Sergio Salinas

Sergio Salinas

Sergio Salinas (Torreón, 1991) es diseñador radicando en la Ciudad de México, egresado de la licenciatura en “Animación y Arte Digital” del Tecnológico de Monterrey. Inició su educación formal como escritor en 2010 en el taller universitario del maestro Jacobo Tafoya y desde 2019 a la fecha continua desarrollándose en el arte cuentístico en el taller literario del Chopo a cargo de la profesora y escritora Rocío García Rey. En 2009 participó como articulista en la columna de opinión “Jóvenes Columnistas” del periódico lagunero “El Siglo de Torreón”. Encuentra inspiración en obras de autores como: Amparo Dávila, Arthur Rimbaud, Edgar Allan Poe, Elena Garro, Francisco Amparán, Horacio de Quiroga, entre otros.

 

 

El adiós a “La Safo  

Sergio Salinas

 

“Las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian
comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose.”

José Donoso, “El lugar sin límites”

 

¡Ay, mi querida Safo, hace tanto que no me acordaba de ti! Pero hoy precisamente pasé por nuestro edificio en tu calle de Santa Sor Juana, donde creciste con ella como una de tus musas y encontraste el amor a las palabras, esas que de tu boca borbotaban como de una fuente. Recordé esas tardes de domingo de ensueño en los lavaderos de la azotea. La frescura de nuestras sábanas, el aroma a jabón Zote y tu evidente cruda se mezclaban mientras lavabas esos hermosos vestidos de lentejuela que usabas las noches anteriores. Esos que entre tú y tu madre confeccionaron, los que reflejaban tan bien la luz del sol vespertino entre las burbujas, como también reflejaban los reflectores de los escenarios que llamaste hogar. ¡Cómo pude olvidarte por tantos años! Una estrella como tú aún sigue brillando, pero detesto recordar historias tristes y la tuya me llena de tanta culpa. Pero a pesar de lo cabrona que fue la fortuna contigo, hoy me atrevo a ponerle fin a esta amnesia voluntaria para no permitirme borrar tu gran recuerdo de la faz de mi memoria.

Te conocí sólo por tus relatos, por tus versos, por las canciones que con enjundia entonabas. Daba lo mismo si te pedía un soneto de Pita Amor o “Tu muñeca” de Dulce. Siempre me fue tan difícil darle rostro de diosa a un chiquillo diseñador veinteañero flacucho y tostado. Lo que de altura te faltaba, tu nombre te alzaba al cielo y tu voz estruendosa al edificio cimbraba. Hacías hablar hasta a los ladrillos de la azotea. No era de sorprenderse que después de varios domingos coincidiendo también conmigo harías sucumbir enamorado a las tertulias de lavanderas. Así te conocí, hasta aquel domingo que no apareciste.

En las noches de sábado sobre mi techo escuchaba tus tacones punzando el suelo, tu puerta cerrándose de chingazo y tu infame grito de “¡buenas noches, vecinas!” que exasperaban a los más viejos de aquel edificio de Santa María. Más de uno quiso golpearte, pero con tu labia y sensualidad femenina, les encantabas con tu casi infantil candor. Un par de veces me asomaba con la excusa de un cigarro en mi balcón para despedirme de ti, como si hubieras sido mi gran amiga, mi pequeña novia, y tú con tus pelos de Amanda Miguel o de la diva ochentera que tocara encarnar esa noche en los bares de República de Cuba, me volteabas a ver y me mandabas un beso tronado. Luego recuerdo esas madrugadas en que regresabas bien entonada, declamando a Sor Juana, despertando a todos.

Fue una madrugada de domingo cuando me levanté a tomarme mi café y a esperar escuchar tu alboroto, que ese alboroto no sucedió. Llegaste tarde, directa a la azotea, donde te esperaba para nuestro chismecito, pues a esa hora siempre recitabas tus trapitos al sol, como heroína de las noches. Esa tarde fue distinta. Andabas contentísima. Recuerdo que te expresé mi preocupación cuando no apareciste como siempre y tú con soltura me confesaste: “no seas celoso, pasé la noche con un gran amor”.

|A aquel canalla lo conociste saliendo del antro. Andaba de juerga el hombre, en alguna cantina cercana y se le hizo fácil ir a buscar a un “maricón”. Y tú, en tu gracia ingenua, tu sed de amor, le viste tan guapo que en algún callejón húmedo del centro se ahogaron en más tequila y pasión. Estabas orgullosa de haber cazado a tan viril cuarentón, aventurero como tú.

