Hugo Garduño

Hugo Garduño

Hugo Garduño poeta y novelista, autor de Luz parda y los Días Contados, novela corta de venta en Amazon, ha sido publicado en gran número de revistas como Blanco Móvil, Deriva y VersodestierrO. Recientemente aparece en la sexta antología: Atlas de poetas nacidos en los sesenta, recopilación de A. C. de la Cruz, publicado por Cisnegro:

 

Alrededor de la roca

Hugo Garduño

 

 

 

En una nube de cloro.

Olor extraño de medicamento envenenado.

              Sabor sintético de fino carburante.

 

Se nubla la vista entre las paredes

se enturbia el aire que muy lento circula

              se contrae la realidad temerosa.

 

Fulguran las rabiosas ansias

por una quimera inaprensible de sulfuro

             que embruja, pero no se alcanza.

 

El temor se acerca a la ventana

en una mirada paranoica hacia afuera.

Se desconfía de la realidad del mundo

                       que adentro se aniquila.

 

Al sumirse en el pozo blanco de la bruja roca.

El breve éxtasis: demonio paraíso en un punto

      que se confunde con cada partícula blanca

                 cuando la necesidad es un arrebato.

 

El tiempo y las noches no son más que sirvientes

a los que se les destaza el cuerpo para el banquete

                                                           de las ansias.

  Y se les deshecha en una cámara de limbo torvo.

 

 

Alrededor de la roca la cofradía de los fantasmas

que ya poseen su color, olor y ese humo en las venas.

Enardecidos por ese tizne blanco que les flota

                                          al arrebato para poseerles.

 

Desde adentro, con inusitada fuerza que se obtiene

y se desvanece en un segundo pulverizando a las vértebras.

                Dejando ahí mismo ese hueco enorme que exige

                                   más de ese sutil gas que nunca sacia.

 

Y fuera de esa hambre todo lo que existe es nada.

          El piso siempre caminado se podrá romper

      se podrá volver sólo escollos sin que importe.

 

La ventana del porvenir habrá de tapiarse

   se procurará ignorar como mal presagio:

Burla adelantada, nubarrón o lastre impertinente.

 

Enfebrecidos en las tinieblas de la calle

o al digitar un número para obtener el papelito

para regresar a la mudez apretando las quijadas.

Para volver a al éxtasis, de ese demonio paraíso.

 

 

 

 

 

 

 

 

La misma esquina

 

 

Aquí, alguna vez con el nada saber de la inocencia

                        acariciaste la luz sobre los edificios.

 

Era lo magnífico, sólo, lo que brilla.

Y parece sonreír siempre sin importar dónde se posa.

 

Pero pronto el despertar entre las ruinas

en el soez trajín de la inmediatez tan burda

se te dibujó en el gesto, cínico mohín entre los labios.

 

También olvidaste el respiro por una rendija

   que por ahí estaba, para absorber otro aire.

Pues sin saber, cada día tus rodillas se fincaban más

                                                          en ese cemento.

 

La bellaquería y la maliciosa andanza

     el botín y el vicio, la cara conocida

             de jauría de famélicos lobatos.

 

Repitiendo historias ya vividas.

Los viejos que al verles escupían su desprecio

su pasado hecho en ese mismo suelo con burla les guiñaba

                                    al mirar nueva versión de su fracaso.

 

Con la vitalidad indiscutible y hasta alguna apostura.

               El desparpajo y la estridencia no ocultaban

                        la ya acumulación de aceite quemado

                 y el correr en círculos ahí en ese laberinto.

Después sería difícil recordar

cada una de todas esas locas noches

                               en las puertas de las vecindades

y en todos los rincones que servían para atiborrarse.

 

El poder ser duro y malo

era un fluido que enervaba endureciendo de eso el ansia.

                         Era vivir en el eléctrico y polvoso ruedo.

Y también se mentía para poder mimetizarse en ese potaje espeso.

 

Uno a uno el tiempo o la desgracia desbandó.

La pura necesidad de hacerlo empuja poco a poco;

       o el arroyo de un golpe de infringe la fractura.

Sin saber si fue o no quimera

        pues ésta no se desenmascara, sólo envejece.

 

La vida lleva las mismas prendas que siempre ha usado

sólo con colores distintos para cada cual de los presentes.

    Hay quien se sujetó quizá sin saber a una prenda vieja.

 

Envejecido adolescente, cada tarde te cae cada vez con más peso.

    Quizá sin que lo sepas, pero agravando tu rencilla con la vida.

 

Estás sin querer ser amargo y ya nada esperando

           parado como siempre, en esa misma esquina.

