Rocío Prieto Valdivia.

Rocío Prieto Valdivia.

ROCÍO PRIETO VALDIVIA 
Lugar de nacimiento, Mexicali baja California norte mex. , radica en el puerto de ensenada b,c norte , mexico
Madre y ama de casa , en sus ratos libres poeta y editora de libros.
Empieza a escribir a la edad de 8 años es participante del concurso ´´el congreso de los niños. De ponencias sobre temas de interés general siendo su tema lo que nos gustaría hacer de niños hoy y mañana como grandes. Una de los finalistas en la etapa municipal en el año de 84 
Actualmente cuenta con publicaciones a nivel internacional, nacional y estatal siendo su genero fuerte la poesía, aunque se inclina por la narrativa corta y los cuentos infantiles. Sus poemas están en las revistas senderos iberos y revista poética azahar revistas españolas, publica en sus poemas y escritos 
Para no dejar morir sus sentimientos, entre sus obras

 

 

 

 

Mi triste canción [para JF]

Rocío Prieto Valdivia

 

 

 

 

Sin pensar me enamoré;

De tus gestos al hablar.

De tus risas.

De tus manos.

De lo mucho que amas

la poesía y los cuentos locos de tus viajes.

De esa figura que has perdido.

Y De la juventud que ha quedado atrás.

Y volví a sonreír sin darme cuenta,

amar sin saber que era de ti,

de todos los momentos y de cada uno de los silencios.

Pero tú de mí no.

Tú sigues pensando en esa

que hace heridas a tu corazón

Y me llené de rabia al escribirte está triste canción.

Jueves, 25 Octubre 2018 05:00

DUDAS Rocío Prieto Valdivia

 

 

 

DUDAS

Rocío Prieto Valdivia

 

 

¿Cuántas cosas me has enseñado?
A reparar las alas: sin estar heridas,

ni faltarles una sola pluma. 
A besar tan despacito,

y no querer tocar otros labios

que no sean los tuyos. 
A querer atisbar todas las páginas

de un libro, y seguir leyendo. 
¿Cuántas cosas dejaste de enseñarme? 
Dime en que taza de café te encuentro. 
O en que cuento esta la respuesta a mis dudas. 
En que hoyuelos he de sumergirme

y que lunas he de permanecer colgada

que no sean las tuyas. 
Mientras tanto edificare columnas
para sostener el peso de los días sin ti. 
Mi querido hombre, mi jaguar dormido. 
Mi naufragio a media luz.

Martes, 29 Mayo 2018 02:50

El beso de sal Rocío Prieto Valdivia.

 

 

 

 

El beso de sal

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

 

José Carlos la vio alejarse hasta perderse en la bruma espesa de la tarde noche; aún la cubría el abrigo azul que le había prestado, y sus ojos se inundaron del salino olor que aún le quedaba en los labios.

Conoció a la mujer tan solo unas horas atrás, antes de la caída del crepúsculo. Ella tenía el cabello de un color azabache, como las profundidades del mar; en su rostro los pequeños ojos brillaban en la distancia como lo hacen las pequeñas gotas de fósforo ante el oleaje en las arenas. Esos ojos le llamaron tanto la atención a José Carlos como si de un embrujo marino se tratara.

La chica parecía tan irreal que, ante la imagen que descuidadamente había aparecido junto a él mientras limpiaba la embarcación, se talló los ojos con los puños. Él volvía de una salida al mar abierto, y cruzando la bahía sonrió al observar a un pequeño grupo de vaquitas marinas que nadaban libres acercándose a su embarcación. Eran tan pocas ya, que no pudo disimular su ternura al acariciarles el lomo; aún cuando su presencia fantasmal, eran quizá una idea de la próxima extinción de su especie, que les hacía aparecerse por cualquier costa, tal vez despidiéndose.

Aún así, José Carlos las midió con la mirada, acostumbrado a las tallas de las totoabas y otros peces que acostumbraba siempre capturar en el Mar de Cortés. Les tomó algunas fotografías con su cámara réflex digital. Y mientras apuntaba datos, una de ellas se acercó curiosa a la embarcación. José Carlos se dio cuenta de que tal vez era la última vaquita marina hembra. El fuerte aroma de aquel humano fue lo que la atrajo. Ella se vio reflejada en los ojos del joven biólogo, que irradiaban confianza, y él a cambio le acarició el lomo con tal suavidad como si de una mujer se tratara. Se asomó lo más que pudo desde la embarcación hacia el agua, y le dio un beso en la nariz.

