Martes, 04 Junio 2019 04:43

Y SUS ÁNGELES Waldo Contreras López

 

Y SUS ÁNGELES

Waldo Contreras López

 

 

Un lugar para mal morir. Yo sólo he estado en uno varias veces y esos momentos fueron suficientes para enamorarme de este lugar sincero como una tumba. Ahí conocí a una multitud de almas que cierran sus ojos al vivir, que se aferran a la muerte, hombres y mujeres de índole depresiva y llenos de miedo, con afanes para la cuesta abajo; un ejército de ángeles de Tánatos que hicieron de este lugar mi llongo preferido para matar los fantasmas que me asediaban. Un lugar moribundo para siempre, un rincón luminoso y ebulliciente de vida artificial. La culera vida en toda su expresión: dolorosa, cruda, poética y vulgar. Un gargajo luminosos bajo la luz tenue y el ambiente aromado por la mariguana, la metanfetamina, cerveza y vino; el tabaco y los perfumes baratos de la mujer llonguera y despotricadora; una casa ambientada por las sonoridades de la música “oldie”, funky, balada pop en inglés, rock sesentero, chicano… y Chava Flores, siempre Chava Flores. Y todos nosotros "nadando" en la espeses cálida de ese gargajo. La voz pausada, baja, de palabra inteligente, hilada dentro de un escenario mesmérico, encerrada en cuatro paredes; esa voz de tonada profunda salida de un tipo alto, delgado, nariz ganchuda y ojos de lechuza; ese muchacho borroso a quien todos llaman Drea dice: la única realidad que vale la pena padecer es la que explota dentro de nuestra cabeza; esas imágenes que nosotros creamos, todos esos rostros, esas sonrisas que jamás alcanzamos a completar, esos besos que nunca podemos saborear, esos sexos que jamás acabamos de calentar… ese amor que nunca conseguimos dar sentido… eso es lo único que debemos padecer; no vale la pena algo que existe fuera de nosotros porque simple y llanamente no le pertenecemos. Nada. Lo que hay fuera de mí o de ti; lo que camina, respira o mira, todo aquello que se materializa fuera de estas cuatro paredes no vale la pena siquiera para verle más de tres segundos de estos largas horas que vivimos. Yo, al menos, nada fuera de mí necesito.

–¿Te has enamorado alguna vez, Drea? –pregunté.

–Sí, sí me sucedió una vez y fue algo hermoso. Aquella no quiso recibirme jamás. Le entregó mi amor a otro: ella lo besó y el mundo se volvió tan difícil de cargar… ahora estas cuatro paredes me han curado… un poco, sí, pero al menos me siento a salvo de todo.

–¿Y por qué no vuelves a intentarlo?

El Drea al fin terminó de preparar su paquete de cristal; dio fuego al encendedor y se puso entonces a combustir el foco. El humo tóxico daba vueltas como un huracán feroz encerrado dentro de la bola de vidrio. Y fumó y fumó.

–¿Volver a intentarlo? –se rió, una carcajada queda y sonoridades maníacas–, yo sigo amando lo que ella es hasta ahora –dijo–, no hay algo nuevo que intentar. Ella vive en mí… esta bola de cristal también me la trae enterita… esta bola de cristal… de un modo tan jijo que hasta siento palparla.

–¡No! Pero si no ha de ser igual, Drea. ¡Jamás podrá ser lo mismo!

–¿Para qué la quiero a ella, Camels? Mi amor es algo que nadie puede tocar o ver, es como el amor carnal ¿sabes?, como tenerla aquí y tocarla… es lo mismo, lo sé. Su cuerpo ya no me interesa. ¡Esta bola mágica es como vivir con ella!… es una lámpara de Aladino.

–Te volverás loco pronto, Drea.

–Tú estás igual que yo, deberías probar a ver si te quita esa cara de pendejo que traes. ¿A qué vienes por acá? ¡Estás tan mal ahora, Camels!, ¿te curas con mariguana, rivotril y cocaína y no alcanzas a llegar a algún lado? No vengas a chingar y corregirme pues tú está peor: tú huyes de las mujeres, yo amo.

Huir es una forma del amor. El Drea es un verdadero ángel de Tánatos. Un hombre loco que ha descubierto las formas internas de su cabeza para vivir de lo que necesita.

–Tú quieres su cuerpo ¿verdad, Camels? Entonces ¿por qué no vas por él?

No soy como el Drea, yo soy un pobre diablo de Eros quien lucha por sobrevivir a su herencia genética de amador animaloide: el amor me está matando. No puedo creer que un adicto a la metanfetamina haya encontrado su camino. Gracias a la vida y para la salvación de mi alma que no tardé mucho en dar cuenta de lo muy poco acertado que estaba con respecto a mi amigo. Thànatos no perdona.

–Le subiré el volumen a esta canción, Camels. Ahora callemos; yo fumaré mi astilla de hielo mientras tú has de reflexionar sobre la finalidad de tu presencia aquí. Esta canción viene muy al caso en este momento, escucha y verás que tiene sentido en tu situación –se ríe con sus formas maníacas–, no vayas a llorar, por favor, o tanta mariguana, cocaína, cerveza y rivotril vendrán a ser un triste desperdicio –me guiña uno de sus ojos de lechuza y las bocinas suenan a todo poder. Suena: “Baby come back”, una canción de amor fresa de los ya olvidados años ochenta y sus peinados acuanet, pantalones entallados y sexualidades reprimidas–, a ver quién se vuelve loco primero, Camels. A ver quién se pierde primero en este triste camino.

El Drea termina de hablar... me abandona entre los ecos de sus palabras. El Drea se mete dentro de su cabeza, a su mundo; se esconde tras su sonrisa de demonio y sus ojos profundos. Su mirar se larga lejos de aquí.

La casa del Drea es un llongo más en estos barrios suburbanos. Sus calles de arrabal poetizan el ánimo no obstante la posterior resaca mental. Esos terregales y sus ventarrones que llenan los dientes y los ojos de un polvo duro como lija. La casa de este loco hierve de adictos toda la noche y gran parte del día. La casa de cuatro cuartos y vitro-piso refleja el mundo de su habitante vicioso: en las paredes se pueden ver las pinturas groseras de una multitud de seres extravagantes. En una esquina se recarga un payaso llorón; en el techo hay un trío de humanoides alados, mujeres angélicas desnudas enrolladas por víboras que lamen con sus lenguas bífidas esos pequeños y erectos pezones. Hay, asomándose dentro el closet y tras los amontonados muebles: dragones, gárgolas, diablos y demonios, brujas y ninfas, cupidos, aves fénix. Se pueden ver también historias gráficas de horror: niños y niñas desnudos jugando con ogros y trôlls; hombres lobo mordiendo el cuello de infantas con senos espléndidos. Hay también hombres icónicos de la historia humana: Hitler, Atila, Napoleón, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Ernesto Guevara, Albert Einstein... y, en medio de toda esta mancha de tinta colorera está él, resaltando frente a todo como si fuera uno héroe. Él es una pintura

grosera que evidencia la intención de plasmar una imagen con relieves y profundidad de campo detrás; sus ojos de lechuza relumbran como las explosiones de luz que contienen las lejanas galaxias que fotografiara el anciano Carl Sagan; y, adornando más humanamente toda esta imaginería, estamos todos nosotros... todos reunidos en torno a este pequeño fin del mundo, drogándonos hasta para pasar por encima de las más vieja enfermedad humana: la soledad, dura y pesada de nuestros cuerpos plenos de vacío, de seres fallidos... o mejor aún: de seres certeros en sus afanes: por allá está el Rafa “rolando” un cigarrillo de mariguana, serio, en su espacio, casi mudo, gesto petrificado; allá está “el chivo” y “el pitufo” dándoselas de gallones ante otros dos locos igual quienes les admiran con un temor patético; acá está “el toneladas”, la Tere y “el cáncer” disputando sexo y cristal; cristal y sexo… aquí llega el buen César rascándose los brazos y la cara con sus manías hechas de desesperación por una astilla; la Pita pasa en piyama y descalza, ignorándonos con un afán fingido; y aquí estamos este ángel de Tánatos y yo describiendo nuestros pensares, los cuales nos vienen tragando hasta las agallas y sin dar oportunidad de escape... sólo esto. Sólo esta amarga compañía fantasmagórica y oscura. Nuestro mundo apenas respira, tranquilo, fluyente, esperando el acabose.

Aquí pues todos disputan; disputas en una cárcel sin rejas, sin celadores, sólo vigilados por nuestras propias ansiedades y pánicos y los ojos muertos u opacos de todos esos seres en las paredes que nos observan casi con burla. El Drea es un gran artista: sabe muy bien que el mundo imaginario es una gran burla, una universal burla, un gran engaño.

Él jamás sale a la calle desde hace unos años. Ya no le importa caminar sobre estos polvos ardientes. Ahora sólo se asoma, se asoma a esta intemperie terrible, lo más lejos: la atisba desde la acera y cuando mira que algo ajeno al dominio de su mente se le acerca demasiado, retrocede unos pasos hasta alcanzar la puerta de la sala, se pone tras ésta, la entrecierra y desde ahí se cubre del miedo. Le teme a todo. Mi gran amigo ignora, por supuesto, que a la gente le importa un carajo sus ganas de estar fuera de estas paredes. Drea ignora que la gente le ignoraría hasta viéndolo atravesado en medio de una avenida transitada: un automovilista es capaz de pasarle por encima una y otra vez hasta sacarle las tripas y su cerebro por las cuencas de los ojos... esta es la disputa mental de mi amigo hijo de Tánatos... él es

terriblemente débil como un ángel sin cielo: tienes las alas pero carece de firmamentos y alturas que alcanzar.

Una disputa.

Una disputa física entre dos hombres perdidos en la misma obsesión; primero, un reto verbal: la grosería y desvirtúo. Luego llegan los jaloneos y golpes. Una pelea alucinada y en cámara lenta como si la escena se desarrollara dentro un sueño en el que los músculos apenas y responden al viaje imperativo-eléctrico del cerebro: “aquí van éstos locos”, dice el Drea con su voz profunda. Yo me quedo perplejo, con una emoción recia anudada como víbora en la boca del estómago... una náusea en el corazón quiere vomitar toda esta sangre contaminada de tristeza.

Ellos se pelean por un gramo de metanfetamina. El más urgido arenga al otro que tiene la posesión de la cachimba a que se apresure, que no sea tan goloso y díscolo; que no ha de ser justo si se la acaba pues resulta impensable salir a la calle con tanta adrenalina en la sangre y tanto policía queriendo joder a los jodidos: “apenas llevo dos fumadas, pinche joto”, le dice el poseedor de la droga y el artefacto, el desesperado intenta un asalto para arrebatarle la cachimba, el goloso esquiva el ataque y se pone de pie con gesto bravucón. Se manotean con agresividad afeminada, se enredan en un abrazo de fraternidad enferma. Forcejean. Se van ambos al suelo y se revuelcan como dos amantes en busca del placer efímero; ruedan enlazados por en medio de la habitación hasta que al fin, agotados, se ríen uno del otro, de su mierda, de su lodo; luego se sientan cada uno en su rincón, en silencio. Entonces el Drea se pone de pie enseguida y da con su voz altísona un discurso pasional y triste: “cómo valemos verga todos por acá, ¡mírense!, peleando en el infierno sin conseguir cansancio ni consuelo. ¡Debemos parar! ¡Esto es muy triste!... todos ustedes me ponen triste en esta casa culera. Debo aliviarme de este puto mundo; todos ustedes son unos grandes culeros que me lo recuerdan... debemos parar unos días… esta forma loca y suicida, nadie querrá mencionar nada de nuestra existencia”. Camina hacia el estéreo y pone un casette, una canción que lo hipnotiza: “El gato viudo”. Se acerca a la puerta, gira la perilla, da un paso afuera y mira. No hay luna, no hay gatos, no hay medicina, parece que va maullar, no hay cura al mal de amores, mi Drea, no hay cura. La luz del alumbrado público refleja su sombra al piso de la sala, es

un ángel que va a volar, lo miro y quiero seguirlo. La canción suena como las burlas que él me arremete sobre mi mal de amores. Ahora yo me rio.

