Pablo Reyes Pérez

Pablo Reyes Pérez

Pablo Reyes Pérez. Acapulco, Guerrero, 1980. En su formación ha tomado cursos de la UNAM, Tecnológico de Monterrey, Universidad de la Rioja, Politécnico y UnadMX. Cuenta con una experiencia de trece años como docente, actualmente imparte asesorías en escuelas privadas. En 2015 recibió mención honorifica en el concurso internacional de relatos Asombrario (España). Algunos de sus textos han sido publicados en revistas como Nocturnario, Diversidad Literaria y Periódico La providencia. También ha participado en talleres de creación literaria, INBA, lecturas públicas de sus textos y de otros autores. Participa en campañas como Siembra de libros y Se buscan lectores.

 

 

 

El canto nuevo de las aves

Pablo Reyes Pérez

 

 

Quiero engendrar neologismos

que expliquen lo que siento por ti,

luego masticarlos largamente,

devorarlos sintiendo su hermenéutica,

darles vida con un susurro en tus oídos

uno que no entiendas, que se repita,

que suene a olas de mar nocturno

olor a tierra mojada y pasto de montaña.

 

Quiero convertir en eso mis letras,

mis textos más reservados,

esos que te leo hasta que duermes

soñando en mis palabras pronunciadas,

no planeo aforismos trascendentes,

sino un cántico que alegre tus mañanas,

cual ruiseñor que se posa en tu ventana

y que te canta sin que entiendas sus silbidos,

pero que vuelve cada mañana buscando suerte

queriendo enamorarte con su canto

voz silbada que no entiendes, pero sonríes,

quizá porque sabes o al menos imaginas

que es mi voz transformada por el viento

en el sencillo lenguaje de las aves,

donde poso la esperanza de llevar hasta ti,

mis sentimientos libres de letras arregladas

esas que no logran decir cuánto te amo,

lo que añoran mis labios tu boca posada en la mía,

ni cuanto anhela mi cuerpo sentir el calor del tuyo

para derretir la escarcha de tu ausencia.

 

Quiero decir entre letras lo que no se puede,

por eso invento el canto nuevo de las aves

porque las letras fatuas no delatan ante ti

el amor profeso que te mando con las aves.

 

 

 

Café del pasado

 

No sé si a veces les ocurre

pero de pronto una mañana

toman un sorbo de café

y sienten el exquisito sabor del pasado,

luego, casi de inmediato,

perciben el aroma de algún recuerdo,

sospechamos entonces que viene del fondo

y agitamos la taza o el vaso,

pero no aparece nada, absolutamente nada,

resignados bebemos otro sorbo,

otra vez nada, el momento se a ido,

y ya sólo queda digerir la cafeína con sabor a nostalgia.

 

 

 

No sé si a veces les ocurre

pero hay mañanas que el café sabe al pasado,

no importa si es intenso o descafeinado,

lo que vale es mantenernos despiertos,

es algo difícil en esta vida tontamente aburrida

donde lo efímera nos calza y viste de soledad,

son estos desayunos en el lugar de siempre

donde trato de ser yo mismo sin ti

los que inevitablemente se aderezan de recuerdos.

 

No sé si a veces les ocurre

que el café de las mañanas es amargo,

y lo bebemos valientes asumiendo que podemos,

¿podemos qué? ¿para qué?

luego vienen las consecuencias tormentosas

fugas en los ojos, semblante caído,

sordera al consejo útil, trastabilleo de dignidad

y muchos otros síntomas que anuncian peligro.

 

No sé si a veces les ocurre

que el café de las mañanas

súbitamente sabe a pasado.

 

 

MaReA

 

Marea alta

marea baja

marea roja

marea el olor a muertos

marean las balas

marean los chillidos de ambulancia

marean los llantos

marean las viudas

marea el rojo de Acapulco

marea el discurso

marea la risa del sicario

marea el ruido de los billetes contando

marea la tele

marean las fosas

marea, Acapulco, marea.

 

 

 

 

 

Bús

 

Comenzaré por decir que algunas ciudades ofrecen grandes experiencias y diversiones a bajo costo, desarrollados en máquinas diésel que comúnmente llamamos bús y que sirven para trasladar a todo aquel(lla) valiente que se atreva a subir a semejantes bestias de acero —conducidas casi siempre por otras bestias, pero humanas—. Acapulco, en su mal intento de parecerse al D.F. —lo siento, CDMX— ahora tiene su Acabús. Son unidades coloradas por fuera y coloridas por dentro, plagadas de olores, colores y sabores que se mezclan extrañamente entre asientos grises-azules y puertas que se atoran. Vistos desde el exterior parecen autobuses cargados de sentenciados que son trasladados a cumplir su condena, caras largas, aburridas, ojos indiferentes y cuerpos incómodos confirman tal sospecha.

