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Reflexionando sobre “El peligro de una sola historia

Sergio Salinas

 

Siendo lectores estamos expuestos a las historias. Qué digo, también como seres humanos somos vulnerables ante ellas. En múltiples ocasiones somos espectadores, y algunas veces, lo queramos o no, protagonistas. También, en más de las que quisiéramos admitir, narradores.

Esto nos puede hablar un dar una idea de lo infinito que es el universo de las historias. La realidad es conformada por un gran matiz de éstas. Cada una con una tonalidad única, capaz de darle existencia a un sinnúmero de perspectivas; todas casi tan valiosas intrínsecamente por el hecho de ser humanas.

Sin embargo, las estructuras sociales no pueden concebir que existan tantas posibilidades; para la humanidad, es necesario un límite marcado de estas historias para dibujar un esbozo simple de la existencia. Un criterio capaz de otorgar valía y de definir cuáles son aquellas historias que “en realidad” representan a la realidad. Sin ahondar mucho en el tema, los criterios han sido de todo tipo: estéticos, políticos, sociales… pero más que nada, impuestos.

Ante el filtro de estas narraciones, como consumidores de historias a veces nos quedamos con una visión corta (¡cortísima!) si la comparamos con la infinidad posible de visiones. Y este ejercicio, a lo largo de los años, ha generado una riesgosa situación de presentar una sola historia para cierta persona, para cierta comunidad, para cierto pueblo. Las vertientes bellas u horrorosas que conforman la naturaleza humana de estos individuos resultan en un solo cuadro parcial de la realidad. Una fotografía reducida, la cual se toma como la única verdad sobre ellos.

Chimamanda Adichie, escritora nigeriana, invierte una gran parte de su imagen pública para advertir sobre el peligro de este cuadro parcial de la realidad y las consecuencias de contar, o escuchar, una sola perspectiva. Ha dedicado su obra a narrar historias contemporáneas africanas a través de abaladas novelas, publicadas desde sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut. Sus experiencias internacionales y ávido consumo como lectora, la han llevado a generar esta reflexión, la cual ha presentado en numerosas plataformas; una de ellas a través de TED Talks, bajo el título de “The danger of a single story”, fácilmente encontrable en Youtube.

Con base en su conferencia, he permitido surgir algunas reflexiones en torno a las peligrosas consecuencias de contar (y escuchar) una sola historia. La primera, tal vez la más relevante de estas, implica el desarrollo y perpetuación de estereotipos y prejuicios hacia personas, colectivos o pueblos, lo cual tiene como grave consecuencia el despojo de la dignidad de estos. Las historias y sus narradores son capaces de deshumanizar, limitar e imponer perspectivas que son versiones incompletas ante la complejidad y belleza de la naturaleza de los pueblos.

Estas estructuras de pensamiento trascienden histórica y culturalmente, perpetuando la desvaloración de ciertos individuos y comunidades. En ocasiones, estos se vuelven cánones o tabúes, casi sagrados. Para mí, esto es perpetuar la mentira en gran parte. Y esta mentira nos aleja los unos de los otros; limita el reconocimiento hacia los demás y nos hace menos empáticos ante la situación del prójimo.

Una sola versión de los protagonistas en estas narrativas limita la capacidad de generar una identidad por parte del individuo lector. El discurso oficial limita a los personajes; muchos lectores quedan fuera del recurso literario debido a su incapacidad para identificarse con historias similares a las suyas, y mantienen lineamientos sociales, políticas y culturales en las cuales, consciente o inconscientemente, se comprometen a preservar, pues no conocen otra versión de sus propias historias. Y muy baja es la cantidad de rebeldes que deciden cambiar el rumbo de su propio cuento.

Es ya muy conocido el mecanismo, brevemente comentado en el párrafo anterior, bajo el cual se reproducen estructuras sociales y culturales a través de las historias; así es que también el contar una sola historia es un ejercicio de poder: los poderosos son quienes generan los criterios para validar historias, así como de crear las mismas a través de diferentes vehículos. No sólo hablamos de las narraciones; esto es transferible a los discursos oficiales políticos y sociales, difundidos por la cultura, el arte y los medios de comunicación.

Por otro lado, reconocer el peligro de una sola historia nos permite también explorar las demás posibilidades positivas. Por caso, es importantísimo valorar la necesidad de proveer de recursos a escritores capaces de contar “todas las historias”. La existencia de escritoras y escritores con múltiples tonalidades ayudaría a enriquecer el panorama literario, abriendo ese cuadro parcial presentado en este texto para convertirlo en un universo más matizado de posibilidades. En primera instancia, se podrían romper los estereotipos. En segunda, se lograría una mayor identificación de personas ansiosas de escuchar historias diferentes sobre ellas mismas y sobre otras. En el ámbito cultural, podría generar una educación acerca de lo valioso y diferente de cada persona, de cada situación, a fin de crear un criterio amplio. Escuchar y escribir múltiples narraciones es un acercamiento más fiel a tratar de capturar toda la realidad, lo cual en consecuencia última, es un medio de redignificar a individuos y a pueblos enteros.

 

Como lector, como escritor y como ser humano, encuentro varios puntos de inflexión después de esta conferencia, los cuales he retomado a lo largo de este texto. Sin embargo, en un aspecto más personal: ¿cuántas veces he limitado mi propia perspectiva a causa de un prejuicio? ¿O cuándo he deshumanizado a una persona, a un colectivo, por ser sordo a sus verdades? ¿Hasta qué punto puedo defender mi propia identidad y opiniones sin diluirme en la enormidad de narraciones alternas? ¿Cuáles son los puntos que me orientan al navegar el infinito mar de historias? ¿Qué responsabilidad asumo desde mi propia identidad, ante el escenario literario y político, como hombre cisgénero, como homosexual, como mexicano, como norteño o como capitalino, o como cualquier otro aspecto propio o hacia aquello que es diferente a mí? Explorar las respuestas a estas preguntas se darán sí con el tiempo y con la experiencia, pero también con un firme compromiso ético de leer y escribir a fin de mantener las tradiciones de aquellas voces que quizás se han perdido entre el discurso oficial y la infinita realidad. De la misma forma, queda invitarle a reflexionar al respecto.

 

 

LA PRIMER GUERRA PSYCHOTRÓNICA

  1. M. Lecumberri

 

 

No, escucha, lo que ocurrió fue esto: te mintieron, te vendieron ideas sobre el bien y el mal, te hicieron desconfiar de tu cuerpo y te avergonzaron de tu profesión del caos, se inventaron palabras de asco por tu amor molecular, te mesmerizaron con su indiferencia, te aburrieron con la civilización y con todas sus roñosas emociones

 

-Hakim Bey

 

 

 

 

¿Cómo es que China ganó una guerra a occidente sin haber siquiera disparado un sólo balazo?

----- entre las montañas de mierda y el hechizo humeante de la decepción

Se renovó el Caos,

 

Renació de su nada un Imperio para los Enajenados

 

De este régimen saldrán cosas innombrables: (i) el hombre ganado;(ii) la hombre granada; (iii) el multiculturalismo unidimensional; (iii) la antropología del desastre; (iv) la melancolía blanca; y

Más devastadora aún:

(v) la orden de los días

Con su jurídica sangre fría, con su guante de látex tirando de las cloacas a los beés

Rodando por las cloacas entre el infierno y Tiffany & Co.

 

Porqué ordas de publicistas endemoniados pensarán que es cool llenar un Huawei con diamantes de cristal

 

Y poner nombres de rinocerontes famosos a la Sagrada Familia y hacer llover leche materna en el Adriático

Invadirán las costas de Acapulco

 Nuevamente María Félix será un ídolo zombi

Y Agustín Lara será reproducido en fantasmales cavernas de sexgore

Mientras niñitas tailandesas hacen actos de coporfilia en 120 días

 

Para diplomáticos amarillos

Rojos

Y cafés

 

Mientras Dios nace de la masturbación del Gran Capital

Envuelto en la placenta programática de WebBot

 

Crudificado en la psicoesfera de los embutidos

 

Cargando las tres cruces del delirio

La conspiración

Y el resentimiento

 

Y el Verbo se hizo

Carroña de Dios

En vez de Palabra de humano

 

Cada significante proferido alguna vez

Será procesado en nubes contaminantes

Y la lluvia ácida disolverá nuestro criterio

 

Y en las redes habrá arañas metálicas cosechando nuestras ideas

Y nuestros sueños

En un délfico pandemónium

Una permanente diarrea conceptual

Nos será suministrada a manera de neuroléptico

 

Los hombres danzarán en ombligueras sobre las ruinas de NYC

Los mismos hombres que conducían aviones

 

Y las prostitutas los rejonearán

Y hervirán sus huesos para obtener litio

 

El tráfico de baterías inmateriales

Para deseos de cristal

 

Habrá chamanes en todas las azoteas

Y cada tribu se volverá caníbal

 

Se servirán albóndigas de poetas muertos para la cena

En las casas más pudientes

 

Los pobres desollarán dealers y beberán sus sangre intoxicada

 

Así la primer guerra psicotrónica

Será un germen residual en la conciencia humana

 

Que devastará al cosmos entero

 

Llevándolo a su estado natural de Caos.

 

No se diga más

 

¡habrá que bendecir la sintaxis del nuevo-nuevo orden mundial!

 

del ojo que nada lo ve

porque seremos un reino invisible

una pocilga de espectros orbitando en torno a una motherword de helio y metales radiactivos

 

seremos un ápice de desgracia en el amanecer tras la masacre

 

los hombres morirán sus vidas

zombificados por el sueño de vivir hasta la muerte

 

de comodidades absurdas

y de música new age

 

de bongs de cobre y cántaros de cuarzo

 

en las prísitnas aguas del Lago Meme

donde imágenes cargadas de imbecilidad generarán tsunamis de sin sentidos

 

trasnformados en máquinas reproductoras

perderemos definitivamente la capacidad de deseo

 

y de nosotros quedará una sombra de sangre en el pavimento agrietado

 

apenas la centella absorta por la agonía

de la especie. Sueño en una noche estrellada en que toda persona se encamine

a suicidios de masa

como si fueran raves

 

intoxicados

danzantes

erotomizados

 

coloridas máquinas reproductoras

sólo capaces de ofrecer su carne y su movimiento

a la gran bobina Tesla del Nuevo-Nuevo Imperio

 

segmentado en feudos de colores

como un arcoíris de nacionalidades

 

lisérgicas

festivas maquinitas que se reducirán a un orgasmo fallido

a una mentira absoluta

 

hacia esas oscuridades nos dirigimos

en esa isla de atrocidades

 

habremos de encallar

 

una vez que se cierre el pacto

una vez firmado el armisticio digital

 

la huella cibernética implantada en nuestro cerebro

 

desde hace décadas

implotará

 

our own personal big crush!

 

Todo habrá de ser un orden despiadado sosteniendo al autocracia

Del Caos

 

Ave Eris!

 

El sueño de la década terminó con un golpe de estado

En que el totalitarismo violó despiadadamente a todas y cada una de ustedes

Mujeres humanas

Madres humanas o

Hijas humanas

Transexuales trasnustanciales y/o trasnpolares

 

Da igual

 

A todas se les ofrecio la delicia

Y recibieron

En cambio el holocausto

 

Por lo que hace al aspecto masculino de nuestra especia

Especimenta la especiatura de letárgica monta

 

Por la que nunca habrá de soñar jamás otra cosa sino la castración

La psicosis ha terminado

Porque nunca la hemos asimilado por completo.

 

Felices borregitos biofractales

Felices ovejas al matadero

 

Hemos ganado nuestro derecho a perder la vida

La libertad

La voz

 

Nada quedará de este templo de piedra

Sino unas cenizas pálidas

Y alguna flor podrida

 

Edificios como cementerios

Se extenderán desde Shangai

Hasta la colonia Roma, y más allá

Donde también hay hípster y otro tipo de fauna perniciosa.

 

Clases de Tai Chi programático

 

En todas las escuelas

 

Más comida orgánica de escorpiones y murciélagos

 

Más medicamentos conceptuales

Más Ziziek como aderezo: ja-ja-ja.

Usted

Sí, usted que lee

Ha muerto.

 

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Publicado en ZONA DE DESASTRE

 

La muerte dando la vuelta al mundo

Cristina Arribas González

 

Vamos a morir todos: ese es el requisito de lo global. Desencadenando una fractura de caída tras caída. Puede que todo esto no sea solo un síntoma, una opción para algunas personas. Puede que haya llegado el momento de no especular con cómo moriremos, a pesar de seguir haciendo bromas absurdas en torno a ella: la muerte. ¿Por qué reír ante la tragedia? ¿Por qué no hacer que el orden sea nuestra tragedia? El orden, la medida, la prudencia. La conciencia vital de una sola vida. No la de los medios críticos, la vida que está en los confines de nuestro ser y ahora despega en forma de realidad mortal. Pienso en la intemperie, en la “soledad mortal”, en aquellos que no llego a saber qué son, somos, y me pregunto quién soy y qué hago aquí. Cómo puedo seguir sabiendo que la tragedia se acurruca como una especie de ovillo (rosa) en mi estómago y me dice. Ya estoy aquí. No me puedo imaginar la herida, el hueco, el vacío que dejo, deja (el valor) en todos vosotros aquellos que nos vamos, iremos. Al fin nos iremos como dormidos, mecidos por nuestro grito (interno): podríamos haber hecho más, hicimos lo que pudimos. Cristina Arribas González

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Viernes, 18 Octubre 2019 06:07

El mundo en tus manos / Ramiro Padilla Atondo /

 

El mundo en tus manos

Ramiro Padilla Atondo

 

Eso pensaste a los 18 años. Que tenías el mundo en sus manos. Saliste del rancho   con mentiras, dijiste que ibas a Tijuana a trabajar en la maquila. Pero era mentira. Lo tuyo  era el desmadre. Te gustaba lo de ser pesado. Ya te imaginabas la troconona, las fiestas interminables con viejas bien buenas y las pacas de billetes. Pero nunca te dijeron que también había una alta posibilidad de que te murieras.

El policía que examinó tu cadáver se acordó de ti. Y no porque tuvieses algún rasgo extraordinario, sino porque aquel día que tu cartel hizo una demostración de fuerza en la revu se tuvo que esconder. Se acuerda clarito porque les hablaron por el radio. Les dijeron que se abrieran porque ustedes no se andaban con mamadas. Que se cubrieran porque eran un chingo.

