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Sábado, 28 Noviembre 2020 04:38

Crassula / Por Felipe Díaz /

 

 

Crassula

Por Felipe Díaz

 

Cuando la cuarentena comenzó, Elvira se sentía aliviada de no tener que malbaratar tres horas diarias de su vida en ir y venir del trabajo. Podría convivir con su esposo, José, quien también haría home office y con su hija Sofía, de diecisiete años, quien, a su vez, concluiría la preparatoria desde casa. La pandemia prometía ser muy provechosa para tener tiempo de calidad: volver a pintar, avanzar la fila de libros por leer y regenerar sus menoscabadas plantas que a penas respiraban en su patio.

 Después de ciento ochenta días de cuarentena, la primavera y el verano habían perdido sus encantos en los vapores del hastío y el otoño enfriaba aún más la decaída temperatura del hogar. En los primeros días de septiembre le anunciaron que, debido al descenso imparable de las ventas, la compañía para la cual trabajaba cerraría definitivamente. Se liquidaría a todo el personal antes que no hubiera recursos para hacerlo. Sofía, en un rebrote de adolescencia, se había convertido en una especie de gato huraño, irreverente e insoportable. –No sé si lanzarla por la ventana, o esperar a que ella lo haga– susurraba Elvira con un vaho inaudible. Los libros y pinceles continuaban en confinamiento, y José, bueno, él era la gota que derramaba la cerveza: gordo, descuidado y mal vestido, se embonaba todos los días en el sofá y desde ahí pastoreaba los pedidos de sus clientes.

 Las plantas eran las únicas que parecían estar dispuestas a liberarse del encierro y se encaminaban ufanas hacia el sol y la luna. Elvira las cuidaba más que a nada. Les tomaba fotografías todos los días y las publicaba en las redes sociales. Se unió a un grupo llamado “Jardinería decorativa online”, en donde mantenía una nutrida comunicación con los demás participantes.

 El patio brillaba en particular por una planta: sus ramas lisas y brillosas desencadenaban en unas aceitunadas hojas ovales y robustas, que parecían estar a punto de reventar de vida. Los delgados, colorados y aterciopelados troncos eran coronados por unas hermosas flores, explotando en todas direcciones, como sonriendo y opacando a cualquier color de sus vecinas; sus pétalos se disponían en dos niveles de formación pentagonal, en una coreografía visual con cinco anteras. Ella no recordaba cuándo la había adquirido esa belleza, ni de qué tipo era. Subió una foto al grupo, con la esperanza que alguien la identificara. En tres días la publicación había cosechado más de doscientas reacciones, pero nadie proporcionaba el nombre.

 Una tarde, después de la desganada y multiplicadora faena de lavar trastes, el sonido de un mensaje entonó en su teléfono: “Alonso León: Querida Elvira, la planta que adorna tu hermoso jardín se llama crassula”.

 Estaba a punto de buscar “crassula” en internet, pero la foto de Alonso, con una barba abundate y plateada, arqueada por una desenfadada sonrisa, la desvió de su intención. Husmeó en su perfil. Todo en sus fotos era tan natural: paisaje, cielo, ropa de lino y algodón… y viñedos. Era indudable que se dedicaba a la preparación de vinos. “Residencia actual: Tarragona, España”. El interés de Elvira crecía como su crassula. Observó repetidas veces la pequeña colección de imágenes. Titubeó unos minutos y le envió una solicitud de amistad. Su corazón cabalgaba con rapidez. “Calma Elvira, pareces adolescente”. Lo cierto es que esa noche revisó constantemente el celular esperando la respuesta de Alonso, como una jovencita en espera del profesor guapo. En la mañana la pantalla del celular indicaba el mensaje: Alonso León ha aceptado tu solicitud de amistad. “Hola Elvira, gracias por enviarme tu solicitud de amistad. Espero que tengamos una amistad tan bonita como tú”.

 

Los siguientes días estuvieron nutridos de mensajes entre ambos. De las plantas y sus cuidados pasaron a sus gustos y disgustos por la vida; a los viñedos de Tarragona y las calles de Barcelona; de las canciones en catalán al sentimiento de los mariachis. La novedad de ser desconocidos motivó a que ella se abriera como sépalo a punto de florear. Él la hacía sentir especial, como hacía años no ocurría. No había ningún tipo de barrera. De intercambiar fotos de México y de España pasaron a las fotos personales, y después a las íntimas. La lejanía física entre ambos le daba a Elvira la tranquilidad de no verse atrapada en la enredadera del amor. Sin embargo, en la intimidad de su diminuto vergel, el roce de la crassula en la piel le avivaba la sangre y la dirigía a su vientre. Durante la cena, con su distante familia, sólo pensaba en Alonso. Ya no sentía el aislamiento ni la parsimonia de las semanas anteriores.

 

Una sorpresa más, que rompió la interminable cuarentena, fue un mensaje de Alonso, corto, pero con la intensidad del mar que los separaba: “Estaré en México en noviembre, cariño. Fúgate conmigo unas semanas, te vienes a España, ¿cómo ves?”. En plena pandemia, con rebrote en España, él había conseguido un viaje para cerrar un importante negocio en México.

 Elvira perdió todo balance. Durante un par de días no respondió nada. Apagó el celular. Sólo la acompañaba un desapercibido silencio.

Una mañana, con los ojos húmedos de ilusión, ilusión que rompía tantos meses de tristeza, encendió el celular y escribió: “¡Sí!”

 Su ánimo ya no se marchitaba más. Por su lado, Sofía continuaba recluida en la recámara y José, gordo, descuidado y mal vestido, aplastado en el sofá, ni se imaginaba lo que pasaba por la vida de su esposa. Sólo floreaban sus emociones y su jardín.

 “¡Ya estoy en México!” Escribió Alonso esa mañana tan esperada por ella. Él se hospedaría con un socio, José Manuel Rosales, y después de dos días se irían a Europa. Dos días en los que la maleta de la huida fue cuidadosamente preparada.

 Más tarde le escribió nuevamente: “Elvira, Elvira. ¡Me pasó algo terrible! ¡No sé qué hacer! El taxista que me trajo del aeropuerto me asaltó. Me llevó por una colonia horrenda, me apuntó con una pistola y se llevó mis tarjetas de crédito y el efectivo que traía para José Manuel. ¡No sé qué hacer! ¿Será posible que me prestes tres mil dólares? Si te es posible, deposítalos en la cuenta de Alonso. Te los pago cuando lleguemos a España”. Ella no dudó en apoyarlo, tomó el dinero de su liquidación y realizó la transferencia.

 Dos días después, con el corazón irrigando sus pasos, Elvira salía de su casa jalando una gran maleta. Cuando estaba solicitando el servicio de taxi, un auto gris oscuro se paró frente a ella, dos hombres con cubre bocas y guantes salieron del vehículo y se acercaron.

— ¿Elvira Santana? Disculpe señora, somos de la Procuraduría. ¿nos permite unos minutos? ¿conoce usted al señor José Manuel Rosales? — Ella permaneció plantada, en silencio.

—Quizás le sea familiar el nombre de Alonso León.

—Sí, ¿qué pasa con él? ¿está bien? — La adrenalina estaba a flor de piel.

Los oficiales se miraron. —Mire, señora, el señor José Manuel Rosales, alias Alonso León, alias Luis Marsé, alias Valentí Serrat, alias Jordi Mendoca, es un estafador, mexicano, que ha engañado a muchas mujeres. Sabemos que ha estado en comunicación con usted y le pidió dinero para resolver “una urgencia”.

 Ante la incredulidad de la enamorada, detallaron el modus operandi de “Don Juan”. Le mostraron, en una tableta, fotos de sus distintos personajes: Pintor, hombre de negocios, productor de espectáculos y comerciante. Le enseñaron estados de cuenta de diversos bancos y compañías de telefonía. Se enteró de otras mujeres que se habían quedado esperando en el aeropuerto la aparición del amante.

 Mientras el desfile de evidencias continuaba en la pantalla, un mensaje de un número desconocido llegó al celular de ella, era de Alonso… de José Manuel: “Elvira, sé que los policías están contigo. Necesito explicarte todo. Por favor, necesito verte en el Hotel Las Fuentes, cuarto 203, en cuanto ellos se vayan. Realmente estoy enamorado de ti. Cuando salía hacia el aeropuerto para verte, ellos llegaban a mi domicilio. Por favor, déjame verte”.

 Guardó su celular y esperó a que los oficiales terminaran el interrogatorio disfrazado de cortés visita: — Entonces, señora, si desconoce el paradero del señor Rosales, si no responde en su número celular, le entrego mi tarjeta para que, por favor, me avise de inmediato si la vuelve a contactar — y se marcharon.

 Sin que su esposo ni su hija notaran su presencia o su ausencia, entró a casa, caminó a su recámara y se sentó en su cama. Después de varios suspiros, sin quitar la vista del mensaje en su celular, tomó la maleta y las llaves de su auto. Estaba dispuesta a hacer realidad la ilusión de una nueva vida. Se encaminó hacia el hotel.

 El eco de sus pisadas en el pasillo que conducía a las habitaciones la puso más alerta aún. Golpeó con cautela en el cuarto 203. José Manuel abrió la puerta inmediatamente.

 — Elvira, gracias por venir. Necesito explicarte todo: no te mentiré, lo que supongo te dijeron los policías es cierto, desde hace meses me he dedicado a estafar a mujeres a través de las redes sociales. Espero que me entiendas, así como tú te quedaste sin empleo, así mismo me pasó a mí. No he encontrado trabajo desde entonces y he podido mantenerme gracias a mujeres que están ansiosas de amor y atención…

 La lluvia de explicaciones varios minutos. Ella se mantuvo inmóvil y callada, con el cubre bocas puesto. — Mira, para que tengas un poco de confianza en mí, toma, este es el dinero que me depositaste—. Extendió la mano con un sobre. Ella lo tomó. Miró unos segundos más a José Manuel, giró con garbo hacia el pasillo, y comenzó a caminar de regreso al estacionamiento.

 De vuelta en su casa, entre el verdor de las plantas de su lugar privado, tomó el celular y marcó el número de la tarjeta del oficial. — Buena tarde, soy Elvira Santana, pueden localizar al señor José Manuel Rosales en el hotel Las Fuentes, cuarto 203. Para que lo pueda reconocer, él está gordo, descuidado y mal vestido.

Las flores de la crassula se inclinaron apesadumbradas ante el invierno que las mitigaba.

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Jueves, 01 Octubre 2020 01:39

El vicio de la angustia / Saúl Martínez /

 

El vicio de la angustia

Saúl Martínez

 

Fueron segundos, luego minutos. Una eternidad. Ella tenía su mirada fija en mi cara, yo la tenía en el camino. Sujetaba el volante como si fuéramos a caer por un despeñadero. Apretaba tanto la mandíbula que ya comenzaba a doler y mis uñas estaban clavadas en el forro de la rueda. Mi vista parecía un parabrisas mojado y las luces de la calle pasaban como centellas deformes.

— ¿Entonces? — sonrió

— ¿Entonces qué? — evité voltear para que el gesto de mi rostro no la insultara

— ¿Vamos por un masaje? — su risa estalló y fue tan inapropiada como flatulencia en un funeral cuando apuntó la sala de masajes mientras el semáforo estaba en rojo.

El regreso a su casa parecía interminable, incómodo, doloroso. Apenas en una lucidez intermitente pudo articular uno o dos mensajes, a veces preguntas completamente disparatadas. Los doctores dijeron que habían logrado sacar de su estómago la mayoría de las pastillas que había tragado, pero que era probable que estuviera desubicada, confundida y somnolienta durante las próximas horas. Por eso no me sorprendió mucho la pregunta, aunque una cosa era esperarla y otra tener que soportarlas. Esa noche, al final del procedimiento, percibí una simpatía tan personal e íntima con la recepcionista del hospital, quien no me pidió mayores datos sobre ella, sobre mí, tampoco algún cobro. La garganta se me estrujó como un periódico retorcido, incliné la cabeza, le di las gracias y ambos nos marchamos. En ese momento supe que todo lo nuestro estaba destinado a caer por una penosa y lacerante espiral. Solo me quedaba esperar el azote contra el fondo o darle fin a la situación.

            Ella siguió hablando, balbuceando, todo el camino de vuelta a su casa. Pensando que la ficción todo lo soporta, yo iba imaginando lo que no sería, lo que no viviríamos, el hogar que no formaríamos, los hijos que no nacerían, sentimientos que debía de sepultar, memorias que debía decantar para guardarlos en los cajones de la experiencia. Pensé en las semanas que empujé su silla de ruedas después del accidente, en la vez que su madre la abofeteó frente a mí, cuando le mentí y sucumbí al instinto básico en una piel ajena. Decir que solo uno tuvo la culpa de lo que había pasado hubiera sido la manera más maniquea de huir cobardemente. No era así. Ambos pensamos que sabíamos amar, que conocíamos todo del otro. Aprovechamos nuestras flaquezas para hacernos daño, nos disputamos el control del chantaje como si el victimismo fuera un mecanismo de defensa que no tiene consecuencias. La conjura que aprendimos el uno del otro terminó por desprender lo poco que nos unía.

            Frente a su casa, viendo pasar hombres delgados y sus sombras errantes por la calle, la rutina aprendida años atrás se repetía, aderezada ahora con una fuerte dosis de trazodona. A mí me resultaban innecesarias. Poco después del clímax del conflicto, mi cerebro se apagaba. No podía controlar los párpados, los bostezos. En el vicio cíclico de la angustia, encontraba al sueño como un refugio. La noche amplificaba todo lo que no quería escuchar, todo con lo que no quería lidiar. Hacer que ella bajara del auto no era fácil, y dormir en él comenzó a hacerse una costumbre, hasta que los primeros rayos del sol deparaban el inicio de un aciago día cuando pasaba lo más oscuro.

            Habíamos hecho un pacto con la desolación, pero también con la alegría. La química de nuestro cerebro solía trabajar de maneras misteriosas, pero en las últimas citas, sabíamos que ya no había vuelta atrás con el destino al que llegaba nuestro barco en medio de ese tempestuoso océano. Veíamos películas para fantasear otra realidad. Imaginábamos ser otros, tener otra vida, estar en otra parte o no estar. Viajábamos a otra parte al momento de cerrar los ojos.

            El camino de regreso a su casa me dio tiempo para pensar en todo. En reimaginar, repensar, arrepentirme, resignarme. Para entonces no habría sospechado que semanas después, con el corazón amartillándome el pecho y en medio de un ridículo baile escolar, le pediría que me dijera que no me amaba para poder alejarme de ella y no volver a molestarle. Siempre agradecí la honestidad por más dolorosa que fuera. Ahí llegó el azote, el fin de la espiral. Nunca caí más bajo que en esa ocasión. Mi cuerpo condujo de vuelta a casa, con memoria confiada, como cientos de veces recorrimos las rutas de nuestra piel en aquellas habitaciones que nos alejaban del mundo, de los demás.

            Uno piensa en sus errores, en lo que uno lamenta, puntualmente, antes de dormir, como un peso que aplasta el pecho. Solemos pensar en lo que sacrificamos en el camino, en las personas a las que les negamos la mano por no soltar la que sosteníamos, aunque en el despecho llegásemos a hacerlo para saciar el amor propio. En esas veces que caminamos kilómetros pensando que el cansancio o el dolor nos harían olvidar, o en aquella ocasión en la que le entregamos nuestro destino al alcohol y todo empeoró al amanecer, cuando este nos abandonó y nunca nos dio el valor de colisionar.

            No pude hacer que bajara del auto. Nunca tuve fuerzas para hacerlo. Aunque su intención siempre fuera la de hablar, ni una palabra salía de su boca. Una bruma cubrió el parabrisas del auto y los dos nos recostamos en los asientos como si estuviéramos en el vientre de nuestras madres, mirándonos de frente. Su mirada condescendiente me parecía un descaro, una grosería. El mismo día que afronté la decisión de no sobreproteger a nadie más, ella pensó que sería buena idea retar a su cuerpo a procesar decenas de antidepresivos y calmantes. Ese día no existía nadie más que yo para una última travesía, por los viejos tiempos. Un último salvavidas en las turbulentas aguas. Al final, el sueño volvió de nuevo para convertirse en guarida, en esa habitación, en el anhelo de regresar a casa.

            Las gotas condensadas de la neblina rodaron como lágrimas por el parabrisas y se limpiaron un camino serpenteante en la bruma del cristal, por donde se coló el sol de la mañana que la hizo despertar y le dio ánimos de entrar a su casa. Yo desperté y la despedí con la mirada, cabizbajo. No dijimos nada. Sabíamos lo que seguía y asumimos el rumbo hacia el puerto al que nos dirigíamos, pero nunca dijimos una palabra de ello. Esa mañana, y desde entonces, lo único que quise fue volver a casa.

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Jueves, 24 Septiembre 2020 04:38

ABURRIMIENTO / José N. Méndez /

 

ABURRIMIENTO

José N. Méndez

 

Tim insiste en salir a jugar a la plaza a medianoche, pese a todo lo que estamos viviendo el movimiento no parece haber cesado, ahora los rostros son irreconocibles debido a los barbijos, hace tiempo que no sabemos cómo luce una sonrisa sincera o una mirada con una pizca de bondad; pero tampoco es algo que nos haga mucha falta.

 

Ya le expliqué por tercer día consecutivo que hay un virus mortífero en el ambiente y salir sin precauciones no es algo que podamos permitirnos, además un par de relámpagos anuncian una tormenta y mi camioneta sigue haciendo ese ruido extraño en el motor; pienso que no debí forzarla tanto en el último paseo, también siento que no debí tomar tanto café para pasar la noche reflexionando estupideces o escuchando los lloriqueos de Tim porque está aburrido.

 

Aquí vamos de nuevo, es la cuarta vez que explico todo esto.

 

Encierro, virus, Tim, aburrimiento, lluvia y motor; repito los conceptos como si de un mantra se tratase para convencernos de que esto terminará pronto, muy pronto.

 

Ok, quinta vez, es suficiente.

 

Mañana iremos de paseo, pero será una caminata corta, jugamos con alguno de los vagabundos que pide dinero a las afueras de la alcaldía y regresamos a casa a tiempo para que pueda dormir dignamente y él por fin se quede callado de una condenada vez, definitivamente está muy malcriado.

 

Supongo que eso es lo que pasa cuando la voz que te seguía de niño se queda a vivir en un cuchillo y se acostumbra a hacer cada tercer día, una dieta de sangre de algún infeliz.

 

 

 

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Los Ominosos Estadíos de Condolesa

y una Cama sin pulsar.