 

 

La liberación

 

 

 

 

Reintegrado a las calles                                                                     Para el Mocoyoyo

que te dejaron hollín en los recuerdos.

              Una plasta blanca que te veló

hasta desaparecer, todo lustre a esas paredes:

            el paisaje conocido y hasta el anhelo.

 

Muy temprano ese candor roto

ante lo cortante de un despertar en sal

               en mañanas déspotas y frías.

Y el ineludible intercambio con la malicia

              y mendacidad que te circundaron.

 

Viviendo casi huérfano y aprisa

entre el vértigo hostil de los escaparates.

  La alquimia en el doblez de los rostros.

       La ebria media luz de antros ruines.

Hasta esas puñaladas

      que te hicieron encerrar en una jaula.

 

En el reclusorio de los cínicos lamentos

de la ácida maldad, religión de grasa negra.

Donde se obtiene maestría para diseccionar

cuerpos y cosas, para arrebatar el privilegio ajeno.

 

Tu escéptico mirar de plomo

                                     se tornó en odio necesario.

 

 

 

No hay quien reciba al que partió

porque nunca le perteneció a alguien.

Sólo es un ente conocido y rencoroso

                  que por intimidada cortesía

                 se le palmotea en la espalda.

 

Desde donde creías podía partir

algo que te mirara: es una vacía cuenca.

Como huecos están para ti todos los rincones.

Aunque haya donde dejan un momento que te sientes

             pero contando cada minuto para que te vayas.

 

En botellas de cerveza que pronto se entibian

se desvanecen las pastillas dadas por psiquiatras.

De ellas bebes con los siempre advenedizos al vicio

y con mujeres que están ahí, porque hasta ahí llegaron.

 

Mañana el despertar te estrangulará

con su resaca de realidad y liberación hacía nada.

Con una burla a tus todavía jóvenes venas

                y un mohín de desprecio a lo que eres.

 

Jueves, 07 Septiembre 2017 04:52

El sonar de la locura / Hugo Garduño /

 

El sonar de la locura

Hugo Garduño

 

Cómo, sin que se aparezca la duda

una noche puede ser inmensamente más negra

                              que el color de sus sombras.

Lo mismo que su pertinaz lluvia

puede acompañar con su sonido y aliento helado

                                        la más terrible infamia.

Como una sonata neutra en apariencia inocente

           que no lo es, porque en ella ocultos andan

                        seres, en excremento convertidos.

Ellos son los que a ese sonido de agua vuelven

                                            el sonar de la locura.

Y a esa noche le dan

               lo oscuro de lo profundo del infierno.

Es elevadísimo el precio que paga el pobre

                                    por no ser ignorante.

Es aún más alto, que el vergonzoso pago

de miseria infame que comparte con los suyos

             y en el que el orden del poder carroña

                           los hunde y hunde sin salida.

Todo para seguir perpetuando

                                          el robo y el saqueo.

Paga más el que ve la luz y en todo su derecho protesta.

Y le grita a la carroña cómo hiede

porque se expone a sus jaurías rabiosas que braman

y aterrorizan de todas las más bajas formas.

Y ansiosas están por despedazar

                                      a quien se les ordene.

Y peor ahora, que para puros miserables fines

se asocia, es cómplice la canalla vestida lo mismo de

                     político, criminal, militar o policía.

Entre tantos miles y miles

                                  que en este país han muerto

                        en esta supuesta guerra inventada

                                  para que no parara la rapiña

43  jóvenes venas idealistas

que se preparaban para salir de la miseria

                               para abrir los ojos a su gente

se quisieron poner de ejemplo.

Y la orden se vio que llegó directo desde muy arriba

donde un bufón cretino cree que es soberano y manda.

Que ese sea ejemplo para que aquí se someta

                                    el que piense se rebele y hable.

Pues entre tantos miles y miles de muertos y desaparecidos

                     de los que cada día más se engrosan las cifras

                                                           en una o dos semanas,

¿quién se va a acordar, de unos cuantos normalistas

                                         que jamás volverán a verse?

Fue otro tiro que le salió por la culata al enanito

la gota que derramó el vaso en ese lodazal de heces.

El horror ya totalmente evidente, en que al país hundieron.

La nación hasta el fondo en ese lodazal sumida

                                       la total vergüenza ante el mundo.

El olor a alcantarilla y mierda

que este régimen y su reyezuelo jamás podrán quitarse

                                                  como sucedió en el 68.

Porque hasta la más tibia mirada, hacia ellos apunta.

Fue la delincuencia, los monstruos, dicen

            e inventan una hoguera en medio del diluvio.

La delincuencia, esos monstruos de la mano con los policías

              y ustedes andan, así como con los militares lo hacen.