Yo subo a uno de esos gusanos colorados al filo de las 7:30 de la mañana cuando más atascado de gente viene en su ruta periferia-centro. Es completamente normal un apachurrón, empujón, machucón, pellizco o codazo. Un martes de verano observé en el reflejo del cristal subir a una hermosa chica que apenas entró tuvo que sujetarse de mi hombro para no caerse, a cada acelerón y frenón su mano se hacía más suave y poco a poco fue bajando hasta sujetarme por la cintura en un abrazo franco a dos manos. El bús siguió su trayecto y en cada estación fue vaciando sus vagones, mi estación para bajar se acercaba y yo me volví para conocer a tan hermosa criatura, la chica se había bajado hace rato, mi sonrisa fue correspondida por una octogenaria que me seguía abrazando fuerte.

 

Cuentos de un provinciano en la ciudad

 

 

 

Todos los lunes nos veíamos en un motelito por el rumbo de Álvaro Obregón, luego me enteré de que no era soltera, tenía hijos, vivía en Iztapalapa, el marido chófer de metrobús, marihuano, tatuado y perforado. Ella no paraba de decir te amo en cada encuentro: te amo apaga la luz, te amo ponte el condón, te amo ya me tomé la pastilla. Era diez años menor que yo y creo que nos estábamos enamorando. Un lunes le llevé flores, al cine, a cenar, me la comí a besos, sin sexo. Aquella noche la traté como una princesa y no la volví a ver jamás. La verdad me entró remordimiento, eso no se hace entre cuates y a Raúl lo seguía considerando mi amigo, ¿cómo iba a saber que su esposa trabaja en la Merced? Mejor ahí la dejamos, ¿para qué complicarnos la vida con gente infiel?, además yo también corría peligro, en una de esas se podía enterar mi mujer y me deja, y pues no, el matrimonio es sagrado.

 

 

MaReA

Pablo Reyes Pérez

 

 

 

Marea alta

marea baja

marea roja

marea el olor a muertos

marean las balas

marean los chillidos de ambulancia

marean los llantos

marean las viudas

marea el rojo de Acapulco

marea el discurso

marea la risa del sicario

marea el ruido de los billetes contando

marea la tele

marean las fosas

marea, Acapulco, marea.

 

 

 

 

 

El canto nuevo de las aves

 

 

 

Quiero engendrar neologismos

que expliquen lo que siento por ti,

luego masticarlos largamente,

devorarlos sintiendo su hermenéutica,

darles vida con un susurro en tus oídos

uno que no entiendas, que se repita,

que suene a olas de mar nocturno

olor a tierra mojada y pasto de montaña.

 

Quiero convertir en eso mis letras,

mis textos más reservados,

esos que te leo hasta que duermes

soñando en mis palabras pronunciadas,

no planeo aforismos trascendentes,

sino un cántico que alegre tus mañanas,

cual ruiseñor que se posa en tu ventana

y que te canta sin que entiendas sus silbidos,

pero que vuelve cada mañana buscando suerte

queriendo enamorarte con su canto

voz silbada que no entiendes, pero sonríes,

quizá porque sabes o al menos imaginas

que es mi voz transformada por el viento

en el sencillo lenguaje de las aves,

donde poso la esperanza de llevar hasta ti,

mis sentimientos libres de letras arregladas

esas que no logran decir cuánto te amo,

lo que añoran mis labios tu boca posada en la mía,

ni cuanto anhela mi cuerpo sentir el calor del tuyo

para derretir la escarcha de tu ausencia.

 

Quiero decir entre letras lo que no se puede,

por eso invento el canto nuevo de las aves

porque las letras fatuas no delatan ante ti

el amor profeso que te mando con las aves.

 

 

 

 

 

 

 

Café del pasado

 

 

 

No sé si a veces les ocurre

pero de pronto una mañana

toman un sorbo de café

y sienten el exquisito sabor del pasado,

luego, casi de inmediato,

perciben el aroma de algún recuerdo,

sospechamos entonces que viene del fondo

y agitamos la taza o el vaso,

pero no aparece nada, absolutamente nada,

resignados bebemos otro sorbo,

otra vez nada, el momento se a ido,

y ya sólo queda digerir la cafeína con sabor a nostalgia.

 

No sé si a veces les ocurre

pero hay mañanas que el café sabe al pasado,

no importa si es intenso o descafeinado,

lo que vale es mantenernos despiertos,

es algo difícil en esta vida tontamente aburrida

donde lo efímera nos calza y viste de soledad,

son estos desayunos en el lugar de siempre

donde trato de ser yo mismo sin ti

los que inevitablemente se aderezan de recuerdos.

 

No sé si a veces les ocurre

que el café de las mañanas es amargo,

y lo bebemos valientes asumiendo que podemos,

¿podemos qué? ¿para qué?

luego vienen las consecuencias tormentosas

fugas en los ojos, semblante caído,

sordera al consejo útil, trastabilleo de dignidad

y muchos otros síntomas que anuncian peligro.

 

No sé si a veces les ocurre

que el café de las mañanas

súbitamente sabe a pasado.