Waldo Contreras López

 


Conocí a la última mujer de mis noches entre el gentío que pulula en este mercado ciudadano de lunes a domingo. Desde lejos se hacía notar no tanto por el palmito sino más bien por la larga carcajada que sonaba dura como pedrada en el tronco de la oreja alcanzando los cuatro puntos cardinales de este enorme emporio de barriada. Si bien, nadie puede negar que esta negra tenía las carnes tan bien puestas como para darle de sofocones hasta a un quinceañero, no era el cuerpo de terremoto que poseía sino una inclinación en el carácter que provocaba en muchos hombres querer protegerla, aunque nada de uno necesitara este portento de la depresión, además del sexo. Su carcajada no era una fanfarria de alegría. Parecía más bien el sonido discordante de las granizadas de septiembre. Uno la oía reír y se enteraba que esa cacofonía no era un canto a la alegría si no algo muy parecido a la histeria desatada o un despeñe hacia el barranco de la locura. Está mujer no reía: lloraba como buena jarocha, a carcajada limpia. Cada asalto emocional terminaba bañada en lágrimas y aquello que fue un sonido de derrumbes se había  transformado en un suave dique desaguándose poco a poco, chorrito por chorrito, lágrima tras lágrima. Luego, se incorporaba como si nada con una sonrisa infantil y moqueando la gripa de la existencia, para alejarse a paso bailarín y contoneándose como si estuviera estrenando las nalgas. Se le veía la sarna del sufrimiento desde muy lejos. Entonces, por eso, todos queríamos estar lo más cerca de ella para recoger las migajas de lo poco que le sobraba para regalar al mundo. Quienes no la conocían tan de cerca suponían que una mujer como ella solo podía tener amantes de pasada y ya. Esto en parte era cierto; quien le recibiera la lumbre de su ser africano le sobraba. Los que tenían cierta distancia larga con ella jamás alcanzaron a enterarse como yo que Condolesa aseguraba y defendió siempre tener varios amigos a quienes juraba amar tanto como tanto se dejó coger por quien la amara o no.
Yo estoy tan cercano a ella que se de las formas con las que esta rara mujer entregaba el corazón a sus escasas amistades que pudo contar con los dedos de sus manos. "Estos dedos cuentan los compas y mayatas que amo. Los que me sobran, me los chupo cada que alguno de ustedes dice amarme antes y después de coger" -decía, y luego se metía los dedos pulgares a la boca y los mamaba con gula inaudita. Me escogió para su compañero de cuitas quién sabe porqué; porque, como ya dije, compañeros de cama le sobraban y yo no he de tener algo extraordinario por encima de estos para soplarle la estufa, aunque siempre me he considerado astuto en las mañas de la cama.


Pues resulta que Condolesa Romedal tenía un círculo de amigos reducido a sólo ocho personas con quiénes procuraba convivir a diario lloviera, tronara o relampagueara. Desde el comienzo de nuestra relación amorosa, Cony (como le nombrábamos de cariño en la central de abastos donde trabajábamos) mantuvo una atención distante hacia nuestro lío amoroso y regalaba sus mejores horas a este grupo selecto de amistades. Jamás los vi en persona y si los conocía de alguna forma era porque ella no hablaba de otra cosa que no fuera sobre los menesteres y tribulaciones de estos entes nebulosos. Jamás frente a mi mostró un cariño especial hacia nadie cuando hablaba uno por uno de ellos y repartía su corazón afroantillano de formas exactamente parejas. Esto ayudó mucho a paliar los celos que me carcomían el hemisferio cerebral donde habitan estos monstruos de miles formas.
Al principio llegué a pensar que Cony me estaba engañando; que esas personas no existían y solo eran producto de su astucia en tejer engaños, al grado de armar tertulias amistosas falsas para lograr verme la cara de menso, puliéndome los cuernos mientras montaba el mástil de algún cíclope ignoto. Después, comprobado el hecho de que esta negra era incapaz de hacerme una trastada pues, miedo tenía de mis reacciones furibundas y sabía que yo soy capaz, al menos, de escupirle una balacera en las patas para hacerla bailar nomás en mi pista, creí que más bien se daba sus escapadas a los llongos de la colonia "las coloradas" para ponerse a fumar como perdida gramos y gramos de metanfetamina; ah! La droga! La maldita metanfetamina. Un asunto escabroso que, habíamos acordado en común, ella dejaría de usar si de verdad deseaba una relación larga y duradera conmigo, con todo y que yo soy el mero jefe del narcomenudeo en la zona sureste de la ciudad, y eso es poco decir. Así nos la pasábamos; entre reclamos y largos espacios de tiempos tensos, entre los jalones del amor y sus ausencias fantasmagóricas a un mundo que desconocía.
Un día típico regresó llorosa y con aspecto mortuorio después de haber desaparecido una semana dejándome abandonado en nuestro tálamo conscupicente.
"Se murió Liduvina Jerez", me explicó después de agarrar respiro en un lapso en el que la lloradera le dio una tregua.
Me dio la fatal noticia muy seria y secándose las lágrimas, con un tono de prisa para luego soltarme un trágico desenlace con una voz pausada y queda en contraste con el sopetón con el que inició la explicación de su larga ausencia:
"Estaba muy sola, sabes? Con esos seis hijos y esos amantuchos mantenidos. La pobre se destroncó los riñones trabajando desde que mal pariera al primer muchacho hasta hace siete días que se derrumbó agotada y echando espumarajos rojos por la boca. El médico de la ambulancia dijo que se le partió el corazón. Como no se le iba a partir pues desde los trece años supo lo que era la perdida cuando ese chavalito a quien nombró Rubén casi le saca la matriz enganchada en esos pies de chivo. "Es hijo del diablo", le dijo su madre. "Es hijo de un fauno", le dijo el cura que lo bautizó: "eso le pasa a las niñas que andan de calientes. Se les aparece el Sátiro y se las coge sin miramientos y sin importar que estén más lampiñas que un cirio". Como no se iba a morir tan joven la pobrecita si nomás le cayeron encima los sagrados cordonazos de San Francisco quien puro animal le puso en el camino.
Poco a poco se fue deshojando la flor de su radiante juventud. Un botoncito de rosa que fue desflorado a güevos por el "talibán", ese vicioso de mierda...que bueno que ya lo mataron. Ahí comenzó su muerte. Poco a poco se fue secando hasta quedar hecha un surrón de culebra, seca. Poco a poco se le desinfló el respiro. Pobrecita mi amiga del alma. Se quedó mirando la puerta mientras echaba la vida por la boca esperando a ver si llegaba uno de sus hijos a cerrarle los ojos. Poco a poco. Poco a poquito se le fue la luz y el rojo de sus cachetes mientras saboreaba su propia sangre. Poco a poquito. Pobrecita. Hace cinco días la sepultamos. Palada tras palada "Chaz Chaz! Chaz Chaz!" Sus hijos ni lloraron. Poco a poquito, su carne fue comida por la tierra caliente. Adiós. Adiós Liduvina. Te voy a llorar toda la noche, bajito; no vaya ser que te despierte y quieras regresar a seguir sufriendo"

Después de darme esta triste retahíla miró con un raso de lágrimas pero aún así extendió la más brillante perla de sus sonrisas y me regaló el mejor beso que fue posible. Luego se tiró a dormir dos días hasta que la pestilencia de sus humores corporales me hicieron despertarla. Todavía tardé un día más para convencerla de que se bañara; tres noches rogándole caricias y una mañana entera de reclamos. Hasta que una tarde entró desnuda al baño mientras me duchaba y, con esa negritud costeña me hizo el sexo de una manera presurosa, como si algo la esperara en otro mundo y tuviera que partir enseguida sin dar tiempo a que las mieles se nos secaran en la entrepierna. Me dejó como un costal vacío y con el sentimiento de que algo de lo nuestro, si es que lo había, se pudrió bajo tierra junto al cadáver de la mentada Liduvina. Unas semanas después la ví con más ánimo aunque, de una manera poco perceptible, un poco flaca y con una momentánea y rara forma de mirar; algo así como un brillo de locura en la manera de percibir y explicar las cosas más insignificantes. La muerte de su sufrida amiga le caló hondo de alguna forma, como si esa pérdida le hubiera removido un recuerdo que le hiciera por momentos, olvidar la mujer que era en el presente.

 

II



Pasaron un par de meses y la alegría volvió a las carnes de mi amada a pesar de su desmejoría en el brillo de la piel. Se ponía a cantar bajito por las tardes canciones del Grupo Miramar, Mike Laure, Rigo Tovar y los ocho de Colombia. La observaba rodar la vista tan en paz y algo feliz mientras miraba a los niños jugar pelota o a las escondidas durante las primeras oscuras de la noche. Esperaba que se encaminara a la cama con la esperanza de sus senos y ese sexo pétreo pero luego se ponía a ver televisión para quedarse dormida enseguida. Abandonó el hábito de amarnos por las noches y en cambio me condonaba con espasmos y trémulos mañaneros más rápidos que una cagada al filo de la hora en que te deja el camión. Luego tomaba rumbo a con alguno de los siete amigos que le quedaban y no regresaba hasta la hora en que los grillos de las paredes comienzan a cantar.
Algo de fatalidad estuvo esperando estos días. Se esforzaba de verdad por estar alegre y suspirar tranquila pero al descuido mostraba la tribulación que desde un tiempo acá la estuvo asaltando. No tuve que esperar mucho; acababa de llegar de mi trabajo y prácticamente ella entró a casa tras de mi.  Esta vez la noté exhausta.  Llevaba, según su costumbre, días sin asomar la cara tras la cortina de nuestra alcoba. Venía huyendo quien sabe de qué más allá de la muerte, con el helar madrugal de los difuntos tras ella, tiritando por una calentura que nada tenía que ver con lo calamitoso del clima invernal.
Había muerto ahora un fulano según ella llamado en vida don Campagnolo; un tal viejo dependiente del más viejo taller de bicicletas de la colonia veintiuno de marzo. Condolesa explicó, no sin tristeza, que este murió de un golpe en la cabeza después de caer de una chopper Raleigh 64' que dizque hubo reparado después de estar veinte años intentándolo. Tanto detalle me daba esta mujer que terminé atribulándome en serio por alguien de quien no conocía nada además del sufrimiento y ancianidad. Pues resultó que este infortunado se mató montado, o más bien caído desde lo alto de la herencia de su abuelo, el primer Campagnolo que tuvo un taller en la ciudad, en la colonia Mazatlán. No se paseó ni dos kilómetros estrenando su herencia recién restaurada cuando un camión urbano de la ruta zapata-centro se le atravesó derribándolo del flamante armatoste. No lo aplastó de milagro pero los treinta kilómetros por hora sobre los que viajaba tan contento fueron suficientes para dejarlo en coma cerebral dos días hasta que su hijo Miguel Ángel dió la orden al médico en jefe para que lo desconectaran del respirador artificial que lo aferraba a lo que le quedaba de la existencia: su cuerpo aún fuerte y atlético de setenta años construido de andar toda la vida pedaleando bicicletas ajenas. Condolesa me llevó al patio  y ahí estaba un poster enmarcado de Lance Armstrong, un puñado de pulseras amarillas y la trágica bicicleta, intacta y reluciente.
"Miguel Ángel me lo regaló pues considera que yo la merezco más que cualquiera de ellos por haber acompañado al viejo en su solitaria viudez de bicicletero abandonado. Tú sabes, fui como la única hija para él pues tuvo puros machos que para lo único que sirven es coger, tragar cocaína y regar plebes en toda la zona sur de la ciudad"
Me conformo con que no haya pedaleado mi bicicleta de cuero -le secundé con hilito sangrón de celos en el tono, así como no queriendo la cosa; para que se diera cuenta que no me gusta mucho que otro macho se asome por mi cortina aunque sea para regalarle chingaderas con intenciones fraternales o legar herencias post mortem.
Más tarde, en la plática de sobre cama y cena con café, me reclamó por las vanas sospechas y la falta de respeto por lo difunto echándome en cara tanta frivolidad pues Campagnolo fue siempre incapaz de verla como mujer para otra cosa que no fuera una buena hija:

"Era un remanso de dulzura y paz el viejito. Me daba lástima todo lleno de grasa y su corazón tan a la buena de Dios. Con sus manos llenas de callos y faltas de un cuero mujeril donde limpiarlas por las noches de la ingratitud del tiempo que las hacían temblar por cualquier cosa"

Sospechaba una trastada a pesar de que Cony me habló con pelos, señales y casi todos los días de las penurias que ese viejo padecía. Hasta la muerte me parecía algo más que una casualidad. Dos ausencias motivadas por la supuesta aparición de la parca me dejaron pensando sobre algún tipo de pendejez en mi cabeza. Me convencí en serio de que esta amistad con el bicicletero decimonónico y las otras eran reales gracias a la hermosa Raleigh de colección, las pulseras amarillas y el póster enmarcado de Lance Armstrong, ganador de ocho Giros de Francia y mundialmente repudiado por cocainómano y tramposo. Fueron los primeros objetos que daban testimonio de que sus amistades si existían. Respiré tranquilo y algo avergonzado por malpensar así de la negra. Recé una versión muy breve del padre nuestro por el descanso del decano bicicletero italiano , le agradecí en silencio por la herencia del año del caldo y, claro está, por su bendita muerte pues esto significaba para mí horas de amor y compañía de parte de Cony, quien me tuvo desde días atrás muy abandonado.




III

Un día, ella llegó muy contenta y me invitó a bailar cumbia a La Caverna. Estaba en plan de celebrar que su amiga Zulma había vuelto de Tijuana después de trabajar todo el año, con mucha fortuna, de prostituta en los tugurios infecciosos de la avenida Coahuila: "se hubiera hecho rica -me dijo- de no ser porque un pocho coyotero la andaba queriendo matar por haberle robado una libra de cocaína pura que éste pretendía contrabandear en San Diego. De no ser por eso, hubiera logrado comprar un departamento en playas o ya de menos, una casita vieja en la colonia libertad"
Se habían conocido en los arrabales de la colonia Lázaro Cárdenas, en un fumadero. Cayeron en simpatía recíproca pues ambas sufrían del mismo padecimiento emocional que les hacía actuar más inestables que el vuelo del colibrí, eran también adictas al "crico" además de estar igual de prietas, según me hubo descrito Condolesa. Todos sabemos que esto último suele hermanar a este tipo de mujeres pues hay en ellas una índole muy añeja en sus ánimos que les hace formar pequeños clanes en contra de toda rubia que se les atraviese en el camino. Rubias es lo que abunda en esta ciudad y pues, ya sabrán del tipo de emociones que las unían. Estuve con ella pasadas las cuatro de la mañana hasta que recibí una llamada urgente de un cliente desesperado por un ocho de cocaína y tuve que retirarme. Cony se quedó en el antro bebiendo con otra del mismo clan quesque para esperar a la Cenicienta Tijuanense. Me quedé con las ganas de conocer a la exitosa Zulma y estuve pensando en ella hasta que salió el sol; alguien con ese empuje me hubiera sido de gran ayuda pues al parecer, era muy buena para el trafique además de que posiblemente podría tenderme la cama que Cony cada día abandonaba sin asomo de querer componer mi asunto carnal.
Supe de las dos hasta pasado un mes. Corrían los días de abril. Ya casi estaba olvidando el olor de su carne cuando la sentí primero antes de verla remontar la calle. Era un esqueleto rumbero en comparación con la mujer que se quedó bebiendo vodka en la caverna. Venía acompañada de Mika, la mujer con quién se quedó esperando a la mentada Zulma. Apenas si me saludaron con un asomo de vergüenza en sus ojos. Luego se echaron a dormir juntas en la cama destendida para despertar luego de transcurridas treintaiocho horas de pesadilla para mí, con cada minuto y segundos contados con el reloj biológico de la desesperación. Me pidieron con un hilo de voz algo de comer y un par de ballenas pacífico bien heladas. Al regresar las encontré recién bañadas, olorosas a Hermosillo Boulevard Citric y con una disposición sexual que me asustó. Parecían cadáveres queriendo aferrarse en algo vivo. Me dejé querer con un sentimiento vago de pérdida.

Condolesa anduvo en Tijuana. Eso me dijo. Me contó que Zulma se había suicidado la noche en que la estuvimos esperando para celebrar su éxito como puta en la loca esquina del mundo mexicano. Razones de más tuvo, según me enteró con lujo de detalles que me amargaron la existencia desde entonces.
"-Zulma ya estaba mal de un tiempo acá. La pobrecita se enganchó duro del 'cristal' cuando se le murió la única hija de un asma que se volvió angina de pecho. Me daba miedo cuando a veces, se ponía a contarme que la niña estaba a su lado todo el tiempo, para que no se sintiera tan sola. Un día, hasta se tuvo que bajar de la camioneta de un millonetas pues vio a la pequeña por el retrovisor mientras ella le daba una mamada al viejo. Se bajó gritando despavorida: "perdón mija, pero es que de algo tengo que vivir". Otra vez, la vio en el reflejo del espejo en un sucio motel del mercadito Rafael Buelna llamado pomposamente "California"; un nidazo de cucarachas; y allí estaba Almita recostada con todo el peso fantasmal de su infancia en la cama episcopal, mirándola con ojos acusadores mientras ella se depilaba la panocha para que su machucante en turno la encontrara de su 'cosa' más lozana que una quinceañera. Cada día que pasaba la niña la acosaba más y no le permitía putear a gusto. La última vez que la vio fue antes de irse a tijuas cuando preparaba un foco para ponerse a fumar un 'ciego' de 'crico'. Le dolió mucho que su hija la abandonara por ser como era y por eso se largó a esa frontera del demonio a ver si ya la olvidaba por medio de las riatas de los hombres y el vicio que la dejó sola como un perro. Se llenó de tanta cosa y mucha mierda hasta vaciar el corazón. No. No pudo soportar tanta tristeza y mejor decidió darse por el jalón de su mismo peso.

-Mika y yo estábamos en la pensadera del qué hacer con el cadáver pues a Zulma no le conocimos nunca un pariente que pudiera ayudarnos con los arreglos del entierro cuando un amigo de ella nos habló desde Tijuana mientras íbamos camino a recoger el cadáver al SEMEFO. Nos explicó que estuvo llamándole sin obtener respuesta después de recibir mensajes telefónicos donde le decía que se iba a matar. Al enterarse de su muerte, nos ofreció trasladarla hasta allá para sepultarla entre amigos.

Pobrecita, porqué te mataste? Cómo se te fue a ocurrir tan fácil?

-Yo jamás tendría valor y cuando me estaba preguntando cómo se podía una suicidar sin sentir feo y el cómo se habría matado mi amiga para no sentir lo peor, el médico forense, muy joven y guapo parecido al Komander nos explicó que había muerto por asfixia tras haberse colgado por el cuello desde un árbol de pingüica, en la mera orilla del río Tamazula. La encontraron unos dizque estudiantes de sociología que andaban en la maroma de fumar mota. Ahí estaba ella flotando sobre el vapor de la mañana, con un foco bien agarrado en su mano derecha, con los ojos saltados y sacando la lengua, como burlándose del puto mundo que la parió tan desgraciada y buena madre.
-Me la puedo imaginar columpiándose mostrando las nalgas al río, como tanto le gustaba, en un vaivén más chingón que el que te puede dar el mejor amante. Pobrecita. Que muerte tan horrible te diste, Zulma. Que feo te fuiste -le decía yo cuando los carroceros se la llevaban al anfiteatro. Al menos está re-guapo el último hombre que le quitó ese puti-vestido comprado en los huizaches que tanto le encantaba usar.