 Te bajaste  emocionado porque fueron esos instantes  los que te hicieron sentirte poderoso. Eras parte de algo, de un grupo importante al que hasta las autoridades le tenían miedo. Ya habías practicado un poco con el AR15. Todavía no te acostumbrabas a su peso pero fingías que pesaba lo que pesaba una pluma para que no dijeran, mira el plebe, no sabe limpiarse el culo y ya trae cohete. El policía sabía que lo podían rafaguear. Se quitó la pistola y la camisa del uniforme, dejó todo en la patrulla y corrió a refugiarse  a una casa de cambio. Ustedes llegaron como en treinta camionetas. Ni siquiera ocultaban el rostro. Eran tan poderosos que se podían dar el lujo de mirar a la gente a la cara con toda la desfachatez del mundo. Y ese era tu rostro. El de alguien que prueba por primera vez el poder. Aunque este fuera limitado; te sentiste vivo, con el mundo en tus manos.

Y el policía te miró porque cuando saltaste de la caja del pick up no traías siquiera zapatos. Andabas en huaraches. Los sicarios en Tijuana siempre han presumido de sus gustos estrafalarios, botas de piel de avestruz, de cocodrilo. Enormes cadenas de oro. Les valía madre. Querían que se enteraran que andar en la maña es redituable.  Tú eras tan inocente que ni siquiera habías reparado en ese detalle. Tus pies estaban prietos del sol del rancho. Por eso ahora, un par de semanas después el mismo policía te reconoció. Traes los mismos huaraches.

Estás lleno de plomo. El policía salta según él entre los casquillos. En la mano izquierda traes el AR15. El brazo derecho reposa contra el  pavimento. Estás tirado en la misma posición que un cristo sangrante, con los brazos extendidos. Y mientras el policía marca el contorno de tu cuerpo con gis, la gente se acerca de a poco al lugar de la balacera. No eres el único cadáver. Otros chicos de tu edad yacen desparramados sobre la calle. Algunos más han quedado en situaciones imposibles dentro de los carros.

En la tarde te llevarán a ese lugar maloliente, el Semefo. Como no tienes ninguna identificación vas a terminar en la fosa común. Y en pocos días, alguien muy parecido a ti, tomará el camión a Tijuana, para convertirse en estadística.

Publicado en NORTEC

 

 

JEAN PIERRE NEDELEC

BENEFICIO

Traducción del francés de Marceau Vasseur y Miguel Ángel Real

 

(Extracto de Hiroshima Cap-Sizun, Ed. La Part Commune, Rennes, Francia, 2013)

 

 

¿Recuerda a ese muchacho? ¡Sí, sí! Haga un esfuerzo, pelirrojo apenas, con el pelo tan tenso como la claridad de su mirada. Era, en aquella época, algo así como un animalillo que se había escapado de la jaula, que sorprendía por esa indolencia que oponía frente a cualquier investigación.

Un buen chico.

En cuanto se sentó es lo que me dije: un tipo al pelo. Y fue solo después de que se fuera, tras haber estrechado esa mano franca, firme sin exceso, cuando me dije: un buen chico, sin duda. Que acababa de pasar unos años a la sombra, tal y como atenúa nuestra lengua para callar la violencia o lo inadmisible. Acababa de agotarse y después de rehacerse en chirona. Casi cinco años.

-Ya basta, me dijo, y el esbozo de su sonrisa se negaba a dejarse dominar por el rencor, lo bastante como para convertirse en un profesional de los muros, de ponerse en forma inútilmente y de los colmillos que crecen.

¿Se acuerda, digo? No de su dulzura; de su lentitud sin freno, sin tropiezos. Desenvoltura no le faltaba. No se precipitaba.

-No puedo decir que tenga tiempo. Más de cuatro años, cuando no te queda más que un poco de mar interior, te tuerces un poco, normal.

Comprendí que no había que ir demasiado lejos ni demasiado deprisa. Tal vez llegaría, pero a su antojo, el momento de hablar.

El que, de algún modo, me lo había confiado, y eso ocurría por teléfono, me aseguraba que aunque el muchacho sabía comportarse con dureza, no era necesario andarse con cuidado.

 

Como un choque. No amor, no. Deseo sin duda. En modo alguno por la piel. En lo que a mí respecta, por sus ojos, por la evidencia.

No entiendo que usted pretenda no acordarse de ese muchacho. Ese olvido, o más bien, se lo concedo, una omisión. Correr un velo es extraño. Es cierto que hablaba poco. No siempre. Elegía el silencio, radical, en cuanto alguien llegaba. Hubo momentos en que, sin gesticular, yo percibía una llama que se elevaba, que cualquier pequeña contrariedad -el paso de un desconocido, una voz, unas lejanas estridencias al teléfono...- apagaba.

Terminé por hablar. Con él. Sin el más mínimo reproche. Intentarlo. Valga como ejemplo sugerir que las mujeres y los hombres que por necesidad venían a encontrarnos, merecían nuestro interés y sin duda nuestra confianza.

Él no intenta negarlo.

-Pero, dice en cuanto viene alguien, alguien que habla, necesito escuchar. Cuestión de supervivencia.

-Nada le impide tomar parte en la conversación.

-Sin duda, pero entiéndame, todo me lo impide, puesto que no sé nada.

 

No era complicado. Aquella otra mañana, en cuanto cruzó la puerta, un brillo aparente:

-¡Todo va bien! ¡Hola!

Haga un esfuerzo. No lo comprendo. Ese muchacho, ese pelirrojo; no, no realmente rojo, ¡vivo! Los ojos, siempre esos ojos, imposible de decir azules, verdes, ni simplemente glaz1, aunque uno también percibiera en ellos un mar sombrío. Para simplificar, nuestra indolente imaginación se detendría en la imagen del lobo. Pero nada menos cierto. Una pizca de zorro, o más bien de un zorrillo sorprendido al final del día, una tarde de mayo.

-¡Ocho años!

El fiscal había pedido dos meses... por caja fuerte, como si no se tratara más que de una burda historia de corsario. Incluso perdonaba algunos meses, bromeando. “Un regalo, se había mofado, con una sonrisa mala, porque a pesar de ser tan dañino, no le faltaba talento.”

Veo que asiente. ¿Debo entender que por fin recuerda ese proceso?

 

Por mi parte, solo tuve que interesarme por este novelón (pues había una frecuencia bastante regular en las operaciones: primero cada quincena, luego, por prudencia o por necesidad de preparar mejor los golpes, cada mes) después de que hubieran abierto la quinta o sexta caja fuerte. La prensa comenzaba a mostrar su avidez. Se hablaba en los cafés, en los comercios, en la oficina. Uno sentía que las autoridades andaban alteradas, y nunca soy el último en alegrarme de los fracasos de los policías y de los gendarmes, y de las malas jugadas que esas instituciones traman entre sí. Lo reconozco, a partir de la vigésima caja fuerte, me quedé maravillado. ¡Treinta! ¡Cuarenta! Aún hoy sigo sin saber distanciarme de este relato, aunque no haya desempeñado ningún papel en él.

 


 (1) Palabra bretona que indica a la vez los colores verde y azul. 

 

Y la noche en que todo dio un vuelco. Acababa de encontrarla. Me había avisado de que no la asustara. O más bien había dicho:

-Ojo, que se las trae.

-¿Más que tú?

-Ha sufrido mucho

-¿Más que tú?

-Es una mujer...

 

Una historia de artista, si uno se fija bien. Uno de esos muchachos, salido de ninguna parte o casi, que aparecían de pronto en los talleres de Roma, de Florencia o incluso de Bassano, por el amor de los mármoles.

¡Cerrajero!

¡Ay!

En cuanto chilló “cerrajero” nos entró a los dos una carcajada...

¡Cerrajero!

-¡Ay!, dice sin aguantar la risa, me tenía que tocar a mí. El único artista que aún meten en la cárcel por su talento, al menos en este país.

 

¡Tiene usted que acordarse! Todos los artículos afirmaban que esa caja fuerte había sido perforada. El rumor lo desmintió rápidamente, hasta el punto de sospechar de antiguos colaboradores de la empresa, porque no hubo efracción. Un trabajo limpio y preciso. El segundo, por la zona de Lamballe. ¡Y luego, en Plougasnou! ¡En Porspoder! ¡Una caja fuerte en Porspoder2, se da usted cuenta!

Eso también hablaba de su firma; no atacar a las grandes sociedades, bien orondas en prósperas zonas industriales, vigiladas por múltiples servicios de seguridad; no se les esperaba en los pueblos.

La frecuencia fue disminuyendo. Había que aguardar; aguardábamos y, lo reconozco, esperábamos.

¡Y una nueva caja fuerte en  Carhaix, en Guéméné, en Pornic!2 Siempre en Bretaña.

Pasó lo de esa caja fuerte en Rezé2. Un periodista, delirando, llegó a insinuar que se trataba de una especie de manifiesto político, una manera de reivindicar el regreso del departamento del Loira-Inferior a su cuna histórica3, y estimaba que habría que esperar una próxima incursión en Machecoul, o mejor en Clisson... pero fue en Fougères.



(2)Localidades del oeste de Francia: Lamballe (13.000 habitantes), Plougasnou (2.800 h.), Porspoder (2000 h.), Carhaix, (7.000 h)y Guéméné (1000 h) están en Bretaña; Pornic (14.000 h), Rezé (40.000 h), Machecoul (6.000 h), Clisson (7.000 h) y Fougères (20.000 h) en el estuario del Loira (ver nota 3) 3Bretaña se compone de cuatro departamentos desde 1956, año en que el Loira Inferior (Actualmente “Loira Atlántico”) pasara a pertenecer a la región de “Países del Loira”. Se trata de un tema polémico puesto que ciertos movimientos políticos piden la reunificación administrativa de los cinco departamentos en una sola región Bretaña.

 

Ya ve usted que me entusiasmo  y termino yéndome por las ramas, pero creo haber guardado un recuerdo preciso de ese Tro Breizh4 del que nadie puede negar la originalidad. Pero ese muchacho, ese pelo rojo, tan breve, tan salvaje… Siento que su memoria se va despertando.

 

¡Cuarenta y ocho!

Había abierto cuarenta y ocho cajas antes… ¡Como la seda! Y la mayoría de las veces, no sólo dinero, sino también cosas embarazosas. De ahí la escasez de informaciones transmitidas por las autoridades, con el pretexto de que no se debía entorpecer la investigación.

 

En realidad, eso ocultaba sobre todo el desconcierto tanto de los investigadores, que no conseguían establecer un esquema creíble de búsqueda por falta de elementos que pudieran ser utilizados, como de las víctimas, más incómodas por la desaparición de ciertos documentos que por haber perdido dinero: un asunto de seguros.

Había comprendido, por otra parte, que sus cómplices reunían con esmero fotografías, películas, cintas de toda clase, informes diversos, planeando cómo negociar su devolución; lo cual no le agradaba mucho; le gustaba el trabajo limpio, claro, sin huellas, y llevarse esos elementos de los que presentía el hedor, significaba también ir almacenando huellas.

Si sólo hubiera dependido de él, habrían suspendido la serie. Pensaba además que habría bastado con desaparecer seis meses o un año, y los policías habrían archivado el informe, o al menos le habrían dedicado cada vez menos atención y medios, al tener otros asuntos que atender. Después de todo nunca mataron a nadie; ni siquiera hubo agresión alguna, exceptuando la de un perro con el que no habían contado durante los preparativos. Algo que le disgustó mucho.

Le gustaban los momentos de descanso. Un poco de pesca en un lugar tranquilo, en las rocas menos accesibles, no lejos de la Punta de la Jument5. Línea de fondo, solamente línea de fondo, para los dedos.

-¿Para los dedos?

-Por la sensibilidad. No vigilas un corcho, sino que sientes a distancia el más mínimo frote del pez en torno a tu cebo, las tentaciones, las ligeras mordeduras; los pellizcos. Se dan cuenta de que tu carnada no es ni católica ni ortodoxa, que no se presenta en condiciones normales. Hasta que la avidez se lo lleva todo. Y eso lo sientes, tu dedo obedece al impulso, y el pez muerde el anzuelo. Trabajo siempre como un reloj. Siguiendo sensaciones ínfimas. Nueve de cada diez veces, antes de que mi presa salga del agua, conozco la especie.

 


(4)Tro Breizh (Vuelta a Bretaña, en bretón), es una peregrinación catolica en torno a Breataña a través de las ciudades de los siete santos fundadores de la región. 5Nombre de diferentes promontorios en Bretaña

 

No comprendía esa relación entre el dedo y el reloj.

Todas las cajas fuertes tienen algo. Como tu abuela, o más bien su reloj, rio de buena gana. Recuérdalo. Ese suave “clic” que anunciaba la puesta en marcha del carillón. Apenas perceptible, y sin embargo notabas la diferencia cuando ibas a casa de una vecina. Apenas nada, y es esa nada lo que necesito oír… con los oídos o con la punta de los dedos.

 

Yo recordaba nuestros pecados de infancia en la Punta, o más a menudo sobre el malecón. Los anzuelos que recogíamos en bajamar, en los cabos apresados entre las rocas. Anzuelos oxidados por haber chupado el agua marina tanto tiempo. Y esa nada en la punta de los dedos, ese leve escalofrío, allá al fondo, esa curiosidad apenas perceptible sobre el cebo y ¡zas! ¡Te cogí, bonito! Casi una caricia del sedal en la yema del dedo.

Todo lo que dice le llega en violentas bocanadas, como una película en las tardes de mayo o junio. 

El oído, prosigue, pero también el tacto, como durante la pesca. Maravilloso, añade, cuando los dos sienten juntos. Sin diferencias. El dedo no se precipita. Si no, todo se va al traste. Imposible volver atrás. Imposible hallar de nuevo en un corto instante la armonía perdida. Un nivel más allá de esta unión, y es el divorcio.

