Sábado, 12 Enero 2019 07:26

MECCANO 7 / Dra. Rocío García Rey /

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MECCANO 7

Dra. Rocío García Rey

Para mis alumnas

¿Qué esperamos ver en una película cuyo eje es la vida de una escritora? ¿Qué esperamos ver en una película sobre una mujer escritora si desde hace un tiempo bregamos nosotras mismas por ser letradas? La respuesta en este caso, al mismo tiempo que es un abanico de explicaciones, se reduce a querer conocer eso que Occidente nos enseñó con la filosofía a llamar “Verdad”

  La verdad con respecto a las mujeres en las que hemos colocado nuestras esperanzas de emancipación, de construcción de identidad se vuelve pues un mosaico de problematizaciones porque estas mujeres aun letradas han sido parte del deber ser y del deber querer dentro de un mundo androcéntrico del que es difícil y doloroso salir porque esa salida implica un poco de ceguera al principio, sucede como con los personajes de la Alegoría de la Caverna, de Platón.

Des-cubrir, re-velar el negativo puede llevarnos a observar (no sólo a ver) imágenes que no sabemos significar. De- velar y re-velar puede llevarnos a dejar de querer ser la Maga -Heorína de Cortázar- a la que Oliveira hace pasar por tonta o despistada, o demasiado soñadora es decir todo lo contrario a la episteme, como bien lo plantea Helen Cixous hemos vivido, efectivamente, “por oposiciones duales”. La Maga se entiende que sea la palabra y Oliveira la Escritura. Se entiende también la causa de que Oliveira diga:

La Maga no sabía demasiado por qué había venido a París, y Oliveira se fue dando cuenta de que con una ligera confusión en materia de pasajes, agencias de turismo y visados, lo mismo hubiera podido recalar en Singapur que en Ciudad del Cabo.

 

La Maga, entonces, frente al exilio se presenta como el personaje que en las oposiciones que plantea Cixous, bien podría ocupar el espacio de lo sensible, mientras Oliveira se desplaza por lo inteligible.

Así es que la literatura también tiene sus marcas ideológicas y de género. A diferencia de quienes plantean que sólo existe buena y mala literatura y que esta no tiene sexo, yo creo lo contrario yo creo que la literatura está plagada de claves genéricas que hemos olvidado ver, porque así como en un plano no literario no intelectual muchas esperan al príncipe azul, como bien lo deja ver Rosario Castellanos en su canto 6 del poema “Kinsey Report”: “Soy joven. Dicen que no fea. Carácter/ llevadero. Y un día /Vendrá el príncipe azul […]

Quienes no esperan al príncipe azul, y son asiduas a la literatura esperan de esta lo que ya he enunciado “la verdad” incluso en algunos de los casos hemos querido vivir como la Maga de Cortázar y soñar con que el gran escritor argentino escribe las indeterminaciones del amor, aunque en estas haya una Maga falta de bagaje intelectual, lo cual la hace incapaz de entrar verdaderamente al mundo de a Oliveira y a Etienne, “capaces de discutir horas sin parar”.

En torno a Etienne y Oliveira había como un círculo de tiza, ella quería entrar en el círculo comprender […] -Imposible explicarte -decía Etienne. Esto es el Meccano número 7 y vos apenas estás en el 2. La Maga se quedaba triste […]

 

Esta me parece es una formidable metáfora de cómo las mujeres somos expulsadas del discurso filosófico. Nos hacen creer que sólo podemos entender el lenguaje de la luna y aunque como la Maga, quedemos tristes, seguimos, sin ser conscientes, caminando sobre los andamiajes construidos por los que juegan Meccano 7.

Tal vez por ello, por nuestra tristeza no nombrada, sólo tatuada en el cuerpo y en las ojeras por haber pasado las noches de las noches silenciadas en nombre de la verdadera escritura y del verdadero amor, esperamos todo, la explicación, la disertación de una película como “Los adioses”. Unas se enojan por decir “Rosario Castellanos fue más que una relación con Ricardo Guerra”, otras también lo hacen por esa figura de macho que es el hombre amado por Rosario; hombre que muestran envidioso de que las teclas en la máquina de escribir de Castellanos, elaboren la melodía justa de la creación.

 

II

Escribo este texto para mis alumnas, quienes han acudido a mí pidiendo mi opinión de la película. Acudí al cine, la sala llena. Sé que lo visto es una historia editada, veo a Castellanos estilizada, pero también veo una creación cinematográfica que trató de fotografiar parte de la vida de Castellanos. Esa vida amorosa a la que podemos acercarnos si leemos Cartas a Ricardo.

Rosario Castellanos jugaba Meccano 7, discutía daba conferencias, escribía. Su lazo con la vida era deslizar palabras en la hoja que bien podían hablar del sinsabor para el poder que dejó la edición de “Los hijos de Sánchez”, que de una parte referencial en “Entrevista de Prensa”, por ejemplo. Rosario Castellanos opinaba de la novela mexicana y daba su punto de vista sobre las obras de Agustín Yañez, por ejemplo. El escritor Carlos Landeros la describió así en una entrevista realizada en 1963:

 

-¿Me deja utilizar su máquina de escribir? -le pregunto-.

¡Claro que sí! [responde Castellanos] lo dejo dueño de la situación […]

 

Y ahora que me encuentro solo meditando en cómo es esta extraordinaria escritora: me recuerdo que tiene una sonrisa muy agradable y una simpatía contagiosa; usa camisa de algodón, falda tweed, medias de cocoles; tiene los ojos café caoba, el pelo en el cual aparecen unas canas prematuras, es también café y en esta ocasión lo trae ligeramente rizado. Su estatura es regular y su complexión un poquito gruesa”. (Carlos Landeros, Los que son y los que fueron, p. 73).

