Viernes, 03 Julio 2020 05:31

CRÓNICA DE UNA MARCHA: LO VIOLETA QUE CORRE ENTRE NOSOTRAS Alina Victoria

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CRÓNICA DE UNA MARCHA: LO VIOLETA QUE CORRE ENTRE NOSOTRAS

Alina Victoria

 

 

El 8M del 2020 no comienza en la mañana del domingo, comienza una noche antes. Karla, mi amiga, me invita al teatro. Ella se llama igual que mi prima quien casi fue secuestrada el mes pasado por dos hombres en Ecatepec. Para salvarse tuvo que tomar asilo en una tienda de telefonía celular. Detrás de los vidrios transparentes de la tienda, un par de hienas iban y regresaban, la puerta de entrada acorralada. Al final del horroroso episodio, dos policías escoltaron a mi prima hasta un auto que la esperaba para llevarla a casa.

Karla y yo llegamos al Centro Cultural Universitario. El teatro Juan Luis de Alarcón expone la obra “Desaparecer”. El escenario está  iluminado por luces blancas que rebotan en unas sillas de plástico desperdigadas por la tarima. Una mujer de unos sesenta años inicia un monólogo. Pascal Rambert, autor y director de la obra, trabaja con binomios: vida y muerte, resignación y esperanza. Se trata de la desaparición de Ángel y del duelo inacabado de las mujeres que esperan su regreso. La tía, la primera aparición, duerme todo el tiempo aunque le diga a su hermana que el llanto no sirve. La abuela ha puesto en el patio de la casa unas campanillas que avisarán el regreso de su nieto. El viento mueve las campanillas y pregunta “¿Eres tú?”. En la obra también hay un fantasma, una víctima de feminicidio. La mujer fantasma se pasea dolorosamente entre los vivos: “No existe el momento, ni el lugar equivocados, existe un problema político”. La madre, mitad esperanza, todo sufrimiento, cae en el fondo del escenario. Serán las familiares de las desaparecidas y de las victimas de feminicidio las que abrirán la marcha del domingo.  

Me despido de Karla y antes de bajarse de la estación del metro me dice: “Oye, me mandas un mensaje cuando llegues a casa”. Le contestó que sí. Es el dicho habitual de las mujeres que vivimos en la Ciudad de México y en la mal nombrada “periferia”. Aquí la violencia se traga los lugares sin hacer distinción de las fronteras trazadas por el hombre. Si de algo sirve la frontera, es para hacernos saber que encontraremos mayor impunidad en el Estado de México.

Al día siguiente no es con Karla con quien quedo, es con otra amiga, Wendy. “Oye, ¿iremos con el contingente del Museo de la Mujer?”. Sí, le digo. El Museo de la Mujer y su pedacito de oasis histórico en el centro. Wendy y yo nos veremos primero en el metro Revolución y luego, alcanzaremos el contingente. Eso decidimos, pero el futuro me tiene deparado otro destino.

Ya voy tarde. Siempre llego o muy temprano o muy tarde a los lugares. Apenas estoy en la línea rosa ¿Hacia dónde tengo que transbordar? ¿Qué dirección es Revolución? No recuerdo ¿Taxqueña o Cuatro Caminos? No importa, ya caminan a mi alrededor mujeres con camisas negras y moradas, cargan pancartas, pareciera ser que el pasillo blanco del transbordo es nuestro. Era Cuatro Caminos. El área del andén exclusivo para mujeres está lleno. Antes de traspasarlo, un viejito se me acerca y menciona “No te vayas a ir en ese metro, van a mandar uno vacío”. Le contesto que gracias por la información.  Mientras espero, una señora refunfuña por lo bajo “pìnches feminazis, puro desmadre es lo único que saben hacer”. Recuerdo entonces una salida con mi ex pareja, otro domingo, otro andén. Las porras de fútbol se adueñaron de un convoy, la gente miraba. Comentarios avenidos “es lo normal, por lo menos es domingo y no vamos a llegar tarde a trabajar”. Comentarios indignados “Estos nada más hacen relajo”. Percibo que vivo entre personas que no alcanzan a ver el contexto, que no se preguntan si será lo mismo el desorden del transporte ocasionado por una marcha que por una porra. Todo se lee igual, desaparecen las metonimias y las metáforas en una sociedad acostumbrada a ver pura pantalla plana. Tampoco es su culpa, las figuras retóricas se aprenden a leer y nadie les ha enseñado. El Estado que no alcanza desde otra institución.

Efectivamente, un convoy llega vacío para irse repleto de mujeres. La marcha ya comienza en lo subterráneo. Gritan: “Sí se ve, sí se ve, ese apoyo sí se ve”. Me toca compartir vagón con el colectivo de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Las consignas se desplazan entre estación y  estación. Zócalo “Y mueran y mueran y mueran los machistas que América Latina será toda feminista”. Allende “¿En dónde están las de la UACM? Uh, Uh, Uh, UACM”. Bellas Artes “Van a volver, van a volver, las balas que disparaste van a volver, van a volver, van a volver, la sangre que derramaste la pagarás, van a volver, van a volver, las mujeres que asesinaste no morirán ¡no morirán!”. El metro va lento, el calor se estanca y los olores de perfume, sudor y comida se riegan. En Hidalgo entran más mujeres “¡Sí cabemos todas, sí cabemos todas!”. Segundos antes de llegar a Revolución, una única consigna se apropia del lugar “Ni una más, ni una más, ni una asesinada más”. Como si fuera planeando, las voces de las mujeres que vienen dentro del vagón se juntan con las voces de las mujeres que están en el andén y que llegaron antes. Por un momento, Revolución retumba. Hay tantas que tardo media hora en dejar la estación del metro. Escuchó a Wendy por el auricular de mi celular “Te espero en el metrobús de Puente de Alvarado, aquí ya es imposible verse”.