Por mucho que se considerase experto en este arco mágico que unía en una red todos sus sentidos, siempre se había atascado no el cerebro sino los sesos, mi sesera en lo tocante a los hombres. Había dejado que se le acercaran dos tipos que le prometían maravillas, ya no tanto dinero, ni palacios, ni coches, ni trajes de chulos a los que veía como a magnates; había probado aquel mundo, por supuesto, no sin cierta ebriedad, pero tenía mucha prisa de volver cuanto antes a la orilla de su mar, al silencio, a ver algunos rostros familiares, o a los olores de la bajamar -violentos perfumes. También vinieron las mujeres. Las que le acompañaban en unas escapadas que él consideraba demasiado vistosas. A veces se había dejado deslumbrar, sintiéndose entonces irresistible, cuando dos años antes había vivido un martirio ante el despuntar del más mínimo deseo.

Aquello fue el principio del fin. Solo se dio cuenta de ello más tarde, durante los careos.

Una muchacha había sido castigada severamente por no haber respetado las reglas del juego. Él no sabía si era simpatía o piedad, o simplemente cansancio; ella no había fingido ser la chica cautivada por el encanto del artista de los dedos de oro. Había murmurado que estaba de servicio, que le habían pagado.

¡Qué palo! Todos sus miedos de adolescente remontaron al galope.

 

No es fácil hablar de un amigo. De éste aún menos que de los otros. Esperé. Una historia de mareas. No sé si usted puede entenderlo. El tiempo no borra gran cosa. Tantos objetos perdidos que el mar devuelve...

¿Por qué reprimí esta historia durante tanto tiempo? Se quedó enterrada como una moneda de oro que ha caído del bolsillo en la tierra del jardín se abraza al barro, lo penetra, desaparece hasta el olvido, hasta ese golpe de pala que voltea un terrón siglos más tarde.

 

Acabó en la cárcel. Ciudad de los Corsarios6. En el fondo, una celda bastante tranquila, pero una celda. Una carta de ciento en viento. Las más veces procedía de una desconocida. Nunca intentó comprender por qué. Había oído hablar vagamente de redes, pero sin prestar particular atención al sistema, por otra parte más bien agradable, aunque no pudiera corresponder a lo que él habría esperado de una correspondencia; y de todos modos, no esperaba nada.

Sin embargo, las leía todas, distraídamente. Un poco por buena conciencia, por el esfuerzo de la desconocida. Respondía poco, o de una manera que no invitaba a proseguir, con esa justa distancia que la destinataria notaría, con todo, como definitiva.

De pronto, una carta llegada de quién sabe dónde, tan distinta, que no anunciaba nada del sello particular de las buenas obras.

Sin caridad:

Nos hemos visto dos veces. En el hotel y en el despacho del juez. No me asusta una tercera vez.

 

¡La muy zorra! La muy zorra le escribía que gracias a él, por fin... porque había sufrido mucho a causa de él, a pesar de los golpes, las marcas, las amenazas, había dicho lo que había visto, poca cosa en realidad, bastante sin duda para desenmascarar a algunos de los cerdos que la habían lastimado: no había pretendido hacerle daño a él. Una vez que los que la atormentaban cayeron en la trampa, hubo que establecer lazos, seguir pistas, descubrir una parte del botín robado tras la apertura de las cajas y destinado a esos chantajes que dejaban mucho más que los valores que contenían, esas fotos que habían provocado a menudo tantas imaginaciones estratégicas. En fin... A ella le quedaban aún dos semanas en una Institución -ella escribía Institución, y él comprendía que no quería decir con las monjas -, había encontrado un trabajo, un estudio, y le gustaría, si a él le apetecía, visitarle. Se había informado. Era él quien debía solicitarlo al juez. Añadía también que no quería ponerle en una situación embarazosa.Una carta de verdad. Sin compasión, sin buena conciencia, sin segundas intenciones malsanas detrás de esas líneas.Escribió al juez ese mismo día, sin intentar ocultar quién era esa mujer para quien pedía (no solicitaba) un permiso de visita.


(6)Saint Malo, en el norte de Bretaña, donde se encuentra la cárcel del relat

 

 

Y tres días más tarde se produjo lo impensable. Acababa de tragarse ese brebaje, ese supuesto café, tan desleído que apestaba a desprecio.

-El Jefe le espera.

La carta sin duda, pensó. Sin embargo, no exponía nada en ella, y tal vez fuera por eso; ni la más mínima señal, ni la menor queja sobre la vida entre aquellos muros. Nunca había manifestado su impaciencia. Sino en silencio, sin señales visibles, desde aquella carta en la que no comprendía mucho, excepto que ella no pedía nada, o tan poco, pero sin saber por qué vislumbraba en ella una luz, un punto lejano hacia donde dirigirse, como el eje que traza la mirada atenta hacia una marca en la costa.

El Jefe está de pie. Es curioso. Normalmente se acomoda en su sillón. Su manera de afirmar lo firme de su posición. Incluso creyó que se disponía a estrecharle la mano. No estaba a gusto.

-¡Vayamos al grano! Le necesito a usted, a su talento. Para abrir una caja fuerte, ¿qué necesita?

-Yo no abro cajas, ya lo sabe.

-¡Vamos! ¡Vamos! No vamos a andarnos por las ramas. Lo juzgado, juzgado; pero necesitamos su ayuda.

-Es absurdo.

-En Rennes7. Hay que abrir una caja.

-No entiendo. ¿Por qué quiere usted ponerme a prueba a tan solo unos meses de mi libertad?

-En la prisión de mujeres. Una caja cerrada en un descuido, llaves dentro, combinación perdida.

-No es asunto mío.

-Mi colega acaba de llamarme, conoce su historial...

No es necesario extenderse sobre este instante. Mi amigo había comprendido perfectamente lo que estaba en juego. Pidió -con rudeza, recuerda- que le llevaran a su celda. Y después, antes de salir del despacho del Jefe:

-¿Quién está al tanto? Sólo quiero habar con el Juez (había dicho el JAP8). Volvió a su celda, con sus dos compañeros. No preguntaron nada. Comprendieron que pasaba algo anormal, grave tal vez. Respeto.


(7) Capital administrativa actual de Bretaña, 210.000 habitantes  (8)Juge d'Application des Peines,: Juez de Ejecución de Penas

 

Sobre las doce, vino un carcelero, uno diferente del de por la mañana.

-El Jefe quiere verle.

¡Que venga!

Jobig y Matou se retiraron, por instinto, al fondo de la celda.

Creo que tiene buenas noticias. El JAP está en su despacho.

Por poco salió corriendo, como un loco. Y ese otro en él, lo bastante fuerte como para agarrarle por el gabán.

No traicionarse. No aparentar nada.

-¡O.K.!

Conocía al Juez. Ya le había concedido algún beneficio penitenciario por buena conducta, y por un comportamiento que bien podía ser calificado de ejemplar, pero... había un pero... porque muchos de sus cómplices andaban aún sueltos, y algunos ni siquiera habían podido ser identificados. Que no contaran con él. Nunca había soltado nada.

El Juez no se anduvo con rodeos:

¡Tres meses de beneficio penitenciario si acepta ir a Rennes y abrir esa maldita caja!

Las palabras expresaban un malestar de circunstancias, pero su mirada lo desmentía.

Claramente, el Juez se reía en silencio.

Seis meses.

-No es posible.

-Carcelero, lléveme a la celda.

-Cuatro meses.

-Seis meses.

-Cinco y su silencio.

Aún no sabía cómo había podido contener esa deflagración de la cabeza a los pies, con el corazón saliéndosele del pecho: ¡su caja número cincuenta, a petición de aquéllos que le habían condenado! ¡En la cárcel! ¡Una caja! ¡En la cárcel! Y cinco meses de beneficio penitenciario, y esa chica al final, incluso antes del verano que se anunciaba.

De acuerdo. En cuanto reciba la notificación;

¡Carcelero!

 

Publicado en VENTANA FRANCESA

 

 

L'ombre de toi

Ramiro Padilla Atondo

Traduction de Miguel Ángel Real

 

 

Il y a juste un instant, ma mère parlait de ces choses étranges qui arrivent. Comme si elle voulait m'avouer quelque chose, maintenant que sa vie s'en va. Je l'ai trouvée très fatiguée. Elle ne sort presque plus de sa chambre. Elle a un parcours qu'elle compte de façon minutieuse. Quinze pas de son lit jusqu'au fauteuil du salon, une sorte d'habitude qu'elle a peu a peu élaborée avec le temps. Quand elle est devenue veuve, elle jura solennellement qu'elle rejoindrait mon père dans un mois, tout au plus. Elle était inconsolable. On a dû lui administrer des médicaments pour qu'elle se calme. Dix années sont passées. Je ne sais pas si cette affaire des longues relations atteindra ce niveau d'intimité où le couple ne peut pas survivre sans l'autre. Dans le cas de ma mère, au moins, ce mantra ne s'est pas avéré être vrai. D'abord elle a eu des doses de mélancolie, elle refusait de manger et nous devions la convaincre. La dame qui nous aide nous fut d'une grande utilité. Elle parle avec passion de la tragédie de sa vie. Elle dit à qui voudra l'écouter que son mari fut toujours un salaud et qu'il la battait. Ses enfants sont partis loin et d'une certaine façon nous jouâmes à l'adoption mutuelle. Elle commença à nous aimer comme la famille qu'elle avait toujours voulu avoir, et nous, comme le membre de la famille venu pour rester. Sa maison finit par être totalement occupée par une de ses filles dont le mari est un escroc qui lui rendait la vie impossible. Nous avions été mis au courant de cela quand elle respira enfin, soulagée, à la vue de sa chambre du deuxième étage, un endroit bien éclairé avec une large baie vitrée orientée vers l'est, où pointe le soleil. Elle nous disait toujours que c'était la meilleure vue qu'elle avait eue de sa vie. Et elle a raison. Quand mon père arriva dans cette ville avec sa valise et que son épouse enceinte réalisa la potentialité du secteur. Un quartier au nord de la ville sur un paysage surélevé. Les pluies n'inondaient pas les rues à cause du dénivelé et la vue sur la vallée était magnifique. C'est pour cela que la femme de ménage adorait qu'on lui ait attribué cette chambre du deuxième étage. C'était ma chambre d'étudiant, autrefois inondée de posters de groupes de rock progressif des années soixante-dix et quatre-vingts. Moi aussi, je l'avais toujours aimée. Surtout après les fêtes. Mon père n'accordait aucune importance à mon heure d'arrivée car à cette époque-là la ville était un havre de paix, loin de la violence qui résonnait au nord.

 

Ma mère refusa d'utiliser le déambulateur pendant quelques années. Nous considérâmes la possibilité de lui mettre un casque car elle avait tendance à tomber, sûre de la force de ses jambes qui pliaient sans la prévenir. La transition ne fut pas facile. La fierté lui disait que ce serait honteux que des amis et des membres de la famille la voient ainsi, harcelée par la sénilité sans aucun droit de réponse. Et nous ne pouvions pas rester tout le temps pour nous occuper d'elle. Mais l'idée du casque l'incommoda encore plus. Malgré son âge, sa vanité reste intacte. Ses cheveux blancs sont encore épais et elle adore les brosser. Le manuel des gens bien stipule qu'à un moment donné de la vie, les enfants deviendront les parents de leurs parents. Un retour à la graine de la vie, l'arbre qui dépérit mais qu'il faut encore arroser. L'arroser avec amour. Contrairement aux gringos, planificateurs experts de la sénilité.

 

Ma mère m'a demandé d'aller faire les courses. Elle ne peut plus cuisiner mais elle adore s’asseoir devant la table de la cuisine pour donner des indications à Lola, qui nous aide. Même si sa main tremble, elle a encore une écriture suffisamment claire pour noter ce qu'elle pense cuisiner dans la journée. La routine de se lever du salon jusqu'à la cuisine n'a pas changé. A 10:45 précises elle pointe son bras vers la personne la plus proche. Elle s'approche du déambulateur et dans un effort titanesque elle se dirige vers la cuisine. Cela fait déjà vingt ans, au début de la maladie de mon père, celui-ci disait que ce n'était plus possible d'inviter les gens de la rue à manger. C'était une coutume adoptée par ma mère à l'endroit où elle avait grandi. Elle nous avait toujours dit qu'on ne refusait jamais la nourriture à qui que ce soit, jusqu'à ce qu'ils se fassent cambrioler. Et elle vieillit soudainement après l'attaque. Et de façon inexplicable. Cela a peut être à voir avec la croissance des villes. Des quartier autrefois pacifiques sont aujourd'hui en proie à la délinquance. Il n'y a plus de voitures ouvertes ni de portes sans verrou. Plus de bicyclettes laissées dans la cour ni de réservoirs de gaz sans chaînes. Tout est parti à vau-l'eau. Ma mère explique à Lola les ingrédients et les quantités pour préparer un ragoût de poisson. C'est une recette qu'elle a inventée. Lola l'écoute attentivement même si elle a préparé ce ragoût plus de mille fois. Elle fait cuire les légumes et les assaisonne, fait goûter le bouillon à ma mère qui acquiesce et sourit. Il y a de l'amour entre elles. Je sors dans la rue et je descends le long de l'avenue. Mon père avait décrit le cambrioleur comme un type élancé et brun, avec un aspect particulier qui lui avait semblé intrigant. Il disait qu'il fallait être terriblement stupide pour traverser vie en cambriolant des gens avec un visage si bizarre. Et je m'en souviens juste maintenant. Après sa retraite, la vie de mon père subit peu de modifications. Il voyagea beaucoup et il rêva toujours de finir cette vie bohémienne, de s'asseoir dans le fauteuil pour regarder la télévision jusqu'à ce que ses yeux éclatent. Et il tint parole. C'est pourquoi l'attaque modifia sa routine de façon inattendue. Bien que vingt ans se soient écoulées depuis le cambriolage, son bagout est toujours là, rebondissant. Pendant des mois, mon père ne parla de rien d'autre. Il appela la police et raconta l'incident en long, en large et en travers. C'était un fanatique des films de détectives. Les policiers lèverent quelque peu les sourcils en entendant certains détails de sa description. Mais il racontait l'attaque avec une telle passion qu'on aurait dit qu'il voulait être cambriolé plus souvent. C'est pourquoi je m'en rappelle de façon aussi nette. Car cela devint son histoire préférée. Il marcha le long de la rue principale, autrefois un sentier. C'est ainsi qu'on y faisait allusion, le sentier, car il y a des noms qui sont là pour rester. Quand mon père put enfin construire les deux pièces de ce qui serait la première étape de la maison, cette partie de la ville n'avait pas encore de nom. Beaucoup la connaissaient comme le repaire des coyotes, les confins de la ville, et sa rue principale, c'était tout simplement le sentier. Même si avec les années et la croissance le quartier cessa d'être un repaire des coyotes, pour devenir un faubourg qui avec le temps deviendrait un boulevard dégagé, avec un nom de date historique : le 18 mai. Ce que mon père oublia de dire à la police était que c'était lui qui avait invité le cambrioleur à manger. Ce fut toujours la clé de l'affaire. Un type qui sonne à la grille, et ma mère qui sort avec son sourire. Cuisinant toujours des portions généreuses, congelant la nourriture dans des sacs en plastique pour la réchauffer à nouveau quand l'occasion se présenterait. Et mon père qui ouvrait la grille au type au sourire. Car les cambrioleurs, bien évidemment, doivent prendre un certain air innocent. Il y a peut-être un autre genre de voleurs, mais dans ce cas, le type grand et démuni qui parle à peine ne représenterait jamais une menace pour un couple qui a accueilli des douzaines de gens comme cela. Depuis ceux qui, en guise de simple remerciement nettoient la cour ou lavent les casseroles jusqu'à ceux qui, non contents d'avoir le ventre plein, ont le culot de demander de l'argent. Mon père  refusait toujours, même si ma mère essayait d'atteindre son porte-monnaie devant le regard assassin de mon père, qui lui disait qu'il suffisait de les nourrir. C'est pourquoi ils n'hésitèrent pas à lui demander de venir s'asseoir à table, car pour tuer l'ennui ils pouvaient parler avec quelqu'un de différent, dont la vie est une tragédie qui trouve, justement, un moment de paix à cette table où l'on partage la nourriture de façon généreuse. Des migrants et des drogués, des mères qui cherchent leurs enfants, des grand-parents abandonnés et ainsi de suite.