-Como Zulma ya traía un color raro y le salía una sangüaza cafesosa de la nariz a pesar de que el muertero la dejó como raso de novia y bien arreglada para que no empezara a apestar, decidimos agarrarle la palabra al amigo fronterizo y pues nos la llevamos a darle sepultura en esa ciudad culera antes de que nuestra compa se reventara en pestilencia ante nuestros ojos pues poco podíamos hacer con su cadáver por ser tan pobres además de ir a tirarla a las bardas de La Primavera, ese lugar donde tiran los cadáveres de todo aquel animal o persona que nadie quiere. Le prometimos celebrar una misa en honor a sus carnes no sin antes organizarle un pachangón de cuerpo presente como a ella tanto le gustaba: con música oldie, un chingo de cerveza y perico.
La velamos y festejamos en el Chabela's Bar ante la mera elite de las mujeres más cotizadas por gringos y sureños. Hasta el presidente municipal estuvo presente con entusiasmo y se engalanó con tres bricks de cocaína calidad premium Levis 501, de la que usa Donald Trump, Paulina Rubio y el Papa. Fue tanta la algarabía que todavía nos alcanzó la fuerza para alargar la despedida dos días más. Setentaidós horas fueron suficientes para que hasta las muchachas de Puebla, Tlaxcala , El Estado y hasta las mozas del aseo rozaran carne, billetes y perico redimidas de las aceras por las ínfulas de proxeneta generoso que de repente le agarraron al patrón, el mero jefe de la alegre y famosa avenida Coahuila.
Fue una bacanal sin precedentes la cual solo me puse a mirar con la congoja amarga anudada con forma de lágrima en la garganta. Se hubiera alargado más de no ser porque al hijo del presidente se le ocurrió abrir el ataúd de Zulma para brindarle un trailero de cocaína. Andaba tan borracho y cogido que tropezó con un tertuliano caído y terminó enredado con el cajón de nuestra festejada yéndose los dos al suelo. Mi amiga salió rodando y entre las vueltas que dió dejó un pedazo de cachete embarrado en el suelo levantando una pestilencia que nos puso a cada quien con los pies en el meritito infierno. No dimos para más. Esa misma tarde la llevamos a enterrar en el panteón que está a un lado del cerro colorado, bajo una lluvia triste y silenciosa. Hasta el sol se nos escondió ese día tapándonos con un manto gris la visión de Dios que todo lo perdona. Me despedí de ella cuando salimos del camposanto. Alcancé a ver su tumba en la parte más alta, rodeada de flores artificiales y rehiletes multicolor. Al pie de la cruz estaba su hijita, haciéndole una helada despedida, sonriente y sin llorar. Luego, todo se fue al carajo entre la bruma y oscuridad que llegaba despacito, como para no espantar las animas que a diario salen a convivir con los recién llegados"

 

IV.

 


Juro que estuve a punto de mandarla al carajo. No tuve el valor. No lo hice porque le creyera en absoluto la gruesa epopeya que vivió en su viaje a ese norte del infierno. No la dejé porque desde hacía tiempo se apoderó de mi una dependencia rara. Dependencia que transformaba de manera sezgada en una supuesta y pretenciosa lástima hacia ella.
Esa lástima sin supuestos motivos claros que resolvía en sentir que algo le debía al mundo desde antes de nacer. Desde que Condolesa regresó ya no pude ser el mismo aún y cuando ella se esforzaba por ser lo que ella suponía dentro lo más profundo de sus remordimientos lo que yo necesitaba. No era necesario que cambiara: la necesitaba tal y como era. Esa mujer con el ánimo tan al pairo pero sincera. Me dediqué entonces a ver con tristeza como el mundo se me despeñaba sentado bajo pálidas tardes en el patio esperando a que ella dejara su plan de atenderme para que se largara y volviera de su mundo para contarme una historia más de muerte.
Se volvió más asidua a nuestro lecho, más atenta. Engalanaba la noche con sus cuitas cómicas y salaces o, con el delirio tembloroso y experto de su carne. Estuvo alegre esos días y esto no terminaba por gustarme. Dejó las visitas a sus amigos a un lado todo lo que le permitió la dependencia hacia ellos mientras la mía se transformaba en un no se que muy incómodo. No duró mucho, gracias al cielo. Un día la encontré furiosa contra Mika, la fogosa compañera de parrandas. Había terminado la hermandad que las unía cuando a esta se le ocurrió mal hablar de Zulma y su hijita. "Pinche teibolera pedorra. Vergüenza debe darle andar enseñando sus tetas aguadas y bailar como foca. Y todavía me amenazó con decirte cosas inconfesables después de que le compartí la cama. Eso gano por arrimar perras mestizas a la confianza. Cómo sea, jamás fue mi amiga sino más bien una sana competencia. A mis amigas jamás les compartiría el hombre que me hace feliz"
Me dió risa pues pensé que las negras como ella no tenían ese tipo de desplantes raciales que no estuvieran dirijidos hacia las rubias.
El pleito con la mestiza fue providencial. Condolesa volvió a las andadas; justo lo que yo necesitaba para recuperar al corazón esa dependencia que se me estaba confundiendo hasta la ira con la devoción que me brindaba esta loca.
Lo que estuve esperando en pálidas tardes se empezó a tornar en una realidad mucho mas triste que antes. Amaba eso y no podía vivir sin sentirlo. Nuestra cama estaba otra vez destendida al abandono. Condolesa volvió a refugiarse en los amigos que le quedaban y yo me tiré a la calle a darle duro al negocio pues el viejón empezó a creer que yo me estaba queriendo cambiar con los contras quienes para esas fechas nos traían asoleados a balaceras y levantones; nada que ver. La certeza de la tragicomedia ausente de mi mujer no me dejaba dormir, menos trabajar como dios manda y estuve como 'puntero', vigilando los ruidos de la puerta y acabándome la mercancía para resistir los embates de la soledad y la tribulación de saber quién chingado se tenía que morir en el barrio para que la negra regresara derrumbándose a contarme.
Llegaron las tormentas de verano mucho antes del día de San Juan. El cielo se desempedraba con gruesas gotas que hacían un ruido ensordecedor sobre la lámina de cartera. Comparaba sin conciencia las lluvias con las risotadas de Condolesa y llegué a preguntarme, entre sorprendido y enamorado de la tristeza, dónde había quedado el hombre que antes se tiraba a la pelea o se desvelaba maquinando chingadera y media para calzarse hasta las truzas de billetes. Me acordaba de todo esto y lo comparaba con el guiñapo que ahora lloraba nomás empezaba a gotear el cielo o se ponía a componer cosas de maricas en vez de arreglar el barrio nomás con pensarlo o asomar las narices a la calle. Temblaba de coraje y vergüenza pero estos arranques de macho varón masculino eran como la espuma de las cervezas o el efecto de una cocaína más cortada que las nalgas de un emo: Duraban lo menos diez segundos y lo más, quince minutos. Me la pasaba lo más cercano a casa y mis negocios se circunscribieron nomás unas diez calles en un perímetro tan poco redituable comparado con el mini-imperio que sostuve meses atrás. Mis antiguos admiradores creían que el culo a los rivales había ganado pero en realidad era que el culo del corazón me había traicionado. No iba más allá del perímetro al que confiné mis andanzas nomás porque esperaba el cuerpo que portaba mi amor mal fundado. Una noche llena de vapor y sensia que respetaba hasta los árboles en un sopor más grueso que el atole que dan en el IMSS, llegué a casa y me senté sobre la acera a esperar lo que fuera, con el periódico más barato de la ciudad en la nota roja, buscando a ver si alguien se había muerto en los barrios cercanos y eso hacía volver a mi adorado tormento, cuando sentí su presencia pesada jalándome desde nuestro cuarto como un tentáculo viscoso y caliente. El corazón me volvió a llenar el pecho después de meses sin saber de ella.

 

V

 


Era un desastre de persona. Había perdido mucho cabello y se le habían caído algunos dientes. Apestaba tanto a animal muerto que por un momento pensé que se había traído el cadáver de alguno de sus apreciables amigos para enterrarlo en el patio.
"tengo tanto que contarte" -me dijo con una tranquilidad que me atemperó los ánimos. Llegué incluso a creer, después de comprobar con manoseadas por todo su palmito que en efecto, de muerta nada tenía, que era la imagen de una resurección invocada por sus habilidades de bruja jarocha pues hasta tierra traía pegada detrás de las orejas y en la cavidad del ombligo además de la asquerosa pestilencia que traía metida más adentro del pellejo. Me extendió un papel y me mandó a la farmacia por unas rivotril en gotas y una Coca-Cola para 'hacerlas tronar más rápido". Más tarde me pudo contar todas las tribulaciones que padeció: La muerte de uno de sus amigos de la infancia a bordo de una moto-racer en una competencia feroz contra un narco junior por un premio de treinta mil pesos que estaba pagando la ruta Tepuche-Cosalá la cual bordea las faldas de la sierra entre cañadas, barrancos, vados y pueblitos azotados por la fiebre de los laboratorios de 'cristal'. Según me dijo con tristeza, lo encontraron bañado en sangre y revolcado en lodo, con la mitad del esqueleto quebrado y un ojo de fuera, cantando la canción "cruzando cerros y arroyos"; narró, no sin llorar, la última epifanía de una vieja que padeció hasta morir de dolor un cáncer terminal; la señora dejó tres hijas huérfanas y en edad de merecer hundidas en una viudez adolescente y el alcoholismo. También lamentó la triste pérdida del viejo pepenador que fue chamuscado por un rayo en la última tormenta eléctrica que azotó la ciudad y dejó sin luz toda la zona norte durante treintaisiete horas contadas con el termómetro de los calorones a cincuentaicuatro grados. Unos habitantes del basurón municipal lo encontraron, dijo con afán de detalle como si yo nada le creyera, todavía humeando y oliendo a licuadora quemada y con su fiel compañero 'fierabras' recostado a su lado como una costra, el cual también falleció y se fue seguro al cielo de los perros. Por último, se derrumbó al describirme el asesinato de su prima hermana en un asalto a quien entre su madre y el cura Coronel criaron con mucho miedo a dormir desnuda y la luz de su cuarto apagada.
Ya no volvió a levantarse jamás para algo que no fuera la contemplación. Lo agarró un miedo cerval a la muerte al grado de ni asomar las narices siquiera para ver como meses antes, a los niños jugando a la pelota o a las escondidas. No temía a que la calaca le jalara las patas. Le daba pavor que fuera ella, con su sangre de bruja nicromanta, quien fijara la ruleta macabra y decidiera con apuesta al trece negro el destino del infortunado que tenía que irse al otro patio.
Al principio de la caída no hablaba de otra cosa que de brujería, maldiciones, la santa muerte, Jesus Malverde, San Judas Tadeo y toda la santería que se dedica a oficios oscuros, pompas fúnebres o asuntos que hasta dios se declara incapaz de comprender.
Luego, su platicar se volvía por momentos una maraña de situaciones alucinantes. Le palidecían los labios en un trémulo de boca de pescado fuera del agua mientras describía con miedo el tráfago de sus muertos que no la dejaban de acosar ni dormida:
"anoche, vino mi tío Alberto a visitarme. Fiel a su conducta entre cómica y salaz, me despertó subiéndose encima de mi cuerpo, tapándome la boca para que le escuchara mejor los cuentos que me espantaban de niña. 'es un íncubo -me contó una noche de favores el padre Coronel- eso le pasa a las mujeres de panza caliente como tú'. La verdad, mi tío Alberto no me parece tan mala persona a pesar de sus espantos. Bien hago en decir que me conforta. Después vino mi tía y mi madre, regañándome toda la santa noche por ser tan imaginativa y miedosa; por inventar historias de que mi santo tío Beto era capaz de quitarle el aliento hasta a los chivos del diablo. Mija viene también a llorar. Pobrecita; con su silbadera en el pecho y esas ojeras que le pintaron las fiebres de la bronquitis, ese mal del frío que le caló los huesos hasta llevársela al seno de Diosito. También llora mucho porque dice que tio Beto no la deja en paz con esa broma de subirse arriba de la gente. Mi prima no me da descanso y todos los días pasa por la calle silvándome para que salga a hacerme cargo de una niña quien pide a grito pelado que por favor le haga su vaporización para poder respirar. Campagnolo me hace señas desde la ventana apurándome en que le ayude a secarse la sangre de la descalabrada y limpiar su tumba que ya está invadida por vainas de guachapor y no lo dejan pasar a su ataúd sin llenarse de alhuates los pantalones. A Liduvina, pobrecita y que dios la haya acogido en su santo seno, me la he encontrado en el baño; iluminada su figura bajo una luz azulosa y escupiendo gargajos de sangre mientras le pregunta a su corazón partido donde estarán sus hijos que no van a visitar la piedra bajo la cual la sepultaron. Ingratos que no se acuerdan ni uno con otro de prenderle siquiera una veladora o de menos, un carrujo de mariguana última cosecha del triángulo dorado. Esa Liduvina. Tan buena para el mitote y ahora, pura lamentación. Para eso se muere uno? Para luego venir a estar chingándole a los vivos? Esa Liduvina. Se va con las primeras luces del amanecer encargándome mucho a su prole, como si yo no tuviera tanta cosa que hacer o un hombre que coger. Ay de mí, Jorge del Alma. Ay de mi. Entre todos me van a matar de la forma en que murieron: Asfixiada por tanto peso que cargar o apagada la luz de la razón por un golpe en la mollera o la descarga de un calambre eléctrico. Ay de mi. Ojalá suceda pronto si tiene que ser. Ojalá sea como sea y prontamente porque ya no aguanto tanta carga que pensar"
Fue la última charla más o menos hilada que le escuché. Todos sus amigos habían muerto y se quejaba de no tener rumbo en las tardes. Ya nada quedó de aquella afroantillana balanza del erotismo y el deseo de morir. Ah, Condolesa. Qué fue de tu cuerpo potable, de tu aroma a Hermosillo Boulevard Citric revuelto con mar? Qué hiciste con la lozanía prieta de tu piel? Por qué apestaste tus besos? Por qué arrancaste la mordida de tu boca que me hizo en pocas noches agradecer a Dios tener a tu animal cerca? A dónde te llevaste el gusto de esa almeja que me envolvía la carne arrastrándose en tu marea?
Ay, Condolesa. Ay de mi. Ya ni siquiera me queda tu tristeza para engordarme la sangre con la pensadera. Ay. Ya no sales a la calle pues para qué ha de ser. Ya ni el consuelo de la muerte que se llevó a tus ocho amigos que contabas con los dedos. Ay, bruja maldita. Negra cambuja. Ojalá pudiera amistarte con cien más para luego ofrecerlos juntos a la muerte y tener así motivos de vivir. Ay, Condolesa Romedal. Ay de nosotros. Ay de mi, diosito; Mira el maricón que me volví. Mira! Mira! La mujer que perdí por rumbos en donde difícil es llegar.

 

VI.

 


"La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido"
Mike Laure.

Ahora pasaba las madrugadas preguntándome sin obtener respuesta por qué la cosa del amar suele serme así. Cambié de vida para dedicarle las mejores noches de mi existencia a la piltrafa que me adjudiqué como amado tormento o espina en el culo. Condolesa era ahora un costal de huesos forrado de un pergamino del color de la tierra muerta; lo único que tenía de vivo eran las viajes en el tiempo entre fantasmas y palabras que le salían a veces como cascada, a veces como motitas de polvo flotando en el ambiente de nuestro cuarto caído en la miseria. Trabajaba yo entonces desde las seis de la mañana hasta muy entrada la tarde. Ganando apenas para comer y mantenerla viva dentro de la ruina que era. Por las noches vigilaba sus sueños y desvaríos hasta donde me alcanzaban las fuerzas. Esto tenía que terminar algún día, pero uno de los dos tenía que caer. Sucedió al fin, aunque aún no sé quién de los dos se derrumbó primero. Antes de que se fuera a otro mundo, Condolesa volvió a ser un largo instante que ardió como se quema una llanta. Un alto, lento y espeso fuego escupiendo humo hasta el cielo. Volvió a ser aquella mujer que me enamorara un día de agosto. Volvió a brillarle el mirar y perfumársele el suspiro; a mojársele el instinto y coloreársele el beso. Volvió a incendiársele la estufa y a prendérsele el aura de pitonisa y nigromanta. Sentada sobre aquella cama olvidada, con un haz de luz figurándole la mitad del rostro, me esperaba como se espera a alguien detrás de un vidrio; con una mirada que traspasaba todos mis más allá. Me habló después de tantos meses. Arrastró su voz para decirme con los puños arropándole los pechos: "acaban de matar al primer y único hombre de mi corazón" Luego, se abalanzó arrancándose la ropa para regalarme por primera vez en mi vida eso que muchos llaman amor. Aquello que mucho han asegurado es como tocar el cielo. Eso que llaman el segundo nacimiento o la muerte chiquita. La mujer que jamás voy a olvidar. Ella lo hizo. Ay Condolesa. "si me hubieran dicho que era aquel nuestro último beso todavía estaría besándote". Estuvimos platicando por horas y encontrándonos como jamás nos hubimos encontrado antes con nadie. Antes de dormir le pregunté que si como había muerto aquel hombre de su vida a lo que ella me contestó con una extraña sonrisa: "De un balazo en el pecho. Ahorita ha de estar tragándose la tierra mientras seguro piensa en mi. Ese hombre. A los hombres los deben matar, si es que alguien los quiere matar, de un tiro en la cabeza para que no se la pasen pensando en su amada en el más allá. Los balazos en el pecho nomás los medio matan y acá se quedan penando con el corazón partido y la mollera entre lo vivo, lo muerto y lo quedado en los relojes pasados" Eso me dijo y luego se montó de nuevo sobre mi para revolcarme con su carne como un costal de papas.

Me levanté al rayar el sol. Antes de salir de casa la miré. Se veía tan segura de su estar, dormida realmente por primera vez desde que la conocí, que me pareció la mujer más indefensa del mundo. Me despedí de ella y algo se cayó de encima. Ese peso que me hizo sentir un nudo en el alma desde que ella volviera de Tijuana. Nunca antes me hube despedido de nadie y menos de ella que desaparecía durante días sin darme oportunidad de pensar por qué chingado se había largado. Una ligereza en el ánimo me hizo besarle la frente. Al salir al patio, miré la Raleigh 64' y sin dudarlo un instante me monté en esta y salí a pagar las cuotas del día. Camino al trabajo recordé que la vieja bicicleta era un vehículo de la muerte relacionado de forma alguna con el estado de postración de Condolesa. Sentí un miedo que me paralizó unos instantes pero de inmediato me recuperé de la fantasía desechando todas las creencias oscuras de la mujer que ahora parecía tan indefensa acostada sobre nuestra cama destendida y muerta para siempre al latido de todo aquello que hace creer en el amor.
Regresaba de trabajar. El sol caía en el horizonte bajo pintando todo de color rojo. Estaba a dos calles de mi casa; silvaba mi canción favorita contento de tener un rumbo cuando de una entre calle me interceptó un automóvil Honda Civic color blanco y dentro de este descendieron cuatro tipos armados. Uno de ellos me gritó entre dientes: "hasta aquí llegaste, ratero hijo de la chingada" y luego disparó en tres ocasiones sobre mi pecho y a quemarropa. Antes de caer en el desmayo todavía alcancé a escucharle me decía: "no es nada personal, mi coquío, pero ya sabes que el que gacho la caga, gacho la paga. A los jefes no le gustan los rateros y tú ya la chingaste". Pero si yo no he robado jamás -alcancé a decirles mientras el paladar se me llenaba de un sabor a sangre y pólvora. Se llevaron la bicicleta y arrancaron dejándome en medio de la agonía y la polvareda. A lo lejos escuché los gritos de Condolesa. Entre la polvareda, el olor a balas quemadas y lo rojizo de la tarde la vi venía corriendo a todo lo que le daban las piernas; la noche estaba por caer.