Es el Rafa quien lo pone en su lugar con su muy poca palabra: “cállate la boca, pendejo, te estás muriendo de pie. No vengas a decir que paremos cuando no eres capaz de caminar siquiera un metro fuera de esta casa. No vengas a hacerte el mártir, pinche gato viudo. ¡Pásenle la bola al Drea para que se serene! –el Rafa se ríe a carcajadas.

Al fin le brindan la cachimba a nuestro loco anfitrión. Él la toma como dudando hasta de sí mismo y enciende el fuego. Todos le miramos con la respiración contenida mientras él fuma con sus ojos de lechuza entrecerrados: “así te vez mejor”, le juzga con su palabra mordaz el Rafa.

Yo le doy un manotazo en el hombro mientras le digo que todo será mejor mañana. Me forjo un cigarrillo de mariguana, trueno una rivotril con un vaso de cerveza; luego me siento a reflexionar acerca de esta vida de perros hambrientos y tripa vacía. Me miro dentro estas paredes, Pancho Villa me mira: “el mundo se está acabando. Nosotros somos la crónica de una tierra que agoniza sin la ilusión del amor mijo”, me dice.

Esta ciudad. Mi ciudad es un lugar que se pudre poco a poco. El amor está muriendo. El Drea, el chivo, el tonelada, la pita, el pitufo, el rafa: todos padecemos un amor muerto.

Pocos sobrevivimos en las afueras de aquel llongo hermoso; todos quienes recordamos aquella casa y sus últimos habitantes vivimos porque no hemos muerto. Todos amamos con toda el alma pero todos callamos ante la violencia y el atropello.

El Drea era amo de la palabra certera. Él enloqueció de tanta mierda; aquella mujer encerrada dentro esa bola mágica de cristal ha silenciado su voz profunda. Sus manos hábiles y artísticas ya no pueden tocar este mundo; ya no pueden dibujar seres extravagantes ni dudar de la existencia de las cosas. Mi amigo vive errante dentro de un perímetro que abarca tres calles. Pervive a la buena de Dios y a la poca piedad que le tienen sus vecinos. Sus cabellos largos y alambrados por una gruesa costra de mugres, sus ojos hundidos y extraviados girando de un lado a otro; su boca que vibra ante un mínimo esfuerzo, babeante; sus ropas sucias, hediondas que le cubren la piel pegada a los huesos. Él es un gran mártir de los barrios

suburbanos, completó al fin el pacto que Tánatos hizo con él. Si no me había equivocado, el dios de la muerte no perdona y yo vi a su ángel aquella noche.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

L'ombre de toi

Ramiro Padilla Atondo

Traduction de Miguel Ángel Real

 

 

Il y a juste un instant, ma mère parlait de ces choses étranges qui arrivent. Comme si elle voulait m'avouer quelque chose, maintenant que sa vie s'en va. Je l'ai trouvée très fatiguée. Elle ne sort presque plus de sa chambre. Elle a un parcours qu'elle compte de façon minutieuse. Quinze pas de son lit jusqu'au fauteuil du salon, une sorte d'habitude qu'elle a peu a peu élaborée avec le temps. Quand elle est devenue veuve, elle jura solennellement qu'elle rejoindrait mon père dans un mois, tout au plus. Elle était inconsolable. On a dû lui administrer des médicaments pour qu'elle se calme. Dix années sont passées. Je ne sais pas si cette affaire des longues relations atteindra ce niveau d'intimité où le couple ne peut pas survivre sans l'autre. Dans le cas de ma mère, au moins, ce mantra ne s'est pas avéré être vrai. D'abord elle a eu des doses de mélancolie, elle refusait de manger et nous devions la convaincre. La dame qui nous aide nous fut d'une grande utilité. Elle parle avec passion de la tragédie de sa vie. Elle dit à qui voudra l'écouter que son mari fut toujours un salaud et qu'il la battait. Ses enfants sont partis loin et d'une certaine façon nous jouâmes à l'adoption mutuelle. Elle commença à nous aimer comme la famille qu'elle avait toujours voulu avoir, et nous, comme le membre de la famille venu pour rester. Sa maison finit par être totalement occupée par une de ses filles dont le mari est un escroc qui lui rendait la vie impossible. Nous avions été mis au courant de cela quand elle respira enfin, soulagée, à la vue de sa chambre du deuxième étage, un endroit bien éclairé avec une large baie vitrée orientée vers l'est, où pointe le soleil. Elle nous disait toujours que c'était la meilleure vue qu'elle avait eue de sa vie. Et elle a raison. Quand mon père arriva dans cette ville avec sa valise et que son épouse enceinte réalisa la potentialité du secteur. Un quartier au nord de la ville sur un paysage surélevé. Les pluies n'inondaient pas les rues à cause du dénivelé et la vue sur la vallée était magnifique. C'est pour cela que la femme de ménage adorait qu'on lui ait attribué cette chambre du deuxième étage. C'était ma chambre d'étudiant, autrefois inondée de posters de groupes de rock progressif des années soixante-dix et quatre-vingts. Moi aussi, je l'avais toujours aimée. Surtout après les fêtes. Mon père n'accordait aucune importance à mon heure d'arrivée car à cette époque-là la ville était un havre de paix, loin de la violence qui résonnait au nord.

 

Ma mère refusa d'utiliser le déambulateur pendant quelques années. Nous considérâmes la possibilité de lui mettre un casque car elle avait tendance à tomber, sûre de la force de ses jambes qui pliaient sans la prévenir. La transition ne fut pas facile. La fierté lui disait que ce serait honteux que des amis et des membres de la famille la voient ainsi, harcelée par la sénilité sans aucun droit de réponse. Et nous ne pouvions pas rester tout le temps pour nous occuper d'elle. Mais l'idée du casque l'incommoda encore plus. Malgré son âge, sa vanité reste intacte. Ses cheveux blancs sont encore épais et elle adore les brosser. Le manuel des gens bien stipule qu'à un moment donné de la vie, les enfants deviendront les parents de leurs parents. Un retour à la graine de la vie, l'arbre qui dépérit mais qu'il faut encore arroser. L'arroser avec amour. Contrairement aux gringos, planificateurs experts de la sénilité.

 

Ma mère m'a demandé d'aller faire les courses. Elle ne peut plus cuisiner mais elle adore s’asseoir devant la table de la cuisine pour donner des indications à Lola, qui nous aide. Même si sa main tremble, elle a encore une écriture suffisamment claire pour noter ce qu'elle pense cuisiner dans la journée. La routine de se lever du salon jusqu'à la cuisine n'a pas changé. A 10:45 précises elle pointe son bras vers la personne la plus proche. Elle s'approche du déambulateur et dans un effort titanesque elle se dirige vers la cuisine. Cela fait déjà vingt ans, au début de la maladie de mon père, celui-ci disait que ce n'était plus possible d'inviter les gens de la rue à manger. C'était une coutume adoptée par ma mère à l'endroit où elle avait grandi. Elle nous avait toujours dit qu'on ne refusait jamais la nourriture à qui que ce soit, jusqu'à ce qu'ils se fassent cambrioler. Et elle vieillit soudainement après l'attaque. Et de façon inexplicable. Cela a peut être à voir avec la croissance des villes. Des quartier autrefois pacifiques sont aujourd'hui en proie à la délinquance. Il n'y a plus de voitures ouvertes ni de portes sans verrou. Plus de bicyclettes laissées dans la cour ni de réservoirs de gaz sans chaînes. Tout est parti à vau-l'eau. Ma mère explique à Lola les ingrédients et les quantités pour préparer un ragoût de poisson. C'est une recette qu'elle a inventée. Lola l'écoute attentivement même si elle a préparé ce ragoût plus de mille fois. Elle fait cuire les légumes et les assaisonne, fait goûter le bouillon à ma mère qui acquiesce et sourit. Il y a de l'amour entre elles. Je sors dans la rue et je descends le long de l'avenue. Mon père avait décrit le cambrioleur comme un type élancé et brun, avec un aspect particulier qui lui avait semblé intrigant. Il disait qu'il fallait être terriblement stupide pour traverser vie en cambriolant des gens avec un visage si bizarre. Et je m'en souviens juste maintenant. Après sa retraite, la vie de mon père subit peu de modifications. Il voyagea beaucoup et il rêva toujours de finir cette vie bohémienne, de s'asseoir dans le fauteuil pour regarder la télévision jusqu'à ce que ses yeux éclatent. Et il tint parole. C'est pourquoi l'attaque modifia sa routine de façon inattendue. Bien que vingt ans se soient écoulées depuis le cambriolage, son bagout est toujours là, rebondissant. Pendant des mois, mon père ne parla de rien d'autre. Il appela la police et raconta l'incident en long, en large et en travers. C'était un fanatique des films de détectives. Les policiers lèverent quelque peu les sourcils en entendant certains détails de sa description. Mais il racontait l'attaque avec une telle passion qu'on aurait dit qu'il voulait être cambriolé plus souvent. C'est pourquoi je m'en rappelle de façon aussi nette. Car cela devint son histoire préférée. Il marcha le long de la rue principale, autrefois un sentier. C'est ainsi qu'on y faisait allusion, le sentier, car il y a des noms qui sont là pour rester. Quand mon père put enfin construire les deux pièces de ce qui serait la première étape de la maison, cette partie de la ville n'avait pas encore de nom. Beaucoup la connaissaient comme le repaire des coyotes, les confins de la ville, et sa rue principale, c'était tout simplement le sentier. Même si avec les années et la croissance le quartier cessa d'être un repaire des coyotes, pour devenir un faubourg qui avec le temps deviendrait un boulevard dégagé, avec un nom de date historique : le 18 mai. Ce que mon père oublia de dire à la police était que c'était lui qui avait invité le cambrioleur à manger. Ce fut toujours la clé de l'affaire. Un type qui sonne à la grille, et ma mère qui sort avec son sourire. Cuisinant toujours des portions généreuses, congelant la nourriture dans des sacs en plastique pour la réchauffer à nouveau quand l'occasion se présenterait. Et mon père qui ouvrait la grille au type au sourire. Car les cambrioleurs, bien évidemment, doivent prendre un certain air innocent. Il y a peut-être un autre genre de voleurs, mais dans ce cas, le type grand et démuni qui parle à peine ne représenterait jamais une menace pour un couple qui a accueilli des douzaines de gens comme cela. Depuis ceux qui, en guise de simple remerciement nettoient la cour ou lavent les casseroles jusqu'à ceux qui, non contents d'avoir le ventre plein, ont le culot de demander de l'argent. Mon père  refusait toujours, même si ma mère essayait d'atteindre son porte-monnaie devant le regard assassin de mon père, qui lui disait qu'il suffisait de les nourrir. C'est pourquoi ils n'hésitèrent pas à lui demander de venir s'asseoir à table, car pour tuer l'ennui ils pouvaient parler avec quelqu'un de différent, dont la vie est une tragédie qui trouve, justement, un moment de paix à cette table où l'on partage la nourriture de façon généreuse. Des migrants et des drogués, des mères qui cherchent leurs enfants, des grand-parents abandonnés et ainsi de suite.

 

Et mes parents les écoutaient attentivement, en développant une tactique très efficace : se lever discrètement pour ouvrir la porte à l'invité et s'assurer que sa vie suive ce parcours tragique. Je ne sais pas si, en faisant cela, ils en tiraient une quelconque satisfaction.