 

Et mes parents les écoutaient attentivement, en développant une tactique très efficace : se lever discrètement pour ouvrir la porte à l'invité et s'assurer que sa vie suive ce parcours tragique. Je ne sais pas si, en faisant cela, ils en tiraient une quelconque satisfaction.

 

Il n'y a plus d’échoppe, ni de marché. L'échoppe de Don Cosme disparut à cause de la chaîne de supermarchés qui dorénavant poussent comme l'herbe dans n'importe quel quartier. Les villes cessent d'avoir une âme, et deviennent des copies des autres. J'achète peu à peu les ingrédients pendant que les autres clients parcourent les rayons, chacun à leur rythme. Les bouchers agissent avec nonchalance, comme s'ils étaient les maîtres du temps des autres. C'est du moins ce que je pense, pendant qu'on me sert les escalopes de poulet désossées que ma mère avait commandé. Tout va dans le caddie. Mon père disait que le type les avait menacé avec son pistolet. Qu'il l'avait caché dans ses vêtements. Que qui était-il pour vérifier que les personnes invitées chez lui à manger ne portaient pas d'armes. C'est qu'il avait dit à la police. Il leur dit que l'attaque eut lieu quelques heures auparavant, mais comme il ne comprenait pas très bien ce qui s'était passé, il n'avait pas parlé immédiatement. Moi, je ne me suis jamais demandé pourquoi il avait pris son temps. Les vieux ont des façons d'agir différentes, ils voient le temps autrement, comme un triomphe. L'enfance est une période de journées interminables où ton corps change de façon imperceptible. La vieillesse, c'est être sûr de se lever le matin. C'est peut-être ta dernière journée. Je connaissais bien mon père et ses manies, voilà pourquoi je n'en fus pas étonné. Lola et ma mère avaient toujours refusé de parler de l'incident. Quand j'essayais de leur poser quelques questions, elles pleuraient. Je comprends que ce soit une affaire traumatisante, mais de mon point de vue, ce n'était qu'un cambriolage. C'est ce que je pense, et ensuite je pense que c'était stupide de ne pas avoir pris ma voiture. Maintenant, la maison est sur la colline et pour moi ce sera un test de monter avec les sacs des courses pleins. Mais les femmes ne pensent pas comme les hommes. Lola et ma mère sont assises en silence. Lola

lui caresse les cheveux. Ma mère sourit tristement. On dirait qu'elle va se mettre à pleurer. Elle fait un geste pour que j'approche une chaise et que je m'assoie face à elle :

-Le cambrioleur n'a jamais quitté la maison – me dit-elle en retenant ses larmes- ; il est enterré dans la cour.

 

 

La sombra de ti

 

 

Justo hace un rato mi madre hablaba de esas extrañas cosas que suceden. Como si quisiera confesarme algo ahora que se le va la vida.  La vi muy cansada. Casi no sale de su cuarto ya. Tiene un recorrido que cuenta de manera minuciosa. Son quince pasos de su cama al sillón de la sala, una suerte de costumbre que ha ido elaborando con los años. Cuando enviudó juró de manera solemne que alcanzaría a mi padre a más tardar en un mes. Estaba inconsolable. Tuvieron que medicarla para que se calmara. Han pasado diez años. No sé si este asunto de las relaciones largas llegue a ese nivel de intimidad en el que la pareja no pueda sobrevivir sin el otro. En el caso de mi madre al menos ese mantra ha resultado no ser cierto. Primero tuvo sus dosis de melancolía, se negaba a comer y teníamos que convencerla. La señora que nos ayuda resultó de gran ayuda. Platica con cierta pasión la tragedia de su vida. Dice a quien quiera escucharla que su marido siempre fue un cabrón y que la golpeaba. Sus hijos se largaron lejos y de cierta manera jugamos a la adopción mutua. Ella nos empezó a querer como a la familia que siempre deseó tener y nosotros como al miembro de la familia que llegó para quedarse. Su casa terminó por ser ocupada de manera total por una de sus hijas cuyo marido es un malandro que le hacía la vida de cuadritos. De eso nos enteramos después cuando por fin respiró aliviada ante la vista de su cuarto en el segundo piso, un lugar iluminado con un amplio ventanal  orientado hacia el este por donde el sol se asoma. Siempre nos dijo que esa era la mejor vista que había tenido en su vida. Y tiene razón. Cuando mi padre llegó a esta ciudad con su maleta y la esposa embarazada se dio cuenta del potencial de la zona. Una colonia en el norte de la ciudad en una zona elevada. Las lluvias no inundaban las calles por el declive y la vista al valle era preciosa. Por eso la señora de la limpieza adoraba el que se le hubiese permitido esa habitación en el  segundo piso.  Esa era mi habitación de estudiante, otrora inundada de posters de bandas de rock progresivo de los setentas y ochenta. A mí también siempre me gustó. Sobre todo después de las fiestas. A mi padre no le importaba mucho mi hora de llegada porque en ese entonces la ciudad era un remanso de paz, lejos de la violencia que se oía en el norte.

Mi madre se rehusó a usar la andadera por un par de años. Nos vimos en la disyuntiva de colocarle un casco por la proclividad a caerse, segura de la fuerza de unas piernas que fallaban sin avisar. La transición no fue tersa. El orgullo le decía que sería vergonzoso que amigos y familiares la vieran así, asaltada por la senilidad sin derecho a réplica. Y no podíamos estar todo el tiempo para cuidarla. Pero la idea del casco la incomodó aun más. A pesar de su edad tiene la vanidad intacta. Su cabello blanco aún es abundante y le encanta cepillárselo. El manual de los biennacidos indica que los hijos en alguna etapa de la vida se convertirán en padres de sus padres. Una vuelta a la semilla de la vida, el árbol que se marchita pero aún hay que regar. Regarlo con amor. Contrario a los gringos, expertos planificadores hasta de la senilidad.

Mi madre me ha pedido que vaya a la tienda. Ya no puede cocinar pero le encanta sentarse en la mesa de la cocina a darle indicaciones a Lola, la que nos ayuda. Aunque le tiembla la mano, tiene todavía la letra lo suficientemente clara para escribir lo que piensa cocinar en el día. La rutina de levantarse de la sala a la cocina no ha variado. Justo a las 10:45 estira el brazo a la persona más cercana. Arrima el andador y con un gigantesco esfuerzo se dirige a la cocina. Hace ya unos veinte años, en los albores de la enfermedad de mi padre,  él le dijo que ya no era posible invitar a gente de la calle a comer. Esa era una costumbre adoptada por mi madre en el lugar en el que creció. Siempre nos dijo que la comida no se le negaba a nadie hasta que los asaltaron. Y ella envejeció de repente después del asalto. Y de manera inexplicable.  Quizá  tiene que ver con el crecimiento de las ciudades. Barrios otrora pacíficos hoy son blanco de la delincuencia. Ya no hay carros abiertos y puertas sin seguro. Ya no hay bicicletas tiradas en el patio o tanques de gas sin cadena. Ya todo se fue al carajo. Mi madre le explica a Lola los ingredientes y sus cantidades para preparar un estofado de pescado. Es una receta que se le ocurrió a ella. Lola la escucha con atención a pesar de haber hecho ese mismo estofado más de mil ocasiones. Cuece los vegetales y los sazona, le da a probar el caldo a mi madre que sugiere y le sonríe. Hay amor entre ellas. Salgo a la calle y bajo la avenida. Mi padre describió al asaltante como a un tipo espigado y moreno, con una seña particular que le intrigó. Decía que había que ser inmensamente estúpido para ir por la vida asaltando gente con una cara tan rara. Y lo recuerdo justo ahora. Después de retirarse, la vida de mi padre se vio pocas veces alterada. Viajó mucho y siempre soñó con terminar esa vida gitana, con sentarse en el sillón a ver la televisión hasta que se le reventaran los ojos. Y lo cumplió. Por eso el asalto movió la rutina de manera inesperada. Aunque hayan pasado veinte años desde el asalto, su narrativa sigue ahí, rebotando. Durante meses mi padre no habló de otra cosa. Llamó a la policía y contó el incidente con pelos y señales. Era un fanático de las películas de detectives. Describió la escena con detalles que hicieron que los policías arquearan un poco las cejas.  Pero contaba el asalto con tanta pasión como si quisiera que lo asaltaran más seguido. Por eso lo recuerdo de manera nítida. Porque se convirtió en su historia favorita. Bajó a pie la calle principal, otrora una vereda. Así le decían, la vereda, porque hay nombres que llegan para quedarse. Cuando mi padre pudo al fin construir los dos cuartos de lo que sería la primera etapa de la casa, esa sección de la ciudad aun no tenía nombre. Muchos la identificaban como la coyotera, los confines de la ciudad, y su calle principal solo como la vereda. Aunque con los años y el crecimiento, la colonia dejó de ser la coyotera para convertirse en una colonia con nombre de héroe nacional, y la vereda pasó a ser una calle que con el tiempo se convertiría en un boulevard, claro, con nombre de fecha histórica, la 18 de mayo.  Lo que mi padre omitió decirle a la policía era que ellos habían invitado al asaltante a comer. Ese siempre fue el meollo del asunto. Un tipo que toca la reja y mi madre saliendo con su sonrisa. Siempre cocinando en generosas porciones, congelando la comida en bolsas de plástico para calentarla de nuevo cuando se diera la ocasión. Y mi padre abriéndole la reja al tipo que sonríe. Porque los asaltantes desde luego deben fingir cierta clase de inocencia. Quizá haya otro tipo de asaltantes, pero en este caso, el tipo alto y desvalido que a duras penas articula palabras jamás representaría una amenaza para un matrimonio que en su casa ha recibido decenas de su tipo. Desde aquellos que por puro agradecimiento limpian el patio o lavan los trastes hasta los que no contentos con tener la panza llena tienen el descaro de pedir dinero. Mi padre siempre se los negaba aunque mi madre hiciese el intento de alcanzar el monedero ante la mirada asesina de mi padre, que le decía que era suficiente con alimentarlos. Por eso no dudaron en sentarlo a la mesa, porque para matar la aburrición pueden hablar con alguien diferente cuya vida es una tragedia que tiene un momento de paz justo allí, en esa mesa donde se comparte la comida de manera generosa. Migrantes y drogadictos, madres que buscan a sus hijos, abuelos abandonados y un largo etcétera.

Y mis padres los escuchaban con atención, desarrollando una técnica muy efectiva, levantarse con discreción para abrirle la puerta al invitado, asegurarse de que su vida siguiera ese derrotero trágico. No sé si hacerlo les produjera alguna forma de satisfacción.

Ya no hay tiendita sino mercado. A la tiendita de Don Cosme la secó la cadena de supermercados que ahora se reproducen como la hierba en cualquier suburbio. Las ciudades dejan de tener alma y se convierten en copias unas de otras. Voy surtiendo los ingredientes mientras los demás clientes recorren a diferentes ritmos los pasillos. Los carniceros actúan con displicencia, como si fueran dueños del tiempo de los demás. Al menos eso pienso yo mientras me despachan las pechugas de pollo deshuesadas que me pidió mi madre. Todo va al carrito. Mi padre dijo que el tipo los amenazó con una pistola. Que la traía escondida en la ropa. Que quién era él para revisar que los invitados a comer en su casa no trajeran armas. Eso le dijo a la policía. Les dijo que el asalto ocurrió unas horas antes, pero como no comprendía bien a bien lo sucedido no habló de inmediato. Yo nunca me pregunté por qué tardó. Los ancianos tienen dinámicas diferentes, ven el tiempo de otra manera, como un triunfo. La niñez es un periodo de días interminables en los que tu cuerpo cambia de manera imperceptible. La vejez es cerciorarte de levantarte en la mañana. Quizá sea tu último día. Conocía bien a mi padre y sus manías, por eso no me extrañó. Lola y mi madre siempre se rehusaron a hablar del incidente. Cuando intentaba cuestionarlas lloraban. Entiendo que es un asunto traumático, pero desde mi perspectiva era solo un asalto. Eso pienso y luego pienso en la estupidez de no haber llevado mi coche. Ahora la casa está en la colina y será una prueba para mi condición subir con las bolsas del mandado llenas. Pero las mujeres piensan diferente de los hombres. Lola y mi madre  están sentadas en silencio. Lola  le acaricia el cabello. Mi madre sonríe con tristeza. Pareciese que está a punto de llorar.  Hace un gesto para que arrime una silla y me siente frente a ella:

—El asaltante nunca salió de la casa—me dice conteniendo las lágrimas—está enterrado en el patio.