 

VII.



"Es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre.
Hemos pasado por esto mucho, mucho tiempo.
Solo trato de matar el dolor, sí;
Porque el amor siempre viene y el amor siempre va...porque nadie está totalmente seguro de quién se va a ir hoy"

Lluvia De Noviembre. Axl Rose.

El psiquiatra me explicó que Condolesa tiene remedio aunque necesita estar un largo tiempo interna dentro estas cuatro paredes; que necesita de mucho profesionalismo y que ella le eche ganas al vivir, cosa que está muy lejos de querer. Dice que esa locura viene de muy lejos, desde que era muy niña. Dice que mucha gente le hizo daño y le mató la inocencia. Que muchas personas abusaron de ella y le encogieron el corazón y el cerebro al grado de que tuvo que buscar refugio en la locura.
También me explicó que los daños en la cabeza pueden ser peor si ella vuelve a darle duro a las drogas. Me regaña cada que la visito pues considera que queriéndola yo tanto le haya permitido que llegara tan lejos con su padecimiento. El doctor Alejo no me cree que yo haya vivido durante casi dos años con ella sin notar que no estaba bien de sus facultades mentales o que se estaba metiendo mierda con todas las ganas de morir. Le puse de pretexto esos amigos que no abandonaba jamás pero el médico me dió en la cara al decirme que ninguno de ellos existió jamás y que Condolesa los había creado inconscientemente para tratar de resolver sus traumas de la infancia.
Me abruma ahora el tanto pensar en ese mundo a la medida que tuvo que crear para luego destruir a sus habitantes uno a uno hasta quedarse sola como un huevo de gaviota en el desierto. No quiero pensar quienes fueron aquellos que mató de formas tan trágicas. Me conformo con saber que cada lágrima que derramó por ellos, fueron un enorme tazón de bálsamo que le fue limpiando el corazón hasta dejarla como una recién nacida a quien hasta las nalgas tienen que limpiarle. Fueron lágrimas de perdón a esos fantasmas y a sí misma.
Un domingo primero de noviembre fui a visitarla al hospital con algo de emoción en el alma. Hasta le compré un enorme ramo de flores de cempasuchil, claveles y crisantemos junto con un medallón conmemorativo de la virgen de Guadalupe colgado de un rosario bendecido por los oficios y sacramentos del padre Coronel. El doctor Alejo me recibió con una seriedad dolorosa. Condolesa había muerto al entrar la madrugada, temblando como una hoja y recitando los nombres de todos sus amigos. A mí jamás me mencionó como alguien entre vivos ni entre muertos. Cuando el doctor Alejo le dijo de mi nombre, hizo un gesto contradictorio, como si de repente me hubiera recordado y borrado de su existencia a la vez. Solo dijo: "Al único hombre que amé lo mataron de un balazo en el corazón. Ahora debe estar tragándose la tierra y pensando en mi".
Me entregaron su cadáver al caer la noche. Lo velé solitario y cerrada la casa para que no entraran ni las moscas. Los ramos de flores los deshojé y extendí sobre su cuerpo; El rosario con el medallón lo enrollé entre sus manos, compré cuatro velas y estuve pensando lo difícil que fue y lo peor que será sostener la flama de la vida si no está ella presente, mientras miraba el cadáver hermoso que es ahora; pensando en lo irónico de la situación pues debería ser ella quien en estas horas debería estar hablando sobre mi a mi mismo y no yo, hablándole a la nada sobre ella. La sepulté la tarde siguente en el panteón 21 de marzo. Al llegar a casa, una lluvia finísima me acompañó hasta después que las ánimas comenzaran a penar, aprovechando que los grillos callan cuando el cielo llora. Juro que cuando dormía, aquella Condolesa del lejano agosto, llegó a calidarme la cama.

 

VIII



"El verano inhaló profundamente y contuvo la respiración demasiado tiempo;
El invierno se veía igual, como si nunca te hubieras ido.
Y a través de una ventana abierta donde no ha colgado una cortina...como a través de la niebla
Te he visto...te he visto...como si regresaras a mi"

Comin' Back To Me. Marti Balin.

"Pues ahora las noches se han vuelto un noviembre eternizado en el que espero para siempre a Condolesa, doctor"
Eso le dije a mi amigo. Porque ahora el doctor es mi amigo; eso afirma poniendo la mano en mi hombro cada que comienzo a contarle mis penas. Mi padrino me dijo semanas atrás que cuando uno se vuelve amigo del loquero es porque uno ya está más loco que un chango.
Como sea, me reconforta la plática seria y cordial de Alejo. Me he quedado en el hospital varias noches hablando con él sobre muertos y sueños perdidos hasta ver la salida del sol.
No tengo más con quién platicar. Él es el único que cree, con un ánimo profesional y amigable que a veces me da desconfianza, que Condolesa se transfigura con las sombras oscuras y alargadas de la tarde; el sabe que a veces las personas que amamos se aparecen detrás de las ventanas o hasta llegan a sentarse al filo de las camas y que puede ser hasta normal que platiquen con uno algunas cosas de gente viva. Me escucha y me escucha mientras escribe y escribe y sirve el café y a veces hasta me da una pastilla dulzona que sirve para no tener pesadillas pues eso sí que es muy malo. Mi amigo Alejo asegura que cuando uno sueña gente muerta es porque nuestro rumbo del alma ya se quiere ir al más allá o que el más acá ha perdido el interés. Yo no quiero morir. Nadie ha regresado de la muerte a contar cómo está el asunto ese de ser un difunto chocarrero; más allá quien sabe que habrá. No sé si muerto volveré a ver a Condolesa. Así, vivo aunque triste, al menos la veo entre las oscuras de la noche, a través de las ventanas; al menos siento sus nalgas ocupar un espacio de la cama; al menos viene a revolcarme en los sueños; al menos me puedo imaginar, como si cuando viva le hubiera importado algo de mi que no fuera el oírle sobre su lotería de amigos, que algo se le quedó en alguna parte de mi corazón y por eso viene de tarde en tarde a revisar la piedra que dejó sembrada. Al menos se que dentro de la destornillada de cerebro algo debió sentir por mi, pues nadie corre por el medio de la calle y con las chichis de fuera para ver de qué forma mataron al autor de sus días y carnes.
Por estas fantasías y más, mi amigo Alejo me viene invitando a que me quede un tiempo al menos; al menos hasta que Condolesa se termine de largar a un lugar al que él llama duelo final.
Trato de pensar en otras cosas pero esta mujer negra, rozagante como nunca, no deja  de acosarme tratando de cuadrar, creo, el arqueo de su situación actual e infame con todo lo que me quedó debiendo cuando aún podía desarticular mis ganas de coger con las sabidurías expertas de putona babilónica.
Trato, por ejemplo, de pensar que aún puedo recuperar el mini imperio de drogas que sostuve hace unos meses.
Que aún hay por allí alguna mujer que pueda soportarme de mala gana aunque sea.
Trato inútilmente de creer que este corazón merece mejor suerte y no esta broma macabra que me tiene aquí esperando a que la muerte llegue o se vaya no sin antes estar seguro de volver a ver o vivir a Condolesa como antes y no como la veo en este preciso momento a través de la bruma de este invierno imposible que parece helarme más la calavera bajo el cuero; soy ahora un bolso de puro hueso roído por la soledad.
Ay, negra maldita. Ahora me doy cuenta lo libre que me hacías de alguna forma.

Pasan y pasan los meses y Condolesa aún pervive y, de hecho, ahora existe de forma ominosa como un recuerdo vergonzoso que se niega a morir nomás para tenerme preso de esta forma. Un fantasma es un recuerdo pesado que muchos se niegan a descargar. Eso dice mi amigo Alejo. Es doloroso pensar en ella. Pienso y pienso pero ya no encuentro su rostro; ya no encuentro el olor; ni siquiera las granizadas de septiembre me la pueden revelar; ni siquiera este calor del horno me hace remembranza al vapor de su vagina.
Alejo me pregunta a diario que si qué es lo que quiero. Me pregunta mientras sonrió mirando la cama donde murió el cuerpo que cargó mi amor sin muchas ganas. Me pregunta y le contestó:
Solo quiero salir de aquí.
Y lo que me responde:
-Algún día, Jorge.
Algún día, ya que dejes de recordar.
Y yo recuerdo y recuerdo viendo la cama donde murió y luego pienso y pienso en la cama de mi casa. Esa cama destendida y sin pulsar de forma alguna. Allá me espera la muerte; pero aún no. Aún no.

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Disertación contra el soneto

Roberto López Moreno

 

Perder en estos tiempos el tiempo en un soneto es ocio tedioso, odioso, porque el verso, aritmética oscura, limita su universo entre sumas y restas y restos de un faceto y chocante y pedante y pujante mamotreto. En un lenguaje nuevo francamente es perverso sujetar las palabras; si el efecto es adverso, por parir un poema se aborta un triste feto. Los poetas modernos debemos bien unidos formar un solo frente contra dicha amenaza. Los que no escriban sonetos son netos sonidos de su tiempo, de un tiempo, nuestro tiempo, nuestra era plagada de ritmos diferentes. Sonidos pasa los que contando versos jamás dijeron nada.

¡Jamás he escrito un soneto; qué mal gusto, no lo haría, verdad de Dios no lo haría, no lo haría Qué boleto! No lo haría ni en secreto, no lo haría, no lo haría, no lo haría, no lo haría.

Jamás he escrito un soneto.

¿La verdad? Que es una bronca, si una palabra no entronca con el final anterior, no falta un poeta añejo que te trate de pendejo y eso sí que no. Mejor, si un soneto me manda a hacer Violante y en la vida me miro en tal aprieto, le azoto con el arpa, porque un reto tan grosero, falaz y repugnante, no es para mí, poeta de talante, poeta de mi tiempo, de respeto.Total, no se hable más ¡Muera el soneto! y que rime rimando por delante. El argumento a favor del verso blanco es tan simple: la libertad que goza le cubre con prudencia todo blanco. El verso libre es forma portentosa.

Aquí ni el ni tu... ni yo me  atranco. ¿Un soneto? ¡For God!, qué fuchi cosa.

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Juntas y de pie

(Crónica–reflexión)

Gwenn–Aëlle Folange Téry

 

Con el más profundo y sincero agradecimiento a Marcia Koryna Hernández,

sin quien estas palabras no existirían, al menos no en este orden.

 

¿Por qué los hombres atacan a las mujeres? ¿Por qué el ser mujer parece ser un castigo divino y por qué los hombres se otorgan el permiso de  aplicarlo? ¿Por qué empiezan las vejaciones cuando somos niñas, y de apodos, prohibiciones y violaciones se avanza a veces hasta el feminicidio? ¿Por qué la violencia hacia la mujer?

 

Me invade la tristeza. Llega hasta mí como las neblinas oscuras de las películas de terror y sencillamente me lleva a su mundo. Me siento indefensa. Yo que tanto hablo, demuestro, analizo, deconstruyo, para reconstruir luego y así entender qué nos hace funcionar, actuar. No puedo más. No logro entender qué lleva a algunos a ceder a la violencia que en ellos anima.

Soy mujer. He sufrido por serlo. Y no, no he sido agredida por un desconocido, no he sido violada, tal vez un poco toqueteada de niña por otro niño, que ha de sentir vergüenza si lo recuerda y, claro, tampoco he sido asesinada. Mi sufrimiento ha tenido lugar en mi cabeza y en mi corazón, y aunque obviamente no es lo mismo estar triste que estar muerta, no deja de  ser sufrimiento extremo.

Cuando niña, muy chica, mi familia se rompió. Tronó como globo lleno de gas en el zócalo, un día de feria. El fuego que la hizo explotar fue un rollo absurdo “de apellido por pasar” a hijos varones. Onda el rey no tiene quién le suceda. Mi hermana y yo salimos volando, daño colateral de la intensa lucha entre mis papás; daño colateral de la forma y calidad de nuestros genitales.

Es largo, penoso y complicado de explicar, pero te paso un resumen: Mi papá quiere un segundo hijo varón para estar seguro de que su apellido perdure a través de los años. Mi mamá, después de siete embarazos, dice que no más... Mi papá agarra sus cosas (y su pene) y va con quién le dé gusto. Mi mamá nos informa a  mi hermana y a mí que tenemos otro hermano, que mi papá la traicionó. Llora amargamente y asesta el golpe que cargaremos las dos durante años: “Es su culpa, por ser niñas”. Y claro, como en aquella época el asunto es vergonzoso, lo del otro hijo, no tanto lo de ser niñas, pues nos prohíbe hablarlo con quien sea.

Sí, ya sé. Después de años de terapia y de pensar, analizar,  pasar por las formas de perdón del yoga, del reiki y de la calle, entiendo que hizo lo que podía. No creo, no quiero creer, que en su mente o corazón nos haya querido dañar. Pero lo hizo. Y ves… No me pude defender, era una cosita de nueve años; tampoco mi hermana, ella tenía siete. Nos la creímos: por nuestra culpa; “por nuestra vulva”, dirían unas chavas que conozco, nuestra familia se volvió veneno para quien intentara vivir en ella. Y sí, sé que esto no se compara con ser violada, con ser torturada, con que te arranquen los pezones  a mordidas y luego te dejen muerta–muerta, al lado de un camino, pero la niña que yo era, de alguna forma murió ese día.

Empecé a comer mucho. Mi mamá me puso el apodo de “basurero”, porque todo me lo terminaba. Engordé y mi ropa se compraba en el departamento de señoras. Escondí mi cuerpo bajo lonjas de grasa y me tragué las lágrimas con pan y chocolate. Me convencí de que no era yo una persona que se pudiera querer. Mi hermana, que era ya medio atrabancada, usó  por siempre pantalones, blusas deportivas y tenis. Se lanzó del columpio más alto y jugó a bote pateado entre minas y arenales. Escondió su cuerpo también bajo un disfraz de chavito (e imagino…), se tragó las lágrimas pateando duro al famoso bote. No sé si ella se sintió como yo, como un ser no–querible, porque nunca se lo pregunté. Y crecimos.

Por ahí de mis trece años descubrí el feminismo. No sabía que existía. No sabía que había mujeres por el mundo clamando su orgullo de serlo. Estaba en ese tiempo en uno de mis apogeos ponderales y me seguía escondiendo tras enormes faldas de resorte y libros, leía para no ver, para no ser vista. Y sí, descubrí de repente en mí un sentido de pertenencia, algo que ahora se llama sororidad, pero que en aquel entonces yo llamaba “eso”. Un acompañamiento que presentía, que adivinaba y que quería para mí, sin lograr formular bien a bien en qué consistía. Trabajé luego muchos años, tratando de rescatarme. De sacar de aquel hoyo negro a la niña que fui.

Sí, te veo alzando los hombros, pensando que soy una payasa, que viendo lo que sucede alrededor nuestro, como por qué me permito enternecerme y llorar sobre una historia que parece de novela rosa. Pero así es, y si negara mis sentimientos, estaría, pienso, negando el camino recorrido y dejando  a esa niña en el limbo.

Un día me fui a vivir con un hombre al que amaba, y que me amaba, aunque me haya sido tan difícil reconocerlo. No soy querible, recuerda. Y otro día nos casamos y tuvimos hijos: dos niños. Orgullo sin precedente en mi vida, había logrado lo que mi madre no, tener dos varones seguidos,  y había –creía yo– logrado existir a los ojos de mi padre. Porque toda mi vida sentí que no era suficiente para él. Porque no se nos lastimó nada más al hacernos cargar con una culpa inexistente, sino que se nos prohibió (a mi hermana y a mí) hablar con quien fuera de esa noche, esas noches, que a cada una nos tocó la fulminación por separado. Si se lo hubiésemos comentado a mi papá, como lo hice cuarenta años después, nos habría dicho lo que me dijo ese día: “Lo siento, no sabía que las hubieran lastimado así. Y no, no es cierto, yo las quiero…” O si lo hubiésemos comentado en la escuela, o con algún amigo, tal vez habría desaparecido el estigma. Pero aquel silencio  sepultó mi sentir.

Y un día, otro más, tuve una hija. Y al cargarla, me cargué a mí. Y la amé porque era niña. Y sentí en mí una explosión de amor que superó al globo tronado, que todo lo tiñó de rosa, claro, y que trajo a mi vida luz y alegría. Me tomó por sorpresa. Pienso que una parte de mí seguía creyendo que las niñas no son queribles, pero me dejé llevar y juré (no sólo prometí), juré que ella crecería orgullosa de ser mujer, aunque me llevé a mis dos niños varones, entre las patas. Tanto fue enseñarle a mi hija que podía hacer lo mismo que los hombres, que ser mujer tenía facetas llenas de enormes cualidades, que… Que mis hijos terminaron por pensar que el ser varones era algo malo. Tuvimos suerte. El hacer tan pobremente mi trabajo de mamá, por la razón que fuera, el ser quien era yo, el ser mi esposo quien era,  metió a nuestra familia en un lio emocional bárbaro. Y la suerte fue tener que encontrar solución, haber vivido de niña lo que viví y entonces ser capaz de reconocer que la solución no era taparme ojos y oídos, sino salir al quite. Han sido muchos años, no te lo puedo ocultar. Pero aquí  en casa ya sabemos quiénes somos y en ningún momento entran en consideración nuestros géneros.

Ya estoy oyendo a mi hija protestar, diciendo que no es cierto, que cuando  empezó a salir sola de noche, yo no la dejaba regresar igual de tarde que sus hermanos. Porque allá afuera, está lleno de monstruos…

Me podría haber saltado  lo anterior, pero me era importante explicarte por qué tengo derecho a hablar de violencia hacia la mujer. Y para lograrlo, he hecho lo que acostumbro cuando estoy frente a algo que no entiendo: he desmenuzado  los datos; por un lado he puesto lo que sé; por otro, lo que intuyo. Y trato de entender, porque si no entendemos qué pasa no lo podremos detener.

Me he preguntado si yo podría violar a  alguien. Llego a la conclusión de que sí. ¿Por qué al visualizar la escena siempre es mujer la violada? ¿será porque es más fácil introducir objetos en una vagina que en un ano o porque el sexo anal no se me da? Siento subir en mí una excitación poderosa. Sí, porque sería yo la más fuerte; dominaría a alguien y ese alguien me tendría miedo. Y yo ganaría. Estaría en alguna suerte de cima, onda magnate cubierto de relojes o diva aplaudida por miles. Lo digo, así, sin tapujos. Uno, porque si no analizo con honradez, no me sirve, y dos, porque –desde luego– no pienso violar a nadie. El barniz de educación moral y emocional que llevo encima  me hace entender que “eso No se debe hacer”, representa lastimar a otra persona. Y luego, me detienen las leyes también. Los violadores se van presos, en el mejor de los mundos posibles, ¿verdad?