- Oh, pequeña; eres un rayo luz. Me gustaría protegerte contra mi pecho, cuidarte para que jamás te extinguieras.

La pequeña vaquita emitió un sonido entre áspero y tenue, aflautado; pues fueron las palabras correctas que ella quería escuchar. Desde el mar lo vio alejarse en la lancha que atravesaba el escarpado oleaje. Nadó y nadó queriendo alcanzarlo; pero era tan rápido el motor que la lancha se perdió en la lejanía. La diminuta vaquita se empezó a sentir triste y el llanto de sus ojos salaba aún más el mar.

El dios del Océano al ver la grande tristeza le concedió un deseo. Saldría unas horas a buscar el amor terrenal. Después ella moriría y, con ella, toda su especie ingresaría al paraíso de las bestias marinas. Sólo la recordarían en tristes documentales de naturalistas.

La vaquita aceptó el trato con el dios, pese al descontento de sus demás compañeros. El dios alzó la mano en un oleaje, y la transformó en bella criatura pedestre. Sus aletas eran unas delgadas manos, su cuerpo con singular gracia nadó muchas horas hacia la orilla de la playa. Iba desnuda, y cansada; al verla, la princesa Jusnai guardiana pa ipai de la bahía de Ensenada le dio uno de sus vestidos tejidos con sargazos.

Ella se lo puso, y camino por la orilla de la playa, apenas mojando sus pies. El agua era tibia, espumosa. Llegó al malecón y de ahí al embarcadero dónde José Carlos dejó la lancha de la facultad de ciencias, lugar donde hacía estudios sobre las especies marinas de la región. En cuánto vio al muchacho se llenó de ternura. José Carlos sin saber qué se trataba de la vaquita marina, se sintió atraído por aquella mujer de cabellos azabaches que se detuvo junto a su lancha.

Ella le sonrió y juntos caminaron por la orilla del malecón. La niebla iba adentrándose al puerto, y ella cruzó los brazos, pues sentía un poco de frío; no estaba acostumbrada a tanto viento sobre su piel. El biólogo le prestó su abrigo para cubrirla ya que una bruma espesa empezaba a inundar el ambiente del puerto. Siguieron caminando por el gran malecón agarrados de la mano, cruzaron junto a la imagen de una mujer en roca, y José Carlos le dijo que se trataba de la virgen del Carmen, patrona de los pescadores. Junto al ancla, emblema del recinto portuario, se abrazaron con ternura. Y así José Carlos cumplió la promesa: la tuvo acurrucada en sus brazos, la protegió del frío, y ella le dio un beso con sabor a sal. Entrada la noche se despidió de él, y el biólogo la vio alejarse con su abrigo puesto, brincando sobre las rocas de la playa , hasta que la perdió de vista.

 

EL CIRCO Y OTROS TEXTOS

Rocío Prieto Valdivia

 

Algunas veces la vida te da un empujón involuntario y abres los ojos al mundo circense. Ahí están aquellos casi probables personajes de este bello espectáculo.

Los pasos dubitativos del personaje central me hacen desconfiar, y creer en verdad que el circo se tambalea. Los payasos con zapatos de colores, las trapecistas con pantalones ajustados. La mujer barbuda que halaga a su macho.

Yo los observó discurrir en esta homilía.

La pista es esta enorme casa blanca, con techado abstracto. Las paredes muestran escenas del circo: el león comiéndose al mundo, el mundo admirando al león, y todos los antes mencionados a los pies de la fiera.

Abunda el rojo escarlata en las cenefas, ¿acaso es la sangre que está por derramarse?

Un escalofrío recorre mi cuerpo.

La sangre bulle en ríos rojos. Me asusta la sonrisa del domador, las trapecistas con tacones altos, sus trajes sastres a la última moda aérea; una de ellas incluso ya usa salvavidas, mientras la otra habla de finanzas y del alto costo de las gasolinas.

Un coche se para frente a ellas, mientras el personaje central del cuento me ha impregnado de humo los pulmones, y el circo político anuncia de nuevo su función.