 

la maldición del diluvio,

una historia sobre ciclones en cuba

Mauricio Escuela

 

 

“Todo estaba oscuro, ni un alma había en la calle, recuerdo que pasó un heladero muy tarde en la noche y debajo de la llovizna. Di tú, mira qué cosa más extraña”, así recuerda Pedro Miguel Mendoza aquel temporal de noviembre del año 1986, que arrasara la costa norte de Villa Clara, el mar entró hasta algunas de las vías principales de la ciudad de Caibarién, “aquello fue un diluvio, la Villa no volvió a ser la misma”.

El alma del huracán ha estado presente en el imaginario de los cubanos desde antes de la llegada del colonizador europeo, varias figuras de las artes han dedicado obras para hablar de la naturaleza terrible y enigmática de estos fenómenos: Casal, Heredia, Lezama Lima. Y es que las costas del mar Caribe no están jamás aseguradas contra los tentáculos de viento y las toneladas de agua, contra el terror, contra el misterio. Cuenta Mendoza que “dos días antes, un viejo pescador llamado Mariano me dijo que había capturado dos peces que no eran propios de la bahía de Caibarién, era un indicio de que había un trastorno en las corrientes marinas”. El temporal sorprendió a los caibarienenses, quienes no se esperaban la rudeza del golpe. “Por la tarde estuve en la casa de mi hermano, quien hace casquillos de voladores para las parrandas, y vi cómo el salitre y la humedad fastidiaron el papel con que se fabrican esos fuegos artificiales, porque el mar penetraba hora tras hora”, dice Mendoza mientras se persigna para que nunca más pase algo parecido por su amado pueblo.

 

Kate fue un fenómeno natural que devino en tormenta el 15 de noviembre de 1986 al este de las Bahamas, creció en intensidad hasta pasar por Cuba con categoría 2 y luego viró en dirección norte-noreste con rumbo a la Florida. A lo largo de su trayectoria por varios países mató quince personas y causó daños materiales calculados en 700 millones de dólares. A decir de los expertos, se trató de un huracán tardío, con un andar bastante errático e impredecible. “Según los partes, se pensaba que pasaría cerca de Cuba, pero el ciclón llegó a entrar por Caibarién, en plena noche, a robarnos las tranquilidad, yo recuerdo los cangrejos saliendo de los huecos de las calles y refugiándose en los portales, parece que hasta ellos tenían miedo”, dice también Mendoza que fue la madrugada más insegura que vivió, hasta que los partes oficializaron la llegada de Kate a través de la Villa Blanca. “Óigame, sentimos el choque del vórtice como si se chocara contra una pared de concreto, menos mal que una parte de mi casa era de placa y ahí nos metimos, porque los techos de cinc y de tejas volaron como Matías Pérez”.

Al día siguiente, la otrora ciudad próspera, llena de palacetes y de muelles, parecía condenada para siempre. “Hubo quien dijo que Caibarién no se levantaría jamás, fíjate con la fuerza que entró aquello que un barco de los que estaban en el refugio del puerto fue a dar a Cayo Conuco, a la cima misma del cayo, el viento lo puso allí”. Edificios emblemáticos desaparecieron, el mar entró hasta el centro de la ciudad junto con varios metros de grosor de algas marinas. “En la base de pesca (yo trabajaba allí) los barcos se fueron a la deriva, otros se hundieron, algunos cogieron por la calle Jiménez para arriba como perros por su casa, el mar acabó con todas las oficinas, nos montamos en un bote y salimos a la bahía, donde encontramos muebles, equipos electrodomésticos, animales muertos, todo mezclado, pero lo único que nos interesó fue una caja de salsa china intacta, así que estuve comiendo arroz frito mucho tiempo”, cuenta Mendoza que no hubo muertos, pero que la ciudad estuvo como detenida durante un par de meses, “la gente desde entonces le temió mucho a los ciclones”.

 

“Muchos vecinos nos pusimos a trabajar, hubo solidaridad, las casas de Caibarién eran y hoy todavía son de madera, imagínate que estamos hablando de un mar que tapó toda la parte costera de la ciudad y allí la gente a veces construye sobre pilotes, tú te parabas en la loma del pueblo y aquello no parecía un pueblo, es que la Villa está fundada sobre un terreno arenoso, inestable, que los arquitectos le robaron al mar”, aborda además Mendoza cómo el imaginario popular enseguida le endilgó una leyenda a lo sucedido con el huracán: “la gente empezó a acordarse de una gitana que pedía agua y nadie se la daba, y que por eso aquella mujer lanzó una maldición y dijo que algún día el agua iba a tapar a Caibarién”. Superstición o historia concreta, aquel ciclón quedó como una metáfora más acerca de un poder misterioso e impredecible.

“Los servicios de electricidad y de telefonía estaban en el suelo, mucha gente lo había perdido todo, yo recuerdo cómo la televisión captó la imagen de unos caibarienenses remando en un bote a través de la ciudad, aquello debió impactar a toda Cuba”, cuenta Mendoza que él ha leído la antigua prensa local y que no halló referencias a situaciones ni fenómenos tan fuertes como el Kate, por lo que la villa recibió un golpe sin precedentes. Todavía hoy, cada vez que algún ciclón se acerca a nuestro país, hay quien menciona aquel desastre y se habla de la leyenda de la gitana. Mendoza quien ama a Caibarién y tiene sus creencias, vuelve a persignarse.

Publicado en ISLA FABULANTE
Jueves, 25 Octubre 2018 05:05

Sin encabezado / Gwenn-Aëlle Folange Téry /

Sin encabezado

Gwenn-Aëlle Folange Téry

 

 

 

 

No encuentro como platicarte lo que pasa, lo que veo.

No hallo palabras contundentes, imágenes fuertes.

No hay ni piruetas fáciles, ni sarcasmos potentes.

 

Hace unos días, aparecieron, así se dice, aparecieron 6 cuerpos decapitados y 3 cabezas.

No supe si quedaron acoplados de a 3 cuerpos enteros y 3 descabezados para la eternidad, o si ninguno se conocía desde endenantes. Que no es lo mismo 6 y 3 que 3 por un lado y 3 por otro.

En cuanto bajo la guardia veo cabezas rodando por las calles, calles que van cuesta abajo, y veo sus ojos estallar bajo los golpes, por las piedras del camino, claro.

Y se pinta la luz de sangre.

Alcanzo a pensar que si esas cabezas llevan tiempo cercenadas, la sangre no mancha, ya se ha de haber coagulado. Lo que he perdido son las palabras, no la cordura.

 

Y cordura no me falta al imaginar una posible línea de reconocimiento de los occisos, por aquello de que acá los asesinados son presuntos delincuentes, siempre. Lo de los daños colaterales ya no se menciona en nuestro país.

Veo cabezas empaladas y cuerpos crucificados, no se vayan a ser víctimas de una presunta caída…

 

 

¿Sabes cuántas veces empecé a escribir hoy?

6.

Y 3 encabezados diferentes.

 

Ya de esos muertos del otro día no se habla.

No sabemos siquiera si a los muertos, presuntos padres, hijos, hermanos, delincuentes, desaparecidos, asesinados ya los enteraron o cómo.

¿Ataúdes? ¿3 y 3, o 9?

¿Bolsas negras? ¿Chicas o medianas? Porque grandes no, si las cabezas se pueden acomodar perfecto entre las dos piernas de un cuerpo que no tiene cabeza, pero que sí fue la suya, presuntamente…

Se antoja, sabes, platicarte también

De niños baleados

De padres atropellados

De mujeres violadas

Tanta muerte.

Tanto espanto.

 

Tú… Tú me interrumpes, una vez y luego otra.

Con risas y juegos. Flores en las calles, en las que no ruedan cabezas, estrellas por la noche y viento, viento recio que me despeina.

Entonces dejo de escribir.

 

Pero dime.

Dime puta vida, ¿lo tuyo es resiliencia o es indiferencia?

Publicado en OIDOS NEGROS(Poesía)
Jueves, 25 Octubre 2018 04:52

GOD HATES US ALL J. M. Lecumberri

 

 

GOD HATES US ALL

J. M. Lecumberri

 

Drones since the dawn of time

Compelled to live your sheltered lives

Not once has anyone ever seen

Such a rise of pure hypocrisy

I'll instigate I'll free your mind

I'll show you what I've known all this time

SLAYER

 

Un alegre y lúcido viejecillo afincado en París por más de treinta años, sale de su pequeño departamento en la rue de l’Odéon, como todas las noches para dar un paseo , dejando tras de sí una estela de insomnio.

Esta vez, el anciano se encuentra con algo que lo hunde en una sombría revelación: el tráfico infernal de una metrópoli sobrepoblada, miles de coches atascados en las callejuelas y avenidas, detenidos por horas, en trayectos interminables. Un espectáculo grotesco.

Tras esa experiencia, Cioran llega a una sublime y terrorífica sentencia: “todo lo que el hombre crea se vuelve en su contra…”, piensa para sí mismo.

Vivimos en una época de no muy diferente a aquél París de los años setenta, una época que ha ido rumbo a peor, ciertamente. Una época en la cual el pensamiento de ese viejo alegre y pesimista está más vigente que nunca.

Nuestro mundo, ahora dividido, casi por la mitad, entre lo real y lo virtual, sigue generando maravillas que, tarde o temprano se volverán en nuestra contra, como alguna vez lo hicieron, el fuego, la religión, el acero, las leyes de Newton, la energía nuclear, la literatura, el cine, el petróleo, la medicina, la ecología y un sinfín de ideaciones, inventos, artefactos, disciplinas, concepciones, máquinas que el hombre ha dado a luz y desarrollado en el seno de una civilización cada vez más enclenque, ñoña, cursi y hueca, una generación de monas Instagram, leñadores de aparador y budistas de medio pelo.

Contrario a lo que el genio-ingenuo de Schopenhauer y Nietzsche nos hiciera pensar, Dios no ha muerto, muy por el contrario, está más fuerte, más vivo, más presente que nunca y nos odia a todos.

Dios extiende sus órganos por todas nuestras instituciones, desde la iglesia (obvio) hasta la biotecnología y las salas de espera de la seguridad social, pasando por los orfelinatos de donde obtiene sus víctimas más preciadas, hasta las fosas clandestinas donde gusta ver arder nuestros frágiles cuerpos putrefactos. Dios es el anti Cuerpo sin Órganos, es el deseo de la muerte del deseo en estado puro: la Razón iluminista y moral.

Dios está vive en los corazones de cada activista esperanzado por su causa, en cada rechazo de uso de un popote, en cada perrito rescatado en las calles, en cada linchamiento contra un violador, en cada aborto, en cada opinión estúpida que proferimos libremente por alguna red social, en cada

pensamiento trasgresor, en cada iPhone X, en cada orgía, presidiendo en cada concierto de Black Metal, con su disfraz de chivo macabro.

Carl Sagan hace alusión a la increíble suspicacia de una secta cristiana de los Estado Unidos que, había prefijado la fecha del apocalipsis en el año 1914 de nuestra era.

Cuando dicho apocalipsis no ocurrió, la secta declaró algo insospechado, eminente: ellos afirmaba que si después de 1914 nosotros seguíamos aquí es por que Dios se había llevado a los justos y no nos había elegido a nosotros, que el apocalipsis efectivamente había sucedido y que ahora vivimos todos en un mundo postapocalíptico. Dos guerras mundiales después e infinitas guerras locales de horríficas proporciones (Sierra Leona, Líbano, Siria, Afganistan, Vietnam, Korea, Haití, Croacia, México, etc.), no considero tan descabellado lo dicho por aquellos fanáticos religiosos.

La violencia necesita ser reinventada. El propio Cioran aseveraba que la inteligencia es esencialmente violenta. ¿Afirmación gratuita? No lo creo.

Pensemos en el ecofacismo de Pentti Linkola, un idiota finés que propone acabar con todo el tercer mundo para hacer espacio a los occidentales primermundistas, saneando el planeta, establecer controles natales de máximo un hijo por pareja (él tiene tres hijos), propone abandonar la tecnología y volver a la naturaleza, como si nada hubiera pasado. Sueño tentador, he de confesarlo. Una especie de Doctrina Monroe con esteroides bálticos. Vale la pena mencionar que este tipo es un héroe de la intelectualidad nórdica.

Si por algo se ha caracterizado todo el linaje indoeuropeo, en todas sus formas, es por su cerrazón, intolerancia, ambición y brutalidad. Irónico que los tengamos ahora por seres superiores y de gran cultura cívica, una especie de elfos decadentes.

Peor volviendo al meollo del asunto, nuestra generación está ávida de sueños guajiros, de masturbaciones mentales, de las tetillas del Dios veneno que nos amamanta y engorda para luego cosecharnos de las formas más crueles. En la cursi subcultura Dark, el negro representa un luto infinito, una actitud de vitalismo inerte, un oxímoron de la realidad ramplona, simple y grosera: el hombre es un ganado.

En cambio aquellos que viven con levedad, según dijera Epicuro, los dioses, aquellos que según él ni siquiera nos notan (cuán equivocado estaba el bonachón hedonista), ellos son los artífices de nuestra desgracia, los creadores de tanto y tanto sufrimiento y nosotros somos las máquinas usadas para dispersar ese sufrimiento y convertirlo en orden, en universo.

Ellos nos odian a todos, han estado presentes desde el inicio de nuestra civilización, como lo dijera Deleuze: “el Estado (Urstaat) no fue inventado, nació con la humanidad” y todo lo que está dentro de sus sistemas y algoritmos es una ilusión, tanto para bien como para mal. Su ideología, su moral, su arte, su música, su poesía, todos barrotes de una prisión invisible. Yo mismo, más de lo mismo.

¿Qué nos queda?, tratar de destruirlo todo, caminar, resignados, hacia una extinción voluntaria, ¿salvar al planeta? ¡Vaya estupidez! Si no puedes ni salvarte a ti mismo, que no te llenen el cerebor de mierda pietista y ecocursilerías. Creamos una isla de plástico en el Pacífico y es hermosa ¡una verdadera obra de arte! El ser humano no sirve más que para la generar sufrimiento y destrucción.

EL planeta no nos necesita para salvarlo, simplemente se deshará de nosotros cuando así lo considere (Gaia-James Lovelock).