Pasaron los domingos y dejaste de ir a lavar la ropa. Dejé de escuchar las aventuras de “La Safo”. Siempre pensé que te habías puesto aquel nombre por “zafada”, porque loca como tú no existe, pero fue por el nombre de otra mujer trágica que el poeta de tu amado y difunto padre solía nombrar. Hasta ahora sé que el destino te hizo una perversa jugarreta al escoger ese nombre, al escoger a ese hombre, a ese tu Faón.

Nunca supe qué fue de ustedes dos en ese mes. Esa historia me llegó en fragmentos, en pedazos de rumores como ecos en los pasillos del edificio, en pedazos de las trifulcas fuera del portón entre tú y él o los llantos de tu anciana madre que atravesaban los muros. Tu voz dejó de inundar estrepitosamente las costas de nuestros oídos, el brillo de tus lentejuelas se fue descosiendo. La oscuridad de aquel cabrón te domaba. Ahora eras el peor despojo mudo, un fantasma desangrándose en lamentaciones sobre Eje Central, caminando con el tacón roto hasta los brazos enclenques de tu madre. ¡Ay, mi querida Safo! No entendiste que en ese hombre cobarde no encontrarías el amor de tu padre muerto; ese sólo podrías reencontrarlo en el Cielo.

Todos sabíamos en el edificio tu trágica historia. Cada verso alegre que ya no nacía de tu pecho fue una advertencia. Pero preferimos no involucrarnos, como los televidentes no intervienen en el desenlace de la telenovela. Te miramos decayendo en silencios, enamorada de un hombre casado y discreto. Me arrepiento tanto de haber sido solo un morboso voyerista de tu declive, un testigo pusilánime, un aliado de tu desventura. ¡Me arrepiento de no haberte dicho adiós!

Aquel lluvioso domingo no regresaste. Escuchamos a las sirenas azules y rojas llorándote a lo lejos. Asomé el corazón por el balcón y pude ver tu fantasma regresando en lentejuelas, enamorada de las palabras, mas no fue sino un aire de tu ausencia, pues aquellos policías te llevaban en una brevísima declaración para tu madre, para notificarle que era necesario ir a reconocer tu cadáver.

Fue el lunes camino a la Universidad cuando leí en la nota roja que a putazos habían callado tu voz escandalosa. Me lastimó el alma leer de algunos redactores rufianes tus últimos momentos y aunque decían no saber quién era el culpable, todos sabíamos quién te había molido a golpes afuera de los Finisterre, en el mar de las lluvias de agosto sobre San Rafael. ¡Ay, Safo! No fue el mar violento sobre tu piel que te resquebrajó la vida como a tu homónima, si no los puños de un cobarde y sus compadres, que te citaron en los baños con una trampa amorosa, para borrar de él un amor indeseado y el reflejo esplendoroso de un brillo que envidiaba. Te viste seducida por una promesa de perdón y olvido, tentada por la muerte o por el reencuentro con tu padre y caminaste a un inminente suicidio, para cumplir un injusto y despreciable destino. Nadie fue para ayudarte a plena luz de la mañana, nadie fue para acusarlo, nadie fue para socorrer a tu madre en la desdicha. A esta Safo, a ti nuestra Safo, no te mató el mar, te matamos toda la pinche gente.

 

 

Reflexionando sobre “El peligro de una sola historia

Sergio Salinas

 

Siendo lectores estamos expuestos a las historias. Qué digo, también como seres humanos somos vulnerables ante ellas. En múltiples ocasiones somos espectadores, y algunas veces, lo queramos o no, protagonistas. También, en más de las que quisiéramos admitir, narradores.

Esto nos puede hablar un dar una idea de lo infinito que es el universo de las historias. La realidad es conformada por un gran matiz de éstas. Cada una con una tonalidad única, capaz de darle existencia a un sinnúmero de perspectivas; todas casi tan valiosas intrínsecamente por el hecho de ser humanas.

Sin embargo, las estructuras sociales no pueden concebir que existan tantas posibilidades; para la humanidad, es necesario un límite marcado de estas historias para dibujar un esbozo simple de la existencia. Un criterio capaz de otorgar valía y de definir cuáles son aquellas historias que “en realidad” representan a la realidad. Sin ahondar mucho en el tema, los criterios han sido de todo tipo: estéticos, políticos, sociales… pero más que nada, impuestos.

Ante el filtro de estas narraciones, como consumidores de historias a veces nos quedamos con una visión corta (¡cortísima!) si la comparamos con la infinidad posible de visiones. Y este ejercicio, a lo largo de los años, ha generado una riesgosa situación de presentar una sola historia para cierta persona, para cierta comunidad, para cierto pueblo. Las vertientes bellas u horrorosas que conforman la naturaleza humana de estos individuos resultan en un solo cuadro parcial de la realidad. Una fotografía reducida, la cual se toma como la única verdad sobre ellos.