 

 

 

 

INALCANZABLE.

 

 

La tarde de aquel viernes ella nos citó a ambos. Mientras salíamos del café los tres, de la nada salió él, vestido cómo un posible personaje sacado de los cuentos de Poe; quien nos observaba caminar rumbo a tu coche. Ella y yo nos vimos a los ojos, mientras tú eras su víctima.

Creo que no supiste quién era ese personaje que nos interceptara en nuestro camino. Tú habías salido en busca de la palabra, pero ahora ahí estaba él, profanando los libros que traías cargados. Parecía vestido para triunfar, o al menos para no parecer un perdedor. Hurgó en cada uno de tus libros, sin dejar aquel su porte de superioridad.

Nosotros sabíamos quién era. Tú, para no perder cordialidad, argumentaste no haberlos leído todos, y sin darte cuenta te volviste un patético libronauta, cuándo no lo eres. Inmutable, él se mantuvo en su plan de ataque, y cuál jaguar se comió a su presa, y limpió sus bigotes.

Minutos más tarde nos dirigimos al lugar donde la oralidad fue fugaz encuentro; en el cenáculo todos reunidos, escuchábamos al mesías gesticular verbos, intercesión de caricias, variaciones del centro de un éxtasis no compartido. Era tan pequeño el espacio de la discusión, que me tuve que sentar atrás, y observé que te sentaste a un lado de ella, para no perder su compañía, o tal vez el aroma de sus cabellos, o el brillo de sus ojos, atrapó ese día tu atención. Ella se limitaba a ver hacia el frente, y en ocasiones, con disimulo, me dirigía miradas de auxilio; asustada creo de estar en medio de esa selva de fieras, o confundida de que las otras chicas no hubiesen llegado a la reunión.

Todos mis años me indican que lo tuyo fue un flechazo al primer aroma, porque tal vez yo sentí lo mismo la mañana en que la vi por primera vez en esa lectura. Nos había tocado compartir mesa, y su cabello semi sujetado oloroso a flores me excitó. La mesa era muy justa para siete participantes, y ella tal vez sin ningún afán rozó mi pierna con su mano. El aroma de su cabello nos habría envuelto a todos los presentes; "el bello pánico" se hizo presente en esa mesa.

Al año siguiente volveríamos a coincidir en el mismo lugar, y nuestra amistad había surgido. Algunas veces aún solemos caminar rumbos a la parada de su transporte, o nos vemos en el mismo café dónde la has conocido el día de hoy. No esperes recibir algo más que su compañía, algún detalle de amistad, y la permanente mirada linda que te come a mordiscos. Ella es inalcanzable. Y tan traviesa como una pantera.

 

 

 

MI HOMBRE DEL SILENCIO.

 

 

Mientras la gente pasa, algunos abordarán sus transportes a cualquier lugar de la ciudad, mi mirada se detiene en aquella figura que cruza la gran avenida, lejos de mí; tal vez deba correr y abrazarlo, decirle de frente lo mucho que lo amo, y que tras aquella discusión estúpida, no pude expresarle con palabras ni con gestos. Todo fue un largo sollozo de mi parte, en el que quizá terminó por desesperarse, y con ello la lejanía cubrió aquellos meses que he pasado sin él; quizá debí despojarme del afán de este maldito invierno que me tiene retenida entre estos abrigos oscuros como lo está mi corazón desde que nos separamos. Al verlo, vuelven a mi mente escenas de una película romántica, donde seguimos siendo él y yo abrazados; él y yo tomando café, charlando y leyendo un simple libro y reímos criticándolo. Ahí, en el café de siempre, las mesas de madera de caoba entintadas de rojo cherry, las tazas blancas repiqueteando sus sonidos con esa claridad de tintineo que redondea la alegría de estar juntos, comienzo a pedacitos los pedazo del pastel de nuez que tanto le gustaba compartirme, mientras daba sorbitos a un café latte sin dejar de verlo. Él y yo al fondo de ese establecimiento, juntos sin importarnos el alrededor. Algunas veces aún detengo mis cansados pasos y lo observo en los rostros de toda esta gente que sin mirarme abordan sus transportes para escapar de mí hacia cualquier sitio de esta fría ciudad. Hoy cuándo lo veo abordar el transporte público, y mientras se aleja lo vuelvo a besar en mis pensamientos. Él sigue siendo mi hombre del silencio.