 

Il n'y a plus d’échoppe, ni de marché. L'échoppe de Don Cosme disparut à cause de la chaîne de supermarchés qui dorénavant poussent comme l'herbe dans n'importe quel quartier. Les villes cessent d'avoir une âme, et deviennent des copies des autres. J'achète peu à peu les ingrédients pendant que les autres clients parcourent les rayons, chacun à leur rythme. Les bouchers agissent avec nonchalance, comme s'ils étaient les maîtres du temps des autres. C'est du moins ce que je pense, pendant qu'on me sert les escalopes de poulet désossées que ma mère avait commandé. Tout va dans le caddie. Mon père disait que le type les avait menacé avec son pistolet. Qu'il l'avait caché dans ses vêtements. Que qui était-il pour vérifier que les personnes invitées chez lui à manger ne portaient pas d'armes. C'est qu'il avait dit à la police. Il leur dit que l'attaque eut lieu quelques heures auparavant, mais comme il ne comprenait pas très bien ce qui s'était passé, il n'avait pas parlé immédiatement. Moi, je ne me suis jamais demandé pourquoi il avait pris son temps. Les vieux ont des façons d'agir différentes, ils voient le temps autrement, comme un triomphe. L'enfance est une période de journées interminables où ton corps change de façon imperceptible. La vieillesse, c'est être sûr de se lever le matin. C'est peut-être ta dernière journée. Je connaissais bien mon père et ses manies, voilà pourquoi je n'en fus pas étonné. Lola et ma mère avaient toujours refusé de parler de l'incident. Quand j'essayais de leur poser quelques questions, elles pleuraient. Je comprends que ce soit une affaire traumatisante, mais de mon point de vue, ce n'était qu'un cambriolage. C'est ce que je pense, et ensuite je pense que c'était stupide de ne pas avoir pris ma voiture. Maintenant, la maison est sur la colline et pour moi ce sera un test de monter avec les sacs des courses pleins. Mais les femmes ne pensent pas comme les hommes. Lola et ma mère sont assises en silence. Lola

lui caresse les cheveux. Ma mère sourit tristement. On dirait qu'elle va se mettre à pleurer. Elle fait un geste pour que j'approche une chaise et que je m'assoie face à elle :

-Le cambrioleur n'a jamais quitté la maison – me dit-elle en retenant ses larmes- ; il est enterré dans la cour.

 

 

La sombra de ti

 

 

Justo hace un rato mi madre hablaba de esas extrañas cosas que suceden. Como si quisiera confesarme algo ahora que se le va la vida.  La vi muy cansada. Casi no sale de su cuarto ya. Tiene un recorrido que cuenta de manera minuciosa. Son quince pasos de su cama al sillón de la sala, una suerte de costumbre que ha ido elaborando con los años. Cuando enviudó juró de manera solemne que alcanzaría a mi padre a más tardar en un mes. Estaba inconsolable. Tuvieron que medicarla para que se calmara. Han pasado diez años. No sé si este asunto de las relaciones largas llegue a ese nivel de intimidad en el que la pareja no pueda sobrevivir sin el otro. En el caso de mi madre al menos ese mantra ha resultado no ser cierto. Primero tuvo sus dosis de melancolía, se negaba a comer y teníamos que convencerla. La señora que nos ayuda resultó de gran ayuda. Platica con cierta pasión la tragedia de su vida. Dice a quien quiera escucharla que su marido siempre fue un cabrón y que la golpeaba. Sus hijos se largaron lejos y de cierta manera jugamos a la adopción mutua. Ella nos empezó a querer como a la familia que siempre deseó tener y nosotros como al miembro de la familia que llegó para quedarse. Su casa terminó por ser ocupada de manera total por una de sus hijas cuyo marido es un malandro que le hacía la vida de cuadritos. De eso nos enteramos después cuando por fin respiró aliviada ante la vista de su cuarto en el segundo piso, un lugar iluminado con un amplio ventanal  orientado hacia el este por donde el sol se asoma. Siempre nos dijo que esa era la mejor vista que había tenido en su vida. Y tiene razón. Cuando mi padre llegó a esta ciudad con su maleta y la esposa embarazada se dio cuenta del potencial de la zona. Una colonia en el norte de la ciudad en una zona elevada. Las lluvias no inundaban las calles por el declive y la vista al valle era preciosa. Por eso la señora de la limpieza adoraba el que se le hubiese permitido esa habitación en el  segundo piso.  Esa era mi habitación de estudiante, otrora inundada de posters de bandas de rock progresivo de los setentas y ochenta. A mí también siempre me gustó. Sobre todo después de las fiestas. A mi padre no le importaba mucho mi hora de llegada porque en ese entonces la ciudad era un remanso de paz, lejos de la violencia que se oía en el norte.

Mi madre se rehusó a usar la andadera por un par de años. Nos vimos en la disyuntiva de colocarle un casco por la proclividad a caerse, segura de la fuerza de unas piernas que fallaban sin avisar. La transición no fue tersa. El orgullo le decía que sería vergonzoso que amigos y familiares la vieran así, asaltada por la senilidad sin derecho a réplica. Y no podíamos estar todo el tiempo para cuidarla. Pero la idea del casco la incomodó aun más. A pesar de su edad tiene la vanidad intacta. Su cabello blanco aún es abundante y le encanta cepillárselo. El manual de los biennacidos indica que los hijos en alguna etapa de la vida se convertirán en padres de sus padres. Una vuelta a la semilla de la vida, el árbol que se marchita pero aún hay que regar. Regarlo con amor. Contrario a los gringos, expertos planificadores hasta de la senilidad.

Mi madre me ha pedido que vaya a la tienda. Ya no puede cocinar pero le encanta sentarse en la mesa de la cocina a darle indicaciones a Lola, la que nos ayuda. Aunque le tiembla la mano, tiene todavía la letra lo suficientemente clara para escribir lo que piensa cocinar en el día. La rutina de levantarse de la sala a la cocina no ha variado. Justo a las 10:45 estira el brazo a la persona más cercana. Arrima el andador y con un gigantesco esfuerzo se dirige a la cocina. Hace ya unos veinte años, en los albores de la enfermedad de mi padre,  él le dijo que ya no era posible invitar a gente de la calle a comer. Esa era una costumbre adoptada por mi madre en el lugar en el que creció. Siempre nos dijo que la comida no se le negaba a nadie hasta que los asaltaron. Y ella envejeció de repente después del asalto. Y de manera inexplicable.  Quizá  tiene que ver con el crecimiento de las ciudades. Barrios otrora pacíficos hoy son blanco de la delincuencia. Ya no hay carros abiertos y puertas sin seguro. Ya no hay bicicletas tiradas en el patio o tanques de gas sin cadena. Ya todo se fue al carajo. Mi madre le explica a Lola los ingredientes y sus cantidades para preparar un estofado de pescado. Es una receta que se le ocurrió a ella. Lola la escucha con atención a pesar de haber hecho ese mismo estofado más de mil ocasiones. Cuece los vegetales y los sazona, le da a probar el caldo a mi madre que sugiere y le sonríe. Hay amor entre ellas. Salgo a la calle y bajo la avenida. Mi padre describió al asaltante como a un tipo espigado y moreno, con una seña particular que le intrigó. Decía que había que ser inmensamente estúpido para ir por la vida asaltando gente con una cara tan rara. Y lo recuerdo justo ahora. Después de retirarse, la vida de mi padre se vio pocas veces alterada. Viajó mucho y siempre soñó con terminar esa vida gitana, con sentarse en el sillón a ver la televisión hasta que se le reventaran los ojos. Y lo cumplió. Por eso el asalto movió la rutina de manera inesperada. Aunque hayan pasado veinte años desde el asalto, su narrativa sigue ahí, rebotando. Durante meses mi padre no habló de otra cosa. Llamó a la policía y contó el incidente con pelos y señales. Era un fanático de las películas de detectives. Describió la escena con detalles que hicieron que los policías arquearan un poco las cejas.  Pero contaba el asalto con tanta pasión como si quisiera que lo asaltaran más seguido. Por eso lo recuerdo de manera nítida. Porque se convirtió en su historia favorita. Bajó a pie la calle principal, otrora una vereda. Así le decían, la vereda, porque hay nombres que llegan para quedarse. Cuando mi padre pudo al fin construir los dos cuartos de lo que sería la primera etapa de la casa, esa sección de la ciudad aun no tenía nombre. Muchos la identificaban como la coyotera, los confines de la ciudad, y su calle principal solo como la vereda. Aunque con los años y el crecimiento, la colonia dejó de ser la coyotera para convertirse en una colonia con nombre de héroe nacional, y la vereda pasó a ser una calle que con el tiempo se convertiría en un boulevard, claro, con nombre de fecha histórica, la 18 de mayo.  Lo que mi padre omitió decirle a la policía era que ellos habían invitado al asaltante a comer. Ese siempre fue el meollo del asunto. Un tipo que toca la reja y mi madre saliendo con su sonrisa. Siempre cocinando en generosas porciones, congelando la comida en bolsas de plástico para calentarla de nuevo cuando se diera la ocasión. Y mi padre abriéndole la reja al tipo que sonríe. Porque los asaltantes desde luego deben fingir cierta clase de inocencia. Quizá haya otro tipo de asaltantes, pero en este caso, el tipo alto y desvalido que a duras penas articula palabras jamás representaría una amenaza para un matrimonio que en su casa ha recibido decenas de su tipo. Desde aquellos que por puro agradecimiento limpian el patio o lavan los trastes hasta los que no contentos con tener la panza llena tienen el descaro de pedir dinero. Mi padre siempre se los negaba aunque mi madre hiciese el intento de alcanzar el monedero ante la mirada asesina de mi padre, que le decía que era suficiente con alimentarlos. Por eso no dudaron en sentarlo a la mesa, porque para matar la aburrición pueden hablar con alguien diferente cuya vida es una tragedia que tiene un momento de paz justo allí, en esa mesa donde se comparte la comida de manera generosa. Migrantes y drogadictos, madres que buscan a sus hijos, abuelos abandonados y un largo etcétera.

Y mis padres los escuchaban con atención, desarrollando una técnica muy efectiva, levantarse con discreción para abrirle la puerta al invitado, asegurarse de que su vida siguiera ese derrotero trágico. No sé si hacerlo les produjera alguna forma de satisfacción.

Ya no hay tiendita sino mercado. A la tiendita de Don Cosme la secó la cadena de supermercados que ahora se reproducen como la hierba en cualquier suburbio. Las ciudades dejan de tener alma y se convierten en copias unas de otras. Voy surtiendo los ingredientes mientras los demás clientes recorren a diferentes ritmos los pasillos. Los carniceros actúan con displicencia, como si fueran dueños del tiempo de los demás. Al menos eso pienso yo mientras me despachan las pechugas de pollo deshuesadas que me pidió mi madre. Todo va al carrito. Mi padre dijo que el tipo los amenazó con una pistola. Que la traía escondida en la ropa. Que quién era él para revisar que los invitados a comer en su casa no trajeran armas. Eso le dijo a la policía. Les dijo que el asalto ocurrió unas horas antes, pero como no comprendía bien a bien lo sucedido no habló de inmediato. Yo nunca me pregunté por qué tardó. Los ancianos tienen dinámicas diferentes, ven el tiempo de otra manera, como un triunfo. La niñez es un periodo de días interminables en los que tu cuerpo cambia de manera imperceptible. La vejez es cerciorarte de levantarte en la mañana. Quizá sea tu último día. Conocía bien a mi padre y sus manías, por eso no me extrañó. Lola y mi madre siempre se rehusaron a hablar del incidente. Cuando intentaba cuestionarlas lloraban. Entiendo que es un asunto traumático, pero desde mi perspectiva era solo un asalto. Eso pienso y luego pienso en la estupidez de no haber llevado mi coche. Ahora la casa está en la colina y será una prueba para mi condición subir con las bolsas del mandado llenas. Pero las mujeres piensan diferente de los hombres. Lola y mi madre  están sentadas en silencio. Lola  le acaricia el cabello. Mi madre sonríe con tristeza. Pareciese que está a punto de llorar.  Hace un gesto para que arrime una silla y me siente frente a ella:

—El asaltante nunca salió de la casa—me dice conteniendo las lágrimas—está enterrado en el patio.

Jueves, 28 Marzo 2019 06:38

La conversación. / Adán Echeverría. /

 

La conversación.

Adán Echeverría.

 

 

Habían sido varias las noches que la tenía al otro lado de la pantalla de mi ordenador. Primero cumplía como padre, durmiendo a mí bebo y atendiendo a mi esposa a quien me gustaba tener bien cogidita, como debe exigir y ser tratada toda mujer. Nada de dejarla a medias. Un hombre con una hembra en cama, no debe levantarse ni dormirse hasta que quede bien relajada y pueda gozar de un sueño reparador. Para eso ellas viven con los hombres y no para soportar nuestra mierda.