Chimamanda Adichie, escritora nigeriana, invierte una gran parte de su imagen pública para advertir sobre el peligro de este cuadro parcial de la realidad y las consecuencias de contar, o escuchar, una sola perspectiva. Ha dedicado su obra a narrar historias contemporáneas africanas a través de abaladas novelas, publicadas desde sus estudios en la Universidad Estatal del Este de Connecticut. Sus experiencias internacionales y ávido consumo como lectora, la han llevado a generar esta reflexión, la cual ha presentado en numerosas plataformas; una de ellas a través de TED Talks, bajo el título de “The danger of a single story”, fácilmente encontrable en Youtube.

Con base en su conferencia, he permitido surgir algunas reflexiones en torno a las peligrosas consecuencias de contar (y escuchar) una sola historia. La primera, tal vez la más relevante de estas, implica el desarrollo y perpetuación de estereotipos y prejuicios hacia personas, colectivos o pueblos, lo cual tiene como grave consecuencia el despojo de la dignidad de estos. Las historias y sus narradores son capaces de deshumanizar, limitar e imponer perspectivas que son versiones incompletas ante la complejidad y belleza de la naturaleza de los pueblos.

Estas estructuras de pensamiento trascienden histórica y culturalmente, perpetuando la desvaloración de ciertos individuos y comunidades. En ocasiones, estos se vuelven cánones o tabúes, casi sagrados. Para mí, esto es perpetuar la mentira en gran parte. Y esta mentira nos aleja los unos de los otros; limita el reconocimiento hacia los demás y nos hace menos empáticos ante la situación del prójimo.

Una sola versión de los protagonistas en estas narrativas limita la capacidad de generar una identidad por parte del individuo lector. El discurso oficial limita a los personajes; muchos lectores quedan fuera del recurso literario debido a su incapacidad para identificarse con historias similares a las suyas, y mantienen lineamientos sociales, políticas y culturales en las cuales, consciente o inconscientemente, se comprometen a preservar, pues no conocen otra versión de sus propias historias. Y muy baja es la cantidad de rebeldes que deciden cambiar el rumbo de su propio cuento.

Es ya muy conocido el mecanismo, brevemente comentado en el párrafo anterior, bajo el cual se reproducen estructuras sociales y culturales a través de las historias; así es que también el contar una sola historia es un ejercicio de poder: los poderosos son quienes generan los criterios para validar historias, así como de crear las mismas a través de diferentes vehículos. No sólo hablamos de las narraciones; esto es transferible a los discursos oficiales políticos y sociales, difundidos por la cultura, el arte y los medios de comunicación.

Por otro lado, reconocer el peligro de una sola historia nos permite también explorar las demás posibilidades positivas. Por caso, es importantísimo valorar la necesidad de proveer de recursos a escritores capaces de contar “todas las historias”. La existencia de escritoras y escritores con múltiples tonalidades ayudaría a enriquecer el panorama literario, abriendo ese cuadro parcial presentado en este texto para convertirlo en un universo más matizado de posibilidades. En primera instancia, se podrían romper los estereotipos. En segunda, se lograría una mayor identificación de personas ansiosas de escuchar historias diferentes sobre ellas mismas y sobre otras. En el ámbito cultural, podría generar una educación acerca de lo valioso y diferente de cada persona, de cada situación, a fin de crear un criterio amplio. Escuchar y escribir múltiples narraciones es un acercamiento más fiel a tratar de capturar toda la realidad, lo cual en consecuencia última, es un medio de redignificar a individuos y a pueblos enteros.

 

Como lector, como escritor y como ser humano, encuentro varios puntos de inflexión después de esta conferencia, los cuales he retomado a lo largo de este texto. Sin embargo, en un aspecto más personal: ¿cuántas veces he limitado mi propia perspectiva a causa de un prejuicio? ¿O cuándo he deshumanizado a una persona, a un colectivo, por ser sordo a sus verdades? ¿Hasta qué punto puedo defender mi propia identidad y opiniones sin diluirme en la enormidad de narraciones alternas? ¿Cuáles son los puntos que me orientan al navegar el infinito mar de historias? ¿Qué responsabilidad asumo desde mi propia identidad, ante el escenario literario y político, como hombre cisgénero, como homosexual, como mexicano, como norteño o como capitalino, o como cualquier otro aspecto propio o hacia aquello que es diferente a mí? Explorar las respuestas a estas preguntas se darán sí con el tiempo y con la experiencia, pero también con un firme compromiso ético de leer y escribir a fin de mantener las tradiciones de aquellas voces que quizás se han perdido entre el discurso oficial y la infinita realidad. De la misma forma, queda invitarle a reflexionar al respecto.