Pero ¿y toda la generosidad, los actos desinteresados de bondad? La parte más cruel de un sistema que requiere equilibrar sus fuerzas para mantenerse avante. “Dominar a otros es fortaleza. El dominio de sí mismo es el verdadero poder”, dice Lao Tse. Vivimos un mundo en el que el poder de lo virtual nos ha exiliado de nuestro centro interior, vivimos en un mundo de doctrinas de autoconocimiento y viejas sabidurías convertidas en coaching y merchandising.

Sales a correr diez kilómetros en un bosque agonizante en medio de la ciudad colérica y patibularia y sientes que ya te conoces a ti mismo, que te amas y te dominas, ¡pues no! Sigues siendo un autómata, un vástago de Nike y tu jodido iWatch, pero qué se puede hacer, matan cientos de mujeres todos los días, las matamos todos, todos somos responsables, todos matamos a niños palestinos y a indígenas huicholes, todos somos asesinos sin armas, criminales marionetas. “whatever works” dice un personaje de Woody Allen.

Eres vegano y te sientes superior a los omnívoros porque no haces sufrir a animalitos inocentes por la necesidad de alimento creada artificiosamente por una industria desvergonzada. Eres feminista, incluyente, delicada en el trato con los demás, una verdadera ser humana, llena de vitalidad y pureza. ¡Bien, aun así no sirves de nada! Una serie de efectos adversos se generan por el simple hecho de tu presencia en este mundo. Nuestra simple existencia afecta y deteriora la existencia del resto de las criaturas. ¿Por qué? ¿Qué clase de sistema subsiste a base de la tortura, la injusticia y la crueldad? Pues de esto nos alimentamos todos. Nadie es inocente. Nadie es especial. NO hay un elegido. Las doctrinas de los elegidos (cristiana, islam, judía, buidista) son todas igual de pusilánimes y falsas. Dios nos odia a todos por igual. La compasión es la más sucia de todas las vanidades, pues nos hace creer que es posible sentir el dolor de los demás, ayudarlos y, lo que es peor, librarlos de un dolor que es genético, que todos llevamos inscrito en nuestra codificación más radical.

Nietzsche pensaba que el mundo valía la pena sólo como fenómeno estético. Quizá por eso hacer arte sea tan doloroso. Insignificantes criaturas tratando de darle sentido a un sistema universal caótico: “Con la ayuda de la piedra de un Caósofo, encontré a la Diosa Eris Discordia en mi glándula pineal (en el Canal Cósmico Número Cinco), y desde entonces he sabido las respuestas a todos los misterios de la metafísica, metamística, metamórfica, metanoicay metafórica…” dice el Principia Discordia, una religión que se mofa de las religiones y , sin embargo, resulta el más serio atentado en contra del sistema del Dios nefasto, de la dualidad y del redencionismo religioso y ateo (ambos, igualmente estúpidos).

Una vía caótica en un mundo en los albores de un Nuevo Orden.

El Principia, continúa: “Jesús no era el hijo de Dios en lo absoluto sino –como Él dice en la biblia, una y otra vez –, Él fue el Hijo del Hombre. Realmente, Su Misión era advertirnos y prevenirnos acerca de Dios – una computadora robot cargada con armas láser, ubicada en una estación espacial, enviada para regular o destruir la humanidad”

 

 

Si dormiste fuera de una tienda de Mac, para gastarte lo que ganas en una año o simplemente tu cheque de la semana en un iPhone, no eres cool, simple y sencillamente eres un idiota más de todos los idiotas que abarrotan este mundo. La violencia necesita ser reinventada, una violencia espiritual sin cuartel, dirigida por la discordia, el caos y la creatividad. Una violencia que no tema destruir todo lo que se opongo a su misticismo, a su vertical de ascensión rizomática, hacía mundos delirantes.

Una violencia artística, que no genere muerte sino vida.

Una inconcebible violencia que nazca del amor. Pero, eso del amor sigue siendo muy ambiguo, muy ingenuo, quizás.

Hablemos de deseos.

 

++++FIN+++

Publicado en ZONA DE DESASTRE
Jueves, 25 Octubre 2018 04:44

CUATRO ENCUENTROS / Roberto López Moreno /

 

 

CUATRO ENCUENTROS 

Roberto López Moreno

 

 

   -Los poetas rompemos esa aparente cerrazón del presente. Aunque no nos publiquen, aunque los editores o comerciantes de libros digan que no se vende la poesía -¿Cuándo se ha vendido realmente?; lo digo con bisemia, en un doble sentido-, ella entra despacito por debajo de las puertas, de los vidrios, de las ventanas, y se queda tranquila. Así la poesía es fisura y rompe con esa aparente confusión interminable. Aparentemente, ya lo he dicho en otra ocasión, las palabras fax o stock han reemplazado a la sílaba preciosa. Pero sucede que la poesía se hace con palabras y las palabras tienen sílabas. Los poetas silabeamos el mundo y al silabear respiramos y hay un neuma ígneo, como diría el viejo Heráclito, que funciona ahí.

   -Siempre he dicho que este es el premio de conversar contigo; siempre se aprende algo, y además, teniendo la belleza como pupitre.

   -Bueno, esa gentileza tuya…

   -No es gentileza, siempre hemos sostenido los amigos, allá en México, que conversar contigo establece dos líneas paralelas, la primera…

   -Espera, no sigas, en este caso deja que te explique…

   -Sé lo que digo y los “cuates” allá están de acuerdo con mi afirmación.

   -Sólo que esta vez…

   -Esta vez has vuelto a hablar como siempre; estaríamos apartándonos de lo usual si no.

   -Sólo que esta vez –y es lo que no me has dejado que te explique-, lo que escuchaste no son palabras mías.

   -¿Cómo…? Sí ahí estás tú, como siempre, rompiendo la “aparente cerrazón del presente”.

   -No, Daniel…

   Daniel se detiene, grueso todo él, de cuerpo y de espíritu, atento a lo que trata de explicar el poeta Villaseca.

   -Estas palabras son hechas  mías, claro, pero son palabras que escribió Gonzalo Rojas para una contraportada de este joven poeta que te presenté hace unos minutos.

   -Mario…

   -Sí, Mario, quien recopiló el trabajo de siete jóvenes de su taller literario para integrar el libro que saludó Rojas de esa manera

   -Mario, sí… el muchacho que saludamos hace rato, Mario, ¿Mario qué? 

   -Nandayapa, el apellido es legítimamente chiapaneco, esa palabra en español quiere decirarroyo verde.

   -Nan-da-ya… pa.

   -Sí, Mario Nandayapa, de hecho doctor ya, el doctor en letras Mario Nandayapa; vino a hacer su doctorado aquí a Chile, y las palabras que dije las escribió Rojas para la contraportada del espléndido libro organizado por Mario con la obra de sus siete talleristas, y aquí vuelvo a tomar las palabras de Gonzalo: “libro donde siete poetas maduran lentamente en la caída vertiginosa de la palabra bajo el sabio consejo de Mario Nandayapa que, como Virgilio, conoce el infierno más que el paraíso”.

   -Otra vez los poetas chiapanecos. Y de las chiapanecas, qué me dices de las chiapanecas.

   -Bonita pieza, internacionalizada desde hace mucho.

   -Y luego de la broma, qué.

   -Rosario Castellanos.

   -Indudablemente, pero me acabas de presentar a Nandayapa…

   -Sí, sé de lo que preguntas; hay varios nombres, Yolanda Gómez Fuentes, las hermanas Trejo Sirvent, Clara del Carmen Guillén, Marirroz Bonifaz, y otras de auténtica calidad literaria…Margarita… Alegría da en verdad constatar esta continuidad luminosa.   

      El poeta Juan Bautista Villaseca y el doctor Daniel Martínez Montes conversan en el interior de Il Bosco, el viejo, el tradicional, el clásico Il Bosco. Aquí, estas paredes fueron testigo de aquellas bohemiadas en las que se reunían poetas y periodistas de izquierdas y derechas, todos en el mismo hervidero.

   -Sí Daniel, precisamente me acaban de contar una escena que me hubiera gustado gustar en plena plenitud. Me relataron de cuando la poetisa Estrella Magín, aquí mismo, en una noche delirante, dio a gustar de sus senos al escritor Vicente Parrini y a otro poeta amigo suyo, prendidos ambos de cada exuberancia, como si Rómulo y Remo hubiesen sido a las orillas ya no del Tíber, sino del propio Mapocho. Los tres, succionadores y succionada, perfectamente ebrios. Ah, por qué las dichas nos llegan siempre a medias. Por que gozarlas a través de un relato es gozarlas a medias.

   -A medias y a destiempo.   

   -Aquí mismo me relataron apenas, otro episodio que me pareció muy de la Morada de Paz. Un periodista de apellido Inostroza escribió acremente sobre un poeta de nombre Hernán Cañas, calificándolo de “poeta menor”. Cañas se lo encontró en la barra y se dio a insultarlo. “Folletinero” era lo menos que le vomitaba con desprecio. “Vulgar folletinero” le espetaba junto a un nutrido rosario de agravios verbales de todos los calibres. Llegó el momento en el que Inostroza no aguantó más y se dirigió iracundo al que le insultaba; con un severo puñetazo obsequiado entre madre y oreja -como se dice en México- hizo que rebotara el cuerpo del vociferomanoteador, primero sobre una mesa y de ahí sobre dos sillas, derribándolas estrepitosamente; el periodista insistió sañudo sobre su presa para instalarle otro soberano marrazo, tan descomunal, que hizo que el cuerpo de Cañas volviera a alterar la posición de otra de las mesas con todo y el sillerío correspondiente. Luego, en medio de aquella contundencia, alcanzó al maltrecho Cañas, lo tomó de las solapas y ante el asombro colectivo lo levantó por los aires para azotarlo sobre el suelo. Algunos creyeron que lo había matado. Ante el humillado cuerpo, desmadejado sobre el piso sanguiñolento, Inostroza todavía se dio el tiempo para arreglarse la corbata, tomar del brazo a la mujer que lo acompañaba y salir del local, erguido y displicente. Iba saliendo Inostroza cuando los parroquianos escucharon cómo desde el suelo, desde un cuerpo perfectamente deshilado, se rehacía la furibunda voz de Cañas para gritar rencoroso, con mayor encono aún: “¡Folletinero!”. “¡Así es como huyen los cobardes!”.

   Ríe Martínez Montes de buena gana. –Tienes razón, es toda una escena digna de la Morada de Paz.               

   El poeta Villaseca, acaba de dar en la Universidad Católica una conferencia más de su serie sobre la vida y la obra del mexicano Ramón López Velarde. Ahora, la conversación de él y Martínez Montes ya rueda por la Alameda, ya recorre las dúas cuadras que los separan del cerro Santa Lucía, ya asciende, ya retorna a la barra en donde se encuentran los dos amigos que han viajado desde México, cada uno traído por su propio vértigo de imágenes.

   -Yo, Juan Bautista Villaseca, tiendo una vez más el velo inconsútil, ahora en tierra chilena, para intentar de nuevo la captura de los fantasmas lopezvelardeanos.

      -Yo, Daniel Martínez Montes acudo aquí, a Santiago, a la invitación que se me hizo para un encuentro internacional sobre espiritismo; quién sabe a quién se le ocurrió invitar a un viejo cascarrabias para que viniera a refunfuñar sus cosas sobre el tema; quién sabe quién les dijo que ese viejo cascarrabias era yo.

   Conversan los dos con entusiasmo, de pie, frente a una barra que mantiene frente a ellos dos tazas humeantes. Los dos celebran el haberse encontrado de manera tan sorpresiva a tantos kilómetros de su lugar de origen.

   Rebosan con su entusiasmo los interiores de Il Bosco, frente a la iglesia de San Francisco, entre San Antonio y Estado. De día se reúnen aquí algunos poetas y periodistas; de noche toda esta atmósfera se vuelve densa y hasta peligrosa. No en vano acerca de esta zona escribió Nicolás Guillén: Cerro Santa Lucía/ tan culpable de noche./ Tan inocente de día. Guillén. Guillén. La plazoleta en donde se encontraba la ex Pérgola de las flores, se llena de patines taloneando el oficio, ahí mismo, donde la gente aborda la micro para dirigirse a sus hogares hacia el oriente de la ciudad.      

   -Así que a eso viniste, a un encuentro internacional sobre espiritismo, don Daniel.

   -Quítale el don, porque suena a campana.

   -¿Sabes una cosa?, siempre que me hablan de espiritismo, pienso que el poeta es una especie de médium potestativo.

   -Si utilizara la tiptología por movimiento ahora, con un golpecito sobre la barra te diría que sí, con dos, que no; así es que asiento a tu expresión y sólo doy una vez con los nudillos, ¿qué te parece?

   -Un tanto adulador, como siempre, cuando digo algo.

   -Si te molesta, daré dos veces sobre la mesa y de aquí mismo me  arranco a Rancagua y tú a Valparaiso y se acabó.

   Los dos ríen estentóreamente.

   -Yo también tuve trato alguna vez con espiritistas –dijo Villaseca- y eso de la tiptología no era tan simple, conocía el procedimiento de otra manera…

   -Sí –interrumpió Martínez Montes- si se le asignan a cada letra del alfabeto cierto número de golpes, se pueden obtener palabras completas, como en el juego de la ouija, pero los espíritus más desarrollados prefieren comunicarse por medio de la psicografía.

   -Ah, de nuevo el cerebro y la palabra, escrita o no, con la imaginación en medio. De nuevo la poesía.

   De la Alameda llega un aroma a fresco abriéndose paso entre la polución ambiental.

   -Poesía es la que todo lo crea desde el cerebro del hombre. –Insiste Juan Bautista.

   -Sí, porque finalmente como dices, y aunque te “moleste” que esté de acuerdo contigo, la poesía está en lo que tocamos, en lo que respiramos. En medio de un mundo tan abrupto se vive paralelamente el mundo de la poesía sin que nos percatemos de que ahí está, presente en todos nuestros actos y que también actuamos dentro de ese mundo.

   -No “también”, sino que actuamos dentro de ese mundo. Cuando nos salimos es cuando sobreviene la tragedia apresurada por el primate.  Y ahí ha estado también, en la estrepitosa hecatombe de Troya y ahí estuvo, en los ensangrentados canales de Tlatelolco, cuando el derrumbe del universo mexica y también en el Tlatelolco del siglo XX.

   -Y ahí estará, en el derrumbe de nuestro universo todo.