¡Ah, mi esposa y esas sus tetas que no dejaban de chorrear leche! Bien nos lo había dicho el pediatra: si usted sigue estimulándola, ella seguirá lactando; así que para qué parar. El erotismo de quedar con los labios, la barbilla y el pecho bañados en leche materna no tiene comparación. Y ésos sus enormes pezones, eran el premio después del embarazo. Mi bebé ya tenía tres años, y claro que desde los diez meses mi esposa le retiró el pecho, pero esa leche que aún seguía produciendo la había reservado para mi, que tan glotón siempre me comportaba.

Mi trabajo de escritor comenzaba después de la segunda cogida, mi esposa era muy calma con respecto a mi dedicación, y me dejaba ser, porque una mujer que se siente bien atendida, no pone reparos en las actividades de su hombre. Yo era un tipo que se pasaba las noches escribiendo. En realidad dormía poco, terminaba con mi esposa a eso de las doce y media de la noche, y me levantaba a fumar un cigarro en la terraza, junto al carro, para mirar un poco la oscuridad exterior, ver pasar algunos trasnochados, mirar correr a los gatos por las azoteas, y sumirme en algunas ideas de meditación, las actividades del día, lo que había para el día siguiente, si necesitaba ahorrar dinero, si quería comportarme un poco mejor.

Aquellas lecturas de Samael Aun Weor me habían servido para poder meditar en las acciones realizadas durante cada día. Uno siempre despierta feliz, y la vida consiste en pasarse el día sin que nada afecte ese estado de tranquilidad. Vivir trata de eso, -decía el gnóstico- insistir en continuar sintiéndonos felices al llegar la noche, y yo asumí esas posturas. He ahí el reto, la posibilidad de sostener la búsqueda de la felicidad. Para eso servía recorrer una a una las acciones de nuestro día. No como un iluminado, o un fanático de la meditación, claro que no. El ejercicio me duraba lo que tardaba en consumirse mi cigarro, y luego volvía a la casa, abría el ordenador y me ponía a escribir cuanta historia me venía a la cabeza.

Así es como llegó Francia. Una noche me pidió amistad y no dudé en aceptarla, apenas la tuve en la red social comencé a revisar sus fotos, una más sexi que la otra, y cuando pensaba que esta chica me volvía loco, que se metía a las neuronas como un gusano, me topaba con otra fotografía donde se veía aún más sexi. Ella poniéndose los calcetines blancos en sus pequeños pies de bailarina; sabía que era practicante de ballet clásico porque veía las fotos donde entrenaba, y aunque las fotos de sus galas no me parecían importantes, sí las fotos tras las bambalinas, esas fotos invasivas que ella compartía. Sus manos alrededor de sus tobillos, para darles un masaje reparador, ella amarrándose las zapatillas, ella mirando coqueta el espejo mientras se alisa la faldita transparente para salir a escena. Ella con el maquillaje blanco y esos pequeños trazos de plata-metálico que le ampliaban los ojos, y qué hermosos eran los ojos de Francia. Siempre he perseguido esas cosas íntimas en la mujer. Por eso me había detenido en el álbum de sus fotos, para poder entrar de lleno sobre su intimidad, sobre ese erotismo que muestra en cada imagen: Una foto donde sopla sus dedos, haciendo una "o" con su labios, mientras expelía su aliento (seguro con olor a fresas) para secar el esmalta verdiazul de las uñas de sus manos. Se ponía una corbata y se hacía los nudos, mientras vestía alguna camisa blanca de hombre, y se metía un sombrero en la cabeza. La foto donde tenía ese 'body' azul con que entrenaba en el gimnasio. Aquella donde levantaba las piernas –duras piernas de bailarina- sobre el escritorio mientras sostenía frente a sus ojos aquel ejemplar de Bram Stoker. No la quería inteligente, y no la imaginaba leyendo a Kant, o pensando en alguna intrascendencia de Foucault, pero verla sostener un libro, mientras jugaba a mordisquear sus lentes me excitaba; como aquella foto donde mostraba la nuca, o donde regalaba una mirada a ese pavorreal que se había tatuado en el abdomen. Sus pequeños pies torcidos por el ballet así, sin esmalte en las uñas. O donde estaba de pie y de espaldas, y giraba un poco el torso y miraba la cámara con rostro de gatita traviesa. Todos los clichés de esa coquetería que una hembra dulce y fanerógama puede mostrar.

Lo que me encantó de ella es que no era de esas chicas que solo se toman selfies y listo; Francia sabía muy bien que la mujer que ahora nos revienta los huevos es aquella mujer en toda la extensión de la palabra: no un pedazo de carne que lamer y listo, sino una que es trabajadora, o ama de casa, y madre, o profesionista, activista de ideas liberales y no de pintas y cartulinas con faltas de ortografía; una mujer que pasa su vida y horas en ocuparse tanto de ella como de los suyos. Hembras poderosas de las que uno debe rodearse siempre. Y esas fotos donde cuidaba a sus hijos, y los llevaba al parque me atraían todavía más. Francia comenzó a llenarme las noches después del zafarrancho diario con mi mujer. Y era algo que decir, el hecho de olvidarme de la leche de mi hembra chorreándome sobre la barba y el pecho, para irme a mirar las fotos de esta hembra que había aparecido en la pantalla de mi ordenador. Apenas encendía el equipo, entraba a mi página del feis, y me dedicaba a mirar todo lo que Francia había hecho durante el día, la miraba en silencio, con la idea clara de que ella no estaba enterada de mi incursión a su vida. Y todo era así de básico para mis necesidades en aquellas madrugadas cuando me contactó.

Fue muy directa, después del Hola, me preguntó si en verdad me gustaban tanto sus fotos que me la pasaba mirándola todas las noches. No supe qué cosa decirle en ese momento, pero ella me hizo sentir en confianza diciéndome que se sentía halagada de estar siendo apreciada. Y entonces reparé en que le había dado clics a todas sus fotos, y eso lo había estado haciendo sin percatarme de ello. Qué tonto me había visto. Era un maldito acosador nocturno, y quería pasar desapercibido. Y vi que se abría de nuevo la ventana del chat y una foto de ella me esperaba. Me había enviado una foto sonriente, coqueta, con muy poca ropa, diciendo: Esta no la publicaré, es una foto que me tomé solo para ti.

– ¿Estás listo para tenerme esta noche?- y agregó otra imagen, ahora con su boquita pintada de rojo y con pequeñísima pedrería de fantasía fina. El juego había comenzado sin reticencias. Los dos nos dijimos cosas sucias desde el tercer mensaje. A su "Qué haces despierto a esta hora; ¿no deberías estar cogiendo?", contesté: "Me recupero de ello. Ella duerme, y yo tengo lista la cabeza para pensar y escribir." Me olvidé de toda aquella meditación rutinaria en la terraza de mi casa. Era claro que yo no iba jamás a ser un tipo religioso, ni filósofo, ni gnóstico ni nada que se le pareciera. Mis instintos eran tan humanos como animal en celo que me sentía, deseoso de aquella mujer que había dado aquel paso hacia mí.

- Y en vez de escribir, ahí vas a buscar "viejas" para tontear, ¿verdad?

- ¿Qué puedo hacer?, ellas aparecen, tan lindas frente a mis ojos.- ¿Cuánto puede uno resistirse a la presión de una hembra de esta naturaleza? Irradiaba tanta seguridad en sus frases, como en el hecho de enviarme fotos, que no me daba tiempo de sentirme halagado como en pensar que algo de raro tenía aquello.

-¿Cuándo me dejarás verte? Esta semana mi esposo no estará, y puedo decirle a mi madre que se quede con mi beba.

Francia era madre de una beba de tres años, justo la edad que tenía mi hijo. Eso de las repeticiones que seguido nos ocurren; en muchas de sus fotos aparecía con su retoño a un lado.

- ¿Estás decidido para que arruinemos nuestra historia de parejas casadas y fieles?- y esto lo dijo acompañado de una foto donde me dejaba ver su ombligo y justo donde empiezan a notarse sus vellitos del pubis.

-¿Cuándo podré verte?, - leía yo, mientras me enviaba una foto de sus piernas y sus hermosos pies con las pintadas uñas de rojo.

Estaba a punto de contestarle que claro, que mañana mismo vería cómo hacerle para verla, y escuché a mi espalda la respiración de mi esposa con su: "¿Cómo vas con el cuento?, ¿quieres que te prepare un café?"

Sentí que se me caían los huevos al suelo por la sorpresa. Uno nunca será tan rápido para cambiar de pestaña y ocultar el programa, o en mi caso para minimizar la pantalla de la conversación que sostenía con Francia. Pero mi esposa tampoco sería tan rápida para mirar detrás de mi espalda y ver con quién estaba conversando. Mientras hacía todo para cambiar de pestaña de la manera más natural y discreta que podía para ocultar el chat (iluso), me di vuelta para quedar frente al rostro de mi mujer que bebía un vaso de leche, algunas gotas terminaron de caerle por la barbilla.

- ¡Vaya que se me cae la leche!- dijo risueña, mientras yo la jalaba hacia mí, y la sentaba en mis muslos. Comencé a lamerle la barbilla.

- No tienes llenadera, ¿verdad?

- Me gustas mucho,- alcancé a decir. Y la ventanita de la conversación con Francia comenzó a parpadear, como señal de que me seguía escribiendo.

Yo no podía dejar que mi esposa viera el monitor, así que aprovechando la silla giratoria, di vuelta para que ella quedará de espaldas a la pantalla, montada sobre mí, lista para ser besada y penetrada; no traía calzones, y aproveché la erección que ya tenía por las fotos y la charla con Francia, y comencé a meterme a ella. Mi mujer dio un sorbo a la leche del vaso, y giró para dejarlo sobre el escritorio junto al ordenador.

Yo le mordí una teta, tenuemente, para que no dejara de mirarme, y la tela de su blusita de algodón se mojó con la leche que aun le salía de los pezones erectos, y con mis dedos comencé a explorarle los vellitos alrededor de su ano; ella estaba montada conmigo dentro. Me puso las tetas en la cara, y moviéndose cómo la hembra dueña de mí que se sabía preguntó:

- ¿Ya terminaste de hablar con tu amiga?

Fingí no escucharla. Era verdad que lo había dicho sin subir de tono, y así como si nada. Traté de concentrarme en ella, pero sabía que la sangre abandonaba mi pene y me subía al cerebro. Me encanta ir metiéndole de a poco los dedos en la raja, es algo que se que ella disfruta, y me pone duro de inmediato, rozarle el culo con la yema de los dedos, pero la pregunta de mi esposa flotaba en el aire como un fantasma que decía: "Que pena me das, pobre pendejo". Ella me tomó de la cabeza, para mirarla de frente y repitió:

- ¿Ya terminaste de hablar con ella?- supe que no había escapatoria. Yo era un tipo derrotado. Mi mujer tenía la última palabra y no había nada que decir de mi parte. Se salió de mí, cogió su vaso con leche del escritorio.

- Me voy a dormir. ¿Vienes?

Y supe que esa era la frase final, en ella estaba inscrito un "Te perdono, pero ven de inmediato tras de mí".

Cerré las pestañas de los programas sin pensarlo más. Apagué todo de inmediato. La idea de Francia había salido por la ventana junto con mi hombría. Era yo un hombre dominado por el miedo. Un ratón que no tenía posibilidades. Fui derrotado por el poder que mi esposa tenía sobre la infidelidad en que me había descubierto. No quise decir nada y fui a la habitación. Ella estaba acostada bajo las sábanas. Creí que comenzaría a discutir, que al día siguiente me dejaría, y no tenía más nada que decir. No había pasado nada extraordinario, pero había decidido ver a Francia, me había ganado la lujuria, y estuve decidido a arriesgarlo todo. No supe nunca, no podía saber, desde cuando mi mujer estaba detrás de mí. Yo platicaba y me ponía de acuerdo con Francia cuando escuché su voz detrás. Ella era dueña de la información, y del destino de nuestra relación. Pensé en mi hijo, en el trabajo, en qué haría al despertar y en cómo enfrentar un nuevo día.