Camino hacia el monumento, en ese instante no sé que tardaré otra hora para transitar Ponciano Arriaga. Cuando por fin llego a Plaza de la República pierdo toda esperanza de ver a mi amiga, es imposible cruzar la masa. Se lo comunico. El desorden reina. Muchas mujeres están desesperadas por la poca movilidad de sus cuerpos. Llevo una pluma en la mano, he olvidado meterla a la mochila y ese simple acto se volvería cirquense. Sin querer la mujer que va a mi lado se pica el antebrazo. Da un gritito y me disculpo. Luego dice “No me dolió, me asusté, pensé que era alguien con un cuchillo”. Tengo la impresión de que a mi alrededor hay gente que nunca antes había estado en una marcha. Llevan cara de asustadas y de desesperación. No saben hacia donde moverse, buscan familiares, hay desmalladas. El trabajo de las feministas y de las activistas que regularmente asisten a las marchas se cuadriplica: las contienen, las protegen, les dicen que no deben perder la calma, que una multitud desesperada es letal.

Es arriesgado estar aquí me advierto, y a la par, una oleada de emoción aparece: muchas han dejado de guardar silencio. Me muevo entre binomios como Pascal Rambert. No estoy replegada en el asiento del teatro nerviosa y pensando que Ángel pudo haber sido mi prima, estoy caminando por ella y por otras en una calle más vacía,  en Tomas Alva Edison me doy cuenta que es como si estuviera detrás de otra obra, una que hacemos todas y que no debe ser vista como espectáculo. Estoy acompañada por los contingentes que van dirección hacia el Zócalo y también camino sola. Del Caballito de Reforma al Hemiciclo hay un ambiente festivo y de enojo. Una jovencita saca de un vaso de unicel, confeti morado. Un indigente que viste una chamarra de mangas verdes, idénticas al color de los pañuelos que se mueven en la ola, ha escalado un árbol. El indigente aplaude desde su panorama privilegiado. Fue el único que se atrevió a subir un árbol para observar a la marea verde que baila “Aborto legal, justicia social”.

Otro contingente, la Comisión Feminista de Chile en México decidió mezclar los motivos carnavalescos con las máscaras de luchador. Son bellísimas sus máscaras; me llama la atención una color rosa mexicano con moños esmeraldas. Las ingenieras de la UNAM y del IPN marchan adelante. En una de sus cartulinas se puede leer “Ni vino, ni mujeres, ni orgías”. ¿Qué historias se esconden detrás de esto que se niega? Otra mujer lleva un cráneo hecho con alambres. Deberías verlo Juan Luis Vives, si es que algo así como la creatividad femenina existe, ya no transcurre en el ámbito de la moral. Es el turno de las Mujeres en la Música, su voz educada se alza sin esfuerzo por encima de la multitud. Una guitarra las acompaña.

 

“Tiemble el Estado, los cielos, las calles,

Tiemblen los jueces y los judiciales

Hoy a las mujeres nos quitan la calma

Nos sembraron miedo

¡nos crecieron ganas!

Nos roban amigas, nos matan hermanas

Destrozan sus cuerpos, los desaparecen

No olvides sus nombres ¡por favor!

Señor Presidente”

 

Los petardos resuenan enfrente de la Torre Latinoamericana. Me repliego. La fuente es roja. Recuerdo la sangre. Un grupo de encapuchadas golpea con martillos las barricadas. La gente huye, los colectivos se dividen entre “No más violencia” y “Somos todas”. Las que llevan años en la lucha de nuevo alzan la voz “Con calma, con calma, compañeras”. Me alejo hacia el Palacio de Moneda, en ese trayecto me encuentro inesperadamente con mi asesora de tesis de la Universidad. Con su pequeño grupo entro a la calle perpendicular a Madero. Aparte de pronunciarse contra la violencia machista, están haciendo un documental, sería indiscreto de mi parte nombrarlo, pero llevan una cámara, y una historiadora del arte, que se especializa en cine, registra el sonido. Con ellas veo algo que será el emotivo anticipo del final de la tarde.

Tratan de romper la marcha. No se sabe quiénes. El tiempo se suspende anunciando que un movimiento en falso sería el inicio de una tragedia. He quedado detrás de los granaderos y desde ahí observo los rayos del sol que calientan sus cascos. Por encima de estos, los puños iluminados de miles de mujeres. Los brazos suben y bajan, los puños se detienen en lo alto  y luego ruedan lentamente hacia el centro de la Ciudad. Los edificios se quiebran con la sola voz de una multitud que va denunciando “Somos feministas, no somos infiltradas”. La respiración ansiosa de los granaderos cede y ellas valientes siguen su marcha sin haberse callado nunca.

Llego a la plancha del Zócalo, mujeres bailando, mujeres cantando, mujeres llorando, el final se expande clamoroso porque comparto en ese espacio abierto, la primavera que resiste y que corre violeta entre nosotras.

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Alina Victoria

Alina Victoria.  Lic. en Historia por la UNAM.  Ha colaborado para la Revista Literaria Monolito.

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