Extrañamente, cuando pienso en eso, en lo que se puede sentir, tengo pene. No me imagino violando sin él. ¿Será por lo que vemos en películas o nos dicen en lo noticiarios? ¿Porque en mi mente violación es igual a hombre lastimando mujer? ¿Violaría yo a mi hija, a una niña? Jamás. Vamos, lo analizo hoy porque estoy haciendo lo posible por entender a los que lo hacen, pero jamás lo he pensado antes, ni lo pensaré después. Violar, según lo que sienten mi cuerpo y mi mente, tiene que ver con poder, no con violencia, aunque se recurra a ella para lograr el cometido. Y el violentar la entrada a una vulva tan pequeñita implica demasiada violencia para que la sensación de poder sobreviva. Y porque, al imaginarme hombre, no soportaría tampoco lastimar mi pene, dañar una parte mía… Y porque son niñas, carajo, son niñas…

¿Tengo ganas de violar a alguien? No. Una cosa es medio entender qué se siente, o imaginarlo, y otra querer sentir lo mismo. Soy honesta, no monstruosa. No quiero ni violar, ni lastimar. Me prohíbo ser violenta. Y esto me lleva a considerar la violencia, el ceder a su impulso. ¿Mataría yo a alguien? He estado dos veces en la disyuntiva y la conclusión es que no. No lo haría. Esto ni siquiera se me antoja vamos, no siento ninguna erección mental o emocional al considerarlo. Primero, la sangre de una persona odiada,  el sólo hecho de tocar su piel, despierta en mí una repulsión descomunal. Luego, otra vez lo de las leyes. A los asesinos, más si son cómo yo, no profesionales, pues, se les mete presos… Pero además, en esos dos momentos de mi vida, mi ira estaba dirigida a dos personas en especial, no a una masa informe o a un grupo de desconocidos. Mucho menos mataría a un grupo por llevar tal o cual etiqueta: la de judíos, negros, indígenas, musulmanes, mujeres… Sé que hay gente, hombres en general, que… que… ¿qué pongo? ¿odian? ¿desprecian, envidian, temen a las mujeres? ¿Por ser mujeres? ¿Así, en grupo? Yo pienso que el decidir violar, golpear, patear, picar o matar a una mujer tiene más que ver  con valemadrismo, con el “hago lo que se me pega la regalada gana” y eso que te decía del poder sobre otros, que con odio o miedo. No el desearlo. El llevarlo a cabo.

¿Qué pasa en la mente de una persona para que decida pasar al acto? ¿Se decide siquiera algo así? ¿Son la violación o el asesinato el resultado de un impulso o de una reflexión? Veo mucho en películas y en la tele el recurso del arma improvisada para matar a alguien. Dicen que el usar un cuchillo sacado por ahí de la cocina no es lo mismo que llegar ya con él en la mochila. Que hay una onda de premeditación en  el segundo caso. Algo como lo que entiendo yo del dolo o de la culpa. No de impulso.

Pero pienso que lo que nos pasa a las mujeres que tanto hemos sido ignoradas, denigradas, oprimidas, reprimidas, menospreciadas, violentadas, violadas y asesinadas, es producto de la reflexión. Nos aniquilan con dolo. Alevosía. Ventaja. Y son hombres los que lo hacen. Lo que busco analizar ahora es el origen de esa actitud porque si entiendo contra qué luchamos, la defensa se vuelve más eficaz. ¿Desde cuándo la mujer es considerada presa mayor de cada día?  ¿Por qué diablos tiene que ser la mujer inferior? ¿De dónde viene esa idea, esa necesidad? ¿Y es… cierto? Lo de la realidad de la inferioridad física de la mujer en relación al hombre se podría probar usando ejemplos fehacientes: sí, al hombre se le daba más fácil perseguir y matar a un mamut que a la mujer; sí, mi esposo carga el botellón del agua más fácilmente que yo, y sí, no hay duda, en general los humanos de sexo masculino tienen más fuerza que los de sexo femenino. ¿Pero es eso ser inferior físicamente? ¿Se mide la capacidad física en términos de kilos, megabytes o caballos de fuerza? ¿Nada más? Pues sí. No cuenta que podamos quedarnos despiertas días y noches velando a un enfermo. No cuenta que una vez al mes, lunar, sigamos con nuestras actividades aunque el vientre se nos contraiga dolorosamente. No cuenta que, si no hay hombre, podamos cargar el famoso botellón (cuenco de agua sobre la cabeza), incluso por kilómetros, como lo hacen las mujeres en Irak  o en la India. Y si le agregas a todo esto los desmayos provocados por ropa ajustada –corsés, sí, pero también tu pantalón de mezclilla, míralo bien– o por la falta de nutrición, que las llantitas no son de buen ver, pues sí... frágiles sí nos vemos.

Luego está lo de ser inferior intelectualmente. Pues si de entrada a las niñas y mujeres se les prohibía ir a la escuela, no hay duda de que la distancia entre lo que ellas sabían y lo que ellos también sabían se agrandaba cada día. Hoy en día, todavía miles de niñas no van más que a primero de primaria, para aprender a leer y a contar tantito, y a ellas tanto tiempo se les reservaron las clases de costura y cocina, alejándolas de las ciencias, por ejemplo. Y  en la sobremesa (comida familiar) los hombres se apartan para hablar de cosas serias y dejan a las mujeres hablar de chucherías. Y sí, eso lo organizamos a veces nosotras mismas. ¿Es eso ser inferior intelectualmente? ¿Se mide la capacidad intelectual en cantidad de conocimientos o en calidad de razonamiento?

Inferioridad emocional. Bueno, si está probado por A+B, que mostrar cualquier signo de emoción es signo de debilidad; si los hombres no lloran, pobres, y si  nosotras somos nada más rosas y pétalos de flor atontados por el agua salada de nuestros ojos, pues obviamente que el llorar, sonreír, reír, amar, odiar a puertas abiertas no puede ser más que demostración cotidiana de nuestra fragilidad.  ¿Es eso ser inferior emocionalmente? ¿Se mide la capacidad emocional, la inteligencia emocional, término recientemente acuñado, en cantidad de signos exteriores de las emociones o en capacidad para resolver situaciones emocionales?

Inferioridad. Si aceptamos  los argumentos de la sociedad antes citados, pues no hay duda, lo somos… A menos que seamos seres pensantes y analicemos, lo que llevo mi vida adulta entera haciendo, y alineemos nuestras conclusiones.

No defiendo aquello de la igualdad de géneros: no somos iguales. Lo que defiendo es la igualdad de valor. Igualdad de derechos. Nacemos mujeres. Y luego se nos convence de que no servimos, o de que no debemos. No podemos, hay peligro en mostrar la inteligencia, la independencia. Las calles son riesgosas para las mujeres: no salgas. Los hombres no se controlan si te ven el escote: cúbrete. Los jefes te acosan: no trabajes…

Y las que nacieron mujeres se van haciendo las mujeres que creen que deben ser. Hasta que dicen basta. Una por una en general. Aunque en general también, porque otra mujer, que ya recorrió el camino, le da la mano y le dice que sí, que sí puede.

¿Por qué hacernos sentir inferiores? ¿Qué se gana al hacer algo así? ¿Cómo se ha logrado y se sigue logrando? No estoy de acuerdo en lo más mínimo con la teoría de que los hombres nos envidian, que el vernos llevar  “la vida por dentro” les produce urticaria. La pongo en la misma repisa que la idea de Freud cuando aseveró que sentimos envidia del pene. No envidio yo el pene de mi marido.  Es absurdo, ¿qué haría yo con algo así? Envidio, a veces sí, el poder falsamente nato que les otorga a los varones el llevar su órgano  reproductivo por fuera. Nada más. ¿Y qué si los hombres no necesitan sentarse para hacer pipí? Bueno, pues se sientan para hacer popó, ¿qué tiene eso de interesante, a menos que tengas una mente particularmente escatológica? En cambio, sentir los movimientos de un bebé por dentro es extraordinario, añoro esa sensación. ¿Pero ellos nos odian por algo que dura tan poco tiempo? (por cierto para mí que tuve tres hijos, el lapso cubre aproximadamente año y medio de mi vida). Aunque salen mejor parados los hombres envidiosos de un hecho real: llevamos bebés por dentro. Ellos nada más quieren ser los amos del mundo. Y creo que de ahí viene el asunto, de la sed de poder: si en una yurta, humeada por la fogata diaria, hay junta de pobladores y cualquiera tiene derecho a hablar, a opinar, no se termina nunca de tomar una decisión. Por eso hay un jefe, rituales, turnos. Y ¿por qué no?, es válido arreglárselas para que la mitad del pueblo no tenga voz. ¿Cómo hacerlo? Demostrando que no puede. Entonces se instaura algo como “la mayoría de edad”, no puedes hablar si no has reglado aún, o si no te has hecho hombre cazando algún animal terrible. No puedes hablar si eres viuda, si estás embarazada o reglando;  no puedes si esto, si lo otro. Y luego la propuesta genial: que –preferentemente– las mujeres no hablen. Esto es idea mía, no sé si así sucedió. Pero pienso que sí. También pienso que no fue un complot organizado, sencillamente se fue dando. ¿Cómo, sin embargo, se logró apartar a las mujeres del poder, fuere cuál fuere? Porque la no–mayoría de edad se cuenta con los dedos, la viudez con ausencia marital, el embarazo se nota. ¿Cómo descartar a las mujeres sin parecer injusto?, pues demostrando que sólo los hombres valen. ¿Y cómo demostrar la superioridad de cualquier persona, cosa o decisión?, pues denotando la inferioridad de las otras personas, cosas, decisiones. Rápido y eficiente. “No cuenta el que yo, hombre, pueda cargar el botellón de agua; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que tus manos son más delgaditas, y estás embarazada, cuidado con el bebé y más”. “No cuenta que yo, hombre, pueda salir meses de viaje a cazar mamuts modernos; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque entiendo que estás amamantando, no puedes irte con el crío a cuestas, y cómo hablarías con extraños, luego te pones nerviosa”. “No cuenta que yo, hombre, pueda navegar en aguas tumultuosas; cuenta que tú, mujer, no puedas. Porque estás reglando, no te vayan a oler los tiburones”. “No soy yo el que cuenta más; eres TÚ a quién tenemos que cuidar. Porque no puedes sola… Te estoy cuidando, dulce mujer indefensa”.

Y un día se toman decisiones en la famosa junta de la yurta, y claro que no estabas, y cómo no estabas, no puedes protestar. De todas maneras, no sabes por qué se tomó la decisión. Y aunque hubieras estado, no podrías haber tomado la palabra, eres mujer.

Y por eso el derecho de voto no se te otorga sino hasta el siglo XX.  “No es que no puedas, nena, es que no sabes”. Y de ahí, poco a poco, la costumbre de heredar propiedades y títulos a los hijos hombres, por orden de nacimiento. La de la famosa dote para casar a las herederas. La de no permitir métodos anticonceptivos, el aborto legal y otras nimiedades…

Un amigo comentó en algún momento que cuando el león monta a la leona, el perro a la perra, ellas no siempre levantaron el trasero para recibirlos. Dice, este amigo, que desde esa manera de reproducirse, hay violación. Estuve masticando su idea. Mira que los peces no se acoplan, la fecundación es externa, semen sobre hueva. Los pájaros, pues, hacen su labor de conquista, checa al pavo real, cómo abre y muestra sus colores, para que la hembra le dé el sí. Igual los gallos de cresta enrojecida y los preliminares de las serpientes, caricias y mordidas leves. He visto a los gatos rondar a las gatas y a los perros pelear por una perra. Aquí, en plena ciudad, no tengo acceso más que a documentales para analizar la manera de aparearse de los animales. Y sí, a veces, parece violación lo que pasa. Ves a la tigresa inclinarse para tomar agua y de repente al tigre echársele encima, sin pedir permiso. Pero en general, nos muestran los camarógrafos rituales interminables de “te enseño mis pompas rojas” o de peleas encarnizadas entre los machos mientras la hembra examina de cerca sus pezuñas… Y es una lástima. Porque me sería más fácil entender lo de las violaciones si en los no–humanos se viera que sucede lo mismo. Preferiría pensar en  instinto, no en un acto calculado. Porque si no es nato el asunto, si no es cuestión de instinto, entonces se puede regular, educar, y entonces evitar que suceda.

Me puse a examinar datos históricos, para entender cuándo empezó esa idea de que las mujeres, dada su inferioridad,  sirven para ser cogidas, violentadas y asesinadas. Mira que sentí el antojo de ponerte palabras más crudas, pero justamente, el punto de mi reflexión es encontrar alguna manera de resistir antojos… Empiezo con el famoso Rapto de las Sabinas. Es mitológico el asunto. Es decir historia basada en hechos reales, costumbres o eventos importantes de la vida de aquel entonces, pero atribuida a los dioses. Significa que los romanos ya admitían la violencia generalizada hacia las mujeres. Generalizada y justificada. Explican los dioses el evento con el hecho de que las mujeres no alcanzaban para tanto hombre en Roma y que algo se debía hacer. Para reproducirse, para coger a gusto, o para tener igualdad en números, eso no lo quiero saber. Pero el caso es que esa violencia llevaba ya una etiqueta gigantesca de justificación. Y años, siglos más tarde, lo que abundan son las representaciones artísticas de ese rapto, cuadros, esculturas, frente a los cuales nos quedamos babeando… ¿Qué bonitos y bien hechos están verdad?

Me salto, porque así soy de dispersa, mujer al fin, a los pies apachurrados de las chinas. Método de tortura  vergonzoso ampliamente aceptado por la sociedad china desde siglo X hasta el siglo XX,  con una justificación hermosa para cubrir la verdad horrorosa: las mujeres de pies chicos, parecidos a la flor de loto –por sus dedos aplastados imagino– eran preciadas por los hombres y encontraban marido más rápido. (Imagino que si no hay pies en el camino es más fácil atinarle a una vulva.) La verdad profunda es que una mujer de pies atrofiados no se mueve; no puede escapar, ya sea del matrimonio forzado, ya del trabajo forzado o de su vida.

He hecho desde adolescente, una relación estrecha entre esos pies torturados con vendas y los zapatos de tacón, alto, muy alto. ¿Quién puede correr sobre zancos, quién puede decir algo inteligente en una junta empresarial si lo único que siente es dolor en los pies y en las pantorrillas; quién dime? Sí, las piernas se ven más bonitas y las faldas lucen más, pero sólo según los cánones de belleza que, te juro, no han sido forjados por mentes femeninas.

Y me regreso a China. Muy padre la onda del respeto y culto a los antepasados, pero reservado a los hijos varones desde los tiempos del Neolítico Terminal, según los arqueólogos, relegando así, una vez más, a las mujeres a otro plano, inferior. ¿Por qué? Lo de los pies lo capto: no huyas, no seas libre, no pienses. ¿Pero esto? Todavía en los años 80, hace tan poquito, se mataba a las niñas recién nacidas, por no servir de nada y por aquello de la limitación de nacimientos por pareja. Date cuenta. Mide lo que significa. No es cuestión de emoción en la panza, ni de instinto, ni de impulso. Es raciocinio: no me sirves, mueres. Es ahogar la camada de gatitos.

Me vas a decir, porque no se puede entender, que eso es lejos, es otra manera de vivir, un barniz civilizatorio diferente del nuestro. Pero es que a eso voy: la violencia hacia la mujer no es un problema mexicano, es un problema humano. No es producto de los videojuegos, es producto de la mente masculina. Y no, no soy feminista extremista; soy nada más feminista sobreviviente.

Mira, te llevo a Europa, siglo XV, Juana de Arco. En la historia de Francia, se le considera la salvadora del reino. ¿Qué hizo? Salir a pelear. ¿Cómo lo hizo? Disfrazada de hombre; no fuera a ser que no le dieran chance. ¿Cuándo lo hizo? Antes de ser plenamente mujer, era virgen la niña, ¿verdad? Ah, ¿y por qué? Por oír voces. No fue su decisión luchar por el rey, fue alucinación, pobre mujer de mente frágil. ¿Sabemos si cada  detalle es verídico? Pues no. Sólo contamos con los testimonios y escritos de los testigos de la época (hombres), quienes eran los designados para relatar batallas, alegrías y desgracias. ¿Habrán tergiversado la realidad para justificar que fuera una mujer la que llevara a hombres aguerridos a la batalla y lograra el sacro del rey Charles VII?  ¿Habrá sido nada más una manera de adornar lo sucedido; deformación profesional? No es posible que una mujer logre esa clase de hazaña. Pobre Juana de Arco, acusada más tarde de brujería. Y quemada, claro.

Y en la misma línea de análisis, citemos lo de las Guerreras Amazonas, diferente época pero misma situación. Nos enseñaron en la escuela que eran tan bravas que se cortaban el seno derecho con tal de usar mejor sus arcos, ¿verdad? Pues en estudios relativamente recientes (2014), parece ser que eso no es cierto. Esa versión podría provenir del error de un historiador, al confundir la palabra “mazon” con la traducción de  “seno”. La persona que desmonta este mito es mujer, la historiadora Adrienne Mayor. ¿Por qué se habrá dado esa confusión del historiador que les arrebató un seno a aquellas guerreras? ¿Habrá tenido la cabeza llena de prejuicios, de los de hace más de 2500 años? ¿Habrá habido en él una predisposición a no creer en mujeres normales guerreras? Porque así, a medio pecho, ya no son tan mujeres esas guerreras, ¿verdad? Se masculinizaron.

Te cito a otra mujer no sólo célebre sino venerada, a quién se le robó su feminitud: la misma madre de Jesús. ¿Cómo permitir que el hijo de Dios naciera de una simple mujer? Entonces, hábilmente, se le hizo embarazarse sin contacto carnal. Su himen intacto la protege eternamente de ser mujer. Nos quitaron así toda participación en un evento de importancia mundial lo queramos o no, seamos cristianas o no. María no era mujer, era, con mayúscula, una Virgen. Y por ende, cómo permitir que la mujer tuviese un rol dominante en la iglesia. ¿A cuántas mujeres curas conoces…? Sí ya sé, si nos vamos a  la rama de los anglicanos, las mujeres pueden serlo. ¿Pero conoces a alguna mujer rabí? ¿A alguna mujer imán? ¿Me sigo? ¿Por qué? Caramba, pues por la ambición, por las ansias de poder de los religiosos, altos religiosos se entiende. Y si nos seguimos en la lógica de que las mujeres “son seres inferiores a los hombres”, no se les puede poner esa clase de poder entre las manos. Más si usan tacones, pobres.

¿Qué otro ejemplo te doy? Claro, lo del derecho de pernada. Eso de que si va a haber boda, llegue el señor del castillo y pueda, por ley, date cuenta, por ley, tener la primera noche con la mujer que se casa: Me arrogo el derecho de ser el que abra tus piernas por primera vez. Hay también allí metido un rollo de amo–vasallo, sí, pero no mandan a la señora del castillo a desvirgar al novio. Es derecho de hombre sobre mujer, otra vez. Y otra vez, no sólo en México, no hoy, esto data de la Edad Media en Europa.