Levanté la sábana, y ella se volteó hacia mí. Me metí dentro de ellas y sentí la desnudez de mi esposa, y la humedad de su pubis que rozaba mi pierna, como un molusco que iba lamiendo mi rodilla untando su exquisita mucosidad. Me jaló del cuello y me dio un largo beso para decir en un gemido, mientras arrastraba una mano por mi pecho y mi abdomen, hasta tomar mi pene entre en sus manos.

- Te quiero dentro de mí.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

Raico y el llanto de la luna

Felipe Díaz

 

Cuando vamos al Parque Nacional, Raico abanica la cola con fuerza, brinca y da impacientes vueltas alrededor de mis pies. Estoy convencido de que se conecta conmigo, que lee mi mente y sabe cuándo y a dónde saldremos.

 

El sábado que desapareció, no hubo instinto que presintiera lo que iba a ocurrir. Brincó a los asientos traseros del auto y durante el viaje asomó alegre su cara en la ventanilla. En cuanto me estacioné, saltó y corrió con grandes zancadas para luego derrapar en las hojas secas.

 

Lo perdí de vista unos instantes, para luego escuchar su ladrido incesante. Pensé que se habría encontrado una ardilla o un conejo. Cuando llegué al lugar donde provenía el sonido, lo vi con sus patas bien afianzadas a la tierra y ladrando con vigor frente a un árbol de tamaño descomunal. –¡Raico, Raico, ven acá!– grité varias veces mientras me acercaba. Estando a unos pocos metros, el árbol se ensanchó y un gran hueco se abrió en el tronco y Raico fue succionado en él, lo devoró. Me pasmé por un segundo para luego correr y patear con fuerza la corteza. –¡Regrésame mi perro, maldito, regrésalo!– gritaba inútilmente sin dejar de arañar y pegar en la ruda piel del árbol. Busqué ramas para golpear la madera. Fue inútil, parecía estar hecho de piedra.

 

Frustrado y triste me senté en la hierba y escuché el ladrido apagado de mi querido amigo. –Se ve que lo quieres mucho.– dijo el árbol con voz áspera– Si quieres volverlo a ver, deberás cumplir un deseo. Ustedes se pueden mover, ir a donde quieran, pero yo, estoy condenado a vivir fijo a este lugar. Para recuperar a tu compañero, deberás conseguir llanto de luna y regar mis raíces con él– Luego el silencio volvió a invadir el parque. Tampoco escuchaba más a Raico.

 

No podía apartarme del lugar, no quería dejarlo encerrado dentro de ese cruel monstruo. Esperé a que anocheciera para pedirle a la luna el agua de sus sollozos, pero las ramas del árbol me impedían verla. Para tener mejor vista, trepé entonces a una piedra que tenía el tamaño de un elefante.

 

La luna resplandecía ante mí y comencé a gritarle: –luna, luna brillante, por favor regálame tus lágrimas para poder rescatar a mi amigo que está encerrado bajo la corteza de un árbol–. Grité desesperadamente hasta que comencé a perder mi voz. Cansado, me senté en la roca y escondí la cabeza entre mis rodillas. Jamás había estado tan triste como en esa noche.

 

–¿Qué te aflige, hombre? ¿por qué estás tan triste?– me dijo una voz maternal que resonaba en la tierra. Volteé rápido hacia la luna, pensando que por fin me respondía. Nada, seguía tan distante e indiferente como lo estaba antes. –Soy yo, querido, la piedra donde estás sentado, cuéntame, ¿qué te ocurre?–. Agaché nuevamente la cabeza y le contesté: –Ay piedra, he perdido a mi perro y tengo miedo que sea para siempre. Él es todo lo que tengo en mi vida. Siendo apenas un cachorro, llegó a mi casa muerto de frío y de hambre. Al principio yo no quería tener la responsabilidad de cuidarlo, alimentarlo y limpiarlo, además los perros destrozan muebles y zapatos. Yo solía alejar a los perros callejeros a pedradas, cuando llegaban a buscar comida en el bote de basura. Como aullaba triste frente a mi puerta, me compadecí de él y le di un poco de leche y pan para que se callara. Una vez saciada su hambre, volvió a chillar de frío. Sin poder dormir por tanto ruido, abrí la puerta y lo arrastré a mi baño. Ahí también continuaron sus aullidos, ahora de soledad. Fastidiado, abrí la puerta y le puse un cartón en el piso para que se echara sobre él. Cuando amaneció, estaba subido en mi cama, acurrucado en mis piernas y durmiendo con mucha tranquilidad. Ya no me molestaba su presencia, al contrario, sentí mucha calma. Desde entonces somos amigos inseparables. Él sabe cuando estoy triste o enfermo, cuando algo me preocupa o me molesta, y su simple presencia me llena de paz. Nunca me guarda rencor aunque yo lo castigue con firmeza, siempre espera mi regreso y nunca me exige nada. Aun cuando sólo duerme a mi lado, me comunica su amor–.

 

Estaba tan absorto en expresarle mis sentimientos a la roca, que no me di cuenta que el parque estaba ahora brillante, iluminado por una luz más blanca que la del sol. Cuando mis ojos se acostumbraron a la claridad, percibí la cara de la luna cubriendo todo el cielo. Estaba tan cerca que quizás hubiera podido tocarla. Me miraba con ternura. Sin decir una palabra, comenzó a llorar. Sus llanto era abundante y de plata, y formaba ríos que atravesaban el parque.

 

“¡Gracias!”, grité con fuerza y salté de la piedra. Corrí con toda la energía que tenía. Mis latidos iban aún más apresurados que mis zancadas. Todo cuanto era tocado por ese torrente, se volvía resplandeciente. Cuando llegué al árbol, las raíces comenzaban a cobrar vida en cuanto eran tocadas por la plata. El robusto tronco se abrió en dos y en el centro, agitando su cuerpo serpenteante, estaba Raico, gimiendo de felicidad. Al verme saltó hacia mi empapándome a lengüetazos.

 

El árbol hizo un ruido portentoso al quebrarse. Ramas, hojas y raíces se convirtieron en fulgurantes plumas de espectacular tamaño. Segundos después, lo que antes era madera y vegetación, ahora era una gran búho que aleteaba con vigor. Alzó el vuelo, y junto con la luna, comenzaron su trayecto hacia el manto de la noche.

 

Raico y yo observamos constantemente el cielo durante las noches claras. Ahora la luna viaja acompañada de una radiante estrella.

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
Sábado, 23 Marzo 2019 06:49

Un Cóctel de la locura / EL SEIS /

 

 

Un Cóctel de la locura

EL SEIS

 

He bebido de todo esta noche. Me he preparado un vodka, con algunos cubos de hielo, jugo de naranja fresca, una porción de cinco gotas de clonazepam,… y todo sigue igual. Busco entre los cajones de un moderno escritorio; encuentro cannabis, de buena calidad, la huelo, y me quedo con su olor, saco de entre las bolsas de mi pantalón de mezclilla, un poco de cocaína, me preparo con toda calma, un “primo”, lo enciendo, y lo inhalo, con un placer inmenso. Me miro un poco en el espejo de mi estudio; estoy lívido, pálido, cualquier persona diría: Es un (de)mente. Bebo con un gusto especial, cada trago de mi elixir elevador del alma; mientras fumo suave, con calma, mi “cigarro cósmico”. Se escucha una melodía de blues antiguo, rudimentario, elemental, casi… como el sonido del dolor, el intérprete es blanco, y eso lo sé, porque, siempre me ha gustado más la música tocada por anglosajones. No soy racista, sólo es cuestión de gusto estético. Estoy que me devoro a mí mismo, en este momento, ahora, sólo es cuestión de lanzarse al vació, no es doloroso, adelante. Soy pura soledad,… en el sentido semántico de la palabra, “no soy”, aunque exista disfrutando del entorno. El tiempo a transcurrido, sin que me dé cuenta, cuando menos con precisión. Me preparo, como todo un maestro, un poco de mezcal, en un vaso escarchado, le deposito una porción de hongo enmielado, agua gaseosa, y jugo de toronja. Después se escucha: Sehnsucht, que invade todo el espacio, con sus bellas notas. Me siento en un sillón suave, limpio, cómodo, de color negro, mientras pruebo mi cóctel de locura, ¡oh!, está exquisito. No logro estar en mí, o si lo estoy, no lo sé, me siento, al borde del hastío. De pronto percibo una presencia, muy cercana a mi ser, alguien que se allega suave, como gata herida. ¿Quién será…?

--¡Hola, amor!

No pude contestar absolutamente nada.

--¿Cómo estás?

Iba a responder: me estoy muriendo, pero, mejor me quedé callado, como un muerto…

--Te puse música, para que estés alegre y feliz.

No era necesario, pero, es buena idea, pensé en lanzar las palabras, pero no lo hice.

--Te he estado esperando, tengo mucho tiempo aquí en este espacio, tanto, que hasta ya perdí la noción de todo.

--¿Eres la noche?

--No, soy Helena.

--¡Hola, querida!

--Te he estado observando un buen rato, cobijada en la oscuridad, y estás guapísimo. Pareces un ser etéreo, que viene de algún lugar donde sólo hay tristeza y abatimiento.

--Quiero no ser…

--¿Dónde estabas?

--En la metrópoli.

--Enciende un poco la luz.

Ahí está la dama bella; vestida con una bata transparente, blanca, sin corpiño, pero con unas bragas diminutas, de color rojo, medias blancas, y zapatos rojos. Es dueña de unas piernas perfectas, bien torneadas, que al moverlas es como una danza del placer eterno. Sabedora del efecto que me producen sus extremidades inferiores, me las muestra en toda su plenitud, ¿oh?, qué hermosa mujer. Me llevo a mis labios el vaso de cristal, para saborear otro trago del menjurje alucinógeno. Ella, retira de mi boca la “pócima”, y exclama: Dejemos para otro momento, tu bebida explosiva. Me besa suave, con calma, y sensualidad, primero, mis labios, después mi rostro, luego, mi cuello. Me quito la camiseta, es de color negro, hago lo mismo con el pantalón de mezclilla, y me quedo en puro calzón azul. Me lame todo el cuerpo, desde el rostro, hasta llegar al falo, donde se queda hechizada, por largo tiempo. Después se sube sobre mí, hacemos el amor, el coito, la cópula. Nuestros cuerpos son el vaivén mismo, el interminable movimiento, un temblor trepidante, hasta oscilante. Somos dos soledades en búsqueda, y una vez juntas no desean separarse jamás. No hablamos, ninguna palabra sale de nuestras bocas, solo una magnifica sinfonía de gemidos, invade el todo. Es como llegar al Nirvana, solo que nuestros vehículos son nuestros cuerpos, sanos, vigorosos, lozanos, llenos de sensualidad, y erotismo. Quedamos exhaustos, complacidos, como en estado de gracia, solo nos miramos, como si hayamos consumido una droga deliciosa. Mi pareja bien sabe, que ella es mi única y mejor dosis, para elevarme hasta los pechos blancos de la luna.

--¿Te gustó?

--Me encantó.

--Lo sabía.

--¿Por qué?

--Es evidente que lo disfrutaste.

Iba a decir que sí, pero preferí quedarme callado. Además ella bien sabe, que me vuelven loco, desquiciado, sus piernas magnificas.

--Sabes que te amo.

--Lo sé.