   -Pues… sí… la falta de poesía no sólo destruiría la tierra… ¡Claro!, también el universo, pues, ¿en dónde estaría entonces el hombre para dar fe de que el universo existe…

   -Ajá… un marxista recurriendo a los sofismas del obispo Berkeley…i

   El halo de la Alameda aletea lívido, álgido.

 

 

 

SEGUNDO ENCUENTRO

 

 

   En medio de la conversación enrojece el ocaso. Martínez Montes le propone a quien para él es uno de los poetas mexicanos más importantes del siglo XX, que se encuentren al día siguiente para aprovechar la estadía de ambos en Santiago; “¿en qué sitio?” pregunta Villaseca. “¿En dónde puede ser?”, responde el doctor Martínez Montes, “antes de venir a tu conferencia sobre don Ramón me enteré de que aquí, en esta ciudad tan al sur de la nostalgia, la Casa del Escritor lleva el nombre de Ramón López Velarde, precisamente”.

   Horas después los dos amigos conversan en los interiores de la Casa del Escritor. Un caserón antiguo, ubicado prácticamente en el Santiago histórico. En este segundo encuentro, la ráfaga de aire atraviesa la Plaza Italia y rodea a los conversadores después de haberse paseado tan campante sobre las aceras de la calle Simpson.  

   -¿Y no sabes por casualidad si López Velarde era espiritista?, acuérdate que se decía que Madero lo era y que bajo esos influjos se lanzó a derrocar a don Porfirio. La gran fuerza del espiritismo se inició en el siglo XIX, tiempos que a ellos les tocaron muy de cerca.

   -Yo diría más bien, que López Velarde no era espiritista, era espiritualista.

   -Bueno los literatos, no por serlo, están tan lejos de algunas prácticas del espiritismo, y hasta se podría decir de algunos escritores que… –se dirige a Villaseca con cierta sorna y abunda- Conan Doyle, mientras escribía las aventuras de Sherlock Holmes, asistía por las noches a complementar con su presencia las cadenas fluídicas e incluso llegó a practicar la pneumatografía.

   -De qué se trata eso.

   -Fácil cosa, sobre un retrato, sobre el medallón del fallecido al que se quiere contactar, sobre su tumba misma, dejas un lápiz y un papel y al cabo de un tiempo regresas para ver el mensaje que haya dejado escrito.

   -Ah, -interrumpe Villaseca en torno burlesco pero afectuoso- buen procedimiento para darle oportunidad al poeta fallecido de hacer el poema que tenía pensado antes de morir y que ya no pudo rayonear en su cuaderno.

   -Ayer que me presentaste a… a Nandayapa, pensé en lo poetas chiapanecos escribiendo allá en sus selvas cada vez más taladas, a la orilla de sus ríos, cada vez más contaminados. Pensé en ellos, en sus paisajes. No sé si te acuerdes de Paz Lócera –evocó Daniel mientras llegaba a ellos una nueva onda del viento-: “Señor,/ aquel caballero triste/ que a cambio de amargura/ un ánfora le diste/ repleta de esperanzas/ de amor y de ternura,/ aquel que en tu santuario/ lloró todas sus penas/ contó todas sus cuitas,/ llevar el rostro enjuto/ nuevamente le he visto,/ nevados los cabellos/ los ojos sin destellos/ y con el alma en luto./ Pues, Señor,/ para aquel caballero triste/ el ánfora que tú escogiste/ estaba rota”.

   -Buena memoria –apunta Villaseca.

   -Nunca como la tuya –asienta Martínez  Montes.

   -Oh, los elogios mutuos…

   -Bueno, pues salió a colación porque esto que acabo de recordar es una de las tantas versiones de El ánfora rota, de las demás versiones, en Chiapas todos los que las repiten dicen que la suya es la verdadera. Entonces se me antoja que alguien estuvo practicando la pneumatografía para darle oportunidad al autor a que regresara del más allá a corregir una y otra vez su poema.

   Como si en ese momento estuviera llegando de muy lejos, cortando abruptamente el tema, Villaseca dice con tono de interés, “así es que esta es la Casa Ramón López Velarde, la Casa del Escritor…”

   -Así es, se inauguró el 17 de septiembre de 1963, con un discurso de Pablo Neruda.

   -¿Cómo es que lo sabes?

   -Porque eso dice la placa de ahí enfrente –Responde Martínez Montes con sonora carcajada.

   -Se inauguró con un discurso de Pablo Neruda… creo haber leído algo de eso.

   -¿Otra vez a presumir de la memoria de elefante?

   -Si de eso se tratara, te relataría ahora mismo…Obregón… Vasconcelos… sí, te lo contaré ahora.

   -A ver, a ver…

   -Se trata de una anécdota con relación a López Velarde que repetía el poeta Rodolfo Mier Tonché, refiriéndose justamente a las memorias fotográficas, esas a las que llamas memorias de elefante.

   -Escucho mi querido Juan.

   -Resulta que cuando falleció nuestro poeta, el entonces secretario de Educación Pública de México, José Vasconcelos, le informó al presidente Obregón: “acaba de morir López Velarde”. Obregón, como todo buen político mexicano, no tenía muy claras las dimensiones del reciente fallecido, entonces sólo se le ocurrió preguntar “¿Y…?”. Vasconcelos abrió el libro que llevaba en la mano y repuso: “el que escribió: Yo que sólo canté/ la infinita partitura del íntimo decoro,/ alzo hoy la voz a la mitad del foro,/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo/ para cortarle a la epopeya un gajo… Al darse cuenta Vasconcelos del interés que había despertado en Obregón decidió leer completo el largo poema. Cuando terminó Obregón mandó a reunir a su gabinete y ya frente a ellos les dijo con gesto compungido y ceremonioso: “les he mandado a llamar para informarles que, lamentablemente, hoy murió el poeta López Velarde”, y continuó, “aquel que dijo: alzo hoy la voz a la mitad del foro/ a la manera del tenor que imita/ la gutural modulación del bajo, para cortarle a la epopeya un gajo./ Navegaré por las ondas civiles con remos que no pesan/ porque van/ como los brazos del correo chuan/ que remaba la Mancha con fusiles./ Repetiré con una épica sordina,/ la patria es impecable y diamantina…”, y ante el desmesurado asombro de Vasconcelos, repitió el poema casi completo. Eso es memoria mi querido Daniel. Eso sí es memoria, lo demás son… tú ya sabes.

   -Y al hecho de repetirme completa la cuarta de forros del libro de Nandayapa ¿cómo se le puede llamar? –Repuso Martínez Montes agitando frente a Villaseca el enorme corpachón que normalmente cubre con una gabardina blanca.

   -Eso es algo efímero.

   -Eso es memoria.

   -Es algo efímero. –Insiste Villaseca con su rostro ovalado, sonriente, con una sonrisa que le achina los ojillos con cierta picardía.

   -Pero ahora… ibas a decirme algo sobre el discurso de Neruda.

   -Te digo que creo haberlo leído por las fechas en las que se inauguró este recinto.

   -1963.

   -La poesía de López Velarde ha ido de alambique en alambique destilando la gota justa de alcohol de azahar, se ha reposado en diminutas redomas hasta llegar a ser la perfección de la fragancia. Es tal su independencia que se queda ahí dormida, como en un frasco azul de farmacia, envuelta en su tranquilidad y en su olvido. Pero al menor contacto sentimos que continúa intacta, a través de los años, esta energía voltaica. Ninguna poesía tuvo antes o después tanta dulzura, ni fue tan amasada con harinas celestiales. Pero bajo esta fragilidad hay agua y piedra eterna. Cuidado con engañarse. Cuidado con superjuzgar este atildamiento y esta exquisita exactitud. Pocos poetas con tan breves palabras nos han dicho tanto y tan eternamente, de su propia tierra.

   -No… ching… -Martínez Montes con cara de asombro.

   -Pues sí, creo que lo recordé.

   -¡Son las palabras del discurso!

   -Unos parrafillos nada más.

  -Es que no puede ser posible…

   -No es nada del otro mundo Daniel, recuerda que soy chileno y mexicano al mismo tiempo. He estado en contacto siempre con estos textos. Ya te he platicado que mi padre era un destacado cirujano chileno, hombre de gran cultura; de niño me impresionaba y ahora que lo recuerdo me impresiona más. Yo nací en la ciudad de México, de madre mexicana, también de buena memoria, pero de él heredé la profesión de médico y la tonelada de libros que se llevó para allá… y que los leía ¿eh?, me consta que los leía.

   -…Por eso esas disertaciones tuyas sobre Huidobro… Sobre Neruda…

   -Crecí con ellos, leyendo sus obras, así como crecí leyendo las obras del “tal don Ramón”.

   -Oye, se me ocurre… ¿y si organizáramos una sesión espiritista con la gente que me invitó al encuentro y los hacemos conversar a los tres, Ramón, Vicente, Pablo?

   -Qué interesante que pudieran hablar los espíritus de los poetas, traerlos al más acá.

   -Varios lo trataron de hacer. Te diré, tengo una lista de no pocos poetas que creían en todo esto del espiritismo. ¿Empezamos?

   -No, déjalo así, seguramente que eran plagiarios en potencia que querían ver cómo se aprovechaban del más allá.

   -Y no sólo los poetas        

   -Algunos…

   -También científicos como Edison y otros de esa talla

   -Y algunos…

   -¿Y si pudiéramos hablar con Nicanor, por ejemplo, aquí mismo, sobre la costra terrestre?

   -Inténtalo y después de tu conferencia me platicas qué te dijo.

   -Es mañana, a la misma hora de tu última cátedra sobre el poeta.

   -Regreso dentro de dos días a México, quizá mañana nos podamos ver y platicarnos cómo nos fue a cada quien. Citémonos en algún punto.

   Acuerdan el sitio en el que se encontrarán mañana. Saben que si parten del norte, que si del sur, que si de cualquier punto, sus pasos representarán inevitablemente la unidad de este vasto territorio que empieza desde el Río Bravo, que empezaba desde mucho más al norte y que tierra se extiende más allá de los océanos.

   Palabras cúlmines del discurso de Neruda sobre López Velarde: “En la gran trilogía del modernismo es López Velarde el maestro final, el que pone el punto sin coma. Una época rumorosa ha terminado. Sus grandes hermanos, el caudaloso Rubén Darío y el lunático Herrera y Reissig, han abierto las puertas de una América anticuada, han hecho circular el aire libre, han llenado de cisnes los parques municipales, y de impaciente sabiduría, tristeza, remordimiento, locura e inteligencia los álbumes de las señoritas, álbumes que desde entonces estallaron con aquella carga peligrosa en los salones.

   “Pero esta revolución no es completa, si no consideramos este arcángel final que dio a la poesía americana un sabor y una fragancia que durará siempre. Sus breves páginas alcanzan, de algún modo sutil, la eternidad de la poesía. Isla Negra”.     

 

 

 

TERCER ENCUENTRO

 

 

 

   Una sombra espera en una esquina de Monjitas. La otra, la de Martínez Montes, se acerca, pesada, sobre la acera de Enrique Mac-Iver. Los dos amigos se saludan con un abrazo y echan a andar. Parten de Mac-Iver y Monjitas. Los dos se adivinan los pasos; son sus últimas horas en Santiago y ambos saben sin decírselo que se dirigen a la Plaza de Armas, atraviesan por lo ancho la Cerrada de Doctor Dusci, después San Antonio, Phillips, hasta alcanzar Paseo 21 de mayo para entrar a la Plaza. Pueden continuar sobre 21 de mayo que luego cambia de nombre, y ya sobre Estado cruzar Merced, Paseo Huérfanos, Agustinas, Ramón Nieto y llegar a La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Deciden hacer pie en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia.

  -Probablemente no dejé una buena imagen con los congresistas de esta mañana. –comenta Martínez Montes- Pero bueno, no creo que hubieran esperado de mí otra cosa cuando me invitaron.

   -Es algo efímero –repone Villaseca con su cara ovalada, risueña, dueña de una ligera burla cariñosa.

   -Mira, poeta, a ustedes, los que sufren esa locura de inventar un mundo paralelo al que ya existe y se atreven a querer vivir dentro de él, escapándose de la realidad…

   -No es cierto, es cuando más reales somos, los irreales son los que creen que son ellos los que viven en la realidad, porque permanecen dentro de los esquema rígidos de las condiciones a que han sido sometidos culturalmente.

   -Bueno, pues se trata de que hoy en la mañana les hablé del escapismo, más bien, del gran escapista que fue Houdini.

   -El mago Houdini. El gran Houdini ¿Y qué relación tiene Houdini con el congreso de espiritistas?

   -En que él fue el gran detractor de los mitos, trucos y engaños que inventaron los espiritistas, desde las hermanas Leah, Kate y Margaretta Fox.

   -Sí, las canadienses aquellas que timaron a centenares de neoyorkinos ingenuos… 

   -Desde ellas, consideradas en la segunda década del XIX como las madres del espiritismo, hasta ese gran embustero, Daniel Dunglas Home, verdadero embaucador de las buenas conciencias. Les hablé de hombres de ciencia como Lombroso, que fracasaron al intentar descubrir los montajes de los que se “conectaban” con el más allá.

   -Entonces tenía que ser un gran héroe del escapismo, un gran actor, un ilusionista del mayor efectismo, un autor de trucos más elaborados que los de los otros…

  -Claro, así fue, el gran talento de Harry Houdini hizo quedar en ridículo las artimañas que habían dado tanta fama a conocidos escénografos del espiritismo como aquella famosa señora Guppy, o la bella Florence Cook, o Katie King, o Eusapia Palladino… tantas y tantos…

   -Pero veo con regocijo -otra vez aparece la sonrisa ovalada de Villaseca- que tus compañeros de mesa no te colgaron…

   -Me escapé por uno de los ventanales que dan para Las Condes, explica Martínez Montes bromeando.

   -Deberíamos tener en todas partes un Houdini para los asuntos políticos, otro para los religiosos, otro para los económicos, otro para los policíacos, otro para los deportivos… y así… ir desenmascarando charlatanes. Un mago para cada caso que desnudara farsantes en todas las actividades.

   -Y entonces andaríamos todos encuerados, bueno… menos los poetas…

   -No habría necesidad de ningún Houdini para nosotros, los poetas estamos acostumbrados a encuerarnos solos…

   -Del alma… del alma…

   -De todo.