O lo de las dotes, hace todavía menos de un siglo. Los matrimonios eran primero un contrato, en el que se especificaba cuanta lana (en ocasiones así, literal) o qué propiedades se le daban al futuro esposo. Un pago por casarse con la futura esposa. Hasta mediados del siglo XVII, se usaba dar parte de las tierras de la familia de la novia. María Teresa de España fue de las primeras en entregar dinero en lugar de tierras a su futuro esposo, el rey Luis XIV de Francia, 500 mil escudos, de a más o menos 4 gramos de oro cada uno, algo cómo 2000 kilos, 2 toneladas de oro. ¿Se compraba marido? ¿Se le pagaba por hacerse cargo de la mujer? ¿Por qué no se daba también, en nombre del hombre, una ganancia para la mujer? Claro que el contrato estaba escrito bonito y con garigoleos, y las únicas mujeres que tal vez tenían ganas de protestar contra ese sistema eran justamente las que no tenían dote, sólo familias pobres o castillos desvencijados.

Y salto a Turquía, otro continente (mismas épocas), refiriéndome ahora a los harems del imperio otomano. Cien mujeres para un sólo hombre. No es nada más cuento de las mil y una noches. Pertenecer daba acceso a una existencia privilegiada, estudios, comida, y si eras de las favoritas, camas de seda y visitas del macho, tu dueño, supremo honor. ¿Por qué no unirse, todas contra uno y abatirlo? ¿Por qué imperaba la lucha por ser la favorita, madre de hijos varones, asegurándose así una vida tranquila, fuera de los dolores del mundo externo? ¿Respeto a la tradición, a la educación? Al parecer no nada más el hombre está convencido de que la mujer le es inferior, somos las primeras en tragarnos el cuento. En 1909, Abdul Hamid II todavía poseía 370 mujeres en su palacio. Y en un discurso en 2016, eso es hoy, ¡hoy!, la mujer de Erdogan, presidente turco, todavía alabó la existencia de los harems, comparándolos con escuelas de vida para las mujeres. Mensaje de una mujer, convencida u obligada, pero mujer “contemporánea”.

Y luego lo de los velos. Las mujeres de aquellos harems raudas y acomedidas se aprendían  la danza. Justificación hay, otra vez, para lo que yo considero una vejación. La costumbre de cubrir cuerpos y rostros de las mujeres data de unos mil años antes de J. C., no es invento nuevo eso de que las mujeres no sirven, se deben de esconder y martirizar, aunque sea de manera encubierta, con un velo sobre la cara. Los griegos antiguos, los romanos (los del Rapto de las Sabinas ¿te acuerdas?),  los cristianos, tantos han intentado esconder a la mujer, con la consabida justificación de es para protegerlas, para que se vea que son nobles, o buenas, o no–sexuadas. El mismo profeta Mahoma dijo que los hombres no son capaces de practicar la continencia y pone entre las manos de las mujeres, a través del  porte del velo, toda la responsabilidad de actos indebidos cometidos por hombres. Ellos hacen y deshacen y tú eres la culpable… Y podría seguir, pero esto no es enciclopedia.

Escogí no hablar de las mujeres violadas en tiempo de guerra, cruzadas,  invasiones y colonizaciones o  guerrillas internas en algún país. Y escogí no hacerlo porque en tiempo de guerra, morir y ser violada “es normal”. (Sarcasmo. Sí, es sarcasmo, entiéndase, caray).

Y busqué números, pero sólo asustan. Me enteré de que Suecia, país tan lindo, es de los primeros en la cuenta de violaciones a mujeres. Aunque eso tal vez sólo signifique que en ese país sí hay cultura de la denuncia. Que en México, país donde vivo y que siento tan entregado a la violencia, nada más consigna el número 23, sí 23, en la competencia de violaciones de humanas hembras… Aunque, otra vez, puede que esto sólo signifique que no se levantan denuncias o que las violaciones terminan en feminicidios. Digo, si tus papás no te hacen caso cuando te pega tu hermano, qué vas a andar denunciando más tarde, ¿verdad? Las cifras que encontré en los datos de Amnistía Internacional afirman que, en el mundo, una de cada tres mujeres ha sido violada. Esto es un tercio de la población femenina. Una de tus tres sobrinas. Una de tus tres amigas. Y yo pensando que el mundo nos ignora. Falso. Pasa que la situación es igual o peor en otros lados. Luego, no es sólo un rollo de machismo latino, no permitas que te limite esa explicación, es un rollo de machismo en el ser humano,  de valemadrismo como lo dije antes, y de costumbrismo. (Sí, violenta costumbre).

Intenté decirte, probarte, que el lastimar a las mujeres no es algo reciente, ni nada más propio de ciertas culturas. Que no, no es un problema de instintos, mira a las leonas tomar su siesta, ni de sociedad latina, europea o asiática. Es. Y ya. Te platiqué que no violaría a nadie. Que no mataría. (Puedo entender las ansias, pero no, no lo haría). Te expliqué que no acepto la idea de que las mujeres somos inferiores a los hombres. Te dije que no creo que la violación sea algo natural, que no veo a los animales hacerlo. Sólo a los humanos. Te enlisté, brevemente,  eventos que muestran que no es moda, que la costumbre de violar, torturar y asesinar a las mujeres es milenaria. No te puse números exactos, pero te los sugerí. Termino dándote el último ejemplo, el que me parece ser el más viable para detener la violencia hacia la mujer, y es el de pueblos que han sobrevivido a todos los ataques, a todas las persecuciones. Pueblos como el pueblo judío o como el pueblo gitano. Mira que están igual de mal parados que nosotras si comparamos odio a grupos, odio sin razón válida. Recordemos las palabras genocidio, pogromo, deportación, campo de concentración, y más.

Pero exploremos al menos algunas palabras que orientan hacia una posible solución.

1) Educación. En la escuela y en la casa, en la calle, en el metro, en el campo y hasta en la luna, me cae. Pero habrá de ser educación mediante el ejemplo, no sólo mediante palabras. ¿De qué sirve decir que las labores de la casa no son sólo para mujeres si te levantas cada dos minutos de la mesa a servir a los que comen contigo? Y sí, algo tan sencillo como esto tiene que ver con el respeto que se nos debe. No separes la vida familiar en dos: no es futbol para los niños y  resorte para las niñas. Ni es enseñar a tender camas sólo a las niñas, ¿qué, nosotras las hacemos y ellos las deshacen? Tampoco es que los niños sean los encargados del coche, ¿qué ellos lo cuidan y nosotras vamos de paseo con él?

Es no obligar a nadie a hacer algo que no quiere hacer, nunca. Claro que si el nene no se quiere bañar, pues algo le dirán en la escuela al día siguiente, y ya verá si le gusta. O si la nena no quiere comer, pues luego tendrá hambre, y no, no se le dará nada. Es aprender la ley de acción/consecuencia al mismo tiempo que se aprende que se vale decir “no” y que ese “no” se respeta. No digo que hagamos de los hijos energúmenos que  se crean permitido cualquier antojo (no te me vayas por el lado fácil), porque la consecuencia ahí está, siempre. Pienso que así, cuando se diga No, no quiero acostarme contigo, pues se oirá, y se acatará. Y sin llegar a esos extremos, que no se lastimará de ninguna manera ni a mujeres, ni a hombres.

2) Consecuencias. En el trabajo y en casa, en la calle, en el metro, en el campo y en la luna, me cae. Porque en México, en particular, el agredir a una mujer, poquito o muchito, no tiene consecuencias. La ley, siempre muy bonita, no se aplica, sobre todo si hay lana de por medio, amenazas sobre la familia del juez o el mismo juez anda de chistoso violando a su mujer, cada viernes, porque toca. O no denunciamos, porque da miedo, porque hay amenazas sobre la familia, o porque los polis están coludidos, o porque ellos son los presuntos perpetradores. Mira qué lindo vocabulario hemos aprendido… y entonces olvídate de ir a denunciar. (Recuerda el ranking de diferentes países en cuanto a violaciones conocidas, lo de Suecia y lo de acá). Y, no obstante…

3) Denunciar. Se necesita tanto valor para hacerlo, tanto, pero sí puedes. Hazlo desde la primera amenaza, la primera burla, el primer golpe. Mira que si fuera tu hija la violada, la asesinada, desaparecida, estarías removiendo cielo y tierra, gritando tu rabia, tu odio. Si fuiste tú la asesinada, de allá por dónde andes, descarga truenos sobre el responsable, hazlo. Si fuiste tú la golpeada, violada, torturada, denuncia. Nada más no vayas sola. Denuncia en radio, en tele, con una llamada basta, y ve luego a donde se tenga que ir, preferentemente acompañada, con reporteros y cámaras. No te bañes, no te quites ni la tierra de los pies, nada… Ve y aprieta los dientes mientras te ignoran y luego mientras te examinan. Aprieta los dientes, y si quieres, voy contigo. Voy yo y vamos otros/otras. Alerta a tus vecinos, a la secre del cubículo de al lado, a los de mantenimiento de la fábrica, vamos todos. No nos pueden matar a todos, no nos pueden ignorar a todos. Sí,  hombres y mujeres, juntos.

(Paréntesis necesario: Esto ya no sé si es educación o preparación de las consecuencias, pero si pedimos, exigimos que no se nos considere ni inferiores ni superiores, ¿cómo es que no aceptamos la presencia de los hombres de bien? ¿Por qué no pueden ir a las marchas con nosotras? ¿Por qué decimos que Todos los hombres esto o aquello? No es un asunto de mujeres, no existen los asuntos exclusivamente de mujeres o los asuntos de hombre, debemos entender eso, trabajar juntos. Porque el argumento de Te lastimo porque tú antes me lastimaste no nos lleva a ningún lugar. Demostrar que no somos inferiores no va por ahí.)

Y entonces denunciemos juntos, hombres, mujeres, reporteros, medios,  cada vez. Y no, no dejemos a la víctima sola con el examinador, con el policía, con el doctorcito de la delegación. Grabemos, además, todo lo posible. Mira que se puede con los teléfonos que hoy cargamos con nosotros día y noche, esto ya es juego de niños. Sí, lo sé. En pueblos chicos, no se puede ir a denunciar, el presidente municipal es avisado, luego luego, las amenazas no necesitan ni hacerse. Pero aprieta los dientes, ve a la ciudad, vamos, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia, denuncia–consecuencia.

Entonces, tres ejes: educación, consecuencias, unidad al denunciar. ¿Se ve padre verdad…? Pues pienso que de nada sirve todo esto que te dije. Vamos que al menos no sirve para los hombres que piensan en nosotras como en cosas, como en presas. Imagino que sus padres, cuando los educaron, no les decían a la hora de la comida que salieran a violar y a matar… Pienso que esto de la educación sólo va a servir en quienes de todas maneras no habrían ni violado, ni obligado, ni secuestrado. Que lo de aplicar la ley, sólo sirve en Suecia y que lo de unirnos sólo sirve si aceptamos hacerlo con otros y con otras, aunque nos ha dado por quererlo hacer todo solas en ese terrible afán de demostrar que sí podemos.

Y de nada sirve porque estamos en un país, México, en el que te cobran derecho de piso por poner tu puesto de quesadillas en la calle. Porque  si denuncias un robo, los mismos polis te sacan más lana por hacerlo. Porque estamos en un país en el que a las niñas desparecidas no se les debe buscar porque entonces se llevan a las hermanas. Porque detrás de las puertas, violan y maltratan a las niñas, desde que tienen edad para lavar platos, caramba. Porque hay pueblos en los que las puertas están blindadas y aun así se meten de noche para robarse a las niñas y jovencitas, rompiendo paredes. Y no,  no son pueblos perdidos en la sierra, están cerca de ciudades grandes. Porque, aquí, si vas a denunciar que te violaron, los polis (otra vez ellos) te llevan a un cuarto a examinar y te vuelven a violar. Porque aquí las cruces rosas de Juárez ya no horrorizan a nadie. Porque el que no seamos las únicas, y que esto sea costumbre milenaria es consuelo de tontas. Porque tal vez no haya más salida que la de andar armadas y ser entonces (también) homicidas. Y porque tal vez, tal vez sea más fácil vivir pensando que mataste por defenderte, que vivir con una violación un año sí y el otro también. Y porque seguro es más fácil (o viable) vivir habiendo matado que habiendo sido asesinada.

Y no, no termino aquí. Porque sería cobarde haberte dicho tanto, haberte casi obligado a salir con pancartas a la calle para decirte que no se puede hacer nada, y que ni modo, y que si nacimos mujeres, pues nacimos para sufrir. Retomo que si han sobrevivido tanto los gitanos como los judíos ha sido por dos cosas: resiliencia y unión. Nos podemos reponer… Duele, es largo, terrible el proceso, pero no permitiremos que por la injerencia de algún sujeto nefasto nuestra vida se aruine o termine. Y, finalmente, recuérdalo y practícalo: la real y plena sororidad es lo que nos puede sacar a ti y a mí del hoyo ficticio al que nos ha tirado la historia. Recuérdalo: Juntas y de pie.

 

 

 

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Jueves, 13 Agosto 2020 04:59

EL INFIERNO, EL PARAISO / Daniel Verón /

 

 

EL INFIERNO, EL PARAISO

Daniel Verón

 

Silencio y oscuridad. Una larga espera. Blanquecinos fantasmas del pasado flotaban en la celda. Las horas se deslizaban por las playas de la Galaxia en un lento ensueño. No, no estaba impaciente. De todas formas, fuera cual fuese su destino, este ya nunca más podía depararle una satisfacción. La ley, implacable ley de Aynea lo había encontrado culpable del delito de destruir intencionadamente a un sirviente mecánico.

Despreció a todos, a todos los que habían intervenido en aquel absurdo y maldito juicio. Pero era cierto. La justicia había preferido condenar a un ser humano a la pena de muerte por provocar un cortocircuito en una máquina. Nunca había ocurrido nada parecido durante siglos y el robot juez creyó conveniente aplicar un severo castigo para evitar acciones similares y proteger así a las máquinas. 

Contuvo su desesperación, al mismo tiempo no dejó de sentir cierta lástima por aquellos engreídos individuos que se enorgullecían de vivir en una sociedad perfecta. No. Alguna vez lo había sido, pero ahora no, y menos cuando se había caído en semejante error. Así lo había gritado él durante su defensa, pero todo fue inútil, y ahora, en pocos minutos más, llegarían ellos, los guardias, y se lo llevarían de allí, rumbo a su destino.

En realidad, demoraron menos de lo que creyó. Entraron violentamente en la celda, iluminándose con unos objetos semejantes a linternas y, sin razón alguna, comenzaron a golpearlo para que se moviera. La luz le daba en los ojos que acostumbrados a la oscuridad lo enceguecía. Tropezó y cayó pero se reincorporó mientras era objeto de un duro castigo. Al salir al exterior de la prisión, Guncher vio que, unos metros más allá, lo esperaba una nave autónoma para exiliados. Una multitud de gente se agolpaba en doble fila para insultarlo y arrojarle pesados objetos. A punto de desmayarse, Guncher comprendió que así se trataba en Aynea a los que no encajaban en aquella pieza de relojería que era su inhumana sociedad.

Los guardias lo condujeron a la nave. Esta era de forma circular, con una serie de ventanillas a lo largo de toda su circunferencia. La estructura estaba apoyada sobre tres firmes patas.

Luego de recibir una dura golpiza por parte del público, que se veía indignado, ascendieron por una escalerilla y allí se detuvieron unos instantes para abrir la escotilla de la nave. Guncher alzó la vista y miró la ciudad. A lo lejos, se recortaban contra el cielo gris de la noche de Aynea una serie de monumentales edificios cuyas cúspides no era posible distinguir ya que las mismas se perdían en las nebulosidades de la atmósfera. El horizonte de edificios se extendía en todas direcciones. Sí, aquel era el signo distintivo de su mundo. Toda maquinaria, todas construcciones colosales, calles de metal, que habían ocultado para siempre todo lo natural; hacía un siglo que nadie veía una flor o un arroyo.

En la biblioteca lo había sabido. Durante meses de lectura comprendió que las cosas, por algún motivo, ya no marchaban como se había planeado en un comienzo, pero sólo él lo advirtió, ya que la biblioteca permanecía en un casi completo abandono desde mucho tiempo atrás. Por la sencilla razón de que ya nadie leía.

Ensimismado con estas ideas, apenas advirtió que la escotilla se había cerrado tras él dejándolo solo en la nave, para siempre. Muy pronto comenzaría el largo viaje estelar. De pronto, una brutal voz surgió de un aparato de radio situado a su espalda.

  • ¡Atención prisionero estatal Nº 208.411! ¡Se le comunica que en un minuto su nave-prisión habrá de comenzar su vuelo con destino a la Zona de Deportación N! A su llegada, calculada en 1.327 años-luz, será libre de abandonar la nave y radicarse allí, pero se le recuerda que sus habitantes, guerreros por naturaleza, no toleran la presencia de extraños!

La voz calló y Guncher intentó recordar lo que había leído de la Zona de Deportación. Fue lo peor que pudo hacer. Al instante se sintió desfallecer al imaginar las características del planeta central de la zona: noches perpetuas, fieras aullantes en los bosques, hombres despiadados en estado semisalvaje, hogar de los seres de las tinieblas cuyas carcajadas resonaban en los pestilentes pantanos… Sí, era el Infierno, aquél del que hablaban las antiguas leyendas de los mundos primitivos.

Pero no puedo pensar mucho más, lentamente la resaca del sueño lo fue cubriendo… cubriendo. Una insignificante figura embutida en una cápsula criogénica atravesó en un pensamiento las inmensas soledades, junto a las cuales velaban las estrellas…

 

Ella lo esperaba aquella tarde, junto al arroyo que llevaba el agua fresca a la tribu. Había visto al amanecer la señal y sabía que el dios Sol le enviaba a su nuevo instructor. Y este llegaría a través del sendero de la vida, que cubría el verde valle a la hora en que las aves de la floresta reanudaban su griterío desde las capas de los árboles en busca de nueva comida.

Primero fue una vaga figura perdida a lo lejos, bañada por la luz del Sol, más luego apuró el paso siguiendo la dirección del arroyo.

Guncher creía estar soñando aún en su lecho helado. Sol, árboles, pájaros, vida… ¿Dónde estaba? ¿Realmente había llegado a su destino? ¿Era posible que aquello fuese real? Se arrodilló y hundió la punta de los dedos en el fresco pasto, y, aproximándose al arroyo sumergió su mano para recoger un poco de agua. Lentamente, como temiendo romper un hechizo, dejó que el cristalino líquido resbalara sobre sus labios y le acariciara la garganta. Sintió deseos de llorar. ¡Sí, de llorar! Algo, no sabía qué, lo había rescatado de su mortal destino. Sí, era cierto. ¡Se había salvado! Pero, ¿quién era aquella persona que se acercaba a él con pasos pequeños a través de la vegetación?

Se incorporó. Era una joven mujer y muy hermosa; estaba ataviada con alguna clase de piel de animal. De pronto, bajo la luz del Sol, ella se postró ante él y exclamó:

  • ¡Oh, gran señor, mi corazón y el de toda la tribu se regocijan de que hayas llegado! He sido enviada por mi pueblo, que es también el tuyo, para obedecerte en todo lo que ordenes.

Guncher quedóse con la boca abierta por el asombro.

  • Tú… Tú hablas como yo – balbuceó.

Como ella quedase en igual posición, el viajero le dijo:

  • ¡Oh, por favor! Levántate. No tienes por qué dirigirte a mí en esa forma.

