lo que estaba ocurriendo.

Por un momento deseé con el alma que lo alcanzara y le hiciera pasar el peor momento de su vida. Por qué tendremos esa necesidad de reprimir el verdadero sentimiento que nos embarga, pensé durante el tiempo que duró ese deseo; seremos tan cobardes que somos capaces de soportar el constante hostigamiento con tal de cuidar la chacrita. Porque el poder que cree poseer no es más el que nosotras mismas le facilitamos.

Sus ínfulas no se conforman con la obediencia, es necesario que la humillación y el dolor brote por los poros de la otra persona, pulverizándole mente y alma.

La tenía a dos pasos de distancia, él seguía caminando sin percatarse de que lo perseguían, estiré el brazo para detenerla, lo medité un segundo y volví a bajarlo.

 

Minuto 35

 

Las piernas me temblaban durante los pasos que di desde al auto hasta la puerta.

Nunca en mi vida tuve la osadía de realizar semejante acto, descender del taxi para alcanzar a una mujer sin la menor idea de qué decirle cuando quede cara a cara con ella.

Descubrirlo me hizo dudar, evalué la posibilidad de dejar esta locura de lado y volverme al auto. Qué pensará la muchacha cuando vea a este dinosaurio, a esta especie en extinción cuando abra la puerta. Llama a la policía o se tira al piso a reírse. Prefería bancarme la denuncia que la cachetada a la autoestima.

Respiré hondo, miré hacia el cielo deseando que los astros que pululaban por la vasta extensión del universo estuviesen alineados a mi favor.

Llamé a la puerta con dos golpes cortitos. Pasaron algunos segundos y no se oía nada, como si la casa estuviese desierta. La eternidad transcurrida en esos los segundos me hizo desistir de la idea y me volví con la intención de no volver a pasar por esa cuadra.

 

Minuto 36

 

—Qué rostro este veterano —dije un tanto avergonzada—. Qué valor para bajarse y llamar a la puerta. —La actitud me generó un calor que hacía tiempo no sentía.

Era extraña la sensación, el dejo tenebroso que podía suponer la visita de un extraño a esa hora de la madrugada, se confundía con la excitación de una persona que me inspiraba confianza.

Lo contemplé por el espejo del taxi durante el recorrido, esos ojos sombríos, con muestras de cansancio y dolor, me llenaron de ternura y compasión. Incluso me hizo olvidar al imbécil que había dejado caliente en la puerta de la emergencia.

Esperé un momentito para observar la reacción. Lo vi girar y volver al auto, me apresuré en caminar hasta la puerta y abrirla.

Ya estaba subiéndose.

—Qué hago —me pregunté en voz alta. Volvió la cabeza y me vio parada en la puerta.

 

Visto 384 veces Modificado por última vez en Martes, 28 Noviembre 2017 05:55
Matías Mateus

Matías Mateus (Montevideo, 1985): Narrador y poeta.

Publicó el poemario “Amores, desencuentros y pasiones” (2010) y las novelas “Paraíso y después” (2014) y “Una hora de eternidad” (2015). Antologó “Distancias del agua: Narrativa cubana y uruguaya del SXXI” (2012). Participó en diversas antologías entre las que se destacan: “El Manto de Mi Virtud: poesía cubana y uruguaya del SXII” (2011) y “XIX encuentro internacional de poetas, Zamora, Michoacán” (2015, México). “Voces de América Latina II” (2016, República Dominicana). Textos suyos formaron parte de la muestra de poesía visual “Entelequia”, que se expuso en el año 2016 en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.

Obtuvo los premios: Narrativa joven de la Casa de los Escritores del Uruguay (2014) y VIII Concurso de Poesía Joven Pablo Neruda (2015). Entre las menciones que obtuvo se destacan el Premio Juan Carlos Onetti, categoría poesía (2014) y el Premio Gutemberg de Narrativa (2015).

 

 

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