   -Y así, encueraditos del alma… y de todo… siguen inventando cada cosa que hay que echar mano de nuestra mejor buena fe para creerles, como aquel episodio que platicaba Nazario Chacón Pineda sobre un tal general Charis de por el rumbo de Juchitán. Así, ¿quién le puede creer a los poetas? –Pregunta Daniel en una actitud de fingida polémica.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado… -Rememora Villaseca.

   -Estaba el general Charis a punto de ser fusilado, según Chacón Pineda…

    -…antítesis del abstemio, ante quien Baco se queda como aprendiz de bohemio.

   -…cuando viril todo él, pecho inflamado de heroísmo, pidió un último deseo al comandante que daba órdenes al pelotón. “Quiero dirigir mi propio fusilamiento”. El comandante accedió. En el frente el pelotón en un flanco el comandante. Entonces Charis levantó la voz marciana y ordenó: “¡Preparen armas! Se oyó el cerrojazo múltiple de los fusiles. Vino la segunda orden: “¡Apunten!”. Los soldados se pusieron en posición de disparar. Entonces entró en juego la astucia forjada en mil batallas. Charis, dio dos órdenes como relámpago: “¡Flanco derecho!” “¡Fuego!”. El proyectil del soldado que se encontraba en el extremo derecho del pelotón penetró entre dos costillas del costado izquierdo de su comandante; el soldado que le seguía, le dio al primero en la nuca; el que le seguía le dio al segundo en la nuca; el que le seguía le dio al tercero en la nuca; el que le seguía le dio al cuarto en la nuca; el que le seguía… Comandante y pelotón se aniquilaron en un segundo.  En una sincronización perfecta. Hubo una segunda sesión de tiros, más bien uno sólo. El último del pelotón se suicidó. Disciplina militar, ni duda cabe, cumplida ejemplarmente. El general Charis se retiró del paredón, tan fresco él, a memorizar el suceso para sus nietos cuando los tuviera y que algún buen espiritista lo quisiera traer a él del más allá para contárselos.

   -¿Eso decía Nazario Chacón Pineda? Sí, eso decía.

   -¿Y así quieren los poetas que se les crea? –Reclama Daniel sonriente.

   -Si así lo contaba -y así se lo oí muchas veces- ten por seguro que así pasó. –Repone Villaseca, ceremonioso.

   Lo narrado les recuerda irremediablemente las plazas de armas de las ciudades mexicanas, por donde rodaron también muchos episodios revolucionarios.

   -Esto de las plazas de armas. –Evoca Villaseca- ¿Te acuerdas de aquel fragmento de Miguel N. Lira, en el Corrido de Catarino Maravillas?

      -A ver si es esto: “Ciudad de bandera al aire/ y calma presidencial;/ El Sagrario, los Portales,/ el Palacio Nacional,/ el Zócalo, en el que cabe/ la más recia tempestad…”                      

   Pueden caminar unas cuantas cuadras más, hacia La Moneda, lugar de incontables acontecimientos vivos. Pero prefieren conversar en la Plaza de Armas, la tan cargada de historia. Mañana, uno de los dos volará a temprana hora. ¿Quién retornará al tiempo? ¿Quién a la distancia?

 

 

CUARTO ENCUENTRO

 

 

   Martínez Montes ha decidido viajar del Aeropuerto de la Ciudad de México a la Morada de Paz, como lo hacen por costumbre todos los que llegan de viaje y que forman parte de esa cofradía. Antes de ir a sus hogares pasan a saludar a los amigos en ese punto bohemio de la capital mexicana, en la Calle de los Donceles.

   Llega a la Morada. Lo primero que le da en el rostro como una fuerte pedrada, es la noticia de que anoche falleció el poeta Juan Bautista Villaseca y que durante el mediodía de hoy ha sido sepultado en el panteón de San Isidro, en Azcapotzalco.

   -¡No puede ser!, grita sintiendo que se encuentra agarrado apenas por un ganchito de la razón.

   -Sí, venimos de enterrarlo –explican los reunidos: el pintor Carlos Humberto Valencia, el poeta Nazario Chacón Pineda, el periodista Renato Leduc, el compositor Alberto Elorza; la muralista Aurora Reyes, el cronista Villela Larralde, la folklorista Concha Michel, la periodista Magdalena Mondragón, el guitarrista Helguera… el político… la historiadora… el dramaturgo… el actor… el caricaturista…Venimos de Azcapotzalco, venimos de darle sepultura.

   -¡No! –Exclama en el desconcierto total Martínez Montes-. Eso no puede ser, lo acabo de dejar en la ciudad de Santiago, fue a Chile a dar una serie de conferencias sobre López Velarde.

   Todos lo miran como si hubiera perdido la razón, como si el ganchito al que todavía se agarraba se hubiera desprendido ya de la cordura.

   -Anoche conversé con él en la Plaza de Armas de Santiago y un día antes estuvimos en la Casa del Escritor y un día antes tomamos café en Il Bosco.

   -¿En Il Bosco? –Interroga el periodista Ernesto Carmona, chileno que se sabe su tierra de memoria.

   -¡Sí, en Il Bosco, ahí tomamos café y platicamos por varias horas.

   -Pero si Il Bosco hace tiempo que no existe, más de veinte años, quizá, o más, mucho más. En ese lugar hay ahora pequeños comercios sin gracia y en frente el Plaza San Francisco, de una transnacional hotelera. –Explica otro chileno ilustre, Víctor Pey, editor de El Clarín, el diario izquierdista de Santiago.

   -Pues ahí estuvimos, ahí platicamos Villaseca y yo hace apenas unas cuantas horas; ¡Ahí estuvimos, mientras ustedes estaban en la luna o quién sabe en dónde!

   Martínez Montes deja a sus amigos sumidos en medio de una profunda mortificación. Todos se sienten preocupados por él. Él se encuentra aturdido total, como si flotara en otra dimensión. Se ve tan real la actuación de todos. Pero, qué caso tiene esta representación de tan mal gusto. Sin embargo ellos, dan detalles precisos del cortejo, del ataúd… de las oraciones fúnebres…

   Ahora está sólo, encerrado en su biblioteca. Confundido. ¿En qué momento enloqueció el mundo? Cuando regrese Villaseca de Chile le platicará de esta mala broma que le están jugando: piensa que para entonces todo será risa y él le mentará la madre a cada uno.

   De uno de sus libreros toma un título de Villaseca; lo abre con lentitud; se detiene; recuerda algo del diálogo con Juan Bautista en el interior de Il Bosco.

   -Y tú, ¿nunca has sentido tentación por acercarte aunque sea un poco a eso del espiritismo?

   -No, de la poesía nace todo y todo vive y muere en ella.

   -Yo también creo en eso.

   -Hasta que la poesía misma muriera. Entonces sí acabaría todo, menos el dolor, éste seguiría vivo, unos cuantos segundos más, como dolor-reflejo, dolor-fantasma, hasta que la poesía resucitara necesariamente para cerrarle piadosamente los ojos.

   Vuelve a recordar la macabra broma de sus amigos de la Morada de Paz. Macabra broma o demencia o ¿qué?...

   Ahora sí abre el libro; busca aquellos versos que Villaseca le escribió a Neruda. Lee en voz baja: “Era como la tierra, una argamasa/ sin picaportes para la alegría,/ alquilaba sus huesos, se dormía/ como un limón soltero que se casa./ Yo lo miraba herirse en esa gasa/ que cobijó en un beso la agonía,/ venía obrero del dolor, venía/ capitán de una lágrima a mi casa./ Una tarde dejó aquel equipaje/ de distancias. Se fue silbando el viaje…”

   De pronto se percata de que sobre uno de sus hombros Villaseca también lee el poema. Concluye en voz alta lo que el otro leía tenue: …como los ferroviarios que se van…/ Un vaso entre los bares quedó ausente./ Y le decía el océano lejamente:/ “te olvidaron los puertos, capitán”.

   Martínez Montes cierra el libro con fuerza y se vuelve a su amigo, con gusto, con sorpresa, con asombro, lleno de dudas, de profundas interrogantes… Frente a él tiene el rostro de su amigo, ovalado, sonriente, con la misma sonrisa maliciosa que le achina los ojillos.

   -¿Pasaste a la Morada de Paz? Has de estar enterado ya…

  -¿De qué?

   -De tu muerte. Tuvieron el pésimo gusto de jugar con tu posible muerte en Chile.

   -Es algo efímero. –Responde Villaseca.

   -Es que todo lo han hecho tan real…

   -Más pendejadas…

   Martínez Montes se deja caer sobre un sillón de cuero verde; verde, quizá como el color que Villaseca dice que tiene la muerte, cuando juega a conversar con ella. Está fatigado, próximo al desvanecimiento. Villaseca se dirige a él con cierta dulzura:

   -Salgamos, te hará bien, aquí se percibe un ambiente asfixiante.

   Daniel acepta mecánicamente, como si no fuera dueño de sus propios movimientos, dejándose llevar hilachadamente por su amigo, quien con una mano lo sostiene –el cuerpo de Daniel parece haber perdido su ostensible peso- mientras con la otra abre la puerta. Los dos amigos salen a la calle. Con pasos casi imperceptibles abandonan la Plaza de Armas y se deciden sobre Monjitas, abandonan el Paseo 21 de mayo; cruzan Phillips, San Antonio, la cerrada Doctor Dusci hasta alcanzar Enrique Mac-Iver. Ahí se detienen. Es el momento de separarse. Las dos sombras se dan un abrazo. Una de ellas prosigue su dirección sobre Monjitas. La otra, se pierde sobre las aceras de Mac-Iver. Las calles de Santiago parpadean. La noche guarda aromo sabor a viento.       

                                            

 

 TONADAS Y AJEDREZ

 

Nadie sabe –por lo menos en el mundo ajedrecístico de ahora- que Capanegra fue un magistral ajedrecista de origen cubano. Desgraciadamente su nombre no aparece en ninguna de las antologías que se han editado en el planeta sobre el tema. Toneladas de papel impreso han viajado por el mundo relatando partidas increíbles de los más destacados jugadores pero en ninguna parte se habla de las hazañas de Capanegra, quizá por que no obstante su capacidad estratégica, nunca trascendió el ámbito local. Si por lo menos –ya que contamos con la existencia del álgebra ajedrecística- hubiera un testimonio de sus asombrosos cierres, de sus audaces aperturas (el orden de cierre-apertura es solamente para sugerir la curva de la espiral), pero nada de eso existe; en cambio, se sigue repitiendo en las páginas impresas la “Ruy López”, la “Siciliana invertida”, la “Defensa Caro-Kann”, la... en fin, que su talento fue y es un desperdicio en nuestra contra. Lo que ha trascendido es que Capanegra se sentaba frente al tablero, frente al contrincante, frente a la expectativa, y antes de su clásica apertura peón uno caballo rey, peón uno alfil dama, él, amante de la música, iniciaba, como nunca antes se había escuchado en ninguna parte, su silbido peculiar, dibujando en el aire los primeros compases del “Gloria” de Vivaldi. Para cuando Capanegra alcanzaba más de la mitad de la propuesta vivaldiana, la partida se encontraba muy cerca del jaque mate a su favor o del abandono de la misma por parte de un contrincante nervioso, alterado al máximo, seguro ya de su pronta derrota. Una vez sucedido cualquiera de los dos finales previstos, el “Gloria” de Vivaldi montaba en una algarabía impresionante, como un himno mayúsculo en glorificación de la victoria. Fue pasando el tiempo y cada vez se sumaban más y más los deslumbrantes triunfos del gran Capanegra. Se desfloraba en el aire el “Gloria” de Vivaldi y los adversarios iban cayendo uno a uno sobre un tablero cuya cuadrícula en alternancia blanca y negra se volvía sólo negra, como rendido homenaje al entenebrado apellido del inevitable triunfador. Capanegra únicamente jugaba al ajedrez y silbaba la excelencia de Vivaldi; se había desconectado del mundo, se había concentrado tan sólo en la gran felicidad que le proporcionaba el éxito invariable de las combinaciones producidas por su genio. Desconocía cómo rotaba y transledaba el orbe sobre el que fraguaba el diseño de sus partidas. ¿El mundo?: sólo él, su tablero y el “Gloria” de Vivaldi, y si acaso, apenas, el desdibujado rival que desde antes ya sabía su derrota. El tiempo transcurría y nada ni nadie alteraba su atmósfera, esferada de las aperturas más disímbolas, de jaques al rey, gambitos, enroques largos y cortos, capturas al paso, torres y caballos en fragor de combate, alfiles y peones en arteras avanzadas, sacrificios estratégicos, audacias inesperadas... y al principio y al final el “Gloria” de Vivaldi. Desconocía los acontecimientos que le rodeaban y hasta la historia misma de los grandes maestros que le habían antecedido en el llamado juego-ciencia-arte. Siendo tan virtuoso ajedrecista nunca supo de las glorias del doctor Lasker, de la existencia de Alexander Alekhine, del maestro Morphy, de Botvinnik, de Petrosian, de Roberto Martín del Campo, del poeta Sergio Armando Gómez. Qué lejos había estado de conocer partidas como la “Inmortal” de Anderssen o de planteamientos mortales como la “Lanzadera” que entre México y Yucatán creara el maestro Torre Restrepo. Él siguió ganando partidas e ignorando el mundo. Había nacido para las dos cosas y las dos las hacía más que bien. Cuando le dijeron  que existía un campeonato mundial de ajedrez  y que a nadie más que a él, al imbatible Capanegra, le correspondía ser el campeón del mundo, su “Gloria” de Vivaldi se volvió más luminoso. Pero a veces la dicha viene aparejada con la desgracia, y así fue como supo también que él no iba a ser el más grande campeón del mundo de origen cubano, que antes que él había existido otro inconmensurable campeón de los ajedrecistas y que el planeta todo lo conocía y reconocía con el nombre de Capablanca. Entonces, Capanegra fue cayendo -irrefrenable vertiginio- en la más profunda depresión. Se encerró en su casa de Camagüey y ya no quiso hablar con nadie. Algunos dicen que cierta noche en vez de su tradicional “Gloria” de Vivaldi le oyeron silbar en forma más que lastimera la “Marcha Fúnebre” de Federico Chopin. Al día siguiente lo encontraron muerto, irremediablemente muerto, o sea, muertísimo, con un agudo alfil blanco clavado en la mitad del pecho.                                    

                                                         

 

                               

                         

 
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