Ella se levantó de inmediato y le sonrió.

  • Te ha enviado el dios-Sol y nosotros vivimos para ti. Has llegado muy a tiempo. Nuestro brujo está por ingresar a la oscuridad Eterna.
  • ¿El también fue enviado por el dios-Sol?
  • Por supuesto.

Algo en la mente de Guncher forcejeaba contra un telón de ideas.

  • ¿Cuál… cuál es tu nombre?
  • Soy Ada-Marni, la hija mayor del brujo.
  • Por favor, Ada-Marni, llévame ante él – pidió
  • Por supuesto. Sígueme.

Avanzaron abriéndose paso entre el espeso follaje, al tiempo que los envolvía un suave aroma de pinos. Guncher observaba todo con los ojos muy abiertos respirando profundamente para dejar que el delicioso perfume lo envolviera.

Pronto llegaron a un pequeño poblado. Una serie de casitas hechas con troncos y ramas aparecían esparcidas en un claro bosque, y todos sus pobladores, hombres, mujeres y niños de aspecto saludable y expresión confiada, se inclinaron a su paso; al igual que Ada-Marni vestían pieles de animales.

Junto a la entrada de una choza algo mayor que las otras, el viajero vio a un hombre de avanzada edad que reposaba, con los ojos semicerrados, sobre una improvisada litera.

  • Tú también eres un extraño – murmuró – Vienes de allí, ¿verdad?
  • ¿Es posible?... ¿Es posible? – Guncher se pasó una mano sobre el rostro, mareado. ¿Aquel hombre realmente era de su mundo?
  • Eres del Infierno – continuó el viejo – lo veo en tu mirada.
  • Sí… pero, no entiendo. ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo estamos aquí?

El anciano suspiró, entrecerrando los ojos.

  • Las máquinas… Las máquinas no son los dioses que debemos venerar… Ellas actúan bien o mal, pero no por sí mismas… sino por los dioses que las dirigen… Mil años de viaje es mucho tiempo, suficiente para transformar un planeta… La máquina… es decir, tu nave te trajo tal como fue programada, mas sus orgullosos constructores de Allí, olvidaron que ellos tampoco podían modificar el tiempo… Olvidaron que sólo eran instrumentos de un poder mayor… la fuerza que rige el Universo. Y yo los desprecio porque ignoraron eso, pero aquí… aquí ellos, mis amigos, saben que son las máquinas de la creación, contra las que no se pueden rebelar.
  • De modo… que este planeta es la Zona de Deportación – balbuceó Guncher atónito, mirando a su alrededor.
  • Así es, amigo. Este es el Paraíso del que hablaban las antiquísimas leyendas que leí alguna vez en la biblioteca de Allí, igual que tú. Es el Paraíso, donde todo está establecido armoniosamente – El viejo vaciló, cansado por el esfuerzo y murmuró – Ya soy muy viejo y pronto moriré.

Guncher le tomó el pulso y comprobó que, en efecto, la vida se escapaba de aquel otro viajero, que alguna vez había llegado al planeta siglos atrás.

  • Pero antes de que me vaya, quisiera que tú, amigo, continúes haciendo aquí lo que yo hice. Vivirás mucho más que yo y harás florecer los campos que cubren este hermoso mundo. Mi hija será tu esposa y te dará hijos sanos y fuertes que, tal vez, lleguen a ser inmortales…

El viejo abrió por última vez los ojos y tomó una mano de Ada-Marni que, arrodillada a su lado, lo miraba serenamente.

  • Ahora debo irme. La Oscuridad me llama pero ya la he vencido. Ahora sé que en ustedes permaneceré.

Guncher quiso decir algo pero tan sólo atinó a apoyar su mano sobre la del anciano, rozando los largos dedos de Ada-Marni.

Suavemente, sin prisa, el viejo paseó su dulce mirada sobre el poblado y, tranquilo, murió.

Las aves de la floresta lanzaron su más hermoso trino.

 

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Miércoles, 08 Julio 2020 05:15

Una revolución sin piernas / Servando Clemens /

 

 

Una revolución sin piernas

Servando Clemens

 

 

 

SE ACERCA LA REPORTERA al chico que no tiene una pierna.

—Hola, Ismael, ¿cómo estás?

—Aquí, pasándola, seño, ya se la sabe.

—¿Te puedo hacer una pregunta difícil?

—Usté dirá, nomás me paga lo que prometió hace una hora por la entrevista.

La reportera sonríe, nerviosa.

—¿Cómo perdiste la pierna?

—Pues estábamos jugando fútbol en aquella cancha, ¿la ve? Y pues pisé una mina antipersona,

caí desmayado y cuando desperté en un hospital, ya no tenía la pierna derecha, con la que le pegaba duro y macizo al balón.

—Uy, qué triste historia. Pero veo que juegas fútbol con muletas. ¡Muy bien por ti, muchacho! Eres un ejemplo a seguir.

—Sí, pero yo quería ser profesional para sacar a mi familia de la pobreza.

—Me imagino que puedes estudiar una carrera y ser director técnico de algún equipo profesional.

—Sueños tontos —dijo Ismael—. ¿Qué no ve que aquí no hay escuelas? Está muy lejos la ciudad y mis papás no tienen dinero. Es más, yo ni sé leer.

—Lo siento, yo pensé que…

—No se preocupe, seño. Aquí la vamos pasando leve.

—¿Y a qué te dedicas ahora, Ismael?

—Me uní a la revolución.

—¿Y cuál es el motivo de tu lucha?

—Salir de pobres, comer, vestir… sobrevivir.

—Eh, ¿y qué hacen en su revolución…?

Ismael saca una pistola que escondía en su short.

—Deme todo su dinero y el celular, vieja pendeja, o me la quiebro aquí mismo. Y esto es mi revolución, pa' que vea.

—Pero, Ismael, tú dijiste que…

—Y que el puto del camarógrafo deje de grabar y que me entregue ese aparato… o también me lo chingo.

 

Fin de la entrevista.

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Miércoles, 08 Julio 2020 04:20

La biblioteca en ruinas / Dra. Rocío García Rey /

 

 

La biblioteca en ruinas

Dra. Rocío García Rey

 

La biblioteca privada dice de una sórdida historia personal.

Hugo Achugar, La biblioteca en ruinas

 

 

Revolvió una y otra vez los libros. Quiso inventar un ritual en torno a ellos, pero pudo más el cansancio por la vida. Durante años había resuelto ser depositaria de historias que en otros tiempos habían tenido el color de la esperanza.

Repasó títulos que tenían que ver con dos países: Cuba y Nicaragua. Repasó títulos y halló libros que le habían sido heredados por María, su alumna, quien, cuando enfermó de cáncer, vio en ella un desdoblamiento de las qua aun en el vértigo de la memoria, se aferraron a conservar títulos de una biblioteca en ruinas.

            La mudanza se hacía cada vez más cercana y ella sabía que no se trataba únicamente de un cambio de domicilio. Se trataba, más bien, de darle paso a lo ocre de las tardes, a la memoria perdida. Sí, perdida entre un presente avasallante de tan vacuo futuro.

            Pensó que las clases que impartió tantas veces, ahora sólo eran recordadas de vez en cuando por los que ahora serían oficinistas cumplidos o mujeres que al tiempo de atender múltiples tareas tenían que lidiar con una soledad recóndita.

            Tal vez en las mujeres depositaba esa soledad recóndita porque eso sentía que era para ella su nueva vestimenta. Pensaba una y otra vez que el gran clamor por las letras sólo había sido la gran anestesia para soportar el horadado mundo.

            La mudanza se acercaba y con ella la renuncia a ser la eterna bibliotecaria de las inservibles utopías. Apartó el libro de Lispector, y entonces repitió. “Estoy procurando”, aunque no sabía qué procuraba. ¿Vivir? ¿Acariciar soles muertos?

Colocó cuanto libro cabía, en  aquella mochila de piel que tantos años le sirvió para transportar lo que después de unos años se marchitó. No hace falta decir su nombre. Libros-cometa-libros- ideas marchitas para guarecernos de lo más áspero del invierno.

            Se miró al espejo. Las canas son la prueba de que la luna también mengua.

            Conocía la librería de viejo. Sus pasos trastabillaron y la boca se le secó momentos antes de llegar a la librería. Entró, había un hombre que podría ser su hijo. Lo miro con vergüenza, como si llevara libros prohibidos en el presente. Sólo atinó a decir quedamente “Traigo libros”. El hombre le pidió que los pusiera en el mostrador Entonces un tal Sandino se escurrió por los cristales y el estudio sociológico para entender las enfermedades mentales, peso más que de costumbre. El azúcar de la revolución cubana retumbó en sus manos en forma de sudor. No entendía por qué tanta vergüenza. Tal vez porque sabía que ofrecía fantasmas. Vendía fantasmas en una hora en que el panteón de los recuerdos ya no vendía féretros. Tal vez sería mejor, entonces, incinerar los libros.

            El hombre la miró extrañado.

- ¿De qué fue maestra? ¿Por qué sí fue maestra verdad? El hombre preguntó cómo aferrándose a una respuesta positiva.

-Sí, le dijo teniendo aún en todo el cuerpo una oleada de vergüenza.

-Uy, señorita otros tiempos. ¿verdad? Cuando el marxismo existía.

            Ella imaginó que no podría soportar la laceración por una historia hecha añicos. La atrapó por un momento la urgencia de salir corriendo. Huir de su biblioteca en ruinas. “Otros tiempos, verdad señorita”-

- ¿Cuánto pide por los libros?

Respuesta en forma de espanto. El hombre de inmediato, le dijo: “No son libros que ya pidan mucho. Le doy cincuenta pesos. Ella a esas alturas, se despedía de Sandino y Cuba y de esa manera los años de sueños rojos se transformaban en una tarde ocre. Salió con los cincuenta pesos; mochila vacía y utopías disueltas habitándole todo el cuerpo.

 

 

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Viernes, 03 Julio 2020 05:13

El encuestador / Guillermo Martínez Wilson /

 

El encuestador

Guillermo Martínez Wilson

 

 

 

 

 

I

Pase joven y dígame qué se le ofrece, estamos a punto de cerrar y por favor cierre suave, mire que los portazos me dejan las vitrinas temblando.

No, nada, no vengo a comprar. Es que estoy realizando una encuesta en el barrio.

Entonces joven, no tengo tiempo. No compro nada, consumo muy poco y con este negocio de etiquetas y calcomanías, entenderá que no estoy para ser encuestado sobre cómo andan las industrias Pyme y otras hierbas. Además es hora de almorzar. Quizá en la ferretería del lado, con mi vecino y colega, tenga mejor oportunidad ¿Me entiende?

Disculpe señor, pero es mi trabajo. Puse cara de humildad, la mejor actitud para no despertar rechazo. Era la primera regla que el instructor nos había recalcado, desde que me inscribí para trabajar por el candidato a la primera magistratura. Había sido seleccionado para aplicar la encuesta en barrios de la periferia; debía hacerla solo en negocios pequeños, evitando restaurantes, bares y locales muy concurridos y, de hacerlo, los tenía que encuestar en las primeras horas de la mañana, cuando los dueños o encargados iniciaban su faena.

El sector de la ciudad que me asignaron era bastante decadente, había mucha basura en las calles y autos abandonados. Al cabo de un rato ya había encuestado algunos negocios, también pequeños como éste, pero limpios. En todos encontré clientes siendo atendidos, pero aquí al parecer, no entraba nadie. Era un local demasiado oscuro y lleno de polvo, que se activó con el movimiento de mi entrada y el del señor que se había levantado de su poltrona, apenas distinguible en un rincón del mostrador. Todo el recinto se iluminaba solo con la bombilla de una lámpara reclinable al lado del sillón, escrita con puntitos de cagadas de mosca. Junto a éste, una mesita llena de libros y un plato colmado de colillas de cigarrillos. El aire era aún peor que el de la calle.

Sobre el mostrador, un gato con descolorido pelaje me miraba fijo, por su actitud daba la impresión que me saltaría encima, como si esperara una orden de su amo que también me observaba sin hacer ningún gesto. Para aliviar el clima tenso le expliqué que era mi primer trabajo y la candidatura del presidenciable me pagaba por las encuestas. Dejé mi carpeta con formularios sobre el mesón-vitrina. A pesar de la penumbra se podían observar cajas llenas de recortes, seguramente calcomanías. Me dijo –Joven, comprendo que usted se gana la vida en esto, encuestando futuros electores, pero yo no tengo interés alguno en estas elecciones. Así que debo despedirme porque… En ese momento una señora gorda salió por un acceso lateral y nos quedó mirando, pero se dirigió solo a él. -El almuerzo está listo, cierra el negocio porque ya voy a servir. Se dio media vuelta y cerró la puerta por donde había aparecido. El gato aprovechó de saltar al piso y se fue por el pasillo hacia interior de la vivienda.

Ve joven, mi tiempo es limitado, pero déjeme preguntarle cuánto le pagan por este trabajo de temporada, porque dura lo que dura la elección verdad. Sí es un trabajo solo de un mes y me pagan por encuesta, quinientos pesos por cada una.

Quinientos pesos, ¡válgame la virgen¡ pero eso es muy poco. ¿Cuántas personas tiene que entrevistar para que sea un sueldo decente? Este país no está nada de bien.

Lo ideal sería que lograra entrevistar a treinta en el día, y además del pago por cada una, nos dan el dinero de la locomoción y algo para una bebida y un sándwich.

Deben ser muchos en este trabajo. Hace días atrás pasó otro encuestador haciendo lo mismo que usted, igual que ahora decliné su ofrecimiento. Los candidatos son todos la misma cosa, después del voto, si te he visto no me acuerdo, ese parece el lema universal.

Al señor le faltaban varios dientes y los que quedaban estaban manchados. El local adquirió de repente más luminosidad, quizás por el efecto del movimiento de las nubes y el sol de la calle. Se iluminó desde el exterior y nuevos rayos se filtraron a través de las figuras que se exhibían colgadas como ropa tendida, casi cubriendo la vitrina.

Seguramente el que vino era de otra candidatura, pero yo creo que este candidato es serio y cumplirá lo que promete en su campaña. Además, va punteando en todas las mediciones, lo habrá visto en la prensa y en la televisión. La Encuesta SPPE lo da ganador porque ofrece transparencia y promete cambiarlo todo, se acabó la murga de los concertados para ellos mismos.

Joven, ¿qué edad tiene? Para empezar, me intriga su opinión y cómo piensa, esto no lo hace un politólogo, pero algo palpa sobre estas cosas. Y, dígame ¿En su casa son de izquierdas o de derechas? ¿O de centro?

¿Pero ha leído los sondeos de opinión…? No leo diarios ni tengo tele. Pero tú no contestas mi pregunta, en tu casa son de... Son de izquierda, mi papá es de la vieja guardia, pero su candidato no tiene ni para afiches. Pero yo soy independiente y en realidad, solo para usted, la política me interesa bien poco, mejor dicho nada. Este trabajo es por un mes, pero sé que el candidato que yo represento va a cambiar las malas prácticas de la política. Mis amigos del barrio dicen que los políticos son todos unos ladrones, pero este candidato está forrado en plata. Para qué va a robar, si le sobra. Eso es una buena garantía ¿no cree?

No, no les creo nada a Los señores políticos, como decía un carajo que me estoy acordando, y lo decía sonriendo con cara de pillo el huevón. Usted es muy joven, es casi inocente en estos enjuagues, dice que el candidato tiene mucha plata y es garantía de honradez ¿Eso piensa en serio…?

No contesté nada, él me miraba esperando una respuesta que no tenía. En oportunidades anteriores había sorteado todo bien, incluso sentía la convicción de que a los dueños de locales les agradaba ser entrevistados, se sentían dando importantes opiniones, no eludían ninguna pregunta, pero este hombre era el más difícil que había encontrado en mi trabajo de encuestador. Dirigí la mirada a unos letreros viejos de la estantería: Estampillas Fiscales, Calcomanías de Heidy. El señor me llamó al orden -Deme un formulario necesito leerlo y saber de qué trata. Me apresuré a abrir la carpeta y entregárselo –Si quiere, vuelva después de las cinco, a la hora que vuelvo a atender el negocio, ya vio que mi mujer me está esperando para almorzar.

Un poco abrumado por todo lo que me sucedía, solo atiné a decirle que no. Debo seguir encuestando y volver me haría perder la tarde, si quiere me da sus datos y firma y yo la respondo, son preguntas muy simples, son para saber cómo los propietarios de negocios quieren salir de esto de vivir enrejados después de ciertas horas, sobre eso trata la encuesta. De verdad, de política tiene bien poco.

Eso sí qué no, por ningún motivo voy a dejar que usted, un pajarito recién salido del cascarón responda una encuesta por mí. Sorpresivamente salió de nuevo la señora y lo llamó –Liborio puedes cerrar y venir a almorzar, ya está bueno de conversa, termina.

Dio media vuelta y desapareció, al parecer muy molesta. El señor tomó un gran despertador entre las cajas y, mirándolo me dijo –Bien, vuelva a las dos y media. Vaya a otras entrevistas y gane sus quinientos pesos. Yo estaré aquí a las dos y media en punto, y conste que me salto mi siesta.

Tomé mi carpeta y emprendí la salida, mientras él venía tras de mí a cerrar su local.

Definitivamente no era un buen día, era el sexto negocio que trataba de encuestar y en verdad todos los dueños se habían negado a responder. Incluso algunos se habían molestado y ahora este veterano, en un negocio decadente, me hacía esperar, pero quizás sería la única entrevista que lograría. Me senté en la cuneta a esperar que volviera a abrir. Un perro lanudo lleno de mugre pegada, se acercó en actitud cariñosa; pero su aspecto desastrado y vagabundo no me simpatizó para nada y traté que se fuera. En la mochila traía restos de pan y se los lancé, pero se negó a irse, se echó cuan largo era a dormir junto a mí. Como estábamos tan bien protegidos por la gran sombra de una gran acacia, saqué un formulario y volví a leerlo por enésima vez. En realidad las preguntas me parecían ingenuas y solo atingentes a las dificultades del pequeño comercio y las soluciones que el candidato proponía. Me puse a pensar que este trabajo era inseguro en el sueldo, pero al menos no corría riesgos. En cambio en la sección de afiches y propaganda callejera los peligros eran reales. En las tardes, al finalizar el día y de vuelta en el comando, los brigadistas que pegaban afiches llegaban incluso golpeados y zamarreados durante las peleas callejeras con las otras candidaturas. En verdad, me podía sentir aliviado, lo mío, las encuestas, no me colocaba en problema alguno, solo la mala leche de algunos propietarios, que me confundían con algún funcionario de las reparticiones públicas. En una carnicería incluso me mostraron una escopeta, porque creían que era del servicio de Salud -¡Aquí no entra nadie! Fue lo que me gritó más una sarta de insultos -¡Un pie en mi local y es hombre muerto! Inspectores, vagos de mierda, y otras cualidades que me hacen reír del trabajo que me busqué. Mi padre tiene razón quizás, cuando dice que al trabajar para las candidaturas derechistas, siempre se termina mal; pero son las únicas que pagan, las otras puro trabajo voluntario y promesas de pega cuando sean elegidos.