 

 

Jusnai y el navegante.

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

Al sur del municipio de Ensenada, en esa lengüeta arenosa, aún se pueden escuchar sus cantos. Se cuenta que una joven paipai se enamoró de un navegante español, cuando desde los acantilados lo observó descender del barco, con esa confianza en la que asentaba cada uno de sus pasos, en esta tierra que por primera vez pisaba.

Jusnai corrió hacia el embarcadero para ver a los extranjeros llegar. En cuanto su mirada coincidió con los ojos de aquel marino, sintió de inmediato el flechazo que nunca antes había atravesado su corazón.

Por todos los lugares de esta bendita tierra hay parajes que cuentan de su inmenso amor. Aquella pasión tuvo su mayor auge en San Antonio de las Minas, donde los amantes se encontraban cada luna para inundarse de las risas que brotaban de ella, tan mágicas al grado de hacer florecer las huertas. Algunos cuentan que Jusnai era tan dulce como el almíbar de las naranjas. Con su figura delgadita, los cabellos azabaches, ojos verdes como los sarmientos creciendo en los viñedos. Esa mágica sonrisa cautivó a Sebastián desde que la vio aparecer en el embarcadero.

Pero el padre de Jusnai, cuando descubrió sus amoríos con aquel mozuelo, lo mandó matar. Mientras Sebastián trabajaba en el viñedo una lanza atravesó su corazón. Los ríos de sangre cubrieron los surcos labrados por sus manos, impregnando de borgoña las vides.

Cuando Jusnai se enteró se quiso volver loca; montó su caballo que corrió desbocado rumbo al mar. Al llegar a esa lengüeta arenosa, donde por vez primera se vieron, decidió lanzarse a las agua del océano, que apagaron sus risas en borbotones de sal sobre las rocas.

Conmovido, el dios Neptuno, por verla tan desdichada, decidió convertirla en sirena, y hacerla parte de su corte, como guardia de esta escarpada costa, para que ningún otro navegante pudiera enamorar a las mujeres de esta región.

En las noches de tormenta, cuentan los lugareños, aún se le escucha cantar, arremolinando las aguas contra las paredes rocosas. Sus lamentos son tan fuertes y sus lágrimas saltan mojando a todo barco o persona que pasa en sus cercanías.

 

* Ojos bonitos, en la lengua originaria paipái.

 

Leer con lentes oscuros.

Rocío Prieto Valdivia.

 

 

Esa tarde mientras la multitud hacia sus compras, el reloj giraba y giraba. Ahí al lado en el café internet donde pasó los medio días escribiendo para no aburrirme mientras espero la salida del colegio, volví a verlo. Ahí estaba él. Le rocé la pierna con la mano, volteó y pícaro esbozó una sonrisa que me enterneció. Él leía algún fragmento de una novela en la computadora, por un momento atisbé un par de páginas, y él intentaba no distraer su mirada de la pantalla. Se miraba extasiado, y sentí como me desvestía; una a una caían mis prendas, yo había puesto esa canción para recordarle que lo amaba, y le alargué un auricular para que escuchara. Tarareé algunas notas, y me despedí con un Te quiero, y ese beso en la mejilla.

Recordé aquellos tiempos cuándo nos mirábamos, y de pronto las sábanas eran nubes de colores, los días de fuego volvieron a mí en plena calle Miramar. Hasta releí nuestros mensajes siempre a un metro de distancia; pero todo se acabó por culpa mía. Llegó el verano de pasiones insanas, y esa chica de lentes oscuros que lo hiciera ganarse el infierno en unos tragos de tequila; descender lento, mientras crecían mis ganas de arrebatar al tiempo aquel primer beso que nos llevó al mismo instante dónde en sus brazos le escuché cantar mientras los perros dejaban de ladrar y las sirenas de la ciudad que anunciaban muerte se silenciaron.

Me tenia que marchar y lo besé en la frente. Le dije Te quiero libre, soñador, triunfante. Sin decir palabras se levantó para abrazarme y hacerme sentir que aún me amaba, que las llamas no se habían extinguido, que seguía usando aquel reloj que le había regalado un año atrás. Lo amé porque se me dió la gana, el reloj era el objeto adecuado para que cada minuto pensará en mí.