Hasta esas miradas tibias no dudan, que esos 43

harán que apeste para siempre el sexenio de este enano

Entre tantas otras afrentas, que contra la nación ha cometido.

De las manos de los monstruos, que para el terror les sirven

 pasaron al cuartel de los militares

                                             

                                                      para terminar en cenizas.

    Pero esos  43 rostros para siempre perseguirán a esos canallas.

 

Miércoles, 15 Marzo 2017 08:09

ISLA DE ABISMO / HUGO GARDUÑO /

 

 

ISLA DE ABISMO

HUGO GARDUÑO

 

 

 

 

 

 

EL RAPAZ

 

El rapaz de la piel percudida.

Piedra pómez, un piloncillo opaco.

Ojos ásperos y pequeños como insectos.

 Llorosos, expectantes a lo cruel.

Casi alejados de todos los colores.

De él no se espera

nada más allá de la bajeza circundante.

La sangre que lo engendró es enemiga.

Diaria hostilidad que no perdona

las culpas de otros que en él ceba.

La humillación callejera

los golpes contra el bicho.

Personifican la escena:

la agresora contra el vástago.

Que la felicidad es de pudientes.

¿Qué importa inquirir en los ojos extraños?

La calidez es tan ridícula como tenderse a soñar.

 La realidad es agua enrarecida.

 El hijo una salvaje pertenencia.

Los cabellos del rapaz son púas ariscas.

Desde su debilidad vigila a los enemigos: –todos–

 come terrones de arena diario.

Siempre desde abajo, sin entender observa.

 Los días son hirvientes y con humo.

 La intimidad una alcantarilla fría.

Los propios un sin remedio con él en una jaula.

Los semejantes: la competencia para no ser despedazado.

Es extraño y doloroso el amor a la madre

a los hermanos sólo al defenderlos

 se les expresa la ternura.

Es ridículo sentir lo tibio aunque se sienta.

Las horas del día transcurren

como una vibración antes de que algo suceda.

El deseo de ser pueril es un secreto

a buen resguardo de la burla.

Y su sonrisa terminará engendrándose

 ya nada más con la malicia.

 

 

VASO ROTO

 

Vaso roto

cristal veterano endurecido.

En demasía, en vértigo.

 Amante gastado

 obsesivo sin tregua.

Besa demencia.

Su celo estrangula.

Roto corta los labios.

Con su elixir desangra.

Vaso roto.

Sin remedio fractura.

Extravío inmenso

comprimido en el líquido.

Destrozados los labios

negros en purulencia.

Tragan su sombra

la lepra en sí se recuesta.

La muerte despacio

no termina de irse.

Llegó igual a un mareo

 con cadenas:

 como una danza lenta.

Vaso en que cabe tanto

desmenuzadas las horas turbias.

En el fondo el pasado inútil.

En el fondo el destino muerto.

 

 

BAJO LAS RUEDAS

 

No hay hacia a dónde ir

la casa destruida ni siquiera existe.

Quizá nunca existió

 como nunca una puerta.

Tampoco hay puertas

en el gigantesco laberinto

de muros nada más muros, hostiles, avaros.

 De la ciudad: descarnado monstruo

 que de día da sólo luz que calcina.

A ella se le roba un escondrijo

extraviado dentro de su cara irascible.

A donde van a dormir los espectros

 su seca supuración diaria.

A dormir cada cual

 un distinto abandono

ya sin nombrarse, sin figura.

 Pero que inconmovible

 les sombrea por completo.

Eso es todo, todo lo que les existe.

Bajo las ruedas

de un tren que no se detiene

ellos duermen en una fiebre química.

 Para apaciguarse la condena

de haber sido asesinados prematuramente.

Bajo las ruedas

del molino que tritura carne

la coladera es un improvisado lecho.

 Afín a esos que lo poseen;

que le disputan un lugar al desagüe.

Bajo las ruedas

del molino para carne anémica

la compulsiva respiración de hambrientos.

Esos que fueron echados de ese tren en marcha

y que por nada, se niegan, a sí mismos extinguirse.

 

 

ISLA DEL ABISMO

 

 

Parece inaudito que exista

algo parecido a una media muerte.

Que los cuerpos y almas que fueron machacados

 con toda la saña del destino anden.

Que el purgatorio aparezca al surgir las víctimas

y en el nada divino exista sólo otra purulencia humana.

Los espectros todavía se mueven, es el límite del mundo

que de cerca nos mira, como un espejo maldito y roto.

La muela podrida de la especie que a nadie lastima

nada más espanta a la vida cuando se le dimensiona.

Y esa negra y lenta agonía es un misterio

que nadie desentraña, ni el que lento muere.