Se levanta mi hembra, y elige una canción: Sanjay Mishra, y la música hindú se hace presente. Mientras nos preparamos, para saborear un licor helado, lleno de sabor y locura. –Todavía sigues viendo a la adolescente, de un lunar en la comisura izquierda de los labios, creo… que se llama Nubia. Pienso que contesté en sentido afirmativo, porque, la imagen de la pequeña me invade todo. –No creo que sepa fornicar como yo, ¿o me equivoco? Si es que respondí (no lo recuerdo), dije que no. --¿Entonces porque la sigues visitando? Me volví a servir otro trago de baco, y hacía como que no la escuchaba. –Tengo seis meses contigo, y me fascina estar a tu lado, aunque tengas muchas amantes. Nunca te he visto con una fémina horrible, fea, vulgar, sé que tienes buenos gustos, hasta la exageración. Tomo un cigarrillo blanco, le prendo el cuerpo, y le empiezo a quitar la vida en cada inhalada. No tengo deseos de escuchar a mi amante en turno, bueno no de esos temas… --No te estoy reclamando nada, cuando te conocí, recuerdo que me comentaste: Yo tengo muchas chicas bellas, espero no te moleste. Además ya me habían comentado un poco sobre ti, y sabía perfectamente, como te comportas en la vida. La miré inquisitivamente, y se calló por un momento. Le entrego unas líneas de cocaína, y la invito a saborearlas. Pasó el tiempo, como jinete degollado, dejando en su cabalgar, sólo polvo añejo. Estamos como dos esculturas de mármol, esculpidas sólo por las manos de la orfandad. En ese preciso momento timbran en mi puerta de madera, se escucha como un anhelo, que desea llegar hasta mis huesos. Me extraña que Helena no abra, es más… estoy esperando. –Puedes atender, amor. Me levantó, sin prisa, y el sonido, como un violín desafinado, no deja de llorar. Quitó el seguro, y ¡ahhh!, ahí está ante mis ojos de miel, la entrañable mujercita, de falda corta, ojos tristes, cuerpo perfecto, y esa sonrisa enloquecedora. –Hola mi vida. ¿Cómo estás? La abrazo con mucha sensualidad, mientras le levanto la falda, para mirarle el trasero de ensueño, trae puesta una tanga de color rojo fuego. Le toco con un goce desmedido sus glúteos perfectos, diseñados por la pasión de sus padres. Me besa con todo su amor, y una enorme exaltación sexual. –Es bueno verte, me haces falta, mucha. Tenemos seis días que no hacemos el amor, te requiero, ahora. Le contesté que a mí todas me necesitan, siempre, toda la vida. Después, un sentimiento extraño, me hace sentir muy bien, perfecto, como un psicótico, recibiendo electrochoques. Llega al sillón, (ese cuerpo encantador) donde hace, algunas horas he fornicado, y se sienta, ya está en ropa interior. La desvisto toda, y la contemplo a mi entera satisfacción, ordenándole que asuma diversas posiciones, sólo para mí. La acomodo en forma ideal para iniciar el acto sexual, cuando se aparece Helena, y me explica: --La invité, considero que la necesitas, con urgencia. Siempre me preocupo de ti, bien lo sabes, querido. Inicio con mis actividades sexuales, con mi pequeña, disfruto de todo su lindeza. Ella si habla, suspira, gime, y hasta me rasguña la espalda. Mientras grita: Todas mis amigas te amamos, te deseamos, te admiramos, te adoramos, eres nuestro amor, el mejor de todos. Entretanto, cerca de la cama nos observa mi amada de piernas esplendentes. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos amándonos, lo que nunca se me olvidó fue el placer tan inmenso, de copular con semejante cuerpo. Fue exquisito. Ahora tengo a mi disposición (en este momento) a dos seres hechos para el amor total, y me pertenecen.

--Brindemos.

--¡Claro!, amor, exclamó Nubia.

--¡Salud!, querido, me dijo Helena.

--Las quiero a las dos, son muy hermosas.

--Nosotras somos tuyas, siempre.

Allá afuera; la gente mediana, común, busca cuestiones tan absurdas, como incrementar su haber económico, su posición social, y hasta pierde el tiempo en lastimarse, en odiarse, y en llorar furias.

--Ja, ja, ja. Yo Alejandro, “sumo sacerdote” del hedonismo, me siento feliz, con mis dos lindas y exquisitas feligreses. 

 

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Viernes, 08 Febrero 2019 07:03

Ese dolor ya lo he sentido / Deana Molina /

 

 

Ese dolor ya lo he sentido

Deana Molina

 

La primera vez que lo vio estaba de rodillas sobre el piso de tierra endurecida por el tiempo, el riego y el paso enérgico de la escoba; él, con el oído pegado a esa extraña superficie metálica gris abría sus ojos y sonreía por desconocido motivo para quienes le miraban, mientras hacía girar con sus pequeños dedos un enorme botón negro, circundado de líneas y números blancos.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Juego —respondió, sin abandonar aquello que le ocupaba.

El silencio y concentración del pequeño quien permanecía arrodillado le llevó a retirarse y, justo antes de cruzar las cortinas floreadas que cubrían el marco donde un día estaría una puerta, escuchó decir con aguda voz:

—¿Qué es esto?

—No sé; pero mejor déjalo donde estaba —dijo el otro niño sin ver aquello a lo que se refería, por temor; temor que seguramente el niño sobre la tierra no sentía al levantar aquel objeto sobre sus palmas para mostrarlo, con su vista perdida en el vacío pero claramente dirigida hacia quien le acompañaba.

—Sí, pero…

—¿Qué haces? —interrumpió de pronto con gritos un hombre alto y grotesco que corrió a arrebatarle el objeto de sus manos, ante la sorpresa de quien le acompañaba.

—Demonio éste —rugía el corpulento varón con sus mejillas y boca temblorosas como olas de mar embravecido por la furia—. ¡Mujer! ¡Mujer! ¿Quién abrió la caja fuerte?- preguntaba mientras colocaba la pistola dentro del espacio pacientemente descubierto por el niño y cerraba la puerta de metal antes de tomarlo por los cabellos para sacarlo de esa habitación y llevarlo ante su esposa, totalmente cuestionante.

—¿Qué crees que hacía este demonio? ¿Qué crees que hacía? —repitió como si su voz se perdiera en el silencio de la soledad más sólida; ¡pues tenía la pistola en sus manos! ¿Cómo puede ser? ¡Cómo! —insistió como siempre que se dirigía a ella.

—No sé —contestó indiferente la mujer—, el único que la abre eres tú, así que el olvido es tuyo. Seguro la dejaste abierta y ni cuenta te diste; ¡es tu asunto!... como todo en esta casa —dijo entre dientes, como tragándose las palabras para sumarlas a tantas otras que le abultaban el pecho de años atrás.

—Y asunto tuyo cuidarlo —gruñó tras ella exigente—. ¿Qué tal si se mete un tiro el chamaco este? ¿Qué le dirías a sus padres? ¡Qué! Dime, ¡qué!

Sin contestarle siguió ante la estufa, rumiante de palabras sofocadas y cimbrada como columna, segura de que lo siguiente serían unos fuertes manazos en las nalgas del travieso, ante la sorpresa de quien aguardaba su liberación para ir en su busca.

—¿Qué hiciste? —le preguntó el compañero al niño recién golpeado, una vez alcanzada la distancia entre ellos y los enormes desconocidos que irrumpieron en sus vidas, como salidos de insospechada realidad.

—No sé; jugaba —dijo él, sin salir del asombro—. ¿Qué es una pistola?

—No lo sé, apenas la vi.

—Era fría —comentó entrecerrando los ojos—; un tubo frío y delgado pegado a algo más calientito y grande... Lo divertido fue descubrir el botón y la palanca detrás de la puerta de madera y escuchar todo lo que se movía adentro, sin saber qué era y menos que guardaba algo tan poderoso como para hacer rugir de miedo al gigante que me levantó de los pelos- concluyó, alineando sus labios en una sonrisa.

—¿No te asustó cuando te arrastró por el suelo? Fue horrible verlo aparecer y manotear y gritar como nunca he visto a una persona antes.

—No, no me asustó; fue divertido sentirlo temblar y saber que lo que hice le dio miedo… ¿era muy grande?

—Le llegabas a las rodillas, creo; porque yo corrí a esconderme.

—¿Quién era?

—No sé. No conozco a nadie y nunca había visto esta casa. ¿Por qué estaremos aquí?

—¿Y me preguntas a mi? Primera vez que escucho esas voces —le aseguró, llevándole el índice a la boca, como quien se esfuerza en recordar.

Al día siguiente —y muchos otros— amaneció la caja abierta de nuevo, para sorpresa y furia del hombre quien, enfadado por la repetida travesura, gritó enérgico:

—¡A formarse todos! Rápido, en fila y por estatura.

Tomándolo por la mano lo llevó a ella, mientras todos se preguntaban el motivo de la orden, inútilmente. La fila era larga y con personas de todos tamaños y edades, agrupándose frente a la puerta.

—¡El primero! —rugió el gigante, lanzando su voz como rayo sobre todos los niños, quienes empezaron a temblar con excepción de los hermanos que expectantes aguardaban al final, por desconocer los significados de esa dinámica familiar.

El primero en cruzar la puerta y acudir al llamado de la furia fue el más alto de todos, quien hizo salir de aquella boca oscura llantos y gritos de dolor.

—¿Qué sucede? —preguntó a quien tomaba su mano—, ¿por qué lloran así?

—No sé, pero da miedo escucharlo.

—¿Miedo otra vez?

—Sí. Y más y más cuando veo que nos acercamos a donde los hacen llorar tan feo; si pudieras ver la cara de los que faltan… tú y yo seremos los últimos.

—¿Y si no escapamos?

—No podemos… ¿a dónde iríamos?

Al alcanzar la puerta soltó su mano, paralizándose. Su mano resultaba un descanso siempre; su confianza le brindaba a su vez confianza.

—Anda, ve. No tengas miedo —animó con un murmullo. No sabes qué hay adentro; tal vez no es tan malo como se escucha…

—Pero todos han llorado…

—¡Y qué!, nada puedes hacer. Si hay que llorar pues hay que llorar, llorar y gritar como todos porque seguro duele lo que les hacen.

Me hubiera gustado pasar primero… es más doloroso esperar. Casi creo que cuando me toque pasar el dolor se habrá agotado y nada me pasará ya, sin importar lo que pase.

—¿Qué esperas que no pasas? —gruñó el gigante desde el umbral, asomándose por primera vez desde que dio la orden de formarse a los niños que jugaban, unos a las canicas, otros al trompo y otros a la matatena, bajo el sol ardiente de verano que los obligaba casi al desnudo, interrumpiendo sus risas y alegría.

Buscó entonces su mano para apretarla fuerte y tras un suspiro, bajo la amenazante mirada del tirano, fue a su encuentro.

El gigante, con los brazos en alto lanzó con fuerza sobre sus piernas desnudas dos sendos cintarazos que le paralizaron una vez más, por el asombro… nunca había experimentado tal dolor. No hubo gritos aunque sí llanto, un llanto silencioso y profundo que ahogó para no alarmar a quien guardaba siempre en su mano; dolor de saber lo que le esperaba, mientras le era posible tomarlo de la mano para conducirlo por el camino que los otros seguían.

—¡Y ahí se van a quedar toda la noche y sin cenar! —bramó quien azotó a los pequeños con furia, antes de lanzar lejos el cinturón y dejarse caer en el sillón que al centro de la habitación le soportaba, desvencijado, mientras ordenaba su cena, ajeno al llanto de los trece niños.

En el patio, entre las piedras y sus posibles rincones, con el rostro entre las piernas doradas por el sol, lloraban todos, lejos unos de otros.

—¿Qué pasa? —preguntó, apretándole la mano en un intento de brindar tranquilidad a su guía.

—Ven, busquemos un lugar lejos de todos —le dijo hipeando—; creo que eso es lo que sigue… no tengas miedo —murmuró como quien muerde entre los dientes algo que amortigüe las quijadas, con el sudor sobre la piel como salado baño sobre los ojos irritados de llorar.

¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta! Tiempo sin tiempo ni razón, suspendidos en él como el aliento que se aferra al cuerpo, desde el vientre hundido por el esfuerzo. ¿Qué somos entonces? ¿Acaso una hoja seca amenazada por el viento, cuando imperante azota al árbol para desprenderla en su levedad?

¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta! Cuando el silencio domina los espacios circundantes y la esperanza huye sin llevarnos a los parajes donde habita. ¿Cuánta desolación es capaz una persona de sentir? ¡Cuánta!

—No tengas miedo —le dijo una vez más a quien llevaba de su mano hacia un rincón, lejos de todos y cerca del hediondo baño al que debían acudir, cubeta en mano, salpicándose de porquería en su pequeñez.

—¿Miedo? —le respondió con firmeza—. ¿Miedo por qué si todo ya pasó? —le dijo con cierta tranquilidad—. Y el dolor de los golpes pasará pronto. Conozco ese dolor; seguido me golpeo cuando tú no estás, a veces tan fuerte como nos pegó el gigante. Sé, además, que no siempre estás… creo que me dolió más saber de tus golpes que de los míos, por eso no volveré a abrir esa caja nunca más.