 

Con este ligero retrato podemos deshacer la creencia de la artista doliente per se. No creo que Rosario, aun cuando tomaba valium, hubiera estado cómo la presentan constantemente en “Los adioses”: en un estado de enajenación. Creo que su ejercicio como escritora era su mayor forma de catarsis. Pero es importante considerar, con referencia a la película, que todo material fílmico es una puesta en escena con delimitaciones particulares que buscan presentar con mayor ahínco un rasgo del personaje. Así es que así debemos ver en “Los adioses” (Natalia Beristain, 2017) a Castellanos y a Guerra como personajes que, en efecto, nos conducen a cierta mimesis. Por ejemplo el del enamoramiento de Rosario hacia Guerra.

 

Mi querido niño Guerra:

Mañana a las tres de la tarde salimos de Madrid rumbo a Barcelona Ventimiglia. Son dos días de tren. Va a ser un viaje de pronóstico reservado. Si sobrevivimos volveremos a México. Tengo muchas ganas de verlo. Anoche volví a soñar con usted. Lo amo cada vez más. Deseo mucho estar cerca de usted. ¿Ha recibido ya los libros que le envié? Supongo que no. Estamos muy cansadas. Todo el día vueltas y más vueltas, preparativos. Por fin parece que lo tenemos todo listo. Hemos enviado el equipaje a México. Nos quedamos sólo con lo indispensable: dos vestidos de verano. Naturalmente la temperatura ha cambiado. Hace otra vez frío invernal. Escríbame una tarjetita a Roma. Me dará mucho gusto. Será como un vaso de agua a un sediento.

                                      Su Rosario

 

Esta es la faceta de Rosario que nos causa miedo, acaso pensemos ¿Cómo, si escribió Mujer que sabe latín … pudo amar de esta forma? Pero creo que nadie pondrá en duda el material de Rulfo si leemos las siguientes palabras:

 

¿Dónde estabas? Parecía encontrarte

entre los ruidos más pequeños

en aquellos que baten sus sonidos y se confunden

con las palpitaciones

con el murmullo de la tierra

con la canción de un pájaro

con el grito de la sangre.

Parecía encontrarte

apenas devuelta como iris

de una constelación sin esperanza.

Me faltabas. Eras como un sueño

que nunca llega y que remotamente

nos espera entre dos estaciones

 

Se trata de una de las Cartas a Clara, su esposa. ¿Por qué el amor romántico ahora nos espanta si es enunciado por una mujer? Por la simple razón de que las mujeres no sabemos amar con límites, nos espantamos porque intuimos que aquellas que nos desbordamos en el amor padecemos la orfandad de la madre. “A partir de la herida inicial, dice French, nunca tendremos madre suficiente”. Pero otro es el caso de los hombres quien hallan en el sujeto de su amor, incluso esa madre que pudo ser ausente, porque bien sabemos que las mujeres somos, en muchos casos las huérfanas de mujeres fuertes, mujeres que hayan roto el statu quo. Sin embargo, aun con la herida a cuestas somos las sanadoras de hombres alcohólico como el gran Rulfo, que halló en Clara a la esposa y madre para sí mismo. Lo contrario sucede con las mujeres que amamos en clave romántica, porque nuestros amados no sabrán cómo reparar la herida, serán ausentes, fríos, aunque nosotras enunciemos a Eros en el tránsito de nuestra creación. Los hombres amados /amantes permenecerán fríos porque a ellos no se les ha asignado el papel de rescatadores como a las mujeres como Clara, la esposa de Rulfo que hasta la fecha, por ejemplo, sigue defendiendo y salvaguardando el material de Rulfo. Los hombres están para escribir, las mujeres para escuchar, hacer remiendos quizá en la escritura; pero cuando se da lo contrario los hombres no aceptan no jugar en Meccano 7 y nos silencian de muchas formas, rompiendo máquinas de escribir, no leyéndonos, espetándonos que el amor romántico sólo nos llevara al despeñadero.

La gran herida de Castellanos fue aquella madre ausente “que no esperaba proezas intelectuales de su hija” y aun así la hija desobedeció, aunque ello haya implicado tocar la puerta del amor de Ricardo Guerra y acaso hallar todo menos lo que ella necesitaba. Porque los hombres que están casados o unidos con una intelectual, generalmente, también trazarán una línea para hacernos creer que sólo somos corazón, no discurso ni episteme. Esto independientemente de lo que digamos de “Los adioses” es lo que vemos. Adioses que las mujeres tenemos que enunciar porque sólo los hombres merecen Magas y Claras es decir figuras que cuiden y den protección. Si no es así, nuestras cartas serán guardadas como ejemplo de lo que fueron capaces de despertar en una mujer: su incapacidad para la separatidad, como lo enunció From, en El arte de amar.

Lo anterior nos convoca a releer a Rosario Castellanos como una mujer que como muchas de nosotras quería dejar de tomar Valium y hallar en una relación de pareja la posibilidad de la palabra colectiva.

Nosotras también merecemos soñar con Matildes de Neruda o Claras de Rulfo porque también merecemos ser enunciadas y admiradas. No sólo besadas bajo el estrépito de la constelación llamada conmiseración.

 

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Rocío García Rey

 Doctora en Letras por la UNAM. Es autora de los libros "La otra mujer zurda" , Mapa del cielo en ruinas y La Caverna.

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