Hermético es el infierno ambulante

que desquiciado sonríe en su pesadilla.

Ablandados están el dolor y la desgracia

sus nombres son difusos en la particular

[ agonía convulsionada.

Corazón de cáncer último que todavía palpita

aislado hasta de sus congéneres como isla de abismo.

Todavía los espectros andan

abscesos negros inconcebibles que la ruleta arroja.

El más delgado nervio que enfermo

 todavía sostiene al tumor autista.

Es mudo el gemido de los locos

también lo es el del dolor ajeno y el pantano.

Las precarias y desfallecientes vidas

se mimetizan con su sombra y lo invisible

 [ de la alcantarilla.

Se mimetizan con lo más olvidado

de nuestros lejanos ascos y miedos no creídos.

Un leve soplo prolonga la agonía

como los gusanos, que inocentes devoran un cadáver.

Los parías al ser echados no regresaron

afuera se quedaron, impasibles sin pedir.

Moribundo ese destino ante otros no se duele

nada más busca entre la vida,

 [ una hendidura para fenecer.

Y si morir de a poco ahí abajo es una burla

ellos se burlarán de Dios y de todo lo que existe,

[ sin nada reclamar.

El humano, que todo él es una llaga

su dolor lo tiene adormecido porque sabe

 [ que sólo con él se irá.

Llaga que espanta a la vista de los sanos

 muy de lejos, inaudito es lo que miran.

Testimonio: híbrido de vida y muerte

 [ que persisten.

 

 

 

 

 

Sábado, 24 Diciembre 2016 07:11

El agua que se bebe

                        El agua que se bebe                                         

 

Tiempo enfermo cuando todo hiede.

El sol se abre para iluminar con su resplandor

la realidad que no se mira.

Como el enfermo sifilítico que inocente se sueña

y sonríe al andar con su cuello nunca descubierto.

La muy extensa tarde gris oscuro del andar a tumbos

tras todas las estafas en el suelo desecado.

no concluyó en breve noche para que amaneciera un día siquiera un poco.

El conocido sutil hedor se fue haciendo cada vez más violento

al igual que las criaturas devoradoras de carroña y de todo lo vivo.

En el terror se volvieron más familiares a los ojos del rebaño.

Nada más de tenebroso inmundo se extiende cada calendario.

Las vidas no tienen cada una un rostro;

y prescindible es cada una y todas

porque nunca se vacía el hormiguero de barata carne

no importa cuán intenso sea ese desangre.

Cada una es una cosa y todas juntas horas casi gratis para la maquila.

Más simples desechos u otros mil embriones para la caldera de los monstruos.

La época es taimada, su rostro siempre oculta;

plagado como ella de lepra; así como disimula sus hedores

con musical estridencia vulgar de banda, esa feroz ponzoña.

Aún cuando ese rostro

con el tiempo y la distancia se habrá de ver semejante al de la peste.

Como inmensa depravación de un tiempo

envenenado por miserables sanguijuelas.

La farsa es el agua que se bebe en todos los terrenos

con ella creen menester hidratarse

los complacidos vástagos de este tiempo.

La pugna

Maldición semeja el volverse suspicaz

porque a partir de ahí es comenzar a vivir

con menos fe, para dudar siempre de las utopías.

Triunfo de la materia sobre la luz, el sonido y el aire.

Cotidiano y a la vez anchísimo yugo que oprime sin verse

 en la realidad de cada día, lo tangible tan poderoso del mundo

                                                                        que nada perdona.

    Esa condena, roca atada al cuello, del piso en el que se anda.

Si alguna vez para tus ojos el mundo vistió con galas

                                      palmo a palmo o de un golpe

tuvo que terminar mostrándose realmente con harapos.

Y no hay espejismo que dure demasiado

             cuando la ilusión de lo ordinario es que procede.

Pues lo vastísimo vulgar que ofrece lo mediocre

nada más le satisface a los bobos, a los ruines y a farsantes.

Lo total de una verdad es como lo obvio

lo inconmensurable en que nadie piensa, nadie abarca

                                       y por no tocarse, todos niegan.

Aún cuando cierto es que casi todas las épocas han caminado

                              con sus habitantes, cubiertas con andrajos

y llevando siempre ese sutil hedor de descomposición oculto.

Llega la suspicacia sin remedio

no hay ilusión materializada o no que quede indemne.

                                             Y el ideal termina siendo

                 la pugna del espejo de agua con la ciénaga.

Porque el candor le es permanente zancadilla al intelecto.

Que sea maldición necesaria

                 tu nuevo aun cuan doloroso

                                      mirar de lince.

 

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