Y así fue

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)

 

 

 

TEN CUIDADO CON LOS SUEÑOS

 POR: ARIANA ITZAMARA VILCHIS Y

MANUEL ALEJANDRO Q. CEBALLOS

 

 

En el último cajón se encierra el aroma de la primavera y se reconocen varios objetos que simbolizan la alegría. Están guardados algunos pétalos de casi todos los colores, y algunas páginas que tuvieron vida, y un día se desvanecieron. Esta habitación parecerá marzo o abril, lugar del nacimiento de las flores, si así lo deseas.

Camina, siéntete libre; son necesarias estas formalidades mientras me presento. Quiero mostrarte que no todo está perdido. Cuéntame tu relato de amor. Escoge la mejor parte, o háblame de alguna que no hayas vivido, yo te contaré más de los misterios que encierra esta habitación. Tengo un par de líneas que me he robado, y tal vez me guste algo de lo que me cuentas y lo use para ponerle el final a determinada historia que me interese. A veces mi sentido del humor es extraño, ¡no te asustes!; la culpa es de los diarios y sus secretos íntimos. (Ríe).

La última ocasión hice una correspondencia escrita con varias historias, pues me llegan muchas anécdotas inconclusas. ¿Alguna vez escuchaste de una pareja que se conoció años antes, y de repente se reencontraron y ahora viven felices? Algo así es este lugar, esta habitación a veces ayuda a algunos.

Por eso insisto que me cuentes lo deseado, sin que importe el tiempo que te lleve. En lo referente a las lágrimas, mi capricho actual es otorgarle a la luna el extenso mar, así que ten cuidado de no regarlas en cualquier lugar, nunca se sabe a dónde llegarán. Si llegaran al mar, todo acabaría, no habría retorno y la historia se olvidaría de inmediato. «La primavera llega en el momento más oportuno, incluso cuando ya no es temporada de flores».

Si te parece que todo está en orden, cuéntame tu historia, toma ésta fruta que simboliza un dominio. Usaremos una fresa del futuro, que represente la fecundidad y la sensualidad.

Camina despacio con ella cercana a la boca, gira en dirección de las manecillas del reloj, alrededor de aquel mueble y su cajón; cuando sientas frío en el pecho, muerde la fresa, roba su primavera. No te detengas si ves en el piso polvo de otros sueños.

Por ahora ya no te diré más que «Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas. Ella canta. Nos llama. La seguimos y jamás retornamos». Es tu turno.

 

 

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Miércoles, 16 Enero 2019 02:36

EL SECRETO / Columba Moreno Rodríguez /

 

 

EL SECRETO

Columba Moreno Rodríguez

 

 

¡Mamita, ya no quiero a mi papá!

 

Sé que ahora estás viejo y enfermo. No he querido ir a verte al hospital, no tengo ganas. Y estoy consciente de lo que mis hijos me han dicho: que los doctores no dan esperanzas y que es cuestión de días.

He tirado las cobijas, las almohadas y las sábanas de la cama porque huelen a ti. Si pudiera arrancaría, magullaría y me desharía de cada recuerdo tuyo, pero sé que los llevo adheridos a mí como retazos de cadáveres zurcidos a mi cuerpo, al igual que la criatura concebida en una noche de tinieblas por el doctor Frankenstein. 

 

¡Mamita, ya no quiero a mi papá!

Me sorprendo al oír el enunciado. Directo y ansioso. Palabras de Matilda, mi hija, de mi aún pequeña hija, la segunda de cuatro y un quinto en camino.

Está ávida de contarme por qué no quiere a su papá. Yo la escucho muy atenta y conforme su relato avanza, siento como mi piel, mis huesos, mis entrañas, todo en mí se torna frio y sudoroso, para devastada desplazarme a la oquedad más fétida.

 

Ahora son los cuates: Pedro y Ricardo, mis hijos, los doceavos y últimos, los que insisten en decirme que preguntas por mí, que te sorprende ¡No! Que te exaspera que no esté ahí, acompañándote.

¿Y cómo podría estar? ¿Por qué debería estar?

 

Llorando recoge su muñeca de la cama para abrazarla fuertemente. No comprende que el líquido que se le ha pegado en las manos y que ha manchado a su muñeca, también la ha ensuciado a ella.

Mira entre sus piernas y su inocencia es precursora de malos augurios; cree que ha sido herida. No sabe que ya ha traspasado el umbral de la muerte a pesar de continuar con vida. Aterrada por la mezcolanza de semen y sangre se repliega sin dejar de llorar, con el fin de que su atacante no la vuelva a tocar. Agresor con el que lidiará por el resto de su vida.

Once añitos contra treinta y uno. Un combate desigual.

 

Mi papá está muy grave y tú insistes en tu desinterés. ¿Cómo puedes ser tan cruel? No sólo es tu esposo, también es nuestro padre. Su estado de salud debería conmoverte… no te comprendemos.

Es Matilda, mi hija y ahora madre de tres hijas, la que gira su cabeza con dirección hacia mí para decirme con la mirada: no te preocupes mamá, yo sí te comprendo.

Y yo no puedo eliminar de la mente aquella declaración: “mamita, ya no quiero a mi papá” como tampoco puedo disipar del corazón la culpa, porque si hubiera sabido que aquella tarde, ella, mi pequeña, escuchaba escondida detrás de la puerta, yo nunca me hubiera atrevido a revelar mi secreto.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Domingo, 13 Enero 2019 05:57

ALCOBA / Víctor Manuel Pazarín /

 

 

 

ALCOBA

Víctor Manuel Pazarín

 

 

He venido aquí a ciegas.

La luz de mi cuerpo ilumina la alcoba, describe a la perfección las formas de las carnes y yo soy carne. Acabo de estar sobre el piso y de las rodillas del muchacho ha surgido la sangre: la sangre me gusta, su derramado líquido me atrae. Despedazada luz la de la sangre: de las articulaciones brota como un signo: lo sé porque he venido yo también de hinojos, he entrado a la habitación vacía y mi ser la entibió, porque los cuerpos se incendian en la compartición.

Vengo de permitirme; provengo del placer; camino al goce.

Bajo la luz del foco he estado desnuda.

Su luz cegó mis ojos; los cerré pero la purpurada imagen permanece dentro de mí, es como si hubiera tenido una premonición, porque después de ofrecerme al placer del muchacho, sus rodillas se mancharon de sangre, y esa mácula iridiscente ha despertado mi interés: es como si mis ojos se hubieran encontrado, de pronto, con un signo, pero no entiendo el significado.

Vengo de la luz, y vuelvo hacia ella.

 

No sé hace cuánto tiempo llegué a este pueblo.

Bajo las arboledas, en la plaza grande, vendo mi cuerpo: me ofrezco al mejor postor; digo a los hombres que pasan mis gustos y despierto sus apetitos.

Le he descrito al muchacho, alguna vez en el jardín, el repertorio de placeres, de disipaciones, de perversiones de las que soy capaz.

—Me gusta que me den por atrás...

Pero él, esa ocasión, mostró su clara sonrisa.

—Te dejo que la metas por donde orino...

No dijo nada.

—Vamos al hotel de aquí cerca y te daré lo que quieras, te permitiré hacerme lo que se te antoje.

Mas se ha reído. Luego se alejó, quizás porque al otro lado de la plaza estaban dos hombres que me han disfrutado ya.

Esta noche lo encuentro: venimos del cuarto contiguo de ofrecernos placer.

 

 

Mi nombre es Celia —digo.

La alcoba se llena de miradas.

Hace un instante me entregué a este otro muchacho; ahora les pido que no me dejen descansar; quiero seguir: ahora corresponde al joven moreno entrar en mí. Me ofrecen agua, pero yo deseo continuar. Luego le corresponderá al niño, que apenas tiene once años y me mira desde el fondo de su ser.

¿Hace cuánto llegué a este pueblo?

 

 

Me han pedido que baile; yo cumplo sus deseos.

Hace un instante estuve en el placer: uno de los muchachos, que es casado, ha logrado en mí un amplio y fino orgasmo. Lo he sentido venir como vino la luz a mis ojos y me he quedado ciega.

Sin la luz de la mirada recibo al niño: me hurga, me humedece los labios vaginales; entra su mano hasta encontrar la más profunda intimidad. Me han disfrutado muchos hombres, pero esta es la primera vez que un niño se deleita con mi cuerpo. Entra hasta el fondo.

Cierro los ojos: la purpurada sangre del muchacho, que destrozó sus rodillas en el improvisado lecho, me llama.

Su sangre me atrae; es mi deleite.

Me incorporo. Me mira el muchacho de pie.

Me derribo ante él.

Beso su sangre.

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Mi Matamoros querido ¿qué te ha pasado?

Adán Echeverría

 

 

Mi Matamoros querido ¿qué te ha pasado?

Dr. I:

Hola. Espero se encuentre bien de salud.

Por ahora no tengo teléfono celular, y seguimos escondidos en un hotel a las afueras de la ciudad, en la salida de la ciudad rumbo a Victoria. No sé qué está pasando y estoy terriblemente golpeado.

Te cuento:

A las 8.00 de la mañana, del jueves 25 de octubre de 2018, mientras estaba esperando para abordar la pesera (camión), junto con mi esposa, mi hijo de 1 año, y nuestra perra, justo en la esquina de la Avenida Lauro Villar; del lado de la escarpa a las afueras de la clínica del Seguro Social sucedió. Abordé el camión, y de inmediato me percaté que, desde la escarpa, mi esposa me llamaba a gritos, pidiéndome que me bajara. Detuve al camionero y me bajé inmediatamente de la pesera, mientras mi esposa me gritaba que habían atropellado a nuestra perrita. Corrí entre los automóviles que se habían detenido, y tomé a la perra entre mis brazos, la recogí de en medio de la calle; caminé hacia mi esposa y mi hijo, y una joven mujer, muy amable, se acercó a ayudarnos, se ofreció para llevar a la perra con un veterinario.

Abordamos su camioneta; íbamos la mujer, mi familia y yo, aún con la perra entre los brazos. Ella temblaba, tenía los ojos abiertos, y los músculos de las cuatro patas tensos, demasiado tensos. Yo iba hablándole quedito, y besándole la cabeza, acariciándola para que se calmara. Avanzamos unas cinco cuadras sobre la misma Avenida Lauro Villar, y justo en la esquina donde se encuentra una gasolinera, doblamos a la izquierda para llegar a la clínica.

El médico atendió a la perrita, estaba solamente asustada por el suceso, pero fuera de peligro. Luego de haberla atendido, nos regresamos caminando hacia la casa. Para ello tuvimos que cruzar la Avenida Lauro Villar, y caminar por la entrada del Coppel, el Soriana, en la puerta de las salas de Cinépolis, y cruzar el amplio estacionamiento, hasta llegar a la Avenida División del Norte. Cruzamos la avenida, pues como la perra estaba lastimada, decidí acompañar a mi esposa e hijo, junto con la perra lastimada y asustada, por lo menos encaminarlos hacia la casa.

Atravesamos la avenida División del Norte, para entrar por una calle del fraccionamiento Fresnos, y caminar hacia nuestra casa en el fraccionamiento Las Arboledas. Como tenía que alcanzar a llegar a la Universidad, porque tenía que acudir a impartir una conferencia a las 10 de la mañana, y al medio día, participar en una reunión a la que el rector había convocado, para hablar sobre la maestría en ciencias en la que yo estoy dando clases; así que me despedí de mi familia luego de haberlos encaminadp, y regresé a tomar de nuevo la pesera para ir hacia la universidad donde laboro, que se encuentra al otro lado de la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, como usted recuerda.

Caminé de nuevo por el estacionamiento del Soriana de la Lauro Villar, y en la puerta de la tienda Coppel  me abordaron dos sujetos, cerrándome el paso. Uno cargaba un bate de béisbol, era moreno, poco más alto que yo, delgado, de cara redonda, llevaba un pasamontañas, pero lo traía levantado como si llevara solo puesto un gorro de color negro. Abrió su chaqueta y me enseñó el bate que llevaba en la mano derecha. El otro era de piel blanca y cabello amarrillo, traía barba crecida rubia, y tenía los ojos verdes, él fue quien hablaba, llevaba un arma, y me pidió acompañarlos sin oponer resitencia, porque lastimarían a mi esposa e hijo.