Me recosté contra el tronco de la acacia en el bandejón de tierra y afirmé mi mochila llena con formularios. El perro sintió mis movimientos, abrió un ojo y siguió echado en la misma posición, si pasa un auto allegado a la orilla no importa, pensé, yo estoy arriba protegido por la acera.

Las voces me llegaban desde un lugar oscuro, mi cuello se quebraba adolorido como si cargara un pesado fardo; algo me aprisionaba, silbidos y música de bandas militares. Olía humo fuerte, me sentía como un prisionero al que iban a sacrificar en un cuarto cerrado con ese gas horrible y tóxico. Estaba a pasos del fin mientras apretaba mi mochila llena de formularios. Escuchaba que alguien me llamaba, pero no era en alemán, no era mi nombre, sino pequeños susurros -Pissss… piss, hey, joven, despierte! Sentía una garra que me alzaba por un hombro, desperté y entendí dónde estaba. Había un auto con el motor encendido a unos metros, el perro estaba en la misma posición; el gas tóxico del vehículo no lo inmutaba. Al frente, en la otra acera, unos muchachos, uno de ellos en bicicleta, me observaban, quizás haciéndole los puntos a mi mochila nueva. Me levanté adolorido y sobresaltado, la garra era del señor del local que me remecía –Joven, se durmió aquí en la calle.

Miré alrededor, me arreglé la ropa, mientras él agitaba frente a mí los formularios, como si fueran un abanico. Observé sus uñas sucias y los dedos amarillos por el tabaco.

Aquí está su encuesta, jovencito. La puso a la altura de mis ojos para que la cogiera, pero yo estaba aún sin despertarme del todo y solo atiné a balbucear – ¿Esta lista? ¡Gracias!

No, no está lista. Y es más, me niego a contestar preguntas adornadas para puro espiar a los pequeños comerciantes. Joven iluso, su encuesta no tiene nada que ver con ninguna política, comprende, usted está haciendo un estudio de mercado de los negocios del barrio. Mire esto. Abrió el formulario y empezó a buscar, se saltó algunas páginas -Aquí, aquí está, escuche: Cuántos clientes entran y compran en su local al día, y ponen unos cuadritos muy monos con cifras, 20-40-70, para que uno los raye. En otro apartado: Cuánto es la venta promedio. Ve jovencito, esto no huele nada bien. Ah, y esto último ya saca de quicio, se pasa a castaño oscuro: ¿Contrataría personal gay en su negocio?

Tome su mugre de encuesta muchacho y escúcheme bien: Mi mujer, que Dios la guarde, me dio los quinientos pesos para pagarle por su trabajo, y que le conste joven, no fue su candidato; ese, que más que seguro, ya tiene negociado poner un Mall en nuestro barrio.

 

 

 

II

 

Después de dos meses y todo el país esperando el cambio de gobierno, fui citado nuevamente por a la empresa de Encuestas y Estadística. Como yo recibí la carta, nadie en casa se enteró que volvería a tener trabajo por un corto tiempo. Fui y retomé las encuestas, me asignaron a un sector que los jefes definieron como Santiago Sur-poniente. Nos dieron una cierta libertad de acción con la única obligación de preguntar a la misma cantidad de adultos mayores y gente joven, y tentarlos con el regalo de una vistosa chapita con el lema “ChileAvanza.” No comenté en casa que retomaba el mismo trabajo del año anterior, menos con mi padre que refunfuñaba porque no trabajaba como mi hermana en el supermercado del barrio. Verme ahí con uniforme rellenando naves de supermercado no era mi proyecto, en realidad no tenía ninguno; sabía que si quería seguir a mi modo debía pensar en irme de casa. Unos días fui a hacer gasfitería en casas particulares, de ayudante de un amigo de mi padre. El trató de enseñarme los secretos de su oficio, lo bien que se cobraba por destapar wáters, cambiar llaves y soldar; no me interesó para nada.

Mi Madre servía el desayuno, me indicó que me sentara junto a mi hermana, mi padre miraba la televisión sentado en su sillón.

-No mamá, porque estoy atrasado. Contesté y cogí una manzana. -Voy a un trabajo.

Mi padre refunfuño y dijo -¡Como acabo de mundo!¡Ya era Hora! Le di un beso a mi madre, ella me miró asombrada, pero sonriente.

Mientras caminaba al paradero de buses entrevisté a algunos vecinos y decidí seguir a pie porque iba adelantado al trabajo. Llegué a la Av. Matacana, donde solo era cruzar la calle y ya estar en la Quinta Normal, vieja comuna del barrio sur. Crucé el parque, me adentré en las calles y llegué a los alrededores de un sector conocido, el mismo del señor rabioso que vendía estampillas y calcomanías.

Algunas mujeres que barrían la vereda de sus casas fueron mis primeras entrevistadas. Me dieron la impresión que su ánimo era más bien triste. El gran terremoto de unos meses atrás, causó daños incluso en la psiquis de la ciudadanía. Unos hombres jóvenes como yo, bromearon con la encuesta, pero igual dos al menos accedieron a contestar. Junto a ellos, sus compañeros se arremolinaban afuera de una fábrica que se había declarado en huelga, eran trabajadores de un subcontratista que había desaparecido.

Llegué al local decadente del señor que en la ocasión anterior, de alguna manera, tanto me había impresionado. Miré a través de la vitrina, adentro era tan lóbrego como la primera vez y no había nadie. Todo alrededor del negocio estaba cubierto de escombros de las casas que habían perdido sus cornisas y cortafuegos. El terremoto que desbasto el sur del país, aquí en esta calle también causó grandes estragos, como en casi toda la ciudad.

Habíamos sido vueltos a llamar para una nueva encuesta, pero esta vez para sondear los estados de ánimo de la población. La intención política era simple, desprestigiar al gobierno que perdió la elección, ojala para siempre, como decía el monitor. Insistía en que debíamos anotar las reacciones de los encuestados cuando les dijéramos que ese gobierno perdedor, además de entregar el país terremoteado, evento no incluido en ningún programa de gobierno, obvio, nos repetía el diligente monitor como si fuéramos idiotas; había dejado millones de dólares en déficit fiscal, puentes mal construidos, escuelas hechas a la bartola y edificios públicos construidos a la buena de Dios. Nos aleccionaban a que destacáramos lo ocurrido en un hospital de Curepto en el Sur, que se derrumbó y dónde se montó un show con enfermos imaginarios para la popular Presidenta, un engaño de los partidos. Farsa que nosotros debíamos destacar, registrando a la vez los estados de ánimo de la gente, después de inyectar toda esa cizaña.

Me alejé del local pensando volver más tarde, pero al llegar a la esquina encontré al señor que venía caminando lentamente, fumaba y su vestir era el mismo, me detuve a saludarlo y me miró sorprendido, como si yo lo fuera a molestar, era claro que no me recordaba. Empecé explicándole quien era y si me recordaba -Soy el encuestador que lo visitó unos meses atrás, le explique señalando -El qué se durmió en ese árbol.

--Ah… Algo, sí algo me acuerdo, antes de la elección presidencial, ahora recuerdo, tome en cuenta mis años, la memoria no es la misma y su candidato ganó, claro…claro, ganó. Frunció las cejas y pareció reconocerme, pero se notaba inseguro, le expliqué lo mejor que pude quien era y por qué de nuevo estaba en el barrio; le enseñé las carpetas con las nuevas encuestas.

-Ah…. ahora sí, antes de la elección presidencial, el encuestador, ¡Ahora recuerdo! Hizo una pausa -Hijo mire cómo están las calles llenas de cascajos, cómo le fue a usted con el temblorcito, mire que el país quedó turulato. Un gran susto, en mi barrio no pasó gran cosa, ninguna desgracia por suerte. Solo el agua y la electricidad que se cortaron, llegaron a los tres días.

-Así es la cosa joven este corcovo de la tierra nos puso frente a frente.

Sin entender lo que me decía no me atreví a preguntarle, pero él fue más directo y dijo -La Muerte.

No supe qué contestar me puse las carpetas con los formularios sobre el pecho y me quedé mirándolo, además habíamos llegado a las puertas de su negocio. Me mostró con un gesto el frontis y agregó. –Por fuera nada, adentro en nuestro patio se derrumbó una pandereta, afectó al vecino y a nosotros, indicando la propiedad a la derecha del local. No nos llevamos muy bien, pero después del susto establecimos relaciones para reparar el daño. Por años no nos hablábamos, ahora somos uña y mugre, arreglamos la pandereta con latas y maderas provisoriamente, él tiene gallinas y yo gatos. ¿Así que tú de nuevo en encuestas? Pero ya te dije que no me interesan, las considero una intromisión de los políticos y de los comerciantes al por mayor, en este país nadie da puntada sin hilo.

De eso quería hablar, usted ve aspectos que yo no veía en la encuesta anterior durante la campaña presidencial, pero nos llamaron a sondear de nuevo y quise que usted me dé su opinión en esto, porque aprecio su manera de ver las cosas. Esta nueva encuesta no es solo por votos, ahora es por los estados de ánimo, se puede decir que son dos en una; con mejor sueldo, por quince días y hay que entrevistar solo a veinte personas diarias.

Para eso no se necesitan encuestas pues hijo, la gente quedó “pata de laucha” con el sismo grado nueve. No se enteró joven que en el Sur la gente se alteró; hasta médicos e ingenieros saqueaban de lo lindo en tiendas y supermercados. Ahora leo los periódicos, un compadre aquí cerca que tiene su quiosco me los facilita gratis, así que estoy mejor informado que la secretaria general de gobierno.

¿Quiere leer la encuesta y me da su opinión? Me miró como sospechando algo, pero al final después de encender un cigarrillo me preguntó la hora, miró mis carpetas y dijo -Entre a casa y veamos de qué trata. Cruzamos por el negocio abandonado donde me enseñó que se habían caído algunas cajas, pero nada grave, después las arreglaría, ahora no podía dedicarse al negocio. Ya en el patio amplio y bajo un exuberante parrón, me contó que su mujer viajó al Sur a acompañar a una hija que quedó con la casa en el suelo. A todos nos tocó algo esta vez hijo, el terremoto fue para todos. Así es este paisito. ¿Ve esta pandereta?: duró lo que tenía que durar, treinta y tantos años, hay que hacerla de nuevo. Ahora veamos su encuesta, mientras le echo un vistazo sírvase un racimo de uvas, allí hay una llave en la artesa para que las lave.

Tengo que explicarle que una es la que los entrevistados deben contestar, la otra es de nosotros los encuestadores, en esa debemos hacer otras observaciones que después anotamos y es privada. Son dos encuestas, en definitiva.

Dos por el precio de una. Déjelas sobre la mesa joven, voy por mis lentes y sírvase uva. Se dirigió al interior de la casa, dos gatos llegaron a restregarse en mis pantalones, me dediqué a elegir un racimo del parrón. El señor volvió y se sentó a leer, después de una ojeada rápida dijo -Este formulario para el público es pura chamuchina, a ver… a ver. Y continuó leyendo en silencio, yo comía la uva grano a grano y lo observaba, los gatos seguían haciéndose los cariñosos con mis piernas. Cada cierto tiempo en la lectura, hacía un gesto o se llevaba el dedo a los labios como silenciándose. Después de un rato me preguntó

¿Tú lo has leído completo? Esto es intriga pura y es más descarada, porque es la misma campaña que viene metiendo la prensa, claro que más sibilinamente. Total, la prensa es de los mismos que mandan ahora. Desprestigiar, de eso se trata y los tontones de la supuesta izquierda que se las sabían todas, no tienen ni un diarucho siquiera, menos canales de televisión ni radios. Cómo van a contrarrestar la campaña que recién empieza. Pero la gente no es tan tontona -le respondí- cómo para tragarse todos estos rollos de intriga y sibilinadas como usted las llama.

Después le explico qué es sibilino. Hijo lo importante es que se quiere hacer leña del árbol caído con toda la parafernalia de medios que tienen y esto de encuestar puerta a puerta es súper valorado por los estrategas, y que la gente no es caída del catre, pase, pero me temo que una gran mayoría sí lo es. ¿Cómo se explica el resultado de la elección? Pero es bueno que vaya aprendiendo como es la política y los intereses que entran al baile.

Pero siempre hay que luchar por la verdad, pero teniendo claro que ahora trabajas para un grupo de intrigantes interesados en desprestigiar a sus enemigos. Esa es la intención de esta aparente y solidaria encuesta, bajo el pretexto de que se preocupan de la gente que afectó el terremoto. Es terrible, introducen cizaña y mentiras. Claro que hubo errores, y de los logros nada se dice en esta encuesta. Por eso la ignorancia, este es mal del mundo y la mala memoria.

Yo soy viejo y entiendo que es el único trabajo que has logrado. ¿Qué estudios tienes? ¿Sabes conducir vehículos? Por ese lado siempre hay más posibilidades ¿Qué tal la uva? Esa parra da moscatel. Sírvete, voy a tener que salir a regalarles a los vecinos, este año fue muy abundante. Y me muestra la infinidad de racimos entre las hojas. Una voz del otro lado de la pandereta nos interrumpió -¡Vecino, vecino alguien golpea la puerta afuera, tiene visitas. Se levantó rápido de su silla, dio las gracias a la voz y fue a abrir. Al pasar me comentó -Ahora ni abro el negocio. Voy, espera tranquilo.

Volvió acompañado de un señor mayor y fui presentado como El encuestador. Me levanté a saludar mientras el dueño de casa iba por una silla más cómoda, porque las del patio eran de buen mimbre pero ya bastante destartaladas. Los gatos me abandonaron y se fueron a ronronearle al recién llegado, que me miraba como sorprendido o porque su vista le fallaba por los años. Vestía formalmente con corbata y traía un maletín gastado de cuero.

Asiento amigo Menares, mientras le acomodaba la silla. El visitante me miró y preguntó mi nombre agregando -Hay que hacer las presentaciones.

Ángel -le contesté. Nuestro anfitrión, se presentó levantando su dedo -Liborio Pérez y aquí mi amigo y colega el profesor Menares.

Ex mi viejo amigo, ya somos para todo ex, pero recuerdo como lindos tiempos esos de trabajar en la docencia, ahora ya somos historia.

-Y este joven a que se dedica de verdad, le preguntó a su amigo.

Ya te dije, este muchacho de visita en casa es encuestador.

-Ah... pero ese no es un oficio. Estadístico si es una profesión, es una de las ingenierías.

Don Liborio le ofreció lavarle un racimo de uvas, lamentablemente no tenía nada más que ofrecer, solo uvas o un vaso de agua. Menares declinó el ofrecimiento y prontamente dejo claro que él sí tenía algo, y tomando su bolso de cuero extrajo una caja de vino, llamándola “Su Cartonier”.

Don Liborio se olvidó de mi presencia, se entretuvo conversando a viva voz con su amigo. Era notorio que a Menares le fallaba su audición porque había que hablarle a gritos. La voz del vecino de nuevo anunciaba a alguien en la puerta. Acompáñame muchacho y arreglemos el timbre de una vez por todas. Le dio gracias otra vez al vecino invisible y fuimos. Abrió la puerta y dos señores saludaron.

Hace rato que tirábamos el cable del timbre y nada Liborio. Uno de ellos hizo un movimiento con su cabeza ¿Y este muchacho, es tu nieto? No es un amigo. Y entraron atravesando el local oscuro hacia el patio. El otro traía una bolsa donde entrechocaban botellas. Me saludó estirando su mano -Muñoz, Arsenio Muñoz para servirle ¿Y usted joven cuál es su nombre?

-Ángel, me llamo Ángel.

Volvimos al patio. Ya habíamos comprobado que el cordel del timbre no funcionaba, se había desprendido de un tarro con tuercas y piedrecillas que colgaba frente a la puerta de la cocina. Todo consistía en amarrarlo al tarro que, al tirarlo desde la puerta del local, cumplía la función de campana.

Los recién llegados ya conversaban alegres con Menares. Ven muchacho, ayúdame –me llamó don Liborio. Cruzamos la amplia cocina y entramos en una sala de finos muebles, un poco desordenada. Me quedé observando un cuadro. Don Liborio me pidió ayuda con una mesa, la pulsamos, después cambió de parecer y dijo -Mejor no, si le cae vino mi mujer arma safarrancho, esta mesa era de su madre, es fina de otros tiempos, mejor saquemos la que está en la cocina, esa es más de batalla. Debimos desocupar una mesa llena de ollas y trastos no muy limpios. Esta sí, y salimos al patio pidiendo espacio para instalarla.

Y ustedes dónde andaban -increpó Menares- y se levantó de su silla con el vaso de vino en la mano. Brindo compañero Liborio, por la amistad de tantos años, de cuando empezamos juntos nuestra vocación de profesores Normalistas, aunque a ti te exoneraron porque nunca callaste tu ideales. Don Liborio se dio vuelta y dijo -voy por unos vasos. El resto debieron esperar a que los trajera, además de un jugo rojo para mí. Tú andas trabajando y estos amigos están de celebración como puedes ver. Le agradecí y le anuncié mi partida y que vendria a visitarlo en otra ocasión 

-No espera un rato, deja que pase el calor.

Uno de sus amigos escuchó algo y dijo –Joven quédese, aquí está en una Arcadia, indicando el parrón. Hizo un gesto con la mano a los demás ya acomodados alrededor de la mesa. Con su cara rosadita, quizás por el vino que bebía con el placer de un adicto, se inclinó diciendo -Desde que jubilé, la buena vida hijo, que más nos queda. Me sonrojé sin saber que decir. Lo que estaba claro, era que averiguaría que es una Arcadia.

Mi papá a veces se reunía con amigos del barrio, mi mama nos decía que eran las reuniones de núcleo del partido, se iban al fondo del patio de la casa donde teníamos una casucha de madera que alguna vez sirvió para arrumbar trastos viejos. Pero esta reunión de hombres mayores en casa de don Liborio era más alegre, hablaban de todo, de mujeres, de chascarros que les habían sucedido y lo más divertido, de las enfermedades que ahora los aquejaban. Siempre que tomaba la palabra el profesor Menares, que le interesaba la literatura como a mí, los demás lo escuchaban atentamente. Imaginé cómo sería su vida de joven, porque ahora parecía frisar ya los setenta bien llevados. Solo se notaba que su oído derecho estaba en franco deterioro, porque cuando le hablaban ponía la mano en su oreja, cosa que no hacía con el lado izquierdo. Lo importante es que él insistía en temas en torno a los libros. En un momento el señor Muñoz se me acercó, diciendo algo cómo que Menares se rayaba con sus temas y dijo en tono burlón -Con un poco más de copete se pone a recitar a autores que no conoce nadie. ¿Y bueno, usted joven… cómo se gana la vida? Me incomodó el tono de su pregunta. Por ahora trabajo en una empresa que realiza encuestas. Al parecer no es un trabajo muy pesado, verdad –afirmó sonriente y con ironía.

No crea, no es tan fácil ir por ahí quitando tiempo a la gente, haciéndole preguntas. Aunque a veces termino la ruta en una mañana, rara vez me lleva todo el día. Pero la verdad señor, solo para usted y con plena confianza le cuento, llevo mis propias estadísticas: ahora agarro la mochila con encuestas, me vuelvo a casa, prendo la televisión… y yo mismo las contesto.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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