Pero ahí estaba ella diciendo: Siempre serás la sombra que me acecha, la pasión que lo consume, la mujer que más admira y su mejor canción. Yo la miré sin reservas, le dije sin dudarlo: Tú serás sólo un capítulo en esta historia. La mujer prohibida, las mordidas al alma. Ella se agarró de su cinturón diciendo: Es mío, lo tengo, y le acarició los cabellos, le quitó los lentes oscuros, intentó besar sus labios pero él la apartó de su lado y centro su mirada en mí.

Rodrigo nos dijo: De las dos la prefiero a ella, señalándome como la sonrisa en mi memoria, el sabor de antaño. Besó mi frente, hurgó en sus bolsillos, y sacó un dije que representaba el infinito. Lo puso en mi cuello con tal delicadeza, besó mi mano diciéndome: Eres más que todo lo anterior, eres este infinito amor colgando sobre tus pechos, en los cuáles fui tan feliz, ahí al terminar tu ombligo quise dibujar el amor.

Norma hizo muecas de disgusto, tan horribles que su cara se tornó mortecina. Apretó los puños he intento golpear la cara de Rodrigo. Él tranquilo le detuvo la mano, se la besó igual con cariño y se volvió a poner los lentes oscuros, ambos salieron caminando mientras a mí en casa me esperaba Rodriguito ansioso por ese regalo sorpresa.

Rodrigo había sembrado ese infinito amor en mi vientre, un mes antes de que empezara el verano; no quise ser yo quién le destruyera sus planes de ser cantante. Con el tiempo supe que él había escrito una gran novela. Mi infinito había mudado su mundo a los brazos de otra mujer.

Yo, a pesar de todo era feliz, sonreía porque mi hijo me besaba la frente, me cantaba al oído, como lo hizo aquella vez su padre; y fue creciendo hasta encontrar a su propia mujer, y sin embargo, toda historia de repite. Mi hijo Rodrigo, también nos amaba a ambas, a su esposa y a mí, sólo que esta nueva mujer no me miraba con ninguna máscara, ni con odio. En su vientre, mi hijo Rodrigo había configurado de nuevo aquel infinito amor; yo me sentía la mamá más orgullosa del mundo, quería tener a mi nieto entre mis brazos y en su lugar llegó la pequeña Génesis que tenia los ojos de Rodrigo, su sonrisa, y el don de cantar de mi hijo y su abuelo.

Años más tardé Rodrigo, ya anciano, se enteró de que Génesis era su vivo retrato, mientras la escuchaba cantar buscó entre sus recuerdos la ultima vez que habíamos hecho del invierno esa gran hoguera, y un par de lágrimas le brotaron. El mar inmenso se hacía huracán dentro de su pecho. Me buscó pero yo me había mudado muchas veces de ciudad, tal vez evitando encontrármelo, y abrirme nuevas heridas. Fue por eso, que intuyo, construyó aquellos dos fragmentos que tuve la oportunidad de leer sobre su hombro esta tarde en el café internet, mientras espero que mi nieta salga del colegio. En su historia, Génesis lo toma del brazo diciéndole: Abuelo, cuéntame de nuevo la historia de amor, tuya y de mi mamá Rebeca. Rodrigo le besa la frente, hurga en el bolsillo izquierdo de su pantalón, y saca un anillo en forma de corazón, con un granate. Se lo cuelga al pecho a nuestra nieta, diciendo: Lo compré para tu abuela pero ella se fue de mi vida cuando mayo agonizaba.

Mi hijo Rodrigo y Génesis me esperan en el coche. Me he dado cuenta que este Rodrigo, anciano y solitario, ni siquiera logró reconocerme. Tal vez sólo he sido ahora, una cálida anciana que le roza la pierna con algún afán coqueto. No le dije nada, y salí del café internet mirando con atención los lentos pasos del reloj. Los lentes oscuros cubren el rostro de mi hijo, que sosteniendo el dije de infinito que me diera su padre acaricia la cabeza de mi nieta. El solitario anciano se ha quedado atrás, mirando en la pantalla de su computadora. En ese instante había terminado de escribir el último capítulo de la mejor historia de amor.

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