Me subieron a un carro, me pasearon por varias calles, me quitaron el celular, la computadora, mis memorias usb, mi cédula profesional (¡qué ladrón se lleva tu cédula profesional!); tres horas y media después cuando me liberaron, me devolvieron mi cartera y mis tarjetas. En la cartera no tenía ni un solo peso, pues justo antes de que me atraparan estaba hablando por el teléfono móvil con una maestra, que es mi alumna de literatura, y le estaba explicando la situación del atropellamiento de mi perra, para que me depositara 1200 pesos, y así poder pasar a pagarle al veterinario que nos la había atendido; el dinero me lo iba a dar por concepto de un libro que le estoy haciendo; pero los sujetos me quitaron el celular, justo cuando hablaba con ella.

Los comentarios de los sujetos, al abordarme y durante todo el trayecto, fueron que yo me había metido con una mujer y le había faltado al respeto, y que ella pidió que me presentaran, para matarme o para hacer que de manera inmediata me fuera de Matamoros. “Nosotros tenemos orden de levantarte, tomarte fotos, mandárselas, y ella y nuestro jefe decidirán qué cosa haremos contigo”.

Huelga decir que yo llegué a Matamoros invitado por una mujer para trabajar en un centro de investigación, que está siendo financiado por el consejo nacional de ciencia y tecnología (conacyt), y que esta mujer me pidió dejar mi lugar de residencia, donde tenía trabajo, y venir a Matamoros, con la finalidad de que yo ocupara una plaza de investigador que ella me ofrecía. Fue justo éso lo que me ofreció.

Llegué a Matamoros en el mes de julio. Y desde mi llegada, ella (esta mujer que dijeron dio orden de golpearme), decidió que yo me integrara al Núcleo Académico Básico de la Maestría que comienza a desarrollarse en el centro de investigación. Pero desde ese mismo mes comenzaron a ocurrir sucesos que me parecían extraños respecto del comportamiento y liderazgo de dicha mujer (que pertenece al Sistema Nacional de Investigadores y es SNI Nivel 1):

En primer lugar, no me ofreció una plaza como había dicho, sino apenas un contrato por tres meses, por lo cual me trajo a Matamoros con mentiras. Yo había dejado todo para trabajar en la plaza que me ofreciera, pero no había tal plaza.

Luego ella, en reuniones hablaba de las golpizas que habían sufrido algunos otros doctores antes de que yo llegara a Matamoros. Incluso, en el informe de la tercera etapa del proyecto, que entregó al conacyt, en el Apartado de Riesgos a Futuro, esta mujer señala: “En realidad existe el riesgo constante y latente de la integridad física de los recursos humanos comprometidos en el Proyecto. La situación de inseguridad ha provocado bajas en el personal por situaciones de 1 levantamiento a uno de los investigadores, 3 situaciones de asaltos a tres investigadores más. Dentro de los terrenos de la Universidad se han vivido 2 persecuciones y balaceras, esta situación ha mermado el rendimiento y la estabilidad de los investigadores.”

Lo cual, ha todas luces, se nota que es una forma de querer culpar a la ciudad y la zona de Tamaulipas, de todo aquello que le ocurre al personal que trabaja con ella. Pero es muy interesante que no le ocurre al resto del plantel que trabaja en el centro de investigación, ni le ocurre a ella. Tampoco le ocurre a todos los otros profesores que trabajan en la universidad. Sino que solamente le ocurre a los doctores y doctoras que trabajan con esta mujer. Doctores y doctoras que esta misma mujer hace que lleguen a Matamoros, a los que luego busca desprestigiar y lastimar, con el fin de que se vayan de la ciudad, y con el fin de decirle al conacyt, que todo lo que no logra cumplir, es por cosas ajenas, y de violencia, en el que ella tiene que trabajar. A aquellos doctores la habían acusado de pertenecer al grupo delincuencial de la ciudad. Pero esta mujer, lo contaba en reunions como si se tratara de una broma,  y se reía, haciendo sus cómplices a todo el personal de ingenieros, y bachilleres que trabajan con ella, y a quiens les dice que ella es quien les paga.

Toda vez que no se le ha podido probar nada a ella, los doctores se han ido, las doctoras se han ido igual, unos golpeados, ellas desacreditadas, acusadas de infidelidades, cuando nada de eso ocurre.

Los sujetos que me levantaron me estuvieron paseando por la ciudad, yo no sabía dónde estaba, pero me di cuenta que me sacaron de la ciudad. Les pregunté si me matarían, y ellos me golpeaban. Escuchaba y me daba cuenta de que dejamos atrás la ciudad, se metieron en brechas fuera del camino, me llevaron a una bodega, donde me bajaron a golpes, me pusieron un sweter en los ojos para que yo no viera donde estaba, y me llevaron atrás del automóvil. De pie, me hicieron poner mi frente en la cajuela del auto, extender las manos, y me golpearon salvajemente con un bate, y a golpes y patadas, la espalda, la nuca, los glúteos, las piernas, los muslos, y las costillas. Me desmayé del dolor, y caí al suelo.

Siguieron golpeándome, y me sacudieron para despertarme. Uno de ellos a cada rato decía que tenían que matarme, y me puso una pistola en la cabeza; hablaron por el teléfono móvil con una mujer, le enviaron fotos de mí antes de golpearme y después de golpearme. Se tomaron fotos abrazándome, como si yo golpeado fuera motivo de orgullo para ellos. Así estuve, amarrado mientras ellos estuvieron golpeándome. Me tomaron videos, y se los enviaban a su contacto. Sacaron mi celular, estuvieron revisando mis contactos, revisando mis fotos, donde tenía imágenes de mis hijos, hablando de las fotos de las chicas que tengo de contacto.

Me pidieron la clave de mi computadora, se llevaron mis memorias usb. Dijeron que si aquel que los había enviado encontraba algo que fuera comprometedor, me matarían y estaban esperando órdenes. Volvimos al auto y seguimos andando por la carretera, me di cuenta por el ruido del tráfico que iba haciéndose espaciado en el paso de carros o camiones, y porque dejó de escucharse el barullo de las personas, y por esos ruidos, igual pude darme cuenta que volvíamos a la ciudad. Me llevaron a casa de alguien, entramos en un garaje, uno de ellos se bajó con mis cosas y las entregó. Volvieron al auto y seguimos dando vueltas.

Les volví a preguntar si iban a matarme, pero ellos en respuesta me pegaban e insultaban. Dijeron que ellos harían lo que les ordenaran hacer. Que yo ya estaba viejo y que ya había vivido demasiado para andar preocupándome.

“Con alguien te metiste, a alguien le faltaste al respeto, y por eso te agarramos, así que tú sabes bien lo que hiciste. Ésa persona no quiere verte en Matamoros, así que te conviene ir y pedir dinero, consigue dinero, y yo te recomiendo que te vayas de Matamoros, pero hoy mismo.”

Me dijeron que tenían a una de mis compañeras.

Me mostraron la foto de una mujer que estaba golpeadísima, y me decían: “Es tu amiga, tú sabes quién es, mira como la han puesto, en cambio a ti, apenas te dimos una paliza”.

Me dijeron luego: “Ya la libraste. Te vamos a llevar a la puerta de tu casa. Sabemos todo de ti –y me describieron el accidente de mi perrita, la ropa de mi esposa, el color de la ropa de mi hijo, la carreola; dijeron qué carros había estacionados cerca de mi casa-, si no te vas hoy, mañana volveremos por ti. Si vemos a la policía o al ejército rondando tu casa, vendremos por ti. No tienes escapatoria, porque te conocemos muy bien, porque sabemos todo de ti”.

Yo ya estaba enterado, como tú y todos en el centro de investigación, y enterados por la misma mujer-coordinadora, sobre que algunos decían que ella pertenecía a La Maña, al crimen organizado de Matamoros, y ella solo se reía, mientras lo contaba como si se tratara de un chiste.

Ahora comprendo que era una forma velada de amenazar.

Es sabido, y por ella misma que no para de decirlo, así como por otros trabajadores del centro, que dos doctores, Dr. E…, Dr B., e incluso tú, Dr I., que estaban en este centro de investigación antes que yo, acá en Matamoros, que igual fueron asaltados y golpeados en su momento, además de acosados por esta mujer-coordinadora que además trabaja en la universidad juarez del estado de durango.

Los que me atacaron sabían dónde vivía yo. Me dijeron exactamente todo lo que hice en la mañana, cómo estaba vestida mi esposa, que atropellaron a mi perra, que una enfermera nos llevó a un veterinario, que regresamos, que dejé a mi esposa, que en mi casa estaban otros compañeros de ellos esperándome, y que si encontraban cualquier rastro comprometedor en mi celular y en mi computadora portátil, entonces volverían por mí.

Tengo mucho miedo, no sé qué hacer, y hago responsable a quien dio esta orden (y a todos los que estén involucrados), de cualquier cosa que me pase a mi o a mi familia.

(He pasado ya los nombres de todos los que trabajan en el centro, a mis familiares y a mis amistades, así como a la prensa local y nacional, y a los contactos de las otras universidades donde he trabajado, para que los contacten a ustedes, para exigir una explicación que permita llegar a la justicia, si algo me pasara).

Quiero saber si aquellos que le brindan la oportunidad de trabajo a esta mujer, pretenden mantenerla en su puesto toda vez que su comportamiento como líder (ha contratado y despedido a más de 15 personas para el centro de investigación, en menos de un año, y a muchos de ellos los ha acosado laboralmente, difamado, desacreditado, acusado de robarse equipo, pero jamás presenta demandas por robo ni nada; solo dice todo esto una vez que los doctores y doctoras se han ido).

Estimado Dr, esto me pasó a mí, y ya le ha pasado a otros tres doctores más del centro de investigación; a dos doctoras que esta mujer ha corrido, las ha intentado desacreditar: diciendo que se robaron cosas, equipos, cables de los equipos científicos.

Esta mujer-coordinadora incluso ha enviado a sus sirvientes (los jóvenes que trabajan para ella), para que construyan historias respecto de mí, con tal de desacreditarme. Han ido a contar a otros que Yo fui agredido porque me metí en problemas con mis vecinos de Las Arboledas. En Matamoros, solo estamos mi esposa, mi hijo de un año y yo; ¿a quién acudir?

¿Acaso esperan que los que dieron la orden de golpearme hagan que les pase a otros doctores igual, para reaccionar, en Matamoros, en Durango, en Coahuila, sitios todos donde ella se desenvuelve?

Sé que la misma mujer que me ofreció trabajo es responsable de estas golpizas, pero no hay forma de probarlo aún.

Ayúdame, quien hizo esto es un sicópata, porque nada, ninguna razón hay para lo que hizo, tiene que ir a la cárcel, se le tiene que detener, y jamás debe estar a cargo de ningún grupo de investigación, deberían quitarle su licencia para ejercer como científica.

El jueves 25 de octubre era la auditoria de la maestría donde trabajo y solo no quisieron que yo llegara a la reunión.

He hablado con personal de la comisión de derechos humanos, y con organizaciones sociales que trabajan contra los secuestros, porque necesito protección para mí y mi familia.

Enviaron a golpearme y a amenazarme con matar a mi familia.

Ahora, pregúntate doctor: ¿si lo que me hicieron es algo que deseas les ocurra a otros doctores o a tu propia familia? ¿Acaso por una cuestión de diferencias en el trabajo, o porque te niegas a hacer bullyng a otros doctores, es justo que una persona te mande golpear? ¿o porque te das cuenta que los alumnos de la maestría no cumplen ni con el perfil para estudiar la maestría, y se les está dando becas y aprobando las materias, sin que tengan los méritos, porque la jefa así lo dispone, y tú te niegas a servir de comparsa, y acaso eso es motivo para que sufras un atentado?

¿Acaso alguna de estas ideas es motivo de que se de orden para que te asalten, golpeen o amenacen de muerte?

Publicado en NARVÍBOROS(Narrativa)
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